Karla Ceceña: amar la ciudad imposible

Nací en la ciudad de Oaxaca en los años ochenta, un lugar muy fácil de amar por esos días. Los campos, ríos y montañas estaban mucho más limpios que ahora, las culturas originarias menos tocadas por el capitalismo y la globalización y la ciudad aún era misteriosa y portadora de un lenguaje único con la que se creaba intimidad, un diálogo hermoso entre el interior y los maravillosos edificios del centro de la ciudad.
Sé que mi visión es conservadora, pero mi recuerdo de aquellos años se mantiene bajo esa luz aún no asediada por el turismo y la explotación. Hace muchos años que ya no vivo ahí. Y pienso en la belleza, en lo espontáneo que es amar Oaxaca con la confrontación que sentí los primeros días que vine a vivir a la Ciudad de México. Llegué en autobús por lo que entré por la avenida Zaragoza que es gris, inmensa y en muchas partes bastante peligrosa con una arquitectura parda en donde el tendido eléctrico asedia las casas y las calles que se logran ver desde la avenida se pierden en curvas, callejones y senderos a veces de tierra y decoradas con automóviles abandonados y desvencijados que me daban una profunda sensación de miedo y soledad.
Pensaba que mi existencia en la ciudad sería un terrible esfuerzo en donde mi vida cotidiana sería gris y peligrosa. Pero me esperaban hermosas sorpresas. La primera fue San Pedro de los Pinos, un pequeño barrio que durante mucho tiempo estuvo al sur de la ciudad, pero que ahora está en pleno centro si tomamos un fragmento grande de la mancha urbana. La colonia no era ni inmensa, ni gris y menos peligrosa. Al contrario, estaba atiborrada de árboles, sus calles dan una bella sensación de intimidad y los vecinos son espías voluntarios que además de información de la vida de las personas, dan mucha seguridad. Y entre los miles de descubrimientos que he hecho, me viene uno a la mente debido al libro que traigo entre manos. Sobra decir, por supuesto, que yo no hice este descubrimiento, de hecho, lo hizo Octavio Paz con sus primos hace al menos cien años, cuando jugaba en una loma en el viejo pueblo de Mixcoac, y descubrieron que en esa colina había piezas arqueológicas. Bueno, pues ese lugar es hoy la Pirámide de San Pedro de los Pinos. La cual siempre me ha fascinado, pues se erige como si estuviera en los campos de Tlaxcala o Oaxaca, pero está en plena ciudad; incluso una de sus salas está precisamente debajo del segundo piso del Periférico.
Sobre este tipo de bellezas escribe Karla Ceceña en su libro Encanto y misterio de la Ciudad de México, en donde se sumerge en algunos de los secretos de la urbe inmensa como el bosque de Chapultepec para encontrar una pequeña plaza misteriosa y tan silenciosa como si estuviera en medio de la naturaleza.
Ceceña trasciende la ya de por sí maravilla de contarnos la historia de algunos sitios de la ciudad y se adentra en apasionantes investigaciones como la de la torre medieval del Helénico, pasando por millonarios de Estados Unidos, universidades prestigiosas y películas icónicas para descifrar cómo fue que llegaron esas misteriosas piedras a un costado de la avenida Revolución.
La pesquisa histórica y literaria sigue por casonas de Santa María la Ribera, por el Banco de México, Xochimilco y otros puntos que la autora va descubriendo.
Uno de los mejores momentos del libro es el capítulo dedicado al Metro de la ciudad. Ese entramado inmenso en donde todos los días confluyen millones de personas recorriendo distancias inmensas. Ceceña cuenta la historia del edificio de Mascarones, afuera del metro San Cosme, de su riqueza literaria, de los fantasmas y misterios en obras de Pacheco, Esquinca o Nettel.
Karla Ceceña escribe una serie de crónicas de la Ciudad de México que a la vez que descubren secretos, hilan la historia, la literatura y la riquísima vida cultural y social de esta ciudad a la que no es tan fácil amar por su tráfico o su violencia, pero que esconde maravillas.

Karla Ceceña, Encanto y misterio de la Ciudad de México, Ciudad de México, Aguilar, 2026. 207 páginas.

 

Marina Azahua y la agonía que repara

Marina Azahua (Ciudad de México, 1983) es una de las voces más lúcidas, depuradas y profundas que se pueden leer en presente. Dueña de una pulida redacción y de una gran sabiduría proveniente de su formación de historiadora y antropóloga es una es una de las mentes a las que acudir en cuanto a los terribles y brutales problemas que vive en México sobre la desaparición de personas; pues es documentada y tiene un profundo amor a la vida.
Además, es autora de ensayos sobre fotografía y arte y con una gran agencia política que recomiendo tener siempre a la vista.
Entre otras cosas, Azahua también es traductora y desde hace dos años una extraordinaria novelista cuando en 2024 puso sobre la mesa Archivo agonía. Una obra necesaria y por lo mismo muy extraña en este mundo, muy rara en nuestra sociedad en donde es de mal gusto, es grosero y violento hablar de la muerte.
Y claro, se entiende bien que en este México estemos cansados de hablar de la muerte con el terrible clima de violencia que se vive en el país desde hace veinte años; sin embargo, Marina Azahua no escribe una obra cruenta en donde se vea aquello que es cada vez más cercano como la banalidad del mal en donde hay sangre y violencia; no, más bien en Archivo agonía hay aquello que siempre urge a la humanidad porque es esencial en lo que entendemos como especie: la vida como un momento que debe disfrutarse y la cual está en una estrecha relación con la muerte, que es imprescindible, al grado que la primera no puede ser concebida sin la segunda. Pues el ser humano vive en un constante diálogo con la muerte, se comienza la adolescencia, el fin de la infancia, cuando se tiene plena conciencia de la muerte. La cual, aunque escondida, ya sea en la relación con la juventud, la salud o la vejez que son la constante en nuestro mundo son la invariable que, en la paradoja, por olvidarla, es el tormento. Vemos el cráneo a la manera de Hamlet, pero preferimos maquillarlo con cremas, gimnasio y medicinas. Pero el cráneo, la calaca, la muerte siempre está allí. Y si no se reflexiona sobre la muerte, la vida es una constante angustia.
Por supuesto que la anterior es una idea de Michel de Montaigne, aquel inasible autor francés quien primero descubrió que filosofar es aprender a morir y años después que filosofar es aprender a vivir. En este mismo tenor, precisamente, es donde están los personajes de Archivo agonía, sobre todo el enigmático R quien vive el duelo del reciente fallecimiento de su amante Edith, quien antes de morir, dejó una serie de documentos, unas obras de arte bastante peculiares en donde documentaba de manera fetichista y mórbida, y no por eso no artística, diferentes momentos en los que algunas personas están a punto de morir. Vivas en ese instante, capturadas por la cámara en el momento, en el soplo preciso que están por morir. Un monje vietnamita inmolado, un suicidio masivo en las islas Marianas, un hombre arrojado a las vías del metro, una niña atrapada en los escombros tras una erupción… Todo esto lo dejó en fotografías intervenidas de manera artística por la amante recién fallecida, y quienes leemos, tenemos acceso a ellas mediante las cartas que R manda a un amigo editor, Gabo, artista reconocido, con la finalidad que mediante su privilegio pueda publicar aquellos objetos artísticos de manera póstuma.
Así pues, el desarrollo de la novela es epistolar, las cartas de R para Gabo que vamos leyendo y que una huidiza compiladora va agrupando. Por lo cual, somos testigos de una serie de reflexiones de quien acaba de perder a su amada y retoma sus pensamientos /obras de arte sobre la agonía.
¿Qué es en lo que está pensando quien está por morir? Aparecen, entonces, las artes visuales como un lugar en donde el performance, el momento inasible de la muerte puede ser pasmado, y esto, de manera genial, visto por quien escribe que acaba de sufrir una pérdida y el destinatario está viviendo precisamente la enfermedad / agonía de un ser cercano, quizá la persona más cercana que puede haber en el mundo.
Las paradojas son que el maquillaje, el gimnasio y la salud, dejan el vacío; mientras que la reflexión y asimilación de la muerte, dejan vida inmensa, enorme por vivirse. Una agonía que repara y prepara para la muerte y, más aún, para la vida.

Marina Azahua, Archivo agonía, Ciudad de México, Sexto Piso, 2024. 274 páginas.

 

Leslie Jamison: las astillas en donde arde el amor

Uno de los temas grandes en la literatura es el matrimonio; o quizá, más que en la literatura, me vienen poemas épicos y líricos plagados de casamientos, pero me parece mucho más pertinente para el asunto de hoy hablar de la novela, en la cual, desde luego, uno de los tópicos definitivos desde hace más de doscientos años es casarse no solamente como una forma de consolidar el amor, la vida sentimental, si no también, o probablemente sobre todo, en donde la vida social y profesional están ligadas de manera absoluta con hacer un buen matrimonio.
Por citar unas cuantas novelas y no un enorme mamotreto, puedo pensar ahora en Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; Madame Bovary, de Gustave Flaubert o Testimonios sobre Mariana, de Elena Garro, obras cuyo motivo y tragedia principal es con quien se casan o con quien no lo hacen.
Hasta hace no muchos años se pensaba que esto se quedaba en los albores de la novela rosa y romántica en donde se tocaban temas de mujeres, pero desde hace algunos años, muy pocos, se ha descubierto que este tema que antes parecía bastante frívolo, en realidad encarna algunos de los temas más acuciantes y profundos de nuestra sociedad, por ejemplo, y decir alguno, ¿acaso los seres humanos, y sobre todo las mujeres, adquirimos nuestro verdadero valor cuando nos unimos legalmente a alguien?
Muchas novelas, a veces memorias escritas por mujeres, han planteado esta problemática. ¿Qué pasa con ellas cuando deciden separarse del aquel esposo que les dio toda validación y apellido?
Normalmente, y de manera legítima, son libros dolorosos y llenos de ira, pues, por lo general son los esposos, los hombres, los varones, quienes abusan por completo en una relación y son las mujeres quienes en un acto de libertad deciden que ya no deben seguir en esa dependencia, aunque esto signifique una profunda ruptura social y en muchos casos un contundente fracaso.
También hay muchísimos libros escritos en este tono, por eso, la novela Astillas, de Leslie Jamison cuyo subtítulo es Una historia de amor diferente, es un libro original, necesario y que, pienso, marcará una pauta, un antes y un después en las novelas cuando cuenten una historia de amor a veces, y siempre de matrimonio, en la cual se ponga en juego la validación humana al convertirse en mujer al casarse, o al ser madre o al establecerse de la manera que sea.
Astillas cuenta la historia de una ruptura, pero es completamente diferente, pues comienza a hablar desde el dolor, sí, pero no desde el resentimiento; desde el duelo, pero no desde el odio. Y entonces desde las primeras líneas nos cuenta los primeros días de la ruptura en donde decide que ya debe separarse y la vergüenza que su hija apenas tenga trece meses. Va con su abogado quien es una especie de sicólogo que le ofrece pañuelos ante el llanto.
Hay mucho dolor en el inicio, mucho resentimiento, ira y duelo; pero con el paso de las páginas la novela se va convirtiendo en un homenaje, en una apología a la libertad en donde la autora en cuanto más va descubriendo y enfrentando sus terrores y sufrimientos, más va siendo cada vez más libre, cada vez más creativa y entonces, toda esta pena, todo este cansancio en donde tiene que recurrir a su mamá quien es su único bastión, se vuelve una herramienta no solamente de fuerza, sino también creativa; en donde la maternidad puede ser, es, de manera necesaria, honesta y, decir que no siempre está feliz con su bebé y en donde la ruptura con su esposo tiene dos culpables y un pasado muy feliz; eso, lo vivido, la vida, son las hermosas astillas en donde arde el amor.

Leslie Jamison, Astillas: Una historia de amor, Barcelona, Anagrama, 2025. 312 páginas.

 

Ariana Harwicz: confrontar de veras

Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) es de lo más fascinante en la literatura argentina contemporánea. Dueña de una voz intensa, dolorosa y contundente, escribe novelas que es imposible que pasen desapercibidas; quisiera decir, sería lo usual, que las odias o las amas, pero, me parece, las novelas de Harwicz están pensadas para ser odiadas, para remover las entrañas de los mejor portados y demostrar la oscuridad que existe en cada ser humano.
Con títulos como La débil menta se inserta en un feminismo extremadamente conflictivo, en donde parece dar voz a la misoginia. Pero sus novelas nunca son lo que parecen y eso es precisamente lo fascinante: nunca se les termina de entender bien.
El año pasado se estrenó la película Mátate amor, inspirada en la novela homónima de Harwicz, la cual se desarrolla dentro de la mente de una mujer que acaba de tener un hijo y sus pensamientos no son otros que los de la muerte. Sin embargo, lo curioso, lo original en la novela, es que no hay detrás ninguna ideología posparto, o heteropatriarcal que denuncie; no, no es para nada eso: se trata de entrar en ese mundo enigmático e incomprensible de la mente humana que abriga pensamientos monstruosos.
Harwicz pertenece a esa extraña familia que encabezan Patricia Highsmith y Elena Garro, en donde hay muchas protagonistas mujeres escritas por una mujer, pero en donde no hay ninguna denuncia y muchísimo menos una victimización; parecen ser alérgicas a esto, por lo cual sus novelas son sumamente incómodas, no hay lugar ideológico hacia el que llevarlas. No reivindican, no denuncian, no muestran el sufrimiento, tan sólo cuentan historias sórdidas que tienen la cualidad de latir con potencia dentro de quienes leen y cuyas obras, me parece, son lo más escandaloso y excitante del presente.
Degenerado es una de las obras más importantes y provocadoras dentro de la misma obra de Harwicz, en tiempos en los que Lolita, de Vladimir Nabokov, ha sido relegada por algunas lecturas confundidas en donde ven en la obra un exhorto y una apología de la pedofilia, que no lo es; y otras legítimas que se escandalizan, o se cansan, y con mucha razón, que se le siga dando tanta voz, tanta importancia a los pedófilos que simplemente son enfermos y que no tienen nada interesante que decir, cuando, más bien, se le debería de dar mucha más importancia a las víctimas.
Harwicz responde de manera directa con Degenerado a esta posición cansada de Lolita y escribe una versión muy parecida de un pedófilo. Se parece mucho, porque es la historia de un hombre hablando ante una juez pues se le acusa de haber abusado y asesinado no solamente a una menor, sino a una niña muy pequeña.
La historia tiene la originalidad de la vida de la autora, quien vive desde hace casi veinte años en Francia, y así la novela sucede en ese país, pero el degenerado tiene acento porteño. Aparece en las primeras páginas la sorpresa de amigos y vecinos de que aquel hombre ejemplar sea capaz de tal barbaridad. En pocas líneas estamos ya ante la voz del acusado, quien lejos de declararse inocente y decir que todo esto no es más que un error y una terrible mancha a su reputación comienza, todo lo contrario, a hacer un análisis un tanto cínico, un mucho lacerado de la profunda descomposición social y de la brutal hipocresía de este mundo.
A caballo entre la ironía y la maldad vamos entrando en esa brutal argumentación, confesión de las causas que sea un brutal enfermo, un pedófilo confeso, aunque no necesariamente consumado. Que él, sí, es un enfermo porque su padre era un enfermo y su madre lo abandonó; que sí, es un bicho raro para este mundo hipócrita que esconde sus vicios bajo una estatura moral, pero que él, le dice al jurado, no por eso, por su desgracia, es el asesino de la niña.
En apenas ciento veinte páginas Harwicz es capaz de dar una brutal confrontación a muchos pensamientos presuntamente progresistas que, junto a estas novelas, no son más que sutiles novelas conservadoras. Ella confronta de veras.

Ariana Harwicz, Degenerado, Barcelona, Anagrama, 2019. 124 páginas.

 

Kathryn Schulz y los temblores que nos acechan

 

El periodismo vive normalmente hacia atrás, al menos en México sucede así. Ocurren eventos de violencia y la prensa debe ir al lugar para investigar, capa a capa, todos aquellos fragmentos de la realidad que fueron la causa. Otro hecho terrible que cubren normalmente los periodistas es el de los desastres naturales. Nuestro país está situado en una parte del mundo en donde huracanes y terremotos son una posibilidad latente cada año y ante los cuales, hablo completamente a título personal, muchas veces resulta mejor para la paz mental no pensar en ellos y más bien saber cómo solucionar/sobrevivir y ayudar cuando estos sucedan.
Yo nací en Oaxaca y ahora escribo en este periódico del estado de Guerrero; para todos quienes hemos vivido en estos estados, mencionar huracanes y temblores es recordar terribles tragedias. Guerrero ha vivido algunos muy fuertes en años recientes y yo aún tengo fresco el huracán Paulina, de 1997, que azotó la costa y recuerdo bien cuando iba en la carretera y nos detuvimos impresionados cuando vimos que el viento había partido en dos una montaña. De igual forma, recuerdo los terremotos, en especial el de 1999 en donde estaba en una unidad deportiva y de repente todos nos detuvimos porque desde las montañas se veía venir una espantosa estampida que no era otra cosa que un terremoto que avanzaba a toda velocidad sacudiendo los árboles y cuando finalmente pasó bajo nosotros apenas nos pudimos mantener en pie y recuerdo el escalofrío que sentí en la nuca cuando vi cómo la sacudida se dirigía de manera implacable hacia la ciudad de Oaxaca, de la cual hizo un polvorón, llenando a todos de pánico. Por estos apenas dos ejemplos, a veces, me parece que en Oaxaca y Guerrero no es de tan buen gusto hablar de desastres naturales, como terremotos y huracanes; mucha gente murió y mucha gente lo perdió todo. Sin embargo, un miedo ineludible nos habita, una pregunta siempre asoma y en algún momento nos quema los labios, ¿qué haremos cuando vuelva a suceder? Porque pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, volverá a pasar.
Comencé diciendo que los periodistas normalmente trabajan hacia atrás, investigando sobre algo que ya sucedió, pero qué sucedería si alguien hiciera el trabajo al revés y hablara, investigara sobre lo que puede pasar. Es el caso de la investigación El gran terremoto, de la periodista Kathryn Schulz (Shaker Heights, Ohio, 1974) que le valió el Premio Pulitzer de periodismo.
La investigación comienza durante un congreso en Japón de geólogos a quienes les sucede un incidente extraño o mala broma del destino. Están reunidos para hablar precisamente de terremotos en ese país, cuando comienza a temblar. Lo cual no es para nada inusual en aquella isla, primero las risas son sinceras, pero comienzan a cambiar de tono cuando el temblor no cesa y su extensión es cada vez más prolongada, dice Schulz: “Por lo general, si un terremoto dura treinta segundos ronda el 7.5; si dura un minuto, se acerca a una magnitud de 8; si dura dos minutos, está por encima del 8 y, si dura tres minutos, se acerca al 9. Si se prolonga durante cuatro minutos, el terremoto ha superado una magnitud de 9 en la escala de Richter”. Cuando medían el terremoto y veían que no cesaba, en poco tiempo estuvieron convencidos que venía un tsunami.
Con este preámbulo, la periodista nos introduce en la falla de Cascadia, todos conocemos la de San Andrés, pero casi nadie la que se ubica precisamente al norte de Estados Unidos, del mismo lado de la Costa Oeste. Y la cual, nos vamos enterando en este aterrador y lúcido reportaje, puede ser más o igual de terrible que la de California. Entonces, comienza una fascinante investigación sobre la geología de la Tierra, de los registros en la Historia de la Humanidad de los peores sismos registrados y las causas que en esa parte de Estados Unidos, las personas no estén lo preocupadas que deberían por lo que sucede bajo sus pies. El reportaje documenta, enseña y reflexiona sobre aquello de lo que no queremos hablar, pero es imprescindible, ¿qué pasará cuando colapse la parte del mundo donde vivimos? Ahora, prefiero reflexionar sobre Cascadia y dejar para el futuro lo que puede suceder en nuestro país.

Kathryn Schulz, El gran terremoto, traducción de Teresa Bailach Arrate, Barcelona, Libros del Asteroide, 2025. 78 páginas.

 

Catherine Lacey: descubrirse en biografías imaginarias

Una de las obsesiones de los artistas en la modernidad es descubrir su ascendencia o acaso su falta de ella. Pienso acaso desde el siglo XIX en Dickens y su deliberadamente apócrifa autobiografía David Copperfield contando la vida de un joven que en muchos sentidos es él o su parte ideal o acaso Rimbaud del otro extremo, cuando dice que no tiene ningún antepasado en toda la historia de Francia.
Ser un artista ya no sólo es hacer obras de arte, poemas, novelas, etcétera, es también inventar a quien las hace. Así, con el transcurso del siglo XX, vinieron algunas novelas de formación como El retrato del artista adolescente, de James Joyce, y después algunas obras menos poéticas en la superficie y más existenciales en el fondo como En el camino de Kerouac o Queer de Burroughs, obras en donde había una invención tan esencial del autor que personaje de ficción y artífice se fundían en uno mismo.
Una última gradación de esta inventiva de crearse como artista que viene a la mente, es la de Robert Zimmerman, mejor conocido como Bob Dylan, quien no solamente usó el coloquial Bob y adoptó el nombre del poeta galés Thomas, sino quien también durante toda su carrera se ha dedicado a construir mitos sobre sus orígenes, padres, ciudad, juventud y demás y quien cada que la fama lo ha requerido ha buscado diferentes ascendencias musicales o culturales.
Pienso en esto por la flamante novela de Catherine Lacey (Tupelo, Misisipi, 1985) quien goza de un enorme prestigio en la literatura norteamericana y, ahora, con su quinta y más reciente novela, Biografía de X, descubro las razones por las cuales su literatura ha causado tanto revuelo.
La novela comienza por estar en ese territorio tan conocido ya por el cine y la literatura del Nueva York de los artistas, no aquel de Scorsese en Taxi driver sino más bien el de Woody Allen o el de Paul Auster en donde estamos en edificios inmensos, viejos y destartalados, pero poéticos y acogedores y en donde la ciudad es un laberinto en el que se respira el neuma que dejan las bellas y excéntricas galerías, los cafés llenos de artistas y los parques y bibliotecas plagados de personas con un libro, una pluma y un cuaderno bajo el brazo. La autora conoce y recrea bien este escenario, pero a diferencia de muchas otras obras este no es un fin sino un comienzo, un punto de arranque para la historia que nos va a contar. Esta es la de un artista que acaba de morir, fue famosa e iconoclasta al grado que llevó por nombre X. Su prestigio y reciente desaparición llevan a un crítico y a un editor a escribir y publicar una biografía sobre ella, lo cual es el detonante para que su viuda tome cartas en el asunto; pues tras estar en desacuerdo con la publicación y luego de no poder detenerla, una vez que se enfrenta a la biografía de su esposa recientemente muerta se pone a leerla de manera frenética y de un solo golpe, tras lo cual decide que lo único que puede, lo que absolutamente le queda por hacer, es escribir la biografía de su esposa que acaba de morir y de la cual, descubre con sorpresa, no sabe absolutamente nada.
A partir de aquí se comienza a descubrir una novela cada vez más compleja en donde la ficción toma más y más las riendas. La novela está plagada de notas, de referencias al pie que indican las fuentes de donde proviene lo que leemos, pero, a la manera sofisticada de Borges y después a la manera estrambótica de David Foster Wallace aquella realidad neoyorkina es invadida en cuanto más se investiga sobre X, quien nació en el Territorio del Sur, ese lugar que después de 1945 dividió con un muro inmenso a los Estados Unidos del sur con el norte. Sí, la novela deconstruye la historia y fabula una en donde el país fue dividido por razones ideológicas y en el sur son profundamente religiosos a un grado puritano extremo y en el norte socialdemócratas. La política, entonces, penetra la fábula, esta de la artista es cada vez más la historia de un país, y, me pregunto qué tanto es una biografía velada, trastocada y soterrada de la misma Catherine Lacey, y, por qué no, de todo un país que se obstina por no dialogar.

Catherine Lacey, Biografía de X, Ciudad de México, Alfaguara, 2024. 447 páginas.

La escritura trasvesti de Mircea Cartarescu

El escritor Martin Kohan, en una entrevista me platicó que una de las cosas fascinantes, maravillosas de la obra de Ricardo Piglia es que el Buenos Aires que aparece en sus libros no es el que le dio la experiencia de vivir allí, sino que la ciudad que se vive dentro de su obra es la que viene de los libros de Borges, aquel de la ficción laberíntica gauchesca. La idea, el descubrimiento me resulta muy brillante: literatura que no venga de la experiencia vital, sino una que viene de la experiencia lectora. Ese acto sofisticado y antiguo de pensar, de vivir como la experiencia más definitiva en la vida leer, y desde luego escribir.
Es el caso del escritor Mircea C?rt?rescu (Bucarest, 1956), quien en muchos de sus libros hace de la escritura y lectura el centro del relato. No en balde ha sido comparado con Borges, pues en efecto su obra viene de ahí, y también ha sido comparado con Kafka, de quien también parecen surgir sus libros: no del mundo en donde el autor respira sino desde adentro de El castillo o La metamorfosis donde late su pluma; es el caso de Lulu (Travesti en rumano) una de sus novelas, fascinante como todas, pero breve a diferencia de la gran mayoría que son extensas y caudalosas. En esta novela un autor casi de cuarenta años, recuerda a su pesar a Lulu, obligado por el peso/dolor de un recuerdo que se obstina de manera obsesiva por volver a su vida. Regresa en la memoria a los años del fin de la adolescencia a un Bucarest salido de una novela de Kafka y a un campamento que hizo con sus compañeros de escuela. Nos cuenta que su más profunda fascinación era leer y escribir, que el mundo lo habitaba con una pluma y papel en la mano y deambulaba por las calles declamando poemas de Rilke: “La soledad se parece a la lluvia. / Se alza del mar hacia los atardeceres; / desde llanuras lejanas remotas / se va hacia el cielo, que la posee siempre. / Y solo entonces baja a la ciudad”. Con estos versos en la mente el escritor en ciernes se va con un grupo de adolescentes con la lívido a tope (como él) en donde tendrá que sobrevivir al acoso y salvajismo de sus compañeros con quienes compartirá la habitación y estará expuesto a todo tipo de bromas/torturas entre el rock de los setenta en plena Bucarest comunista que en la novela es una mezcla fascinante de pobreza-expresionista-soviética bajo la pluma de C?rt?rescu que va llenando de imágenes oníricas de la tarde, las nubes y la noche y de las personas grotescas en su ebullición sexual que es de una brutal intensidad para quien lee, con un aliento implacable estamos ante este escritor que recuerda mientras escribe de manera frenética esos años intensos y dolorosamente apasionantes en los cuales lo único que podía, y puede salvarlo es escribir un libro total, fascinante que lo rescate de todo ese dolor y profunda soledad. Y es entonces cuando aparece el vívido recuerdo de Lulu, un personaje, quimera lo llama él, que lo extasía desde el principio de manera contundente: se trata de un varón vestido de mujer improvisado y salvaje con pechos rellenos de calcetines y glúteos de vaya a saber qué y quien a pesar, o quizás gracias a esa imposición quimérica en donde logra la metamorfosis de hombre a mujer, fascina y perturba al escritor en ciernes por su seguridad, por su desparpajo con el que habita el mundo y confronta a todos esos jóvenes de lívido incontenible y masculinidad machista; pero ella se impone ahí y para el escritor este recuerdo le exige volver, le clama que lo mire a la cara y observe con atención sus ojos.
C?rt?rescu echa mano de su brutal escritura para encarar a Lulu con el narrador quien al mirarla cae en un trance obsesivo en donde ella se convierte en una araña que lo envuelve en sus redes y lo succiona con sus líquidos hasta entrar dentro de él y tomar la pluma y escribir la historia. La realidad como un cuerpo, como un frondoso vestido que va adquiriendo capas y capas, ropa sobre piel y más ropa hasta que se confunden y conforman una literatura/escritura trasvesti.

Mircea C?rt?rescu, Lulu, Madrid, Impedimenta, 2022. 156 páginas.

 

Benoît Coquil: la mirada del intelectual salvaje

Para el escritor inglés D. H. Lawrence, la perspectiva del extranjero tenía una originalidad única; la llamaba la mirada del peregrino salvaje, daba una nueva vida, desconocida y cruda de un mundo por descubrir.
Lo cual comparto en muchos sentidos, ya que si bien las personas oriundas de un lugar tienen una visión profunda que han adquirido por haber sufrido y sido felices en donde nacieron, también llevan miles de cargas culturales que no tienen quienes ven por primera vez una parte del mundo y cuentan con la posibilidad de la frescura al no tener el peso de una historia allí.
Esta mirada es lo opuesto a la un tanto conservadora posición de pensar que cuando alguien escribe sobre un lugar en donde no nació, o conoce poco, es una apropiación cultural. Lawrence, para concluir esta idea con él, escribió muchos libros sobre viajes, e, incluso, alguna novela sobre México, no precisamente brillante, pero, para muchas personas, y comparto el punto de vista, contenedora de una mirada fascinante de nuestro país por alguien, y muy inteligente, que lo hizo por primera vez.
Pienso en esta mirada extranjera sobre México por la brillante novela Cositas, de Benoît Coquil (Bretaña, 1989) quien es profesor en Francia de literatura y cultura latinoamericana y cuya primera novela es profundamente inteligente, divertida e iconoclasta al contar la historia de los hongos alucinógenos, Psicolybe en específico, a partir de una pareja de esposos: él norteamericano y ella rusa, que fueron en la vida real apasionados de los hongos en general y que cayeron fascinados por el poder de estos hongos en Oaxaca, en específico.
Son estos los personajes que ficcionaliza Coquil y con este tema con los que escribe una novela con un tono divertido que va tomando, cada vez más, matices irónicos, y cuenta una historia que, por supuesto, nos pertenece a los mexicanos y que agradezco muchísimo que este autor francés haya escrito.
Claro que se han escrito muchísimos libros sobre los hongos alucinógenos y, algunos de ellos forman parte fundamental de la formación intelectual de varias generaciones anteriores a la mía; pienso, por ejemplo, en la obra de Carlos Castaneda, peruano naturalizado estadunidense que hizo una célebre serie antropológica/filosófica sobre los hongos en Oaxaca en particular. Su peso es contundente. Pero, para mí, ya estaban un tanto manidos para finales de los noventa y que, más bien, mi experiencia con los hongos venía de primera mano, con amigos que los habían probado, teniendo experiencias unas veces mágicas, otras terroríficas y, sobre todo, recuerdo a muchos que habían podido dejar las drogas gracias al ritual de comer hongos. Acepto ser un oaxaqueño que queda a deber por nunca haber probado los hongos y, sobre todo, por haberme interesado tan poco en el tema.
Por eso me gusta mucho esta novela de Coquil, pues está escrita sin el peso de esa tradición jipi nacionalista filosófica que para mí representa la cultura de los hongos alucinógenos; y tiene la libertad para hablar de un tema apasionante con la frescura que da, muchas veces, haber visto una tradición con distancia, pues situar a unos gringos que van desde el centro de Occidente a comer hongos con María Sabina sería un gran lugar común para mí; y, la maravilla es que con esta novela se tiene una mirada fresca de ese momento, de ese fenómeno que fueron los hongos Psilocybe y que siguen teniendo muchísimo que decir al mundo, esas “cositas”, como las llamaba Sabina que son una herramienta de conocimiento del ser humano, tan profunda, o quizá muchísimo más, que cualquier sesión de psicoanálisis. Una novela que define las distancias entre las culturas y que, estas, son las profundas riquezas que enriquecen a los seres humanos.

Benoît Coquil, Cositas, Ciudad de México, Seix Barral, 2025. 254 páginas.

 

Álvaro Uribe: nuestro hermoso prosista

Ah, la prosa, ¿qué es realmente eso? Cuando nos ponemos a hablar con tecnicismos siempre se complica la cosa, pero, de manera necesaria, urge hablar de la prosa. Pero es que hay momentos en los cuales es imprescindible tocar estos temas cuando el caso lo amerita. Y, nadie más, de manera tan flagrante lo hace, lo hizo, más bien, pienso con pesar y añoranza, que el gran prosista mexicano Álvaro Uribe (Ciudad de 1953-2022).
Se trata de una rara avis en la literatura en México, para nada complaciente y concentrado de manera exclusiva en su vida, que significaba leer los grandes libros y vivir apasionadamente escribiéndolos/replicándolos. No es un Del Paso en la profunda y brillante exhaustividad de abordar temas hasta agotarlos en el más súper barroco estilo; Uribe es un apasionado obsesivo del estilo literario, de hacer de cada página una perfección y redacción que se despliega en una estricta musicalidad sí, de su escritura; sin embargo, sus temas, aunque a veces sean históricos, se ciñen de manera estricta con la tradición de la novela del siglo XIX que cuenta la historia de la vida privada y, sobre todo, aquella de la pequeña burguesía. La lotería de San Jorge y Autorretrato de familia con perro son obras a las que “imprescindibles y necesarias” les queda corto y más bien son profundamente hilarantes y filosas al describir a la pequeña burguesía mexicana y sus mentes curiosas.
La escritura de Álvaro siempre tiene mucho de conversación, sí, es perfecta, pero es más que amena, es cercana, es confidencial en cuanto a su profundidad y alegría. Recuerda, claro, al gran genio Michel de Montaigne quien nos viene de maravilla para hablar del libro que hoy traigo entre manos, Suma de las partes.
Uribe siguiendo la pauta, por una parte, del ensayo que es una conversación, y en específico, con un amigo; y por la otra, de los grandes narradores que escriben sobre literatura, a caballo entre poética y charla desobligada, redacta, publica de manera póstuma –a Uribe se le extraña y es difícil siempre recordar que ya no está– una serie de ensayos con el carácter único de los grandes autores. Porque, en lugar de ser ensayos, reseñas sobre este o aquél, libro; sobre este o aquel autor, Uribe despliega una serie de ensayos que para nada son lo que se espera.
El libro está armado en tres partes, en la primera hay un preámbulo de la compañera de Álbaro Uribe, la poeta y ensayista Tedi López Mills, quien nos explica algunos puntos imprescindibles sobre el libro: el primero, que a pesar de ser póstuma, se trata de una obra completamente terminada por su autor, la cual cumplió todos aquellos procesos que tenían en la relación en cuanto un libro estaba terminado. Y sí, lo está de manera contundente, se va descubriendo en cada página de este conjunto de ensayos; pues, esta Suma de las partes está escrito con el rigor de la prosa puntual, musical y lúcida que son el sello Uribe.
Luego del preámbulo, el libro está compuesto de tres partes, la primera es una suerte o una completa poética que Uribe nombra Dos modelos. El primero es para mí y mi ignorancia completamente sorprendente sobre el autor norteamericano John Williams, a quien Álvaro hace un bellísimo y lúcido homenaje, y sí, claro, es el modelo del autor no reconocido, para profunda desgracia, en vida, pero que es un autor ejemplar en cuanto al desarrollo progresivo de su escritura y quien, con cada novela, son escasas, pero definitivas, hace una obra. Lo cual en estos días es bastante raro. Entonces Williams es un ejemplo/espejo de Álvaro (no por nada Uribe siempre fue profundamente borgeano).
El otro modelo que aparece en estos ensayos es José Emilio Pacheco, quien, no lo hubiera yo, necesariamente leyéndolos, comparado, pero que sí, en efecto, dialoga mucho con Uribe. Quien nos cuenta su relación con el puntual narrador, extraño poeta por humilde y lúcido ensayista. Uribe rememora sus primeros encuentros con Pacheco, más José Emilio por la confianza que da admirarlo en París, en donde sus encuentros eran tan estrictamente literarios que incluían café, museos y, sobre todo, charlas, muchas charlas. Cualidad fascinante de Uribe para quienes tuvimos el privilegio de conocerlo.

Álvaro Uribe, Suma de las partes, Ciudad de México, Almadía, 2025. 152 páginas.

 

Hervé Le Tellier y las tramas maravillosas

Hervé Le Tellier (París, 1957), reúne algunos elementos no tan usuales en escritores, nos dice su biografía: “matemático y un reconocido crítico literario… es considerado uno de los autores más prestigiosos del panorama francés actual con una extensa obra que combina poesía, teatro, novela y relato…” para, como si fuera poco, terminar diciendo: “Ha sido editor de autores como Raymond Queneau o Georges Perec”.
Por lo tanto, es un tanto atípico por diferentes razones: es matemático, hay que admitir que no es tan usual; o al menos le da un perfil particular: Lewis Carroll y Borges eran eruditos matemáticos y quizá de allí su fascinación/genialidad para crear otros mundos. Le Tellier es también crítico literario, muchos autores leen poca literatura y además Tellier se desenvuelve en todos los géneros y, finalmente, ha trabajado con dos de los autores más geniales, más inclasificables del sigo XX, como Queneau y Perec.
Así pues, la obra de Le Tellier genera enormes expectativas, y su novela La anomalía, ganadora del premio Goncourt 2020, supera con creces lo que se pueda esperar de ella. Abre con dos epígrafes, uno de un precursor de Borges, Chuang Tse, que reza: “Y yo, que digo que sueñen, también estoy soñando”. Y el siguiente que dice: “El pesimista de verdad sabe que ya es demasiado para serlo”, de un, en estas primeras páginas, enigmático y desconocido Victor Miesel, a quien conoceremos más adelante. Sí, se trata de uno de esos libros matrioskas en donde hay historias dentro de las historias que se van descubriendo capa a capa mientras se leen.
La novela arranca con un personaje desde una infancia complicada que lo lleva a ser sicario. Tiene un gran olfato para su trabajo y logra volverse un terrible y perfecto asesino. En algún momento es contratado para hacer un trabajo en Nueva York, de allí vuelve a Francia y acaba el capítulo. El siguiente es sobre Victor Miesel, de quien ya habíamos leído en el epígrafe, un escritor de poco éxito, por no decir frustrado, el cual, entre otros momentos de su vida, va a Nueva York en un viaje.
Aquí el olfato de quienes leemos ya comienza a despertarse; pues, no sólo viajan a esa ciudad de Estados Unidos en la misma fecha, comenzamos a suponer en el mismo avión, sino que, durante ese vuelo hubo brutales, espantosas turbulencias causadas por un monstruoso cumulonimbo que hicieron sentir a los tripulantes que estaban en los últimos momentos de sus vidas.
Así, ya sabiendo más o menos por donde va la trama, vamos conociendo a los diferentes personajes, quienes, por supuesto, sea cual sea su vida, terminarán en ese avión con rumbo a Nueva York que sufrirá esas estrepitosas turbulencias.
Sin embargo, esto no es todo, por si fuera poco ese apasionante desarrollo de la trama en donde todos los personajes se van uniendo a partir de esa experiencia que culminará, es todo lo que puedo decir, en una brillante ciencia ficción; no, además está una afilada descripción de las sociedades francesa y norteamericana contemporáneas; con la brutal capacidad, a lo Perec, de hablar de la vida ordinaria y describir/descubrir aquello evidente e imposible de ver sin un ojo filoso sin escrúpulos al retratar a sus personajes.
La anomalía es la escritura de una obra maestra en todos los sentidos. Irradiante en fuerza de personajes, en humor, por supuesto; en un delicioso experimento de tópicos, para ir, poco a poco, dando cuerpo a una historia; la cual, según se va armando el rompecabezas resulta más y más fascinante, delirante en originalidad, en suspenso y en donde al final corresponde a quienes leemos, descifrar el acertijo.

Hervé Le Tellier, La anomalía, Ciudad de México, Booket, 2025. 363 páginas.