Renato Ravelo Lecuona

 La piel del deseo  

Este título usado para su exhibición en México, no sugiere nada de lo que ocurre en la historia salida de la obra de Philip Roth, premiada con el Pulitzer, cuyo título en inglés es The human stain, que pudiera traducirse como El estigma humano, título que sí define el drama que nos presenta suscitado en un entrecruce de pasiones alimentadas por prejuicios raciales e intereses de status en el culto ambiente universitario de Estados Unidos.

Toda la carga de la represiva de intereses burocráticos en una academia, de prejuicios raciales y un psicópata desecho de la guerra de Vietnam, caen incidentalmente sobre Anthony Hopkins y Nicole Kidman, quienes como personajes centrales acaban amándose y muriéndo juntos, rodeados por la amenaza, la venganza y la censura social. La taquilla de Nicole y Hopkins no requiere de adornos en el título, pues son garantía de buenas actuaciones y argumentos que tienen la libertad de escoger, supongo.

El personaje central es un académico de alto nivel, que ejerce el rectorado de una universidad para llevarla “a la excelencia” lesionando desde luego intereses corporativos en la academia que trama su desquite y lo acusa falsamente de “racista” tergiversando sus expresiones y lo obligan a renunciar. Pero este personaje, escritor y especialista en literatura griega, cuya historia se reconstruye con rompimientos en el tiempo, es hijo de una familia negra ilustrada aunque por algún antecedente genético resultó blanco. Como                                             ilustre académico, que había renegado de su madre y su familia cuanto vio que el estigma del color le cerraría muchas puertas, como sucedió con su primera novia que lo dejó por ese motivo, mantuvo su                                           secreto todo el tiempo. Sin saberlo, los académicos de la universidad, castigaban el auto racismo que se había impuesto para ser reconocido por la sociedad blanca.

Kidman representa a una mujer marcada por el estigma de la pobreza, víctima de las agresiones sexuales del esposo de su madre divorciada y luego la violencia del marido golpeador, psicópata y veterano de Vietnam.

Sobre esa condición estigmatizada pesaba además la pérdida de sus hijos en un incendio que consumió sus bienes. Accidentes que la marcan y pesaban más al tener que sobrevivir con bajo sueldo como personal de limpieza de la universidad donde conoció la renuncia del rector y con quien tuvo trato incidental y pese a la diferencia de edades, tienen relaciones sexuales y terminaron amándose en su marginalidad estigmatizada. Ella, por ejemplo, hasta casi el final, siente que no puede hacer una vida normal por la censura que pesa sobre el académico, por su condición de empleada de bajo rango y que efectivamente, sus abogado y amigos del exrector, le señalan tranquilamente que esa relación perjudica a su imagen pública. Por si fuera poco, aparece en la vida de ellos el exmarido acosándola constantemente y acaba provocando su muerte, cosa que declara sin el más mínimo sentimiento de culpa ante las autoridades policiacas.

En esta cinta filmada el año pasado, su director  violencia psicopática, como un   paisaje humano narrado con sencillez y claridad pese a su profundidad, y con un sabor testimonial de la vida de un paraje del primer mundo que evita intencionalmente cualquier artificio digital que nos remita al terreno de la ficción o la representación simbólica. E color de la piel, aparte de su significación racial, adquiere en la fotografía los matices inocentes de atracción, maltrato o sensualidad.

La piel del deseo

Renato Ravelo Lecuona  

Este título usado para su exhibición en México, no sugiere nada de lo que ocurre en la historia salida de la obra de Philip Roth, premiada con el Pulitzer, cuyo título en inglés es The human stain, que pudiera traducirse como El estigma humano, título que sí define el                                           drama que nos presenta suscitado en un entrecruce de pasiones alimentadas por prejuicios raciales e intereses de status en el culto ambiente universitario de Estados Unidos.

Toda la carga de la represiva de intereses burocráticos en una academia, de prejuicios raciales y un psicópata desecho de la guerra de Vietnam, caen incidentalmente sobre Anthony Hopkins y Nicole Kidman, quienes como personajes centrales acaban amándose y muriéndo juntos, rodeados por la amenaza, la venganza y la censura social. La taquilla de Nicole y Hopkins no requiere de adornos en el título, pues son garantía de buenas actuaciones y argumentos que tienen la libertad de escoger, supongo.

El personaje central es un académico de alto nivel, que ejerce el rectorado de una universidad para llevarla “a la excelencia” lesionando desde luego intereses corporativos en la academia que trama su desquite y lo acusa falsamente de “racista” tergiversando sus expresiones y lo obligan a renunciar. Pero este personaje, escritor y especialista en literatura griega, cuya historia se reconstruye con rompimientos en el tiempo, es hijo de una familia negra ilustrada aunque por algún antecedente genético resultó blanco. Como                                             ilustre académico, que había renegado de su madre y su familia cuanto vio que el estigma del color le cerraría muchas puertas, como sucedió con su primera novia que lo dejó por ese motivo, mantuvo su                                           secreto todo el tiempo. Sin saberlo, los académicos de la universidad, castigaban el auto racismo que se había impuesto para ser reconocido por la sociedad blanca.

Kidman representa a una mujer marcada por el estigma de la pobreza, víctima de las agresiones sexuales del esposo de su madre divorciada y luego la violencia del marido golpeador, psicópata y veterano de Vietnam.

Sobre esa condición estigmatizada pesaba además la pérdida de sus hijos en un incendio que consumió sus bienes. Accidentes que la marcan y pesaban más al tener que sobrevivir con bajo sueldo como personal de limpieza de la universidad donde conoció la renuncia del rector y con quien tuvo trato incidental y pese a la diferencia de edades, tienen relaciones sexuales y terminaron amándose en su marginalidad estigmatizada. Ella, por ejemplo, hasta casi el final, siente que no puede hacer una vida normal por la censura que pesa sobre el académico, por su condición de empleada de bajo rango y que efectivamente, sus abogado y amigos del exrector, le señalan tranquilamente que esa relación perjudica a su imagen pública. Por si fuera poco, aparece en la vida de ellos el exmarido acosándola constantemente y acaba provocando su muerte, cosa que declara sin el más mínimo sentimiento de culpa ante las autoridades policiacas.

En esta cinta filmada el año pasado, su director, Robert Benton, nos describe una atmósfera de represión de clase, discriminación racial, de marcados status y de                                           violencia psicopática, como un                                           paisaje humano narrado con sencillez y claridad pese a su profundidad, y con un sabor testimonial de la vida de un paraje del primer mundo que evita intencionalmente cualquier artificio digital que nos remita al terreno de la ficción o la representación simbólica. E color de la piel, aparte de su significación racial, adquiere en la fotografía los matices inocentes de atracción, maltrato o sensualidad.