
La reconocida fotógrafa y documentalista ha reunido imágenes emblemáticas y no tan conocidas, además de fotomurales, fotoescultura, collages y objetos diseñados por ella a lo largo de más de cinco décadas. Este sábado se inaugura en el Centro de la Imagen lo que la primera jefa de Fotografía de El Sur define como una “pequeña retrospectiva”, aunque abarca buena parte de su trabajo periodístico, documental, de vida cotidiana y registro familiar
El Sur / Ciudad de México, 11 de octubre de 2025. Reminiscencias o el recuento de los daños, de las horas, de los viajes de Elsa Medina. Una de las fotógrafas de prensa y documentalistas de más larga trayectoria en México expone alrededor de 100 piezas en “una especie de retrospectiva, pero muy pequeña”, como dice, que se abre al público este sábado en el Centro de la Imagen (CI).
“Es muy difícil incluir todo-todo y ahora que he estado buscando archivos sí me di cuenta de que hay muchas cosas para exponer –cuenta en entrevista con El Sur–. Una vez me encontré una foto chiquita de un niño de la primaria que atrás dice ‘Fotógrafa: Elsa’. Ni me acordaba. Entonces, en Reminiscencias hay de todo”.
Se refiere a “la primera fotografía firmada por Elsa Medina como autora”, según consigna la ficha técnica de la imagen en sepia que muestra de cuerpo entero a un niño peinado de raya de lado, muy formal, vestido con lo que podría ser su uniforme escolar. “René Santisteban. 6º año. 1965. Centro Urbano Miguel Alemán (CUPA), Ciudad de México. Impresión plata-gelatina”.
Cuando Elsa dice que ha reunido un poco de todo para esta “pequeña retrospectiva”, es literal: fotos de prensa y vida cotidiana, fragmentos de ensayos, paisajes, desnudos, muestras de diseño gráfico, editorial y de objetos; cuadernillos, recortes de periódicos y páginas de libros. Hasta maquetas de libros por publicar. Exhibe, además, una serie de fotos antiguas de sus ancestras.
En cuanto a la técnica, reina la variedad: impresiones en papel plata-gelatina, a color y en blanco y negro; estenopeicas, cianotipias; fotomurales, fotoescultura, collage.
O sea que sí, hay de todo. Pero no es todo lo que hay, puntualiza Elsa. La fotógrafa, nacida en Ciudad de México en 1952, ha guardado para después materiales aún por descubrir, por editar, por imprimir.
Por lo pronto, en este recorrido nos permite asomar a un México que ya se fue, pero que regresa cada tanto, actualizado con otros políticos o con los mismos de siempre, vía escándalos de corrupción no tan distintos a los de antes. Y por contraste, resalta los matices.
Así, podemos ver al presidente Carlos Salinas de Gortari y Víctor Cervera Pacheco, su secretario de la Reforma Agraria, en 1991, durante una reunión con organizaciones campesinas, cuando se preparaba la reforma al artículo 27 constitucional, que privatizó al ejido y lo volvió susceptible de vender o comercializar. La imagen fue captada en la residencia oficial de Los Pinos, hoy centro cultural abierto al público.
Luz que ahora se quiebra en pixeles
Las fotos de Elsa también nos hacen revivir ese estupor que se recicla, a veces con tragedias que –increíblemente– se repiten el mismo día del año y en el mismo lugar. Como en Avenida Álvaro Obregón, de la serie Terremoto, Cdmx, 1985. Ahí no es que cayera un rayo dos veces en el mismo sitio, sólo fueron los destructivos sismos de 1985 y 2017.
Reminiscencias alude a ese pasado-presente y a un tiempo que, ese sí, va de salida: el de rollos de negativos revelados en el cuarto oscuro e impresiones en blanco y negro hechas a mano; un arte reservado para quienes aprendían los secretos de la ampliadora y el preciso cronómetro para pasar el papel con plata gelatina por el revelador D76, en solución 1 a 1. Alquimia en declive, sustituida por la tecnología digital.
La pérdida de los padres y la bitácora del dolor
La colección que reunió Elsa de abril a septiembre incluye “obviamente algo de política, desastres, animales y muchas cosas muy personales”.
–¿Cómo comenzó Reminiscencias?
–Cuando me invitaron a exponer –cuenta– fue por mi trabajo periodístico. Les tuve que explicar que hace 25 años que yo no hago fotografía de prensa.
–Pero nunca has dejado de tomar fotos.
–No, ni cuando dejé el periodismo y vivía en Tijuana. En ese tiempo me dio hipertiroidismo. Bajé 20 kilos. No sabía qué tenía, por qué empecé a bajar, y vine a (la Ciudad de) México a consulta. Ese día murió mi papá. Me quedé más tiempo y aquí fui con un endocrinólogo. Me dijo que me tenía que tratar porque estaba yo a punto de una crisis. Bueno, regreso a Tijuana, eso fue a principios de febrero del 99. Como sentía que ya no podía trabajar, pues renuncié, en lugar de decir “Oigan, necesito un permiso”.
–¿Con quién trabajabas?
–Con La Jornada. Pero ya no tenía base, estaba haciendo una suplencia. Y cada que venía a México le pedía a Carmen (Lira, directora de ese diario) que me dieran seguro. Yo no se lo quiero recordar, pero me mandaba a volar. Y yo pues me iba a volar.
Fue un tiempo difícil, en el que la fotorreportera conoció en carne propia las precarias condiciones laborales del gremio. Encima, meses después del fallecimiento de su papá, a su mamá le dio un infarto cerebral.
“Se quedó con parálisis. Diez años. Fue muy duro, porque el día de su santo yo estaba preparando una exposición. Entonces le dije: ‘Mamá, no puedo ir a verte porque estoy imprimiendo’ y ¡pácatelas! Le dio una tromboembolia fuertísima. Mi mamá estaba muy deprimida por la muerte de mi papá”.
Elsa no regresó a Tijuana, permaneció al lado de su mamá. “El primer año casi que pasamos todo el tiempo en su casa. Tuvimos cuidadoras, tuvimos apoyo de mucha gente”, recuerda agradecida.
Con el transcurso de los meses hizo acopio de valor para documentar el cambio radical en la vida de su mamá. “Le pedí permiso de tomarle fotos, me dijo que sí. Mi mamá no podía moverse nada… nada. Eso te rebasa, ¿no? Las cuerdas vocales también se le atrofiaron. Pero la cabeza no, ¿eh? Estaba lúcida.
“Aprendimos muchísimo. Yo ya no estaba en La Jornada. Quise seguir colaborando, me mandaron a volar. No me acuerdo exactamente en qué trabajé esos 10 años, pero sí vendía fotos, a veces, y daba talleres y tuve una exposición en el Centro de la Imagen”.
Ahora que expone de nuevo en el CI, recupera en una sección llamada “Mamá” parte de esa historia tan dolorosa. Ha instalado una mesa de luz, “en la que te tienes que agachar para ver las imágenes. Yo quería que fuera como una especie de… pues no es un homenaje, es más como una introspección. Te tienes que meter a ver por el hoyito lo que cuento ahí”.
En la presentación se lee: “María Antonieta vivió los últimos 10 años de su vida con cuadriplejia debido a un accidente vascular cerebral”. La podemos ver aún sana en una foto a color, Mamá en La Rumorosa, tomada en Baja California, en 1999.
Otra imagen, la de una hoja de cuaderno con escritura a mano, da cuenta de la partida de doña María Antonieta: Mamá. Informe final hecho por la enfermera Guadalupe el día que falleció. Está fechada el 8 de octubre de 2010 en Puebla.
Tres finales: de la vida, de la casa y del trabajo
Tras la muerte de su madre, Elsa tuvo que mudarse; iban a demoler la casa donde había vivido con ella una década. En esa fase de duelo “hice tres cosas, como una filosofía de finales, ¿no? Finales de la vida, de la casa y del trabajo”.
De ahí salieron diversos proyectos, algunos de los cuales pudo desarrollar con becas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA): un trabajo sobre los últimos 10 días de su mamá; un libro sobre el pajarito, del que tiene sólo la maqueta y aún está en proceso; otro libro, La casita del árbol, “sobre lo que veo desde las ventanas”, que comenzó con el encierro por la pandemia de Covid.
También está pendiente el libro Viaje mítico para ver o encontrar ballenas.
“Yo quiero una beca para terminar eso que está ya casi, y para darle fotos a toda la gente que he retratado y no les he dado. Una es Nancy, la de las flores. Cuando me cambié (a la Condesa) ella estaba embarazada y ahora ya tiene a sus dos niñas. Tengo muchas fotos de ellas, de los que suben el gas por el cubo de luz o del señor de la basura. Aquí barre un hombre que se llama Carlos Salinas. O sea, tengo fotos de Carlos Salinas barriendo en la Condesa”, dice sin contener la carcajada.
Otro libro pendiente, cuya maqueta se exhibe en Reminiscencias, se llama Y no vivieron juntos felices para siempre. “Son fotos de bodas, que tomé en blanco y negro. Son de gente que se casó y luego se separó. No se les ven las caras. Detalles nada más. Aún le falta al libro, pero como ensayo está bien. Para completarlo le quiero pegar cositas”.
De Haití a Guerrero, pasando por El Sur
En Reminiscencias, como en la vida de Elsa Medina, hay “poquito de todo”. Sus fotografías comparten lo que sus ojos han visto pasar frente a ellos, que es mucho. Dentro y fuera de sus propias fronteras: de la ciudad de Nueva York a San Diego, en Estados Unidos, con escalas en Nicaragua y Haití.
Presidente Jean-Bertrand Aristide de la serie Haití, la esperanza incumplida, 1991, nos presenta al sacerdote salesiano que fue el primer presidente elegido democráticamente en aquel país del Caribe sumergido, en un loop interminable, en la pobreza y los conflictos sociales. Al lado, una foto a cuyo título no queda más que agregar: Anciano deportado después de cuatro décadas en el campamento que el gobierno haitiano creó para albergar a los expulsados de República Dominicana.
Durante la conversación –primero en un restaurancito al lado del edificio donde vive y luego en su departamento– Elsa va a su computadora y abre la escaleta base de la exposición. Al igual que su extenso archivo, la selección va de lo cotidiano o personal, a lo social, a la represión política, que es una constante en Guerrero. Figuran fotos tomadas en Atoyaquillo, por la masacre en el vado de Aguas Blancas, en junio de 1995.
También está Ternura y dureza, ca. 1993, tomada en Acapulco, en blanco y negro, que muestra a dos niños durmiendo sobre un suelo de loseta. Fue la elegida para la invitación del CI a la exposición.
–¿Cómo fue el tiempo en que trabajaste para El Sur, por qué te mudaste al estado?
–Cuando se empezó a organizar la salida del periódico me propusieron hacer fotos para un folleto, ¿no? Era para invitar a los socios, a los que quisieran invertir. Fui, tomé unas fotos, regresé (a Cdmx). Pero cuando ya iba a salir El Sur, andaba yo muy tronada. Ya ves que hay momentos en la vida en que estás hasta la madre de todo. Pues así estaba, con el corazón partido. Renuncié a La Jornada. Fue la primera vez. Renuncié y me fui a El Sur. Algo radical. Sin pensar, ¿no? –dice, con las cejas levantadas, la sorpresa recreada en su mirada.
–Eso ocurrió poco antes de que saliera el primer número del periódico, en mayo del 93.
–Sí. Rentamos un departamentito padrísimo, ¿eh?, en Hornos, arriba de un cerrito. Nos cobraban baratísimo porque no tenía piso, no tenía clósets. Ahí empezamos a hacer las cosas de foto para el nuevo periódico. Yo me llevé una secadora de negativos; no me acuerdo de la ampliadora, cómo fue que llegó. Empezamos a trabajar y yo era dizque la jefa, ¿verdad? –dice así nomás, sin falsa modestia–. En ese departamentito vivíamos Héctor Téllez, Heriberto Ochoa, Carlos Mendiola El Negro y yo. Más adelante llegó Lizeth Arauz. Había terminado con Héctor tiempo antes, pero como a los seis meses llegó. Y luego otro amigo, Xolot Salazar. También había tronado con su novia y llegó con nosotros.
–Como un club de corazones rotos.
–Éramos una gran comunidad de fotógrafos. Y yo, la verdad, estaba fascinada: ¡todos tronados con nuestros respectivos! –añade entre risas.
La mente de la maestra Medina –como algunos cercanos la llaman cariñosamente– se va años atrás y regresa con una imagen que ella crea, esta vez, con palabras.
–Cada quien se había llevado, por separado, el caset de De alguna manera –tararea: De alguna manera / tendré que olvidarte / por mucho que quiera / no es fácil, ya sabes–. La poníamos mucho, esa canción de… ¿cómo se llama?
–Aute. Eduardo Aute.
–Ésa. Y en las tardes, alrededor de una mesita rústica leíamos las noticias de los distintos medios, de lo que estaba pasando. No teníamos televisión y, por ejemplo, cuando fue el levantamiento zapatista nos enteramos hasta la noche. Estuve unos dos años en Guerrero. Me encantó. No era así en otras redacciones, ¿no? El cuarto oscuro era el único espacio con aire acondicionado en el periódico, porque si no iba a ser imposible. Como a los seis meses de estar ahí, El Sur se quedó sin lana y pues mucha gente aquí, en México, nos cooperó con papel, con rollos, con químicos y luego nunca les mandamos cartas de agradecimiento. Híjole, es que cómo se te va la vida, ¿no?
A pesar de sentirse “muy contenta”, Elsa se vio en la necesidad de dejar Guerrero. “Yo estaba en Xalapa con mis papás y entonces los veo y pienso: ‘ellos aquí y yo sin ganar lana’. Fue por eso. Me di cuenta que ya estaban dando el viejazo. Bueno, no tanto –ríe–. Fue una experiencia muy bonita, todos nos llevábamos muy bien.
“Para mí fue descubrir que la foto está en todos lados. Conocí al Acapulco no turístico. Después hubo dinero otra vez para hacer cosas. Pero ya no me tocó mucho esa época, me estaba regresando”.
Entre las anécdotas, numerosas, menciona a Maribel Gutiérrez, “excelente periodista”, y al director Juan Angulo que, “cuando no había lana, nos mandaba a la señora Tony con comida corrida para todos”.
El tono nostálgico de Elsa se interrumpe cuando, de repente, señala una foto en la escaleta y exclama: “¡Mira! Este es un chango que vivía por el departamentito. Era un desgraciado, se llamaba Charlie. Le puse de título Vecinos distintos. Él se asomó y yo estaba ahí de chiripa, porque ese día tenía fiebre y no fui a trabajar”.
Reminiscencias es la forma en que Elsa Medina decide moldear la memoria de lo que ha recogido con su cámara. “La memoria, que funciona como metáforas donde, como en un espejo mágico, se refleja el universo”, escribió Eduardo Galeano. “La memoria es muy poeta y por lo tanto miente”. Y la fotógrafa recupera esas líneas del uruguayo en su “pequeña retrospectiva”. No es que mienta. Es como ella quiere recordar.
Viétnika Batres


