
Ramón Vargas alista festejo en Bellas Artes por sus 40 años en escena; pese a la larga trayectoria sigue debutando en roles
Ciudad de México, 3 de septiembre de 2023. “Ando todavía debutando roles a los 62 años”, expresa Ramón Vargas. El tenor al fin dio vida a Don José en Graz, Austria, el mes pasado, arropado por Elina Garanca como Carmen, uno de los papeles rúbrica de la mezzo letona. Y ella no tuvo más que elogios para el mexicano una vez terminada la función.
“De verdad, Ramón: hiciste un gran Don José, y mira que la he cantado con todos. Nada más me faltabas tú”. La crítica de Austria también lo aplaudió.
“Más que la actuación, es el carácter que tú le quieras dar a Don José”, expresa Vargas sobre el protagónico de “Carmen”, de Bizet.
“Yo lo considero un pobre desgraciado, inseguro, violento, por eso sus inseguridades, muy frágil… Y yo le di ese carácter doloroso: la fortuna lo lleva por donde él no quiere. Lo manejo de esa manera y funcionó, porque si yo le doy el manejo solamente de fuerza, no me queda; para eso hay cantantes que lo pueden hacer mejor que yo”.
Agrega: “Por eso digo que hay que reconocer tus límites”.
Un papel varias veces pospuesto por el tenor y que tenía que haber debutado en la Grand Opera de Houston, un teatro que le servía como trampolín para probarse en nuevos roles. Así lo hizo, por ejemplo, con “Romeo y Julieta”, de Gounod, antes de llegar a la Metropolitan Opera House de Nueva York, y con “Los cuentos de Hoffmann”, de Offenbach.
Por su gran aprecio por el cantante, David Gockley, director general del teatro texano hasta 2005, programaba aquellos títulos que Vargas deseaba debutar. Y entendió las razones del tenor cuando le canceló Carmen: no sentía que fuera un buen momento para abordarlas y buscaba evitar que esos roles le crearan problemas a futuro con la voz.
“Siempre me preguntan cuál ha sido mi secreto. Pues mi secreto es saber reconocer mis límites”.
Vargas encara ahora un reto mayúsculo: el debut de su primer rol wagneriano: Lohengrin, previsto para dentro de año y medio.
“Wagner no es fácil de cantar para mí”, acepta el tenor, aunque, enfatiza, Verdi es mucho más demandante.
“Verdi decía que para cantar a Wagner no se necesita a un cantante sino a un atleta, por lo largo y difícil que son sus roles”.
El Caballero del Cisne será el único papel wagneriano dentro de su repertorio.
“Llego a Lohengrin porque me gusta mucho, pero no hay mucho qué cantar de Wagner para mí”, reconoce quien -aficionado al boxeo, como su padregusta de comparar las categorías de los pugilistas con las voces distintas del tenor: “Yo creo que es la única (ópera de Wagner) que puedo cantar, pero ninguno de los otros roles. Es como meterse con Mike Tyson (peso pesado), y yo soy un peso medio”.
Contados son los tenores de su generación que siguen en activo como él, recalca. El italiano Roberto Alagna, unos años menor, es uno de ellos.
“Eso dice varias cosas de mí: una es que algo habré hecho bien. Ya somos los últimos de los mohicanos”, reitera con humor.
Y del boxeo salta a futbol, y refiere al desgaste de las distintas cuerdas vocales: “Los tenores duramos menos, somos como los centros delanteros en el fútbol, somos a los que más patadas les dan, y los bajos son como los porteros”.
Por lo pronto, añadirá a su repertorio el Pollione de la ópera “Norma”, de Bellini con el Teatro Comunale di Bologna de gira por Japón en noviembre próximo, con lo cual llegará a 70 roles principales en su carrera desde su debut en el Palacio de Bellas Artes hace 40 años, aunque admite que no lleva bien la cuenta.
Y habría que sumar también los papeles menores que cantó con el estudio de la Ópera Estatal de Viena y con el Teatro de Lucerna, compañía con la que firmó su primer contrato en Europa.
“El cantante aprende a cantar en el escenario”, comenta Vargas. “Dicen los italianos que a cantar se aprende comiendo polvo del escenario”.
Aunque también ha dejado atrás otros papeles, ya no acordes con su edad.
“Mi voz ha cambiado bastante, pero no lo suficiente como para tomar un repertorio lírico spinto. Mi voz se ha mantenido lírica, con un color, como diría mi maestro (Rodolfo) Celletti, ‘voce di amoroso’, pero yo ya no soy joven: el repertorio del Fausto, del Romeo, ya no me queda, ya no doy la pinta. Son cosas que hay que ir aceptando”.
Vargas cumplirá 63 años el 11 de septiembre, al día siguiente de una gala que alista en Bellas Artes por los 40 años de su debut en Falstaff, de Verdi, con Fenton.
Si su trayectoria se dividiera en tres actos, él ya vive el tercero, y llega a esta etapa de su vida más sereno. Aunque aún hay camino por recorrer.
“Yo estoy bien consciente que un día se va a cerrar el telón, y es algo inevitable. Lo que más me gustaría es irme con dignidad”.
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Ramón Vargas apenas tuvo tiempo para descansar un par de horas antes de conversar la mañana del pasado miércoles en su departamento en Polanco, en la Ciudad de México.
Que las maletas no llegaran ha sido el colofón de un viaje accidentado desde Viena, donde reside. Sin poder cambiarse de ropa para la sesión de fotos, su esposa, Amalia, ha salido a toda prisa para conseguirle una camisa talla 17 y medio de cuello.
“Tengo el cuello ancho porque soy cantante”, explica, aunque él manda a hacer sus camisas.
Por la hora, no obstante, las tiendas de la zona aún no han abierto, pero él, de buen talante, acepta posar para la cámara con ropa sport y un sombrero.
La resequedad en la garganta que le causa el aire contaminado de la Ciudad no lo toma por sorpresa y, con antihistamínicos, intenta contrarrestar la alergia que un día lo obligó a abandonar el escenario al final del segundo acto en el estreno de “El Trovador”, de Verdi, en Bellas Artes en 2014.
Cuando está enfermo o no se siente del todo bien revive los nervios en el escenario que lo invadían de niño cuando era solista en el Coro de Infantes de la Basílica de Guadalupe con el Padre Javier González.
Recuerda que preparó las “Lamentaciones del Profeta Jeremías”, de Palestrina, con su maestro Antonio López, apenas fallecido hace tres meses y a quien ya hecha en falta.
Vargas tenía un solo muy largo, a cappella, que aún recuerda, aunque él prefería la parte que hacía su amigo José Ramón, quien el día de aquel concierto, se equivocó, y él, que era el siguiente, se llenó de pánico.
Para cuando el Padre González le marcó la entrada, se quedó inmóvil: “No, yo no”, dijo muy bajito. “Yo no ¿qué?”, le reviró el clérigo. “No quiero cantar”.
Le tenían pavor al cura porque era grande y fuerte, recuerda Vargas, entonces de 11 años.
“Veía todo nublado, como en las películas; el Padre Javier se me queda mirando y empiezo a cantar… A los 10 segundos me sentí bien, terminé muy exitoso”.
Una experiencia similar vivió en el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli en 1981, donde, salvo Vargas, el resto de finalistas eran mujeres, entre ellas la ganadora del primer lugar, María Luisa Tamez, además de Encarnación Vázquez y Lourdes Ambriz.
“Cuando estaba por salir, estaba muerto de miedo. ¡Muerto de miedo! Dije: ‘Caray, yo que estoy haciendo aquí, si podría estar viendo televisión en mi casa, a gusto…’, pero en cuanto empecé a cantar, me empiezo a relajar”, recuerda.
Al año siguiente, ganó el concurso.
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Sobre su debut el 18 de diciembre de 1992 en la Met de Nueva York, Ramón Vargas expresa: “Lo tengo muy presente, como dice el corrido”.
Debió sustituir a Luciano Pavarotti como Edgardo en “Lucia de Lamermoor”, de Donizetti.
A la fecha ya ha cantado en ese teatro más de 220 funciones y ha sido parte incluso de dos iniciativas de la casa neoyorquina para ganar más público: la primera transmisión de radio en vivo, con “Lucia de Lamermoor”, precisamente, y el lanzamiento del programa “En vivo desde el Met de Nueva York”, en 2006, con “Eugene Onegin”, de Tchaikovsky, un esfuerzo que ha llegado a diversos foros del mundo.
Pero el entusiasmo inicial del cantante por estas transmisiones en teatros y cines ha devenido en desencanto, confiesa: le tocó ver producciones que lucían muy bien en la pantalla, mientras que las butacas estaban medio vacías.
“En el cine, todas las voces se oyen igual y, en el teatro, hay voces más chicas y otras más grandes. Se estaba sacando de contexto a la ópera, que no se hizo para presentarse en cines. Se hizo para presentarse en teatros en vivo”.
Y abraza a la ópera y su vigencia.
“La ópera nos enseña la realidad de la vida, sigue siendo actual, es un espejo de nuestras virtudes y de nuestros pecados. No hemos cambiado”, asegura el tenor.
Y a este mundo, piensa, le hacen falta más seres como Edgardo, el rol que lo debutó en la Met y que le abrió las puertas en todos lados: noble, fiel, consecuente.
“Me han preguntado a quién salvarías de un naufragio si pusieras a todos los personajes: son 70 o más. Salvaría a Edgardo, pero como Edgardo es un caballero, le dejaría su lugar a Nemorino (de “El elíxir de amor”)”.
Texto y foto: Agencia Reforma


