Hace unos cuantos años se planteó la decisión polémica de eliminar palabras como “negro” y “esclavo” de novelas como Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.
Los argumentos para hacerlo eran completamente legítimos, que esas palabras, “esclavo” y “negro”, herían a mucha gente en el presente, lo cual es indiscutible; sin embargo, precisamente en el mismo tenor de dolor y confrontación, estos dos sustantivos, a la vez que lastiman, cuentan una historia, una ascendencia de buena parte de Estados Unidos que nunca se debe olvidar, que, en efecto, lastima y confronta, pero que es cierta: la de muchísimos seres humanos que sufrieron brutales e inhumanos tratos a causa de la trata de personas, más aún, de la esclavitud, de ese fenómeno que sufrieron millones de hombres y mujeres, niñas y niños traídos, arrastrados de un continente a otro, de África a América, apenas en el siglo antepasado.
Esto lo hemos visto muchísimas veces en películas, pero jamás dimensionado lo suficiente. O no aún tanto como lo exige.
Esto deja claro la novela de Jesmyn Ward (DeLisle, Misisipi, 1977) Este mundo ciego. Obra que cuenta las terribles aventuras de una joven que es tratada como esclava en un pasado muy reciente en el sur de Estados Unidos, en específico en Mississippi.
Jesmyn Ward ha sido la única mujer y afroamericana en recibir dos veces el National Book Award. Ahora vuelve después de dos brillantes novelas como Quedan los huesos y La canción de los vivos, ahora con su más reciente obra regresa sobre un tema acuciante y lo hace plena de dolor, de indignación y de magia.
Las primeras palabras de la novela son contundentes, dicen así: “La primera arma que sostuve en la vida fue la mano de mi madre. Yo era entonces una niña pequeña, de barriga blanda. Aquella noche mi madre me despertó y me llevó a los bosques de Carolina, muy muy adentro entre los árboles susurrantes, negros por el sol que se ponía. Los huesos de sus dedos: espadas envainadas, pero yo aún no lo sabía”.
Es la génesis del relato, la niña-narradora que cuenta sus primeros despertares en la adolescencia, que incluyen conocer a su padre, el dueño del lugar que violó a su mamá y que por supuesto no la reconoce.
Los primeros días en la hacienda en donde la joven se adentra en la casa en donde trabaja su mamá y escucha a sus hermanastras tomando la lección, entre otras lecturas La divina comedia de Dante Alighieri. A partir de esto, la niña comienza a relacionar su vida con el descenso al infierno. Y no sucede de manera gratuita, pues su vida da un giro espantoso: su madre es vendida a otro dueño y ella es mandada al sur, hacia las plantaciones azucareras en Mississippi. Están en Carolina y harán el viaje a pie.
El viaje es un relato muy doloroso, todos los esclavos van encadenados, los pies les sangran, siempre tienen hambre y están al borde del colapso. Algunos mueren, otros huyen en el trayecto. Entre todo esto, la riqueza del relato, la transformación profunda en literatura consiste en ir viendo todo desde los ojos de la niña, desde su perspectiva de supervivencia frente a ese viaje mortal.
Pero la novela Este mundo ciego de Jezmyn Ward, tiene el prodigio de intercalar toda esta crudeza con la conciencia, con la voz narrativa de la niña, quien no para de dialogar con su madre, y, sobre todo, con su abuela, a la que nunca conoció pero quien habita en el mundo de su imaginario la posición de confidente, abuela y diosa. Una amalgama que le permite dialogar con su inhumana experiencia, la cual, es preciso decirlo y no parar de repetirlo, es parte de un pasado, de un presente imprescindible para entender nuestro mundo. De un mundo ciego que debe comenzar a abrir los ojos ante su ascendencia esclavista y por supuesto, inhumana.
Jezmyn Ward, Este mundo ciego, Ciudad de México, Sexto Piso, 2025. 249 páginas.
