Edmundo Paz Soldán: bloquear el aquí y el ahora

La necesidad del ser humano de trascenderse a sí mismo es tan intrínseca a su naturaleza como el acto de hablar. La idea puritana de concebir a una humanidad que no altere su conciencia es tan absurda como imaginar una especie sin medicina o tecnología.
Se es humano porque se habla, se inventa, se cree y se altera la conciencia. Estos son, precisamente, algunos de los temas de La mirada de las plantas, la más reciente novela de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967). Un autor al que hay tener en el radar por su erudición, por su talento y por una obra consolidada que pone Latinoamérica de cabeza y demuestra que es una forma objetiva de hacerlo con la brillantez de Paz Soldán.
La mirada de las plantas sucede en la Amazonía boliviana, en un trópico exuberante en donde un grupo de científicos inventa la alita, una droga que es un alucinógeno para trascenderse al mismo tiempo que descubrirse a sí mismos. Una especie de LSD en el trópico que se mezcla con la vida moderna de las redes. Todo esto en un futuro un tanto distópico distendido en la zona amazónica en donde confluyen Bolivia y Brasil.
Normalmente leer es viajar y no se necesita para nada conocer el lugar donde suceden los libros para disfrutarlos por completo. Ir a esos lugares se parece más a un fetiche que a una experiencia estética. Lo cual, por suerte, no está peleado. Se puede ser un amante total de una literatura sin tener la más remota intención de ir al lugar en donde ocurre lo que el autor escribe; o ser un apasionado de los más pequeños detalles de los lugares que recorren los personajes; los cafés, bares, tugurios y restaurantes que frecuentan. Son famosos quienes hacen homenaje al Leopold Bloom del Ulises de Joyce recorriendo Dublín, sus bares e incluso comiendo un riñón de res.
Con ese mismo impulso fetichista pensé en leer La mirada de las plantas en el trópico amazónico boliviano. Porque no es lo mismo leer sobre el calor y la exuberancia de la naturaleza que sentirla en carne propia. Vivir sierras y árboles con la experiencia del cuerpo. Así que me aventuré al Tunari con el libro de Paz Soldán bajo al brazo; para vivir el trópico boliviano en la piel comiendo pacú y viajando en la distopía de Paz Soldán.
Soldán plantea un lugar en donde un científico recluta a todo un grupo para que experimenten con su invento sicotrópico. Los mundos alterados se mezclan con las vidas que viven los personajes en redes sociales. Las plantas y el calor son la atmósfera para alucinar. El viaje mezcla pasado, presente y futuro; es terapéutico, los muertos y los vivos habitan el mismo espacio durante el viaje con la alita. Paz Soldán muestra con el comportamiento de los personajes que los viajes sicotrópicos dialogan con el despliegue de la personalidad de los humanos que viven en las redes sociales: el presente, el pasado y el futuro se mezclan a la enajenación y a la emancipación humana con la necesidad intrínseca de trascenderse a sí mismos. Las redes sociales no son otra cosa que una droga pura y dura, lo digo sin juicios de valor.
El viaje es por los ríos y por las selvas; por los recuerdos de la mente alterada por sicotrópicos y por redes sociales que anulan el aquí y el ahora. El bloqueo de la mente que hace posible abrir los mundos. La mirada de las plantas demuestra una correspondencia en la cual no solamente los seres humanos observan, sino que son brutalmente observados por las plantas que ingieren.
Edmundo Paz Soldán, La mirada de las plantas, Ciudad de México, Almadía, 2022. 257 páginas.

 

Jon Fosse: la piedra se haría más ligera

 

Jon Fosse (Haugesund, Noruega, 1959) fue el premio Nobel de literatura de este 2023. Pocos lo conocían en el mundo de habla hispana y hubo que recurrir al mundo del teatro, pues entre su currículum decía que posiblemente era uno de los dramaturgos más puestos en escena del mundo, para saber algo de él. Es un personaje huidizo, a quien no le gusta dar entrevistas, y en las pocas que ha dado ha dicho que la vida para él no es jamás buscar la diversión, si no más bien estar aburrido.
Como sucede desde hace varios años con el Nobel, busqué en Internet lo que pude del autor para hacerme una idea de su escritura. Mi referencia inmediata de la literatura contemporánea noruega era Karl Ove Knausgard, 10 años más joven que Fosse y autor exhaustivo y polémico de una obra de más de 4 mil páginas llamada Mi lucha. En ella escribe sobre su vida de manera pormenorizada hasta el cansancio y cuenta la historia personal, privada, de su familia, parejas y amigos, lo que por supuesto le ha traído demandas, separaciones y varios problemas más.
Knauskard, en efecto, ha escrito sobre Fosse y dice también tener influencia del ahora premio Nobel. Pero en Fosse hay muchas diferencias; existe, como en Knausgard, una obsesión por la escritura, pero el Nobel no es un cúmulo de palabras y más palabras para descubrir su vida y sus problemas; Fosse utiliza la escritura como un rasgo de humildad para indagar sobre el mundo y el ser humano.
Septología es una de sus obras más contundentes de casi 800 páginas. Es, como dice su nombre, la unión de siete partes agrupadas en tres novelas. Se trata de un autor abundante, es cierto, pero no excesivo como puede llegar a ser Knausgard. Fosse es la construcción de un relato que se transforma en pensamiento.
Es una obra apasionante, no se trata del día a día de un autor, ni del recuento de su experiencia; es la oportunidad de entrar a otra mente, lo cual es una de las herramientas más potentes y complejas de la novela como género. Es, incluso, uno de sus grandes retos logrado por muy pocos. Porque al ser un género que se caracteriza por contar –es su esencia–, en los casos de Fosse o Ítalo Svevo se convierte en la experiencia de entrar al cerebro de alguien más. Quizá la experiencia más definitiva de dejar de ser nosotros mismos y ser otra persona. Lo que se ha visto en autores como Arthur Schnitzler o James Joyce como el flujo de la conciencia interna.
Y así en las primeras páginas de Septología nos sumergimos en la mente de un hombre que sale a la ciudad y está ansioso por volver a su retirada vida, a su casa del campo lejos del mundanal ruido, pero el flujo de la conciencia le impide su camino. Los recuerdos se despliegan de un segundo a otro y pasa del anhelo de su esposa, su casa retirada, la distancia con su hijo, su amigo que sufre, al momento en que el se encuentra en su auto pensando en todo esto y la oscuridad se hace más profunda.
La escritura, el pensamiento, se transforman en Fosse en un acto de humildad; no son la distancia intelectual y culta que lo separan del mundo, sino al contrario: es la carne de la escritura aquello que lo mantiene vivo. Piensa, por ejemplo, que es absurdo el bautismo, pues si Dios es todo poderoso y hace su voluntad, dan igual los esfuerzos humanos por complacerlo. Pero no es una crítica, la reflexión es una forma de reivindicar su cristianismo. Las letanías y rezos propios son aquello que da carne a su vida solitaria; el consuelo a sus recuerdos en los cuales mientras se va haciendo de noche observa a unos jóvenes que se acarician en un frío parque. La escritura se enfoca en ellos, en su charla, en sus abrazos; se abalanza en medio de la noche y se pregunta si acaso no serán mera alucinación de él mismo de joven; si todo lo que observa y piensa no es más que un reflejo de sí mismo.
Jon Fosse escribe fuera de este mundo, dentro de una mente que busca en la reflexión, en las letanías y en la escritura que el peso de la existencia sea una piedra un poco más ligera.
Jon Fosse, Septología, Ciudad de México, Seix Barral/De Conatus, 2023.

Valentina Winocur y las perlas de Latinoamérica

 

 

 

Para Jimena Serret Iriarte.

La historia de Latinoamérica se caracteriza por turbulenta. Sus aguas siempre están revueltas y sus habitantes son revolcados por la idiosincrasia y complejidad de su condición. Desde el inicio del concepto Latinoamérica con las guerras de independencia que libró cada país, hasta la consolidación que se dio en el siglo XX con las revoluciones y concreción de los estados nación, la historia de los países que conforman esta región ha sido violenta, confusa; similar en su esencia en muchos sentidos. Lo propio de Latinoamérica es ser Latinoamérica. Esto se ve mucho en lo poemas de Pablo Neruda o en las novelas de Gabriel García Márquez.
Para Octavio Paz Latinoamérica es un todo que las guerras de Independencia dividieron y que el papel de la poesía es unir a estos países que la geografía política ha dividido. Y quizá tenga razón en muchos sentidos, sobre todo en el que la lengua une un enorme continente y se genera una tradición en la que hay un diálogo que trasciende fronteras. ¿Acaso Pizarnik sólo pertenece a Argentina, Garro a México o Peri Rossi a Uruguay? Lo cierto es que ninguna de estas autoras sería posible sin el grueso de la tradición de un continente hispano parlante. Pues, más allá de lo cosmopolita de estas autoras, representan a literaturas que encarnan una poética que se entiende como latinoamericana, antes que nada. La historia de esta región está muy ligada a la ficción que se hace desde estos lares, escribe Valentina Winocur (argentina / mexicana, 1990), “no quiero mezclar la historia familiar con la Historia pero a veces no se pueden explicar las cosas si no”. Así, las historias de dictaduras, partidos hegemónicos y guerrillas son parte de las historias de vida que pasan a la ficción de la literatura latinoamericana.
Es el caso de la primera novela Perlas de araña de Valentina Winocur. La historia de una niña que viene a vivir a México sola, con su abuela, luego de que sus padres han desparecido y lo mejor para salvar la vida era huir del país.
Así se encuentra una niña huérfana de padres y de país en un primer día de escuela bastante complicado, pues no sólo debe luchar por ser nueva, sino también por ser extranjera. Lo cual es conflictivo, pues por un lado es problemático estar sólo con mexicanos; y por el otro estar con puros hijos de extranjeros que la lleva a una escuela cara y conservadora. Así que con el paso del tiempo se adapta a una de mexicanos más liberales.
Perlas de araña es una novela muy inteligente, porque a pesar de estar narrada en primera persona no es una literatura selfie sino una exploración hacia el mundo y, sobre todo, en un principio observa a su abuela quien es la persona que funge como su padre, madre y familia completa. Un personaje que la educa a cada segundo. Es maestra en una universidad y se inclina por el humanismo, así que, cuando le quitan a su nieta un libro sobre sexualidad se escandaliza del moralismo de la escuela.
El encuentro entre la nieta y la abuela es divertido y profundo. La abuela es la generación que no ve mal dar un buen pellizco a un niño latoso; y la niña la observa desde la ingenuidad y con la distancia de la edad que las separa. Entre las dos son una familia completa que se las arregla bien para que no les falte nada, y la familia ausente es sustituida por la historia de un continente contenida en los relatos de la abuela.
El mundo de la niña se va entretejiendo entre su propia experiencia, es la niña extranjera que es cada vez más mexicana y cuando viaja a Argentina ya no pertenece tampoco del todo allá. Ahora es mexicana y argentina: latinoamericana. También conoce el mundo a partir de los ojos de la abuela quien le cuenta su propia juventud que parece de otro mundo, de tiempos remotos en donde las familias tenían muchos hijos; la historia de los padres desparecidos que se van entrelazando con la historia de un país, la dictadura, la politización de los jóvenes; el encuentro con otras culturas y, en fin, ese inmenso mare magnum que es Latinoamérica, con fronteras agresivas en la política, pero huidizas en lo cultural. Con habitantes que han tenido que huir y pertenecen a varios países, a una lengua, a una tradición híbrida.
Perlas de araña es una primera novela entrañable, tiene el compañerismo de las buenas novelas en donde los personajes se tienen un amor tal, una cercanía tan profunda, que se vuelven parte de la vida de quien lee la novela.
Valentina Winocur, Perlas de araña, Ciudad de México, Elefanta, 2023. 206 páginas.

El fuego de Pierre Lemaitre

No sé si sea muy difícil o muy fácil escribir sobre un autor que me gusta tanto. Todos los libros que he leído de Pierre Lemaitre (Paris, 1951) –“del maestro”, como su apellido lo indica–, me han fascinado. Me gustan muchísimo sus libros policiacos, son de mis favoritos, pero si tuviera que escoger –cosa que afortunadamente no sucede– tendría que decir que su saga de la familia Péricourt es mi favorita.
Quizá desde Balzac y sobre todo después con Zola, desarrollé un gusto adictivo por las sagas que cuentan historias de una familia. Lemaitre dio el salto del guion cinematográfico y la novela negra a la Novela con mayúsculas, con Nos vemos allá arriba. Por supuesto que el guion y la novela son tan meritorios, dignos y complicados como la Gran Novela con mayúsculas. Pero los premios y la academia no son tan sencillos de conquistar, así que consagraron a Lemaitre cuando tocó temas históricos y escribió una novela que arrebata el aliento; se llevó el Goncourt y los aplausos de la crítica más estricta.
Lemaitre es cada vez más una referencia en novelas de enorme calidad literaria. Una voz consolidada, personajes complejos, llenos de aristas y dimensiones y grandes historias. Así que, Los colores del incendio, continuación de la novela que le valió el Goncourt, es una obra maestra.
Los Péricourt son una familia muy adinerada. Comienza justo en el fin de la novela anterior, Nos vemos allá arriba. Es el París de entreguerras, sumergido en una potente ambición por retomar la normalidad luego de la Gran Guerra, y la incertidumbre económica en la que está inmerso el mundo. Allí, entre un frío glacial del invierno parisino, se lleva a cabo el entierro del gran banquero Péricourt. El mundo financiero está de luto tanto como puede estarlo, pues la muerte de una figura de tal renombre asusta y entusiasma por igual la economía francesa. Están los personajes de la novela anterior que ya son familiares a quienes hayan leído la entrega anterior, y si no se ha leído, da lo mismo; porque en poco tiempo llega la acción. Paul, el nieto heredero de millones y millones de francos, justo cuando las pompas fúnebres pasan frente a la mansión Péricourt, se defenestra desde lo alto del techo del palacete para la sorpresa total de los asistentes y el terror de su madre, Madeleine.
Así arranca Los colores del incendio en la cual nos sumergimos en la vida de esa familia millonaria y que debe adaptarse a la desaparición del patriarca y al cuidado de un niño convaleciente de siete años. La vida de los millonarios es fácil desde fuera, pero desde dentro es igual de complicada que cualquiera e igual de apasionante por supuesto, aunque no sea muy lejana. Las jerarquías son confrontadas, engañadas y las luchas económicas siempre esconden una traición a la vuelta de la esquina.
La novela se va consolidando en el desarrollo del perfil de cada personaje. La nueva niñera polaca que no habla nada de francés, el asesor financiero que busca cualquier resquicio, el ama de llaves bella y fatal, el ex amante haciendo pininos en el mundo del periodismo. Y a la cabeza Madeleine y su hijo que sobreviven ese mundo; ella mujer en un mundo aún dominado solamente por hombres y tan misógino como el nuestro; el niño convaleciente, casi no se puede mover, pero eso no le impide enamorarse de la vida con pasión.
Los colores del incendio es un viaje al París de entreguerras. Entre fraudes, crisis, vino y ópera, Lemaitre pinta un mundo divertido, triste, apasionante como la flama de un fuego que arde.
Pierre Lemaitre, Los colores del incendio, Ciudad de México, Salamandra, 2019. 427 páginas.

David Toscana y la belleza del alma rusa

 

 

Hay pocas pasiones tan entrañables, tan únicas como la literatura rusa. Leerla es pertenecer a un mundo particular en donde se es parte de una cofradía particular. Leer a Chejov, Tolstoi, Dostoievski, Goncharov, no es solamente una experiencia estética, es descubrir la vida, el amor, el sexo y el alcohol.
La literatura rusa pertenece a su propio mundo. Al grado que dan ganas de ser ruso, no habitar ese país, sino ser parte de esos hermosos libros. Es precisamente sobre lo que gira la más reciente novela de David Toscana (Monterrey, 1961), sobre el amor profundo de una literatura que cambia el mundo.
El peso de vivir en la tierra gira sobre el amor a la literatura rusa y las ganas de trasformar el mundo. Se trata de un hombre que vive en los años setenta en Monterrey y decide que quiere vivir en la Rusia de sus novelas amadas. Un buen día decide que ya no quiere tener su nombre de pila, sino que ahora quiere ser llamado Nikolái Nikoláievich Pseldónimov para comenzar a habitar ese mundo de sus novelas.
El siguiente paso es dejar su trabajo y convencer a su esposa que vivan en una novela rusa. Y así transforman su cotidianeidad en Dostoievski, Tolstoi y Chejov. El segundo paso es volverse un alcohólico porque en las novelas rusas todos los personajes beben todo el tiempo. Así que va a una cantina, odia el alcohol, pero decide que debe beber vodka. Se interna en una cantina, se sienta en una mesa y pide un vodka nacional. Se sienta con un borracho de la cantina y antes que preguntarle su nombre, decide que ese bebedor debe ser el consumidor de alcohol de Crimen y castigo.
Ya que bebe y su esposa es parte de su obsesión de la literatura rusa, decide que ahora debe matar a una usurera como el Raskólnikov, solamente que no es una usurera sino un usurero; y cuando llega a cometer el crimen, el usurero le pregunta si acaso trae un hacha bajo el brazo y si piensa matarlo; a lo que el amante de la literatura rusa dice que sí, que claro, que debe matar a alguien para ser parte de una novela rusa. El mundo a partir de aquí es más de novela rusa.
El narrador ama sus novelas rusas y la belleza es que cada vez más gente se siente involucrada en el amor por las novelas de Tolstoi, Chejov y Dostoievski.
El peso de vivir en la tierra toma el nombre del momento en que una nave rusa regresa a la tierra y cuando abren la nave los tres astronautas están muertos, y piensan que están muertos porque la densidad del espacio es mucho más ligera que la de la tierra y cuando entran al planeta, el peso de vivir en la tierra les detiene el corazón.
David Toscana escribe una extraña obra de arte, una en donde todo está mal, en donde nada es normal, en donde sólo se debe amar la literatura para saber que lo único importante es el peso de vivir en la tierra amando la literatura rusa.

David Toscana, El peso de vivir en la tierra, Ciudad de México, Alfaguara. 323 páginas.

Pablo Berthely Araiza y los ruidosos silencios

 

Harold Bloom en su famoso y polémico Canon occidental, cuando se refiere a las cuestiones estéticas más potentes, que conciernen si leer un libro o no, habla de la extrañeza. Aparece para él –y por supuesto que concuerdo en este caso– Franz Kafka como el artífice más potente de este asombro. Bloom fue un polemista por excelencia, pero aquí en cuanto se refiere a la originalidad y los valores estéticos por los cuales leer o no una obra; me parece que, en efecto, la extrañeza es una de las razones más legítimas.
La crítica plantea ideas que se quedan rondando la mente, y esta de Bloom no es la excepción: por qué hay que leer o no, se transforma en una constante cuando se lee un poema, un ensayo o un relato.
Sin embargo, pensando en estos conceptos de Bloom, yo agregaría un rasgo además de la extrañeza que me parece definitivo: la sorpresa. Que se abra un libro y que tome caminos completamente inesperados es una de las razones más potentes. Al menos en cuanto a mi experiencia lectora.
Fue precisamente lo que me sucedió con la novela El silencio que nos une de Pablo Berthely Araiza (Veracruz, 1990). Se trata de una obra que un principio se plantea con cierta frivolidad, unos jóvenes de barrios ricos y millonarios del sur de la Ciudad de México descubren la vida. El libro está plagado de un humor, al inicio, que puede pecar de pretencioso. El primer beso, el primer cigarro, la primera reflexión intelectual… ironizado desde una inteligencia narrativa frívola.
Se trata de un género un tanto manido, y mientras se leen estas primeras páginas, es posible que el autor no tenga nada más preparado que una dosis de humor y erudición bastante predecibles.
Pero es siempre con el paso de las páginas cuando se construyen las buenas novelas. Puede haber un buen inicio, un gran ritmo, buena poética y originalidad; pero si en una novela no hay una mezcla precisa –siempre cambiante, sin receta, pero certera– que haga del libro un conjunto en donde se disfrute la escritura y la trama, la novela siempre se cae.
Es aquí donde viene la sorpresa que yo agregaría a la extrañeza de Harold Bloom. El silencio que nos une cuenta en esencia una historia de amor que arrastra el descubrimiento de la paternidad, la orfandad y de la vida. El personaje principal, según se avanza en la novela, es Carlitos. Y la ironía que parecía superficial en las primeras páginas, no es más que parte de una brillante estrategia.
Barthley va construyendo con un narrador un poco demasiado inteligente un entorno: un año axial de un país, una familia acomodada, padres políticos y corruptos y dos adolescentes enamorados.
En esta historia la ironía divertida sobre una familia de condición social elitista –no solamente son ricos, también extranjeros–, se va abriendo paso cada vez a descubrimientos que, son poco a poco más profundos. Las enfermedades de los padres y sus vidas profesionales pertenecen a un mundo tan podrido, que, sin que nadie se de cuenta, comienza a formar parte de la historia de amor de los adolescentes.
La metáfora me parece deslumbrante, ¿qué país puede haber cuando la historia de amor de dos jóvenes es violentada por la política? La respuesta, violenta y contundente, es México.
Berthely logra esa magia única de la ficción, aquella que encantaba a Roberto Bolaño que describe Latinoamérica, “Todo lo que comienza como comedia indefectiblemente acaba como misterio”.
El silencio que nos une es la comedia que nos explica el misterio de la tragedia de México. Los ruidosos secretos que todos conocemos y que nos unen.
Pablo Berthely Araiza, El silencio que nos une, Ciudad de México, Tusquets, 2023. 243 páginas.

Marta Jiménez Serrano: la alegría de la repetición

I sit and watch the children play
Doin’ things I used to do, they think are new

Jagger-Richards

Se dice que la infancia termina cuando se toma conciencia de la muerte propia. Quién sabe qué inicia –¿adultez, adolescencia, sabiduría o desesperación?–; pero lo cierto es que algo acaba y viene un comienzo de descubrimientos extraños.
Recuerdo, por ejemplo, descubrir a los diez años que mi vida, los juegos que hacía, ya habían sido vividos e inventados antes. Fue por una canción de los Rolling Stones. Eran mi grupo favorito por Satisfaction, Ruby Tuesday o She’s a rainbow, hasta que un día escuché As tears go by, en donde en la letra Jagger dice ver a los niños en los mismos juegos que hacía de niño y que ellos piensan que son nuevos.
Vi por primera vez una infancia repetida durante décadas y décadas de seres humanos que han pensado que hacen algo por primera vez en la humanidad. Me vi a mí mismo ingenuo. No sé si me enfrenté en cierto grado a la muerte, pero sí con un patetismo ineludible que me dio ganas de llorar.
Pienso ahora también en el amor, pues acaso cuando se está enamorado es el momento cuando nos sentimos más vivos y cuando nos parece imposible que nadie más haya vivido jamás eso tan profundo que sentimos. Esto es patético, sin duda; pensar que somos únicos cuando nos enamoramos, que la otra persona lo es. Porque resulta obvio que cualquiera ha vivido al menos alguna vez el amor, ¿o será que alguien jamás lo haya hecho?
Esto ha dado material a grandes reflexiones y también a novelas y cuentos. En especial algunos que han visto el patetismo de la originalidad; del amor para siempre e incondicional. De los más importantes que recuerdo El libro de los amores ridículos del recién fallecido Milan Kundera y No todo el mundo, de Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990). Una serie de quince relatos que giran en torno al amor/desamor y a lo predecibles, divertidas y tiernas que pueden ser las relaciones amorosas cuando las viven otras personas que no seamos nosotros.
Así, en estos relatos, el lector es un testigo un tanto morboso de las rupturas amorosas. Se lee a los personajes decirse a sí mismos, “Te lo digo: esto es muy distinto. Distinto de lo de antes, de lo de mi hermana, de todo. No todo el mundo es igual, ¿no?”.
Con estos relatos cargados de ironía descubrimos que, si acaso el amor y el sexo ya lo han vivido todos los humanos antes que nosotros, no necesariamente les quita lo divertido; el desparpajo imprescindible para pasar de una pareja a otra resulta cada vez más patético por repetitivo, pero no necesariamente menos feliz.
Marta Jiménez plantea personajes tipo del Madrid contemporáneo. Hombres y mujeres treintañeros que hasta hace pocas generaciones ya eran todos padres y madres a esa edad y quienes han postergado la juventud, entendiéndola sobre todo como la libertad de no casarse y tener hijos.
El relato inicial Tenemos que dejarlo trata sobre una mujer y un hombre a quienes les dicen Elo a ambos, por ser Eloísa y Marcelo. La voz que lleva el relato se mueve en una ironía cruel, pues advierte por el perfil de los personajes que su único destino es terminar, por lo que cada beso, cena o reconciliación, son parte de un final ineludible.
El humor es uno de los rasgos decisivos, aparece en el relato Clamorosa y frenético; va sobre dos personas a quienes les repugnan las primeras letras de su ex pareja inmediata, cl, por Clotilde; y fr, por Fred. Pero la vida siempre da sorpresas. Así, “En aquella noche de sexo Claudia le devolvió a Francisco las palabras que empiezan por cl… La claridad de Claudia, la clavícula de Claudia y también –claro–, el clítoris de Claudia”. Y a ella, “aquella noche de sexo Francisco le devolvió a Claudia las palabras que empiezan por fr., la frecuencia y la fricción, la fricción y Fran frotándose y el fragor del frenillo de Fran hasta el frenazo”.
Marta Jiménez Serrano entrega una literatura en donde se descubre que no habrá nada nuevo en las vidas humanas, tan sólo una repetición de patrones, de gestos, sentimientos y cópulas que en la repetición encuentran la armonía, a veces la alegría y por qué no, la eternidad.
Marta Jiménez Serrano, No todo el mundo, Ciudad de México, Sexto Piso, 2023. 210 páginas.

Beatriz Berrocal: Las vueltas de la vida

 

Adán Ramírez Serret

 

Los privilegios propios, de manera un tanto paradójica, son lo más difíciles de observar. En lugar de estar satisfecho con ellos y ser feliz, siempre parecen insuficientes. Esto se acentúa si son los padres quienes los subrayan. Más aún, si se es en verdad privilegiado. El mundo parece un lugar sencillo en donde la lucha más complicada, y única, es la dificultad de satisfacer el placer. Porque el problema más fuerte es el tedio; la vida satisfecha y aburrida; la inconformidad que produce que los teléfonos, la ropa y las ciudades pasen tan rápido de moda y dejen de ser divertidos.
En esos momentos es difícil ponerse en los zapatos de los demás, de los menos privilegiados, para quienes lo más importante y soñado es poder comer, vestirse y vivir en paz. Y encima vienen los padres y dicen que piensen en toda esa gente y valoren lo mucho que tienen. Que hay niños que no tienen que comer, que caminan kilómetros para ir a la escuela, que sus padres los golpean y explotan… La desconexión es tan grande que esas palabras, que buscan tan sólo dimensionar y revelar lo que se tiene, se vuelven una cansada y repetitiva perorata.
Sobre esto gira, entre otras cosas, la novela juvenil De vida y vuelta, de Beatriz Berrocal (Zamora, España, 1962). Es la historia de cinco españoles que se encuentran al final de la adolescencia y al inicio de la juventud. Tres mujeres y tres hombres. Viven en Madrid y son felices sin saberlo al cien por cien. Tienen problemas, claro, es imposible que esto no suceda. Se enfrentan a la vida y la sexualidad, la amistad y el amor nunca son fáciles. Sin embargo, y por supuesto por fortuna, el móvil de sus vidas consiste en la posibilidad de cumplir sus sueños.
Son un grupo de amigos que, a pesar de pequeñas diferencias, en esencia se quieren y descubren la vida juntos. En algún momento, deciden que deben hacer un viaje. Uno muy emocionante, no en la misma Europa, sino ir a un lugar más lejano: deciden ir a Chipre.
Todos se entusiasman de ir a un lugar distante que se les presenta exótico y pleno de aventuras. Sólo que el padre de una de las jóvenes es periodista y les pide que vayan a otro lugar, que Chipre es peligroso porque está en medio de un conflicto, pues la isla está dividida: una parte es turca y la otra griega. La primera peligrosa y la segunda turística. El padre no sólo está temeroso por saber la situación del país, también porque él mismo ha sido secuestrado por grupos terroristas por escribir sobre sus crímenes.
Sin embargo, el grupo es joven y el padre les parece tan sólo paranoico e, incluso, aguafiestas. La advertencia da más carne a la aventura a la que se lanzan felices. A lo que el padre, como último ruego, les pide que jamás vayan al lado turco. Lo que se vuelve, por supuesto, una casi consigna.
La novela está contada desde las voces de cada uno de los jóvenes. Aparece la hermosa emoción de descubrir el mundo con amigos, ir a otros horizontes, con nuevas gentes e idiomas y, por supuesto, enfrentarse por primera vez en sus vidas a problemas de vida o muerte.
Beatriz Berrocal escribe una novela llena de aventuras, en donde se va descubriendo el perfil de cada uno de los personajes. En todos hay un descubrimiento, quién fui, quién soy y quién quiero ser. Una evaluación profunda de sus vidas, de sus privilegios en un mundo que puede ser muy violento y oscuro. Y en el cual, un viaje, una isla, el mar y las diferentes culturas, pueden pasar de ser un paraíso soñado, a una pesadilla jamás imaginada. Y cada momento de paz y seguridad, es lo más preciado que puede tener un ser humano.
La ficción funciona para no vivir en carne propia las emociones, pero sí para tomar conciencia en nuestros huesos y mente.
Beatriz Berrocal, De vida y vuelta, ilustración Fernanda Castro, Ciudad de México, El Naranjo, 2023. 260 páginas.

Walter Isaacson y sus genios

La biografía es uno de los géneros más populares dentro del mundo editorial. No es una sorpresa, pues es un enigma que una persona trascienda los límites de la personalidad y se convierta en un ser único, o al menos muy particular, entre los millones y millones de personas que somos.
Dentro de este género de las vidas de héroes, tiranos, músicos o científicos, hay, a grandes rasgos, dos formas de acercarse al mito, a la persona sobre quién se hace una obra.
La primera, a lo Emmanuel Carrère o Stefan Zweig, en donde autores con una pluma portentosa leen todo lo que pueden sobre una figura, para después hacer una obra de arte en donde se cuenta la historia de alguien al mismo tiempo que se hace literatura. En este tipo de biografías los datos son importantes, pero, sobre todo, se busca llegar a las entrañas de una persona por medio de la literatura.
Mientras que, para otro tipo de biógrafos, como Ian Gibson o quien nos atañe hoy, Walter Isaacson (Nueva Orleans, 1952), los datos son lo más importante. Cotejar historias, las diferentes versiones de historiadores y personas que conocieron al personaje son esenciales para ellos. Al grado que Gibson quería exhumar a García Lorca para saber la verdad sobre su muerte.
Por su parte, Walter Isaacson quizá sea el autor más popular de biografías del presente. Ha hecho perfiles profundos y deslumbrantes sobre Einstein, Steve Jobs y Leonardo Da Vinci, por tan sólo mencionar algunas. Isaacson tiene el talento del biógrafo exhaustivo de saber todo sobre su personaje, a la vez que es capaz de ponerse en los pies del lector quien puede saber poco o nada del personaje que le interesa. Es decir, Isaacson es un deleite para los expertos y un primer paso, sencillo y apasionado, para quienes apenas están en un primer acercamiento de un personaje. Así, es posible acercarse de su mano a la teoría de la relatividad, el renacimiento italiano y el nacimiento de Apple.
Tal como se puede ver en las biografías citadas, Isaacson no es predecible sobre las personas que escribe. Abarca mucho y aprieta fuerte. Puede sumergirse en las aguas de la ciencia, del arte y de la tecnología siendo experto y conciso. Así, su más reciente entrega es nada menos que sobre el excéntrico, polémico y genial (según se observa en las páginas de la biografía) Elon Musk.
Las primeras páginas de esta biografía son un viaje a la Sudáfrica de los años ochenta, en donde un joven pequeño y desgarbado se enfrentaba a un mundo violento en pleno apartheid. La capital Pretoria era en esos años hostil y en la escuela era imprescindible agarrarse a golpes no sólo para darse a respetar, sino para hacer casi cualquier cosa, por lo que Musk se forjó como alguien duro además que el ambiente en su casa también era violento. Con un progenitor compulsivo en todo lo que hacía tanto en los negocios, como en su vida de figura paterna y esposo, además de ser mitómano.
Son los años ochenta, cuando la tecnología estaba en plena ebullición. Musk se refugia en los libros y se apasiona con todo lo que tiene que ver con la tecnología, desde juegos de video a computadoras y casi cualquier aparato con transistor.
Los años pasan y el carácter de Musk se va forjando, se educa a ser inconforme, a no aceptar no solamente su vida, sino el mismo mundo tal cual se le presenta, por lo que desde muy joven migra a América. Primero a Canadá y después a Estados Unidos, en donde estudia, pero se aleja de la academia pues el mundo del internet estaba en plena génesis y del cual él quería ser parte a toda costa.
Así que se sumerge en el incipiente mundo del internet con la intención de cambiarlo, de transformarlo, de inventarlo. Musk trabaja compulsivamente durmiendo sólo cundo es imprescindible bajo su escritorio. Sus únicos descansos del trabajo son encerronas de días con juegos de video.
Isaacson piensa en una anécdota que pinta perfecto al personaje. Después de una venta de más de veinte millones de dólares, Musk se compra un McLaren el cual destruye pues lo hace ir a su máxima velocidad hasta que el auto se hace mil pedazos. Musk sale ileso, pero sabe que, si algo no lo hace de manera extrema, prefiere no hacerlo.

Walter Isaacson, Elon Musk, Ciudad de México, Debate, 2023. 688 páginas.

 

Edna O’Brien y la justicia

Para Karina Albornoz

La justicia, o, mejor dicho, la ausencia de ésta es uno de los móviles más potentes para la filosofía y para la literatura. El mundo natural se nos aparece salvaje, en donde el más fuerte devora al débil. Nuestro consuelo ahí es que se trata de un ciclo natural y que no hay maldad. Lo más probable es que así sea, que sólo nosotros somos crueles. El mundo humano es terrible porque la ley del más fuerte tendría que estar regulada, detenida acaso, por la inteligencia humana. Naturalmente –sintomática palabra–, sabemos que no es así. La justicia es imposible, pero al menos podríamos tener un mundo menos injusto.
Este hecho del mundo malo y terrible es uno de los detonantes más fuertes para la literatura. En este caso en particular para La chica, de la autora Edna O’Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930), quien luego de una polémica, prolífica y brillantísima carrera literaria, se fue a Nigeria a sus más de ochenta años para platicar con las mujeres que habían sido secuestradas, esclavizadas y violadas en las guerrillas políticas y religiosas que han azotado ese país.
El resultado es una novela cruda, que, por extraño que parezca, hace creer de nuevo en la humanidad.
No es casualidad que se le haya ocurrido a O’Brien ir a escuchar la vida de las jóvenes que sufren abusos, porque ella misma fue una mujer vulnerable en Irlanda, pues creció en un pequeño pueblo en donde sufrió todo tipo de abusos sobre los que gira su primera novela, Chica de campo, que la hizo célebre en su país y en el Reino Unido, primero, y después en el mundo; pero por la cual no ha podido volver a su pueblo.
A partir de esta obra, O’Brien se ha consolidado como una de las autoras más importantes del horizonte literario, uniendo dos puntos que normalmente no se juntan, la militancia, por un lado, y un estilo cada vez más deslumbrante por el otro. Escribiendo obras de teatro, ensayos, novelas y cuentos.
A partir, pues, de su viaje a Nigeria, O’Brien escribe La chica, que cuenta en primera persona la historia de una niña nigeriana que es raptada en su pequeño pueblo. Es el relato del secuestro por grupos paramilitares que la roban y con quienes pasa su primera juventud. Aquellos años de su primera menstruación y el descubrimiento adolescente son devastados por soldados salvajes que la roban, violan y después casan con uno de sus reclutas.
Es un mundo violento que se hace más brutal al estar contado desde la sensibilidad de una niña; y, es precisamente esto, lo que le da luz a la novela. La capacidad de esa niña de nunca dejar de ser humana y de estar sostenida por el amor a la vida.
En algún momento, los guerrilleros son atacados y destruidos por otro ejército. Es cuando la chica huye con su pequeña bebé amarrada a la espalda y tomada de la mano de una de sus compañeras / amigas del lugar. Relata así los instantes de la huida, “Estábamos eufóricas. Besábamos las cortezas húmedas y musgosas y apretábamos la frente contra la corteza en señal de gratitud”.
Nunca sabremos si acaso esto formaba parte del relato de las jóvenes que entrevistó O’Brien en su visita a Nigeria, o si es el propio talento de la autora para sorprender con la belleza en medio de la oscuridad. Pues lo usual es que alguien que ha sufrido tanta violencia odie el mundo, la vida; pero estas chicas que están huyendo en medio de las bombas entre la tupida selva, sólo piensan en agradecer a la naturaleza, a la tierra, por su libertad.
En La chica de O’Brien la justicia no estriba en la poesía –legítima y potente– de conocer el relato de mujeres olvidadas por la historia y el mundo; la poesía habita en el hecho del amor a la vida, a la libertad y el amor en medio de la más cruenta violencia.
Edna O’Brien, La chica, Madrid, Lumen, 2019. 183 páginas.