Anituy Rebolledo Ayerdi

El misterio del Río de Plata

Nunca tan apropiado el símil de anfiteatro dado a los cerros que rodean al puerto –la bahía de Santa Lucía como escenario maravilloso–, cuando los acapulqueños sean espectadores angustiados del incendio y hundimiento del barco argentino Río de la Plata. Un drama enigmático y milonguero cuyo misterio permanece intacto a distancia de sesenta años.

Las campanas de La Soledad tocan a rebato aquel 18 de agosto de 1944, tal como lo han hecho por siglos para alertar a la población sobre la inminencia de peligros graves. Los porteños se ponen de pie, siempre unidos y solidarios, para enfrentar la nueva calamidad. Desde cualquier punto de la ciudad es posible admirar una gruesa columna de humo denso y amenazador. Emerge del centro de una embarcación para elevarse verticalmente al cielo pues no corre en ese momento ni un soplo de brisa.

Gritos y carreras. La gente baja acongojada de los cerros trayendo agua en cubetas y cacharros de todo tipo con la intención de ayudar a sofocar el siniestro. Pretensión inútil pues la nave permanece en el mismo sitio al que había sido llevado luego de desembarcar su pasaje en el muelle                       porteño. Y todo indicaba que no regresaría para facilitar la extinción del fuego. Nadie se entera en ese momento que la orden en contrario había sido dictada por el propio capitán de la nave.

Acapulco, según el Censo de Población de 1940, tiene 29 mil habitantes y no es exagerado afirmar que todos ellos fijaron en algún momento la vista hacia el sitio de la bahía donde crepitaban las maderas finas del barco argentino. La mayor concentración humana se dará en torno a la bahía pero particularmente en Icacos donde se tendrá más cercano el drama. El anfiteatro ofrecerá por las noches un espectáculo estremecedor.

El alcalde porteño Enrique Lobato, orfebre de oficio, hará lo único a su alcance frente a las características peculiares del desastre. Notificarlo telegráficamente al gobernador Rafael Catalán Calvo, quien a su vez lo haría del conocimiento del presidente de la República, Manuel Avila Camacho y del secretario de Marina Heriberto Jara. En corto, hará valer sus influencias para conseguir cuartos en los ya repletos por vacaciones escolares hoteles del centro La Marina (hoy Bancomer), Acapulco, 2 de abril (luego Colonial), Miramar, La Colimense, El Paraíso, y Monterrey.

Hundan al Río

El Río de la Plata, con 180 metros de largo y capacidad para 400 pasajeros (258 en primera clase y 146 en tercera), realizaba cruceros de placer entre Argentina y Los Ángeles, California, con escalas en Acapulco y otros puertos del Pacífico. Había formado parte de un lote de embarcaciones vendidas por el gobierno de Italia al argentino, encontrándose al estallar la guerra en puertos rioplatenses. Su botadura databa de 1923 con el nombre de Principessa María.

El nuestro era entonces un país beligerante. El estado de guerra contra las naciones del Eje –Roma-Berlín-Tokio–, lo había declarador el presidente Manuel Ávila Camacho el 7 de junio de 1942. México respondía así al hundimiento de tres barcos petroleros nacionales por submarinos alemanes (por lo menos eso dijeron los gringos).

En esa misma calamitosa línea, el 2 de febrero de 1943 había hecho erupción en Michoacán el volcán Paricutín. Aquí nadie creerá a Chico Mitotes, un chaparrito vendedor callejero de tuba, haber visto desde el cerro de La Mira las chispitas de aquella “ardentía”.

Antes, en 1941, un terremoto político había sacudido al país con epicentro en Tixtla, Guerrero. La quema de una bandera mexicana por normalistas de Ayotzinapa le cuesta la chamba al secretario de Educación, Luis Sánchez Pontón, y da pie para una nueva arremetida de la derecha clerical contra el artículo tercero constitucional.

El fuego en el Río de la Plata lo había iniciado su propio capitán luego de hablar con el embajador de su país en México. Le habría informado sobre la presencia amenazante de dos destructores estadunidenses, mismos que estarían esperándolo afuera de la bahía porteña. La orden de hundir el barco debió recibirla el capitán por el mismo conducto y esta habría tenido su origen necesariamente en la Casa Rosada.

Rechazada en un primer momento por absurda, la versión piromaniaca será confirmada plenamente por los mandos navales del puerto. Revelarán, además, acciones violentas de la marinería rioplatense para impedir las tareas de salvamento emprendidas por los marinos mexicanos. El lanzamiento de una segunda ancla hará imposible remolcar la nave y finalmente la inundación de sus bodegas la harán zozobrar.

Cien mil dólares

El crucero argentino nunca pudo ser confundido con una unidad beligerante. Su capitán se había encargado de cubrirlo con el nombre de la nave y la bandera blanquiazul de su país. Se verá tan corriente como                       cualquier Acatiki local y su diferencia será abismal con el original Principessa María.

La mayor intensidad del drama se vivirá sin duda junto a los                       pasajeros, casi todos argentinos. Habían desembarcado engañados de que sólo se trataba de fumigar el barco y que volverían tan pronto concluyera tal acción. Se les ofreció, además, el disfrute por cuenta de la naviera de los atractivos de Acapulco.

Al amanecer, cuando se observe la columna de humo e incluso se escuche el crepitar del fuego, a hombres y mujeres se les acogotará el pánico, la angustia y la desesperación. Ausentes el capitán y sus oficiales pedirán auxilio a los lugareños. No faltará quien solicite en alquilar una lancha o canoa para acercarse al barco pero ningún lanchero aceptará frente al riesgo de una explosión. ¿Explosión? Aquí tendrá su origen uno de tantos mitos en torno a un pretendido cargamento bélico del crucero argentino y hará crecer la crispazón de los pasajeros. Histéricos, algunos ofrecerán a gritos recompensas económicas para quien logre salvar sus pertenencias.

Así, mientras los familiares de un general brasileño estaban dispuestas a gratificar con ¡50 mil dólares! a la persona que rescatara un cofre metálico conteniendo las cenizas y condecoraciones del prócer, una emperifollada dama bonaerense anunciaba el doble (¡100 mil dólares!) a quien lograra salvar su alhajero a esa hora quizás ya pasto de las llamas.

El arribo del embajador de la República de Argentina hará volver el alma al cuerpo de los forzados náufragos. Les asegurará pasajes para sus destinos y apoyo oficial para el reclamo de los seguros. Personal de la secretaría de Relaciones Exteriores estará aquí también para auxiliarlos, en un gesto muy humanitario de nuestro paisano Ezequiel Padilla Peñalosa, titular de la secretaría de Relaciones Exteriores.

Misterio Indescifrable

El Río de la Plata arderá durante tres días y tres noches para luego ser engullidas sus 18 mil toneladas por el océano y depositadas suavemente en un lecho marino de 30 metros de profundidad, frente a Punta Guitarrón (Latitud 15° 5.2’ Norte; Longuitud 99° 52.2’ Oeste). Los buzos lo desnudarán durante 60 años hasta convertirlo en un herrumbroso esqueleto, guarida de la fauna y flora marinas.

Argentina estaba gobernada entonces por el general golpista Edelmiro J. Farrel, quien tenía como vicepresidente al coronel Juan Domingo Perón, capaz de aquello y más. Los “ches” nunca podrán esconder sus simpatías por Hitler –recibirán durante y después de la guerra capitales y criminales nazis– No obstante, ese gobierno romperá relaciones con Alemania y Japón.

¿Por qué el incendio y hundimiento del Río de la Plata?

Formulada cuando aún la nave ardía en la bahía de Santa Lucía, la pregunta se repetirá a lo largo de los años, hoy mismo, sin encontrar respuesta sensata y convincente.

¿Qué secreto guardaba el Río de la Plata que no fuera a develarse una vez en el fondo de nuestra bahía ? ¿O se pensaba rescatar más tarde lo rescatable habiéndolo conseguido con éxito? sigilosamente hacia la Base Naval o bien en una operación submarina digna de James Bond. Incluso las 13 toneladas de cobre portadas en su panza, así como un cargamento ilegal de mercurio o azogue.

¿Y si fue oro, oro alemán?

Anituy Rebolledo Ayerdi

El yate de la política y del amor

 Leonora y María

El yate Sotavento fue una figura familiar en la bahía de Acapulco durante la mayor parte de los 27 años que sirvió como embarcación de recreo del presidente de la República. Familia, amigos, invitados e incluso amores furtivos.

Cuando el presidente Miguel Alemán ordena en astilleros de Nueva Orleáns la construcción de un yate presidencial, para no ser menos entre sus pares americanos, lo hace por conducto y asesoría de su secretario de Marina, Luis Shaufelberger. El costo de la nave –600 mil dólares–, se considerará oneroso no obstante que para 1957 ya se identifica a la República Mexicana con el cuerno de la abundancia. La abundancia para unos cuántos y el cuerno para el resto de los mexicanos, distribuirá el cómico Palillo.

“Es un insulto para los históricamente juaneados                     habitantes de este país”, denuncia el Partido Comunista y nadie le hace caso. Atizan mejor la conciencia social los caricaturistas de la prensa independiente. Recomiendan al Presidente saciar sus ansias de marinero, mejor y mas barato, en los canales de Xochimilco o de perdida en las grandes inundaciones metropolitanas.

El mandatario veracruzano, en opinión del cronista Carlos E. Adame, era un apasionado del mar. Razón de sus frecuentes visitas al puerto para navegar en el Sotavento. Viajará unas veces a Zihuatanejo y otras a Puerto Escondido, Oaxaca, nunca solo. Se hará acompañar de su familia, de miembros de su gabinete, dignatarios o personajes extranjeros, amigos íntimos y damas.

Muchas damas. Damas misteriosas tocadas                     con sombreros como jongotes para no ser identificadas. Pretensión inútil para quienes se propongan lo contrario. Adivinarán en lontananza, por ejemplo, la grácil figura de María Félix o bien las rotundas formas                     de Leonora Amar. Quienes hoy recuerdan a la actriz brasileña, con largas temporadas en Acapulco y haciendo honor supremo a su apellido, la concentran en una sola y complicada palabra: un “¡viejorronón!”. Objeto, dicen, de los primeros sueños húmedos de muchos                     jóvenes acapulqueños de la mitad del siglo XX.

Con todo y ser un yate mas bien modesto y sin lujos, el Sotavento de Acapulco, como se le conocerá a partir de su llegada, será símbolo de poder y abundancia. Orgullo de una aristocracia emergente –“naca, naca, pero rica, rica”– que hará de este puerto, felizmente, su Cote d´azur.

López Mateos y Eisenhower

Contra los 56 metros de largo del Sotavento estarán los 144                     del yate Abdul Azíz, del rey Farad de Arabia Saudita. Si bien coinciden en sus cabinas decoradas con madera de teca, el árabe las supera con los añadidos de ébano. Son cinco pisos los de la nave saudí y dos los del “lanchón” mexicano. Los herrajes en el Sotavento provienen de la Ferretería Muñúzuri no así en el Abdul. Las manijas de las puertas son de plata, los grifos de agua de oro macizo y las bañeras de lapislázuli. Olímpicas sus dos albercas.

Tampoco tendrá nada que hacer el Sotavento frente al Britannia, de la familia real inglesa, con dotación de 256 tripulantes. O el yate Nabila, del mercader de armas Adnan Kashogui, con 86 metros de largo y 13 millones de francos de costo.

No obstante, el Sotavento                     tendrá sobre aquellos palacios flotantes la distinción de recibir al más grande héroe de la Segunda Guerra Mundial y al mismo tiempo                     presidente de los Estados Unidos, Dwigt D. Eisenhower. Ello durante la                     entrevista con su homólogo mexicano Adolfo López Mateos, el 19 de febrero de 1959, y entonces su imagen de sobria nave republicana dará la vuelta al mundo.

Las pláticas entre ambos mandatarios tienen lugar en el comedor de la embarcación mientras recorre la bahía y ahí mismo se servirá la comida. No faltarán periodistas fantaseando sobre la presencia de submarinos gringos en el fondo de la bahía y más allá de la Bocana, lista para entrar en combate, la flota estadunidense del Pacífico. Y no es que no haya habido una vigilancia estricta para proteger al único general de cinco estrellas en el mundo, sino que en este caso será muy discreta.

Y efectiva. Tanto, que para entonces la                     policía secreta mexicana y el FBI estadunidense mantendrán encerrados a los comunistas locales, en la cárcel o en sus propios domicilios, principalmente a Nicolás Román Benítez y a Emeterio Deloya Cárdenas. Operador este último de una lancha de pesca, resultaba sospechoso de odiar a los gringos e incluso de poseer torpedos de fabricación casera para lanzarlos contra el Sotavento.

–¡Poderosos pero fruncidos!–, respondía el también dirigente de la CROM, juntando los cinco dedos de la mano derecha.

Pípila

Sin miedo a la represión policíaca, doña Carmen Cortés de Deloya y su organización de lavanderas                     aprovecharán la presencia nocturna de Eisenhower en el Club de Skies. Lanzarán desde lo alto de La Candelaria sonoras trompetillas y delicados recordatorios maternales.

–“Go home, sanababiche, huevo de pípila” –rezaba una de varias consignas, referida esta seguramente a las pecas del general.

–¡Así es mi pueblo: sabe entregarse a los buenos vecinos y mejores amigos! –mentía López Mateos al oído de su rubicundo invitado.

Cardiaco

La entrevista entre los dos presidentes tenía como escenario Acapulco gracias a la recomendación de                     los médicos del presidente estadunidense, víctima de más de un ataque cardíaco. A la hora del banquete:

–Para mí, güisqui con agua –ordena Eisenhower.

–Yo prefiero una Coca cola –opta en su turno el presidente mexicano.

–¿Cómo Coca cola? –interviene extrañado el gringo –¿No sabe usted que la Coca cola es mala?. Lo dice mi médico –el doctor White– que es el mejor cardiólogo del mundo.

–Es que si bebo güisqui no me hará efecto la penicilina que estoy tomando –explica a manera de disculpa López Mateo.

Dice el doctor White que yo hubiera podido evitar mi primer infarto si 3 horas antes de producirse me hubiera tomado un güisqui –insiste Ike. Desde entonces no las dejo pasar sin tomar uno.

–Mi cardiólogo, el doctor Chávez, quizás no sea el mejor del mundo pero es magnífico; me ha dicho que más que el güisqui es bueno para el corazón el vino tinto.

–¡Yo que usted tomaba un güisqui!

(¿Cómo decirle “¡yo tomo lo que se me hinchan, pinche güero cagaleche!”, al hombre más poderoso de la tierra?).

Incidentes

Con todo, la entrevista Ike-ALM fue un suceso plagado de incidentes. El Ike era el tratamiento                     familiar de los estadunidenses para su presidente, desde su campaña electoral. “I like, Ike”, será entonces un pegajoso lema.

Incidentes como el de la conferencia de prensa de los dos presidentes en el Hotel Pierre Marqués. Habrá tanto periodista y en tan breve espacio que se armará tal batahola que impedirá escuchar las respuestas de los interrogados.

O el de la cena ofrecida por Eisenhower en el Club de Skies, con el show acuático de Carlos Ochoa. El gobernador Raúl Caballero Aburto, será rechazado en la puerta por no figurar en la lista de invitados. Caso contrario el del alcalde o mayor Mario Romero Lopetegui, a quien le abrirán valla los T-Men (así llamados los custodios del Tesoro y del Presidente estadunidenses, ex jugadores de futbol americano casi todos), sólo que él se negará a acceder sin su jefe. El malentendido será subsanado por el secretario de la Presidencia, Donato Miranda Fonseca, aunque no faltarán maliciosos que le adjudiquen el incidente. Nomás por joder.

Clark Gable

Durante la cena en honor del visitante distinguido, en La Perla del Mirador, con diez clavados en La Quebrada, destacará la presencia del el ex primer ministro de Gran Bretaña, Anthony Eden, dedicado aquí a la redacción de sus memorias.

Uno más. El incidente que describe a una media mentada de madre pronunciada por el propio jefe de las instituciones nacionales. Se da cuando han concluido en el Sotavento las pláticas presidenciales. Ike desembarca en el muelle del hotel Club de Pesca y López Mateos lo hace en el malecón de pesca, casi frente al Zócalo. El Presidente se lanza con un tranco largo para alcanzar el concreto y en ese momento

el fogonazo de un fotógrafo lo deslumbra haciéndolo trastabillar. Se asirá desesperadamente a las manos de sus ayudantes librándose de un histórico chapuzón presidencial.

–¡Hijo de tu chiinnnn…! –murmura irritado el señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos, pero sin perder su sonrisa a lo Clark Gable (uno de los tres más grandes galanes del cine estadunidense de todos los tiempos).

Quienes escucharon tal expresión abjurarán en ese momento de una antigua devoción por la divinidad presidencial, en tanto que el fotógrafo meditará cambiar de oficio. O lanzarse a bucear monedas en el malecón –“Guimi-mony-laguara-plis-míster”– o bien debutar como trovador en Caletilla.

Anituy Rebolledo Ayerdi

HAIR

La ópera-Rock que fue transquilada en Acapulco

 Hoy la luna brilla junto al sol (*)
y Júpiter eclipsa a Orión
la paz gobernará el planeta
y el amor será la ley

 Cuando han transcurrido apenas tres meses de la matanza de jóvenes en Tlatelolco, Acapulco vuelve a ocupar titulares amarillos en la prensa nacional, incluso internacional. Se le acusa esta vez de Babilonia moderna, impúdica, libertina y depravada. Y es que en un foro teatral del puerto, durante la representación de la ópera-rock titulada Hair, una docena de mujeres y hombres habían bailado y cantado sin ropa. Esto es, desnudos, o en cueros, si se prefiere. En pelotas, pues, ya para acabar y mejor comprensión del respetable.

La grave transgresión a los valores sacrosantos de la civilización occidental, la ruina de la moral pública y el abatimiento de las buenas costumbres, todo junto, se había dado durante la premiere nacional del espectáculo dedicada a las autoridades, los cuates y la prensa. Gente bonita , ¡oh, sí!, narices respingadas, carteras gordas pero sin faltar los colados y gandallas. Presentes también y oliendo a Brut los poderosos barones de la Costera.

La opera rock Hair se presentaba en Acapulco por primera vez en América Latina, luego de su triunfo en Broadway apenas dos años atrás. Se trataba entonces de un suceso musical de gran impacto cuyos primeros réditos beneficiarían al puerto con la difusión universal de su nombre.

Alfredo Elías Calles, el empresario, no los esperaba económicamente generosos pero sí pretendía por lo menos sacar su cuantiosa inversión. Se habían pagado derechos caros por la obra, la papeleta de actores, todos extranjeros, se pagaba en dólares y muchos gastos más. Había corrido con suerte al toparse con Jaco Avayou, empresario cinematográfico acapulqueño, quien aportará el escenario apropiado para el proyecto. El cine Acapulco, de la calle Plan de Ayala, casi esquina con Cuauhtémoc (donde ahora se exhiben películas porno), recibirá el remozamiento necesario para convertirse en el teatro Acuario, limpio y cómodo.

Peluquín

Decir debut y despedida en el argot del espectáculo es referirse al fracaso de un obra artística la noche misma de su estreno, casi siempre por escasez de público. El de Hair será rotundo pero por otra causa. La autoridad municipal la sacará de cartelera argumentando, como ayer, hoy y siempre, faltas a la moral. O sea, preservar la virginidad intelectual de los acapulqueños frente a una propuesta escatológica, inmoral, provocadora, obscena, irreverente, arrecha, sucia, libertina, disoluta, adulterina, perversa, caliente, impura, licenciosa, desvergonzada, cachonda, lujuriosa y más.

Tan dura anatema no provendrá, como pudiera pensarse, de ningún concilio o senedrín. Bastará que uno o varios poderosos así lo determinen para que así sea, incluso sin siquiera haber visto la obra o conocer su libreto. Se dejarían llevar los autores de la decisión por opiniones prestadas o bien pepenando rumores condenatorios de quienes acostumbran hacer de sus vicios privados, virtudes públicas.

Quiero que me llegue

hasta la cintura

arriba, abajo

en todas partes tengo

hair hair hair

hair hair hair

crece, meces

nada me embellece más… hair

Pelón

La escena escandalosa que despierta particularmente la santa moralina municipal, traducida en sellos de clausura hasta en los mingitorios, será en efecto un cuadro de actores cantando y danzando completamente desnudos. El escenario y la sala, según el libreto original, deberán permanecer en la más absoluta penumbra y así se presenta durante el ensayo general. Nadie contará, sin embargo, con la astucia sicalíptica del productor Elías Calles, descendiente por cierto del creador del PRI. Dotará a cada actor de una linterna sorda para que, en el cuadro final de la obra, se alumbren unos con otros, incluso a sí mismos, exhibiendo naturalmente sus “cositas”, como las llamaba mi maestra de biología. El tema interpretado será uno de los que dejará Hair como magnífica herencia: Let the sunhine.

Haya venido de Bucareli o del Arzobispado mexicano, la suspensión de Hair, incluida la clausura del teatro, fue boleto del alcalde Israel Nogueda Otero, quien, para librarse de cargos de mojigato y represor, enarbolará el Bando de Policía y Buen Gobierno, en su parte relativa a la preservación de la moral y las buenas costumbres. Mismo documento que castiga con cárcel una micción callejera pero solapa a infelices padrotes prostituyendo hoy mismo a menores de edad, casi niñas.

Quienes adjudican a la Secretaría de Gobernación, a cargo de Mario Moya Palencia, la autoría del ukase, aportan incluso los móviles posibles. La presencia en el evento de un hijo del presidente de la república, Gustavo Díaz Ordaz, y en la misma línea, que Irma Serrano, La Tigresa, se haya amarchantado con Berger, un personaje de Hair. Para otros, incluido el escribidor, todo tendrá su origen en los carteles que en alguna parte de la obra portan sus actores (todos extranjeros, insistimos) alusivos a la massacre de Ttaltelolco. ¡Chínguenlos!, ordenará Zeus Tonante.

Acuarios, acuarios

alegría y tolerancia

armonía y confianza

no queremos mas engaños

no más sueños destrozados

hoy nacemos para amarnos

nuestra era es la de Acuario

acuarios, acuarios

 

Pelambrera

Hair llama la atención mundial a partir de su nacimiento en 1967 por amalgamar un música formidable con la filosofía hippie. Se le tiene como causante de una revolución en la música, el teatro y el pensamiento de finales de los 60. Los desnudos y las referencias al espectador se suceden en la representación, durante la cual una tribu jipiosa habla de sus alegrías, temores y sentimientos. Su triunfo será clamoroso en Broadwayal año siguiente.

Hair fue para algunos críticos el gran fenómeno musical de la época. Una explosión de creatividad que cantó a la                   libertad de expresión e hizo del espectador un actor más.

Si bien todos los temas de la obraserán reconocidos en buena parte del mundo, dos de ellos llegarán para quedarse: Aquarius y Deja que entre el sol. La banda sonora se mantendrá en la lista de éxitos durante los tres años siguientes a su estreno. Hoy, sólo la nostalgia la convoca.

Pelillos a la mar

Diez años más tarde del acapulcazo, Hair será llevada a la pantalla por el director Milos Forman (Amadeus) y será combatida tan duramente como lo había sido la obra teatral. Excepción hecha de la banda sonora a la que se calificará como “vital y abierta”.

Hashís

mariguana

opio

LSD, peyote

costo, los hongos mágicos

la mescalina y la nicotina

cannabis sativa

alcohol y betún

jarabe de la tos

aspirina y válium

qualudes y poppers volcánicos

pieles de plátano

s.e.x.o

Uauuuuuu

Peluche

El estreno de Hair en Acapulco (4 de enero de 1969) quiso ser un remedo tropical de las noches encandiladas de Broadway. Fallida por absurda y algo más. Una manada de cuches rondando la calle del estreno, los golpes del taquero de la esquina con su jauría particular y los fogonazos acústicos de las rockolas vecinas. El Piratas, de Dalia Serna, tendrá que esperar varios años más para instalarse enfrenta de la entrada de ese teatro.

Aquello no impedirá que algunos invitados lleguen iluminados creyéndose en el mismo niuyork.

Otros, por el contrario, se quejarán de encandilados por tantas barras de luz encendidas. Muy pocas parejas de “pipa y guante” como para una ópera. Y la mayoría vestidos como si se acabaran de levantar.

Sólo uno o dos recuerdan la etiqueta aplicada por Miguel Alemán Velasco durante las Reseñas: pantalón negro con guayabera blanca y corbata de pajarita. El Vampiro Rocha le robará la entrada a Irma Serrano vistiendo pantalón verde y el torso completamente desnudo. Se dirá asaltado.

Por ahí, como inicia Arturo Escobar, el actor Yul Bryner, tocado con sombrero calentano para efectos del anonimato; simpatiquísimo el productor, Mike Butler, preguntando por Manolo Arango, “el hombre del billete grande” y mecenas de la función; Alfredo Díaz Borja, muy ligado luego al mundo del rock mexicano. La Tigresa insistirá en comprar la obra para interpretarla ella misma y lucir sus cuadriles y chamorros. “Yo sí tengo qué enseñar no como la flaquita esa”, presumirá refiriéndose a Pixie, la estrella principal.

Lo de Enrique Rocha fue rigurosamente cierto.                   “De veras, decía,                   yo salí de mi hotel vestido con un smokin verde”.(¡Entonces se lo fumó!, lanzará como dardo el reportero Félix Ramírez, de La Verdad). Presentes cual debe y oliendo a Brut los barones de la Costera.

De pelos

La inglesa Pixie Hopkins cantará Hair en una sola ocasión pero le gustarán los pelos como negocio. Los pelos de las pestañas postizas marca Pixie, que harán ver a sus usuarias como muñecas dormilonas. Grabará con Nacho Méndez un disco con Llorando por dentro y Lover and his lass.

El Caso Hair no les viene ni les va a los rockadictos nativos. Sus tímpanos responden únicamente a los estímulos acústicos de Los Yaqui, Los Rockin Devils, Los Hitters, Los Belmonts, Los Johnny Jets, Roberto Jordán y María Eugenia Rubio. Sin ser propiamente roquera, la hoy acapulqueña señora Rubio de Barney, tendrá, además de su sensacional Banco de escuela, éxitos como Cuando se está enamorada, Dímelo, Tú eres mi amor, Eso, eso, Mi pueblo, Navegar y Pepino.

Las hubo de hot pants en el estreno de Hair. Son el grito de la moda y están destinados a la exhibición plena de las jambas. Blusa y shorts de una sola pieza, como traje de baño antiguo. Jóvenes y atrevidas lo usarán ceñido al nacimiento de los muslos, maravillosos cuando semejan columnas dóricas. De ahí para abajo según la edad, la celulitis y las várices.

 

Cunnilingus y besar

¿verdad que no se ve mal?

marturbarse es genial

santa orgía

Kama Sutra hasta el final

Donna

 

Pelos de punta

Lo peor vendrá después, según la versión del empresario                   Alfredo Elías Calles.

“A partir de la clausura, nos convertimos en delincuentes. Mi alarma llegó a sus extremos la madrugada siguiente. Docenas de agentes civiles armados con pistolas y metralletas tomaron por asalto el lugar donde vivían concentrados los actores. A punta de cañón, con lujo de violencia, los despertaron y los obligaron a abandonar el lugar”.

“Al día siguiente asistí con mis abogados a la oficina de Migración donde nos pasaron a una antesala. De pronto se abrió la puerta y entraron seis gorilas que arremetieron a golpes contra mí. Me sacaron violentamente, en vilo, como vulgar criminal. Me bajaron a patadas y me arrastraron hacia un automóvil sin placas. Allí conocí el pánico, brother.”(Revista Piedra Rodante)

¡Pelos!

La andanada contra Hair será histórica por parte de la gazmoñería oficial, la Iglesia y la gente decente. De muy baja intensidad, incluso tibia, la ofensiva de la intelectualidad en defensa de la libertad de expresión. La Comuna de Acapulco, responsable finalmente de la represión contra el espectáculo, será llamada hipócrita, mocha persignada, intolerante, mojigata, ñoña y fascista.

Iniciando apenas su mandato como alcalde de Acapulco, Nogueda Otero sabrá sorteaer inteligentemente el problema de opinión pública. Ni sudará ni se acongojará pues sabe que tiene a la suerte consigo. El 17 de abril de 1971, un chiflón abate el helicóptero en el que viaja el gobernador Caritino Maldonado Pérez, y dos días más tarde, INO ocupará su lugar.

Finalmente y frente a la inicua lobreguez intelectual, política y cultural, Hair recomendará dejar entrar el Sol.

 Y creo que si hay Dios

no cree en Claude

ni en mí, ni en mí

canta, nuestras canciones ya no tienen fin

entonces canta junto a mi con fuerza

deje que entre el sol

que entre

el sol

*Fragmentos de las canciones originales

Anituy Rebolledo Ayerdi

Hundir al Cincinatti

–¿Y por qué no mejor lo hundimos, jefe?, –interviene un campesino macilento blandiendo un machete molonco tirando a bolo.

–¡Cállate, pinche Tiburcio, no digas pendejadas!

Ya te he dicho que no te metas en pláticas de gente grande. Tú nomás oye y calla. O, ¿sabes qué?: mejor vete a ver si ya puso la marrana.

Los actores del diálogo trascrito se refieren a la presencia en la bahía de Acapulco del crucero USS Cincinatti de la Marina  de los Estados Unidos. Una presencia perturbadora   y amenazante pues sus poderosas bocas de fuego apuntan al fuerte de San Diego y a la sede de los poderes municipales.

 La rebelión

 Acapulco es la segunda ciudad de la república en secundar la rebelión del sonorense Adolfo de la Huerta contra el presidente Alvaro Obregón, por la imposición de Pluarco Elías Calles como su sucesor. Los tres son paisanos sonorenses.

El mando del alzamiento lo asume el general Rómulo Figueroa pero con tan mala suerte que a los pocos días deberá dejarlo a causa de un nacido en la entrepierna. Lo toma el coronel Crispín Sámano, cuya primera acción es la de imponerse él mismo y frente al espejo el águila y las estrellas de general.

–¿Qué grande eres Crispín– se preguntará a sí mismo metiendo la mano derecha entre la botonadura de su casaca.

Al Manco de Celaya le bastarán cuatro meses para someter a los alzados, no obstante figurar entre ellos varios generales notables a los que dará cuello sin piedad. Adolfo de la Huerta dejará tras su huida a los Estados Unidos una estela de cuatro mil muertos y muchos millones de pesos en daños. Atenderá en Los Ángeles, California, su propia escuela de canto pues tenía fama de buen tenor, razón de su apodo El Dodepecho.

Los Escudero

Acapulco tendrá como signo infamante de aquella revuelta el asesinato de Juan R. Escudero y sus hermanos Francisco y Felipe, aliados de Obregón. Un crimen pagado por las casas españolas y ejecutado a la luz del día porque no hubo quién los defendiera. También por la negativa de Juan y sus hermanos de abandonar el puerto para ponerse al frente de la resistencia obregonista en la Costa Grande.

Negativa derivada de una amenaza de doña Irene Reguera, la madre, persuadida por su confesor Florentino Díaz. La amenaza de arrojarse al pozo de agua de la casa si los muchachos la abandonaban para irse con la chusma. El cura va con el chisme al general Sámano y este aprovecha la crisis familiar para capturar a los Escudero el 15 de diciembre. Cinco días más tarde los entrega a los sicarios de los españoles y estos los asesinan con saña la madrugada del 21. La vieja se la vivirá en la iglesia, rezando.

El conflicto

¡Ahora, Acapulco! ordena Amadeo Vidales una vez que ha descabezado en Petatlán el movimiento delahuertista en la Costa Grande.

El arribo inminente al puerto de las fuerzas agraristas, presentadas como la reencarnación de las legiones de Atila, provoca un pánico demencial entre los españoles y sus socios criollos. Están convencidos de que aquellos hombres furiosos vengarán la muerte de los Escudero pasando a cuchillo a todos los españoles de Acapulco y no sólo a quienes habían urdido el asesinato de los tres hermanos.

La paranoia hace presa de la poderosa élite y sus dirigentes jugarán una última y peligrosa carta. Comisionan al cónsul de España en Acapulco, Juan Rodríguez, para que junto con su homólogo estadunidense, Harry K. Pangburn, soliciten al capitán del crucero USS Cincinatti protecciónpara las familias hispanas, como si se tratara de estadunidenses en peligro. El buque, con apenas tres años de servicio, estaba asignado a la Flota del Pacífico de la Marina de los Estados Unidos y realizaba una visita rutinaria al puerto.

Pangburg acepta el encargo aunque lo condiciona a la intervención de señor Amado Estrada, un civil inexplicablemente al mando de la guarnición militar del puerto. Un hombre bueno pero sin puta idea de aquél tenebroso enjuague. Aceptará finalmente y sólo por tratarse de las “cacas grandes” de la ciudad. Firma sin leer el pliego elaborado por el popular médico que lo mismo saca una muela que atiende un parto. Un documento insólito de un mequetrefe pidiendo la intervención de fuerzas                   extranjeras para dirimir un asunto de histeria colectiva. No menos insólita será la respuesta de aceptación.

El desembarco

El 13 de marzo de 1924 se produce, ante la extrañeza y expectación general, el desembarco de infantes de marina del USS Cincinatti, ocupando rápidamente diversos puntos de la ciudad. El capitán C. P. de Nelson se instala con su Estado Mayor en la sede del consulado de su país, una de las pocas casas “de alto” del puerto en la calle Hidalgo (hoy Telmex).

Los cónsules hispano y estadunidense caminarán por la ciudad escoltados por marines y lo mismo algunos gachupas notables. Personas, domicilios y bienes de la colonia hispana quedarán a partir de ese momento bajo la protección de la bandera yanqui. Pero para que no resulte que a Chuchita la bolsearon, familias y baúles serán embarcados en lanchas y lanchones para pernoctar alrededor de la nave extranjera.

Advirtamos que el capitán Nelson sí sabía en la que se metía. Por ello, desde su base en el consulado mantendrá comunicación con la Secretaria de Guerra y Marina, a cuya titularidad había renunciado el trágico Francisco R. Serrano, en busca de la presidencia de la República. Nelson, ante el nuevo secretario, general Francisco R. Manzo, se justifica diciendo que sólo trata de ayudar a Estrada a mantener el orden y la ley en Acapulco y en un acto humanitario proteger a las familias asustadas por la llegada de las fuerzas irregulares. No se mide cuando censura al propio Manzo por no tener en Acapulco a un jefe militar responsable.

La respuesta del general Manzo será puntual en el sentido de que ningún oficial está autorizado para solicitar ayuda militar extranjera, cualquiera que sean las circunstancias en que se encuentre y mucho menos uno irresponsable como lo reconocía el propio Nelson. El funcionario mexicano le hace saber al capitán del Cincinattique Washington está informado de su arbitrario proceder y le otorga un plazo perentorio para desalojar el puerto, antes de provocar un incidente grave entre los das dos naciones.

La avanzada

El diálogo que abre esta crónica se produce en este momento. Una avanzada de las fuerzas de Amadeo Vidales observa el movimiento de los intrusos desde el cerro de El Vigía. El grupo está al mando del guerrillero Juan Barrientos, de San Jerónimo, y es él quien habla:

–Y, qué, pues Tiburcio –se dirige a su asistente– ¿Hundimos el Concinatti?

–Ta’cabrón : ¡Ni con cien carrujos de dinamita y otros tantos de mariguana! –se responde a sí mismo…

–¿Tónse? –interviene el hombre de mayor edad de aquel comando. –¿A poco servirán nuestros cerrojos y maúseres contra los rifles y cañones de los gringos?

–Se hará como la superioridad lo determine –afirma categórico Barrientos, eludiendo la pregunta del viejo. Ora que si mi opinión vale, yo digo que hay que sacarlos a chingadazos.

La guerra

Cómo si hubiera escuchado la amenaza de Barrientos, el cónsul estadunidense estará ahora sí realmente preocupado. Ha recogido la versión de que un grupo de gachupines fragua un ataque armado de sus sicarios disfrazados de agraristas contra los marinos extranjeros. Ello con el fin avieso de provocar una respuesta desproporcionada, creando de esa manera un conflicto que “Dios guarde l’ora”. Le urge entonces entrevistarse con los jefes rebeldes                   para impedir el estallido en                   Acapulco –según                   voces apocalípticas surgidas de la cantina de Doroteo Lobato–, ni más ni menos que de la ¡Segunda Guerra Mundial!

–¡Qué cabrones exagerados, ya ni la chingan!, será el único, preciso                   y conciso comentario del alcalde porteño, Heriberto Tapia, mejor conocido como Don Beyto.

El odontólogo Pagburng se entera de que Amadeo Vidales prepara en Pie de la Cuesta su entrada a Acapulco y hasta allá viaja en su búsqueda (el cronista Rubén H Luz lo hace volar en un hidroavión delCincinatti con acuatizaje en plena laguna). Y una vez frente al general Vidales, le ruega entrar al puerto sólo cuando las fuerzas extranjeras lo hayan desalojado para evitar así el riesgo de un roce peligroso e indeseable. Por su parte, le ofrece su palabra de honor de que los gringos se retirarán al día siguiente.

–¿Y qué tal si en lugar de su palabra de honor me quedo con usted mismo y no lo suelto hasta que se hayan largado sus paisanos? –pregunta Amadeo Vidales entre serio y en broma y a Pangburn se le caen los calzones, incluso los moja.

La carcajada de los presentes hará cimbrar el “toro” donde se realiza la entrevista. Ahí están, entre otros revolucionarios de pura cepa: Baldomero Vidales (bisabuelo por cierto de una nieta del cronista); Silvestre Castro, el famoso Cirguelo; Andrés de la Cruz, Margarito Bailón, Adolfo Mandujano, Jesús Pinzón, Rosendo Cárdenas y Francisco Pino, alías El tejón de la cinta baya. Todos juramentados para echar mucha bala contra los gringos.

La salida

El 16 de marzo de 1924, muy de mañana, las banderas de señales entre el Cincimnatti y el muelle de Acapulco se agitarán repetidamente ordenando el embarque de la tropa en tierra. El último en abandonar el puerto será el capitán Nelson y antes de hacerlo dejará constancia de su indignación por haber sido engañado como un chino. Le confiará al cónsul gringo su certidumbre de que los jefes rebeldes jamás habrían permitido ningún acto de violencia contra la población civil y que por tanto los temores de los españoles nacían de sus propios prejuicios clasistas y sus malas conciencias.

La Playa Larga, a partir del fuerte de San Diego y hasta Tlacopanocha, hervirá de acapulqueños festejando la “huida de los pinches gringos con la cola entre las patas”.

La actitud de la población será prudente como lo había sido durante las 72 horas de “ocupación” No faltarán, sin embargo, los nacionalismos exaltados y las referencias históricas del más puro amor patrio. Nada tendrán que ver con el grito de Doña Bucha, de Mazanillo, cuando Nelson aborde su lancha:

–¡Chinguen a su pecosa madre, gringos semillones! ¡Qué viva México, cabrones!

Dos horas más tarde entrarán al puerto las fuerzas de Amadeo y Baldomero Vidales.

Anituy Rebolledo Ayerdi

Pónme la mano aquí, Macorina

 Las noches acapulqueñas de Chavela Vargas

 

 ¡Ponme la mano aquí,

Macorina,

pónme, la mano aquí!

Tal era el santo y seña de todas las noches. Lo acompañaba golpeando con los nudillos la caja sonora de la guitarra y su voz maliciosa, insinuante, esparcía en aquél ámbito cachondería pura. La respuesta de la parroquia será una oleada de aplausos, gritos y silbidos ni más ni menos como si se vivieran momentos culminantes de un superbowl. Un público mayoritariamente gringo, por supuesto, dejándose pastorear humildemente por El Pato, un popular y “simpático” guía de turistas. La mayor parte de ellos, en definición paleontológica de la estrella del espectáculo, estarán “más p’allá que p’acá”. Frente a la cantante de Costa Rica, güeros y güeras estarán convencidos de participar en la quintaesencia de la mexicanidad. ¡“Oh, sí, mucho bueno Macorina!”.

Allí estaba Chavela Vargas, dueña y señora de las noches irrepetibles de Acapulco, integrada su figura autóctona a uno de los más hermosos escenarios naturales del mundo, ineludible por ello para las grandes corrientes turísticas. Se vive el medio siglo XX mexicano y unos cuantos años más.

Hoy, por cierto, quienes convivieron con ella largas temporadas invernales no entienden por qué Chavela no reseña en su biografía artística las noches embriagadoras de éxito, amor y tequila en el hotel El Mirador de Acapulco. Simple olvido, quizás, que el Alzheimer no perdona.

–¡Jamás! –responde categórica una sus cuatachas de antaño. Chavela vivió aquí la que fue seguramente la pasión más intensa de su madurez, “de esas perras que te hacen llorar sangre y que nunca se olvidan”.

Aunque la exclusión podría tener su explicación en otro punto de quiebre, este diferente aunque no ajeno al primero. El derivado de su gran afición al tequila y sobre la que hoy, superada con no pocos sacrificios, puede burlarse afirmando haber puesto provocado en algún momento la crisis                 nacional del agave azul.

Tus pies dejaban la estera

y se escapaba tu saya

buscando la guardarraya

que al ver tu talle tan fino

las cañas azucareras

sellaban por el camino

para que tú las molieras

como si fueses molino

Chavela Vargas había llegado al Mirador del brazo de Teddy Stauffer, creador de La Perla y del Hotel Villa Vera. El músico suizo había descubierto en ella a una genuina “entretenedora”, al más puro estilo del show bussines gringo, sin fieles en nuestro país. Aunque costarricense, la dama tenía estilo propio para interpretar la canción mexicana, profundizaba en el sentimiento vernáculo además de poseer una dicción depurada y un fraseo intenso. Su canto era profundo, apasionado y desgarrador en ocasiones, como lo sigue siendo hoy mismo con la ganancia enorme                 del añejamiento. Su personalidad, finalmente, imponente y atractiva. Un punto más de interés para la empresa será que la señora Vargas se acompañe con su propia guitarra y no necesite por tanto de los costosos mariachis o conjuntos musicales.

Auque Chavela poseía una mata oscura de pelo cayendo como cascada sobre sus hombros, para efectos del espectáculo lo recogía con chongo atrás o bien trenzado con lazos multicolores. Tocado para un vestido consistente en pantalón y blusa blancos de manta y calzada con huaraches. Se arropará a la hora de la actuación con hermosos jorongos multicolores o elegantes capas artesanales, fascinantes a los ojos de la gringuiza. Tal es, hoy mismo, a distancia de 45 años, su singular atuendo.

La interprete tica será una magnífica adquisición para El Mirador pues su espectáculo, además de barato será muy apreciado por el turista extranjero que, viniera de donde viniera, tendrá La Quebrada como escala obligada. Resultará ventajoso para Chavela en ese terreno no tener idea del idioma inglés, o por lo menos aparentarlo, y así no caer en la tentación de establecer diálogos bobos con gringos achispados. O, peor, en la detestable propensión de quién se para frente a un micrófono de contar chistes estúpidos. Una Chavela irreverente y provocadora se burlará a placer de los hijos del Destino Manifiesto, pendejeándolos incluso, como Brozo a Bejarano, a cambio de sonrisas imbéciles.

Tus senos carne de anón

Tu boca una bendición

de guanábana madura

Y era tu fina cintura

la misma de aquél danzón

Aunque se hospedaba en el Hotel El Faro, de Rosita Salas, cuyas órdenes en El Mirador no se discutían pues era la mano derecha del dueño Carlos Barnard, la Vargas se la pasaba en el lobby chacoteando con huéspedes y empleados. Hará sus cuatachas, como ella las llamaba, a Victoria Sabah, Adalilia López (de Ruiz), Señorita Acapulco en ese tiempo; Isalia García (de Báez); la hermosa Guera Fox (de Berreatúa); María López, Vilma Villalvazo (de Sánchez) Aidé López y Alma Rebolledo (de Pano). La fotografía de esta página está dedicada a la hermana del escribidor y dice “Alma, un recuerdo de tu cuatacha Chavela Vargas”.

Ninguna de ellas, en plan de riguroso ventaneo,                 recuerda el nombre de un estrella de Hollywood                 alojada en El Mirador mientras filmaba en escenarios                 acapulqueños. Chavela se convertiría en su chaperona y que al despedirse aquella le haría un obsequio de esos que suscitan exclamaciones de ¡guauuuu! O en el caso particular de ¡Oh my good!

El suscrito conoció a ChavelaVargas siendo un adolescente. Dos o tres veces visitó la casa cuya altura identificó con algunas de su tierra. La recuerdo platicando en la sala con mi madre y mi hermana.

Ani, ven a saludar a Chavelita; ella canta en El Mirador –me llamó Toña Ayerdi pero yo me hice el desentendido. Otra vez la escuché cantar durante una reunión familiar y de plano no me gustó. Se me hizo como muy machorra e incluso desentonada. Hoy la admiro tanto como Almodóvar, su redescubridor, y la crema de la intelectualidad madrileña.

Después el amanecer

que de mis brazos te lleva

Y yo sin saber qué hacer

de aquél olor a mujer

a mango y a caña nueva

con que me llenaste al son

caliente de aquél danzón

El Rey

Un simple rumor concita en 1957 el odio nacional contra Acapulco, absurdo, estúpido. El rumor de que vacacionaba aquí Elvis Presley, al creador del rock and roll, acusado de injuriar a las damas de este país y para quien por eso mismo se levantaban                 cadalsos a lo largo y ancho del país.

El Rey, según el columnista Federico de León, de Ultimas Noticias de Excelsior, más tarde dueño del diario Avance de Acapulco, habría declarado a la televisión de su país:

–Prefiero besar a tres negras que a una mexicana.

A partir de esa frase y habida cuenta de que el rock era considerado en sus albores peor que la peste, identificado incluso con el Anticristo, una histeria nacionalista se apoderará de México demandando la cabeza del creador de Don’t Be cruel.

Anatematizado el nombre de Elvis Presley, sus canciones serán retiradas de la radio, sus películas de las salas y sus discos destruidos en auténticos autos de fe. Las buenas conciencias justificarán con ese hecho la condena eterna para el “ritmo demoníaco”, insistiendo con mayor vehemencia en una declaratoria oficial de fuera de la ley para el rock.

Se llegará a excesos ridículos como censurar la película Los chiflados del rock and roll por una escena en la que bailan la danza maldita ¡Agustín Lara y Pedro Vargas!                 Lara culpará a la “jodencia” de tamaños desfiguros.

Acapulco estará al borde de un boicot nacional tan sólo porque alguien ubica aquí al despreciable                 ofensor de la “mujer mexicana”. La sangre no llegará al río, afortunadamente, por la oportuna intervención y buenos oficios del presidente municipal Mario Romero Lopetegui. El político costeño, enrolado más tarde en la diplomacia mexicana, hará lo que tenga que hacer para demostrar que El Rey Criollo no había pisado, ni antes ni después, suelo acapulqueño.

Ni lo pisará nunca. El gobierno mexicano negará más tarde a Presley el visado para filmar aquí su película Fun in Acapulco, con la exuberante Ursula Andrews y la mexicana Elsa Cárdenas. La cinta se hará sin el fenómeno del Heartbrake Hotel aunque el producto final presentará a un Elvis tostadito por el sol acapulqueño.

No faltarán, en este torneo de colmos, quienes afirmen que el presidente Adolfo Ruiz Cortines habría acordado el sufragio femenino para desagraviar a las mexicanas de la ordinariez de Elvis Presley. Erróneamente, por supuesto. La aptitud de la mujer para votar y ser votada se había reconocido tres años atrás.

Una última palabra sobre el asunto. Presley juró no haber dicho lo que dijeron que dijo. Todo habría formado parte, pues, de una conjura perversa contra el inocente rocanrrol.

Una más. Y es que todo tiene sus asegunes. ¿ No estaría de acuerdo el lector con Elvis si le ponen enfrente, para besuquearlas todas , a Naomi Campbell, Halle Berry, Janeth Jackson y a Irma Serrano? ¡No digo!

Otra y ya. Ese 1957 fue el año de la muerte del maestro José Agustín Ramírez y el nacimiento de canciones como Eso, Te me olvidas, Sabrá Dios, La barca, Un minuto de tu amor, El reloj, Todo y nada, Franqueza y Si me comprendieras. ¡Nomás!

La noche de Chavela

Maria Luisa Villarreal Cervantes, transcrita                 por Nikito Nipongo en su libro Perlas ( Lectorum, 2001) cuenta su experiencia de una noche con La Vargas:

“¡Buenas noches, pasen, pasen!”, gorjeaba alegremente Chavela Vargas a turistas bovinos quienes respondían con afables gestos de contento. “¡Qué linda pareja! por aquí, hijitos de la chingada. A ver tú, se dirigía                 a la mujer rubia, de ojos azules y arrugadita. Si, tú, pelos de elote, tan cabroncita, ¿no? ¡Ah!, pero también pendeja, pendeja”, añadía entre risas acariciadoras; “órale asienta la nacha acá, al lado de tu pinche marido”. A continuación Chavela iba al estrado y cantaba Macorina, de Alfonso Camín, para empezar, con tal picardía e intención que hacía bramar al auditorio.

Ponme la mano aquí,

Macorina

Ponme la mano aquí

Termina la canción Chavela daba la bienvenida a nuevos visitantes. “¡Entren gueyes gueros. A qué chingaos vienen, mensos hijos de la tiznada! Siéntense guevocintos. Y a su sonrisa ellos sonreían”. Chavela volvía a la guitarra                 conmoviendo a todos con su canto poderoso:

–“¡Voy a cantar un corrido sin agravio y sin disgusto!”

Mientras por un lado su arte nos cautivaba y gozábamos La Churrasca, Negra María, Aquel amor y mucha canciones más, las majaderías de Chavela nos mataban de la risa a los escasos                 mexicanos presentes en la función de aquella noche apacible y fresca.

Para el final de fiesta, los tequilas ingeridos antes y durante el show ya habían hecho su efecto demoledor en aquella aparentemente vigorosa humanidad. Resultaba propicio un último

“–¡Ay, ay, ay, pinches gringos, ojalá que se los lleve la puritita chingá!”

Ponme la mano aquí

Macorina

Ponme la mano aquí…

Anituy Rebolledo Ayerdi

La Torre de Míster Hayes

 La obra inacabada de La Mira y sueño del Gringo loco lleva 43 años en pie tras ser clausurada por insegura

 “Las torres que en el cielo se creyeron un día cayeron en la humillación”(Amor qué malo eres, bolero de Luis Marquetti)

 El ángel caído

 La cita que abre esta colaboración no ha sido de ninguna manera el caso de la Torre de La Mira o deMíster Hayes, no obstante la sentencia aplicada hace 43 años de que caería estrepitosamente aún con el rumor de un suspiro.

El dramático diagnóstico no fue pronunciado por un maleta “media cuchara” como El Tunco Benavides y mucho menos por alguno de muchos excelentes maistros de obra Acapulco. La letal declaratoria fue signada de puño y letra por expertos estructuralistas y sabios en mecánica de suelos no identificados ni ayer ni hoy por eso que se llama espíritu de cuerpo. Aunque, bueno, errare humanum est.

El estudio en que se basó el Ayuntamiento de Acapulco para suspender la espectacular obra de La Mira, en 1961, fue encargado a una empresa especializada de la ciudad de México. El costo del trabajo fue de 90 mil pesos y no fue cuestionado por nadie, aún tratándose de una suma respetable para la época, pues su destino era prevenir una catástrofe. El derrumbe del chipote pétreo hubiera afectado los asentamientos sobre la ladera del cerro.

La construcción de la Torre de Míster Hayes, además de envuelta en un atmósfera de caótico glamour, sobrevivió a ruinas y recuerdos del terremoto de 1957 –2:40 de la madrugada del domingo 28 de julio– uno de los más terribles en el puerto en su historia. El Ángel caído de la Independencia sería el símbolo dramático de aquella tragedia cuyo saldo fatal fue sólo en Guerrero de 18 víctimas.

Será a raíz de ese sismo de 7.7 grados Ritcher de intensidad, cuando se revisen las normas tradicionales de construcción para, además de ponerlas al día, hacerlas más estrictas tratándose de estructuras de más de un nivel. La lección se olvidará más temprano que tarde para tomarse de nueva cuenta en 1985, luego de la catástrofe de la ciudad de México. Hoy, según la opinión de expertos, se puede afirmar que Acapulco en general está sólidamente construido. Aunque los propios expertos, a la luz de la corrupción en materia de obras públicas de los últimos años, aconsejan “pegar la carrera” si uno se encuentra a la hora de un sismo en un edificio recién construido.

 El Milagro mexicano

 Se vive en los años sesenta el llamado “Milagro mexicano”. Un kilo de filete de res cuesta 12 pesos y el frijol negro 2 pesos. Una dejada de taxi 3 pesos y un Volkswagen menos de 20 mil. Acapulco completará en esta década sus primeros 50 mil habitantes                     –28 mil gentes en 1950–, para lanzarse en una carrera demográfica demencial hasta alcanzar en la década siguiente los 175 mil acapulqueños. Y es que antes no había INEGI.

En el orden político, la izquierda y buena parte de la juventud mexicana viven un clímax orgiástico con el triunfo de la revolución cubana y asumen como propia la agresión gringa a Bahía de Cochinos. Lázaro Cárdenas anuncia en el Zócalo capitalino, trepado sobre el cofre de un automóvil, su decisión de viajar a Cuba para participar en su defensa con el fusil en la mano.

–¡Lázaro, no vayas a Cuba; no la chingues! –clama desde Palacio Nacional el presidente Adolfo López Mateos.

Y Lázaro no fue.

El edificio de piedra de La Mira había surgido como por arte de magia. Sólo cuando la mole asome en el cerro, como si se tratara del monstruo japonés Godzilla, alertará al personal de la dirección municipal de Obras Públicas.

El titular Xavier Mendieta Bueno, ordenará la inmediata suspensión de la obra luego de comprobar que se ejecutaba sin contar con licencia de construcción, planos, perito responsable, en fin, sin cubrir ninguno de los requisitos exigidos para esa clase de edificaciones.

El presidente del Consejo Municipal, Canuto Nogueda Radilla, se aferrará al documento mencionado líneas arriba e incluso recurrirá a la asesoría de profesionales acapulqueños. Ello para resistir las presiones políticas y económicas en favor del propietario y constructor del inmueble. No faltaron tampoco voces públicas acusándolo de “apretarle el pescuezo a la gallina de los huevos de oro”, de frenar la inversión extranjera e incluso de patologías antiimperialistas derivadas de una extendida fama de encabezar la “comuna roja”.

 Mercedez Benz

 No obstante que el automóvil oficial de México es el Mercedes Benz –origen del rumor que acredita al presidente López Mateos como accionista de la armadora germana– el alcalde Nogueda Radilla y su síndico Constancio Tancho Martínez se mueven en sendos jeeps rojos de tracción sencilla. Su sucesor, Rico Morlet Sutter, se alineará inmediatamente con su meche a la moda rodante.

Hoy, Mendieta Bueno asegura que                     nunca nadie presentó en Obras Públicas los documentos requeridos para quitar los sellos de clausura de la Torre de La Mira. Fue un capricho del dueño Míster Hayes –acusa el ex presidente del Grupo ACA–, pues de haberlo hecho, la obra terminada cumpliera ahora sus primeras cuatro décadas de vida útil.

 ¿Y quién es ese señor?

 Harold B. Hayes, el dueño de la Torre de La Mira, llega al puerto a la sordina deslizándose sólo entre su paisanada gringa. Es a todas luces un potentado y su riqueza proviene de sus jugosos contratos con la Secretaría de Guerra de los Estados Unidos. Los cuchicheos en noches de farra champañera hablan de un contratista eludiendo aquí el brazo largo del Departamento del Tesoro. Andaría tras él como presunto evasor fiscal, o sea, un sanababiche más despreciable que el asesino de Lincoln.

Las empresas de Hayes habían alcanzado varios récordsen la construcción de instalaciones bélicas. Habría construido durante la guerra de Corea aeródromos en 15 días y bases navales completas, incluida el asta bandera, en 90 días.                     El non plus ultra de la rapidez y la eficiencia dará aquí muestra de su vertiginosa cuchara. Levantará una torre de piedra de cinco o seis pisos en escasas tres o cuatro semanas. Estaría concebida para 15 niveles.

El gremio porteño de la construcción conservará gratos recuerdos del Gringo loco, como se le conocía. Y es que nunca, ni antes ni después, habrá patrones como Harold B. Hayes, de cuyas “excentricidades” ningún otro contratista querrá acordarse.

Dotaba a sus trabajadores del equipo necesario para su seguridad laboral, tales como botas, guantes y cascos y sólo les permitirá beber agua de garrafón. Llegará incluso a la “locura” de aficionarlos a una de las llamadas “aguas negras del imperialismo”, no otra que la deliciosa Coca Cola chica. En materia de salarios les pagará hasta tres veces el mínimo vigente y mejor remunerado aún el trabajo nocturno pues allá arriba se trabajaban las 24 horas.

El viejo Hayes no perdía detalle del avance de su estructura desde el interior de uno de sus dos CadillacsEldorado, con clima artificial, según expresión de la época. Unas veces solo, otras acompañado por alguna dama del tipo marilynmonroesco, pero siempre surtido con una jarra de Martini seco. No rechazaba, como podría suponerse, a quienes se acercaban a su ventanilla para denunciar a capataces y bodegueros rateros, aunque su respuesta no variaba: “¡boeno, boeno, okey, okey, okey!”.

El fin de semana era de fiesta en La Mira. Las colas para cobrar la raya daban vuelta al cerro y sólo algunos descubrirán que muchos de quien hacían fila no eran trabajadores de la obra sino familiares y amigos de los pagadores. Había tanta gente como dicen que hubo en la construcción de la Torre de Babel.

La de Míster Hayes será, por otra parte, un abierto y descarado tianguis de herramientas propias del oficio. Hasta allá subirán los necesitados de un cuchara, una escofina, un cincel, una llana, una plomada e incluso palas y carretillas, todo “baratito”.

El extranjero construirá también un cabaret llamado Dios del Fuego sobre el tanque de agua de La Mira y su operación la dejará en manos del “Amo de la noche” Armando Sotres. Danzas isleñas con profusión de llamaradas y peleas de gallos serán el atractivo del lugar. Llegará el momento en que no pueda servirse una cuba o una orden de tacos porque el personal se habrá llevado todo, cristalería, loza, cubiertos y mantelería. Se decía que el Gringo loco se la pasaba encerrado en el tanque meditando o “quemando”, quién sabe cuál de las dos cosas con mayor fruición.

Míster Hayes será duramente cuestionado por los profesionales porteños por su nada ortodoxo sistema constructivo. Irresponsable, lunático y excéntrico serán algunos de los señalamientos en su contra por violar flagrantemente las normas tradicionales de la construcción y poner en riesgo con ello muchas vidas.

–Allí sólo se cumplían las órdenes del gringo, dadas personalmente o a través de sus operadores –recuerda un viejo maestro de obras quien dice no haber conocido los planos de la obra.

Añade que, por ejemplo, los rollos de varilla se aventaban como se bajaban del trailer, sin ningún amarre, sin nada de nada, para luego proceder al colado.

No faltarán, sin embargo, voces en defensa de Míster Hayes, incluso de elogio. No dudarán algunas en llamarlo un revolucionario de la construcción por romper normas seculares y hacerlo con resultados satisfactorios, hoy a la vista de todos. Loco, loco no estaba, argumentarán.

 Se vende

Hoy la Torre de Míster Hayes, desalojada de familias precaristas que la han ocupado a lo largo de cuatro décadas, está a la venta. El encargado del inmueble recibe instrucciones de una compañía mexicana, apoderada de los bienes del empresario, quien, según la misma versión, habría muerto hace tres años.

La construcción de la Torre de Míster Hayes se suspendió en 1961 por razones administrativas y técnicas no especificadas La versión popular, sin embargo, derivada o no de los dictámenes oficiales, la declaró colapsada al primer temblor más o menos fuerte.

Los ha resistido, por el contrario, de                     7 a 8. 1 grados: 6 julio de 1964, 7.2 grados; 28 de agosto de 1973, 7.3 grados: 14 de marzo de 1979, 7 grados; 24 de octubre de 1980, 7 grados; 19 de septiembre de 1985, 8.1 grados, y 9 de octubre de 1985, 7.5 grados.

Y la Torre de Míster Hayes sigue en pie.

Anituy Rebolledo Ayerdi

El reloj de Palacio: obsequio que marcó durante medio siglo la hora en Acapulco

De relojes

Que a alguien le roben su reloj de pulsera, incluso el despertador de la recámara, es sólo un momento de mala suerte. Indigno de contarse en el trabajo, el café o en el club. Y es que hoy nadie o casi nadie roba relojes, salvo uno que otro relojero olvidadizos.

Nadie lo hace porque robarlos no es negocio. Culpas son del lejano Oriente y su avasalladora invasión de    chatarra mecánica vendida por kilo, como si de frijoles de tratara. Concédase en descargo su utilidad cumplida, es decir, marcan bien el tiempo aunque durante el menor tiempo posible.

Y no es que ya no se fabriquen relojes finos en el mundo. Los hay cada vez más caros, auténticas joyas millonarias, pero sucede que quienes pueden comprarlos no atraviesan Petaquillas, ni circulen por el corazón de la colonia Zapata o por donde el lector (a) quiera y mande.

Este colaborador, por ejemplo, porta el reloj más caro de una “taiwanería” de la avenida Cuauhtémoc: 63 pesos con 50 centavos. Sin embargo, está pensando seriamente cambiarlo por uno de 20 pesos o menos pues no ha faltado                   babieca indagando si se trata de un “rolex oro-acero”.

“Hace ya varios años –recuerdan los autores franceses Corchaure y Marot –un príncipe saudita compró en Boucheron (tienda parisina) tres relojes cuyos cristales eran de esmeraldas, zafiros y rubíes de 25 kilates cada uno. El costo de cada reloj fue de 3 millones de francos”. (Los ricos, cómo gastan su dinero).

También hace varios años operaba en la ciudad de México una organización criminal dedicada a robar relojes de marca, exclusivamente. “La banda de los Rólex”, se llamaba y nadie quita que hoy mismo le estén dando duro a lo suyo.

Un sujeto bien vestido amaga con una pistola                   a la víctima mientras otro le arrebata el reloj. Tan sencillo como eso. Tan brutal como la muerte de un amigo llamado José Abizaíd Gracián, hermano por cierto del actual jefe la Policía Preventiva de Acapulco, Roberto de los mismos apellidos, policía él mismo, ultimado de un balazo cuando se opuso al despojo.

El reloj de Palacio

El hurto de relojes no es por cierto el tema de esta entrega. Nos ha servido más bien de calentamiento. Aquí se hablará exclusivamente de la desaparición de un reloj único, el reloj de Acapulco, el que marcó el tiempo de los acapulqueños por casi medio siglo. Un reloj instalado en una torre del Palacio municipal, construida especialmente para contenerlo, y cuyas campanas se escuchaban en toda la ciudad y puerto. No era su sonido grave como el del Big Ben de Londres; vamos ni siquiera el cálido que emite la catedral Metropolitana, lo era más bien alegre e incluso tropical.

El reloj de Palacio Municipal sonó por primera vez a las 11 de la mañana del 16 de septiembre de 1910. Su puesta en servicio formó parte de los festejos organizados en el puerto para celebrar el Centenario de la Independencia. O la apoteosis del Porfiriato.

Aquí, por cierto, días antes habían desembarcado las delegaciones orientales invitadas a los cien años de México independiente y los ochenta del viejo dictador, una extraña coincidencia calendárica. Impresionará a los porteños la del imperio del Sol Naciente por el exotismo de sus vestidos y el hieratismo de sus personajes.

Cuando el alcalde Nicolás Uruñuela declare formalmente inaugurado “el reloj de Palacio”, como se le conocerá en adelante, no lo presumirá como obra de su gobierno. Por el contrario, reconocerá emocionado su procedencia. Un obsequio generoso de los hermanos Nicola y Rómulo Allegretti Crushani (varones italianos los dos), agradecidos por la hospitalidad de los acapulqueños y la honestidad de sus autoridades. Considerados por ellos valores fundamentales para la buena marcha de sus empresas locales, la más importante relacionada con la rica producción limonera del municipio.

Don Nicola, ya en plan de confidencia, contraerá nupcias aquí con la porteña Enriqueta Billing Diego, hija de doña Catalina Diego y un caballero inglés.

Procrearon a Rómulo, Remo, Roma, Enrique e Hipólita, dos de los cuales tendrán mucho más tarde problemas serios con la justicia. Roma Allegretti Billing será en alguna ocasión inquilina de mi madre en Independencia número 5. No la recuerdo presumiendo el reloj de enfrente donado por su progenitor. Sí, en cambio, tengo presente                   cuando, durante un típico diferendo entre arrendatario y arrendador, Toña Ayerdi le echó en cara a Roma el equívoco de su nombre. ¡“Debieron ponerte Loba, eso es lo que tú eres”!, le dijo muy enojada.

La catástrofe

Montar una maquinaria de precisión de gran peso, venida seguramente de Suiza, no era cosa de “enchílame otra”. Así, el alcalde Uruñuela no escatimará recursos para dar un buen albergue y fachada al reloj de los Allegretti. Construye una torre de madera, de unos 9 de metros de alto, para empotrarla en la cara sureste del edificio municipal. Quienes la vieron la califican como espléndida y hermosa.

Las cuatro carátulas del reloj, de unos dos metros de diámetro cada una, eran de porcelana blanca con los números romanos en negro. El sonido de sus campanas llegaba claro y brillante, sin exageración, a la última casa de Acapulco. Un “tin-tán” equivalía a quince minutos y cuatro precedían a la hora exacta tocada por una campana más grave. La vida del puerto se trastocaba cada vez que la máquina se descomponía, afectando particularmente la puntualidad en las escuelas Altamirano, Acosta y jardín Morelos.

El tiempo seguirá su marcha y el reloj de Palacio la acompañará puntual. Así llegamos al 12 de octubre de 1912, una de tantas fechas negras para los porteños. Acapulco es azotado por la furia de un huracán con vientos que todo lo derriban su paso. La torre del reloj se desploma y su maquinaria se hace añicos, por supuesto. Vuela la techumbre de la parroquia de N.S. de la Soledad y se precipita la estructura del mercado Zaragoza (hoy Escudero). El muelle de madera sucumbe ante el fuerte oleaje; las canoas vuelan hacia tierra adentro y el río Grande (Aguas Blancas) se sale de cauce inundándolo todo. Lo más feo, sin embargo, será el dolor de la gente de perderlo todo. Frente a la devastación, brillará una vez más la filosofía acapulqueña, ni optimista ni pesimista: “Los ha habido piores y más piores los habrá”.

¿Y dónde quedó el reloj?

La pregunta tendrá esta vez una respuesta valedera. Lo están arreglando en la ciudad de México, en la joyería La Esmeralda, ni más ni menos, famosa como el mejor centro joyero y relojero de todo el país.

La guerra

La guerra no mata al tiempo pero lo hace insoportable. Acapulco se convierte en encrucijada de todas las banderías revolucionarias y en sus calles se reproduce todo el horror del negro fratricidio. La Revolución mexicana, ajustada a una ley universal e inexorable, engullirá injustamente lo mismo a los hijos de puta que a los hijos                   mejores.

Cuando                   vuelva a hablarse del reloj de Palacio, las niñas nacidas en el año de su colocación estarán cumpliendo quince floridas primaveras, como luego dicen los                   cronistas de sociales.

Antes de ser derrocado por un cuartelazo militar, el gobernador Héctor F. López nombra un Consejo Municipal para Acapulco a cuyo frente coloca a Manuel López López. Pero no todo estará perdido para el puerto cuando se designen regidores acapulqueños como José Tellechea, Pedro Mazini Piedra, Juan H. Gómez, Francisco Farías y Benjamín H. Luz. El síndico será Rosendo Pintos Lacunza, hijo del alcalde modernizador Antonio Pintos Sierra. Y será él precisamente quien salve el reloj público. Rescatará del basurero el                   documento expedido por La Esmeralda al recibir la maquinaria para su reparación                   y pronto tendrá resultados.

(Don Chendo Pintos, acá entre nos, cometerá la diablura de echar a los sacerdotes levantiscos de su curato, localizado frente a la parroquia de La Soledad, para establecer allí la escuela primaria federal Tipo Manuel M.                   Acosta. Cederá esta mucho más tarde su espacio a la biblioteca Alfonso G. Alarcón, para mudarse a un                   solar de enfrente, asiento inicial de la primera secundaria de Acapulco).

Las ultimas doce campanadas de ese mismo año, 1927, las tocará el reloj donado por los hermanos Allegretti, resguardado ahora en una torre de gran solidez. Los acapulqueños, padeciendo todavía la resaca de las fiestas de la ruta México-Acapulco, abierta apenas el 11 de noviembre, celebrarán en grande tener de nuevo la joya helvética. Con mucho cuidado, eso sí, pues ya circulaban en la ciudad ¡12 automóviles!

Los encargados del mantenimiento de la maquinaria del reloj de Palacio serán sucesivamente y a lo largo de casi medio siglo                   Benjamín H. Luz Cárdenas, Eduardo H. Luz Castillo y Julio Vélez, maestro de carpintería este último hasta su muerte de la secundaria federal.

Un dato curioso. Jorge Joseph Piedra, alcalde de Acapulco en 1960, figuraba como “meritorio” en el Ayuntamiento de López López y como mecanógrafa la señorita Edelmira de la O Téllez, casada más tarde con el mecenas deportivo Crescencio Medina Retana. Sus hijos Horacio (QEPD), Alejandro y July; su sobrino el ex alcalde Rogelio de la O Almazán.

Cuando los acapulqueños conozcan las características del reloj musical ofrecido por un candidato a la alcaldía de San Marcos, querrán uno igual. Se trataba del “licenciado” Arvea, un viejo voceador de periódicos orgulloso de no ser enano por escasos dos centímetros y al que evidentemente se le había “caído la mollera” cuando niño. Su reloj tocaría Las                   mañanitas al amanecer, La Marcha a Zacatecas a las 9; el Ave María al mediodía; a las 15, El Toro rabón; Cajita de Olinalá, a las 18 y finalmente el vals Dios nunca muere,a las 22. ¿Era mucho pedir?

Reloj, no marques…

A propósito de Joseph Piedra, su hija Luz de Guadalupe hace en su libro En el viejo Acapulco una referencia al reloj de Palacio. Recuerda la celebración de un carnaval infantil cuyo beneficio económico de 500 pesos fue destinado a la compostura del reloj y a la adquisición de una bandera nacional. Un médico de nombre José García de León, editor del periódico Acción Social, habría sido el autor del evento cuya reina resultó la niña Amparito Otero.

El Ayuntamiento saldrá del Palacio municipal ya entrados los años cincuenta para mudarse al mercado construido en Arteaga y Aireación por el alcalde Ismael Valverde. Quedarán en el viejo edificio, ya afectado por los temblores, la cárcel municipal, los juzgados, el ministerio público y las comandancias policiacas.

Entonces el reloj de Palacio sufrirá nuevos y duros embates esta vez de la población carcelaria ya que su lado norte daba precisamente al patio general de la prisión. La lapidación será uno de los métodos usados por los reclusos para silenciarlo y sólo lograrán desbaratar la carátula y casi perforar la pared de la torre. Para aquellos significaba una tortura insufrible escuchar cada segundo el tic- tac del reloj y pensar cada uno en la larga condena por delante. Un reo sentenciado a 25 años por el homicidio de su compadre –“me cuchilió la reputa de mi comadre,” alegaba. Se anticipará a Roberto Cantoral cuando lapide y clame: ¡“Reloj, no marques las horas porque voy a enloquecer!”.

¿Y dónde quedó el reloj?

La pregunta seguirá vigente cuando el viejo palacio municipal sea derruido para dar paso a un edificio moderno, circular y funcional, concebido por el joven arquitecto Emilio Pineda Gómezcaña.

Se especulará sobre una torre también modernista donde reaparecieran las viajas carátulas de porcelana venidas de Suiza.

La obra iniciada el 30 de agosto de 1970, bajo la presidencia municipal de Israel Nogueda Otero –Alexis Iglesias Soto, director de Obras Públicas y su segundo Chacho Ortiz Castellanos–, se concluirá 15 meses más tarde ya bajo el interinato del alcalde Antonio Trani Zapata. Y del reloj, nada.

¿Y por fin dónde carajo quedó el reloj?

Este es sin duda un caso para La Araña.

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulco 1614: La misión japonesa de Tsunenaga Hasekura

Los acapulqueños despertaron aquella mañana (25 de enero de 1614) aturdidos y medrosos por el retumbo de la artillería defensora del puerto (el Fuerte de San Diego estará enhiesto hasta febrero de 1617).

No era                     por cierto nada nuevo. Los cañones tronaban con frecuencia, particularmente cuando alguna nave pirata intentaba, sin nunca conseguirlo, penetrar a la bahía para robarse la plata de la Nao de Manila. Tranquilizados luego de conocer la identidad del fuego, salvas de bienvenida para una embarcación extranjera, nativos y turistas se sumarán a la algarabía de la recepción.

La nao San Juan Bautista penetra lentamente a la bahía; enorme, misteriosa. Matsumaru, la llaman los japoneses. Está empavesada con símbolos e insignias extrañas y gran colorido y las voces ininteligibles de sus tripulantes crean una caótica sinfonía en tonos agudos.

Reunidos en torno a la bahía, los porteños van de ¡ahhh! en ¡ahhh! según la nave se acerque y deje conocer sus detalles. El más prolongado se dará cuando suba a cubierta                     un hombre uniformado a la usanza guerrera oriental y junto con él decenas de pequeños hombres y mujeres de ojos rasgados. El vestuario de ellos provocará la admiración general por bellos y exóticos.

Es Rokuemon Tsunenaga Hasekura, capitán de arcabuceros del príncipe de Japón y señor de Sendai, Osyú Daté Masumane. Es también                     su embajador de buena voluntad. Lo envía con dos misiones precisas y muy sentidas. Agradecer al rey de España el reloj de mesa obsequiado años atrás a su padre el emperador y besar los pies del Papa de Roma                     en señal de respeto y sumisión. Y es que el joven gobernante profesaba para entonces la religión católica, una conversión drástica tras la cual será fácil localizar el Martirio de Osaka. El futuro San Felipe de Jesús, como es bien conocido, había salido de este puerto, 25 años atrás, al encuentro con su destino.

Cuando los visitantes desembarquen participarán en un desfile lleno de colorido y exotismo que dejará perplejos a residentes y visitantes. La vanguardia será ocupada por los arcabuceros locales y su banda de pífanos y timbales. El alcalde mayor de Acapulco Juan de Mendoza Villela y el comisario del Santo Oficio, Pedro de Monroy (una especie de síndico ilustrado) marcharán junto al embajador de Oriente, seguidos por la                     comitiva japonesa formada por familiares del dignatario, comerciantes, soldados y servidumbre: 180 en total.

Visitan primero la Casa Real, luego el convento de San Francisco, ricamente ornamentado para la ocasión, terminando el desfile en la plaza de Armas. Los huéspedes serán atendidos por las familias principales del puerto, residentes todas ellas en el                     centro de la ciudad.

Por la noche, en el convento de San Francisco habrá jaleo por la posesión de algunos obsequios. Cinco pares de biombos y cinco armaduras guerreras serán los causantes de la agria disputa. Los enviaba el                     Shogún de Japón al ex Virrey don Luis de Velasco, marqués de Salinas, pero personeros del virrey Diego Fernández de Córdoba , marqués de Guadalcázar, los reclamaban para su amo.

Sólo la amenaza de los frailes de alertar a la población tocando las campanas a rebato, convenida señal de peligro, hará entrar en razón a los socios del barbón Fernández.

La caravana resulta fastuosa, espectacular e impresionante, nunca vista por ojos novohispanos. Abre el embajador Hasekura seguido por los integrantes de la misión cristiana y comercial. Vienen entre ellos tres                     franciscanos destacando Fray Luis Sotelo, confesor del príncipe nipón Osyú. Forman la                     vanguardia guardias nipones ricamente ataviados y una banda militar cuyos instrumentos rarísimos aturden por estridentes. Cierran finalmente unos 70 sirvientes, uniformados según sus desempeños.

Cuando el contingente abandone el puerto será acompañado un buen trecho del camino por un centenar de acapulqueños; a pie, a caballo y en carretas. Lo mismo sucederá en cada poblado del Camino de Asia, como se conoce la ruta a la capital de la Nueva España, cuyas bienvenidas serán festivas y ornadas con arcos triunfales. Cronistas de la época narran incrédulos cómo sirvientes del embajador regaban a su paso polvo de oro.

La pompa sonora y colorida del embajador Rokuemon Tsunenaga trastoca también a la ciudad de México donde su presencia hará salir a miles a la calle.

Hospedado en una residencia palaciega, cercana a la iglesia de San Francisco, el huésped será distinguido con las visitas del arzobispo Juan Pérez de la Serna, así como de oidores, inquisidores y nobles de la capital. Se habla de un bautizo de 78 de sus criados, apadrinados por la alta nobleza de la ciudad, confirmados por el                     arzobispo de la ciudad de México. El capitán japonés esperará recibir el sacramento del propio Papa de Roma.

Tsunenaga Hasekura hace el viaje a Europa acompañado únicamente por su familia y unos cuantos principales. En Madrid será recibido por el rey de España Felipe III, el 30 de enero de 1615, y nueve meses más tarde en el Vaticano por el Papa Paulo V. Cuando se produzca este último inusitado encuentro,                       la persecución religiosa habrá vuelto a la isla del Sol Naciente, particularmente contra la fe cristiana.

El hombre que prologa la historia de las relaciones méxico-japonesas, solo formalizadas tres siglos más tarde, está de nuevo en Acapulco.

No es el mismo capitán de arcabuceros de hace cuatro años. Las lecturas, el trato con varias otras culturas y la profundización en la religión católica lo ha convertido en un humanista universal. Y no es el mismo sencillamente porque ahora responde al nombre de Felipe Francisco Rokuemon Tsunenaga Hasekura, en evidente homenaje al mexicano sacrificado en su tierra. Retornará al Japón con su comitiva, a bordo del Date Maru, el 2 de abril de 1618.

Cuando apenas toque costas niponas, Felipe Francisco Rokuemon conocerá la pérdida de cuatro frailes que habían viajado con él. Sufrirá por mucho tiempo el remordimiento de no haber podido hacer nada por ellos.                     Nada, en realidad, cuando los religiosos opten por morir en la hoguera antes de abjurar a la fe cristiana.

Todo este intercambio de obsequios, luego diplomático al más alto nivel, se había comenzado con el encallamiento en costas niponas del galeón español San Francisco, cargado con 2 millones de pesos. Enterado del naufragio, el Shogun Minamoto Hidetada, dispondrá la carena y el avituallamiento de la nave para que pudiera proseguir su viaje. “Por la voluntad de Dios nos salvamos y nadie tocó un sólo duro de nuestro tesoro”, escribirá                     don Rodrigo de Vivero y Velasco, gobernador de Nueva Galicia, en su calidad de jefe de aquella misión.

Vivero y Velasco, una vez en la Nueva España, narra tal aventura a su primo el Virrey don Luis de Velasco, exaltando la generosidad y honradez japonesas. Será                     entonces cuando el esclarecido gobernante decida agradecer el noble y desinteresado gesto y se le ocurre para hacerlo una embajada con Sebastián Vizcaíno a la cabeza. Y diciendo y haciendo. El navegante zarpa de Acapulco, a bordo de la nave San Francisco, el 11 de febrero de 1611.

Vizcaíno llega a Japón cargado de regalos del Virrey Velasco para el Shogun Ieyasu: un reloj de mesa fabricado en Madrid, un rollo de papel, dos barricas de vino español, un carrete de listón con galón de oro para el calzado, dos sillas de montar y tres óleos con figuras españolas –el dichoso reloj de mesa será el primero conocido en todo aquél imperio, constituyendo el antecedente remotísima de la moderna y pujante industria relojera japonesa. Nos dicen que se conserva en el templo de Kun San.

Debe anotarse que Vizcaíno, habiendo perdido el galeón San Francisco, construirá otro con anuencia del Shogun Ieyasu y lo llamará San Juan Bautista. El mismo que zarpará del puerto de Tsukinoura, Japón, el 22 de octubre de 1613, con destino al de Acapulco, transportando a la embajada de Hasekura. Vizcaíno será desembarcado enfermo en Zacatula, asumiendo el mando de la nave el franciscano Luis Sotelo.

Por esos años, el virrey Diego Fernández de Córdova favorecerá a su tocayo Diego López de Valseca con la concesión de unos terrenos localizados muy cerca de Acapulco, a la vera del Camino de Asia y perteneciente a una gran comunidad indígena. Allí funcionará por muchos años la Estancia Valseca en cuyo derredor se formará el actual poblado de Xaltianguis.

El regreso al puerto de Felipe Francisco Tsuenenga Hasekura Rokuemon tendrá lugar 355 años más tarde, el 24 de octubre de 1973. En esa fecha su efigie en bronce, réplica de una erguida en Sendai, Japón, será plantada en la playa Papagayo mirando hacia donde el Sol nace. No obstante su tonelaje, Hasekura andará de aquí para allá, según el talante de las autoridades municipales, hasta llegar a la Costera, donde es cobijado por frescas palmeras. Vivero y Velasco, una vez en la Nueva España, narra tal aventura a su primo el Virrey don Luis de Velasco, exaltando la generosidad y honradez japonesas. Será entonces cuando el esclarecido gobernante decida agradecer el noble y desinteresado gesto y se le ocurre para hacerlo una embajada con Sebastián Vizcaíno a la cabeza. Y diciendo y haciendo. El navegante zarpa de Acapulco, a bordo de la nave San Francisco, el 11 de febrero de 1611.

Vizcaíno llega a Japón cargado de regalos del Virrey Velasco para el Shogun Ieyasu: un reloj de mesa fabricado en Madrid, un rollo de papel, dos barricas de vino español, un carrete de listón con galón de oro para el calzado, dos sillas de montar y tres óleos con figuras españolas –el dichoso reloj de mesa será el primero conocido en todo aquél imperio, constituyendo el antecedente remotísima de la moderna y pujante industria relojera japonesa. Nos dicen que se conserva en el templo de Kun San.

Debe anotarse que Vizcaíno, habiendo perdido el galeón San Francisco, construirá otro con anuencia del Shogun Ieyasu y lo llamará San Juan Bautista. El mismo que zarpará del puerto de Tsukinoura, Japón, el 22 de octubre de 1613, con destino al de Acapulco, transportando a la embajada de Hasekura. Vizcaíno será desembarcado enfermo en Zacatula, asumiendo el mando de la nave el franciscano Luis Sotelo.

Por esos años, el virrey Diego Fernández de Córdova favorecerá a su tocayo Diego López de Valseca con la concesión de unos terrenos localizados muy cerca de Acapulco, a la vera del Camino de Asia y perteneciente a una gran comunidad indígena. Allí funcionará por muchos años la Estancia Valseca en cuyo derredor se formará el actual poblado de Xaltianguis.

El regreso al puerto de Felipe Francisco Tsuenenga Hasekura Rokuemon tendrá lugar 355 años más tarde, el 24 de octubre de 1973. En esa fecha su efigie en bronce, réplica de una erguida en Sendai, Japón, será plantada en la playa Papagayo mirando hacia donde el Sol nace. No obstante su tonelaje, Hasekura andará de aquí para allá, según el talante de las autoridades municipales, hasta llegar a la Costera, donde es cobijado por frescas palmeras.