La izquierda que no quiere extinguirse

La muerte del uruguayo José Mujica ocurrida hace unos meses simbolizó, en varios sentidos, el final de una época que estuvo marcada por un sacudimiento de la conciencia de amplios sectores sociales que cuestionaron con radicalismo los lastres del capitalismo.
En medio de un vigoroso activismo político permeado por la efervescencia ideológica izquierdista que consideraba este modelo socioeconómico como la fuente de todas las injusticias sociales, en los años 1970 muchos hombres y mujeres concluyeron que era factible y necesaria una rebelión de los desposeídos para demoler las estructuras de una sociedad que, de acuerdo con el marxismo, estaba condenada a su transformación.
Sin embargo, aunque desde esta visión profética había certeza en la inevitabilidad del fin de la sociedad capitalista y la instauración de un orden sin clases sociales, este advenimiento debía ser orquestado por un agrupamiento de revolucionarios que organizaran a las masas para convertirlas en protagonistas de su redención; por lo que, siguiendo con este guión doctrinario, los luchadores sociales de esa época, en su mayoría muy jóvenes, se afiliaron a los movimientos armados que convocaban a la insurrección del pueblo para tomar el cielo por asalto.
Al amparo de esta visión quimérica de cómo gestionar el cambio social, se generó una fe inquebrantable en torno al futuro que prometía acabar con la desigualdad social y hacer de la tierra un paraíso y convirtió a los devotos de esta causa en heroicos y temerarios practicantes de una mística que los llevaba incluso a ofrendar la vida por la ensoñación que los abrigaba.
Al influjo de este romanticismo quijotesco que tuvo como afluente inspirador el ejemplo de la revolución cubana y sus figuras colosales como Fidel Castro y el Che Guevara, en las montañas de Guerrero levantaron su voz rebelde grupos insurrectos comandados por Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos que convocaban a la insurrección de los pobres en nombre de la justicia social. Su optimismo y determinación como guías de un movimiento redentor, no se respaldaba en un poderío militar inexistente, sino en su visión heráldica de que una guerra de los desposeídos era el preludio que anunciaba el final de un sistema social terriblemente injusto.
Este movimiento armado, aunque accionó con alguna espectacularidad, como las veces que la guerrilla cabañista emboscó al Ejército mexicano, adoleció de capacidad para enfrentar el poderío bélico de las fuerzas castrenses que emprendieron una feroz campaña de aniquilamiento de las fuerzas insurgentes; y frente a esta embestida de exterminio, que se agravó con la muerte de los principales dirigentes, la consecuencia fue el repliegue, la dispersión y el final de la lucha guerrillera.
Al paso del tiempo, los que habían consumido esfuerzos y aun la vida por una revolución que resultó fallida, fueron diluyendo el delirio con el que habían guiado sus convicciones y la mayoría descarriló en los caminos del pragmatismo, la capitulación y la intrascendencia, incubándose a la postre una izquierda insustancial y timorata que, aunque reivindica como legado el heroísmo de la izquierda guerrillera, carece de ensoñación, ímpetu y fe en el futuro para asumir la causa de los oprimidos.
Aunque las circunstancias políticas actuales son diferentes a las que existían antes del neocardenismo y el obradorismo, el sistema socioeconómico depredador y explotador sigue intacto; y si la cuarta transformación ha podido aliviar algunas injusticias del viejo orden capitalista que en el priismo era autoritario, represor y corrupto, lo conseguido hasta ahora no significa que se haya abatido la cruel desigualdad que divide a la sociedad entre castas privilegiadas y una mayoría de parias sin bienestar ni futuro. Sin dejar de regocijarse por los alcances democráticos logrados y las políticas públicas que alivian un poco la pobreza, debe haber claridad que aún estamos muy lejos de una transformación que reestructure al país de un modo que lo convierta en un reino de abundancia, equidad y más democracia. Mas cuando esta ensoñación, yace arrinconada en los oscuros sótanos de la conciencia de una clase política que al amparo de sus victorias electorales tiende a envilecerse considerando el poder político como un patrimonio con el que puede lucrar.
Pero quizá no todo está perdido, todavía quedamos los últimos mohicanos de una izquierda en extinción; y hemos aprendido que aunque la utopía no está a la vuelta de la esquina y que para ir por ella no basta con tomar por asalto un nido de ametralladoras, ante la narrativa de que el capitalismo puede ser generoso con los pobres mejorando las migajas, es más desafiante seguir postulando que la izquierda no quiere esclavos contentos, sino acabar con la esclavitud.
Y en medio de tanto desconcierto e inmersos en una lucha electoral ciega y viciada en la que nadie anuncia una buena nueva y en lugar de iluminar, oscurece el camino de la izquierda que sueña, quizá pudiéramos reunirnos para platicar y puede que ocurra que pese a la montaña de prejuicios que nos separan, seamos capaces de desempolvar las profecías de antes y encarrerados hasta nos den ganas de reinventarnos y nos hermanemos como en los viejos tiempos cuando queríamos hacer de la tierra un paraíso.
Porque, si no somos los de antes, los ilusos, aunque ya no somos jóvenes ni tan valientes los que hagamos que siga ardiendo la hoguera de los ideales, no lo harán los priistas que en el gobierno de Guerrero y en Morena se prestan a regresar por sus fueros; y será la triste señal de que la izquierda que se atrevió a soñar no existe más y que en los hechos, consciente o inconscientemente, muchos le servimos al sistema opresor.

 

Piden a Abelina ya no dar recursos para gestoría a regidores y destinarlos a la seguridad

Piden a Abelina ya no dar recursos para gestoría a regidores y destinarlos a la seguridad

Señor director:

En una nota publicada en El Sur, Abelina López presidenta electa de Acapulco, menciona que impulsará la propuesta de tres regidores electos de Morena para reducir los recursos de gestoría entregados por el ayuntamiento a los regidores. En la misma declaración también alude a las reiteradas críticas hechas por el presidente de la República a los altos ingresos de éstos.
Si usted nos lo permite, quisiéramos compartir lo siguiente.
Los recursos entregados mensualmente a los regidores, síndicos y presidencia carecen de todo sustento legal, ya que para labores de gestoría existe la Secretaría de Desarrollo Social.
Es de conocimiento público, y para vergüenza de todos, que el dinero entregado para gestoría no es otra cosa que un incremento ilegal en las percepciones económicas de los regidores y síndicos (similar al ingreso oculto de los diputados locales).
Es muy difícil, por no decir imposible, que las comprobaciones de gestoría de los ediles pasen la menor auditoría, incurriendo, ya ahí, en otro tipo de delitos.
En otras palabras, pues, el dinero de la gestoría se entrega para corromper de manera aparentemente legal a los síndicos y regidores. Otra cosa es la obra pública, también ilegal, asignada a cada edil con su respectivo porcentaje de ganancia y utilizada por la Presidencia Municipal para premiar o castigar sometimientos o rebeldías.
A la alcaldesa Adela Román se le entregaron propuestas al respecto en los foros que organizó para elaborar su plan de gobierno sin que aquellas fueran consideradas en lo más mínimo.
De acuerdo con notas de El Sur, los 20 regidores y los dos síndicos reciben dos cheques mensuales para gestoría de 70 mil pesos cada uno, es decir, 140 mil pesos en total. Haciendo cuentas, son 3 millones 80 mil pesos al mes por los 22 ediles, es decir, 36 millones 960 mil al año, o sea, 110 millones 880 mil pesos en el trienio de la morenista Adela Román.
Por si fuera poco, el sueldo de un regidor es de 27 mil 704 pesos a la quincena, es decir, 55 mil 408 pesos al mes. Si suman los 140 mil pesos de gestoría, los regidores reciben al mes 195 mil 408 pesos. O sea, el Ayuntamiento gasta mensualmente 3 millones 908 mil 160 pesos por los 20 regidores, es decir, 46 millones 897 mil 920 pesos al año, o sea, 140 millones 693 mil 760 pesos en el trienio de la morenista Adela Román.
De este dinero ilegal entregado a los ediles, y de otro que no se sabe (lista de raya, partidas secretas, etc.) Abelina habla de destinar una parte de ellos, los que logre reducir según la propuesta de tres regidores, a la obra pública.
Nosotros proponemos que en lugar de pulverizar esos 36 millones de pesos al año en unos metros de calle aquí y unos metros de calle allá, perdiéndose otra vez en el torbellino de la corrupción, se destinen íntegramente a la seguridad de los acapulqueños para quienes, según diversos estudios, esta es su principal demanda, muy por encima de otras como pudiera ser el empleo.
Con esos 140 millones que se pueden ahorrar en todo el trienio se puede avanzar considerablemente en la colocación de cámaras de video y botones de pánico en las principales avenidas y en las zonas de mayor riesgo. Esos cien millones se podrían poner en la mesa del gobierno estatal y federal para triplicar la inversión en seguridad.
Y de igual forma una parte de esos, ahora 300 millones de pesos, puedan destinarse para que los jóvenes puedan ejercitarse físicamente en espacios adecuados en sus propias colonias.
Ya que nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador ha impulsado la consulta ciudadana como una forma de gobernar considerando la opinión de todos, Abelina puede romper los viejos moldes de gobiernos corruptos y preguntar a los acapulqueños.
¿Estarán a la altura de la 4T los regidores electos de Morena y decididos a romper con dicha práctica, que además de ser ilegal es un robo para los acapulqueños y destinarlos a la seguridad de nuestro municipio?

Atentamente
Martín Hernández, Ramón Gracida González, Ulises Godoy Zeferino, Linayme Reyes Ávila, Ramón Gracida Gómez y Carlos Chupín Torreblanca del Colectivo Juan R. Escudero