22 septiembre,2022 5:04 am

La toma de Acapulco. 10 de mayo de 1911

Anituy Rebolledo Ayerdi

 

Levantamiento costeño

Seguidores del Plan de San Luis de Francisco I. Madero, llamando a derrocar la dictadura de Porfirio Díaz, los coroneles Silvestre Mariscal y Manuel Centurión se levantan en armas en ambas costas, acordando ambos la toma de Acapulco para el 15 de mayo de 1911. Mariscal es de Atoyac de Álvarez, Centurión de Puebla y miembro de la familia de Aquiles Serdán. Tiene bajo sus órdenes al teniente coronel Pantalón Añorve, de Ometepec.

–¡Puta madre con este cabrón poblano… ya empezamos mal!–, estalla el coronel Mariscal al ser informado el 9 de mayo sobre la presencia en La Sabana de la caballería costachiquense, comandada por Centurión y Añorve, lista para atacar al puerto.

–¡Bueno, ya estará de Dios!, acepta resignado para enseguida ordenar a su tropa: ¡Vamos a sacar a esos pinches pelones de Acapulco!

La acción

 Buena parte de los 600 hombres de Mariscal se deslizan como iguanas por el acceso poniente al puerto, eludiendo los disparos del cañonero Demócrata, surto en la bahía. Es tan mala la puntería de los artilleros que pronto los costeños estarán “toreando” jubilosos los obuses de aquella artillería . Sin resistencia frontal, los atacantes logran penetrar aquella madrugada hasta propia plaza Álvarez. Les maravilla el reloj iluminado de la torre del Palacio Municipal, cuyas campanas tocan dos veces. Guiados más por el gruñido de tripas que por los olores, los alzados descubren los dos mercados del puerto, “el viejo”, en el propio Zócalo, y “el nuevo” en la calle Zaragoza (hoy explanada Escudero). Los toman sin un solo disparo para luego saciar sus hambres trasijadas.

La fuerza federal  

La defensa de Acapulco estaba al mando del coronel Emilio Gallardo y consistía en el 30 Batallón, con 45 hombres de tropa, al mando del capitán Pedro Ordóñez, además de 70 soldados de las Compañías Auxiliares de Guerrero, cuyo jefe es el capitán Julián Castañeda y 10 hombres del Cuerpo Irregular, a cuyo frente está el cabo habilitado Próspero Martínez. Los artilleros del fuerte son 17, operando dos cañones de montaña, al mando del teniente José Luis González.

¡30 batallón, adentro!

–¡Treinta batallón, adentro!, –ordena el capitán Pedro Ordóñez a 15 federales incorporados a las hostilidades en la calle Tabares (hoy Galeana). Serán sus últimas palabras. Una bala de 30-30 le desfigura el rostro y cae como regla. Lo releva el subteniente Alberto Mondragón, quien, precavido, dispone el repliegue a carrera limpia. Corrimos como desesperados hasta llegar al puente del ferrocarril de la Mexican Pacific Co. (el llamado “Puente alto” en el cruce de Aquiles Serdán con Pie de la Cuesta), en el que nos guarecimos, narrará un soldado. 

Los descamisados

Un clarín se oye a lo lejos y al poco rato aparecen bajando del Castillo (Fuerte de San Diego) las tropas militares de refuerzo con el subteniente Alejandro Casas al frente. Vienen dispuestas a desalojar a los “descamisados” de la calle San Diego (hoy Galeana) parapetados tras los gruesos pilares de los corredores de todas sus casas.

Forman éstos un grupo revolucionario identificado por su vestimenta singular: descalzos, descamisados porque las camisas las llevan atadas a la cintura, largo calzón de manta arremangado hasta la rodilla, carrillera sobre el pecho desnudo y sombrero de petate arriscado. Han conseguido una caracterización teatral de tal modo impresionante que asustan con su sola presencia.

El subteniente Casas arenga a sus hombres con frases patrióticas, pero éstos se atoran como mulas en precipicio. Lo que hace enseguida los dejará perplejos. Se acuesta a mitad de la calle, saca de su bolso un puro para encenderlo con toda parsimonia para luego darle tres largo jalones. Será entonces cuando aquella tropa reaccione arrojadamente hasta hacer correr a los rebeldes.

Las dos baterías del fuerte de San Diego lanzan andanadas contra los costeños que bajan de los cerros, al tiempo que el cañonero Demócrata desembarca un contingente en la playa de Hornos. Lo encabeza el teniente de navío Manuel Morel y su misión es expulsar a los hombres de Centurión y Añorve escondidos en el palmar. Las huertas de cocotero ocupan una superficie costera que va de la fortaleza hasta más allá de El Morro.

Por carecer de unidades para los servicios sanitarios, los caídos del bando insurgente se desangraban y morían donde caían. Contrario al bien dotado y eficiente auxilio de los militares instalado en su cuartel de San Diego. Surgirá en medio de aquella tragedia un ángel protector para aquellos desgraciados y así lo consigna el cronista Rubén H. Luz Castillo.

Ángel guardián

El ángel guardián adoptará la forma de una viuda a quien el propio cronista presenta como “acapulqueña, activa y talentosa”. doña Lucrecia L. viuda de Saldívar se organiza con amigas y amigos para levantar desafiando las balas a los lesionados. Los llevan a una casa abandonada en el callejón de La Paz que han habilitado como hospital. Allí serán atendidos muchos civiles caídos en la refriega, hombres, mujeres e incluso niños. Ignoró el cronista si los jefes revolucionarios conocieron alguna vez el altruismo de doña Lucrecia, precursora sin duda del generoso voluntariado femenil de la Cruz Roja.

Los 5 mil habitantes de Acapulco experimentaron momentos de terror como pocas veces en la historia del puerto. Sometidos primero al asedio de fuerzas revolucionarias y enseguida a la guerra callejera librada entre los dos bandos. El escenario será el centro de la ciudad donde se concentran la población y el comercio. Los alimentos y el agua pronto escasearán, pero el ingenio y la solidaridad de la población creará redes de distribución a través de los patios traseros. Muchos residentes del área abandonaron de plano sus hogares para cobijarse en zonas menos peligrosas como Manzanillo y Tambuco. Las familias de militares y funcionarios serán huéspedes del cañonero Demócrata.

La comunicación de boca a boca fluirá con eficacia en medio de aquel caos infernal. Las familias se informan por ese medio sobre la suerte de parientes y amigos, o bien de las atrocidades de las fuerzas beligerantes. Les duele saber, por ejemplo, que el cadáver de doña Susana García debió ser inhumado en el patio trasero de su casa, porque nadie se atrevió a llevarlo al panteón. Lamentan, igualmente, el deceso del señor Enrique Peñaflor, veracruzano, contador de la Aduana, acribillado mientras auditaba los fondos bajo su custodia.

El desalojo

–¡Viva La República! ¡Viva Madero! ¡Viva el comercio!

Tales fueron los vítores lanzados por mariscaleños y centurionistas cuando, atrapados en una acción envolvente del Ejército federal, emprendan el desalojo de Acapulco. Extraña e inexplicable consigna esa de “¡viva el comercio!” A no ser que haya sido una especie de spot pagado por las tres casas españolas, monopolizadoras entonces de todo en Acapulco. Y de todo quería decir de todo. O bien porque el comercio local nunca les negó nada.

Silvestre Mariscal se repliega hacia El Pasito, mientras que Manuel Centurión va rumbo a la Garita. A las 2 de la tarde de ese sábado 10 de mayo todo había terminado.

–¡Chingada madre!, –reprocha Mariscal– por las calenturas de este pendejo de Centurión nos partieron la madre un 10 de mayo. Y no hay doble intención en las palabras del ex tenedor de libros de la Casa Bello de Acapulco, pues pasarán varias décadas para que tal fecha se dedique a las progenitoras.

Vuelta la calma, el coronel Emilio Gallardo, jefe de la guarnición militar, asumirá una conducta magnánima, dejando en libertad a los prisioneros y proporcionando atención médica a los maderistas lesionados.

El triunfo

Ese mismo 10 de mayo Francisco I. Madero establece su gobierno provisional en Ciudad Juárez, Chihuahua, y allí también se firmará el convenio de paz. Se nombra presidente provisional y se lanza la convocatoria para nuevas elecciones. Madero designa al profesor Francisco Figueroa como gobernador de Guerrero.

Al triunfo de la guerra, el ya general Manuel Centurión acuerda para el 2 de junio de 1911 la entrada al puerto de las fuerzas maderistas.

El convite

Ese día, el convite de la victoria arranca a las 9 de la mañana del Puente Alto hacia el centro de la ciudad. Dos mil hombres componen la columna cuya descubierta está formada por 25 jinetes y la banda de música de Atoyac de Álvarez (más tarde orquesta Minerva de Acapulco, dirigida por don Alberto Escobar).

“Marchaba a la vanguardia el oficial Fausto Guillén con 29 hombres de caballería; seguidos de la banda de música y los clarines. Atrás de éstos iba Mariscal, con el general Félix Álvarez a su derecha y el mayor Nemesio Guillén a su izquierda. Seguía la infantería al mando de Valeriano Vidales León, ostentando el grado de mayor. Luego marchaban los oficiales Dimas Fierro, José Cariño, Lucas Manrique, Florencio Maya y Modesto Guillén. La retaguardia la cubría Julian Radilla con 400 hombres de caballería y sus ayudante Juan y Tiburcio Hernández. (Memoria de Acapulco).

Los acapulqueños

 El clamoreo y los aplausos del público se intensificarán al paso de amigos, parientes, vecinos y conocidos ostentando diversos grados miltares: Albino Lacunza, Dustano Montano (médico), Amado Olivar, Constancio Tancho Martínez, Antonio Fernández, Nicolás y Manuel Uruñuela, Fernando Heredia, Daniel Lobato, Juan H. Luz (telegrafista), Reynold Miranda, José Galeana, Eustasio Olea, Francisco Carmona, Miguel Valeriano, Palemón Gómez, Ernesto Galeana, Eligio Laurel, Ramón Arvizu, David Arizmendi, Silvestre de la Paz, Octaviano Pelón Lobato, Reynold Miranda, Florentino Zurita, Crisóforo Cárdenas, Sabino Deloya, Salomé Castrejón, Crispín Escobar, Isaías Acosta, Eliseo Escobar, Gregorio Miranda y Pedro Olea.

Para los acapulqueños la pesadilla no terminará ahí. Soportarán a sus libertadores el tiempo que dure el licenciamiento del ejército popular –40 pesos por carabina y 15 pesos por machete–, borrachos las 24 horas y disparando sus armas al aire e incluso entre ellos mismos.

Resumen

El Ejército lamentará la muerte de 19 soldados, entre ellos el capitán Pedro Ordóñez, además de una veintena de lesionados.

Por lo que hace al consumo de parque, el coronel Manuel Gallardo revelará que el 80 Batallón disparó 5 mil cartuchos, más 8 mil las fuerzas auxiliares. Se decomisarán 22 caballos ensillados.

Los revolucionarios calcularon sus bajas en poco más de una cincuentena, además de lesionados y prisioneros.

Las autoridades municipales revelaron por su parte que los civiles muertos sumaron una docena, entre hombres, mujeres e incluso un niño.

¡Mejor vámolo!

–Los cuicos del Ayuntamiento empezaron a echarnos bala y nosotros a correr. “Mientras más balas nos echaban más recio corríamos. Mi primo Tobías y yo fuimos a parar a un recoveco del mar que le nombran la ‘panocha’, o sepa la bola, (Tlacopanocha). Nomás de ver aquella agua azulosa se nos antojó bañamos. Tobías es gente de ‘calicatencia’ pues ya acabaló el Silabario de San Miguel y es monaguillo en la iglesia de Atoyac. El dice que el señor cura le dijo que por más bala que echemos nada va a cambiar para nosotros. Es más, que Diosito dice que los que nacemos jodidos moriremos jodidos. Fue entonces cuando yo le propuse:

–Tobías, ¿entonces ya pa’qué?… ¡mejor vámolo!