
AMERIZAJE
Ana Cecilia Terrazas
A Jef.
Desde que la humanidad se pudo conectar y prácticamente todos los rincones del hemisferio quedaron expuestos a todo el mundo, surgieron una serie de instituciones que tutelan los gustos, modas, costumbres y hábitos con el fin de poderlos mercadear, vender, promover. Sin adjetivar este fenómeno, los medios de comunicación están al centro de este sistema, como brazos de las potencias económicas, comandados por la oferta y la demanda.
En la década de los ochenta, concretamente en el ámbito radiofónico, juvenil y musical, surgieron varios fenómenos movidos por los líderes de opinión –programadores, gerentes de marca de disqueras, conductores– de ese tiempo. La fortaleza de la radio entonces –tal vez de siempre–, como medio acompañante y didáctico, se enfocaba sobre todo en dos vertientes: aportar un catálogo musical para que las generaciones de los 18 a los 25 años bailaran, se enamoraran, se entristecieran, se alegraran, huyeran a su propio mundo y vivieran y, junto con esto, ofrecer un repertorio discursivo, a través de la conducción de programas que iban normando criterios, formando opiniones, construyendo resistencias.
La burguesa Frecuencia Modulada en Ciudad de México se engalanó con varias radios de resistencia juvenil, bastante pensantes, con ganas de tener y de hacer conciencia, si bien unas más progres que otras: Rock 101 (1984), WFM (1985) y Radioactivo (1992)*. Todas las anteriores hacían vínculos con las y los jóvenes ochenteros de manera quizá estridente, quizá contracultural, quizá a la moda. Los vehículos empáticos: la música y la palabra irreverente, sarcástica, antisolemne.
Más por razones personales que por el ánimo de historiar, el conductor de radio, especialista en jazz y amante de la música fina, Erik Montenegro, decidió en agosto pasado hacer un homenaje a su amigo José Enrique Fernández, antecesor en la selección de música y programación radiofónica, formador de proyectos que fueron de gran influencia e impacto para las generaciones que ahora tienen entre 43 y 56 años. A Fernández le tocó escoger la música –no folklórica ni étnica o de protesta– pop, folk, jazz, rock, comercial y selecta, que todos escuchamos en alguna época. Él es músico, hijo de músico, autor, productor, conductor y director de programación. Ha trabajado desde distintos ángulos, siempre con y sobre la música, para empresas de la talla de Warner, Melody, Universal y la revista Billboard. Fue codirector de la disquera independiente Suave y director de programación de Radioactivo, Stereorey, creador de Reactor 107.9 FM, asesor de Ibero 90.9 y, en una época, director de programación de las 17 estaciones del Instituto Mexicano de la Radio, incluyendo Horizonte 107.9 de FM, donde actualmente es asesor musical y en donde todos los martes al filo de las ocho de la noche conduce junto con su hija María Emilia uno de los programas más escuchados del grupo radiofónico público: Covertitlán.
La serie de Montenegro que homenajea a Fernández goza de la libertad de toda producción de autor en podcast: duración a modo; se habla de música y sobre música sin la música de fondo –aunque se ofrece un listado para la escucha de las audiencias en Spotify; se tocan todos los temas y se habla de afectos, de fondos, de situaciones entretenidas. Son 13 capítulos, muy ilustrativos y gozosos porque, a pesar de ser una serie amistosa, de reconocimiento a una trayectoria, se ilustra sobre plataformas de grabación, cómo surgieron o no algunos artistas de la época –por ejemplo Madonna–, qué debe de hacer una disquera cuando tiene un éxito en un género “nuevo”, cuáles eran los hábitos de escucha de los años ochenta. Las ideologías de fondo de las resistencias a veces están a la vuelta de una canción de moda, esa melodía con la que se hicieron novios o se despidieron parejas que cambiaron el mundo, por lo menos su mundo, o quienes marcharon al compás de un grito por más respeto, menos autoritarismos.
Las Cintas perdidas** de Montenegro y Fernández hablan de amores e historias encontradas y de cómo un podcast hecho con cariño, con tiempo, con creatividad, puede traducir lo valioso de un relato íntimo, de la historia de alguien que tomó decisiones públicas, en un documento sonoro, epocal. Como dice el propio Fernández: “La verdadera influencia no viene sólo de impulsar éxitos inmediatos sino de sostener artistas con fe, rescatar los deep cuts (lo insólito y no muy escuchado) y crear ecos (cintas, playlists, programas) que permitan que esas canciones encuentren su público y sigan tocando corazones años después”.
* Aquí puede consultarse el libro de una serie que se ocupa de esa historia musical de época. https://editoraslosmiercoles.com/CintasPerdidas/CintasPerdidasLibro27sepOkLec.pdf
** https://acortar.link/AabcMh
@anterrazas


