Olga Tokarczuk: de empusas, tisis y otras magias

Olga Tokarczuk (Sulechów, Polonia, 1962) fue premio Nobel en 2018 aunque su galardón fue declarado en 2019. Esta postergación se debió a una serie de escándalos por filtraciones en la Academia Sueca. Lo cual es meramente anecdótico, pero lo traigo a cuento porque tengo la impresión de que no se valora en su justa medida el valor de esta autora polaca. Porque es una autora sencilla de leer y con una inmensa profundidad.
Es extraño decirlo, que debería ser más reconocida, pues tiene el galardón más importante en literatura, debería de ser una autora de la que se hablara más debido a su desbordante talento, tanto que cuando una la lee dan ganas de gritar al mundo que se debe de leer muchísimo más a Tokarczuk.
Con novelas como Un lugar llamado antaño, Los errantes o Los libros de Jacob, la Nobel polaca deja claro que es una de las mejores escritoras del mundo. Lo tiene todo: una capacidad inmensa de contar historias, más un estilo deslumbrante. Pero, además, tiene siempre un as bajo la manga: la capacidad de sorpresa. Pues, a diferencia de muchísimos autores maravillosos, es capaz de mudar de piel en cada novela; de contar historias diferentes entre sí, dominando diferentes estilos a lo Pablo Picasso en la pintura.
Tengo esta euforia y pienso esto debido a la lectura de su más reciente libro publicado en español Tierra de empusas. Un prodigio desde las primeras páginas, según lo dicho en la cuarta de forros, en donde la autora se plantea elaborar una respuesta, una recreación de la paradigmática Montaña mágica, de Thomas Mann.
Lo cual no es ni remotamente poca cosa, pues esa obra es uno de los mayores ejemplos de las novelas de ideas, en donde en un retiro en medio de las montañas, un grupo de enfermos de tuberculosis se concentra en conjeturas éticas sobre la forma de vivir la vida. Sobra decir que esta novela fue un parteaguas en la historia del arte y del pensamiento moderno occidental, por eso, el que Tokarczuk se plantee un diálogo con esta obra, es por demás ambicioso y por lo tanto apasionante.
Sin embargo, a la manera de las grandes obras en Tierra de empusas se propone un giro al planteamiento esperado, pues están todos los elementos como los baños, los hombres enfermos y el paradisiaco entorno; pero todo comienza por tomar un cariz acaso más real porque los personajes son más patéticos que heroicos; no habitan el mundo intangible de las ideas, sino que son más ordinarios que nada y sus charlas en lugar de ir hacia lugares inefables, hacia aquellos mundos de las ideas, terminan por caer en un entresijo de incoherencias casi siempre prejuiciosas y misóginas.
Sucede que, según avanza la novela, Tokarczuk va de una recreación de aquellos baños de finales del XIX e inicios del XX en donde tiene el talento de hacer una novela centro europea de aquellos días a ir develando, cada vez más, una serie de estigmas de aquellas épocas entre los que asoman las empusas. Una mitología que habla de unas mujeres que habitan aquellos bosques profundos y quienes piden un sacrificio humano al año.
Todo esto se lo cuenta Woijnicz, el personaje central desde donde se desarrolla el relato. Un joven tímido que va a ese hospital, a esos baños, porque piensa que es el único lugar en el que se puede curar.
Tierra de empusas despliega una serie de sorpresas, un desarrollo que va de manera virtuosa de una novela de inicios del siglo XX a ser una obra completamente actual, capaz de tocar las entrañas, las venas más prejuiciosas y desconocidas que aún nos habitan.

Olga Tokarczuk, Tierra de empu-sas, Barcelona, Anagrama, 2025. 340 páginas.

 

Cesare Pavese, la FIL y un deslumbrante invitado

La lectura como buena pasión suele relacionarse con los fetiches, con momentos definitivos en donde la vida da un vuelco y lo que antes era parte del mundo se convierte en una obsesión. Así, una amiga, buscando de manera alfabética en una librería dio con el nombre de Jorge Luis Borges y se hizo ferviente admiradora, al grado de ser un centro de su vida este autor amante de laberintos y eternidades.
Por mi parte, por ahora confesar una obsesión recuerdo bien nítido el momento en que me hice aficionado u obsesivo o apasionado o loco por la lectura.
Fue una de esas mañanas cuando el mundo comienza a ser más amable y en esos días horribles de la adolescencia se ve una luz pequeñísima al fondo del túnel. Perdía el tiempo como buen adolescente. Escuchaba discos, miraba enciclopedias y pensaba en las chicas que me gustaban cuando todo esto dejó de ser suficiente, hubo un clic en mi cerebro que de un momento a otro comenzó a necesitar algo más; un nuevo estímulo que era una especie de sed, una especie de deseo intenso.
Algo sensual, sí, pero sobre todo desconocido y por lo tanto imprescindible. Con un halo inmenso de misterio y magia. Entonces, por la suerte inmensa que en mi casa hubiera libros me comencé a perder en el universo de unos pequeños libreros que estaban en la sala en un desorden absoluto.
Así, sin la menor idea de nada, cayó en mis manos El bello verano, de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 9 de septiembre de 1908-Turin, 27 de agosto de 1950) de quien yo no sabía absolutamente nada, pero cuya novela me atrapó en el instante con la sensacción de estar haciendo lo más hermoso que se pudiera hacer, la razón por la cual venir a este mundo.
Se trata de la historia de una joven que esta descubriendo el mundo, Gina, en los años cuarenta durante el Turín de la posguerra. Las cosas no son para nada fáciles, pero en la novela ya asoman algunos puntos que seran la piedra de toque de la literatura moderna.
Lo cual yo no lo sabía ni remotamente por esos días. Mentiría si dijera que fue exactamente lo que resultó fascinante de la novela. De manera intelectual, si esto quiere decir algo, creo que me gustó mucho la ambigüedad, que no fuera del todo claro de que se trataba la novela. Porque la historia es un descubrimento de la vida: de la fraternidad, del amor y de la vida adulta; pero no pasa mucho. Al menos en la trama, en donde sí que sucede es en el personaje. En donde hay unos cambios brutales en cuanto a su perspectiva, a su modo de entederse a sí misma, a su modo de describir su mundo.
Y he pensado en todo esto en esta ultima semana porque la Feria del Libro de Guadalajara tiene como invitado este año 2026 a Italia. El cual, de manera súper generosa, acaso divina, tuvo la gentileza de invitarnos a un grupo de periodistas a Italia para conocer sus inmensos y bellisimos lugares con los que todos soñamos, pero también aquellos que no conocemos tanto, como su deslumbrante tecnología automotriz o los proyectos que tienen con la NASA en donde diseñan satélites con una tecnología de los más altos vuelos.
Y entre todas estas alegrías de la vida sucedió que estuve en Turín en días recientes y recordé a Pavese, porque nació en un pueblo cercano y porque decidio irse de este mundo en esta ciudad, en donde aún se pueden recorrer las calles por donde él anduvo en una de las ciudades mas europeas de Italia, cerca de Francia y Suiza y en la cual se consolidó el Estado Italiano actual.
En estos días, pues, he traído en la mente El bello verano, su inolvidable impronta que se ha vuelto más profunda y hermosa recorriendo las calles de Turín, pensando en ese contundente oxímoron en donde el verano es bello de manera literal y de manera irónica.
Todo esto con la bellísima sensación en el corazón de esperar a Italia en la siguiente FIL de Guadalajara el próximo noviembre. En donde vendrán con todo: de san Francisco de Asis a Pinochio.

Cesare Pavese, El bello verano, Madrid, Catedra, 2003. 168 paginas.

 

Cho Nam-joo: la realidad de la literatura surcoreana

Adán Ramírez Serret

La semana pasada, sí, apenas hace ocho días, quedé deslumbrado por la autora sur coreana premio Nobel de Literatura 2022, Han Kang.
Entendí que su enorme talento es respaldado por toda una política de Estado y por un país renaciente en todos sentidos, y que el arte no es la excepción, ya que tiene la capacidad para no solamente definir una poética de lo que es ser de Corea del Sur, sino también busca analizar su historia reciente, no solamente como denuncia, también, y quizá sea parte de lo mismo, sino como un efecto estético que busca deconstruir sus demonios, como el abuso del poder del Estado, y transformarlos en una visión reconstruida del mundo.
Si Han Kang problematiza la salud mental y enfrenta la violencia orgánica, Cho Nam-joo (Seúl, 1978) confronta machismos y misoginias para crear una obra que ya habita otro mundo: el del arte de Corea del Sur que se ha vuelto cada vez más esencial en el panorama artístico no solamente de Oriente, sino poética refrescante para Occidente.
Nam-joo es reconocida en Occidente o fuera de su país con la novela Kim Ji-Young nacida en 1982 con más de un millón 500 mil lectores y finalista del National Book Award. Como lo dice el título, se trata de una novela que quiere marcar el inicio de un cambio profundo e histórico de su país.
Ahora, cinco años después, vuelve con Lo que sabe la señorita Kim, una especie de Bartleby el escribiente de Memville, en donde ese inicio y visión profética del autor norteamericano, ahora es visto quizá con igual perspicacia profética mucho del machismo y misoginia que aún atraviesa Corea del Sur o al menos vemos que lo está mirando de frente.
Otros relatos brillantes son Primer amor, contada con un humor un tanto tierno, romántico del descubrimiento de sentimientos amorosos, de culpa y de frustración con bastante efectividad.
Hay mucha acción en el relato con dos adolescentes que se hacen novios con bastante originalidad en la escuela, en esta incertidumbre de palabras y sentimientos, y entre sus dudas y problemas prácticos con el celular estalla el Covid-19.
Todo esto sucede en una sociedad sudcoreana con reglas estrictas. Así que la relación entra en un estado muy peculiar en cuanto a la ausencia de comunicación. Ahí inicia el conflicto que va creciendo según avanza la pandemia y sus consecuencias. El desarrollo de la trama es muy ágil con diálogos mordaces. El cuento es entre dos casi adolescentes y hay participación de los padres, sobre todo de las madres en el relato. Con complicaciones como no tener saldo para el celular o ser espiados / censurados por tener un romance.
Otro muy brillante y valiente es Para Hyemon (Estimado ex): ágil, duro con la deconstrucción, asimilación y crítica de la relación de una mujer con un hombre unos años mayor.
Sucede en la Corea del Sur actual, en campus universitarios, pequeños departamentos, cines y parques. Recapitula sobre una relación de diez años y la decisión determinada de terminar. La trama es rica en anécdotas, con deportes, buenas relaciones de amistad y la transformación de un personaje. El romance, los diferentes puntos de vista que se van convirtiendo en una ácida tensión amorosa. Con mucha fuerza en diálogos y una muy buena capacidad de atrapar.
Así pues, Nam-joo no solamente se consolida de manera categórica con estos relatos; también reafirma el poder cultural de la Corea del Sur actual.
Cho Nam-joo, Lo que sabe la señorita Kim, Ciudad de México, Alfaguara, 2024. 227 páginas.

 

Han Kang y las voces de los muertos

Todo Estado moderno tiene una narrativa que nos hace sentir parte de un grupo que ha luchado en el pasado, que ha dejado la vida por nosotros y a quienes debemos, por lo tanto, agradecer y homenajear.
Por desgracia, durante buena parte de la época moderna de estos estados, siglo XX y lo que llevamos del XXI, las luchas, en un buen número de ocasiones, no han venido de enemigos externos, sino que han sido desde dentro que se ha sufrido una terrible violencia.
Están los casos terribles de dictaduras en Latinoamérica y que han dejado dolorosas historias que hemos leído en desbordantes y contundentes novelas.
En México también ha habido represiones terribles como la de Tlatelolco del 68 o el caso de Ayotzinapa, que aún sangra y es una herida latente en este país.
Estos eventos, por desgracia, no son exclusivos de nuestro continente, acaso, podría adelantar, han sucedido en todo el mundo. Pero, para ser más precisos hoy, con un país, una ciudad y un libro, está el caso en Corea del Sur en la ciudad de Gwangju en 1980, cuando un grupo de universitarios acompañado de una parte de la sociedad civil se rebela en contra de la dictadura y es reprimida con una violencia extrema. El Estado afirmó que habían muerto hasta 165 personas mientras que las estimaciones no oficiales sugerían que habrían muerto entre mil o dos mil civiles.
Corea del Sur, por su parte, ha tenido un crecimiento brutal en todos sentidos, y para lo que nos compete, la cultura, el arte, se han vuelto una prioridad de Estado. Es por esto que, además de ser una potencia económica, también se ha convertido en una referencia esencial y deslumbrante en el cine, la música, la danza y, hoy lo vamos a descubrir, en literatura.
Hay muchísimos autores, pero hoy toca enfocarse en la Premio Nobel de Literatura 2024 Han Kang (Gwangju, 1970), quien ha sido una de las galardonadas más jóvenes en recibirlo y quien, además, sorprende con cada una de sus algunas breves, otras no tan cortas, novelas que van siendo traducidas al español y devoradas por muchos.
En nuestro idioma era conocida sobre todo por La vegetariana y otra maravillosa obra suya es La clase de griego, las dos que hasta ahora había leído y que cada una me habían deslumbrado.
El otro libro que cayó a mis manos fue Actos humanos, una obra que se mueve en una sintonía completamente diferente a las anteriores, porque cuenta la que es conocida como La masacre de Gwangju, mencionada arriba.
Kang esgrime su deslumbrante talento para narrar este espantoso hecho que ella conoció desde el silencio.
Es muy difícil contar estas historias desde la ficción. Sin embargo, ella lo hace con maestría. No revictimiza, no hace un panfleto… más bien se erige desde la fábula, desde acercarse a aquellas personas que estuvieron allí, intima con ellas: con quienes recibían los cuerpos, con quienes acompañaban a las personas desesperadas y buscaban a sus familiares, a quienes torturaron, a quienes vivieron, sobrevivieron ese genocidio… además, Han Kang tiene la poesía bajo la manga: ese elemento único, mágico, en donde es posible escuchar a quienes no sobrevivieron. ¿Qué pensaron? ¿Qué sintieron?
Es algo que solamente un instrumento literario, un acto poético, puede vislumbrar. Aquellos actos de esta terrible humanidad que será humana tan sólo cuando deje de arrastrar muertos por represión, por violencia de Estado.

Han Kang, Actos humanos, Ciudad de México, Random House, 2024. 202 páginas.

 

Fréderic Beigbeder: imaginar lo imposible

 

Uno de los silogismos más famosos, acaso contundentes en la historia del pensamiento occidental, es: Premisa mayor: Todos los hombres son mortales. Premisa menor: Sócrates es hombre. Conclusión: Por lo tanto, Sócrates es mortal. Es una de las pruebas de verdad más contundentes a las que se puede acercar el ser humano.
Lo cual sucede porque naturalmente no todo está dicho en la vida de un ser humano, quizá, si nos apuran, nada; pero la única cosa segura es que todos vamos a morir. Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de que no necesariamente debemos seguir esta regla, al menos en la ficción.
Curiosamente, quizá porque un relato debe ser verosímil más que real, son pocas las historias inventadas en donde se prescinda de la muerte. Te reto, estimado lector, a que reflexiones acerca de cuántas narraciones recuerdes en donde los seres humanos no mueren.
Me asombra lo perturbador que es el propio cuestionamiento. Porque mientras lo pensaba me venía a la mente un cuento de Borges y una novela de Saramago, pero luego pensé si no es que acaso toda religión no esté dialogando con esto. Porque la raíz de toda fe está estrictamente ligada a la condición finita del ser humano.
Bueno… todo este galimatías de pensamientos sobre la vida y la muerte, vienen a partir de la novela Una vida sin fin de Frédéric Beigbeder (Neully-sur-Seine, 1965) quien normalmente es un autor brutalmente brillante, deslumbrantemente original, pero, quien, con esta novela, como se dice coloquialmente, se voló la barda.
Beigbeder está normalmente privilegiado con una inmensa inteligencia, en todos sentidos, tanto narrativa como temática. Es capaz de mandarnos de una página a otra a YouTube para que comprendamos lo que quiso decir; o plantearnos ideas sobre el amor, aquello sobre lo que pensamos todo el tiempo, que a veces sentimos y que leemos eternamente, opiniones que jamás hubiéramos pensado. Por lo tanto, fiel a su estilo, vuelve con un planteamiento que, al menos a mí, jamás se me hubiera ocurrido.
Todo comienza con su hija, el narrador de esta novela es un célebre (más o menos, es algo conocido) presentador de televisión y cineasta francés. Es un padre cuestionable, pero decente, o al menos pasable para sus estándares. Tiene esa frecuente brecha generacional de nuestra época.
En algún momento él se sorprende porque le dice que le gustaría tener una foto con un actor que es su ídolo, pues su hija no quiere un beso, no quiere la amistad, no quiere la experiencia de conocer a alguien a quien admira, sino tan sólo una fotografía con esa persona para mostrársela al mundo, ante lo cual reflexiona: “El selfie es la nueva lengua de una época narcisista: reemplaza el cogito cartesiano. ‘Pienso luego existo’, que se convierte en ‘Poso luego existo’”.
Y ante esta relación con su hija adolescente, ella le dice que los abuelos se van a morir, después él, el papá se va o morir, y luego sus hijos, y los hijos de sus hijos, si es que acaso llega a tomar la descabellada decisión de tener descendencia.
Dicho esto, el narrador y personaje decide dar un carpetazo, un golpe de autoridad y decidir tomar la decisión de decirle no a la muerte. A ese holocausto que todos aceptamos en silencio y dócilmente y lo cual resulta escandaloso a los ojos del narrador.
Entonces, mediante todos los medios se acerca a todas las posibilidades que existen de no morir nunca. Aquí el libro deja atrás la ficción y entra en un terreno extraño, parecido al del documental, en donde el autor recurre a las investigaciones que hizo para escribir este libro. Ante lo cual dice en la introducción: “Esta es una obra de ‘ciencia no-ficción’; una novela en donde todos los descubrimientos científicos han sido publicados en Science o Nature. Las entrevistas con médicos, investigadores, biólogos y genetistas reales han sido transcritas tal como fueron grabadas en los años 2015 y 2017”. Es decir, estamos ante una novela en donde la premisa del personaje que se plantea vivir para siempre es ficticia, pero en la cual, todas las posibilidades de llevarlo a cabo son reales.
Una vida sin fin de Frédéric Beigbeder pone en cuestionamiento, aquello que los silogismos griegos, consideraban el principio de la verdad. Pues acaso se nazca, y nunca más se muera.

Frédéric Beigbeder, Una vida sin fin, Barcelona, Anagrama, 2020. 344 páginas.

 

Paulina Chavira Mendoza y Juan Jesús Garza Onofre: pensar el futbol para bien

Es usual confundir una herramienta con un acto, un ejercicio con el uso que se les da; los griegos en ocasiones llevaban lanzas a los juicios contra quienes dañaron una propiedad o a alguien. En un ejemplo más cercano, en Oaxaca una campana fue excomulgada y muchas veces juzgamos la televisión antes, o ahora a las redes sociales, como si fueran una entidad con vida cuando más bien son un diagnóstico de quienes somos.
Algo muy similar, me parece, sucede con el futbol. Muchas veces se le juzga como si fuera un ente con vida propia capaz de tomar decisiones y destruir o hacer feliz el alma humana. Pero no es así, es tan sólo un espacio en donde se puede observar al ser humano en sociedad, en donde se le puede ver con mucho detalle.
Es precisamente el ejercicio que plantean y desarrollan Paulina Mendoza Chavira (Ciudad de México, 1980) y Juan Jesús Garza Onofre (Monterrey, 1986) con el libro Otro futbol posible: Cómo vivir el futbol fuera de la violencia y la injusticia. Un libro que me parece imprescindible en estos días en los que el futbol ha dejado de ser tan sólo para sus aficionados y se ha transformado en una parte muy importante de la vida pública de México y buena parte del mundo. Más aún, este libro puede estar dirigido precisamente a quienes no les gusta el futbol, pues una parte importante de su análisis es el examen y no la mera apología o la declaración de amor que hay en muchos libros. Excelente literatura de Eduardo Galeano, Juan Villoro o Eduardo Sacheri con reflexiones, relatos y anécdotas jugosas para quienes amamos el futbol.
En Otro futbol posible se comienza poniendo los puntos sobre las íes sobre los grandes problemas que encarna el futbol. Uno de los más terribles es sin duda la violencia: esa energía que toma una turba enardecida por la derrota o la victoria y que es capaz de acabar con serios daños materiales o pérdidas de vidas humanas. Ese aspecto que se considera intrínseco al futbol, pero que, como nos deja ver este libro, no lo es. Es, más bien, la exacerbación de un grupo que pertenece a una sociedad que considera que estar feliz es perder toda noción de sí mismos para actuar con violencia golpeando a propios y extraños. Lo cual no solamente sucede fuera de la cancha, también dentro, nos recuerdan los autores; el ejercicio de la fuerza es visto, no por todos, es cierto, como una opción.
Pero esto es muchísimo más profundo que la exaltación de una derrota o una victoria: habla de una sociedad que considera la violencia como una estrategia legítima de defensa o incluso de expresión de autoridad, y basta ver las noticias. Cuando en realidad el deporte es precisamente lo opuesto: la posibilidad de ejercer la rivalidad y la competencia sin que haya violencia.
Otro punto muy importante que toca el libro es la hiper virilidad o en palabras más precisas el machismo que hay en el futbol varonil, en donde el futbol femenil siempre es visto y tratado, sobre todo, con menos seriedad en cuanto a sueldos y proyección y en donde la orientación sexual de los varones obliga, aunque sea de manera tácita, a ser heterosexuales, pues los pocos que han declarado ser homosexuales han sido segregados.
Chavira y Onofre escriben un libro muy documentado, generoso en fuentes ya sea históricas, literarias, ensayísticas o periodísticas por lo cual leerlo es reflexionar sobre muchos de los temas acuciantes del momento como los ya reseñados y por tan sólo mencionar algunos más, la sobre exposición y mercantilización que involucra la fama de muchos futbolistas y el significado y costo social que esto tiene como las franquicias multimillonarias que han convertido algo popular con una inmensa carga cultural y social como el futbol, en una marca que busca el dinero de manera insaciable.
Leer Otro futbol posible es acercarse para analizar muchos de los temas más importantes de la sociedad, con la urgencia de reflexionar sobre muchos de los argumentos en donde hay grupos opuestos y agresivos o, peor aún, se exige el silencio. Y todo esto, pensado y escrito, por supuesto, con un profundo amor al bellísimo futbol.

Paulina Chavira Mendoza y Juan Jesús Garza Onofre, Otro futbol posible, Ciudad de México, Taurus, 2026. 268 páginas.

 

Jesmyn Word: la ascendencia y el dolor

Hace unos cuantos años se planteó la decisión polémica de eliminar palabras como “negro” y “esclavo” de novelas como Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.
Los argumentos para hacerlo eran completamente legítimos, que esas palabras, “esclavo” y “negro”, herían a mucha gente en el presente, lo cual es indiscutible; sin embargo, precisamente en el mismo tenor de dolor y confrontación, estos dos sustantivos, a la vez que lastiman, cuentan una historia, una ascendencia de buena parte de Estados Unidos que nunca se debe olvidar, que, en efecto, lastima y confronta, pero que es cierta: la de muchísimos seres humanos que sufrieron brutales e inhumanos tratos a causa de la trata de personas, más aún, de la esclavitud, de ese fenómeno que sufrieron millones de hombres y mujeres, niñas y niños traídos, arrastrados de un continente a otro, de África a América, apenas en el siglo antepasado.
Esto lo hemos visto muchísimas veces en películas, pero jamás dimensionado lo suficiente. O no aún tanto como lo exige.
Esto deja claro la novela de Jesmyn Ward (DeLisle, Misisipi, 1977) Este mundo ciego. Obra que cuenta las terribles aventuras de una joven que es tratada como esclava en un pasado muy reciente en el sur de Estados Unidos, en específico en Mississippi.
Jesmyn Ward ha sido la única mujer y afroamericana en recibir dos veces el National Book Award. Ahora vuelve después de dos brillantes novelas como Quedan los huesos y La canción de los vivos, ahora con su más reciente obra regresa sobre un tema acuciante y lo hace plena de dolor, de indignación y de magia.
Las primeras palabras de la novela son contundentes, dicen así: “La primera arma que sostuve en la vida fue la mano de mi madre. Yo era entonces una niña pequeña, de barriga blanda. Aquella noche mi madre me despertó y me llevó a los bosques de Carolina, muy muy adentro entre los árboles susurrantes, negros por el sol que se ponía. Los huesos de sus dedos: espadas envainadas, pero yo aún no lo sabía”.
Es la génesis del relato, la niña-narradora que cuenta sus primeros despertares en la adolescencia, que incluyen conocer a su padre, el dueño del lugar que violó a su mamá y que por supuesto no la reconoce.
Los primeros días en la hacienda en donde la joven se adentra en la casa en donde trabaja su mamá y escucha a sus hermanastras tomando la lección, entre otras lecturas La divina comedia de Dante Alighieri. A partir de esto, la niña comienza a relacionar su vida con el descenso al infierno. Y no sucede de manera gratuita, pues su vida da un giro espantoso: su madre es vendida a otro dueño y ella es mandada al sur, hacia las plantaciones azucareras en Mississippi. Están en Carolina y harán el viaje a pie.
El viaje es un relato muy doloroso, todos los esclavos van encadenados, los pies les sangran, siempre tienen hambre y están al borde del colapso. Algunos mueren, otros huyen en el trayecto. Entre todo esto, la riqueza del relato, la transformación profunda en literatura consiste en ir viendo todo desde los ojos de la niña, desde su perspectiva de supervivencia frente a ese viaje mortal.
Pero la novela Este mundo ciego de Jezmyn Ward, tiene el prodigio de intercalar toda esta crudeza con la conciencia, con la voz narrativa de la niña, quien no para de dialogar con su madre, y, sobre todo, con su abuela, a la que nunca conoció pero quien habita en el mundo de su imaginario la posición de confidente, abuela y diosa. Una amalgama que le permite dialogar con su inhumana experiencia, la cual, es preciso decirlo y no parar de repetirlo, es parte de un pasado, de un presente imprescindible para entender nuestro mundo. De un mundo ciego que debe comenzar a abrir los ojos ante su ascendencia esclavista y por supuesto, inhumana.

Jezmyn Ward, Este mundo ciego, Ciudad de México, Sexto Piso, 2025. 249 páginas.

 

Samanta Schweblin: la oscuridad es una nueva oportunidad de existir

El nacimiento de la poesía moderna, de la mano de esos seres extraños como Baudelaire o Rimbaud, redefine la idea de la belleza, acaso inventa una nueva; atisbada en artistas oscuros que bien que los había habido, pero que en Occidente para hace unos doscientos años, la poesía olvidaba al ser pura luz y transparencia; pero, para estos autores citados, esos llamados malditos, el bien y el mal eran adjetivos que les quedaban pequeños, pues, más bien, planteaban otra forma de ver el mundo: original hasta el cansancio: decepcionados ya de la belleza manida, se lanzaron de cabeza para descubrir, para inventar un nuevo estereotipo, una nueva estética en cada poema que tan sólo se entendía si se lograban descifrar sus códigos, y, aun así, era oscura, grosera, vulgar: nunca antes vista por nadie.
Es el caso, la familia, digámoslo claro, de la escritora Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), quien, debo admitir, siempre me ha gustado, sí, pero cuya literatura me parecía deslumbrante en la idea, pero en el desarrollo, a veces, me quedaba un poco desconectado; pensaba, entonces, que se debía a esa extrañeza que usualmente sucede que algo es muy bueno y debería gustarnos, pero, a la hora de la hora, algo pasaba y sí, es muy bueno, pero no sucedía ese apasionamiento que es imprescindible para devorar un libro una y otra vez.
Me sucedía esto con uno de sus libros más célebres, Distancia de rescate, hablar de él, contarlo, me apasionaba mucho, pero no tenía esa marca, esa cicatriz placenteramente dolorosa que dejan los libros amados, sobre todo aquellos que nos gustan y dejan una profunda impronta a pesar de nosotros mismos, de nuestros predecibles gustos.
De Schweblin, pues, me gustaba sobre todo la compilación de cuentos Pájaros en la boca; veía una finísima técnica, una hermosa extrañeza entre Julio Cortázar y Felisberto Hernández. Muy buena, muy talentosa, pero que aún no me agarraba de la nariz y me sacaba arrastrando de mis gustos para llevarme a su universo. Lo que sí acaba de suceder, con su más reciente reunión de relatos, El buen mal.
Se trata de relatos caprichosos en todos sentidos, algunos van hacia el lado oscuro, siempre innombrable de la maternidad, la sororidad o la amistad; en extensión también varían: algunos son breves, otros extensos, casi una nouvelle; pero en todos habita una hermosa maldad, un, en efecto, buen mal que es aire puro, cero conservador a lo Patricia Highsmith, en donde no necesariamente se devela el mal de los seres humanos, de las mujeres en específico: sino una nueva forma de belleza, de vivir el mundo desde lo que se entendía como la oscuridad, pero que, desde la estética de Schweblin, no es otra cosa que libertad.
El relato que abre la compilación es Bienvenida a la comunidad, una mujer se intenta suicidar como primer acto del día, se lanza al lago, reflexiona la forma en que morirá, se agarra de las algas, piensa en sus hijos, en su esposo, en su infelicidad, pero sobrevive; normalmente esto sería terrible, pero estamos en el territorio Scheweblin, en donde esos pensamientos son un acto de libertad, de humanidad. Más adelante, en El ojo en la garganta, la autora se adentra en ese terreno antes pulcro o sucio de la paternidad y la maternidad, pero aquí, en este relato extenso contado en primera persona por el hijo que se queda mudo por un descuido; no aparece la oscuridad solamente, o esta, más bien, es vista desde otro punto de vista, como una normalidad asimilada por el hijo, en donde la distancia, los silencios, no son la ruptura de una familia sino acaso su libertad.
Schweblin llega a un clímax en el relato La mujer de la Atlántida, con una heroína que sólo puede existir en este universo de los relatos. La poesía, la sororidad y la Atlántida pocas veces habían existido con tanta felicidad, con tal originalidad capaz de transformar el punto de vista, que, después de este buen mal, nunca vuelve a ser el mismo, en donde la oscuridad es una nueva oportunidad de existir.

Samanta Schweblin, El buen mal, Ciudad de México, Random House, 2025. 187 páginas.

 

Salvador Elizondo: la fascinación por los espejos, el erotismo y la muerte

Nada mejor o peor que volver a los clásicos, pues no hay nada más triste que ir a las páginas de una obra amada y descubrir que el tiempo ha pasado y que algo se ha arruinado, muchas veces, por supuesto, nosotros mismos. Y, nada más alegre, apasionante, que volver a un libro muchos años después para descubrir no solamente que sigue siendo una obra maestra, sino que dejó una marca profunda en nosotros, que mucho de lo que consideramos como nuestros gustos y misterios está en la impronta que esa obra nos dejó.
Es precisamente lo que me ha pasado en días recientes con la lectura de Farabeuf, de Salvador Elizondo (1932-2006), obra que ha sido felizmente vuelta a editar en un rescate de esa maravillosa editorial, Joaquín Mortiz, que hizo historia en la literatura en México; para bien, por supuesto, pues en su catálogo estuvieron –por citar a unos cuantos deslumbrantes– Carballido, Arredondo, Castellanos, Paz e incluso el debut de Juan Villoro.
Farabeuf es una de las primeras obras que ha reeditado. Dije antes que la leí de joven y ahora pienso que se trata de ese tipo de novelas que pueden ser absolutamente de formación, es decir: leerlas porque son difíciles, porque implican un reto la complejidad de su estructura, de su trama, del propio tema que abordan. O, también, pueden ser novelas con las que uno se gradúa como lector entendiendo, descifrando el mayor número de guiños, de referencias, de espejos y puntos narrativos.
Pero bueno… es mejor para hablar de Farabeuf comenzar a poner los puntos sobre las íes. Fue una obra escrita en 1965 por el esteta y erudito Salvador Elizondo, quien antes había escrito ya bastantes textos memorables y quien formaba parte de una joven generación de escritores que apostaban por la alta literatura. La novela tiene el vanguardista y joyceano subtítulo O la crónica de un instante. Pues, en efecto, la novela es la crónica de un instante: el de la muerte, el del coito. La destreza es cómo narrar aquello. Es un reto, sin duda, de un ejercicio de creación literaria. Esa maravilla de la literatura, del lenguaje, de poder atrapar un instante. Dice Octavio Paz en Viento entero: “El presente es perpetuo”.
Elizondo va construyendo un relato con una prosa un tanto arabesca, que se mueve en círculos a veces vívidos, otros mediante la memoria y otros oníricos alrededor de una historia, a veces en primera, segunda o tercera persona, sobre la historia de un médico, Farabeuf, que está involucrado en varias historias en diferentes momentos, pero que confluyen en un momento misterioso, en un instante que hoja a hoja, capa a capa se van distinguiendo en la novela.
Farabeuf caminado por una playa con una acompañante, perdiéndose en las dunas, viendo el mar y los riscos. Farabeuf en las calles de París, empapado en el frío con el maletín en la mano. Farabeuf en China, con una cámara retratando uno de los tormentos más brutales del mundo: el ir siendo cercenado palmo a palmo sin morir. En todas las escenas Farabeuf con un bisturí, con una pasión, con una obsesión masoquista de ir desgranando el cuerpo, con placer, con miedo, con odio, con maldad… focalizando desde diferentes puntos, viendo con diferentes ojos, sintiendo con un solo cuerpo, y aquí es donde entra el lector: en el placer de meter un bisturí a la obra, abrirla, desgajarla, para descubrir su maravilla de escritura.

Salvador Elizondo, Farabeuf o la cónica de un instante, Ciudad de México, Joaquín Mortiz, 2025. 173 páginas.

 

Mijaíl Bulgákov y la magia, el terror y la poesía

Hay novelas que cambian el mundo. Lo hacen desde todos los puntos: van desde la privacidad de aquellas recomendadas de boca en boca, que alguien que admiras te dice: “esa novela es maravillosa. Es divertidísima y bellísima”; y, desde el terreno público, en donde sabes que han sido piedra de toque fundamental de la historia de la literatura contemporánea, las lees sabiendo que estás ante una obra maestra que, en cada palabra, se consolida como una genialidad. Como un artificio digno de ser leído en los próximos 300 años.
Es el caso, precisamente, de El Maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1880-Moscú 1940) una novela que es un milagro en todos los sentidos posibles: es lírica, poética en cuanto a su planteamiento sonoro y mágico; valiente en cuanto su capacidad de pelear contra el terror de la Unión Soviética, y de una imaginación prodigiosa, además de tener una trama soñada que va de Jesucristo a Stalin.
La novela comienza en el Moscú de los años 20, por demás apasionantes, conflictivos y sangrantes en donde ese proyecto soñado y único que fue el comunismo se enfrentaba a ser un bélico y genial libro capital, en una realidad que involucraba el fin de una hegemonía a la vez que de una cultura: un mundo que llegaba a su fin destruyéndose desde dentro.
Aquella Rusia de jardines, edificios venecianos y comida sofisticada comenzaba a entrar en un final en el cual no había nada peor que pertenecer a aquellas élites que habían concebido lo que se consideraba ruso.
En ese contexto, en pleno centro de Moscú, en los jardines de la República, dos poetas discuten sobre la obra de uno de ellos; la polémica se basa en que el poema de uno de ellos habla sobre Jesucristo, y más allá de ser un poema bueno o no, la crítica estriba en que en un poema no queda claro, o más bien sugiere de manera explícita, que el hijo de Dios fue real.
Cerca de allí, un hombre merodea; la plaza está anómalamente vacía, con la excepción de ese individuo y su grupo de amigos, quienes se interesan de manera entrometida en que esos poetas no crean en Jesucristo y, por ende, en Dios.
Aquel que escucha y se entromete se fascina por la idea de que ellos nos crean en la divinidad. Y entre este dilema, el que se acerca, comienza a contarles la historia de Poncio Pilato, aquella del Evangelio con algunos bemoles, algunos cambios, que, poco a poco, nos vamos dando cuenta introduce este personaje que se aparece en la plaza de la República, quien no es otra aparición más que el diablo. Así, Pilato no es solamente un traidor, sino, ante todo, un cobarde. Un pecado nuevo que no aparece en la religión.
Este no es más que el inicio de esta novela, la cual, con esta premisa pone sobre la mesa qué pasaría si el diablo llegara a la Unión Soviética, quien naturalmente sería feliz, pues el escenario fascinante e ideal del diablo no es otro que el de un lugar en donde sea ilegal creer en Dios.
Se trata de un juego estremecedoramente inteligente, pues el diablo está en un escenario único, sin Dios y con la posibilidad de hacer lo que se le antoje.
Es entonces cuando Bulgákov comienza a indagar en su sombrero mágico y aquella bellísima inventiva se transforma en una maestría de humor en donde el diablo se parece a Dios, a la libertad y al Estado soviético, todo desde el inasible humor, porque Bulgákov, a la manera de Cervantes, escribe sobre las cosas terribles de la vida, sobre lo opaco del ser humano poniendo como certeza de la vida la bellísima idea de amar, de estar vivos.
Es entonces cuando lo demás apenas importa. Lo fundamental, lo glorioso y único es el arte.

Mijaíl Bulgákov, El Maestro y Margarita, Capellades, Navona, 2022. 554 páginas.