Cualac

 Jesús Mendoza Zaragoza  

Conmoción general ha dejado el crimen de Cualac en el que un sacerdote asesina a un alcalde. Aunque aún no se esclarece el caso y tomando en cuenta que es a las autoridades a quienes les toca juzgar, es oportuno y pertinente considerar circunstancias que rodean este caso tan lamentable. Los asesinatos no suelen ser ya noticia en tierras guerrerenses; lo que hizo esta noticia fue el que la víctima fuera un funcionario público, y que el agresor resultara ser un ministro religioso, en una riña donde se mezclaron el alcohol y un arma.

Una primera consideración tiene que ver con el contexto de este lamentable hecho desde todo punto de vista. La Montaña de Guerrero sigue siendo una de las regiones más deprimidas, donde la miseria en su brutal tamaño es factor de deshumanización. La pobreza extrema dice relación con abusos, con caciques, con alcohol, con violencia, con conflictos, con ajustes de cuentas. Tiene que ver, también, con una peligrosa vulnerabilidad social y moral que asusta y estremece. Situaciones deprimentes como las de La Montaña de Tlapa deslizan fácilmente hacia la desesperación, factor de arrebatos, de irracionalidad y de crímenes. Un contexto social que transpira injusticia y desprecio por la dignidad de las personas, termina por deshumanizar y hacer vulnerables a todos, sean quienes sean, aún a los ministros religiosos. Lo que quiero decir es que si un sacerdote muestra una grande vulnerabilidad moral, al grado de que llega a agredir y a matar, qué no podemos esperar de otros actores sociales y de los habitantes de la región, donde las injusticias y la miseria calan hondo y llegan a endurecer a las personas y a hacerles perder el sentido de responsabilidad social.

Una segunda consideración que merece mencionarse se refiere a la diócesis de Tlapa, encabezada por don Alejo Zavala Castro, primer obispo de esa región indígena. Es conocida la firme decisión de esa Iglesia particular de realizar un trabajo pastoral a favor de los indígenas, que implica una serie de dificultades no menores. El trabajo pastoral entre los pobres, sobre todo cuando han sufrido una exclusión sistemática ancestral como en La Montaña de Guerrero, es una tarea plagada de conflictos e incomprensiones. Particularmente, don Alejo ha hecho un esfuerzo por insertarse en el pueblo y en la cultura indígenas, ha respaldado la promoción y la defensa de los derechos humanos, se ha puesto al frente de un proyecto pastoral firme y decidido donde la Iglesia ponga sus recursos humanos, espirituales y materiales a favor de las causas indígenas.

En un comunicado del día 12 de mayo, después de lamentar los dolorosos hechos de Cualac, don Alejo señala con claridad su proyecto eclesial, que “se identifica con los pueblos de La Montaña” con la convicción de “la lucha por la verdad y por la justicia”. Y, desde ese momento asume el compromiso de apoyar la investigación de los hechos y aceptar las sanciones conforme al derecho a los responsables. Y no deja pasar la ocasión para refrendar el compromiso de su diócesis “por construir una sociedad más igualitaria, y por ello, dice, estamos convencidos en la aplicación de la ley sin distinción alguna, pues reivindicamos el derecho de las víctimas para conocer la verdad de lo sucedido y que se les haga justicia”. En este sentido, la Iglesia de Tlapa asume su responsabilidad, reconociendo públicamente la implicación de dos sacerdotes en un delito, pidiendo perdón a pobladores y familiares de los agraviados y permitiendo que las autoridades hagan su trabajo en lo que toca a la impartición de la justicia.

También, para terminar, hay que decir que la Iglesia católica, no solo en La Montaña, sino en toda la región guerrerense, tiene que poner una mayor atención y cuidado en mantener en las mejores condiciones humanas, espirituales y morales a sus ministros, sobre todo en lugares tan aislados y difíciles, donde la tentación de la violencia es tan persistente. Solo así podrá seguir siendo factor de dignificación humana, de justicia y de reconciliación. Este hecho doloroso es una llamada de atención en el sentido de que se requieren mayores cuidados y más exigentes esfuerzos de la Iglesia para colaborar eficazmente en la liberación integral de los más pobres. Y pone a prueba su credibilidad en un contexto en el que ya casi nadie cree en nadie.

Festejan los 25 años de sacerdocio del párroco de La Laja, Jesús Mendoza

 

 Más de 500 fieles católicos festejaron el sábado los 25 años de sacerdocio del padre Jesús Mendoza Zaragoza, ex rector del Seminario Regional del Sur, hostigado y finalmente cesado por el ala ultraconservadora de la jerarquía de la Iglesia católica, por tacharlo de “semillero de curas comunistas”.

En declaraciones durante el festejo, el actual párroco de la colonia La Laja y articulista de El Sur, al reflexionar sobre la falta de vocaciones para el sacerdocio, lamentó que la juventud ahora ya no sea “la misma que había en el 68”, año de la matanza de estudiantes en Tlatelolco.

Mendoza Zaragoza dijo que ahora “no hay los valores suficientes como para dedicar la vida a causas valiosas como son la justicia, la libertad, la paz, a partir de una donación de uno mismo así los demás”.

El festejo se llevó a cabo el sábado en las ex instalaciones del Instituto Guajardo, en la avenida Tambuco, y se ofreció una misa a la que asistieron sacerdotes de Acapulco y de las dos costas de la entidad, muchos de los cuales son jóvenes que simpatizaron con su lucha contra la desaparición del seminario ubicado en Tehuacán, Puebla, y que son también seguidores de la Teología de la Liberación.

No asistió el arzobispo Felipe Aguirre Franco, de quien se informó que se encontraba en Oaxaca, aunque sí estuvo el arzobispo emérito Rafael Bello Ruiz, el obispo auxiliar Juan Navarro Castellanos, y entre los asistentes, la esposa del alcalde Alberto López Rosas, María Eugenia Díaz, el síndico Marcial Rodríguez Saldaña y la directora de Relaciones Públicas del Ayuntamiento, Fabiola Vega Galeana.

El sacerdote criticó que ahora la sociedad esté “influida por una cultura muy individualista, de que cada quien haga su vida y saque sus problemas, mientras que en la generación del 68, era una juventud llena de ideales y llena de impulso por cambiar el mundo”.

Sobre sus experiencias en sus 25 años de sacerdote, Mendoza Zaragoza dijo que “lo mejor ha sido el estar en contacto diario con la gente, sobre todo, con los más pobres”.

Después de la misa, se ofreció una comida amenizada con música de mariachi. (Con información de Karina Contreras).

Etica y democracia

Etica y democracia

 Jesús Mendoza Zaragoza

El caso de los obispos denunciados ante la PGR por presuntos delitos electorales tiene diversas facetas y plantea diversas cuestiones. Pero, ¿cuál es el fondo de la cuestión? Ciertamente que es complejo. Pero un aspecto viene a ser la cuestión de la ética en la vida política y en la construcción de la democracia.

Con mucha frecuencia escuchamos en los ambientes políticos planteamientos que explícitamente excluyen la dimensión ética de los problemas y de las soluciones a los mismos, como si los problemas económicos, políticos, electorales, de salud pública no tuvieran una necesaria vinculación con la ética. O, en el mejor de los casos, se propone una ética a la medida de objetivos políticos y subordinada a ideologías o a intereses de grupos. Una “ética” coyuntural que puede cambiar al arbitrio de la práctica política, en definitiva, un relativismo ético que sea aceptable y “democrático”. La democracia, la mayoría establece lo que es bueno y lo que es malo, ya que toda ley y toda regulación de la vida pública implica un juicio de valor.

Los obispos católicos que se han pronunciado ante algunas propuestas partidistas en términos morales, han llamado la atención a la dimensión ética de las mismas, atendiendo a que la ética no es sólo cuestión de estrategias políticas sino, primero, es cuestión de principios. Los valores morales, ciertamente, tienen un aspecto subjetivo en la conciencia de cada persona que discierne sus circunstancias y toma determinaciones prácticas; pero tienen, también, un aspecto objetivo en la naturaleza de la persona humana.

La persona es tal, siempre, en cualquier contexto social o político y en cualquier época de la historia. Tiene un valor y una dignidad en sí misma. La justicia, la libertad, la vida, la tolerancia, el diálogo, y la misma democracia surgen como valores a partir de la naturaleza de la persona humana de manera que se desnaturalizan en el momento de que se desvinculan de ese valor original y se subordinan a programas políticos u objetivos de grupos. Y esto vale para todos: para las iglesias, para los partidos políticos, para las acciones de gobierno y para las personas individuales.

En el caso de los obispos católicos, más allá de la legalidad o ilegalidad de sus intervenciones tan severamente cuestionadas en diversos ambientes políticos, es la preocupación por la dimensión ética de la política la que les ha hecho hablar exponiéndose a la incomprensión e, incluso, a la sanción. De la fe cristiana brota una ética que obliga a quien profesa esa fe religiosa, de manera que quien se profesa católico, pero católico con el plus de la coherencia –ya que en un mundo de incoherencia cualquiera se puede llamar católico, o demócrata, o tolerante– debe asumir las consecuencias de su fe y, en este caso, las consecuencias éticas. En este contexto, ante la cuestión del aborto se oye decir que se trata de un problema de salud pública y no de un problema de fe. Hay en esta afirmación una incomprensión radical de la fe o, a lo sumo, una comprensión liberal que la reduce a lo íntimo y a lo privado, es decir, a una versión individualista que la desnaturaliza.

Si en la construcción de la democracia es necesaria la participación de todos, incluso de las minorías, hay que incorporar la dimensión ética pare salvaguardar, en todo caso, la dignidad de la persona humana, eje de una verdadera democracia. Una democracia que ignore a la persona en su integralidad, está vacía de espíritu y tarde o temprano desemboca en versiones totalitarias. Y si en México, la presencia del cristianismo en sus versiones católica, protestante y demás es un componente cultural y social, hay que permitir que los valores éticos de quienes profesan esta fe se desarrollen y respalden una democracia con alma, con vigor, con humanidad.

Sería penoso que esta transición a la democracia excluyera los valores que emanan del cristianismo como corriente espiritual y cultural y como expresión religiosa bimilenaria, todo por aparejar la carreta de la democracia a versiones pragmáticas, coyunturales y restringidas de la ética. Habrá que distinguir entre los valores perennes del cristianismo y los errores de los miembros de las iglesias, y en particular de la iglesia católica, que plantean la cuestión de la coherencia con la fe que se profesa. Pero alegar los errores cometidos por miembros de la iglesia para negar o excluir los valores que vienen del mensaje de Jesucristo como la concepción cristiana de la vida, de la persona humana, de la justicia, del perdón, de la misericordia sería, a la larga, perjudicial para la convivencia social. Una propuesta política necesita un sustento ético para que puedan esperarse mejores condiciones de vida para todos.