Solemos hablar mucho de la lectura en los círculos culturales, sobre su importancia en la vida y la riqueza de hacerlo: una más profunda elasticidad cerebral, mejores capacidades de asociación y la posibilidad de tener un mundo interior, el cual es un entretenimiento ideal en donde los seres humanos nos leemos a nosotros mismos y, esto, puede ser capital para una sociedad.
Pero en México los índices de lectura siempre son muy bajos, cito la IA, basándose en datos duros, “Según el Módulo sobre Lectura (MOLEC) del Inegi, el porcentaje de población lectora entre adultos disminuyó de 84.2 por ciento en 2015 a 69.6 por ciento en 2024. Además, la comprensión lectora también es un área de preocupación, con sólo un 27.1 por ciento de los lectores logrando comprender todo el contenido que leen”. Por supuesto que la pandemia de Covid tuvo mucho que ver en esta disminución. Ante esto hay proyectos importantes para el fomento a la lectura desde editoriales, bibliotecas y academias públicas que buscan, y en muchos casos logran con éxito, cambiar algunos números contundentes como, por ejemplo, que 25 millones de habitantes de este país nunca van a ver un libro de literatura en su vida, jamás lo tendrán en sus manos. Hay mucho por hacer.
¿Cómo resolver esto? Cada uno lo intenta desde su trinchera, algunos acercando los libros a las personas con precios accesibles, otros llevándolos a puntos lejanos de las élites culturales para que no sean para pocas personas y hay quienes dan talleres y acercamiento a la literatura.
Por mi parte, desde las recomendaciones de libros, podría hablar –en algún momento lo haré– de todos aquellos libros que me marcaron en primeros años de Julio Verne, Alejandro Dumas o Judith Kerr; pero ahora me gustaría hablar de unos diferentes, pensados precisamente para niños y para ser un acercamiento. Porque entre las malas noticias hay algunas fantásticas. Las editoriales infantiles son un ejemplo de excelentes noticias. En los últimos años han sido una completa revolución y sin competir ni negar ni muchos menos los libros tradicionales para niños han dado un giro a la forma de acercarse a la lectura. Es el de la editorial El Naranjo, quienes ya desde hace unos buenos años se han dedicado a hacer libros para niños y para jóvenes. Sobre mi mesa tengo algunos ejemplos de imaginación y belleza. Está Todos los árboles, algunos árboles, un original libro de poesía escrito por Mónica Rodríguez e ilustrado por Manuel Monroy. El libro es una obra en donde las páginas se despliegan y crecen tal cual la vida de las plantas. Es forma, dibujo y papel que contiene poemas: “Soy el árbol que ves / soy todos los árboles. / En mis cimientos / un río de nombres”. También dice: “Soy este árbol que tocas”. Es la poesía que se vuelve plástica, porque habita en realidad en el mundo. Acercarse a ella es aproximarse a la sensibilidad para detenerse a tocar un árbol, a verlo: “Hay un pájaro inquieto / entre mis hojas. / No hay más belleza que su canto simple. / Escúchalo”.
El libro contiene un pequeño cuadernillo que se va extendiendo según pasamos las páginas. Son bellos dibujos, unos realistas en donde en curvas y colores se extienden cual plantas y otros abstractos en donde una mancha puede ser un ave o un fruto.
Este libro infantil, con un lenguaje sencillo es un gran acercamiento a la literatura, pues la expresión de esta es ante todo un diálogo. Una actitud activa en donde se va hacia la obra, se toca, se lee y se escucha, para luego guardar silencio, reflexionar, y entonces llega el momento, la develación del secreto de la poesía que cuenta el misterio de lo que somos y es difícil saber. “El agua besa / tu corteza”. “Mira el río. La lluvia. / Su agua es hermosa / porque nunca es la misma / sin dejar de ser ella”.
Mónica Rodríguez, Todos los árboles, algunos árboles, ilustrado por Manuel Monroy, Ciudad de México, El Naranjo, 2024. 28 páginas.
