El presidente capturado

Lo despertaron las explosiones. Apenas iba hilando el sueño cuando estuvieron allá, no lejos, los efectos del bombardeo. Algunos disparos acercándose, ¿dónde dejé las botas?, y los gritos en inglés de la infantería cercándolo. ¿Qué hacer? No había modo de esconderse, ¿huir adónde?, y los gritos y las detonaciones aproximándose. Así, a medio sueño, fue apresado el presidente de la República, don Antonio López de Santa Anna, en la batalla de San Jacinto, combatiendo al ejército norteamericano que había invadido el suelo texano. Era el año de 1837, y el general y presidente, ya preso, fue llevado en carruaje con rejas hasta la ciudad de Washington, donde se le mantuvo cautivo durante siete meses a fin de “negociar” la sustracción de la República de Texas, que diez años después sería anexionada al territorio de Estados Unidos.
No muy distinta fue la extracción, por así llamarla, de Nicolás Maduro en la madrugada del sábado pasado. Ahora no fueron empleados las cureñas de artillería ligera, sino una veintena de helicópteros donde arribó el centenar de comandos encargado de llevarse, vivo o muerto, al jefe de Estado venezolano. Se trató de un operativo quirúrgico, sin necesidad del desembarco de tropas en la costa del Caribe, para apresar al mandatario de facto (nunca se publicaron los resultados de las elecciones del 28 de julio pasado), acusado de narco-terrorismo internacional.
El sofisticado operativo hizo recordar el caso del general Manuel Antonio Noriega, en diciembre de 1989, cuando el ejército del presidente George H. W. Bush asestó el golpe relámpago que derribó al mandatario panameño (se entregó, coincidentemente, el 3 de enero de 1990), acusado igualmente de narco-terrorismo. Permaneció en prisión hasta su muerte en 2017.
Ese recurso de las “extracciones relámpago” pareciera ser una exitosa estrategia militar que está implementando el ejército estadunidense. Recuérdese el “traslado” del capo Ismael Mayo Zambada, el 24 de julio de 2024, cuando según algunas fuentes fue capturado y llevado de Culiacán a El Paso, Texas, en un operativo que no ocupó más de cinco horas.
Como respuesta al secuestro del dictador Maduro Moros, las comunidades de venezolanos exiliados en el exterior, y que suman cerca de 9 millones de “expulsados” por la dictadura, no tardaron en celebrar el derrocamiento express del mandatario espurio… en Madrid, en Lima, en Miami, y en Tijuana incluso, dando gritos de “¡libertad, libertad!”, como si Mr. Trump les hubiera cumplido el sueño imposible.
Los idus de diciembre (y de noviembre) ya lo venían presagiando. Los ataques con drones a las embarcaciones repletas de cocaína que a todo motor surcaban las aguas del Caribe, procedentes de la costa venezolana, fueron el anuncio de lo que habría de ocurrir la madrugada del 3 de enero. Como en Los idus de marzo, de Thorton Wilder, novela que narra la muerte de Julio César en las escalinatas del Senado romano, así ahora el césar tropicalizado se vuelve para preguntar: “Tú también, Delcy”, pues la presidenta Rodríguez, sustituta, ha reaccionado impávida, con la palidez de las circunstancias.
La escena ideal habría sido ver a un audaz Nicolás Maduro empuñando el fusil Kalashinikov, la Colt automática, enfrentando con su vida a los comandos “seals” asaltando la alcoba presidencial. Su cadáver arrastrado, cubierto con la bandera bolivariana ensangrentada, listo para inscribirse en los mausoleos del caso… pero no ocurrió así. El presidente de facto simplemente se entregó, aseguran, luego que sus escoltas cubanos (ellos sí) enfrentasen a los “marines”.
Algunos analistas aseguran que la cuestión de fondo es el petróleo. Nacionalizadas las compañías petroleras por el gobierno de Hugo Chávez, ahora la empresa PDVSA sobrevive en la insuficiencia. No es ningún secreto que China financió al corrompido gobierno madurista a cambio del suministro de crudo (Venezuela posee los mayores yacimientos del mundo), y ahora las cosas quedan en el aire.
Lo de moda será condenar a todo grito la intervención militar que “secuestró” al mandatario venezolano. Rasgarse las vestiduras, llamar a foros internacionales, comités de solidaridad con las soberanías del tercer mundo… y así. No por ello será liberado el (ex) presidente Maduro, que desde ya enfrentará a los tribunales de la justicia norteamericana. Veinte, cuarenta años podría ser la sentencia, y el buen Nicolás guardándose en el polvo de la historia.
Quizás allí, frente a los barrotes de su estrecha ventana en Rikers Island, el natural de villa Chagaruamos pedirá que le pasen capítulos de las series Kojak y Columbo, a las que era tan aficionado en su adolescencia. Entonces asomará el pajarito, que se le presentó en abril de 2013, y que según él era el espíritu mismo del comandante Chávez. Tuiit, tuiiit, tuiiit… le chiflará, y sólo él sabrá qué le dice.

 

Venid, Reyes de Oriente

La nueva estrella asoma deslumbrante más allá de Maravatío. Ya vienen los Reyes de Oriente, en sus trocas y suburbans, desde el Houston, Río Grande y acullá. Ha nacido El Salvador, escucharon en un sueño, y allá van para presentarle sus parabienes.
Ese nuevo lucero sí que es sospechoso. ¿No será un asteroide asomando para impactar el Planeta? ¿O un dron del gabacho ciscando a los connacionales? “De que es una señal, no hay duda”, comentó en su momento Melchor, el de Galveston, yesero de profesión. “Vamos pues, y si no es nada nos devolvemos”, lo apoyó Gaspar desde Texarkana, donde se desempeñaba como jardinero. “Una centella como esa, nomás una vez cada mil años”, confirmó el primo Baltazar Reyes desde McAllen. Era el tercer primo.
Los tres Reyes quedaron de reunirse en Juárez, cada cual en su vehículo y de ahí bajar en caravana hasta donde el alumbrón destellaba. Así, para no perderse, grafitearon sus trocas con el epíteto familiar; Reyes, Reyes… y se iban comunicando por medio del celular.
–¿Ya vieron esas vacas jodidas?, deben estar agusanadas.
–¡Arrebásame, Gaspar! ¡Arrebasa que no hay fuckin shit delante!
–Ya me dio la hambre –intercedía Baltazar Reyes, tan antojadizo – ¿Y si nos paramos en esa birriería?
El plan era pernoctar en Zacatecas, acompletar los tanques de gasolina, que eran de 15 galones, y comprar algunas baratijas en los puestos de El Laberinto.
Arrancaron temprano, repuestos, con más curiosidad que esperanza. “Esa fucking star, ¿no será puro mareo, primo?”, gritaba Gaspar Reyes al teléfono cuando debió disminuir la velocidad. Un retén de la policía aparecía ahí delante.
–Uy, vienen del gabacho… – comentó el agente Augusto, al pedir los papeles– ¿Visitando a la family?
El permiso de circulación, el seguro del vehículo, ¿dónde van? El certificado aduanal, ¿traen green card?
–Uh, no. Vienen incompletos –gruñó amenazante el agente Adán– Así no van a poder seguir; tendrán que dejar aquí sus unidades. Parking here.
–Pero, pero… la vez pasada no hubo problema –se defendió el jardinero Gaspar– ¿Ahora por qué?
–Uh, ¿no se enteraron? –río burlón el otro policía– Acá hubo elección, la judicial ahora es democrática, del voto del pueblo. Somos distintos, nueva ley.
–¿Y entonces? –Baltazar atisbaba hacia el sur; la estrella de esperanza.
–Entonces hay que cumplir el trámite, disponer la norma “in situ”. Facilitar la cosa.
Los tres Reyes comprendieron el gesto, los agentes sobándose los bolsillos. Melchor, Gaspar y Baltazar se miraron contrariados. ¿Y entonces?
En eso asomó en el horizonte una polvareda. Varios vehículos aproximándose a toda velocidad… camionetas, vehículos pesados.
–¡Uuuta!, de nueva cuenta –gruño el agente Adán, dudando si desabrochar su pistolera.
–Son ellos meros –confirmó su compañero cruzándose de brazos.
Apenas arribar, frenando a polvo y rechinidos, retumbó el grito de los que ya saltaban:
–¡Quietos todos! ¡Acá llegan las cuatro letras! –portando cada cual un fusil de asalto.
–¿Qué traen los paisanos? –preguntó al agente Adán el cabecilla de los bandidos.
–Sabe… –respondió el policía– Apenas dialogábamos.
Los tres Reyes, obligados por la circunstancia, ingresaron a sus vehículos para mostrar las mercancías recién adquiridas.
–Oro –dijo Melchor, mostrando un santito de escayola pintado con esmalte.
–Mirra –adujo Gaspar al enseñar el envoltorio de tamarindo enchilado.
–Incienso– expresó Baltazar presentando la bolsita de copal.
Los asaltantes se miraron con gesto desengañado. “¿Tanto para esto?”.
–Creo que van al bochinche de Maravatío –másculló el jefe de policía.
–Al guateque de la famosa estrella, como tantos otros.
–¿Tú crees, Jicotillo? –rezongó el jefe de los bandidos– Entonces sólo nos llevaremos las unidades. A ver… esas llaves.
Dos minutos después procedieron, y en el mismo momento los policías del retén también abandonaban.
Los tres Reyes quedaron como pasmados. ¿Y ahora? Más tarde, cuando el cierzo arreciaba, vieron aproximarse una peregrinación. Venían a pie, retornaba del Tepeyac, repetían letanías y plegarias. Todos eran campesinos. Algunos pastores, gente de bien.
A los despojados viajeros no les quedó más que sumarse a la triste procesión. Ya se vería. Esa noche, descansando en un cobertizo de Apaseo, dos peregrinos de nombres José y María se apartaron. Ella parió en secreto a una hermosa criatura, y los tres Reyes decidieron obsequiarle aquellas insustanciales mercancías.
Nunca llegarían a Maravatío. La magnífica estrella desapareció, así nomás, esa misma noche. Los tres Reyes debieron regresar sin los documentos robados. Como ilegales, otra vez.

 

Siempre en vigilia

Sonreír o no sonreír. Los que la han presenciado saben que la primera sonrisa de un bebé es un éxtasis de redención. La risa de complicidad, “ya sabes que yo sé que tú eres tú”. Después de ese momento la vida es otra cosa. Aunque puede ocurrir que esa mueca de connivencia no se presente sino mucho después, digamos cuando la criatura retorna del colegio con un cinco en conducta.
El jueves pasado falleció Eduardo Manzano, el segundo de Los Polivoces, llevándose consigo la última sonrisa de los veintesigleros. A los 87 años, el gordo de la pareja se fue con su edípico grito “¡Ahí madre, ahí madre…!” que en su papel de Gordolfo Gelatino celebraba las puntadas de Naborita, la anciana madre, protagonizada por su mancuerna escénica Enrique Cuenca.
El dúo de las carcajadas, en sus apariciones televisivas, representaba otros papeles igualmente cómicos: Chano y Chon, Pasiflorino y Acelerino, los hermanos Lelos, Mostachón y el Wash&Wear, y desde luego los dos agentes de La Policía Siempre en Vigilia. En sociedad con el libretista Mauricio Kleiff, habitaron las pantallas de Televisa durante sus buenos 20 años.
Uno de los pecados capitales de la literatura (y en general de las artes narrativas) es la “Agelastia”, concepto que en griego significa eso: “el que nunca ríe”. O, alguien diría, aquel al que siempre hay que explicarle los chistes. Gente adusta, ceñuda, estreñida a perpetuidad. A nada le hallan la gracia, no gustan de oír guasas, viven con el rictus trascendente del existencialismo de la mala muerte. Gente que, como me confió un taxista en Madrid, pertenecen al bando de los QSJ. Gente que todo lo ve gris, podrido, y se la pasa gruñendo… La secta ésa, de los “que se jodan” si no quieren ser felices. O estar contentos, que la vida se nos va en un suspiro y no vale desperdiciarla rezongando a diestra y siniestra.
Los Polivoces eran el sol en las noches del jueves. Había que ganar el mejor rincón del sofá, apoltronarse, escuchar la musiquita que los anunciaba y sus capítulos breves escenificando a ese dueto despistado, exagerado, arrancándonos las carcajadas por atolondrados. Género humorístico, le llaman los sabios, y que nos persigue desde que Eurípides y Sófocles pisaron el teatro. Comedias, farsas, catarsis del respetable doblándose de la risa.
Los duetos cómicos han sido la clave del género en televisión. Recuérdese, si no, a Viruta y Capulina, Manolín y Schilinsky, Chabelo y Gamboín, Madaleno y Daniel Pérez Alcaraz, el Loco Valdés y Alejandro Suárez, Pompín y Nacho, el Chavo del Ocho y el profesor Jirafales. En fin, no terminaríamos aunque hay que añadir, desde luego, la pareja clásica del Quijote y Sancho Panza, o el Gordo y el Flaco (Stanley and Laurel), por no mencionar a Tres Patines y Mamá Nananina de La tremenda corte que transmitía la radio mexicana luego de su expulsión de Cuba.
En palacio el monarca siempre buscó la sonrisa de la pandilla de bufones. Cuando el príncipe Hamlet alza la calavera para emitir su famosa frase, está reconociendo la calaca de Yorick, el bufón de su niñez, sobre el que cabalgaba juguetón y reía hasta llorar. Ahora “ser o no ser”, es la sentencia que se repite en otros palacios, sabiendo de antemano la respuesta.
Cuentan que el presidente Miguel de la Madrid celebraba las ocurrencias de dos de sus ministros más divertidos: el secretario de Agricultura, Eduardo Pesqueira, y el regente del DDF, Ramón Aguirre. Se hacía acompañar por ellos, animándolos a contagiarle su buen humor. La peor broma de Pesqueira (se recordará) fue cuando en una gira le colocó de sopetón una peluca anaranjada al titular de Programación, Carlos Salinas… quien nunca le perdonaría la broma.
Reír es una necesidad humana, casi tanto como dormir. Los súbditos de Agelastos seguirán por la vida soltando bilis y rezongos. Sin Los Polivoces, sin Chaplin en las pantallas (ya no lo transmiten) la vida es quizá más trascendente, más Wifi, más actualizada por el Facebook y el TikTok, aunque definitivamente hemos perdido la risa espontánea de antaño. Ay, las carcajadas de Gordolfo Valentino, que eran de portento. Tienen la palabra el huachicol y los aranceles. Bienvenida la era de los bostezos… ¡Telón!

Simplemente colapso

Colapso, con todas sus letras. Estrangular, infartar, bloquear. La nación paralizada por el paro dispuesto por los transportistas (y muchos agricultores) cansados del robo cotidiano que sufren en las carreteras. Robo de las mafias, extorsión de los policías en los retenes de inspección, todo ante la complicidad de las autoridades declarando, muy ufanas, que han dispuesto ya las “mesas de diálogo” para atender la inconformidad.
La nación estuvo, durante todo el lunes 24, como uno de esos ahorcados del imaginario vaquero pendiendo de la rama del árbol. Boicotear las carreteras, que recuerda las jornadas similares en Chile, cuando bandas de opositores sembraban “miguelitos” ponchallantas por el pavimento, presagio que fue del golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende.
El comercio ambulante… esos vendedores apostados en las esquinas ofreciendo galletas, medicinas y cosméticos a mitad de precio, son los cómplices terminales del robo carretero, pues innegablemente se trata de artículos obtenidos de ese modo.
¿Para qué robar un camión si sus mercancías –ante la ausencia de documentación fiscal– son imposibles de llevar al comercio legal? Lo que los modernos cuatreros pretenden es el dinero fácil, no construir bodegas.
Por su parte los conductores –atravesando sus camiones a lo ancho de la carretera– no tienen la culpa. Ellos cumplen con su papel de asalariados ganando un sueldo al trasladar la carga de Saltillo a la capital, o de Puebla a Guadalajara. Si en el camino son detenidos por una banda de empistolados, no les queda más que detenerse, entregar la unidad y reportar el robo cuando son liberados. O pagar con la vida al intentar la elusión del asalto. Así de fácil. Realizar el bloqueo es un poco suplicar por su vida.
De un tiempo acá se observa que en muchas de las ruedas delanteras de los camiones y tráileres asoman tremendos pernos que ciñen los rines. Uno pensaría que es para ganar el paso entre las carrocerías, cuando que en realidad constituyen defensas acorazadas para desalentar a los asaltantes que trepan en el estribo esgrimiendo la calibre 0.38. “Oríllate ahí compadre, y no la hagas de tos”.
El problema de fondo es que nadie transita ya con ingenuidad. La telefonía celular en manos de los “halcones” permite a los delincuentes conocer de antemano el contenido de un camión que circula con aparente inocencia. Amén de que buena parte de las policías (municipales, judiciales) están en contubernio con los asaltantes.
Es lo que se cuenta en Los bandidos de Río Frío, la magistral novela de Manuel Payno, demostrando que desde siempre en México los salteadores han guardado colusión con la gendarmería. Robar, porque el dinero fácil es la norma. Ocurre en todas las modalidades… robo a tráileres, huachicoleo de combustible, robo de luz, de agua, de alcantarillas, del cableado eléctrico. Robar (verbo que en náhuatl inicia con la letra “ch”), es la norma creciente. Y la economía nacional rozando el índice de la recesión.
Por ello los transportistas decidieron el paro del lunes 24. No saben cómo, pero su desesperación es mayúscula. Se estima que diariamente son robados 70 autotransportes en los caminos del país, que es hablar de mil 500 toneladas de mercancías. Pero los culpables, ya lo sabemos, son los de atrás… los neoliberales del antepretérito; porque ahora es distinto.
Pareciera que la consigna es hacer colapsar al país. Lo mismo los contingentes del magisterio en rebeldía que el ”bloque negro” rompiendo vitrinas; los vecinos del barrio sin agua que los estudiantes radicalizados. Ocupar la carretera, la caseta de peaje, colapsar el libre tránsito de personas y mercancías (que por cierto garantiza la Constitución en su Artículo 11).
Y como el gobierno no se prestará a equipararse con los del antiguo régimen, no habrá fuerza pública para garantizar el cumplimento de la ley. “Jamás reprimiremos”, es el lema de hoy, y que cada cual haga lo que se le pegue la gana estrangulando caminos, vendiendo huachicol o galletas robadas.
¿Entonces para qué gobernar si de entrada se anuncia que no habrá de cumplirse la ley? Policías que no hacen respetar la autoridad, ladrones adueñados de las carreteras, delincuentes que matan a los que se oponen a la extorsión. Y los ciudadanos, bien gracias, encerrados en casa para no sufrir el colapso.

Frankenstein redivivo

El monstruo está ahí, ¿ahora qué hacemos con él? Su destino es la inmortalidad, acompañarnos por siempre y demostrar que los talacheros son los grandes artífices de la humanidad, no los sabios del extinto Conacyt. Sí, talachas como los mecánicos avecindados en la colonia Obrera. “¿Se le quemó el alternador?, ‘orita le conseguimos otro”.
Poco importa que el resultado sea un adefesio… un riñoncito por aquí, un hígado por allá. Si el trasplante de quirófano fue exitoso, el paciente podrá seguir circulando otros buenos añitos. Así fue la criatura imaginada por Mary Shelley en 1818, al reconstruir un nuevo ser humano con los desechos del prójimo, no importa que provengan del camposanto o de las gavetas del forense. Como si se escibiera nuevamente el Génesis, de lo que se trata es de rehacer al hombre, redivivirlo, hacerlo eterno… ya sea que el cirujano se llame Christian Barnard o Herr Frankenstein. Como siempre, el resultado es lo que importa.
Luego de aquellas películas de laboratorios arrojando chispas y médicos locos serruchando cuerpos, crecimos con la idea de que Frankenstein sería el monstruo eterno de nuestras pesadillas. La sonrisa satánica que, por cierto, no acompaña al genio Guillermo del Toro, quien ha llegado para explicar que el doctor Frankenstein y su criatura están ahí para filosofar en torno a la paternidad, el bien, el mal, y la extinción de los ataúdes.
¡Ah, vivir por siempre!, aunque sea con el corazón y las tripas de otro, si de lo que se trata es de asustar al espectador, porque eso de la eternidad nos viene de lejos. Los yihadistas se entregan a la milicia con la promesa de que algún día –luego de abatidos– ingresarán al “paraíso de las 72 vírgenes”. Nosotros, ceñidos a la templanza, estamos destinados a un placer menor, consistente en la contemplación eterna del Creador. En todo caso ahí estará el doctor Frankenstein para repararnos el cuerpo. Sobrevivir para siempre con la pedacería de los que ya la dañaron. El gran arte de la talacha.
¿Quién no ha donado una bolsita de sangre en el hospital donde se restablece el buen amigo? La novela de John Irving, La cuarta mano, insinúa el lado monstruoso de todo transplante… al periodista Wallingford le ha comido la mano un león de circo, de manera que logra reponerla con el trasplante de otra que consigue el nosocomio… esa mano ajena que se vuelve maldita y le comienza a robar la identidad. Lo mismo que le ocurrió al buen Guillermo Mendizábal, reconocido editor, cuando en Houston le trasplantaron un hígado de 28 años luego de arruinar el suyo propio con la botella de whisky trasegadas de noche a noche.
Trasplantes, pastiches, talachas, vamos por la vida cosechando lo que nos donan los otros. Asimilamos las virtudes (o los vicios) que presenciamos, y los hacemos propios. No es tanto nuestro espíritu creativo como lo que hemos asimilado en el pizarrón o en las charlas de sobremesa. Ley de la vida eso de aprender por imitación, reproducir la imagen de los progenitores, repetir las enseñanzas de nuestros maestros. Como el Frankenstein de Del Toro reclamándole a su progenitor el abandono, la presencia horrible que le ha estampado, la necesidad de vivir junto a él y no ser abandonado más.
Monstruos de pastiche que sobran en la vida política. Los vándalos de Mussolini fueron los Camisas Negras, los de Hitler los Camisas Pardas, los de Tomás Garrido (en Tabasco) los Camisas Rojas, los fascistas de Franco eran los Camisas Azules… ahora, de aquellos deshechos, ¿qué camisa queda por vestir? Igual que el monstruo del doctor Frankenstein, demostrado por el cineasta mexicano, vamos por la vida como remiendos del pasado. Las ropa del hermano mayor heredada al que sigue, y luego al más chico. Nada es propio del todo, somos las voces de los viejos, las ideas de hace tres siglos, vino añejado.
La fijación monstruosa de Guillermo del Toro le viene de la infancia. Sus películas le han servido para exorcizar los demonios y pesadillas que le contagiaban sus tías. En el fondo, como siempre (sobra mirar las aterradoras noticias del diario), queda la pregunta obvia: ¿existe el demonio? La película de Guillermo, y nuestro entorno, invitan a responder que sí.

Cascajo a la vista

Era toda una celebración. Cartulinas, dibujos hasta las diez de la noche, el disfraz de marinero antiguo. Ya viene el Día de la Raza (con mayúsculas), y en todos los colegios se invitaba a escribir composiciones y realizar puestas en escena, seleccionando al más listo para representar al Navegante, los hermanos Pinzón, y quizás uno despistado para hacerla de Américo Vespucio.
Pero todo eso se acabó. Ahora las bodegas municipales se han llenado de escombro y cascote donde asoma, por ahí, el tricornio oxidado del que fuera Almirante de la Mar Océana. Pobres monumentos vencidos por la piqueta y el resentimiento de siglos, pues el 12 de octubre se ha convertido en una fecha que es la desolación misma.
Ya no los atribulados Reyes Católicos atendiendo los disparates de ese locuaz italianillo. “Oye, que dice éste que la tierra… que es plana, es redonda”. “Sí, y que yendo a Poniente arribarás a Levante; válgame el Santísimo”. Los locos, como siempre, adueñándose del Mundo. ¿Escuchas por allá, Mr. Donald?
No es que el Nuevo Mundo fuera “tierra de nadie”, pero la que sería denominada como América fue materialmente asaltada por pobladores de toda Europa –se estima que 60 millones arribaron entre 1500 y 1930–, principalmente ingleses, españoles, franceses y portugueses, en ese orden, sin descontar a los sirio-libaneses, que no fueron pocos. El concepto era “hacer la América”, y ya veremos.
Otro caso sería el de Australia, formalmente “descubierta” por el capitán James Cook en 1770, y que fue colonizada paulatinamente por los ingleses. Años después descubriría el archipiélago de Hawai, donde fue atacado y muerto por los nativos. Hasta donde se sabe, los australianos de hoy no han atacado las estatuas de Cook hasta convertirlas en cascajo, como ha ocurrido en otros lares.
El origen de todo está en el Génesis, donde se ordena “ser fecundos y multiplicarse”, amén de poblar todos los mares y territorios… sin tomar en cuenta que, en nuestro caso ya estaban poblados por las tribus que hace 20 mil años migraron del noreste asiático para fundar las culturas que luego serían de los navajos, olmecas, mayas, mixtecos, nahuas, incas y patagones, por referirlo con brevedad.
O sea que la América, en verdad, fue “descubierta” cuando el primer cazador del mamut pisó tierra en la península de Alaska, aunque esa leyenda no cuenta. El mestizaje de siglos habría servido para erigir una cultura novedosa, creativa y vigorosa como pocas. De hecho podría decirse que el siglo XX fue el siglo americano por antonomasia, pues en este continente (desconocido hasta 1492) surgieron elementos culturales de asombro. Además de ser tierra origen del jitomate, el maíz, la vainilla y la papa, América le dio al mundo la fantasmagoría de Hollywood, el tango, el mambo de Pérez Prado, Frida Kahlo y Marilyn Monroe, la bomba atómica y Octavio Paz, el beisbol, el jazz, Pancho Villa y Lionel Messi, el rock&roll, los autos Ford, Machu-Pichu y la Cocacola. Por decir lo menos.
Nada de eso existiría si el navegante genovés hubiera errado el trayecto. Respondiéndoles a los chovinistas recalcitrantes, sí; hubo un descubrimiento. Sí, hubo un proceso de evangelización. Sí, hubo una paulatina colonización y mestizaje. Sí, hubo una conquista imperial que sometió a los pueblos autóctonos… lo mismo que podría decirse de las demás “conquistas” de la historia. La del imperio romano por toda Europa (siglos I, II y III de nuestra era); la expansión musulmana del siglo VIII; la horda mongol de Gengis Kanh en el siglo XIII. Ya no se diga las intentonas del “ensanche” alemán y japonés por media Europa y el Pacífico a partir de 1938.
Está en la naturaleza humana. Dominar, someter, convertir a los vasallos al credo del conquistador. ¿No era la proclama de Fidel Castro luchar contra el “imperialismo yanqui” hasta derrotarlo? Para muchos el mundo sería mejor si Cristóbal Colón no hubiera emprendido aquella travesía que lo depositó en las Bahamas (la isla de Guanahaní, rebautizada como San Salvador). Así que odiar al Navegante es la consigna. “Ojalá hubieras naufragado, y te hubieras ahogado”, “Maldito sea tu arribo, la Cruz que trajiste y el idioma de Castilla que hablamos”. ¡Ah, qué felices seríamos gobernados eternamente por Moctezuma y Tupac Amaru! Y esos cascajos, ahí están bien.

 

Efemérides

El calendario se está sobrepoblando de festejos, y con ello el jolgorio de los chamacos armando “puentes” escolares. Día de la Bandera, Día de la Madre, Día del Maestro, 5 de Mayo, 15 de Septiembre, y ahora el 26 de septiembre, la famosa “noche de Iguala” de 2014, cuando la policía local apresó a un centenar de estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, de los cuales 43 nunca más aparecieron.
Efemérides que enlutecen o contagian gloria a la ciudadanía. La bandera a media asta o tremolando a todo lo alto, según sea la fecha. El Himno Nacional entonado, o el minuto de silencio requerido por el diputado Hernández… porque en mis tiempos de estudiante surgía la réplica infaltable: “¡No un minuto de silencio, sino toda una vida de lucha!”. Bueno, sí.
A las efemérides cívicas se añaden las celebraciones del Evangelio, impostergables y obligatorias: la Navidad, la Semana Santa, el festejo de la Virgen de Guadalupe, que también son oficiales. Siempre hay algo que conmemorar, y bendita sea la memoria recordando los momentos fundamentales del calendario.
Estamos por conmemorar el día insigne de nuestra democracia moderna. Como algunos recordarán, aquel 2 de octubre de 1968 ocurrió la terrible “noche de Tlatelolco” en que fue aplacada una manifestación estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas. Diez días depués el presidente Gustavo Díaz Ordaz inauguraba los XIX Juegos Olímpicos en una ciudad pacificada, luego de las refriegas que acompañaron al movimiento estudiantil de aquel año.
No es ningún secreto que en aquellas movilizaciones participaban –de manera encubierta– militantes de la izquierda, principalmente del Partido Comunista. Cuando ocurrió la masacre de Tlatelolco, muchos de ellos fueron encarcelados y aquello sería la simiente del movimiento, largo y sinuoso, que desembocaría en la apertura política de años más tarde… la fundación del PMT, del PST, la legalización del PCM, las fusiones electorales del PMS, PSUM, el FDN, el PRD y Morena, hoy en el poder.
La consigna era: “Dos de octubre, no se olvida”, y ahora vivimos las consecuencias de aquellos desplantes reivindicativos, luego de probar y comprobar que la vía armada para la transformación social era inviable.
Y vino el 10 de junio (de 1971) –otra efeméride aciaga–, que puso en guardia al gobierno de Luis Echeverría, receloso de repetir la estrategia de Díaz Ordaz. De ese modo se abrió a una izquierda suavecita, amiga de las Naciones del Tercer Mundo y del gobierno socialista de Salvador Allende en Chile. Lo sentenció Carlos Fuentes en una proclama: “Echeverría, o el fascismo”; y lo nombraron embajador en París.
La efeméride del 5 de Mayo celebra la única victoria militar mexicana contra la invasión del ejército francés, comandado Napoleón III. La del 13 de septiembre (de 1847) conmemora la batalla del Castillo de Chapultepec donde murieron los seis cadetes denominados “niños héroes”, tras cuya derrota el general Winfield Scott izaría la bandera norteamericana en Palacio Nacional, donde se negociaría la paz con la cesión de los territorios de California, Arizona, Colorado, Nevada, Utah, Nuevo Mexico, Texas y buena parte de Oklahoma y Kansas.
El 19 de septiembre es una efeméride celebrada con el sonido aterrador de la alerta sísmica. Luego de los terremotos de 1985 y 2017, coincidiendo en la fatídica fecha, el suceso pone en guardia a la población del centro y sur del país, recordándonos que vivimos en territorio telúrico donde tiembla en cualquier momento, y que remite al terremoto del 7 de junio de 1911, día en que el ejército revolucionario ingresaba a la ciudad de México, recordado en aquella famosa expresión: “Cuando Madero entró, hasta la tierra tembló”.
El 12 de octubre, Día de la Raza que celebraba el Descubrimiento de América, ya no es celebrado con aquella emoción escolar, sino con abominación contra España. El 20 de noviembre, día de la Revolución, es algo más que la avenida principal en medio país, pues fue nuestra gloriosa Tercera Transformación de la que resultó ganadora (a la larga) el PRI; hoy casi extinto. Una efeméride más, pues.

Gritos y susurros

La “1 T” no inició con el programa acordado, aquél de que se sublevarían los dragones de la reina y las milicias a su mando, acaudillados por el capitán Ignacio Allende. No; arrancó al despiporre, despabilados por las campanas llamando a rebato una vez que el párroco de Dolores supo que la asonada había sido delatada. Lo demás, es historia.
El grito del padre Miguel Hidalgo, aquella madrugada hace 215 años, fue vehemente: “¡Viva Fernando VII, muera el mal gobierno!”, y arránquense con los machetes y azadones que tengan a la mano. Dos siglos después el grito sigue repitiéndose en ésta, la fecha patria, aunque no precisamente para exaltar a Sus Majestades.
De hecho el México independiente inició como imperio al ser coronado Agustín de Iturbide como soberano, una vez que defeccionara del ejército real y se sumara a la lucha de Vicente Guerrero en el famoso “Abrazo de Acatempan”. Esas deslealtades nos vienen desde entonces, eso de abandonar el partido en desgracia para sumarse al que se abre a la redención del pueblo.
El 15 es el día del grito, y no hay mexicano que desdeñe la efeméride con el tequila en una mano y la pistola (o los cuetes) en la otra. Gritar, vociferar, desgañitarse, porque el resto del día vivimos subyugados por el miedo a la violencia que asoma a la vuelta de la esquina. El gobernador Rubén Rocha ha declarado que este año no habrá “fiesta del grito” en Culiacán, apelando a la comprensión de la ciudadanía, “y que los sinaloenses festejen el orgullo de ser mexicanos en el seno de nuestros hogares”. Lo mismo ha ocurrido en Uruapan, en Iztapalapa, en Cerro Azul y en Zozocolco, Veracruz. Es decir, el abrazo en casa y el susurro del Viva México sin signos de admiración.
Mejor no gritar y sobrevivir, que es vivir entre murmullos, como las hormigas y los topos. Ya no la patria festejada con la bandera tremolante, las campanas al vuelo y los cohetones incendiando el cielo. No, porque hasta eso nos han prohibido ahora: que no haya cuetes ni petardos, cohetones de feria en lo alto “porque son peligrosos y atemorizan a las mascotas en el hogar”.
La patria en murmullos, como sugería la película de Ingmar Berman de 1973, Gritos y susurros, y que ganó el Oscar a la mejor realización de aquel año. Tres hermanas bajo encierro, el recuerdo de la infancia y los días felices de entonces convertidos en tristeza y sombras como única compañía.
Así ahora, ya que los señores de las mafias son dueños de medio país, mejor encerraditos en casa tomando agua de jamaica y que alguien, a las diez de la noche lance el grito… perdón, el susurro: viva méxico, sin marcas de entusiasmo, y a seguir jugando baraja.
¡Ah, el grito exaltado del presidente Luis Echeverría!, acompañado por sus ministros López Portillo, Ignacio Ovalle, Bravo Ahuja… cuando después de emitir el tradicional “¡Viva México y los héroes que nos dieron patria y libertad!”, lanzaba aquella arenga estrambótica al clamar: “¡Vivan los Pueblos del Tercer Mundo!”. Sí, claro.
El grito de ahora ha sido femenino, por primera vez en la historia, cuando la presidenta Sheinbaum Pardo ha llamado a enorgullecernos de nuestra independencia y soberanía. Esa misma bandera que en ese mismo balcón, a su tiempo, enarbolaron Adolfo López Mateos, Vicente Fox, Lázaro Cárdenas, Carlos Salinas de Gortari… pues obligación legendaria es ensalzar la fecha en que el cura Miguel Hidalgo imaginó (o no) que su arenga prendería –luego de una lucha de diez años– en un pueblo subyugado por la corona española.
Desgañitarse o no degañitarse, he ahí el dilema, dirían los clásicos, en el entendido que a la patria se la ama y se la defiende desde que así lo aprendimos cuando párvulos. La bandera en lo alto, los cuetes, el tequila pero, sobre todo, la seguridad de sabernos ciudadanos libres de zozobras. Como no ocurre hoy día –ya en la Cuarta T–, en que privan el susurro y las detonaciones de una guerra civil que no es tal, pero asoma.
Viva México, sí. ¡Viva!

 

Mil pesos

Bonito León, Guanajuato, se cansaba de cantar José Alfredo, botella en mano, porque amor sin sufrimiento no es amor y allá en su feria con su jugada la vida no vale nada… Es verdad, ¿cuánto cuesta la vida en México?
No se queda atrás la Comisión Nacional del Salario Mínimo al situar éste en 172 pesos con 87 centavos. Serán suficientes, sí, “para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural para proveer la educación de los hijos”. Muy bien, aunque hay indicios que llevan por encima de esa estimación.
Como se recordará, el lunes 4 pasado la señora Noemí acudió a las oficinas del DIF en el barrio de Neza-Bordo luego de que las agencias del MP en Los Reyes y Ciudad Neza desatendieran su caso. No le entendían, toda vez que la mujer denunciaba que su pequeño de cinco años había sido robado por una vecina y no se lo querían devolver. El caso ocupó las planas de la prensa debido a la bestialidad del hecho: el niño Fernandito había sido secuestrado “en prenda” por una deuda de mil pesos que doña Noemí debía a su vecina Ana Lilia, en la misma colonia El Pino donde habita.
Luego del peritaje que realizó la agencia especializada en Delitos de Género, se halló el cuerpo del infante dentro de una bolsa de plástico. Los agentes señalaron que Fernandito presentaba heridas en todo el cuerpo y que había fallecido a consecuencias de un martillazo (posiblemente) en la cabeza. De inmediato fueron apresados los parientes Lilia N. y Carlos N. junto con doña Ana Lilia, quien manifestó que no sabía leer ni escribir.
Todo por los mil pesos que le habían prestado a Noemí, y que se negaba a pagar. De ese modo queda actualizada la estrofa del vate de Dolores Hidalgo pues no; es falso que la vida no valga nada. Vale mil pesos que, puestos en dólares, son apenas $50.
¿Vale más un ser humano con estudios en Harvard o Stanford (como nuestra señora Presidenta), que un niño de familia analfabeta en los márgenes de Ciudad Neza? Antes de responder recordemos, ¿cuánto pagó el Sanedrín a Judas Iscariote por la entrega del Nazareno? Treinta denarios, muy buenos, y la zozobra que lo acompañó por el resto de sus días.
Treinta denarios, mil pesos, ¿cuál es la cantidad mínima que aceptan las compañías aseguradoras para contratar un seguro de vida? Eso me lleva a recordar el precio acordado por la vida de los presos políticos durante la dictadura de Augusto Pinochet. Alguna vez, conversando con el buen Hugo Gutiérrez Vega, recordábamos sus años cuando dirigente del Comité de Solidaridad con el Pueblo Chileno.
El golpe militar que derrocó al gobierno de Salvador Allende fue en 1973 (el 11 de septiembre), y un año después Gutiérrez Vega desde México logró pactar la liberación de algunas decenas de presos del gobierno de la Unidad Popular.
“En el Comité nos hicieron saber que el gobierno chileno estaría dispuesto a liberar a algunos prisioneros por un trueque en metálico. Un preso por una maleta llena de dinero en billetes de 20 dólares. El gobierno de Echeverría nos dio todas las facilidades y así volamos a Panamá, donde nos entrevistamos con dos coroneles chilenos que descendieron del avión donde venía medio centenar de presos políticos. Y se dio el intercambio”.
Eso del precio de una vida me hace recordar, igualmente, el viacrucis de un amigo que recientemente transitó por los quirófanos de un afamado nosocomio al sur de la ciudad… ingresado a consecuencia de una apoplejía que ya no superó. Durante dos meses los médicos le ordenaron radiografías, ultrasonidos y tomografías de todo tipo sospechando desde luego que el paciente ya no se levantaría. Así lo enviaron a su casa, aquejado de una atrofia total y con una deuda cercana a los cuatro millones de pesos que, para nada. A la semana pasó a mejor vida.
Entonces, ¿la vida cuesta 30 denarios, una maleta llena de dólares, 4 millones o los mil pesos que quedó a deber la mamá de Fernandito? La patria bien vale la vida, nos lo recuerda la abnegada estrofa que promete “exhalar en tus aras su aliento”, si el clarín que lo convoca. Así que actualicemos la copla del buen José Alfredo y no, que la vida no valga nada sino al menos un poquito… por lo menos los mil pesos de Fernandito, que hubieran alcanzado para comprarle un bonito triciclo.

El viento a Juárez

El asunto es la inmortalidad. Que el egregio paladín perviva por siempre en el corazón de los ciudadanos. Aplausos, vítores, y que la pátina del tiempo no los haga sucumbir. ¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad, los que salvaron la banca estatizada, los que adquirieron las vacunas de Pfizer contra el Covid-19!
Siempre habrá alguna proeza que celebrar, sólo que para impedir que la efeméride se esfume con el discurrir de las calendas, el escultor se yergue como el artista necesario. Esculpir la estatua del prócer, y que ya las nuevas generaciones se encarguen de desfilar ante el pedestal de granito memorizando el apotegma que lo definió: “El respeto al derecho ajeno…”, “¡Hoy, hoy, hoy!”, “Defenderé al peso como un perro”.
Se han llevado las estatuas de Ernesto Guevara y Fidel Castro de la banca donde reposaban en el parque de la Tabacalera en la Ciudad de México. La alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega aseguró que la medida fue porque las figuras eran víctimas del vandalismo permanente. Así ahora, resguardadas de las inclemencias, descansarán en la bodega vigilando cómo evoluciona la revolución continental que inició con el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. Y lo que sobrevino.
Por cierto que el jueves pasado falleció Isabel Custodio, quien fuera pareja sentimental de Castro Ruz durante su exilio en México. La guapa señora es autora de El amor me absolverá, novela que hace un guiño a la célebre frase que el doctor Castro lanzó cuando fue condenado por el régimen de Fulgencio Batista. Como algunos recordarán, el batallón que daría inicio a la revolución en Cuba se formó en la ciudad de México, entrenando en las faldas del Chiquihuite y organizando la estrategia en las mesas del café La Habana.
En 1956 el grupo adquirió el yate Granma en Tuxpan, Veracruz, en el que iniciarían la travesía revolucionaria. Lo tripulaban 82 expedicionarios –entre ellos Fidel y Raúl Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos–, de los que un año después sólo sobrevivirían doce. Lo demás es historia.
El grupo vivía disperso en los alrededores de la colonia Tabacalera, donde fueron apresados por el director de la DFS, Fernando Gutiérrez Barrios, quien los mantuvo en prisión varias semanas. Luego, por órdenes del presidente Adolfo Ruiz Cortines, fueron liberados, y no perdieron el tiempo para iniciar su travesía en el desvencijado yate que les costó 50 mil pesos. De ahí que en el verano de 2017 el delegado Ricardo Monreal contratara al escultor Oscar Ponzanelli para realizar el par de figuras de bronce que celebran el encuentro de Fidel con el Che.
Han retirado sus efigies por no ser del gusto de la alcaldesa, igual como fue retirada la estatua de Cristóbal Colón de la glorieta que aún lleva su nombre. Igual suerte corrió la figura ecuestre de José María Morelos en la autopista a Cuernavaca (en realidad fue sustraída en 2012), como fue arrebatada la efigie de Vicente Fox en Boca del Río, y derribadas las efigies de Lenin en Moscú al desaparecer la URSS; ya no se diga las estatuas de Saddam Hussein en Irak durante “la Madre de todas las Batallas”.
¿Alguien recuerda cuando en 1943 la Liga de la Decencia logró que a la Diana Cazadora (obra de Juan Olaguíbel) en Paseo de la Reforma le fueran añadidos unos calzones de bronce?
El crimen de apostasía tuvo su esplendor en los siglos VII y VIII de nuestra era, cuando los primeros cristianos se lanzaron a destruir las representaciones de Cristo y los santos obedeciendo el edicto de iconoclastia decretado por León III, quien decretó que “se debía venerar al Ser Supremo y no a sus representaciones”.
Ha sido la tradición en los periodos de turbulencia. Los soldados de Hernán Cortés destruyendo los monolitos de idolatría, o el gobernador radicalista de Tabasco, Tomás Garrido Canabal (1923-35), incitando a quemar iglesias y fusilar santos, apoyado en el movimiento de los Camisas Rojas que, irónicamente, comandaba el insigne Carlos Madrazo, después dirigente del PRI.
Camisas Rojas, Ligas de la Decencia, milicianos de Hamas; cada cual halla sus razones para ejercer los nuevos modos de la herejía. Destruyamos, arrasemos, arranquemos las efigies de nuestros rivales, al fin que para alcanzar al Benemérito en su alto pedestal, los vándalos encapuchados no le llegarán ni a los talones. Su furia iconoclasta le hace lo que el viento.