Mi compadre Tadeo

Para Vicky Arredondo Terán, con cariño.

El compositor

Fallecido el 1 de julio de 1976 en un accidente carretero cerca de Tierra Colorada, Tadeo Arredondo Villanueva mantiene hoy, a distancia de medio siglo, su preeminencia como el creador musical más leal y amoroso de Acapulco:
Viejo Acapulco, A la feria de Acapulco, Adiós a Acapulco, Serenata en La Quebrada, Carnaval en Acapulco, Diciembre en Acapulco, Mi barrio, Virgen de La Soledad, La leyenda del pescador, En Acapulco te espero, Tlacopanocha y Agüita de mar.
Tadeo viene al mundo el 30 de junio de 1936 en el seno de la familia formada por don Filiberto M. Arredondo Suástegui y doña Aldegunda Villanueva Molina, ambos de San Marcos, Guerrero, y siete hermanos: Belarmino, Ezequiel, Rigoberto, Darbelio, Idolina, él y Ervey
Don Fili, como lo llamaba todo mundo, fue administrador de la oficina federal de Telégrafos de Acapulco hasta su jubilación, mientras que doña Gunda se significará como mujer muy devota además de gran emprendedora. Ella se encerrará por mucho tiempo en su profundo dolor por la pérdida del mayor de sus hijos, Belarmino, asesinado durante una riña callejera en la Ciudad de México, donde estudiaba Arquitectura. Ezequiel, Medicina y Rigoberto, Derecho, los tres en la UNAM. Ambos con servicios distinguidos en Acapulco. Fue ella la que me preparó para mi primera comunión.

Divina noche

El autor de Atolito con el dedo fue un creador precoz. Que digo precoz, precocísimo. Cursaba el tercer año de primaria en la escuela Ignacio M. Altamirano cuando sorprende a todos por igual –padres, maestros, hermanos, amigos– con su opera prima titulada Divina noche. A partir de entonces y hasta su muerte tendrá como obligación casi monacal la de correr el lápiz, saliera lo que saliera; si bueno, mejor.
Al año siguiente, en cuarto año, ya descubierta su faceta de creador musical, estimulado por la directora Carolina Vélez viuda de Leyva, Tadeo acepta participar en un festival escolar, pero condiciona que sea con un trío. Lo tiene formado con su hermano Ervey y un amigo de ambos, Anituy Rebolledo Ayerdi, su vecino recién llegado de San Jerónimo de Juárez. Él, la primera voz y la única guitarra, por supuesto, su hermano y vecino las maracas, formando un coro de dos en lugar de las clásicas segunda y tercera voces.
Se les bautiza como Los Costeñitos y visten de blanco tocados con sombrero de palma y un pañuelo azul anudado al cuello, el color de la Altamirano. En adelante serán el ajonjolí de todos los festivales escolares. Con Tadeo coincidíamos también en la Banda de Guerra del plantel, él, tambor, yo, corneta.
Mi compadre Tadeo fue un compositor de soledades. La soledad fue su compañera inseparable a la hora de convocar a las musas de las creación. Le venía de años atrás cuando, una vez apagada la luz, prendía una vela para correr la pluma hasta caer vencido por el sueño. Guardado bajo llave el cuaderno cómplice de aquellas letras, ocultando las voces del alma como si se tratara de pecados capitales. Había en ello el temor comprensible a la burla ajena, conociéndola cruel y despiadada frente a sensibilidades diferentes. Su mayor temor era caer en la cursilería.
No fue él de hacer anotaciones en servilletas o cajetillas de cigarrillos como los clásicos. La creación fue para Tadeo, como se dice, un acto solitario, íntimo. Tampoco buscó y menos aceptó opiniones ajenas. Nunca “a ver qué te parece esto que escribí anoche” o un “¿cómo se oyen estos versos? ”. Acostumbró dar a conocer sus obras ya terminadas, pulidas.

La Secundaria Federal 22

Vendrá luego la Secundaria Federal 22 en su edificio original de adobe en La Quebrada y Madero, destruido totalmente y sin víctimas por haber temblado en domingo. Un sonorísimo ¡gracias Dios mío! hará eco en las nubes provocando aires benignos. La secundaria vivirá arrimada dos cursos, en las primarias federales José María Morelos y Ávila Camacho. Tadeo y su guitarra será el alma de las tertulias juveniles y de la serenatas románticas epilogadas algunas con tremendas corretizas: padres enfadados o novios celosos. El cuaderno secreto del compositor ya contenía varias páginas llenas: Tu ausencia, Mi cielo, Mi tormento y Divinos ojos, no pocas inspiradas en amores primerizos, fugaces. No lo será el que despierte en él la compañera de grupo Chevita Terán Radilla, a la que hará su compañera de vida cursando el cuarto año.

Tadeo y Chevita

La juvenil pareja se instala en una casita con jardín frontal en la avenida Cuauhtémoc. Será el destino el que se encargue de reunir en tan pequeño universo a dos grandes cantores de Guerrero. A un lado del número 120 de los Arredondo-Radilla,vive el maestro José Agustín Ramírez, quien celebrará aquel encuentro haciendo del joven su alumno preferido. Y era que éste no sabía leer música, la tocaba y cantaba “de oreja,” como se decía en la jerga del oficio. Así, cuando muera el autor de Acapulqueña, Tadeo será el primero en ofrecer a su maestro una ofrenda lírica titulada El trovador de Guerrero.
Nace el primogénito y como lo dispone la costumbre costeña llevará el nombre del padre, Tadeo, y a quien el orgulloso progenitor le cantará en la cuna Lo que soñarás. A Tito, como se le conocía, lo apadriné en su primera comunión, convirtiendo a Tadeo y a Chevita en mis compadres. Cuando llegue más tarde el último retoño de la familia, como regalo de cumpleaños para él, se la bautiza con el nombre de Virginia, a la que el papá dedica un amoroso canto titulado simplemente Vicky. Más tarde, también para ella, Colegiala. Tito morirá mucho más tarde convertido en joven y eficaz medico.

Darbelio Arredondo

Dueño de una voz sonora y bravía, Darbelio Arredondo fue fiel interprete de su “hermanito Tadeo” y por tanto difusor de su musica dentro y fuera de la entidad: Leticia, Sanmarqueñita del alma, Atolito con el dedo, Rumbo a la Costa Chica, Igualteca, Tixtla, Coyuca de Benítez, San Jerónimo, Petatlán, Ixtapa-Zihuatanejo, Alma aventurera, Di que sí, no quizás, Venteñita, Cruz Grande, Costeña hermosa y más.

La canción social

Mi compadre Tadeo no pudo sustraerse a un movimiento musical de protesta o canción social, que si bien se dio en todo el mundo, tuvo sus más genuinos precursores en cantantes y compositores latinoamericanos. Su contribución fue breve:
El bracero, El campesino, La mordida, Págale bien a esa gente y Que se lleven todo.

El IRBA y Las Máscaras

Tadeo Arredondo se une a finales de los años 50 al esfuerzo cultural del Instituto Regional de Bellas Artes de Acapulco, dirigido por el pintor Luis Arenas y su esposa Macrina Rabadán, operando en la azotea del edificio Pintos. No debuta como maestro de composición musical sino como maestro de danza regional y lo hace durante una Muestra Nacional de Danza Guerrerense, en la Ciudad de México.
Conoce al profesor Roberto Ceballos, quien lo interesa en participar en el Teatro de las Máscaras. Ya incorporado al grupo, actuará en varias obras y entre ellas Los sumergidos y Escuadra hacia la muerte, con menciones honoríficas.
Fue en sus andanzas culturales cuando mi compadre conoce al escritor y escultor Alberto Chessal. A él, durante una visita a su taller, le pide que jure que nunca lo convertirá en uno de sus “monotes”. Alberto no lo hace y por ello no tendrá reparos en ofrecer la realización gratuita del bronce de Tadeo. Ello en 2005, cuando el alcalde Alberto López Rosas le rinda un homenaje póstumo develando su busto en la avenida Universidad. Debo decir que no hubo ningún homenaje póstumo para Tadeo en el que no haya intervenido el ometepecano Clodulfo Palacios.

Celia Cruz y Tadeo

El periodista Arturo Escobar, el cronista de sociales por excelencia, y yo, conducíamos en los años 70 un programa de radio por la XECI, de Lalo Morales. Dedicados sábados a entrevistar a los debutantes en el cabaret El Zorro, de Alejandro Castrejón, lo hace la cantante cubana Celia Cruz. Aprovechamos para presentarla con Tadeo, quien ya la buscaba de tiempo atrás para ofrecerle dos temas creados sólo para ella.
–¡Ay, muchacho, pero si tú eres tú, Tadeo, el compositor de El mudo de la Sonora Santanera!, exclama ella cuando lo tiene enfrente para luego llamar a su esposo, Pedro Knight (ex trompetista de la Sonora Matancera), haciendo los tres un aparte para platicar.
La cara de felicidad de mi compadre lo decía todo. La pareja cubana le había aceptado una propuesta que consumarían seguramente en su próxima visita al puerto. “Si se hace, ya la hiciste, cabrón”, fue el comentario de los presentes. El destino implacable dirá la última palabra.

Sus catedrales nocturnas

Interpretando sus propias creaciones como solista de grupo musical o solo acompañado por su guitarra, Tadeo Arredondo forjó varias catedrales nocturnas y entre ellas:
El bar Mónaco, con prolongadas temporadas. Los bares de Sanborns, El Muelle y La Estrella; el Scherezada Bar, el Guitarra Bar, Las Brisas, Hotel Tropicano y el restaurante El Arka, operado por él mismo en alquiler. Sus alternantes serán las estrellas locales del momento: Darbelio, su hermano; Ricardo Pintos, Pepe Domínguez, Israel Chacón, Rubén Ruiz, Tabaquito; Benigno Burgos, Alfonso Vázquez y Macario Luviano y su orquesta.
Fue este último, Maco Luviano, un músico saxofonista fuera de serie, con quien Tadeo armó una sólida y generosa hermandad haciéndolo su arreglista de cabecera. Tadeo le reprochaba, a veces duramente, rechazar las ofertas para integrarse a orquesta famosas de jazz. cuyos directores opinaban que el mexicano tocaba el jazz con su feeling original. Macario argumentaba, medio en serio, medio en broma, que no podría vivir en Estados Unidos faltándole los domingos el relleno de cuche y el manjar de Teypan, (Tecpan de Galeana), su terruño.

Sonora Santanera

Al cumplir la Sonora Santanera sus primeros 30 años de éxitos musicales, Carlos Colorado dirigió un LP titulado Las 30 mejores canciones, tres de ellas de Tadeo: El mudo, Sarta de mentiras y Sombrita de cocales. La propia agrupación musical entregrá al acapulqueño un trofeo como uno de sus mejores compositores durante las décadas 60-70. Al evento en la Ciudad de México tuve oportunidad de acompañarlo.

Mi compadre Tadeo

Tal fue el título que di a una selección de obras de Tadeo copiadas usando mi propio equipo de cómputo, todo a partir de discos de 45 rpm y cintas. Obsequié unos 50 de ellos durante la develación de la placa de la calle Tadeo Arredondo, la de la Arena Coliseo y la Comercial Mexicana, hoy los talleres de El Sur, en el número 15. La portada fue una foto de mi compadre y yo cantando en una fiesta familiar.
Sarta de mentiras, Sombrita de cocales, Por no estar junto a ti (Tadeo), Ironías (Sonora Santanera), Atolito con el dedo (Michel Tessan), Collar de cicatrices, Cuando vuelvas, Llévame (Pepe Mazón), Cómo te amo (Olivia de Montenegro), Vente conmigo, Alma aventurera (Darbelio Arredondo), Pobre de mi patria chica (Amparo Ochoa), Viejo Acapulco (Sergio Fernando Cisneros), Provincianita y El tulipán (Tadeo, Sabino Terán y su cuñado), Carnaval en Acapulco (Sonora Santanera), Atolito con el dedo (Coro Renacimiento Mexicano).
Más tarde quise repetirlo pero ya no supe cómo hacerlo.

 

Heráldica acapulqueña III

Fernández vs Sarmiento de Valladares

Lanzando una retahíla de denuestos extremeños, Domingo Fernández Duendenegua se presenta ante el Justicia Mayor de Acapulco para denunciar el enésimo asalto en despoblado.
—¡Coñetas!. ¿Qué ya no se puede viajar a Acapulco sin que lo asalten una y otra vez?. ¡Gallego tenía que ser el virrey Sarmiento de Valladares para ser tan inútil!
El funcionario para en seco al furibundo extremeño advirtiéndole que otra referencia igual le valdrá cárcel. Aquí, le informa, es delito hablar mal del señor virrey de la Nueva España, a quien Dios guíe en su sabia tarea de gobernar. Luego remite al bravucón con el secretario para que levante las actuaciones correspondientes.
“Dijo llamarse como queda escrito , de oficio transportista y descendiente de uno de los mejores soldado de Cortés. Que el día de los hechos, apenas había dejado atrás Xaltianguis, cuando salieron del monte unos negros armados con ruanas y guadañas. Y que, ante el temor de ser destazado por aquellos seres oscuros, tomó las de Villadiego abandonando su cochopín cargado de telas y sedas chinas… Que es el segundo asalto que sufre en la misma ruta. Que demanda que le sean devueltos sus ropajes “y no sirvan para cubrir las nalgotas de la virreina!”
“¡Enciérrenlo!”

1565

Miguel de Legazpi y Andrés de Urdaneta retornan de Manila a Acapulco. Un viaje muy accidentado pero con un logro sensacional: el establecimiento de la ruta marítima Acapulco-Manila. O tornaviaje.

1573

El virrey de la Nueva España, Martín Enríquez, informa al rey Felipe II, la llegada a Acapulco de dos navíos de las islas Filipinas, cargados con barras de oro, joyas de oro, canela, sedas, porcelanas, algodón y muchas cosas más . Le chismorrea que los gentilhombres de las naves (sujetos de la nobleza usados por el rey para enviar secretos) bajaban mercancía para venderla en el puerto.

1579

Felipe II ordena que Acapulco sea el único puerto autorizado para comerciar entre América y Asia.

1591

Felipe de las Casas (San Felipe de Jesús) sale de Acapulco rumbo a Oriente.

1592

El virrey Luis de Velasco, hijo, ordena convertir en camino de herradura la llamada Ruta de Asia (México-Acapulco).

1600

Tixtla, Zumpango y Mochitlán son agregadas a la Alcaldía Mayor de Acapulco.
Bustos- García-Olloqui-Navarro

Algunos Papas de antes eran homosexuales y fueron ellos quienes inauguraron la costumbre de incluir en la nómina vaticana a sus muchos efebos. Los incluían en calidad de sobrinos que en italiano quiere decir nepotes, dando ello origen al poder universal del nepotismo. Hoy contemplado no sólo en la nomina del pariente, sino a todo el poder político.
(Para quienes suponen exage-ración lo anterior les recorda-mos la expresión del Papa Francisco ( 28 de mayo de 2024), quejándose de que había demasiada mariconería en los seminarios. Luego se disculpó, por supuesto).
El gobernador de Acapulco Diego García Olloqui otorga el grado de capitán de infantería a su sobrino José Polo y Navarro y además lo nombra su ayudante personal. Salario, 60 ducados. También designa como su ayudante a Francisco Meca, ganando 24 ducados. Por lo que hace a don Diego Joseph Bustos, este jura como Guarda Mayor de Acapulco, ganando cuatro pesos al mes

Icacos

Don Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza, trigésimo virrey de la Nueva España (1688-1696) y Octavo Conde de Galvez, ordena la reubicación de 20 familias asentadas en La Sabana Grande –indios, mulatos y negros– a una superficie al noroeste de la bahía de Acapulco. Se le conocía como Icacos por estar sembrada de árboles frutales de ese nombre.
A las objeciones sobre la lejanía del predio, el mandatario solía responder:
¿Lejos? ¡Sí, pero un cañonazo de la fortaleza de San Diego les llega en un minuto!
Los apremios para tal reubicación tuvieron su origen en la cúpula clerical. Lo consideraba el asentamiento fuera del marco civil pero particularmente religioso.
La argumentación de la iglesia influyó desde luego en el ánimo del virrey Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza. Sin embargo, tomó la decisión luego de conocer la queja de su homólogo, el Conde de Santiago, sobre la falta de garantías para la propiedad privada en Acapulco.
¿Podrá creer alguien que un solarcito de mi propiedad en La Sabana esté invadido por negros?, preguntaba el cortesano provocando entre sus pares comentarios cargados de indignación
¡Y además de negros hay indios y mulatos!, reiteraba provocando el soponcio de dos o tres damas encrinolinadas. ¡Vive Dios que no hay respeto para la gente decente!
¡Ora que el “solarcito” al que se refería el conde de Santiago era todo el valle de La Sabana , vastedad que alguna vez formó parte del mar-quesado de Hernán Cortés.

La reubicación

La reubicación llega, finalmente, ¿y podrá alguien creerlo?, no se produce ningún acto de violencia como si los hubo en el siglo XX ante tal procedimiento. Aquel 13 de julio de 1691, indios, negros y mulatos marcharon cargando sus escasísimas pertenencias hacia su nuevo hogar, orgullosos, eso si, de que vivirían cerca de la bahía más famosa del mundo.
El gobernador Gallo irá más allá de las instrucciones del Virrey De la Cerda. Proporcionará a los colonos de Icacos herramientas para dejar habitables sus terrenos, además de materiales para levantar sus casas (toros para los indios, redondos para los morenos) Y algo muy valioso para aquellas familias dejadas de la mano de Dios: la exención de tributos a la Corona española por espacio de diez años, cuya voracidad por el oro jamás fu saciada.

Dávila Salazar

Don Miguel Gallo había llegado a Acapulco tres años atrás. Había viajado directamente de España para cubrir la vacante dejada por don Fabián Dávila Salazar, jubilado por causa de una artritis reumatoide que lo mantenía engarrotado. ¡Y así no solo no se puede gobernar, mucho menos contar los billetes!, repetía una y otra vez.
Generoso, el rey de España concedió a don Miguel una pensión equivalente a la mitad de su salario como castellano de la Real Fuerza, alcalde Mayor y Capitán de guerra de Acapulco. Esto es ¡500 ducados al año!

Polo Navarro

Dávila Salazar había relevado a su vez a don Diego Antonio Polo Navarro. Este había muerto en circunstancias no aclaradas, nunca satisfechas por la opinión pública, tejiéndose en torno a ella mil con-jeturas: Una: que le hizo mal de ojo el brujo Mandinga. por haber perjudicado a una sobrina. Dos: un fallido salto de alcoba. Tres: suicidio por un faltante hacendario
Esta última versión erizaba los pelos de sus familiares y amigos porque don Diego se había caracterizado todo su vida por una honestidad y honradez acrisolada. Él sabía muy bien que su traición equivaldría a entregarse directamente en manos de Lucifer. Él, un católico devotísimo.
No pasará mucho tiempo para que se sepa la verdad monda y lironda. Cuando los funcionarios de la Real Hacienda descubran que don Diego se había apropiado de un envío de diez mil pesos , destinados a trabajos de rehabilitación del Fuerte de San Diego.
Será otra la duda que acucie a familiares y amigos: ¿en que pudo gastar tantísimo dinero un viejo pendejo y bueno para nada como Don Diego?

Alonso Vázquez

Pedro Alonso Vázquez, juez oficial del puerto, ordena la actualización del “partido” de Acapulco y al poco tiempo recibe esta información:
“Acapulco se extiende 22 leguas al Norte: 18 al Este y 14 al Noroeste. Sus límites son CHILAPA al Norte; TIXTLA al Noreste y ZACATULA al noroeste (Legua: 5,572 metros).

Juan de Aranguren

Con la presencia de un representante del Rey Felipe III, el 7 de mayo de 1698 se inaugura aquí el convento de San Francisco (más tarde palacio municipal). El capellán y comisario de la ciudad, Juan de Aranguren, fue el encargado de colocar el sacra-mento en la capilla mayor del mo-nasterio.

Fray Bartolomé Laurel

Acapulco llora con profundo dolor la muerte del beato Fray Bartolomé Laurel, nacido aquí en el barrio de La Poza, sacrificado en una hoguera de Nagasaki, Japón, el 17 de agosto de 1627.
Bartolomé Laurel sirve a muy corta edad como acólito de la primitiva iglesia de Nuestra Señora de la Guía para luego ingresar al convento de San Buenaventura de Valladolid, Morelia, donde profesa como hermano lego dedicado al estudio del Japón y su lengua, misma que llegará a dominar junto con un curso completo de enfermería. La iglesia local le asigna un ayudante japonés con el que viaja a cumplir su misión en 1619.
Bartolomé morirá a fuego lento en la hoguera de Nishizau, Nagasaki, por órdenes del Zhogum Daifusama y junto con él 14 persona más, un presbítero, monjes dominicos y franciscanos, el 17 de agosto de 1627
El papa Pio IX los beatificará a todos en la Basílica de San Pedro, el 7 de julio de 1867.

El contador Urzúa

Lo primero que hace don Matías Urzúa como nuevo contador de la Real Hacienda de Acapulco, es rentar una casa amplia en el centro del puerto, no para habitarla, sino para usarla como prisión preventiva para los evasores fiscales. Lo hace luego de conocer una reciente disposición del virreinato en el sentido de que el fuerte de San Diego solo reciba delincuentes sentenciados.

Estrada- Aponte-Velázquez

José Antonio Aponte llega a la ciudad para cubrir un interinato como Oficial de Contaduría de la Real Hacienda de Acapulco. Su titular, Antonio de Estrada, gozará de una licencia de dos meses sin goce de sueldo. Viaja a Perú para conocer a la familia de su reciente esposa.
Una licencia similar es la que gozará don Pedro Velázquez, Guarda mayor de Acapulco, solo que este para atender su maltrecha salud. Curanderos locales le han diag-nosticado “mal de espanto”, luego del temblor del 23 de febrero de 1619 que llevó a la población a dormir dos semanas en la playa. Lo que no avala que don Pedro padezca desde entonces de un correquetealcanza de aquellos.

1611

SebatiánVizcaíno parte de Acapulco rumbo a Japón enviado por el Virrey Luis de Velasco, como su representante ante el emperador de Japón.

1617

El 15 de abril se concluye la construcción del Fuerte de San Diego, a cargo del ingeniero flamenco Adrián Boot

1634

Acapulco deja de ser encomienda particular y pasa a formar parte de la Corona.

1615

Se expide una Ordenanza que obliga a los indios a pagar cuatro reales anuales para la defensa de las costas.

 

Heráldica acapulqueña II

Mandinga

La salud en el Acapulco de finales del siglo XVI era necesariamente precaria. Se conjugaban para ello dos hechos sustantivos: las condiciones generales del ámbito porteño: insalubre e inhóspito. Y, por si ello fuera poco, el intenso flujo de nacionalidades cargadas de humores extraños, algunos letales. Acapulco, era entonces el eje del comercio entre Oriente y el Nuevo Mundo, una babel en torno a la bahía más hermosa del mundo conocido.
Es en ese entorno es el que el negro Mandinga logra fama como curandero de grandes virtudes y cuyos servicios son requeridos por todos, excepto por indios y mestizos. Esto lo consideraban enviado de Lucifer, No obstante, cuando estos se arqueen de puro dolor serán los en llegar a la casa del negro
Mandinga no era un brujo cualquiera. Sus habilidades para desterrar enfermedades y dolores están referida a su conocimiento principalmente de las yerbas. La herbolaria mexicana siempre presente en todas las épocas de México.
Bajo de estatura, cargado de carnes, el negro Mandinga adjudica sus cicatrices en el rostro a una secuela de viruela negra, aunque pocos se lo creen. Estos aseguran que son herencia de su tribu carnívora de Africa, mientras que otros lo hacían provenir de los cimarrones de Huatulco, Oaxaca.

Cuajinicuilapa

Estos últimos buscarán refugio en un “palenque” conocido como Cuajinicuilapa (Guerrero) donde ya se concentraba la mayor población negra de la Nueva España. Se habla de que fueron cien parejas las que formaron el tronco de tan hermético enclave africano. Tenían como ocupación única el cuidado de miles de cabezas de ganado vacuno, convirtiéndolos en hábiles y temerarios vaqueros. Cuarenta mil personas integraban entonces las comunidades afros de Huatulco, Cuijla y Acapulco.

El estafiate

Poco importará finalmente a los acapulqueños que el negro Mandinga sea de aquí o de allá. El único interés de su persona radicaba en la habilidad de sus manos para aliviar el dolor de muchos males de la época. Su planta preferida era el estafiate,una planta americana que curaba cólicos digestivos y menstruales, alergias, diabetes, etcétera. Se le llamó la Hierba Maestra porque era ta sabia y poderosa que enseñaba al resto de las hierbas cómo curar.

San Vito

Una fila de hombres con la boca abierta frente a choza de Tomás Mandinga era indicio seguro del atraco de algún barco español. Enfermos de escorbuto –llagados lengua y esófago– encontraban pronto alivio con los brebajes del curandero con base en el ajo, cebolla, geranio y limón.
El epazote, por ejemplo, usado por las amas de casa para darle sabor a los frijoles, el Negro lo usaba para curar el mal de San Vito. La sarna y la tiña, tan frecuentes entre la marinería filipina, las trataba eficazmente con semilla de chicalote. Para la tuberculosis, Mandinga tenía un tratamiento secreto cuyas bondades eran proclamadas quienes al toser arrojaban cuajarones de pulmón.
Por lo que hace a las enfermedades venéreas, eran entonces tan frecuentes como la gripa y la tos y ello preocupaba hondamente a los clérigos hispanos. Estos, como todos los demás, corrían a la choza de Mandinga, quien les hacía tomar jugo de penca de maguey con miel de palo, previamente hervidos, ¡y hasta la otra!

Marín

Una hogaza de pan en las mesas de Acapulco resisten, incluidos, el marro y el cincel.
“¡Cómo no van a estar duras si vienen desde la capital del Virreinato!”, responden enfurecidas acapulqueñas, urgiendo la presencia de panaderos o panaderas en el puerto.
Muy pronto las autoridades porteñas ofrecerán estímulos fiscales a empresas panificadoras o panaderos que deseen establecerse aquí y sólo una persona aceptará el beneficio. Se trata de don Alfonso Marín, recién llegado al puerto, que se instala en el centro de la población. Ocupa un terreno con las dimensiones requeridas para un horno enorme, las instalaciones para la vendimia y sus aposentos. La primera hornada la disfrutará el Alcalde Mayor y lo proclama como el más rico pan que ha degustado en su vida. Lo seguirá todo Acapulco.
Si Alfonso Marín hubiera colocado una placa de bronces en su establecimiento, la hubiera fechado en 1567.

García-Bello

Acapulco cobra fama de ser una ciudad non sancta y ello preocupa hondamente a sus habitantes y sus guías espirituales. El Tribunal del Santo Oficio, por su parte, atiende los reclamos de la Iglesia católica en el sentido de que debe terminarse impío. No basta, le reprochan, que su “rosticería” trabaje día y noche convirtiendo a los réprobos en ceniza.
Será entonces cuando don Andrés García sea nombrado primer Alguacil Mayor de la Santa Inquisición quien, en cuanto su hijo Jaime García Bello se titule de abogado, le otorgará la primera patente de Notario de Acapulco.

Ahedo-Cervantes-Sancho de la Cortina

La porcelana china, procedente de Manila, tenía destinatarios específicos por así determinarlo sus creadores orientales. No obstante, el mercado resultaba amplio y sin restricciones que cualquier familia podía disfrutarla. Entre ellas los Ahedo, los Cervantes y los Sánchez de la Cortina
No faltarán, sin embargo, objeciones a la calidad de tal porcelana y entre ellas las del especialista René González, para quien la porcelana recibida en Acapulco presentaba una textura de mala calidad. Pronto el asunto se resolverá con los distribuidores y el puerto podrá sostener su fama en sus floreros, sus cajitas para el tocador y los “chiche pof” o maceteros para las residencias palaciegas

Acosta-Enríquez-Rivera

El uso de la seda se inicia en el Nuevo Mundo con la llegada de los conquistadores. El propio Hernán Cortés dispone la introducción de la sedicultura mediante la plantación de moreras y la importación de España de huevos del gusano que la produce.
En esa misma época , afirma el reverendo Acosta dicta la primera legislación en torno a las producción y comercio de la seda destacando un ordenamiento:
“Que todos los sederos y comerciantes vendan la seda con peso y medida de vara, dando su justo peso y medida a cada persona”.
Cien años más tarde, la boyante industria se derrumbará por culpa de los religiosos. Atendiendo a quien sabe qué intereses, sentencian que la cría del gusano de seda “es nociva para el bienestar espiritual”. Nadie querrá en ese momento, ni después, acercarse siquiera a una morera. El círculo se cerrará cuando el virrey número 27 de la Nueva España, Fray Payo Enríquez de Rivera, ordene la tala de árboles de morera y prohíba la instalación de telares en todo el territorio bajo su mando.
De Asia vendrán entonces casacas, chalecos, faldas, tápalos, sobremesas y muy especialmente vestidos para las órdenes religiosas. También, prendas bordadas con hilos de seda, aplicaciones de laminillas y lentejuelas de diversos colores y tamaños.

Escobar

Don Diego Escobar, comerciante de telas del virreinato, decide asistir con los suyos a la famosa Feria de Acapulco. Por más que se ha especializado en algodones, cambayas y cabezas de indio, el señor Escobar no renuncia a la posibilidad de abrir una línea de sedas orientales, esperanzado a que estén a buen precio. El primer reparo lo encuentra entre sus vecinos; ellos rechazan la invitación argumentando que el Camino de Asia es muy peligroso .
Atreverse por el Camino de Asia (que lleva a Acapulco), es suicida, le asegura un compadre. Quien no conoce la ruta y sus vericuetos se expone a ser asaltado varias veces antes de llegar al puerto. ¡Si es que queda vivo!, le advierte. Los “palenques” (villorios informales, ocupados por negros escapados de la esclavitud) se suceden a lo largo del camino y en cada uno de ellos opera una banda de asaltantes
Luego de muchas advertencias similares, don Diego Escobar opta por la vía marítima a través de Manzanillo. Regresa y a partir de entonces volverá al puerto cada año. El camino de había sido inaugurado en 1592 por el virrey Luis de Velasco, hijo.

Gallo-Dávila-Salazar

Don Miguel Gallo lega a Acapulco para a cubrir la vacante dejada por don Fabián Salazar como tesorero real, jubilado a causa de una artritis reumatoide que no le permitía contar billetes ni monedas

Rodríguez Juárez

El oro y cobre esmaltado fueron los metales más importados de Oriente, Aquí, los orfebres malineños los aliaban por mitades más un poco de plata para convertirlos en tumbaga, conocida esta como “oro chino”. El arte de ese país tiene como poderoso aliado a los metales a partir de la dinastía Ming.
Otros objetos más solicitados de tumbaga fueron las cajitas de rapé en cobre esmaltado, los tinteros, los aguamaniles y los botes para el té.
Célebres en este apartado, una reja para el coro de la catedral Metropolitana. Fue ejecutada en Macao con diseño del pintor indígena Juan Rodríguez Juárez en marrazo de 1730.

 

Heráldica acapulqueña I

Cortés

Hernán Cortés llega a Acapulco en 1526 para recibir en encomienda la bahía del puerto vecino. No llevará su nombre pero sí el de su título nobiliario: Marqués del Valle de Oaxaca. Aquí se extasía con la bahía calificándola de perfecta en tamaño, fondo y protección natural. Una emoción tan intensa como la que le produjo su primer avistamiento del Valle de Anáhuac.

Zúñiga

Será en su tercer cruce del Atlántico cuando Hernán Cortes regrese a Acapulco pero esta vez acompañado por su esposa, Juana Zúñiga. Las Patischapoy de entonces comentarán que la había traído sólo para borrar su nefando amancebamiento con La Malinche. “¡Una india fea y corriente que sólo hacía lo que le gustaba hacer!”, sentenciaban

Suárez

Ocurrió durante la toma de posesión de don Alfonso de Suárez como tesorero de la Real Hacienda de Acapulco y titular de la recién establecida Aduana Marítima. Los asistentes comentan sobre la imperiosa necesidad de que Acapulco cuente con protección contra piratas. Un tema que asumirá más tarde la Audiencia Gobernadora, remitiendo al rey de España un memorial al respecto. Se incluye en el mismo un plano de Acapulco, sugiriendo el sitio ideal para edificar una fortaleza artillada. No hay respuesta. Como tampoco la habrá diez años más tarde, cuanto las gestiones las haga el virrey Luis de Velasco, hijo, ante el soberano Felipe II.

Navarrete y Pacheco

Joseph Navarrete y Pacheco, tesorero de la Real Hacienda de Acapulco, da a conocer en hojas volantes el contenido de la Miscelánea Fiscal de la Corona española, en materia de comercio. Todas las mercancías serán gravadas con pesados impuestos, muy pronto bautizados:

Avería.- El impuesto de avería llegaba al 14 por ciento y estaba destinado a cubrir los gastos originados por los barcos de guerra custodiando a la Flota Mercante

Almirantazgo.- Este derecho se cobraba doble: al cargar y al descargar la mercancía. Su beneficiario era el Almirante de Castilla.

Almojarifazgo.- Se cobraba en España y la Nueva España y se destinaba a la Corona para mantener libre de piratas los mares. Llegará a significar el 15 por ciento del valor de la mercadearía.

Toneladas.- Aplicado cuando el tonelaje excediera el fijado por la Corona.

­­Alcabala.- Se cobraba por toda venta y permuta y los únicos exentados eran los indios y los sacerdotes. La cédula disponía cobrar la alcabala en todas las ventas y trueques a razón del dos por ciento. Llegará con el tiempo al 8 por ciento

Enríquez

El virrey de la Nueva España, Martín Enríquez, informa al rey Felipe II la llegada de dos navíos procedentes de las islas filipinas. Vienen cargados con joyas de oro, sedas, damascos y rasos, porcelanas, mantas, algodón, canela, tirasoles y más.

Sahagún

En su Historia general de las cosas de la Nueva España, el bondadoso y sapientísimo fray Bernardino de Sagahún, da cuenta de una plaga conocida como sométicos (alteración esdrujulizada de sodomitas) Advierte que los hay pacientes o pasivos y activos o mayates (coleóptero que penetra el tronco de las palmeras).
El somético pasivo o paciente, sentencia, no tiene perdón de Dios. “Es abominable, nefando, detestable, digno de que le hagan burla y se rían de él”. Y añade: “En todo se muestra mujeril o afeminado, en el hablar o en el andar y sólo por eso debn ser quemados”. ¿Bondadoso?

Sarmiento-Valladares-Rodríguez-Valdez

El virrey José Sarmiento de Valladares dicta órdenes terminantes para combatir a los asaltantes de la Ruta de Asia. Teme que la inseguridad del camino afecte el esplendor de la Gran Feria de Acapulco.
Recomienda por ello al capitán de Justicia Mayor de Acapulco, Manuel Rodríguez Valdez, la ejecución de un operativo enfocado a la captura de los negros cimarrones (esclavos escapados), asaltantes de los viajeros.
A los pocos día vendrá la respuesta de Rodríguez: “tengo amarrados a más de cien… ¿qué hago con ellos?”.

Loreto, Moncayo

El Santo Oficio hace saber a todos los fieles cristianos que se celebrará el Auto General de Fe, para la exaltación de nuestra creencia religiosa. Tendrá lugar el 19 de septiembre de 1659 en la plaza principal de la Ciudad de México y en él se otorgarán a los fieles católicos las indulgencias de los sumos pontífices.
Don Miguel Loreto, comisario del Santo Oficio en Acapulco, abandona la sotana y la circunspección. Su establecimiento, apenas ayer solitario, es hoy una romería. Y es que todo Acapulco desea formar parte de la excursión organizada por él para estar presentes en la quema de la Santa Inquisición. Él ofrece hospedaje y comida en su propia residencia capitalina y, por supuesto, un lugar cercano a la hoguera donde arderán los impíos. Para hacer más atractivo el viaje, don Miguel ofrece un pilón: visitar los sótanos de la Inquisición para conocer sus instrumentos de tortura y muerte.

Orduña-Guillén-Lampard

Y era tal la multitud –narra el cronista Jo­­aquín Orduña– que las calles de la ciudad de México, por las que pasarían los condenados, fueron valladas a partir de la plaza de Santo Domingo. La procesión va precedida por una gran cruz verde, famosa en esta clase de convites. El templete para las autoridades se levantaba en la Plaza Mayor, entre el portal de Mercaderes y el Cabildo. El lujoso acabado de aquél escenario era verdaderamente impresionante. Contrastaba con la sobriedad del gran altar levantado enfrente y dos púlpitos para los predicadores.
Los inquisidores ocupaban sentados unas butacas de terciopelo carmesí posando sus plantas en cojines del mismo material. Los soldados vestidos de gran gala con sus mosquete al hombro. El alguacil mayor de la Santa Inquisición, vestido de terciopelo negro y botonaduras de oro. Lo acompaña una escolta de doce lacayos de espada y librea.
Entonces –prosigue el Cronista– se oyó doblar la campana mayor del convento de Santo Domingo con acento lúgubre, siguiendo todas las campanas de la ciudad. La noche llegó y la plaza se iluminó con hachones.
Y en la fría madrugada, entre cánticos y rezos empezó el acto. La tropa barriendo el suelo con sus banderas, fray Diego de Arellano pronunciando un sermón , los tambores redoblando a intervalos.
Amanece y se da lectura a las sentencia, Guillén de Lampard muere por garrote vil mientras que los otros condenados son quemados vivos

Martínez-Orduña-Tirol Monte

Muere el más antiguo contador del Tribunal de Cuentas de la Nueva España, Francisco Tirol Monte, quien se desempeñaba como Oficial Mayor de la Contaduría Real de Acapulco. Lo releva don Melchor Martínez de Orduña.
Se habla de dos hechos curiosos sobre el difunto. Que su cargo de Oficial Mayor era a perpetuidad, otorgado por el virrey, Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburqueque, grande de España, marqués de Cuéllar y conde de Ledesma y de Huelma. En otro hecho curioso es que murió por tragarse una espina de cuatete.

Bonilla-Balmaceda

Pedro Bonilla, inquisidor del Santo Oficio llega a Acapulco para abrir una investigación en torno a las denuncias contra el recaudador Enrique Balmaceda, a quien se acusa de “enriquecimiento inexplicable” (¡¡desdendenantes!!).

 

La isla de La Roqueta II: Los Robinson Crusoe

 

 

La Altamirano

Escuela Ignacio M. Altamirano, salón de primer año escolar, primer día de clases. La profesora pregunta ¿Nos acompaña el alumno número 24 de la lista?
–Soy yo, señorita profesora. Me llamo Gilberto Cueva González , tengo 8 años y vivo con mis padres y cuatro hermanos.
Así se identifica un niño moreno claro, ojos verdes y, cabello ensortijado…
–¿Vives?
–Yo y toda mi familia vivimos en la isla de La Roqueta, sin número. ¡Allí, enfrentito, señorita!
Las carcajadas del grupo serán ruidosas, atronadoras, seguida de gritos de “¡éjele mitotero en las islas no se vive. ¡Chismoso, te la tronaste en ayunas! ¡No vaya siendo que seas nieto de Robinson Crusoe y vengas a reclamar tesoros! ¡Solo falta que nos salgas con que tu novia es una sirena o que has atrapado mantarrayas”!
La profesora logrará imponer el orden para explicar el por qué Gilbertito vive en La Roqueta. Sencillamente porque no podría ser de otra manera en razón de que es en la isla donde vive su familia. Su padre es el encargado de prender el faro que guía todas las noches la navegación marítima
No obstante, el niño mantendrá en el salón un status sobresaliente, sencillamente porque tenía muchas más aventuras que contar

El arribo

Luego de once años de estar a cargo del faro de Punta Maldonado, Guerrero, Ernesto Cueva llega a Acapulco para hacerse cargo del instalado en la isla La Roqueta. Lo acompaña su esposa María de Jesús González y sus hijos: Lidia, Delia, María y Gilberto. Ernesto, el primero, había muerto por piquete por alacrán. El sexto, Carlos, será acapulqueño.
El trajín cotidiano de subir y bajar el cerro de 180 metros de altura, no tendrá para ellos mayor emoción que ser los primeros en llegar a la cumbre o a la playa. Las sesenta hectáreas del macizo no les serán ajenas, incluida la tenebrosa Cueva de los Murciélagos. Se decía que en ella, cuando a la isla se le llamaba El Grifo, los piratas holandeses habían ocultado tesoros increíbles. “Alguien se nos adelantó –comentaba Carlos Cueva– nosotros sólo encontramos sólo guano, toneladas de guano”.
El mismo Carlos, presumía haber conocido la playa de Las Palmitas, prohibidísima para los menores porque en ella las mujeres nadaban sin traje de baño. Recordaba el reproche de sus hermanas para los que no salían de aquella. ”Por arrechos y verriondos se van a quedar ciegos”.

La compañía

Los Cueva González no llegaron solos a La Roqueta, los acompañaban tres perros: Boby, Prieto y Llorona; tres acémilas: Negro, Bartola y Muñeco, además de ocho chivos, 20 gallinas y 20 marranos. La fauna silvestre la componían lagartijas, cucuchitas, tequereques, capichochos alacranes, tarántulas y víboras. A propósito, la familia del Faro vivirá horas de angustia cuando una docena de víboras venenosas se escapen del zoológico que operaba en la isla y cuyo nombre era La Jungla. Los menores regresarán a casa solo cuando los reptiles hayan sido recapturados.
Otra declaración de alarma se dará en el área de Caleta, Caletilla y La Roqueta cuando muera nadando la residente francesa Susana Deyfrus, propietaria de una boutique en la calle Hidalgo. La prohibición para chapuzones en aquellas playas, durará el tiempo que le lleve a la autoridad determinar las causas de esta muerte: lancha rápida, no tintorera, será el resultado.

¡Agua, agua!

Las acémilas al servicio de La Roqueta no pertenecía a la familia Cueva sino a la Nación. Disponían de una asignación de 15 pesos mensuales no obstante consumir pastura por 45 pesos en el mismo periodo y sólo el agua que bebían era gratis aunque hubo un tiempo de restricción severa. Cuando el aljibe de la isla reduzca sus producción será necesario trasportar líquido. Nunca fue atendida la exigencia oficial de que se reabrieran los pozos del hospital para leprosos, que habían operado en la isla. A estos, se decía, “ni acercárceles de lejos”.

El compadre Tin Tan

Agentes federales llegan un día a la Casa del Faro en busca de Ernesto Cueva, al que arrestan acusado de poseer un sembradío de mariguana. Lo someten bruscamente y le atan de las manos. La señora y los niños lloran y juran que Don Neto es inocente. Él responde:
–Sí, señores, tengo un huertita, aquí arribita, pero sembrada de maíz y a veces de sandía. ¿Mariguana?, ¡ no, nunca!
–¿Y en Las Palmitas?
–¡Ah, esa, señores, no es mía!, ¡esa es de Tin Tan el cómico de cine! Se llama Germán Valdez y es mi compadre de grado porque bautizó a Eduardo, mi hijo menor. Por cierto, hace un tiempalalal que no viene aunque vive en Acapulco. Ora el encargado de cuidar su milpa, señor policía, es un señor alto y güero a quien le dicen Papalío.
–También buscamos a ese cabrón –revela el policía, agradeciendo el pitazo para luego despedirse con una recomendación para don Ernesto: ¡Y, cabrón, no vayas ir a mitotearle a tu puto compadre!

Cacería

Muchos acapulqueños de hoy ignoran cosalales del pasado, como decía doña Juana Quiroz, y entre ellas que la isla de La Roqueta sirvió un tiempo como coto de caza, especialmente para turistas gringos.
Un día llegó una lancha con siete venados y la orden de que sean soltados en toda la isla. Pronto arribaron funcionarios turístico para poner en marcha un nuevo atractivo de Acapulco: la cacería de venados. Llegan los cazadores , todos gringos y ¡pum, pum, pum!, En una semana se agotan los venados y entonces los cazadores empezaron a dispararle a nuestros perros, marranos y gallinas. Tuvieron que pagar los daños y nunca volvieron. ¡Agüe, dijo Lalo!

Los Robinson

Allí, enfrente, estaba el Acapulco milenario refulgente como ascua mientras que los Cueva González en la isla La Roqueta se alumbraban con lámparas de gasolina. No obstante, sus noches nunca serán interrumpidas por el frenesí de los ritmos electrónicos de la Costera. Si acaso como un rumor lejano, pero ninguno como para ahogar la sinfonía nocturna de miles de seres silvestres: totolas, gaviotas, gallos, chorlitos, achichincles, garzas, tiquinches, cuclillos, colibrís y muchos más

Casa propia

Cuando la familia Cueva González abandone en 1989 la isla La Roqueta para habitar casa propia en la colonia Progreso, no será el día más feliz de sus vidas, dicho por ellos mismos, aflorando en todos las lágrimas al decir adiós a la casa del Faro. Faro cuya poderosa luz identificaron desde el primer día como la poderosa estrella que guiaría sus vidas.

Gilberto Cueva

Gilberto Cueva González, abogado laborista de amplio prestigio, ha hecho a la par una exitosa carrera política ocupando varios y diversos cargo en los gobiernos municipal y estatal. Fundador del partido Covergencia (hoy, Movimiento Ciudadano) contendió junto con Luis Walton Aburto por la gubernatura de Guerrero.

La isla de La Roqueta

El jefe Morelos

La toma del Fuerte de San Diego era para entonces una obsesión del cura revolucionario José María Morelos y Pavón. Recordaba que en alguna ocasión ya había estado ante sus puerta pero nunca podrá tomarlo. Vendrá luego un represión feroz que lo hará llegar rápidamente a su reducto.
–¡Necesitamos artillería urgentemente!, urgirá entonces el Jefe Chemita, convencido de que jamás podrán tomar la fortaleza mientras sus defensores dispongan de un aljibe interior y reciban sin contratiempos vituallas y parque de la isla de La Roqueta.
–¡Capturemos, entonces, La Roqueta!, propone el teniente coronel Pedro de Iturrigaray, poniendo en manos del comandante Morelos un plan para la toma de la isla.
La propuesta no es original y ya se ha intentado anteriormente aunque siempre derrotada por la enorme fuerza militar de que disponía la isla: Una compañía completa de infantes de Marina, tres cañones pequeños, dos lanchas, 14 canoas y la goleta Guadalupe, de la Armada.

Pablo Galeana

Morelos nombrará en aquél momento al frente de tan delicada misión a uno de los suyos, el coronel Pablo Galeana, un soldado treinteño a quien ha adoptado como a un hijo y cuyo valor adjudica a un linaje espartano.
Desde la playa de Caleta, utilizando la única canoa disponible, Galeana transporta soldados y armamento a La Roqueta y lo hace no obstante a lo severo de la tormenta. Dadas la dimensiones de la embarcación, el mayor número combatientes nadan desnudos junto a ella. Harán cuatro viajes subrepticios entre las 11 de la noche del 8 de junio y la madrugada del 9, logrando reunir una fuerza de 80 hombres del Batallón de Guadalupe. Oculto entre las piedras de la playa, don Hermenegildo Galeana ha seguido preocupado las acciones de su sobrino, Pablo.
La sorpresa frente a tanta audacia paraliza a los realistas. No obstante, opondrán una resistencia feroz aunque muy pronto doblegada por el valiente empuje insurgente. El botín de guerra –tres cañones, 50 fusiles, mucho parque, vituallas y material sanitario– será transportado al puerto a bordo de la capturada goleta Guadalupe, recién llegada de Guayaquil. Los prisioneros serán llevados a los cerros de El Grifo y San Martín, suceso que, según algunos historiadores, dará nombre a la Ensenada de los Presos.
Pablo Galeana, pierde a su señor padre, el coronel Juan Antonio Galeana y a su hermano, el oficial Luis Galeana, ambos durante el sitio de Cuautla. Él será entonces el púnico sobrevivientes de la valiente familia insurgente originaria de Tecpan (hoy de Galeana). Regresará a trabajar a la hacienda denominada El Zanjón (hoy, San Jerónimo de Juárez), propiedad de su primo José María del Pilar Galeana. Vivirá lo suficiente para enterarse de las traiciones sucesiva a los ideales del cura Morelos, su padre adoptivo.

El Grifo

Apenas asume el cargo de virrey de la Nueva España, en sustitución del popular Luis de Velasco, hijo, el arzobispo de la Ciudad de México , fray Francisco García Guerra (1608-1612), manifiesta su preocupación por las noticias procedentes de Acapulco. Están relacionadas con la alarmante proliferación del mal de lepra en la región, un mal histórico cuya propagación se relaciona con los orientales y entre estos la prostitutas o hetairas. Dispone por ello mayores controles para viajeros orientales, además de instalar una leprosería en La Roqueta, conocida entonces como isla de El Grifo.
La operación del isleño lazareto estará a cargo exclusivamente de indígenas mexicanos, atendiendo ello a una rara recomendación médica universal que eximía a los nativos de este país de contraer la lepra. Extraño e increíble diagnóstico que liberaba del mal bíblico a varias razas, pero agresiva particularmente para otras. La realidad lo desmentirá.

Los chinos

Cualquier contacto con la isla de Los Chinos, como se le bautizará cuando sea muy elevada su ocupación de orientales enfermos de lepra, será evitada por el comercio formal e incluso por los piratas. Estos no se expondrán a los cañones del Fuerte de San Diego, sino que esperarán a las naves en la Ruta de Asia. Isla de San Josef, será otro de los nombres dados a La Roqueta, ello por su fama continental de poseer enterrados los más ricos tesoros marinos.

El mal de San Lázaro

Cuando esté aún muy lejana la cura de la lepra y se mantenga el aislamiento como su mejor profilaxis, científicos mexicanos sorprenden al mundo con un estudio sobre la endemia. Los doctores Rafael Lucio e Ignacio Alvarado presentan ante Academia Nacional de Medicina el Opúsculo sobre el mal de San Lázaro o Elefantiasis de los griegos. Documento elaborado con base en las experiencias recogidas en el Lazareto de Xochimilco, Distrito Federal, mismo que describe por primera vez una variedad de la enfermedad conocida como Leprae difusa tipo Lucio. Sin duda, la aportación mexicana más importante a la leprología universal.

Dr. Antonio Butrón Díaz

En Acapulco, el doctor Antonio Butrón Díaz, estudioso de los trabajos de su colega Lucio, invertirá recursos propios equivalentes a cuatro mil pesos para levantar un nuevo lazareto en la isla llamada, finalmente, La Roqueta. Consistirá en una casona de adobe levantado en la cumbre de la montaña, rodeada por amplios corredores además de contar con servicio de cocina, comedor y sanitarios. Los enfermos descansarán en catres de lona cubiertos todos con pabellones y contarán con agua procedente de una fuente natural
Las instalaciones serán inauguradas por el alcalde Antonio Pintos Sierra, en 1886, con el compromiso de apoyar al prodigioso centro hospitalario.

Crudelísimo relato

El cronista José Liquidano Tabares visitó leprosario de La Roqueta y con unas cuántas palabras describe su horror:
“Cubiertos de llagas sangrantes y pestilentes a unos enfermos se les desprendían en pedazos las carnes de sus mejilla. Se les desprendían las puntas de la nariz, además de los dedos de manos y pies. Sin duda la peor enfermedad de la Tierra”.

La Revolución

Un cuarto de siglo más tarde, Acapulco es disputado por los revolucionarios El caos se apodera de la ciudad provocando la huida de buena parte de la población y entre otros los encargados de la leprosería, imitados desde luego por los leprosos que tomarán las de Villadiego. Será este el fin de la leprosería de La Roqueta y con ella las de todas sus similares en el país.
El médico Antonio Butrón Díaz, mitad gallego- mitad cubano (¡y acapulqueño, coño!) fue un personaje idolatrado por los porteños en respuesta a su entrega profesional, generosidad y filantropía. Será presidente municipal de Acapulco hasta en tres ocasiones y en la primera de ellas construirá un hospital en el cerro de Las Iguanas, conocido por años como Hospital Civil Morelos.
Ocupando por tercera ocasión la alcaldía de Acapulco, la última del siglo XIX, a don Antonio Butrón le preocupa mucho la zozobra y la angustia de la población frente al vaticinio universal de que la Tierra estallaría en el primer minuto de 1900. Para amainar el fatalismo ante tan dramática amenaza, el presidente municipal organiza un nutrido programa de festejos, desde un desfile por las calles de la ciudad, encabezado por él mismo, hasta una gran baile en La Quebrada, con la concurrencia de centenares de parejas. Le llamará mucho la atención que ninguna dama o caballero luciera en el cuello las joyas características, sólo escapularios.
Llegada la noche fatal, nadie se dará por vencido. Toda la ciudad se convierte en un pandemonio de locura cuando cada uno de sus habitantes golpea desesperadamente algún objeto sonoro, botes, latas, bacinicas, cacerolas y toda clase de cachapes (práctica aprendida a lo largo de los eclipses de Luna y de Sol)
Cuando el reloj de palacio municipal suene sus doce campanas y la tierra siga girando vendrá la redención y entonces la celebración cobrará nuevos bríos y nuevas apetencias. Y un advertencia futura:
–¡Ahora que se cuiden los acapulqueños del año 2000!

El faro

La modernidad impulsada por don Porfirio alcanzará todas las áreas de la administración pública. Apenas asume en 1905 la secretaría de Guerra y Marina don Manuel González de Cosío emprende la construcción de faros en los sitios costeros donde sean necesarios. Acapulco, entre ellos.
Aquí se consulta con el alcalde Nicolás Uruñuela y él lo hace a su vez con gente versada en la materia. Se recomienda la isla de La Roqueta como el lugar perfecto para instalar la atalaya luminosa. A nadie extrañará que el contratista de la obra sea al propio gobernador de Guerrero, el ingeniero Damián Flores. El mismo lo encenderá con la representación presidencial, en 1810. Al hacerlo, establece un parangón entre las fogatas de leña encendidas en la playa de Hornos para guiar el Galeón de Manila y el aceite del faro. Este sucumbirá en 1912, durante el devastador ciclón en octubre de ese mismo año y reconstruido por el alcalde Manuel Muñúzuri.

 

La prepa sin número y Arturo Escobar García

La preparatoria

La primera escuela preparatoria de Acapulco nace sin número en 1957. La iniciativa es del doctor David Malváez de la Barrera, profesor de la secundaria federal 22, creada dieciocho años atrás. Un proyecto solitario y generoso que sólo tendrá viabilidad cuando el profesor Elpidio Cortés, director de la escuela primaria José Azueta, en la calle del mismo nombre, exija que se autorice la ocupación vespertina del plantel, incluso nocturna.
Vendrá enseguida la integración del personal docente especializado y entre el cual Malváez sólo tenía al profesor de Biología, ¡él mismo! Utilizará entonces discursos diversos: patrióticos llamados a “salvar a la juventud acapulqueña de la influencia nociva del capitalismo yanqui” y profundamente religiosos incluyendo a la institución en ámbitos celestiales de La Magnífica (por aquello de “no poseer cosa alguna”). Y así, hasta convencer maestros que dicten cátedras deoquis o deagrapa. Pronto la lista empezará a tomar forma:
Javier Campos Ponce, periodista zurdo, editor de la revista Acapulco, es el primero que acepta no sólo dar clases sino incluso dirigir el plantel. Le siguen el notario público Julio García Estrada; el poeta chilpancingueño Lamberto G. Alarcón; el abogado Alfredo Díaz Garzón; los maestros de la secundaria 22, Eduardo Vega Jiménez (director de la misma) y Alfredo Beltrán Cruz.
“Mi maestro inolvidable este último, particularmente, por su apoyo incondicional al proyecto personal de editar cada mes un periódico llamado El Planeta (sí, el mismo donde trabajaba como reportero Clark Kent, en su personaje oculto de Superman)”, con gratos recuerdos en la institución.
También dieron clases gratuitas en la prepa sin número el maestro Gilberto León Berdeja, de la secundaria federal 22. Sus colegas, Manuel Linares Alarcón, Ambrosio Delabra y Julio Macosay. Las maestras de francés, Sofía Ramón y Andrea Gaudy. Lo fueron, también, el enorme poeta Rubén Mora, de Cuautepec –“yo no sé por qué te llaman Costa Chica, si es tan grande el amor con que te quiero”–, los abogados Roberto Palazuelos Bassols, Ricardo Suástegui, Nereo Mar Ramos, José Flores Romero y el arquitecto Luis Cardoso Medina.
Más tarde, la prepa dependerá de un patronato presidido por el doctor Armando Ruiz Quintanilla, firmando como secretario el profesor Fidel Gallardo Arellano. Mucho antes, el maestro Malváez había logrado deshacerse del periodista Campos Ponce, luego de que este le proponga imponer a la prepa el nombre de Lenin.

Recuerdo del doctor Malváez

Recuerdo con cariño al doctor Malváez, mi maestro secundariano de Biología, amigo muy querido, con quien jugué el papel de “secretario no adscrito” hasta que tuve que despedirme de él y del proyecto de la prepa S/N. Cuando se me presente la oportunidad de estudiarla en la UNAM (San Ildefonso, de la Ciudad de México) . Llamándome a partir de entonces “mi tránsfuga amigo”, acompañado de una carcajada mostrando su “toda mazorca equina”, a decir de Alejandro Arzate. El mismo Arzate, que estudió la licenciatura en Derecho, sin nunca abandonar en el Zócalo su cajón de bolero.

La primera generación

La primera generación de la Escuela Preparatoria de Acapulco estuvo integrada por 17 caballeros y una sola dama: Martha Rodríguez Rábago, mi novia. Ellos: Alejandro Arzate Jiménez, Aristóteles Muñoz Valente, Horacio Medina de la O, Pedro Pérez Cámara, Rodolfo Chávez Molina, Lisandro Vielma Hernández, Héctor Álvarez Ramírez, Armando Meda Torreblanca, Armando Ruiz Massieu, Eduardo González Quezada, Ernesto Torres Reyes, Gil Arturo Castro Bahena, Mario Gallardo Guzmán, Orlando Salinas Antúnez y Ramón Romero Marino.
La 7 será, finalmente, la buena.

Homenaje a Arturo Escobar García por 50 años de actividad periodística

“Arturo Escobar García, hijo de don Pin Escobar y doña Dolores García, del barrio de El Capire, se ha distinguido como un periodista acapulqueño honesto, amable y generoso con una trayectoria de 50 años. Por eso estamos aquí, todas y todos para patentizarle nuestro reconocimiento y cariño”.
Así se expresó la señora Leticia González Molina, encargada de hacer la semblanza del homenajeado, luego del ofrecimiento hecho por la señora Violeta Farías Montano, promotora de tal reconocimiento junto con sus hijos Alfredo, Elizabeth, Marcia y Adriana. Se incluyó en la felicitación a las integrantes de la Asociación de Damas Guerrerenses, dirigidas por Loreto de Muñoz, Berenice de López, Carmen de Zurita, Noemí Castillo Rosas, Alicia de Salas, Cristina de Schoeder, Otilia Azuara, Rosalinda Alarcón, María Nieves Denas, Edelmira de Javier y Lupita de Santaolaya

Mesa de honor

En la mesa de honor, flanqueando al homenajeado, las señoras Violeta Farías Montano, Leticia González de Molina, Rossana Ríos y María Elena de la Llata de Alcaraz.

Zigzag

En cada una de las 50 mesas distribuidas en el salón de fiestas del hotel Crowne Plaza se contaron anécdotas del mejor cronista de sociales de Acapulco. De cuando Escobar, encargado del anuncio económico del diario Trópico, suplió la ausencia de la redactora de la columna de sociales titulada Zigzag. Gustó tanto que los lectores exigieron que la siguiera escribiendo él. Y así lo hará durante los años siguientes.

Los asistentes

Lupita, Gabriela y Ana Dolores Molina (sobrinas), Isabel y Pili Robles, Chela Herrera, Tina de García, Gloria de la Peña, Georgina Bermúdez, Maricarmen Tenopala, Licha de Trani, Irma Cruz, Matilde Cabrera, Vivian Heredia, Emelia Gabiño, Cota Lobato, Paola Ortega, Lupita H. Peláez, Piquis Rochín, Mago Trani, Alicia Bustamante, Vicky Abarca, Lety Fierro, Oralia Alcaraz, Aurelia Salgado, Mildred y Hortensia Zavala, Lupita Gómez Maganda y Corazón Selene Caballero.
También: Chuchita y Malena Galeana, Licha Jiménez y su hija Lucía Guadalupe, Carmen Z. de Rebolledo, Margarita Juárez, Aída Vargas, Irma Berdeja con su hija Mónica; Ebert Liquidano, Amparito y Tomasita Manzanares, Amelia R. de Manzanares, Lilia Maldonado, Lupita Pérez, Hilda Pineda, Analila Fox, Ivonne Casis, Elizabeth Álvarez, Picki Ricart, Cecilia Sánchez, Lupita Juárez, Carla Garibo, Esther Sadala, Luz María Ahedo, Areli Eunice, Eloína López Cano, Rosario Cardoso, Maricela López Trejo, Malena Steiner, Amalia Hernández, Themis Mendoza

Diplomas

El gobernador Ángel Aguirre Rivero pasó lista de presente en tan inusitado evento. Lo hizo acompañado por su jefe de prensa, Pedro Julio Valdez Vilchis, quien dio lectura al texto del pergamino entregado por el mandatario. Habla de que los 50 años de Escobar en el periodismo nos dan los elementos necesarios para reflexionar y conocer un poco más de nosotros mismos

Fanny Alarcón

Un diploma más le fue entregado a Escobar por la señora Fanny Alarcón de Heredia, este a nombre de “los acapulqueños unidos por el cariño y la gratitud”.

Escobar, cantante

Un contemporáneo del homenajeado le refrescará la memoria recordando un concurso de canto escenificado en el recién inaugurado cine Río. Lo habría ganado con la interpretación del chotis Madrid, de Agustín Lara. Y que al entregarle el premio de 500 pesos, Luis Aguilar, el famoso Gallo Giro, le había vaticinado: “llegarás muy lejos, chamaco”. Y, en efecto, Arturo llegó hasta donde quiso, pero cantando boleros. Su breve historia artística lo recuerda como exitoso crooner, interpretándolos en varios centros nocturnos de Acapulco. Abría con La puerta, de Luis Demetrio.

Familiares y amigos

No pudieron haber faltado los familiares de Escobar y sus mejores amigos. Ramón y Eugenia García, hijos y nieto. Doña Lucy Guillén y sus hijas Lucy y Adriana; Margarita de Guillén, Israel y Cecilia Soberanis, Leonel y Cossete García (festejando 60 años de matrimonio), Enrique y Raquel Mendoza, Ángel y Vicky Arzeta, Rubén y Carmelita Huerta, Humberto y Josefina Suástegui, Leonardo y Silvia Flores, Rafael y Malena Sareñana, Antonio y Lety Peláez, Rogelio y Martha Camacho, Raúl y María Elena Alcaraz, Víctor y Margarita Reyna, Wences y Larissa Peláez, Rubén Darío y Angelina Piza, Joel Rosas, Melchor Rojas y Romeo Hernández

Más lectores del Zigzag

Rosa Martha Muñúzuri, Vicky Villalvazo, Acela Tellechea de Nava, Gloria Luz Nozari, Anita de la Peña, Víctor García Aguilera, Esteban Román y esposa, Isabel Martínez Quevedo, Alba Luz Estrada, Regina Anaya, Yazmín Valdovinos Caballero, Martha Suástegui, María Estela de Martínez, Eloy Polanco y señora, Gustavo y Etelvina Díaz, Carmen de Anda, Pablo y Crisantema Bello, Lupita Torreblanca, Esther Díaz, Rosario de Ceballos, Ramiro y Delia García, Marilú Lozano, Tere Landa, Oscar Bustos y señora (le cantaron al homenajeado), Alfredo y Rogelia Beltrán, Yayita y Paty Reina, Refugio Rojas, Irma Rojas, América del Río, Alejandro y Yolanda Suazo, Alberto Barney, Javier Gómez Vela y familia.

El agradecimiento

El agradecimiento de Arturo Escobar García fue breve y sustancioso. Dijo: “Antes que nada deseo gradecer a las hermosas y dinámicas Damas Guerrerenses, encabezadas por la poeta Violeta Farías Montano, este inmerecido homenaje.
“Deseo al mismo tiempo brindar un cariñoso abrazo a todas y todos ustedes que han sacrificado su valioso tiempo para acompañarme en este momento, sin duda el más emotivo de mi existencia.
“Mi actividad en los medios de Acapulco me ha brindado la oportunidad de conocer a todos y a cada uno de ustedes, lo que sin duda me ha hecho la persona más feliz y agradecida del mundo”.

Mis 100 pesos

Y Arturo Escobar no lloró, haciéndome perder los 100 pesos apostados por mí a que lo haría. Este 1 de mayo de 2026 hubiera cumplido apenas 92 años.

 

El casino de Acapulco

 

El primero

Los llamados casinos pueblerinos respon-dieron siempre a la necesidad de los señores de tener un lugar agradable donde comentar los sucesos del día y particularmente de los chismarajos de la política. Y sí, también beber algunos tragos de licor y practicar los juegos clásicos de salón. Pero sobre todo, la posibilidad de prescindir por momentos del asfixiante saco y la estranguladora corbata, siendo este el caso de la burocracia porteña. Será el juez de Distrito, José F. Gómez, quien se adelante tomando en renta el segundo piso de la Casa Hudson Billings y Cía., propiedad de William Mc Hudson y Emilia Billings, localizada en la esquina de Carranza e Ignacio de la Llave, dedicada a la venta de ferretería, labranza y avíos de pesca Y allí el funcionario federal funda el primer casino de Acapulco.
El juez Gómez aporta su reluciente piano de media cola para que, tocado por él o por su esposa , amenice el baile inaugural del Casino de Acapulco. Un evento extrañamente encabezado por tres alcaldes de Acapulco, el actual, Antonio Butrón Ríos; el anterior, Antonio Pintos Sierra y el futuro Nicolás Uruñuela. Sorprenderá el espectáculo de bailarines denominado Los Lanceros, con reminiscencias versallescas.
Será el propio juez federal quien formule un plan para vender las acciones del Casino de Acapulco, ello en provisión de que la mayoría de su socios tuvieran que abandonar el puerto. Anuncia que se ha incluido en el nuevo reglamente una cláusula que restringe el acceso de damas al establecimiento, salvo en ocasiones excepcionales. Las acciones de la empresa se agotarán en unas cuantas horas, si bien todo terminará una noche veraniega de 1902, cuando el Casino de Acapulco arda con furia demoniaca para dejar solo cenizas en aquel amplio espacio y entre ellas la del piano del señor juez. Para éste, sin electricidad, fuegos cercanos o rayos del cielo, el fuego tuvo que ser provocado. Centrará sus sospechas en las damas vetadas, aunque nunca las expresará.

Buena con el Diablo

Una auténtica fiebre popular por el juego de la lotería de cartones (“¡buena, con el Diablo!”) se desatará en Acapulco por largo tiempo. Los establecimientos formales con la exhibición de los premios en disputa (principalmente artículos para el hogar) se levantaron a lo largo de la ciudad, particularmente en cada uno de los barrios del puerto. Tan obsesiva afición era estimulada temporalmente con las ferias trashumantes, instaladas en pleno Zócalo porteño con manteados y bancadas toscas. La persona que corría la baraja ( “el gallo”… “el gorro”… etcétera) era un espectáculo aparte por su chispa y malicia. Voz aguda y rasposa daba cuenta de la figura en turno:
“El que le cantó a san Pedro: ¡el gallo!… La cobija de los pobres … ¡el sol!.. El apachurrado meco… el apache! ¡Buena con apache, cabrones salados”, gritaba a todo pulmón desde su esquina doña Cleofas Manzo, famosa en el puerto por su lengua bífida y constantes escándalos a causa de tener como saludo cordial un ¡chingas a tu mamacita… de mi parte!

Los velorios

Arraigado y enfermizo, el juego de la lotería no respetará el dolor y sobriedad de los velorios. Alejados unos metros del ataúd, eso sí, chicos y grandes formaban círculos con los cartones en mano. El corredor de las cartas lo hacía con la mayor sobriedad posible aunque, finalmente, era imposible contener la algarabía de los ganadores. El premio consistía en la misma cantidad de los cinco centavos pagados por cartón.

El tercer casino

Fueron el cronista porteño Carlos E. Adame y el hispano José S. Martino los promotores del tercer casino de Acapulco, por lo menos el de vida más larga. El segundo se habría localizado en la calle Benito Juárez, sin saberse nada más sobre él.
Acapulco es una ciudad pequeña disgregada por no tener un lugar adecuado para sus reuniones, justifica Adame en la creación del casino de Acapulco. Lo hace aquel 1 de octubre de 1947 en el segundo piso del edificio Pintos, en plena plaza Álvarez. Contaba con biblioteca, salón de baile, mesas de billar, cantina y cocina. Cien acciones de mil pesos cada una, bajo la custodia del tesorero Simón Álvarez.
Recordaba Adame un centro social de categoría que tuvo sus puertas abiertas para todos los sectores de Acapulco. Su amplio salón de baile fue escenario de los famosos bailes de carnaval, recepciones oficiales, eventos culturales, además de un sinnúmero de celebraciones familiares.

Los fundadores del casino de Acapulco

Lino Álvarez, Gilberto Aguirre, Rafael Añorve, Joaquín Adame, doctor Luis Arellano, Casimiro Álvarez, José Alonso, Mariano Alonso, Antonio Casis, Jesús Duque, Leobardo Cano, doctor Arturo Canales, Hid Charfén, Eladio Fernández, Ramón Guillén Salas, Efrén Villalvazo, Lucio Lobato, Óscar Muñoz Caligaris, Juan Muller, Crescencio Medina y Luis Martínez Cabañas.
También, Manuel Muñúzuri, Adrián Muñoz Solleiro, Roberto Nogueda, Justino Mendoza, Antonio Pintos Carvallo, Pedro Pelladini, Israel Soberanis, Rodolfo Pérez, Enrique Palazuelos, Enrique Pasta, Pedro Peña, Carlos Sutter, Juan Oms Soler, Alfonso Sutter, Manuel Tejado, Alejandro Batani, José Varcarcel, Julio Vélez, José Ventura Neri, Gral, Baltazar R. Leyva Mancilla, Dustano Montano, Franco Funes, Olegario Nava, José Fernández, Alberto Sánchez Unzueta, Algel Illades.
Benjamín Fernández, José Aguirre Dávila, José Aguirre Alzuyeta, Carlos y Roberto Barnard, Sixto Carrera, Alfonso Casarrubias, Carlos Castrejón, Vicente Cruz, Vicente Candela, Roberto Calderón, Manuel Díaz, Roberto Díaz, Herman Graef, Francisco Juárez, Jesús Jiménez, Francisco Torquemada, Isauro Flores, Alfonso Aznar, Alfonso Córdova, David Gómez, Ernesto González, doctor Evaristo Cabrera, El Güero Batani, Pedro Castañeda. Adrián García, Luis Linares y Ramiro Córdova Campos.

La sede

El edifico Pintos, en plena plaza Álvarez, a un lado de la catedral de Nuestra Señora de la Soledad, fue diseñado durante los años 40 por el arquitecto Joaquín Medina Romo, autor también del hotel Bahía y de la residencia de Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente de la República, Manuel, en un islote de la playa Caleta. Mucho antes se había levantado en ese sitio una “casa de alto”, ocupada por los billares estadunidenses Vulcanovich. La planta baja del edificio fue ocupada la mitad del siglo XX por la popular tienda de ropa La Moda.

Bellas Artes

Terminado el ciclo del casino de Acapulco, sus instalaciones superiores serán ocupadas por el Instituto Regional de Bellas Artes, dirigido por el pintor Luis Arnal y su esposa, la legisladora Macrina Rabadán Bastar.

 

Nos la partieron un 10 de mayo; un fin de semana revolucionario

Iguanas

¡Puta madre!, estalla el coronel Silvestre Mariscal cuando le informan, la noche del 9 de mayo de 1911, que el coronel Manuel Centurión ha iniciado desde La Sabana la toma de Acapulco, acordada por ambos jefes maderistas para el día 15 del mismo mes. Mariscal, de la Costa Grande; Centurión, de la Costa Chica.
–¡Ya estará de Dios! –acepta resignado el profesor atoyaquense y toma una decisión: ¡Vamos , pues, a sacar a esos putos pelones (ejército federal) de Acapulco!
Los hombres de Mariscal se deslizan como iguanas por el acceso poniente al puerto. Han llegado a ese punto luego de eludir los disparos del cañonero El Demócrata, anclado a mitad de la bahía. Con tan mala puntería que los descamisados han aprehendido a “torear” los ruidosos obuses y así logran entrar a la ciudad cuando el reloj del Palacio Municipal marca las 2:30 de la madrugada.
Guiados más por el gruñido de las tripas que la mera intuición, los invasores descubren el mercado Zaragoza (hoy explanada Zaragoza) en el que llenan sus estómagos trasijados con todo lo que encuentran a su paso. Cuando los gallos inicien sus coros agudos, “seremos muchos, pero no muchotes”, discierne un guerrillero del Bajial del Cuitero (Atoyac), quien asume esta la narración:
“Los cuicos del Ayuntamiento empezaron a echar bala y nosotros a correr. Mi primo Tobías y yo fuimos a parar a un recoveco del mar al que llaman groseramente ‘panocha’ (Tlacopanocha). Nomás de ver aquella agua azulosa llena de espuma se nos antojó bañarnos. Tobías es gente de calicatencia pues ya acabaló el silabario de San Miguel, además de ser acólito de la iglesia de Atoyac de Álvarez. Él dice que el señor cura le asegura que por más bala que echemos nuestra suerte nunca cambiará. Que Diosito ya le dijo en secreto que los que nacemos jodidos vamos a morir jodidos… Yo me quedé pensando en eso y entonces le pregunté al primo: ¿entonces ya pa’ qué que seguimos peleando?, ¡mejor ya vámolos regresando al pueblo”!

Descamisados

–¡Treinta batallón: adentro!, ordena el capitán Pedro Ordónez a sus quince hombres, incorporados a las hostilidades en la calle Tabares (hoy Galeana). Serán sus últimas palabras pues un bala le desfigura el rostro para caer como regla. Lo releva el subteniente Alberto Mondragón, quien, cauteloso, ordena el repliegue de sus fuerzas hacia el puente del ferrocarril de la Mexican Pacific (Pie de la Cuesta con Aquiles Serdán).

El clarín

Un toque de clarín se escucha a lo lejos y al poco rato aparecen las tropas de refuerzo. Bajan del Fuerte de San Diego al mando del subteniente Alejandro Casas. Vienen dispuestas a desalojar a los descamisados de la calle San Diego (Galeana), parapetados en los gruesos pilares de sus corredores. (Los descamisados son llamados así por vestir calzón de manta arremangado hasta la rodilla, camisa atada a la cintura , carrillera y sombrero de petate arriscado. Han conseguido una caracterización teatral y de tal modo impresionante que asustan sólo verlos).

Fumando espero

El subteniente Casas incita a su hombres con arengas patrióticas pero aquellos se atoran como mulas en precipicio. Sólo cuando el joven oficial se lanza pecho tierra a mitad de la calle y en el colmo de la temeridad encienda un puro con toda parsimonia, será entonces cuando los soldados reaccionen arrojadamente hasta hacer correr a los rebeldes.
Los cañones del Fuerte, en tanto, no han dejado de lanzar andanadas contra los rebeldes, en tanto que el cañonero El Demócrata desembarca un contingente en la playa Hornos. Lo encabeza el teniente de navío Manuel Morel, cuya misión es combatir a los rebeldes de Centurión escondidos entre los palmares. El Demócrata cesará sus disparos para acoger a los familiares de los mandos militares.
Los heridos del bando insurgente morían donde caían por carecer de servicios de emergencia; contrario a los efectivos de la milicia, con servicios hospitalarios en el Fuerte de San Diego.

Ángela guardiana

En medio de aquella espantosa matanza surgirá una dama salvadora y así lo consigna el cronista Rosendo Pintos Lacunza. La presenta como Lucrecia L. viuda de Saldívar, quien se organiza con amigas para levantar a los heridos, aún en medio de las balas, para llevarlos a una casa abandonada en la calle La Paz, habilitada por ella misma como sanatorio.

La guerra

Los cinco mil habitantes de Acapulco viven momentos de terror sometidos primero al asedio de las fuerzas revolucionarias y luego a la guerra total librándose en calles y corredores de sus propios domicilios. El agua y los alimentos escasean, pero pronto el ingenio y la solidaridad crearán redes de distribución a través de los muy seguros patios traseros. Los residentes del centro abandonarán sus casas para cobijarse en zonas menos peligrosas como Manzanillo, Tambuco y Caleta.

Comunicación

La comunicación de boca en boca fluirá con eficacia en medio de aquel caos infernal. Las familias se informarán por ese medio sobre la suerte de parientes y amigos y en general de las atrocidades de las fuerzas beligerantes. Les dolerá saber, por ejemplo, que doña Susana García tuvo que ser sepultada en el patio de su casa porque nadie se atrevió a llevarla al panteón. Lamentarán, igualmente, conocer el deceso del veracruzano Enrique Peñaflor, contador de la Aduana Marítima, acribillado mientras auditaban los fondos bajo su custodia.

Un viva cuestionado

¡Viva la República!
¡Viva Madero!
¡Viva el comercio!
Tales fueron los vítores lanzados por las fuerzas de Mariscal y Centurión cuando abandonen Acapulco, compelidos en una acción envolvente del ejército federal. Extraño “viva al comercio”, a no ser que haya sido en honor de los Tres Casas Españolas, que todo lo dominaban en el puerto.

Mariscal

Silvestre Mariscal se repliega hasta El Pasito, mientras que Centurión toma rumbo hacia La Sabana. A las 2 de la tarde de ese 10 de mayo, recuerda Pintos, todo había terminado.
¡Chingada madre! –reprocha Mariscal– por las calentura del pendejo de Centurión nos partieron la madre el mero 10 de mayo!

La paz

Vuelta la paz, el coronel Emilio Gallardo, jefe de la guarnición militar, asumirá una conducta magnánima dejando en libertad a los prisioneros y proporcionando atención médica a los heridos. Sus datos sobre la “zafacoca” contabilizaban ochenta muertos y otros tantos lesionados así como el consumo de 20 mil cartuchos.
Ese mismo 10 de mayo, Francisco I. Madero establece en Ciudad Juárez su gobierno provisional y allá mismo se firma el convenio por la paz. Se le nombra presidente provisional y se convoca a nuevas elecciones. El presidente Madero designa gobernador de Guerrero al profesor Francisco Figueroa.

El convite

Acapulco sólo se dejará tomar con música y harto mezcal. El convite de la victoria arranca del Puente Alto a las 9 de la mañana del 2 de junio de 1911. Dos mil hombres componen la columna cuya descubierta integran 25 jinetes y la banda de música de Atoyac de Álvarez. Abre Silvestre Mariscal con su Estado Mayor, seguido de la infantería comandada por Valeriano Vidales y cierran los 400 jinetes de Julián Radilla.

Los acapulqueños

Los vivas y aplausos del público arreciarán al paso de acapulqueños y ente ellos Albino Lacunza, el médico Dustano Montano, Constancio Tancho Martínez, Amado Olivar, Antonio Fernández, Nicolás y Manuel Uruñuela, Fernando Heredia, Octaviano y Daniel Lobato y muchos más.
Con todo, la pesadilla para Acapulco no terminará. Tendrá que soportar a sus libertadores todo el tiempo que dure el licenciamiento del ejército popular –40 pesos por carabina y 15 pesos por cada machete– Dinero que, por cierto, aquí se quedará en fondas y cantinas.

 

El pez que fuma, la taberna acapulqueña en la que palomeaba José Antonio Méndez

 

Eres mi bien lo que me tiene extasiado
¿Por qué negar que de ti estoy enamorado?
De tu dulce alma, que es todo un sentimiento.

Un voz ronca y susurrante, de esas que dicen brotan del alma misma, invadía hasta el último rincón de aquél breve espacio de penumbras y volutas de humo. El mesero había detenido su trajín al primer rasgueo de la guitarra, acallando el cantinero las titilantes maniobras de su alquimia embriagadora. La parroquia, en tanto, seguía devotamente el fraseo preciso y la cadencia rítmica de aquella palabra exacta, amorosa y reveladora casi como la del Papa de Roma.

¡Shhhiiitt… está cantando José Antonio!

José Antonio Méndez –¡ron con goma, mi helmano!, su petición más frecuente–. El nunca faltó a su cita en El pez que fuma, de Manolo Pano, las muchas ocasiones en que visitó el puerto. Un rito sacramental cumplido religiosamente por todo cantante, bailarín o cómico cubano, ya en las marquesinas o como simple visitante a la vuelta el siglo XX. Aquí compartió momentos agrada-bles con muchos cantantes, hombres y mujeres, incorpo-rados al movimiento cubano llamado “fílin”, fundado por él, y entre ellos Frank Domínguez, el más grande creador del mismo.
“En Acapulco –Méndez solía comentar– me siento como si estuviera en La Habana y por ello se me hacen tan difíciles los momentos de regresar a la isla”. La lectura biográfica de un compositor y cantante cualquiera podría llevarse páginas enteras. Tal no es el caso de José Antonio Méndez, cuya obra lo retrata: Ayer te vi llorar; Novia mía; Soy tan feliz; Me faltabas tú; Mi mejor canción; Por nuestra cobardía; Quiéreme y verás. Si me comprendieras; Que jelen-gue y La gloria eres tú. Esta última retrasará la difusión de la obra del cubano en México, donde algunas acapulqueñas lo llama-ban cariñosamente mi Tizoncito.

Desdigo a Dios
porque al tenerte yo en vida
no necesito ir al cielo tisú,
si alma mía
la gloria eres tú.

Grabada en México, sin ningún eco, en 1948, La gloria eres tú se escuchará sólo cuando Toña La Negra la abra con un beatífico Bendigo a Dios, porque al tenerte yo en vida, no necesito ir al cielo tisú, si alma mía la gloria eres tú. A partir de entones, Pedro Infante la hará suya, incluso Agustín Lara además de Gonzalo Curiel, Álvaro Carrillo y Avelina Landín

Lana Turner

Fue El pez que fuma el clásico rematadero nocturno e incluso matutino, el último para disfrutar de la Gran Noche, tanto ellos como ellas. Allí remató algunas veces, por ejemplo, la actriz Lana Turner, quien apenas entraba pedía su canción favorita, Bésame mucho, interpretada por Benjamín Cadena, alias El Bullicio, uno de varios trovadores locales con la oferta de sus servicios. La hermosa dama salía del Pez “con el sol caliente”, como decían los desvelados, camino al figón de El Chino, a la vuelta del callejón de La Paz, donde pedía un caldo de pollo con menudencias, cebolla picada y venas de chile seco. Su acompañante habitual era Armando Sotres, quien ya se perfilaba como un personaje de la Noche Acapulqueña. Ella, Lana, esperó aquí el Oscar de la Academia de Hollywood, para el que estaba postulada como la Mejor Actriz de 1956 por su película Cumbres borrascosas. No le llegó y ese fue motivo para que en el Pez se sirvieran por primera vez copas de champaña.

La gringa caliente

Apodada La Gringa, una mujer pecosa y largas extremidades asistió a la taberna durante todo un verano, acompañada siempre de un lanchero diferente. Una leyenda, hilada por ella misma, la presentaba como hija descarriada de un capo de la mafia neoyorkina y por tanto millonaria. Una posición inocultable con la posesión de un Cadillac Eldorado, y sus generosas propinas de 50 dólares. De Acapulco le habían hablado compañeras neoyorkinas de farra, jurándole que aquí encontraría lo que buscaba: auténticas máquinas sexuales. Y en pos de ellas se deja venir directamente al malecón porteño, sede del de gremio de lancheros. Envidiosos que nunca faltan, divulgaron más tarde que La Gringa volvió a Nueva York llamándose brutalmente engañada, además de su Cadillac abollado por la estrechez de las calles de El Pez y la impericia de los maestros del anzuelo.

El Pez

El pez que fuma se localizaba en las calles de La Paz e Ignacio Ramírez y su entrada era una puerta enrejada un poco más grande que la de un baño, en tanto que la capacidad del salón podía albergar a un máximo de 50 personas. Los asientos acojinados adosados a la pared, sillas con respaldo igualmente acojinado con formato acorazonado. La barra con dosel y ornada con quinqués; dos murales del pez fumador y el resto de la paredes recubiertas con maderas tropicales. El piano vertical mostrando las huellas implacables de su uso cotidiano como cenicero. Piano al que Juan Bruno Tarraza arrancará en madrugadas mágicas sus sonoridades más recónditas, ya en solos explosivos o acompañando a voces sensuales como las de Toña La Negra, Olga Guillot y Amparo Montes, Él, Juan Bruno, creador de la canción Soy feliz, que elevó a las alturas para siempre a María Victoria y su larguísima queja de “es que estoy taaaaaaaaannnn enamorada”. Devotos de El pez que fuma fueron también Los Rivero, ya sin Facundo; Celio González –¡coño, me sé otras además de Total!– y mientras que otros cubanos serán adoptados como acapulqueños: Chimmy Monterrey (Pascual Capote) y Tabaquito, bongosero de Tongolele y acompañante del pianista costarricense conocido simplemente como El Pibe.

María Luisa Landín

“En una mesa de atrás está una señora sola muy parecida a una de las hermanas Landín”, reporta un mesero
–Yo las acompañé, revela el pianista El Pibe, al tiempo que ejecuta una introducción majestuosa de Amor perdido.
Como impelida por un resorte, la dama aquella llegará el piano para cantar la canción de su autoría… y muchas más

Carlos Denegri

Los empresarios nocturnos de Acapulco nunca pudieron escapar a las extorsiones y patanerías de algunos periodistas capitalinos. Uno de ellos, Carlos Denegri, el más temido, llega a El pez que fuma y se acerca al pianista para pedirle “La Bamba pero con arreglo sinfónico”, logrando una reacción enérgica de El Pibe con esta pregunta: “¿¡de cuál fumaste, pinche viejo loco!?”.
Adivinando lo que se viene, Manolo Pano interviene pidiéndole al pianista que por favor atienda la petición y este lo hace tocando algo con frenesí por espacio de diez minutos. Los ¡bravo, bravo! del periodista atruenan el espacio concluyendo cuando él mismo entrega a El Pibe su pluma y lapicero Parker con chapa de oro.
–¿Pos que le tocaste, cabrón? –fue la pregunta de un Pano azorado.

Los habitués de El Pez

Habitué de El pez que fuma, como otros muchos empresarios locales, César Balsa abandonaba la parroquia cuando se escuchaban las primeras campanadas de la catedral de La Soledad, siempre bien acompañado. El hispano cargaba entonces la pesada cruz de ser prestanombre de la señora María Isaguirre de Ruiz Cortines (1952-1958), de la que se decía era la verdadera y única propietaria del hotel El Presidente. Balsa, se recordaba, nunca abandonó la taberna sin ordenar: ¡“igual para todos!”, orden aplaudida por la parroquia. Se ha de decir que la cuenta nunca fue la misma porque los sedientos cambiaban tipo de licor y marca. Otro personaje generoso fue el productor cinematográfico José Luis Calderón, adicto a la ginebra Gordon, con coca, quien también ordenaba “igual para todos”. La pequeña diferencia era que esto lo hacía cuando solo quedaban él y una o dos personas más… André Tofel, caminaba al Pez una vez terminado su show en La Perla. Aquí cantaba sus éxitos Cest si bon, Fascinación y Pobre gente de París.

Hedy Lamarr

La célebre actriz e inventora austriaca Hedy Lamarr, considerada en su momento la mujer más hermosa de Hoollywod, vivía en Acapulco formando un matrimonio feliz con Teddy Staufer, (el tercero de seis), director entonces del beachcomber del hotel El Mirador. La dama tenía como canciones preferidas Perfidia y Frenesí, universalizadas por la banda de Artie Shaw, mismas que escuchaba en El Pez cantadas por El Bullicio.

Meseros y cantineros

Entre los meseros del momento en Acapulco figuraban Memo, Chalo Polanco y Nachito y entre los cantineros Reynold Méndez, Chava Añorve y Manuel Ávila. Este último escribía una columna para el diario Trópico titulada De Noche, firmándola como El Búho en la que daba cuenta de las primicias jolibudescas en Acapulco.

Afroantillanos

La presencia constante en el puerto de bailarinas y bailarines indicaba la tendencia del momento por los coreografías con ritmos afroantillanos. Tal fue el caso de los conjuntos de Ricardo Luna, Martín Lagos y León Escobar. Y por si no fueran suficientes, el empresario y gurú socialité, Agutín Barrios Gómez, los traerá de París, extraordinarios, para sus cabarets Rumba Casino, acapulqueño, y Afro, metropolitano.

Piel Canela

El puertorriqueño Boby Capó no compuso en Acapulco su Piel canela, pero sí triunfó con ella en La Bocana. El también autor de Poquita fe solía llegar a El pez que fuma, acompañado por el cubano Abelino Muñoz, autor de Irremediablemente solo, de quien era intérprete oficial. Nunca preguntaban la hora.