Los motivos de Marcelo: otra hipótesis

Los cuestionamientos que Marcelo Ebrard ha venido haciendo al proceso interno que Morena sigue para elegir a su candidato presidencial no pueden soslayarse. Constituyen una abolladura a la imagen de limpieza y legitimidad que con tanto ahínco difunden el presidente Andrés Manuel López Obrador y la dirigencia del partido. Sin embargo, ambos se han cuidado de expresar la molestia que genera las impugnaciones del ex canciller. Lejos de hacerle un reclamo, han buscado negociar las objeciones de Ebrard para evitar una desavenencia que empañe el muy probable triunfo de la puntera en las encuestas, Claudia Sheinbaum. ¿Por qué lo hace Marcelo?
La inconformidad de Ebrard ante la inevitable cargada en favor de Sheinbaum en parte es comprensible, pero solo en parte. Desde hace rato es evidente que para el grueso del obradorismo ella es la opción preferida y se ha notado en la actitud de gobernadores y funcionarios de partido. Pero también es cierto que Sheinbaum ha liderado de manera tan consistente las encuestas de intención de voto, que ahora López Obrador es el más interesado en que el proceso sea lo más limpio posible, pues favorece la legitimidad de su abanderada. De allí la molestia con las críticas de Ebrard al proceso. Si bien algunas de las objeciones de Marcelo son atendibles, también da la sensación de que no ha dejado pasar contratiempos atribuibles a problemas de logística para convertirlos en presuntas irregularidades originadas en la mala fe (por ejemplo, el retraso por horas en la entrega de la boleta que servirá para levantar una encuesta que tendrá lugar a lo largo de toda una semana). Dentro del primer círculo presidencial comienzan a ser interpretadas como un intento deliberado de arrojar dudas sobre el proceso.
Lo cual nos regresa a la pregunta. ¿Por qué lo hace Marcelo? A mi juicio no caben más que una de dos opciones. Primera, porque él ex canciller está convencido de que tiene una verdadera oportunidad para ganar la encuesta y asume que reducir el margen de intervenciones amañadas aumenta sus posibilidades. Ha dicho una y otra vez que existe un empate técnico entre él y Claudia y, si en verdad lo cree, es plausible que quiera detener ayudas “artificiales” en favor de su rival, moleste a quien moleste. Pero asumir esta tesis supone tragarse una premisa demasiado gruesa: ¿cómo justifica Marcelo lo del empate técnico cuando desde hace un año el consenso de las casas encuestadoras, incluyendo algunas contrarias al obradorismo, otorgan a Claudia una ventaja categórica y con tendencia a aumentar no a reducirse? En un hombre con la experiencia de Ebrard no es fácil atribuir la dosis de negación que supone quemar naves frente a una posibilidad tan peregrina. ¿Ingenuidad? ¿Incapacidad para evaluar la propia situación?
Lo cierto es que lo que está arriesgando no es poca cosa. Quien obtenga el segundo lugar en la encuesta, posición que Marcelo prácticamente tiene asegurada, será designado coordinador del Senado el próximo sexenio, según el acuerdo previo. Una posición protagónica y con amplios márgenes de operación, al tratarse de un poder autónomo, el Legislativo, frente al Ejecutivo. Ebrard seguramente estará consciente de que el hecho de ser percibido como un factor de boicot del proceso, podría llevar al presidente a retirar el compromiso y dejarlo en la orfandad. Aunque menos probable, también podrían designarlo coordinador del Senado, pero sin otorgarle senadores afines, con lo cual quedaría como cabeza solo de nombre, pues sería rehén de la mayoría obradorista.
La segunda explicación para entender sus duras críticas al proceso sería un supuesto plan de ruptura, como tantas veces se ha dicho. Según esta tesis, Marcelo estaría subiendo el tono de las irregularidades para sustentar una denuncia de los resultados y una justificación para su salida de Morena. “Lo intenté, pero no me dejaron, lo cual me libera del compromiso”. A simple vista parecería suicida. Incluso si Movimiento Ciudadano lo acoge como candidato, estaría condenado a un lejano tercer lugar frente a las maquinarias de Morena y del Frente Amplio. De hecho, le haría un favor a Claudia al dividir el voto opositor. Y ciertamente Ebrard no es un político suicida.
Sin embargo, cabe un matiz que modificaría esta aparente irracionalidad. Lo que sigue es una mera especulación analítica de mi parte y no tengo una información puntual o filtración que la alimente, salvo la concatenación de varios datos. Uno, Marcelo debe haber llegado ya a la conclusión de que nunca va a ser candidato presidencial del obradorismo. Ni las bases ni los cuadros lo aprecian, punto. Dos, su cercanía con Movimiento Ciudadano no es de ahora, ya en alguna ocasión fue apoyado por este partido. Tres, hace unos días Dante Delgado, fundador de MC externó una curiosa confesión sobre el largo ciclo de su trayectoria, su deseo de estar con hijos y nietos, la necesidad de continuar por el momento a cargo de la responsabilidad a pesar de sus 73 años, pero de alguna forma haciendo alusión a la fecha de caducidad. Cuatro, tras el distanciamiento de Enrique Alfaro respecto a MC, no se observan cuadros con la estatura para relevar al líder del partido. Cinco, el protagónico papel que MC podría adquirir como partido bisagra para definir presupuesto, agendas y proyectos por la mutua neutralización de las dos principales fuerzas políticas.
Conclusión, la posibilidad de un acuerdo para convertir a Dante en un tótem reverenciado, honorífico y simbólico y a Ebrard en dirigente a cargo de convertir a MC en la fuerza política del futuro. Con la candidatura de Ebrard en 2024 el partido podría llegar a captar 15% o más de los votos, lo cual se traduciría, por reflejo, en una cuota de senadores y diputados decisivos en la gobernabilidad del país. Senadores y diputados que Morena no va a poner al servicio de Ebrard así lo nombren coordinador del Senado. Para 2030 el propio Ebrard o Samuel García, el joven gobernador de Nuevo León, podrían ser candidatos de MC para llegar a Palacio Nacional. En ese esquema en el mejor de los casos Marcelo consigue estar, por fin, en la boleta presidencial; en el peor, se convierte en el dirigente de la fuerza política con mayor potencial de ofrecer una alternativa frente al desgaste que las dos opciones que hasta ese momento habrían gobernado: Morena y PRIAN.
Es tan solo un escenario. Pero uno en el que podría tener sentido el sinsentido de lo que Marcelo Ebrard parecería estar haciendo a los ojos de Morena y, sobre todo, de su atento líder. Estamos a unos días de despejar las dudas.

@jorgezepedap

 

MC, ni movimiento ni ciudadano

Saber si Movimiento Ciudadano acudirá con candidato propio a las elecciones presidenciales se ha convertido en acalorado debate dentro y fuera de ese partido político. Algo irónico, considerando que su candidato no tendría oportunidad alguna de ganar, pero en cambio podría ser decisivo para que sí lo haga una u otra de las dos fuerzas en la contienda: Morena y sus aliados o el Frente Amplio, integrado por PAN, PRI y PRD.
Para decirlo rápido, se entiende que si el partido en el poder y en general el obradorismo concentra alrededor del 50 por ciento de la intención de voto, eso significa que para que la oposición esté en condiciones de competir necesita ir en un solo bloque. Si MC se lanza por su cuenta los votos que obtenga dependerán en gran medida del perfil de su candidato pero se da por descontado que el solo membrete o el mero hecho de ofrecer una tercera opción en la boleta, asegura un mínimo de 6 por ciento que puede crecer al doble. Suficiente para dividir el voto opositor y propiciar el triunfo de Morena y los suyos, incluso si el oficialismo se queda abajo del 50 por ciento. Por esta razón, es explicable la enorme presión que ha recibido la dirigencia de este partido desde adentro y desde afuera.
Por lo que respecta a esta última, el Frente Amplio ha realizado una intensa campaña para empujar al MC a favorecer a Xóchitl Gálvez, la muy probable candidata de la oposición. Por su parte, Andrés Manuel López Obrador se ha asegurado de elevar la factura política ante la opinión pública si el MC apoya “a los conservadores” y se suma a ellos. Para la dirigencia la presión es enorme porque cualquiera de las dos decisiones será leída por la contraparte como una claudicación a uno de los dos bandos.
La presión interna no es menor. Como es sabido, hay tres grandes polos de poder e influencia en el partido. El principal, desde luego, es la propia dirigencia nacional encabezada por su mandamás y fundador, Dante Delgado. Y luego están los dos gobernadores en funciones de esta organización, nada más y nada menos que en las dos entidades más importantes del interior del país, Samuel García en Nuevo León y Enrique Alfaro en Jalisco. Los dos primeros polos están a favor de lanzar una candidatura presidencial independiente, Alfaro y su grupo, en cambio, por sumarse a la de Xóchitl Gálvez. Los de Jalisco han amenazado con separarse del partido si este no favorece esta última posición.
Hasta aquí someramente el estado de la cuestión. La pregunta es ¿qué hará Movimiento Ciudadano? Primero habrá que decir lo que no hará. Contra lo que se piensa o se le ha acusado, la dirigencia de MC no está en el negocio de venderse al mejor postor en recursos o posiciones, como suele decirse de partidos satélite y bisagra como el Verde o coyunturalmente, incluso, del nuevo y desgastado PRI. Y no por un asunto de convicciones y honestidad, sino por estrategia o, si se quiere, ambición. Dante Delgado sabe que entre el descrédito de los viejos partidos (hoy integrantes del Frente) y el desgaste natural del ejercicio del poder por parte de Morena, tendencialmente MC puede convertirse en una fuerza política muy exitosa, incluso con aspiraciones a la silla presidencial en 2030. Cierta o no, esa es su aspiración, a la larga una meta política mucho más rentable que la venta coyuntural de sus apoyos.
Con lo cual la pregunta comienza a responderse por sí sola. MC no es un movimiento realmente en el sentido de poseer una ideología precisa y bases orgánicas o inorgánicas propias, ni está dirigido por ciudadanos. Pero podría ser todo eso. Por ahora se trata esencialmente de cuadros políticos que, frente a la cerrazón o las dificultades para subir por las jerarquías de los partidos vigentes, encontraron en MC una opción para aspirar al poder. Es el caso de sus dos grandes campanazos en Nuevo León y Jalisco. Pero posee un enorme activo político al etiquetarse como una tercera opción o identificarse con el sentido o el parecer ciudadano. En efecto, su potencial podría ser considerable.
Los lectores opinarán de esta controversia dependiendo de su inclinación a favor o en contra del obradorismo, seguramente. Pero al margen de que sirva o no a los intereses de Morena, al presentar una candidatura, MC esencialmente sirve a sus propios intereses. La narrativa que intenta construir definiéndose como una tercera vía, resultaría lastimada al fusionarse a los partidos tradicionales en apoyo del candidato del Frente. Por más que su decisión favorezca a López Obrador y así le sea reclamado, para MC la mera presentación de una boleta con tres opciones, en las que su candidato queda en medio de los otros dos, constituye un triunfo simbólico.
Se dirá que la opción de Xóchitl es la opción ciudadana y que, por ende, MC tendría que haberla apoyado. Eso es un espejismo. Xóchitl es la abanderada del PAN, del PRI, del PRD y de la oposición política a la 4T. La candidata misma es, desde hace años, un cuadro político. Aspiran, ciertamente, a atraer el voto ciudadano contrario al obradorismo, pero eso no significa que sean la corriente ajena al status quo político tradicional. Por el contrario, justamente son la quintaesencia de ese entramado.
Por eso es que me parece que Enrique Alfaro se ha equivocado. Por un lado, porque se ha obstinado en una posición que dañaría las perspectivas del nuevo partido y, por otro, porque perjudica al grupo Jalisco que encabeza. Una corriente que podría convertirse en una columna vertebral de esta fuerza política nacional. En cambio, si en verdad se cumple su amenaza y estos cuadros salen de MC, lo único que habrán conseguido serán posiciones individuales a negociar dentro del Frente Amplio y construir un bastión en Jalisco con el apoyo del PAN. Algunos individualmente habrán de beneficiarse, pero terminarán fusionados con las ideologías y burocracias de siempre.
Ciertamente, como he señalado, tampoco MC constituye una representación ciudadana, pero estratégicamente tiene mejores condiciones para aspirar a conseguirlo. Por lo demás, históricamente siempre ha obtenido más votos cuando ha competido con candidato propio que en apoyo de otra fuerza. Por lo pronto, está claro que MC esperará a que las dos grandes fuerzas definan a sus candidatos, que los cuartos de guerra de ambos se desgasten y buscará una opción fresca que sea percibida como un alivio a la polarización. No ganará en 2024, pero abonará significativamente a la construcción de lo que siga.

@jorgezepedap
 

Las arriesgadas apuestas de Marcelo

En los últimos días Marcelo Ebrard emprendió una estrategia que sacudió el tablero de la sucesión presidencial, a menos de tres semanas de definirse el candidato del partido mayoritario a la presidencia. ¿Cuál fue el saldo de esta jugada? ¿Lo benefició o lo perjudicó? ¿Modificó en algo lo que podríamos esperar para el desenlace y en los meses posteriores?
Primero precisemos qué es lo que quería provocar con su polémico mensaje del miércoles pasado. En mi opinión tres resultados: uno, combatir la noción de que Claudia Sheinbaum le saca una amplia ventaja en la intención de voto y que en realidad se encuentran prácticamente en un empate técnico. Eso era fundamental para Marcelo, porque si llega a la encuesta bajo la percepción de que ya está derrotado, muchos no querrán optar por el perdedor. Dos, poner a la defensiva a Morena, acusando de favorecer a su rival, para así impedir que haya una intervención descarada en las últimas etapas decisivas durante el proceso. Tercero, un golpe mediático días antes de que termine el lapso de promoción y se vean impedidos de hacerlo.
¿Lo consiguió? Lo primero difícilmente: la ventaja de Claudia en casi todos los sondeos es bastante generalizada (sean empresas encuestadoras buenas, malas o regulares), como para cambiar la percepción, pues no ofreció algo más que una gráfica sin fuentes. Pero en los otros dos puntos tuvo más éxito. Para López Obrador es vital que el proceso de sucesión sea legítimo y para ello necesita que no sea repudiado por sus propios protagonistas. No hay razones para darle argumentos que alimenten protestas de parte de los perdedores. En ese sentido, fue una llamada de atención a Morena, refrendada por el propio presidente. Tan es así, que ante el disgusto de Marcelo por el sorteo de las cuatro empresas que harán el levantamiento espejo (en el que para mala fortuna de todos Ebrard fue el perdedor), se buscó in extremis una solución y se negoció que Ricardo Monreal cediera “la suya” por una de las del ex canciller. Incendio resuelto, pero solo por el momento. El tercer objetivo sin duda fue el más exitoso. A días de la encuesta, para bien o para mal el impacto mediático fue enorme. Imposible conocer su efecto sobre la intención de voto, pero se entiende que quien persigue al puntero debe ir a todas.
La pregunta es, ¿a qué costo? ¿Afectó en algo sustantivo su ubicación dentro del obradorismo? Y, más importante, ¿cambia en algo los escenarios posteriores?
Depende de lo que quiera hacer Marcelo Ebrard a partir de septiembre. Desde luego, si gana la encuesta y obtiene la nominación por Morena estas preguntas dejan de tener sentido y se resuelven solas. Pero como las probabilidades no juegan en su favor, asumamos que de quedar en segundo lugar restarían tres posibilidades: buscar la presidencia por otra vía, retirarse o apoyar el gobierno de la candidata vencedora.
Muchos han visto estas acusaciones contra Morena como una especie de aviso de una probable ruptura. No coincido. Buscaban, insisto, darse mayores posibilidades de ganar esta candidatura, no otra cosa. Él está convencido de que tiene una oportunidad real dentro de dos semanas y quiere ampliar sus márgenes. La presidencia por otra vía no existe salvo para una participación testimonial. Ni la Alianza va a deponer su proceso para recibirlo en sus brazos, ni Movimiento Ciudadano tiene la fuerza para vencer a Morena y a sus aliados. Peor aún, una candidatura alternativa de Marcelo solo mejoraría las posibilidades de Claudia Sheinbaum porque dividiría al voto de la oposición.
Y por lo demás, no olvidar que incluso siendo derrotado por ahora tiene garantizado, como segundo lugar en la encuesta, convertirse en el coordinador del Senado el próximo sexenio. Y no es poca cosa: quien llegue a Palacio será un presidente menos fuerte que López Obrador; el operador del poder Legislativo tendrá una importancia mayúscula. Más aún, será una plataforma útil para preparar una candidatura para el 2030 cuando Ebrard tendría 70 años (muchos para México, pocos para Estados Unidos).
Por lo menos ese es el acuerdo que existe en Morena, a petición del propio presidente: darle a los perdedores posiciones claves en el futuro del movimiento. Lo cual nos lleva a la verdadera implicación de lo que Marcelo está haciendo. ¿Al impugnar públicamente a Morena para darse mayores posibilidades de ganar esta encuesta ha estirado excesivamente la liga? Un escenario consistiría en que todo quede olvidado una vez que el derrotado levante la mano del probable vencedor, todos contentos y borrón y cuenta nueva, como suele suceder entre la clase política. Pero otro escenario es que el desafío de Marcelo esté poniendo en riesgo su participación en la estrategia de López Obrador: entregar el poder no a un sucesor exclusivamente, sino a un equipo. Justo con esto en mente AMLO propuso que segundo y tercer lugares de la encuesta se conviertan en coordinadores de las dos cámaras y que los recientes nombramientos en el gabinete persigan una lógica postsexenal (Alicia Bárcena en Cancillería y Luisa María Alcalde en Gobernación). ¿Pero qué pasaría si, a juicio del presidente, una de las piezas claves de esta sucesión es calificado como un hombre que no es de equipo?
Las reacciones en la mañanera ante la conferencia de Marcelo Ebrard y sus secuelas es lo único que tenemos para extraer una opinión al respecto. Es cierto que su actitud fue lo más institucional posible, pues confirmó su confianza en los seis contendientes y en la dirigencia de Morena. Señaló que no eran mas que incidentes normales por el nerviosismo de una competencia tan trascendente. Pero al segundo día de hablar del tema soltó una frase que podría reflejar su verdadera preocupación: “Aquí no hay interés personal o de grupo que esté por encima del interés del pueblo. No hay cabida para ambiciosos vulgares, aquí se lucha por ideales, por principios”.
¿Molestia, aviso, amenaza? Más allá de eso, el presidente tendrá que valorar cuán realista es su esquema de construir un equipo a partir de protagonistas que fueron rivales entre sí. En teoría tiene el propósito de fortalecer al próximo mandatario, pero podía provocar justo lo contrario. Y, en lo que respecta a Marcelo, sus protestas podrían ser interpretadas como violaciones a las exigencias no escritas para todo jugador en equipo. Una movida arriesgada que podría afectar su papel dentro del movimiento. Lo sabremos pronto.

@jorgezepedap

 

PRI, relaciones peligrosas

El reciente tira tira entre Alito Moreno, presidente del PRI, y Claudio X. González, promotor de la Alianza opositora, revela las enormes dificultades que las fuerzas políticas experimentan para bregar con los vestigios de este partido. De alguna manera todos lo necesitan, pero se ha vuelto tan impresentable que ser visto en su compañía impone una factura, un desdoro. Quizá por ello los que se ven obligados a solicitar sus servicios, hacer un pacto o correr juntos en algún proyecto, tarde o temprano se ven obligados a hacer un deslinde, como quien desea asegurarse de no ser confundido con la reputación de tan mala compañía.
Claudio X. Gonzalez, quien ha realizado un cuidadoso trabajo de orfebrería para tejer una alianza entre los tres partidos opositores, PAN, PRI y PRD, incurrió justamente en este desliz, hace unos días, con el siguiente tuit: “Vaya descaro… nunca, ni en los terribles tiempos de Peña Nieto, ha habido tanta corrupción y despilfarro. Morena no nada más está repleta de ex priistas, es la peor versión del PRI”. Se refería a una nota periodística que acusaba a la gobernadora morenista de Guerrero, Evelyn Salgado, de haber entregado atribuciones y chequeras a dos hermanos, uno de los cuales era su novio.
La respuesta de Alito fue fulminante. Repudió el mensaje con la falsa indignación del descarado, como si el PRI actual fuera una agrupación inmaculada de carmelitas descalzas. Más allá de la escasa credibilidad que se le pueda otorgar a su encendida defensa del tricolor, el fondo era más importante que la forma. Lo que en realidad trasmitió fue una especie de advertencia. Como si dijese, “si van a criticarnos, no cuenten con nosotros”. Rubén Moreira, el segundo en importancia en el PRI, fue aun más explícito: “Es inaceptable Claudio X. González lo que manifiestas. En el PRI nos ofenden tus comparaciones. Tus palabras son una falta de respeto. Te exijo una disculpa. Imposible el diálogo si no te retractas”.
De inmediato Claudio X. reculó y no podía ser de otra manera. Sin el PRI los sueños de una oposición unida se hacen trizas y, con ello, cualquier posibilidad de ser medianamente competitivos en la elección presidencial.
Como se ha señalado en otras ocasiones, Morena y sus aliados concentran alrededor del 50% de la intención de voto, según encuestas; esto significa que el candidato opositor necesitará no solo el apoyo de todos los antiobradoristas, sino también el de todos los indecisos y despolitizados. Incluso si el PRI apenas es capaz de levantar el sufragio de 10% o menos del electorado, sin ellos la oposición estaría perdida de antemano.
Sin embargo, la alianza con el PRI no es sencilla. Para la propia Xóchitl Gálvez, quien seguramente será la candidata de la oposición, no resulta fácil ser abanderada de este partido. No sólo porque en su pasado Xóchitl ha sido una crítica frecuente de los priístas corruptos, sino porque en los debates, entrevistas y mítines públicos habrá un reclamo sobre esta candidatura. Muchos votantes potenciales se preguntarán si, en caso de ganar Xóchitl, eso significaría el regreso de ellos al poder. Una pregunta incómoda que obligará a algún tipo de deslinde de parte de ella, lo cual a su vez le hará muy poca gracia al PRI, como acabamos de ver en la reacción de Alito Moreno. Otra posibilidad es que la candidata intente lavarles las caras y pretenda convencer a la opinión pública de que estos priistas son distintos, lo cual, me parece, terminaría por desgastar la imagen de honestidad que ella intenta cultivar.
Por otra parte, las relaciones con el PRI son peligrosas no sólo por la imagen tóxica de ese partido sino también por la naturaleza aviesa de sus dirigentes. El PRI sabe que ya no tiene base social y que sus recursos políticos derivan de su capacidad para negociar ventajas coyunturales. En plata pura: vender caro su amor.
Para ponerlo en términos prácticos. En los próximos meses tendremos una gigantesca rebatiña por las candidaturas a nueve gubernaturas, cientos de escaños y curules y miles de presidencias municipales, de tal forma que la disputa entre el PRI y el PAN de quién se queda con qué candidatura va a dar lugar a enormes jaloneos. Pero debido al peso de Morena en todo el territorio, solo en algunas de estas batallas la oposición tiene posibilidad real de triunfar, por lo general en aquellas en las que el PAN tiene presencia. El PRI está obligado a rescatar de parte del blanquiazul algunas plazas o de otra manera quedará huérfano de posiciones. Y como bien se sabe, “vivir fuera del presupuesto público es vivir en el error”. Algo que los panistas no van a ceder fácilmente. De allí la necesidad de que el PRI exhiba todo el tiempo la precariedad de la alianza y la necesidad de que sus compañeros de viaje aquilaten (y paguen) el privilegio de su compañía.
Por último, tampoco puede descartarse que a la hora decisiva el PRI se convierta en judas. En caso de que la candidatura de la oposición llegue a convertirse en una amenaza real al triunfo del abanderado de Morena, las presiones por parte del poder sobre Alito y lo suyos podrían arreciar. No hay que olvidar los vasos comunicantes que existen entre el PRI y Morena. Por los orígenes de muchos hoy obradoristas y la histórica confrontación entre PRI y PAN, además de algunas banderas sociales comunes, la relación entre el oficialismo y el tricolor es campo fértil para acuerdos y entendimientos de último momento.
En suma, la Alianza sigue vigente y se relanzará con esperanzas renovadas agrupadas en torno a Xóchitl Gálvez. Pero en todo ello el eslabón más débil será el PRI, un terreno siempre minado que obligará a un trabajo político quirúrgico. Una relación necesaria pero no por ello menos peligrosa.

@jorgezepedap

 

El mesero distraído

 Jorge Zepeda Patterson  

Desde hace unos días corre la versión de que a Fox se le conoce como “el mesero”. ¿Por qué? Porque se hizo el tonto con el cambio.

Las perlas de sabiduría popular suelen ser certeras e implacables, y muchas veces constituyen la única defensa del pueblo ante el abuso o la negligencia de los poderosos. Esta no es la excepción.

Fox llegó al poder gracias a que la gente creyó en sus promesas de cambio. Pero éste, el cambio, no ha llegado y tampoco se vislumbra en lo que resta del sexenio. Ciertamente hay que reconocer que existen factores ajenos al mesero… perdón, al Presidente, que explican el extravío del cambio (el contexto económico mundial, la guerra, el infantilismo del Congreso, el peso de las estructuras viciadas, etc.). Pero hay factores perfectamente atribuibles a Fox.

Por un lado, la irresponsabilidad con la cual “vendió” algunas de esas promesas, sea porque eran inalcanzables o porque nunca estuvo dispuesto a hacer algo al respecto. Para ofrecer 7 por ciento de crecimiento anual o asegurar la eliminación del corporativismo sindical y sus nefastas cúpulas, se necesita ser ingenuo o de mala fe (sobre todo porque lo primero que se hizo fue pactar con estas últimas). Está claro que en materia de corrupción Fox ni siquiera quiso llegar a fondo.

Algo tendríamos que hacer con respecto a la impunidad en materia de promesas electorales. En cualquier otro terreno los ciudadanos que incumplen sus compromisos son objeto de algún tipo de sanción. En toda relación mercantil, gracias a la cual nos hacemos de un auto, una casa, una mercancía o un crédito, sabemos que debemos satisfacer las obligaciones contraídas o sufrir las consecuencias. El matrimonio entre dos personas, incluso, supone una serie de compromisos cuya violación provoca en última instancia la aparición de un juez. Pero en cambio, la mayor “transacción” social posible (la entrega del poder al soberano por parte del pueblo) se hace a cambio de una serie de promesas que nadie está en condiciones de exigir o de hacer cumplir. Por así decirlo, otorgamos el poder a cambio de una moneda que invariablemente resulta falsa. El candidato consigue nuestro voto a cambio de promesas irreales, es decir, a cambio de un cheque que nunca podremos cobrar. Y sin embargo, no pasa absolutamente nada.

El hecho de que este fenómeno sea universal y generalizado en todo el mundo, no es consuelo ni disminuye su irracionalidad. Si un ciudadano desempleado ofrece su voto a un candidato que está prometiendo la creación de un millón de empleos anuales, eso constituye una transacción social. Hay una indefensión total cuando el ciudadano en cuestión se da cuenta de que no recibirá lo prometido, pero ya no puede retirar su voto.

Incluso en el mundo de la publicidad hay reglamentos, aún insuficientes, que impiden que un producto prometa milagros inalcanzables o que induzca a engaño. Pero nada protege al “consumidor” en contra de las campañas del principal producto en el mercado publicitario: el poder para gobernarnos.

En este momento legiones de expertos en marketing hace los sondeos y “focus groups” para determinar el contenido de las próximas campañas presidenciales. Tratan de conocer las expectativas de la gente para establecer la constelación de promesas sobre las que girará el mensaje de los candidatos. Son los Carlos Alazrakis y equivalentes los que definen en buena medida las plataformas ideológicas de las campañas a través de la exploración de dos preguntas. ¿A cambio de qué promesas está la gente dispuesta a entregar su voto? Y una vez definidas las promesas, ¿Cómo hacer para que la gente crea que el candidato es capaz de cumplirlas? Al final, el asunto remite a una cuestión de imagen, pero nunca de compromiso efectivo.

Tendríamos que encontrar la forma de asegurar que las promesas de campañas no quedarán impunes. Los candidatos tendrían que seleccionar una serie de compromisos de campaña sobre los cuales harían un juramento en el momento de tomar posesión. Eso les llevaría a cuidarse muy bien de lo que prometen y a responder por ello.

Si tuvieran que fondear “el cheque” con el que “compraron” el voto, harían promesas de otro tipo. Por ejemplo, en lugar de asegurar que terminarán con el desempleo y erradicarán la corrupción, simplemente describirían las acciones y programas con los cuales perseguirán esos objetivos. Ningún gobernante puede prometer un objetivo o garantizar una meta, pero sí puede comprometerse a establecer los proyectos que conduzcan a esa meta. Lo que ofende de Fox no es que haya sido incapaz de terminar con la corrupción o lograr 7 por ciento de crecimiento; lo que molesta es que ni siquiera concibió los programas viables para intentarlo. Nadie esperaba que liquidara al corrupto corporativismo sindical, pero suponíamos que habría dos o tres “Quinazos” y un esfuerzo por debilitarlo. En lugar de ello, les abrió los brazos.

La metáfora del mesero es ingeniosa pero ojalá fuese más exacta. A los meseros que se hacen los occisos con el cambio podemos llamarlos a cuenta para mejorarles la memoria. Por desgracia, con los políticos no nos queda sino cambiar de restaurante para que otro mesero nos vuelva a engañar, o de plano para terminar siendo intoxicados por el cocinero. Propongo un nuevo código para meseros y restauranteros.

[email protected]

Futbol y vandalismo

Jorge Zepeda Patterson  

Un hombre de treinta y muchos contempla devastado las enormes entradas que trepanan su cabeza en dirección galopante a una calvicie prematura. El espectáculo en el espejo es tan desolador y deprimente que su mujer se acerca para animarlo: “No te preocupes tanto, hay muchos hombres calvos que resultan muy guapos e interesantes”, le dice. El consuelo es desconsolador. Al hombre le pasan por la mente las imágenes de calvos famosos, pero parecerse a Alfred Hitchcock no le resulta muy reconfortante. “Sí claro, como si hubiera”, responde decepcionado. La mujer simplemente contraataca con un argumento sublime: “Cuando estés calvo te parecerás a Zinedine Zidane”, le dice con ojos húmedos. El hombre voltea al espejo, saca al pecho y contempla con renovada admiración e infinito agradecimiento a su cabeza monda. Desde luego se trata de un anuncio, pero explota con enorme puntería el extraño y preocupante culto que inspiran los ídolos deportivos

Todos los países tienen                             sus héroes atletas, el problema es cuando el ídolo deportivo de un país se llama Cuauhtémoc Blanco. Es una verdadera tragedia que el mejor jugador mexicano de los últimos años tenga la edad emocional de un niño de ocho años, la educación de un guarura de diputado y el coeficiente intelectual de un mal vendedor de seguros. Y afirmo que es una tragedia, y no exagero, porque difícilmente podemos ocultar el efecto imitación que produce Cuauhtémoc Blanco en millones de niños a todo lo ancho del país. Y no está mal que en cada cascarita los pequeños se ilusionen driblando como Cuauhtémoc y hagan el arquero de la cervecería cuando marcan un gol. El problema es que terminen asimilando el paquete completo: la manera emberrinchada de jugar, la actitud de perdonavidas frente a la autoridad, el reclamo continuo a jugadores del mismo equipo y el golpeteo alevoso al jugador contrario.

Pese a su talento Blanco ha terminado por convertirse en un adicto de su propio personaje: se ha acostumbrado tanto a rodar por el suelo para invocar las protestas del estadio y alimentar su propia rabia, que con frecuencia olvida que su obligación era mantenerse de pie para buscar el gol. Dice Juan Villoro que hay delanteros que viven para ser derribados y recibir en pago el tiro libre. A mí me parece que Blanco vive para ser derribado una y otra vez con el objeto de estallar de indignación comprensible y dar rienda suelta a los demonios que le devoran. El hombre que ha enfrentado a los tribunales por golpear a su mujer, ha encontrado en el futbol la mejor coartada para ejercer un vandalismo aplaudido por la tribuna y legitimado por su talento y por la pasión incondicional de los aficionados.

Hay muchos hombres violentos en el país. Niños grandotes cargados de inseguridad, incapaces de asimilar el menor contratiempo, predispuestos siempre a descargar su frustración en otros más débiles. Pero es un drama cuando justo uno de ellos termina convertido en ídolo de las multitudes.

Lo que sucedió hace unos días en el estadio Azteca no es culpa exclusiva de Cuauhtémoc. Pero el comportamiento de este tipo de jugadores alimenta un fenómeno cada vez más alarmante: la creciente violencia en los estadios de futbol. Hay una especie de comunión entre la personalidad de los jugadores provocadores y las barras bravas. La crispación del delantero se traslada a la tribuna; su incapacidad para aceptar una decisión arbitral adversa es asimilada por la masa; sus ganas de desquite se convierten en el combustible de la indignación irresistible que electriza a la concurrencia. Pero una vez que se establece esta simbiosis entre jugador y masa, algo parece romperse. El jugador da salida a su rabieta con una mentada al árbitro o en un codazo al rival, pero al final se calmará en las regaderas. Pero la masa no tiene ese recurso. No hay manera de desahogar la frustración de una derrota, porque el aficionado ha “comprado” de parte del jugador la convicción de que un mal resultado es producto de las infamias del árbitro o de las vilezas del adversario.

Una vez en movimiento, la masa adquiere vida propia. A la masa indignada todo le parece La Bastilla, dice Elías Canetti. Los individuos dejan de ser individuos para desaparecer en el poder de los números y en su propia sed de justicia. Quedan convertidos en miembros anónimos de un ente que alivia su rencor destruyendo cosas, desquitándose con todo lo que no sea la masa. La exultación del vecino alimenta la rabia del que está al lado, la temeridad de uno propicia el vandalismo del otro; la furia entre las filas corre a la velocidad del más acelerado; la pertenencia al colectivo borra los límites y la autocontención de cada individuo.

No hay manera de condicionar a los dioses para que otorguen el don de la genialidad deportiva a personas admirables. Pelé es un caballero y Platini una dama, pero Maradona es un adicto autodestructivo y Cuauhtémoc un pendenciero irresponsable. Tendremos que cargar con nuestras propias debilidades. Pero algo tendremos que hacer para evitar que las enormes carencias que estos ídolos padecen como seres humanos destruyan la posibilidad de disfrutar una tarde de futbol. No sólo se trata del vandalismo en las tribunas, sino de los hábitos de imitación en las canchas llaneras y, en última instancia, en los patios o en las aulas. Se trata de que millones de niños no terminen creyendo, también ellos, que el mundo no los merece.

([email protected])