20 julio,2026 8:54 am

“Cuando tejo no estoy sola en el telar, conmigo están mis abuelas y toda la historia de mi pueblo”: Porfiria Gómez

La maestra artesana ñomndaa obtuvo recientemente el Premio Especial en la XIV Edición del Concurso Nacional de Textiles, con un huipil tradicional que condensa la cosmogonía y el respeto por el conocimiento heredado en la comunidad de Zacualpan, municipio de Ometepec. Para que prevalezca este tipo de prendas, que constituyen “un documento histórico viviente”, pide a la Secretaría de Cultura reforzar los proyectos relacionados con el algodón coyuchi, que por el calentamiento global sufre plagas. “El clima ya no es el mismo”, advierte

El Sur / Ciudad de México, 20 de julio de 2026. Una obra de arte textil nace de la paciencia de la tierra y del ritmo constante del corazón que late frente al telar de cintura. En las manos de la maestra artesana Porfiria Gómez el algodón nativo verde, hilado a mano y teñido con los secretos de las cortezas y frutos locales, deja de ser una simple fibra para convertirse en un lienzo donde se plasma la memoria colectiva del pueblo ñomndaa.

Distinguido recientemente con el prestigioso Premio Especial a la mejor obra en técnica y material en la XIV Edición del Concurso Nacional de Textiles, su huipil tradicional es una prenda que respira. Al observarlo detenidamente, se revela una delicada y compleja arquitectura de tres lienzos unidos con tres tipos de puntada, en los que habitan iconografías antiguas, como la tarántula con el escarabajo de tortilla, el arcoíris, el petate, las montañas llenas de flores de cacaloxochitl y el cuello de gusano.

Se trata de una pieza ceremonial que evoca el misticismo de Zacualpan, comunidad que conserva numerosas tradiciones, que se resiste a olvidar sus orígenes, ubicada en el municipio de Ometepec, Costa Chica de Guerrero.

A través de la pantalla de una computadora, en una videollamada que acorta la distancia física pero no la calidez de su hogar en Zacualpan, la maestra Porfiria, de 51 años, comparte a El Sur su sentir con una enorme sonrisa y en su lengua materna, el ñomndaa. No habla español, pero su hijo Ignacio Benito, de 30 años, actúa como intérprete. Traduce cada palabra de su madre y agrega sus propias vivencias como parte fundamental del taller familiar, llamado Textil Zacoalpan (nombre con que se identifican en redes sociales, por ejemplo en su perfil de Instagram).

“Me siento muy contenta, muy feliz, porque soy de las pocas personas que cuidan los algodones nativos de nuestros abuelos”, expresa Porfiria en su idioma. “También me siento contenta para que la nueva generación se motive a salvaguardar nuestros algodoneros nativos y me siento muy feliz por haber ganado este premio”, dice del reconocimiento otorgado conjuntamente por la Secretaría de Cultura federal, el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart) y el Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos.

Para Porfiria y su familia –formada por ella, su esposo y su hijo Ignacio–, el arte textil es una herencia arraigada en la supervivencia y la necesidad cotidiana. Porfiria aprendió el oficio cuando era una niña, observando a su madre. “Aprendí de mi mamá a hilar y tejer a la edad de 12 años porque en aquel entonces era un momento complicado y en el pueblo teníamos que tejer para poder vestirnos”, relata Porfiria. “Tenía que tejer para hacer mi propia ropa, antes no había ropa casual como la que usamos en la actualidad”.

Es una herencia de conocimiento: la mamá de Porfiria aprendió a su vez de su madre, bajo las mismas circunstancias de autosuficiencia y responsabilidad sobre la propia vestimenta.

Por eso, dice Porfiria, “cuando tejo no estoy sola en el telar, conmigo están mis abuelas y toda la historia de nuestro pueblo”.

“No hemos roto ese tabú de que teja el hombre”

El proceso detrás de la creación de un huipil como el de la maestra Porfiria implica resistencia y disciplina familiar, pues puede tomar de nueve meses hasta un año completo para terminarlo. Todo comienza en el campo de Zacualpan, una localidad de aproximadamente 5 mil habitantes –según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi)–, donde el cultivo de maíz, calabaza y chile se complementa con el de algodón.

En Zacualpan, cuya población es casi 100 por ciento amuzga –como también es conocido el pueblo ñomndaa–, la producción textil involucra a todo el núcleo familiar. Los hombres son los encargados de preparar la tierra, sembrar y cosechar el algodón, para luego entregarlo en los hogares, donde las mujeres toman el relevo para procesarlo, hilarlo y tejerlo en el telar de cintura.

“Dentro de la comunidad, los hombres nos dedicamos al campo, a sembrar el algodón, la materia prima. Nosotros cosechamos y lo traemos a la casa para que las mujeres lo procesen”, explica Ignacio.

Esta división también carga con el peso de los estereotipos de género locales, una barrera que Ignacio analiza: “Aún nosotros los hombres aquí dentro de la comunidad no hemos roto ese tabú de que teja el hombre. Yo conozco mucho de tintes naturales, pero no he roto ese estereotipo de tejer porque tengo bien entendido de que las maestras, las artesanas, las poseedoras del arte de tejer, de hilar, de procesar todo el algodón, solamente se lo heredan a las hijas, no al hijo”, acepta con sinceridad.

A pesar de ello, en el taller familiar ya se han comenzado a dar pasos con la idea de transformar las viejas costumbres: “Ahora también ya hemos roto una parte de ese estereotipo de que llegamos a la casa y empezamos a sacar la semilla y a despepitar los algodones”.

Porfiria describe que para confeccionar una prenda grande como la galardonada, se necesitan “unas seis balanzas” –unos seis kilos– de algodón limpio, los cuales se despepitan a mano, se limpian meticulosamente y son abatanados.

Este último paso, conocido localmente como “variarlo”, consiste en golpear repetidamente la fibra para esponjarla y formar las hebras largas que llaman “culebras”. Sólo después de este arduo trabajo físico se puede iniciar el proceso de hilado, el cual Porfiria realiza organizando sus tiempos en el taller entre mañanas y tardes.

Una vez completados los hilos, se realiza el urdimbre, midiendo tradicionalmente la longitud con la extensión de los brazos. Para una pieza de uso común, se calculan entre 24 y 25 “brazos”. El urdimbre se hierve en un atole de almidón de maíz que fortalece los hilos, después se separan uno por uno antes de montarse finalmente en el telar y entonces ya se comienza el intrincado proceso del brocado.

Es un trabajo de una complejidad tan elevada, cuenta Porfiria, que requiere de la ayuda de varias personas para realizar las tareas de limpieza y preparación de la fibra. Así, en la elaboración total de una pieza contribuye un equipo de hasta cuatro mujeres.

El lenguaje secreto de los brocados y el estatus

Para Porfiria y las otras guardianas del textil tradicional que quedan en Zacualpan –unas decenas– el huipil no es sólo una prenda de vestir: es un documento histórico viviente. En la antigüedad, vestir una de estas piezas ceremoniales marcaba un estatus social muy particular.

“La persona que lleva un huipil muy floreado tiene cierto estatus social. Pero no estamos hablando de dinero: puede ser de maíz, calabaza, chile, de lo que se cosecha aquí en la región, o puede ser una persona sabia o que lidera al pueblo y lleva la rienda”, menciona Porfiria.

“Es sumamente importante conservar los huipiles antiguos, porque las iconografías hablan de nuestra historia, de nuestros ancestros y de cómo nuestras abuelas vieron el mundo”, comenta Porfiria con tono solemne.

Ignacio relata que, a lo largo de los siglos, estas iconografías sirvieron como una forma de resistencia silenciosa frente a la colonización y el sincretismo religioso. Los antiguos amuzgos ocultaron los significados profundos de sus diseños textiles debajo de las festividades católicas de la región, una mezcla de creencias que sobrevive con fuerza hoy.

En fechas importantes como el 25 de julio –día del patrón Santiago Apóstol–, el 12 de octubre –Día de la Nación Pluricultural, antes llamado Día de la Raza– o el 8 y 12 de diciembre –dedicados a la Virgen de Guadalupe–, las calles de Zacualpan se llenan de color cuando la comunidad viste sus mejores galas tradicionales.

“Las iconografías antiguas son escrituras –profundiza Ignacio–. Todo va relacionado con las fiestas patronales o católicas de la región”.

Este respeto por el significado histórico del textil indígena es la razón por la cual Porfiria defiende la autenticidad de sus creaciones frente a la comercialización moderna. Aunque la venta de las piezas que hace su taller es a través de los envíos por paquetería a diferentes partes del país, Textil Zacualpan sirve para solventar gastos del hogar y financiar las nuevas siembras de algodón, exige un compromiso ético a quienes adquieren su trabajo.

“Siempre han sido ventas responsables. Si hay una persona que quiere comprar un huipil tradicional de mi pueblo, se vende pero con la condición de que lo respeten tal cual. No pueden cortarlo, modificarlo ni estilizarlo”, enfatiza la maestra artesana.

Que el legado no muera con su generación

La continuidad del arte milenario de los huipiles hechos en telar de cintura pende de un hilo. En Zacualpan –con unos 5 mil habitantes– se calcula que únicamente unas 40 maestras artesanas de entre 40 y 80 años conservan la técnica completa del hilado en algodón y el uso de tintes naturales de manera estricta. Por esta razón, Porfiria siente la necesidad de heredar su sabiduría y que el legado no muera con su generación.

“Para mi opinión, es de suma importancia de que principalmente las jóvenes mujeres aprendan a tejer, porque es el legado de nuestros ancestros; y también los jóvenes hombres, que se interesen y se integren a sembrar algodón para que el legado de nuestro pueblo no se extinga.

“Hay que aprovechar el tiempo que les queda a las maestras artesanas, o el que me queda a mí, porque yo no soy eterna. De corazón, yo puedo transmitir a la nueva generación para que aprendan a hilar, a tejer y a interpretar las iconografías antiguas de mi comunidad”.

Pero es todo un reto atraer a las nuevas generaciones, ya que la migración y la búsqueda de oportunidades fuera de la comunidad suelen alejar a los jóvenes de sus raíces. Ignacio, quien a sus 30 años ha decidido ser la mano derecha de su madre en la gestión del taller y su difusión en redes sociales, entiende el panorama. “A veces los jóvenes buscamos este sueño fuera de nuestro pueblo –admite–. Es un tema de convencer a la nueva generación a que se integre para salvaguardar nuestro el legado”.

Un grito de auxilio para salvar la semilla nativa

De momento, el taller familiar de Porfiria enfrenta un enemigo que amenaza la materia prima de su arte: las plagas y el cambio climático que azotan los campos de cultivo del algodón nativo e hilos tradicionales como el algodón coyuchi. Porfiria e Ignacio coinciden en que el esfuerzo familiar ya no es suficiente para contener este problema, por lo que hacen un llamado a las autoridades culturales y gubernamentales.

Exhorta la maestra artesana: “Pido la intervención de la Secretaría de Cultura, que refuerce más los proyectos relacionados con el algodón coyuchi porque han sufrido plagas. Los tiempos han cambiado, el algodón se siembra de manera tradicional como hicieron nuestros abuelos cientos de años atrás, pero el clima ya no es el mismo”.

Ignacio respalda la petición de su madre. Recuerda que el algodón es el elemento fundamental que completa la tradicional tríada agrícola de Mesoamérica en su región. “El algodón no es simplemente algodón; son las fibras que han mantenido una cultura entera. Con ella se escribió la historia de nuestro pueblo”.

Guillermo Rivera