Hidrofobia

Barry y Flossie, qué ternura de nombres: dos borrascas que azotan las costas mexicanas para inaugurar la temporada de huracanes. Inundaciones, desbordamientos, deslaves, ahogados, y los reporteros peleando por narrar la peor catástrofe. Veinte desaparecidos, más de cien casas bajo el agua, todas las escuelas cerradas por orden de las autoridades, se implementa el Plan DN-III por la gravedad del desastre.
El país se ubica en una cruel encrucijada. Bajo el suelo coinciden tres placas tectónicas que muy seguido nos obsequian sismos de intensidad variable… Por el cielo circulan eso que románticamente denominaban “aire marítimo tropical” y que no es más que el sendero donde transitan los cúmulos nubosos –de uno a otro océano–, y que en las canículas derivan en tormentas y ciclones.
Así ahora, luego del ciclón Otis que destruyó Acapulco en octubre de 2023, hemos quedado más que escamados. Llega la depresión tropical y ya estamos anunciando su evolución a tormenta tropical, luego a huracán en sus varias categorías. Somos entusiastas del desastre, morbosos por naturaleza, y que el sicoanalista se encargue de hallar las causas en nuestra tenebrosa infancia. Hambre de crisis y catástrofes; qué remedio, hay que aprender a vivir con el desastre cotidiano. Es el ciclo de la vida.
Antiguamente los ciclones (que en América denominamos “huracán”) eran realmente sorpresivos. Ante la ausencia de satélites meteorológicos, la proximidad de las tormentas quedaba en manos de los barómetros. Y cuando la tempestad azotaba, no había alerta de contingencia… el mal tiempo se convertía en tormenta, y la tormenta en desastre. Ya se sabía, la maldición llega con los meses que terminan en “bre”: septiembre, octubre… porque entonces son peores los efectos del calentamiento del mar. O, como me dijo un meteorólogo de la UNAM: “Los huracanes son verdaderas máquinas de vapor; imagine usted una olla express; calor, agua, y destápela de pronto”.
A partir de los años 60 los satélites geo-estacionarios permiten el seguimiento puntual del celaje marino y su desplazamiento. Ya no hay sorpresas, como con el huracán Hilda, que destruyó Tampico en 1955, o Janet, que hizo lo mismo con Chetumal cuatro años después. Ahora las trayectorias se siguen minuto a minuto y puede saberse la intensidad de su viento. Agua pasa por mi casa, llega el aviso y no queda más que dirigirse al refugio recién habilitado.
Los habitantes de Cancún y Monterrey no olvidarán al peor ciclón del siglo XX, Gilberto, que asoló la cuenca del Golfo en 1988. ¿Y qué decir de Kenna, en 2002, que barrió con Puerto Vallarta? ¿O Ismael en Mazatlán, que ocasionó la muerte de un centenar de pescadores? ¿Y Odile, en 2014?
Estiaje y mal tiempo. A eso se reducían las estaciones según lo explicaba mi abuelo. Sequía de febrero a mayo, tormentas de junio a septiembre, “lo demás combinado, pero siempre lo mismo, agua y calor”. No por nada las divinidades que presidían el Templo Mayor, cada cual en su pirámide, eran las de Tláloc y Huitzilopochtli.
Hoy es lo mismo a la hora de los noticiarios: guerra y lluvia. La sombra de “Huichilobos” (como le llamaban los conquistadores) asoma en cada corte informativo; catorce muertos en Culiacán, siete en Celaya, ocho en Coatzacoalcos… como partes de guerra de una conflagración no declarada, equivalente a ratos a los reportes de Gaza y Ucrania. Así celebran en la mesa, revisando los avances y retrocesos, Netanyahu, Putin y Huichilobos, sobándose las manos.
Lo de Tláloc tira más a la resignación. Meses y meses clamando por el fin del estiaje, los niveles raquíticos de las represas, cuando de pronto despierta y… ¡Aguas!, ruge a los cuatro vientos azotándonos con uno y otro temporal, Barry en Veracruz, Flossie en Michoacán, y que Dios nos obsequie la gabardina.
Ya lo decíamos, diluvio e inundación que nos hacen blasfemar contra el sereno Tláloc. ¿Quién nos manda haberlo secuestrado en 1964 de Coatlinchán, donde reposaba tan tranquilo? “Aborrecimiento al agua”; que así se define la hidrofobia. Vacúnense.

 

A palos y pedradas

Mis hijos me dan guerra todos los días. Es la frase que se escucha a diario en miles de hogares… chamacos latosos que rompen todo, muchachos en rencilla permanente, escuincles incontrolables que se vinculan al crimen a la menor provocación. ¿Y por qué no?, alguien diría, si el Himno Nacional menciona y repite nueve veces la palabra “guerra”.
Mexicanos al grito… Guerra, guerra sin tregua… y etcétera.
Es que lo traemos en la sangre, eso de ser permanentemente rijosos. No olvidemos que el himno fue compuesto por Francisco González Bocanegra en las postrimerías de la guerra contra Estados Unidos (1847-49), cuando debimos ceder la mitad del territorio al gobierno de James Polk… aunque fuimos compensados con 2 millones de dólares por los daños de la intervención. Cuando se decidió la invasión, perdimos de hecho todas las batallas; la de Veracruz, la de Cerro Gordo, la del Convento de Churubusco, Molino del Rey y la del Castillo de Chapultepec.
Luego de mirar el televisor unos minutos, esos mismos niños incontrolables se voltean para preguntar, ¿estamos otra vez en guerra mundial? Y les asiste la razón luego de ver las escenas en Gaza, en Ucrania, en Irán, en las calles de Los Angeles y, a ratos, en el corazón de Sinaloa. Bueno pues, ¿qué sigue?
Lo aseguró Carl von Clausewitz en su tratado clásico, donde asegura que la guerra no es más que “la continuación de la política, pero por otros medios”. La política, que es dominación, mando y obediencia, de Porfirio Díaz a Díaz Ordaz. El manotazo, y callar y obedecer… hasta que no.
La historia del México independiente ha sido la historia de innumerables guerras: la de Independencia, la asonada contra el emperador Agustín de Iturbide, la Guerra de Reforma, la Guerra de Texas, la invasión norteamericana, la francesa para instaurar el Segundo Imperio, la contienda republicana para derrocar a Maximiliano, la Guerra de Castas, la Revolución maderista, la asonada de Victoriano Huerta y la guerra de facciones que le siguió, la guerra contra los agraristas de Zapata y los bandoleros de Villa, la Guerra Cristera, la Guerra Mundial (Escuadrón 201)… que por cierto ganamos, y luego las guerrillas guevaristas de la sierra de Chihuahua (Arturo Gámiz) y Guerrero (Lucio Cabañas), la sorda guerrilla urbana de los años setenta, para concluir con el alzamiento del EZLN en las cañadas de Chiapas. Alguien diría, ¿es que no nos podemos estar en paz?
Con todo y todo, el siglo actual ha sido un periodo sin convulsiones. Luego de la llamada transición democrática (año 2000), ciertamente hemos gozado de una paz relativa, sin considerar los eventos de violencia (el caso Ayotzinapa, la matanza de San Fernando) amén de los desórdenes que acompañan a las movilizaciones del feminismo recalcitrante y el magisterio radicalizado, por no referirnos a la expansión de la violencia que las mafias han sembrado por todo el país, y que tienen en jaque al gobierno. La corrección política nos impide hoy llamarla, como se hizo años atrás, “guerra contra el narco”.
Así las cosas hoy despertamos ante un complicado panorama internacional que fue asunto central en la reunión del Grupo de los Siete en Alberta, Canadá.
Lo de la Franja de Gaza parece el cuento de nunca acabar. Desde la guerra del Yom-Kipur, en 1973, el conflicto árabe-israelí ha evolucionado con periodos de altibajos. Cuando ocurrió el ataque de Hamas al asentamiento judío en Kibutzim, el 7 de octubre de 2023 (y en el que fueron asesinadas mil 195 personas), muy pocos quisieron imaginar que eso no implicaba una nueva declaración de guerra. Es lo que ha ocurrido desde entonces, y que nadie se llame a sorpresa.
Consecuencia de lo anterior ha sido la guerra (no declarada) entre la Guardia Militar Islámica, que gobierna Irán desde la revolución de 1979, y el gobierno de Benjamín Netanyahu. Aunque el Casus Belli del conflicto fue la agresión de Israel a la embajada iraní en Damasco (donde se ocultaban los dirigentes de Hamas), días después el gobierno islámico de Teherán lanzó una andanada de 320 misiles y drones contra Israel, estableciéndose en los hechos un nuevo frente de guerra.
Lo de Ucrania ya dura tiempo, y no hay que insistir demasiado en el asunto. La Rusia de Putin decidió la invasión militar de Crimea en el verano de 2014, y los demás han sido las consecuencias de un país independiente (por cierto que el más extenso de Europa) luchando desde las trincheras contra el heredero del mariscal Stalin.
Y en las calles de Los Angeles, Chicago y Nueva York lo mismo, asoman las banderas mexicanas en pie de guerra contra los oficiales de la agencia de migración trumpista (ICE), que han declarado la guerra a los migrantes latinos, fundamental-mente mexicanos, con papeles y sin ellos. Una guerra xenofóbica, a todas luces, con centenares de detenidos, algunas patrullas incendiadas y foros supremos donde se vilipendia a los migrantes contemporáneos, tildándolos de nacotraficantes y terroristas.
Guerra sin cuartel, la que estamos presenciando, que por sus alcances tecnológicos (Irán está a punto de construir sus primeras bombas atómicas) nos hacen recordar a sir Winston Churchill quien, al iniciarse la Guerra Fría de los años sesenta, declaró con su proverbial llaneza: “No me preocupa lo que pudiera ocurrir si se desata una Tercera Guerra Mundial… me preocupa la Cuarta, que será a palos y pedradas”. Banderas, himnos, iracundia; la especie humana tan dada a la intolerancia.

 

De acordeones y desaires

Tómbola, bingo, desdén. A eso se ha reducido la democracia mexicana ahora que se pretendió la “elección” de sus impartidores de justicia. Fue una novedad histórica que jamás imaginaron los constituyentes del 17: elegir a los jueces que no debieran deberle sumisión a partido alguno. De ese modo, 87 millones de electores le dieron la espalda al proceso electoral del domingo, toda vez que se pretenda celebrar con fanfarrias la aquiescencia de los 12 millones que sí asistieron, “acordeón” en mano, a obedecer la orden –diría Cri Cri– que dio el general.
¿Rutilo Méndez, Herlinda Sierra o Fabián Izquierdo? Las disquisiciones del elector, boleta en mano, con los más de 2 mil 600 candidatos de los que realmente se ignora todo. Circunstancia que alcanza el absurdo, máxime que muchos de ellos fueron pre-seleccionados por el “democrático” procedimiento de la tómbola. De ese modo, alguien diría, el sufragio universal ahora se ejerce al ritmo de la melodía de Marisol en los años 60, cuando nos advertía con su jovial desenfado… “la vida es una tómbola, tom-tom tómobla, de luz y de color”, por no decir que de tin-marín, de do pingüé, porque votar o no votar por Rutilo, Herlinda o Fabián, daba lo mismo.
El vicio de los pensionistas gringos se denomina Bingo. Es una suerte de lotería donde se gritan los guarismos, del uno al 99, para completar la cartilla, hasta que algún viejillo grita eso, “¡bingo!”. Así muchos, boleta en mano, parodiaron el domingo pasado la ruleta judicial… ¿el 22 o el 4, la 37 o la 13?, y que la diosa Fortuna se encargue de la designación de los señores magistrados. Ya que estamos con las preguntas, ¿qué son los 27 mil millones de pesos empleados en el ejercicio comicial del 1 de junio? Pues eso, 270 pesos por piocha que (ya aprendimos la lección) sirvieron para marcar el bingo judicial que nadie, nadie de los nadies pudo aprenderse. Insisto, ¿Rutilo Méndez o Lucrecia Hernández?, y que San Acordeón lo resuelva.
Este ejercicio comicial pasará a la historia como “la elección de los acordeones” pues nadie habría podido reconocer los méritos de los postulantes. De ahí que, oficial y extraoficialmente, empezaron a circular los acertados “acordeones” que impedirían confundir la destreza jurídica del 33 o de la 14. Si en mis años de pupilo el “acordeón” era imprescindible para resolver la fórmula de los paralelipípedos, ahora hasta el ex presidente López Obrador ha llevado el propio a la casilla en Palenque, no fuera a ser que cayera en confusiones.
La pregunta quedará en el aire. ¿No ha sido éste un ejercicio electoral innecesario, es decir, un desperdicio? Habrá que ver los resultados, y que el Cielo nos guarde de ver convertido el Judicial en una suerte de Secretaría de la Justicia, igual que la SEP o la SHCP.
Lo que estamos presenciando es la consolidación gradual de la nueva mayoría que pretende constituirse en régimen absoluto, como el PRI de Lázaro Cárdenas y de Carlos Salinas, o de Adolfo Ruiz Cortines y Gustavo Díaz Ordaz. El régimen de la mayoría que, en ruso, se denomina “bolchevique”. Revisen su diccionario, porque los minoritarios, obvia recordarlo, era la facción “menchevique”. Cuestión de asimilar las lecciones de la historia, por más que ahora los declarantes se cansen de argumentar que no somos Nicaragua, Venezuela o Cuba. Y que Dios nos coja confesados.
Cabe imaginar que esa mayoría-minoría que anuló su voto (o no acudió a sufragar), constituye una expresión cierta del desdén contra el cerco al Poder Judicial. Desaire por convicción, desconfianza o desaliento. “Que sigan haciendo de las suyas hasta que se cansen”, o rompan el juguete nuevo, al fin que cada seis años se restituye. Y que alguien ponga el disco de Javier Solís interpretando “Desdén”, al fin que a alguien le habrá de venir el saco: “Mira mi sufrir, oye mi alma gemir, ¿qué no ves que sin ti ya no puedo vivir?”.
El destino nacional por siempre será el manotazo sobre la mesa. “Aquí nomás mis chicharrones truenan”, porque la vida es una tómbola, tom-tom tómbola, donde unos pierden y otros ganan. ¿El 22 ó la 37?

 

Viento en popa, a toda vela

De no creerse. Iba vestido de lujo, las velas tendidas y el enorme pendón desplegado en popa. La marinería trepada en las jarcias bajo aquella luminaria a lo ancho de los aparejos… igual que un sueño infantil, cuando en cosa de segundos la fragata quedó al garete, arrastrada por la corriente del East River y ¡zaz!, colisionó bajo el puente de Brooklyn y todo se esfumó.
Botado en los astilleros de Bilbao, el buque escuela Cuauhtémoc fue abanderado en 1982 por el presidente José López Portillo, tan dado a las proezas marineras. En principio se trataba de un “crucero de instrucción” para los cadetes de la Escuela Naval, donde concluirían sus estudios navegando por los cinco mares. La noche del viernes, cuando zarpaba con rumbo a Reikiavik, ocurrió el accidente que ha ocasionado la muerte de los cadetes América Sánchez y Adal Jair Marcos.
La vocación marina del país no es sobresaliente. Poseemos una armada más bien modesta que se constriñe a medio vigilar los 10 mil kilómetros de litorales que poseemos. Si bien un ataque marino fue el que nos obligó a entrar en la contienda de la II Guerra Mundial, el país se precia de no requerir de una armada mayor dada nuestra nula ambición expansionista.
“Navega, velero mío sin temor, que ni enemigo navío, ni tormenta ni bonanza, tu rumbo a torcer alcanza ni a sujetar tu valor”, nos hacían aprender en el salón escolar porque la copla de José Espronceda era obligatoria para cubrir la calificación de la materia de Español. Se paraba uno ante el pizarrón para arrancarse con la Canción del Pirata, que inicia: “Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín”.
Más que accidentes, verdaderas catástrofes navieras son las que sufrieron Rusia y Argentina en años recientes. Como se recordará, la explosión del submarino (K-141) Kursk en aguas del Mar de Barents, fue un escándalo a cuentagotas. En el otoño de 2000 la armada ex soviética participaba en maniobras navales cuando los radares registraron una tremenda explosión bajo el mar. Después se sabría: un torpedo estalló dentro del casco del submarino, ocasionando la muerte de sus 118 tripulantes.
El caso argentino es más reciente. El submarino ARA San Juan quedó destruido al depositarse en el talud oceánico, al norte de las islas Malvinas. Se supone que habrá perdido el control, quedando a expensas de la fuerza de gravedad que lo habrá depositado en el lecho marino a 907 metros de profundidad, luego de “implosionar” su estructura. Costó la vida de sus 44 tripulantes.
Las explicaciones que se han dado en torno al accidente del buque-escuela Cuauhtémoc son un tanto confusas. Que el capitán a cargo no debió hacer la maniobra en el punto más alto de la marea, que el motor quedó atascado en reversa y no pudo salvarse con un golpe de “todo avante”, que el remolcador que acompañaba la maniobra no remolcó puntualmente a la fragata mexicana… y así hasta el infinito, toda vez que, como asegura el capitán John A. Konrad, especialista de navegación portuaria, “en el mar los errores se pagan prontamente”.
Los accidentes ocurren. Sí, pero pueden ser previsibles. Si la máquina de la corbeta tenía un fallo, ¿por qué no se atendió puntualmente? Si el remolcador Charles MacAlister no cumplió cabalmente su cometido, ¿debe su piloto ser sometido a un proceso penal por negligencia? Si la fragata-escuela debió permanecer amarrada al muelle durante la bajamar ¿debe su capitán ser sometido a juicio marcial?
Decíamos de las veleidades marineras del expresidente López Portillo cuando, al concluir su mandato, decidió hacer un crucero alrededor del Mediterráneo acompañado por su segunda esposa, de apellidos Acimovic Popovic. Un capricho de viejo verde, como hay otros que se encaprichan con los trenecitos o los ranchos del Bajío.
Los cadetes del Cuauhtémoc deberán esperar a que los tres mástiles del navío (por cierto, de aluminio) sean reparados en el astillero naval de Brooklyn para cumplir la travesía pendiente por Islandia, Noruega y San Petersburgo. Tiempo tendrán de aprender la estrofa completa de Espronceda: “¿Qué es mi barco? Mi tesoro. ¿Qué es mi Dios? La libertad. ¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!”, o lo que disponga Mr. Trump con sus aranceles.

 

En la madre

Cuentan las crónicas de aquel 10 de mayo de 1949, en la inauguración del Monumento a la Madre ubicado en el jardín Sullivan, el desmadre en que derivó el festejo. Se había anunciado que las primeras mamacitas que acudieran ahí, con el presidente Miguel Alemán en persona, serían obsequiadas con modernas licuadoras eléctricas para liberarlas del humillante molcajete. Y llegaron diez, cien, mil, diez mil… y aquello fue un bochinche que terminó en rebatinga. Los guardias del Primer Mandatario debieron llevárselo en andas para salvarlo del feroz arrebatadero.
Ah, la fascinante modernidad. Aquello se remontaba a 1922, cuando el secretario de Educación, José Vasconcelos, instituyó la fecha como la efeméride cívica por antonomasia. En el pedestal del monolito fue colocada una placa anunciando a todos los cielos que la figura ahí dispuesta celebraba “a la que nos amó antes de conocernos”. Y todos (y todas) tan felices.
Muchos pensadores del siglo pasado han señalado aquello de que el mexicano, “ausente de padre”, experimenta un complejo edípico de marca. Con un padre inexistente, no le queda más que vincularse afectivamente a su progenitora, con todas la consecuencias que ello supone. Después de todo madre sólo hay una, y el que lo niegue que se vaya mucho… Bueno, al fin que todo queda en familia.
Sin mencionarlo abiertamente, los antropólogos coincidían en explicar aquello de que la (nefanda) Conquista habría implicado, también, una violación masiva de mujeres ante el hecho de que los soldados castellanos venían solos, lo mismo que Hernán Cortés. Y que cada cual se buscase su Malintzin para cumplir con la hombría en suspenso. Buena parte de nuestro mestizaje ocurrió de tal manera, que ya la cuestión de los apellidos vendría después.
Que nadie se sorprenda… las guerras, además de la conquista territorial, supone ese daño colateral del que muy pocos (pocas) gustan hablar. Es el caso –para los interesados– de la crónica titulada “Una mujer en Berlín” (ed. Anagrama), publicado anónimamente en 1954, y que se presume es el testimonio de Marta Hillers, quien habría sufrido –como cientos de miles de mujeres alemanas– el abuso sexual de las tropas soviéticas, comandadas por el general Zhúkov, “liberando” al país del régimen nazi.
De tal manera es como en la madre depositamos toda nuestra confianza, nuestras dudas, nuestro cariño sin tapujos. Con el padre todo está bien, aunque históricamente era el ausente pues debía salir a matar bisontes, atender la chamba y cumplir con las 40 horas de jornada laboral que ya don Fidel Velázquez demandaba en los años setenta. La chuleta es la chuleta, en el sobreentendido de que desde hace medio siglo la mujer contribuye igualmente a la economía doméstica. Después de todo para eso se inventaron las guarderías y los klinbebés. La liberación femenina, después de todo, es mucho más que retórica electoral.
La valoración suprema que hacemos de nuestras progenitoras habita en el lenguaje coloquial. ¡En la madre! es la expresión ante un percance inesperado. “Vale madre”, por lo contrario, significa la minusvalía de una decisión. Ya no se diga la exclamación suprema de un logro personal, ¡a toda madre!, implícito en la película de Pedro Infante y Luis Aguilar, ¡ATM!, que se anunció hipócritamente como ¡A toda máquina!
Reyes y reinas, presidentes y presidentas, ministros y ministras; el ejercicio del poder no es más un asunto de testosterona, y los padres y las madres participan hoy en circunstancias de igualdad (se supone) dentro del seno familiar. La milicia y el clero, hasta hoy, son las instituciones donde las mujeres no alcanzan los estrados supremos… y así quedarán las cosas por algún tiempo. Caso aislado ha sido el de Michelle Bachelet, quien fungiera como Ministra del Defensa en Chile, antes de ser electa Presidenta.
De la Mamá de Tarzán a La Madre, la inconmensurable novela de Máximo Gorki, corren todas las alusiones maternas de nuestra cultura. La de Iraq, en 1991, fue la Tormenta del desierto que Sadam Hussein rebautizó como “La madre de todas las batallas”… y así le fue cuando los ejércitos combinados de Estados Unidos y otras 30 naciones (incluyendo El Salvador) fueron al rescate del pequeño emirato.
En La Madre cincelada por el escultor Luis Ortiz Monasterio son visibles los rasgos de la escuela mexicanista de arte. Mestizaje, rasgos olmecas, ya no más el paradigma afrancesado que imperó en el arte del porfiriato. Esa madre de cantera, por cierto, se fue al suelo en el terremoto de 2017, y ahí estuvo algunos meses a la espera de los restauradores.
Ahora, celebrando el 10 de Mayo, reluce empoderada luego del resultado electoral de 2024. Pareciera evocar la estrofa retadora de Silvio Rodríguez en “…madre, en tu día, tus muchachos barren minas en Haiphong” porque el bombardeo norteamericano en Vietnam era del todo feroz. Esos muchachos cubanos que, hoy día, integran buena parte de las caravanas de menesterosos que marchan hacia Estados Unidos para enviar, en su momento, algunos dólares a las buenas madres que esperan reposando en la poltrona. Un ramo de rosas sí, una licuadora no.

La perfecta imperfecta

Los que asistieron a esa premier en la Cineteca Nacional aún lo recuerdan. Era el jueves 12 de febrero de 1976, y a punto de iniciar la proyección de El Reportero, la premiada película de Antonioni, irrumpió el novelista afrancesado (recién había desembarcado de París), y dirigiéndose al novelista de Aracataca, en la primera fila de la sala, le soltó un puñetazo al rostro. Gabriel García Márquez, que apenas lo saludaba, rodó al piso y Vargas Llosa se fue sin decir palabra. La China María Luisa Mendoza, ahí presente, clamaba: “Traigan un bistec”, para el moretón. Así moría esa fraternidad literaria que algún crítico bautizó como “el boom latinoamericano”, luego que Rodrigo Moya la retratara en su casa al acudir al llamado de Gabo.
Habían sido amigos y cómplices, en las buenas y en las malas, durante los años de zafacoca en Barcelona, París y La Habana donde conversaban con sus pares, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Carlos Barral y José Donoso. La deslumbrante camada se extinguió la semana pasada con el fallecimiento de Mario Vargas Llosa en su casa familiar de Lima.
Contar y recontar la vida. La vida nacional y la vida personal, la tragedia que es Latinoamérica a ratos, la pasión y la desesperanza, la utopía, la entronización del poder, la barbarie que se niega a abandonarnos. Todo ello habita en las novelas de esos monstruos de la narrativa –el boom– que se fumaron la vida con su obra, como aventureros desaforados.
En México se recordará por siempre la expresión destemplada que hizo Vargas Llosa en el verano de 1990 para describir al régimen del PRI. “La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética, no es Fidel Castro, la dictadura perfecta es el PRI en México”. Sentencia que quedó como de bronce. La dictadura no tan perfecta que había perdurado 70 años (desde 1929, en que Plutarco Elías Calles lo fundara como PNR). Y con cajas destempladas alguien le sugirió que sí, abandonara prontito el país. Y se le quedó el mote. La perfecta dictadura que ni Somoza, ni Perón, ni Trujillo lograron instalar, per se, en sus propios países.
La novelística de Vargas Llosa recoge algunos episodios regiona-les del caso. Es lo que se narra de modo magistral en La Fiesta del Chivo, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, Tiempos recios, y de algún modo en La casa verde, Conversación en la catedral, El pez en el agua. En esas novelas Vargas Llosa nos cuenta las ilusiones de redención nacional, el atraso popular, el ejercicio del poder que se arrogan esos tiranuelos ávidos de codicia y venganza, cuyos nombres hacen heder las páginas de la historia continental… Fulgencio Batista, Alfredo Stroessner, Augusto Pinochet, Jorge Videla, Hugo Chávez, nuestro Victoriano Huerta, “Papá Doc” Duvalier.
Dictadores de pacotilla que sucumbían en la primera asonada pues nunca supieron hacer “institucional” la sucesión del poder, como aquí lo vislumbró el Jefe Máximo, ya lo decíamos, Plutarco Elías Calles. Sólo que la democracia, cuando se conquista en las calles y en las urnas, se vuelve del todo aburrida y no es candidata a protagonizar un ejercicio narrativo de peso. ¿Alguien se animará a escribir la novela de Dilma Roussef, de Andrés Pastrana, de Enrique Peña? Serían convenientes para la lucha contra el insomnio.
En un arranque de arrogancia, discípulo al fin de Jean-Paul Sartre, Vargas Llosa sintió la necesidad existencial de trascender en el plano político. Como nadie de su generación, se lanzó a la campaña electoral por la presidencia del Perú en 1990, que perdió ante un anónimo candidato de apellido japonés, que terminaría en la cárcel. Rómulo Gallegos, escritor colombiano, sí logró la presidencia de su país (1947-48) hasta que fue derrocado. Lo mismo intentaría nuestro José Vasconcelos en la campaña antirreleccionista de 1929, pero el temerario intelectual político fue derrotado por el incipiente y perfecto régimen.
Mario Vargas Llosa fue igualmente aventurero. En la literatura, combinando los episodios biográficos con la narración histórica, en la vida personal, concertando relaciones sentimentales cada decenio, en la vida intelectual, ciñéndose al liberalismo luego de abandonar las militancias juveniles de corte comunista.
Fue el más importante escritor en lengua española de su generación, y así fue reconocido por los jurados del Premio Nobel y del Príncipe de Asturias. Cumplida su misión, en los últimos años fue conciliándose consigo mismo y su gente. En 2022 publicó en la revista Letras Libres un cuento denominado “Los aires”, en el que describía el aburrimiento y la extrañeza de un personaje que no se reconoce ya en los ámbitos de antaño… la gente ya no conversa, sino que dialoga con sus telefonitos, y todo ha perdido interés. Luego anunció que ya no colaboraría con su columna periodística Piedra de toque, y se despidió de sus lectores. Al poco abandonó a Isabel Preysler, con quien había concertado un romance de socialité, y retornó al seno familiar con Patricia, su mujer.
Paseaba por los barrios antiguos de Lima, se reconocía en las avenidas de antaño, conversaba con sus hijos, recibía a viejos amigos en su casa. El héroe estaba fatigado, su existencia había sido del todo imperfecta, pero vital como ninguna. Sí, el mundo le había pertenecido. ¿Qué más?

La Gran Depresión II

Fueron los años de Miguel de la Madrid, de José López Portillo, de Luis Echeverría. Todos ellos heredaron a Carlos Salinas de Gortari una economía que no hallaba salida a la crisis. Entonces surgió la oportunidad en eso que se llamó Tratado de Libre Comercio (TLC) de América del Norte, y con ello se avizoró la salvación de la patria. Los mandatarios de Estados Unidos, Canadá y México lo firmaron en diciembre de 1992. Tratado que un año después se encargaría de opacar el alzamiento del EZLN en las cañadas de Chiapas, y poco después el magnicidio en la barriada de Lomas Taurinas.
Fue lo que vivió esa generación, cuando el PRI arribaba a la senectud; la crisis, la crisis, la crisis que se repetía en todas las sobremesas y reuniones. “¿Para dónde hacerse?”.
La mía fue un poco la generación del “milagro mexicano”. Los gobiernos de Miguel Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos, y un poco Gustavo Díaz Ordaz. Crecimiento económico del 6, del 7 por ciento a ratos, y la clase media reinventándose con el frenesí de Dámaso Pérez Prado, Angélica María, Enrique Guzmán y Cri-cri alegrándonos la vida con la historia del Ratón Vaquero… antes que ganara las elecciones.
Pero aquello se acabó con el neopopulismo de Echeverría y López Portillo, y el manido “desarrollo estabilizador” pasó a la historia cuando quisimos convertirnos en líderes del Tercer Mundo, de tan triste memoria.
Ahora una nueva crisis asoma en el horizonte. La anunciada autarquía trumpista, que pretende cerrar de hecho la frontera a las exportaciones de productos y mano de obra mexicana, está empujándonos a la tan temida recesión. No hay dinero, no hay trabajo, no hay crecimiento económico, y que cada quien se rasque con sus propias uñas.
La decisión arancelaria de míster Trump –en lo que toca a Norteamérica– va encaminada a cancelar, en los hechos, el beneficio tripartita que significó el TLC, luego transformado en T-MEC. Resulta un poco el abuelo gruñón, que en su crisis de amargura decreta que ya se cansó de mantener nietos inútiles. Y lo peor de todo, que en su explosiva perturbación se está llevando entre las patas al comercio internacional… con el beneplácito de los líderes de Rusia y China, que aguardan el río revuelto para echar sus redes.
Los efectos de la crisis económica son múltiples. El principal es la ausencia de dinero circulante, que en cadena ocasiona muchos más… desempleo, quiebras, recorte en los gastos de salud, entretenimiento, educación; con sus consecuentes efectos sociales: desalojos, depresión, mendicidad, y la tentación de incorporarse a las filas del crimen. Algo que esfuma los abrazos y multiplica, lamentablemente, los balazos.
Las crisis, desafortunadamente, no se remedian con declaraciones y anuncios redentores. Las crisis ocurren cíclicamente, y por fortuna llega el día en que se dan por concluidas. La peor de todas fue la Gran Depresión de los años treinta, que arrasó las economías de las naciones más desarrolladas. Ahora pareciera estarse anunciando un nuevo periodo similar, hasta que sea anunciado un nuevo tratado (New Deal, como el que implementó Franklin D. Roosevelt en 1933 para impulsar un programa reformista) que nos salvaría de la ruina.
En ese sentido, los 18 puntos anunciados en el Plan México (y Plan Nacional de Desarrollo 2025-30) por la presidenta Claudia Sheinbaum, apuntan a resistir mejor los efectos perniciosos que tendrán los nuevos aranceles del gobierno de Donald Trump sobre las exportaciones mexicanas. Todo ello no hace sino corroborar que estamos ante el anuncio de una nueva crisis mundial, que ya podríamos denominar… Gran Depresión II, o Crisis de los Aranceles.
En el mundo globalizado de hoy la autarquía (“autosuficiencia nacional que busca reducir las influencias económicas, políticas y culturales extranjeras”) es impensable. Todas las naciones dependemos unas de otras; vino chileno y zapatos vietnamitas, autos mexicanos y aviones brasileños, relojes japoneses, sardinas españolas, celulares coreanos, películas hollywoodenses. Pero con la anunciada autarquía trumpiana, todo se ralentizará hasta lo impensable. Serán tristes años de pobreza generalizada, que ya algún político humanista se encargará de corregir. O la guerra.

 

154 zapatos

Inmolación, masacre, sacrificio. El diccionario es implacable… a eso se le llama holocausto. Es decir: “Sacrificio religioso antiguo, especialmente entre los judíos, en que se quemaba la víctima completamente”. Lo cual lleva a la cuestión elemental de los sicarios: lo difícil no es matar, sino deshacerse del cadáver.
Hace algunos años en la piazza Navona, clásica de Roma, conversaba con unos amigos cuando el mesero, al escucharnos, quiso indagar de qué país procedíamos. “Ah, Messico”, e inmediatamente hizo el gesto juguetón de disparar con una pistola imaginaria. “¡pau, pau, pau!”. Sí, je-je, es la imagen que nos hemos ganado alrededor del mundo. “Bad mexicans”, Pancho Villa, narco-políticos y políticos-narcos. Matazón de hermanos desde la piedra de los sacrificios en el Gran Teocalli.
El pasado 5 de marzo el colectivo Guerreros Buscadores compartió en sus redes el hallazgo de 154 pares de zapatos, además de miles de camisetas y pantalones de muchachos, que hallaron en el rancho Izaguirre, ubicado en Teuchitlán, Jalisco, amén de hornos crematorios donde encontraron restos de osamentas calcinadas.
La prensa internacional no tardó en llamar al sitio como un “campo de exterminio”, con todas sus letras, del cártel del crimen que domina esa entidad. Se trataría de los muchachos “reclutas” (secuestrados) que se negaron a obedecer el entrenamiento que allí impartían sus captores para convertirlos en sicarios del crimen organizado.
Días después la autoridad debió responder. Alejandro Gertz Manero, fiscal general de la República, enumeró los errores de las autoridades jaliscienses en el registro inicial del rancho que había sido intervenido un año atrás: no se inspeccionó el lugar, no se ordenaron muestras de huellas dactilares, no hubo análisis químicos de los hornos crematorios ni se investigó quién era el dueño del terreno. Un desorden pericial con todas sus letras.
Las víctimas rescatadas en el lugar habrían denunciado aquello; el rancho era un campo de entrenamiento de la mafia jalisciense donde se preparaban a los matones de la banda criminal.
Las omisiones mencionadas por el Fiscal General parecen incomprensibles un año después de que el rancho fue intervenido, por las primeras denuncias, y pone de cabeza al sistema judicial de esa entidad. Si sabían del crimen ahí perpetrado, son cómplices; si no hicieron las averiguaciones de rigor, son incompetentes… aunque esa pareciera la norma nacional en ese tipo de rastreos. Ya nos vamos acostumbrando.
Ese horror se repite de temporada en temporada. En el otoño de 1944, cuando los ejércitos de liberación aliados se aproximaban a Berlín, tantos los soldados soviéticos como los norteamericanos iban hallando campos de concentración escondidos en las montañas, donde millones de judíos habían sido recluidos para obligarlos al trabajo esclavo y el exterminio. Auschwitz, Chelmno, Treblinka, Trostenets, Jasenovac, son algunos de ellos, donde fueron exterminados (y cremados en hornos ad hoc) millones de judíos, gitanos y opositores al régimen del nacional-socialismo alemán.
Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, escribió algunos libros de memorias de esa experiencia de horror donde, en sus palabras, de lo que se trataba simplemente, era de “destruir al ser humano”. Así que esos 154 zapatos (pares), que se dice fácil, pertenecieron a muchachos que fueron ultimados, macheteados, incinerados en hornos de hoyo y gasolina o, en el mejor de los casos, incoporados a la mafia de las cuatro letras para seguir perpetrando sus fechorías de costumbre… secuestro, extorsión, producción, trasiego y comercio de drogas. Es decir, el “gobierno bajo las sombras” que se ha apoderado de buena parte del país.
Ya se ha dicho: la debacle del gobierno de Enrique Peña Nieto inició cuando se conoció del secuestro y desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa que habían secuestrado varios autobuses con el fin de trasladarse a la ciudad de México. Ninguno de ellos ha sido presentado vivo, se presume que fueron (igualmente) incinerados en los alrededores de Iguala. Ahora los 154 pares de zapatos de Teuchitlán (algunos son calzado femenino) buscan dueño. Podría ser el dolor de cabeza que reviente la conducción del nuevo gobierno. Ya se sabrá.

 

Todo queda en familia

El uso viene de los tiempos en que abandonamos las cavernas (¿abandonamos?). La secta, la tribu, el clan era lo que debía imperar; es decir “los nuestros”. Somos de la misma sangre, mamamos en el mismo lecho, “amarás a tu padre y madre”. Tú mi carnal, mi bró, ¿no semos lo mismo?
La Familia Real siempre ha sido respetada y obedecida sin menoscabo, por lo menos en los regímenes de monarquía parlamentaria. Alrededor de ella se extiende el boato de sumisión y respeto. “La Familia Real ha dado sus pésames”. El poder no se comparte y, cuando llega el momento, asoman los puñales. De eso tratan los dramas de William Shakespeare, “algo se ha podrido en Dinamarca”, y ante la lectura del testamento vienen las disputas y los arrebatos. “Hasta en las mejores familias sucede”, o precisamente.
En términos lingüísticos “nepote” significa sobrino, nieto, y era la costumbre de los Papas en Roma, desde los tiempos del Renacimiento, ésa de colocar en puestos afministrativos a sus parientes de más confianza (incluso sus hijos). El diccionario describe el concepto como “la utilización de un cargo para designar a familiares o amigos en determinados empleos o concederles otro tipo de favores, al margen del principio de mérito y capacidad”. O sea, favoritismo con los de casa, amiguismo, enchufe.
En días pasados el Legislativo en turno resolvió que la iniciativa de acabar con el nepotismo en los procesos electorales fuera una realidad… hasta 2030 (¿o 2300?). O sea, que los candidatos a la presidencia, diputaciones, senadurías, gubernaturas y otros cargos locales deberán cumplir el requisito de no tener parentesco consanguíneo o civil con el servidor público al que aspiran a suceder, ni tener vínculo de matrimonio o concubinato con el funcionario saliente.
La familia como trampolín político es un hecho en todas las naciones. Los Kennedy, los Bush y los Clinton en Estados Unidos; los Frei en Chile, los Somoza en Nicaragua, los Kirchner en Argentina, los Trudeau en Canadá, los hermanos Kaczinski en Polonia y los Castro en Cuba. Todo queda en familia, ya saben dónde se guardan las toallas, sólo habría que cambiar el paño a la silla presidencial.
En México ese caudillaje se explica por sí mismo. Con sólo nombrar el apellido se comprende el linaje sucesorio… los dos Miguel Alemán, los tres Cárdenas (abuelo, hijo y nieto), los hermanos Manuel y Maximino Ávila Camacho (su biografía está contada por Ángeles Mastretta en su novela Arráncame la vida), los hermanos Salinas de Gortari, los Monreal en Zacatecas, los Yunes en Veracruz, los Figueroa en Guerrero, los Sansores en Campeche… y así hasta completar el directorio.
En las naciones gobernadas por la monarquía eso no está en discusión. Las casas reales son sucesorias, manda el Rey o la Reina y todo mundo contento… hasta que les llega su hora en el cadalso: los Borbones en Francia, los Romanov en Rusia. Por eso, quizá, la necesidad de compartir las cosas en familia y de ese modo evitar las envidias y la rebatinga. “Para todos hay”, nomás fórmense por estaturas.
La administración de la cosa pública, por lo demás, no es equiparable al manejo de una tlapalería, aunque hay casos… La ironía de un gobierno que repite apellido, en todo caso, es que garantiza la ausencia de secretos. En charlas familiares y de sobremesa es como se comprende el manejo de los hilos del poder, los grupos y sectores, los sindicatos, los partidos, las cofradías. Vamos, que en familia todo se sabe…
Pero eso se acabó. Ahora deberán ser los méritos y desempeños propios la garantía de un buen ejercicio público, y no ser más un “junior” del PRI o de Morena. Personas con estudios y conocimientos, con buenas maneras y facilidad de palabra, con vocación de servicio y honorabilidad. De esos que se cuentan con los dedos de un manco… pero será hasta dentro de cinco años (si acaso), porque todavía podremos tener diputados y alcaldes sin título y de sonrisa cínica apretujados a la hora de sacarse la foto con el bueno… o con el hijo del bueno. Sonríe y trasciende, que ya eres de la familia.
 

Furor del respetable

Fuimos algo más de 115 millones los espectadores los que, cerveza en mano, rugimos ante los desatinos de Patrick Mahomes, quarterback de los Chiefs de Kansas City. El partido del Super Bowl fue el espectáculo televisado que más audiencia ha registrado en la historia, después del alunizaje de la misión Apolo XI en 1969.
La pregunta que surge, a medio espectáculo, es simple: ¿De dónde nos viene ese furor por el combate de los contrarios? Supongo que lo mismo se preguntaban en el Coliseo romano, cuando los gladiadores juraban ante la tribuna, “¡César, los que vamos a morir te saludan!”. Gladiadores y futbolistas, peloteros en la Serie Mundial, el matador Enrique Ponce despidiéndose de la fiesta brava en la Monumental de México. Se sentía ya viejo, a los 57 años.
Mi diccionario asegura que “amistad” es lo contrario a rivalidad. Antagonismo, hostilidad, enfrentamiento serían los sinónimos del sentimiento que aflora a cada rato en la calle, la oficina, el salón de clases. Al oficio del hostigamiento, ahora, se le llama simplemente “bullying”. Son los acosadores de siempre, los fustigadores, profesionales… que en ocasiones, por ello mismo, alcanzan las presidencias republicanas. El elector, en ese sentido, se convierte en un masoquista indocumentado.
La rivalidad, por así decirlo, nos viene con la sangre. Los perros ladran, los lobos aúllan, los seres humanos gritamos ofiendidos “¡Carajo! ¡Te voy a romper la madre!”. Y somos felices con simplemente eso, manifestar nuestro enojo. Diría un psicólogo, es la expresión de nuestro instinto aniquilador. Que prevalezca nuestra voluntad, pese a quien le pese, así sea del Necaxa, del América, de los Pumas.
El circo ha sido por siglos la salvación de la vida en comunidad. “Pan y circo”, decían antes, hay que darle al pueblo. Y sí, en el circo rivalizaban los aurigas fustigando a sus monturas, los gladiadores defendiendo su vida con la espada, o las peleas de gallos, las carreras del hipódromo, los partidazos en el estadio Azteca. Unos que ganan y son los campeones, otros que pierden y ni modo, son los “ya merito” de toda la vida.
La rivalidad asoma en todas partes y que nadie nos venga con eso de la hermandad sonriente de los pioneros, pañoleta roja al cuello, cantando himnos de hermandad unversal. “De colores, de colores se visten los campos en la primavera…”, cantaban los cursillistas juveniles cristianos de los años 60, antes que los desterraran los hippies del amor libre y el porro en comunidad.
Miguel León Portilla publicó en 1959 su antología Visión de los vencidos, en la que conjuntaba relatos y testimonios de los pueblos indígenas conquistados por los ejércitos combinados de Castilla y Tlaxcala. Porque hubo otra “visión”, que imperó durante siglos, que ha sido la de los vencedores. Es la historia misma, contada por los herederos de los generales y emperadores sometiendo a los derrotados, porque la guerra es la “continuación de la política” por otros medios; ya lo dijo Von Clausewitz en su tratado inmortal.
Rivalidad que viene desde el antiguo testamento, ¿quién mató a quién? ¿Abel a Caín, o Caín a Abel? ¿Y quién puso allí la quijada del burro? Placer sádico, morbo del respetable, sed de sangre en el estadio. Mejor un partido entre naciones que una guerra impía, aunque ya hubo la de Honduras y El Salvador, en 1969, llamada precisamente “la Guerra del Futbol”, contada magistralmente por el periodista Ryszard Kapuscinsky.
Así estamos cada noche ante el televisor, como el respetable cuando el Coliseo, atestiguando la violencia nuestra de cada día… los muertos de Tabasco, de Sinaloa, de Guanajuato; no con el temible “gladius” de las legiones romanas, sino con el AK-47, “cuerno de chivo”, que inventó el armero ruso Mijaíl Kalashnikov. Es la entraña misma de la obra de Shakespeare, ¿ser o no ser?, la ambición de poder y su precio en sangre.
La rivalidad acompañará por siempre la vida del homo-sapiens (¿sapiens?). Hamas vs. Israel, Patrick Mahomes vs. Jalen Hurts, Trump vs. el que se ponga enfrente. Bullying, un lindo sustantivo que ya debería incorporar la Real Academia.