Mariana Enríquez: todos somos monstruos

Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) es uno de los fenómenos de la literatura latinoamericana reciente, sobre este llamado boom de mujeres que escriben. Enríquez es sin duda la más famosa, su novela Nuestra parte de noche ha vendido muchísimos ejemplares y ha sido traducida a varias lenguas. Sin embargo, cuando me enfrenté a las primeras páginas de la novela, no conecté para nada ni con el estilo, los personajes, las atmósferas o la trama. Me tardé en darme cuenta cuál era la razón: es una literatura de nicho, es decir, es para los amantes de los vampiros y los fantasmas.
Con el paso del tiempo Mariana Enríquez es cada vez más famosa, lo cual celebro en varios sentidos, sobre todo en lo que concierne al desprestigio que han sufrido muchas escritoras como Isabel Allende, por ejemplo, quien desde hace décadas vende millones de libros, pero quien también desde hace un tiempo ha sido hecha menos por la crítica. Se le reprocha ser una divulgadora –por decirlo de la manera más amable– del realismo mágico. También se le crítica –ahí se ven los celos– que sea una best seller. La autora de La casa de los espíritus ha vendido todos los libros posibles e incluso hay mucha gente a quien no le gusta leer y no se pierden ningún libro de Allende. Ni falta que le hace la crítica, pero hay momentos en que deben ponerse las cosas en su lugar.
Algo muy similar sucede con Enríquez: mujeres que escriben sobre cosas paranormales, continúan una tradición latinoamericana y tienen miles de lectores. ¿Entonces por qué Enríquez sí es vista por la crítica como literatura seria y Allende no? Hay muchas respuestas, una importante es que vivimos, al menos en el papel, en un mundo menos misógino. Me parece que una de las razones que Allende haya sido menospreciada es porque es mujer y hasta hace muy poco dentro del mundo literario, academia, medios de comunicación y editoriales, la literatura escrita por mujeres era considerada de consumo femenino. Afortunadamente las cosas han cambiado, y así, el nuevo boom latinoamericano escrito por mujeres ya no es visto ni remotamente por el medio literario de consumo solamente para mujeres.
Mariana Enríquez es vista ahora como una gran escritora sin ningún tipo de etiquetas que le quiten prestigio, y espero que no solamente marque una diferencia hacia el futuro, sino que también revalorice el pasado, a escritoras como Allende y que deje de ser vista como un éxito de venta y más bien como lo que es: un fenómeno literario.
Para volver a Enríquez, yo me mantenía respetando su fama y viendo con gusto cómo está cambiando el mundo. Hasta que las semanas anteriores comencé a leer el conjunto de relatos Un lugar soleado para gente sombría. Inicié de la forma más imparcial posible, no conecté en el primer acercamiento, pero las cosas pueden cambiar. El relato que abre es Mis muertos tristes. En efecto, es sobre fantasmas. La forma de contar es fría, sin involucrarse mucho. No es desde el terror, sino desde la extrañeza. Es más melancólico que aterrador. Hay un hombre que prefiere estar con los muertos que con los vivos. El segundo relato es Los pájaros de la noche y comienza así: “A orillas de este río, todos los pájaros que vuelan, beben, se sientan en las ramas y molestan como posesos con sus graznidos demoniacos durante la siesta, todos esos pájaros alguna vez fueron mujeres”. Hay una intriga un tanto de fábula. Una condena por un acto desconocido. Enríquez se va moviendo por sus relatos con la habilidad de una serpiente para deslizarse e ir encontrando lo turbio. La extrañeza no es solamente hombres sin cara, tener sexo con fantasmas o pumas perdidos en la ciudad que sólo se aparecen a unos cuantos; el pasmo viene en descubrir por qué pensamos de esa forma, qué son en realidad los monstruos que nos aterran. A veces pienso que los personajes de Enríquez son marginales, pero quizá sean más bien normales, porque en las grietas vistas de manera precisa, todos somos monstruos.
Mariana Enríquez, Un lugar sombreado para gente sombría, Ciudad de México, Anagrama, 2024. 229 páginas.

 

Mario Vargas Llosa: habitar el silencio

 

Las paradojas no solamente contradicen la aparente lógica; muchas veces sirven también para explicar la riqueza de un fenómeno, para descubrir que aquello que pensábamos sólo tenía una perspectiva, tiene más de las que nos habíamos dado cuenta. Es el caso de la música, por ejemplo, en la cual, por supuesto que los momentos de más belleza son los del sonido, pero que carecerían de todo sentido, de poder ser comprendidos, si no estuvieran definidos por el silencio. La tensión entre sonido y silencio es lo que entendemos como música. Así que para un músico es el silencio es tan preciado como el sonido.
Algo muy parecido podemos decir de un autor literario, pues a lo que se oponen las palabras es al silencio, y hoy nos enfrentamos a un momento muy particular en la historia reciente de la literatura latinoamericana, pues Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) ha dicho que se retira del periodismo y que Le dedico mi silencio será la última novela que escriba.
Estas palabras marcan en definitiva una época en la literatura latinoamericana, porque me atrevo a decir que Mario Vargas Llosa es el autor de mayor influencia en esta región en los últimos cincuenta años. No sólo por quienes lo reconocen, sino incluso por quienes lo consideran su enemigo, al grado que, el ahora llamado Boom latinoamericano escrito por mujeres, sería imposible sin la escritura de Vargas Llosa.
Así que enfrentarse a un último libro de este autor no deja de ser emotivo. Decir el nombre Vargas Llosa es hablar de polémica, muchas veces con actos muy duros –terribles sin duda– como una completa insensibilidad hacia el feminismo e incluso la democracia en América Latina; actos y opiniones a los que se enfrenta el Vargas Llosa de carne y hueso, pero que, por fortuna, cuando hablamos de literatura, podemos dejar del lado, al menos por unos momentos.
Pues, la última novela de Vargas Llosa es digna de una reseña y una obra cálida con búsquedas indispensables. Uno de los recuerdos más profundos que tengo de leer una novela y sentir que en ese momento está cambiando mi vida es Conversación en la Catedral. La riqueza verbal, la complejidad técnica, la empatía y el odio son constantes en la lectura de esta novela, más una idea que luego resultó definitiva al grado que se volvió un leitmotiv en la literatura latinoamericana: en Conversación en la Catedral uno de los personajes de la novela se pregunta en qué momento se jodió el Perú. Esta interrogante es tan potente que trasciende la novela y comienza a habitar muchas mentes de novelistas en Latinoamérica, ¿en qué momento se jodieron nuestros países? Aquí la influencia del novelista peruano es contundente, las preguntas técnicas, poéticas e ideológicas planteadas en sus libros son la literatura del presente.
Es importante dimensionar esto, pues tenemos una literatura fatalista, terrorífica, pero sin propuestas, y en Le dedico mi silencio Vargas Llosa sostiene la idea contraria: ¿qué puede unir al Perú?
Así que comienza un viaje a caballo entre la ficción y la novela, en el cual un humilde reseñista de música local se entera que Lalo Molfino ha muerto. Para su sorpresa descubre que todo mundo lo sabía, sólo que les parece tan irrelevante el hombre que les da igual. Ante esto, Toño Azpilcueta que es el personaje que a veces narra el libro y a veces lo vemos escribiendo la biografía sobre Molfino, decide que debe escribir sobre ese músico que inventó el vals peruano, porque, piensa, era un gran genio tocando la guitarra, fue uno de los grandes artífices del género, y, además, puede hacer el milagro de unir al Perú. Porque si los ideales han destruido una sociedad, lo único que puede unirla es la música.
Pienso que una de las paradojas que leer a Vargas Llosa es que se trata de un autor que nos hizo ver con claridad las grietas de nuestra sociedad, cuándo y por qué nos habíamos jodido a la vez que descubríamos una literatura hecha en Latinoamérica, lugar minado, sesgado y separado por los nacionalismos, pero que la literatura, mientras asimilábamos nuestro presente y nos entendíamos como un todo, nos describía y nos hacía parte de un continente.
Mario Vargas Llosa, Le dedico mi silencio, Ciudad de México, Alfaguara, 2023. 303 páginas.

Maggie O’Farrell: un retablo renacentista

Una de las maravillas de un retrato es perderse en él, en las líneas de un lienzo para descubrir las pinceladas que se transforman en significado. Dentro de la pintura el retrato es un género que plantea el enigma del rostro humano, de ese conjunto de piel, nervios, venas y músculos que describen nuestros sentimientos para los demás; que expresan la esencia de nuestra personalidad: la alegría, tristeza, frustración, coraje… casi siempre inasible para nosotros mismos y enmarcada en bandeja de plata para propios y extraños. Gracias al rostro, los otros saben todo sobre nosotros.
Pienso, por supuesto, en los retratos de Egon Schiele, Modigliani, en Rembrandt… pero ahora me gustaría sumergirme en algunos retablos renacentistas, en los italianos en particular, porque esos rostros son un mundo completo, rodeados de pequeños poblados, de castillos que se pierden en la lejanía; de riachuelos y montañas por los que es posible sumergirse durante un buen rato para después volver a esos ojos y mejillas únicas pintadas durante el Renacimiento en Italia. Una caminata por el índice de Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, de Giorgio Vasari, llena el paladar e ilustra una serie de nombres maestros como Leonardo da Vinci, Pietro Perugino o Tiziano de Cadore.
Pasearse por museos o ver libros en donde aparezcan obras de los autores citados deja un estado de ánimo particular, el talento sensibiliza al ver cada rostro, árbol o cielo y también se tiene la sensación de haber viajado en el tiempo. Es lo que me sucede cuando leo Retrato de casada, de Maggie O’Farrell (Coleraine, Irlanda, 1972) quien saltó a la fama hace pocos años con la novela Hamnet, que ganó la admiración y el aplauso de la crítica y se hizo de lectores por todo el mundo; en la obra habla del hijo de Shakespeare, que lo inspiró para escribir Hamlet. O’Farrell utiliza al personaje histórico de Shakespeare, pero no es una biografía sobre él, más bien recrea su mundo, la Inglaterra isabelina y sobre todo escribe sobre la familia, sobre las mujeres y niños y sobre las vidas sufridas, ampulosas y felices que llevaban.
O’Farrell tenía el reto enorme de volver después de una obra de mucho éxito, y lo hace de manera brillante. El retrato de casada es la oportunidad de dar un salto dentro de un lienzo italiano. Sumergirse de lleno en las líneas de un rostro para ver con el mayor pormenor posible a un personaje a la vez que se explora su entorno de ciudades como Florencia o Ferrara entre sus palacios, ropajes y obras de arte.
La novela cuenta la historia de una joven, Lucrezia, que en los inicios de su adolescencia es comprometida con un hombre mayor, de 28 años, pues la hermana que se casaría con éste muere de una enfermedad.
La novela se va moviendo en dos tiempos, uno, cuando Lucrezia se enfrenta a los primeros días con su esposo, y el otro, cuando era una niña, curiosa, dibujante y con la sensibilidad para sentirse extraña en su cuerpo; confrontando los roles que le toca vivir.
En El retrato de casada sucede lo mismo que con los lienzos italianos del Renacimiento, cuando por medio del arte, de líneas y colores, es posible distinguir las partes más privadas del ser humano: su esencia. Así, O’Farrell por medio de la literatura se sumerge en los años de la cúspide de Florencia, en donde vemos a seres humanos de carne y hueso como si estuvieran frente a nosotros y pudiéramos saber sus secretos más profundos; tocar su experiencia, aunque sean palabras, personajes históricos que se vuelven ficticios y que vivieron hace más de quinientos años, pero, podemos tocar su carne, oler su mundo y descubrir sus secretos, amar sus vidas, por breves que fueran, en El retrato de casada.
Maggie O’Farrell, El retrato de casada, Barcelona, Libros del Asteroide, 2023. 392 páginas.

 

Lea Ypi y las variaciones de la libertad

La libertad siempre es limitada. La humanidad ha luchado los últimos años por conseguirla, pero lograrlo como sociedad sigue siendo muy complicado, acaso imposible. Vemos la esclavitud del pasado Imperio Romano como el infierno, los feudos de la Edad Media con terror tecnológico o al Imperio Azteca como salvajes por la forma en que hacían sacrificios humanos. Sin embargo, los habitantes de esas épocas veían su mundo normal; jamás se preguntaban si eran libres o no, o si serían felices siendo libres en otra sociedad. Nosotros nos consideramos libres, pero ¿lo somos o acaso nuestra época será vista con miedo debido a nuestra desigualdad bajo los ojos de la humanidad del futuro? Decía un maestro muy querido de la universidad: “Somos libres hasta cierto punto, tampoco es que yo pueda hacer un threesome en mi cubículo”. La libertad, pareciera, es una percepción de nuestra realidad más que un hecho. Es la sensación que se va convirtiendo en certeza cuando se lee Libre: el desafío de crecer en el fin de la historia de Lea Ypi (Tirana, Albania, 1979). La novela se sumerge en la Albania de los años ochenta, en efecto, se vivía lo que Francis Fukuyama entendió como el fin de la historia, y que luego tan sólo vendría capitalismo feroz sin ninguna ideología.
Albania es un país que se encuentra en el mar Mediterráneo, arriba de Grecia. En su historia moderna fue invadido por Italia y liberado de ella por Enver Hoxha, quien hizo una república popular socialista en el país. La novela es en realidad la vida de Lea Ypi, quien es académica y economista, y que al contar su biografía hace literatura. Esto me recuerda mucho Anatomía de un instante, de Javier Cercas, quien durante mucho tiempo quiso escribir una novela sobre un hecho histórico español, pero que se dio cuenta que no se podía escribir ficción sobre una mentira, que la novela en realidad debía ser un libro de historia porque lo contado por el Estado hasta entonces, eran puras mentiras.
Así, Lea Ypi cuenta su historia y se lee como una novela; relata que, en algún momento de su vida, se percató que todo lo que le habían dicho era una mentira. “Mis padres me revelaron la verdad, su verdad. Me dijeron que mi país había sido una cárcel a cielo abierto durante casi medio siglo”. Esto es una brutal revelación, pues la novela comienza cuando la narradora es una niña, en su escuela les transmiten la ideología comunista, en donde Stalin es un héroe y el político Enver Hoxha deja de serlo y se convierte en familia de todos y le dicen “tío” y hay fotos suyas por todos lados. La niña se sorprende cuando al salir de la escuela ve que el monumento con la figura de Stalin no tiene cabeza. Más adelante se encuentra un grupo de gente y no sabe si es una fiesta o vienen de un partido. Cuando llega a su casa le cuenta a su familia lo que acaba de ver y ellos se asustan mucho, y ella les pregunta la razón, pero ellos titubean, y le dicen que por nada, que tan sólo eran hooligans y que son peligrosos. Que ya no se acerque a ellos.
Sus padres son misteriosos, nunca hablan de política y le dicen que es una coincidencia que un enemigo del Estado, un político anterior, lleve el mismo apellido que ella. Para el lector es claro que ella vive bajo un estado de represión comunista, pero el relato es el de una niña que vive en una serie de cosas misteriosas, pero disfruta la escuela, a sus compañeros y maestras, a sus padres y vecinos, vive en paz y su felicidad es incuestionable. Es la reflexión profunda de esta autobiografía que se vuelve una novela al contener tantas ficciones que son asumidas como verdades. La Albania comunista era una sociedad tranquila que vivía en su propio mundo, uno donde los objetos más valiosos que una familia podía tener era una lata vacía de Coca Cola, es lo que se mostraba en la sala, pues todas las casas eran exactamente iguales, la misma comida, los mismos muebles, van a las mismas escuelas, nadie tiene ni más ni menos; es una sociedad completamente igualitaria. Algo completamente imposible en una sociedad capitalista, por profunda desgracia. Es cierto, la historia está censurada, limitada al discurso del estado y la gente debe olvidar su ascendencia; la narradora, por ejemplo, pertenece a una familia que era privilegiada y eso la segmenta de la sociedad. Pero al final, su vida seguía y aprendía y jugaba y disfrutaba. Dice la novela: “Cuando por fin llegó la libertad fue como si te sirvieran comida congelada. Masticamos poco, tragamos rápido y nos quedamos con hambre”.
Le Ypi, Libre: el desafío de crecer en el fin de la historia, Barcelona, Anagrama, 2023. 257 páginas.

 

Graeme Macrae Burnet y las trampas del narrador

Las novelas sicológicas son fascinantes, pues siempre se está esperando la sorpresa al volver la página. Cualquier perfil del personaje es dudoso y quien lee tiene que estar preparado en cada momento para un giro que explique todo, a la vez que demuestre que nada es lo que habíamos pensado. Ejemplos de este tipo de novelas que se devoran y se resuelven en la última página son Vestido de novia, de Pierre Lemaitre, y La paciente silenciosa, de Alex Michaelides.
Pero las cosas se vuelven aún más complicadas cuando quien cuenta la historia es también un personaje dudoso y su versión es cuestionable, como es el caso de El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie, en la cual el plan mismo de la novela es una estrategia de uno de los personajes. Es la cuestión, también, de Caso clínico, de Graeme Macrae Burnet (Kilmarnock, Escocia, 1967). La novela es un artefacto delicioso en donde desde el Prólogo son tendidas las redes de la trama, de la trampa. Está escrito por un personaje que firma con el mismo nombre del autor de la novela. Se le creería, si no es porque comienza a hablar de un tal Martin Grey que le manda unos presuntos manuscritos de una prima, que, en su consideración, podrían convertirse en un “libro interesante” si caen en manos de un escritor profesional.
Desde siempre ha sido decisivo preguntarse quién cuenta la historia, para a partir de esto, saber cómo se debe tomar lo narrado. ¿Hay imparcialidad o acaso quien relata está involucrado en cierta forma en la historia y tiene interés en tergiversarla para sus propios fines? Es, confiar o no en la voz narrativa, a grandes rasgos, la mayor diferencia entre un narrador omnisciente que todo lo sabe y cuenta la historia desde la imparcialidad o del narrador en primera persona o testigo quien cuenta la historia siempre de manera parcial.
La tergiversación de la trama es tan antigua como la creación de historias; el truco es intrínseco a la narración. Pienso en la Odisea, pues en este relato habitan todos los artificios. En algún momento de la historia se da voz al héroe y es él precisamente el que cuenta las cosas más fantasiosas como ir al infierno, ver cíclopes y sirenas. Es tan dudoso aquello que cuenta el héroe, que Margaret Atwood se pregunta si no serán todas estas historias las justificaciones de un marido que se ausentó durante veinte años y debe convencer a su esposa que le había sido imposible volver.
El narrador es, pues, tan poco fiable que, a mediados del siglo pasado, la autora Nathalie Serraute escribió La era de la sospecha en donde los lectores lo primero que debemos hacer al tomar una novela, es dudar del narrador.
Esto es imprescindible para leer Caso clínico, pues luego del Prólogo en donde el autor dice que la historia que leeremos a continuación son unas libretas recibidas por un completo desconocido, nos enfrentamos a los diarios de una joven londinense que acaba de perder a su hermana, quien se quitó la vida saltando de un puente. Lo que une a esta joven y al autor que hace el prólogo, es un sicólogo de renombre, Collins Braithwaite; un hombre polémico quien ha aparecido en los titulares de la prensa y que publica sus casos clínicos en libros. La joven nos cuenta que fue a partir que reconoció a su hermana en los casos del doctor, que decide ir ella misma con el mismo terapeuta que, por cierto, fue la última persona en ver a su hermana antes de que se quitara a la vida a pocas cuadras del consultorio.
Pero la chica, decide que no puede ir con su nombre, así que no sólo se lo cambia, sino que inventa a otra persona, otro yo que sea quien vaya con el sicólogo.
La serie de enredos obligan a leer entre líneas, a estar atentos todo el tiempo, porque evidentemente nada es cierto, pues es una novela sicológica contada por alguien que puede desplegar su personalidad. Una trampa del narrador.
Graeme Macrae Burnet, Caso clínico, Madrid, Impedimenta, 2021. 343 páginas.

 

David Foster Wallace: el genio del genio

Siempre será un misterio de dónde brota un artista y cuáles son sus características. Se vienen a la mente una serie de características innatas como una gran sensibilidad, habilidad e inteligencia a los que se pueden aunar una formación privilegiada, más una buena cantidad de coraje.
Si se piensa en todas estas viene a la mente David Foster Wallace ((Ithaca, 21 de febrero de 1962-Claremont, 12 de septiembre de 2008), quien como muchas personas reunía estas características como el talento, el privilegio y el coraje, más la concreción de novelas y cuentos deslumbrantes, los cuales siempre será un misterio cómo es posible que cualquier persona lo haga; porque se puede tenerlo todo, y no escribir obras maestras. Más bien éstas son la anomalía en el mundo.
David Foster Wallace se congració en el mundo de la literatura con libros de relatos como La niña del pelo raro o la súper célebre La broma infinita; obras cuya lectura densa permanece y lo hará durante muchos años más. Wallace también escribió ensayos y crónicas como la que ahora tengo en las manos, El tenis como una experiencia religiosa, cuyo título en inglés es Federer as Religious Experience and Democracy and Commerce at the U. S. Open, que son precisamente una apología sobre lo que Wallace considera el milagro de Federer, y el otro sobre Pete Sampras y Mark Philippoussis.
Foster Wallace fue un gran tenista en su juventud con tal pasión y talento al grado que consideró dedicarse de manera profesional a este deporte. Pero, se dedicó a la literatura y la filosofía para fortuna de las letras, más nunca abandonó la fascinación por el tenis.
Wallace abre estas crónicas en el claro estilo de la crónica estadunidense llevada a la gloria por plumas de la talla de Norman Mailer, Truman Capote o Tom Wolfe; Foster está a este nivel sin ningún problema: atrapa el momento, la forma en la que cae el sol, el esnobismo de los asistentes, la textura de la comida y reflexiona sobre ello, lo define, lo reinventa para que ese U.S. Open de 1996 no desparezca jamás. Foster Wallace también ve el tenis, describe con técnica las jugadas deportivas, aquí es un virtuoso cronista deportivo que lo sabe todo y lleva el ejercicio de los mejores deportistas del mundo a la magia de la literatura, dice: “Sampras, que no es precisamente un especialista de globos altos, parece casi frágil, cerebral, poeta, al mismo tiempo sabio y triste, cansado de esa forma en que sólo se cansan las democracias”. Wallace es obsesivo por observar, por deslumbrarse, por captar eso que ve; la crónica se va desplegando en un cuerpo deslumbrante, pero aún así, Wallace echa notas para ir alargando, para abundar a la manera de Proust que detalla de manera obsesiva el detalle hasta llegar a pormenorizar cada punto del instante y fascinación.
Las crónicas son como lo dice el autor, sobre la experiencia religiosa que puede llegar a ser un deporte. Esta parte del ser humano que usualmente se considera puro cuerpo, pero es obvio que no es así, lo dice Wallace: “La belleza no es la meta de los deportes de competición, y sin embargo los deportes de élite son un vehículo perfecto para la expresión de la belleza humana. La relación que guardan ambas cosas entre sí vienen a ser un poco como lo que hay entre la valentía y la guerra…La belleza humana de la que hablamos aquí es de un tipo muy concreto; se puede llamar belleza cinética. Su poder y su atractivo son universales. No tiene nada que ver ni con el sexo ni con las normas culturales. Con lo que tiene que ver en realidad es con la reconciliación de los seres humanos con el hecho de tener cuerpo” y agrega en la nota al pie, “al fin y al cabo, el que se muere es el cuerpo”.
David Foster Wallace demuestra en estas crónicas que el artista es talento, sensibilidad y agallas, pero sobre todo la capacidad para fascinarse, para deslumbrarse: descubrir el genio del genio es la genialidad. La concreción del arte.
David Foster Wallace, El tenis como una experiencia religiosa, Ciudad de México, Random House, 80 páginas.

 

Jacobo Dayán: el peligro de los idealistas

Uno de los grandes privilegios que he tenido en la vida es haber podido platicar con Emilio Carballido. Recuerdo y atesoro la originalidad de sus puntos de vista ante la vida y desde luego ante la literatura, que ayudaban a atisbar lo que había pasado completamente desapercibido, pero que era evidente e imprescindible de observar.
En mi círculo familiar Émile Zola es una tradición y Carballido también amaba a este escritor. Recuerdo una tarde en que hablábamos sobre el autor francés y salió al tema la novela Germinal, esa obra brutal sobre mineros explotados hasta la esclavitud y que llega a un clímax de destrucción gracias a un personaje que irrumpe con ideas anarquistas, “es el peligro de los idealistas”, me dijo Carballido y no he podido olvidar esa definición.
Los idealistas aparecen por doquier en las novelas de la segunda parte del siglo XIX y en la primera del XX. El mundo, sobre todo Europa, estaban en plena ebullición social. La Gran Guerra había dejado una profunda pobreza y destrucción, y miles y miles de idealistas descorazonados unos y enardecidos los otros.
Es sobre este momento de entreguerras que escribe Jacobo Dayán, sobre la República de Weimar. Se trata de un ensayo escrito con una lucidez que por momentos da un poco de escalofrío, pues Dayán no solamente se acerca a la historia para revisar este apasionante experimento político que sucedió hace cien años en Alemania; el autor lo conecta con el presente de la política internacional y mexicana. La tentación de explorar los ciclos de las pandemias, las crisis y las guerras es siempre un arma de dos filos, pues el presente puede adquirir una profundidad que casi siempre impide el aquí y el ahora del momento y la revisión del pasado permite detenerse un poco y observar con más detenimiento y cuidado; pero también se puede atisbar una tragedia cantada, pintada y filmada.
Dayán cuenta que la redacción de este libro comenzó durante la pandemia de Covid, en donde todo se detuvo a la fuerza y hubo la oportunidad de observar. Dice el autor: “Escribir un libro sobre la República de Weimar obliga a mirarla desde una perspectiva precisa: su riqueza artística, científica y filosófica, y su trágico final”.
En efecto, la riqueza de este momento de la historia de Alemania es bastante contradictoria, pues por un lado se hizo posible una república que ayudaría a unificar y buscar salir de la profunda crisis que se encontraba el país luego de la debacle de la Gran Guerra y el peso de la brutal indemnización que significaba el Tratado de Versalles y que pagaron hasta los primeros años del siglo XXI. La ebullición artística de artistas como Gross, Dix, Lang, Brecht o Keun es un reflejo de la riqueza cultural del momento. Revisar sus obras es un testimonio de la riqueza profética del arte, pues en lienzos, películas, piezas y novelas es posible observar cómo los artistas intuían la crisis que vendría. La riqueza y modernidad de las obras de estos autores se sigue asimilando y dialoga con el presente.
Mientras están estos artistas y los sueños de la República, Alemania se enfrenta a una profunda crisis económica que lleva a su moneda a una inflación escandalosa. A la sombra de la ebullición artística, las tribulaciones de una República; un idealista va haciendo su camino y forjando sueños en mala literatura que al principio es vista con sorna, pero que va cobrando fama de manera acelerada. Adolf Hitler y su Mi lucha comienzan a erigirse y a amenazar la República que se encuentra en una crisis profunda y el estado es materia dispuesta para los idealistas.
Jacobo Dayán va contando estos terribles y apasionantes años con sus cabarés escandalosos, la liberación sexual, las drogas y el nacimiento del nazismo. Dayán lo conecta con certeras reflexiones con nuestro presente que asustan y dan profundidad. Deleita la erudición, la visión periférica que se agudiza y asusta el velo de Weimar que mueren por derribar los idealistas.
Jacobo Dayán, República de Weimar, Ciudad de México, Taurus, 2023. 210 páginas.

Kai Bird & Martin J. Sherwin: la carne del periodismo

Entre las películas con más nominaciones al Oscar este 2024 está Oppenheimer, del gran cineasta Christopher Nolan. Un filme con una hermosa dirección de arte que se concreta de manera contundente en imágenes y sonido: los años de formación del genio, su florecimiento como físico cuando esta ciencia llegó a una cúspide jamás soñada, y, finalmente, el clímax de la película es cuando explota la bomba atómica en una prueba en Nuevo México; la pantalla se inunda de rojo, Oppenheimer ríe como un loco y la sala de cine se cimbra cuando detona el mortal artefacto.
La fascinante película de Nolan está fundamentada en el brillante libro premio Pulitzer de periodismo –aparecido en 2005 y ahora editado en español gracias a la película– El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer: Prometeo americano escrito a cuatro manos por los periodistas Kai Bird (Oregon, 1951) y Martin J. Sherwin (Nueva York, 1937-2021). Uno pensaría que, si ya vio la película, ya no tendría mucho sentido leer el libro. A veces, en efecto, sucede que ver la película arruina o quita algo de sentido leer el libro. Como diría un querido amigo periodista cuando se le recomienda un libro con muchas páginas, “mejor me espero a que salga la película”.
Pero el trabajo periodístico de Oppenheimer es fascinante al grado que después de leerlo la película parece un tanto superficial. Pues el libro de más de ochocientas páginas es una biografía detallada hecha por dos periodistas que hacen un trabajo quirúrgico para desentrañar la historia del hombre que hizo posible la bomba atómica que costó cientos de miles de vidas.
Justo como dice el título, el triunfo y la tragedia, el monumental trabajo periodístico documenta la vida del físico estadunidense. Es exhaustivo de manera apasionada. Comienza contando en breve la vida de los padres de Oppenheimer, dos ju-díos acaudalados de Manhattan, el padre sastre y la madre pintora. Ambos refinados y con un gusto por el arte que los hizo tener obras de pintores como Vincent Van Gogh y otros impresionistas de renombre.
La historia tiene mucho de escalofriante, porque se narran los primeros años del físico en las voces de las personas que lo conocieron. Sus años de niño privilegiado y genial, amante del conocimiento y atribulado por su propia inteligencia. Es turbador puesto que todo el tiempo se tiene en la mente que es la historia de un hombre que causó la muerte de muchas personas por su ego de ser el más genial del mundo.
El trabajo periodístico es impecable porque las plumas de los autores se cuidan de nunca dar su punto de vista. Tan sólo muestran y muestran documentos, voces cercanas, datos duros en donde se va dibujando el personaje de Oppenheimer. Sus sufrimientos constantes, sus depresiones, su incapacidad para tener amigos, novias, parejas sexuales… un ostracismo que lo distanciaba del mundo. Sus ansias de ser el mejor. Estudiando día y noche y con ataques de ira que lo llevaron a envenenar una manzana para vengarse de un profesor y de vivir en constantes delirios en donde era claro para quienes lo conocían que a veces le costaba distinguir la realidad con fantasías a veces eróticas o alucinaciones de ira.
Los buenos periodistas son capaces de desentrañar hechos que parecían enigmáticos. Algunas de las preguntas que rondan la mente de quien lee este libro, son ¿cómo era un hombre que hizo posible una bomba atómica? ¿Cómo lidiaba esta persona con la culpa? Y en esta investigación se va respondiendo y desentrañando la realidad de un hombre que en algún momento pensó, mientras leía a Proust, que se podía quitar de encima la culpa; que el peso de las consecuencias de sus actos era algo prescindible. Reflexiones probadas por medio de confesiones de lecturas y pensamientos que Oppenheimer compartió con amigos y gente cercana. Esta biografía desentraña la genialidad y el ego de un ser humano que fue tan ambicioso, osado y arrogante como Prometeo que arrebató el fuego a los dioses.
Kai Bird y Martin J. Sherwin, El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer: Prometeo americano, Ciudad de México, Debate, 2023. 859 páginas.

 

Nora Ephron y la maravilla del olvido

Cuando se lee No me acuerdo de nada, de Nora Ephron (Nueva York, 1941-2012), se tiene la sensación de estar frente a una persona maravillosa. Quizá sirvan las palabras de la propia Ephron, cuando habla de Lillian Hellman, para presentarla, “era brillante, íntima y coqueta”.
No me acuerdo de nada es una brillante compilación de textos periodísticos, autobiográficos y misceláneos hecho por la misma autora.
El efecto de la literatura, la maravilla, es tener la posibilidad de conocer a alguien a profundidad sin haber estado remotamente cerca, y más aún, cuando esta persona ya ha muerto. Y no solamente conocer, disfrutar de sus momentos más hermosos y lúcidos: cuando escribe un libro.
Ephron es seductora por naturaleza –en sus textos por supuesto–, brillante periodista neoyorquina, escritora desparpajada e hilarante y guionista de películas como Cuando Harry encontró a Sally.
El texto con el que abre la compilación es precisamente No me acuerdo de nada, en el que relata sobre todo sus años como periodista, cuando cubrió sucesos importantísimos y ella sabe lo que pasó porque pasaron a la historia y sabe que ella estuvo ahí, pero no se acuerda de nada. Relata que conoció a Los Beatles, que los entrevistó y estuvo en el célebre programa de Ed Sullivan en el que saltaron a la fama y es un hito en la historia del rock, pero, naturalmente no se acuerda de nada.
Sin embargo, esta amnesia tiene mucho de selectiva, hay sucesos sociales importantes que vivió, pero no recuerda porque ese día se lo pasó teniendo sexo con su novio del momento. Este texto que abre la antología marca –iba a decir una poética, pero creo que es mejor– una actitud ante la vida. Pues parece demasiado corta para desperdiciarla acordándose de todo y mejor sólo acordarse de unas cosas.
Otro texto importante es ¿Quién eres?, en donde cuenta que muchas veces, sobre todo en cuanto más envejece, le sucede que está platicando con alguien y no tiene la más remota idea de quién es. Ephron relata esos horribles momentos de estar hablando con alguien sin tener idea de quien se trata mientras la otra persona nos conoce a la perfección.
Periodismo: una historia de amor cuenta sus años de periodista durante los años sesenta en Nueva York; sus comienzos en Newsweek, en donde comenzó como encargada del correo, pues en esos años, si se era mujer, sólo se podía trabajar de eso. Ephron tiene una ideología feminista de denuncia, pero nunca abandona el sentido del humor.
Ephron fue hija de gente importante en el mundillo del cine en Hollywood. En La leyenda habla en específico de su madre. Una mujer brillante que en épocas que no sucedía tuvo hijos a la vez que una exitosa carrera profesional. Ephron confiesa abiertamente el amor a su madre y luego el odio que le tuvo cuando se volvió alcohólica y que, incluso después que se hubiera muerto, nunca se arrepintió de haberlo deseado. Ephron se instala en un equilibrio cada vez más extraño en este mundo: en la honestidad.
Cada texto es un recuerdo, una reflexión con los elementos suficientes para ser profundo, divertido y original.
Ephron, finalmente, cierra esta obra con una especie de carta de creencia, muy a su manera, por supuesto, en donde dice: “Cosas que no echaré de menos: el correo electrónico. El sujetador. Las encuestas. Las mamografías…” Y, el último texto, “Cosas que sí echaré de menos: A mis hijos. La primavera. El otoño. Leer en la cama. Darme un baño…”
Así, No me acuerdo de nada es la oportunidad de conocer a alguien maravillosa, que escribe sobre lo que se le antoja en el tono que quiere. Un prodigio del periodismo, del texto corto en donde se desfruta el milagro de leer, la maravilla del olvido.
Nora Ephron, No me acuerdo de nada, Barcelona, Libros del Asteroide, 2022. 170 páginas.

 

Octavia E. Butler y las herederas de Lilith

Octavia Butler (Pasadena, 1947-2006) es uno de los secretos mejor guardados de tres literaturas: la afroamericana, la ciencia ficción y la feminista. Acercarse a su magna obra, en especial a La estirpe de Lilith, de más de novecientas páginas, es tener una compañía fascinante, excéntrica, provocadora y apasionante para nunca estar solo y, sobre todo, para jamás estacionarse en una ideología.
Creadora y partícipe del afrofuturismo, Butler se describía a sí misma de esta forma: “cómoda ermitaña asocial en medio del pesimismo de Seattle, y si no tengo cuidado, una feminista, negra, y por último, baptista, con una combinación imposible de ambición, pereza, inseguridad, certidumbre e impulso espontáneo”.
Butler hace posible lo inusual: tener un activismo político que se concrete en sentido del humor. Normalmente la denuncia es seria, a menos de que hablemos de grandes obras literarias. Es el caso de La estirpe de Lilith (la trilogía Xenogénesis) novela que comienza con una mujer que abre los ojos en plena nave espacial, sorprendida de estar viva. Siente asfixia y su pasado reciente tiene que ver más con los sueños que con cualquier otra cosa “real”. Despertar no está del todo fuera de lo onírico. Está recién reactivada después de –lo que descubrirá más adelante– doscientos cincuenta años en los cuales la humanidad se extinguió por una guerra nuclear.
Está aislada en una habitación con paredes acojinadas, desnuda y sin saber nada. Tiene una cicatriz que le atraviesa el estómago. Los primeros días vive en la incertidumbre, alimentada misteriosamente y sin saber ni remotamente cuál será su destino.
Poco tiempo después aparecen sus captores, los oankali, unos extraterrestres que son una mezcla entre pulpos, plantas y con una trompa de elefante. Uno en especial, se acerca a ella. Es su huésped y es quien la introducirá en su presente y con quien ella se afanará por descubrir su intrigante y no siempre cómodo futuro.
En los cientos de años que estuvo “dormida” dentro de una planta carnívora, Lilith tenía un cáncer al igual que sus padres. Cuando despierta descubre que la enfermedad ha sido eliminada por completo y como todo vestigio, tiene una muy leve cicatriz. Sin embargo, lejos de sentirse feliz, Lilith erra en la nave espacial en medio del universo sin saber qué harán con ella. Sus captores son pacíficos, pero la tratan con la condescendencia de los humanos a los animales. Está en observación, la alimentan, la cuidan, la curan… y ella intuye –como humana que es– que todo debe ser con un fin no muy conveniente para ella.
Los huéspedes son amables a secas. Le informan lo preciso y callan lo que les conviene. Ella se siente incómoda desnuda, y atienden su petición dándole ropas. Después, Lilith les dice que también se siente incómoda con la “desnudez” de ellos, con sus cuerpos viscosos y sus trompas fálicas. También la complace su huésped y se echa algo encima.
La novela es un descubrimiento de para qué pueden servir los seres humanos. La especie que la cura, cuida y secuestra es una estirpe que se caracteriza por su capacidad de adaptación. No solamente a otros climas, mundos y galaxias; también su propio cuerpo se transforma. Por lo que su primer gran interés en los humanos es en las enfermedades que contraen, el cáncer en específico. Les fascina su capacidad de mutar y lo extraen para observarlo.
La gran crítica a la humanidad de la otra especie es su naturaleza jerárquica; saben que esto es un perjuicio en su adaptación a otros universos.
La estirpe de Lilith es un enorme experimento, como todas las maravillosas obras de ciencia ficción como 1984 o El cuento de la criada; obras que, mediante la pregunta qué pasaría si… hacen cuestionamientos fundamentales a la humanidad.
Pero la obra de Octavia Butler no es pesimista, es el ejemplo de la rebeldía de la Lilith expulsada del Antiguo Testamento y asimilada en una novela en la cual su estirpe femenina, rebelde, sexualmente activa y apócrifa resignifica a la humanidad.
Octavia Butler, La estirpe de Lilith, Madrid, Nova, 2021. 928 páginas.