Alfredo Campos Villedas: una coralidad literaria

La vida diaria de un lector, su convivencia cotidiana es sobre todo con fantasmas: leer muchos libros, escribir sobre ellos, pensarlos, hacerles preguntas cuyas respuestas, atisbos de ellas y muchas más incógnitas que se encuentran en otros libros, en otras novelas, poemas o ensayos. Esta vida solitaria leyendo es cansarse de leer un libro, pero jamás del verbo, por lo que se descansa de una novela con un libro de poesía y de ahí a algún ensayo, una obra de teatro y el círculo no se termina nunca y la vida eterna es leer. Pero, claro, siempre hay excepciones, y en este caso es la irrupción de un género complicado, muy popular, pero extremadamente difícil: la posibilidad de una entrevista. Pasar el día entero leyendo a alguien que es palabras, cuyos congéneres pueden llevar muertos una década, un siglo o un milenio, pero de repente se da la posibilidad de tener, cara a cara, a quien se lee y transforma nuestras vidas y que, por eso mismo, cambia el mundo.
Se abre, pues, la posibilidad de romper esa cuarta pared en donde estamos con el libro en el escritorio con papel y tinta de por medio. Gracias a las ferias del libro, a las agentes de prensa y al internet, es posible dialogar, enfrentarse a la vida contundente de un autor de carne y hueso.
Es, precisamente, el caso de Alfredo Campos Villeda (Ciudad de México, 1967) en su más reciente libro Voces y ecos literarios: veinte entrevistas con escritores de nuestro tiempo, quien es un apasionado lector y periodista y cuyas entrevistas, publicadas en un principio en el periódico, ha pulido y ampliado en esta entrega que es un generoso panorama de muchos autores geniales de la literatura actual. El libro abre con una entrevista al Nobel francés JMG Le Clézio. Un autor bastante enigmático, que puede ir de textos tan existencialistas como El día que Beaumont conoció a su dolor una inmersión asfixiante en el dolor y el cuerpo o textos de una sencillez poética deslumbrante como El africano. Campos Villeda se inmersa en la ciudad de Xalapa, bien literaria con sus brumas y plagada de escritores, para hablar con Le Clézio. Tocan temas muy importantes, como el caso que el francés haya vivido en México y que tenga un libro sobre el país. También, declara el Nobel que Juan Rulfo es el “escritor mayor de narrativa del siglo XX”.
Decía que estas entrevistas son generosas, y es que muchas se mueven en el tiempo desde que se hizo la entrevista. En la de Salman Rushdie, por ejemplo, Campos Villeda cuenta su entrevista dando saltos en el tiempo; es capaz de estar en ese presente congelado de la novela en que hablaba con el autor y discutían Los versos satánicos y la fatua que pesó durante décadas sobre los hombros de Rushdie, y reflexionar sobre el ataque que sufriría el autor años después.
Sin duda es placentero leer la entrevista a los pocos día de que fue hecha, oliendo la tinta fresca en el papel mientras humea un café al lado; pero también es de gran riqueza que estas entrevistas, ya en el libro, se conviertan en un ensayo sobre el autor, un perfil en donde podemos ver, por ejemplo, a Emmanuel Carrère bailando en su fiesta de la recepción del Premio FIL y escucharlo hablar sobre sus obras; aparece, entonces, ese bello género que no está peleado con la entrevista que es el perfil, la posibilidad de no saber nada de aquellos autores y así, al terminar de leer el texto, haber escuchado su voz, lo que piensa sobre el mundo y la literatura. El caso súper feliz, de hermosa coincidencia en esta primera semana de septiembre, de la entrevista de Villeda a Amin Maalouf quien fue anunciado esta semana como ganador del Premio FIL. Es una entrevista dura, pues también bajo el hoy sangriento genocidio en Gaza, Maalouf, aparece desgarradoramente profético.
Estos ensayos, entrevistas, perfiles de Campos Villada son la posibilidad de escuchar a muchos de los autores más brillantes del momento: Baricco, Villoro, Quignard o Cartarescu… de saber en dónde late el corazón de quienes leemos y cuál es su idea del mundo.
Alfredo Campos Villeda, Voces y ecos literarios: veinte entrevistas con escritores de nuestro tiempo, Ciudad de México, Cal y Arena, 2024. 198 páginas.

 

Mohamed Mbougar Sarr: breve recuento de un milagro

La más recóndita memoria de los hombres se presentaba como un libro extraordinario, fantástico; las expectativas eran altas, por no decir que estaban por los cielos, pues muchísima gente que admiro la había leído y le había encantado y, sobre todo, me habían dicho: “este libro te va a fascinar a ti, particularmente”. Y así, claro: hay muchos rasgos en esta novela que son precisamente lo que me gusta, lo que amo: está escrita en francés, habla mucho de literatura y, sobre todo, tiene un epígrafe de Roberto Bolaño, el cual, más que ser solamente una introducción, es toda una declaración poética de cual es en específico su amor por los libros y cuál es la literatura que ama quien escribe este libro, Mohamed Mbougar Sarr (Senegal, 1990), quien –leyeron bien, tiene la poca vergüenza de tener 35 años– ha escrito con esta su cuarta novela y que, hasta ahora, entre muchos otros premios, se ha llevado el súper prestigioso Goncourt, que es el más importante en Francia. Un africano que es la gloria nacional de las letras en Francia, se dice fácil, pero es todo un cambio en el mundo.
El título de la novela, La más recóndita memoria de los hom-bres, es parte de la cita del epí-grafe de la novela extraído de Los detectives salvajes de Bolaño, de hecho, me parece, es muchísimo más potente en español, pues en francés se llama La pluse secrète mémoire des hommes, la cual no es tan potente como en nuestro idioma, pues es tan sólo secreta, pero no recóndita.
Pero bueno, esto es para decir lo básico de la novela, porque por algún lugar se tiene que comenzar, ya que la historia desparrama y desparrama literatura: tiene una inmensa influencia de la Literatura Latinoamericana: están Borges, Sábato, García Márquez, Vargas Llosa y Bolaño, por supuesto. Estos nombres tan cercanos a nosotros en un joven senegalés que vive en Francia y que ha asumido toda la tradición de este país son fundamentales para la novela. Toma desde la literatura francesa a la de Latinoamérica como llave que haga girar la perilla y explote.
La trama principal, el eje que hace girar toda la novela, va sobre una novela que el narrador lee y que se vuelve el motor más importante de su vida. Quien cuenta la novela es un autor africano, nacido en Senegal, contestatario, pero que vive en Francia, escribe en francés y vive de manera cómoda gracias a una beca que le da el Estado francés. Y, un buen día, lee una nota sobre un autor senegalés al cual un crítico llama el Rimbaud africano, le pone este adjetivo por huidizo, por haber escrito una obra maestra para el momento siguiente irse a perder en el anonimato. Entonces, el narrador, escritor en ciernes, se obsesiona por el personaje, sabe que ha escrito El laberinto inhumano, pero es imposible encontrar un ejemplar. Hasta que conoce a una autora de Senegal, un poco la madre maldita de todos los escritores de Senegal, y le da un ejemplar de ese libro que siempre ha querido leer. Entonces, finalmente, lee ese libro y la novela toma un nuevo impulso, deja de ser meramente libresco para transformarse en pura historia, en mitología Serere que cuenta la ascendencia a partir de un río, un cocodrilo gigante y dos gemelos. Mohamed Mbougar tiene el deslumbrante talento de convertir una novela de pesquisas literarias borgeanas, sabateanas, macondescas y bolañescas, en historias apasionantes en donde se cuenta buena parte del siglo XX, las dos guerras mundiales, las dictaduras latinoamericanas y africanas, porque claro, la novela es puramente literaria a la vez que brutalmente contestataria con Francia, con Europa y el terrible, absurdo, actual, violento y constante colonialismo que ejercen con el mundo, al que llaman tercero, en vías de desarrollo o no industrializado, pero que explotan, exprimen y asesinan a su gente, según haga falta. Y, de todo esto, y más mucho más, habla el milagro literario La más recóndita memoria de los hombres.

Mohamed Mbougar Sarr, La más recóndita memoria de los hombres, Barcelona, Anagrama, 2024. 445 páginas.

 

Alma Delia Murillo: entre desapariciones y árboles soñados

Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, 1979) se ha convertido en una de las voces más contestatarias, feroces, conmovedoras y ahora, sabias de la literatura mexicana actual. Su primer libro lo publicó hace más de 15 años, pero tuvieron que pasar 12 para que se convirtiera en una de las voces definitivas de México. No solamente por el proceso usual al que se enfrenta todo creador, también por el clasismo, el machismo y el racismo que abunda en los ámbi-tos de poder y de los cuales no están para nada exentos los medios culturales y artísticos. Todo esto lo cuenta en la brutal novela que hizo que el gran público lector la conociera y que sigue marcando un impacto en cada persona que la lee, pues La cabeza de mi padre es una obra en donde resuenan muchas de las fibras más dolorosas de discrimi-nación y violencia y que se re-sisten a los cambios, pues están enraizadas en la sociedad mexicana.
Oscar Wilde escribió en Dorian Gray sobre los “dos grandes fracasos en la vida”: “Hay dos grandes tragedias en la vida: no conseguir lo que quieres, y conseguirlo”. Pienso en esto debido al éxito de La cabeza de mi padre, quizá no haya momento más difícil que el libro o vida posterior a uno con muchísimo éxito. Fue el caso de Alma Delia que, ante tanta demanda de entrevistas y presentaciones, año-raba los momentos de soledad, aunque sin éxito, pero con la posibilidad de ponerse a escribir con libertad. Sin embargo, ante mi sorpresa y alegría, el más reciente libro, Raíz que no desaparece es una obra llena de madurez; escrita con muchísima inteligencia y espíritu y que es capaz de lograr el giro que parece imposible: transformar todo el dolor en una solución poética que no sea frívola, que no sea agresiva; sino que sea posible partir del dolor más espantoso, más abominable, y, sin huir, sin evadirse, encontrar resquicios en donde se encuentra, esconde, la belleza del mundo: de la naturaleza y la humanidad.
Raíz que no desaparece se enfrenta a uno de los problemas más terribles en el mundo y más indignantes en México: el de la desaparición de personas. Esa absoluta pesadilla que significa que una persona salga un día de su casa y nunca más se vuelva a saber de ella. Cada ciudad de nuestro país tiene una fuente, una glorieta, una pared o un parque en donde hay fotos y más fotos de niños y niñas, adolescentes, jóvenes, personas de la tercera edad de todas las profesiones y perfiles, que han desparecido. Pa-samos frente a ellas, seguramente miles y miles de pensamientos vienen a nuestras mentes, pero, normalmente, preferimos seguir con nuestras vidas. Como si no fueran del mismo país, ciudad o especie; como si fueran parte de otro y, nos dice Alma Delia, sí, normalmente así es, pues se trata de personas marginales, con poco dinero y acceso a los grupos de poder. Pero en esta novela se trata de detenerse, de acercarse, y para eso, para escribirla, la autora se acercó a muchísimas personas que tienen a alguien desparecido. Y tal cual a Truman Capote en su célebre novela, el libro le pegó, por lo que, aunque se trata de una novela, se trata de una obra que sangra.
La obra comienza en pleno Paseo de la Reforma, el día en que la célebre palma instalada en una de las glorietas es retirada porque un hongo la mató. En este mismo lugar, hay miles de fotos de personas desaparecidas. La palma será remplazada por un ahuehuete, la narradora se encuentra en este lugar, pues una mujer, a manera de pitonisa, augura que este nuevo árbol también colapsará debido a un hongo, porque estos vienen de la putrefacción que causa en la tierra, en su indignación, ante tantas personas desaparecidas.
A partir de aquí Alma Delia comienza a construir un cuidadoso relato, urdido con maestría. A caballo entre la crónica, la autoficción y el periodismo va armando una novela en la cual la imaginación, la poesía, la naturaleza comienzan a ser una fuerza tan potente como la indignación y cada vez más, la naturaleza habla, se expresa como una protesta contra la corrupción, contra la inhumanidad de este México.
Alma Delia Murillo, Raíz que no desaparece, Ciudad de México, Alfaguara, 2025. 242 páginas.

 

Marco Polo: entre tártaros y sarracenos

El Homo sapiens, lo que entendemos como humanidad, nació, surgió en África, hará unos 300 mil años. Al parecer no brotó de ningún lugar en específico de este continente, y también es probable que muchos de los humanos seamos la mezcla del Sapiens con otros humanos arcaicos, de otros homínidos ahora extintos y que durante mucho tiempo pensamos que habíamos acabado con ellos, hasta que, en años recientes, la genética ha demostrado que muchos de los genomas de aquellos arcaicos se encuentran en los genes de muchos de los humanos del presente.
Pero esa humanidad surgida en África tiene un gen en particular que la diferencia de muchos de los otros seres vivos que la rodean: el gen viajero. Ese rasgo usual que cada uno de nosotros ha vivido de preguntarse qué hay más allá, qué hay detrás de aquella montaña, de ese mar o ese desierto. Esa curiosidad es intrínseca al ser humano. Así que, politizando, ¿por qué no?, cualquier persona que esté en contra de la migración humana y de la mezcla de los seres humanos peca de ignorancia, pues ser humano es lo mismo que mezclarse con la diferencia y migrar en el mundo.
Pienso en todo esto a partir del libro que he estado leyendo durante los últimos días y que siempre había querido leer, El libro de las maravillas del mundo, los viajes de Marco Polo (Venecia, 1254-1324). Se trata de un libro bellísimo en todos los sentidos. Está publicado por editorial Nórdica, que va de obras en efecto escandinavas, pero también tiene clásicos de Truman Capote traducidos por Juan Villoro y bellezas como las que ahora tengo en las manos. Un libro de pasta dura ilustrado por Vincenzo del Vecchio, editado por Martín Evelson y traducido, nada más y nada menos, que por Mauro Armiño. Y es que la obra lo amerita. Un libro escrito hace 800 años que ha cambiado el mundo. La comida –la pasta era china y después de Marco Polo también italiana–; la idea de la humanidad –pensábamos que éramos uno y no una pluralidad– y, por supuesto, la literatura, inventa, sin lugar a duda, los libros de viajes.
Sucede que el libro versa sobre una serie de viajeros, lo cual yo no sabía. La obra comienza cuando alguien que conoció al padre de Marco Polo, quien fue un gran viajero, lee el texto y de ahí comienza a relatar. El origen del libro proviene de una cualidad que nos queda bastante lejos. No la del turista horrible de hoy en día que tan sólo busca la foto o decir que estuvo en tal o cual lugar; se parece más bien al migrante, al antípoda total del pequeño burgués, el cual es capaz de dejarlo todo para ir en busca de otros mundos. Flujos humanos que sufren, que migran porque es la única posibilidad de supervivencia, que no se deben idealizar, pero que, de manera contundente, son la esencia de la humanidad.
La valentía y la fuerza de buscar otra vida. Los vio el Ulises Lima de Los detectives salvajes de Bolaño, quien observó que había un río hermoso y caudaloso que recorría Centroamérica y que llegaba a México, solamente que no llevaba agua, sino que estaba hecho de humanos.
Entonces este libro de Marco Polo no es el del viajero que busca un lugar para complementar su vida, sino el de aquella persona que viaja porque esto es un motivo para vivir: descubrir otras culturas, a otros seres humanos para saber quiénes somos. No para juzgar, sino para descubrir las maravillas de tártaros y sarracenos, de las diferencias en sus culturas en donde es posible mover montañas, amar a las esposas de los huéspedes o ser el otro, aquel que todos los reyes se mueren por conocer.
Este libro de Marco Polo es hermosa y terriblemente moderno, pues nos descubre que los seres humanos, estos Sapiens, se mueven entre la curiosidad de descubrir el mundo y la fascinación y miedo por descubrir otras culturas.
Marco Polo, El libro de las maravillas del mundo, Madrid, Nórdica libros, 2024. 292 páginas.

 

Javier Serena: sin amor y sin sueños

And we’ll wait for love
in the shape of us.
The Maccabees.

Entre los motivos literarios más importantes como la venganza, la cólera o la búsqueda del padre, se encuentra, sin ninguna duda, el amor. Al grado que, incluso ahora, en un arranque, diría que es el motivo con el cual más se relaciona a la literatura, y entre ella, es cierto, a la poesía.
Pensar en literatura, es, pues, pensar en grandes historias de amor. Ahora, sin hacer mucho esfuerzo y con sólo el gusto del ejercicio se puede pensar en La Ilíada, qué es si no una riquísima y bélica historia de amor de dos personas que deciden estar juntos aunque el mundo se acabe, que se queme Troya por el atractivo de París y la belleza única de Elena. Dijo el poeta William Butler Yeats en su poema No Second Troy: “Why should I blame her that she filled my days with misery… / Why, what could she have done, being what she is? / Was there another Troy for her to burn?”. ¿Qué habría sido sin el amor y el deseo la obra de Catulo y Ovidio? La de Shakespeare, por supuesto, sin Antonio y Cleopatra, sin Romeo y Julieta cuya tragedia más profunda en sus vidas fue no poder estar juntos. Cumbres borrascosas de Emily Brontë, El sueño de Emile Zola o Una vida de Guy de Maupassant.
En fin, la lista podría seguir durante páginas y más páginas, pero no quería hablar de la novela de Javier Serena (Pamplona, 1982) Apuntes para una despedida, sin mencionar el tema y grandes obras; pues, al parecer, habla ya de otro mundo, uno en donde muchísimas cosas han cambiado, y, al parecer en esta novela, uno definitivo: el amor. Así, la novela desde el título hace alusión al fin. Pero va a ser un final diferente, no como aquellos de los libros de arriba en donde la despedida llegaba luego de que una ciudad fuera abrasada hasta sus última piedra; no uno en donde los amantes se suicidaran y las familias quedaran devastadas por un odio arrastrado por generaciones; no porque fueran casi hermanos y fueran de clases sociales diferentes; o, porque el mundo hubiera cambiado y la fidelidad, la reciprocidad fueran ahora parte de una relación. No, en esta novela de Javier Serena los amantes se despiden porque simplemente ya no se necesitan, y lo que resulta más original, no es que sea por una falta de amor, por una falta de gusto o por aburrición, sino porque en el presente, el individualismo es tan profundo, que muchos seres humanos, sobre todo en las sociedades más industrializadas y en las grandes ciudades, ya no se consideran, necesariamente, como parte de un país, de un grupo, de una familia o de una relación. Ahora, me parece, y quizá me incluyo, se vive más bien por un invento nuevo, cada vez más y día a día más desarrollado que es el individuo, que comienza y termina en sí mismo. Claro, esto no es precisamente nuevo, siempre ha habido personas egoístas, pero, quizás éstas más que nadie, necesitan de un grupo que satisfaga sus necesidades; mientras que el ultra individualismo no necesita a nadie.
La novela es un viaje hacia la despedida que descubrimos desde las primeras páginas. Una pareja está resuelta a disolverse y somos testigos de esos momentos. Es Navidad plena y deciden improvisar una cena, están solos así que pasan la noche cenando, bebiendo y teniendo sexo. Parecieran una pareja normal, pero no lo son. Saben que todo se acabó, y eso fue lo primero diferente. Es quizá un mundo de relaciones tan anodinas que el propio fin lo es; no hay gritos, celos, reclamos, dolores escondidos… nada, sólo la sensación de un final. La historia avanza y ese fin nos va llevando al inicio de la relación, cómo se conocieron, cómo llegaron ahí, cómo terminaron juntos. Los dos son personajes con sueños, ella quiere ser actriz y él escritor. Ella lee sus manuscritos y tiene un ojo fino, una lengua afilada capaz de echar luz en donde él está en plena oscuridad. Pero sus sueños también son anodinos, los gobierna una melancolía más cercana a la abulia, al desencanto del mundo.
Entonces, en esta novela se muestra, de manera triste y bastante desesperanzadora, que no necesitar a nadie para sentirse completo no es una autonomía hipersofisticada que hace a los seres humanos más libres, sino que hay un fin, se asoma, de una sociedad y de un tipo de sueños que están aplastados por la mediocridad.

Javier Serena, Apuntes para una despedida, Ciudad de México, Almadía, 2025. 108 páginas.

Maxim Ósipov y la belleza del mundo

Siempre me ha aburrido el pesimismo. Pensar que todo está mal como un acto de realismo, de inteligencia, me parece tonto. En un principio porque no me gusta pasarla mal, prefiero pensar que el mundo tiene una esperanza a asumir lo contrario: que ya no hay nada más que hacer y que la humanidad es un error de la vida. Aunque hay que decir que el placer humano es raro, pues debido al cristianismo, quizás, en Latinoamérica es más virtuoso y bueno el que sufre, que el que no lo hace.
Quizá sí sea debido a la religión, porque pensando en el sufrimiento y en el placer que de él se consigue, me vino a la mente un personaje de Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski, quien le dice a Podion Romanovich Raskolnikov, que la gente piensa que él vive para olvidar su dolor, pero no, que en realidad se emborracha para sufrir más. Y no es poca cosa que lo diga un ruso, pues este país ha encarnado algunos de los más brutales sufrimientos en los últimos doscientos años, entre hambrunas, esclavismo y revoluciones, la gente en Rusia se las ha visto duras, y todo aunado a dos factores, un frío brutal, que muerde, que cala los huesos; y una literatura rusa para la cual cualquier adjetivo es pequeño: se puede decir deslumbrante, profunda como un océano, humana, genuina, devastadora, alimenticia…, y muchos atributos más, y aún así seguiría siendo inefable.
Y entre los muchos autores rusos, hoy me vienen dos a la mente para hablar del libro que está sobre la mesa de Maxim Ósipov (Moscú 1963), Kilómetro 101, quien además de ser médico es también escritor como Mijaíl Bulgákov y como éste mismo se fue a la provincia rusa a curar a la gente más necesitada y como Anton Chèjov, quien fue el ser humano más hermoso del mundo.
Este genial libro de crónicas se llama Kilómetro 101 porque si alguien había sido apresado durante la Unión Soviética, no podía alejarse más de 101 kilómetros de alguna gran ciudad, era una consigna que se tenía que asumir de por vida.
Maxim Ósipov, como dije, es médico de formación además de ser uno de los autores más importantes de Rusia, y decide ir a ejercer a una pequeña población a unas horas de Moscú. Y allí encuentra un panorama bastante lúgubre, pues la gente vive sin esperanzas, bebiendo todo el día, y muchas personas también sólo esperando el momento de su muerte. Y ante esto, Ósipov se pone a trabajar, a atender a la gente, no necesariamente curándolos, pero sí estando cerca. Porque no siempre se puede, no siempre le creen, y el autor piensa que tienen razón. Han vivido engañados durante mucho tiempo, siendo olvidados por el Estado y saben que si tienen alguna enfermedad luego de los setenta años, ya no los van a curar y los mandarán a sus casas.
Si uno lee la cuarta de forros del libro, no dan muchas ganas de acercarse y leerlo, pero la sorpresa, la belleza, es que Ósipov no sólo es ruso, sino que ha leído a los grandes autores de este país, quienes han sido capaces de transformar todo el sufrimiento y la enfermedad en bellísimas obras de arte. Por lo tanto, ese mundo helado, en un país en donde las cosas son muy complicadas se transforma en pura belleza, porque, con este libro es posible verlo, la bondad, la empatía humana y la literatura hacen posible sobrevivir a cualquier cosa. Porque por más que haya corrupción y se piense que nada es posible en Rusia, el autor piensa que ha sido posible una revolución. Y que curar, y querer a los seres humanos, no necesariamente cambia el mundo, pero sí crea literaura que hace respirar fuerte y amar la vida.

Maxim Ósipov, Kilómetro 101, Barcelona, Libros del Asteroide, 2024. 232 páginas.

 

La hermosa cercanía de Eduardo Sacheri

Es difícil hablar del nacimiento de la Novela Histórica, definir de manera categórica: ésta fue la primera novela del género; pero, lo que sí se puede hacer es mencionar grandes novelas en este estilo; aquellas que han marcado un antes y un después en la literatura, el arte, y, por qué no, en el mundo. Claro, ahí están Ivanhoe de Walter Scott, Guerra y paz de Lèv Tolstoi o Noticias del Imperio, de Fernando del Paso. Todas novelas imprescindibles cuya lectura es casi un derecho humano.
Pero, para hablar de la novela que hoy traigo bajo el brazo, me gustaría poner sobre la mesa el nombre de Benito Pérez Galdós, quien además de renovar y hacer inmortal el realismo en España y en español, con su hermoso castellano, marcó un antes y un después con sus bellísimas novelas cuyo centro era no sólo la historia de España, sino la historia muy reciente de su país. Pues, sus Episodios Nacionales, constituyen no sólo una historia novelada de un país en donde los hechos históricos contengan la carne no solamente de los héroes nacionales, sino también todas las vidas íntimas, con pelos y señales, de todas las personas, familias, matrimonios, amistades y amantes que se abrían paso en sus vidas mientras se constituía el Estado Nación que hoy se reconoce ante el mundo, y por algunos españoles, como España. Y es que Pérez Galdós no hablaba de una historia lejana, alguna pasada hacía muchísimos años; no, se refería a aquella que aún dolía, que aún sangraba en cada cena familiar.
Algo muy similar está haciendo el novelista Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967), quien no es un escritor normal, sino una especie de hermano, una especie de mejor amigo soñado quien con cada novela que escribe, hace más cercanos a sus lectores. Sus novelas son una especie de álbum de familia en donde nos reconocemos a nosotros mismos, o aquellas personas que a veces odiamos y por momentos amamos y que usualmente llamamos familia. Las novelas de Eduardo, sí, ya lo tuteo por el sólo hecho de leerlo, son un suspiro; muchas veces triste, melancólico, pues descubrimos que sin saberlo se es feliz, aunque se esté triste todo el tiempo; la felicidad, el amor a la vida nos habita. La trama, el estambre con el que teje Sacheri, no es otro que la Argentina, o, para ser más precisos: los argentinos y argentinas. Esa especie que habita al sur del continente americano y que ha sido inventada por algunos Borges, Ocampos o Cortázars…, pero que, en cuanto se abre una novela de Sacheri, ahí están sangrantes y parlantes, “che”, para contarnos la historia reciente de la Argentina. Ahora, de manera muy dolorosa y terriblemente bella, de la Guerra de las Malvinas. En Demasiado lejos Sacheri es inclemente con sus amores y sus odios. Todo, desde hermosos personajes, cómicos y trágicos: argentinos. Algunos ingenuos, pensando que su país le iba a importar al mundo, a los Estados Unidos; que alguien tomaría sus causas, la ONU. Pero no, a nadie. En esta reciente novela de Sacheri se respira la tragedia, la muerte de miles y miles de jóvenes que fueron lanzados a una guerra no sólo sin sentido, ¿cuál lo es?, sino perdida de antemano; todo, por un vano e innecesario acento en un orgullo nacional que, por cierto, es de todos sabido, pues si algo le sobre a la Argentina, es autoestima.
Sacheri entrega, como siempre, un conjunto de páginas en donde los seres humanos son trágicos, cómicos y, siempre, de manera profunda, brutalmente entrañables. Pues, Eduardo sabe, cómo no, que en las miserias se esconde la belleza, el arte. Pues Sacheri, Eduardo, está demasiado cerca de nosotros, nuestro semejante, nuestro hermano, desocupado e hipócrita.

Eduardo Sacheri, Demasiado lejos, Ciudad de México, Alfaguara, 2025. 426 páginas.

Sigrid Nunez: los loros se vuelven locos

Cayó a mis manos Los vulnerables de Sigrid Nunez (Nueva York, 1951). Se trata de una de esas novelas en donde la escritura se parece a la respiración, a la vida misma, pues entrar a sus páginas significa la magia de estar vivo, de conversar con alguien más y más aún: la posibilidad de entrar en la mente de otra persona.
Nunez hace un ejercicio de autoficción, de exploración del mundo desde su hermoso lenguaje. Y su entorno en este caso es el Nueva York de hace unos cinco años, sí, justo de aquellos momentos absurdamente cerca y terriblemente lejanos –o viceversa–, cuando debido a la pandemia del Covid-19, la humanidad tuvo que recluirse, encerrarse para ver el mundo detrás de una pantalla o una ventana. Y ahora que lo pienso, hay pocos libros buenos sobre este momento pandémico cuando la realidad se volvió una novela futurista. Como si la contundencia de un presente asfixiante hubiera secado las ideas de la ficción.
Nunez cuenta los momentos anteriores a que sucediera la pandemia. Ella es una intelectual neoyorquina con una vida privilegiada rodeada de amigos con vidas aún más opulentas que se dedican a viajar por el mundo, a leer los mejores libros y a disfrutar de sus hermosas casas; sí, en plural. Nunez se regodea de los problemas de los millonarios, a la manera de Hunter Thomson quien mientras hacía amigos, se drogaba o viajaba, no dejaba de ser aquel monstruo que es el escritor y que, tarde o temprano, pondrá en un libro todo lo que vive la gente que lo rodea. Nunez tiene el mismo impulso y va deshebrando las vidas de sus amigos y amigas, que van desde las violencias sexuales que sufren y ejecutan los hijos de sus amigos; de los problemas para embarazarse de una amiga para quien hacerlo, por su edad, resulta un problema de riesgo; y, de una amiga a quien la pandemia la pescó fuera de su casa y se quedó varada en la de sus suegros. Entonces le pide a Nunez que le haga un favor enorme: que vaya a su inmenso y lujoso departamento, y la ayude, es de vida o muerte, a cuidar de su loro. Está solo, lo cuidaba el hijo de una amiga, pero en un ataque, huyó, le dio miedo estar en Nueva York y contagiarse. Y es preciso ir a cuidar al loro, porque si estas aves no son atendidas, si nadie las ve, las adula y charla con ellas, se vuelven locas. Nunez sabe que no es una exageración: ha sabido de muchos casos en donde los loros al morir sus dueños enloquecen por completo.
Así que la narradora se lanza a las solitarias calles de Nueva York que se encuentran desiertas debido a la pandemia, y hay algo de estremecedor en pasearse entre las avenidas usualmente atestadas de gente y estar en absoluta soledad, sin los millones y millones de turistas, sin las montañas de basura apiladas en las esquinas y sin el ruido ensordecedor de la ciudad. Con media hectárea para ella sola y viendo a los halcones y las águilas felices en Central Park.
Y por fin llega al ostentoso departamento, a todo lujo y con cocina enorme para conocer a Eureka, el loro de sus amigos que la espera con su majestuosa belleza. El departamento está adaptado para que el ave se sienta a gusto, imita el verdor de las selvas tropicales y tiene miles de juegos. La novela, entonces, a partir de su relación con el loro, comienza a tornarse reflexiva: sobre la especie humana, sobre la necesidad, por un lado, de antropomorfizar a todos los animales, quitándoles su originalidad, su esencia; porque Nunez se da cuenta que en el loro hay alegría, necesidad de compañía, humor, desencanto e inteligencia, pero, a su manera. Todo más franco a la vez que más profundo. Como si en los loros, en su capacidad de hablar, de imitar al humano, se tendiera un puente no de ellos a nosotros, sino al revés, la posibilidad de descubrir lo que cada vez no es más recóndito, más incomprensible y que se esconde en la sencillez de la naturaleza; en la belleza de los animales cuando están lejos de los humanos.

Sigrid Nunez, Los vulnerables, Barcelona, Anagrama, 2024. 201 páginas.

 

Agustín Fernández Mallo y atómico y paterno corazón

El fenómeno de la invocación, de la ausencia, del peso o de la muerte del padre, es uno de los motivos que ha traído majestuosas obras literarias, desde la Odisea, por supuesto, pasando por Pedro Páramo, Patrimonio, de Philip Roth; La muerte del padre, de Karl Ove Knausgard; La figura del mundo, de Juan Villoro; La cabeza de mi padre, de Alma Delia Murillo o Madre de corazón atómico, en el año pasado de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967).
El padre que no está, que se le extraña, que avasalla con su peso puede ser un símbolo del que emanciparse o del que seguir el camino, según sea el caso. Pero hay una especie de gradación que va de las búsquedas en específico de Roth, que cuida a su padre y descubre que en este ejercicio en el que termina cambiándole los pañales, es cuando sabe que en verdad es su hijo, pues la sensación profunda de la herencia es limpiar las heces del padre. Por su parte, Villoro explora la figura paterna para saber quién era su padre, pues, tras su muerte se da cuenta que nunca lo supo, que nunca pudo ver aquel jardín interior que sabía que existía, pero que nunca descubrió. Así, Fernández Mallo continúa esta exploración literaria, a saber, si de manera voluntaria o no, pero no importa, porque, pone los pies, la pluma, en un territorio súper evidente, pero que, por lo mismo, nunca se terminará de explorar: la muerte del padre. Sobre el hecho de no volverlo a ver más.
La escritura de Fernández Mallo tiene matices particulares que lo distinguen y le dan la fuerza de no sólo ser buena, si no de crear una literatura propia. Esto consiste en mezclar una escritura directa, un tanto científica, no en balde está su formación en Ciencias Físicas que le ayuda a describir su infancia, a desentrañar “esos años en donde todo era metamorfosis”, sentimientos y pensamientos con la mirada de un científico que deviene en descubrimientos profundamente literarios, dice: “A posteriori, las cosas cobran el sentido que queramos darles. La memoria es literatura o no es”. Y, por momentos, llega a conclusiones humanas que parecen ser conclusiones científicas. Dice, por ejemplo, “Si es cierto que todas las relaciones de pareja comienzan como algo irreal que, tarde o temprano, se convertirá en real, la relación con los padres sigue el camino exactamente inverso: desde el instante en que naces, la más empírica y carnal realidad va mutando hacia el reino de la fantasía, la idealización de los progenitores, ya sea esta idealización positiva o negativa”.
El centro del libro, que está en el título, la madre de corazón atómico hace alusión, por supuesto al célebre disco de Pink Floyd, Atom Hearth Mother, salido en 1969 y cuya portada es una vaca en el campo mirando a la cámara. Fernández Mallo hace el recuerdo biográfico de aquel momento en el que una de sus hermanas llevó el disco, y, el padre, en lugar de interesarse por el nombre del grupo, la originalidad de la portada o por la música sicodélica; como buen veterinario se interesa en la vaca, y le dice al hijo la especie y toda una disertación sobre el animal, una clase, y no una poética sobre la forma de ver el mundo. Ve un documental, por ejemplo, en donde dicen que un oso siente miedo o que una planta quiere se polinizada, dice Fernández Mallo: “Naturalmente, ni el oso siente venganza, ni la flor deja entrar nada. Se trata de un falso documental, un relato moralizante”.
Dije arriba que había una gradación de los libros sobre el padre de Roth y Villoro, Fernández Mallo va a ese territorio ignoto y misterioso de la muerte, dice Mallo: “La muerte es el único acontecimiento humano al que por muy repetido que sea, por mucho que de antemano sepamos que ocurrirá, jamás nos acostumbramos, siempre es totalmente nuevo. Sólo cuando eres niño no piensas en la muerte. En la infancia el tiempo es infinito, carece de dimensión y de finitud. Lo sé porque recuerdo haber sido niño y pasar totalmente de la muerte”.
Así, Fernández Mallo entrega un libro muy original en un territorio minado de tradición y talento; hace un estudio preciso, sobre la muerte, sobre el padre, en donde descubre enigmáticos sueños de vacas parpadeando, y que, en el pestañeo, está el sentido, el sinsentido y la originalidad de la muerte.
Agustín Fernández Mallo, Madre de corazón atómico, Barcelona, Seix Barral, 2024. 237 páginas.

 

Javier Cercas y la vida después de la muerte

Uno de los placeres más grandes en el mundo de la literatura, en el mundo de la lectura, es robarse ideas: leer algo en algún lugar, prendarse de esa frase, decirla muchas veces citando a quien la escribió, hasta que un buen día, ya se dice como propia de tanto haberla dicho una y otra vez. Una de mis favoritas, entre muchas que me han gustado de Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), es la que dice “es una frase que suena muy bien, pero que es falsa”. Así, para comenzar la reseña de su más reciente libro, El loco de Dios en el fin del mundo, se me ocurre que esta mezcla extraña de ensayo, crónica de viajes, teosofía o novela –por tan sólo citar unos géneros– trata sobre las preguntas más importantes del mundo –aquí está la frase–, pero que nunca nos atrevemos a preguntar; ¿hay vida después de la muerte? ¿Existe la resurrección? y si es así, ¿en qué forma sucede? Otra de las frases que me encantan es que la literatura responde a todo aquello que no te enseñan en la escuela: ¿qué es el sexo? ¿Qué es el amor, la justicia, la verdad, la muerte…? Claro, y la filosofía también busca responder estas preguntas. Y, como una rama un tanto antigua de la filosofía, la religión está, qué duda cabe, para resolver todas estas dudas que nos queman los labios, pero que es imposible hablar de ellas, o si acaso no imposible, sí muy difícil en nuestro mundo actual.
Volviendo a su estilo que le ha valido la fama y quizá en días no lejanos el Nobel, luego de una polémica incursión en novelas policiacas, Cercas retoma la autoficción; aquella de Anatomía de un instante, El impostor o Soldados de Salamina, para adentrarse en un tema por demás polémico, actual y antiguo: el Papa y por si esto fuera poco, la religión.
La obra comienza cuando invitan al autor a un evento en el Vaticano, el papa Francisco estará en la Capilla Sixtina en donde dará un discurso para artistas y escritores. Cercas confiesa que no es católico y que no sabe muy bien si aceptar o no. ¿Para qué? ¿Qué importancia puede tener para alguien que no tiene fe, ir a un evento en donde estará uno de los más grandes líderes de fe en el mundo? Sin embargo, el asunto es complejo, pues el autor creció en una España de la segunda parte del siglo XX, franquista y profundamente católica, por lo tanto, su vida está constreñida de manera irremediable por el catolicismo. Y más aún, Cercas cuenta que su madre ya entrados los noventa años, es católica hasta los huesos y que su vida, el motivo de ella, es saber que cuando muera encontrará a su compañero de toda la vida, el padre de Cercas. Por lo cual, ahora que estará cerca del Papa, el autor se pregunta si será posible hacerle esta pregunta: ¿encontrará su madre a su padre después de la muerte? Es extraño, se dice Cercas y cada que puede se lo pregunta a alguno de los miembros del Vaticano: ¿por qué el papa, que es un vicario de Dios, cuando hace apariciones públicas y toma la palabra, habla sobre todo de política? Pues, como político no tiene poder factual, y sí como emisario de Dios.
Esta es la duda que mueve el libro, que, cada vez, se va inmiscuyendo de manera más profunda en el Vaticano, en el Papa y en la religión; pues luego de aquél evento en la Capilla Sixtina, le preguntan a Cercas si está interesado en viajar con el Papa a Mongolia, a ese fin del mundo para Occidente en donde la Iglesia católica es apenas una minoría, por lo que Francisco quiere ir allá, fiel a su ideología que busca que vuelva a ser Cristo quien esté al centro de la Iglesia, y que, lejos de prohibir, de regañar a los fieles, se dedica a hacer sentir parte a quienes se sienten más lejos.
El loco de Dios en el fin del mundo se involucra en discusiones religiosas desde el laicismo, con el peligro, con la tentación de convertirse en la búsqueda de aquella pregunta que funda a la humanidad: ¿hay vida después de la muerte?
Javier Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo, Ciudad de México, Random House, 2025. 485 páginas.