Nací en la ciudad de Oaxaca en los años ochenta, un lugar muy fácil de amar por esos días. Los campos, ríos y montañas estaban mucho más limpios que ahora, las culturas originarias menos tocadas por el capitalismo y la globalización y la ciudad aún era misteriosa y portadora de un lenguaje único con la que se creaba intimidad, un diálogo hermoso entre el interior y los maravillosos edificios del centro de la ciudad.
Sé que mi visión es conservadora, pero mi recuerdo de aquellos años se mantiene bajo esa luz aún no asediada por el turismo y la explotación. Hace muchos años que ya no vivo ahí. Y pienso en la belleza, en lo espontáneo que es amar Oaxaca con la confrontación que sentí los primeros días que vine a vivir a la Ciudad de México. Llegué en autobús por lo que entré por la avenida Zaragoza que es gris, inmensa y en muchas partes bastante peligrosa con una arquitectura parda en donde el tendido eléctrico asedia las casas y las calles que se logran ver desde la avenida se pierden en curvas, callejones y senderos a veces de tierra y decoradas con automóviles abandonados y desvencijados que me daban una profunda sensación de miedo y soledad.
Pensaba que mi existencia en la ciudad sería un terrible esfuerzo en donde mi vida cotidiana sería gris y peligrosa. Pero me esperaban hermosas sorpresas. La primera fue San Pedro de los Pinos, un pequeño barrio que durante mucho tiempo estuvo al sur de la ciudad, pero que ahora está en pleno centro si tomamos un fragmento grande de la mancha urbana. La colonia no era ni inmensa, ni gris y menos peligrosa. Al contrario, estaba atiborrada de árboles, sus calles dan una bella sensación de intimidad y los vecinos son espías voluntarios que además de información de la vida de las personas, dan mucha seguridad. Y entre los miles de descubrimientos que he hecho, me viene uno a la mente debido al libro que traigo entre manos. Sobra decir, por supuesto, que yo no hice este descubrimiento, de hecho, lo hizo Octavio Paz con sus primos hace al menos cien años, cuando jugaba en una loma en el viejo pueblo de Mixcoac, y descubrieron que en esa colina había piezas arqueológicas. Bueno, pues ese lugar es hoy la Pirámide de San Pedro de los Pinos. La cual siempre me ha fascinado, pues se erige como si estuviera en los campos de Tlaxcala o Oaxaca, pero está en plena ciudad; incluso una de sus salas está precisamente debajo del segundo piso del Periférico.
Sobre este tipo de bellezas escribe Karla Ceceña en su libro Encanto y misterio de la Ciudad de México, en donde se sumerge en algunos de los secretos de la urbe inmensa como el bosque de Chapultepec para encontrar una pequeña plaza misteriosa y tan silenciosa como si estuviera en medio de la naturaleza.
Ceceña trasciende la ya de por sí maravilla de contarnos la historia de algunos sitios de la ciudad y se adentra en apasionantes investigaciones como la de la torre medieval del Helénico, pasando por millonarios de Estados Unidos, universidades prestigiosas y películas icónicas para descifrar cómo fue que llegaron esas misteriosas piedras a un costado de la avenida Revolución.
La pesquisa histórica y literaria sigue por casonas de Santa María la Ribera, por el Banco de México, Xochimilco y otros puntos que la autora va descubriendo.
Uno de los mejores momentos del libro es el capítulo dedicado al Metro de la ciudad. Ese entramado inmenso en donde todos los días confluyen millones de personas recorriendo distancias inmensas. Ceceña cuenta la historia del edificio de Mascarones, afuera del metro San Cosme, de su riqueza literaria, de los fantasmas y misterios en obras de Pacheco, Esquinca o Nettel.
Karla Ceceña escribe una serie de crónicas de la Ciudad de México que a la vez que descubren secretos, hilan la historia, la literatura y la riquísima vida cultural y social de esta ciudad a la que no es tan fácil amar por su tráfico o su violencia, pero que esconde maravillas.
Karla Ceceña, Encanto y misterio de la Ciudad de México, Ciudad de México, Aguilar, 2026. 207 páginas.
