
(Primera de dos partes)
Federico Vite
Pareciera que la tradición de los escritores latinoamericanos no está del lado de la imaginación, sino cerca del realismo cruel y despótico. Y, por supuesto, cuando hablamos del realismo enfatizamos tintes políticos. Hablo de un ajuste de cuentas con las injusticias y el daño provocado por el Estado. Se escribe en Latinoamérica para resarcir tanta ignominia. Se pone como ejemplo el abuso de poder, así como tantas otras acciones autoritarias que evitan el libre ejercicio del pensamiento y el libre ejercicio de la libertad de expresión de los ciudadanos. Con eso en mente, me sumerjo a un libro de inusual volumen en el mercado editorial de América latina. Hablo de Las cenizas del cóndor (España, Alfaguara, colección Narrativas Hispánicas, 2022, 765 páginas), del periodista y escritor uruguayo Fernando Butazzoni.
De Butazzoni tengo pocas noticias, lo conocí como lector con la novela breve El tigre y la nieve (1989). Grosso modo: narra la peripecia de Julia Flores, una uruguaya que fue secuestrada y detenida en un campo de exterminio en Córdoba, Argentina. Es un texto narrado con destreza. No es un libro cursi ni mucho menos panfletario. Por esa razón me anime a leer Las cenizas del cóndor, cuya ambición es desmedida, pero bien recompensa para quien se adentra en los misterios de la banalidad del mal, de esa energía cuyas tragedias son endilgadas siempre al acato de una orden. Es la sin razón y el abuso de poder lo que mueve muchos libros de Latinoamérica, pero para efectos prácticos les llamamos injusticias.
La primera sorpresa es que el autor, Fernando Butazzoni, es un personaje y narrador de esta novela, pero a contrapelo de ese relato en primera persona, el lector descubre las historias (narradas por una voz omnisciente) de dos mujeres: Natalia y Katia. Estos dos pilares del texto cambiarán de nombre, de idioma, de país y de ideología.
Butazzoni tenía un programa de radio en el año 2000, en Uruguay. Recibe la llamada de un joven llamado “Ricardo”. Él asegura que tiene información confidencial sobre los sitios en los que fueron enterrados los cadáveres de varios rebeldes en la década de los 70 del siglo pasado. Es un testimonio fidedigno con pruebas contundentes. A partir de ahí, la historia se abre y poco a poco ingresa a una serie de superposiciones de la trama en las que Katia y Natalia tienen mucho que ver entre sí y de manera indirecta confirman la historia de “Ricardo”. Es decir, hay pruebas de que muchos jóvenes fueron enterrados en el Batallón 13. A partir de ese hecho, Butazzoni recrea la historia reciente de Latinoamérica y, por supuesto, la abusiva imagen del ejército chileno, argentino, uruguayo, paraguayo y peruano, quienes traman un plan para que los rebeldes, los que intentan cambiar el status quo, sean aprehendidos, torturados y aniquilados.
La historia avanza como si fuera un reportaje, se tienen fuentes, hechos, declaraciones e incluso testimonios, pero ninguno de esos elementos es una prueba que pueda llevar a los altos mandos militares a prisión. Aunque hay forma de juzgarlos, aún nadie los incrimina de manera directa. Y lo interesante se da en la página 200. Pues el autor se da cuenta de la imposibilidad de la empresa y acepta (para sorpresa del lector) que hubo un plan operativo en contra de los subversivos, pero no puede demostrarlo en una reportaje, sino en una novela. Entonces su libro se vuelca en la ficción. Es decir, apuesta por la ficción basada en hechos reales para ahondar en ese periodo oscuro de la historia del cono sur de nuestro continente.
En el libro también hay menciones a la CIA y a la KGB, aspectos que potencian el furor de la Guerra Fría, porque esa guerra “a veces se calienta mucho” y América latina padece ese calentamiento acelerado.
La novela, entonces, circula por Uruguay, Paraguay, Argentina y Chile. Se mencionan otros países y ocurren algunas cosas más, pero los hechos trascendentales se llevan a cabo en las urbes ya mencionadas, ahí es donde se concentra el Plan Cóndor, al que alude el autor y personaje de la novela en cuestión. Este plan, siniestro y abusivo, se fundamentaba en mantener campañas de represión política y terrorismo de Estado; se puso en marcha en 1975 por varias dictaduras de latinoamericanas que actuaron con apoyo del gobierno de Estados Unidos. Ese plan consistió en la vigilancia y detención, tortura, desaparición y asesinato de personas que el régimen considera enemigo. ¿Quiénes eran los enemigos? Todos aquellos que opinan distinto al dictador. El Plan Cóndor se constituyó en una organización clandestina. Era el martillo de los dictadores, aplastaba a los movimientos de izquierda y a todo aquel que hiciera sombra al gobierno.
Aunque Las cenizas del cóndor fue publicado por primera vez en 2014, la vigencia de este relato no se pierde, porque describe muy bien toda una maquinaria para preservar el poder a toda costa. Pero saliendo un poco de la pertinencia del libro, yo me sumerjo en la historia aplaudiendo el rigor de una narrador que cuenta muchos aspectos significativos, pero en esencia, inicia un reportaje que se transforma en novela.
En cuestiones técnicas, me interesa un hecho: en la página 200, Butazzoni entiende que la pesquisa no va llevarlo más que a especulaciones y para ello decide, con inteligencia, mantener el trote de la prosa, conserva el orden lineal del tiempo y el desarrollo de los personajes, pero con la certeza de que esa corrección in situ no degrada la verosimilitud de todo lo narrado. ¿Por qué?
De eso escribo la siguiente entrega, pero me gustaría señalar antes un aspecto: siempre hay algo popular y condescendiente en una buena novela, algo que enganche con muchos lectores, pero en el caso de Las cenizas del cóndor el bien controlado torrente de una prosa que a pesar de que narra hechos tristemente célebres e históricos, tiene la entereza de apoyarse en personajes ficticios que están construidos con el mismo rigor que Natalia, la persona que en 2014 aún vivía y contribuyó en gran medida al nacimiento del libro que ahora comentamos.
@Federí Vite


