Porteñas II

 

La Virgen de la Paz y la Salud

Michoacano con larga residencia en este puerto, don Felipe Espinosa se dedica a comerciar con vino transportando sus barricas, a lomo de mula, a partir de la capital novohispana.
Hombre devoto, adjudica el éxito de su negocio a su fe en la Virgen de la Salud, de Pátzcuaro, cuyas bendiciones se propone compartir con católicos de otras tierras.
Sin comentarlo con nadie, Espinosa descuelga de su dormitorio una imagen de la Virgen de la Salud, pintada especialmente para él. La envuelve en finos paños para dirigirse enseguida al muelle de la Nao de Manila. Sabe que ese día partirá un galeón y que no faltarán entre sus pasajeros frailes a quienes encomendar su santo encargo.
La encomienda la recibe, en efecto, fray Pedro de las Llagas, mismo que conduce la imagen hasta ubicarla en un templo filipino. Será adorada como Virgen de la Paz.

Las Cruces

El comisario del Santo Oficio, don Andrés Sánchez Covarrubias, acusa a un ciudadano francés, Bernard Cotaux, de un acto sacrílego para el cual no hay castigo que recomiende fuego. Lo envía entonces a los calabozos de la Real Fuerza (San Diego).
¿El delito del turista francés? Haber lapidado un símbolo religioso de los acapulqueños, a la entrada del puerto, hoy Las Cruces.
Un par de enormes cruces de madera pendiendo de una roca enorme, haciendo las veces de santuario y ante el cual los viajeros se santiguaban y prendían veladoras en demanda de un camino sin tropiezos. Quienes lo conseguían, regresaban para colmarlo de flores.
A Cataux, aquel altar le pareció grotesco y sin más arremetió a pedradas contra él, logrando desprender una de las dos cruces. Testigo único de tal agresión, un albañil que recogía varas lo detiene y conduce maniatado al tribunal del Santo Oficio. Pronto el francés se hará famoso como el loco de merde, su expresión favorita.
Pasado un año (20 de julio de 1712), el tribunal del Santo Oficio abrirá el expediente de Bernard Cotaux para dictar sentencia. Tan solo su expulsión de Acapulco.
–¡Si te veo otra vez por aquí –le advierte el comisario Covarrubias– te quemo, cabrón, igual como quemaron a tu paisana Juana de Arco!

Cotita de la Encarnación

El 6 de noviembre de 1638 se ejecutan en la capital de la Nueva España las sentencias dictadas por el Tribunal del Santo Oficio en contra de 15 varones encontrados culpables de sodomía. Catorce de ellos quemados en la hoguera y uno, por minoría de edad, a recibir 200 azotes y más seis años en galeras.
La mañana de aquel día –narra la crónica– la ciudad entera se agolpa en la ruta que llevaba al “brasero” de San Lázaro. Atestigua, burlona y soez, el paso de la cuerda compuesta por doce aterrorizados mocetones –indios y mulatos y dos adultos, un español magro de piel blanquísima y un mulato sobrados de carnes– ensogados todos ellos por el cuello y los tobillos.
El mulato gordo encabeza la procesión, quizás por ser el “alcahuete” mayor. Sus pupilos lo llaman “señora grande”, mientras que para su clientela amplísima era simplemente Cotita de la Encarnación.
Era Cotita –describe el cronista– el más educado y aseado de todos. Aparentaba unos cuarenta años y vestía siempre con ropajes indígenas. Ante la autoridad, dijo llamarse Juan Galindo de la Vega, quien, de acuerdo con las actuaciones procesales, resultará ser precursor en México de un sistema de comercio carnal entre varones. También era llamado Señora Grande, cuya oferta era discreción y pulcritud.

Cuiloni, cuiloni

Camino a una muerte crudelísima, los catorce sométicos (contracción esdrujulizada de sodomitas), marchaban como autómatas tras la guardia a caballo de la Inquisición. Vestían sanbenitos (enormes sacos de paño amarillo con cruces encarnadas, adelante y atrás), llevando en la mano derecha un enorme cirio verde, apagado. Durante todo el trayecto eran objeto de la befa y el escarnio del populacho.
¡Cuiloni, cuiloni, cuiloni, cuiloni! era el grito único, feroz y unánime de la muchedumbre envenenada. Cuiloni, a decir de Bernal Díaz del Castillo, fue la misma expresión usada por los mexicanos cuando corretearon a Cortés y a su tropa la noche en la que el feroz conquistador lloró como una auténtica mariquita

La fogata

La cuerda de sodomitas continúa por la calle del Reloj (hoy Argentina), pasa luego frente a la casa de la marquesa de Villamayor y toma la vía recta hasta la albarrada de San Lázaro.
Cotita fue la primera en pasar al horno y enseguida uno a uno de sus pupilos, hasta que ardieron todos ellos. Los alguaciles del Santo Oficio fueron los encargados de atizar los fogones y lo hicieron hasta el amanecer en medio de un alegre jolgorio popular.
Cotita hablará hasta por los codos. Revelará los nombres de por lo menos medio centenar de clientes, todos de la más alta jerarquía novohispana. Figuraron entre ellos personajes de la Corte virreinal e incluso uno que otro bizarro general del rey y sin faltar varones vistiendo ropajes eclesiásticos.

La enramada de doña Sebastiana

La enramada levantada por doña Sebastiana de Acuña en un predio frente a su residencia, calle de por medio, tendrá usos múltiples. Servirá lo mismo para la celebración de alegres fandangos que como sesteadero de recuas ¿y por qué no?, para que el señor de la casa, don Antonio Rodríguez, practique el vaivén ensoñador de la hamaca al que era adicto.
No se trata de ningún acto de paracaidismo, como los que harán famoso al Acapulco del futuro. La dama acapulqueña había adquirido el lote con todas las de la ley, pagando ducado por ducado a la sucesión testamentaria de don Antonio González, cuyo título de propiedad data de 1589.
Justa será entonces la indignación de doña Sebastiana, cuando reciba el documento oficial reclamando su propiedad . Lo hace uno de sus vecinos, el capitán Juan de Iturbe, quien pretende hacer valer sus derechos con un título con fecha posterior al de ella.
El solar en cuestión hace las veces de patio trasero de la casa del capitán Iturbe, con frente a la bahía. El área del litigio se ubicaría hoy en la manzana formada por las calles Benito Juárez, José María Iglesias, Costera y la plaza Álvarez.
Don Pedro Legorreta, Justicia Mayor de Acapulco, es un hombre preocupado por la convivencia pacífica de sus gobernados. Abomina los diferendos por sus efectos corrosivos para la comunidad, máxime que este caso involucra a dos familias distinguidas del puerto. Decide por ello aplicar en este caso la antigua justicia del agandalle, que él llama, quien sabe por qué, “salomónica”
Luego de una amplia exposición presumiblemente jurídica, frente a las partes interesadas, el Justicia Mayor concluye que el solar en litigio no será para ninguna de las dos partes en disputa sino que, por el contrario, pasará a formar parte de las reservas territoriales de la ciudad. Don Pedro Legorreta sostiene su argumentación ha-blando de la urgente necesidad de calles para Acapulco, ello como consecuencia de la rehabilitación del Camino de Asia (Acapulco-México), obra bendita del virrey don Luis de Velasco hijo.
Para no hacer el cuento más largo, el mismo día de la sentencia se derriba la enramada de doña Sebastiana, incorporando su superficie a la calle de San Juan (hoy Benito Juárez), comunicando a la Plaza de Armas (zócalo) con el barrio de El Rincón.

Puerta falsa

Don Miguel Gallo llega al puerto directamente de España. Viene a ocupar el cargo de Castellano de la Real Fuerza, Alcalde y Mayor, y Capitán de Guerra de Acapulco. Sustituye a Fabián Dávila Salazar, engarrotado víctima de artritis reumatoide, quien disfrutará por ello de una pensión por invalidez equivalente a 500 ducados al año. Este último había sustituido, a su vez, a don Antonio Poloy Navarro, muerto en circunstancias extrañas, hablándose entonces de hechicería. La habría aplicado el negro Mandinga para vengarse de Polo, quien había perjudicado a una de sus sobrinas, aunque no faltará la versión de suicidio ante un enorme faltante en sus cuentas.
Todas aquella versiones erizaban los pelos de la familia Polo y Navarro, pero particularmente la última. Y es que don Diego había sido ejemplo de honestidad y corrección administrativa, pero sobre todo porque el suicidio le deparaba irremisiblemente un lugar cercano al Maligno. Él, católico devotísimo.
Funcionarios de la Real Hacienda confirmarán, final-mente, que Polo había escapado por la puerta falsa al descubrir en sus cuentas un faltante de diez mil pesos. Un recurso que estaba destinado para artillar el fuerte de San Diego, única defensa de Acapulco contra los piratas, que será recuperado de los bienes del difunto.
Una pregunta circulará por mucho tiempo en el puerto: ¿en qué diablos gastaría tanto dinero un viejo tan agarrado, como lo era Polo?

Mariana de la Cruz

Antonio Hernández y Mariana de la Cruz deciden acallar con el matrimonio las condenas parro-quiales y las habladurías por tres años de amancebamiento. Se unen en la parroquia de Nuestra Señora de los Reyes y cuando la pareja se dispone a disfrutar de un luna de miel, nunca aplazada, surge un tropiezo para la dama.
Se le acusa anónimamente de bigamia ante el Santo Oficio y era verdad. Mariana había contraído matrimonio tiempo atrás con un esclavo de la familia Altamirano, de Michoacán, del que pronto se había separado. No acudió a la anulación eclesiástica porque no existía.
Llorando su vergüenza, Mariana camina rumbo a la hoguera de la Inquisición, localizada en el Fuerte de San Diego. Ni lo dramático y sobrecogedor de aquél cuadro serán suficientes para dominar la lujuria despertada por aquel cuerpo de formas rotundos apenas cubierto.

Porteñas

Carlos Trouyet

Un baldío localizado en Costera, Escudero y Morelos esperó por varios años la anunciada presencia de Sanborns en Acapulco. Llegará sólo cuando la cadena de tiendas y restaurantes esté en manos de Carlos Trouyet. Propietario, también, del hotel Las Brisas, cuya cruz monumental la recuerdan con sus hijos.
(Piensan como Carlos Marx, pero viven como Carlos Trouyet, se decía entonces de los comu-nistas snobs).
Tal predio, junto con el del edificio Abed, fueron sobrantes del antiguo y larguísimo palacio federal de un solo piso. Cuando se construya la nueva sede gubernamental, en tiempos del presiente Ruiz Cortines, la ingeniería moderna lo hará caber en sólo la mitad del espacio del anterior . Y es que todos los gobernantes mexicanos han sabido aprovechar las sobras para amasar fortunas trouyenescas.
El chilango que empezó como mensajero del Banco Francés de México y que llegará a poseer el suyo propio (Banco Comercial Mexicano), llega una mañana a su empresa acapulqueña. Llama la atención su aire despreocupado y una sencillez de trato que le permite moverse sin ayudantes. Trouyet mismo le abre una de las puertas giratorias al presidente municipal, Martín Heredia Merckley (1966-1968), invitado para el tradicional corte de listón inaugural. Trámite cumplido para que empiecen a correr las viandas exquisitas y los caldos generosos.
–Mi tocayo es más cabrón que bonito –comenta con su vecino el licenciado Carlos Iglesias Soto, presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje de Acapulco, invitado por aquello de las banderas rojinegras.
En rueda aparte, con la oficialidad, Trouyet reitera su fe en Acapulco y habla con entusiasmo sobre sus nuevos y grandes proyectos para consolidar su desarrollo. El presidente municipal lo felicita y le agradece
–¡Discúlpeme, señor presidente! –lo frena el anfitrión–, pero qué bueno que no trajo usted a su síndico, el mentado Rey Lopitos, porque a estas alturas ya me hubiera invadido la tienda. ¡Jajajaja!, ríen a carcajadas Trouyet y los suyos…
–¡Sí vino, señor! –ataja un alcalde preocupadísimo. Él me pidió venir deseoso de conocer al más generoso filántropo mexicano. ¡Le presento al señor López, señor Trouyet!
(¡En la madre, y ahora cómo salgo de esta!), pensará Trouyet y así reacciona:
–¿Quién dice que no conozco al señor López Cisneros? –exclama Trouyet imitando a San Francisco frente al lobo de Gubia. ¡Claro que lo conozco! ¿Quién en México no conoce a un personaje como este valiente luchador social? ¡Yo bromeaba, don Alfredo!, ¿eh?, nomás quería ver como reaccionaba ¿eh?, ¡Venga a mis brazos, amigo López!
Trouyet pedirá a don Alfredo que lo invite a La Laja y al día siguiente estará puntualito, confirmando su vocación altruista y solidaria. Se dijo entonces que la capilla del lugar habría estado entre las aportaciones del mecenas.

Cuauhtemanía

El descubrimiento de los restos del rey Cuauhtémoc en Ixcateopan, Guerrero, por la historiadora Eulalia Guzmán, el 26 de septiembre de 1949, despertó en el país un fenómeno llamado cuauhtemanía. El nombre del último emperador azteca será aplicado a niños de todas las clases sociales, rompiendo de esa manera prejuicios y tabúes seculares en torno a la raza primigenia.
Los bronces, el “único héroe a la altura del arte”, como lo calificara el poeta, honrará ciudades, calles, plazas, centros escolares, bibliotecas, etcétera. Bautizada con el nombre del Tlatoani , una gran empresa cervecera aprovechará el boom para identificar las virtudes de su producto con las del Joven Abuelo, facilitando de esa manera la apertura de mercados inéditos en cañadas y serranías.
Aquí, en Acapulco, producto de esa fiebre, la larga avenida Alvaro Obregón perderá ese nombre para adquirir el de Cuauhtémoc.
La cuauhtemanía tendrá su repunte en los años cincuentas, durante el gobierno del presidente Adolfo Ruiz Cortines quien, lleno de dudas sobre el particular, ordenará una investigación al más alto nivel científico para determinar la autenticidad de los restos de Ixcateopan. El mandatario del medio siglo mexicano justificará plenamente aquello de que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”, soportando seis años de chistes relacionados con su edad provecta.

No, pero sí

La comisión encargada de investigar la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc, concluye finalmente sus trabajos. El grupo lo componen científicos de diversas especialidades y del más alto nivel académico encabezados por don Alfonso Caso, director del Instituto Nacional Indigenista.
El presidente Ruiz Cortines juega al detective y es así como se entera anticipadamente que el resultado es negativo. Son más las dudas que los hallazgos, comenta efectivamente la Comisión y advierte que no entregará sus conclusiones a nadie que no sea al presidente de la República. Los espero, ordenará este y en efecto los recibe en Los Pinos y sin ofrecerles asiento siquiera, va a lo suyo:
–¿Con que sí fueron los restos de nuestro Joven Abuelo, ¿eh? Los felicito de veras por este resultado que alegrará a México y particularmente a los guerrerenses. Yo pienso igual que ustedes: a nuestros símbolos les debemos veneración y respeto a nuestras tradiciones. En el caso particular de Cuauhtémoc, una tradición ubicó desde siempre su sepulcro y muchas tradiciones así lo confirmaron. Que bueno que ustedes, con los recursos espléndidos de la ciencia, hayan coincidido con ese hecho. Nuevamente los felicito, señores. ¡Buenas tardes!

Sí, pero no

El presidente Luis Echeverría Álvarez, en su turno, caerá también en las dudas sobre el hallazgo de los restos de Cuauhtémoc, en Ixcateopan, Guerrero, y tal como lo hicieron sus antecesores, integrará una comisión de científicos para que digan la última palabra sobre tan cuestionado suceso. El dictamen final no ofrecerá sólo dudas, como lo fue el de don Alfonso Caso. Hablará de uno de los más torpes fraudes histórico-arqueológicos, o sea ,“un entierro hechizo y reciente”. El gobernador Rubén Figueroa, presente en la revelación, propondrá al presidente LEA no hacerla pública. Con ella, argumentó, no solo se lastimarían los sentimientos de los guerre-renses, sino de todos los mexi-canos.

Pares

El ejido de Pie de la Cuesta , a partir de su creación por el presidente Lázaro Cárdenas en 1935, nunca permanecerá intacto. Primero por su enclave turístico y segundo por los vicios originales y transas históricas de tal forma de tenencia de la tierra.
Muchos año más tarde , en 1972, frente a las necesidades apremiantes derivadas de una absurda política demográfica, reflejo de la Primera Familia de la Nación (bendecida con doce aterrizajes forzosos de la cigüeña) será cercenado alevosamente. La expropiación del presidente Luis Echeverría le hará perder a Pie de la Cuesta una superficie incluso mayor que su dotación original. Nadie nunca ha sabido explicarlo.
Bajo un enramada recién levantada con palma tierna y ornamentada con papel de china, el presidente de la República, Miguel Alemán Valdés, se dispone a dialogar con los ejidatarios (¿1952?).
Se anuncia como orador principal al presidente del Comisariado Ejidal, Félix Terán. Lentes oscuros por una afección ocular, cotón blanco y sombrero de palma de copa alta. Carraspea ruidosamente para luego escupir con tiro directo y alcanzar fácilmente los cuatro metros. Se acerca al micrófono limpiándose la nuca y el cuello con un paliacate colorado. Abre:
“Con todo respeto, señor licenciado Miguel Alemán Valdés, quiero decirle primero que no tengo fama de barbero y si no que lo diga la gente… (¡noooooo!) y segundo que no acostumbro andarme por las ramas. Por eso, señor licenciado, te voy a hablar de ¡presidente a presidente!”.
Miguel Alemán festejará ruidosamente la puntada de Félix Terán, a quién llamará a partir de entonces “colega presidente”.

El del paño

Ladislao Sotelo, alcalde de Atoyac de Álvarez, se sopla medio vaso de aguardiente sin mover un solo músculo del rostro. Él mismo se dice, convencido: esto es lo mejor para abrir la garganta. La quiere libre y expedita para lanzar vibrante su primer grito de independencia como presidente municipal de Atoyac.
Nervioso, como venado lampareado, se muerde un padrastro del dedo meñique de la mano izquierda y con la derecha lee una tarjeta bond. Contiene la proclama dispuesta por la ortodoxia republicana para ocasiones tales. No obstante la fe ciega del alcalde en la ilustración del secretario del Ayuntamiento, para él está incompleta la lista de “los héroes que nos dieron patria y libertad”, contenida en aquel documento.
¡Ya lo decía yo, aquí falta alguien!, exclama el alcalde camino al sitio donde rememorará el Grito! ¡Sí, pero ¿quién es?, se pregunta preocupado. Tiene en la punta de la lengua el nombre, pero las neuronas no lo sueltan. Entonces detiene la marcha para indagar con la personas de su entorno: ¡Rápido, rápido, el nombre del hombre con el paño atado a la cabeza! ¡Chautengo! es la respuesta unánime y se refiere a un personaje popular que así cubre la falta de la oreja derecha. ¡No, no, este es héroe de la Independencia, bola de pendejos!, pierde la paciencia el alcalde y corre a dar el Grito.
Cuando Sotelo vitoree al General José María Morelos Pavón, lo hará con particular emoción: ¡Como chingaos no me iba a acordar de él!

Sórdenes, jefe

El general Miguel Z. Martínez, comandante militar de Acapulco, se pasea en su despacho como león enjaulado y a cada vuelta golpea sus botas federicas con el fuete que le es imprescindible. Está realmente encabronando por el retraso de un pedido de cuatro llantas para su automóvil , hecho a la ciudad de México. Tiene enfrente al teniente encargado de tales menesteres.
–Acabo de recibir este telegrama donde se me informa que las llantas debieron llegar hace por lo menos una semana y usted me dice lo contrario. Alguien miente y quien lo haga la pasará muy mal… muy mal…
–Perdón, mi general ahora que me recuerdo: hace ese tiempo precisamente trajeron unos bultos que me negué a recibir…
–¿Y?
–Bueno, señor general, es que no venían a su nombre sino al de un tal General Popo, que no pertenece a este cuartel como usted sabe bien.

Epístola

El presidente Luis Echeverría Álvarez habla con la poeta Griselda Álvarez y el oficial del Registro Civil, José María Lozano, popular como “el casamentero número uno de la Ciudad de México”.
“Estoy de acuerdo con ustedes dos. La epístola de Melchor Ocampo es una cursilería decimonónica . Es necesario modernizar la ceremonia del matrimonio civil e imprimirle fervor revolucionario. Por eso te he llamado Chema para decirte que la nueva Epístola, redactada aquí por Griselda , será obligatoria en todo el país a partir de que tú la estrenes. Lo harás en la boda del jardinero de Los Pinos, de la cual seremos testigos ‘la compañera’ María Esther y yo”.
Concluida la ceremonia en los jardines de la casa presidencial, Echeverría se acerca a Chema Lozano para susurrarle al oído: ¡Chema, jamás vuelvas a leer esa pendejada!

 

La Altamirano y Chita Jiménez: 120 años de la ejemplar escuela acapulqueña

El nuevo siglo XX, con el presidente Porfirio Díaz en plena borrachera cen-tenaria, encuentra un Acapulco cubriendo apenas sus necesi-dades educativas. A la escuela para varones llamada Miguel Hidalgo y Costilla se le ha sumado, a regañadientes, una escuela para niñas dirigida por la maestra Hipólita Orendáin. Ambas localizadas en la calle México (hoy Cinco de Mayo) esquina con el callejón de El Mesón (hoy Mina). Más pronto llegará el remolino y las alevantará, como dice el corrido. Lo primero que hacen los alzados es desalojar a ambas instituciones educativas para utilizar sus albergues como cuarteles y caballerizas.
Pero no todo terminará allí. La paranoia del atoyaquense general Silvestre Mariscal llegará al extremo de declararse gobernador del estado de Guerrero y hacer de Acapulco su capital. Será entonces cuando dicte la militarización de la Miguel Hidalgo, vistiendo al alumnado con el uniforme caqui de la milicia. Y no sólo eso, lo dota de fusiles, de madera felizmente, con los que los infantes marchan y juegan a las guerritas con los clásicos sonidos guturales de ¡pum!, ¡pum!
El castigo de la indisciplina será también castrense con plantones de dos horas con fusiles en posición terciada. Tampoco faltarán los sablazos en la espalda con el espadín de Mariscal, según recordaba Jorge Joseph Piedra ex alcalde de Acapulco.
Finalmente, la Miguel Hidalgo, dirigida por el profesor Miguel Carrillo Robledo, encontrará acomodo en una casa localizada en la esquina de los callejones El Brinco y El Mesón (Galeana y Mina) prestada generosamente por don Simón Chamón Funes, personaje icónico del puerto. Por su parte, la escuela para niñas lo tendrá en una casa de la calle 5 de Mayo.

La maestra Chita Jiménez

La profesora Felícitas Victoria Jiménez Silva –pequeña, espigada, muy blanca, ojos cafés y cabello largo, egresada a los 18 años de la escuela Normal de Tixtla, su tierra natal–, cumple en Acapulco su primer contrato laboral. Llega al puerto en 1905 para hacerse cargo de una docencia en el confesional Colegio Guada-lupano, sostenido en la calle Roberto Posada por el cura de la parroquia Leopoldo Díaz Escudero. La acompañan su señora madre doña Benigna Silva y su hermana Gregoria.
El Colegio Guadalupano tiene cubierto su cupo con niñas de la colonia española por lo que resulta imposible encontrar alguna morenita. Primera actitud discriminadora con la que no estará de acuerdo la maestra tixtleca, quien pronto se confrontará con la directora del plantel, la profesora Nicolasa Vizcarra.
La profesora Jiménez Silva tampoco está de acuerdo con la intromisión del patronato del plantel en la cátedra, particularmente en la de biología con la omisión de los órganos reproductores. Censura, también, que se dedique más tiempo a rezar que a la lectura y muy especialmente que en lugar del Himno Nacional se cante el “somos cristianos, somos guadalupanos”, con la tonada de la marcha real española. En general, que la enseñanza que se ofrece riña con la realidad. El choque con la directora Vizcarra será brutal y no le dará a Chita otra opción que la renuncia.
Ya sin compromisos, la maestra Chita dedicará todo su tiempo a su lucha por una escuela para niñas, siempre acompañada por un numeroso grupo de madres y padres de familia. Para ellos un 6 de enero de 1906 será de júbilo y alborozo al recibir el anuncio por parte del gobernador del estado, Manuel Guillén, que la escuela anhelada será pronto una realidad, Adelanta que el nombre del tixtleco Ignacio Manuel Altamirano es el que hubiera propuesto. El solo anuncio se recibirá como un regalo de reyes para la niñez acapulqueña.
Un primer escollo en tan magnífico proyecto educativo será el de conseguir el número necesario de maestras. ¿Pro-fesores? ¡Ni lo mande Dios, son muy arrechos y se trata de ni-ñas!, coinciden varias señoras. El problema será superado recurriendo a educadoras particulares, quienes más tarde, bajo la dirección de Chita Jiménez, sacarán un excelente primer año. Ellas: Amelia Alarcón, Ambrosia Bocha Tabares, María de la Cruz Martínez, Aurora Apreza y Ernestina Tina Clark. Se sumarán más tarde: Rosaura Chagua Liquidano, Paula Velarde, Andrea Oliver. Emilia Lobato y Pachita Merel.

Los desfiles

Los desfiles cívicos del 5 de Mayo y 16 de Septiembre de cada año, recuerda el cronista Carlos E. Adame, eran enca-bezados por el alcalde seguido por el personal del Ayunta-miento. Participaban únicamen-te dos escuelas, la Altamirano para señoritas y la Miguel Hidalgo para varones, en un recorrido por dos o tres calles céntricas de la ciudad.
En uno de tales eventos, el 5 de mayo de 1920, el cañonero Guerrero vomita accidental-mente fuego sobre la ciudad y uno de los proyectiles, diri-gidos al Fuerte de San Diego, se desvía para caer cerca de la columna del desfile. Hay terror y desbandada particularmente de las columnas escolares. Será ella, profesora Chita Jiménez quien controle primero la caótica situación y una vez cerciorada de que no hay víctimas, organizará una movilización para pedir castigo para los irresponsables autores del bombazo.
Albergues

La Escuela Primaria Ignacio Manuel Altamirano ocupa una vieja casona de la calle Cinco de Mayo, junto al edificio Alzuyeta, célebre por haber sido diseñado por el francés Gustavo Eiffel, autor de la emblemática torre parisina que lleva su nombre. No por mucho tiempo, ciertamente, pues será desalojada violentamente, otra vez, en esta ocasión por órdenes del gobernador del estado, ingeniero Damián Flores, quien había vendido la sede escolar a la empresa gringa Mexican Pacific Company, contratada para construir el ferrocarril México-Acapulco. Se ha de decir que para Damián Flores, último gobernador porfirista, “la educación hacía daño a los guerrerenses, volviéndolos rejegos, flojos y violentos.” Fue propietario del Teatro Flores, en la calle Independencia, en cuyo incendio murieron 300 acapulqueños.
La nueva residencia de la Altamirano se ubicará en la calle de Las Damas (luego Guerrero y más tarde La Quebrada). Una casona que había albergado a la Aduana Marítima de Acapulco, propiedad de los hermanos Uruñuela, quienes cooperan con la causa cobrando una renta mensual de sólo 20 pesos. El inmueble se desploma con el temblor de 1934, felizmente en domingo, y las clases se reanudan en la 27 Zona Militar, ocupando la fortaleza de San Diego.

Casa para la Altamirano, finalmente

Las gestiones para la construcción de un edifico propio serán intensas, siempre con Chita Jiménez a la cabeza. Pronto, finalmente, se inician las obras en la calle de La Quebrada. Corre el último año del gobierno del presidente Abelardo L. Rodríguez (1932-36) y la espera de 14 años será tan larga como ignominiosa. Terminará cuando el presidente Miguel Alemán Valdés y el gobernador del estado Baltazar R. Leyva Mancilla, inauguren la tan esperada construcción. Ambos políticos se referirán a la maestra Chita como una mexicana excepcional, merece-dora de todos los reconoci-mientos por su entrega a la educación de los niños. Le piden perdón por la tardanza.
No obstante, serán sentidas y calurosas las manifestaciones de agradecimiento expresadas por todos los acapulqueños orgullosos de su Altamirano. No faltarán, sin embargo, los reproches por tan insólita tardanza. A ello aludirá el secretario de Educación Pública, Manuel Gual Vidal, culpando de tal tardanza a la empresa Techo Eterno Eureka, propiedad de Manuel Suárez, dueño aquí de la barranca de La Laja, a quien promete multar.
La nueva directora del plantel, la chilpancingueña Carolina Vélez viuda de Leyva, presenta a Chita Jiménez como maestra de manualidades, atendiendo a su fama de “bordar como los propios ángeles”.

La blusa azul

Vestir el uniforme blanquiazul de la Altamirano , primero fue una aspiración hoy mismo un timbre de orgullo.

Chita Jiménez:

Mujer agraciada, se dijo, Chita Jiménez pudo haber inspirado a Tata Nacho cuando canta:
Menudita como flor de campo
Con tus ojos grandes de capulín,
Esbeltita, como una varita
de nardo fragante al amanecer.
Y no es que Chita no se haya casado por falta de pretendientes, dice su sobrina, Aurora Jiménez. Si nunca contrajo matrimonio ni tuvo hijos fue por su entrega total a su familia, a sus alumnos, niños y niñas, y a su escuela Altamirano. Cada uno de sus sobrinos y cada uno de sus alumnos fueron para ella sus hijos, sostuvo.

Deceso

Al morir aquí, el 4 de diciembre de 1960, la maestra Chita había recibido todos los reconocimientos a los que puede aspirar un profesor mexicano. Se sentía particularmente orgullosa de sus medallas con los nombres de sus paisanos, Adolfo Cienfuegos y Camus e Ignacio Manuel Altamirano. Esta última la había recibido meses atrás de manos del presidente Adolfo López Mateos, por medio siglo de actividad docente. Ella misma dará nombre a una presea que otorgaba el Ayuntamiento del presidente Ricardo Morlet Sutter, para reconocer la entrega magisterial.

Cuadro de honor de directores y maestros de la Escuela Ignacio Manuel Altamirano

Fidencio Tellechea, Petronila Blas Cortina, Galdina Vega Pérez, Cirenia Leyva, Joaquín Nava, Raúl Vélez Peralta, Vicente Ríos, Miguel Chavelas, Francisco Pastor, Magdalena Martínez, Ángel Mata Medina, Orlando Morales, Roberto Abundez Olea, Roberto Fuentes Martínez, Pedro Robledo, Elizabeth Chávez, Ernestina Blas Cortina, Emilia Moreno Ugarte, Eloína Ramírez Hernández, Ever Alarcón, Abdón Díaz Labra, María de los Ángeles Cabrera, Rafael Sánchez, Emilia Moreno, Chavelita Maldonado, Esperanza Chávez, Alberta Cortés, María Alba Alarcón y Silvia Maldonado González.

 

De aquí, de allá y acullá

El navegante chino Fa Hasien bautiza la bahía de Acapulco con el nombre de Yepati (“lugar de tesoros naturales”). Es considerado por los suyos como el descubridor de América, corriendo el año 413 de la era cristiana.

Studebaker

Sedán convertible, faros de carburo y arranque manual, fue el primer auto que circuló por las calles de Acapulco en 1916. Pertenecía, al general Silvestre Mariscal, quien, por sus meros aquellitos, se declaró gobernador de Guerrero y dio al puerto la categoría de capital del estado.

Ruta

La ruta México-Acapulco fue transitada por primera vez por doce automóviles de la metrópoli. Arriban al puerto el 2 de noviembre de 1927 provocando la euforia de chicos y grandes, quienes sólo habían conocido el Studebaker del general Mariscal.

Procreación

El permiso del rey era imprescindible para procrear en la antigua Inglaterra. El monarca entregaba a las parejas una placa que debían colocar en las puerta de sus casas cuando tuvieran relaciones sexuales. El texto era este: Fornication under consent of the King, cuyas siglas se convertirán más tarde en un insulto procaz: F.U.C.K.

Regla del dedo

Así se llamó una antigua ley británica que prohibía golpear a la esposa… ¡con un objeto más ancho que un dedo!

Ergofobia

Miedo al trabajo.

OK

Ocurrió durante la guerra de Secesión estadunidense. Cuando las tropas yanquis regresaban a sus cuarteles sin ninguna baja, escribían en una pizarra la clave O KILLED (cero muertos). Expresión que se traducirá en el famoso OK, para decir que todo está bien.

Palo Blanco

La calle Palo Blanco de Guanabacoa, Cuba, es una remembranza de la Colonia. Se trataba de un camino exclusivo para los conquistadores al que los isleños no transitaban, por ser únicamente pa’ los blancos.

Presidenta

Doña Aurora Meza Andraca está considerada como la primera alcaldesa de México. Lo fue interina de Chilpancingo en 1936, sin cobrar salario. Su hermano Manuel fue un distinguido agrónomo, maestro y político.

Expropiación

El presidente de la República, Miguel Alemán Valdés, decreta el 28 de enero de 1947 la expropiación de los ejidos de Pie de la Cuesta, El Jardín, El Pedregoso, El Placer, La Garita, Icacos, El Marqués y Revolcadero, todo en favor de la infraestructura turística del puerto.

Risa

Quienes saben de eso, aseguran que una persona común ríe 15 veces al día.

Gringo

Son muchas las versiones sobre el por qué se les llama gringos a los estadunidenses. Tres de ellas se remontan a la invasión estadunidense a México en 1847. Una cuando estos cantaban repetidamente la canción Green go the lilas. Y dos referidas al uniforme verde de aquellos: Green go (¡adelante los verdes!), una orden militar y el Green-go (¡fuera verdes!), el grito de los mexicanos.

Zurdos

Así se les llama a las personas que utilizan la mano izquierda para ejecutar acciones conferidas a la mano derecha. De ellos se dice, quién sabe por qué, que viven nueve años menos que los diestros. Zurdos entre los animales, los osos polares.

1947

Anuncia el Ayuntamiento de Acapulco aumento salarial a sus síndicos y regidores. Los primeros de cinco a ocho pesos y los segundos de ocho a trece pesos.

Curul

Así se llamaba en Roma el asiento de mármol ocupado por los ediles, cuya categoría era la de patricios.

Con la misma

Porcentaje de hombres estaduni-denses divorciados que volve-rían a casarse con la misma mujer: 80 por ciento. En el caso de las mujeres, el porcentaje baja a 50 por ciento.

Kontiki

Tal fue el nombre de la balsa primitiva en la que seis noruegos navegaron ocho mil kilómetros, de Perú a las islas de la Polinesia, impulsados sólo por los vientos alisios. La más grande aventura marítima de su tiempo (1947), encabezada por el científico y escritor Thor Heyerdahl.

Ceño

Cuarenta y dos músculos de la cara se ponen en movimiento para fruncir el ceño.

Abracadabra

Expresión utilizada en el siglo XI por el gnóstico Sereno Sammónico. Le atribuía efectos mágicos para curar la fiebre e invocar a los espíritus buenos.

Orgasmo

El orgasmo de un marrano dura 30 minutos.

Isla

Cristóbal Colón bautizó una isla con el nombre de Juana, en honor de Juan, hijo de los Reyes Católicos. Los nativos la llamaban Cuba, que significaba “jardín de tierra labrada”. Vendrá otro conquistador para llamarla Fernandina, en honor del rey católico. Los nativos nunca dejarán de llamarla Cuba.

Sexo

Los humanos y los delfines son las únicas especies que practican el sexo por placer.

Tarzán

Los extras acapulqueños de la película Tarzán y las sirenas, ellas y ellos, filmada aquí en Acapulco en 1947, recibieron un salario diario de 4 pesos con 85 centavos. Entre ellas estuvieron Alicia y Leonor del Río, Lambertina Abarca, Ramona García Guillén y Nancy Chavelas. También lo fueron futuras estrellas: Lilia Prado, Ana Luisa Pellufo, Magda Guzmán y Silvia Derbez.

Jeep

El nombre de Jeep tiene su origen en la denominación de GP que daba el ejército estadunidense a su vehículo General Purpose.

Suicidio

Jamás lo conseguirán quienes lo intenten conteniendo la respira-ción. Cuando mucho un desmayo.

Fruto del mal

Discordia: divinidad maléfica en la mitología griega, hija de la Noche y hermana de Marte, utilizaba manzanas para hacer el mal.

Siameses

Se llama así a los gemelos que nacen unidos corporalmente en memoria de un primer caso en Siam, Indochina, donde los hermanos Eng y Chang nacieron unidos por el esternón. Uno y otro procrearon varios hijos y murieron a los 63 años.

Ortología

La ortología es el arte de hablar con corrección, ciencia desco-nocida para no pocos locutores y oradores.

Sin grasa

Fracasa don Aurelio Lozano en su intento de popularizar el sistema werever para cocinar sin grasa y sin agua. ¿Freír ojotones sin manteca?, pregunta doña Juana Quiroz desde Caletilla y ella misma responde: ¡ese viejo está pero si bien pendejo!

Ojotones

Cinco centavos la docena de ojotones y agujones en el primer mercado de Acapulco, ubicado en el hoy zócalo del puerto. También cinco centavos un litro de leche bronca y tres centavos un blanquillo. Muy caras las gallinitas criollas: doce centavos. Mercado que voló para siempre con el ciclón de octubre de 1912.

 

No hay mesa para la Primera Dama

Los duques di Portanova

El lombardo maître del restaurante Villa Demos, en el fraccionamiento La Condesa, se deshace en explicaciones ante tres individuos de aspecto castrense, vistiendo guayaberas blancas, muy rabonas. Les explica que la mesa solicitada no se las puede dar porque está reservada, in aeternum, para los barones di Portanova. (pareja estadunidense con títulos nobiliarios comprados en Italia, por supuesto).
Sandra y Ricky eran los nombres de los barones dedicados, por carecer de hijos propios, a la filantropía universal en favor de la niñez y de la Cruz Roja. Pasaban aquí los inviernos en su propia residencia llamada Villa Arabesque (en Brisas Guitarrón). Un palacio sacado de Las mil y una noches, que contaba con diez recámaras temáticas, por contener distintas obras de arte moderno. Bares a cada veinte pasos, también temáticos y veintidós sanitarios. La terraza, de no estar ocupada por estatuas de camellos del tamaño natural, bien pudo ser campo de futbol. Y por si fuera poco, ninguna de las discotecas de Acapulco alcanzaban la calidad del sonido de la mansión.
Pero volvamos al Villa Demos: “¡Imposible darles la mesa que ustedes me piden…¡Imposible, imposible!, reitera el italiano genuflexo y meloso. “Les doy cualquiera otra, pero esa no, porque, como les he dicho, pertenece a los barones di Portanova quienes, por cierto, tienen invitados a cenar esta noche”.

La Primera Dama

–La mesa, mister, es para la esposa del señor presidente de la República –revira enérgico el jefe del trío, identificándose como miembro del Estado Mayor Presidencial. Lo hace convencido de que la poderosa referencia pondrá fin a tan absurdo y humillante regateo (¿República mata Monarquía?).
–¡Haberlo dicho antes! –exclama el italiano con sorpresa y entusiasmo fingidos. ¡Es un honor supremo para Villa Demos recibir a nuestra querida y hermosa Pri-ma-do-na –exclama silábico, tan mentiroso como su paisano Pinocho. “Para ella siempre tenemos reservada una mesa especial, ajena al bullicio y alejada de las miradas indiscretas –sigue mintiendo. La muestra. “¿Es perfecta, no creen?”. ¿Para cuantas personas? , pregunta con libreta en mano…
El maître de Villa Demos estará al borde del soponcio al escuchar la respuesta del militar, explicando que todo lo dicho por él es opuesto a los gustos de la Primera Dama. Ella, dice, odia los reservados y no soporta los aislamientos y su argumento es que no está leprosa para que la alejen de convivir con su gente. Que ella acompaña a su marido porque fue el pueblo el que los llevó a la Presidencia de la República.
Abatido, el italiano ya se ve montado en un barco carguero exiliado a su patria y será entonces que decide jugar su última carta. Pero reacciona inmediatamente:
–¡Ya lo tengo!, ¡ya lo tengo! –grita emocionado para luego implorar: Si me lo permiten llamaré a Sandrita di Portanova para explicarle el problema. Estoy seguro que ella misma ofrecerá su mesa a tan admirada y querida dama… ¡Aún es tiempo!
–¡Ni madres! –estalla el militar ya muy encabronado. La Primera Dama de México no puede estar sujeta a un sí o un no de una pinche vieja extranjera, así sea la reina de Inglaterra… ¡A la chingada, vámonos! –ordena a los suyos.
–¡Uta, de la que nos libramos! –estalla eufórico el gerente de Villa Demos, quien ha llegado en apoyo de su maître. ¡Estos cabrones guachos se creen los dueños del mundo, ojalá no nos manden cerrar el changarro!
–¡Hummm, ojalá nomás fuera la clausura! –comentará un viejo mesero de La Guinea.
No se equivocará

Villa Demos, el infierno

Un comando armado penetra una noche al restaurante Villa Demos y sin ninguna advertencia acciona sus armas de asalto. El estrépito de la artillería ahoga el vocerío bilingüe de los aterrorizados comensales y trabajadores. Pronto estarán todos lamiendo el piso llevados por un instinto animal de conservación. El tableteo de las armas largas sofoca también los ayes de dolor de quienes han sido tocados por las balas, directa o indirectamente, aunque la mayoría opta por el doloroso silencio. Sólo algunas damas no podrán reprimir los angustiosos ¡Oh, my God!, ¡oh, my God¡, ¡oh, my God!
Son tan buenos tiradores los agresores que no necesitan apuntar sus armas. Las usan como Sylvester Stallone en su personaje Rambo. Los objetivos centrales son el italianísimo decorado y las botellas de licor exhibidas en la elegante cantina. Cada tiro certero es festejado por los agresores como si estuvieran tirando al blanco en la feria de La Garita. Los impactos sobre la cristalería ponen un toque estridente a la demencial sinfonía. Una mezcla de vinos y licores de nacionalidades y marcas diversas corre formando un arroyo millonario. Escurre por un declive del piso a partir de la cantina para desembocar en un pequeño lago hemático.

La policía

El ulular de las sirenas policiacas se escucha a lo lejos y será entonces cuando el jefe de los agresores disponga la retirada. Lo hacen ordenadamente, tanto que uno de ellos llegará a balbucir un sorry miss cuando aplaste con su bota castrense la mano delicada de una anciana de Minneapolis. (Oh my God!). Pasados apenas cinco minutos de la primera ráfaga, a no pocos presentes tirados en el piso les parecerá transcurrida una eternidad. Otros, en cambio, permanecerán horizontales, incluso en presencia de los policías, incapaces de discernir entre buenos y malos.
Los jefes policiacos de entonces no eran diferentes a los de hoy. Saldrán con la batea de babas de que los hechos en Villa Demos se dieron en un encuentro entre mariguaneros (la palabra narco no se usaba entonces), presentando como prueba irrefutable dos costales de cannabis olvidados en la cantina.
Muchos acapulqueños de generaciones recientes ignoran que Acapulco unió alguna vez su nombre al de la mariguana. No a cualquier yerbajo sino a la yerba de excelencia, a la mariguana, ranqueada como la de mayor calidad en el mundo, incluso sobre la asiática. Se cultivaba en el macizo sierramadrino de la Costa Grande y se le llamó Acapulco Golden. Las ocupaciones tumultuarias del puerto se dieron entonces en pos de aquella mota dorada. Muchos grandes del espectáculo se dijeron inspirados por esa yerba y entre ellos Los Beatles, el conjunto inglés idolatrado por millones y millones de jóvenes en el mundo. “¡Carajo, ni eso pudimos conservar!”, lamentaba el periodista Manuel Ávila González.

Los lesionados

El encuentro entre dos bandas de mariguaneros en el Villa Demos, según determinación de la Fiscalía estatal, afectó únicamente a seis turistas norteamericanos con lesiones muy leves, quienes rechazarán cualquier reclamación ante la urgencia de regresar a sus lugares de residencia. Sin embargo, al decir del reportero José Arzola Nájera, de Novedades de Acapulco, por lo menos dos de ellos fueron penetrados por balas en las posaderas –vulgo: nalgas–, según se asentaba en un documento del Centro Médico.
Para Arzola Nájera –cuyo deceso atropellado por un automóvil nunca fue investigado, no obstante estar amenazado de muerte–, la agresión en Villa Demos debió ser ejecutada, necesariamente, por tiradores expertos, pues de otra manera hubiera sido una espantosa masacre. Lo probaba el hecho que las víctimas presentaban lesiones producidas por balas rebotadas o bien pedazos de cristalería. Tuvo él la convicción de que se había tratado de un escarmiento para los empresarios, nada común por cierto. Desde lo más alto del poder político.

Los periodistas

Aunque por la hora en que sucedieron los hechos no hubo ocho columnas chorreando sangre, la empresa convoca a una conferencia de prensa. Comisiona para ofrecerla a la hermosa encargada de public relations Jacqueline Petit, francesa llamada la Reina del Jet Set Internacional, empresaria en bienes raíces y la primera mujer en lanzarse desde La Quebrada, sólo para ganarle a Teddy Stauffer una apuesta de mil dólares.
La empresa negaba rotundamente los hechos narrados y particularmente la participación en ellos de la Primera Dama de la Nación, y negaba que se hubiera encontrado en el restaurante tan siquiera un gramo de mariguana. Que lo ocurrido, en realidad, había sido que un cliente alcoholizado había disparado su pistola en la puerta de Villa Demos. Que convocaba al patriotismo de los medios para que el caso no afectara para siempre el prestigio de Acapulco.
Antigua “chucha cuerera” y coronela de mil batallas, la Petit competía en malicia con los periodistas, no siendo difícil para ella capotearlos. Asistían los miembros de una recién integrada Asociación de Editores de Acapulco (cuyos indignados socios habían rechazado la propuesta del lema: ¡Esto es un asalto!). Y es precisamente el dirigente de la AEA quien abre el fuego o regateo:
–Hablando en plata y de plata y por tratarse de un suceso desagradable que involucra a una muy querida dama, pero sobre sobre todo el prestigio de Acapulco, quedaríamos satisfechos con un miserable toleco” por periódico, y asunto enterrado.
–Perdón, no entiendo. ¿Qué ser un toleco? –indaga con aire de inocencia el paradigma del savoir-vivre acapulqueño y alguien se le acerca para revelarle que se está hablando de cincuenta mil pesos por periódico. Jackie no tendrá tiempo de hacer ningún comentario para atender otra voz periodística:
–¡Ora sí que te bajaste gacho, maestrazo, ¡esto cuesta por lo menos un ciego y ni un quinto menos!
Aunque sabe muy bien que se está hablando de cien mil pesos, la francesa decide poner fin a tan cínico regateo. Abandona su asiento y se dirige al fondo del salón donde abre una puerta y aparece un hombre cargando una pesada grabadora y sobre cuya identidad ella pregunta:
–¿Chicos: ¿Ya conocen ustedes al coronel Mario Arturo Acosta Chaparro ? ¡Ay, pero qué tonta soy!, ¿quién en Guerrero no conoce a Mario Arturo?, ¡amiguísimo de todos ustedes!, ¿no, chicos?
–¡Pinche vieja tan chingona ya nos partió todita la madre –susurra el líder de los editores, ordenando un “vámonos todos a la chingada”.

 

“Mi reino por un amor”

 

Príncipe azul

El acorazado MHS Renow de la Real Marina inglesa, al mando del príncipe Eduardo de Gales, penetra aquel 9 de septiembre de 1920 a la bahía de Acapulco y lo hace silenciosamente. Silenciosos los cañones del Fuerte de San Diego y silenciosas las campanas de la iglesia de La Soledad, unos y otras a cargo de las bienvenidas sonoras
¿Descuido? No, una razón de Estado imponía aquel silencio sepulcral: México no mantenía relaciones diplomáticas con el Reino Unido.
Misma razón por la que el alcalde, don Juan H. Luz, no haya ordenado limpiar las llaves de la ciudad y tampoco preparar la bienvenida a los visitantes, ponderando la monarquía como el mejor sistema de gobierno. Por otro lado, la escuela Ignacio M. Altamirano no movilizará alumnos para que agiten banderitas mexicanas y del país del huésped. Y en el colmo, se negará permiso a un grupo de hermosas adolescentes para acudir al muelle y cumplir sus deseos de conocer, aunque fuera de “lejitos”, a un “príncipe azul” de 26 años.
El capitán de navío, Eduardo de York, desembarca en el muelle de madera del puerto, frente a la plaza principal, y lo hace luego de que la Secretaría de Relaciones Exteriores del gobierno federal haya autorizado su desembarco, vía telegráfica, por supuesto. El inglés viste el uniforme azul de la Marina inglesa y lo luce con gallardía y apostura, como dicen las crónicas sociales de su país, donde es árbitro de la moda y la elegancia europeas. Lo acompañan cuatro oficiales en calidad de guardia personal.
El duque de Cornualles y Rothesay cruza la plaza principal para visitar la parroquia de la Soledad, sólo momentáneamente por celebrarse en ese momento un rito mortuorio. Sale y da unos cuantos pasos para llegar al mercado de la ciudad (ubicado en el espacio ocupado hoy por el edificio Pintos) llamando poderosamente su atención que los comestibles, particularmente frutas y vegetales , se ofrecen en el piso sobre petates. Hasta él llegan los olores despedidos por las cazuelas humeantes de una fonda localizada más adelante y hacia ella se dirige.
El hijo del rey Jorge V y la reina María estará a punto de infarto cuando la propietaria del establecimiento, doña Bocha Castrejón, lo invite a pasar con estas palabra: “pásale mi rey, estás en tu casa”. A su expresión dramática, acompañada de un angustioso “¿¡cómo?!”, uno de sus ayudantes evita el colapso informándole que no se trata de una mujer pitonisa, que se trata de que doña Bocha trata así a su clientela masculina. Le dice también que la dama tiene fama de ser la mejor cocinera del puerto y que su mejor guiso son las albóndigas de res y cerdo preparadas con almendras, yerbabuena, cebolla picada, pasitas, huevos duros y una pizca de comino y que el caldillo lleva jitomates, cebolla, ajo, canela, laurel y poquita manteca.
“Las voy a probar –le responde el príncipe a su ayudante– y si me gustan, anota la receta para que se me preparen en Palacio”.
Edward, Albert Cristian George Andrew Patrick David –que es su nombe completo– imita a un comensal vecino. Utiliza los dedos índice y pulgar de la mano derecha para extraer de la cazuela una albóndiga y hacerla taco con una gruesa tortilla. Mastica el taco para luego , también como el vecino, beber el caldillo, directamente del plato-cazuela.
Los cuatro ayudantes se miran azorados condenando en silencio tan grave transgresión a los normes elementales de urbanidad y particularmente a la etiqueta rigurosísima de la Corte de Saint James. Sin embargo, sonríen
Doña Bocha se seca las manos con su delantal para recibir el saludo y felicitación del futuro duque de Windsor, agradecido por tan regio ban-quete. Ella le recomienda tomar sal de uvas porque “las albón-digas son muy pesadas, mi rey”.
¡Ándele, mi rey, que el buen Dios lo acompañe!, se despide la dama después de negarse a cobrar el servicio.

Pie de la Cuesta

Intrigado por lo que ha escuchado en la fonda sobre un lugar llamado Pie de la Cuesta, el príncipe británico pide visitar el lugar del cual regresará hablando maravillas: “Los tumbos son tan grandes como montañas y el mar chisporrotea al ocultarse el sol”. Un espectáculo jamás presenciado por él, prometiendo regresar alguna vez.
El príncipe de Gales ocupará el segundo día en Acapulco para hacer homenaje a un marino de su patria, el almirante Reginald Carey Brenton, quien, luego de participar en la creación de la Marina mexicana y jubilado de la suya, se dedica a propagar el protestantismo en Guerrero. Opta por residir en Ometepec.

Rey Eduardo VIII

Cuando hayan transcurrido dieciséis años de su visita a Acapulco, el príncipe de Gales será coronado como rey del Reino Unido y emperador de India con el nombre de Eduardo VIII. Lo será por escasos 326 días, tras los cuales renuncia con una frase sacada de un cuento de hadas.

¡Mi reino por un amor!

En efecto, Eduardo VIII renuncia a ser soberano del Reino Unido para poder casarse con su amante Wally Simpson (gringa, dos veces viuda, pobre y feúcha). Una unión a la que se opone principalmente la Iglesia anglicana de Inglaterra. Alguno de sus prelados comentará sarcásticamente haber visto el espíritu chocarrero del rey Enrique VIII, revoloteando sobre la Abadía de Westminster presumiendo sus seis matrimonios y su ruptura con la Iglesia.
La novela rosa urdida en torno al romance del monarca y la viuda tendrá el fondo perverso de una conspiración fraguada por los ministros de la Corte, los obispos e incluso familiares. Aceptan haber pasado por alto la ligereza de Eduardo en aras de la modernidad, su fama de mujeriego y, en fin, que su conducta licenciosa desprestigiara a la Corona. Coinciden todos en que nunca podrían pasar por alto las simpatías del monarca por Hitler.
Por ello, la decisión del rey de casarse con una mujer de no muy buena reputación, les vendrá de perlas para obligarlo a renunciar a favor de su hermano Jorge (VI). El exrey Eduardo VIII, ya sin corona, ahora duque de Windsor, se casa en Francia con la señora Simpson (1937) y un año más tarde recorren Alemania, atendidos por el propio führer Adolfo Hitler
Durante la Segunda Guerra Mundial, el exmonarca será nombrado gobernador de Las Bahamas, siempre vigilado por la inteligencia británica. Entonces tendrá tiempo para contarle a su esposa su inolvidable viaje al puerto de Acapulco.

Carey Brenton

El presidente Porfirio Díaz decide crear una escuela naval en México y recurre a Gran Bretaña, con fama de tener la mejor marina del mundo. Solicitará entonces a la reina Victoria su cooperación para ese propósito y es así como se contratan los servicios de los almirantes en retiro Reginald Carey Brenton y A. Baresford. Ambos iniciarán sus tareas conduciendo a México un barco escuela armado en los astilleros franceses de Forbes Chrustier, bautizado como El Zaragoza.
Su primer encuentro con la bahía de Acapulco provocará en Brenton un gran impacto, por su forma y tamaño emocional, mismo que dejó impreso en su diario con el comentario de que jamás había visto una igual en el mundo.
Jubilado por la Marina de su país y de la mexicana después de cinco años, Brenton decide cumplir el viejo anhelo, y es así cómo, convertido en misionero de la iglesia presbiteriana, recorre los pueblos del sur de la entidad. Monta una acémila y jala otra cargada con ejemplares de la Biblia que reparte entre sus escuchas.

Ometepec

El predicador de la iglesia presbiteriana, Reginald Carey Brenton, tuvo tres sedes durante su tarea apostólica, Chilpancingo, Teloloapan y Ometepec, asentándose finalmente en esta última de la Costa Chica de Guerrero. Aquí morirá el 18 de abril de 1921 y será inhumado en el cementerio de la localidad.
Allí mismo, el 24 de mayo de 1962 se levanta un monumento en su honor con la participación de marinos mexicanos y la Embajada británica, que aporta una bandera de su país, para que ondee en honor del inglés que ha sido llamado “padre de la marina mexicana”. La placa de bronce dice:
“Reginald Carey Brenton, capitán brigadier de la Marina mexicana y Real Marina británica (1848-1921). Siervo de Dios y de los hombres, dejó su tierra natal para dedicar su vida a México”.

Hospital de la Amistad

Diecinueve años más tarde (1940) arriban a Ometepec el doctor James Boyce y su esposa Marguerite, para fundar el Hospital de la Amistad, en memoria de Reginald Carey Brenton.

Colegio Reginald Carey Benton

Otra institución que lo recuerda es el colegio que lleva su nombre. Sus directivos dicen: “somos una empresa especializada en escuelas de educación secundaria del sector privado, operando desde julio de 2010”. Otros avisos hablan de educación media superior.

 

¡Feliz 2026! ¡Salucita!

Chava Añorve

Salvador Chava Añorve, de Ometepec, está registrado en varias crónicas del puerto como el primer cantinero que atendió a turistas estadunidenses en el hotel Papagayo. Él mismo recordaba la ocasión en que atacó con una botella de tequila a un güero pecoso por llamarlo bartender. “Y es que un paisano me había dicho que así se mentaba la madre en inglés”, se disculpará más tarde
Orgulloso, Chava Añorve presumía ser el cantinero de cabecera de Agustín Lara y el aguador de María Félix, porque agua era lo único que bebía. Ocurrió ello en 1949, durante una segunda luna de miel de la pareja, invitados esta vez por el general Juan Andrew Almazán, propietario del Papagayo, frente a la playa de Hornos. Bungalos estilo polinesio sobre pilotes y por ello con escalinatas de acceso. Chava estará presente cuando un carguero deposite en el hotel un lustroso piano de cola y el llamado del militar a la pareja:
“Queridos amigos todos, excelso maestro Lara: me tomé el atrevimiento de hacerle traer su instrumento preferido nomás por si quisiera desentumirse las manos. ¡Ah!, y de paso a ver si doña María y Acapulco le inspiran alguito.” (esto último fue seguramente el Acuérdate de Acapulco, María Bonita, María del alma”)
A decir de don Chava, el compositor que quiso nacer en Veracruz bebió aquí únicamente un champurrado llamado Arde Paris: Se vierte en una copa champañera un chorro de coñac francés y se rellena con champaña fría.

La barra de Chava

Algunas de las especialidades del barman ometepequense : Old fashion (bourbon o güisqui americano servido sobre un terrón de azúcar empapado con amargo Angostura. Se adorna con medialuna de naranja y una cereza en el fondo
–Mint julep (bourbon, yerbabuena machacada con azúcar, rodajas de limón, naranja y mucho hielo frappé).
–Manhattan (bourbon, vermout dulce y gotas de Angostura. Se sirve frío con una cereza incrustada en un palillo.
–Coctel Mirna Loy, cuya base es la ginebra preparada en honor de la actriz estadunidense Mirna Loy, morena, (El cantante de jazz), declarada reina de Hollywood (1938). Chava le obsequia un sombrero calentano, recomendándole no asolearse mucho porque el sol acapulqueño es muy cruel. Agradecida, la actriz le planta en la mejilla un prolongado beso, para luego imprimir el rojo intenso de sus labios en una servilleta blanca. Instalada ésta en su barra como si fuera una bandera, dará a Chava la oportunidad de contar su origen una y mil veces.

Volver a empezar

El compositor estadunidense Cole Porter rumiaba un reciente fracaso sentimental ingiriendo martinis secos en el bar del hotel El Mirador, de Acapulco. Los preparaba con precisión de alquimista el corpulento cantinero acapulqueño Reynold Méndez, quien además se había convertido en su consejero romántico y espiritual:
“No se me achicopale amigo Porter, que la consigna de los triunfadores es levantarse y volver a empezar. Míreme a mí: practico la alterofilia o levantamiento de pesas, pero una lesión rotular me declaró inhabilitado para hacerlo. Y todo consistió en no dramatizar el suceso, llevándome a renunciar a la práctica del deporte que amo. Por el contrario, lo utilicé como acicate para empezar de nuevo, para volver a empezar, mister Porter. Y ese volver empezar operará tan exitosamente en mí que al poco tiempo me coroné campeón nacional de levantamiento de pesas, categoría mastodonte”.
Una tarde, animado por el espectáculo maravilloso del mar desde La Quebrada, el autor de Te llevo dentro de mí y Noche y día pide a Reynold martinis secos, ¡una cascada de martinis secos! Lapiz y papel.
Mientras consume desesperadamente el brebaje a base de ginebra y vermout, sin hacerle caso a la aceituna, Porter escribe como poseso y cuando el sol ya se escondía lanza el grito triunfal: ¡lo hice!, ¡lo hice!, corriendo al piano para teclear las notas de su inspiración. Lo piensa un rato para, finalmente, darle un nom-bre a la pieza: Begin de Be-guine. Volver a empezar, pues.

Martini

Calificado como el “rey de los cocteles”, el martini está colocado en el sitial de haber sido el coctel más solicitado en las barras de Acapulco durante su época dorada. Manuel Ávila, periodista muy querido, fue cantinero del hotel Prado Américas y desde su barra pudo servirlo y entrevistar a las estrellas más rutilantes de Hollywood de la época.
Una bebida cuyo origen no está claro, pues se habla de que fue creado en una ciudad llamada Martínez, California o que su creador fue un barman de apellido Martínez. Y mil versiones más
Un martini verdaderamente seco contiene: ginebra, vermut dulce, vermut rojo, piel de limón y una cereza al marrasquino.

Margarita

Acapulco se disputa con otros lugares de México y el mundo la paternidad del coctel Margarita. Una versión local lo ubica en 1948 y otorga su autoría a una hermosa dama llamada Margarita Sames, durante una fiesta en honor de Nicky Hilton, heredero de la poderos cadena hotelera de su nombre (el primer Hilton de Acapulco se abrirá en 1962).
Instalada en su cocina (de esas en las que nunca se echará una tortilla), Margarita desea sorprender a su invitado con una bebida que jamás haya degustado. Así, luego de muchas mezclas alcohólicas, se le ocurre aligerar el poder del agave vaciando dos copas de tequila a una coctelera con hielo. Añade luego una medida de cointreau y finalmente media copa de jugo de limón. Servido a los invitados en copas escarchadas con sal, al poco no pocos andarán gateando. Incluso Nicky.
El coctel margarita cobrará fama en el Hollywood de los años 50, hasta la llegada de Pedro Infante a enseñarles a beber tequila a pico de botella.

Coctelería acapulqueña

Tropical Casablanca

Desempeñándose como barman del centro nocturno del hotel Casablanca, el popular Luis Román Montes de Oca crea el coctel Tropical Casablanca (onza y media de ron blanco, jugo de piña y medio limón). Se adorna con piña y cerezas. Algunos huéspedes bajarán rodando

Acapulco Special

Media onza de ron claro, tres cuartos de bourbon y tres cuartos de brandy. Una onza de jugos de piña, granadina y naranja. Jugo de medio limón y cubos de hielo. Agítese y sírvase con una cereza y rodajas de piña
Autor: Reynaldo Silva García, barman de La Pérgola del hotel Paraíso Radisson.

Caleta Especial

El bartender Gustavo Alfonso Sánchez fue el creador de este coctel con el nombre del hotel en el que laboraba: una onza de ron blanco y una más de vodka. Se añaden jugos de piña, naranja y limón y se sirve en copas tongolele con mucho hielo.

Tropicano special

Una onza de ginebra, otra de vodka y una más de ron oscuro, más tres onzas de jugos de naranja y piña, el de medio limón y una granadina. Se sirve en copa tongolele adornado con frutas y flores.
Autor: Vicente Rodríguez Fernández, cantinero del bar Olimpo del hotel Tropicano, en tiempos de Rafa Sareñana.

La Cabaña

Román Lobato Ávila, cantinero de la Cabaña de Caleta lo preparaba así: dos onzas de vodka, una de granadina, dos de jugo de naranja y un plátano Tabasco.

Ritz especial

Onza y media de ron blanco, un durazno, jarabe natural y gotas de limón. Se licua con hielo frappé y se adorna con una rodaja de limón y una cereza.
Creado por Rosendo Heredia Bárcenas , barman de La Estancia, del hotel Acapulco Ritz.

Maris Special

Vodka, pernod, granadina, jugos de piña y naranja. Su autor, Guillermo Estrada Mesino, aconsejaba agitar la mezcla con cubos de hielo y adornarla con frutas.

Romano Day’s

Dos onzas de ron blanco, brandy y bourbon. Un plátano se licúa con granadina, jugos de naranja y piña, con bastante hielo.
Coctel concebido por Andrés Sánchez cuando atendió el bar del hotel Romano Day’s

Acapulco de noche

Un chorro de tequila, uno más de ron más tres de jugo de naranja. Se sirve con hielo impregnando el borde de la copa con azúcar negra.

Pescador acapulqueño

Pescador acapulqueño de perlas es el nombre completo de este brebaje que se prepara en vaso old fashion con tres cubos de hielo. Se vierten un chorro de vodka, un chorrito de jugo de piña y una pizca de crema de amor para dar a la bebida un color morado.
Al fondo del vaso se depositan una cebollita cambray, tres aceitunas más tres cerezas. Sírvase con un agitador puntiagudo para pescar las perlas,

Base naval

Una y media onzas de tequila. Media de pernod y tres de néctar de durazno. Batido con hielo.

30-30

No fue este un brebaje nacido en el norte revolucionario sino aquí cerquita, en el callejón de Xóchitl. Un coctel demoledor cuyos componentes eran 30 centavos de alcohol de 96 grados y una limonada Yoli cuyo precio eran 30 centavos.

¡Salucita, pues!

 

El hombre que se robó la flor de Pascua

 

J. Roberts Poinsett

Joel Roberts Poinsett (1797-1861) fue el primer embajador de Estados Unidos en México (1825-1829) actuando en realidad como procónsul imperial. Había nacido en Charleston, Virginia, descendiente de emigrantes franceses, protestante y titulado como botánico por la Universidad de Edimburgo. “Hombre de hermosa presencia y porte distinguido”, lo describió el maestro José Vasconcelos.
Sirviendo a su presidente James Madison, Poinsett había pasado cinco años como observador de los gobiernos independentistas de Argentina, Chile y Perú, llegando a conocer a fondo la estructura de la clase política latinoamericana. Cimentada, según él, en la mentira, el engaño y la corrupción. Tan bien la conocía que, por ejemplo, se dará el lujo de intervenir en la redacción de la propia Constitución Política de la República de Chile.

Agente secreto

Poinsset, diputado estadunidense, visita México en 1822 en calidad de agente secreto del presidente James Monroe, el autor de la Doctrina que lleva su nombre y cuya misión era la de alentar el triunfo de la República. Ello, en razón de que su ideario anticolonialista coincidía plenamente con el expansionismo monroísta. Una más de sus consignas era la de evitar la intromisión monárquica en el país, atendiendo a la falsa divisa de “América para los americanos”. Será entonces cuando el enviado maniobre contra el imperio de Agustín de Iturbide, pronunciándose por un federalismo al estilo de su país. No será por ello casual que la Constitución mexicana de 1824, establezca el presidencialismo y el sistema bicamaral, a imagen y semejanza de los Estados Unidos.
Aniquilada la estúpida aventura de Agustín de Iturbide, pagada con su sangre en 1824, el nacimiento de la República se ve empañada por las discordias instigadas por la masonería internacional. Particularmente enemista a dos viejos camaradas, Nicolás Bravo, designado gran maestre de la Gran Logia Escocesa (conservadora) y al General Vicente Guerrero de la Gran Logia Yorkina, (liberal). La primera patrocinada por el agente diplomático de Inglaterra, Henry George Ward y la segunda por Joel Roberts Poinsett, ni más ni menos.

Guerrero, presidente

Poinsett había logrado seducir con sus maneras y talentos al abogado mexicano Antonio de Zavala, historiador y líder de los yorkinos, acusado de ejercer una influencia decisiva sobre el General Vicente Guerrero, a quien decía querer como a un hijo. Se dará entonces, perversamente, como un hecho que el diplomático gringo manejaba a Guerrero a través de Zavala. Un hecho que llamarán confirmado cuando Guerrero sea nombrado presidente de la República en lugar de Manuel Gómez Pedraza, masón escocés ganador de las elecciones. A la logia contraria se le compensará con la vicepresidencia a favor de Anastasio Bustamante, quien muy pronto se las cobrará al paisano de Tixtla.
La cizaña injerencista del embajador estadunidense llegará a consolidar una opinión pública de odio y desprecio en su contra. Serán las legislaturas de Puebla y Veracruz las primeras en asumirlo, demandando su inmediata expulsión del país. En su turno, el general Juan Maule Montaño se pronuncia desde Otumba con la misma demanda, además de la disolución de las sociedades secretas.
La respuesta del presidente Vicente Guerrero será pronta y certera. Informa al gobierno estadunidense que su plenipotenciario Joel Roberts Poinsett ya no resultaba grato para México. Guerrero, por cierto nunca negó su amistad con el nefasto personaje, quien abandona el país en 1830 con este mensaje:
“Me voy dejando en México un partido favorable a los Estados Unidos, además de una sentimiento profundamente norteamericano”.

Secretario de Guerra

Nada puede ser extraño o calificado de imposible en la biografía de un hombre como Joel Roberts Poinsett quien, de 1837 a 1841, se desempeñó como secretario e Guerra de los Estados Unidos de Norteamérica. Una misión que cumplió con creces fue la de diezmar a la población indígena en anticipo a la guerra de Texas.

¿ Y la flor de Pascua?

El primer encuentro del embajador Poinsett con la flor de Pascua tiene lugar en la ciudad de Taxco. Visita el templo de Santa Prisca en plena Navidad, donde recibe un profundo impacto emocional ante el rojo intenso de miles de flores de Pascua, que cubren el sagrado recinto. Atónito, el botánico egresado de la Universidad de Edimburgo se hará la promesa de dedicarle todo su tiempo libre al estudio profundo de la planta de tan hermosas flores.
De lo primero que se entera es que de la planta es originaria de América, particularmente de los estados de Guerrero, Oaxaca y Chiapas y que responde a diversos nombres. Ello en razón de las lenguas de los pueblos originarios que la han cultivado a través de los siglos. Los aztecas, por ejemplo, la llamaron cuetlaxóchitl (flor de pétalos resistentes como el cuero), simbolizando para ellos la nueva vida alcanzada por los guerreros muertos en batalla y quienes regresaban a libar su miel. Esta misma responde a nombres diversos según la región de su cultivo. Es flor de Pascua en Guerrero, Veracruz, Michoacán e Hidalgo. tlazóchitl (flor que se marchita) en náhuatl; Sijoyo en Chiapas y Santa Catalina en Durango.

Planta indígena, símbolo cristiano

El hecho de que una planta medicinal como la flor de Pascua se haya convertido en un símbolo cristiano, se adjudica a los monjes franciscanos. Ellos identificaron el rojo de sus flores con la sangre de Cristo y su forma estrellada con la Estrella de Belén. Más tarde, surgirán otras identidades: el verde de sus hojas son la esperanza y la renunciación, en tanto que las flores blancas son la pureza y las amarillas la alegría.
Siglos antes de la llegada de los europeos a América los pueblos indígenas cultivaban una planta con floración hermosa a partir del mes de diciembre, lo que permitía su liga con las festividades de fin de año no obstante que su cultivo obedecía a necesidades medicinales. Se recomendaba el jugo lechoso de la planta para bajar las fiebres; en cataplasmas contra la erisipela, así como efectivo antihemorrágico. Y muy particularmente para estimular la producción de leche en madres recientes
La flor de Pascua se utilizó por primera vez en Taxco durante el siglo XVII , precisamente como ornato deslumbrante durante las fiestas navideñas. Los monjes franciscanos la recogían en los campos silvestres para ornamentar su fiesta llamada del Santo Pesebre.

La Poinsettia

No obstante haber sido echado vergonzosamente del país, el ex embajador Poinsett mantendrá su relación personal con México. En Taxco hace acopio de arbustos, semillas y con todo lo que tenga que ver con la flor de Pascua, material que envía directamente a su afrancesada mansión de Greenville, Carolina del Sur, convertida en un invernadero ya famoso en toda la Unión Americana.
Más indignación que sorpresa abatirá a los mexicanos cuando el gobierno de Estados Unidos declare el 12 de diciembre de 1941 como Día Internacional de la flor llamada Poinsettia. Ello, en honor de Joel Roberts Poinsett, fallecido en esa fecha de 1851, quien la introdujo a la Unión Americana. Una flor mexicana cultivada por siglos con los nombres tan diversos como traxóchitl, cuetlaxóchilt, pascua, nochebuena, Santa Catarina, sijoyo, bandera, flor de fuego, estrella de Navidad, rosa de invierno, penacho de inca, estrella y eupiforbia, la más bella guía de los Reyes Magos.
Botánicos mexicanos afirman que el tronco genético de la Poinsettia proviene de la variante de una complejísima flor silvestre de Guerrero. Revelan que las puntas rojas no son flores sino brácteas, es decir, hojas modificadas que cumplen una función específica. La flor verdadera es pequeña de color amarillo y se localiza en el centro de dentro de una estructura llamada ciato, misma que simula pasar desapercibida. El color rojo intenso no es un simple adorno sino resultado de una acción evolutiva que ha permitido a la planta asegurar su reproducción.

El Vaticano

Un relato del Vaticano de Roma recuerda que la noche del 24 de diciembre de 1899 la Basílica de San Pedro fue colmada con miles de flores de Nochebuena, enviadas por México. Un espectáculo que se recordará por mucho tiempo.

La producción

Se cultivan en el mundo alrededor de 600 variedades de la flor de Pascua, incluida la Poinsettia, así como las variedades Pricettia y Winter rose, pascuas en forma de rosas. Sus colores: el rojo clásico, blancas, rosas, salmón, bicolores, jaspeadas, tonos marmoleados y ciruela.
La producción mundial alcanza hoy los 299 millones de unidades cuyo valor comercial alcanza los mil millones de euros..

¡Al ladrón!

La flor de Pascua se cultiva universalmente con los nombres relacionados con la Navidad y con el de franchute Joel Roberts Poinsett: ¡al ladrón, al ladrón!
¡Felices pascuas!

 

El Acapulco de antes III

Los Pozos del Rey

Los pozos llamados del Rey fueron abiertos en Acapulco por órdenes del virrey de la Nueva España, para cubrir las necesidades de la población y abastecer a la navegación. Se exaltaba con tal denominación la magnanimidad del monarca español para con sus súbditos del otro lado del mar.
Uno de tales pozos del rey se localizó en la plaza principal del puerto (hoy Juan Álvarez) y hasta él bajaban todos los días las hermosas acapulqueñas para llenar sus cántaros de barro. Los cargaban con gran donaire para colocarlos en testa, asentados sobre un rodete de tela llamado yagual. Un espectáculo inolvidable, principalmente para los pubertos, cuando el líquido se derramaba sobre aquellas blusas ajustadas.
Un pozo más se localizó en Petaquillas, para surtir al personal militar allí acantonado. Ello no obstante que la fortaleza tenía su propio venero. Se habla de otros pozos del Rey en la hoy península de Las Playas

Pozo de la Nación

Muchos años más tarde, en 1890, el gobernador de Guerrero, don Juan Álvarez, pone en servicio un pozo de agua que satisfará las necesidades de los moradores de un céntrico barrio citadino. Al entregarlo, en ceremonia popular, la memoria del mandatario recordará algo que lo hará proclamar:
“¡Este pozo no es de ningún pinche rey, este es y será un pozo de la nación… o sea… de ustedes!”.
Y Pozo de la Nación se llamó desde entonces el barrio habitado por acapulqueños trabajadores, alegres y solidarios.

La Roqueta, leprosería

Apenas asume el virreinato de la Nueva España en sustitución del popular don Luis de Velasco, el obispo de la Ciudad de México, fray Francisco García Guerra, manifiesta su preocupación por las noticias procedentes de Acapulco, relacionadas con el aumento de los casos de lepra.
Dispone, en consecuencia, mayores controles para los viajeros procedentes de Filipinas, así como la instalación de una leprosería en la isla de El Grifo, como se llamaba La Roqueta. Una operación que deberá encargarse exclusivamente a indígenas, por ser estos, se decía, inmunes al contagio. Las arriesgadas operaciones entre el puerto y la isla se realizarán usando una vieja barcaza, cuyo muelle se instala en la alejada playa de Icacos, por así exigirlo la atemorizada población.

El doctor Butrón

El doctor Antonio Butrón Díaz, estudioso de los trabajos de sus colegas Rafael Lucio e Ignacio Alvarado, describiendo la variedad de la enfermedad conocida como Leprae lepromatosa difusa, invierte recursos propios para instalar una leprosería en la isla de La Roqueta, macizo que ha pasado por los nombres De los Chinos, por haber sido habitada sólo por chinos enfermos del mal de San Lázaro y Saint Josef.
La leprosería del doctor Butrón fue inaugurada en 1886 por el alcalde de Acapulco, don Antonio Pintos Sierra. Los enfermos usaban catres de lona cubiertos con pabellones y usaban el agua de un arroyo natural.
En un relato que hizo ese día el cronista Liquidano, se habló de personas con llagas pestilentes a quienes se les caía en pedazos la carne de las mejillas, la punta de la nariz y las falanges de manos y pies.
Un cuarto de siglo más tarde estalla la Revolución en Acapulco y la población de La Roqueta huye ante el mortal abandono en el que quedan. El movimiento marcará la desaparición en México de tales establecimientos, se dijo, por inútiles, costosos y estigma-tizantes.

Hospital Civil

El doctor Butrón Díaz, cubano gallego, se ganará el respeto, gratitud y cariño de los acapulqueños por su generosidad y filantropía. Será proclamado alcalde de Acapulco hasta en tres ocasiones y en la tercera construirá en el cerro de Las Iguanas el histórico Hospital Civil Morelos

Callejón del Piquete

No hay acuerdo ente los cronistas de la ciudad y puerto sobre el nombre del Callejón del Piquete, hoy calle Francisco I. Madero, a un lado de la Catedral, vía en la que es necesario acometer varios escalones si se quiere salir a la calle Lerdo de Tejada.
No hay acuerdo, decimos, sobre si el nombre le venía a la ruta por la proliferación de animales ponzoñosos, picando inmisericordes a los peatones o bien por la presencia constante de asaltantes, haciendo lo mismo con afilados verduguillos, e incluso una tercera razón, no citada aquí para no corromper oídos castos.
Lo único cierto es que la perdurabilidad de tal callejón obedeció a que en él vio la luz primera el maestro José Agustín Ramírez Altamirano (11 de julio de 1903), el más grande creador musical de Guerrero, hijo de José Ramírez Pérez y Apolonia Altamirano Victoria.

Fuerte de Casamata

Anterior al de San Diego, el Fuerte de Casamata se construyó para defender al puerto de una piratería devastadora. Se localizaba en el cerro de El Herrador, sitio preciso del edificio que hoy ocupa la presidencia municipal de Acapulco. Monumento histórico arrasado en el siglo XX por el general Juan Andrew Almazán, para edificar su hotel Papagayo con su Casino de Acapulco, anexo. Una superficie total de doscientos dieciocho mil metros cuadrados.
Solarcito recibido por el militar guerrerense de Olinalá, las “cajitas” son de allá, en calidad de pago por no haberse levantado en armas luego de perder la Presidencia de la República ante el candidato oficial, general Manuel Ávila Camacho. Sus postulantes fueron media docena de partidos de cinco o seis militantes y entre ellos el blanquiazul.
Y ya que hablamos de carroña y carroñeros, recordemos el paso por Acapulco de dos inmorales del clan Ávila Camacho. Manuel, quien siendo presidente de la República, expropió en 1945 los terrenos de Caleta y Caletilla, dando reculada sólo ante las acciones enérgicas de los acapulqueños. Y Maximino, su hermano, quien sí se saldrá con la suya luego de robarse el islote La Tortuga, sobre el que edifica una ofensiva residencia y por cuyo puente de acceso no permitía circular a los llamados por él “pinches negros holgazanes ”.
Mucho más tarde, cuando Maximino muera envenenado por su propia saliva (se dirá que con hueso de pollo), doña Juana Quiroz, lideresa natural de los playeños le dedicará, desde su sitio, Eréndira, un novenario. Un novenario a base de mentadas de madre e insultos carcelarios. Amén.

Los ojos de venado

Las ruinas del Fuerte de Casamata, habilitado durante la guerra de Independencia como cuartel del espartano general Hermenegildo Galeana, fue extrañamente escenario de muchos tíquites infantiles (pintas) donde los chamacos jugaban a las guerritas dizque utilizando los viejos cañales coloniales y sus esféricas balas de acero. Otro interés infantil de aquel sitio eran los “ojos de venado”, obtenerlos sin aguatarse las manos.
El Herrador fue el sitio concebido por Juan Andrew Almazán para construir su anhelado Casino de Acapulco, nunca hecho realidad, atendiendo al general Lázaro Cárdenas del Río. Vivo y muerto.

La silla de Moctezuma

Una enorme roca de cinco por cinco, aproximadamente, que protegía a la playita Del Castillo (por su cercanía con el Fuerte de San Diego) y a la que alguien le encontró semejanza con el sitial del soberano del imperio mexica. Volará en mil pedazos en aras de la avenida Costera Miguel Alemán.

Hágase la sombra

Los primeros focos de luz eléctrica se encienden aquí, corriendo el año de 1914. La primera planta de luz, instalada en el centro de la ciudad, sólo tenía capacidad para encender dos o tres focos por casa, de tal suerte que era un servicio exclusivo para ricos. El resto de la población tendrá que seguir alumbrándose con los clásicos candiles y quinqués de petróleo diáfano o lámparas de gasolina.
El propietario de la primera planta de luz fue un señor foráneo llamado Enrique Colina, de quien nadie quiso saber nunca nada, pero sí de su hija. Laurita era su nombre, poseedora de una belleza impresionante, tan deseada que, se dijo, aunque sin confirmación, que no pocos intentaron regresar al 40 cuando ya se habían dado un paso al 41 (el que entendió, entendió). La empresa Colina pasará a manos de don Alejandro Batani Billings
Se daba el caso curioso de que para encender un foco doméstico era necesario encender un cerillo para dar con el apagador integrado al sóquet. Misma ubicación para el enchufe de la plancha y el radio. por no haberlos de pared.
Los porteños presumían de luz eléctrica, pero caminaban por las calles alumbrados con lámparas sordas, y quienes carecían de ellas, con candiles o hachones de bocote. Misma manera de alumbrar festejos públicos como los famosos “bailes de candil” y los juegos de la lotería de Clemente Jaques, se entiende, esa en la que sólo es posible que alguien se la saque con la muerte.

Los Hornos

Donde se construyó el primer hotel de Andrew Almazán, entre la playa y la tierra firme, se localizaban los restos de un horno de piedra, cubierto por maleza. Mismo en el que, se decía, los ingenieros de la Colonia habrían fabricado con conchas marinas y huevos de tortuga, toda la cal para la construcción del Fuerte de San Diego, en sus dos etapas.
Se decía también que dicho horno habría alcanzado mayor altura para que sirviera como faro. Grandes fogatas se encendían sobre su cima para señalar a los barcos la entrada a la bahía.

 

El Acapulco de antes II

El puente San Rafael

El puente de San Rafael fue construido en 1873 para el cruce de una laguneta en el paseo San Vasco, hoy avenida 5 de Mayo. Obra del gobernador Rafael Vasco levantada en el sitio donde hoy confluyen varias calles y por ello conocido como las Siete Esquinas.
Lugar otrora reverenciado por haber sido escenario de uno de tantos episodios heroicos escritos por el cura y general José María Morelos y Pavón. esté relacionado con su perseverante empeño de capturar la fortaleza de San Diego y así cumplir con última orden recibida de su jefe, Miguel Hidalgo y Costilla.

Morelos prepara aquel 9 de febrero de 1811 un segundo asalto a la fortaleza acapulqueña. Atenderá esta vez las revelaciones del realista Mariano Tabares, recién incorporado a su tropa, relacionada una de ellas con las precarias defensas del Fuerte. Lo eran, ciertamente, pero aún así muy superiores a las de los atacantes quienes, finalmente, huirán despavoridas. Bajarán del cerro en un tropel caótico, demencial, para huir a través del puente de San Rafael. Adelantado, el Generalísimo intentará detener aquella enloquecida avalancha tendiendo a la entrada su poderosa humanidad. No escapará de algunos pisotones.
Mientras permanezca de pie, el puente de San Rafael cambiará de nombre en dos ocasiones: México y Morelos.

El cerro de La Pinzona

Se llamó originalmente “cerro de los dragos” por estar poblado con árboles de ese nombre (Drago, árbol de 12 a 14 metros cuyas flores son pequeñas blanco-verdosas con estrías escamadas, y una baya amarillenta, su fruto. De su tronco se obtiene una resina llamada “sangre de drago”, con usos medicinales).
Desde su cima bajaba un suave arroyo cristalino para desembocar en una piscina enorme de la que se servía la barriada y a veces a toda la ciudad. Una ubicación a tiro de flecha del fuerte de San Diego cuya toma era una obsesión para el cura José María Morelos y Pavón. Ello, a partir de la orden de hacerlo, dictada por su jefe Miguel Hidalgo y Costilla, advertido que, de no hacerlo, jamás podría hacerse del puerto del Pacífico. Será por ello que en 1813 lo intentará por segunda ocasión instalando su cuartel en Acapulco, precisamente en el cerro llamado de los Dragos, a tiro de fusil de la fortaleza
Tan cercano asedio por parte de Morelos obliga al comandante del Fuerte a lanzar un obús de advertencia hacia el cerro de los Dragos . Un disparo que impacta muy cerca de la tienda del Generalísimo, discutiendo con su Estado Mayor la estrategia del día. El impacto alcanza de lleno al coronel Felipe Hernández, cuyo cuerpo vuela para estrellarse contra el grupo de la discusión, derribándolos aparatosamente.
“¡Han matado al jefe Chemita, han matado al jefe Chemita!”, vocea dramáticamente la mujer del aseo convocando a toda la población en auxilio del jefe. Este, ya de pie, lanza, un sonoro “¡estoy bien, estoy bien, estoy bien!”, para luego salir de la tienda, e hincado, dar gracias a Dios y a María Santísima. Luego comentará, jocoso: “¡esta es una clara señal de que aún no me toca comparecer ante el Dios Padre y Muy Señor Nuestro.
Entre los generales que rodean a Morelos figura el general Luis Pinzón, de Corral Falso (Atoyac), uno de sus amigos más entrañables y quien, con su hermano Nicolás, cubrieron económicamente la campaña del Generalísimo en el Sur
Será el general Pinzón quien, una vez terminada la guerra, decida establecerse en Acapulco, precisamente en el cerro de los Dragos. Un espacio privilegiado por su aireación y abasto permanente de agua. Indaga y resulta que la montaña era objeto de compraventa. Paga por ella lo que le pide la autoridad municipal, para luego establecerse con su familia, en la que figura su hija mayor, Estéfana Pinzón e invita a hacer lo mismo a soldados y amigos.
Dueña prácticamente del cerro, Estéfana Pinzón, la heredera del general Luis Pinzón, se convertirá en líder absoluta de aquel núcleo poblacional y como tal su voz se escuchará fuerte y tajante. Ignorándose si el apellido se feminizó por macho y golpeado (Pinzón) o un insulto encubierto cuando ella intervenía para limitar el uso público del agua de los Dragos.
Un apellido que respetará sin añadidos cuando la Junta Federal de Mejoras Materiales legalice habitacional la montaña

La Inalámbrica

Una torre metálica de 100 metros se erige durante el porfiriato en la cumbre del cerro de la Pinzona, con fines comunicacionales. El vecindario la inspecciona y la llama “la Inalámbrica” por carecer de precisamente de alambres. Un espectacular objetivo fotográfico, eso sí, pero que hará ¡crac! en 1938, víctima de los vientos.
La Inalámbrica creará en su torno a uno de los muchos personaje populares de la ciudad. Será este El Mudo Balboa quien, con escalamientos casi cotidianos, mantuvo una Inalámbrica siempre reluciente. Nunca reveló a quién o a quiénes servía.

La ensenada de Ray

Harry Ray fue el nombre de un arquitecto inglés contratado por una compañía de su país para trabajar en Acapulco. Se encargaría del tramo Acapulco-Iguala del ferrocarril mexicano. (Hay quienes hoy lo piden hasta México). Al suspenderse por causa de la Revolución, Ray ofrecerá sus servicios a empresas locales para la ejecución de planos y obras menores.
Rubio, corpulento y narigón, según una crónica de época, Ray vivía abonado en la casa de doña Josefa Martínez, en la calle Galeana, donde gozaba de las simpatías generales por su carácter alegre y despreocupado, siempre haciendo bromas con su inglés tartajeado.
Una mañana de diciembre de 1911, Ray informa a doña Josefa que viajará a Coyuca de Benítez, contratado para un trabajito sencillo que le llevará uno o dos días. Cuando han pasado cinco, doña Josefa se preocupa y encarga la localización de Ray y es así como se entera del hallazgo de un cuerpo sin cabeza, semidevorado por los zopilotes. La revelación la hace el juez menor, don José Solano, y será entonces cuando la dama no abrigue ninguna duda de que se trata de su huésped. ¿Suicidio? En efecto, Harry Ray se había inmolado en El Patal, de Acapulco, y había utilizado para ello un cartucho de dinamita que le vuela la cabeza.
Amigos porteños de Harry, Hugh Sthepens y Francisco Funes harán la identificación cadavérica, negándose a especular sobre las causas del suicidio. Dirán que El Patal era un sitio donde Ray gozaba de Acapulco como nadie. A ellos se unirá Federico Pintos, para incursionar los tres por aquellos agrestes parajes (hoy cercanos a la bifurcación de los caminos que llevan al hotel Flamingos y a Caleta) y serán ellos mismos quienes bauticen la pequeña ensenada como la Ensenada de Ray.

El fortín Álvarez

Acapulco resiste en enero de 1863 el intenso bombardeo de una escuadrilla francesa integrada por los vapores Pallas y Diamante y las fragatas Cornelis y Galatea. Defienden a la ciudad las baterías del Fuerte de San Diego y los fortines Hidalgo, Guerrero, Galeana y Álvarez, en torno a la bahía porteña. Este último, al mando del coronel José María Herrera, ha resistido durante seis horas el ataque frontal del Pallas, mientras que el resto de las naves lo han concentrado sobre ciudad entera, afectándola seriamente.
“Nuestras bajas son cada vez mayores y los daños en la población se calculan en cien mil pesos, más o menos”, dice el parte de guerra del general Juan Álvarez al ministro de Guerra y Marina del presidente Juárez.
Amanece el tercer día de la agresión y ya cuatro fortines han sido silenciados y sólo en el baluarte de La Mira ondea orgullosa la bandera tricolor. Será entonces cuando las naves francesas se aproximen para quedar a tiro con las baterías del Fortín Álvarez, llevándose la peor parte. La Galatea recibe el impacto de un proyectil que le provoca una seria avería en el casco , mientras que la Pallas es silenciada.
“A las seis de la mañana del día 12 (dice el último parte de La Mira) el fortín Álvarez rompió fuego sobre la escuadra enemiga, misma que sólo responderá hasta las 5 de la tarde con 20 minutos, ya enfilada hacia la Bocana. Será entonces cuando el Fortín Álvarez lance todo su poder de fuego contra los invasores”.
A la hora del recuento de daños se hablará de un artillero muerto y dos sargentos y un soldado lesionados. Cuantiosos, sí, los daños en el puerto.
Huidas las naves agresoras, el general Juan Álvarez enaltecerá el desempeño de los defensores del fortín. “El valor, serenidad e intrepidez con las que han desafiado el peligro: el capitán Carlos Schied, el no menos valiente coronel José María Herrrera, los tenientes de artillería Camilo Bracho y Francisco Díaz, así como el subteniente Laureano Liquidano (tronco de una respetable y numerosa familia porteña)” Y termina:
“Recomiendo a todos ellos para recibir ascensos y solicito aparte ayuda económica para los familiares del soldado muerto y los lesionados”.