Samanta Schweblin: la oscuridad es una nueva oportunidad de existir

El nacimiento de la poesía moderna, de la mano de esos seres extraños como Baudelaire o Rimbaud, redefine la idea de la belleza, acaso inventa una nueva; atisbada en artistas oscuros que bien que los había habido, pero que en Occidente para hace unos doscientos años, la poesía olvidaba al ser pura luz y transparencia; pero, para estos autores citados, esos llamados malditos, el bien y el mal eran adjetivos que les quedaban pequeños, pues, más bien, planteaban otra forma de ver el mundo: original hasta el cansancio: decepcionados ya de la belleza manida, se lanzaron de cabeza para descubrir, para inventar un nuevo estereotipo, una nueva estética en cada poema que tan sólo se entendía si se lograban descifrar sus códigos, y, aun así, era oscura, grosera, vulgar: nunca antes vista por nadie.
Es el caso, la familia, digámoslo claro, de la escritora Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), quien, debo admitir, siempre me ha gustado, sí, pero cuya literatura me parecía deslumbrante en la idea, pero en el desarrollo, a veces, me quedaba un poco desconectado; pensaba, entonces, que se debía a esa extrañeza que usualmente sucede que algo es muy bueno y debería gustarnos, pero, a la hora de la hora, algo pasaba y sí, es muy bueno, pero no suscitaba ese apasionamiento que es imprescindible para devorar un libro una y otra vez.
Me sucedía esto con uno de sus libros más célebres, Distancia de rescate, hablar de él, contarlo, me apasionaba mucho, pero no tenía esa marca, esa cicatriz placenteramente dolorosa que dejan los libros amados, sobre todo aquellos que nos gustan y dejan una profunda impronta a pesar de nosotros mismos, de nuestros predecibles gustos.
De Schweblin, pues, me gustaba sobre todo la compilación de cuentos Pájaros en la boca; veía una finísima técnica, una hermosa extrañeza entre Julio Cortázar y Felisberto Hernández. Muy buena, muy talentosa, pero que aún no me agarraba de la nariz y me sacaba arrastrando de mis gustos para llevarme a su universo. Lo que sí acaba de suceder con su más reciente reunión de relatos, El buen mal.
Se trata de relatos caprichosos en todos sentidos, algunos van hacia el lado oscuro, siempre innombrable de la maternidad, la sororidad o la amistad; en extensión también varían: algunos son breves, otros extensos, casi una nouvelle; pero en todos habita una hermosa maldad, un, en efecto, buen mal que es aire puro, cero conservador a lo Patricia Highsmith, en donde no necesariamente se devela el mal de los seres humanos, de las mujeres en específico: sino una nueva forma de belleza, de vivir el mundo desde lo que se entendía como la oscuridad, pero que, desde la estética de Schweblin, no es otra cosa que libertad.
El relato que abre la compilación es Bienvenida a la comunidad, de una mujer que se intenta suicidar como primer acto del día, se lanza al lago, reflexiona la forma en que morirá, se agarra de las algas, piensa en sus hijos, en su esposo, en su infelicidad, pero sobrevive; normalmente esto sería terrible, pero estamos en el territorio Scheweblin, en donde esos pensamientos son un acto de libertad, de humanidad. Más adelante, en El ojo en la garganta, la autora se adentra en ese terreno antes pulcro o sucio de la paternidad y la maternidad, pero aquí, en este relato extenso contado en primera persona por el hijo que se queda mudo por un descuido; no aparece la oscuridad solamente, o esta, más bien, es vista desde otro punto de vista, como una normalidad asimilada por el hijo, en donde la distancia, los silencios, no son la ruptura de una familia sino acaso su libertad.
Schweblin llega a un clímax en el relato La mujer de la Atlántida, con una heroína que sólo puede existir en este universo de los relatos. La poesía, la sororidad y la Atlántida pocas veces habían coexistido con tanta felicidad, con tal originalidad capaz de transformar el punto de vista, que, después de este buen mal, nunca vuelve a ser el mismo, en donde la oscuridad es una nueva oportunidad de existir.

Samanta Schweblin, El buen mal, Ciudad de México, Random House, 2025. 187 páginas.

 

El descenso gótico y enervante de Mariana Enríquez

La ciudad de Buenos Aires ha sido inmortalizada por una pluralidad de obras literarias durante el siglo XX, de Borges a Cortázar, pasando por Sabato, Marechal, Girondo o Piglia; siendo un escenario, a veces casi más literario que “real” por la contundencia y grandeza de estas obras en donde aparece.
Entonces, cuando parecía que ya se había dicho todo sobre Buenos Aires, de repente aparecen nuevas voces como algunas novelas, como Aira, en donde ya no es la ciudad del arrabal, de la Boca, la Chacarita, Corrientes o Palermo, sino otra, una marginal de las villas periféricas y marginales que rodean la ciudad y que forman una parte del Gran Buenos Aires. Allí están también Guerriero o Saccomanno.
Y por si esto fuera poco, Argentina no es otra cosa que abundancia de buen futbol y literatura, también hay otra voz fundamental para reconocer esta ciudad, Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), quien con libros como Las cosas que perdimos en el fuego, Los peligros de fumar en la cama y Nuestra parte de noche, se ha consolidado como la escritora más exitosa de Latinoamérica en los últimos años.
A mí, sin lugar a duda, me gusta mucho, pero debo admitir que hasta ahora no había caído del todo bajo su embrujo. Sin embargo, en días recientes que he leído su primera novela, escrita a los 19 años y recientemente reeditada, Bajar es lo peor, he descubierto a una autora sangrante, plena de oscuridad, de locura, de soledad y desarraigo que vaya que me está gustando cada vez más.
En esta primera novela ya está la esencia de Mariana Enríquez, ya están las drogas, el alcohol, los personajes marginales, el otro mundo fantasmagórico, las pesadillas, el universo gótico, y lo que me gusta más es que todo está menos asimilado, menos llevado a la estética; es decir: más ríspido, de una Enríquez que no sabe que será súper famosa y que un público sediento de su literatura será quien la consuma, quien devore, más bien, sus libros.
En esta novela lo que hay es mera originalidad surgida, lo dice ella misma en la “Nota a la edición”, de una necesidad profunda de desahogarse mediante la escritura, sin desear ser nada, ni escritora ni famosa, tan sólo por la mera y destructiva necesidad de sacar todo aquello que trae adentro sin ningún otro anhelo.
Claro, esto puede ser mero romanticismo, mera poética; pero leyendo el libro le creo. Con estos personajes plenos de calle, de alcohol, de drogas y sexo en esa Buenos Aires tantas veces leída hasta llevarla a la mitología de un París o Londres; Enríquez la reinventa, la hace otra cuando va a ese mundo nocturno en donde todo consumo es promiscuo, toda acción destruye y da placer; todo es un pretexto para inyectarse, tomarse otro trago o tener sexo.
Y la maravilla, incluso la belleza, o más bien, por supuesto que la belleza, viene cuando se descubre la estética deslumbrante de este mundo oscuro a través de sus personajes; con Narval (acaso una alusión al poeta francés romántico Gerard de Nerval) quien vive en las calles a base de vino y heroína; Carolina, también en las calles, en “el abismo” dirían Jack London o J. M. Servín; y Facundo, cuya belleza recuerda a un vampiro cercano a Dorian Gray. Y en este tapiz oscuro y que nos podría parecer lejano, está la condición humana, con todos sus matices, con sus oscuridades, claro, sería lo primero, pero también con su integridad, con su entrega a la vida en cada trago, pasón o experiencia sexual en donde viven al límite las pasiones humanas.

Mariana Enríquez, Bajar es lo peor, Ciudad de México, Anagra-ma, 2022. 271 páginas.

 

Keiichiro Hirano: la fantasía de ser alguien más

Se dice que leer es la posibilidad de vivir muchas vidas, de salir de esa condición, acaso condena, de siempre ser la misma persona durante todos nuestros días, pero ¿qué pasa si esto no lo hacemos leyendo, a través de los personajes? ¿Qué sucede si se hace en la vida, si nos apoderamos de la existencia, del nombre de alguien más?
Solamente los japoneses tienen la posibilidad de transformar una novela existencial en una policiaca o viceversa. Es el caso del autor Keiichiro Hirano (Gamagori, 1975), quien con su primera novela traducida al español, Cierto hombre, logra una combinación extraña, diría yo: brutalmente japonesa, de lograr una estremecedora novela de intriga, mezclada con una extraña novela de amor y, por supuesto, sobre la identidad, sobre la otredad y la originalidad humana; sobre las máscaras, sobre la posibilidad de preguntarnos quiénes somos ante la posibilidad de ponernos el rostro y el nombre de alguien más tan sólo para desaparecer, para dejar de ser nosotros y convertirnos en alguien más sin la necesidad de morir, de rencarnar.
La novela arranca con un enigmático prólogo, en donde un escritor cuenta haberse encontrado con un abogado en un bar, coinciden en la barra con un trago en la mano y comienzan a charlar; en su plática el jurista se sorprende al saber que está hablando con un literato, pues, le dice, él ha vivido una historia digna de aparecer en un libro, ante lo que el autor, digno representante de su especie, reflexiona que nunca le han interesado ese tipo de historias, aquellas que las personas creen que son tan buenas como para aparecer en una novela, sin embargo, mientras el abogado continúa su relato va cayendo bajo el influjo de la historia, la cual, confiesa, es la que leeremos a continuación, pues tal fue la fascinación que causó en él.
Hirano conoce a la perfección los elementos del suspenso, la historia dentro de la historia siempre tiene un efecto fascinante, al menos en mí. Por lo tanto, estamos lo suficientemente listos, atrapados, para leer la historia a continuación, la cual versa sobre una melancólica mujer quien también vive en una pequeña provincia japonesa.
Su estado de ánimo se debe a que está recién divorciada, pero, sobre todo, porque hace poco tiempo perdió a un hijo, quien estaba apenas en la primera infancia, y que murió a causa de un tumor cerebral. La mujer es dependienta en una pequeña papelería, su vida es anodina y a pesar de ver a su otro hijo y también a su exmarido, se siente extremadamente sola, hasta que un buen día aparece un hombre con una personalidad parecida a la suya.
Va de vez en cuando a la papelería, pues le gusta dibujar. Poco a poco, van intimando, y él le cuenta que es leñador, pero que en su pasatiempo le gusta dibujar, y entonces ella ve los dibujos y se siente muy conmovida, no por la belleza, sino por la ingenuidad con que están hechos. En poco tiempo se casan, tienen una hija, pero la fatalidad hace que un día le caiga al hombre un árbol, por lo que la mujer queda viuda.
Aquí es donde viene el giro de la novela, pues cuando intentan comunicar a la familia del esposo su muerte, se dan cuenta que éste se apropió del nombre de otra persona, por lo tanto, hay dos ciertos hombres misteriosos: uno desaparecido, y el otro muerto, pero no se sabe nada más.
Aquí es donde aparece el abogado del prólogo, aquél que contó la historia al narrador, pues es contratado para investigar el paradero de uno y la identidad del otro. Sin embargo, la historia, el enigma, no sólo va devorando al lector, también a los propios personajes los transforma la incógnita al mismo tiempo que comienza a seducirles la idea de aquellos a quienes investigan, ¿por qué cambiaron de vida? ¿Acaso ellos mismos pueden tomar esa misma idea y convertirse en otras personas?
Keiichiro Hirano nos interna en las entrañas de Japón, de ese país súper desarrollado tecnológicamente en donde muchos de sus ciudadanos quieren desaparecer. La posibilidad de vivir otras vidas además de las suyas para dejar atrás el pasado.

Keiichiro Hirano, Cierto hombre, Ciudad de México, Hachette, 2025. 381 páginas.

 

Solvej Balle y las trampas del tiempo

Una de mis películas favoritas es El día de la marmota, una comedia en la que Bill Murray amanece siempre en un mismo día. No es ciencia ficción ni nada, tan sólo, haga lo que haga, siempre amanecerá en ese día en un pequeño pueblo al norte de Estados Unidos, cuando celebran que una marmota les dirá el pronóstico del tiempo.
La película es muy divertida, pero además de eso, siempre me ha causado fascinación pensar que un día se repita para siempre, quedarse encerrado allí, en una cápsula del tiempo, y romper esa característica que nos hace humanos de vivir el tiempo de manera lineal con un pasado y un futuro para vivir de manera cíclica, como lo hacen la mayoría de los animales quienes, de alguna ma-nera, siempre viven el mismo día, por eso su rutina es tan estricta de lo que deben hacer cada jornada.
La película no busca tener un perfil filosófico sino divertido, sin embargo, al final, lo tiene, pues el experimento es bastante existencial: ¿Qué harías si siempre vivieras el mismo día? En donde el pasado se va diluyendo y el futuro deja de existir. Todo, absoluta-mente todo cambiaría en la vida de un ser humano. Pues nuestros valores, la justicia, el amor y todo lo que nos importa depende del pasado y del futuro.
Precisamente sobre esto versa el ambicioso y potente ejercicio literario de Solvej Balle (Bovrup, Sønderjylland, 16 de agosto de 1962) la escritora danesa que, con El volumen del tiempo, obra desarrollada a lo largo de siete libros, se ha constituido como una de las voces más importantes de la literatura europea contemporánea. Hasta ahora han sido traducidas dos al español, y en días recientes, precisamente, caí inmerso en la lectura del primer libro que me ha resultado apasionante.
Comencé hablando de El día de la marmota porque es exactamente lo que le sucede a la personaje principal de este libro, quien cuenta su historia en primera persona. Se queda de manera misteriosa encerrada en el 18 de noviembre. Vive en Francia en un pequeño pueblo, debe hacer un viaje de trabajo, por lo que tiene que trasladarse ese día, primero a París y después a Burdeos. Vive ese día viajando, compra unos libros, cena con amigos, se hospeda en un hotel y se sorprende al otro día cuando ve que el periódico es del día anterior. Cree que se trata de un error, así que va a la recepción en donde le confirman que el periódico no es del día de ayer sino del de hoy, 18 de noviembre. Se siente extraña, pero aún no del todo alarmada, y no es sino hasta que ve caer un pan a un comensal en la mesa de al lado de manera idéntica al día anterior, cuando se da cuenta que en efecto está viviendo un día exacto al que vivió ayer. Entra en pánico, por lo que llama a su esposo, quien lejos de pensar que ella perdió la cabeza, intenta reflexionar con ella la causa de ese fenómeno incomprensible.
El día se va repitiendo, comenzamos en el 121, la diferencia con la película, en donde el personaje haga lo que haga despierta en la misma habitación de hotel; aquí ella sí se puede mover, puede ir a donde quiera, pero siempre amanece en el 18 de noviembre acompañada de su bolso y sus libros. Pasa por todas las etapas, en una de ellas, cuando se establece en su casa, llega un momento que me encanta: “Ahora recuerdo esos días como los más felices que haya vivido jamás. Me sentía amada. Me sentía amada en el sofá del salón y sobre el suelo. Me sentía amada en la cama y cuando nos sentábamos a cenar a la mesa por las noches”.
El volumen del tiempo recuerda Mi lucha, de Karl Ove Knausgård y, por supuesto, En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, pues ambos intentan atrapar el tiempo, cada segundo de los días escribiendo de manera compulsiva; los resultados de cada obra son diferentes, y en este caso de Solvej Balle da un giro en donde ella queda atrapada en el tiempo, sigue envejeciendo, pero está sola, aunque vea diario a su esposo. El tiempo la atrapa y la escritura ya no es la forma de asir el tiempo, sino de huir de él.

Solvej Balle, El volumen del tiempo I, Barcelona, Anagrama, 2024. 183 páginas.

 

Las abuelas y las historias gigantes

Entre los más grandes privilegios que he tenido en la vida, es haber conocido a mis cuatro abuelos. Además, fui cercano a los cuatro, con cada uno a su manera. Ahora, me interesa sobre todo hablar de mis dos abuelas, por algunos libros que tengo sobre la mesa y, también porque el otro día, platicando de libros con Pamela Cerdeira me dijo algo que me pareció muy bello: que desde un punto antropológico, siempre se busca saber las razones del cuerpo y el comportamiento humano; y, desde ese punto de vista, se busca entender algunos ciclos de la vida humana, entre los cuales resulta que el macho humano puede, en teoría, reproducirse hasta el último día de su vida en que seguirá produciendo espermatozoides; mientras que para las mujeres, el ciclo reproductivo acaba y aún viven muchos años más, así, los antropólogos se preguntan cuál es la razón de esto, y una de las hipótesis es que las mujeres siguen un largo tiempo de vida luego de acabar su etapa reproductiva para contar historias. Y claro, mucha de la construcción cultural más potente que podemos tener, viene a partir de saber de dónde venimos; cuáles son aquellas historias que nos han hecho estar frente a nuestras abuelas mientras nos cuentan sus vidas, las de sus padres y abuelos, la de nuestros tíos, hermanos y propios padres y madres que ellas concibieron. Porque los relatos: los mitos, religiones e historia, son nuestra gran arma secreta, según Yuval Noa? Harari; que fue nuestro gran súper poder que nos distinguió no solamente de las otras especies, también de una buena parte de los homínidos. Por lo tanto, el hilo trazado, urdido e imaginado por las abuelas, si se tuvo el privilegio de escucharlas, es una de las herencias más poderosas que puede tener un ser humano.
Así que, pensando en las abuelas tengo mi momento proustiano y pienso en esos días de la infancia y la primera adolescencia, en donde comenzaba a enfrentarme a la vida cuando platicaba con mis abuelas, que lo sabían todo. Ese encuentro es hermoso, unos comienzan y ellas están en la última etapa de sus vidas. Sobre esto va uno de los libros que tengo sobre la mesa, Los sombreros de la abuela, de Celia Ferrón Paramio e ilustrado por Minerva GM, que cuenta la historia de una niña que todas las tardes, después de la escuela, se iba a comer con sus abuelos. Pero hace poco la abuela falleció, así que ahora va a comer sólo con su abuelo, quien, si nunca habló mucho, ahora lo hace menos. Así que la niña está sola y uno de sus pasatiempos favoritos es ponerse los sombreros y paliacates de la abuela, es feliz haciendo esto, porque al mismo tiempo que la recuerda, puede jugar a parecerse a ella y también ella misma ser un nuevo invento. Pero la vida le da una sorpresa cuando se entera que está llena de piojos y que estos deben estar en los sombreros de la abuela.
El otro libro que tengo es Dormir el trópico, de Martha Riva Palacio Obón e ilustrado por Elizabeth Builes que dice en una de sus páginas: “Noches en las que me contabas / con esa voz tan tuya de giganta / una historia tras otra”. Es la historia de una niña que va recreando sus recuerdos con las narraciones de su abuela, aquellos años donde tuvo que dejar el trópico para ir a la gran ciudad, las guerras que sufrió y la jungla que siempre habitó los relatos de la abuela. “Narrar bajo tu influjo, abue, abueliña / es recordar que tus cuentos / también son cuentos de guerra”. Es la vida plena, triste, feliz, muy dura, narrada por las mujeres.
Recordar a las abuelas es hablar con nosotros mismos en un lugar en donde el pasado y el futuro se vuelven un presente tangible cada que se habla de esas historias, que fundan a las personas que seremos.

Celia Ferrón, Paramio, Los sombreros de la abuela, ilustración Minerva GM, Ciudad de México, El naranjo, 2025. 30 páginas.
Martha Riva Palacio Obón, Dormir el trópico, ilustración Elizabeth Builes, Ciudad de México, El Naranjo, 2025. 45 páginas.

 

Wu Ming: el colectivo UFO

Cuando los románticos alemanes sacaron su primera revista, tomaron la decisión de quitar los nombres de los autores, para que aquello que se leyera, careciera de la mayor parte de información para que los textos fueran, en la medida de lo posible, leídos de la manera más pura: literatura escrita que se valiera de sí misma sin la delimitación del peso de quien escribe. Lo más libre del autor.
Pienso en esto por el libro que leo en estos días que ha sido una absoluta sorpresa y un maravilloso deleite. Se trata de Ovni 78 de Wu Ming. Fue, ha sido, un inmenso asombro, porque pensaba que se trataba de un autor chino, incluso llegué a imaginarme que lo había visto recorrer los pasillos de la reciente FIL de Guadalajara, pero cual no fue mi deleite, al saber que se trata de un seudónimo, de un nombre que toman un colectivo de italianos que lo mismo hacen música, performance o escriben novelas. ¿Quién escribe realmente? ¿Cómo lo hacen? ¿Cuál es el resultado de este experimento?
Desde el título el libro es una obra muy original al referirse a ese esotérico tema de los ovnis, que siempre condiciona a un tipo de literatura insertada en lo paranormal y usualmente conspiranoica en donde hay miles de motivos para esconder la existencia de la vida extraterrestre. Y en efecto, la novela va sobre eso, sobre unos jóvenes que desparecen en los Alpes como si se los hubiera tragado la tierra o hubieran sido abducidos.
Sin embargo, las cosas son muchísimo más interesantes de lo que parece porque en efecto, estamos a finales de los setenta, un momento en el que en el mundo occidental había un público inmenso que creía en la vida inteligente en otros lares del universo. Bajo ese clima, con los chicos perdidos en los Alpes y los ufólogos en su máxima expresión, la novela se enfoca en un personaje particular, un escritor de libros de ciencia ficción con un perfil de obras alienígenas.
Mientras estamos en todo esto, que es a la vez cómico y bastante fascinante, el colectivo que se hace llamar Wu Ming inserta un momento histórico de la Italia de fines de los setenta, cuando el primer ministro demócrata cristiano Aldo Moro fue secuestrado por las Brigadas Rojas. Italia colapsó por completo, esos años convulsos de izquierdas y derechas radicales que utilizaban la violencia para expresarse. Entonces, esta novela, Ovni 78, comienza a ser un día a día de aquellos días del secuestro, entre diario y artículo periodístico, contado desde el mundo de aquel escritor italiano de ciencia ficción.
Poco a poco, el nombre del colectivo comienza a tomar más fuerza, que se llame Wu Ming cobra más y más sentido, a tomar un cierto, tramposo y confuso, pero latente rasgo ideológico con la Revolución Cultural china, con una posición política.
Wu Ming quiere decir o anónimo o cinco nombres (el colectivo estuvo firmado en un principio por cinco personas), pero también Wu Ming es una firma común entre los ciudadanos chinos que exigen democracia y libertad de expresión. Entonces, el colectivo que firma por ese nombre es de izquierda a la vez que se opone al totalitarismo chino. Es un libro con una gran fuerza política, pero escrito de manera anónima. El resultado es maravilloso: es una novela libre, pero también de izquierdas en donde vamos viendo la ebullición del conflicto al mismo tiempo que estamos en comunas jipis, también con ufólogos, ufósofos, una antropóloga que los estudia como fenómeno social al mismo tiempo que los personajes toman cada vez más vida, más problemas de la época como la heroína y el conflicto de abortar.
Wu Ming es más que un seudónimo o un colectivo, un hechizo capaz de escribir una novela única, en donde los autores son una pluralidad de inteligencia, de ideología y libertad. Pura literatura libre de autores.

Wu Ming, Ovni 78, Barcelona, Anagrama, 2025. 485 páginas.

 

Sara Mesa: de qué hablamos cuando hablamos de Alta Literatura

Sara Mesa (Madrid, 1976), radicada en Sevilla desde su infancia, se ha caracterizado desde sus primeros libros como Cuatro por cuatro, Cara de pan y Un amor por encarnar aquella definición extraña que aman los críticos literarios de hacer Alta Literatura. Normalmente es difícil de atrapar esta categoría y, es cierto, vaya a saber Dios qué quiere decir. Sin embargo, al ser tan manido, no estaría mal explorar de qué se habla cuando se habla de Alta Literatura. Parafraseando a Carver, desde luego.
Desde los días de esos nombres grandes como James Joyce, Marcel Proust y Franz Kafka, quienes hicieron de la literatura el centro de su obra, en lugar, por ejemplo, de la mitología griega, cualquier otro mito o de la cosmogonía del lugar donde se nace; los autores mencionados hacen de los poemas, ensayos o novelas el centro de sus libros, la razón fundamental de su universo, al grado que muchas personas que leen mucho han pensado que redefinen el mundo. No solamente el futuro, lo que sería lo usual, sino el pasado. Gracias a Joyce, Proust y Kafka, pues, es posible entender el pasado, el presente y vislumbrar el futuro. Estas son ideas de Borges, por supuesto en el ensayo Kafka y sus precursores.
De esta manera, Sara Mesa pertenece a un mundo vislumbrado por Kafka al cual ella le da una continuidad. Sobre todo, en su más reciente novela Oposición. Un fantástico experimento que deviene en una deslumbrante obra de arte. La novela va sobre una joven que poco tiempo después de salir de la universidad, se zambulle en un trabajo del estado, en un mundo profundamente burocrático a la manera burlesca, realista y fársica kafkiana, que, si no fuera parte de la vida de los seres humanos actuales, de cualquier sociedad, pensaríamos que es un espantoso delirio de un loco. Pero Kafka vio que, por hacer un trámite o por cumplir un protocolo, la burocracia es capaz de asesinar a quien se oponga a ella, ahí están los nazis y estalinistas para demostrarlo.
Pero Sara Mesa trasciende cualquier tipo de denuncia totalitaria, que sería totalmente legítima, para concentrarse en el propio funcionamiento abstracto y absurdo de la burocracia. Así, la joven protagonista entra a trabajar a una empresa en donde es parte de ella, pero no sabe exactamente qué hace. Está contratada, tiene un asiento, un teléfono, un muy buen salario… pero no tiene la menor idea de en qué consiste su trabajo. Y lo más sorpresivo, a la vez que normal, es que no pregunte nada, que, si ya le están pagando y encima no debe hacer nada, le dice su madre, ¿qué queja puede haber?
Sin embargo, quien cuenta la historia, sin tener ideales precisos, sin querer cambiar el mundo, ni mucho menos, tiene el impulso humano de hacer algo. De leer, de escribir, de dibujar, lo cual no está para nada peleado con su trabajo, mientras no confronte la burocracia.
Su espacio, sus amigos, sus aspiraciones están completamente dominadas por su trabajo, al grado que tal pareciera que su universo completo es la oficina, y, más aún, o, precisamente por eso, el edificio en donde pasa el día entero es su vida; en donde se la pasa trabajando, el cual es un rascacielos circular y laberíntico; inmenso, plagado de burócratas para quienes su vida completa es respetar las reglas y seguir sin chistar jamás cualquier trámite o norma. Pero ella quiere hacer algo, no sabe exactamente qué, pero estar activa, confrontar el lenguaje, el sentido de las cosas, no por rebeldía ni ningún tipo de ideología, sino porque sencillamente ella es así.
Así, la oposición es un juego de palabras entre un examen en donde ella hace una prueba, en donde se opone con base en sus conocimientos, y la maravilla de oponerse a la burocracia mediante la actividad, confrontar el absurdo y, la mejor sorpresa: un enorme sentido del humor. Alta Literatura en donde el humor y la creatividad destruyen el oscuro mundo del sinsentido, del absurdo de la estupidez.

Sara Mesa, Oposición, Barcelona, Anagrama, 2025. 225 páginas.

 

Jorge Alberto Gudiño: los vestigios que nos describen

Los humanos somos una especie presuntuosa que se jacta de dominar el fuego, de haber inventado la música, construir ciudades con drenajes y un sinfín de tecnología más.
Sin embargo, hablamos poco de algunos inventos un tanto incómodos que forman parte de nuestra vida diaria como la basura que nos habita y la habitamos como si no existiera. Y olvidamos que, sin la humanidad, no habría basura. En un ecosistema todo es cíclico, se regenera.
En datos duros, “En el planeta, se generan mil 300 millones de basura al año, que corresponden a tres millones 561 mil 642 toneladas de basura”. Pocos se cuestionan el significado social, el humano, de la basura. Porque en el económico, ya se sabe que la basura genera muchísimo dinero.
El novelista Jorge Alberto Gudiño (Ciudad de México, 1974) trata sobre esto en su más reciente novela Historia de las cosas perdidas, en donde la historia comienza en medio de la noche cuando suena el teléfono. A esa hora, sabemos, solamente pueden ser malas noticias. Y así es, pues a Roger, personaje principal de esta historia, le marcan del hospital porque su jefe acaba de sufrir un accidente y necesitan autorización para poder amputarle un brazo.
Tras tomar una decisión radical, Roger comienza a preguntarse la razón de que haya sido precisamente a él a quien han llamado pues no es ni remotamente la persona más cercana a su jefe.
A partir de aquí comienza a introducirse a una historia como por accidente y es en este tono, de claroscuros, matutino en el que la duermevela aún invade todos los sentidos. En este ambiente se desarrolla esta melancólica y profunda novela, en el silencio y la reflexión.
Tras el accidente de su jefe, Roger asume un papel importante en la empresa donde trabaja, Vestigios, que se dedica a analizar la basura para entender a una sociedad: ver los desechos como una especie de algoritmo para conocer el mundo, y, por supuesto, saber qué venderle.
La empresa y su poético nombre, Vestigios, comienza a funcionar cada vez más como una metáfora de la novela, porque según sucede la trama, vemos como Roger está invadido por todo lo que ha perdido. Por basura cibernética, por desechos orgánicos e inorgánicos, pero también vive con fantasmas, en su trabajo, y con la ausencia constante de su expareja. ¿Qué tanto forman parte de él las cosas perdidas? Quizá acaso digan más que aquello que conserva y que forma parte de su vida diaria.
Además, lo perdido es también un motor. Los huecos que deja la gente que ya no está son una razón para habitar el mundo, para convertirse en diferentes personas. Así, en Historia de las cosas perdidas, el vacío va invadiendo cada vez más la realidad hasta convertirse en el silencio que habita la vida cotidiana de manera ubicua. La de la historia de las cosas perdidas, de los vestigios que nos describen.

Jorge Alberto Gudiño, Historia de las cosas perdidas, Ciudad de México, Alfaguara, 2022. 270 páginas.

 

Rodolfo Vázquez y el atrevimiento de pensar

En días recientes, he tenido la fortuna de que cayera a mis manos el libro Educar para pensar, de Rodolfo Vázquez (Buenos Aires, 1956); obra cuyo subtítulo es Del Emilio a la era digital.
Hace alusión, por supuesto, a la obra del filósofo Jean Jaques Rousseau en donde se plantea con mucha fuerza en la modernidad, la forma de educar a los seres humanos. Sin ser un erudito en el tema, ni mucho menos, para buscar una preocupación semejante, habría que ir algunos milenios atrás a la Republica de Platón que se preocupaba por la formación humana de parte del Estado.
Quien sí es un erudito en el tema y nos va llevando por las vertientes filosóficas de la educación, es Rodolfo Vázquez, quien nos conduce por la complejidad de Rousseau, sus diferentes textos y el pensamiento de la época y, por supuesto, por el asunto central que es por demás apasionante: ¿cómo se puede o se debe educar a un ser humano para que sea una persona autónoma, pensante? El sueño, creo, de cualquier sociedad soñada por muchos idealistas, habría que apuntar, a la cual, desde luego, me adhiero.
El libro es un recorrido por los últimos trescientos años y las obras que desde la filosofía se han propuesto reflexionar y aventurar hipótesis sobre la forma ideal de educar a esta especie que somos, la cual a diferencia de todas las demás, es necesario formar, pues hay un instinto muy potente y unos genes que nos condicionan, pero una parte fundamental de la especie se conforma en los primeros años de vida, por lo que en la era moderna, dependemos profundamente de en donde hemos crecido, y de forma radical, cuál ha sido nuestra educación, dentro y fuera de la escuela, por supuesto.
Al poner este tema sobre la mesa es inevitable pensar en la propia educación: ¿Fui educado para pensar? ¿Sé pensar, acaso? ¿Cómo saber si sé pensar o soy un mero repetidor de las cosas que he escuchado? Por supuesto que son preguntas sumamente difíciles, muy solemnes y a las cuales es mejor enfrentar con el humor involuntario de la realidad. De la biografía de quienes crecimos en México y fuimos educados aquí. Pues, pocos años he conocido tan tristes como los que pasé en la educación básica.
Platicar mi día a día en el presente, siempre resulta un tanto pedante, porque paso la mayor parte del día leyendo y escribiendo. Lo usual es que fuera producto de haber amado siempre la escuela y de haber sido un ratón de biblioteca, que, por cierto, lo fui, pero de manera tardía y lo más lejana posible a la escuela. Decía que no me la pasé bien en la primaria; lo extraño es que no fui a una escuela militarizada ni mucho menos, sino a una escuela Montessori, pero lejos de sentirme libre o creativo, la sensación era de mera tiranía y cero amor al conocimiento, incluso a los sentimientos humanos, pues todo era motivo de burla. Quizás, producto de aquellos años, es que detesto el pensamiento pequeño burgués. Y en donde descubrí o me preocupé por pensar, por generar un gusto por la vida, fue en soledad y ni remotamente en la primaria o secundaria, nunca fui a la preparatoria. Lo que viene a cuento, pues, con la educación, con el impulso para pensar nunca fueron ni vagamente parte de las instituciones educativas en las que estuve hasta antes de llegar a la universidad, en donde, ahí sí, fue el conocimiento, los libros en específico, lo que se amaba.
Cuento esta historia personal porque me ha hecho profundamente feliz leer Educar para pensar, aunque suena bastante soñador concebir en este mundo escuelas que sirvan para eso, sí que es apasionante lo que se ha escrito y reflexionado sobre esto. En especial, para mí fueron bellísimas las páginas en donde se alude a Schiller, aquel proto romántico para quien la educación jamás debía tener nada de tiránica y más bien todo debía estar relacionado con el juego, escribió, dice Vázquez: “Cuando ríe el ser humano ‘juega con la belleza’”. Esta escuela de pensamiento alemana de hace doscientos años, pensaba lo que ahora se hace en países como Finlandia, en donde la parte lúdica crea un fundamento para ser libre, que, para muchas personas, es indispensable para pensar.

Rodolfo Vázquez, Educar para pensar: del Emilio a la era digital, Madrid, Trotta, 2025. 319 páginas.

 

El activismo doloroso e hilarante de Quya Reyna

La otredad en Latinoamérica tiene siempre tonos coloniales, aunque tanto en México, durante la Nueva España, como en Sudamérica lo que había eran virreinatos más que una Colonia. Durante estos regímenes que duraron trescientos años, las culturas originarias pasaron de ser ciudades-estado con jerarquías propias, a ser un grupo pluricultural que no siempre tenían que ver entre ellos, a veces para nada y más bien eran enemigos y que, sobre todo, creaban un grupo por no ser europeos y con el paso del tiempo, o se volvieron mestizos, o se convirtieron en grupos aislados que, una vez que vinieron las guerras de independencia, o los integraron a la fuerza, o los marginaron por no funcionarles a las naciones en sus proyectos de formar repúblicas.
Por supuesto que estoy hablando a grandísimos rasgos, pero lo hago para dimensionar, aunque sea un poco, ese extraño fenómeno que hemos naturalizado en donde muchas personas son “las extrañas” en su propio lugar de origen, aquellos otros que usualmente crea el colonialismo. En México esto se ve de manera más fuerte en estados como Oaxaca, Guerrero, Chiapas o Yucatán, en donde las culturas originarias se han mantenido, y resistido a embates culturales y muchas veces violentos. Y al convertirse en la otredad, al ser vistos siempre desde fuera, sucede aquello usual: ser considerados desde el prejuicio, o son observados como atrasados, que se niegan al progreso, o son muy buenos y encarnan lo más puro y auténtico de una sociedad. Se les niegan esas aristas, matices de grises y diferentes dimensiones que son indispensables para los seres humanos. Ser todo: buenos, malos, angelicales, artificiales, auténticos o lo que gusten: libres.
Justamente pone esto en tensión Quya Reyna (El Alto, Bolivia, 1995), una joven escritora boliviana quien, en un principio, desde las redes sociales, comenzó un activismo en donde con un texto en Facebook, “Dejame llorar”, reflexionaba desde su familia, a caballo entre las entrañas y la reflexión, sobre los problemas de violencia que vivió Bolivia en 2019. En contra del terror en todos sentidos y sacando a la luz una identidad, la de los aymaras, en El Alto a 4 mil 150 metros, la ciudad conurbada aún arriba de La Paz, y la segunda más poblada después de esta.
Desde ahí, Quya Reyna escribe Los hijos de GONI, una serie de crónicas autobiográficas que son una verdadera sorpresa. Quien haya sido tan amable de haber leído hasta aquí, se imaginará que el libro es de un activismo enojado de manera legítima o resentido de igual forma. Pero no, estas crónicas suceden en un lugar marginal en todos sentidos: es la zona conurbada, inmensa, pobre y marginal y está habitada por aymaras, por un pueblo originario que siempre ha sufrido discriminación en Bolivia. Pero las crónicas hablan de aquello universal que nos hace humanos: los núcleos familiares en donde abunda la competencia, los celos y, desde luego, la envidia. Escribe Quya: “Yo creo que un hombre en El Alto no es nada si no es más que su vecino, por eso los adornos coloridos en las bicicletas y minibuses, por eso las fachadas bien llamativas de los nuevos edificios (…) porque no se puede vivir sin decirle a tu vecino: Tu envidia es mi bendición”.
Las crónicas tienen la maravilla de ser brutalmente divertidas mientras cuentan momentos de brutal pobreza, de hambre, de marginación, y no es porque sean una apología de esto, sino porque aparece la inteligencia, el punto de vista tan fino capaz de descubrir, cual rayo láser, los sentimientos humanos que se concentran en una familia. Las crónicas son confesionales, son de denuncia, describen a la cultura aymara también y, muchas veces, habitan ese mundo extraño de la literatura, a lo Kafka, en donde Quya Reyna en Perro gris, es una extraña incluso para sí misma. Y, de manera paradójica, dejan de ser los otros, los aymaras y los de El Alto en estas crónicas, para volverse, sencillamente, quienes cuentan la historia. La joven, la mujer, que cuenta su vida en primera persona y se aleja de los prejuicios de la otredad.

Quya Reyna, Los hijos de GONI, El Alto, Sobras selectas, 2022. 102 páginas.