Granjas del Marqués: despojo brutal a los más pobres para favorecer a los más ricos

 

Conmoción política

A escasos siete meses de su administración, el al-calde Jorge Jóseph Piedra –acapulqueño güero, periodista, risueño y carismá-tico– toma una decisión tan insólita como riesgosa. Decisión histórica que provocará una grave desavenencia entre la golosa familia revolucionaria hasta colocarla al filo de la navaja.
La mañana del 4 de julio de 1960, el hombre que en su niñez voceó el periódico Regenera-ción, de Juan R. Escudero, encabeza una invasión de tierras. El suceso es calificado como el más duro golpe a la contrarrevolución en Acapulco, sin faltar desde luego quienes hablen de una “chifladura”. Ambas reacciones dispares obedecían a que la ocupación tumultuaria afectaba las otrora famosas Granjas del Marqués, reserva estratégica de un grupo de políticos y empresarios favorecidos por el gobierno del presidente Miguel Alemán Valdés.

¡El Palacio Nacional se cimbra!

–¡La cagaste, Jorge, la cagaste! –aúlla en el teléfono Humberto Romero, secretario particular del presidente Adolfo López Mateos. ¿Qué pretendes, cabrón, al meter cizaña entre el jefe y Don Miguel?… ¡Dime, carajo, a qué oscuros intereses estás sirviendo? ¿No te das cuenta que nadie se ha tragado la ino-centada de que actuaste por cuenta propia?… ¡Ahora mismo, el poderoso Clan Alemán culpa justamente indignado al Señorpresidente de tu pendejada… ¡El señor, como podrás imaginarte, no quiere saber nada de ti!… ¡Estás acabado, Jorge, acabado!
Una sentencia, por cierto, ya intuida por Joseph a partir de que el teléfono de su amigo el mandatario no era contestado a sus reiteradas marcaciones.
La indignación de López Mateos quedará exhibida cuando ordene hacerse cargo del “Caso Acapulco” al secretario de la Presidencia, Donato Miranda Fonseca, el mismo a quien Joseph solía referirse como “El ministro del odio”. Este se hará acompañar por Roberto Barrios, jefe del Departamento Agrario y por el procurador general de la República, Fernando López Arias. Significando todo ello, efectivamente, que Joseph Piedra estaba acabado. Acabado y quizás encarcelado.

Las tierras ociosas

Con todo, el alcalde periodista mantendrá la convicción de haber actuado legalmente con la ocupación de las Granjas del Marqués. Lo había hecho bajo el amparo de la Ley de Tierras Ociosas, promulgada por el presidente Adolfo de la Huerta (1920) y reglamentada en Guerrero por el gobernador José Inocente Lugo (1935-37). Ley que claramente facultaba a los ayuntamientos del país a entregar, en alquiler o aparcería (porcentaje), las tierras no cultivadas en un año con esa misma temporalidad y hasta por tres años si el abandono era mayor.
“Una ley anacrónica, ridícula y derogada hace tiempo. Un esperpento, pues”, será la respuesta de los jurisperitos presidenciales.
No obstante que los invasores eran militantes del PRI, los líderes de los comités estatal y municipal de ese partido recomendarán al alcalde “poner los pies sobre la tierra y dejarse de desplantes demagó-gicos. Usted es de los nuestros y está obligado a evitarnos problemas”, lo reconvienen.

La historia

Retrocedamos al Acapulco de 1925. Corre el mes de septiembre cuando los habitantes de la cuadrilla de El Marqués, solicitan al gobernador, general Héctor F. Berber, la dotación de tierras agrícolas. Durante una visita del mandatario al puerto le exponen: “Queremos sembrar la tierra pues la pesca ya no nos da para sobrevivir” e invocan un ordenamiento carrancista del 6 de enero de 1915. Una ley, explican, que ordena la restitución a los pueblos de tierras expropiadas ilegalmente y que anula las enajenaciones y las concesiones de tierras y aguas. La reacción del mandatario es favorable.
Originario del municipio de La Unión, el general Héctor Berber ordena la atención inmediata a la demanda de los marquesanos, misma que en dos meses más tarde se estará procesando ante la Comisión Agraria. Con tan mala suerte que el procedimiento se atora. Una, porque los terratenientes se defendían como gatos boca arriba, y dos, porque los funcionarios agrarios estaban corrompidos hasta el tuétano. Figuraban entre los posibles afectados Jacobo Harotian, de la Hacienda de La Luz (3 mil 471 hectáreas que comenzaban en la laguna de Tres Palos y terminaban en La Sabana), Hacienda de El Coloso (582 hectáreas.) de doña Virginia D. viuda de Uruñuela, y la hacienda de El Potrero. Su propietario original, Mariano Moreno, la vende en 1900 a los hermanos Stephens.
Dueños de una paciencia franciscana, los marquesanos esperarán seis años para obtener, finalmente, una resolución favorable a sus demandas. La decreta el presidente Pascual Ortiz Rubio, el 26 de junio de 1931. La dotación de 624 hectáreas para el ejido de El Marqués provendrá exclusivamente de la hacienda El Potrero, una inmensa heredad de más 6 mil hectáreas que incluía el poblado de La Zanja, el cerro del Diamante y terminaba en Barra Vieja. Diez mil cabezas de ganado Hereford llegaron a pastar en aquellas verdes vastedades, valuadas fiscalmente en 100 mil pesos oro.

Los Sthepens

Los hermanos Hugo, Enrique y Guillermo Sthepens habían llegado al puerto en las postrimerías del siglo XIX, procedentes del estado de Arkansas (Estados Unidos). La misión de los tres era instalar aquí una nueva maquinaria para la fábrica de jabón y aceite La Especial (hoy IDHASA). Dos de ellos se quedan aquí y forman dos familias acapulqueñas. Hugo con Elodia Estrada Orozco, de Tecpan de Galeana y Enrique con la acapulqueña Juana Galeana.
Afectar las tierras de ricos capitalistas extranjeros se cantó entonces como un triunfo de la Revolución Mexicana, en su justo papel de “redentora de los parias”. Se exaltó, igualmente, la vocación agrarista del gober-nador Adrián Castrejón Castre-jón, miembro de la escolta del general Emiliano Zapata y sobreviviente de la emboscada en la que muere abatido el cau-dillo, en Chinameca, Morelos. El hombre de Apaxtla (hoy de Castrejón) fundará más tarde el Frente Zapatista de la República Mexicana.
Dieciocho años más tarde, la Revolución Mexicana se escribirá con minúsculas y se tendrá sólo como un referente anecdótico. Por eso se llamará “locos exal-tados” a quienes califiquen como contrarrevolucionario el decreto del presidente Alemán del 13 de junio de 1949. Acordaba, a solicitud de la Junta Federal de Mejoras Materiales de Acapulco (JFMMA), la expropiación del ejido de El Marqués “para que ese organismo lo fraccione y venda destinando esos recursos a obras de interés general”.
Los ejidatarios, salvo algu-nas voces rebeldes, finalmente sometidas, estarán de acuerdo con el despojo. Los campesinos recibirán a cambio una casita con valor de 10 mil pesos, además de una suma igual en efectivo. A unos cuantos se les pagarán sus palmeras y árboles frutales.

Melchor Perrusquía y las granjas del Marqués

Melchor Perrusquía, presidente de la JFMMA, le vende al presidente Alemán la idea de que el Marqués es el sitio perfecto para trasplantar a México las edénicas farms californianas. Granjas con casitas blancas, vacas contentas, hortalizas en glorioso technico-lor, puerquitos parlanchines y gallinas coquetas. “Granjas capaces de producir los insumos requeridos por la industria turística, cualquiera que llegara a ser la demanda, asegurando calidad uniforme y un importante ahorro al eliminarse los altos costos de acarreo. Una central de abasto con precios abatidos, frente al cine Río, beneficiaría directamente a los porteños”, era la oferta.
Cada granja poseía una dotación de seis hectáreas, un pozo profundo, energía eléctrica, casa principal, vivienda para el encargado, establos, porquerizas y gallineros. Acceso fácil y expedito además de protección con una cerca de alambre de púas. La granja modelo exhibía sementales de varias clases de ganado, obsequiados por la Secretaría de Agricultura y Fomento. De Arabia se trajeron varas de morera con la loca pretensión de propagar aquí su cultivo. Un árbol originario de la China de hasta 15 metros de altura y cuyas hojas verdes oscuro acorazonadas han sido durante milenios el alimento de los gusanos de seda. El precio de la unidad se estableció en 80 mil pesos, 15 mil pesos de enganche y el resto en cinco mensuali-dades , sin intereses. Setenta de ellas se vendieron inmediata-mente.

Brutal desalojo

Con la fe del notario Julio García Estrada, el alcalde Jóseph había probado que, salvo las granjas del ex presidente Alemán, del ex gobernador Gómez Maganda, varias de Melchor Perrusquía y las de algunos gringos, las restantes nunca llegaron a ocuparse a partir de 1949.
–No te hagas pendejo, Jorge, el principal adefesio de Puerto Marqués es su gente: negra, fea y cochina –le dijo aquí Miranda Fonseca y el acapulqueño habría estado a punto de abofetearlo.
Así pues, el 7 de julio de 1960 se producirá el desalojo anunciado. Un grueso contingente militar, al mando del general Álvaro García Taboada, comandante de la 27a Zona Militar, echan a punta de bayoneta a los nuevamente engañados marquesanos. Tres días de intensa fajina les habían bastado para limpiar “sus granjas” de maleza acumulada durante 11 años.
No obstante el descalabro en este caso, el alcalde no dará su brazo a torcer en cuanto al desalojo de las enramadas playeras, cocinas y restaurantes de Puerto Marqués. Serían barridas con bulldozers para suplirlas por quioscos diseñados por la Casa Disney y cuyas concesiones ya poseían empresarios locales como Carlos Barnard y José Martino. Joseph regresará al puerto sólo cuando tenga en sus manos la orden de respetar las fondas del balneario, dirigida a la Comisión Administradora de Terrenos de Acapulco (CATA), autora del proyecto de claros tintes racistas. El romántico periodista convertirá así su derrota en triunfo.

Jóseph, ¡fuera!

El alcalde Jorge Jóseph preside la primera sesión de Cabildo luego de un mes de licencia. Fuera del Palacio Municipal centenares de acapulqueños lo aclaman, demandando su presencia. Los ediles le piden al presidente municipal que salga a calmar a sus partidarios. Jóseph abandona la sesión. La continúan el síndico y el resto de los ediles, todos ellos afines al gobernador Raúl Caballero Aburto. Cuando el alcalde regresa ya no lo dejan entrar. Por debajo de la puerta le pasan una nota notificándole que ya no es presidente municipal de Acapulco, que el síndico Alfonso Villalvazo ya ha sido nombrado su relevo. Él mismo comunica los hechos a sus simpatizantes y les propone rescatar la alcaldía por las vías legales. Hombres y mujeres, enfurecidos, rechazan la propuesta del periodista disponiéndose a penetrar por la fuerza a Palacio para devolverle su cargo. Jóseph los convence de que él sería acusado de cualquier acto de violencia y evita así lo que pudo terminar a una dolorosa tragedia.

Brutal agandalle

La expropiación de El Marqués despoja de sus tierras a ejida-tarios acapulqueños como Sabi-no Palma, Adrián Deloya, Francisco García, Cornelio Ávila, Pablo Chegüe, Germán Salinas, Cipriano Nava, Ray-mundo Salinas, Ernesto García, Eduarda Juanico, Nazario García, Julio García, Leopoldo Olea, Claudio Salinas, Natividad García, Pedro Valeriano, Ventura Palma y muchos más. Un brutal agandalle para beneficiar a los políticos y empresarios más ricos de México.
Entre los mexicanos que serían criadores de vacas, gallina y cuches estaban Ramón Beteta (secretario de Hacienda); Joel Rocha (socio de Salinas); Manuel Suárez (Techo Eterno Eureka y Casino de la Selva); Antonio Carrillo Flores (ex secretario de Hacienda y titular de Relaciones Exteriores); Antonio Díaz Lombardo (hotel La Marina, Acapulco, director del IMSS); Enrique Parra Hernández (ministro sin cartera del alemanismo); general Sánchez Celis, Alberto Braniff, Rafael Mancera, Yuco del Río, Enrique Cusí, Raúl Martínez Ostos, Moisés Cossío, Eduardo Ampudia, Elías Suranski, Antonio Domit y una dama, doña Soledad Orozco, viuda del presidente Ávila Camacho. Y más.
Otro millonario beneficiado será extranjero, Paul Getty, el entonces hombre más rico del mundo. Melchor Perrusquía le hará su apartado de 655 mil metros cuadrados para su hotel Pierre Marqués.

¡Bombas contra escolares! Terror durante el desfile del 5 de mayo de 1920

La parada

El desfile cívico del 5 de Mayo de 1920, conmemorativo de la Batalla de Puebla, cubre un breve recorrido por las principales calles de Acapulco. Lo encabezan el Cabildo en pleno, así como los mandos militares y navales. Al frente marcha el alcalde don Juan H. Luz; embraza orgulloso el lábaro patrio.
Por entonces, todos los funcionarios públicos del puerto vestían traje riguroso, incluso en plena canícula. El mayor número usaba telas de algodón lino y buen dril en colores blanco, crema y caqui, si bien no faltaban quienes optaban por el negrísimo casimir inglés. Las camisas de seda, las corbatas chinas y los sombreros de fieltro y jipijapas procedían de la fayuca, necesariamente.
Por lo que hace a los contingentes escolares, los más disciplinados y gallardos pertenecían a las escuelas Miguel Hidalgo, para varones, e Ignacio M. Altamirano, para señoritas (Ya mixta, esta última seguirá siendo la mejor durante todo el siglo XX y más). Marcha al frente del contingente una mínima banda de guerra cuyos tambores enfatizan la marcha –un dos, un dos– con pasos muy cortos reafirmados con un deslizante pie derecho.

Los estallidos

Un primer estallido hace retumbar la tierra provocando la algarabía infantil creyéndolo parte de la celebración. Enseguida, uno similar provoca un largo eco procedente del cerro de Las Iguanas (barrio del Hospital), en cuya línea recta se localiza el Palacio Municipal por cuyo frente discurre el desfile. Un tercer disparo roza el tejado de la Casa Municipal .
–¡Son bombas de verdad!, ¡son bombas de verdad! –advierte a gritos un aterrorizado gendarme. ¡Corran, muchachillos corran, corran y métanse al palacio o la iglesia! (La Soledad). ¡Rápido, rápido, muchachillos, o no la cuentan! El los encabeza, por supuesto.
“Eran bombas las que cayeron cerca del desfile”, testimoniará más tarde el ex alcalde Jorge Joseph Piedra, pequeño actor de aquél drama. (En mi Viejo Acapulco).

Los artilleros

–¡Que pasa contigo, carajo!, eres bizco o dialtiro muy pendejo –reprende un superior al artillero del cañonero General Guerrero, nave desde la que se produce el bombardeo– ¡El blanco está en el cerro de La Pinzona y tú le estas tirando al cerro de Las Iguanas, diametralmente opuesto!… ¡Si serás pendejo!
–¡Perdón, mi teniente, pero es que me estorba el cerro! Y tenía razón.
El ataque sobre Acapulco se había iniciado cuando la nave cañonera navegaba paralela a la península de Las Playas, buscando la entrada a la bahía. La cruel acción tenía como objetivo silenciar las comunicaciones de la ciudad con el exterior. Básicamente la destrucción de la antena telegráfica, un vara altísima sostenida por cables, conocida simplemente como La Inalámbrica, localizada precisamente en el cerro de La Pinzona.
Muy de mañana de ese mismo 5 de Mayo habían entrado al puerto los mercantes San Basilio y Josefina, naves auxiliares del cañonero General Guerrero. Viajaban en ellos las tropas del general atoyaquense Silvestre Mariscal, a la reconquista de Acapulco.

El cañonero General Guerrero

El cañonero General Guerrero tenía en su haber acciones memorables al servicio del gobierno federal. Seis años atrás lo encontramos en aguas mazatlecas enfrentando ventajosamente al cañonero Tampico, que ha sido tomado por los revolucionarios al mando del joven teniente Hilario Rodríguez Malpica, veracruzano de 25 años. Lanza este un angustioso SOS al coronel Álvaro Obregón quien ordena de inmediato que uno de sus biplanos, Sonora, tripulado por el capitán Gustavo Salinas, vuele en su auxilio. La crónica:
“El capitán Salinas se elevó a una altura de 3 mil pies mar adentro hasta donde se encontraban el cañonero General Guerrero, arrojando sobre él racimos de granadas. Siembra el pánico entre los soldados enemigos y despierta una gran emoción entre los revolucionarios que presenciaron la hazaña”. ¿La primera batalla aeronaval de la historia? No obstante, el Tampico será finalmente inutilizado por el Guerrero, quedando a la deriva. La tripulación recibe la orden de abandonar la nave a la que se le han abierto las válvulas de fondo. Luego vendrá un desenlace con pinceladas de tragedia griega: el teniente Rodríguez Malpica desenfunda su pistola para llevarla a la boca y la disparar antes de ver a su nave tragada por el océano Pacífico. El calendario marcaba el 16 de junio de 1914”.
Ataque al puerto

El cañonero General Guerrero penetra aquél 5 de Mayo a la bahía de Acapulco y enfila sus baterías hacia los dos blancos ordenados por el general Mariscal: el fuerte de San Diego y el cerro de La Pinzona. Son tan malos los artilleros que algunas bombas no le atinan a la fortaleza pero sí impactan en la ciudad. El pánico se apoderada de los habitantes que huyen despavoridos. Madres angustiadas llaman a sus hijos con grandes voces, indagando los sitios donde se han refugiado los alumnos del desfile.
–¡Maldito Mariscal, mil veces maldito! ¿por qué nos haces esto, hijo de la gran puta? –fue el grito desgarrador de una mujer bajando en tropel, como muchas, de los cerros.
Las calles minutos antes repletas aplaudiendo a los contingentes del desfile lucirán vacías, impregnadas con el olor característico de la pólvora. Un mayor número de hombres, mujeres y niños se refugia en el Palacio Municipal y en la Parroquia de la Soledad. Allí, el padre Florentino Díaz ofrece, además de auxilios espirituales, atención a mujeres desfallecidas o presas de agudas crisis nerviosas.

Otro testimonio

El ex gobernador Alejandro Gómez Maganda, ofrece su testimonio: “El cañoneo naval dispersó a la gente más que de prisa, dando fin a la importante ceremonia cívica, todo ello entre la confusión de las fuerzas militares que tomaban dispositivos para resistir el desembarco” (Acapulco en mi vida y en mi tiempo).
El grito de “¡Maldito Mariscal, mil veces maldito!”, se repetirá aquél 5 de Mayo una y otra vez… ¡mil veces!
Mariscal, gobernador

Tres años atrás, el mismo Silvestre Mariscal compartía las funciones de gobernador de Guerrero y jefe de las Operaciones Militares de la entidad. Habiendo declarado a Acapulco como capital de la entidad, despachaba en una casona de la actual calle Felipe Valle. Allí mismo se reunirá el Congreso Constituyente de 1917 para promulgar la Constitución Política de Guerrero y entre cuyos firmantes figuraron los diputados acapulqueños Simón Funes y Ricardo Uruñuela.
Devuelto los poderes a Chilpancingo, Mariscal durará únicamente dos meses al frente del Ejecutivo. El presidente Carranza lo llama a Palacio Nacional para “arreglar asuntos urgentes”. No obstante tener a Mariscal entre sus consentidos, don Venus o el “Barbas de chivo” atenderá por primera vez las denuncias en su contra, presentadas por legisladores y personalidades de la entidad como Eduardo Neri, Adolfo Cienfuegos y Camus, Héctor López y Custodio Valverde.
Sucederá lo nunca esperado por Mariscal. Al llegar a la Ciudad de México acude a presentar sus respetos al ministro de Guerra y Marina y ahí mismo es arrestado bajo los cargos de abuso de autoridad, usurpación de mando e insubordinación. El atoyaquense encargará desde luego su defensa a varios abogados y entre ellos a su joven y bella esposa Eloísa García.

Mariscal, libre

Acosado por los matones de Carranza, Álvaro Obregón huye hacia Guerrero disfrazado de maquinista de ferrocarril. En tanto, Plutarco Elías Calles lanza el Plan de Agua Prieta desconociendo al presidente Carranza. Este, desesperado, no sólo ordena la libertad de Mariscal sino que lo nombra jefe de las Operaciones Militares de Guerrero. Confía en que su amplio conocimiento del terreno y su fuerte liderazgo social le permitirán acabar pronto con Obregón y sus muchos seguidores. Será el propio Primer Jefe quien ordene al capitán del cañonero General Guerrero, Hiram Hernández, conducir al profesor atoyaquense a la toma de Acapulco.

Nomás diez disparos

Advertido de tal amenaza, el jefe de la guarnición acapulqueña, coronel Antonio Martínez, había dispuesto la reparación de dos magníficas piezas de artillería Chaumont Mondragón, emplazadas en la fortaleza de San Diego. Un trabajo impecable del licenciado Crisóforo Cárdenas Salas y del teniente coronel retirado Miguel Velásquez, revelados como formidables artilleros.
Llegado el momento, 10 disparos de aquellas bocas relucientes bastarán para dejar fuera de combate al cañonero General Guerrero. El décimo le abrirá un boquete enorme sobre la línea de flotación obligándolo a huir humillado por dónde había llegado. Tras él irán los mercantes San Basilio y Josefina.

Ni pa’l arranque

La algarabía de los porteños al terminar aquella pesadilla, con mucho susto pero sin víctimas, no tendrá paralelo. El Zócalo se llena de música y los oficios religiosos en La Soledad lucen pletóricos como nunca.
–¡Ni para el arranque nos sirvieron esos hijos de la “chingoncha”!, –alardea Secundino, un viejo limosnero carente de ambos brazos agitando triunfal sus muñones. Le decían El menos dos y ocupaba la puerta principal de la parroquia de La Soledad.

El rescate

La fiesta se intensificará cuando se conozca el rescate de un grupo de jóvenes acapulqueños tomados como rehenes por Mariscal. Integraban la tripulación del barco guía de la Capitanía de Puerto. Ellos: Luis Mayani, Benjamín H. Luz, Juan Funes, Julio Vélez, José Díaz, Heraclio (Yaco) Bermúdez, Jesús García y Faustino Vélez.

Sesenta bombas

El recuento de los daños sufridos por la ciudad durante el bombardeo arroja cero víctimas y escasos los materiales. Eso sí: una gran peste a pólvora. Las mismas autoridades calcularán en 60 el número de impactos sobre la ciudad, afectando muchas techumbres de teja. Se encomiará la reacción inmediata y valiente de la población ante la artera agresión: hombres, mujeres y niños.

¡Bueno, bueno!

Huyendo a bordo del General Guerrero, a la altura de Pie de la Cuesta, Silvestre Mariscal logrará comunicación hasta Chilpancingo con Álvaro Obregón. Lo hará para ponerse ¡“a sus órdenes, mi general, para lo que usted disponga y mande!”. Señal que la Inalámbrica seguía de pie, no así el honor y la dignidad de la canalla.

¡Agua para Acapulco!

 

Anituy Rebolledo Ayerdi

Los Pozos del Rey

Acapulco mantuvo en tiempos de la Colonia una población de 2 mil habitantes, multiplicada varias veces durante la feria anual con motivo del arribo de la Nao de Manila. La población se abastecía entonces de agua a partir de los cauces naturales y de pozos abiertos por el virreinato llamados Pozos del Rey. El más visitado se localizaba en la actual plaza Álvarez (edificio Pintos) del que se abastecían incluso los galeones. El otro se ubicaba en el actual barrio de Petaquillas, para servicio de las familias de la guarnición militar del fuerte de San Diego, en cuyo interior, por cierto, se localiza un venero.

Los aguadores

Los aguadores de aquellos tiempos distribuían su producto en cántaros de barro llenos hasta el pescuezo y cubiertas las bocas con hojas de plátano. Los transportaban en redes de mecate atadas al fuste de un burro chaparro. Ora que quienes carecían de una acémila las cargaban a lomo, colgadas de un palo delgado y rollizo. Mucho más tarde los cántaros serán suplidos por latas alcoholeras. El aguador es descrito por don José Manuel López Victoria, el cronista por excelencia de Acapulco: “Vestía holgada camisa y apretado calzón de manta ceñidos en las piernas y en la cintura. Usaba sarape de colores chillantes sobre el hombro izquierdo, mientras que en la mano diestra llavaba siempre una cuarta o soga de buey para arrear al asno (Leyendas de Acapulco).
Por su parte, don Alejandro Gómez Maganda, ex gobernador de Guerrero, cronista memorioso y escritor de prosa elegante, describe a las aguadoras:
“Mozas de piel morena y satinada yendo por agua al pozo del Rey. Muy garbosas con sus cántaros en la cabeza y los pechos enhiestos, empitonando el percal detonante de sus vestidos de indiana”. (Acapulco en mi vida y en el tiempo).

El Pozo de la Nación

–¡Pozo del Rey, mis talegas! –truena irritado el mal hablado gobernador Diego Álvarez –cuando escucha de una tales fuentes coloniales. Participa en la inauguración de un pozo profundo abierto atendiendo el angustioso pedido de los residentes de una barriada de la ciudad. A ellos se les ha cortado el suministro de El Chorrillo, un venero inmemorial que da nombre al barrio en el que se localiza, surtidor incluso de los galeones orientales.
–¡Este no será el pozo de ningún puto monarca español, será el primer Pozo de la Nación de Acapulco –proclama orgulloso el hijo de don Juan Álvarez–, bautizando de paso al céntrico barrio citadino.

El Nopalito

Será hasta la tercera década del siglo XX cuando Acapulco sea dotado con un sistema de agua a la medida de su población. El sistema Palma Sola, llamado así por el manantial que lo abastecía, fue inaugurado en 1932 por el presidente Pascual Ortiz Rubio (1930-1932). Uno de los tres presidentes impuestos por Calles, el Jefe Máximo de la Revolución, para cubrir el período del malogrado Álvaro Obregón.
Apodado El Nopalito, por baboso, se decía, Ortiz Rubio no lo fue tanto. ¡Qué va! Junto con su secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, Juan Andrew Almazán, paisano de Olinalá, se agandallaron, centímetro a centímetro, la superficie total del litoral de la bahía acapulqueña sembrado con palma de coco. Se utilizó el recurso de la “expropiación por causas de utilidad pública”, pagando “cualilas” (moneda de dos centavos) por el metro de tierra cultivada con miles de palmeras. Almazán constriuirá su hotel Papagayo y hasta una primera costera con su nombre.

El río Grande

Acapulco nunca tuvo problemas para satisfacer las necesidades hídricas de sus habitantes, ni cuando sumaban 2 mil y tampoco 10 mil, ya en pleno siglo XX. Y era que allí estaba el río Grande que nacía en la sierra de Carabalí y descendía caudaloso como serpentina hacia el mar. Los hispanos Fernández lo aprovecharon antes que nadie estableciendo a su paso la fábrica La Especial, de aceites y jabones (hoy Idasa, de agua y hielo, propiedad de los Carriles Ontañón) siendo por ello conocido como el río de La Fábrica, nombre también del barrio.
Otro nombre de esa corriente fue el de Aguas Blancas, por serlo las suyas incluso azulosas. “Cristalinas, livianas y pobladas con varias especies de peces”, rememora el cronista Rubén H. Luz Castillo (Recuerdos de Acapulco). Por su parte, el almirante Alfonso Argudín anota en El Acapulco que perdimos: “el Río Grande tenía muchos pozos profundos en los terrenos propiedad de Facundo Castrejón (papá del doctor Luis Rafael), donde hoy se levanta el Infonavit. De estos se abastecían los aguadores que surtían a la ciudad mediante latas alcoholeras, transportadas en acémilas, conocidos como burreros.
–¡“Ya llegó el agua… agua clara y liviana para beber”!, era el grito de los muy populares Chuy García, Maco, Cleto, Emilio Hurtado Yuyo Castrejón.

Muchachillos “berriondos”

Los Llanitos era un aguaje localizado en el área que hoy ocupa el Mercado Central, dotado de varias pozas. A ellas concurrían muchas mujeres a lavar ropa propia y ajena pero sin nunca descuidar a los hijos chirundos lanzándose clavados. Otros muchachillos, estos ya “verijoncitos”, se dedicaban a visnear detrás de las rocas a las lavanderas con las “chichis al aire”, como ellos las describían.
“Muchachillos berriondos, les va a caer nube en los ojos por andar viendo tantas chiches colgando”, amenazaba a gritos doña Flavia Meraza, del barrio de El Placer.
El río Grande o Aguas Blancas o de La Fábrica, el de aguas cristalinas, zarcas y livianas, hábitat de peces, crustáceos y garzas es hoy un arroyo inmundo y pestilente que corre confinado herméticamente bajo el paso elevado de la avenida Diego Hurtado de Mendoza. Una obra más de la modernidad, se dijo.

El Camarón

Por su parte, el río de El Camarón nace en Palma Sola y era llamado así por la abundancia de ese crustáceo, tantos que su curso era interrumpido cotidinamente por legiones de camaroneros. Los 14 metros de ancho de El Camarón serán disminuidos por la mancha urbana en más de la mitad, esto es, 7.8 metros. Aquella noche terrible de octubre de 1977, el Paulina convirtió el dócil riachuelo en una corriente impetuosa y destructora reclamando su espacio. Según la información en los medios, fue tan brutal el golpe de agua que derribó 100 edificaciones, entre ellas la parroquia de la Sagrada Familia, y provocó la muerte de por lo menos 13 personas.

Otras fuentes

Pozos profundos fueron perforados en los patios de muchas casas del puerto, pero muy pocos ofrecían agua buena para tomar. Por lo regular se trataba de agua llamada “pesada” y algo salobre. De ahí que serán muy concurridos los pozos ofreciéndola potable, lo que era un decir, simplemente era cristalina y tenía sabor agradable. Entre ellos: El Pozo del Venado, en La Mira; los pozos de Yuyo Castrejón en Los Tepetates; el pozo de Salsipuedes, en el Barrio Nuevo (IMSS), el pozo de Los Parazales (hoy Tepito). El Pocito surtiría de agua a un ferrocarril que nunca llegó y que terminó dando nombre al Pasito.

Las cajas

Dos cajas redondas para abastecer agua fueron construídas durante el último tercio del siglo XIX y el primer lustro del XX. La primera en el barrio de La Adobería, propiedad de la empresa estadunidense Pacific Mail Ship Company, para abastecer a sus barcos con servicio regular entre Acapulco y Estados Unidos. La Pacific tenía su propio muelle de 30 metros co techumbre de lámina de zinc, con astillero y bodega a sus lados. Cerca de la escuela José Azueta se levantaba un enorme depósito del que se bombeaba el agua hasta el muelle, luego transportada a los barcos por un tanque remolcado por un bote con seis remeros.
La segunda caja se localizaba en el bario de Las Crucitas. La había construido el alcalde Cecilio Cárdenas Miranda, del barrio de El Rincón (La Playa), para surtir al hospital Juárez en el cerro de Las Iguanas. Construido por el acalde gallego-cubano Antonio Butrón Ríos, el nosocomio fue destruido por el gran terremoto de 1909 (¡dos minutos y medio de duración!, juró la gente). Un nuevo hospital será edificado más tade en ese mismo lugar por el alcalde Antonio Pintos Sierra, con el nombre de Morelos.

Sierra Madre

Son muchas las corrientes que como hilos de agua descienden de tiempo inmemorial por los cerros que bordean la bahía y que dan origen al anfiteatro sobre el que se recuesta la ciudad. Cerros que forman las últimas estribaciones de la Sierra Madre del Sur y cuyas cimas no alcanzan los mil metros de altura aunque a solo a 50 kilómetros ya rebasen los 2 mil metros.
Además de un arroyo que bajaba por la hoy calle Azueta y del que se servía la Pacific Mail, el ex alcalde Alfonso Argudín recordaba otra corriente que pasaba por su casa. Bajaba del cerro de La Mira, a partir de un ojo de agua conocido como El Venado, pasaba por un costado del domicilio de los Van Meeter y enseguida por la escuela Altamirano. Seguía su curso entre las casas de los Adame y los Basterra, deslizándose enseguida bajo un pequeño puente de madera, cerca del hotel Jardín, para desenbocar en la bahía.
En Caletilla, un estero bañaba toda el área que hoy ocupan la plaza de Toros, el Jai Alai y el estacionamiento público convertido en mercado, mismo que desembocaba donde hoy se levanta el hotel Boca Chica. Más acá estaba el arroyo de la playa de La Aguada, nombre que adquiere porque de él se abstecían las embarcaciones que en lenguaje marinero es “hacer la aguada”.

Los lavaderos de Juana Valle

El estero de Manzanillo fue aprovechado para la instalación de lavaderos públicos dedicados por doña Juana Valle a las lavanderas de los barrios cercanos. La abuela de Luis Walton Aburto (QEPD) pedirá como regalo de cumpleaños lavaderos nuevos para sus mujeres y su hijo Raúl la complacerá. Cumplía 101 años de lúcida existencia. Y los lavaderos siguen allí. A propósito, el cronista Carlos E. Adame, recuerda las tarifas de las lavanderas del puerto: 25 centavos la docena de ropa y el doble por la planchada.

El arroyo de La Garita

Otro arroyo descargaba en la playa de Hornos. Bajaba del fraccionamiento Marroquín y escurría atravesando la actual avenida Cuauhtémoc, inundaba el primer campo de aviación de Acapulco (hoy auto-hotel Ritz) para desembocar al mar entre los hoy hoteles Maris y Ritz.
El arroyo de La Garita, a partir de La Cima, ha reclamado desde siempre y con violencia su cauce natural y desembocadura plena. Algunas veces tronchado la avenida Farallón y en otras inundado los sótanos del hotel Emporio Continental. Finalmente y a regañadientes se abrirá una vía para dar a la corriente paso libre hacia la bahía.

El Chorro, 1942

Y mire usted qué gran casualidad. Será otro de los presidentes efímeros de este país, Emilio Portes Gil (1928-1930), quien construya en 1942 el sistema de agua potable conocido como El Chorro. Asi llamado el manantial que lo surte desde Coyuca de Benítez, a 50 kilómetros del puerto y a mil 200 metros de altitud. Apodado por sus malquerientes como El Manchao, Portes Gil se desempeñaba aquí como presidente de la Junta para el Mejoramiento, Saneamiento y Alumbrado de Acapulco (antecedente de las alemanistas Juntas de Mejoras Materiales), designado por su cuate el presidente Manuel Ávila Camacho.
El proyecto de la obra fue presetado por los ingenieros Fernando Tejado y Fortunato Dozal cuyo concurso ganó la compañía Techo Eterno Eureka, propiedad Manuel Suárez. Empresario hispano a quien el presidente López Mateos le cobrará viejos agravios despojándolo de su cerro de La Laja, destinado a fraccionamiento de lujo, utilizando para ello al líder popular Alfredo López Cisneros, Lopitos.
El monto de la obra contratada fue de un millón 950 mil pesos, etipulándose un año para su entrega con una penalización de mil pesos por día de retraso. Sin embargo cuando se lleve un avance del 80 por ciento, Suárez se presenta ante Portes Gil para decirle que la guerra ha encarecido todo y que no tiene dinero para terminar la obra. El presidente Camacho lo salva y una vez terminda la obra beneficiará a las población de 60 mil habitantes a razón de 300 litros diarios por cabeza. La línea de conducción de 50 kilómetros se consideró en su momento como la más larga del país.
A partir de entonces Portes Gil se enamora de Acapulco residiendo aquí largas temporadas en su casa frente a La Langosta. Acompañaba todas las tardes a su esposa al rosario en la catedral de La Soledad. El hombre que había puesto fin a la Guerra Cristera, aprovechaba la ocasión para integrarse a la chorcha de un grupo de periodistas cafeteros en el El Tirol.

¿Y luego? Luego vendrán las Capouismas y las Capamas en las que algunos directores enarbolarán el lema de “lo del agua al agua”.
¿Y ahora?

El gringo de la marañona

 

(Cuarta de siete partes)

¿ Aquí vive Traven?

La inquietante pregunta se dejará escuchar nuevamente en el puerto a fines de 1948. La formula esta vez el capitalino Fernando López, detective privado aparentando ser un turista chilango. Lo envía el doctor Alfonso Quiroz Cuarón, jefe de investigaciones del Banco de México, en apoyo de su amigo el reportero Luis Spota con varios años ya en la cacería del enigmático personaje. Muy pronto, sin embargo, las pesquisas se aplazan por vivirse aquí un álgido proceso electoral para la renovación de las autoridades municipales. Gana el PRI, por supuesto.
El nuevo Ayuntamiento de dos años es encabezado por el licenciado Antonio del Valle Garzón, quien apenas el año pasado se había estrenado como el primer notario público de Acapulco. Colimense, Del Valle tenía al puerto como cárcel luego de ser defenestrado como gobernador de su estado por enemistarse con el presidente Obregón. Lo acompañan en el Cabildo el síndico Ismael Valverde y los regidores Delfino Moreno, Lucas Ventura, José Flores Díaz, Andrés Vázquez, Jesús González Adame y el empresario hispano Julio Fernández. El secretario municipal era don Crispín Pin Escobar y lo será hasta su muerte.

1949, el año de Acapulco

Acapulco está convertido en un espectacular frente de trabajo encaminado a darle un nuevo perfil urbano acorde con la modernidad y a sus inmensas posibilidades relacionadas por el fenómeno llamado turismo. Por ello, una de las primeras acciones del gobierno federal será alargar la ciudad hasta alcanzar las dimensiones de su bahía. Descubrir y entregar al mundo el “Paraíso de América”, así bautizado por el escritor y político Alejandro Gómez Maganda. Frustrado alcalde de Acapulco y más tarde gobernador inconcluso de Guerrero.
Entre muchas acciones estará la prolongación del paseo costero, a partir de Icacos a hasta la playa de Caleta, con 40 metros de ancho. Un proyecto iniciado en 1932 con la ejecución del tramo entre el Farallón del Obispo y el fuerte de San Diego. Se le llamará paseo costero general Juan Andrew Almazán.
Y era que el militar de Olinalá, Guerrero, ya se había adueñado de 22 hectáreas frente a la playa de Hornos para dedicarlas al hospedaje turístico. (Primero Bungalows Anáhuac, más tarde hoteles Hornos y Papagayo), siempre atendidos por personal militar delatado por el imprescindible “casquete corto”. Si bien el proyecto de la vía llegaba al Farallón del Obispo, solo se abrió al tráfico el tramo comprendido en entre los peñascales de San Lorenzo (Hornos) y el puente Morelos .
Este último, originalmente puente San Rafael, salvaba un arroyo corriendo hacia el mar en el punto conocido hoy como Las Siete Esquinas, convergencia de varias calles con la avenida 5 de Mayo. Se trataba de una hermosa forja sobre la que, según una leyenda local, el Jefe Chemita había tendido su humanidad para contener la desbandada de sus soldados negros, repelidos por las defensas de la fortaleza. Desaparecerá como muchas obras de arte en la vía pública. De esta se dice que el presidente de la Junta de Mejoras la obsequió para una residencia con arroyo interior.
El paseo proyectado por la Comisión del Programa de la SCOP, ejecutado por la Comisión Nacional de Caminos, dejará de serlo a la altura de Icacos para convertirse en carretera. Tocará Punta Bruja, Punta Guitarrón y finalmente Puerto Marqués (hoy, Escénica).

El sucio agandalle

El tramo costero entre el Farallón del Obispo y el Fuerte de San Diego estuvo sembrado con miles y miles de palmeras de coco, ofreciendo un hermoso y deslumbrante contraste entre el verdor intenso de aquél manto y el azul marino de la bahía. Un espectáculo que gozarán propios extraños hasta 1931, cuando se produzca el primero de los muchos sucios y perversos agandalles que le esperaban al puerto. Lo encabeza el propio presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio, a sugerencia del general Juan Andrew Almazán, su secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, la célebre SCOP, además de su socio.
Apodado El Nopalito (por arrastrado y baboso) el mandatario michoacano viaja al puerto para conocer sus nuevas tierras y ordenar al gobernador, general Adrián Castrejón, la inmediata expropiación de aquellas. ¿Por causa de utilidad pública?, pregunta aquél. ¡Por supuesto, mi general, ni modo que le ponga que por mis huevos azueles!, contesta enfadado el jefe de la Nación”. Muy apenado, Castrejón aprovechará el agandalle para escriturarse parte del cerro de la Garita de Juárez y parte de la planicie de Las Cruces.
Entre otros beneficiarios con tierrita acapulqueña, miembros todos de la Gran Familia Revolucionaria, estarán varios “entenados”. Entre ellos el empresario radiofónico Emilio Azcárraga Vidaurreta, public relations de Almazán, quien optará por varios terrenitos frente al mar y entre ellos la primera pista aérea de Acapulco (hoy el extinto auto hotel Ritz). Y un piloncito: un cerrito en sociedad donde instalará en 1960 la antena de su TV4
Mr. W, como le decían, se ufanaba de haber convencido a su jefe de la mutación del anacrónico “Anáhuac” por el florido de “Papagayo”.

La Costera

El trazo del nuevo paseo costero se unirá con el malecón mediante cortes de roca en la fortaleza de San Diego, con lo cual el nuevo camino podrá bordear el inmueble colonial hasta casi cien metros dentro de la bahía. Lo retrata la película Hombres de mar, de 1936, con Sara García y Víctor Manuel Mendoza. Hombres armados que viajan en canoas desembarcan en la rocosa ladera sur de la fortaleza, en pos de atacar a su guarnición.
El licenciado Del Valle Garzón se entera del proyecto de la nueva Costera en cuanto asume la presidencia municipal. También que ésta, por órdenes del propio presidente Alemán, llevará el nombre del general Nicolás Bravo. El llamado Héroe del Perdón por haber perdonado a los asesinos de su señor padre. Bautizo con el que personalmente está de acuerdo, pero que jamás comentará. Optará entonces jugarle las contras al propio jefe de la Nación. Para ello convoca a varios ciudadanos notables del puerto para que sean ellos, voceros del pueblo, quienes decidan tal nomenclatura. Llama a don Rosendo Pintos Lacunza, don Alfonso Uruñuela, don Efrén Villalvazo Alarcón, don Fidel Salinas y don Simón Funes Dueñas, quienes se comprometen a ser leales con Acapulco para que no se los reproche la historia.
Los cinco convocados deberán trabajar a marchas forzadas pues ya se ha anunciado que será el propio señor presidente de la República quien inaugure el paseo costero. Del Valle les pide sigilo pues sabe a quién se está enfrentado, llegando al extremo de recibirlos en un lugar ajeno al Palacio Municipal. Don Rosendo Pintos quien de a conocer el resultado de la misión:
–Se propone que la nueva avenida costera de Acapulco lleve por su extensión tres nombres diferentes. A saber: Paseo del Morro, el tramo entre la Base Naval y el Hotel Las Hamacas; Avenida de la Nao, del hotel Las Hamacas a Tlacopanocha y, finalmente, Avenida Caleta, de Tlacopanocha a la playa cantada por el maestro José Agustín Ramírez.
–¡Magnífico, magnífico, mejor no pudo haber salido!, adula el alcalde a los comisionados a quienes agradece el esfuerzo realizado.
Se despide apresurado anunciando que mañana muy temprano estará con don Melchor para entregarle el documento que ordena la voluntad de los acapulqueños.

La traición de Nicolás Bravo

Al día siguiente el alcalde Del Valle Garzón no podrá reunirse con el presidente de la JFMM pues éste sostiene una reunión urgente con las fuerzas vivas del puerto. En ella, Melchor Perrusquia asegura ante representantes de sociales gremiales, profesionales y políticos que la Costera y Aeropuerto preludian el despegue de Acapulco como primer centro turístico del país. La voz se la quiebra cuando habla de la humildad y nobleza del presidente Alemán al rechazar que el paseo del puerto lleve su nombre. Me ha ordenado, so pena de mi cese, que la vía lleve el nombre del general guerrerense Nicolás Bravo, el bien llamado Héroe del Perdón por lo que todos sabemos
–¡Señor Perrusquía, pido la palabra!, se escucha en el salón una voz potente que no espera la concesión.
–Hablo a nombre de por lo menos 20 mil acapulqueños (Censo de población de 1950: 28 mil 512 habitantes), para oponernos que la Costera lleve el nombre del chilpancingueño Nicolás Bravo al que consideramos un traidor. Fue él uno de los miserables que contrataron al marino genovés Francisco Picaluga para secuestrar con engaños al señor general Vicente Guerrero y llevarlo al cadalso en Oaxaca. ¡Damas y caballeros, la infame traición se consumó aquí enfrente, a bordo del bergantín Colombo del marino genovés, precisamente en la bahía de Acapulco a la que bordeará la obra de la que estamos hablando!
El orador, sin bajar el índice señalando a la bahía, alza todavía más la voz para exigir que, por voluntad expresa de los acapulqueños, la Costera lleve el nombre del presidente Miguel Alemán Valdez, un veracruzano que ha demostrar querer a Acapulco más que muchos de los aquí presentes.

El pueblo manda

–¡Que no se diga más!, ordena a gritos el presidente de la Junta de Mejoras para declarar inmediatamente: el pueblo de Acapulco ha dicho la última palabra. La Costera de Acapulco llevará el nombre de don Miguel Alemán Valdez, presidente de la República mexicana. ¡El pueblo manda!
Sobra decir que los cinco notables no fueron invitados a la reunión y que la propuesta presentada por ellos nunca llegó a conocerse.

Acapulqueño distinguido

Desde un balcón del hotel La Marina en la plaza Álvarez (hoy Bancomer) el presidente Alemán acciona, la noche del 28 de febrero de 1949, el switch que enciende la iluminación de la Costera con su nombre (del Morro a Caleta). El mandatario, siempre sonriente, agradece a los locales haberlo nombrado “acapulqueño distinguido” y ofrece serlo con dignidad. Enseguida corona a la reina de las fiestas del Carnaval de Acapulco, señorita Esther Galeana, acompañada por la princesa, la duquesa y el rey feo. Gran celebración.
Al día siguiente, la bella soberana y el mandatario encabezan el desfile de carros alegóricos y comparsas, a bordo de un Cadillac descapotable. La fiesta continúa mientras Miguel Alemán Valdez viaja a Pie de la Cuesta para poner en servicio el nuevo Aeropuerto de Acapulco.
Las obras, se dijo, costaron 32 millones de pesos.

Alcaldes de Acapulco (XLII)

Jorge Joseph Piedra, alcalde

Intensos, violentos y dramáticos. Así fueron los primeros meses del gobierno municipal del periodista Jorge Joseph Piedra. Y por lo mismo, el sucesor de Mario Romero Lopetegui apenas si logrará permanecer en la alcaldía escasos nueve meses con dieciocho días de 1960.
Fueron, por lo demás, días de revelaciones sensacionales, una tras otra. Los acapulqueños conocieron en ese perodo desde las trampas seductoras del populismo –sin saber siquiera con qué se comía aquello–, hasta las llanezas de un gobierno populachero con intervalos de indecisión y cobardía. Conocieron los porteños de traiciones y abandonos, de corrupción y marrullerías a discreción; de miserias morales y abyecciones; de huidas y frustraciones. Todo ello en un mismo escenario político de dudas y rencores.
Periodista con ejercicio perseverante en el diario La Prensa de la ciudad de México, el mismo que hoy circula nacionalmente, Jorge Joseph Piedra logra materializar un sueño largamente acariciado: Regresar a su Acapulco en busca del ombligo enterrado y hacer desde su presidencia municipal los cambios sociales profundos soñados por su maestro Juan R. Escudero. Y si las cosas marchaban bien, abrir la brecha para llegar a Chilpancingo, específicamente al palacio de Gobierno.

Jorgito

La invalidez del alcalde Juan R. Escudero, provocada por una feroz atentado militar, lo ha sentenciado a un encierro domiciliario definitivo, desesperante para un hombre de su temple. No obstante, desde su silla de ruedas, hemipléjico, aconsejará al alcalde que lo ha sustituido, redactará su periódico semanal Regeneración y atenderá la dirección del Partido Obrero de Acapulco (POA). El nuevo lema de este será a partir de la agresión: “Que se mutilen los hombres por los principios pero no los principios por los hombres”.
Jorge Joseph Piedra, de nueve años, es el más pequeño de los jóvenes que ayudan al disminuido: su correo personal. Como eran pocas las personas que podían acercarse a la casa de los Escudero, objeto de un severa vigilancia policíaca, Jorgito era el encargado de trasmitir los recados verbales y luego traer las respuestas al maestro. Voceador de Regeneración, el rubicundo chamaco podía acercarse a cualquier persona sin levantar sospechas de sus vigilantes:¡ “¡Regeneración de hoy… solo le cuesta un centavo… lleve su Regeneración de hoy!”.

Amigazo de ALM

El reportero Jorge Joseph era amigo del presidente Adolfo López Mateos a quien, el secretario del Trabajo y Previsión Social, le había controlado a los reporteros metropolitanos de la fuente. Y por si faltara muestra alguna de amistad, aquél aceptará ser padrino de bodas de Joseph con la señora Guadalupe Zetina. Estará representado en el acto por el secretario privado Humberto Romero.
No obstante su bien certificado acapulqueñismo, Joseph es la viva imagen del desarraigo y el arribismo político. Toda una vida alejado del puerto solamente su “chorcha” lo avala. Por ello emprenderá una urgente tarea para cambiar tal imagen de usurpador. Se apoya inicialmente en sus amigos de la infancia, que no son pocos, para demostrar ser acapulqueño nato, como lo exige la gente. Más tarde, sin embargo, se le señalará como error el haber cimentado su administración en aquellas viejas querencias, no necesariamente aptas para la cosa pública. Además de que algunos tenían arraigada la idea de que las “chambas del gobierno son ayudas personales”.

Presencia magnética

El alcalde Joseph de Acapulco logra un binomio perfecto entre una personalidad magnética y una bien digerida idea sobre el comportamiento de las masas (y su manipulación). Ante sus actitudes mesiánicas, los brazos elevados al cielo y la entonación canónica de su voz, mucha gente –muchísima– se le entrega sin ninguna resistencia. Ven en él –y así lo confiesan algunos ancianos– al Juan R. Escudero que les fue arrebatado por los gachupines medio siglo atrás. Y bien que conocía Jorge aquella historia y se llenaba de orgullo. Por lo demás, ¿no era un inmejorable ejemplo el populacherismo de López Mateos?
A todo lo anterior añadamos un toque maestro y sentimental redondeando al fenómeno tan estudiado pero tan incomprendido. La presencia de Lupita Zetina: rostro hermoso, recia personalidad, dulce sonrisa y trato amable. Ella es esposa y madre, compañera militante, activista y consejera. Nadie recuerda aquí un caso similar. Inimaginable. Ninguna otra esposa de alcalde alguno había tenido una participación tan destacada en tareas sociales, complementando así el trabajo político del esposo. Lupita por ello será figura central en las crónicas, reseñas, corridos de este acontecer.
Jorge Jospeh no vino a su tierra a la buena de Dios padre. Llega con un proyecto cuidadosamente concebido, además de asesorías valiosas. En lo personal posee la firme convicción de que su paso por Acapulco tendrá resonancias nacionales. Que su proyecto político trascenderá más allá del clásico alcalde pueblerino, lerdo, sumiso. (¿Borrar por principio de cuentas la imagen de trabajo y honestidad dejada aquí por Donato Miranda Fonseca?).

El cabildo

El presidente municipal Jorge Joseph Piedra lleva como suplente a Angel Tapia, amigo de la infancia, y ocupa la sindicatura Alfonso Villalvazo Alarcón, con la suplencia de Ernesto Rico, también amigazo. Son regidores el doctor Daniel Añorve Martínez (Austreberta Muñoz, suplente); Antonio Alcántara Díaz, dirigente obrero ( Darío Estévez); profesor Domingo Martínez Castro (Roberto Castillo); Víctor de la O (Ernesto Rico, Chómpíra); Ladislao Flores (Germán Nava).

Bomberos

Jorge Joseph conmueve a Acapulco el primer día de su ascensión al poder. Ese día, luego de un breve introito sobre la seguridad de los habitantes y los turistas, a su voz aparece un lustroso carro bomba dotado con todos los elementos necesarios para ofrecer seguridad al puerto. Los primeros en festejarlos son los integrantes del cuerpo municipal de bomberos, de quienes se ha fraguado una caricatura en la que apagan fuegos con buches de agua. El vehículo ha sido manejado desde Estados Unidos por el capitán Martel Alvarado Medina, bombero desde chamaco y quien asume por segunda vez el mando de la corporación.
Si la sorpresa del brillante vehículo rojo ha calado hondo, la segunda profundizará mucho más la “máquina colorada”, como ya la llaman los chamacos, fue adquirida en el país del norte en dólares y al puro cash con dinero proveniente del patrimonio de los Joseph Zetina. Específicamente de los recursos del retiro de Jorge como socio de la cooperativa de La Prensa. ¡Genial!
Con golpe tan limpio, se diría magistral, se esfuman las reticencias de quienes no aceptaban el liderazgo del periodista por ser “rubio y tener los ojos de color”. Por otro lado, deja en harapos al grupo que ha levantado barricadas para enfrentar al “frastero”, por ser ajeno al grupo dominante de las casas españolas. Dueño ya de la situación, Joseph empieza a gobernar al puerto como no le permitieron hacerlo a su maestro Juan R. Escudero.

Misoginia

Una de las primeras batallas políticas del alcalde JJP será contra su propio partido, el PRI. Alegando las razones de la sinrazón, los dirigentes priistas no ven con buenos ojos que una mujer, Austreberta Muñoz, esté integrada al cabildo sencillamente “porque es mujer y esto de gobernar es cosa de hombres”. Misoginia pura.
Se recuerda entonces que ya en 1955, en el cabildo del alcalde Efrén Villalvazo, había figurado como regidora doña Jovita Salgado de Castrejón, dirigente de comerciantes del mercado. Ella saldrá a los nueve meses de ejercicio, es cierto, pero no por ser mujer sino como parte del cabildo desaforado por el Congreso.
–¡Si no está Austreberta en mi cabildo, renuncio! –amenazó Joseph en un gesto teatral que le hubiera aplaudido de pie el propio sir Laurence Olivier, recién difunteado.
El propio alcalde se traslada a pie hasta el domicilio de la señora Muñoz, en el Pozo de la Nación, para informale su retorno al cabildo y llevarla él mismo, victoriosos, al Palacio Municipal.
Quien iba a decirlo o podrá creerlo. Será Austreberta Muñoz Vergara, Doña Beta, la que se encargue en su momento de echar de la presidencia a su otrora “caballero andante”. Cuando Joseph sea desconocido como alcalde por la mayoría del cabildo –cabildazo, se le llama–, ella será encargada de ponerlo de patitas en la calle o acompañarlo fuera del recinto.

Contra el vicio

Más secreto que lo había sido para el mundo el “Día D”, lo será para el Ayuntamiento (1960-1962) el “Día 6”. Lo que sucederá ese día solo es conocido por el alcalde JJP y su jefe de reglamentos, Liberato Torres, amiguísimo. Ese día, a seis de iniciado el gobierno, habrá cierre de cantinas y prostíbulos y se evita que los dueños sean advertidos. El colmo: no se le informa al jefe de la policía, Joel Añorve, sobrino del gobernador, porque él mismo posee los congales Babalú, Balalaika y Lontana.
El operativo que debió llamarse de los Reyes Magos resulta exitoso, más de lo que se esperaba. Se logra la clausura de cervecerías y cantinuchas del mercado Central pero también se logra el cierre de bares de postín como El pez que fuma, de Manolo Pano, en la calle de La Paz. Tenía grandes personajes como habitués de la nuit, como se llama en francés al “recaladero”.
Estaban entre ellos Lana Turner, acompañada por Armando Sotres; Hedy Lamarr, cuando vivió aquí casada Teddy Stauffer; Jose Antonio Méndez (ron con goma), Juan Bruno Tarraza, Celio González, Richard Pintos, Los Rivero y Tabaquito. También, César Balsa, cuyo número de la noche pidiendo “las otras para todos”, hacía bramar de gusto a la concurrencia. Bebedores de cerveza cambiaban a güisqui y ron a coñac, no fallaba.
La barredora moralista del alcalde Joseph se llevará en su primera semana de gobiernos a las más famosas y elegantes casas de citas del puerto, entre ellas Raquel, Rebeca, Evangelina. También El Safari, así descrito entonces: “Cabaret, fumadero de mariguana y sitio de reunión de degenerados que funcionaba pared con pared con el Instituto Regional de Bellas Artes”.
Sorprendido gratamente, el alcalde recibe la felicitación de cabildo en pleno por la acción emprendida a favor de la sanidad y la moral de Acapulco. Pronto, sin embargo, la puerca torcerá el rabo. Cuando una comisión de ediles le pida fecha para la distribución de las licencias canceladas durante el operativo, informándole de una vieja costumbre en el Ayuntamiento de entregarlos a nombre de los regidores aquello giros clausurados. Joseph adivinó en aquel momento la suerte que le esperaba.

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulco 10-M

Un fin de semana revolucionario

La toma de Acapulco

–¡Puta madre! –estalla el coronel Silvestre Mariscal cuando le informan en su cuartel de Pie de la Cuesta –la noche del 9 de mayo de 1911–, que el coronel Manuel Centurión ha iniciado desde La Sabana la toma de Acapulco, acordada para el día 15. Ambos son jefes de la Revolución maderista, el primero en la Costa Grande y el segundo en la Costa Chica.

–¡ Ya estará de Dios! –acepta resignado el profesor atoyaquense. –Vamos, pues, a sacar a esos pinches pelones de Acapulco.

Los hombres de Mariscal se deslizan como iguanas por el acceso poniente de la ciudad. Han llegado hasta ese punto luego de eludir los disparos del movilizado desde la bahía cañonero Demócrata. Con tan mala puntería que pronto los “descamisados” aprenderán a “torear” jubilosos los obuses de la artillería naval.

La avanzada logra penetrar hasta la plaza Alvarez cuando el reloj de Palacio marca las 2 y media de la madrugada del 10 de mayo de 1911. Guiados más por el gruñido de las tripas que por la intuición, los invasores descubrirán el mercado Zaragoza (explanada Escudero), donde llenarán excitados sus panzas históricamente vacías.

–Para cuando los gallos empiecen a cantar, seremos muchos pero no muchotes, –según el ábaco de un guerrillero del Bajial del Cuitero (Atoyac).

“Los cuicos del Ayuntamiento empezaron a echarnos bala y nosotros a correr. Mientras más balas nos echaban más corríamos. Mi primo Tobías y yo fuimos a parar a un recoveco del mar que le nombran la panocha, o sepa la bola, (Tlacopanocha). Nomás de ver aquella agua azulosa se nos antojó bañarnos. Tobías es gente de calicatencia pues ya acabaló el Silabario de San Miguel y es monaguillo en la iglesia Atoyac. Él dice que el señor cura le dijo que por más bala que echemos nada va a cambiar para nosotros. Que Diosito ya dijo que los que nacemos jodidos moriremos jodidos. Me quedé pensando y entonces le dije a Tobías: ¿Ya pa’qué?… ¡mejor vámono!”.

Descamisados

–30 Batallón, ¡adentro! –ordena el capitán Pedro Ordóñez a sus quince hombres incorporados a las hostilidades en la calle Tavares (hoy Galeana). Serán sus últimas palabras: una bala de 30-30 le desfigura el rostro cayendo como regla. Lo releva el subteniente Alberto Mondragón quien, cauteloso y precavido, dispone el repliegue de sus fuerzas hacia el puente del ferrocarril de la Mexican Pacific Co. (eso quedaría hoy en el cruce de Aquiles Serdán con Pie de la Cuesta). ¡Vaya carrera!

Un clarín se oye a lo lejos y al poco rato aparecen bajando del Castillo las tropas de refuerzo con el subteniente Alejandro Casas al frente. Viene dispuesto a desalojar a los “descamisados” de la calle San Diego (Galeana) parapetados en las gruesas pilastras de sus corredores. Forman los “descamisados” un grupo de rebeldes identificados por la vestimenta. Calzoncillo doblado hasta la rodilla, camisa atada a la cintura, carrillera y sombrero de petate arriscado. Han conseguido una caracterización teatral de tal modo impresionante que asustan con sólo verlos. Hoy el cine los adoptaría.

El subteniente Casas incita a sus hombres con arengas patrióticas pero aquellos se atoran como mulas en precipicio. Sólo cuando el joven oficial se coloque pecho a tierra en mitad de la calle y en el colmo de la temeridad encienda un puro con toda parsimonia, los soldados reaccionarán arrojadamente hasta hacer correr a los rebeldes.

Las dos baterías del fuerte lanzan andanadas contra los costeños bajando de los cerros y el cañonero Demócrata desembarca un contingente en la playa de Hornos. Lo encabeza el teniente de navío Manuel Morel y su misión es expulsar a los hombres de Centurión escondidos en las huertas de coco. (El Demócrata servirá también como refugio para las familias de los mandos civiles y militares del puerto).

Los lesionados del bando insurgente se desangraban y morían donde caían por carecer sus unidades de servicio sanitario, contrario al eficiente de los militares en su cuartel del fuerte de San Diego. En medio de la tragedia surgirá, no obstante, un ángel protector para aquellos desgraciados y así lo consigna el cronista Rosendo Pintos Lacunza.

Ángel guardián

Adoptará la forma de una viuda a quien don Chendo presenta como “extravagante gacetillera y no escritora; vieja activa y con algún talento”. Doña Lucrecia L. viuda de Saldívar se organiza con amigos para levantar lesionados aún desafiando las balas. ¿Para llevarlos dónde? Ella misma habilitará como hospital una casa abandonada en el callejón de La Paz y allí irán a parar unos veinte civiles, incluidas mujeres y niños, caídos en la refriega. No hay manera de saber si la revolución reconoció alguna vez el altruismo de doña Lucrecia, precursora sin duda del generoso voluntariado femenil de la Cruz Roja.

Los 5 mil habitantes de Acapulco viven momentos de terror sometidos primero al asedio de fuerzas revolucionarias y luego a la guerra total librándose en los corredores de sus propios domicilios. Los alimentos y el agua escasean pero pronto el ingenio y la solidaridad crearán redes de distribución a través de los seguros patios traseros. Los habitantes del centro abandonarán de plano sus hogares para cobijarse en zonas menos peligrosas como Manzanillo, Tambuco y Caleta.

La comunicación de boca en boca fluirá con eficacia en medio de aquel caos infernal. Las familias se informan por ese medio sobre la suerte de parientes y amigos o bien de las atrocidades de las fuerzas beligerantes. Les duele saber que el cadáver de doña Susana García debió ser inhumado en el patio de su casa porque nadie se atrevió a llevarlo al panteón. Lamentan, igualmente, el deceso del veracruzano Enrique Peñaflor, contador de la Aduana, acribillado mientras auditaba los fondos bajo su custodia.

¡Viva La República!

¡Viva Madero!

¡Viva el comercio!

Tales eran los vítores lanzados por mariscaleños y centurionistas cuando, compelidos por una acción envolvente del ejército federal, emprendan el desalojo de Acapulco. Extraña e inexplicable consigna esa de ¡Viva el comercio! A no ser que haya sido una especie de spot verbal pagado por las Tres Casas españolas, monopolizándolo en todas sus formas.

Silvestre Mariscal se repliega hacia El Pasito mientras que Manuel Centurión va rumbo a La Garita. A las 2 de la tarde de ese sábado 10 de mayo, recuerda Pintos Lacunza, todo habrá terminado.

–¡Chingada madre! –reprocha Silvestre Mariscal–, por las calenturas de Centurión nos partieron la madre en 10 de Mayo. Y no hay doble intención en las palabras del ex tenedor de libros de la Casa Bello de Acapulco. Habrán de pasar dos décadas para que tal fecha se dedique a las progenitoras.

Vuelta la calma, el coronel Emilio Gallardo, jefe de la guarnición militar, asumirá una conducta magnánima dejando en libertad a los prisioneros y proporcionando atención médica a los lesionados. Sus datos sobre la zafacoca revelarán casi ochenta muertos y otros tantos lesionados, así como el consumo de 20 mil cartuchos. Números de ambos bandos.

Este mismo 10-M, Francisco I. Madero establece su gobierno provisional en Ciudad Juárez, Chihuahua, y allí también se firmará el convenio de paz. Se nombra presidente provisional y se lanza la convocatoria para nuevas elecciones. Madero designa al profesor Francisco Figueroa, gobernador de Guerrero.

El convite

Si Acapulco no se dejó tomar a sangre y fuego, los revolucionarios lo tomarán con música y harto mezcal. La entrada triunfal se produce el 2 de junio de 1911.

El convite de la victoria arranca a las 9 de la mañana del Puente Alto hacia el centro de la ciudad. Dos mil hombres componen la columna cuya descubierta está formada por 25 jinetes y la banda de música de Atoyac de Álvarez.

Viene enseguida Silvestre Mariscal y su Estado Mayor, luego la Infantería comandada por Valeriano Vidales y, cerrando, los 400 jinetes de Julián Radilla.

Los aplausos de los acapulqueños se intensificarán al paso de paisanos y vecinos con diversos grados. Albino Lacunza, Dustano Montano (médico), Amado Olivar, Constancio Martínez, Antonio Fernández, Nicolás y Manuel Uruñuela, Fernando Heredia, Octaviano y Daniel Lobato y muchos más.

Para los acapulqueños la pesadilla no terminará. Soportarán a sus libertadores el tiempo que dure el licenciamiento del ejército popular –40 pesos por carabina y 15 pesos por machete–, borrachos las 24 horas y disparando sus armas al aire e incluso entre ellos mismos.

Lo peor, no obstante, estará por venir.

Anituy Rebolledo Ayerdi

El misterio del Río de Plata

Nunca tan apropiado el símil de anfiteatro dado a los cerros que rodean al puerto –la bahía de Santa Lucía como escenario maravilloso–, cuando los acapulqueños sean espectadores angustiados del incendio y hundimiento del barco argentino Río de la Plata. Un drama enigmático y milonguero cuyo misterio permanece intacto a distancia de sesenta años.

Las campanas de La Soledad tocan a rebato aquel 18 de agosto de 1944, tal como lo han hecho por siglos para alertar a la población sobre la inminencia de peligros graves. Los porteños se ponen de pie, siempre unidos y solidarios, para enfrentar la nueva calamidad. Desde cualquier punto de la ciudad es posible admirar una gruesa columna de humo denso y amenazador. Emerge del centro de una embarcación para elevarse verticalmente al cielo pues no corre en ese momento ni un soplo de brisa.

Gritos y carreras. La gente baja acongojada de los cerros trayendo agua en cubetas y cacharros de todo tipo con la intención de ayudar a sofocar el siniestro. Pretensión inútil pues la nave permanece en el mismo sitio al que había sido llevado luego de desembarcar su pasaje en el muelle                       porteño. Y todo indicaba que no regresaría para facilitar la extinción del fuego. Nadie se entera en ese momento que la orden en contrario había sido dictada por el propio capitán de la nave.

Acapulco, según el Censo de Población de 1940, tiene 29 mil habitantes y no es exagerado afirmar que todos ellos fijaron en algún momento la vista hacia el sitio de la bahía donde crepitaban las maderas finas del barco argentino. La mayor concentración humana se dará en torno a la bahía pero particularmente en Icacos donde se tendrá más cercano el drama. El anfiteatro ofrecerá por las noches un espectáculo estremecedor.

El alcalde porteño Enrique Lobato, orfebre de oficio, hará lo único a su alcance frente a las características peculiares del desastre. Notificarlo telegráficamente al gobernador Rafael Catalán Calvo, quien a su vez lo haría del conocimiento del presidente de la República, Manuel Avila Camacho y del secretario de Marina Heriberto Jara. En corto, hará valer sus influencias para conseguir cuartos en los ya repletos por vacaciones escolares hoteles del centro La Marina (hoy Bancomer), Acapulco, 2 de abril (luego Colonial), Miramar, La Colimense, El Paraíso, y Monterrey.

Hundan al Río

El Río de la Plata, con 180 metros de largo y capacidad para 400 pasajeros (258 en primera clase y 146 en tercera), realizaba cruceros de placer entre Argentina y Los Ángeles, California, con escalas en Acapulco y otros puertos del Pacífico. Había formado parte de un lote de embarcaciones vendidas por el gobierno de Italia al argentino, encontrándose al estallar la guerra en puertos rioplatenses. Su botadura databa de 1923 con el nombre de Principessa María.

El nuestro era entonces un país beligerante. El estado de guerra contra las naciones del Eje –Roma-Berlín-Tokio–, lo había declarador el presidente Manuel Ávila Camacho el 7 de junio de 1942. México respondía así al hundimiento de tres barcos petroleros nacionales por submarinos alemanes (por lo menos eso dijeron los gringos).

En esa misma calamitosa línea, el 2 de febrero de 1943 había hecho erupción en Michoacán el volcán Paricutín. Aquí nadie creerá a Chico Mitotes, un chaparrito vendedor callejero de tuba, haber visto desde el cerro de La Mira las chispitas de aquella “ardentía”.

Antes, en 1941, un terremoto político había sacudido al país con epicentro en Tixtla, Guerrero. La quema de una bandera mexicana por normalistas de Ayotzinapa le cuesta la chamba al secretario de Educación, Luis Sánchez Pontón, y da pie para una nueva arremetida de la derecha clerical contra el artículo tercero constitucional.

El fuego en el Río de la Plata lo había iniciado su propio capitán luego de hablar con el embajador de su país en México. Le habría informado sobre la presencia amenazante de dos destructores estadunidenses, mismos que estarían esperándolo afuera de la bahía porteña. La orden de hundir el barco debió recibirla el capitán por el mismo conducto y esta habría tenido su origen necesariamente en la Casa Rosada.

Rechazada en un primer momento por absurda, la versión piromaniaca será confirmada plenamente por los mandos navales del puerto. Revelarán, además, acciones violentas de la marinería rioplatense para impedir las tareas de salvamento emprendidas por los marinos mexicanos. El lanzamiento de una segunda ancla hará imposible remolcar la nave y finalmente la inundación de sus bodegas la harán zozobrar.

Cien mil dólares

El crucero argentino nunca pudo ser confundido con una unidad beligerante. Su capitán se había encargado de cubrirlo con el nombre de la nave y la bandera blanquiazul de su país. Se verá tan corriente como                       cualquier Acatiki local y su diferencia será abismal con el original Principessa María.

La mayor intensidad del drama se vivirá sin duda junto a los                       pasajeros, casi todos argentinos. Habían desembarcado engañados de que sólo se trataba de fumigar el barco y que volverían tan pronto concluyera tal acción. Se les ofreció, además, el disfrute por cuenta de la naviera de los atractivos de Acapulco.

Al amanecer, cuando se observe la columna de humo e incluso se escuche el crepitar del fuego, a hombres y mujeres se les acogotará el pánico, la angustia y la desesperación. Ausentes el capitán y sus oficiales pedirán auxilio a los lugareños. No faltará quien solicite en alquilar una lancha o canoa para acercarse al barco pero ningún lanchero aceptará frente al riesgo de una explosión. ¿Explosión? Aquí tendrá su origen uno de tantos mitos en torno a un pretendido cargamento bélico del crucero argentino y hará crecer la crispazón de los pasajeros. Histéricos, algunos ofrecerán a gritos recompensas económicas para quien logre salvar sus pertenencias.

Así, mientras los familiares de un general brasileño estaban dispuestas a gratificar con ¡50 mil dólares! a la persona que rescatara un cofre metálico conteniendo las cenizas y condecoraciones del prócer, una emperifollada dama bonaerense anunciaba el doble (¡100 mil dólares!) a quien lograra salvar su alhajero a esa hora quizás ya pasto de las llamas.

El arribo del embajador de la República de Argentina hará volver el alma al cuerpo de los forzados náufragos. Les asegurará pasajes para sus destinos y apoyo oficial para el reclamo de los seguros. Personal de la secretaría de Relaciones Exteriores estará aquí también para auxiliarlos, en un gesto muy humanitario de nuestro paisano Ezequiel Padilla Peñalosa, titular de la secretaría de Relaciones Exteriores.

Misterio Indescifrable

El Río de la Plata arderá durante tres días y tres noches para luego ser engullidas sus 18 mil toneladas por el océano y depositadas suavemente en un lecho marino de 30 metros de profundidad, frente a Punta Guitarrón (Latitud 15° 5.2’ Norte; Longuitud 99° 52.2’ Oeste). Los buzos lo desnudarán durante 60 años hasta convertirlo en un herrumbroso esqueleto, guarida de la fauna y flora marinas.

Argentina estaba gobernada entonces por el general golpista Edelmiro J. Farrel, quien tenía como vicepresidente al coronel Juan Domingo Perón, capaz de aquello y más. Los “ches” nunca podrán esconder sus simpatías por Hitler –recibirán durante y después de la guerra capitales y criminales nazis– No obstante, ese gobierno romperá relaciones con Alemania y Japón.

¿Por qué el incendio y hundimiento del Río de la Plata?

Formulada cuando aún la nave ardía en la bahía de Santa Lucía, la pregunta se repetirá a lo largo de los años, hoy mismo, sin encontrar respuesta sensata y convincente.

¿Qué secreto guardaba el Río de la Plata que no fuera a develarse una vez en el fondo de nuestra bahía ? ¿O se pensaba rescatar más tarde lo rescatable habiéndolo conseguido con éxito? sigilosamente hacia la Base Naval o bien en una operación submarina digna de James Bond. Incluso las 13 toneladas de cobre portadas en su panza, así como un cargamento ilegal de mercurio o azogue.

¿Y si fue oro, oro alemán?

Anituy Rebolledo Ayerdi

El yate de la política y del amor

 Leonora y María

El yate Sotavento fue una figura familiar en la bahía de Acapulco durante la mayor parte de los 27 años que sirvió como embarcación de recreo del presidente de la República. Familia, amigos, invitados e incluso amores furtivos.

Cuando el presidente Miguel Alemán ordena en astilleros de Nueva Orleáns la construcción de un yate presidencial, para no ser menos entre sus pares americanos, lo hace por conducto y asesoría de su secretario de Marina, Luis Shaufelberger. El costo de la nave –600 mil dólares–, se considerará oneroso no obstante que para 1957 ya se identifica a la República Mexicana con el cuerno de la abundancia. La abundancia para unos cuántos y el cuerno para el resto de los mexicanos, distribuirá el cómico Palillo.

“Es un insulto para los históricamente juaneados                     habitantes de este país”, denuncia el Partido Comunista y nadie le hace caso. Atizan mejor la conciencia social los caricaturistas de la prensa independiente. Recomiendan al Presidente saciar sus ansias de marinero, mejor y mas barato, en los canales de Xochimilco o de perdida en las grandes inundaciones metropolitanas.

El mandatario veracruzano, en opinión del cronista Carlos E. Adame, era un apasionado del mar. Razón de sus frecuentes visitas al puerto para navegar en el Sotavento. Viajará unas veces a Zihuatanejo y otras a Puerto Escondido, Oaxaca, nunca solo. Se hará acompañar de su familia, de miembros de su gabinete, dignatarios o personajes extranjeros, amigos íntimos y damas.

Muchas damas. Damas misteriosas tocadas                     con sombreros como jongotes para no ser identificadas. Pretensión inútil para quienes se propongan lo contrario. Adivinarán en lontananza, por ejemplo, la grácil figura de María Félix o bien las rotundas formas                     de Leonora Amar. Quienes hoy recuerdan a la actriz brasileña, con largas temporadas en Acapulco y haciendo honor supremo a su apellido, la concentran en una sola y complicada palabra: un “¡viejorronón!”. Objeto, dicen, de los primeros sueños húmedos de muchos                     jóvenes acapulqueños de la mitad del siglo XX.

Con todo y ser un yate mas bien modesto y sin lujos, el Sotavento de Acapulco, como se le conocerá a partir de su llegada, será símbolo de poder y abundancia. Orgullo de una aristocracia emergente –“naca, naca, pero rica, rica”– que hará de este puerto, felizmente, su Cote d´azur.

López Mateos y Eisenhower

Contra los 56 metros de largo del Sotavento estarán los 144                     del yate Abdul Azíz, del rey Farad de Arabia Saudita. Si bien coinciden en sus cabinas decoradas con madera de teca, el árabe las supera con los añadidos de ébano. Son cinco pisos los de la nave saudí y dos los del “lanchón” mexicano. Los herrajes en el Sotavento provienen de la Ferretería Muñúzuri no así en el Abdul. Las manijas de las puertas son de plata, los grifos de agua de oro macizo y las bañeras de lapislázuli. Olímpicas sus dos albercas.

Tampoco tendrá nada que hacer el Sotavento frente al Britannia, de la familia real inglesa, con dotación de 256 tripulantes. O el yate Nabila, del mercader de armas Adnan Kashogui, con 86 metros de largo y 13 millones de francos de costo.

No obstante, el Sotavento                     tendrá sobre aquellos palacios flotantes la distinción de recibir al más grande héroe de la Segunda Guerra Mundial y al mismo tiempo                     presidente de los Estados Unidos, Dwigt D. Eisenhower. Ello durante la                     entrevista con su homólogo mexicano Adolfo López Mateos, el 19 de febrero de 1959, y entonces su imagen de sobria nave republicana dará la vuelta al mundo.

Las pláticas entre ambos mandatarios tienen lugar en el comedor de la embarcación mientras recorre la bahía y ahí mismo se servirá la comida. No faltarán periodistas fantaseando sobre la presencia de submarinos gringos en el fondo de la bahía y más allá de la Bocana, lista para entrar en combate, la flota estadunidense del Pacífico. Y no es que no haya habido una vigilancia estricta para proteger al único general de cinco estrellas en el mundo, sino que en este caso será muy discreta.

Y efectiva. Tanto, que para entonces la                     policía secreta mexicana y el FBI estadunidense mantendrán encerrados a los comunistas locales, en la cárcel o en sus propios domicilios, principalmente a Nicolás Román Benítez y a Emeterio Deloya Cárdenas. Operador este último de una lancha de pesca, resultaba sospechoso de odiar a los gringos e incluso de poseer torpedos de fabricación casera para lanzarlos contra el Sotavento.

–¡Poderosos pero fruncidos!–, respondía el también dirigente de la CROM, juntando los cinco dedos de la mano derecha.

Pípila

Sin miedo a la represión policíaca, doña Carmen Cortés de Deloya y su organización de lavanderas                     aprovecharán la presencia nocturna de Eisenhower en el Club de Skies. Lanzarán desde lo alto de La Candelaria sonoras trompetillas y delicados recordatorios maternales.

–“Go home, sanababiche, huevo de pípila” –rezaba una de varias consignas, referida esta seguramente a las pecas del general.

–¡Así es mi pueblo: sabe entregarse a los buenos vecinos y mejores amigos! –mentía López Mateos al oído de su rubicundo invitado.

Cardiaco

La entrevista entre los dos presidentes tenía como escenario Acapulco gracias a la recomendación de                     los médicos del presidente estadunidense, víctima de más de un ataque cardíaco. A la hora del banquete:

–Para mí, güisqui con agua –ordena Eisenhower.

–Yo prefiero una Coca cola –opta en su turno el presidente mexicano.

–¿Cómo Coca cola? –interviene extrañado el gringo –¿No sabe usted que la Coca cola es mala?. Lo dice mi médico –el doctor White– que es el mejor cardiólogo del mundo.

–Es que si bebo güisqui no me hará efecto la penicilina que estoy tomando –explica a manera de disculpa López Mateo.

Dice el doctor White que yo hubiera podido evitar mi primer infarto si 3 horas antes de producirse me hubiera tomado un güisqui –insiste Ike. Desde entonces no las dejo pasar sin tomar uno.

–Mi cardiólogo, el doctor Chávez, quizás no sea el mejor del mundo pero es magnífico; me ha dicho que más que el güisqui es bueno para el corazón el vino tinto.

–¡Yo que usted tomaba un güisqui!

(¿Cómo decirle “¡yo tomo lo que se me hinchan, pinche güero cagaleche!”, al hombre más poderoso de la tierra?).

Incidentes

Con todo, la entrevista Ike-ALM fue un suceso plagado de incidentes. El Ike era el tratamiento                     familiar de los estadunidenses para su presidente, desde su campaña electoral. “I like, Ike”, será entonces un pegajoso lema.

Incidentes como el de la conferencia de prensa de los dos presidentes en el Hotel Pierre Marqués. Habrá tanto periodista y en tan breve espacio que se armará tal batahola que impedirá escuchar las respuestas de los interrogados.

O el de la cena ofrecida por Eisenhower en el Club de Skies, con el show acuático de Carlos Ochoa. El gobernador Raúl Caballero Aburto, será rechazado en la puerta por no figurar en la lista de invitados. Caso contrario el del alcalde o mayor Mario Romero Lopetegui, a quien le abrirán valla los T-Men (así llamados los custodios del Tesoro y del Presidente estadunidenses, ex jugadores de futbol americano casi todos), sólo que él se negará a acceder sin su jefe. El malentendido será subsanado por el secretario de la Presidencia, Donato Miranda Fonseca, aunque no faltarán maliciosos que le adjudiquen el incidente. Nomás por joder.

Clark Gable

Durante la cena en honor del visitante distinguido, en La Perla del Mirador, con diez clavados en La Quebrada, destacará la presencia del el ex primer ministro de Gran Bretaña, Anthony Eden, dedicado aquí a la redacción de sus memorias.

Uno más. El incidente que describe a una media mentada de madre pronunciada por el propio jefe de las instituciones nacionales. Se da cuando han concluido en el Sotavento las pláticas presidenciales. Ike desembarca en el muelle del hotel Club de Pesca y López Mateos lo hace en el malecón de pesca, casi frente al Zócalo. El Presidente se lanza con un tranco largo para alcanzar el concreto y en ese momento

el fogonazo de un fotógrafo lo deslumbra haciéndolo trastabillar. Se asirá desesperadamente a las manos de sus ayudantes librándose de un histórico chapuzón presidencial.

–¡Hijo de tu chiinnnn…! –murmura irritado el señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos, pero sin perder su sonrisa a lo Clark Gable (uno de los tres más grandes galanes del cine estadunidense de todos los tiempos).

Quienes escucharon tal expresión abjurarán en ese momento de una antigua devoción por la divinidad presidencial, en tanto que el fotógrafo meditará cambiar de oficio. O lanzarse a bucear monedas en el malecón –“Guimi-mony-laguara-plis-míster”– o bien debutar como trovador en Caletilla.

Anituy Rebolledo Ayerdi

HAIR

La ópera-Rock que fue transquilada en Acapulco

 Hoy la luna brilla junto al sol (*)
y Júpiter eclipsa a Orión
la paz gobernará el planeta
y el amor será la ley

 Cuando han transcurrido apenas tres meses de la matanza de jóvenes en Tlatelolco, Acapulco vuelve a ocupar titulares amarillos en la prensa nacional, incluso internacional. Se le acusa esta vez de Babilonia moderna, impúdica, libertina y depravada. Y es que en un foro teatral del puerto, durante la representación de la ópera-rock titulada Hair, una docena de mujeres y hombres habían bailado y cantado sin ropa. Esto es, desnudos, o en cueros, si se prefiere. En pelotas, pues, ya para acabar y mejor comprensión del respetable.

La grave transgresión a los valores sacrosantos de la civilización occidental, la ruina de la moral pública y el abatimiento de las buenas costumbres, todo junto, se había dado durante la premiere nacional del espectáculo dedicada a las autoridades, los cuates y la prensa. Gente bonita , ¡oh, sí!, narices respingadas, carteras gordas pero sin faltar los colados y gandallas. Presentes también y oliendo a Brut los poderosos barones de la Costera.

La opera rock Hair se presentaba en Acapulco por primera vez en América Latina, luego de su triunfo en Broadway apenas dos años atrás. Se trataba entonces de un suceso musical de gran impacto cuyos primeros réditos beneficiarían al puerto con la difusión universal de su nombre.

Alfredo Elías Calles, el empresario, no los esperaba económicamente generosos pero sí pretendía por lo menos sacar su cuantiosa inversión. Se habían pagado derechos caros por la obra, la papeleta de actores, todos extranjeros, se pagaba en dólares y muchos gastos más. Había corrido con suerte al toparse con Jaco Avayou, empresario cinematográfico acapulqueño, quien aportará el escenario apropiado para el proyecto. El cine Acapulco, de la calle Plan de Ayala, casi esquina con Cuauhtémoc (donde ahora se exhiben películas porno), recibirá el remozamiento necesario para convertirse en el teatro Acuario, limpio y cómodo.

Peluquín

Decir debut y despedida en el argot del espectáculo es referirse al fracaso de un obra artística la noche misma de su estreno, casi siempre por escasez de público. El de Hair será rotundo pero por otra causa. La autoridad municipal la sacará de cartelera argumentando, como ayer, hoy y siempre, faltas a la moral. O sea, preservar la virginidad intelectual de los acapulqueños frente a una propuesta escatológica, inmoral, provocadora, obscena, irreverente, arrecha, sucia, libertina, disoluta, adulterina, perversa, caliente, impura, licenciosa, desvergonzada, cachonda, lujuriosa y más.

Tan dura anatema no provendrá, como pudiera pensarse, de ningún concilio o senedrín. Bastará que uno o varios poderosos así lo determinen para que así sea, incluso sin siquiera haber visto la obra o conocer su libreto. Se dejarían llevar los autores de la decisión por opiniones prestadas o bien pepenando rumores condenatorios de quienes acostumbran hacer de sus vicios privados, virtudes públicas.

Quiero que me llegue

hasta la cintura

arriba, abajo

en todas partes tengo

hair hair hair

hair hair hair

crece, meces

nada me embellece más… hair

Pelón

La escena escandalosa que despierta particularmente la santa moralina municipal, traducida en sellos de clausura hasta en los mingitorios, será en efecto un cuadro de actores cantando y danzando completamente desnudos. El escenario y la sala, según el libreto original, deberán permanecer en la más absoluta penumbra y así se presenta durante el ensayo general. Nadie contará, sin embargo, con la astucia sicalíptica del productor Elías Calles, descendiente por cierto del creador del PRI. Dotará a cada actor de una linterna sorda para que, en el cuadro final de la obra, se alumbren unos con otros, incluso a sí mismos, exhibiendo naturalmente sus “cositas”, como las llamaba mi maestra de biología. El tema interpretado será uno de los que dejará Hair como magnífica herencia: Let the sunhine.

Haya venido de Bucareli o del Arzobispado mexicano, la suspensión de Hair, incluida la clausura del teatro, fue boleto del alcalde Israel Nogueda Otero, quien, para librarse de cargos de mojigato y represor, enarbolará el Bando de Policía y Buen Gobierno, en su parte relativa a la preservación de la moral y las buenas costumbres. Mismo documento que castiga con cárcel una micción callejera pero solapa a infelices padrotes prostituyendo hoy mismo a menores de edad, casi niñas.

Quienes adjudican a la Secretaría de Gobernación, a cargo de Mario Moya Palencia, la autoría del ukase, aportan incluso los móviles posibles. La presencia en el evento de un hijo del presidente de la república, Gustavo Díaz Ordaz, y en la misma línea, que Irma Serrano, La Tigresa, se haya amarchantado con Berger, un personaje de Hair. Para otros, incluido el escribidor, todo tendrá su origen en los carteles que en alguna parte de la obra portan sus actores (todos extranjeros, insistimos) alusivos a la massacre de Ttaltelolco. ¡Chínguenlos!, ordenará Zeus Tonante.

Acuarios, acuarios

alegría y tolerancia

armonía y confianza

no queremos mas engaños

no más sueños destrozados

hoy nacemos para amarnos

nuestra era es la de Acuario

acuarios, acuarios

 

Pelambrera

Hair llama la atención mundial a partir de su nacimiento en 1967 por amalgamar un música formidable con la filosofía hippie. Se le tiene como causante de una revolución en la música, el teatro y el pensamiento de finales de los 60. Los desnudos y las referencias al espectador se suceden en la representación, durante la cual una tribu jipiosa habla de sus alegrías, temores y sentimientos. Su triunfo será clamoroso en Broadwayal año siguiente.

Hair fue para algunos críticos el gran fenómeno musical de la época. Una explosión de creatividad que cantó a la                   libertad de expresión e hizo del espectador un actor más.

Si bien todos los temas de la obraserán reconocidos en buena parte del mundo, dos de ellos llegarán para quedarse: Aquarius y Deja que entre el sol. La banda sonora se mantendrá en la lista de éxitos durante los tres años siguientes a su estreno. Hoy, sólo la nostalgia la convoca.

Pelillos a la mar

Diez años más tarde del acapulcazo, Hair será llevada a la pantalla por el director Milos Forman (Amadeus) y será combatida tan duramente como lo había sido la obra teatral. Excepción hecha de la banda sonora a la que se calificará como “vital y abierta”.

Hashís

mariguana

opio

LSD, peyote

costo, los hongos mágicos

la mescalina y la nicotina

cannabis sativa

alcohol y betún

jarabe de la tos

aspirina y válium

qualudes y poppers volcánicos

pieles de plátano

s.e.x.o

Uauuuuuu

Peluche

El estreno de Hair en Acapulco (4 de enero de 1969) quiso ser un remedo tropical de las noches encandiladas de Broadway. Fallida por absurda y algo más. Una manada de cuches rondando la calle del estreno, los golpes del taquero de la esquina con su jauría particular y los fogonazos acústicos de las rockolas vecinas. El Piratas, de Dalia Serna, tendrá que esperar varios años más para instalarse enfrenta de la entrada de ese teatro.

Aquello no impedirá que algunos invitados lleguen iluminados creyéndose en el mismo niuyork.

Otros, por el contrario, se quejarán de encandilados por tantas barras de luz encendidas. Muy pocas parejas de “pipa y guante” como para una ópera. Y la mayoría vestidos como si se acabaran de levantar.

Sólo uno o dos recuerdan la etiqueta aplicada por Miguel Alemán Velasco durante las Reseñas: pantalón negro con guayabera blanca y corbata de pajarita. El Vampiro Rocha le robará la entrada a Irma Serrano vistiendo pantalón verde y el torso completamente desnudo. Se dirá asaltado.

Por ahí, como inicia Arturo Escobar, el actor Yul Bryner, tocado con sombrero calentano para efectos del anonimato; simpatiquísimo el productor, Mike Butler, preguntando por Manolo Arango, “el hombre del billete grande” y mecenas de la función; Alfredo Díaz Borja, muy ligado luego al mundo del rock mexicano. La Tigresa insistirá en comprar la obra para interpretarla ella misma y lucir sus cuadriles y chamorros. “Yo sí tengo qué enseñar no como la flaquita esa”, presumirá refiriéndose a Pixie, la estrella principal.

Lo de Enrique Rocha fue rigurosamente cierto.                   “De veras, decía,                   yo salí de mi hotel vestido con un smokin verde”.(¡Entonces se lo fumó!, lanzará como dardo el reportero Félix Ramírez, de La Verdad). Presentes cual debe y oliendo a Brut los barones de la Costera.

De pelos

La inglesa Pixie Hopkins cantará Hair en una sola ocasión pero le gustarán los pelos como negocio. Los pelos de las pestañas postizas marca Pixie, que harán ver a sus usuarias como muñecas dormilonas. Grabará con Nacho Méndez un disco con Llorando por dentro y Lover and his lass.

El Caso Hair no les viene ni les va a los rockadictos nativos. Sus tímpanos responden únicamente a los estímulos acústicos de Los Yaqui, Los Rockin Devils, Los Hitters, Los Belmonts, Los Johnny Jets, Roberto Jordán y María Eugenia Rubio. Sin ser propiamente roquera, la hoy acapulqueña señora Rubio de Barney, tendrá, además de su sensacional Banco de escuela, éxitos como Cuando se está enamorada, Dímelo, Tú eres mi amor, Eso, eso, Mi pueblo, Navegar y Pepino.

Las hubo de hot pants en el estreno de Hair. Son el grito de la moda y están destinados a la exhibición plena de las jambas. Blusa y shorts de una sola pieza, como traje de baño antiguo. Jóvenes y atrevidas lo usarán ceñido al nacimiento de los muslos, maravillosos cuando semejan columnas dóricas. De ahí para abajo según la edad, la celulitis y las várices.

 

Cunnilingus y besar

¿verdad que no se ve mal?

marturbarse es genial

santa orgía

Kama Sutra hasta el final

Donna

 

Pelos de punta

Lo peor vendrá después, según la versión del empresario                   Alfredo Elías Calles.

“A partir de la clausura, nos convertimos en delincuentes. Mi alarma llegó a sus extremos la madrugada siguiente. Docenas de agentes civiles armados con pistolas y metralletas tomaron por asalto el lugar donde vivían concentrados los actores. A punta de cañón, con lujo de violencia, los despertaron y los obligaron a abandonar el lugar”.

“Al día siguiente asistí con mis abogados a la oficina de Migración donde nos pasaron a una antesala. De pronto se abrió la puerta y entraron seis gorilas que arremetieron a golpes contra mí. Me sacaron violentamente, en vilo, como vulgar criminal. Me bajaron a patadas y me arrastraron hacia un automóvil sin placas. Allí conocí el pánico, brother.”(Revista Piedra Rodante)

¡Pelos!

La andanada contra Hair será histórica por parte de la gazmoñería oficial, la Iglesia y la gente decente. De muy baja intensidad, incluso tibia, la ofensiva de la intelectualidad en defensa de la libertad de expresión. La Comuna de Acapulco, responsable finalmente de la represión contra el espectáculo, será llamada hipócrita, mocha persignada, intolerante, mojigata, ñoña y fascista.

Iniciando apenas su mandato como alcalde de Acapulco, Nogueda Otero sabrá sorteaer inteligentemente el problema de opinión pública. Ni sudará ni se acongojará pues sabe que tiene a la suerte consigo. El 17 de abril de 1971, un chiflón abate el helicóptero en el que viaja el gobernador Caritino Maldonado Pérez, y dos días más tarde, INO ocupará su lugar.

Finalmente y frente a la inicua lobreguez intelectual, política y cultural, Hair recomendará dejar entrar el Sol.

 Y creo que si hay Dios

no cree en Claude

ni en mí, ni en mí

canta, nuestras canciones ya no tienen fin

entonces canta junto a mi con fuerza

deje que entre el sol

que entre

el sol

*Fragmentos de las canciones originales

Anituy Rebolledo Ayerdi

Hundir al Cincinatti

–¿Y por qué no mejor lo hundimos, jefe?, –interviene un campesino macilento blandiendo un machete molonco tirando a bolo.

–¡Cállate, pinche Tiburcio, no digas pendejadas!

Ya te he dicho que no te metas en pláticas de gente grande. Tú nomás oye y calla. O, ¿sabes qué?: mejor vete a ver si ya puso la marrana.

Los actores del diálogo trascrito se refieren a la presencia en la bahía de Acapulco del crucero USS Cincinatti de la Marina  de los Estados Unidos. Una presencia perturbadora   y amenazante pues sus poderosas bocas de fuego apuntan al fuerte de San Diego y a la sede de los poderes municipales.

 La rebelión

 Acapulco es la segunda ciudad de la república en secundar la rebelión del sonorense Adolfo de la Huerta contra el presidente Alvaro Obregón, por la imposición de Pluarco Elías Calles como su sucesor. Los tres son paisanos sonorenses.

El mando del alzamiento lo asume el general Rómulo Figueroa pero con tan mala suerte que a los pocos días deberá dejarlo a causa de un nacido en la entrepierna. Lo toma el coronel Crispín Sámano, cuya primera acción es la de imponerse él mismo y frente al espejo el águila y las estrellas de general.

–¿Qué grande eres Crispín– se preguntará a sí mismo metiendo la mano derecha entre la botonadura de su casaca.

Al Manco de Celaya le bastarán cuatro meses para someter a los alzados, no obstante figurar entre ellos varios generales notables a los que dará cuello sin piedad. Adolfo de la Huerta dejará tras su huida a los Estados Unidos una estela de cuatro mil muertos y muchos millones de pesos en daños. Atenderá en Los Ángeles, California, su propia escuela de canto pues tenía fama de buen tenor, razón de su apodo El Dodepecho.

Los Escudero

Acapulco tendrá como signo infamante de aquella revuelta el asesinato de Juan R. Escudero y sus hermanos Francisco y Felipe, aliados de Obregón. Un crimen pagado por las casas españolas y ejecutado a la luz del día porque no hubo quién los defendiera. También por la negativa de Juan y sus hermanos de abandonar el puerto para ponerse al frente de la resistencia obregonista en la Costa Grande.

Negativa derivada de una amenaza de doña Irene Reguera, la madre, persuadida por su confesor Florentino Díaz. La amenaza de arrojarse al pozo de agua de la casa si los muchachos la abandonaban para irse con la chusma. El cura va con el chisme al general Sámano y este aprovecha la crisis familiar para capturar a los Escudero el 15 de diciembre. Cinco días más tarde los entrega a los sicarios de los españoles y estos los asesinan con saña la madrugada del 21. La vieja se la vivirá en la iglesia, rezando.

El conflicto

¡Ahora, Acapulco! ordena Amadeo Vidales una vez que ha descabezado en Petatlán el movimiento delahuertista en la Costa Grande.

El arribo inminente al puerto de las fuerzas agraristas, presentadas como la reencarnación de las legiones de Atila, provoca un pánico demencial entre los españoles y sus socios criollos. Están convencidos de que aquellos hombres furiosos vengarán la muerte de los Escudero pasando a cuchillo a todos los españoles de Acapulco y no sólo a quienes habían urdido el asesinato de los tres hermanos.

La paranoia hace presa de la poderosa élite y sus dirigentes jugarán una última y peligrosa carta. Comisionan al cónsul de España en Acapulco, Juan Rodríguez, para que junto con su homólogo estadunidense, Harry K. Pangburn, soliciten al capitán del crucero USS Cincinatti protecciónpara las familias hispanas, como si se tratara de estadunidenses en peligro. El buque, con apenas tres años de servicio, estaba asignado a la Flota del Pacífico de la Marina de los Estados Unidos y realizaba una visita rutinaria al puerto.

Pangburg acepta el encargo aunque lo condiciona a la intervención de señor Amado Estrada, un civil inexplicablemente al mando de la guarnición militar del puerto. Un hombre bueno pero sin puta idea de aquél tenebroso enjuague. Aceptará finalmente y sólo por tratarse de las “cacas grandes” de la ciudad. Firma sin leer el pliego elaborado por el popular médico que lo mismo saca una muela que atiende un parto. Un documento insólito de un mequetrefe pidiendo la intervención de fuerzas                   extranjeras para dirimir un asunto de histeria colectiva. No menos insólita será la respuesta de aceptación.

El desembarco

El 13 de marzo de 1924 se produce, ante la extrañeza y expectación general, el desembarco de infantes de marina del USS Cincinatti, ocupando rápidamente diversos puntos de la ciudad. El capitán C. P. de Nelson se instala con su Estado Mayor en la sede del consulado de su país, una de las pocas casas “de alto” del puerto en la calle Hidalgo (hoy Telmex).

Los cónsules hispano y estadunidense caminarán por la ciudad escoltados por marines y lo mismo algunos gachupas notables. Personas, domicilios y bienes de la colonia hispana quedarán a partir de ese momento bajo la protección de la bandera yanqui. Pero para que no resulte que a Chuchita la bolsearon, familias y baúles serán embarcados en lanchas y lanchones para pernoctar alrededor de la nave extranjera.

Advirtamos que el capitán Nelson sí sabía en la que se metía. Por ello, desde su base en el consulado mantendrá comunicación con la Secretaria de Guerra y Marina, a cuya titularidad había renunciado el trágico Francisco R. Serrano, en busca de la presidencia de la República. Nelson, ante el nuevo secretario, general Francisco R. Manzo, se justifica diciendo que sólo trata de ayudar a Estrada a mantener el orden y la ley en Acapulco y en un acto humanitario proteger a las familias asustadas por la llegada de las fuerzas irregulares. No se mide cuando censura al propio Manzo por no tener en Acapulco a un jefe militar responsable.

La respuesta del general Manzo será puntual en el sentido de que ningún oficial está autorizado para solicitar ayuda militar extranjera, cualquiera que sean las circunstancias en que se encuentre y mucho menos uno irresponsable como lo reconocía el propio Nelson. El funcionario mexicano le hace saber al capitán del Cincinattique Washington está informado de su arbitrario proceder y le otorga un plazo perentorio para desalojar el puerto, antes de provocar un incidente grave entre los das dos naciones.

La avanzada

El diálogo que abre esta crónica se produce en este momento. Una avanzada de las fuerzas de Amadeo Vidales observa el movimiento de los intrusos desde el cerro de El Vigía. El grupo está al mando del guerrillero Juan Barrientos, de San Jerónimo, y es él quien habla:

–Y, qué, pues Tiburcio –se dirige a su asistente– ¿Hundimos el Concinatti?

–Ta’cabrón : ¡Ni con cien carrujos de dinamita y otros tantos de mariguana! –se responde a sí mismo…

–¿Tónse? –interviene el hombre de mayor edad de aquel comando. –¿A poco servirán nuestros cerrojos y maúseres contra los rifles y cañones de los gringos?

–Se hará como la superioridad lo determine –afirma categórico Barrientos, eludiendo la pregunta del viejo. Ora que si mi opinión vale, yo digo que hay que sacarlos a chingadazos.

La guerra

Cómo si hubiera escuchado la amenaza de Barrientos, el cónsul estadunidense estará ahora sí realmente preocupado. Ha recogido la versión de que un grupo de gachupines fragua un ataque armado de sus sicarios disfrazados de agraristas contra los marinos extranjeros. Ello con el fin avieso de provocar una respuesta desproporcionada, creando de esa manera un conflicto que “Dios guarde l’ora”. Le urge entonces entrevistarse con los jefes rebeldes                   para impedir el estallido en                   Acapulco –según                   voces apocalípticas surgidas de la cantina de Doroteo Lobato–, ni más ni menos que de la ¡Segunda Guerra Mundial!

–¡Qué cabrones exagerados, ya ni la chingan!, será el único, preciso                   y conciso comentario del alcalde porteño, Heriberto Tapia, mejor conocido como Don Beyto.

El odontólogo Pagburng se entera de que Amadeo Vidales prepara en Pie de la Cuesta su entrada a Acapulco y hasta allá viaja en su búsqueda (el cronista Rubén H Luz lo hace volar en un hidroavión delCincinatti con acuatizaje en plena laguna). Y una vez frente al general Vidales, le ruega entrar al puerto sólo cuando las fuerzas extranjeras lo hayan desalojado para evitar así el riesgo de un roce peligroso e indeseable. Por su parte, le ofrece su palabra de honor de que los gringos se retirarán al día siguiente.

–¿Y qué tal si en lugar de su palabra de honor me quedo con usted mismo y no lo suelto hasta que se hayan largado sus paisanos? –pregunta Amadeo Vidales entre serio y en broma y a Pangburn se le caen los calzones, incluso los moja.

La carcajada de los presentes hará cimbrar el “toro” donde se realiza la entrevista. Ahí están, entre otros revolucionarios de pura cepa: Baldomero Vidales (bisabuelo por cierto de una nieta del cronista); Silvestre Castro, el famoso Cirguelo; Andrés de la Cruz, Margarito Bailón, Adolfo Mandujano, Jesús Pinzón, Rosendo Cárdenas y Francisco Pino, alías El tejón de la cinta baya. Todos juramentados para echar mucha bala contra los gringos.

La salida

El 16 de marzo de 1924, muy de mañana, las banderas de señales entre el Cincimnatti y el muelle de Acapulco se agitarán repetidamente ordenando el embarque de la tropa en tierra. El último en abandonar el puerto será el capitán Nelson y antes de hacerlo dejará constancia de su indignación por haber sido engañado como un chino. Le confiará al cónsul gringo su certidumbre de que los jefes rebeldes jamás habrían permitido ningún acto de violencia contra la población civil y que por tanto los temores de los españoles nacían de sus propios prejuicios clasistas y sus malas conciencias.

La Playa Larga, a partir del fuerte de San Diego y hasta Tlacopanocha, hervirá de acapulqueños festejando la “huida de los pinches gringos con la cola entre las patas”.

La actitud de la población será prudente como lo había sido durante las 72 horas de “ocupación” No faltarán, sin embargo, los nacionalismos exaltados y las referencias históricas del más puro amor patrio. Nada tendrán que ver con el grito de Doña Bucha, de Mazanillo, cuando Nelson aborde su lancha:

–¡Chinguen a su pecosa madre, gringos semillones! ¡Qué viva México, cabrones!

Dos horas más tarde entrarán al puerto las fuerzas de Amadeo y Baldomero Vidales.