El Acapulco de antes I

Los sitios característicos

El cerro de La Mira

El nombre del cerro de La Mira data de la Colonia, cuando su cima (175 metros) fue utilizada para vigilar el movimiento marítimo del puerto, particularmente la presencia de embarcaciones beligerantes, piratas o corsarios. Imprescindible desde entonces, el auxilio de una campana mediana con gran sonoridad.
Los primeros vigilantes o atalayadores, eran hombres fuertes y ágiles, especialmente mulatos, capaces de bajar rápidamente de aquella altura para alertar a la guarnición militar sobre la presencia de fuerzas beligerantes o sospechosas de serlo. Se trataba de sujetos bien remunerados dotados de un arcabuz, un cuchillo, un bule con agua y un morral con tortillas embarradas con chilmole.
Un sistema de vigilancia que durante el siglo XVIII fue renovado con la presencia de varios atalayadores escalonados, a efecto de hacer llegar más rápidamente las alertas al fuerte de San Diego, cuyos artilleros lanzaban inmediatamente dos cañonazos. Uno para poner en pie de guerra a la guarnición y otro como advertencia para las embarcaciones que penetraban a la bahía sin identificación.
Cuando llegue la telefonía, los primeros aparatos serán para La Mira, conectados con la Capitanía de Puerto y el Resguardo Aduanal. Los vigías dispondrán, además, de un telescopio, un giroscopio para apreciar los movimientos circulares del viento y además una veleta.
Entonces, la caseta de La Mira se verá espectacular con su mástil soportando una botavara formando una cruz de 15 metros de altura, destinada a la comunicación de señales. La botavara controlaba la posición y el ángulo de la vela en relación con el viento.

La Piedra del Mono

Los tíquites o pintas infantiles de antes resultaban particularmente gozosos en el cerro de La Mira, cubierto por árboles de marañonas sin dueño y por ello a disposición de todos, fuera cual fuera el número. El otro atractivo era la leyenda sobre un tesoro pirata revelado por un monolito de tres por dos metros, ubicado en la ensenada de Potrerillo.
Destacaban en la piedra grabada una cabeza tocada con un turbante desprendida de su cuerpo por un pez vela; un pelícano nadando, una escalera con 18 escalones; el pico de un pájaro apuntando hacia la figura de un arca y, finalmente, un mono que le da el nombre.
No pocas generaciones porteñas han horadado en los alrededores de la Piedra del Mono y ninguna, que se sepa, se ha convencido de que los piratas también solían embromar a sus detractores.

La Piedra del Zopilote

La roca enorme se localizaba en las faldas del cerro La Mira, pocos metros arriba de La Guinea, barrio oficializado por la Corona española como asiento de familias procedentes de Africa.
Eran tal el número de pajarracos reunidos en aquel sesteadero que una broma campeó en el puerto, la que sugería que se encerrara a los enfermos: “No fuera la cosa que los zopilotes cargaran con ellos”.
La piedra del zopilote no escapará a las leyendas de los tesoros ocultos con la versión de que la roca ardía por las noches y que ello era señal de que algo escondía. Quien sí lo creyó fue el recién llegado general Luis Santoyo, comandante militar del puerto, quien ni tardo ni perezoso puso a su tropa a escarbar en torno a la roca hasta dejar un socavón de cinco metros de profundidad deján-dola en situación peligrosa. Pedirá inmediatamente su cambio.

La Pila

Roca de 3 metros de diámetro localizada en las inmediaciones del Campo Marte. Se distinguía por su forma de mortero gigantesco y quizás lo haya sido antes para la elaboración de pólvora destinada a la defensa del Fuerte de San Diego.
Cualquiera que haya sido el uso de una roca tan singular, los niños del Acapulco de antes le encontrarán uno preciso: pileta para chapotear en temporada de lluvias.
La Pila, como otras tantas cosas perdurables, será dinamitada en 1949 para dar paso a los cuarteles militares.

La Piedra del Chivo

En su libro Recuerdos de Acapulco, reeditado apenas por el Ayuntamiento porteño, don Rubén H. Luz ubicó a la Piedra del Chivo en el cerro de El Grifo, a poca distancia de La Piedra del Elefante, poniendo énfasis en que quienes así la bautizaron sabían muy poco sobre el tema. No era chivo, era carnero.
La Piedra del Chivo (o carnero) será dinamitada cuando llegue el auge residencial a la península de Las Playas, dando paso a un embarcadero particular.
Otra piedra con el mismo nombre se localiza en El Veladero, pero esta sí con nombre certero: soportaba en su superficie muy inclinada la concentración de un gran número de chivos. Lo notable del asunto es que nunca nadie reportó caída accidental de ningún animal.

El Cerro de las Iguanas

Llamado así desde siempre por la abundancia de tales reptiles de perfiles antediluvianos, fue cuartel general del generalísimo José María Morelos y Pavón durante su primer y fallido intento de apoderarse de Acapulco.
La elevación será escogida casi un siglo más tarde para la edificación del hospital que sustituirá al Hospital Real, operando hasta entonces en las calles del Mesón y del Brinco (hoy, Galeana y Mina). El moderno nosocomio, obra del alcalde y doctor Antonio Butrón Ríos, será inaugurado con el nombre de Hospital Juárez. Será Hospital Morelos a partir de 1917.

La Quebrada, la roca del amor

Se dice que no hay marinero en el mundo que no presuma de tener un amor en cada puerto. El de nuestra historia tal vez lo haya sido. Desembarca en Acapulco por primera vez y junto con varios compañeros deciden asistir al famoso baile dominical en la plancha de La Quebrada. Lo ameniza la orquesta porteña de don Alberto Escobar, cuya sonoridad favorita era el danzón, etiquetado como acapulqueño.
Nuestro personaje, a quien sus compañeros llaman Ray, se ha separado del grupo para seguir embelesado los andares de una joven morena de grandes ojos y cuyos movimientos de cadera bailando danzón lo han dejado anonadado. La persigue hasta presentarse con ella y solicitarle una pieza que, para su infortunio. no será al ritmo aludido. Ella se llama Matilde, es acapulqueña, vive con su madre en la calle de Las Damas (Vicente Guerrero, hoy Quebrada), a la que ayuda en una fonda del mercado municipal. La cita será improrrogable para el día siguiente en el mismo lugar, junto a una roca enorme, justo cuando el sol esté a punto de esconderse. Así, cuando han pasado tres meses de cita diarias llegará la primera despedida con lágrimas y promesas.
–¡Matilde, perdóname mi amor, el deber me llama pero te juro que esta será mi última salida! –ruega el marinero colmándola de besos.
“Te juro que a mi regreso dejaré esta chamba para trabajar aquí en lo que sea y así podamos casarnos. Mira, mi amor, vamos a hacer esto: en un mes más pregunta en la Capitanía de Puerto por la fecha del arribo del barco Barlovento y ese día espérame en el malecón.

El retorno

Matilde es la primera persona que llega al malecón el día señalado para el arribo del Barlovento. en el que sirve su amor, pero tendrá que esperarlo el tiempo que le lleven sus tareas cotidianas. Apenas las cumpla correrá hacia Matilde para abrazarla y colmarla de besos. Luego, correrán hasta la piedra de La Quebrada para reavivar las llamas el deseo encendidas en aquél mismo sitio.
Durante el encuentro vespertino del día siguiente, Ray recibirá noticias demoledoras. Matilde le informa que su madre ya le exige conocerlo para fijar la fecha del casorio y terminar así con las habladurías del vecindario, nada favorables para ella. Ray, por su parte, tampoco tendrá noticias halagüeñas. El capitán del barco ha rechazado su renuncia, exigiéndole por lo menos un nuevo viaje. Le debo mucho y no puedo desairarlo, argumenta.
–¿ Y mi madre? –pregunta ella.
–No llores vida mía, te juro que todo tendrá remedio. Cuando vuelva nos casaremos en la fecha que disponga tu mamá, mientras aprovecharé el tiempo para hacer un buen dinero y así poder darte la vida que mereces, la que hemos soñado.
Matilde, omnubilada, solo llora.
Este segundo adiós no será diferente al primero; abrazos, besos y lágrimas, muchas lágrimas,
El tiempo no descansa y así, cuando ha pasado poco más de un año de aquella despedida, el marinero Ray desembarca en Acapulco y lo primero que hace es dirigirse a La Quebrada sin encontrar nada de lo que busca, excepto la roca cómplice de su romance con Matilde, de la quien nadie, hasta aquél momento, le ha dado razón.
Será durante un encuentro casual y desgarrador con un viejo lanchero, su amigo, cuando conozca la suerte de Matilde. La acapulqueña había muerto durante un parto mal asistido junto con su producto, una niña. La madre de Matilde condenará a ambas pecadoras y por ello esconderá el sitio de los sepulcros, si los hubo. La dama desaparecerá avergonzada del puerto.
El marinero Ray vivirá alcoholizado su estancia en el puerto, sólo en espera de un trabajo de albañilería que había encargado a su llegada. Ante el cual, una vez terminado, se dará un tiro en la sien.

En esta roca de espuma salpicada
el sol nativo con sus rayos dora
deja grabado el hombre que te adora
tu bello nombre Matilde, idolatrada.

Debe decirse, final y justicieramente, que Ray había permanecido preso en Nueva York durante casi un año, acusado falsamente de haber incitado a un motín en el barco Barlovento. Un testimonio demasiado bello para ser respetado por la barbarie apoderada cíclicamente de Acapulco. La dinamita hará volar en 1902 con cualquier pretexto la roca en la que se juntaban los enamorados.

 

Acapulco tutti frutti

Icacos

El dos veces virrey de la Nueva España, Luis de Velazco, hijo, (1607-1619), poseyó en Acapulco una finca agrícola con el predominio de un fruto conocido entonces como ikako, cuya simiente él mismo hizo traer de Oriente. Al término de su mandato viaja a España dejando el huerto en manos de quienes lo ponen muy pronto al borde de la extinción.
Será entonces cuando el nuevo virrey hispano, Gaspar de Sandoval Serda Silva y Mendoza, ordene al gobernador de Acapulco, Miguel Gallo, asentar en aquella finca a la población indigente de la localidad de Sabana Grande (cerca de Coyuca). La orden se cumple el 3 de julio de 1691, concediéndose a los nuevos acapulqueños la exención de tributos hasta por diez años. Serán ellos mismos quienes aprueben llamar Icacos a su nuevo asiento, en cuya defensa escribirán no pocas páginas de honor y valentía.
El árbol de icacos suele alcanzar hasta los diez metros con flores pequeñas blanquecinas. El fruto es del tamaño de una almendra de consistencia pulposa y dulce. Los hay de color rosado, jaspeado y morado.

Cayaco

Cayaco es otro nombre frutal de una localidad acapulqueña, Cayacos, en razón necesariamente de que los produce en abundancia. Se trata de una palmera cuyo follaje es muy apreciado para techumbres hogareñas, en tanto que su fruto –conocido también como coacoyul o coquito de aceite– produce un aceite utilizado en la elaboración de jabones de tocador. La almendra tiene sabor a mamey y es muy apreciada “empanochada”

Caimito

El caimito es otro fruto cuya abundancia en el puerto se adjudica al Galeón de Manila. Lo ofrece un árbol mirtáceo, corpulento y de follaje abundante con hojas de color verde-rojizo. Maduro o a punto de estarlo es de color jaspeado, verde y morado. Su pulpa mucosa es muy dulce con sabor muy parecido al del coco tierno. La cáscara es lechosa y muy pegajosa.

Una lección

Como hasta ahora las explicaciones del autor no han sido didácticas, es decir, cabalmente comprendidas por una evidente deficiencia magistral, hemos decidido recurrir a quien sí sabe mucho sobre la materia. Se trata del maestro Mario Leal, autor del libro Ciencias físicas y naturales, corriendo el riesgo de que no esté actualizado, pues daba clases junto con la maestra Elba Esther. ¿Las daba? Dice él:
“Los frutos carnosos tienen un mesocarpio más o menos desarrollado, conteniendo una pulpa con sustancias suculentas. En la madurez estos frutos no se abren para dejar salir la semilla. Unas variedades tienen hueso y se denomina drupa (durazno, ciruela, y mango). Otras variedades que no tienen hueso sino semillas se les denomina bayas (uva, tomate y grosella), pepónide (melón, sandía y calabaza), pomo (manzana, membrillo y pera) y hiperhidio (naranja y limón).

Ilama

Hermana de la anona, la ilama es conocida aquí como procedente de Perú. Se trata de un fruto pulposo con sabor muy dulce y una característica muy particular: la presencia de múltiples semillas capsulares de color café barnizado. Semillas a las que se les chupa la pulpa adherida hasta dejarlas brillantes y más tarde usadas en los juegos infantiles de matatena y de adultos llamado patacón
La ilama es el único fruto que invita a su degustación. En efecto, cuando está madura ella misma se abre por uno de sus lados y entonces nadie podrá resistírsele. Tal particularidad dio origen a la sentencia contra quienes se desdicen de sus dichos y hechos: “rajado como ilama”.

Pomarrosa

De donde quiera que haya venido, la pomarrosa es una maravilla como fruto, planta de ornato y como procuradora de salud para el género humano. Se trata de un árbol de 4 a 5 metros de altura, de hojas puntiagudas y siempre verdes, con flores blancas y visos rosados. El fruto, la pomarrosa, es una manzana pequeña de color amarillento con partes rosadas en cuyo interior flota su semilla. La pulpa es dulce y maciza con olor a manzana, de donde le viene el nombre.

Mezón

Traídos por el Galeón de Manila, los dos únicos árboles de mezón sembrados en Acapulco corrieron la misma suerte: derribados por razones urbanísticas. Árboles descritos como corpulentos y cuyos frutos eran parecidos al mamey, de pulpa carnosa y dulce.
El barrio del Mezón tomó su nombre de uno de ellos y no de un famoso mesón (hospedaje) localizado en sus cercanías, ambos barridos por el ciclón del 30 de octubre de 1812.
El segundo árbol de mezón se ubicó en el predio propiedad de don Juan H Luz Borbón, en el Barrio Nuevo (hoy, IMSS) y este si será derribado con hacha cuando la superficie pertenezca a don Juan Adame Adams. La avenida se llamaba entonces Álvaro Obregón y será necesario ampliarla para darle su nuevo nombre, avenida Cauhtémoc, ello a raíz del descubrimiento de los restos del Gran Tlatoani en Ixcateopan (1949).

Pitaya

Conocida como fruta del dragón, la pitaya es un fruto exótico mexicano con sabor delicioso y propiedades nutricionales. Se caracteriza por su pulpa de colores amarillo, naranja o blanco y semillas negras. Con bajo contenido calórico y rico en oxidantes, se presenta en postres y helados.

Guamúchil

Árbol leguminoso americano cuyo fruto comestible es una vaina angosta y larga enrollada en forma de espiral con pulpa blanca, rosa o rojo claro. Del náhuatl, guamúchil es pinzán o chiminango

Marañona

Originaria de India, la marañona fue traída a Panamá, donde tuvo una reproducción generosa, al grado tal que en poco tiempo ganará la categoría de fruto criollo. Es así como llega a Acapulco, donde se siembran los primeros arboles cuya reproducción será sorprendente. Millares de ellos soportarán entonces cada verano el asedio de miles de muchachillos dispuestos a agotar en el menor tiempo posible la cosecha silvestre del exótico manjar.
Será en el cerro de La Mira, particularmente, donde las ramas del marañón besen prácticamente la tierra ante el peso de aquellas brillantes esferas de un anticipado árbol navideño. Bastará sentarse bajo sus frondas para tomarlas con la mano, amarillas (dulces) y rojas (agridulces) y comerlas hasta los primeros retortijones del empacho.
Otro castigo para la gula marañonesca era el escozor en la lengua y las encías por ser este, decían las abuelas, un fruto “tetelque”. Y venía algo peor, realmente dramático. Las manchas del jugo de la marañona sobre las ropas eran como las del honor, no se quitaban con nada, ni con lejía ni con clarasol. Traicioneras, delataban el “tiquite” (como se le llamaba a la “pinta”) cuya consecuencia inapelable era “la pela” con el instrumento más a la mano del verdugo o la verduga.
Fruto extraordinario, la marañona es el único con una semilla exterior. Una almendra de forma peculiar , semejante a una carita de chango (o de feto como se decía antes), en cuyo interior se esconde la sabrosa nuez de la India.

El parque Cachú

El parque Cachú o La Marañona fue una superficie citadina de casi tres hectáreas sembradas exclusivamente con árboles de marañona. Se localizó en la avenida Costa Grande 901 (hoy Pie de la Cuesta 115, Chedraui) donde escondió su identidad por muchos años el escritor B. Traven (Macario, La rebelión de los colgados, Rosa blanca y El tesoro de la Sierra Madre). Fue conocido como El gringo de la marañona.

Tamarindo

Un fruto universal preferido en aguas frescas y dulces no obstante poseer su contenido una auténtica farmacia por sus efectos antioxidantes, antibacteriales, laxantes, digestivos, hipoglucémicos y cicatrizantes
Se recuerda en los años cincuenta un auténtico motín de acapulqueños generado por el derribo de un centenario árbol de tamarindo. Imponente, de 25 metros de altura, se ubicaba frente al cine Río, dando sombre a buen número de comerciantes, además de la materia prima para las aguas frescas y pulpas rociadas con ceniza.

Guayaba

Originaria de Mesoamérica, la guayaba es un fruto que tiene a México como su mayor productor mundial en sus dos tipos: criolla y china. Ambas son deliciosas con gran versatilidad en la cocina y con un sorprendente contenido de Vitamina C (¡cuatro veces mayor que el de una naranja!), además de oxidantes, flavonoides y licopeno.
El té de hojas de guayaba es consumido en el mundo para detener la diarrea y controlar el ácido úrico. También controla los niveles de azúcar en la sangre, alivia el dolor menstrual y reduce la irritación de la piel y el acné. ¡Una maravilla , pues!

Nanche

El nanche es un fruto tropical con sabor agridulce que se cultiva de México a Brasil y del que Guerrero es un gran productor. Pequeño, redondo, amarillo y sabroso, el nanche es conocido en Perú como “la fruta de oro”, por su altos contenidos en vitamina C y potasio, convirtiéndolo ello en un aliado natural para combatir los signos del envejecimiento y mantener la piel joven y saludable. También se le conoce como nanchi, nance, cangunga y cimarrón.

Mango

Lo único novedoso que decirse sobre este fruto delicioso, originario de la India, es que en Acapulco se le disfrutó bajado del Galeón de Manila. Una de sus más sabrosas especies llevará como distinción el nombre del lugar de procedencia.
Será a partir de entonces cuando se le identifique con mujeres hermosas (sabrosas, por supuesto): “está como mango”, “es un mangazo”, “le rezumba el mango”. ¿“Chupar mango” es disfrutar de una prenda inmerecida? ¡Mangos!

Papaya

Originaria del sur de México, la papaya es otro regalo de la naturaleza para la humanidad doliente. Además de ser sabrosa , dulce, aromática y refrescante, está dotada de elementos que favorecen la digestión, reduce los niveles de colesterol , previene la diabetes y el cáncer.
Guerrero es gran productor de papaya criolla, maradol y hawaiana.

 

 

Galeón de Manila, Galeón de Acapulco

Manila-Acapulco

La llamada ruta de las sedas y las especias, entre Manila y Acapulco –y viceversa– fue la ruta interoceánica más importante entre los siglos XVI y XIX. Sólo comparable con las llamadas Ruta del ámbar, el Camino del estaño o la bautizada por Marco Polo como Ruta del té o de las especias. Fue este un circuito anual casi perfecto gracias a las corrientes marinas y a los vientos favorables.
El galeón salía de Manila, Filipinas, durante la primera semana del mes de julio, durante el monzón de invierno, para llegar a este puerto 50 o 60 días más tarde. La impresionante embarcación de 50 metros de eslora y mástiles de 30 metros soportando el complicado velamen, hacía su entrada espectacular a la bahía de Acapulco. La acompañaban los murmullos jubilosos de sus pobladores rodeándola o desde los cerros. Venían enseguida la descarga de la Nao y los preparativos para la gran Feria de Acapulco, evento comercial que se prolongaba hasta el mes marzo y al que alguna vez Alejandro Von Humboldt llamó “La más famosa del mundo”.
Los primeros en desembarcar eran los pasajeros y entre ellos familias filipinas y chinas, comerciantes, religiosos y soldados. Venía enseguida la exhibición de la mercadería que se pondría a la venta durante la Feria, acompañada con manifestaciones de admiración por parte de los muchos porteños invadiendo el muelle de madera. Los tejidos de seda, los abanicos, la porcelana china, las especias, los biombos, las joyas de oro y el arte religioso. Particularmente, las tallas de marfil de la virgen del Pilar y un enorme cristo de madera hoy conservado en la catedral Metropolitana.
No obstante que buena parte del cargamento del galeón tenía destinos particulares, muchos artículos estaban al alcance de los feriantes. Entre otros:
-Vajilla de porcelana azul y blanca, de 32 piezas; 56 pesos.
-Enaguas confeccionadas en Manila, tres reales.
-Abanicos de sándalo, un real.
-Arroba de cera filipina, un peso con 7 reales.
-Colchas de raso, bordadas, 13 pesos.
-Colchas bordadas con seda oro y plata, 25 pesos.
-Alfombras persas, 35 pesos.
-Baúles de maque, 9 pesos.
-Millar de botones de cobre, 3 pesos.
-Cien botones de cristal, un peso con 4 reales.

Fayuca

No faltaban en los callejones cercanos a la Feria pasajeros comerciando artículos bajados de contrabando, más baratos por supuesto. Los funcionarios aduanales siempre sospecharon que los frailes católicos introducían artículos ilegales entre sus amplios ropajes . Sin embargo, nunca los “esculcaron” por respeto a sus investiduras.

Los galeones

El Galeón de Manila nos traía sedas, cambayas, flores como hortensias, crisantemos y orquídeas y todo lo ya anotado. Por su parte, el Galeón de Acapulco, llevaba plata acuñada y en barras, vino español y de Parras, Coahuila, mantas de Saltillo, grana de Oaxaca y cacao de Chiapas. Los cargamentos en ambos casos tenían un valor de dos a tres millones de pesos.

El último Galeón

Magallanes fue el nombre del último galeón que partió de Acapulco a Manila, Filipinas, en marzo de 1815.

San Felipe de Jesús

El primer palacio municipal de Acapulco se levantó en 1910 sobre las ruinas de un convento franciscano, construido por los propios frailes. La capilla del mismo será una copia de la parroquia de NS de la Guía de Manila, claustro en el que se preparaba a los religiosos que más tarde propagarían el evangelio en todo el Oriente.
El destino jugará una mala pasada a uno de ellos. Forjado para el servicio de Dios en el convento de Santa María de los Angeles, en Manila, el joven mexicano Felipe de las Casas se embarca en Cavite, Manila, rumbo a México. Viene a complacer a sus padres oficiando ante ellos su primera misa, más no llegará a las playas de Acapulco. La nave es asaltada por piratas japoneses con el sacrificio de todos sus prisioneros. Muy pronto, el otrora Felipillo será elevado a los altares católicos como San Felipe de Jesús, el primer santo mexicano. Hoy en Colima es protector de sus habitantes ante fenómenos naturales como temblores y lluvias torrenciales.

El Santo Niño Cebú

Se considera la reliquia más antigua de las islas Filipinas y fue un regalo de Fernando de Magallanes a la reina indígena Juana, el día que con su bautizo se convirtió a la religión católica. Con una alabanza tumultuaria y fervorosa nace la tradición anual del sinulong (“¡Viva Pit señor, santo niño de Cebú!), como lo han exaltado los isleños durante siglos. En México, la ceremonia se replica en un paraje de la Costa Chica, llamado Boca del Río, ante una figura muy parecida a la de Cebú.
También de Cebú procedió el toro con el que se intentó diversificar la ganadería mexicana. Se hizo mediante el obsequio de sementales a todos los pueblos ganaderos del país, pero sin dar tiempo para la reproducción. Los animales terminaron en las cocinas pueblerinas.

Acapulco, censo de 1777

Se califica de acertada la decisión del alcalde Juan Josef Solórzano de levantar un censo de población de Acapulco, luego de un terremoto que provoca la destrucción del ala sur del fuerte de San Diego. Como se sabe, los españoles no residían en el puerto por no soportar el calor, los mosquitos y las miasmas. Lo hacían en poblaciones cercanas como Xaltianguis y lejanas como Chilapa. Así, el número de ellos reportados por el censo llegará a escasos 32 individuos, contándose entre ellos a soldados y religiosos hispanos.
Los indígenas no constituían el grueso de la población, como se pensaba, pues apenas sumaron 611 de ellos, hombres, mujeres y niños. La mayoría de los porteños eran mulatos, con mil 250 de ellos. Finalmente, los filipinos fueron 121 en total.

Las palmeras del jardín Álvarez

Uno entrañable entre los muchos regalos del archipiélago Filipino a este puerto, lo fueron las palmeras de Acapulco sembradas en la plaza Álvarez. Una, localizada frente a la parroquia de La Soledad, adquirió la fama de ser de cemento por su solidez.

Las gallos

Se dice que las primeras peleas de gallos se dieron en Acapulco entre ejemplares mexicanos y filipinos, adoptadas inmediatamente por el dictador López de Santa Anna para convertirlas en entretenimiento nacional. El dictador se hizo apasionado a ellas llegando a poseer un número impresionante de gallos filipinos. Con ellos visitaba muchas ferias del país y entre ellas la de La Sabana, en Acapulco.

El relleno

El relleno de cuche forma parte de muchos años atrás de la gastronomía de la Costa Grande, particularmente de Acapulco. Se trata de un lechón longano (ni muy gordo ni muy flaco) relleno con papas, plátano y más. Según versión del cronista Rubén H Luz, lo trajo de Tecpan de Galeana su tía abuela doña Francisca Silva H. Luz, del Pozo de la Nación . De ahí que se le tenga como un platillo nacido en ese barrio, el más rico del puerto.
El apellido H. Luz, a propósito, lo crea un joven príncipe heredero del reino de Portugal, quien llega al puerto huyendo del complot de sus medios hermanos para asesinarlo. El Henríquez, el apellido real, lo convierte en sólo una letra H, a la que añade la palabra Luz, el nombre de la logia masónica a la que pertenecía y cuyos socios lo había escondido en el barco que lo trajo al puerto. Funda así el apellido H Luz, portado con orgullo por muchos hombres y mujeres de la Costa guerrerense.

Guinatán

El guinatán es una delicioso manjar filipino a base de pescado (cuatete o sierra) cocinado en leche de coco con chile guajillo, orégano y sal. Dice la conseja popular que el guiso se “corta” si es elaborado por mujer embarazada o cualquier persona que tenga “el ojo caliente”.

Macan

Agua fresca de arroz y piña. Se deja en remojo la noche anterior a su elaboración. Muy apreciada en la Costa Chica.

La tuba

La tuba no es otra delicia que la savia de la palmera y cuya obtención implica un ritual más complicado que una cirugía plástica. Se obliga al tubero a no tener relaciones sexuales por lo menos 24 horas antes de la operación. ¿Por qué?. Porque si no lo hace, palmera, mujer celosa al fín, le negará una sola gota de su savia.

Linonga

La linonga o morisqueta sigue siendo el platillo base en Acapulco y de ambas costas. Pueblos en los que los niños todavía juegan con zarangolas; las señoras prefieren la masa del maíz cueite y rechazan la pallanque, que son granos apenas quebrados. Todavía se le llama travieso al chamaco inquieto y zaragate al perezoso. Los trastos viejos son estrufiancos.

Las palmeras

Las palmeras de Zócalo de Acapulco fueron traídas de Filipinas a instancias del gobernador Juan Alvarez. Y a la dedicación de Francisco Cadena, llamado “el mensajero de la fertilidad” por haber traído desde aquellas islas los frutos de los que hoy nos enorgullecemos: el mango, el tamarindo, el cilantro y el caimito. Este último con saborcito a coco de cuchara.

Las descendencias

Filipinos náufragos frente a la Barra de Coyuca se integran inmediatamente a la comunidad, fortaleciendo la estructura social de la región. Entre ellos los Guinto, los Balanzar y los Zúñiga.
Acapulqueños del mismo origen: Bermúdez, Diego, Lobato, Funes, Liquidano, De la O, Paco, Batani (procedentes de Batán) y los Tellechea.

Poco importa

Poco importa, finalmente, de donde procedan el arroz, el coco y los mangos. Están aquí y son nuestros. Son ellos y nosotros, somos todos. Por eso el Galeón de Manila ya no viene de allá, ni va para más allá, se quedó atracado para siempre en La Roqueta.
Palabras de bienvenida del autor, entonces funcionario municipal, para el excelentísimo embajador de Manila, don Justo Orroz, su distinguida esposa y comitiva, durante su visita al puerto el 19 de junio de 2004 . Fecha en la que designó al doctor Mario de la O Almazán, como cónsul honorario de Filipinas en Acapulco.

 

Poesía y muerte

Martha Medeiros

Muere lentamente

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos;
quien no cambia de marca,
quien no se arriesga a vestir un color nuevo,
y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente
quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente
quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las íes a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos,
sonrisas de los bostezos,
corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente
quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente
quien no viaja,
quien no lee,
quien no escucha música,
quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente
quien destruye su amor propio
quien no se deja ayudar.

Muere lentamente
quien pasa los días quejándose de su mala suerte
o de la lluvia incesante.

Muere lentamente
quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
quien no pregunta de un asunto que desconoce,
o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en cómodas cuotas,
recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos
una espléndida felicidad.

Elías Nandino

¿Qué es morir?

–Morir es
Alzar el vuelo,
Sin alas,
Sin ojos
Y sin cuerpo.

Pasatiempo

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra.

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.

Ahora los veteranos
Ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empezaba a ser la nuestra.

Francisco de Quevedo

A una vieja que traía una muerte de oro

No sé a cuál crea de las dos,
Viéndoos, Ana, cual os veis:
Si vos la muerte traéis,
O si os trae la muerte a vos,

Queredme la muerte dar
Por que mis males remate:
Que en mi tiene hambre que mate
Y en vos no hay ya qué matar.

Alfonsina Storni

Melancolía

Oh, muerte, yo te amo, pero te adoro, vida…
Cuando vaya en mi caja para siempre dormida,
haz que por vez postrera
penetre en mis pupilas el sol de primavera.

Déjame algún momento bajo el calor del cielo,
deja que el sol fecundo se estremezca en mi hielo…
Era tan bueno el astro que en la aurora salía
a decirme: buen día.

No me asusta el descanso, hace bien el reposo,
pero antes que me bese el viajero piadoso
que todas las mañanas,
Alegre como un niño, llegaba a mis ventanas.

Amado Nervo

¡Oh, muerte!

Muerte , ¡como te he deseado!,
¡con que fervores te he invocado!,
¡con qué anhelares he pedido
a tu boca un beso helado!
¡Pero tú, ingrata, no has oído!

¡Vendrás, quizá, con paso quedo
cuando de partir tenga miedo,
cuando la tarde me sonría
y algún ángel, con rostro ledo,
serene mi melancolía”
Vendrás , quizá, cuando la vida
me muestre una veta escondida
y encienda para mí una estrella.

¡Qué importa! Llega, ¡oh Prometida!
¡Siempre has de ser la bienvenida,
pues que me juntarás con Ella!

Julie Sopetrán

Apegos

La muerte viene a comer
aquello que le gustaba
y también quiere beber
lo que en vida emborrachaba.

Cuando algo gusta no acaba
Los muertos nos lo confirman,
pues volviendo reafirman
que el alma en el cuerpo estaba.

Teresa Wilms Montt

XVII

“Morir, dormir , soñar acaso…
Desgraciados de los seres que, como Hamlet, llevan la trágica duda en el espíritu.
Morir durmiendo…
Dormir muerta…
Soñar, sin darse cuenta que la vida se ha ido.

 

Los Fieles Difuntos

Los Angelitos

Así los llama la tradición católica para enfatizar la pureza de sus almas, liberados por el bautizo del pecado original y por tanto con pasaporte expedito al Paraíso.
La tradición cultural de los funerales infantiles es similar en todo el territorio nacional, salvo pequeñas particularidades determinadas por la región de que se trate. Ofrecemos una singular en la Costa Chica de Guerrero, precisamente del poblado de Cuajinicuilapa, rescatada por el notable médico y antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán:
“Salen de la casa cargando al niño en la misma mesa en que se hallaba expuesto, cubierto de flores, listones y papel de China. El cortejo se encamina hacia la iglesia anunciándose por medio de cohetes que un pariente va arrojando a la cabeza de la comitiva. Atrás sigue el pequeño cadáver en la mesita floreada, descubierta o bajo palio.
“Vienen luego los músicos que tocan minués o sones alegres (no falta el vals Dios nunca muere). Enseguida van los niños con banderitas rojas y verdes en las manos y, junto a ellos, hombres y mujeres cantando alabanzas y letanías. El último personaje del desfile es el que lleva la pequeña caja en la que habrá de colocarse, finalmente, el cuerpecito. Esta caja se pinta de color azul y tiene en todas las aristas vivos blancos. Enfrente y atrás dos letras mayúsculas: las iniciales del nombre y apellido paterno del niño”.

Altares de Angelitos

Las ofrendas dedicadas a los niños se montan en la mayor parte de los pueblos campesinos el 31 de octubre, víspera de su regreso anual al mundo de los vivos. Se evita en ellos las comidas picantes y las flores ornamentales deberán ser blancas, aludiendo a la pureza de los muertitos. Abundan el arroz con leche, las cocadas y en general los dulces que más le gustaron en vida. No faltan los juguetes de barro pintados con colores brillantes, pues existe la creencia de que a los angelitos les gusta jugar durante sus visitas anuales.

Alabanzas

Durante la velada de un angelito se entonan únicamente alabanzas marianas como esta que reza:

Buenos días Paloma Blanca
hoy te vengo a saludar
admirando tu belleza
en tu Reino Celestial.

Tú has de ser nuestra madrina
en el juicio universal
Óyenos, Graciosa Niña
en tu Reino Celestial.

Epitafios

Los griegos, con la esperanza de que los dioses fueran compla-cientes con ellos, escribían sobre sus tumbas apologías personales llamadas desde entonces epitafios.
Compuestos por lo general en forma de epigramas, los epitafios griegos contenían el nombre, la edad y profesión del difunto, así como el creador de la urna. La tradición se continuará en las civilizaciones posteriores, de ahí que exista belleza y elegancia en las inscripciones funerarias en todos los países del mundo.
Algunos epitafios son poéticos, otros biográficos, humorísticos, simbólicos, filosóficos y sintéticos.
Convengamos que el epitafio es un subgénero literario que, por su condensación y hondura, es cosa de poetas. Muchos de ellos tuvieron la precaución de escribir los propios

* Parece que se ha ido pero no se ha ido: Cantinflas

* Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo: Miguel de Unamuno.

* Aquí yace el poeta Vicente Huidobro; abrid esta tumba, al fondo se ve el mar.

* Es más digno que los hombres aprendan a morir que a matar: Séneca.

* Nunca envidiéis la paz de los sepulcros: Nostradamus.

* Y no tengan miedo: Jorge Luis Borges.

* The End: Buster Keaton.

Epitafios en el panteón de San Francisco :

* Fuiste en la Tierra nuestro guía y ejemplo. Ahora te adelantas para seguir siéndolo en el camino hacia la eternidad.

* Dios sabe cuánta falta nos haces. Cuídalo, Dios.

* Aquí yace la tía Margarita, quien vivió y murió señorita.

Las Cruces

* Déjame reclinar la frente herida en este blanco mármol y llorarte y soñar otro mundo y otra vida, donde pueda soñarte, hija querida.

* La muerte es el despertar del sueño de la vida

* Del cielo viniste a alegrar nuestra existencia, al cielo volviste para alegrar a Dios.

Ultimas palabras

* Que pena morir cuando me falta tanto por leer: Menéndez Pelayo.

* ¡Ya déjenme ir a la casa del Padre!: Juan Pablo II.

* ¡Más totopos, por favor!: general Álvaro Obregón, al morir asesinado durante un banquete en su honor.

* Ya decía yo que ese médico era un pendejo: Miguel Mihura.

* Perdonnez-moi, monsieur: la reina María Antonieta de Francia a su llegada al cadalso y chocar su zapato con el de su verdugo.

* ¡Vieja, pásame la charola del pan, por favor!: Manlio Fabio Altamirano, gobernador de Veracruz, al ser ametrallado mientras cenaba con su esposa en el Café Tacuba de la Ciudad de México. (Lo sustituirá Miguel Alemán Valdés).

* ¡Cómo cree que voy a hablar con usted, si me está esperado su jefe!: Marlene Dietrich, a su confesor.

Calaveras

El siglo XIX aportó un matiz crítico y humorístico a las tradiciones gracias a José Guadalupe Posada, creador de la emblemática figura de La Catrina, satirizando a quienes renegaban de sus raíces indígenas y con apariencias europeas. Desde entonces, tal dibujo se consolidó como símbolo nacional que encarna la ironía y el ingenio del mexicano ante la muerte. Dos muestras del pasado pero presente:

Los Pinos

Vuela, vuela zopilote,
y llévate a los intestinos
al que sea menos pendejote
en la casa de Los Pinos.

El premio

El premio a la pendejez,
¿a Fox, Felipe o Peña?,
para mayor santo y seña
¡que se lo den a los tres!

Jaime Sabines

Para el enorme poeta chiapaneco Jaime Sabines (1926-1999) es una salvajada enterrar a los muertos y así inicia su estrujante cuanto imposible propuesta:
“¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos! De aniquilarlos, de borrarlos de la faz de la Tierra. Es tratarlos alevosamente, el negarles la posibilidad de revivir.
“Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y que digan alegremente ¿por qué llorar?
“Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen fajas encima y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedra, apisonado, amacizado, ahí te quedas, de ahí no sales.
“Me dan risa luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla. ¿Para qué lo enterraron?, ¿Por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte?, ¿por qué no quemarlo o darlo a los animales, o tirarlo al río?
“Habría que tener una casa de descanso para los muertos, ventilada , limpia, con música y agua corriente. Lo menos dos o tres cada día se levantarían a vivir”.

Jaime Sabines, Yuria, 1967.

 

Panteón de San Francisco

Aquí es de los hombres su última jornada y de la vida su última morada.

Franciscanos

El cementerio de San Francisco, en la avenida Pie de la Cuesta es obra de la orden religiosa de los franciscanos, asentada en el puerto a partir de 1602. Cuatro años más tarde levantarán su propio convento en un promontorio conocido como El Teconchi, mismo sitio donde siglos más tarde se construirá el primer Palacio Municipal de Acapulco. Contaba el convento con claustro y capilla dedicada a N. S. de La Guía, patrona de Manila, Filipinas. Un pozo profundo en su jardín interior abastecía de agua al vecindario e incluso a los galeones de Manila.

La Ley Juárez

La gente de bien durante la Colonia estaba convencida que ser sepultada en los altares de los templos católicos, incluso en sus atrios, aseguraba la vida eterna. Los altos dignatarios, los ricos benefactores de la iglesia y las familias linajudas exigían el reposo de sus muertos en los altares mayores o lo más cercano posible a ellos, seguros de que así estarían a sólo un brinquito del cielo.
El presidente Benito Juárez llegará para terminar con tan jugoso negocio. Lo hace secularizando los cementerios el 31 de julio de 1859. Una ley que arrebata al clero católico toda injerencia sobre los cementerios para entregarla al Estado.

Jugar entre tumbas

El columnista recuerda cuando niño haber jugado entre tumbas. Varias, desplegadas en el atrio frontal de la parroquia de San José de San Jerónimo de Juárez. Monumentos sobrios del siglo XIX pertenecientes al panteón particular de la familia de Juan José Galeana, propietario de la hacienda El Zanjón. Aquí ofició misa el generalísimo Morelos y fue aquí donde recibió la adhesión del mayor contingente costeño, además del cañón El Niño, usado en las fiestas religiosas. El Zanjón se convertirá más tarde en San Jerónimo, cabecera del municipio de Benito Juárez.
Una recuerdo que va aparejado con momentos angustiosos vividos por la familia Rebolledo Ayerdi, cuando su jefe, el doctor Federico Rebolledo Romero, ocupe la alcaldía de San Jerónimo en calidad de sustituto. Toma entonces la decisión de trasladar los despojos de aquellas tumbas al panteón municipal, haciendo públicas sus razones en un texto titulado Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.
Sólo un Galeana, de muchos en el pueblo, reacciona violentamente calificando la ordenanza como “profanación sacrílega”. Y peor aún, amenaza con ametrallar al alcalde y a quienes con él ejecuten la operación. Hay tensión en el pueblo, aunque no tanta por conocerse el carácter volátil del oponente. No obstante, la gente se abstendrá de salir de sus casas la noche en la que, alumbradas con hachones, se ejecuten las exhumaciones, final y felizmente sin ningún contratiempo.
(Por cierto, la casa de Juan José Galeana, protector de la orfandad de su sobrino Hermenegildo, fue derribada para sorpresa del INAH, que la consideraba monumento histórico. Se localizaba precisamente frente a la parroquia de San José, y desde la cual “el Galeana aquél” lanzaría su ataque. A propósito de don Hermenegildo, considerado por Morelos como su brazo izquierdo –Morelos tenía en Mariano Matamoros a su brazo derecho, por su inteligencia y preparación, y en Hermenegildo a su brazo izquierdo, por su valor y arrojo–, nos enteramos apenas de que su única unión conyugal fue con una dama de apellido Ayerdi, de Atoyac de Álvarez. Lastimosamente, sin descendencia.

San Francisco

La superficie destinada al panteón de San Francisco no fue producto de ninguna invasión o agandalle inmobiliario, luego tan comunes en el puerto. Habría pertenecido a don Gonzalo Mesía de la Cerda y Valdivia, con título de “marqués de Acapulco”, expedido por el rey Felipe V el 31 de mayo de 1711. El noble español abandona la ciudad dejando ese y otros bienes en calidad de mostrencos, luego recuperados por la autoridad municipal. La salida precipitada del aludido “marqués” se adjudicó a una sífilis galopante, premio bien ganado por su afición desmedida por las chinitas, las de Oriente y las criollitas.
De hecho, operarán dos panteones tan sólo divididos por una breve barda de adobe. San Francisco, destinado “a la gente decente” y San Esteban, exclusivamente para los pobres y entre ellos las etnias, lo que explica que en esa área nunca se construyeron monumentos, sólo cruces, permaneciendo hoy despejada. Una vez bajo la administración municipal, el panteón de San Francisco será bardado y sujeto a los dictados de la novedosa ley juarista. Riguroso, por ejemplo, el registro de la población ahí inhumada.
La primera cruz en la nueva etapa del piadoso sudario corresponderá a la niña Paulo (sic) Roberta Quiroz Abarca, de siete meses, inhumada el 1 de febrero de 1860. Nueve meses más tarde los acongojados padres de la menor, don Jacinto Quiroz y doña Susana Abarca vuelven al camposanto ahora trayendo el cuerpecito inerte de una segunda hija, Natalie Crispina, de “3 años, 10 meses, y 19 días”. La pareja no escatimará recursos para dar un bello sepulcro a sus dos angelitos arrancados por la peste. Las lápidas serán confeccionadas en mármol de Carrara por la famosa casa italiana de Carlos Bonfigli, resistiendo ambas hasta hoy la acción del tiempo y de los depredadores.
La primera inhumación adulta en el osario porteño se dará el 9 de abril, también de 1860: la de doña Gertrudis Lerma, originaria de Rosario, Sinaloa, víctima aquí de la malaria. Le seguirá la señorita Cleotilde Armijo, originaria de Petatlán, muerta el mismo día de su boda. Caminaba ella lentamente rumbo al altar mayor de la parroquia de La Soledad. “¡Que chula niña y que vestido tan elegante”!, cuchicheaban las beatas. El novio esperaba nervioso junto al sacerdote; era capitán del Ejército federal, vestido de gran gala. Sucederá fatalmente que, a la mitad de su recorrido hacia el altar mayor, Cleo “cae súpita, como tocada por un rayo”, según testimonio de la feligresía. “Fue la cólera”, diagnosticó enseguida la acongojada concurrencia. El novio, revelado poeta, le dedicará este epitafio:

Cleo llegaba al altar,
feliz esposa,
allí la hirió la muerte,
aquí reposa.

Siglo XIX

También habitarán el camposanto durante el siglo XIX Emilio M. Link, californiano fundador en 1858 de la Botica Acapulco, con operación secular en el puerto; don Domingo Balboa Berreatúa, autor en 1850 del pozo de agua en torno al cual se funda el popular barrio de La Poza. Cecilia Funes Mazzini (1887), Josefita Navarrete (1898), Cecilia Villalobos (1895), Macario Galeana (1846), Felipe Reséndiz (1846), Flora Ríos (1898), Ignacia Villamar Posada (1897) y Jesús Vejar (1897). Este último, constructor y concesionario del primer quiosco en la plaza Álvarez.
Doña Benita Nambo Guzmán (1892), casada con el desterrado príncipe heredero del reino de Portugal, Juan de Borbón, eludiendo aquí la persecución de sus parientes golpistas. Para asegurar su incógnito, Don Juan utilizará únicamente la H de su apellido Henríquez, acompañándola con la palabra Luz, tomada de su logia masónica, Los Caballeros de la Luz. Inaugura con tal ardid la amplia descendencia porteña que lleva hoy el apellido H Luz. A él se le acredita la apertura con sus propios medios de la calle Barrio Nuevo (IMSS).
John Sutter, primer cónsul estadunidense en Acapulco. Sus cenizas fueron exhumadas en 1962 para ser llevadas con honores a la ciudad de Sacramento, California, reclamado como su fundador. El alcalde Ricardo Morlett Sutter, su descendiente, encabezó el viaje a bordo de una fragata de la Marina estadunidense. Aquí quedaron los hijos Carlos Alfredo y Arturo.

Teatro Flores

El incendio del Teatro Flores la noche de su inauguración (14 de febrero de 1909) es sin duda la tragedia más dolorosa en la historia de Acapulco. Construido de madera en la calle Independencia, atrás de la parroquia de la Soledad, la sala exhibía aquella noche una serie de cortos cinematográficos. La novedad atrajo gente de ambas costas, logrando un aforo con el público local de más de mil personas. La canasta que recibía la película se incendia por combustión espontánea y convierte al teatro en una hornaza. Cuando la caseta de proyección cae sobre la única entrada-salida, se cancela la posibilidad de salvación para nadie, aunado al desplome del techo de tejamanil. El Ayuntamiento no exigió las medidas de seguridad pertinentes porque la sala era de Matías Flores, hermano del gobernador del estado, el coronel Damián Flores. Este y el alcalde habían inaugurado la sala, pero no se quedaron a la función porque hacía mucho calor.
El sepelio de las víctimas fue para los porteños una jornada colectiva de pena, angustia y mucho dolor. Ante la desgracia estuvieron presentes, siempre solidarios, los entonces disminuidos cuatro mil habitantes de Acapulco. Marcharán una y otra vez formando dramáticos cortejos, silenciosos la mayoría, musicales otros, hacia el panteón de San Francisco. Cada peregrinación fue precedida por una carreta jalada por bueyes y cuatro carretones por mulas, recolectores cotidianos de basura, conduciendo los despojos humanos, todavía humeantes, hacia su última morada.
La Güera Leandra, una mujer muy popular en la ciudad, por simpática e irreverente, se convertirá aquel día en símbolo solidario y abnegado de los acapulqueños. Transida de dolor, la mujer caminó una y otra vez detrás de las carretas como si acompañara a sus propios hijos. Antes, durante el fuego, había logrado con riesgo de su vida poner a salvo a media docena de personas. Aquellos cuerpos empequeñecidos por el fuego serán arrojados sin ningún protocolo a un zanjón abierto debajo de un trueno. Un cura musitará una y otra vez aquello de “polvo eres y en polvo te convertirás”. Muchas casas de la ciudad no volverán a abrir sus puertas jamás. El recuerdo de la hecatombe perdurará durante años. Las autoridades municipales dedicarán un monumento como “Homenaje a las víctimas del 14 de febrero de 1909 en el Teatro Flores de Acapulco”.

Los Uruñuela

El monumento más grande y lujoso del San Francisco fue la capilla de la familia Uruñuela (aún enhiesta), ricos comerciantes de origen hispano. En ella descansarán a partir de 1903 don Constantino Uruñuela, doña Luz Elliot de Uruñuela, doña Agustina Elliot y don Nicolás B. Uruñuela. Este último será presidente municipal de Acapulco en 1910 y más tarde diputado local.

Juan R. Escudero

El 21 de diciembre de 1927 es otra fecha aciaga para Acapulco. El asesinato del presidente municipal Juan R. Escudero junto con sus hermanos Francisco y Felipe, conturba al puerto y al país entero. Su sepelio en el panteón de San Francisco será una muestra impresionante de dolor popular. Nuestro máximo héroe civil será trasladado en los años 80 a la Rotonda de las Personas Ilustres en Tlacopanocha. Sus hermanos siguen en el panteón.

Más acapulqueños

El doctor Roberto S. Posada falleció el 11 de octubre de 1897 y un Acapulco dolido lo lloró reconociendo su entrega al servicio de los más necesitados. Su nombre lo lleva la calle donde estuvo ubicado su consultorio. Pablo G. Bermúdez (1901), Aarón Simón Funes (1901), Bolo Von Glumer, padre de la notable educadora acapulqueña Bertha (1902); Carlos Adame, padre del homónimo primer cronista de Acapulco (1909); Guadalupe Sutter (1916); Antonio Pintos Sierra, alcalde de Acapulco hasta en cinco ocasiones (1919); Rodolfo Neri, ex gobernador de Guerrero (1921); coronel Valeriano Vidales, autor con su hermano Amadeo del Plan de El Veladero (1922); Carmen Álvarez (1932); Ramona viuda de Pegueros (1935); Benicha Tellechea (1937); Aristeo Lobato (1942); Amador Estrada (1942); Andrés García (1942); José Sabah (1943).

Felipe Valle

El maestro Felipe Valle, notable educador colimense, ex gobernador de Colima y alcalde de Acapulco (1928); Reginaldo Sutter (1941); Isauro Polanco, destacado violinista y director de orquesta (1945); doña Vicenta Paco de Diego, tronco de una gran familia acapulqueña (1943); Ludwig, Hermilio y Lourdes Walton, bisabuelo, abuelo y hermana de Luis Walton Aburto; Emilio Casis (1924); Ramiro de la O Téllez (1946).

María de la O

Fue la de doña María de la O la última inhumación en el panteón de San Francisco, no obstante tener el osario casi una década fuera de servicio. Se cumplirá el deseo de la dama de descansar junto a su esposo Antonio Rodríguez Castañón. Veinte años más tarde la separarán de él para llevarla a la Rotonda de las Personas Ilustres, de Tlacopanocha.

Las Cruces

Cuando el alcalde José Ventura Neri pone en servicio en 1947 el cementerio de Las Cruces, sufre el rechazo popular por su ubicación. “Está en el quinto infierno”, señalaba la gente. El de San Francisco alargará entonces su existencia hasta la sobresaturación. El primer habitante de Las Cruces será también un menor, el niño Antonio Canales Ramos, de seis meses, hijito del doctor Arturo Canales y señora.

 

Acapulco, las costureras

Costureras y modistas

La diferencia entre una costurera y una modista radica en la complejidad de sus habilidades. La costurera se enfoca en la labor de coser piezas de tela, mientras que la modista diseña y ajusta patrones. Ambas actividades requieren destreza y precisión pero cada una aporta singularidades en el marco de la moda y la confección La modista es la mente creativa detrás de las prendas mientras que la costurera es la maestra de la puntada perfecta. Ambas son indispensables para la materialización de una pieza única y hermosa.
Cierto hoy, porque antes las cosas eran diferentes. Las costureras de Acapulco ejecutaban esas y otras muchas tareas . Diseñaban y cosían lo mismo un par de pantaletas que un elegante vestido de novia, y qué decir de los vestidos de princesa para los bailes de pomada.
La mitad del siglo XX traerá una auténtica revolución en la materia, dejándose atrás pom-pas y rigideces. Desaparecerán las cinturas de avispa, las caderas rotundas y las hombreras de jugador de futbol americano. Los años 50 serán saludados por damas que visten ropa ligera, cómoda y juvenil, dándose muy pronto el adveni-miento de la minifalda, tan bendecida como demonizada.
Aquí, como en el resto del mundo, no hubo concesiones en materia de vestuario femenino, especialmente para las grandes ocasiones. Será complicado en grado sumo (un fruncido aquí, el drapeado acá, etcétera) pero al final surgirán piezas igualitas a los ilustradas en los figurines consultados, preferentemente los venidos de Francia. Serán estos la Biblia de las costureras.

Las costureras

De acuerdo con la voz popular, las mejores costureras del viejo Acapulco fueron doña Antonia Castillo de la Peña (madre de Gloria, política y socialíté, y Joaquín, maestro de deportes) y doña Julieta Méndez. Ambas confeccionaron los más elegantes y sencillos vestidos de novia de su tiempo. Cuando el proceso era largo, doña Antonia vigilaba que la pancita de la novia no creciera y en caso positivo abandonaba la tarea.
Más acá, las costureras de moda fueron doña Pina Durán, doña Luisa Lluck y doña Donaciana Berdeja, conocida popularmente como doña Chana, cuyas creaciones recibían comentarios de ser mejores que las de las dibujadas en los figurines o revistas de modas. De ahí la mucha clientela que tenía, tanta que resultaba un privilegio su atención
Ora sí que más acasito, se citaban como magas del hilo y la aguja a doña Elvia, viuda de Pancho Galeana, y doña Lita Bello Ruiz, hermana de monseñor Rafael, primer obispo de Acapulco.
Fueron varias las costureras del puerto que laboraron por mucho tiempo en las empresas Casa de la Novia y Casa Teresita y otras empresas del área del mercado central. Ambas satisficieron la demanda local de ropa cotidiana y principalmente trajes de novia . Esto sucedía a muchos años del espectacular diseño del vestido nupcial con “escote de pico , grandes volantes y mangas de farol”. El mismo que lució Diana, en su boda con el príncipe Carlos de Inglaterra, el mismo tipo que más tarde se aficionará a las viejas feas y guangas , como decía el columnista aquél.

El vestido de Liz

Elizabeth Taylor nos visita 1967, como había hecho en diversas ocasiones, tantas que había conseguido que el sol acapulqueño no fuera agresivo con su hermoso rostro. Se trataba esta de una visita muy especial, pues venía a casarse por tercera ocasión, esta vez bajo la protección de las leyes mexicanas. El novio era el estadunidense Mike Tood, productor de la cinta La vuelta al mundo en 80 días, en la que Mario Moreno Cantinflas se universaliza en su papel de Paspartú y quien será el único testigo en el acta matrimonial.
El vestido de Liz era de seda blanca y en lugar del velo tradicional lucía una glamurosa capucha del mismo color. Un ajuar diseñado por la modista Helen Rose, de la Metro Goldwin Meyer, misma que un año antes había diseñado el vestido de Grace Kelly, para su boda con el príncipe Rainiero III de Mónaco. Una chulada, se dijo, aunque todas las miradas enfocaron hacia el anillo de 240 mil dólares, en el anular de la novia.

El acta de divorcio

Mario Moreno Cantinflas creyó que con su sola presencia allanaría las exigencias legales del Registro Civil de Acapulco, en este caso el acta de divorcio de la novia, casada con el actor inglés Michael Wilding (Waterloo) . La actriz solicita a su exesposo el documento y este se ofrece incluso a traerlo puerto… siempre y cuando la recompensa valiera la pena (200 mil dólares y la casa que ambos habían habitado). Wilding traerá personalmente el documento, pero se negará quedarse a la boda, por el calorón.

Tercera de ocho

La tercera de las ocho bodas de Elizabeth Taylor se celebra en los jardines de la residencia del expresidente Miguel Alemán Valdés y los invitados serán contados entre familiares y amigos. Figura como padrino el célebre cantante Eddie Fisher, amigo íntimo del novio, en tanto que su esposa, Debbie Reynols, actriz y cantante, aparece como única dama de honor.

Así fue

A falta de invitación, nos servimos de la crónica de una revista de las llamadas del corazón:
“Decenas de antorchas de querosene iluminaban los jardines de la residencia y en el centro una tribu de indígenas ejecutaban danzas típicas. Los invitados, por su lado, disfrutaban del caviar, la langosta, los langostinos y la cochinita asada. Un grupo de músicos itinerantes tocaban y cantaban. El remate de la fiesta fue un castillo de fuegos artificiales y una serie de cohetes amarillos que dibujaban en el cielo las iniciales MT y ET. Mario Moreno Cantinflas, el padrino de la boda, fue aclamado como el autor de la pirotecnia

Mike Todd

Fue en su cinta La vuelta al mundo en ochenta días en la que su productor Mike Todd, universaliza la imagen del célebre cómico mexicano Cantinflas, más nunca su locución. Ofrece en ella la muestra del sistema cinematográfico llamado Todd-AO, con pantallas enormes, que revolucionará la industria fílmica universal. La cinta confirmaba su admiración por México, toda vez que en 1944 produjo en Hollywood un musical titulado Mexican-Hayride, con canciones del genial Cole Porter.

La tragedia

Mike Todd muere al desplomarse el avión en el que viajaba con destino a Nueva York, donde recibiría un premio por ser un innovador del cine universal. Su viuda, Elizabeth Taylor, con quien se había casado un año antes en Acapulco, se manifiesta inconsolable y a lo mejor era cierto. Luego acostumbrará visitar casi diariamente la tumba de su amado, cubriéndola con rosas de talle largo.
Lo amigos del matrimonio se unen para acompañar a Liz en su profundo dolor, hasta que un día logran una sonrisa de ella. El cuasi milagro se adjudica al cantante Eddie Fisher, el mejor amigo del difunto, ídolo juvenil de los años 50 con millones de discos vendidos. La esposa de este, Debbie Reynolds, la única dama de honor del enlace, muy pondrá al marido frente ante la disyuntiva clásica: “ella o yo”. La respuesta del marido será la invitación a su boda con su amigaza Liz Taylor, en un templo judío de Las Vegas. Y era que la señora había adoptado la religión del marido.

 

Acapulco, los sastres

Sastres anónimos

Los sastres de Acapulco tuvieron un momento consagratorio cuando su ropa gozó de merecida fama en buena parte del mundo, elogiada por su corte, confección y acabados perfectos. Nada de “sácale tantito aquí y métele un poquito allá”, el entallado perfecto. Sastres anónimos y empleadores famosos.
Pantalones y camisas made in Acapulco colgaron en los armarios de figuras mundiales del arte, el espectáculo e incluso de la nobleza europea. Estarían entre ellos las grandes estrellas del cine bautizados como la pandilla de Hollywood, mismos que adquirieron en 1954 su propio hotel para venir al puerto cuando se les antojase. El hotel Flamingos fue en realidad para los pandilleros un club que aseguraba la siempre reclamada privacidad por cada uno de ellos:
Johnny Weismuller (Tarzán y las sirenas, filmada aquí) –quien vivió en una suite del hotel llamada Casa Redonda y años más tarde se muda a su residencia en la playa Mimosa. Aquí muere en 1984 y es inhumado en el panteón Jardines del Tiempo–; Fred Mac Murray, John Wayne, Red Skelton, Cary Grant, Roy Rogers, Richard Widmark, Errol Flynn, Orson Wells (La dama de Shangai, filmada en la bahía) y Rex Allen.
Por lo que hace a la nobleza, este dicho se sustenta en ocasión de la visita del príncipe Bernardo de Holanda al sastre de Hilario Martínez, El perro largo. El esposo de la reina con nombre de sopa, Juliana de Holanda, pide unos pantalones de su talla, no como los guangotes que le confeccionan los kleemarkers de la Corte. ¿Será guaca?, comenta el Doguito jocosamente.
No siempre bien remunerados, los sastres porteños producirán miles de piezas “anónimas,” sólo amparadas con las etiquetas de grandes almacenes y tiendas famosas.

Los sastres del XX

Los pocos sastres del pasado, los del siglo XX, por ejemplo, tuvieron la necesidad de dominar la costura no sólo para pantalones, camisas y shorts de telas ligeras, sino para trajes completos –pantalón, saco, chaleco y camisa– generalmente de casimir. Sus usuarios permanentes, incluso durante las canículas, fueron funcionarios públicos y los alcaldes la noche del Grito. Los niños y jóvenes eran de playera y “chor” (short) mientras que muchos más disfrutaban la vida totalmente chirundos, oséase, sin ropa alguna.

Alcaldes sastres

Don Heriberto Tapia alternó hasta en dos ocasiones el pedaleo de la Singer con los avatares de la presidencia municipal, hasta en dos ocasiones. La primera en 1924, sustituyendo al defenestrado alcalde Tomás Véjar Ángeles y la segunda a Miguel P. Barrera, sastre como él, militante del partido de Juan R. Escudero. Don Miguel vivió siempre en el barrio del Teconche y nunca colocó cierres metálicos en los pantalones . “No quiero andar en tribunales cuando algún caballero se agarre ‘su cosita’”, explicaba.
Por su parte don Heriberto Tapia, padre del popular Lito Tapia, también sastre, famoso con su bien conservada residencia de adobe en Roberto Posada, convertida hoy en restaurante llamado precisamente La Casa de Lito. De rechupete el aporreadillo, el chorizo y el café de Atoyac (¿de dónde si no?).

Rosaluz y Pepe

Sastre con mucha fama en los años 80-90 fue el hispano Francisco Gámez, propietario de la sastrería México, en el centro citadino, especializado en uniformes escolares y militares. Creador de una camisola estilo guayabera de tela blanca muy fresca, manga larga y cuatro bolsas, diseñada para el alcalde Israel Hernández Ramos. Vistiéndola, coincide en un acto oficial con el presidente José López Portillo y este se la chulea:
–Muy bonita y elegante su camisola, señor alcalde. Le ruego me haga llegar más tarde la dirección de su sastre.
–Es de aquí mismo, señor presidente, y con mucho gusto le haré llegar su domicilio.
Una semana más tarde se recibe en la residencia oficial de Los Pinos un paquete que, por provenir de Guerrero, alerta y moviliza a la guardia presidencial. “¡Nada peligroso, son seis camisolas de algodón!”, será el reporte luego de una complicada detección electrónica.
Para hacerlo, el alcalde petlateco de Acapulco había solicitado el auxilio de Rosa Luz Alegría, secretaria de Turismo, ello para conocer la talla exacta del “presidente cachondo” (como le llamaban en La Banca del Zócalo). La información sobre las “medidas exactas” del mandatario las recibe telefónicamente el sastre Gámez, quien, en un momento dado, tendrá que atajar a la bella dama con un angustioso:
–¡Con estas medidas me bastan, señora secretaria!

Sastre regidor

No obstante su origen hispano, con participación destacada en la Guerra Civil de su país, Francisco Gámez ocupará una regiduría en el Cabildo porteño y era que , sin duda, hilaba fino. Tanto que también fue diseñador de las camisolas del gobernador José Francisco Ruiz Massieu, estas de manga corta y color beige. Mismas que, quizás por razones de seguridad, usaban los custodios del mandatario.

Sastrería Tijuana

Histórica la sastrería Tijuana, en Valdez Arévalo, frente a la arena Coliseo, a la que durante medio siglo le dieron lustre maestros como Mario Ramírez Trejo, Juan Villalobos, Jesús Villatorres y José Gama Torres, su propietario. Este tuvo como clientes al alcalde Alfonso Argudín, al compositor Roberto Cantoral y al célebre buzo porteño Alfonso Arnold.

Acapulco Tropical

El maestro Gama recordaba con orgullo haber tenido como magnífico pantalonero a Walter Torres, su pariente, quien un día cambiará la Singer por la conga. Saltará más tarde a la dirección del conjunto Acapulco Tropical, que en poco tiempo hará bailar a todo México con su Cangrejito playero. Grupo menospreciado hasta el insulto por los musicólogos, mientras muchos otros miles repetirán una y otra vez aquello de qué bien que toca Acapulco Tropical, celebrando los miles de discos vendidos.

Tin Tan

El maestro Pepe Valdez, de la colonia Progreso, adquirió celebridad entre sus pares por ser el sastre acapulqueño de Germán Valdez Tin Tan. “No soy yo, se disculpaba Pepe: es él quien exige los pantalones tan guangos”. El cómico , por cierto, tenía su residencia en la calle Tlaxcala, al fondo de la glorieta de los Niños Héroes, vecino de Ramiro Reyna y su restaurante Sevavep, recaladero de compositores, músicos, cantantes, poetas y periodistas. Salud, familia.

Pedro Kuri

Recordamos a Jorge Prado, cortador de su propia sastrería, con quien coincidíamos en la degustación de café turco servido por don Pedro Kuri, en su tienda Driles y Casimires. La única, en opinión de Francisco Zambrano, donde se podían encontrar los mejores casimires del mundo, además de todos los implementos para una sastrería.

Sastre y saxofonista

Tal lo fue Jesús Chucho Donjuán, con grado de excelencia en ambos campos. Formó parte de la orquesta de don Beto Escobar, que lo mismo tocaba en los bailes de La Quebrada, que en desfiles militares, pasodobles de la plaza de toros y valses en los acompañamientos al campo-santo. Papá de la amigaza Norma Donjuán Velarde.

Saqueros

Los saqueros eran los sastres especializados en la confección de los sacos para vestir formalmente, recordándose entre ellos al señor Roldán y a Julio La Rana. Otros personajes en el recuerdo de los sastres jóvenes son Emilio, propietario de la tienda Emil y Benny Garza, cuya tienda de ropa se localizó en el edificio Oviedo.

 

Luis Nicolás Guillemaud: El francés bueno

Residente acapulqueño

Luis Nicolás Guillemaud fue un ciudadano francés residente en Acapulco en la mitad del siglo XIX , dedicado a la medicina, la educación y la política. Insólito firmante de la primera Constitución Política de Guerrero, como luego se explicará.
Nace en 1810 en Cluny, Francia y será en París donde haga sus estudios de medicina, no concluidos porque un buen día se le atraviesa un nombre para él irresistible: México. Cumplidos 19 años se enrola en una aventura colonizadora patrocinada por la Compañía Europea de Tehuantepec, cuya oferta de “tierra prometida” lo entusiasma como a muchos otros jóvenes del Viejo Mundo. Luis Nicolás aborda el trasatlántico La Joven América (27 de noviembre de 1829), cuyo destino es México, el puerto de Veracruz.
La tierra a la que llega el joven francés no es la de promisión imaginada y entonces, luego de vagabundear por la región, decide viajar por todo el país. No irá lejos, porque en la ciudad de Oaxaca es sujeto de una experiencia singular. Su acento francés subyuga al fiscal de la Corte de Justicia quien, por ese único hecho, lo hace su secretario particular. Muy pronto, Luis Nicolás se fastidia de llamar monsieur a un indio zapoteco y huye.
Será en las tierras michoacanas, a las que lo ha llevado su ya irrefrenable vagabundez, donde un franchute asimilado lo convenza de que en este país sólo hay un lugar para él: Chilapa y hacia allá encamina sus pasos. Y en efecto, Chilapa será la tierra que hasta entonces le ha sido negada. Tan es así que dos años más tarde funda el Colegio Minerva, para la enseñanza de primaria de niños y niñas, reforzando su liga afectuosa con una comunidad solidaria. Entre sus primeros alumnos figurarán los hijos de los extranjeros radicados en la ciudad. (Colegio Minerva, hoy, 200 mil egresados en 80 años).

La familia Guillemaud-Astudillo

Guillemaud contrae matrimonio con la señorita Manuela Astudillo, perteneciente a una de las familias más distinguidas de Chilapa. Con ella procreará seis hijos: Matilde, Eduardo, Gerardo, Protasio, Luisa y Esteban.
Ligado a la política desde su arribo a la población conventual, el médico galo llegará a ocupar en diez años tres escaños en la Legislatura guerrerense. En uno de ellos participará en el Congreso Constituyente que promulga en Tixtla la primera Constitución Política de Guerrero. No tendrá objeción de firmar porque ya posee la nacionalidad mexicana. Más tarde será magistrado del Tribunal Superior de Justicia.

La invasión francesa

El arribo de los Guillemaud Astudillo a este puerto, el 10 de enero de 1863, coincide dramática y peligrosamente con el primer ataque de la flotilla francesa sobre la ciudad. Sólo viaja con él Matilde, la hija mayor, y ambos son acogidos por el propio alcalde de la ciudad. El resto de la familia esperará a que los galos sean echados
La flotilla francesa está integrada por las naves Palas, Diamante, Cornelius y Galatea, al mando del almirantes Bonet. Es tal la intensidad y el poder destructor de su ataque que sólo en dos horas acallará a las defensas porteñas. Los fortines localizados en torno a la bahía bautizados con los nombres de Guerrero, Morelos, Iturbide, Hidalgo. Unicamente el Álvarez quedará activo pero con respuestas esporádicas.

El buen francés

El número de bajas civiles será insignificante gracias a la ya vieja costumbre acapulqueña de refugiarse en los cerros ante la inminencia de cualquier peligro. Acapulco no tendrá traza de haber sido una ciudad, pues la destrucción es total, particularmente la del comercio. Y es aquí donde surge el nombre de Luis Nicolás Guillemaud, designado por el alcalde como encargado de cuantificar los daños y pérdidas sufridas por los porteños.
Al día siguiente, el fuego de la flotilla francesa se iniciará a las 6 de la mañana para terminar a las 5 de la tarde, con reloj en mano. Las respuestas del fortín Álvarez serán cada vez más débiles y espaciadas. Los cañones franceses reanudan sus andanadas el mediodía del día 12 de enero para repetirse a las 4 de la tarde. Luego, el silencio. Los gritos de júbilo provenientes de los cerros anunciarán la salida de las naves agresoras, para perderse luego en el horizonte.

–Ya me acostumbré a recibirlas, decía el francés sobre las mentadas de madre en francés, incluso por los niños.
“Por lo demás, yo ya no soy francés, soy puro mexicano”, sostenía . Todo acoso terminará cuando se popularice su mote de El francés bueno, aplicado por un grupo de madres de familia luego de conocer a sus paisanos.

¡Merde!

Tres meses más tarde penetran a la bahía de Acapulco tres nuevas embarcaciones ondeando la bandera de Francia, esta vez con sus cañones silenciados. Desembarcan aquí a un numeroso grupo de soldados argelinos pertenecientes a la brigada Doway, afamada de ser, además de los mejores guerreros del mundo, los más crueles y sanguinarios. Con todo y eso venían huyendo de las fuerzas del gobernador de Guerrero, general Diego Álvarez, hijo de don Juan, con las que se habían topado en el cercano cerro del Peregrino.
Todo había empezado con un reclamo estúpido del almirante Bonet, quien exigía al gobernador Álvarez el desmentido de una nota aparecida en un periódico de Acapulco. Nota que ofendía el honor del general Gilardi, comandante de la ocupación anterior de Acapulco. Se le acusaba de “haber desartillado un barco mexicano para luego echarlo a pique”. ¡Mensonges mille fois mensonges!, (menti-ra, mil veces mentira) brama Bonet para poner enseguida un plazo de tres días para el desmentido o abrirá fuego sobre Acapulco.
–¿Y yo qué tengo que ver con esas pendejadas? –pre-gunta indignado el hijo de don Juan Álvarez. Nada tengo que ver ni he tenido con ningún periódico y jamás he leído el mentado Chaleco, como dicen que se llama. Pretextos, puros pretextos de esos maricones.
Finalmente, las cosas no llegarán muy lejos gracias a un militar francés que hace llegar al mariscal Bonet un ejemplar del diario El Chaleco. No editado en Acapulco ¡en la ciudad de Lima, Perú!

Pan de pata

En aquellos días aciagos de la ocupación francesa, Luis Nicolás Guillemaud tendrá sin embargo encuentros felices, como será el que tenga con el auténtico pan francés, de toda su infancia. Las crujientes baguettes, los irresistibles croissants, el brioche y el rissole horneados aquí sólo para consumo exclusivo de las tropas francesas de ocupación. No obstante, los tahoneros militares se darán sus mañas para hacerlos llegar al mercado local. Muchos consumidores vomitarán cuando conozcan el proceso de panificación.
Harina, agua y levaduras se vaciaban en una batea de gran tamaño para ser amasados no manualmente, sino con el brincoteo de la soldadesca con los pies desnudos, bautizado justamente por los acapulqueños como “pan de pata”.
El 7 de abril de 1863, don Luis Nicolás es nombrado juez de primera instancia del puerto y a mediados de ese mismo mes viaja a la hacienda de La Providencia, llamado para atender de una leve dolencia al general Diego Álvarez, en cuya residencia saluda a su viejo amigo y colega Ignacio Manuel Altamirano, acogido con su madre por la familia del creador del estado de Guerrero.
Pocos meses más tarde el médico francés se reunirá con su esposa e hijos..

Su muerte

Carlos E. Adame hace en uno de sus libros una reseña cronológica de la enfermedad que llevó a la muerte al francés bueno.
Amanece el 30 de mayo de 1864 con una severa hinchazón en la muñeca, manos y pies. La hinchazón cede un poco el 27 de junio y el personaje se dispone a normalizar su vida. El 8 de septiembre sufre una severa recaída, Los cuatro médicos que lo atiendan diagnostican: la fiebre ya le atacó el cerebro. Muere a la medianoche del 12 de ese mismo mes .

Acapulco

El maestro Ignacio Manuel Altamirano le escribe en Acapulco una carta a su amigo Guillemaud y en ella le dice:
“No pocas tardes me he ido a La Quebrada desde donde se descubre todo el mar en su magnífica grandeza y ahí me he estado algún tiempo con los ojos fijos en esa llanura solitaria, oscura, alumbrada apenas por la luz crepuscular de la tarde. Y crea usted, amigo Guillemaud, que mi frente se ha encendido, que mi pensamiento se ha recogido religiosamente y no ha tenido inspiración poética, sino que he reclinado la cabeza sin tener valor para murmurar más que algunas frases humildes”. (Fragmento).

 

Acapulco, su gente X

La Banca del Zócalo

Con tal nombre se conoció aquí a un grupo de varones reunidos todas las noches en torno a una banca del jardín Álvarez y cuyo único propósito era comentar los sucesos del día. Comparada por algunos con el Ágora ateniense por sus libérrimas opiniones, ácidas críticas y el uso certero de la ironía.
A partir de su creación, la Banca del Zócalo se convirtió en un eficaz termómetro consultado por los hombres del poder político. No faltará por ello el alcalde que instale para ellos una banca de granito, en lugar de la tradicional de cemento, con una placa de bronce que la identificaba. La respuesta fue el esperado agradecimiento de los banqueros pero sin faltar una advertencia: “que no crea el señor presidente municipal que con esa ‘cosa’ nos va a cerrar el pico”.

Los banqueros

Entre los banqueros históricos figuraron Constancio Martínez Ramos, líder obrero implacable contra negreros, déspotas y corruptos; Julio Diego y su lucha por los trabajadores del mar; Patricio Escobar y sus anécdotas con Juan R. Escudero, cuyo cadáver le tocó recoger de su cadalso, acompañado por un grupo de valientes mujeres; José O. Muñúzuri, periodista que tuvo que huir de la ciudad por publicar un reporte meteorológico que no le gustó al Capitán de Puerto; Galo Castillo y su lucha tenaz en favor del astillero de Tambuco.
Juan Castañón, bigote kaiserano, pistola al cinto y fuete en la mano. Un día no tendrá tiempo para sacar su forty-five, muriendo acribi-llado por lanzar un piropo a una mujer ajena… Jesús de la Basterra, jovial y dicharachero… Roberto Maya Torreblanca, El Gayso, taxista y “amigo de Donato”, el secretario de la Presidencia, Miranda Fonseca, al que Díaz Ordaz la ganó La Grande nomás por un “hocico”… Y la simpatía inigualable de Milo Fares y sus frecuentes visitas a La Tahuer (La Huerta, pues) y su aventura con una Tintorera que estuvo a punto de cortarle el dedo meñique”.

Intifíquese

La Banca del Zócalo contó siempre con un poderoso equipo jurídico para entrar en acción ante posibles demandas judiciales. Lo integraban Pedro Terán Mendoza, Rafael Saavedra, José Murillo Novelo, Jesús Cruz Manjarrez y Manuel Añorve López. Este último hacía las veces de “niño artillero” a cargo de la pirotecnia usada para los festejos bancarios. Una noche, luego de tomar posesión como alcalde de Acapulco el doctor Ricardo Morlet Sutter, visita la Banca y Añorve lo recibe con el estallido de cohetes y cohetones. A Rico no le hace gracia la recepción, por lo que, medio en serio, medio en broma, ordena al policía del parque aprehender al cohetero.
–¿Y usted quién es para darme órdenes? –increpa el uniformado
–¿No me conoces, verdad? ¡Soy Ricardo Morlet Sutter, presidente municipal de Acapulco, tu nuevo jefe!
–Para empezar , señor como se llame, si no se intifica será poco el caso que yo le haga, así me diga que es el presidente de la República… ¡Intifíquese, señor, intifíquese!
Una carcajada general hará trepidar la Banca, dando tiempo al alcalde para salir por piernas.

Más banqueros

Uno de los banqueros más puntuales fue Tino González, peluquero de alcaldes y gobernadores (el gobernador Gómez Maganda fue su compadre), quien siempre eludió entrar en controversias para no hacer corajes. “Es que ceno aguacate todas la noches”, argumentaba… Desde su cine Salón Rojo, don Efrén Villavazo dirimirá con los banqueros un viejo litigio de cuando fue presidente municipal. “¡Ya cállense, pinches viejos mitoteros e hijos de María Morales!”. Cauto Nogueda Radilla, el creador de La Guaca o la mentira piadosa
Manuel Chito Ávila, siempre pulcro y perfumado: ¡por lo que pueda ofrecerse!”… Los más viejos banqueros habían saboreado las aguas frescas del Chino Rivera, ofrecidas por él mismo en el vecino kiosco del Zócalo . En su parte alta ofrecía serenatas dominicales la banda de don Chalo Polanco (padre de Leonel, la Voz de Los 3 Caballeros y Los Calaveras)… Allí mismo, El Güero Bermúdez narraba sus aventuras como vaporino de los siete mares. Así llamados los tripulantes de cualquier nave de vapor, distinguidos por balancearse al caminar y usar camisas floreadas de seda…También, puntuales, Alejandro Hudson Batani, Simón Funes Dueñas, José Camargo, José Isabel Moreno, Eligio Gómez y Lucio Lobato.

Los banqueros jóvenes

Por cierto, no todos los banqueros fueron “viejos mitoteros”, según la calificación general, los hubo jóvenes como Raúl y Andrés Pérez García, Leonardo Flores, Raúl Reducindo, Enrique Díaz Clavel y este escribano.

El Club de Columnistas

La presentación de este grupo singular la hizo originalmente el columnista histórico de sociales, Arturo Escobar . Hoy la repetimos:

“José Ventura Neri, recaudador de rentas de Acapulco, con la representación del gobernador del Estado, Caritino Maldonado Pérez; el alcalde Israel Nogueda Otero y el ingeniero Fernando Galicia Islas, gerente de Recursos Hidráulicos, asistieron como invitados de honor a la cena en el hotel Elcano para celebrar el nacimiento del Club de Columnistas de Acapulco” (1970).
“Tanto Ventura Neri como Nogueda Otero hicieron uso de la palabra para subrayar la importancia de esta clase de agrupaciones, subrayando el papel del periodismo en el engranaje de la vida política social del país y en particular de Acapulco. Ambos desearon una larga y exitosa vida a la organización periodística.
“Por su parte, el presidente del Club de Columnistas de Acapulco, Anituy Rebolledo Ayerdi, delineó los alcances y objetivos de la agrupación tanto en los terrenos profesionales como en la ayuda mutua. Luego presentará a sus integrantes:
“Alondra Ríos, Paty Martínez, Paquita Flores, Melánea Calderón, Enrique Díaz Clavel, Jaime Abarca Manzanares, Ismael Uribe Urzúa, Tadeo Arredondo Villanueva, Armando Pedraza León, Alfonso Ramírez Calleja, Jorge A. Villaseñor, Carlos Betancourt, Vicente Sánchez Arenal, Manuel Ávila González, Adolfo Soto Edwards, Rafael Castrejón Pérez, Ramón Guillén Salas, Rodolfo Salmón Macías, Armando Caballero Cisneros, Simón Castrejón Arriaga, Enrique Ramírez Ávila, Abel Sanromán, Andrés Bustos Fuentes, Abel Espinosa y Manuel Leyva Martínez (jefe de prensa del gobierno del estado).

La Banca y Alemán

El presidente Miguel Alemán pide durante una visita al puerto platicar con los banqueros del Zócalo, ello, en aras de conocer la realidad sobre lo que Acapulco piensa de él y opina de su obra. Reunión que tal vez no se dio pero que es utilizada por el mandatario para elevar aún más sus altos índices de popularidad y acogotar a sus operadores principales. El primero, Melchor Perrusquía, presidente de la Junta Federal de Mejoras Materiales. Un diálogo posible:
–¡No sabes, Melchor, la chinga que te pusieron los de la banca de Acapulco, con los que platiqué ahora que tú estabas fuera. ¡Pero qué chinga, hermano!
–Nada me extraña, jefe de esos pinches agiotistas, hijos de sus pinches madres! Malagradecidos, los cabrones, porque manejan las cuentas de la Junta, las mías, las de todos los funcionarios e incluso las de mis putitas, Miguel!
–Ay, Melchor, pero qué pendejo eres! ¡No tienes idea de lo que te estoy hablando! Y no la tienes, Melchor, porque vives alejado de la gente de Acapulco, gente que, como ninguna otra, podría orientarte para que tu trabajo resultase exitoso. ¡Acércate y escucha a los acapulqueños, Melchor, y nos va a ir mejor a todos!