Como en castillo medieval a punto de un ataque. Los guardianes corren la tranca del estacionamiento del Centro de Convenciones de Acapulco. “No hay lugar, no hay lugar”, le dicen a todo el que intenta entrar.
Después de esquivar un destartalado Datsun que avanza como el Troncomóvil de Los Picapiedra –el conductor empuja al pie de la puerta con una mano en el volante– encontramos que la puerta de salida del aparcamiento también se encuentra cerrada. Sólo entran maestros “con su invitación en la mano, por favor”. Y también pasan policías.
Cuatro camionetas de la Secretaría de Seguridad Pública se encuentran paradas a la orilla del Convenciones. El chofer de la camioneta de la SSP, un agente uniformado, mata el tiempo hojeando una historietita de colores, de esas en las que aparecen mecánicos y albañiles que se ligan a mujeres exuberantes, cuya publicación es semanal. Nadie está con él porque los compañeros que transportó en la parte trasera ya están en guardia, o como se dice en el argot policiaco, apostados en distintas posiciones. En alerta, o como se dice en clave, “en 6-7”.
Lejos de lo que pueda pensarse, no se trata de una escena del México Seguro. Es la seguridad en torno al festejo del Día del Maestro, en este 15 de mayo, que el gobierno del estado celebra con un desayuno ofrecido a los que por 30 y 40 años han dedicado su vida a ser “apóstoles de la educación”. Aunque sólo hay aquí de los afiliados al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y al Sindicato Único de Servidores Públicos del Estado de Guerrero (SUSPEG). Charros, les dicen en el magisterio disidente.
Es pues, el cerco que se tiende alrededor del gobernador Zeferino Torreblanca Galindo, por si se atrevieran a acercarse a este festejo los maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG).
En distintas posiciones hay otro tipo de guardianes con características parecidas a las de los policías. No lo son, porque uno al otro se dicen “maestro”. “No, maestro”, “sí, maestro”, “hágase pa’llá, maestro”. Y aunque portan gafetes de “organizadores” y se presentan como ayudantes del secretario general de la sección 14 del SNTE José Natividad Calixto, más bien tienen pinta como de guaruras del líder de invasores y ambulantes Antonio Valdés.
Pasarán una, dos y hasta más de tres horas. Con la venia del sol, cubierto por el cielo medio nublado, un grupo como de 20 hombres se acuesta bocarriba en el pasto del Jardín Sur. O en lo que quedó de pasto después del baile del sábado, cuando tocó Kumbia Kings. Y aunque visten de civil, las botas los delatan. Son policías sin escudos ni toletes, en la aburrida espera de una posible irrupción de maestros la CETEG.
Llegamos por fin al estacionamiento, aunque a pie. Hay cajones vacíos que ponen al descubierto que la restricción en el acceso no es más que una medida del cerco policiaco que se tiene para proteger al SNTE y al SUSPEG, los invitados del gobernador.
En el salón Chichén Iztá, donde se desarrolla el festejo, reaparece caminando el conductor del viejo Datsun. Viene de los baños, secándose las manos, todavía un poco mojadas. El hombre que terminó con las manos manchadas de tierra y polvo de tanto empujar, resulta ser uno de los agasajados maestros con más de tres décadas de servicio.
Treinta años de apoyo a los líderes del SNTE que siempre lo obligaron a votar por el PRI y que ahora, según cuenta en el anonimato, le han pedido que apoye a Roberto Campa, el candidato presidencial del Partido Nueva Alianza (Panal). Y así le pagan. Sin dinero que alcance para llenar el tanque de la gasolina.
Mientras el viejo maestro cuenta su historia, por allá a veinte mesas de distancia, el secretario de Educación José Luis González de la Vega. El funcionario se arregla el cuello de su impecable camisa amarilla a rallas.
Parece una de esas prendas cuyo precio no es menor a los mil pesos, de la marca que le dan el sobrenombre de “el secretario Scappino”, una ocurrencia adjudicada a algún reportero envidioso.