Guillermo Saccomano: hacer arder la literatura

Guillermo Saccomano (Buenos Aires, 1948), autor de culto y artífice de una prolífica obra plagada de brillantes ensayos, libros de cuentos y esperpénticas novelas como Arderá el viento que le valió el premio Alfaguara 2025.
Confieso que, hasta este galar-dón, nunca había escuchado el nombre de este autor, pero basta echar un ojo a la primera de forros para ver su prolífica obra y dar un salto al internet para descubrir que es uno de los intelectuales más importantes de su país, Wikipedia dixit, y también que: “Para Sa-ccomanno no existe el destino co-mo determinación, ya que cada cual puede modificarlo según su deseo. Como prueba, apela a tex-tos religiosos y ensayos existen-cialistas, una bibliografía que abarca desde el Eclesiastés…”. Se me antoja muchísimo leer la obra de Saccomano, pero al mismo tiempo agradezco mucho haber llegado a este libro sin saber nada de ella, porque la sorpresa fue enorme y deslumbrante. Sé que con esto me muerdo la lengua al escribir esta reseña, pero quien guste estar en mis zapatos de no saber nada, puede parar ahora de leer, conseguir el libro y tras leerlo en furiosos dos días, volver, si acaso es tan amable, a este texto.
Y entonces se puede decir, discutir, que Saccomano escribe una obra desde la incomodidad, con el afán de no ser complaciente para nada en la trama; de provocar angustia e indignación, y claro, surge la pregunta de entonces para qué leer este libro; ¿por qué no mejor leer a autores plagados de belleza como Proust, Dickens o Sacheri? Yo normalmente estoy de acuerdo, pues discrepo del sexo, la violencia y la sangre como me-dio indispensable para construir una trama. Pero claro, hay autores que incluso pueden caer en la plena vulgaridad no sólo sin mancharse el plumaje sino ha-ciendo de esta mera poesía; son pocos, muy contados como Nabo-kov, Choderlos de Laclos y ahora, descubro con enorme alegría, Saccomano. Quien escribe una historia escalofriante, esperpén-tica al mismo tiempo, anacrónica y, por qué no disfrutar el oxímoron –esa hermosa unión de contrarios– rigurosamente actual.
Arderá el viento cuenta la historia de una pequeña villa en el Gran Buenos Aires; es hipotética, pero es posible imaginarla. Se trata de uno de esos asentamientos que producen las grandes ciudades, áreas conurbadas en donde se mezclan tanto diferentes clases sociales como una vida muy local mezclada con una gran urbe. Ahí, de una manera un tanto fársica llega una familia de migrantes europeos, cuyo padre se jacta de ser un noble húngaro, y que desea comprar un hotel ruinoso, y nombrarlo con el rim-bombante nombre de Hotel Habs-burgo. Así, esta familia irrumpe en una comunidad a la cual mantenía estable la hipocresía: todos roba-ban, todos mentían, todos enga-ñaban, pero cada uno a su manera guardaba un silencio que los man-tenía unidos; se sabían sus secre-tos sin jamás mencionarlos. Pero llega esta familia que en todos sentidos es extrema: el padre un ludópata cleptómano, por sólo de-cir dos rasgos; la hija introspec-tiva, solitaria y… el hijo un sicópata a nada de actuar; y, ante todo, la madre, el personaje más potente de la novela. Una femme fatal perfecta: voluptuosa, excén-trica que utiliza el sexo para dominar, por supuesto, pero tam-bién para descubrir la vida, de manera irónica porque al mismo tiempo que goza y manipula es quien lleva la historia, quien escribe y quien para hacerlo necesita estar desnuda; espejo del autor quien va construyendo un relato con un lenguaje intenso, lleno del dialecto argentino, el de las villas, mientras va contando la historia del mundo mediante la degeneración de la humanidad, Sodoma y Gomorra, a la manera de Dante quien tiene un reflejo en uno de los personajes, por cierto, y también al estilo del Bosco y su profunda y apocalíptica obra El jardín de las delicias con la cual Arderá el viento dialoga a cada instante porque es una reflexión sobre el mal, el fanatismo, el ra-cismo y todos aquellos extremos que devoran el presente. Una no-vela extremadamente bella e im-posible sobre nuestro mundo actual.

Guillermo Saccomano, Arderá el viento, Ciudad de México, Alfaguara, 2025. 235 páginas.

 

Gonzalo Celorio: un Cervantes sorpresa

Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948) es un nombre, un personaje en el mundo de las letras muy conocido desde finales de los años setenta. Director de la Academia de la Lengua Española, académico de toda la vida de la UNAM en donde fue profesor de generaciones y más generaciones durante 50 años. Formando alumnos, cultivando anécdotas, lecturas; leyendo fervientemente y siendo un profesor icónico de esta universidad que, por supuesto, trasciende fronteras y Celorio es conocido en casi todas las universidades que estudian literatura en México.
Sus libros, sobre todo algunos, como Tres lindas cubanas y Amor propio también forman parte de la cultura literaria de la segunda parte del siglo XX en México. Sin embargo, con todo esto, fue una sorpresa para mí, muy grata, debo decirlo, enterarme que le habían otorgado el premio Cervantes 2025. Fue inesperado porque este galardón se lo han llevado los “más grandes”, por decirlo de alguna manera y muchos muy célebres mexicanos, como Arreola, Rulfo o Garro, nunca lo recibieron. Cuando hablo de los más grandes no solamente me refiero a talento o prestigio literario, también hablo de lo reconocidos que son fuera de México. En la lista del Cervantes están Paz, Fuentes, Del Paso, Poniatowska, Pacheco y Pitol, estos dos últimos parecidos a Celorio en cuanto a ser autores de culto o sobre todo conocidos en los círculos literarios y, Pitol sobre todo, por tener una exitosa carrera en el medio literario de España. En fin, pues, que este Cervantes a Celorio resultó una sorpresa, y ahora contaré por qué particularmente grata.
Hace unos cinco años, que siento como si fueran veinte, por lo mucho y acelerado que se ha vuelto el tiempo después del Covid, cayó a mis manos Los apóstatas de Gonzalo Celorio. Me llamó la atención el título, esa palabra culta que aún antes de saber su significado, ya dice mucho. Algo como una especie de cofradía que se dedica a mantener secretos durante las noches bajo la sombría luz de las velas en antiguos conventos. Antes de entrar a las primeras páginas, Celorio devela en el epígrafe lo que significa apóstata, más aún, el verbo: “apostatar 1. Dicho de una persona: abandonar públicamente su religión. 2. Dicho de un religioso: Romper con la orden o instituto a que pertenece”, RAE dixit. La novela, que abre con la oración en cursiva que parece una sentencia: “maldita sea la hora en que se me ocurrió escribir esta novela”, cuenta al principio la primera infancia del narrador. Unos primeros años en los que fue criado junto a su numerosa familia, más de diez hermanos, en una Ciudad de México bastante lejana en geografías y temperamento, más que en años. Aquella ciudad de los años cincuenta que era muy segura y los niños se iban solos a la escuela en tranvía y las que ahora son avenidas inmensas eran calles pequeñas, campos baldíos, riachuelos o bosques. Me gustó el tono, el tema y el estilo, pero es un libro de cuatrocientas páginas por lo que con la llegada de libros y más libros y con la entrega de premios y más premios a autores y autoras Los apóstatas fue acomodado, no abandonado, en el estand de literatura mexicana hasta el pasado lunes que le fue concedido el Cervantes a Celorio. Y entonces, desde este lunes, he estado leyendo Amor propio, novela de descubrimiento de la vida, El metal y la escoria, novela en donde cuenta su ascendencia, la migración de su abuelo, Mentideros de la memoria, en donde entre crónica, ensayo literario y homenaje habla de autores con los que ha convivido o admirado como Jaime Sabines, Juan José Arreola o Julio Cortázar.
Con bastante gusto, con mucha fascinación descubro que Celorio repite y repite la autobiografía que se mezcla con la historia de su familia y la Ciudad de México; como decía, más o menos, Paz sobre Sade cuando un autor es monotemático no es repetitivo, sino que ya está en el terreno de la obsesión. Así, cualquier libro de Celorio de narrativa es una entrada a un universo que incluye el exilio, el amor, los secretos, el erotismo y todo aquello que significa una familia, sus relatos, al menos en México y en España. En Los apóstatas se encuentra furiosamente esta obsesión de contar los relatos familiares, los secretos de sus libros anteriores. Con la honestidad de preguntar a quienes están involucrados y con la furia de indagar en el pasado, aunque signifique desgarrar el presente, hurga en las heridas que ha dejado el pasado como si fueran el pan de cada día. La comunión que exige ser excomulgada.
Gonzalo Celorio, Los apóstatas, Ciudad de México, Tusquets, 2020. 413 páginas.

 

Andrés Neuman y la luz incandescente de María Moliner

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es un narrador llamado siempre por la crítica como poeta, con características de este género; normalmente, esta etiqueta responde a la relación con el lenguaje, una en la cual tan importante es el sonido y el ritmo de las palabras como aquello que se narra.
Neuman, por supuesto, además de novelas tiene poemas y alguno que otro libro inclasificable como Barbarismos en donde redefine algunos sustantivos de manera lúdica; dice, por ejemplo: “aburrimiento: estado de autopercepción extrema”. O en El equilibrista, una serie de deslumbrantes aforismos como “Nadie se toma en serio a quien lo admira demasiado” o “La felicidad es un estado de gratitud”. Libros que dialogan de manera directa con su más reciente entrega: Hasta que empieza a brillar, un deslumbrante recuento biográfico sobre María Moliner a la vez que es un cuadro de época y un homenaje a la lengua española a la vez que un estudio de ella; sí, ni más ni menos.
Hasta que empieza a brillar comienza con los primeros años del turbulento siglo XX en España, desde aquellas primeras décadas de la República, el golpe de Estado, la Guerra Civil y, desde luego, el franquismo. Años durante los cuales España se transformó, rejuveneció y se convirtió en otro país con miles de exiliados. Neuman cuenta de manera cuidadosa la primera juventud de Moliner, sus años en la Insti, como llamaban a la escuela; su descubrimiento del lenguaje; su fascinación por la posibilidad de escribir mejor el español, de corregir, de aprender. Por próximos que nos parezcan aquellos años, apenas cien, se trataba de un mundo completamente diferente en donde las mujeres casi no estudiaban y eran muy raras las que podían ir a la universidad. Moliner fue de las primeras en hacerlo, siempre supo que lo suyo era la filología, el amor por el lenguaje, pero en aquellos años no se podía estudiar en España porque no existía. Así que Moliner se matriculó en historia. Alumna brillante, por supuesto, mientras España iba y venía en sus conflictos políticos la vida seguía en medio de golpes de Estado y guerras civiles, Moliner seguía estudiando, se casó, tuvo hijos y comenzó a trabajar. Primero como bibliotecaria y poco a poco fue mezclando esta profesión con ser profesora. Yendo de Zaragoza a Valencia se empeñó en pleno franquismo en divulgar la literatura. Y entre estos menesteres, se dio cuenta que había algunos fallos en la Real Academia de la Lengua, que, a veces, podía ser un extraño laberinto. “–Muy bien, Antoñito, ¿y qué quiere decir exuberante? / –Le juro que esa me la sabía, profe. –Pues para algo está el diccionario. / –Voy, Eh, “abundante y copioso en exceso”. / –¿Y qué quiere decir copioso, Antoñito? / –Ni idea. ¿Que se copia mucho?”. Aquí refleja con humor aquellos momentos en los cuales el diccionario lleva de un lugar para otro sin resolver una duda. Entre todo ese mundo, en donde en algún momento Moliner fue cuestionada por el franquismo y sublevada diez grados en su cargo por haber sido Republicana, siendo madre, en medio de carencias económicas y mujer sin derecho a un estudio en su casa; María Moliner se embarca en la labor titánica de escribir un diccionario; sí, así como suena, entre sus horas de trabajo y vida familiar se afana de manera metódica, ficha a ficha a hacer entradas y entradas de sustantivos, verbos y, sobre todo, usos del español. ¿Qué sucede si una palabra no está en el diccionario? ¿Existe? Ese proyecto monstruoso que, por supuesto le tomó más de quince años realizar alrededor de ochenta mil entradas, muchas más que el de la RAE, fue una completa revolución en el mundo en todos sentidos. Porque plantear un diccionario divertido que diera definiciones y además ejemplos de uso de aquello que se consultaba, era modernizar un país y el mundo: hacer el lenguaje suyo.
Hasta que empieza a brillar es además de un hermoso homenaje a Moliner, la posibilidad de descubrir la experiencia del lenguaje, que la creación no solamente se encuentra en las novelas, poemas o ensayos, sino en la creatividad de renovar el lenguaje, incluso, de manera contundente y casi imposible, en un hermoso diccionario como es el de María Moliner.

Andrés Neuman, Hasta que empieza a brillar, Alfaguara, 2024. 293 páginas.

 

Gustavo Rodríguez: amar a mamá

Gustavo Rodríguez (Lima, 1968) se dio a conocer en el panorama de la literatura latinoamericana en 2023 con su novela Cien cuyes, con la cual ganó el premio Alfaguara. Al leer su semblanza, por esos días, descubrí a un autor que ya tenía un buen número de novelas publicadas, y se notaba en la escritura de la obra acreedora del Alfaguara, que no se trataba para nada de un novato. Cien cuyes va sobre la relación de una mujer de la tercera edad y su cuidadora; aparece esa belleza de una relación de trabajo que se transforma en la más importante de sus vidas y en ella, en esa maravillosa amistad se entrecruza todo: la edad, las diferencias de clase y culturales. Es, sin duda, una novela entrañable.
Rodríguez regresa con su más reciente novela precisamente en la misma sintonía de escribir sobre la tercera edad, sobre la amistad y sobre la familia; estos son algunos de los temas centrales de Mamita, donde ya desde el título es valiente al hablar así de su mamá en un mundo profundamente patriarcal y hablar, escribir así sobre su mamá, es confrontante, por lo vulnerable y poco macho.
La escritura de Rodríguez es genial y deslumbrante, y hace falta, muchísima falta en el presente literario, pues entre los tópicos literarios, la sed de fama y de ser llevadas a la pantalla, muchas obras buscan escribir historias plagadas de asesinatos, de sexo, de niños migrantes, feminicidios, de alienación y demás sufrimientos que sin duda suceden en Latinoamérica y en el mundo, y en general no me molesta leer novelas con estos contenidos, pero cansa que sean los únicos; por eso Gustavo Rodríguez es fundamental.
Jorge Ibargüengoitia decía que, como en esencia cualquier persona puede escribir un libro, muchos escritores, en busca de legitimidad en el oficio, escriben libros dificilísimos. Así, pienso en una idea y es que un autor ordinario escribe sobre cosas extraordinarias; mientras que, un novelista extraordinario revela lo más común, lo más prosaico, es capaz de conmover y sacar las lágrimas con lo más sencillo, lo más pedestre; con lo cotidiano de una charla o una amistad, llega a las entrañas con meras cosas ordinarias. Así sucede con Mamita en donde el autor se prepara para ese durísimo momento en que ya no esté su madre. Por lo tanto, ficción mediante, decide regalarle un libro a su mamá sobre su abuelo, el papá de su progenitora al que ella nunca conoció, pero a quien, en muchos sentidos, ella dedicó su vida.
Así pues, en Mamita estamos con un personaje que es un alter ego del autor, un escritor profesional que vive de manera holgada de sus libros y quien camina con muletas en la coyuntura mientras sucede la novela. El autor, pues, se dedica a escribir un libro sobre su abuelo, a comer un día a la semana con su anciana madre y su hermano que cocina y cuyos alimentos auspicia el escritor, y, de lo mejor de la novela, a platicar con Hitler –a quien su madre llama Hitlercito–, el conductor que trabaja para él y que lo lleva por Lima, sobre todo a comer con su mamá y también a otros menesteres.
Gustavo Rodríguez nos cuenta que Hitler es un nombre de pila que se usa en el Perú, a saber por qué, pero el autor piensa que se puede deber a una aspiración de clase al usar el nombre de alguien que suena importante. Yo le creo completamente a Rodríguez, pues soy de Oaxaca y mi mamá tiene alumnos como Raudel, Franco, Germain, Plinio, Erasto o Plauto. En fin, que en Mamita Rodríguez va construyendo un mundo plagado de humor con Hitler y su anciana madre, pero también un mundo cálido, necesario, lleno de cariño en el cual quienes leemos la novela somos felices; Rodríguez tiene muy cerca a Cervantes, quien sabía que los libros son lugares hipotéticos pensados para ser felices. Así, con el Quijote y Sancho somos felices; de igual forma con Hitler y el narrador recorremos Lima, leemos, comemos con ellos, vemos la ciudad desde la belleza del humor y el cariño.

Gustavo Rodríguez, Mamita, Ciudad de México, Alfaguara, 2025. 249 páginas.

Laure Murat y el salvavidas Marcel Proust

Hace poco más de cien años, la prestigiosa editorial francesa Gallimard, rechazó el manuscrito de un hombre que hasta entonces había publicado un solo libro de difícil género, unas estampas a caballo entre la poesía y la prosa; una figura que tenía la fama de mundana, de persona superficial que pasaba la vida entera en los salones de la nobleza y los círculos del poder. Por esto, cuando Marcel Proust lleva la primera entrega de su heptalogía, Por el camino de Swann, esta fue rechazada debido a su abuso de duquesas, según dictaminó la editorial.
Lo cual es cierto de manera indiscutible, y, por lo tanto, lo apasionante es porqué ya en la segunda década del siglo XX, en una Francia completamente republicana, Proust siguiera apasionado, obsesionado, mejor dicho, por aquella nobleza que después de la Gran Guerra, comenzaba una profunda decadencia. Proust decide escribir sobre aquella Francia, aquella Europa de la belle époque en la cual la “gente”, nobles y ricos, aún se podían dedicar a disfrutar de la vida. Para esa clase no existía ni remotamente la idea de trabajar. La vida eran los salones en donde se escuchaban las piezas recién compuestas, se recitaba poesía, se hablaba de literatura en medio de té, champán y banquetes. Diciendo esto, ¿quién en su sano juicio quiere leer a Proust? Pues yo lo hice de manera apasionada entre los dieciocho y los veinte años. Leí, devoré, bebí y me alimenté de esa escritura de frases de páginas y páginas, de rizo sobre el rizo y de apunte sobre el apunte. Las personas me veían leyendo ese libro y me miraban como si se tratara de un loco; como si a un Homo habilis se le pusiera enfrente caviar y champán o los poemas más sofisticados de Luis de Góngora. Pero la respuesta es fácil: Proust me encantó desde el principio porque yo compartía un hecho contundente con él: en mi familia no había ni alcurnia y mucho menos dinero, pero la razón más importante en la vida que me inculcaron, era vivir a través del arte como esencia única y última de la vida.
Por su parte, a Laure Murat (Neull-sur-Seine, 1967), Proust la ayudó a reconciliarse consigo misma, y en sus propias palabras le salvó la vida. Pues esta historiadora francesa escribe en su semblanza: “Alejada por decisión propia de sus orígenes aristocráticos, se define como una mujer sin hijos, soltera, homosexual, profesora de izquierdas, votante de izquierdas y feminista”; cuenta en las primeras páginas que al principio le habían pedido que escribiera una serie de artículos sobre Marcel Proust, mientras tanto, en algún momento de esos días, ve una escena de la serie Downton Abbey en donde un mayordomo pone la mesa midiendo la distancia entre los cubiertos con una regla. Ahí le viene la epifanía proustiana –la misma del crítico de la animación Ratatouille– y recuerda su infancia y todos aquellos lazos nobles que siempre la avergonzaron y que están ligados de manera radical a la obra y por supuesto al ser humano mismo que fue Proust, a quien su ascendencia conoció.
Proust, novela familiar, es un ensayo sobre la obra de Marcel Proust a la vez que biografía del autor que tiene la capacidad de ver nuevos puntos, nuevas lecturas de En busca del tiempo perdido, pues va descubriendo a nobles que estuvieron en esos salones, la relación con Proust y cómo aparecieron en su obra. Es burguesía cada vez más caduca que al principio se escandalizó al verse retratada en la novela y una vez que ésta se hizo un portento, se jactaban de estar allí; el ensayo, al mismo tiempo, indaga en su propia vida, la autora, con mano dura, demostrando que Proust es un salvavidas porque el tema central de la obra no es otro que la complejidad humana que se busca en los sentimientos: el amor, la amistad, la soledad, el deseo y todos aquellos que nos vengan a la mente. Por lo cual sus personajes no hacen otra cosa más que entregarse a ellos y a disfrutar del arte. Por eso algunos de los momentos más potentes de la novela son el descubrimiento mutuo, amoroso, pasional y por lo tanto destructivo de una sonata para piano que Proust describe de manera espectacular; y otro, la asistencia del protagonista al estudio de un pintor acompañado de unas chicas, luego de unas amigas entre las que se encuentra Albertine y cuya figura está definida en muchos sentidos por las obras del pintor.

Laure Murat, Proust, novela familiar, Barcelona, Anagrama, 2025. 282 páginas.

 

László Krasznahorkai y la melancolía del lenguaje como salvación

Los premios pueden ser muchas cosas: fuentes de alegría, celos, tristeza o frustración, depende de a quién son otorgados, si a personas que nos simpatizan o a las que no. Quizás más en literatura, pues es cuando puede venir algo de dinero y fama, que, con la excepción de algunos que son muy ricos y famosos, les importa poco.
En esta ocasión, el Nobel tenía la emoción extra de contar con una mexicana como candidata al premio; de alguna forma algo en nuestro interior decía: “¿y si sí?”. Fantaseábamos con esa posibilidad, que sería un fenómeno y que llevaría la literatura mexicana de nuevo, luego de Paz, Rulfo y Fuentes, al mundo entero.
El día de ayer, 9 de octubre, se otorgó el Premio Nobel a László Krasznahorkai (Gyula, 1954), un escritor húngaro del que escuché hablar ayer por primera vez cuando miraba las notas y quinielas sobre el galardón. Mea culpa, por supuesto, pues el autor ha sido antes galardonado con los premios The Man Booker y Fomentor 2024, por el cual vino a la Feria del Libro de Guadalajara el año pasado.
Desperté casi a las 5:30 de la mañana, momentos antes de que dieran el veredicto del premio; cuando anunciaron al autor, me vino a la mente el último Nobel húngaro, y su mencion tuvo un carácter proustiano: recordé a Imre Kertész y viajé a aquel año 2002, hace ya 23 y el impacto que causó en mí la lectura de su obra. Toda, atormentada, profunda, concentrada de manera intensa en el lenguaje, en el dolor, en el recuerdo: Kertész sobrevivió a los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, por lo que su obra es un acto de supervivencia, de la escritura como una salvación, aunque esta signifique sufrir para siempre, estar en una repetición constante, que es la escritura, pero que ayuda, hace posible permanecer vivos.
Por aquellos años yo vivía en la ciudad de Oaxaca, me parecía extraña toda esa literatura, pero tenía mucho de fascinante esa escritura envolvente que giraba sobre sí misma. A lo Thomas Bernhard, podría decir ahora; pero en este entonces no lo había leído y no hacía falta. Recuerdo en especial el libro, el diario Yo, otro: Crónica del cambio, de Kértesz. Fue una especie de trampolín que me hizo desear profundamente cambiar de vida, no tenía nada en común: allá llovía todo el día –en el libro–; en Oaxaca el sol invade cada piedra; el narrador vivía obsesionado con la relación del pasado con el presente; yo vivía obsesionado con el presente y cuál sería mi futuro… sin embargo, aquel libro me acompañó en la época del cambio. Poco tiempo después, trabajaba en una librería en una plaza comercial y recuerdo que había una modelo altísima y pelirroja en el área de perfumes y que, en algún momento libre corrió a la librería y con acento extranjero me preguntó qué autores húngaros había, lleno de orgullo le dije que Imre Kértesz, entonces, ella, de un 1.80, pecas y ojos azules, concentró su mirada en mí, en mis pupilas sorprendidas, y me preguntó por qué conocía a ese autor, porque me gusta, respondí con tranquilidad. Entonces debes leer a Márai Sándor, me dijo. En húngaro se dice primero el patronímico, me enseñó. Todo esto recordé al leer durante la madrugada que había sido a un autor húngaro a quien le habían dado el Nobel. Entonces, me lancé a sus páginas, a Melancolía de la resistencia y estuve ante la misma obsesión por el lenguaje, de frases larguísimas que no se preocupan por acabar, sino por seguir de manera obsesiva en lo que cuentan sus personajes que son imperfectos, muchos viejos, extraños en sus cuerpos; brutalmente humanos. Pero László Krasznahorkai a diferencia de sus paisanos –ahora mencioné a dos, pero hay muchos más como Agota Kristof– es un autor que, en medio de la desolación, del frío brutal, del dolor, la soledad y el desamor, encuentra el consuelo del humor, de la belleza instalada en la fealdad, de la juventud en la vejez, de descubrir que en la melancolía se encuentra un profundo humor que no es otro que la literatura moderna, la cual a partir de sus paradojas explica la modernidad y la hace habitable de manera anacrónica.

László Krasznahorkai, Melancolía de la resistencia, Traducción, Adan Kovacsics, Barcelona, Acantilado, 2001. 424 páginas.

 

Hiromi Kawakami: Sanar el amor en sueños

Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) se ha erigido como una de las autoras más importantes de la literatura japonesa. Una tradición, por cierto, poblada de estrellas, de autores deslumbrantes en la cual, en los últimos años, han aparecido muchas mujeres; con, por supuesto, Kawakami a la cabeza por el éxito de sus obras, por la cantidad de lectores y lectoras que con cada novela comienzan a ser cada vez más y más: una secta que se expande por el mundo en todos los idiomas.
Dentro de este riquísimo nicho de la literatura japonesa y a su vez de obras escritas por mujeres, Kawakami tiene la característica de enfocarse en gran parte de sus obras en el amor. La novela con la cual dio el salto a la fama es El cielo es azul, la tierra blanca y mi favorita hasta ahora era Los amores de Nishino, ambas llevadas al cien en Japón. Su más reciente entrega en español es El tercer amor, una obra que, en efecto, vuelve a tener como asunto central el amor, pero que da un giro bastante sorpresivo y virtuoso que transforma la novela en una poderosísima reflexión sobre el amor, sobre el sexo a través de la historia de Japón.
El asunto de la novela va sobre una niña quien, desde que tiene uso de razón, está enamorada de un hombre mayor. Ella no lo sabe, claro, tan sólo es consciente de un poderosísimo sentimiento por un hombre que ya es un joven mientras ella sigue siendo niña. Hasta que un día platica con el conserje de su escuela, a quien le cuenta este sentimiento poderoso que tiene, a lo cual el hombre le responde que ella está profundamente enamorada de ese joven mayor que ella. A partir de aquí, ella asume que ha estado enamorada de él desde siempre. El tiempo pasa y los sucesos son afortunados al amor de ella: el joven es extremadamente atractivo y exitoso con las mujeres, pero descubre que todas las relaciones que mantiene son superficiales, mientras que con ella, a quien conoce desde niña, las cosas son diferentes. Quizá, intuimos en un principio, porque ella lo idolatra como nadie más.
Así, en unas cuentas páginas ya estamos en una poderosa historia de amor, la cual, por supuesto, está plagada de conflictos, pues una vez que se casan, él sigue manteniendo relaciones amorosas con otras mujeres. Lo hace abiertamente, ella lo agradece, esa honestidad le parece imprescindible, odiaría que lo hiciera a sus espaldas, sólo que, aunque le parece bien saberlo, las aventuras amorosas de él le destrozan la vida, la hacen profundamente desgraciada. Estas amantes no hacen más que aumentar cada día y a convertirse cada vez en más profundas, y ella las descubre en el aroma, en las miradas, en la melancolía del esposo y su vida es cada vez más desgraciada.
Hasta que una tarde descubre en medio de la ciudad y por pura casualidad a aquel conserje de la escuela que le develó que ella estaba enamorada, se ponen a charlar, y ella le dice que sufre mucho, pero que no concibe la vida sin él. Entonces, a manera de mentor, le dice que hace falta la magia.
Es cuando ella comienza a soñar, y en esos sueños comienza a vivir otras vidas. Viaja a la época Edo en Japón, hace quinientos años, a un mundo oscuro y medieval en donde es una joven pobre y es vendida a una casa de citas. En algunos años se convertirá en una cortesana, la mujer del presente y la niña del pasado son la misma a la vez que dos vidas diferentes que comienzan a dialogar, a complementarse. Aquella niña que vive en un mundo oscuro no sabe leer ni escribir, pero comienza a escuchar cantares que luego serán clásicos de la literatura japonesa, versos eróticos que comprende a la perfección en esa casa de citas donde vive. A diferencia del Japón del presente en donde nadie se toca en público y el sexo es estrictamente privado, en esa era Edo las jóvenes cortesanas eran educadas de manera precisa en las prácticas físicas para dar y recibir placer. Así, la mujer del presente ayuda a la niña a comprender los poemas y a observar la vida con diferentes perspectivas, y la chica del pasado le enseña a la mujer a disfrutar del sexo, del placer físico no necesariamente ligado a lo sentimental. El tercer amor se convierte cada vez más en un juego de espejos budistas en donde mediante los sueños los personajes viven cada vez de manera más plena y compleja las diferentes vidas a la manera budista. Una respuesta al amor tormentoso que se resuelve de manera lírica, onírica.

Hiromi Kawakami, El tercer amor, Ciudad de México, Alfaguara, 2025. 309 páginas.

 

La maravilla de los secretos y la libertad de ser en dos libros infantiles

Cerrar los ojos es al mismo tiempo huir del presente, evadirse y construir un mundo nuevo que “nace bajo la frente del que sueña”, diría Octavio Paz. Ese otro mundo que comienza al mirar dentro de nosotros mismos es parte fundamental de la humanidad, acaso único y me atrevo a pensar que sólo puede desarrollarse leyendo.
Leer es una sofisticada manera de cerrar los ojos para mirar nuestro interior, porque cuando cerramos los ojos podemos ver el mapa de quienes somos, las geografías que nos definen, las cuales, de manera muy poética, en una primera infancia, están pobladas por las vidas, deseos y frustraciones de nuestros ancestros. Es por esto que se esconde una gran alegría y un profundo dolor en las primeras lecturas, las cuales, a su vez, comienzan a moldear una nueva persona. La llorona, Hansel y Gretel y Tom Sawyer son, a la vez, un tiempo remoto del que hemos oído hablar y un presente que se confronta con cada nueva experiencia. Así, aquellos primeros libros leídos en nuestras vidas confrontan un pasado soñado por quienes nos educan al mismo tiempo que construyen un recuerdo que en poco tiempo será el pasado: la historia de nuestras vidas. Pienso ahora, sobre todo, en dos libros, el primero Soy quien decido ser de Maximiliano Rivadeneyra e ilustrado por Jimena Estíbaliz. Un libro ideal para leerse a las infancias que comienzan a tener noción de quiénes son y que pueden tocar todo lo que haga falta porque son de páginas fuertes e ilustrados de manera lúdica.
El texto comienza: “Cuando cierro los ojos soy un gigante. Soy tan grande que la tierra me queda pequeña”. Son las posibilidades de soñar, de habitar ese lugar esencial que es la imaginación: fuente de ensoñación placentera al mismo tiempo que creativa. “He recorrido el mundo tantas veces que lo conozco como la palma de mi mano”. Ese lugar es, también, por supuesto, un refugio: “Cuando cierro los ojos no me da miedo nada. La noche no es tan oscura porque algo brilla dentro de mí”. La lectura, la palabra y la imaginación como un lugar en donde ser libre y al mismo tiempo resguardarse del mundo.
El otro libro que me lleva a pensar en esa privacidad esencial que crea la literatura, es el multipremiado El árbol de los secretos de Vanessa Miklos e ilustrado por ca_teter. Este está pensado para niños que ya saben leer y se enfrentan a esa primera extraña, esotérica y mágica experiencia que es estar a solas por primera vez con un libro, ¿qué se debe hacer en ese momento? Es un objeto que no pide nada y que tan sólo espera a que nos acerquemos a él, con mucha paciencia, claro. Y, entonces, este libro cuenta la historia de una niña que vive junto a un parque, en el cual hay un árbol bellísimo al que todos los niños se acercan, da una sombra inmensa y la niña puede ver desde su casa que, cuando los niños y niñas están cerca de su tronco, susurran. Se ve que hablan bajito. Ella sabe que aquello que le dicen al árbol, que es un naranjo, son secretos. Por eso, cuando prueba alguno de aquellos frutos son dulces, mucho: ricos en sus diferentes sabores. Pero, hay otros que son amargos. La niña se pregunta por qué es así, cuál será la razón que sepan tan desagradable. Entonces, descubre que esos son secretos que no deben serlo, historias que exigen ser contadas. El árbol de los secretos es un libro rico en significados, pues, por un lado, deja claro que la vida privada, sin importar la edad, es preciosa e imprescindible: hay pensamientos y experiencias que sólo nos pertenecen a nosotros, pero, al mismo tiempo, que hay dolores que son privados, pero, que si son contados pueden ir sanando: “Porque sólo al compartir un secreto que duele al pensarlo, desaparece su sabor amargo”.

Maximiliano Rivadeneyra, Soy quien decido ser, ilustrado por Jimena Estíbaliz, Ciudad de México, El Naranjo, 2024. 22 páginas.
Vanessa Miklos, El árbol de los secretos, ilustrado por ca_teter, Ciudad de México, El Naranjo, 2024. 38 páginas.

 

Fátima López y los claros y bellos secretos

Las cosas más bellas, las más contundentes y divertidas, son un secreto. Están frente a nuestras narices, bocas y ojos, pero ni las olemos, probamos o vemos. En el mundo, por ejemplo: el olor de la madera, del viento; el sabor del agua, del frío y la propia visión de la transparencia del aire, de toda esa luz que choca con lo que toca, los árboles, el cielo o la tierra; y si hablamos de la noche, se puede decir la otra cara, acaso la real, del universo; ese momento mágico en donde el mundo, nuestra mentes y miedos y absolutamente todo cambia porque se ha ido la luz y nace una nueva evidente y secreta belleza. Ya decía Rainer Maria Rilke en sus Cartas a un joven poeta que, si te paras en medio de la noche, y te dan ganas de escribir, eres poeta. Y ya que salió en la página este fenómeno del mundo que lo crea y lo finaliza, la poesía, por supuesto y sobre todo también es uno de los más grandes secretos del mundo. Todos hemos escuchado hablar de Octavio Paz, por ejemplo, de sus premios, de sus ensayos, de sus guerras pasionales y culturales, pero pocos se acercan a ese secreto, a ese murmullo que casi nadie conoce, pero que cuando se entra en sus vericuetos y ritmos, se vuelve el centro del universo, de México, del mundo y la humanidad. No exagero, los secretos, los del mundo y los poéticos, son el hallazgo más feliz de este mundo. Como lo es Nomenclatura secreta, de Fátima López (Ciudad de México, 1981) un conjunto de viajes, de confesiones, de recuerdos y deseos que resuenan en los poemas que habitan este libro.
La primera sección se titula Poriomanía, un término que un principio es puro sonido y que va tomando carne según se avanza en el libro, luego de los epígrafes, viene el primer poema, el fragmento en prosa en donde se lanza hacia el gran problema, hacia ese reto monumental que es la palabra, va: “Digo PALABRA, mientras nace dentro de mí un lenguaje que se precipita desde el asombro. Vagabundos somos, buscando, entre los escombros, nuestro verdadero nombre, aquella copia fiel que coincida exactamente con nuestro reflejo”. Y sí, entonces se abre el mapa, el laberinto en donde se van descubriendo las búsquedas, las confusiones/confesiones de la poeta en busca de su nombre, de su lenguaje a lo largo de la ciudad. Se mezclan algunos personajes de la mitología helénica con la avenida Montevideo en la colonia Lindavista. Entra el paseo, el caminar sin rumbo fijo del flâneur intrínseco a la poesía que busca perderse, adentrarse desde la extrañeza en la ciudad, en donde el vago, luego de su etimología, viaja con la poeta por sus sinónimos hasta aterrizar en “El que anda suelto y libre, andar por un sitio sin hallar camino o lo que busca, andar libre, andar vacío. / Estar vacío”. Se erra por la ciudad hasta que se vuelve personaje, y luego: “PORIOMANÍA: etimológicamente: poreia, marcha, viaje; manía, locura. / Extraña afición donde la persona que la padece (pathos) siente una inclinación irresistible a la marcha errante”.
La segunda sección es Amrita, ya afloraba el deseo, el cáliz erótico en algunos de los poemas de la primera parte, pero aquí, se derraman, son el centro de la búsqueda: “Caudal amable a lengua revuelta. En sus hábitos, la plétora se desvanece. Del sánscrito, amrita: inmortalidad, pero frecuentemente asociado con el néctar que expulsaban las diosas durante el acto sexual”. La humedad habita las páginas cada vez más, es el clima, el hábitat que va suavizando esas palabras dibujadas, lejanas en halos amorosos: “ME SUAVIZAS, me ablandas, me aletargas, tu voz me guía entre la bruma”. La mitología hindi se mezcla con Hamlet y Ofelia. “TE HAS COMIDO mi carne como un higo / mientras contemplabas mi muerte, a lo lejos”.
La última sección del libro es “Nomenclatura secreta”. Dice, “[UNA NOMENCLATURA invisible, una escritura secreta que se revela plena, solo para su poseedor”. El poema abre en la prosa en corchetes, es un aparte esta nomenclatura que busca detonarse de manera ruidosa de manera privada en quien lee, en quien ama con la pasión del alquimista. Así, en este universo privado vienen, también, los recuerdos; la charla en presente con quienes ya no están, pasado continuo, dice en Diálogos con el más allá: “Enséñame a tejer, Abuela, / que quiero crear una cobija / y ver pasar las tardes desde la ventana / para distraerme de tanta muerte”.
Fátima López, Nomenclatura secreta, Guadalajara, Mantis Editores, 2024. 91 páginas.

 

Jorge Ibargüengoitia y la herencia de su inmenso True crime

El jueves 11 de septiembre, ayer, se estrenó la serie Las muertas, de Luis Estrada, el juicio de esta obra pertenece a otro espacio y a otra especialidad, pero, el estreno es un extraordinario motivo para dedicar unas palabras al autor menos solemne, sino del mundo, por ahí andan Martin Amis y Nicanor Parra; sí de la literatura mexicana: Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928-Madrid, 1983).
Autor de una inmensa inteligencia narrativa, dramaturgo en un inicio, con obras como Llegó Margot o Al atentado y quien tuvo mala suerte, mal carácter para las relaciones en el mundo del teatro, por lo que sus obras fueron poco montadas; entonces, en algún momento decidió dar el salto a la novela, lo hizo con Los relámpagos de agosto que fue la adaptación, la conversión de El atentado a la ficción, por decirlo de alguna forma.
Así surgió un nuevo narrador que vino a dar una nueva vida a la ficción mexicana: una que explorara el humor, pues si bien en el género de la poesía ya estaba Salvador Novo y en el teatro Emilio Carballido, Ibargüengoitia dio luz a un nuevo momento en donde la tradición de la mexicanidad tuvo un frente diferente, si no es que opuesto al genial y deslumbrante planteado por Octavio Paz en El laberinto de la soledad en el ensayo y en los poemas en prosa de ¿Águila o sol? en donde aparecía un mexicano perdido en el México profundo del desarraigo y la soledad que Juan Rulfo llevó en la narrativa al cénit.
Por su parte, Ibargüengoitia, sin darle la espalda ni remotamente al México profundo, y descubriendo esa otra parte de la identidad humana y mexicana que es patética, irónica de manera involuntaria y brutalmente graciosa, hizo un nuevo mexicano: divertido y cruel. Punto este, el del humor, por cierto, que no siempre le hizo la vida fácil a Ibargüengoitia en cuanto la asimilación y categorización de su trabajo. Pues el hacer obras divertidas, por no decir hilarantes, le daba la sensación de no ser tratado con la seriedad merecida por la crítica y los premios como se trató a un Fuentes, un Rulfo o un Paz. En una de sus icónicas columnas en el periódico Excelsior contó que una vez la señora que trabajaba en su casa le dijo: “Ay, don Jorge, ¿y cuándo va a escribir una novela en serio?”. A lo que, naturalmente, el autor de Estas ruinas que ves se indignó, pensando, según dijo en la nota, algo como: “Me paso dos años enteros frente a la máquina de escribir, trabajando sin parar, sintiéndome frustrado en muchos momentos por la resolución de la trama y la complejidad de la escritura; pero, como hay humor en mis libros, pareciera que es lo más fácil del mundo”. Pero, por supuesto, resulta completamente lo contrario, eso fácil, eso sencillo, es de manera contundente lo más complicado del mundo.
Ibargüengoitia murió en un ac-cidente aéreo a los 55 años, y sin duda hubiera escrito muchísimos más libros. Con todo, tuvo tiempo para consolidarse como una de las voces más contundentes de la literatura mexicana, con, al mismo tiempo, una profunda influencia en las siguientes generaciones a la vez que es inimitable. Renueva la literatura a la vez que es un momento único. Entre su obra de altísima calidad, hay dos novelas que se encuentran entre mis favoritas: Dos crímenes y Las muertas; la primera una novela policiaca llena de política en plena Guerra Sucia, amor y vueltas de tuerca; y la segunda, un doloroso True crime que en muchos sentidos sigue dialogando con nuestro presente, como un inicio de una tragedia, sin duda, pues la trata de personas, de mujeres en específico, para ser explotadas sexualmente es el asunto central de la novela y la violencia y gravedad del tema de explotación y feminicidios en México son un escándalo. En fin, que en Las muertas Ibargüengoitia retoma el caso de Las Poquianchis, unas hermanas que trataban con mujeres y las explotaban y que el abuso se salió de control y se convirtió en una carnicería.
La novela es una ficción basada en la realidad en donde con base en los hechos leídos en el periódico el autor reconstruye la historia terrible, pero en donde víctimas y victimarios son mexicanos y mexicanas y, por lo tanto, tienen un humor voluntario o involuntario que en la novela se transforma en un deslumbrante humor negro que cuenta sin la mínima solemnidad una historia de terror.

Jorge Ibargüengoitia, Las muertas, Ciudad de México, Joaquín Mortiz, 2025. 185 páginas.