30 mayo,2026 10:15 am

David Olvera, récord nacional de nado en mar abierto: “No eres las voces en tu cabeza”

Obtuvo el récord mundial Guinness al rodear la isla de Manhattan y recorrió a nado la distancia entre Cozumel y Cancún en menos de 17 horas. Con 27 años, ahora reta a su cuerpo, entrenado para resistir, con un enfoque diferente. Ha aprendido que cada cuerpo de agua posee un carácter distinto: temperatura, corrientes, visibilidad, fauna y algo menos tangible. Por ejemplo, en Acapulco “el mar era más caliente, pero también se sentía como con mucha historia”

Guillermo Rivera
El Sur / Ciudad de México, 30 de mayo de 2026. David Olvera, nadador de aguas abiertas con el récord nacional de 85 kilómetros entre Cozumel y Canción en menos de 17 horas, habla de resistencia: no se asume como alguien extraordinario ni como un caso aislado, pero sí pondera una particular intuición que lo acompañó desde la infancia. “De niño, siempre sentí algo diferente dentro de mí. No porque yo fuera diferente a los demás, sino porque había como un instinto, una sensación de que quería hacer algo grande. No sabía qué ni en qué ámbito, pero estaba ahí”.

David Olvera –27 años– se ha consolidado como uno de los nadadores de aguas abiertas más destacados de México. En junio de 2025 se hizo de un récord mundial Guinness tras completar el circuito alrededor de la isla de Manhattan, en Nueva York, en cinco horas y 34 minutos; más recientemente –el 7 de abril pasado– estableció una marca histórica al nadar aproximadamente 85 kilómetros en mar abierto entre Cozumel y Cancún en 16 horas y 48 minutos, la mayor distancia registrada por un mexicano en este tipo de prueba.

Sus logros lo colocan en una élite donde la resistencia física, la estrategia y la fortaleza mental se combinan para empujar los límites del cuerpo humano.

Ese impulso de niño no se tradujo de inmediato en récords ni en hazañas extremas. El verdadero punto de quiebre llegó hace cuatro años, lejos del mar y de cualquier competencia formal. Fue durante un taller del método Wim Hof, basado en respiración profunda y exposición al frío extremo: “Ahí hubo un cambio químico dentro de mí”, dice en entrevista con El Sur. “No sólo en cuestión mental, también espiritual”.

La experiencia consistía en algo aparentemente simple: respirar de manera controlada y entrar en una tina de hielo, un ejercicio que para él representó mucho más que una prueba física. “Fue ponerme conscientemente en una situación real de estrés. Ahí entendí algo muy fuerte: el dolor no siempre es malo. Es algo real de la experiencia humana”.

De ahí le viene su apodo: The FreezeWiz.

Para este atleta de alto rendimiento, la transformación personal no ocurre desde la comodidad ni desde la repetición automática. “Si quieres pensar diferente, tienes que vivir algo que te obligue a cambiar. Muchas personas quieren cambiar, pero siguen haciendo exactamente lo mismo”.

Después del taller confirmó su intuición. Decidió ponerse a prueba y nadó 15 kilómetros en una alberca semiolímpica; hasta entonces su máximo había sido de 10. “Ahí entendí que podía mucho más de lo que creía. Mi mente había sido mi mayor limitante”. Ese hallazgo modificó radicalmente su relación con el entrenamiento.

La mente como músculo, ese superpoder

Olvera se refiere a la mente como una parte más del cuerpo, una que también debe trabajarse, forzarse, recuperarse y fortalecerse. “El músculo más fuerte que necesitas es éste”, enfatiza al tiempo que señala su cabeza.

Puedes tener fuerza física, resistencia aeróbica, técnica impecable, explica, pero cuando el cuerpo entra en crisis lo que define todo es la narrativa interna.

“No eres las voces en tu cabeza”. La frase, que repite como una especie de mantra, resume buena parte de su filosofía. Existe una diferencia radical entre escuchar un pensamiento y obedecerlo, dice. “Hay una conciencia, pero tú decides cuál voz escuchar”.

Ese principio se vuelve determinante durante las pruebas extremas. Porque cuando lleva 10, 12 o 15 horas nadando, la mente inevitablemente empieza a producir ruido: cansancio, duda, incomodidad, miedo. La diferencia está en cómo se procesa. “Mi superpoder es que puedo cambiar. Puedo elegir conscientemente escuchar los pensamientos que me elevan”.

Cuando el agotamiento aparece, dirige la atención hacia otra parte. Piensa en el privilegio de estar ahí. En que puede respirar. En que su cuerpo sigue fuerte. En que está haciendo lo que eligió hacer.

“Puedo decirme: qué regalo poder estar aquí, sentir las olas, ver fauna, respirar, estar vivo. Sí duele. Claro que duele. Pero puedo transformarlo”. Incluso los elementos más agresivos del entorno –corrientes adversas, quemaduras de medusa, el desgaste muscular extremo– forman parte de esa resignificación.

“Hasta los piquetes de aguamala puedo usarlos a mi favor. Pienso: sí duele, pero va a pasar. No siento que voy a conquistar un mar. Me siento parte de un todo”.

Olvera rechaza la idea del talento como explicación suficiente. “Yo creo firmemente que cualquier persona que tiene un cuerpo es un atleta”. Lo que marca diferencia es dónde se pone la atención y qué tanto se está dispuesto a trabajar. Ahí aparece otro de sus principios: la confianza. Recuerda la lógica de atletas como Michael Phelps, para quien entrenar más que el resto construye una certeza interna difícil de romper.

Pero Olvera lleva esa idea más allá. “No se trata solamente de entrenar más. Se trata de romper las cosas que traes dentro: miedos, ideas, estigmas”. Para crear algo nuevo, insiste, algo tiene que romperse primero. Y para él, ese rompimiento comenzó en una tina de hielo.

Desde entonces, cada brazada larga, cada sesión de entrenamiento y cada reto extremo han sido una confirmación de aquella primera intuición: que el límite rara vez está en el cuerpo.

Casi siempre está en la manera en que aprendimos a pensar. La resistencia no es sólo física, reitera. De hecho, el verdadero reto empieza cuando el cuerpo ya quiere detenerse.

Y en el mar, no entrar en pánico, entrar en foco

“Soy la misma persona en esencia, pero con otra mentalidad”, remarca. Porque en el mar no hay distracciones, no hay pausa, no hay referencia clara del tiempo, no hay borde visible. En el mar únicamente hay repetición: brazada tras brazada, respiración tras respiración.

Hay un punto, explica, en el que el cuerpo “rompe”, en el sentido de atravesar una frontera. “Después de ciertas experiencias, ya no tienes otra opción más que despertar algo dentro de ti. Te das cuenta de que muchas cosas por las que sufrimos en el día a día no importan tanto”. Esa claridad es la que aparece cuando lleva horas nadando. Cuando el cuerpo ya está al límite, la mente no entra en pánico, entra en foco.

“Puedo cambiar el switch. Puedo decir: esto es una oportunidad, no un castigo”, continúa. Ese cambio no ocurre por inspiración momentánea. Es resultado de un trabajo previo: haber atravesado dolor, haberlo entendido, haberlo integrado.

Ver qué hay después del azul océano

Antes de los récords, antes de Manhattan o del cruce entre Cozumel y Cancún, hubo otro tipo de agua: los ríos de la huasteca potosina. Olvera creció en Ciudad Valles, San Luis Potosí, en un entorno donde la naturaleza era rutina. Recuerda los domingos familiares en el río, la corriente, el calor, la vegetación.

“¿Por qué quieres ir a la naturaleza? Porque somos eso –reflexiona–. Cuando regresas de esos lugares todo se siente distinto”.

En el mar, esa conexión sigue presente. “No voy a conquistar el mar. Soy parte de un todo”, repite. Y habla entonces de otra fuerza: la curiosidad. “Es como los marineros de antes. ¿Por qué querrías ir a ver qué hay después del azul? Pues por eso mismo. Es ese instinto de aventura, de ver qué hay más allá”.

Cada cuerpo de agua, explica, tiene un carácter distinto. Temperatura, corrientes, visibilidad, fauna, pero también algo menos tangible, dice. Recuerda su paso por Acapulco como un ejemplo: “El mar era más caliente, pero también se sentía diferente. Como con mucha historia. No es sólo nadar, es sentir dónde estás”.

Por eso, cada reto es mucho más que una prueba física. Es una experiencia completa.

Resistir 85 kilómetros en mar abierto, remarca David, no es un acto heroico ni una consecuencia de la edad. Es el resultado de una construcción diaria, precisa y sostenida.

“No es porque esté joven –precisa–. Conozco a muchos chavos rotos”.

Poco a poco su entrenamiento dejó de ser únicamente nadar. Empezó a trabajar fuerza, movilidad, recuperación y alimentación con el mismo nivel de atención. “Fortalecer mi cuerpo es lo que me permite nadar por horas. No es sólo nadar”.

Esa búsqueda lo llevó a integrar prácticas que no siempre forman parte del entrenamiento convencional. Respiración consciente, exposición al frío, control de la inflamación, suplementación específica. Todo con un objetivo: sostener el rendimiento “sin romperse”.

No siempre fue así. Entre los 18 y los 21 años, recuerda, se sintió físicamente mal, limitado, lejos de su mejor versión. Ese periodo fue clave para entender que el alto rendimiento se construye desde varias aristas. “Tienes que recuperarte como un profesional, no nada más entrenar como uno”.

El fracaso como entrenamiento

Antes del récord entre Cozumel y Cancún, hubo intentos fallidos, decisiones incorrectas, errores de logística. David Olvera los acepta como parte esencial del proceso.

“Aprendí todo –cuenta–. Las personas que deben estar cerca, la preparación, el lugar, la alimentación. No es sólo echarle ganas. Puedes ser el que más ganas le pone y aún así no lograrlo”.

El rendimiento, añade, depende de un conjunto de factores: equipo, contexto, estrategia, timing. No basta con la voluntad. “El cambio es de uno, pero también es colectivo. Las personas que te rodean importan”.

Aun así, admite que hay una parte inevitablemente solitaria. “Te enfrentas a ti mismo. A lo que piensas, a lo que haces, a lo que decides”.

De ese proceso también surge otra convicción: la necesidad de salir de lo conocido: “Si entrenas igual, comes igual y piensas igual, vas a obtener lo mismo”.

En ese nivel de exigencia, la línea entre disciplina y obsesión aparece inevitablemente. La reconoce, pero no la romantiza: “Para ser el mejor en algo, probablemente tienes que obsesionarte”, admite. Sin embargo, su apuesta es el balance. “Puedes llegar lejos desde el desbalance, pero se va a caer”.

“El día que deje de disfrutarlo, me retiro”. Por ahora, asegura, está lejos de ese punto.

“Siento que voy al 20 por ciento de mi capacidad”.

La fe, la confianza, el peligro

Al inicio, su motivación era demostrarse algo a sí mismo. Confirmar que podía, que su cuerpo respondía, que su intuición tenía sentido. Con el tiempo, ese motor maduró.

“Ahora tiene que ver con la fe”, dice. La fe en el sentido de confianza: “Tengo que creer que la otra orilla va a estar ahí, aunque no la vea. Si todo fuera certero, no habría espacio para la fe”.

Confía en el proceso, en el cuerpo, en el equipo, en el entorno, pero “la fe no sustituye el esfuerzo, lo acompaña”.

Finalmente, David habla de la saturación de información que se vive ahora: “No todo lo que ves te sirve. Tienes que decidir. Se trata de sentir, de experimentar. Hasta cuando me siento triste siento que es algo valioso. Es parte de estar vivo”.

Esa reflexión conecta con una última idea: el riesgo. En el mar, admite, hay momentos en los que su vida está en juego, pero no se trata de imprudencia. “No es aventarte sin pensar. Es ser competente”. Moverse en esa línea delgada entre explorar y sostenerse. Entre entender el límite y empujarlo.

Guillermo Rivera