
Ciudad de México, a 16 de junio de 2026.- La madrugada del 25 de octubre de 2023, después del paso del huracán Otis sobre la bahía de Acapulco, la devastación parecía total. Techos arrancados, edificios dañados, viviendas destruidas, servicios colapsados y embarcaciones hundidas dejaron una imagen que aún permanece en la memoria colectiva de Guerrero. La velocidad con la que el meteoro se intensificó, hasta llegar a categoría 5, tomó por sorpresa a autoridades, población e incluso especialistas. A la mañana siguiente era evidente que era uno de los mayores desastres naturales en la historia reciente de México.
Casi dos años después, un grupo internacional de investigadores se planteó una pregunta necesaria: ¿Parte de esos daños pudo haberse evitado? La respuesta, según una investigación publicada en septiembre de 2025 en la revista científica Science of the Total Environment, es que sí.
Titulado La preservación de manglares pudo haber reducido significativamente los daños del huracán Otis en la costa de Guerrero, México, el estudio fue realizado por siete investigadores de distintos países, entre ellos el científico mexicano Bernardo Bastién, del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM.
El equipo internacional analizó el papel que desempeñan los manglares como barreras naturales frente a huracanes y otros fenómenos extremos. Para ello, reconstruyó la pérdida de estos ecosistemas en Acapulco y zonas cercanas desde la década de 1980 y modeló estadísticamente qué habría ocurrido durante Otis si esos manglares aún existieran.
Los resultados fueron contundentes. De acuerdo con los cálculos del equipo, la presencia de los manglares que existían hace más de cuatro décadas habría permitido reducir en cerca de 3 por ciento los daños registrados en infraestructura urbana durante el paso del huracán. Y al menos 29 viviendas que fueron destruidas podrían haber permanecido en pie.
Aunque las cifras pueden parecer pequeñas frente a la magnitud de la tragedia, los investigadores subrayan que corresponden únicamente a un solo evento meteorológico.
“Esto es sólo para un huracán”, detalla Bastién durante la entrevista con El Sur. La pregunta relevante, apunta, es cuántas viviendas, caminos, puentes o servicios podrían haberse protegido a lo largo de décadas si esos ecosistemas hubieran permanecido en las costas de Guerrero.
El estudio también encontró que la pérdida de manglares no ha sido un fenómeno aislado. Más de 40 por ciento de las localidades costeras de Guerrero han experimentado la destrucción o desaparición de manglares cercanos. Como consecuencia, en promedio, los habitantes de estas zonas tienen hoy su manglar más próximo unos 300 metros más lejos que en los años ochenta.
Puede parecer una distancia menor. No lo es. Para los investigadores representa la pérdida gradual de una de las principales líneas de defensa natural frente a tormentas, marejadas y huracanes.
Protección natural para embarcaciones y ciudades
Los manglares suelen ser asociados con paisajes costeros, biodiversidad y pesca. Sin embargo, su función va mucho más allá de ser refugio para aves, peces y otras especies.
Su importancia radica en una característica física muy particular: la combinación de un denso dosel de ramas y hojas con un complejo sistema de raíces que se extiende desde el fondo marino y sobresale por encima del agua.
Cuando una tormenta genera oleaje intenso, esas raíces actúan como una barrera natural que aumenta la fricción y disminuye la fuerza del agua. Al mismo tiempo, la estructura aérea de los árboles ayuda a reducir la velocidad del viento.
En términos simples, los manglares absorben parte de la energía de los fenómenos extremos antes de que ésta alcance las zonas urbanas o habitadas.
“Es una cuestión física”, resume el científico. Las raíces frenan el movimiento del agua y las copas de los árboles reducen el impacto del viento. La eficacia de esta protección es de sobra conocida en comunidades costeras, cuyas embarcaciones recurren a ella de forma habitual.
Antes de la llegada del huracán Beryl a Quintana Roo, por ejemplo, circularon ampliamente imágenes de lanchas y yates resguardados entre manglares. La razón: permanecer dentro de esos ecosistemas podía ofrecer mayor seguridad que permanecer expuestos en mar abierto o en los puertos.
Fue precisamente una fotografía de ese tipo la que llevó a Bastién a formular una de las preguntas más importantes de la investigación. Mientras trabajaba en proyectos de divulgación sobre cambio climático y revisaba testimonios relacionados con Otis, el investigador comenzó a preguntarse dónde estaban los manglares de Acapulco cuando el huracán golpeó la costa guerrerense.
La respuesta fue inquietante. Sí había manglares, pero ya no eran los mismos que existían décadas atrás. Al comparar imágenes históricas y registros ambientales, los investigadores encontraron amplias zonas donde estos ecosistemas habían desaparecido entre 1980 y 2020. Allí donde antes existían barreras naturales capaces de amortiguar parte del impacto de tormentas y huracanes, hoy predominan otros usos del territorio.
Y esa transformación, concluye el estudio, tiene consecuencias que van mucho más allá del paisaje.
No sólo el clima, también las decisiones humanas
Aunque el debate público actual suele asociar la pérdida de ecosistemas costeros con el cambio climático, la investigación encontró que la principal causa de la desaparición de manglares en Guerrero ha sido otra: la transformación directa del territorio por actividades humanas.
En las últimas décadas, amplias extensiones de manglar fueron sustituidas por la expansión urbana y actividades relacionadas con la acuicultura, particularmente granjas camaroneras.
A partir de imágenes satelitales y registros históricos, los investigadores documentaron cómo áreas cercanas a cuerpos de agua –las lagunas de Tres Palos y Coyuca, por ejemplo– fueron modificándose con el tiempo. Donde antes existían ecosistemas costeros, comenzaron a aparecer desarrollos urbanos, infraestructura y espacios destinados a actividades productivas.
“La mayor parte de la pérdida de manglar que hemos visto a través del tiempo no es por cambio climático –puntualiza–. Es por el cambio de uso de suelo, por acción humana directa”.
El estudio señala que, conforme aumenten las temperaturas globales, los manglares enfrentarán condiciones más adversas para su supervivencia. Esto significa que incluso las estrategias de conservación y restauración podrían verse limitadas si el calentamiento global continúa acelerándose.
“La situación plantea una paradoja preocupante”, advierte el investigador. Los manglares son una de las herramientas naturales más eficaces para proteger a las comunidades costeras frente a tormentas y huracanes. Pero, al mismo tiempo, esos ecosistemas están siendo afectados tanto por actividades humanas locales como por un fenómeno global que contribuye a intensificar los eventos meteorológicos extremos que precisamente ayudan a mitigar.
“La historia de Otis ilustra con claridad ese círculo”, dice. Un huracán cuya fuerza estuvo asociada a condiciones oceánicas excepcionalmente cálidas impactó una región donde parte de las barreras naturales que podían reducir algunos de sus efectos habían desaparecido.
“No se trata de afirmar que los manglares habrían evitado la tragedia. Otis fue un fenómeno extraordinario cuya intensidad superó numerosos registros históricos. Lo que muestra la investigación es algo distinto: las decisiones tomadas durante décadas pueden aumentar o disminuir la vulnerabilidad de una comunidad cuando ocurre un desastre”, enfatiza Bastién.
Detrás de esa vulnerabilidad existe además un problema económico de fondo, expone. Quien destruye un manglar puede obtener beneficios privados inmediatos mediante la construcción, la expansión urbana o determinadas actividades productivas. En cambio, los beneficios que proporciona un ecosistema saludable suelen distribuirse entre toda la sociedad y rara vez aparecen reflejados en una factura o en una transacción comercial.
“El manglar no cobra por amortiguar una marejada, reducir la erosión costera o proteger viviendas durante una tormenta. Sin embargo, cuando desaparece, el costo colectivo termina manifestándose de otras maneras”, resume.
Aún hay margen para ganarle al calentamiento
La investigación sobre Otis y la bahía de Acapulco forma parte de un trabajo más amplio desarrollado por Bastién y otros expertos para entender cómo el cambio climático está afectando los manglares a escala global.
Utilizando información de alrededor de mil 500 sitios distribuidos en distintas regiones del planeta, los investigadores analizaron la relación entre variables climáticas y la evolución de estos ecosistemas.
Los resultados muestran una realidad compleja. Por una parte, “las políticas de conservación y restauración implementadas en diversos países sí están generando efectos positivos. Existen evidencias de que es posible recuperar áreas degradadas y frenar parte de la pérdida registrada durante las últimas décadas”, indica.
Por otra, el cambio climático amenaza con neutralizar una parte importante de esos avances.
Según las proyecciones presentadas por el equipo, México podría perder hacia finales de siglo aproximadamente 15 mil hectáreas de manglar únicamente como consecuencia del cambio climático. La cifra equivale, aproximadamente, a toda la superficie de la alcaldía Xochimilco de Ciudad de México.
A nivel mundial, la pérdida proyectada ronda las 150 mil hectáreas, una extensión comparable con la superficie total de Ciudad de México.
Estos datos no deben interpretarse como una sentencia inevitable, menciona Bastién, sino como una advertencia sobre la importancia de actuar con mayor rapidez y precisión.
La ciencia “puede ayudar a identificar qué zonas enfrentarán menores impactos climáticos en el futuro, cuáles presentan mayores probabilidades de éxito para los proyectos de restauración y qué comunidades necesitan con mayor urgencia la protección que brindan estos ecosistemas.
“En otras palabras, no basta con plantar manglares. También es necesario decidir estratégicamente dónde pueden ofrecer mayores beneficios sociales y ambientales”.
Lejos del pesimismo presente en las conversaciones sobre cambio climático, el investigador considera que aún existen motivos para el optimismo.
“Las proyecciones muestran que las acciones de conservación sí funcionan. La restauración sí puede recuperar ecosistemas. Las políticas públicas pueden reducir riesgos. Y el conocimiento científico puede orientar mejor las decisiones”, resalta.
Pero, advierte, el tiempo cuenta: “Cada manglar que desaparece hoy representa una protección menos para las comunidades costeras del mañana. En Acapulco, la pregunta que dio origen a esta investigación surgió al observar la devastación que dejó Otis. La respuesta obtenida apunta hacia una conclusión más amplia: los manglares no son únicamente árboles que crecen junto al mar, son infraestructura natural.
“Y cuando esa infraestructura desaparece, las consecuencias no se miden sólo en hectáreas perdidas o en mapas ambientales. También se reflejan en viviendas destruidas, servicios afectados y comunidades que enfrentan los huracanes con menos defensas de las que tenían décadas atrás”.
Guillermo Rivera


