
Adán Ramírez Serret
Entre los más grandes privilegios que he tenido en la vida, es haber conocido a mis cuatro abuelos. Además, fui cercano a los cuatro, con cada uno a su manera. Ahora, me interesa sobre todo hablar de mis dos abuelas, por algunos libros que tengo sobre la mesa y, también porque el otro día, platicando de libros con Pamela Cerdeira me dijo algo que me pareció muy bello: que desde un punto antropológico, siempre se busca saber las razones del cuerpo y el comportamiento humano; y, desde ese punto de vista, se busca entender algunos ciclos de la vida humana, entre los cuales resulta que el macho humano puede, en teoría, reproducirse hasta el último día de su vida en que seguirá produciendo espermatozoides; mientras que para las mujeres, el ciclo reproductivo acaba y aún viven muchos años más, así, los antropólogos se preguntan cuál es la razón de esto, y una de las hipótesis es que las mujeres siguen un largo tiempo de vida luego de acabar su etapa reproductiva para contar historias. Y claro, mucha de la construcción cultural más potente que podemos tener, viene a partir de saber de dónde venimos; cuáles son aquellas historias que nos han hecho estar frente a nuestras abuelas mientras nos cuentan sus vidas, las de sus padres y abuelos, la de nuestros tíos, hermanos y propios padres y madres que ellas concibieron. Porque los relatos: los mitos, religiones e historia, son nuestra gran arma secreta, según Yuval Noaḥ Harari; que fue nuestro gran súper poder que nos distinguió no solamente de las otras especies, también de una buena parte de los homínidos. Por lo tanto, el hilo trazado, urdido e imaginado por las abuelas, si se tuvo el privilegio de escucharlas, es una de las herencias más poderosas que puede tener un ser humano.
Así que, pensando en las abuelas tengo mi momento proustiano y pienso en esos días de la infancia y la primera adolescencia, en donde comenzaba a enfrentarme a la vida cuando platicaba con mis abuelas, que lo sabían todo. Ese encuentro es hermoso, unos comienzan y ellas están en la última etapa de sus vidas. Sobre esto va uno de los libros que tengo sobre la mesa, Los sombreros de la abuela, de Celia Ferrón Paramio e ilustrado por Minerva GM, que cuenta la historia de una niña que todas las tardes, después de la escuela, se iba a comer con sus abuelos. Pero hace poco la abuela falleció, así que ahora va a comer sólo con su abuelo, quien, si nunca habló mucho, ahora lo hace menos. Así que la niña está sola y uno de sus pasatiempos favoritos es ponerse los sombreros y paliacates de la abuela, es feliz haciendo esto, porque al mismo tiempo que la recuerda, puede jugar a parecerse a ella y también ella misma ser un nuevo invento. Pero la vida le da una sorpresa cuando se entera que está llena de piojos y que estos deben estar en los sombreros de la abuela.
El otro libro que tengo es Dormir el trópico, de Martha Riva Palacio Obón e ilustrado por Elizabeth Builes que dice en una de sus páginas: “Noches en las que me contabas / con esa voz tan tuya de giganta / una historia tras otra”. Es la historia de una niña que va recreando sus recuerdos con las narraciones de su abuela, aquellos años donde tuvo que dejar el trópico para ir a la gran ciudad, las guerras que sufrió y la jungla que siempre habitó los relatos de la abuela. “Narrar bajo tu influjo, abue, abueliña / es recordar que tus cuentos / también son cuentos de guerra”. Es la vida plena, triste, feliz, muy dura, narrada por las mujeres.
Recordar a las abuelas es hablar con nosotros mismos en un lugar en donde el pasado y el futuro se vuelven un presente tangible cada que se habla de esas historias, que fundan a las personas que seremos.
Celia Ferrón, Paramio, Los sombreros de la abuela, ilustración Minerva GM, Ciudad de México, El naranjo, 2025. 30 páginas.
Martha Riva Palacio Obón, Dormir el trópico, ilustración Elizabeth Builes, Ciudad de México, El Naranjo, 2025. 45 páginas.


