
Decidido a no soltar uno de los temas vergonzantes de la sociedad mexicana, el historiador Federico Navarrete publicó en 2016 México racista (Grijalbo) y en 2017 volvió a la carga en su Alfabeto del racismo mexicano (Malpaso), una compilación de términos de uso cotidiano, de justificaciones recurrentes hacia las actitudes discriminatorias y de anécdotas que van desde las personales —en la propia familia del autor—, hasta las de carácter científico —como el intento se secuenciar el genoma del mestizo mexicano.
Sin perder el humor, Navarrete ha logrado desmenuzar los hábitos normalizados de una sociedad que suele negar su tendencia a despreciar a los demás y que asegura que sus acciones no son racistas. Sorpresa: Sí lo son.
–Usted menciona que en una sociedad que considera “menos graves” los crímenes contra personas estigmatizadas por su origen, color de piel u ocupación, la condena social por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa fue algo único.
–Fue excepcional, en comparación con lo ocurrido antes (Acteal, Aguas Blancas, Atenco). La campaña que hubo por parte de familiares y compañeros de la normal, rompió las prácticas de invisibilización de las víctimas, e incluso la tendencia a criminalizarlas. También rompió la barrera de devaluación que padece buena parte de la población.
Las costumbres de nuestro racismo, que tienen elementos de clasismo y de una cultura política autoritaria, determinan que el pobre y el campesino son seres marginales. O que los “revoltosos” y los “subversivos” merecen un castigo. Por eso el caso de Ayotzinapa fue excepcional. Logró romper con esa idea y mostrarnos que las 43 víctimas eran miembros de la sociedad… ¡como lo han sido todas las víctimas! Lo increíble es que invisibilizamos a más de 100 mil personas. Sólo hicimos visibles a 43.
–En su libro Alfabeto del racismo mexicano documenta palabras de uso cotidiano que podrían no verse como racistas. ¿Es necesario cuestionarnos el origen de las palabras? ¿Eliminarlas?
–Hay que ser cuidadosos: existen términos descriptivos y otros que son despectivos. Estos últimos deberían eliminarse, pero no por medio de la censura. Se trata más bien de crearles un vacío social. Mostrar que no son aceptables. Me refiero a términos despectivos cotidianos como “naco”, homofóbicos como “joto”, o peyorativos hacia las mujeres como “vieja”.
Otros términos, como “chino”, ya son parte del vocabulario. Yo sólo explico su origen histórico. Y no tiene que ser despectivo. Como “gu?ero”. Tienen un origen racial, cuyo uso no es negativo. Eso pasó con “chilango”, que era despectivo pero los oriundos de Ciudad de México lo adoptamos como denominación y le quitamos la carga negativa. Los términos se pueden transformar históricamente.
–Bajo esta lógica, ¿el grito de “¡puto!” en los estadios de futbol dejaría de ser ofensivo si se erradicara la discriminación contra la comunidad homosexual? –No creo. Si algunos homosexuales lo usan entre ellos en broma, es su derecho. Pero si uno no es parte de ese grupo, no tiene por qué referirse a ellos así. Eso de que “puto” no es despectivo sino bromista, no me convence. Es un término homofóbico y está bien que la FIFA lo castigue. Además, detrás subsiste una idea de superioridad.
–Quienes defienden esas “bromas” dicen que se restringe su derecho a la libre expresión cuando son señalados. Se quejan de un “exceso” de “corrección política”. Califican de “moralina” la reacción desfavorable.
–Decirle a alguien que no es gracioso que use un término despectivo contra otra persona, no es coartar su libertad de expresión, es mostrarle que su lenguaje es inadecuado, irrespetuoso y, en última instancia, inaceptable. Si las personas que gustan del humor homófobo, racista y machista se reúnen en privado y hacen festivales de chistes, tienen todo el derecho. Los demás no tenemos por qué escucharlos.
–Es un debate a nivel mundial. Los redactores de Charlie Hebdó (el semanario francés que sufrió un atentado terrorista en 2015) defienden una versión extrema de la libertad de expresión, donde se asegura que es el derecho de ofender. Muchos en Francia condenaron el asesinato de sus periodistas, pero sin dejar de decir que publicaban cosas ofensivas hacia mujeres, musulmanes, homosexuales, ¡quien fuera! En todas las sociedades aceptamos que hay limitaciones razonables a la libertad de expresión.
–Estos mismos críticos afirman también que “la corrección política” de quienes señalan racismo, misoginia y discriminación censuran el humor, la irreverencia y la transgresión.
–Aquí hay un elemento legítimo. Si la corrección política lleva a la censura, no es algo positivo. La pregunta es: ¿qué entendemos por humor?
La irreverencia es lo opuesto a la reverencia, entendida como algo que le debemos a quien ocupa una posición superior en la escala social. El humor que se ejerce de abajo hacia arriba combate el autoritarismo. Nos burlamos de los políticos para contrarrestar su poder.
Pero si el humor se ejerce desde arriba hacia las personas que tienen menos poder, es desprecio. Cuando una persona, que suele ser un hombre de clase media alta, heterosexual y posiblemente blanco se burla de los “nacos”, los “jotos” y las “viejas”, no es irreverente, porque no se burla de alguien arriba del escalón social. No cabe en la misma categoría el humor que viene desde abajo. Volvamos a Charlie Hebdó: son señores blancos, heterosexuales, de clase media que se burlan de mujeres musulmanas que, en Francia, ocupan una posición de marginalidad. Sus burlas no son irreverencia, sino un ejercicio de poder y racismo.
–Otro argumento: los hombres heterosexuales blancos y de clase media padecen racismo “inverso” o discriminación “inversa”. ¿Existe tal cosa?
–Existen actos de discriminación contra las personas blancas, definitivamente, pero el racismo es la marginación social contra un grupo minoritario. Los hombres heterosexuales blancos no lo son.
Por otro lado, no hay que idealizar a los indígenas: desde luego, los grupos marginados ejercen discriminación, formas de desprecio y sexismo, pero estas conductas no son necesariamente racistas y tomarlas como tal diluye el término.
El racismo es parte de una estructura social desigual y su práctica sirve para mantener la opresión. No podemos hablar de “racismo a la inversa” porque estructuralmente los indígenas no han tenido una posición de poder sobre los no indígenas, ni los han empobrecido, ni los han despojado de sus tierras, ni obligado a trabajar para ellos.
–¿Cuáles son los principios éticos a tomar en cuenta para erradicar las prácticas racistas?
–El respeto a la diferencia y no ejercer humor denigratorio. Necesitamos aprender nuevas formas de relacionarnos, porque estamos acostumbrados a la discriminación. Es una responsabilidad individual, pero también social, pues la solución no está sólo en mejorar individualmente nuestras acciones éticas, sino en cambiar el orden social.
–Cuando el Inegi presentó el Módulo de Movilidad Social Intergeneracional, que destacaba las diferencias en el acceso a las oportunidades de los mexicanos según su color de piel, hubo quien —como el comentarista de tv David Páramo— no sólo negó que hubiera racismo en México, sino que calificó al estudio como racista.
–En Estados Unidos, algunos sectores de la población blanca, como los que se acaban de manifestar en Charlottesville con antorchas, aseguran que el racismo se acabó y que los negros que denuncian el racismo son los racistas.
El discurso de Páramo es afín al de los supremacistas blancos en EU. Pretender que en México no hay racismo sólo lo puede hacer alguien que, por su posición social, no ha sido víctima de esto. Esta es una expresión de privilegio y de inconsciencia ante las experiencias sociales distintas a la propia. Por fortuna, es minoritaria.
–El Alfabeto del racismo mexicano inició como una colaboración en Horizontal. A diferencia del libro, en este medio digital usted incluyó nombres, como el del antropólogo Roger Bartra, que criticó las manifestaciones de los maestros de la CNTE. Lectores y editores indicaron que no percibían racismo, pues Bartra no se refería al origen étnico, social, ni el color de la piel.
–En los últimos años se ha vuelto inaceptable ejercer el racismo de modo abierto, refiriéndose a las características de un grupo. Por eso la gente con prejuicios racistas usa palabras que ya no aluden al físico, sino que son metáforas biológicas que comparan a los grupos con especies nocivas como las ratas.
Un ejemplo. En su campaña por la gubernatura del Estado de México, Arturo Montiel defendía: “Los derechos humanos, son de los humanos, no de las ratas”, con lo cual deshumanizaba a los que él consideraba criminales. Eso es un discurso potencialmente racista, porque le niega la humanidad a un grupo. Los compara con una plaga que debe ser exterminada.
Las metáforas biológicas que utiliza Bartra tienen que ver con “putrefacción”,“decadencia”, “enfermedad”. Designar a ciertos grupos humanos como putrefactos, decadentes o enfermos es una vieja tradición del discurso racista. La decadencia es el antecedente de la muerte, lo putrefacto debe ser eliminado. Así se referían los nazis a los judíos. Alguien con la cultura de un antropólogo destacado como Bartra debería saber que tal retórica tiene antecedentes peligrosos.
También habla de estos grupos como “desesperados” o “enojados”. Atribuir emociones a las demandas de un grupo social los descalifica, ya que no los mueve la razón, sino su “resentimiento”.
–¿Le han llamado resentido?
–Sí. Cuando me dicen eso, pienso: “tengo razón”. A los que ostentan privilegios les molesta que se los cuestionen.