Tras la desaparición de Jhonatan Guadalupe “la vida nos cambió muchísimo”, dice su mamá

Socorro Gil y Nadia Romero Gil, madre y hermana del joven Jonathan Guadalupe Romero Gil Foto: Carlos Carbajal

Ramón Gracida Gómez

¿Quién es Jhonatan Guadalupe Romero Gil y cómo su desaparición transformó radicalmente la vida de su familia?
“Después de que se lo llevan pues sí la vida nos cambió muchísimo, primero, yo estaba muy acostumbrada a él, la verdad no quería vivir, muchas veces deseé morirme porque sentía que no podía vivir sin mi hijo”, expuso su madre Socorro Gil Guzmán a El Sur a siete años del 5 de diciembre de 2018, cuando policías municipales lo desaparecieron en la avenida Costera frente al edificio de la CROM, en el corazón de Acapulco.
La vida de Socorro era “muy tranquila, muy feliz, vivía con mis tres hijos, con una pareja que tenía yo en ese momento”, su felicidad era que Jhonatan, el mayor de los tres, se graduó de Derecho en la Facultad de Acapulco de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG); la de en medio, María del Socorro, de Enfermería; y Nadia, la menor, de Ecología Marina.
Socorro era modista, el taller lo tenía en su casa, “yo trabajaba de sol a sol, y a veces jornadas completas, toda la noche me aventaba cuando tenía muchísimo trabajo para sacarlos adelante”.
Tiene 51 años, estudió para ser educadora, desde la preparatoria tenía su plaza en la comunidad El Charco, Tecoanapa, allá nació Jhonatan cuando tenía 18 años, pero cuando nació su segunda hija “fue cuando yo dejé la carrera porque quería dedicarme en cuerpo y alma a mis hijos, quería estar al pendiente de ellos, de verlos llegar de la escuela, yo llevarlos, su comida caliente”.
“A lo mejor no teníamos grandes lujos, pero los fines de semana mi mamá se levantaba temprano y hacía comida, y nos veníamos a la playa de Tlacopanocha todo el día hasta que cambiábamos de color, desde muy chiquitos nos gusta la playa”, contó Nadia. Siempre han vivido en el fraccionamiento Las Playas.
Jhonatan era bromista, “a veces cuando estábamos en la casa apagaba todas las luces y entraba con cuidadito a la casa para espantarnos, siempre nos estábamos riendo, creo que después de su desaparición nos dimos cuenta que él nos hacía reír mucho, siempre tenía un chiste que contarnos”.
También era un estudiante responsable, “él luego, luego llegando hacía su tarea en lo que yo preparaba la mesa para comer”, contó su madre. Quería ser médico, pero en el tránsito de la preparatoria a la universidad estaba el divorcio de su madre y no la quiso molestar, además se puso a trabajar “en lo que cayera, hubo un tiempo donde anduvo cargando garrafones de agua en las camionetas”.
Cuando se divorciaron sus padres, Nadia tenía 14 años y a Jhonatan “le tocó seguir siendo esa figura paterna en casa, él iba por mí a la escuela, si yo salía a algún lado con mis amigas y se me hacía tarde, él iba por mí hasta donde yo estuviera, él manejaba el coche”.
Jhonatan se fue a la Ciudad de México al terminar la carrera para vivir con unos familiares, le gustó la capital del país y se quería llevar a su mamá, pero ella le pidió que regresara, “después de que se lo llevan, dije, mejor lo hubiera dejado allá, a lo mejor no le hubiera pasado esto, fue mi culpa”.
La narcoviolencia en el estado y en el país comenzó a recrudecerse a partir de 2007 con la declaración de la guerra contra el narcotráfico, pero fue hasta la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014 que Socorro Gil se conmovió hasta las lágrimas frente a Jhonatan, “yo le dije, si te llega a pasar algo no voy a resistir”.
Antes de ser desaparecido, Jhonatan vivía con el miedo de ser asesinado, en la secundaria le tocó ver un hombre muerto a balazos y cerca de la Preparatoria número 7, donde estudiaba, hombres de una camioneta negra pretendieron llevárselo.
Jhonatan sufre convulsiones desde un accidente automovilístico que vivió de niño, “de ahí él empezó a como ser huraño, él casi no salía, no tenía muchos amigos, siempre estaba metido a la casa, el único lugar a donde iba era el trabajo, a la playa o a jugar futbol”.
Por sus convulsiones, Jhonatan jugaba a escondidas de su mamá futbol, sólo Nadia sabía, “apenas que fue la desaparición, le conté a mi mamá, nunca le había contado, que hacíamos eso a sus espaldas y solamente la abracé y le dije: es que él y yo éramos cómplices”.
Los únicos amigos de Jhonatan eran Carlos y Antonio, el primero fue quien le pidió ayuda el 1 de diciembre de 2018 porque el dueño del bar La Mandona, donde trabajaba, lo obligaba a vender droga y lo quería demandar.
Jhonatan se lo contó a su mamá un día después, ella le recomendó decirle al jefe del despacho de abogados donde trabajaba, tiempo después ese jefe le aseguró a Socorro Gil que su hijo nunca le comentó nada.
“Yo siento que el del bar era espía, seguía a Carlos para ver qué hacía o qué iba a hacer porque Carlos ya había pedido su renuncia en el bar”.
Uno de los mayores logros de la presión de la familia de Jhonatan hacia las autoridades para encontrarlo fue recuperar el video en el que se ve que policías municipales arrojaron el cuerpo de Carlos en el fraccionamiento Hornos Insurgentes, otras pruebas contra los agentes fueron desaparecidas por el ex fiscal David Muñoz García.
Nadia interrumpió su proceso de titulación, dos meses antes se había graduado y apenas regresaba de su estancia académica del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (Cibnor) en La Paz, Baja California, “yo quería hacer investigaciones, quería hacer más cosas, salir de Acapulco”.

Las amenazas forzaron a la familia a huir de Acapulco dejando todo atrás, “lo único que se conservó y hasta la fecha se ha conservado son las cosas de mi hermano, yo me acuerdo que le decía a doña Soco que no las tiráramos porque él las iba a llegar a buscar, que él iba a regresar a ponerse su ropa y metimos en dos maletas toda su ropa y en cajas lo que él tenía, carritos de cuando era niño, cartas de sus amigas, cartas que le habíamos escrito con mi hermana”.
En enero de 2021, un anónimo le llamó a Socorro para decirle que su hijo fue asesinado de un balazo y su cuerpo fue abandonado en la colonia Panorámica, donde ha insistido en buscar, en forma de consuelo el hombre le dijo que “si de algo me servía, que mi hijo no había sufrido al morir porque a Carlos lo torturaron”.
Cuando Socorro Gil se lo contó a sus hijas, Nadia recordó entre lágrimas el dulce Chocorrrol que había dejado Jhonatan en el refrigerador horas antes de ser desaparecido, “yo me acuerdo que le dije que no, que él tenía que llegar a comerse ese Chocorrol, que él no podía haberse ido de mi vida”.
Tras recuperarse del contagio de Covid-19 y regresar de su exilio, Socorro Gil volvió a Acapulco en diciembre de 2022 y desde entonces lidera la colectiva Memoria, Verdad y Justicia tras salir de la asociación Familias de Acapulco en Busca de sus Desaparecidos.
Llora, sonríe, grita, se enoja en unos cuantos minutos, un carrusel de emociones en las entrevistas, “la vida es muy difícil, hay días que no duermo toda la noche, mi hija un día casi me lleva arrastrando con el siquiatra”.
Hasta hace un par de años Socorro volvió a comer pizza, la comida preferida de su hijo, y recientemente volvió a ver la televisión, cuando escucha canciones llora porque le recuerda a Jhonatan, fan de la música electrónica y Los Temerarios. Ha dejado poco a poco el silencio que se imponía en su casa que la obligaba a llorar sola en el baño. Tiene un par de nietos que le dan alegría.
“Para nosotros diciembre era el mejor mes porque él cumple años el 22 de diciembre y yo el 22 de enero, entonces siempre que era su cumpleaños me decía en un mes ya viene el tuyo y ya vas a cumplir tantos, y entonces ahorita diciembre me pone más triste”, confiesa Nadia.
Tenía 22 años cuando desaparecieron a su hermano, actualmente tiene 29, “me gustaría encontrar un balance entre la búsqueda y seguir profesionalmente, ahorita en estos tres años que me he dedicado a las búsquedas al 100 por ciento, siempre digo que voy a buscar un trabajo porque entre semana, cuando no estamos buscando, que no hay actividad, nos dedicamos a descansar o a estar con los bebés de mi hermana”.
“No tiene mucho que volteé a ver a doña Soco y dije los años no pasan en balde, nos están cobrando factura a todos por igual, me acuerdo cuando nos fuimos de Acapulco a Ciudad de México, doña Soco podía pasar días sin comer y se paraba a comer más a fuerzas que por gusto”.