
Adán Ramírez Serret
Cerrar los ojos es al mismo tiempo huir del presente, evadirse y construir un mundo nuevo que “nace bajo la frente del que sueña”, diría Octavio Paz. Ese otro mundo que comienza al mirar dentro de nosotros mismos es parte fundamental de la humanidad, acaso único y me atrevo a pensar que sólo puede desarrollarse leyendo.
Leer es una sofisticada manera de cerrar los ojos para mirar nuestro interior, porque cuando cerramos los ojos podemos ver el mapa de quienes somos, las geografías que nos definen, las cuales, de manera muy poética, en una primera infancia, están pobladas por las vidas, deseos y frustraciones de nuestros ancestros. Es por esto que se esconde una gran alegría y un profundo dolor en las primeras lecturas, las cuales, a su vez, comienzan a moldear una nueva persona. La llorona, Hansel y Gretel y Tom Sawyer son, a la vez, un tiempo remoto del que hemos oído hablar y un presente que se confronta con cada nueva experiencia. Así, aquellos primeros libros leídos en nuestras vidas confrontan un pasado soñado por quienes nos educan al mismo tiempo que construyen un recuerdo que en poco tiempo será el pasado: la historia de nuestras vidas. Pienso ahora, sobre todo, en dos libros, el primero Soy quien decido ser de Maximiliano Rivadeneyra e ilustrado por Jimena Estíbaliz. Un libro ideal para leerse a las infancias que comienzan a tener noción de quiénes son y que pueden tocar todo lo que haga falta porque son de páginas fuertes e ilustrados de manera lúdica.
El texto comienza: “Cuando cierro los ojos soy un gigante. Soy tan grande que la tierra me queda pequeña”. Son las posibilidades de soñar, de habitar ese lugar esencial que es la imaginación: fuente de ensoñación placentera al mismo tiempo que creativa. “He recorrido el mundo tantas veces que lo conozco como la palma de mi mano”. Ese lugar es, también, por supuesto, un refugio: “Cuando cierro los ojos no me da miedo nada. La noche no es tan oscura porque algo brilla dentro de mí”. La lectura, la palabra y la imaginación como un lugar en donde ser libre y al mismo tiempo resguardarse del mundo.
El otro libro que me lleva a pensar en esa privacidad esencial que crea la literatura, es el multipremiado El árbol de los secretos de Vanessa Miklos e ilustrado por ca_teter. Este está pensado para niños que ya saben leer y se enfrentan a esa primera extraña, esotérica y mágica experiencia que es estar a solas por primera vez con un libro, ¿qué se debe hacer en ese momento? Es un objeto que no pide nada y que tan sólo espera a que nos acerquemos a él, con mucha paciencia, claro. Y, entonces, este libro cuenta la historia de una niña que vive junto a un parque, en el cual hay un árbol bellísimo al que todos los niños se acercan, da una sombra inmensa y la niña puede ver desde su casa que, cuando los niños y niñas están cerca de su tronco, susurran. Se ve que hablan bajito. Ella sabe que aquello que le dicen al árbol, que es un naranjo, son secretos. Por eso, cuando prueba alguno de aquellos frutos son dulces, mucho: ricos en sus diferentes sabores. Pero, hay otros que son amargos. La niña se pregunta por qué es así, cuál será la razón que sepan tan desagradable. Entonces, descubre que esos son secretos que no deben serlo, historias que exigen ser contadas. El árbol de los secretos es un libro rico en significados, pues, por un lado, deja claro que la vida privada, sin importar la edad, es preciosa e imprescindible: hay pensamientos y experiencias que sólo nos pertenecen a nosotros, pero, al mismo tiempo, que hay dolores que son privados, pero, que si son contados pueden ir sanando: “Porque sólo al compartir un secreto que duele al pensarlo, desaparece su sabor amargo”.
Maximiliano Rivadeneyra, Soy quien decido ser, ilustrado por Jimena Estíbaliz, Ciudad de México, El Naranjo, 2024. 22 páginas.
Vanessa Miklos, El árbol de los secretos, ilustrado por ca_teter, Ciudad de México, El Naranjo, 2024. 38 páginas.


