
No es lo mismo. El significado de las cosas cambia según el idioma en que se dicen. No se siente igual, no se piensa igual. Para Hubert Matiúwàa, “la lengua propia te da otro carácter del dolor, de la indignación y de la memoria”. Debajo del sombrero ancho, sus ojos negros refulgen cuando exclama en español: “Yo soy Hubert”. Enseguida, con un sonido imposible para quien habla el castellano, con una vibración que viene de la garganta, pronuncia la misma frase en mè’phàà, su lengua materna. Y el significado no es lo igual. El nombre adquiere otro peso.
Para entenderlo mejor, Hubert pone como ejemplo lo que dice un hombre de su pueblo cuando emigra a Estados Unidos en busca de trabajo. Hubert nació en 1986 en la comunidad de Xilacayota, que pertenece al municipio de Acatepec, en la Montaña de Guerrero. Ahí, “cuando te vas pa’l norte”, no dices “me voy a trabajar” sino “me voy a buscar mi nombre”. Cuando una mujer está embazada, la gente dice de ella que “carga el pensamiento”. El día que está en labor de parto, se dice que “está haciendo pueblo”. Cuando ese bebé comienza a gatear, se rumora que “está encontrando la fuerza, para hallar su nombre”. Y cuando ese niño envejece y muere, se susurra que “le llegó su nombre”.
El nombre se construye con el tiempo. Cuesta una vida entera adquirirlo.
Con 31 años, Hubert ya forjó su nombre: Matiúwàa. Palabra que condensa el mito de su pueblo. El apellido que le heredó su padre es Martínez y el que le dio su madre es Calleja. El nombre propio se lo dio el sobrino de un sacerdote. “A mi madre le gustó y me bautizó así”. Pero él eligió aquel con el que se siente identificado: Matiúwàa. No es lo mismo. Tiene otro peso.
“Busqué mi nombre. Un seudónimo, algo que fuera propio”, dice Hubert, con la seriedad de un ídolo de piedra. “Mi nombre habla de mi pueblo, que se fundó en un camino de calabazas. Un señor sagrado cortó una calabaza en dos. Una mitad era dulce y la otra, amarga. Como encontró que estaba en equilibrio decidió fundar ahí su casa. La semilla de la calabaza es nuestra identidad, y ofrendamos ceremonias para que, ni toda la parte dulce entre en nuestro cuerpo, ni toda la mitad amarga nos domine”.
La dulzura es un estado del alma que no tiene cabida cuando la comunidad está bajo amenaza.
Desapariciones. Trata de personas. Violencia del narcotráfico. Amedrentamiento militar y paramilitar. De todo eso habla Matiúwàa en sus poemas.
Su obra Las sombrereras de Tsítsídiin, ganadora del Premio de Literatura en Lenguas Indígenas de América 2017, condensa la historia del pueblo desde su fundación hasta estos días, donde la población “se encuentra en un estado vulnerable a causa de toda una red de organizaciones criminales”. De nuevo, en los ojos del poeta se asoma el incendio cuando dice: “Se engaña a las mujeres de la zona, se les ofrece trabajo para sacarlas de su casa. Es un engaño, se las llevan, las prostituyen o las venden en zonas de los puertos. O como tal, se les secuestra a las niñas. Eso se vive en toda la Montaña”.
La poesía, en este caso, es denuncia y es memoria. “Hay que hablar de esto, para que no pase más”. Y Matiúwàa lo hace en su lengua materna, porque se acerca más a lo que siente, pero también para ejercer el derecho a exigir.
“Tan sólo para reclamar justicia tienes que dirigirte en español. Nuestros paisanos necesitan intérpretes, ya que para indignarte y ser escuchado, tienes que aprender otra lengua. Por eso expresarse en mè`phàà es recobrar la identidad desde la voz”.
A veces, ni siquiera la lengua mè phàà alcanza para expresarse. Es por eso que Matiúwàà echa mano de los sonidos de la naturaleza. Sus onomatopeyas encierran el canto de los pájaros o el sonido de la ciénaga, que en su totalidad pantanosa suena como algo parecido a “njgòlo”; mientras que el canto del pájaro que anuncia la lluvia es similar a “tsítsídiin”. Y de esos sonidos, emergen los pueblos.
“Tsítsídiin es el nombre del pueblo donde sus mujeres son conocidas por tejer sombreros”, explica Matiùwàà, quien no permite que la mitad amarga de la calabaza se extienda dentro de sí mismo. En su obra evoca otros sentimientos y otras memorias. Entonces emergen los recuerdos de los primeros libros, esos que los sacerdotes llevaron a su casa cuando él todavía era niño. “Dejaron libros del Islam y del descubrimientos de otros mundos. Así me acerqué a la palabra, con libros que tenían grabados de gente que tenía un rostro en el pecho, o un pie tan amplio que los cubría del sol”.
Luego llegaron los poemas reproducidos en libros de texto. “Hay uno en especial, que tenía el poema de un pájaro. No recuerdo el texto, solo la ilustración de unos canarios amarillos y azules. De niño me gustaban los pájaros. Esas imágenes me provocaron imaginación. A partir de las imágenes y de las letras me fui acercando a la palabra”.
Una palabra y una voz que tiene nombres distintos. El idioma mé phàà era conocido en la época prehispánica como yopi y a quienes lo hablaban se les llamaba yopes, o tlapanecas. Se repartían desde Guerrero, en México, hasta Nicaragua, donde se hablaba mé phàà en el pueblo de Sutianba —departamento de León, en la costa del Pacífico— e incluso llegaba más al sur, hasta Costa Rica, donde era parte de la cultura sutiaba-sebteba.
El mé phàà ha desaparecido en Nicaragua. En Guerrero lo hablan todavía unas 100 mil personas. A quienes mantiene viva esta lengua aún se les dice yopes o tlapanecos.
“Mi lengua no está en riesgo de desaparecer, como ocurre con otras que tienen 200 hablantes o menos”, dice Hubert, quien aprendió desde la cuna a hablar tlapaneco, pero descubrió su escritura después de la infancia, porque el español no alcanzaba para poner en el papel aquello que le sacudía la cabeza: el duelo.
La palabra escrita en mé phàà se la debe, en parte, a su abuela.
“Cuando muere alguien no sientes mucho, pero al mes te llega la necesidad de encontrar a la persona. En ningún lugar está, más que en tu memoria. Después de que mi abuela murió usé el ejercicio de la memoria para retener todos los consejos que de ella había escuchado. Los cuentos. Pensé: voy a construir la memoria de ella. Va a ser mía, pero desde su voz”.
Ese fue su primer poemario, Luna que amanece.
De aquellos tiempos donde el idioma era familiar en la voz, pero no en la pluma, Hubert recuerda: “No sabía ni cómo se escribía la lengua en ese momento. Era complejísimo. Sabía hablar la lengua, pero no la sabía escribir. Dije: lo voy a intentar, voy a seguir escribiendo aunque suene mal. Así lo ponía. Como suenen las palabras, ahí va. Luego, corregir, y así hasta ahorita. A mis textos ya se los doy a amigos lingüistas para que los corrijan”.
Sus poemas han sido publicados en revistas literarias, en el libro Tsína rí náyaxaa (Cicatriz que se mira) y en sus poemarios Xtámbaa / Piel de Tierra y Las sombrereras de Tsítsídiin.
Hubert dejó Xilacayota para irse a estudiar. Cursó la licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Guerrero y la maestría en Estudios Latinoamericanos en la UNAM. En 2008, con 22 años, participó en el Concurso Literario y de Investigación Juan de la Cabada y ganó el segundo lugar en la categoría de Poesía; un año después obtuvo el tercer lugar. En 2010 hizo una estancia de investigación en Nicaragua sobre el parentesco de las culturas mè´phàà y sutiaba. El año pasado obtuvo el Primer Premio en Lenguas Originarias Centzontle y participó en el VII Festival de Poesía Las Lenguas de América Carlos Montemayor.
Hubert Matiúwàa ahora reside en Guerrero. Tiene otra visión.
“Cuando estás dentro de un espacio no te das cuenta de cosas, si están bien o mal. Necesitas estar fuera para mirar cómo son. Me doy cuenta de la importancia de quiénes somos. Para empezar: ¿tlapanecos, mé phààs, yopes? Comencé a investigar todo lo referente. Fue una obsesión. También distinguí otras cosas: el machismo fuerte. Las mujeres no tienen participación política, las asambleas son de hombres. Cuando lo ves desde fuera, ves en los pueblos la violencia normalizada contra la mujer, o el alcoholismo, o los gastos excesivos en fiestas”.
Cuenta que él salió del pueblo para encontrarse a sí mismo. Y regresó para hablar de la historia de su comunidad desde las dos mitades de la calabaza: la dulce y la amarga, ésa que representa desapariciones y muerte.
“¿Me pregunta si tengo miedo? Allá en la Montaña la muerte nos visita a diario, sin avisar. Hay cosas por qué temer, pero ahora lo importante es hablar de esas cosas. Uno se acostumbra a la violencia y la deja de nombrar. No. Hay que hablar de ella. Es necesario nombrarla, aunque duela, para que los que vienen detrás sepan construir su futuro a partir de nuestro pasado, porque sabrán qué ocurrió con nosotros”.



