Desde el corazón de la tierra, resistir para vivir

 

Con motivo de nuestro 12 aniversario, los días 2 y 3 de junio realizaremos un foro regional denominado Migrar o Morir con el fin de propiciar el intercambio de experiencias entre la población indígena migrante orientada a generar y fortalecer sus procesos organizativos, a promover la coordinación de esfuerzos locales nacionales e internacionales y hacer efectiva la defensa de sus derechos humanos. En este marco de reflexión, análisis y presentación de testimonios de migrantes daremos a conocer nuestro 12 informe titulado Desde el corazón de la tierra, resistir para vivir, que da cuenta de la lucha heroica de los pueblos campesinos e indígenas de Acapulco y La Montaña, por la defensa de sus territorios. Presentamos también la situación de las mujeres indígenas que viven en un estado de total indefensión, soportando el maltrato del órgano investigador que de manera sistemática duda de la palabra de las mujeres; planteamos la diversidad de casos de violaciones a los derechos humanos documentados por Tlachinollan a lo largo y ancho de La Montaña.
Este acontecimiento que representa un esfuerzo colectivo construido desde las aspiraciones más profundas y legítimas de los pueblos de La Montaña ha ido madurando la semilla de los derechos humanos en los terrenos ahora pedregosos de nuestra escarpada sierra Madre del Sur.
No sólo en nuestro estado hemos sucumbido ante la influencia evolucionista importada desde las universidades y los centros de política estratégica de Estados Unidos, a la idea de que, a pesar de todos los males nuestra sociedad avanza hacia formas más modernas y racionales de organización. Esta corriente se vive a nivel nacional y latinoamericano, donde se ha vendido la idea de que nos encontramos transitando hacia algo mejor, se nos machaca en todo momento que estamos viviendo un momento privilegiado conocido como “el tránsito hacia la democracia”.
Esta corriente de interpretación que permea en los círculos de las élites políticas se amalgamó a causa de dos problemáticas fundamentales a nivel latinoamericano: las dictaduras militares del Cono Sur y la lucha guerrillera en varios países de nuestro continente. Estas dos realidades extremas dieron pie para dar carta de naturalización a la “vía reformista” como una opción política frente a la ruptura violenta.
Este telón de fondo permitió transformar a la ideología de la “transitología” en una corriente bien vista por los gobiernos neoliberales que en la práctica viene a sostener la idea que, por más mal que parezcan ir las cosas, caminamos hacia algo mejor, es decir que no nos queda de otra que seguir soportando los flagelos de la pobreza y de la violencia estatal porque es el costo del tránsito a la democracia.
Tenemos que desenmascarar esta ideología que nos atrapa y nos quiere imponer a cualquier costo político y social la concepción elitista de la democratización de nuestra sociedad, que en los hechos limita la participación de la ciudadanía con la finalidad de no sobrecargar demasiado al régimen supuestamente democrático con demandas sociales de las clases dominadas que puedan poner en peligro lo prioritario del sistema que es la acumulación capitalista.
En Guerrero con el nuevo gobierno se quiere reproducir un falso optimismo que ya han vivido otras sociedades de América Latina incluyendo nuestro país. Se parte de una idea pragmática de que “las escaleras se barren de arriba para abajo”, es decir que lo primero que se necesita es fortalecer a las instituciones de la democracia porque a partir de ellas, irán bajando los elementos de la cultura cívica y, con ellos, las posibilidades de un fortalecimiento de la sociedad civil, del capital social, de la confianza y de los colectivos ciudadanos. Permea la propuesta de que una economía integrada globalmente, abierta a la competencia internacional, camina de manera inseparable con el fortalecimiento de las instituciones de la democracia representativa (partidos, parlamentos y sistema electoral) y que los beneficios de una economía reordenada que pone a disposición de los mercados internacionales nuestros recursos naturales, turísticos y mano de obra, ayudarán a modo de “goteo” a reajustar y nivelar los contrastes sociales, generando mayores oportunidades para los sectores empobrecidos.
La realidad es avasalladora por los datos alarmantes que se desbordan en la opinión pública nacional e internacional: ha aumentado la pobreza extrema, se ha agudizado la espiral de la violencia, hemos entrado a un proceso de degradación social, de desorden institucional y vivimos escenarios extremos de la anomia y la narcoviolencia. Todo esto sin que exista una visión de mediano o largo plazo que plantee políticas compensatorias como sucedió en la Unión Europea que evitó un colapso de los países más débiles y los libró de la regresión y estancamiento económico.
Ante este hundimiento de los sectores empobrecidos, a las élites políticas sean de derecha o de izquierda, lo que más les importa es impedir la alteración o incumplimiento con los tratados comerciales con otros países. Por desgracia vivimos una situación donde los gobiernos de cualquier cuño se oponen con toda la fuerza de las instituciones públicas para que los ciudadanos en rebeldía y en resistencia pongan en riesgo los grandes negocios con las empresas transnacionales. En esta perspectiva vemos muy alejada la posibilidad de que algún gobierno se comprometa con la población pobre y se haga eco de las demandas que plantean y mucho menos de apoyarlos para sacarlos de su atomización desorganizada.
El nuevo “institucionalismo” que se pregona desde Estados Unidos como la nueva teoría del neoliberalismo económico se impone en los países pobres como parte del paquete de los acuerdos comerciales. Se privilegia la institucionalidad política llegando a niveles de sacralidad como sinónimo de orden supremo o intocado, en detrimento de la organización y el empoderamiento de la ciudadanía. Se le da gran juego político a las cámaras de diputados y senadores y se impone la concepción de que la producción de leyes y el cumplimiento de los tratados son la piedra angular del reordenamiento del todo social, ocultando los intereses facciosos y mezquinos de las élites políticas.
En esta aplicación autóctona del “neo institucionalismo” se expresa con claridad esa imagen del barrido de escaleras de arriba para abajo, porque se entiende cómo las autoridades pretenden amplificar el alcance de las instituciones que busca penetrar en todo el cuerpo social, borrando del mapa los movimientos ciudadanos que buscan la transformación de esta realidad oprobiosa.
Partiendo de esta concepción logramos entender cómo el Ejecutivo federal y estatal se asumen como los grandes actores políticos con la capacidad y la facultad de ordenar a la sociedad y de conducirla, confundiendo interesadamente su propio empoderamiento con lo que es supuestamente bueno para nuestra sociedad.
Se habla de la ingeniería institucional, del saneamiento de las finanzas que de alguna manera son productos vendibles para toda la ciudadanía en aras de “la transición a la democracia”, sin embargo, vemos que estos cambios no están pensados para beneficiar a la población excluida de los servicios básicos, por el contrario, el diseño de las políticas públicas y de los grandes negocios se orientan primero a crear muros o murallas virtuales donde se asegure primero los grandes negocios de las transnacionales y se deje para segundo término la inversión pública orientada a satisfacer las necesidades básicas de la población pobre.
La lucha de los pueblos indígenas de Guerrero, de los campesinos opositores al proyecto hidroeléctrico de La Parota, de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, de las mujeres indígenas y campesinas, de los maestros movilizados que luchan para mejorar la educación en las regiones pobres de nuestro estado, los jornaleros agrícolas y los migrantes internacionales que ponen en riesgo su vida para obtener un ingreso ínfimo, los pueblos indígenas que enfrentan conflictos agrarios desde hace décadas a causa de la incapacidad de las autoridades para resolver de manera apropiada estos problemas históricos, la lucha legítima y digna del grupo cultural Calpulli Tecuanichan y de su líder histórico Gelacio Gatica Sánchez que ha decidido poner en riesgo su vida con el fin excelso de lograr un lugar digno parar la promoción de la cultura de los pueblos indígenas, así como el atropello y el daño que se le causa al periódico El Sur por parte de la Junta de Conciliación y Arbitraje de Chilpancingo, que ha actuado bajo consigna de la nueva elite política liderada por el Ejecutivo estatal, y los organismos civiles y públicos de derechos humanos, nos encontramos fuera de esa neo institucionalidad, porque ponemos en riesgo el orden impuesto por los grandes intereses económicos que se han creado en nuestro estado y que son protegidos y defendidos a cualquier costo social y político.
Porque en los negocios nadie va a invertir si no tiene la certeza jurídica y la fuerza institucional que le asegure óptimas ganancias. La metáfora de que las escaleras se barren de arriba para abajo quiere ser la panacea del nuevo gobierno que está provocando una mayor polarización política entre los guerrerenses.

Migrantes: sin voz, sin tierra y sin trabajo

Arnulfo España Bonilla sólo fue a Estados Unidos para encontrarse con la muerte. Un tren le cimbró la cabeza de un solo golpe y en pocos minutos le dejó de latir el corazón. En vida tenía claro un sueño: juntar dinero para su familia y pagar las deudas que luego luego empezaron a crecer. Para cruzar la frontera pidó prestados 20 mil pesos. Al rato la suma se le duplicó por eso de los intereses. Allá en Nueva York lo esperaba Andrés, el mayor de sus hijos, quien apenas cumplía la mayoría de edad y ya sabía de las obligaciones propias de un matrimonio. También experimentó el periplo de La Montaña hasta las frenéticas avenidas de Manhatan tras el sueño verde del dólar.
Un día de marzo de este año Arnulfo murió por el trágico accidente. A finales de abril su cuerpo llegó hasta su natal Zilacayotitlán, pueblo tlapaneco enclavado en lo más alto del municipio de Atlamajalcingo del Monte, acompañado de Andrés. Allí lo recibieron Inés, Rosa y Concepción, las hijas que ni siquiera entienden bien de qué murió su padre. Menos lo entiende Catarina Cano, la viuda que lamenta en amplio llanto el adiós de su marido y la tremenda carga de deudas que le dejó.
Una soleada mañana en Zilacayotitlán, Catarina acepta contarnos lo difícil que se le ha puesto la vida ahora que se quedó sin su esposo, pues tiene a tres pequeñas niñas que alimentar y a dos varones (uno de 18 y otro de 15 años) que a pesar de la amarga experiencia de su padre, no cesan en buscar del otro lado lo que aquí muy probalemente nunca encontrarán: un trabajo pagado. Adentro de una pequeña casa que no deja de humear, a Catarina no queda más que preguntarle ¿y ahora, qué vas a hacer?. No piensa mucho la respuesta porque no tiene otra: “Pues voy a salir a trabajar porque aquí no hay trabajo qué hacer, me voy junto con mis hijas”, dice en voz baja cuando se refiera al viaje que emprenderá rumbo a los campos agrícolas de Sinaloa, allá donde por 12 horas de trabajo, sudando, retando al sol, apenas si alcanza para recibir 85 pesos.
Migrar o morir
Guerrero y su campeonato nacional en desgracias, en cifras que desalientan a cualquiera. Son las cifras de la ignominia que vapulean con más fuerza la triste realidad de los pueblos indígenas de La Montaña. La historia de Catarina y su familia es el fiel reflejo del flagelo que miles de indígenas han resistido desde hace varios años, pues en el seno de ese hogar se educaron para sobrevivir en las condiciones más adversas. No hay otra opción, viviendo así no hay más que “migrar o morir”, de este tamaño es el dilema de los indígenas de La Montaña.
Salir de sus pueblos con rumbo a Estados Unidos o hacia los campos agrícolas del norte del país es la constante de la pobreza, en muchos casos muy extrema. Las cifras oficiales matizan la gravedad del problema, pues hablan de que tan sólo en Guerrero unos 25 mil indígenas se emplean temporalmente como jornaleros agrícolas en los estados del norte, sin embargo ese dato con facilidad se duplica, pues las estadísticas únicamente reportan a los jornaleros que se registran en el programa de atención a este sector de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), pero lo cierto es que más del 50 por ciento de los que migran no lo hacen porque ni siquiera conocen del programa.
Cuando se habla de migración nos enfrentamos ante un fenómeno social que no han podido resolver las autoridades y que en sí mismo lleva implícita la eterna violación a los derechos humanos. Quién no ha escuchado muchas historias en torno a la discriminación de paisanos que se van a Estados Unidos para enrolarse de lava platos y jardineros a cambio de pocos dólares por muchas horas de trabajo; o la triste y dura travesía de los jornaleros agrícolas que dejan ver que no hay que ir a otros países para ser sujetos de explotación.
Francisco Campos García, originario de Tlapa, es uno de los miles de guerrerenses que engrosan las cifras de migración en suelo norteamericano. Hace apenas unos días que llegó de vuelta a Tlapa para ver a su mamá, justo el 10 de mayo, el “día de las madres”. Hacía nueve años que no estaba con ella, que no constataba el paso de los años que le han cambiado el rostro, pues a los 18 años partió a Nueva York buscando el famoso “sueño americano”. Francisco no es el mismo de hace nueve años y él mismo reconoce que esta ciudad –que no deja de ser pueblo– ya no le sienta igual que antes. Su español está cambiado, es una combinacion de dos idiomas que suena como a “spaninglish”, así lo dejó ver cuando aceptó conversar sobre su estadía en uno de los lugares más conocidos del planeta: Nueva York.
Francisco destaca de esos nueve años el tema de la discriminación racial que vivió en carne propia: “Allá la mayoría de la gente americana son racistas todos. O sea, la gente se socializa conforme a su país: los mexicanos con los mexicanos y los americanos con los americanos. Es diferente, mucho racista, el americano siempre trabaja menos y gana más. Como en mi caso que uno reclama las horas extras trabajadas y que no son pagadas, luego nos gritan, nos maltratan, nos insultan”.
Pensar que estas realidades se reproducen por miles preocupa, preocupa mucho, sin embargo preocupa más que los gobiernos sigan sin afrontar el problema, atorados en políticas de empleo, de combate a la pobreza, de educación, salud y derechos humanos que se reducen a paliativos que resultan insuficientes para hacer fente al gran monstruo de la migración.
El de Antonio es otro caso del trágico binomio pobreza-migración. Es oriundo de Huehuetepec, Atlamajalcingo del Monte, habla tlapaneco, y lleva más de diez años viviendo una temporada en su pueblo y otra en los campos agrícolas de estados del norte. Dice que allá los “patrones” no los tratan bien, que les gritan a pesar de que “por nosotros” es que los empresarios ganan tanto dinero, a costa del trabajo mal pagado de los jornaleros.
Hace algunos años vivió la tragedia de perder dos hijas a causa de una extraña enfermedad que no fue atendida a tiempo y que no descarta que haya sido producida por los agroquímicos con que fumigan los campos. De este lamentable episidio no quiere hablar mucho, no profundiza cuando conversa y más bien sintetiza el drama con la siguiente explicación: “la vida del jornalero es la más triste, más que la de los migrantes de Estados Unidos. Cuando uno se va a un hospital no te atienden, peor si no hablas el español, nomás no, o sea, ahí a la gente que lleva el grupo le interesa más que trabajen, no si es buena persona o no, o si necesita algo, eso no interesa”.
Y es que el drama del jornalero es insultante. Ante la falta de oportunidades para acceder a un trabajo que cuando menos garantice las comidas del día, no hay otra opción más que partir a malbaratar su fuerza de trabajo en jornadas agotadores de más de diez horas diarias. Es un drama que ya no tiene palabras para explicarlo, el drama de salir de su pueblo y constatar que no hay que ir a Estados Unidos para ser explotados, porque aquí en México los pueden explotar. Es el drama de hacer producir una tierra ajena, porque los surcos de La Montaña ya no dan ni siquiera el suficiente maíz para comer, porque la única tierra que les queda y que no se les ha podido arrebatar es la que llevan adherida al rostro, brazos y piernas, producto de horas y horas de esfuerzo, sudando con la cara al sol.
Son los dramas de la migración, son los dramas de la falta de una política del gobierno que sea capaz de frenar el éxodo migratorio que año con año se robustece, son los dramas que en Guerrero se reproducen a raudales. Es el drama, el dilema, de migrar o morir.

Solidaridad de Tlachinollan con El Sur



Señor director:
Hay quienes aun en las condiciones más adversas asumen como una batalla cotidiana la lucha por la defensa de la libertad de expresión en el mundo. Guerrero no es la excepción, porque aquí se evidencia el desdén del gobernador del estado, Zeferino Torreblanca Galindo, a los medios de comunicación críticos de las políticas de la administración que encabeza.
En este contexto, ante los atentados sistemáticos a la libre expresión cometidos por el Ejecutivo estatal, específicamente en contra del periódico El Sur de Acapulco, el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan se solidariza con este medio que desde hace 13 años resiste a los embates de los gobernadores en turno.
Como organismo no gubernamental de defensa de los derechos humanos afirmamos que en un estado como el de Guerrero, que en voz del gobernador se caracteriza por “ser democrático”, aún no se garantiza el libre acceso a la información ni el respeto a la libertad de pensamiento y mucho menos se propician las condiciones para ejercer un periodismo honesto sin ambages ni ataduras.
Si los medios de comunicación no están a la altura de las necesidades del estado –como lo dijo el gobernador en su reciente informe de actividades– no es porque carezcan del profesionalismo o de compromiso social en el quehacer informativo, sino precisamente porque desde el aparato de poder se vulnera el derecho a la libertad de expresión bajo el viejo esquema de negociar con la información.
A través de los trece años de vida de El Sur hemos podido asumirnos como actores sociales de la vida de Guerrero, pues en estas páginas hemos encontrado un espacio para decir lo que muchas veces nos quieren hacer callar en otros medios.
Venga pues un solidario saludo para todo el equipo de El Sur.

Atentamente

Centro de Derechos Humanos de La Montaña Tlachinollan

Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, AC

   Resolución o administración de conflictos. El caso de Capulín Chocolate

El estado de Guerrero sin duda se destaca por la fuerte existencia de conflictos comunitarios de diversa índole. Algunos tienen su fuente en la lucha por la tierra y se vislumbran como conflictos agrarios, otros tienen como base distintas ideologías políticas o filiaciones partidistas, otros la pertenencia a diferentes credos religiosos y muchos más tienen su fundamento en causas sociales. Simplemente en la región de La Montaña, la Procuraduría Agraria informa que ha documentado la presencia de 47 conflictos agrarios, destacando entre ellos el de Acatepec y Zapotitlán Tablas, el de la comunidad de Xitopontla con los pequeños propietarios de Olinalá, entre muchos otros.

Desde hace varios meses un conflicto comunitario visible es el de Capulín Chocolate, comunidad ubicada en el municipio de Marquelia. En agosto del año pasado, estalló un conflicto que inicialmente parecía ser de intolerancia religiosa, toda vez que un grupo de 12 familias pertenecientes a los testigos de Jehová denunciaban ser obligados por los católicos de la comunidad a desempeñar cargos religiosos. Conforme nos fuimos adentrando y fue avanzando el conflicto resultó evidente que no se trata de intolerancia religiosa sino del incumplimiento de los usos y costumbres comunitarios, siendo la base del problema que un sector de la comunidad, concretamente las familias pertenecientes a la religión testigos de Jehová, se niegan a cumplir con los cargos comunitarios.

El conflicto se polarizó a tal grado que las partes solicitaron la intervención del gobierno del estado, mismo que se vio obligado a intervenir mediante el establecimiento de una mesa de diálogo entre las partes. Como resultado de ello el 17 de septiembre de 2003 en asamblea general de ciudadanos de Capulín Chocolate, en la que estuvieron presentes el licenciado Javier Bataz Benítez, subsecretario de Gobierno para Asuntos Religiosos, el ingeniero René González Justo, presidente municipal de Marquelia, y otras autoridades, se llegó al acuerdo de que las dos partes convenían que lo mejor era la reubicación de las 12 familias señalando el 22 de noviembre de ese mismo año como fecha para que las mismas ya tuviesen otro lugar de residencia.

Al vencerse los plazos establecidos en la citada acta de asamblea, misma que cuenta con las firmas de los funcionarios antes señalados, los ciudadanos de Capulín Chocolate dirigieron una carta al gobernador, solicitándole información acerca del cumplimiento de los acuerdos, en el entendido de que dichas autoridades se encargarían de la ubicación y traslado de las 12 familias inconformes.

El 28 de octubre del mismo año las autoridades de la comunidad fueron citadas a una reunión en la Secretaría General de Gobierno, en la que estuvieron presentes el subsecretario de Asuntos Religiosos, el subsecretario de Seguridad Pública, el subprocurador de Asuntos Penales y el director general de Gobernación. Las autoridades fueron informadas que se revocaban los acuerdos contraídos en la comunidad de Capulín Chocolate, argumentando que no tienen validez porque las autoridades firmaron bajo presión.

A partir de ello, las autoridades estatales simplemente han dejado transcurrir el conflicto, propusieron elaborar un borrador de reglamento comunitario en el que se establecieran claramente los derechos y deberes de los ciudadanos, sin embargo a la fecha dicho documento no ha llegado a manos de la comunidad.

El caso de Capulín Chocolate representa un ejemplo latente de que al parecer las autoridades sólo atienden los conflictos cuando los mismos se polarizan y llegan al extremo de riesgo ya sea porque está a punto de cobrar vidas o en su defecto porque ya hubo enfrentamientos.

A la fecha los ciudadanos de Capulín Chocolate han enviado una misiva más al gobierno del estado en torno a la necesidad de revivir el diálogo, el problema comunitario continúa y el incumplimiento de los acuerdos lo único que han logrado es auspiciar el estado de conflicto.

Muchos conflictos viven la misma condición de desatención o administración, corriendo el riesgo de que los mismos se prolonguen sistemáticamente y sigan generando un costo social y de vidas permanente, como al día de hoy ha acontecido con el problema agrario de Zapotitlan Tablas y Acatepec, el cual comienza una vez más a dar visos de resurgimiento.

Estos casos son muestra clara de que en ocasiones las autoridades lejos de comprometerse con las partes y propiciar salidas, tal parece que se dedican al intervencionismo que no aporta salidas de fondo sino solamente coyunturales, generando una administración y no una resolución de los conflictos.