Gente de Chilpancingo llegaba a la Alameda para apoyar a estudiantes el día de la masacre del 60

El integrante del Subcomité de Huelga del movimiento del 60, Jorge Edgardo Alcaráz Vega, durante su participación en uno de los actos conmemorativos del 62 aniversario de la masacre del 60 Foto: Lourdes Chávez

Lourdes Chávez

Chilpancingo

“En la avenida Vicente Guerrero esquina con Nicolás Catalán había una casona de adobe con puertas muy metidas de madera. Desde ahí pude ver cómo la gente llegaba a la Alameda a apoyar al Comité de Huelga, pero la soldadesca ya estaba apuntando con bayoneta calada”, recordó el sobreviviente de la masacre del 30 de diciembre de 1960, Jorge Edgardo Alcaraz Vega.
Ingeniero por la UAG y docente de matemáticas jubilado de la Universidad y del Tecnológico de Chilpancingo, tenía 22 años cuando fue parte del Subcomité de Huelga del movimiento estudiantil.
Recordó que la gente los empujaba para tratar de entrar a la zona del conflicto, “pero los calmábamos, así estábamos cuando a mi lado una persona cayó”.
Al tratar de levantarlo, se le metió la mano a la herida que tenía en la espalda, era el señor Benjamín Méndez, indicó. “Le habían dado con la bayoneta, en ese momento yo no sabía cómo se llamaba, lo jalamos con una persona, ahí nos ocultamos porque ya empezaron los disparos”.
Aclaró que no estaban organizados para un ataque, con dos o tres en esa esquina trataban de contener a la población para que no llegara al parque de la Alameda, donde estaba la balacera de los militares. “Después me enteré que el soldado que le había dado el bayonetazo al señor Benjamín, había sido lesionado por un carnicero, ya no me pude enterar más”; posiblemente esa fue razón de que no llegaran a rematar el herido. Ya no los persiguieron.
Ocultos ahí, observaron parte de los hechos. “Los saldados estaban en todo el perímetro de la Alameda con sus sacos de arena, uno trató de disparar a una señora que tenía su puesto en aquella esquina –señala–, pero se encasquilló su arma. La señora tomó su escoba, vino y le dio sus soquetes en la cabeza, y se volvió a esconder”.
Desde ahí, también vio morir a la mamá de un compañero por una herida en el estómago con bayoneta, la tuvieron que subir a una camioneta donde iba convulsionando. Fue tremendo. Muchas escenas así.
A 63 años de la masacre de ciudadanos y comerciantes en la alameda Granados Maldonado, Alcaraz Vega señaló que, en los siguientes días, los organizadores recopilaron más de 80 nombres de personas desaparecidas, y meses después hubo hallazgos de osamentas humanas.
Añadió que en el ataque, observaron a los soldados subir cuerpos de muchos civiles en sus camionetas. Estimó que ahí comenzaron las actuaciones que caracterizaron a la época de la guerra sucia.
“Simplemente llegó la gente (al llamado de las campanas de la catedral). Nosotros dos o tres, buscamos que la gente no llegará más acá porque los estaban atacando”, explicó.
En la esquina de la avenida Guerrero, aclaró que observó correr a unos y caer a otros, porque no todos los soldados disparaban a la gente, “había soldados que disparaban al aire, pero había otros que sí disparaban a la gente”.
Recordó que a las 7 de la noche, llegó una ambulancia para llevarse al señor Benjamín al hospital. Yo conocía al conductor, habíamos hecho el servicio militar juntos”, ofreció llevarlo en el vehículo para salvarlo.
Consideró que también vio morir a Benjamín Méndez, “era un señor ya de edad, tal vez como yo estoy ahora (con 84 años), no era muy grueso, pero sí cayó boca arriba, yo traté de levantarlo y no, me manché la mano de sangre”, dijo con profunda claridad.

Abandona la UNAM por el movimiento estudiantil

Jorge Edgardo Alcaraz Vega era estudiante de la UNAM cuando ocurrió la represión a la marcha del 12 de noviembre, donde lastimaron a su hermano, estudiante de preparatoria. “Yo era compañero de Eulalio Alfaro, de Jesús Araujo, de varios que se constituyeron en el Comité de Huelga. Ya no me fui”.
Cuando la tropa sitió la Alameda para pretender desalojar el edificio donde estaban los integrantes del Comité, señaló que se formó un Subcomité de Huelga, encabezado por Juan Sánchez Andraca, donde Alcaraz era el responsable de la información.
“A mí me correspondía precisamente esa responsabilidad. Teníamos una casita que prestaron al Subcomité de Huelga en aquella esquina, dijo señalando el edificio docente. Todas las mañanas el yerno del doctor Carreto, piloto aviador, pasaba a la casita por el boletín que distribuir a todo el estado.
“El Comité de Huelga tenía bastantes compañeros que no quedaron encerrados y que estaban comisionados en Acapulco, en la Costa Grande y en Costa Chica y a ellos les llegaba información generalmente por esa vía”.
Precisó que el Subcomité también proporcionada alimentos a los dirigentes que mantenían tomado el Edificio Docente con la huelga, “se los tirábamos por la azotea”, además de organizar a la gente que estaba en el parque, para sacar a borrachos y provocadores.
Informó que el encargado de la seguridad era Jorge Vélez, autor del escudo de la UAG, con la participación de todos en el plantón, hasta el desalojo del 30.
“Como Subcomité de huelga estuvimos recabando informes de gente desaparecida, que no era de los muertos ni los heridos, que simplemente no se sabía de ellos,
Observé, en el tiempo que estuve ahí tendido con el señor Benjamín, vi a los soldados subiendo cuerpos a unos vehículos, no sé cuántos. Después nosotros tuvimos registros de 80 desparecidos cuando menos. Meses después, hubo conocimiento de colonias al poniente, huesos, que encontraron restos. ¡Hubo una serie de situaciones, pero tremendas!”.
Ratificó que este movimiento marca el comienzo de la guerra sucia, porque la federación envió al batallón de Chilpancingo, a un general que protagonizó “eventos contra la oposición en el gobierno de Luis Echeverría Álvarez”.
Incluso, mencionó que, con la desaparición de poderes en Guerrero por la masacre del 30, el exgobernador Caballero Aburto se fue de embajador y nunca lo juzgaron.
Además, en los años 70, soldados llegaron a su vivienda a amenazarlo, por una presunta vinculación con un grupo guerrillero, y su nombre también aparece en los informes de la Dirección Federal de Seguridad.
El universitario en retiro participó el viernes en uno de dos no extraoficiales para conmemorar a los caídos del 60, el de grupos políticos opositores de la administración central de la UAG, que no comparte el rumbo educativo de la institución.
explicó que “la formación universitaria no tendría que hacer el caldo gordo a las empresas, sino resolver necesidades y problemas de la sociedad, de vivienda, comunicación, esparcimiento, esa debiera ser la función de cualquier profesionista”.
Detalló que, en 40 años en la UAG, se quedó a estudiar Ingeniería en Chilpancingo, en el 65 lo expulsaron por activista en la fundación de la preparatoria 9. En 71 volvió a la escuela para terminar, y luego a trabajar.
Colaboró en la administración de Arquímedes Morales Carranza, y con otros compañeros crearon la universidad de Matemáticas.
Reconoció que fue difícil lidiar con la administración de Enrique González Ruiz, porque, como en la actual administración, pretendía crear su propio movimiento, utilizando a discreción los recursos de la institución.
Estimó que muchos hijos de campesinos ya no tienen acceso a la universidad autónoma donde les exigen el uso de uniformes que venden también en Rectoría, “eso me parece que no debería de ocurrir”.
Asimismo, indicó que en el Tecnológico, de donde se acaba de jubilar, pasó algo similar. Hubo un intento hace como 20 años de desaparecer los tecnológicos para privatizar las escuelas, “afortunadamente se logró parar eso, cambió la concepción pedagógica para que la educación sea al servicio de la sociedad, no para las empresas.
Llamó a luchar por una Autónoma de Guerrero con mucha actividad académica.