¿Y si sí?

Al silenciar los trompetazos se esfumó el espejismo. Las camisetas verdes, los sombreros, las banderas y las serpentinas retornaron a los cajones. La noche del domingo, después del silbatazo final en el estadio Azteca, fue de luto nacional; o casi.
Ganar o perder, a eso se reduce la lucha por la vida. No que Darwin lo extrapolara a las especies que pervivimos en el planeta, sino que el deporte –los campeonatos mundiales– han usurpado la fascinación que antes ocupaban las contiendas militares. Aunque claro, no es lo mismo el despliegue de 200 mil de infantería que los veintidós calzonudos correteando en el coliseo deportivo.
Se va a cumplir un siglo de que fue concebido el campeonato mundial de futbol. Desde aquella copa jugada en 1930 en el estadio Centenario de Uruguay, ha habido campeones y derrotados, emoción cívica y la apoteosis de los vencedores. Brasil ha ganado cinco torneos, Alemania cuatro, lo mismo que Italia, Argentina tres, y Francia y Uruguay dos. Se ha dicho hasta el cansancio: la selección mexicana ha progresado mucho a lo largo de los años, desde aquella vergonzosa derrota ante el equipo inglés en 1961, con la histórica goleada de 8-0, en la que el cronista Manuel Seyde calificó al conjunto nacional como una corretiza de “ratoncitos verdes” en la cancha del estadio de Wembley.
La derrota del domingo pasado, sin embargo, no lo fue tanto. El conjunto mexicano había logrado pasar a octavos de final, luego de abatir a los equipos de Sudáfrica, Corea, Chequia y Ecuador. Había sustento para gritar esa interrogante esperanzadora: “¿Y si sí?” (ganamos la Copa 2026). ¿Por qué no, con ese comienzo tan aplastante? Después de todo 47 equipos, con ese ímpetu inicial, bien que nos vendrían a hacer los mandados. Pero no.
La vida termina por imponer su lección. Sí, vale soñar con todo derecho, y celebrar los triunfos, pero la realidad nos sitúa, tarde que temprano, en el sitio correspondiente. Al salir del mesón donde presencié el partido (eran las 10 de la noche), un niño enrollaba la bandera que había tremolado durante buena parte de la transmisión, y lloraba en silencio. Era la imagen misma de millones de compatriotas retornando a la vileza rutinaria de la cotidianeidad. Cada cual en su lugar, y a’i la llevamos.
La gran esperanza que, de tiempo en tiempo, florece en la sociedad. Lección de vida es aquella, enseñándonos que siempre hay un vencedor, un campeón, y varios (o muchos) derrotados. ¿Será que nuestra sociedad padece una avidez de buenas noticias? Algo que no sea el medio centenar de crímenes cometidos por las mafias a diario, algo distinto a los escándalos de corrupción y huachicoleo del día con día, algo distinto al asedio de la estrechez doméstica y los embustes que propalan los dueños del poder. De ahí la tristeza que ensombreció al país la noche del domingo.
Los mariachis callaron, diría el vate José Alfredo, y cesaron las manifestaciones de júbilo que habían conjuntado a un millón de compatriotas alrededor del Ángel de la Independencia. La profecía no se cumplió, “no seas pesimista”, nos regañaban, y nos hermanamos con los seleccionados de Alemania, Holanda y Brasil, que han sido igualmente eliminados.
El daño está en el espíritu combativo que traemos apenas saltar de la cuna. Ser el mejor, los mejores, y campear con nuestra ley “…después me dijo un arriero que no hay que llegar primero”, sabio José Alfredo. Hay naciones que han hecho del futbol su deporte nacional y los estadios el domingo son la apoteosis redentora que evita, muchas veces, el estallido social. Que gane el Atlante, el Rayo Vallecano, el Manchester, y no reviente el conflicto sindical o ciudadano en este o aquel rincón de la patria. “Pan y circo”, celebraban los emperadores en Roma, como lo hacía el dictador Francisco Franco al celebrar aquello de “vino barato y futbol”, para mantener controlada a la sociedad.
La ensoñación nacional ha caducado. Somos buenos, muy buenos en la cancha, pero aún no los campeones. Guardemos muy planchada nuestra camiseta verde al fondo del cajón, que ya será el momento. Que cada cual retorne a su butaca y veamos cómo se desarrolla el fin de la contienda. Habrá un ganador, y ya lo celebraremos. “Y si no fuimos nosotros… ni modo”. Que gane el mejor; que de eso se trata.

Postales de viaje

Llamémosle “el arrime”. Transitando por la capital inglesa nos enteramos de que el dinero ha pasado a mejor vida. Ya nadie acepta los billetes con la estampa de S.M. la reina Elizabeth. “Card, please”, de modo que para pagar todo… una cerveza en el pub, el boleto del metro, la cuenta del hotel, la cena, el tren a Bath, un necesario paraguas o el taxi, todo, todo debe ser pagado con la tarjeta de crédito, arrimada al aparato de registro que, “ziip”, da por bueno el pago y “thank you”, a otra cosa.
Paseando por la ribera del Támesis presenciamos un episodio de desmesura. Un podiosero, sentado en su tresillo de aluminio, pide limosnas con su celular montado sobre un modesto atril. “Credit Card, please. 1 or 2 pounds; thank you”, reza el letrerito. O sea, limosnero y con pago electrónico, pues.
A las 5 de la tarde, más pronto que tarde, se van llenando los bares y pubs de todo Londres. Amigos que han quedado, colegas de oficina, compañeros de la universidad. Ellos y ellas se apoderan de una mesita, y así de pie comparten una Guinness platicando, se exaltan, piden una segunda y, quizá, un “fish and fries” si es que almorzaron mal. Se contonean, cuentan chismes, gritan cuando alguien anuncia un despido o un divorcio. Luego, a las 8 o menos, se van despidiendo para volver a casa y sus rutinas.
Pero si asoma el sol y la tarde entibia, ocurre lo mismo en la puerta del pub ocupando la banqueta. Una Guinness para disfrutar de la resolana, hasta quedar “sloshed”.
San Sebastián, junto con Bilbao, son las capitales culturales de Guipúzcoa. Dos generaciones después, una vez superado el medio siglo del franquismo, la presencia de ETA es una mera anécdota. Los terroristas de los años setenta abandonaron la lucha armada y los atentados terroristas. Ahora disfrutan de la paz con el estatuto de autonomía que les da una suerte de “independencia virtual” e identidad, sin abandonar la nacionalidad española y la filiación a la Comunidad Europea.
Paseando en bicicleta por la avenida costera de la Concha, la proverbial playa donostiarra, de pronto se llega a las esculturas de Eduardo Chillida cimentadas en la roca. Les llamó “los peines del viento” y semejan, en verdad, unos trinches de hierro que deben pesar diez toneladas. Hay que tocarlos, retratarse junto a ellos, arte inesperado que no deja de llamar a sorpresa.
Donostia (el nombre vasco de la ciudad) está cimentada en una curiosa península. De un lado la costa cantábrica, compartida con la Normandía francesa, y del otro la ría del Urumea, que desemboca allí mismo y que la hace poseer uno y otro puente de majestuosa presencia. Así que “Agur”, la despedimos, como aquí se acostumbra.
Bordeaux, traspasando la frontera, fue la capital del dinero. No por nada una de sus explanadas pincipales se denomina Plaza de la Bolsa, donde en el siglo XVIII y XIX los caudales bancarios –originados en el comercio del famoso vino regional– sostenían buena parte de la economía francesa. De ese modo, cuando la Revolución de 1789, los bordeleses propusieron que se conformase una república moderada, federativa, alejada del radicalismo robesperiano. Los diputados que encabezaban esa iniciativa, los famosos “girondinos”, fueron todos guillotinados por el régimen en 1793. Hay un monumento admirable en su honor, Los Girondinos, al centro de la ciudad.
Pero lo más sobresaliente es su Museo del Vino, colindante con el río Garona. Se trata de un edificio de nueve niveles recubierto con placas de acero inoxidable, lo que lo hace único en su tipo. Dentro de él se despliega una muestra deslumbrante que cuenta la historia del vino, su consumo y comercio, desde los años de su invento en la alta Mesopotamia, seis mil años antes de nuestra era. Y al concluir la visita, obvio, en la terraza superior, una degustación del más exquisito vino de Burdeos.
Retornando a Madrid, en el tren AVE (alta velocidad), se puede observar el registro de la rapidez en cada vagón. Normalmente 248 kilómetros por hora, nada que ver con otros inventos caribeños.
La capital española, desde ya, es la fiesta del turismo (y la gentrificación). Visitantes de toda Europa disfrutando de su animación, sus museos y su vida nocturna, toda vez que durante el día los termómetros llegan a los 38 grados, y que obligan a repostar frescura en cualquier cervecería de barrio. Una “tapa” obsequiada (de anchoas, de jamón) y a seguir recorriendo la ciudad de los desvelados.
Sorprende la ausencia de autos, toda vez que el transporte público es un servicio riguroso y ordenado. Los horarios se cumplen, todos los vehículos llevan aire acondicionado y el uso del automóvil es en verdad estorboso. Visitar sus museos es un encuentro con el arte europeo (España fue imperio), sobre todo con el Guernika de Picasso, en el Museo Reina Sofía donde se resguarda desde que fue cedido por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. El cuadro retrata el primer bombardeo masivo de la historia, en 1937, sobre aquel pueblecillo vasco arrasado. Como otros “Guernikas” deberían estar siendo plasmados hoy alrededor de Beirut y Gaza.

 

Don Fidel, su ausencia

Todo se remonta a la plaza Haymarket, a orillas del lago Michigan, en 1886. De la represión que efectuó la policía contra los manifestantes obreros, se hablaría después de los “Mártires de Chicago” que así se inscribirían en la historia. Aquel Primero de mayo daría pie a la institución del Día Internacional del Trabajo (o del trabajador), que es celebrado en todos los países.
Para esa fecha circulaba ya el Manifiesto Comunista, publicado por Carlos Marx y Fedeico Engels, donde se instruía al movimiento obrero mundial para emprender la revolución proletaria que los liberaría de la explotación capitalista de los burgueses dueños de fábricas y empresas. Una de las medidas previas a la gran revolución obrera, consistía en luchar por medidas concretas de mejoramiento salarial, por ejemplo la reducción de la jornada laboral a ocho horas, que fue el motivo de aquella manifestación histórica.
Se cuenta que hubo tiros, la participación de grupos anarquistas, el estallido de algunas bombas de fabricación casera. Muchos heridos y algunos muertos en las calles, que derivaría en la detención de una veintena de obreros, de los cuales cinco serían condenados a la horca. Todos ellos, menos uno, eran de origen alemán.
Ese ha sido el discurso que han manejado todos los gobiernos a partir de la instauración del régimen de la Revolución Mexicana, de modo que le resultó muy sencillo empatar el legado agrarista (que fue el principal motivo de la insurrección armada) con el “proletario” de aquel entonces. La Casa del Obrero Mundial y sus “batallones rojos”. Líderes como Vicente Lombardo Toledano (fundador de la CTM), Fidel Velázquez, Luis N. Morones (CNOP), Fernando Amilpa, Joaquín Hernández Galicia (La Quina, dirigente del sindicato petrolero), e incluso Joaquín Gamboa Pascoe (tan elegante), se empataban con el presidente en turno –Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari–, y desde el balcón central de Palacio Nacional veían marchar los contingentes obreros donde se sucedían los ferrocarrileros, los electricistas, los petroleros, los maestros, las enfermeras, los pilotos comerciales…
Recuerdo que más de una vez mi padre, ingeniero civil contratado en la SCOP (luego en la CFE), regresaba por la tarde de aquellos Primeros de Mayo extenuado de sol, por decir lo menos, para beberse dos vasos de limonada y tirarse en la cama para una siesta de tres horas.
Ha sido la condena de todos los gobiernos. Empatarse con mayor o menor hipocresía al discurso proletario que ya no aspira a la revolución mundial, sino a la mejora paulatina de las condiciones de vida del trabajador (vía del aumento salarial o la disminución de la jornada), pues en el fondo la extinción del capitalismo ha quedado para las calendas.
El dirigente de dirigentes era el zorro Fidel Velázquez, secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, acompañando a todos los presidentes desde Lázaro Cárdenas hasta Ernesto Zedillo, de modo que a sus 97 años era retratado por el caricaturista Magú rodeado de moscas, seguramente panteoneras, acechándolo.
Y las gafas oscuras, y la imprescindible corbata, y sus declaraciones mofletudas que nadie comprendía, amén de sus tres frases históricas que han quedado para el bronce de los monumentos: “El que se mueve, no sale en la foto” (en política, no te salgas del huacal subordinado). “Llegamos a balazos, con la fuerza de las armas, y así nos habrán de sacar”. “Estamos con el partido, y con usted Señor Presidente… hasta la ignominia”, y José López Portillo, que era letrado, sonrió por el despropósito.
Ya mayor, a sus noventaitantos, llegó al hospital para atenderse de un mal que le impedía sostenerse en pie. El país entró en pánico, “¡cómo, está en peligro la vida del dirigente histórico del proletariado nacional!”. Una sagaz reportera se coló al nosocomio, se disfrazó de enfermera, llegó hasta su cuarto y en soledad le preguntó:
–¿Don Fidel, qué ha sucederle al movimiento obrero ahora en su condición?
El viejo zorro, reconociéndola, le respondió:
–Ay, Carmelita, mire usted… los seres humanos a veces se enferman, y yo, que soy humano, ahora me encuentro malito.
Pero aquello se extinguió con el líder histórico en 1997, a poco de que el “sector obrero” del PRI se hiciera polvo con el partido agonizando en su lecho de muerte. Qué falta nos hace ahora don Fidel, erguido con su inseparable puro a la mano, aguantando unos segundos para estrechar la mano del presidente en turno. Ese era pundonor proletario, no como ahora.

 

Un mirlo blanco

Tenía 29 años y se transportó como pudo a ese rincón del país. Era septiembre de 1955, el servicio meteorológico vaticinaba de posibles tormentas arribando al litoral quintanarroense, como ya había ocurrido semanas atrás con el huracán Hilda. Y el territorio caribeño enfrentó ese nuevo ciclón. El 30 de septiembre, dictándolo por vía telefónica, el despacho del reportero afirmaba: “El huracán Janet tocó ayer las costas del Caribe mexicano dejando un sudario de horror y destrucción que suma ya 97 muertos, en su mayoría niños. Se puede afirmar que Chetumal, la capital de este territorio, ha dejado de existir”. Firmaba la nota el osado reportero Julio Scherer García.
Estos días se cumplen cien años de nacimiento del, quizás, más destacado periodista del siglo XX mexicano. Una semblanza de él, publicada por Arno Burkholder en las páginas de Letras Libres, refiere que el inquieto jovencito no se conformó con iniciar las carreras de Jurisprudencia y Filosofía en la Universidad Nacional, y así fue a dar (recomendado por su padre) a la redacción del diario Excélsior, que dirigía Rodrigo de Llano. De “office-boy” y “hueso” no pasó el primer año, pero poco a poco fue comprendiendo ese oficio de colmillo, astucia y filantropía.
Muy pronto el joven Julio Scherer aprendió las claves y mañas que ejercían, en ese oficio, Enrique Borrego, Carlos Denegri, Luis Spota y el mismo Regino Hernández Llergo (director de Impacto) quien, al conocer su insobornable honradez, lo bautizó como “el mirlo blanco” del periodismo de aquel entonces. (Un mirlo, como todos recordarán, es negro renegrido).
Su desempeño y buen oficio lo llevaron a dirigir el periódico iniciando el año de 1968, hasta el golpe administrativo ocurrido en julio de 1976, y que fue auspiciado por el gobierno de Luis Echeverría. Así lo cuentan las hemerotecas: los reportajes, artículos y entrevistas de esos dos años (1974 y 75) eran feroces en cuanto al despilfarro y desatino de las medidas gubernamentales. Las firmas de Daniel Cosío Villegas, Heberto Castillo, Gastón García Cantú, Froylán López Narváez, Miguel Angel Granados Chapa, Vicente Leñero, Ángel Trinidad Ferreyra, Carlos Monsiváis, así como las caricaturas de Abel Quezada irritaron tanto al gobierno, que se decidió ese “golpe interno” manipulando una asamblea de cooperativistas que decidió la expulsión de Scherer y su equipo. Para bien.
A poco de eso los periodistas proscritos decidieron fundar una publicación igualmente crítica e insobornable. Así nació, en noviembre de 1976, la revista Proceso, cuya lectura fue obligatoria para mi generación. Los cartones de Naranjo, las colaboraciones de José Emilio Pacheco, los artículos de Heberto Castillo y Ricardo Garibay.
Decíamos que para bien fue el golpe de Echeverría al periodismo que representaba don Julio, ya que la embestida provocó la multiplicación de medios analíticos y esclarecedores que poco a poco fueron poblando los kioskos de prensa… después de Proceso, los diarios Unomásuno (luego La Jornada), Reforma, Milenio (en sustitución del viejo Novedades), El Financiero, El Heraldo (refundado), La Crónica, La Razón…
Los jueves por la tarde, a la hora del café en el Vip’s de Plaza California, era muy divertido encontrarse en la mesita del rincón a Vicente Leñero, don Julio, el jesuita Enrique Maza, Carlos Marín… callaban sus secretos de Estado y me saludaban. La secta se reunía ahí en preparación de la junta que decidiría la edición de Proceso, a dos cuadras de ahí.
La escisión aquella que me permitió tratar, y cruzar alguna copa, con reporteros, jefes y editores como René Arteaga, Manuel Becerra Acosta, Jorge Hernández Campos, Rodolfo Rojas-Zea, Rafael Cardona, Raymundo Riva Palacio, Carlos Duayhe, Antonio Andrade, Enrique Loubet, David Siller, Abelardo Martín, Jaime Avilés, Antonio Marimón, Carmen Lira, Agustín Gutiérrez Canet, José Manuel Fortuny, Guadalupe Irízar, Javier Molina, Ramón Márquez, Víctor Avilés, Ramón Colombo y Eduardo Deschamps quien, después de entrevistar a Brigitte Bardot en el Aeropuerto Internacional, a instancias de ella se bebieron una botella de champagne en el Ambassadeur de Reforma.
Y todo por la honorabilidad de don Julio. A mucha honra.

 

El cuarto Reich

 

El personaje es severo pero a la vez un poco zoquete. Usa gafas oscuras, luce sus medallas en la casaca, es chaparrito de dar risa. Los lectores sabíamos que se trataba de una caricatura del dictador Augusto Pinochet (tal vez Rafael Videla) cometiendo tropelías y abusos al por mayor. El cartón apareció en las páginas medias del diario Unomásuno y duró allí una eternidad. Luego se mudó a La Jornada y ya se habrá perdido en el confín de las rotativas, toda vez que su autor, el chileno José Palomo, pasó a mejor vida el sábado pasado.
Aquel diario se fue poblando de exiliados sudamericanos a pasto. También los había guatemaltecos (J. Manuel Fortuny), dominicanos (Ramón E. Colombo), salvadoreños (René Arteaga). Sin embargo el grueso de los inmigrantes era de origen argentino, y varios chilenos, como Palomo. Discreto, amable, de pocas palabras, falleció a los 82 años sin haber retornado a su natal Santiago de Chile, de donde migró en 1973, tras el golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende.
Fue la circunstancia que marcó a mi generación. El gobierno de la Unidad Popular Chilena, que se presentaba como la primera instancia del “arribo al socialismo” por la vía electoral. Sus apoyos incondicionales eran Fidel Castro, en Cuba, y Luis Echeverría, en México. Del primero se dice que le obsequió un fusil Kalashnikov “para que lo empleara si llegase el momento”, que fue el 11 de septiembre de 1973, cuando todo se vino abajo y Allende debió emplearlo para disparar contra los aviones que bombardeaban el Palacio de La Moneda, y contra él mismo, con la última bala.
El presidente Echeverría lo recibió como invitado de honor en el invierno de 1972, con giras por el Distrito Federal y Guadalajara, donde el chileno pronunció un discurso que anunciaba su despedida. “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción de la vida”. La disertación fue en el Paraninfo de Medicina de la UdeG; yo estuve ahí. Diez meses después fue la asonada, y esa misma tarde, en el tejado de la embajada chilena, Hugo Gutiérrez Vega lanzó una arenga “contra los esbirros de los espadones”, para formar las brigadas de combatientes que iríamos a luchar en defensa del presidente Allende que, en esos minutos, pasaba a mejor vida.
Por cierto que, en una confesión años después, Gutiérrez Vega, como presidente del Comité de Solidaridad con el Pueblo Chileno, me contaba una anécdota que ni James Bond:
–Por aquel tiempo (1974-75), viendo que el gobierno del sátrapa se consolidaba en Chile, se abrió una rendija de perdón y libertad. Nos hicieron saber en el Comité que el gobierno pinochetista estaría dispuesto a liberar a algunos presos de cierto renombre, un trueque en metálico, ni más ni menos. Un preso por una maleta llena de dinero. Estrictamente, 150 fajos de billetes de 20 dólares en cada valija. Lo hablamos con don Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, quien nos dio todas las facilidades para el intercambio pero, eso sí, que guardáramos la reserva del caso porque de lo contrario… y la comunidad de exiliados hicieron una campaña secreta de recolección de dólares, que el gobierno luego acompletó, como decimos. Viajamos a la base militar de Río Hato, en Panamá, gobernada entonces por el general Omar Torrijos. Y sí, volamos en un avión de la Fuerza Aérea Mexicana con 80 asientos, en cada uno amarrada una maletita con aquellos dólares. Aterrizamos y pocos minutos después descendió una nave del ejército chileno. Yo era el interlocutor mexicano, acompañado por tres oficiales del ejército, y de la parte chilena lo mismo, tres coroneles cuyos nombres no recuerdo. Y así, con la lista en mano, procedió el cambalache: medio centenar de presos que, ahí mismo, eran liberados de las esposas que los maniataban. Y asunto acabado, cada avión de regreso y sanseacabó.
De no creerse.
Igualmente chileno, fugado de la barbarie militarista, fue el buen Poli Délano, escritor que muy pronto se asentó en la florida Cuernavaca (vivía en una habitación del hotel San Angelo), y se ganó la amistad del medio literario. Así bautizado por culpa de Pablo Neruda quien, al tenerlo en brazos, aseguró que esa criatura tenía cara de San Policarpio, el obispo de Esmirna, y se le quedó el nombre. Nos acompañaba a cuanto encuentro de escritores se organizaba en el país… Zacatecas, Morelia, Acapulco, Monterrey, la FIL de Guadalajara, celebrando con sus pares Rafael Ramírez Heredia (El Rayo) y Hernán Lara Zavala.
Triste, muy triste fue la muerte de su hija Bárbara caída en el avión que la transportaba a Santiago, y que obligó a Poli a trasladarse a esas playas peruanas para ver si podía rescatar algo de ella… un zapato, una bufanda. Como capítulo de una novela por demás atribulada.
Así ahora se nos ha ido Palomo, melancólico como todos los chilenos, con su Cuarto Reich que se salvó, por lo visto, de los misiles de míster Trump, y sus comandos aerotransportados. Cosa de tener suerte.

 

Al grito de guerra

Barítonos y sopranos, todos en el salón de clases nos esmerábamos por ser el que mejor entonara las estrofas apuntadas en el pizarrón. La leyenda decía que el poeta había sido encerrado por su novia, hasta que no completara los versos que compondrían esa propuesta de “himno nacional” en el concurso de 1854 convocado para el caso.
Y en esas estábamos hasta que un compañero, el rebelde del grupo, alzó la mano preguntando:
–Maestra, ¿por qué la palabra “guerra” se repite siete veces en el Himno?
La respuesta (que no la hubo) reside en que el ambiente nacional de entonces, después de la guerra con Estados Unidos que perdimos (y que nos costó la cesión de los territorios del norte, de California a Tejas), era del todo vindicativo. Sí, que nadie osase plantar el pie extranjero en la Patria dolida, porque se le irían encima bridones y rugidos de cañones.
El teórico militar Carl von Clausewitz lo explicó en las páginas de su famoso tratado: la guerra “no es más que la continuación de la política por otros medios”… más explícitos que la discusión parlamentaria.
De los “alegres años veintes” del siglo pasado, a los de este XXI, el panorama se ha trastornado. Los países que hoy están en guerra suman una decena (Ucrania, Rusia, Pakistán, Afganistán, Estados Unidos, Israel, Irán, Kuwait, Irak, Palestina) por lo menos, sin contar los conflictos e intervenciones militares localizadas, como ha ocurrido en Caracas y en Tatalpa, Jalisco.
Todo lo cual lleva a concluir que la visión idealista de un mundo en permanente paz, es por demás ilusa. El espíritu guerrero habita desde siempre en nuestras arterias, y no ha habido lapso de la historia sin uno o dos conflictos de ese tipo. Desde los murales de Cacaxtla hasta las pinturas de Eugene Delacroix, son exaltadas las batallas donde el vencedor impone la propia causa. El siglo pasado fue un hervidero de guerras, algunas internas referidas como “revoluciones”, que abarcó a los cinco continentes. Así que ahora no nos debemos llamar a escándalo.
El presidente Donald Trump así lo ha entendido, y asumiéndose como heredero intervencionista de las dos guerras mundiales, la de Corea, la de Vietnam, la de Irak, hoy ha decidido abrir un nuevo frente en la antigua Persia, estrangulada por el régimen de los Ayatolas. La única diferencia es que anteriormente se requería del desplazamiento de batallones y artillería por miles, cuando que hoy la guerra se está decidiendo con el disparo de cohetes teledirigidos y drones.
El gran temor es que alguno de los contendientes resuelva defenderse con armas de orden atómico, lo que dislocaría por completo el acuerdo tácito que se mantiene, otorgando a las grandes potencias sus parcelas de influencia. Estados Unidos, Rusia y China, en primer orden, y detrás Francia, Reino Unido, Corea del Norte, Israel, India y al parecer ya no Irán.
Es algo de lo que ya no se habla con la efusividad de los años 60, cuando la “crisis de los misiles” mantuvo al planeta suspendido de un hilo, con los teléfonos calientes de Nikita Kruschev y John F. Kennedy.
Ahora las imágenes de Gaza arrasada, luego de la declaración implícita de guerra del 7 de octubre de 2023, cuando tropas de Hamas atacaron territorio de Israel, se han vuelto la estampa que suple a las fotografías de Vietnam o las de la “la madre de todas las batallas” en Irak.
El talante belicoso de míster Trump no es muy distinto al del presidente Richard Nixon en 1970. El enemigo de entonces era el avance del comunismo, el de ahora es el del empoderamiento islámico, y de refilón la guerra contra el terrorismo de los cárteles, que se habrían apoderado de cierto país que no lo reconoce.
La continuación de la política por otros medios, bien lo decía Von Clausewitz, de modo que malamente nos estamos acostumbrando a las imágenes de la guerra, como si fuesen un capítulo más de la entrega de los Óscares.
En todo caso nos queda el Himno para liberarnos de cualquier afrenta, y los patrios pendones, ¡guerra, guerra!, en las olas de sangre empapar.

Duro y a la cabeza

La escena se repite una y otra vez en las pantallas de cine: el condenado marcha cabizbajo, murmurando una oración personal pues en lo alto del cadalso lo espera el verdugo con el hacha en ristre. Le tapan el rostro con una capucha y, al gesto afirmativo del fiscal, se completa la ejecución acompañado por el grito de la multitud, “¡ahhhh!”, cuando la cabeza del decapitado rueda por el patíbulo. Ya no la cabeza del rey Luis XVI, sino que el decapitado es un maldito inefable que habitaba, un día sí y otro también, la primera plana de los periódicos.
Primero fue Nicolás Maduro, después Nemesio Oseguera, hoy se trata del ayatola Khamenei. En los tres “operativos” efectuados en sus baluartes, vigiló desde lo alto el ojo impacable del águila calva. La CIA, el Pentágono, la DEA. A los tres caudillos se les enviaron mensajes disuasivos, pero no los quisieron interpretar. “Iremos por ti, por las malas o por las peores”, y así ocurrió.
Decapitar al maligno, ni más ni menos, es la estrategia de hoy. Ya no las invasiones de antes, los desembarcos, las columnas acorazadas avanzando palmo a palmo por el territorio enemigo. Ahora veinte helicópteros, una compañía conjuntada de la Guardia Nacional y el ejército, una andanada de proyectiles teledirigidos… son suficientes para abatir al jerarca del mal.
Cuando los electores norteamericanos optaron por el candidato que prometía el eslogan de MAGA, no imaginaron que esa consigna de ser “grandes otra vez” implicaría retornar al intervencionismo que floreció en el siglo XX, cuando el ejército estadunidense se jactaba de invadir territorios para enderezar gobiernos hostiles y execrables. Nicaragua, Corea, Vietnam, Grenada, Panamá… por no recordar la intervención yanqui en aquel Veracruz de 1914, convulsionado por una y otra asonada.
La estrategia es la misma; lo que ha variado son las tácticas. Ya no se requiere del traslado masivo de infantes y cañones; la última campaña de ese tipo fue en Irak, en 2003, con resultados ambivalentes. La deposición del autócrata Saddam Hussein, ejecutado en 2006, requirió de la movilización de más de un millón de efectivos norteamericanos hasta el año 2011, en que se dio por terminada la ocupación.
Con el ayatola actual, sucesor del temible Ruhollah Jomeini (cabeza de la Revolución Islámica de 1979), se ha requerido de una actuación distinta. Coordinadas las fuerzas aéreas de Israel y Estados Unidos, acometieron un bombardeo quirúrgico contra los centros de mando y los palacios donde se encontraban Khamenei, lo mismo que sus ministros de Guerra, Guardia Revolucionaria y Consejo de Defensa, de modo que en una hora los cuatro dirigentes quedaron eliminados.
El caso de Nicolás Maduro, la noche del 2 de enero pasado, no fue muy distinta. Como se ha sabido, un comando especializado se encargó de “extraerlo” de su residencia, sin que se haya registrado una sola baja del equipo de operaciones especiales (SEALS) que intervino en su residencia de Fuerte Tiuna. Lo que sí, 32 guardaespaldas cubanos que se encargaban de su protección, quedaron eliminados.
“Duro y a la cabeza”, decíamos en las riñas preparatorianas. La operación del pasado 22 de febrero, en el conjunto residencial de Tapalpa, Jalisco, intentó igualmente ser “quirúrgica”. El operativo conjunto del Ejército y los miembros de élite de la Guardia Nacional, que habrían intervenido en su captura, lo hicieron con información proporcionada por la CIA y el Departamento de Estado de Estados Unidos. Informantes locales, espionaje telefónico, supervisión satelital permanente (hay que ver la serie Fauda, en Netflix), facilitaron el asalto a la “cabaña de descanso” del temible capo, con las consecuencias por todos conocidas.
Ya no el hacha del verdugo. Para decapitar al déspota, a partir de hoy, ya no se necesitarán las acciones bélicas de antaño, que requerían de la movilización de miles y decenas de miles de soldados. La tecnología actual ahorrará mucho dinero a los gobiernos que han resuelto ese tipo de operaciones. Se calcula que la intevención militar estadunidense en Irak, para deponer al gobierno de Hussein, habría costado 800 mil millones de dólares. En cambio una bomba Sentinel (sustituto de los misiles teledirigidos Minuteman) cuesta 160 millones de dólares. Con diez de esos cohetes se puede eliminar a cualquier narco-terrorista, dictador, o autócrata escondido en el más profundo de los refugios.
Seguramente que algo ocurrió en la mente del candidato Donald Trump el 13 de julio de 2024, cuando la bala disparada por Thomas Matthew le hirió la oreja derecha. Al sobrevivir al atentado, seguramente pensó que fue por algo. Una misión redentora. Lo de estos días son las consecuencias.

 

Sin corbata

La idea fue de Jaime Torres Bodet, luego de conversar con el candidato electo, Adolfo López Mateos. Hacer libros para todos los niños de México, atractivos, gratuitos, instructivos. Así en 1959, luego de creada la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, fue publicado el inaugural de ellos: “Mi libro de Primer Año”.
La leyenda cuenta que don Adolfo, cuando niño, no tenía libro escolar y era la burla (como siempre) de sus compañeritos del salón de clases. Después de su aciaga participación como orador en la campaña presidencial de José Vasconcelos, después de su trashumante peregrinaje hasta la hacienda en Chiapas donde vivía su verdadero padre –don Gonzalo de Murga–, después de sobresalir como senador y como ministro de Trabajo, López Mateos fue electo presidente de la República. Cuentan que se emocionó hasta la lágrimas al tener en las manos aquel primer ejemplar, en cuya portada lucía el retrato de La Patria, óleo de Jorge González Camarena.
Hoy el retrato de Carlos Marx luce en el escritorio de su homónimo, Marx Arriaga, director de Producción Editorial en la SEP. Es cosa de revisar las fotografías de prensa. De ese modo, el capitán de los libros gratuitos que reciben los niños en México, se precia de ser coautor de la Nueva Escuela Mexicana, que se ha impuesto desde diciembre de 2018.
Quien revise los libros de texto hoy vigentes, comparados con los editados en décadas anteriores, se podría ir de espaldas. El ánimo por la formación y el aprendizaje (científico) se ha puesto de lado en beneficio de la instrumentación ideológica. En el libro de Cuarto Año, por ejemplo, asoma el dibujo de un caballero elegante, trajeado, sobre el cual hay una voluta de rayones, eliminándolo, sobre una leyenda que dice: “Las personas que llevan corbata son desconfiables”. Así nomás.
Ahora que don Marx Arriaga ha sido despedido de su puesto, sin embargo, se asegura que no habrá cambios en el contenido de los libros producidos por la Conaliteg, si acaso serán incorporados temas de las mujeres y las comunidades indígenas del país. Y como don Marx Arriaga no se quiere ir de su trinchera… perdón, de su oficina, ha emprendido una campaña para salvar el puesto, aduciendo que las fuerzas neoliberales, en connivencia con el titular de la SEP, Mario Delgado, están confabuladas contra él y la “revolución educativa” que encabezaba.
Para quienes hayan leído el Manifiesto Comunista, recordarán que tesis fundamental del volumen es aquella donde se afirma que “La historia del mundo es la historia de la lucha de clases”. En ese volumen, escrito emparejadamente por Federico Engels y Carlos Marx (el verdadero), asoma la primera frase de terror cívico: “Un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo”.
Así ahora, en la crónica que podría escribirse desde el sexto piso de la SEP (donde el licenciado Arriaga permanece atrincherado), asomaría la sentencia: “Un fantasma recorre la SEP, es el mismo que vaga por Palacio Nacional”. Cosa de esperar cómo se desenvuelve el desaguisado.
Los precedentes políticos que confluyeron en la integración del PRD –luego Morena–, fueron partidos de apellido histórico: Popular Socialista, Socialista Unificado (antes PCM), Mexicano de los Trabajadores, “Tendencia democrática” del PRI. Todos tildados de izquierda, asumiendo el marxismo como principio motor de su lucha, que era (y es) la de los desheredados del mundo. Recuérdense las pueriles pancartas asomando en las dos campañas electorales de Cuauhtémoc Cárdenas… Carlos Marx, Federico Engels, Joseph Stalin, junto a las imágenes de la Virgen de Guadalupe. O sea, el que se daba en llamar “marxismo guadalupano”, del que hoy disfrutamos sus consecuencias.
La revolución proletaria requiere de conciencia, militancia, adoctrinamiento. Así fue en la Rusia zarista de 1917, así fue en Cuba después del 16 de abril de 1961, cuando la Declaración de La Habana. No es ningún secreto, en esa visión del mundo lo primordial es azuzar la “lucha de clases”… esclavos vs. patricios, siervos vs. hacendados, proletarios vs. capitalistas, y ahora “el pueblo bueno” vs. neoliberales. En ese sentido es como deben ser entendidos los nuevos libros de texto, bendecidos por don Marx Arriaga, para concientizar a las masas. Al fin que los encorbatados –del Banco de México y del Grupo Monterrey– son del todo desconfiables, y merecen ser tachonados a golpes de crayón.
Cada quien se llama como quiere (o como puede). Las Guadalupes son adeptas a la Virgen que apareció en el Tepeyac, los Benitos son discípulos del Benemérito, los Brandon del mundo son prosélitos del tosco Marlon de las películas. Así nuestro (Carlos) Marx defendiendo la barricada del sexto piso… ¿por qué ese nombre tan histórico? ¿De qué se hablaba en la sobremesa familiar? ¿De princesas y castillos, del canto de Filippa Giordano? Me parece que no mucho, aunque sí de incendiar corbatas, tan incómodas por cierto.

* Este artículo debió publicarse en la edición del martes, lo que no ocurrió por un problema de comunicación interna. Una dis-culpa al autor y a los lectores.

 

Gabachismos

Montañés rústico y grosero. En el origen la palabra “gabacho” significaba eso. Campesino francés en las fronteras de Aragón y Cataluña. Así llegó el apelativo a tierras de América, y lo de franchute gañán se trasladó a los “americanos” rubios y patanes que fueron llegando a partir de 1848. La guerra por la que cedimos California, Texas y Arizona.
Gabachos que habitan “el Gabacho”, o sea, la patria de su majestad, don Donaldo Trump, buscando desesperadamente retornar a los años de felicidad y supremacía (por medio de MAGA, su campaña electoral) cuando Mickey Mouse, Elvis Presley y Dwight D. Eisenhower mangoneaban el mundo a su gusto.
Así las cosas, consideremos la necesaria publicación de un Diccionario de Gabachismos, que iniciaría con:
BARDA –muro fronterizo que se extiende (o debería extenderse) a lo largo de los mil kilómetros que van de Tijuana a Ciudad Juárez, y que el presidente Trump buscó levantar físicamente en su primer periodo. También se le conoce como La Línea. De ahí el concepto “saltarse la barda”. Igual que “el muro”, “la alambrada”.
BESTIA –“La Bestia”, ferrocarril de carga que corre del Itsmo de Tehuantepec hacia el norte (Nuevo Laredo, Reynosa, Ciudad Juárez), sobre el cual trepan los inmigrantes centroamericanos (hondureños, nicaragüenses, haitianos incluso) para viajar encaramados sobre el techo de los vagones. También le llaman “tren de la muerte”, y en él se evita ser requeridos en los puestos de control migratorio distribuidos a lo largo de las carreteras.
CARAVANA –tropel o romería de migrantes centroamericanos que avanzan desde la frontera sur (Tapachula, Corozal) hacia el norte. Las columnas, que parten cíclicamente, son de caminantes (no en vehículos) y conjuntan a muchas familias enteras. Su arribo a la frontera es todo un espectáculo.
COYOTE –traficante ilegal de personas, fundamentalmente migrantes que buscan llegar a la frontera norte, muchas veces ligados a los distintos cárteles de la droga. La cuota promedio es de 8 mil dólares por “pasar” a un ilegal a suelo estadunidense.
DERECHOS HUMANOS –argumento que se esgrime a la hora de enfrentar a los guardias fronterizos (derecho a la vida, la libertad de expresión, derecho al trabajo, igualdad ante la ley), aunque el sujeto se encuentre en falta ante las leyes migratorias.
GREEN CARD –documento que garantiza la “residencia permanente” de un extranjero en suelo norteamericano. Es la panacea de todo migrante.
ILEGAL, INDOCUMEN-TADO –persona que habita y trabaja en territorio de Estados Unidos sin documentos que garanticen su residencia lícita. Lo contrario, un “residente legal”.
MIGRA –agente fronterizo. Policía de migración, hoy destacadamente cumplido por la agencia ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) que incursiona permanentemente en los sitios públicos y centros laborales frecuentados por la población latinoamericana (especialmente mexicanos).
MOJADO –en inglés, “wetback” (espalda mojada). Migrante ilegal que cruza el río Bravo (o Grande) a nado o vadeándolo. “Irse de mojado”.
REFUGIO –casa o residencia para acoger migrantes (proporcionando techo, alimentación y auxilio psicológico), normalmente a recién llegados. Ahí se les prepara a fin de continuar su migración legal hacia Estados Unidos, o su residencia local.
REMESA –envío regular monetario a los familiares del migrante. Se emplean todo tipo de medios de transferencia (físicos, bancarios, por transmisión digital).
PAPELES –documentos que garantizan el libre tránsito del migrante (“green card”, pasaporte, visa). “Llevar o no llevar papeles”.
PUENTE –paso fronterizo, aduana ubicada sobre el cauce del río Bravo. “Cruzar el puente” es ingresar legalmente a Estados Unidos.
QUEDAR(SE) –ingresar a territorio estadunidense como visitante o turista, y decidir la permanencia en ese país para laborar o establecer una familia, sin trámite migratorio legal. “Fue y se quedó”.
VISA –Obtenerla es la garantía para aspirar al “sueño americano”. Perderla es un trámite que anuncia el inicio de un procedimiento judicial (por rastreos mafiosos) que puede terminar con la cárcel.
Migrar, migrar, migrar… como lo hicieron nuestros antepasados, como lo hacen nuestros familiares, huyendo siempre de las infaustas condiciones del aquí y ahora. “Hacer las Américas”, se decía antes; “mudarse a Gringolandia”, se dice ahora. Con ICE, o a pesar de ella.

 

¿Y si Fidel tuvo razón?

Como somos superiores (arios, portadores del martillo de Thor), deberemos convencer –y conquistar– al resto del mundo. Fue la tesis que esgrimió el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores, Nazi, para lanzarse a la ocupación de las naciones adyacentes… Austria, Checoeslovaquia, Polonia, Francia, Hungría, Rumania, todo con el propósito de erigir el Tercer Imperio (Reich).
El ejército comandado por Adolfo Hitler logró sorprendentes éxitos en los primeros años del conflicto, 1940, 1941; después vendría la debacle, que duró hasta la ocupación de Berlín el 30 de abril de 1945. Lo demás, es historia.
Los marxistas afirman que la lucha de clases ha sido la clave del acontecer histórico: esclavos contra patricios, siervos contra señores feudales, proletarios contra burgueses. Ha sido la clave de algunos movimientos políticos fundados en la imposible reconciliación social.
Sin embargo el acontecer reciente nos recuerda que otra interpretación, igualmente válida, es la de los imperios en pugna. Imperios que se han apoderado de la mitad del mundo, imponiendo su estatus, su religión, su idioma, y obligando al ineludible tributo, cuando no la cesión territorial. Así ocurrió con el imperio de Alejandro, la Roma del César, el imperio Otomano, la invasión mongola de Gengis Kahn, la expansión musulmana, el imperio de Carlos V (“donde nunca se ponía el sol”), el imperio británico, el japonés, ya no se diga la Europa soviética resultado de la II Guerra Mundial.
La reciente bravuconada de Donald Trump, advirtiendo que en algún momento se apoderará de Groenlandia, no hace sino confirmar la tesis que esgrimía Fidel Castro en cuanta tribuna se le presentaba. Su lucha, la de la pequeña Cuba socialista, era contra “el imperialismo norteamericano”, así cuando en lo personal disfrutase de beberse diariamente dos cocacolas.
Aupado por la campaña MAGA que lo llevó al poder por segunda ocasión (Make America Great Again), el republicano ganador pareciera empeñado en “conformar” el entorno occidental a su gusto y conveniencia. La sustracción del presidente (usurpador) Nicolás Maduro, en una operación militar que merecerá traducirse en película de Netflix, se inscribe en esa visión totalitaria. A Maduro se le acusó (desde luego) de narco-terrorista, cabecilla de un cartel que enviaba a Estados Unidos embarques cotidianos de cocaína. Ahora, en la cárcel federal de Brooklin, el ex mandatario venezolano deberá esperar la defensa que haga su abogado. No es probable que vuelva a mirar el sol en libertad.
Los imperios, por definición, imponen sus reglas en todo territorio dominado. Luego del “evento Maduro” es previsible cualquier otro tipo de acción similar. ¿En Cuba, en Nicaragua, en Colombia? ¿Otro país? La argumentación podría ser igualmente sólida (o endeble) pues la situación lícita de algunos de sus líderes no es (a simple vista) del todo pulcra. Máxime que ahora es posible acusar libremente a cualquiera, casi a cualquiera, de “narco-terrorismo”.
Quien dio luz verde a los nuevos desplazamientos imperiales fue Vladimir Putin con la invasión a Ucrania en febrero de 2022, cuando acusó a sus dirigentes de ser “neo-fascistas”. Así que neofascistas o narco-terroristas, ¿cuál es la diferencia a la hora de resolver una intervención militar? Otras invasiones imperiales, muchos siglos atrás, se decidían por acusar a sus indefensos pobladores de infieles, antropófagos, enemigos de la civilización.
Groenlandia tiene la tercera parte de los pobladores de Tulancingo, así que su ocupación será, ante todo, estratégica. Una nueva “frontera” ante los otros dos imperios en pugna, el ruso, el chino, que igualmente hacen planes de movilización al hallar cualquier excusa punible. Sería el caso de Taiwán, el de Rumania, como lo fue el Tíbet en 1950, acusado de sufrir un gobierno de “despotismo feudal”.
Primero fue Canadá, hace un año, pero los canadienses (que suman 40 millones) dijeron que nanay. Así que ahora el imperialismo norteamericano –que no es imperio, sino república monroeísta– anuncia la probable modificación de sus fronteras estratégicas hacia la enorme isla, casi despoblada, que administra Dinamarca.
Habrá que ver, toda vez que ya, desde los años 1950, somos partícipes de esa cultura imperial (que también es nuestra) que incluye a Micky Mouse, la Serie Mundial, el rock, Marilyn Monroe, la pizza, el jazz, Marlon Brando, Hollywood, las Torres Gemelas y Madonna.
¿Tenía razón Fidel? No sé.