Jesmyn Word: la ascendencia y el dolor

Hace unos cuantos años se planteó la decisión polémica de eliminar palabras como “negro” y “esclavo” de novelas como Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.
Los argumentos para hacerlo eran completamente legítimos, que esas palabras, “esclavo” y “negro”, herían a mucha gente en el presente, lo cual es indiscutible; sin embargo, precisamente en el mismo tenor de dolor y confrontación, estos dos sustantivos, a la vez que lastiman, cuentan una historia, una ascendencia de buena parte de Estados Unidos que nunca se debe olvidar, que, en efecto, lastima y confronta, pero que es cierta: la de muchísimos seres humanos que sufrieron brutales e inhumanos tratos a causa de la trata de personas, más aún, de la esclavitud, de ese fenómeno que sufrieron millones de hombres y mujeres, niñas y niños traídos, arrastrados de un continente a otro, de África a América, apenas en el siglo antepasado.
Esto lo hemos visto muchísimas veces en películas, pero jamás dimensionado lo suficiente. O no aún tanto como lo exige.
Esto deja claro la novela de Jesmyn Ward (DeLisle, Misisipi, 1977) Este mundo ciego. Obra que cuenta las terribles aventuras de una joven que es tratada como esclava en un pasado muy reciente en el sur de Estados Unidos, en específico en Mississippi.
Jesmyn Ward ha sido la única mujer y afroamericana en recibir dos veces el National Book Award. Ahora vuelve después de dos brillantes novelas como Quedan los huesos y La canción de los vivos, ahora con su más reciente obra regresa sobre un tema acuciante y lo hace plena de dolor, de indignación y de magia.
Las primeras palabras de la novela son contundentes, dicen así: “La primera arma que sostuve en la vida fue la mano de mi madre. Yo era entonces una niña pequeña, de barriga blanda. Aquella noche mi madre me despertó y me llevó a los bosques de Carolina, muy muy adentro entre los árboles susurrantes, negros por el sol que se ponía. Los huesos de sus dedos: espadas envainadas, pero yo aún no lo sabía”.
Es la génesis del relato, la niña-narradora que cuenta sus primeros despertares en la adolescencia, que incluyen conocer a su padre, el dueño del lugar que violó a su mamá y que por supuesto no la reconoce.
Los primeros días en la hacienda en donde la joven se adentra en la casa en donde trabaja su mamá y escucha a sus hermanastras tomando la lección, entre otras lecturas La divina comedia de Dante Alighieri. A partir de esto, la niña comienza a relacionar su vida con el descenso al infierno. Y no sucede de manera gratuita, pues su vida da un giro espantoso: su madre es vendida a otro dueño y ella es mandada al sur, hacia las plantaciones azucareras en Mississippi. Están en Carolina y harán el viaje a pie.
El viaje es un relato muy doloroso, todos los esclavos van encadenados, los pies les sangran, siempre tienen hambre y están al borde del colapso. Algunos mueren, otros huyen en el trayecto. Entre todo esto, la riqueza del relato, la transformación profunda en literatura consiste en ir viendo todo desde los ojos de la niña, desde su perspectiva de supervivencia frente a ese viaje mortal.
Pero la novela Este mundo ciego de Jezmyn Ward, tiene el prodigio de intercalar toda esta crudeza con la conciencia, con la voz narrativa de la niña, quien no para de dialogar con su madre, y, sobre todo, con su abuela, a la que nunca conoció pero quien habita en el mundo de su imaginario la posición de confidente, abuela y diosa. Una amalgama que le permite dialogar con su inhumana experiencia, la cual, es preciso decirlo y no parar de repetirlo, es parte de un pasado, de un presente imprescindible para entender nuestro mundo. De un mundo ciego que debe comenzar a abrir los ojos ante su ascendencia esclavista y por supuesto, inhumana.

Jezmyn Ward, Este mundo ciego, Ciudad de México, Sexto Piso, 2025. 249 páginas.

 

Samanta Schweblin: la oscuridad es una nueva oportunidad de existir

El nacimiento de la poesía moderna, de la mano de esos seres extraños como Baudelaire o Rimbaud, redefine la idea de la belleza, acaso inventa una nueva; atisbada en artistas oscuros que bien que los había habido, pero que en Occidente para hace unos doscientos años, la poesía olvidaba al ser pura luz y transparencia; pero, para estos autores citados, esos llamados malditos, el bien y el mal eran adjetivos que les quedaban pequeños, pues, más bien, planteaban otra forma de ver el mundo: original hasta el cansancio: decepcionados ya de la belleza manida, se lanzaron de cabeza para descubrir, para inventar un nuevo estereotipo, una nueva estética en cada poema que tan sólo se entendía si se lograban descifrar sus códigos, y, aun así, era oscura, grosera, vulgar: nunca antes vista por nadie.
Es el caso, la familia, digámoslo claro, de la escritora Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), quien, debo admitir, siempre me ha gustado, sí, pero cuya literatura me parecía deslumbrante en la idea, pero en el desarrollo, a veces, me quedaba un poco desconectado; pensaba, entonces, que se debía a esa extrañeza que usualmente sucede que algo es muy bueno y debería gustarnos, pero, a la hora de la hora, algo pasaba y sí, es muy bueno, pero no sucedía ese apasionamiento que es imprescindible para devorar un libro una y otra vez.
Me sucedía esto con uno de sus libros más célebres, Distancia de rescate, hablar de él, contarlo, me apasionaba mucho, pero no tenía esa marca, esa cicatriz placenteramente dolorosa que dejan los libros amados, sobre todo aquellos que nos gustan y dejan una profunda impronta a pesar de nosotros mismos, de nuestros predecibles gustos.
De Schweblin, pues, me gustaba sobre todo la compilación de cuentos Pájaros en la boca; veía una finísima técnica, una hermosa extrañeza entre Julio Cortázar y Felisberto Hernández. Muy buena, muy talentosa, pero que aún no me agarraba de la nariz y me sacaba arrastrando de mis gustos para llevarme a su universo. Lo que sí acaba de suceder, con su más reciente reunión de relatos, El buen mal.
Se trata de relatos caprichosos en todos sentidos, algunos van hacia el lado oscuro, siempre innombrable de la maternidad, la sororidad o la amistad; en extensión también varían: algunos son breves, otros extensos, casi una nouvelle; pero en todos habita una hermosa maldad, un, en efecto, buen mal que es aire puro, cero conservador a lo Patricia Highsmith, en donde no necesariamente se devela el mal de los seres humanos, de las mujeres en específico: sino una nueva forma de belleza, de vivir el mundo desde lo que se entendía como la oscuridad, pero que, desde la estética de Schweblin, no es otra cosa que libertad.
El relato que abre la compilación es Bienvenida a la comunidad, una mujer se intenta suicidar como primer acto del día, se lanza al lago, reflexiona la forma en que morirá, se agarra de las algas, piensa en sus hijos, en su esposo, en su infelicidad, pero sobrevive; normalmente esto sería terrible, pero estamos en el territorio Scheweblin, en donde esos pensamientos son un acto de libertad, de humanidad. Más adelante, en El ojo en la garganta, la autora se adentra en ese terreno antes pulcro o sucio de la paternidad y la maternidad, pero aquí, en este relato extenso contado en primera persona por el hijo que se queda mudo por un descuido; no aparece la oscuridad solamente, o esta, más bien, es vista desde otro punto de vista, como una normalidad asimilada por el hijo, en donde la distancia, los silencios, no son la ruptura de una familia sino acaso su libertad.
Schweblin llega a un clímax en el relato La mujer de la Atlántida, con una heroína que sólo puede existir en este universo de los relatos. La poesía, la sororidad y la Atlántida pocas veces habían existido con tanta felicidad, con tal originalidad capaz de transformar el punto de vista, que, después de este buen mal, nunca vuelve a ser el mismo, en donde la oscuridad es una nueva oportunidad de existir.

Samanta Schweblin, El buen mal, Ciudad de México, Random House, 2025. 187 páginas.

 

Salvador Elizondo: la fascinación por los espejos, el erotismo y la muerte

Nada mejor o peor que volver a los clásicos, pues no hay nada más triste que ir a las páginas de una obra amada y descubrir que el tiempo ha pasado y que algo se ha arruinado, muchas veces, por supuesto, nosotros mismos. Y, nada más alegre, apasionante, que volver a un libro muchos años después para descubrir no solamente que sigue siendo una obra maestra, sino que dejó una marca profunda en nosotros, que mucho de lo que consideramos como nuestros gustos y misterios está en la impronta que esa obra nos dejó.
Es precisamente lo que me ha pasado en días recientes con la lectura de Farabeuf, de Salvador Elizondo (1932-2006), obra que ha sido felizmente vuelta a editar en un rescate de esa maravillosa editorial, Joaquín Mortiz, que hizo historia en la literatura en México; para bien, por supuesto, pues en su catálogo estuvieron –por citar a unos cuantos deslumbrantes– Carballido, Arredondo, Castellanos, Paz e incluso el debut de Juan Villoro.
Farabeuf es una de las primeras obras que ha reeditado. Dije antes que la leí de joven y ahora pienso que se trata de ese tipo de novelas que pueden ser absolutamente de formación, es decir: leerlas porque son difíciles, porque implican un reto la complejidad de su estructura, de su trama, del propio tema que abordan. O, también, pueden ser novelas con las que uno se gradúa como lector entendiendo, descifrando el mayor número de guiños, de referencias, de espejos y puntos narrativos.
Pero bueno… es mejor para hablar de Farabeuf comenzar a poner los puntos sobre las íes. Fue una obra escrita en 1965 por el esteta y erudito Salvador Elizondo, quien antes había escrito ya bastantes textos memorables y quien formaba parte de una joven generación de escritores que apostaban por la alta literatura. La novela tiene el vanguardista y joyceano subtítulo O la crónica de un instante. Pues, en efecto, la novela es la crónica de un instante: el de la muerte, el del coito. La destreza es cómo narrar aquello. Es un reto, sin duda, de un ejercicio de creación literaria. Esa maravilla de la literatura, del lenguaje, de poder atrapar un instante. Dice Octavio Paz en Viento entero: “El presente es perpetuo”.
Elizondo va construyendo un relato con una prosa un tanto arabesca, que se mueve en círculos a veces vívidos, otros mediante la memoria y otros oníricos alrededor de una historia, a veces en primera, segunda o tercera persona, sobre la historia de un médico, Farabeuf, que está involucrado en varias historias en diferentes momentos, pero que confluyen en un momento misterioso, en un instante que hoja a hoja, capa a capa se van distinguiendo en la novela.
Farabeuf caminado por una playa con una acompañante, perdiéndose en las dunas, viendo el mar y los riscos. Farabeuf en las calles de París, empapado en el frío con el maletín en la mano. Farabeuf en China, con una cámara retratando uno de los tormentos más brutales del mundo: el ir siendo cercenado palmo a palmo sin morir. En todas las escenas Farabeuf con un bisturí, con una pasión, con una obsesión masoquista de ir desgranando el cuerpo, con placer, con miedo, con odio, con maldad… focalizando desde diferentes puntos, viendo con diferentes ojos, sintiendo con un solo cuerpo, y aquí es donde entra el lector: en el placer de meter un bisturí a la obra, abrirla, desgajarla, para descubrir su maravilla de escritura.

Salvador Elizondo, Farabeuf o la cónica de un instante, Ciudad de México, Joaquín Mortiz, 2025. 173 páginas.

 

Mijaíl Bulgákov y la magia, el terror y la poesía

Hay novelas que cambian el mundo. Lo hacen desde todos los puntos: van desde la privacidad de aquellas recomendadas de boca en boca, que alguien que admiras te dice: “esa novela es maravillosa. Es divertidísima y bellísima”; y, desde el terreno público, en donde sabes que han sido piedra de toque fundamental de la historia de la literatura contemporánea, las lees sabiendo que estás ante una obra maestra que, en cada palabra, se consolida como una genialidad. Como un artificio digno de ser leído en los próximos 300 años.
Es el caso, precisamente, de El Maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1880-Moscú 1940) una novela que es un milagro en todos los sentidos posibles: es lírica, poética en cuanto a su planteamiento sonoro y mágico; valiente en cuanto su capacidad de pelear contra el terror de la Unión Soviética, y de una imaginación prodigiosa, además de tener una trama soñada que va de Jesucristo a Stalin.
La novela comienza en el Moscú de los años 20, por demás apasionantes, conflictivos y sangrantes en donde ese proyecto soñado y único que fue el comunismo se enfrentaba a ser un bélico y genial libro capital, en una realidad que involucraba el fin de una hegemonía a la vez que de una cultura: un mundo que llegaba a su fin destruyéndose desde dentro.
Aquella Rusia de jardines, edificios venecianos y comida sofisticada comenzaba a entrar en un final en el cual no había nada peor que pertenecer a aquellas élites que habían concebido lo que se consideraba ruso.
En ese contexto, en pleno centro de Moscú, en los jardines de la República, dos poetas discuten sobre la obra de uno de ellos; la polémica se basa en que el poema de uno de ellos habla sobre Jesucristo, y más allá de ser un poema bueno o no, la crítica estriba en que en un poema no queda claro, o más bien sugiere de manera explícita, que el hijo de Dios fue real.
Cerca de allí, un hombre merodea; la plaza está anómalamente vacía, con la excepción de ese individuo y su grupo de amigos, quienes se interesan de manera entrometida en que esos poetas no crean en Jesucristo y, por ende, en Dios.
Aquel que escucha y se entromete se fascina por la idea de que ellos nos crean en la divinidad. Y entre este dilema, el que se acerca, comienza a contarles la historia de Poncio Pilato, aquella del Evangelio con algunos bemoles, algunos cambios, que, poco a poco, nos vamos dando cuenta introduce este personaje que se aparece en la plaza de la República, quien no es otra aparición más que el diablo. Así, Pilato no es solamente un traidor, sino, ante todo, un cobarde. Un pecado nuevo que no aparece en la religión.
Este no es más que el inicio de esta novela, la cual, con esta premisa pone sobre la mesa qué pasaría si el diablo llegara a la Unión Soviética, quien naturalmente sería feliz, pues el escenario fascinante e ideal del diablo no es otro que el de un lugar en donde sea ilegal creer en Dios.
Se trata de un juego estremecedoramente inteligente, pues el diablo está en un escenario único, sin Dios y con la posibilidad de hacer lo que se le antoje.
Es entonces cuando Bulgákov comienza a indagar en su sombrero mágico y aquella bellísima inventiva se transforma en una maestría de humor en donde el diablo se parece a Dios, a la libertad y al Estado soviético, todo desde el inasible humor, porque Bulgákov, a la manera de Cervantes, escribe sobre las cosas terribles de la vida, sobre lo opaco del ser humano poniendo como certeza de la vida la bellísima idea de amar, de estar vivos.
Es entonces cuando lo demás apenas importa. Lo fundamental, lo glorioso y único es el arte.

Mijaíl Bulgákov, El Maestro y Margarita, Capellades, Navona, 2022. 554 páginas.

 

Diana Obando: noches, sueños y musgo

Diana Obando (Bogotá, 1987) en su novela Noche, noche, noche navega en aguas nebulosas en donde los sueños, el pasado, la ascendencia y el musgo se encuentran.
Portadora de una pluma privilegiada, envolvente y al mismo tiempo misteriosa, lleva a los lectores a través de un poderoso estilo que da la sensación de experimentar el placer de caminar a ciegas por las montañas de Colombia, por los páramos fríos y húmedos en donde sus personajes se pierden en la maleza, los sueños y mitos originarios.
La novela arranca con un epígrafe de la cosmología Kogui, un texto fundacional de la constitución del mundo que concluye así: “Tampoco existía la palabra, así que la Madre mandó que la gente hablara y la gente habló. Fue la primera vez que la gente habló. Pero como no tenían lenguaje todavía, iban y decían: Sai, sai, sai (noche, noche, noche)”.
Este arranque es mucho más original de lo que parece, pues a diferencia de literaturas como la mexicana, peruana o boliviana, la colombiana es exuberante y profundamente arraigada a su tierra, pero no tan consciente de las culturas originarias; por lo tanto, desde aquí, Diana Obando da un paso en donde comienza por un nuevo sendero en su literatura.
Decía que el lector cae en la seducción del embrujo y la montaña. Estamos ante tres personajes inmersos en diferentes circunstancias; por un lado, Tomás, el mayor, quien tomó la conflictiva decisión de hacer de su compañera sentimental a Sara, hija de sus mejores amigos y, por supuesto, mucho más joven que él.
Tomas vive enfrascado en el páramo en mundo de privilegio, pues tiene una propiedad inmensa en donde vive con la joven Sara y Vladimir, también joven, quien les ayuda con el trabajo duro del campo.
Tomás hace experimentos con las plantas, a partir de las posibles propiedades que puede extraer de ellas hasta que un día sufre un accidente y se lástima un dedo con mucha violencia. Se lo zafa y debe devolverlo a su lugar, lo ayudan de manera precaria, ponen de nuevo el dedo en su sitio, pero el dolor es insoportable, así que buscan darle algo que disminuya el dolor.
Vladimir, oriundo del lugar, le da unas yerbas para disminuir el dolor. Y, en efecto, lo ayudan y, además, traen la magia: sueños y más sueños; delirios un tanto conscientes en donde Tomás comienza a tomar saber que no son meras alucinaciones causadas por el dolor y los efectos de las yerbas, no; se da cuenta que son recuerdos que le contó su padre, pero hay algo más: son excesivamente vívidos y hay cosas que es imposible que le hubieran contado.
Comienza a anotar los sueños para no olvidarlos y con el paso de los días, a través de sus charlas con Sara y Vladimir, se percata que la yerba lo conectó con la cosmología Kogui, la cual descubría un sinfín de conocimientos en los sueños. No solamente transmisión de conocimientos del pasado, también visiones del futuro.
La novela con ese estilo talentoso, caudaloso y bello, oloroso a madera, frío y yerbas va incluyendo de manera gradual todo lo que sucede en esas montañas, en esos páramos: los primeros musgos que habitaron el lugar, esa migración milagrosa de las plantas del mar a la tierra; esos mitos que transmitían conocimientos de generación en generación habitando este mundo, esa Colombia en donde hay personas como Tomás y Sara que pueden escoger ser quienes quieran, estar allí, en ese páramo alejado del mundo a diferencia de Vladimir, que debe trabajar allí, cercanos en espacio, en cuerpos, en amistad, pero completamente lejanos en expectativas de vida, en presente, en obligaciones.
Noche, noche, noche es una novela en donde se conjuga la magia, la biología, los mitos y la realidad del páramo colombiano plagada de belleza, de yerbas, de sueños y noche, de mucha, abundante y tangible noche.

Diana Obando, Noche, noche, noche, Ciudad de México, Hachette, 2026. 166 páginas.

 

Lucía Solla Sobral: una nueva formación

Las novelas son, sí, antes que nada, entretenimiento. Placer y diversión para hacer la vida más amplia, con más dimensiones. No solamente una sola vida, una única vertiente y forma de ver el mundo sino casi tantas como hay libros. Lo cual no quiere decir que el placer no forma, que no construya sueños y dibuje formas de vivir la vida.
Ha habido muchísimas novelas que cambian a las personas, obras que después de leerlas son un parteaguas en su existencia. También hay historias que han cambiado generaciones, Las penas del joven Werther, de Goethe, por ejemplo, llevó a muchísimos jóvenes al suicidio, pues en la novela, el protagonista al no poder estar con su amada decide, en un acto fetichista, ponerse frente a un espejo y dispararse en la cabeza.
Las novelas, pues, marcan las vidas de generaciones, y en ese placer, en esa diversión se ejemplifican modelos de vida muy propensos a ser imitados para quienes leen. Así, durante buena parte de finales de los siglos XVIII y XIX se escribieron novelas para un nuevo grupo que ascendía cada vez más en la sociedad, el cual estaba compuesto en su totalidad por mujeres de una nueva clase, burguesas: no aristócratas y no campesinas; es decir, saben leer sin tener una alta formación. Para este nuevo grupo nació lo que hoy devoramos: la novela. Muchas de ellas sobre temas románticos, la gran mayoría aleccionaban sobre la forma de encontrar marido, casarse y tener hijos. Se crearon obras fundamentales, muchas veces moralinas, otras irónicas, pero todas crearon un camino que en muchos sentidos aún sigue la literatura.
Otro género importante de la novela, un poco más reciente, es la de formación, en la cual sobre todo un joven escritor/intelectual en ciernes atraviesa diferentes caminos tortuosos en camino de convertirse en aquel sueño casi imposible de convertirse en el gran poeta y escritor.
En el XIX casi siempre las mujeres terminaban muertas por su “exceso” de libertad sexual e intelectual. Con el paso de los años esto ha ido cambiando, pero no tanto como se pensaría. Por eso la más reciente y novela debut de Lucía Solla Sobral (Marín, 1989) ha sido un fenómeno de ventas en su natal España, en donde ya va en la vigésima edición, y poco a poco a ha ido conquistando más fronteras, dentro de las cuales México no es la excepción.
La novela tiene el afortunado y violento título Comerás flores. Las alusiones al matrimonio y a la belleza romántica explotan en ese ejercicio de fagocitarlas.
Cuenta la historia de una joven española de clase media, recién graduada y quien trae aún bastante atravesada la muerte de su padre. Dice en la primera página: “El día en que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre”.
La protagonista vive esos primeros días de duelo la experiencia de tener un primer trabajo que, aunque no le encanta es lo que estudió; comparte el departamento con una amiga que además es quien le da el músculo para atreverse en todo lo que ella carece del impulso, de la fuerza o la personalidad para hacerlo.
También parte de su formación, desde luego, es emocional, sentimental, amorosa y erótica. El mundo ha cambiado para las mujeres así que no tiene ninguna prisa por encontrar al hombre de su vida, por enamorarse, casarse, vivir con él y tener hijos. Va por la vida sin ningún apuro, pero, por supuesto, es una novela y algo tenía que suceder: conoce a alguien. Un hombre guapo, rico y como ninguno antes le había gustado con quien tiene muchísimo en común salvo una diferencia: que él le lleva 20 años.
En un principio no plantea ningún problema, pero van sucediendo desacuerdos que prefiero no decir para no arruinar la trama. Sin embargo, la riqueza, la belleza de esta novela, consiste en plantear una nueva narrativa de ser mujer, de habitar el mundo sin que haya lecciones sino vida, mucha vida llena de placer, desencantos y flores.

Lucía Solla Sobral, Comerás flores, Barcelona, Libros del Asteroide, 2025. 244 páginas.

J. M. Servín: la contracultura como poética existencial

Una de las novelas más célebres sobre la Ciudad de México de los últimos años es Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, en la cual, entre otras cosas, hay una búsqueda profunda, obsesiva, de la poesía. Vivir la vida tan sólo para ese acto artístico; sin embargo, lo que hubiera sido lo normal es que aquellos personajes terminaran escribiendo grandes poemas, y esto no sucede para nada. Lo que sí pasa es que el acto poético, en la novela, no está en los libros o en los poemas sino en la misma existencia poética de los personajes.
Pienso en esto por Antes de Otis, el más reciente libro de J. M. Servín (Ciudad de México, 1962) quien se ha caracterizado por ser uno de los grandes cronistas de la Ciudad de México, siempre el más oscuro, el más disruptivo, el más contracultural, con el afán obsesivo de descubrir la estética del vacío, de la decadencia y la corrupción.
Buena parte de su obra es autobiográfica, salvo algunas de sus novelas como Cuartos para gente sola o Al final del vacío; ha contado también en bastantes crónicas historias de asaltantes, asesinos u otras personas de la contracultura en México; perfiles con muchísima fortuna, ampliamente sórdidos y perturbadores.
En Antes de Otis Servín vuelve al terreno de la autobiografía, sólo que ahora, el centro desde el cual gira el libro no es la decadente y violenta Ciudad de México, sino la ciudad de Acapulco. Epicentro del turismo nacional e internacional durante muchos años y también debido a esto dañada en las entrañas por las grandes compañías hoteleras, el tráfico de drogas y la transformación de un pequeño paraíso en una ciudad muy grande.
Me emociona escribir esta reseña para este periódico, El Sur, porque algunas personas que lean la nota lo harán desde Acapulco; entonces se puede precisar que en el puerto el centro del libro es el mítico hotel Flamingos. Desde aquí, el narrador claro alter ego de Servín, pero alter ego al fin, cuenta un viaje para celebrar su sesenta aniversario que hizo en años recientes con su novia y amigos, poco antes, en efecto, del terrible huracán que azotaría con furia Acapulco; antes de Otis.
En plena celebración, entre cervezas y cocteles en el hotel, el narrador comienza a tener epifanías de lo sucedido a mediados del siglo pasado en Acapulco, en ese hotel en donde vislumbra el encuentro entre Johnny Weissmüller, aquel Tarzán icónico, el asesino serial Charles Manson y William Burroughs, pues Acapulco fue durante mucho tiempo punto de ebullición de estrellas de Hollywood y disidentes sociales e intelectuales.
Estos vislumbres se van mezclando con el pasado chilango de la familia del narrador, aquellos años en donde el horizonte vacacional inmediato de las clases media y trabajadoras era Acapulco. Irse apachurrados en un auto con absolutamente toda la familia y un muy bajo o nulo presupuesto, a disfrutar de sus paradisiacas playas.
Servín es de pluma afilada y nadie sale exento de sus estocadas. El escenario abunda en ternura y humor cuando habla de su familia, sobre todo de su padre con anécdotas estrafalarias y reales de este México incomprensible, que sólo se puede atisbar en libros como este.
Desde el Flamingos va recordando las diferentes incursiones en esas playas, a veces con el corazón destrozado, otras harto ya de su vida y algunas destructivamente feliz. Pero en todas, con cada frase, se va descubriendo que esa vida del alter ego, errando por el mundo, porque la vida no es otra que la de la fuerza estética de querer ser escritor, no tan sólo de redactar páginas y vivir de eso, sino de hacer de esa poética filosa de Jack London y agresiva y absolutamente destructiva de Hunter Thompson el centro de su vida: de la existencia como una profunda existencia literaria, inmersiva, insaciable, golosa y exuberantemente contracultural. En donde antes del huracán, ya había pecios en la playa.

J. M. Servín, Antes de Otis, Ciudad de México, Random House, 2026. 209 páginas.

Joselo Rangel: navegar en dos aguas

 

Adán Ramírez Serret

El movimiento del rock de los años sesenta no sólo significó una revolución juvenil, inventar un nuevo tipo de vida, una nueva forma de ver el mundo que no fuera ni infantil ni adulta; sino juvenil: ser joven como una actitud ante el mundo.
Esto dio un giro en la forma de vivir que, ahora, setenta años después, aquellos que continúan como los Rolling Stones, en esencia siguen viviendo jóvenes, aunque tengan ochenta años. Y es que ser joven no es solamente ser rebelde, es buscar siempre ver el mundo con frescura, no perderse en tiempos pasados mejores y en muchos sentidos, cumplir tus sueños. Los cuales no tienen ni tenían que ver con pensar en el futuro, con buscar la estabilidad familiar, sino con soñar con ser aquello que te apasiona; con probar las mieles de vivir haciendo lo que más te gusta. Lo cual, durante mucho tiempo, fue ser estrella de rock.
Los sueños de tocar la guitarra como Jimmy Page, cantar como Bono, tener la fuerza de Mick Jagger o el despliegue de genialidad de David Bowie. Pero no, normalmente se sienta cabeza para tener una vida normal.
Yo mismo, debo confesar, acaricié esa disyuntiva de dedicarme no a la música sino al rock. Siempre da un poco de bochorno aceptarlo, aquellos sueños de juventud de cabellos largos y guitarras eléctricas. Sin embargo, ha habido casos en donde ha sucedido lo opuesto: rockeros que después han confesado que su sueño primigenio era escribir. Patty Smith, por supuesto, David Byrne o casos como el de Bob Dylan, en donde siempre hubo muchísima literatura, o Los Beatles, Rolling Stones o Leonard Cohen cuyas letras son verdaderas obras de arte.
Así, en nuestros lares, también ha habido músicos que han incursionado en la literatura. Uno de los más felices ejemplos es el del guitarrista de Café Tacuba Joselo Rangel (Minatitlán, 1967) quien hace diez años debutó en el mundo de las letras con la compilación de relatos One-Hit Wonder. Por esos días, Joselo confesaba que siempre había ido a la par su pasión por escribir como por tocar la guitarra. Pero, bueno, salió Café Tacuba y hubo que esperar algunos años para hacerlo. Entonces viene la gran pregunta: ¿se puede ser un músico exitoso y también escribir bien? ¿Es posible navegar las dos aguas?
Nunca se va a saber si algo es realmente bueno, ni la música ni la literatura ni nada; pero pienso en lo que dice otro rockero que escribió un libro, Jarvis Cocker, cuando se pregunta cuál es la música que le gusta, no piensa en un género, sino más bien en aquello que lo haga estremecerse, sentir algo. Recomienda canciones de diferentes géneros y, en efecto, hay una cierta magia que cambia algo dentro de nosotros o en la forma de ver el mundo.
De aquellos primeros cuentos de hace diez años, aún recuerdo muchos, y ahora con su más reciente libro, Final feliz, vuelvo a estar en ese territorio que ya reconozco bien como el de los cuentos de Joselo y que disfruto tanto entrar en ese universo en donde todos los relatos tienen una trama generosa, en cuanto que están pensados para atraparte, para plantearte el que pasaría si… Entonces, en ese universo, un piloto confiesa que los aviones no vuelan por ninguna explicación física, sino más bien por la fuerza de la fe. Una mujer sólo cree en Cristo y se le aparece la virgen. Un traductor se obsesiona por su autor… es difícil poner los temas de los cuentos porque la maravilla estriba en la sorpresa, en el giro siempre de lo que está por suceder. Y en todos, también, habita de alguna forma ese que pudo ser que es el autor cuando no es la estrella de rock: el habitante de un mundo alterno en donde no vive de tocar la guitarra.
Final feliz es entrar a un universo un tanto estremecedor, de fábula, de quien tiene la capacidad de navegar en dos aguas para atraparte y hacerte sentir el extraño estremecimiento de una buena historia.

Joselo Rangel, Final feliz, Ciudad de México, Seix Barral, 2026. 205 páginas.

Jean-Paul Dubois: el principio lacrimoso

No creo que la originalidad sea lo más importante en una obra; es más, a veces la búsqueda de lo nuevo, de lo único, me resulta muchas veces algo aburrido y otras más pedante, porque con frecuencia lo hace alguien que ignora que eso se ha intentado antes o por una persona que se siente súper inteligente o sobre inteligente, podemos pensar, o ya sin irse por las ramas: francamente tonto.
Dejando esto claro, no quiere decir que no se agradezca la originalidad, aquellas tramas que nos hacen acomodarnos con placer en el sillón mientras leemos un libro o vemos una película y vamos con absoluta felicidad por otro café u otra copa de vino y apagamos el celular para que nadie interrumpa esta lectura con la cual pasaremos la tarde.
Es el caso de la novela El origen de las lágrimas de Jean-Paul Dubois (Toulouse, 1950) quien saltó a la fama en Francia y el mundo francófono cuando ganó el premio Goncourt en 2019 con la singular novela No todos los hombres habitan el mundo de la misma manera cuyo título es ya un relato y Dubois también ha hecho declaraciones geniales, excéntricas en el mundo de la literatura cuando ha dicho que sólo escribe durante un mes al año durante diez horas al día, y que el resto lo dedica a la gente que quiere. A vivir la vida.
Dubois vuelve, pues, con El origen de las lágrimas. Una obra que desde el arranque comienza con una inquietante originalidad, esta es que quien cuenta la historia comienza por decir que está esperando el cuerpo de su padre, pues acaba de morir del otro lado del océano, estamos en Toulouse, Francia y el cuerpo viene de Canadá.
Es un momento triste, reconocer, recibir el cuerpo de un padre que no ve hace mucho. Sin embargo, el tono se va transformando en lúgubre cuando el personaje dice que no está dolido, sino lo contrario, acaso, sin exagerar, está feliz de que su padre haya muerto finalmente.
Estamos en las primeras páginas y ya es todo bastante inquietante, y esto apenas comienza, pues el hijo, el narrador, cuando finalmente está en la morgue frente al cuerpo de su padre, saca una pistola y balea el cadáver. ¿Quién le dispara a un padre? ¿Quién le dispara al cuerpo de su progenitor ya muerto? Naturalmente es un acto de odio, de desesperación y de venganza, ¿qué hizo aquella persona para que esto sucediera?
El forense escucha los disparos y llama a la policía, la cual no sabe exactamente qué hacer, ¿cuál es el delito al disparar a un cadáver? En lo que resuelven qué hacer mandan al hijo a la cárcel, quien comienza a contarnos las razones de aquel odio. La historia sigue en el camino de la originalidad, acaso de lo inverosímil, cuando relata que la primera gran pérdida en su vida, el primer dolor fue perder a su madre y al mismo tiempo a su hermano. Esto sucedió cuando nació, la madre muere en el parto y su hermano era su mellizo que no sobrevivió. Él dice recordarlo todo, nadie le cree, sobre todo su padre al cual él se pregunta por qué es imposible creerle a alguien que tienen recuerdos desde que es recién nacido.
La novela es, desde luego, dolorosa; con un humor bastante oscuro, un estado de ánimo no usual; pero dice cosas muy importantes, como el sufrimiento de no tener un padre al que quiera, sino, más bien, a quien siempre odió por el trato que siempre le dio.
El origen de las lágrimas es por lo dicho hasta ahora una extraordinaria novela, por dimensionar lo que usualmente se silencia, lo que nunca se dice, pero, por doloroso que sea, por terrible y monstruoso que sea también es parte de los humanos, del mundo; de eso, precisamente que siempre tocan las grandes novelas.

Jean-Paul Dubois, El origen de las lágrimas, Ciudad de México, ADN, 2025. 240 páginas.

 

Amin Maalouf y los libros que curan

En los últimos días ver las noticias es devastador. Pareciera que una serie de guionistas de Marvel se pusieron de acuerdo para que los malos tuvieran todo el poder para acabar con el mundo en cualquier momento. Una decisión tomada ayer, hoy o mañana puede ser suficiente para que muchísima gente muera, otra inmensa la pase terrible y el mundo, eso que consideramos civilización, se acabe tal cual la hemos visto durante los últimos setenta años. ¿Qué se puede hacer? Mucho, informarse, tomar conciencia, y, también, por qué no, imaginar mundos distintos.
A veces, cierro los ojos y sueño con la posibilidad de un invento que acabe con el poder de todas las armas y ya, después, luego se verá qué sucede. Y a la manera de John Lennon en Imagine, descubro que no estoy sólo cuando leo a Amin Maalouf (Líbano, 1949) un autor a quien me acerco por primera vez, pero a quien desde hace muchos años deseaba conocer, porque sabía cosas increíbles de él, como que busca entrelazar los lazos entre Oriente y Occidente, pues vive en Francia desde hace muchos años, miembro de la Academia de este país y es novelista, periodista y ensayista. Premio Príncipe de Asturias y del FIL en Lenguas Romances el año pasado. Además, una figura a la que recurrir en el conflicto entre Oriente y Occidente, como Edward Said, quien ya murió y era siempre un lugar para respirar más que sólo un escritor y un intelectual. De igual forma Maalouf, basta echar una mirada rápida a sus libros para descubrirlo: Las Cruzadas vistas por los árabes, Orígenes, Los desorientados o El naufragio de las civilizaciones. Es capaz de tocar el ensayo, la historia y la novela de manera brillante, al grado que aún estoy emocionado, feliz me atrevo a decir, por haber leído Nuestros inesperados hermanos, la cual es contada en primera persona por un hombre canadiense que decide irse a vivir a una isla del Pacífico, es pequeña, la heredó y llegó a una etapa de su vida en donde puede vivir donde se le antoje, pues es dibujante y puede enviar sus dibujos desde cualquier parte del mundo que tenga internet. Una de sus diversiones, y más aún, lo único que lo conecta con el mundo es el radio. Hasta que un día, la enciende y no hay ninguna emisión, piensa si acaso se ha averiado y va en un busca de otro aparato que tiene de repuesto, cuando descubre que este tampoco registra ninguna estación, se dice a sí mismo que lo han logrado, que aquellos mandamases de la civilización, de Occidente, por supuesto, lo han logrado: han destruido el mundo, o una parte importante, con bombas para mantener su hegemonía. Entonces, con el temor de confirmar sus sospechas, va a la pequeña isla cercana en donde hay un pequeño pueblito; ahí, tiene un amigo, Agamenón, quien seguro sabe algo del asunto. Y, en efecto, con algo de humor negro, le dice que debe haber explotado una bomba nuclear que ha interrumpido las estaciones de radio. Pero quien nos cuenta la historia tiene un as bajo la manga para tener más información: uno de sus mejores amigos en la universidad, un tal Moro, pertenece a una élite muy cercana al poder y al presidente de Estados Unidos, por lo que lo llama, para su sorpresa se han restaurado las comunicaciones lo mínimo, y, cuando habla con su amigo, este le cuenta que se trata de algo insólito: una nueva y desconocida civilización con el poder de cortar todas las comunicaciones se ha acercado al Presidente de Estados Unidos para decirle que han venido a detener la debacle, pues, en efecto, los grupos de poder ya habían dado la orden de detonar bombas nucleares. En son de paz, dicen, piden detener esa orden.
Está estupefacto al oír está historia en voz de su amigo, y se queda aún más cuando le dice que de aquella nueva civilización que viene a detener la debacle, sólo conocen a una persona que se hace llamar Demóstenes. Él personaje piensa, quienes leemos pensamos también en ese otro amigo de nombre griego de su isla. Así que una vez que cuelga va a ver a Agamenón, quien le dice que sí, en efecto, él también es parte de aquella civilización que viene a salvar a la humanidad de sí misma.
Maalouf escribe una hermosa metáfora en donde el ser humano es capaz de salvarse por otros humanos que consideran la filosofía, el teatro, la medicina, la democracia y otros inventos griegos como lo más importante para erigir una civilización. La escribió hace seis años, antes del covid, antes del genocidio de Gaza, antes que se agudizara el conflicto en Medio Oriente, pero hace un buen rato ya que precisamos de libros hermosos que nos muestren que aún puede haber una salvación, aunque sea mediante una novela.

Amin Maalouf, Nuestros inesperados hermanos, Madrid, Alianza Editorial, 2020. 295 páginas.