Mónica Rodríguez y Manuel Monroy: entre poesía y árboles

 

Solemos hablar mucho de la lectura en los círculos culturales, sobre su importancia en la vida y la riqueza de hacerlo: una más profunda elasticidad cerebral, mejores capacidades de asociación y la posibilidad de tener un mundo interior, el cual es un entretenimiento ideal en donde los seres humanos nos leemos a nosotros mismos y, esto, puede ser capital para una sociedad.
Pero en México los índices de lectura siempre son muy bajos, cito la IA, basándose en datos duros, “Según el Módulo sobre Lectura (MOLEC) del Inegi, el porcentaje de población lectora entre adultos disminuyó de 84.2 por ciento en 2015 a 69.6 por ciento en 2024. Además, la comprensión lectora también es un área de preocupación, con sólo un 27.1 por ciento de los lectores logrando comprender todo el contenido que leen”. Por supuesto que la pandemia de Covid tuvo mucho que ver en esta disminución. Ante esto hay proyectos importantes para el fomento a la lectura desde editoriales, bibliotecas y academias públicas que buscan, y en muchos casos logran con éxito, cambiar algunos números contundentes como, por ejemplo, que 25 millones de habitantes de este país nunca van a ver un libro de literatura en su vida, jamás lo tendrán en sus manos. Hay mucho por hacer.
¿Cómo resolver esto? Cada uno lo intenta desde su trinchera, algunos acercando los libros a las personas con precios accesibles, otros llevándolos a puntos lejanos de las élites culturales para que no sean para pocas personas y hay quienes dan talleres y acercamiento a la literatura.
Por mi parte, desde las recomendaciones de libros, podría hablar –en algún momento lo haré– de todos aquellos libros que me marcaron en primeros años de Julio Verne, Alejandro Dumas o Judith Kerr; pero ahora me gustaría hablar de unos diferentes, pensados precisamente para niños y para ser un acercamiento. Porque entre las malas noticias hay algunas fantásticas. Las editoriales infantiles son un ejemplo de excelentes noticias. En los últimos años han sido una completa revolución y sin competir ni negar ni muchos menos los libros tradicionales para niños han dado un giro a la forma de acercarse a la lectura. Es el de la editorial El Naranjo, quienes ya desde hace unos buenos años se han dedicado a hacer libros para niños y para jóvenes. Sobre mi mesa tengo algunos ejemplos de imaginación y belleza. Está Todos los árboles, algunos árboles, un original libro de poesía escrito por Mónica Rodríguez e ilustrado por Manuel Monroy. El libro es una obra en donde las páginas se despliegan y crecen tal cual la vida de las plantas. Es forma, dibujo y papel que contiene poemas: “Soy el árbol que ves / soy todos los árboles. / En mis cimientos / un río de nombres”. También dice: “Soy este árbol que tocas”. Es la poesía que se vuelve plástica, porque habita en realidad en el mundo. Acercarse a ella es aproximarse a la sensibilidad para detenerse a tocar un árbol, a verlo: “Hay un pájaro inquieto / entre mis hojas. / No hay más belleza que su canto simple. / Escúchalo”.
El libro contiene un pequeño cuadernillo que se va extendiendo según pasamos las páginas. Son bellos dibujos, unos realistas en donde en curvas y colores se extienden cual plantas y otros abstractos en donde una mancha puede ser un ave o un fruto.
Este libro infantil, con un lenguaje sencillo es un gran acercamiento a la literatura, pues la expresión de esta es ante todo un diálogo. Una actitud activa en donde se va hacia la obra, se toca, se lee y se escucha, para luego guardar silencio, reflexionar, y entonces llega el momento, la develación del secreto de la poesía que cuenta el misterio de lo que somos y es difícil saber. “El agua besa / tu corteza”. “Mira el río. La lluvia. / Su agua es hermosa / porque nunca es la misma / sin dejar de ser ella”.
Mónica Rodríguez, Todos los árboles, algunos árboles, ilustrado por Manuel Monroy, Ciudad de México, El Naranjo, 2024. 28 páginas.

Mario Vargas Llosa: a 56 años de Conversación en la Catedral

El pasado 13 de abril de este 2025, el mundo de la literatura estuvo de luto y vivió un momento de confusión y convulsión cuando se enteró de la muerte de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936- Lima, 2025). Sin duda se trata de la muerte del último gran escritor varón del siglo XX, de toda una figura y de una tradición que, en Latinoamérica, nos hizo pensar en un antes y un después de bellísimos libros, sin duda, a la vez que toda una forma de vivir la literatura como hombre de letras e intelectual. Personificaba Vargas Llosa la figura del escritor, para muchas personas.
Pensé en todo esto y en la posibilidad de decir algo original sobre este autor que se ha leído tanto y sobre quién se ha derramado tanta tinta. No se trata de buscar el hilo negro, pero, aún así, siempre que muere un autor célebre una pregunta parece quemar nuestros labios: ¿trascenderá a su tiempo? Esto, por cierto, fue algo que quitó el sueño durante muchos años a Vargas Llosa, quien decía que la profesión de un escritor es sumamente cruel, pues es posible morirse, a pesar de premios y fama, sin saber si se tuvo éxito o no. Por lo tanto, la pregunta es, ¿qué pasará con la obra de Mario Vargas Llosa?
Para responderlo, antes de entrar en reflexiones canónicas o posmodernas, se me ocurrió ir a una, la mejor para mí, de las muchísimas novelas excelentes que escribió Vargas Llosa: Conver-sación en la Catedral.
Recuerdo haberla leído hace más de 20 años, en aquellos tiempos en que trabajaba en una biblioteca en Oaxaca y la huella de la lectura comenzaba con la sensación de traer el grueso ejemplar bajo el brazo mientras sentía me que convertía en algo que me encantaba: en un lector, un intelectual, un esnob o un escritor en ciernes o todas o ninguna a la vez; porque recuerdo estar fascinado al leer un libro “difícil” que, además hablaba de política, de comunismo, de jóvenes con ideales; con una gran técnica que involucraba cambios de personas, con redacción confusa, la cual, para mí, joven semi analfabeta, significaba haber dado un paso inmenso al poderlo leer con pasión. Leí, sin descubrir sus secretos, algo que intuía que era una obra maestra. Fue un antes y un después como joven, como latinoame-ricano, como humano.
Y ahora, 20 años después, vuelvo a la novela. Descubro con una inmensa sorpresa que, poco a poco, se transforma en felicidad, que recuerdo todo de la novela. Que, incluso, sin Santiago Zavala nunca hubiera sido la persona que creo ser.
También me deslumbra la destreza literaria, Vargas Llosa en lugar de pensar en meras técnicas literarias de creación muy estadunidenses, se pone a leer a los autores que sus mentores le dicen que son indispensables. Flaubert, Kafka, Joyce…, para así, con esta brutal destreza técnica en donde se mezclan todos los géneros, del realismo más tradicional del XIX, a una focalización del personaje a una segunda persona que una vez sí, otra no y la que sigue lo hace de nuevo, se transforma en una primera persona que es un monólogo interior. Y todo esto es apenas perceptible, porque está puesto en favor de una trama que es imposible no devorar. Aparece la debacle de un joven que se mezcla con la de una generación y que deviene, por supuesto, en la de un país, ¿en qué momento se jodió el Perú? Esta pregunta que se hace presente en toda persona, en toda idiosincrasia, cada que alguien abre las páginas de esta novela y se sumerge en esta obra cíclica, que revive con cada lectura a la vez que es parte de la historia privada de cada familia y país en Latinoamérica. Si trasciende o no, lo dirá el tiempo, pero Conver-sación en la Catedral se mantiene viva y sangrante.

Mario Vargas Llosa, Conversación en la Catedral, Ciudad de México, De Bolsillo, 2016. 727 páginas.

 

Ivan Jablonka: hacernos hombres justos

En el 2012, cuando comencé a trabajar en los medios de comunicación, hace apenas 13 años, hablar de feminismo era un tanto impertinente, era traer a la mesa un tema incómodo, un mucho aguafiestas del que era mejor pasar de largo.
Hoy, en el 2025, las cosas han cambiado por completo. El mundo sigue siendo desigual, pero ahora el feminismo es parte de nuestras vidas. Hasta ahora, con justicia, nos ha tocado callar a los hombres: “El desafío para los hombres nos es ‘ayudar’ a las mujeres a ser independientes, sino cambiar lo masculino para no someterlas”. En ese silencio, para ese cambio, podemos hacer muchísimas cosas. Deconstruirnos es una fundamental. Reflexiona así Ivan Jablonka (París, 1973), “En el siglo XX, la sociedad cambió más rápido que los hombres. Hoy, en los países occidentales, la mayoría de las mujeres trabaja, estudia una carrera, elige su sexualidad, pero los hombres no han sacado todas las consecuencias que derivan de ello. El horizonte de las mujeres se ha ampliado de manera increíble; no así el de los hombres, que no se han deshecho de sus hábitos: mandar y ser servidos”. Estas palabras vienen en el ensayo Hombres justos: Del patriarcado a las nuevas masculinidades.
Conocí al autor Jablonka, sus libros, hace ya casi diez años con una obra que resultó un parteaguas en la escritura de no ficción, Laëtitia o el fin de los hombres. Una inspección llena de luz en cuanto a ideas sobre las víctimas y victimarios, con aportaciones brillantes desde la escritura de un historiador que se mete en la historia de un crimen, ¿cómo hacer que un feminicidio deje de ser un número más?; también es reveladora sobre el análisis de nuestro sistema patriarcal, sí, de Francia a México, (y se esparce por todo el mundo) y por esto, es terriblemente doloroso al descubrir la fragilidad de una víctima, y más, leyéndolo en México en donde los feminicidios son una pandemia. El libro se quedó en mi mente no sólo como la excelsa obra literaria que es, cambió por completo mi manera de ver el mundo y, sobre todo, la manera cómo veo a los hombres y por ende a mí mismo. Desde ese libro, cada que no me siento machista en un aspecto, descubro que justo ahí está el punto ciego que observar, que descubrir.
Jablonka es un historiador académico en la Universidad París XIII, pero es un personaje particular; anfibio que es capaz de hacer un libro hiper documentado de historia de casi 500 páginas para el cual no se necesita otra cosa que el gusto por la lectura. Respira en la biblioteca y en las librerías. Lejos del panfleto político, del dogma académico que arroja números, legítimos, sin duda, que nos exhortan a confrontar el patriarcado; hace, más bien, una reflexión sustentada, alimentada por un rico recuento antropológico, histórico, político y súper literario con un estilo didáctico y sumamente comprensible… más que eso: apasionante, en donde, poco a poco, página a página se dimensionan los mitos antropológicos, históricos, políticos y literarios que se han construido durante el patriarcado que nos dice que hay machos y hembras, formas de comportarnos que siempre han sido así y siempre lo serán. Sin embargo, Jablonka desmonta este argumento yendo a los primeros años, sí allá por el 300 mil antes de nuestra era cuando nació el Sapiens sapiens… y, por supuesto, es imposible saber si el patriarcado es parte del total de la historia humana. Pero sí hay unas pruebas, de hace menos tiempo, unos 30 mil años en donde a partir de vestigios arqueológicos es posible ver que la división del trabajo estaba repartida entre los sexos, pero no hay pruebas del patriarcado, el cual nace, ahora sí, en los primeros asentamientos por allá del año 10 mil. Por lo tanto, por largo que nos parezca, es un momento, no una condición. El recuento histórico es majestuoso porque es rico a la vez que veloz, en unas cuantas páginas ya estamos en la ilustración y luego ya en pleno siglo XXI, por lo cual podemos dimensionar el apasionante momento histórico, antropológico, político y literario que vivimos.
Con Hombres justos, Jablonka ha entregado un libro imprescindible no tan sólo para saber más o para entender este mundo. Esta obra ayuda a ser más libres, por lo tanto, un poco felices.
Ivan Jablonka, Barcelona, Anagrama, 2020. 456 páginas.

 

Ignacio Peyró: un perfil agudo de Julio Iglesias

Ah, los libros que no nos interesan. Nada mejor que eso. Nada mejor que aquellas obras que jamás leeríamos, pero, que, de un momento a otro, nos descubrimos apasionados, dando y dando la vuelta a una página y otra de un libro que pensamos, según la cuarta de forros y, sobre todo, según el tema, jamás nos interesaría.
Es, precisamente, lo que me está sucediendo con El español que enamoró al mundo: Una vida de Julio Iglesias, de Ignacio Peyró (Madrid, 1980), quien me hizo desde el prólogo disfrutar de una escritura que raya en la perfección al ser portador de una pluma periodística envidiable, pues, poco más, poco menos, nos explica que leeremos un libro sobre un personaje antipático, que no cabría en nuestro presente (no cabe si no es en este libro y en la memoria) por promiscuo, por conservador, de derechas… y que, precisamente, este es un caso por el que vale la pena echar el ojo, zambullirse en la vida de un personaje así, que, en principio, no nos interesa, nos da pereza, pertenece a un pasado que (al menos en apariencia) no dialoga con el presente y cuya música está lejos de estar de moda aún en karaokes aburridos que rememoran un pasado que fue decadente aun cuando sucedía.
La maravilla es que Ignacio Peyró escribe un libro decadente de manera deliberada, el personaje lo es y la forma de abordarlo también; esto se entiende normalmente como literatura, pues, quizá la denominación del arte comienza a serlo cuando está fuera del mundo, cuando aquello que leemos no debería de haberse escrito, porque no sirve para nada, y es precisamente por eso, que se transforma, en muchos casos, en un texto indispensable. No creo que sea el caso de este libro, que sea una obra de arte, pero estoy convencido que todo lo hace muy bien Peyró. Es hace un libro decadente, lo cual me parece muy divertido y, por supuesto, sumamente inteligente, pues es el caso de un periodista un poco cansado de las modas o de ciertos momentos del periodismo en donde hay muchísimas entrevistas y pocos perfiles, lo cual es una lástima, pues es un género delicioso, en donde la persona que lee el texto no necesita saber nada del personaje sobre quien se lee y, aún así, interesarse por lo que lee. Hecho que precisamente fue lo que me sucedió, pues sé poco de Julio Iglesias, salvo que es papá de Enrique, esposo de Isabel Preysler y protagonista de miles de memes cuando se acerca el mes de julio.
Lo que yo recuerdo de Julio Iglesias es que mi abuela decía que era el que cantaba haciendo cara de invidente, verlo en entrevistas en donde no era muy cariñoso con la carrera de su hijo y hasta ahí. Si me preguntaban sobre alguna canción suya, no sabría decir, ni remotamente ninguna. Y, después de leer el perfil de Peyró, las cosas han cambiado. Sé que su primera profesión fue ser futbolista, que tuvo un accidente violento, que sufrió un cáncer, que su padre era doctor, y que, contra cualquier otra premonición, por su talento, por su forma de cantar y por muchas de sus canciones, se hizo uno de los cantantes más famosos de la historia moderna de España.
Descubrí que la decadencia de Julio Iglesias es intrínseca, involuntaria y deliberada, al mismo tiempo, pues en donde aprendió a tocar la guitarra, en donde se rebeló contra su padre alejándose del derecho y haciéndose músico, para sorpresa de todos, incluido él mismo, fue precisamente en la Inglaterra de los años sesenta, en el Londres aquel de los Rolling Stones, The Who o The Kinks; Iglesias se vuelve una isla dentro de la Gran Bretaña y vuelve a su país natal con canciones más de la chanson française y del “pop franquista”, completamente lejano al grito juvenil lleno de poesía moderna, feminista y liberal en general, que planteaba el Rock en Inglaterra, para regodearse más en el amor romántico y, sin quererlo, convirtiéndose en un absoluto sex simbol, un compositor que marcaría un antes y un después en la música popular en español y en un cantante único, que, más allá de su tiempo y su género, contiene una flexión definitiva. Por lo tanto, que vivan los libros como los de Peyró, en donde podemos ser personas diferentes a lo que pensamos, leyendo libros que jamás leeríamos. Soberbio perfil.
Ignacio Peyró, El español que enamoró al mundo: Una vida de Julio Iglesias, Barcelona, Libros del Asteroide, 2025. 327 páginas.

 

Truman Capote: el narrador nato

Truman Capote (Nueva Orleans 1924-Los Ángeles 1984) es historia en sí mismo. Es un elemento clave para entender, para disfrutar la literatura norteamericana del siglo XX, y por sus giros, por su virtuosismo, por su belleza y también por su crudeza, es parte de la literatura universal; con libros memorables, únicos al extremo de ser pilares de una literatura, de comenzar toda una tradición al mismo tiempo que son irrepetibles. Están los casos paradigmáticos de Desayuno en Tiffany’s y de A sangre fría, novela esta última que ha sido llevada al cine en películas memorables, una de ellas, Capote, en las cuales el propio personaje histórico de Truman se vuelve parte fundamental de la trama de las cintas.
Recientemente, el personaje del autor Truman Capote volvió a las pantallas, en este caso en la serie de televisión Feud: Capote vs The Swans, en donde se observa al hombre que apenas y pudo sobrevivir a la escritura de A sangre fría en la cual echó su alma, su vida al fuego. Los años siguientes al libro, Truman vivía a base de medicamentos, drogas y alcohol; mientras su fama no solamente continuaba, sino que cada vez crecía más y más. Amigo de gente multimillonaria, de superestrellas de Hollywood y presidentes, Capote era el jet set de Manhattan. En la serie mencionada aparece en cenas, en una en especial contando una historia. Se le ve entre finos cocteles relatando con el público deslumbrado por su talento, y esto es esencial para lo que ahora quiero contar. La del narrador huidizo del relato Niños en su cumpleaños, recientemente vertido al español de manera mágica por Juan Villoro.
En la breve historia se vive la tensión en el pueblo y las ciudades; el descubrimiento de ser “salvaje” o “civilizado, y la experiencia temprana y dolorosa de caer profundamente enamorado.
Un pequeño lugar de los miles y miles que hay en Estados Unidos. Suponemos, por ser Capote el autor y porque hay una fuerte presencia de afroamericanos, que es el sur del país. El narrador se esconde en un yo que a veces participa, otras, observa, otras, incluso, es personaje, pero sobre todo cuenta. “¿Podríamos hablar con los adultos de la casa? / Evidentemente se refería a la tía El y, hasta cierto punto, a mí”.
Narra el hecho sutil y quizá intrascendente –para quienes no seamos los lectores del relato y, sobre todo, amantes de Capote en donde se sabe que cualquier hecho va a ser definitivo y, entonces, cuando leemos cualquier movimiento de la trama y los personajes el corazón late con fuerza– de cuando una tarde llega a ese pueblo polvoriento una niña de ciudad bastante presumida y que mira a sus habitantes muy por encima del hombro. “Una niñita delgada, con un vestido de fiesta almidonado de color amarillo limón, que caminaba con un insolente aire de persona adulta, una mano en la cadera y la otra en el mango de una delicada sombrilla”. Y continúa líneas más adelante: “Por sus caras se diría que jamás habían visto una chica. Seguramente no una como miss Babbit. Como dijo la tía El, ¿dónde se había visto una niña que usara maquillaje?”.
La niña es un detonante en el pequeño pueblo. Objeto de la atención que va a transformar la forma de comportarse de la endémica sociedad. Miss Babbit se erige sin temor al racismo, hace a una niña afroamericana su protegida; dimensiona la cerrazón local, sus malos modales, su falta de cultura y, naturalmente, los niños caen locamente enamorados de ella. Hasta las salvajes jaurías se agolpan junto a su ventana. Se convierte en una fábula hermosa de primer amor y de descubrimiento de vida. Tiene mucho de magia mezclada en la vida más prosaica. Quizá sea ese uno de los talentos más deslumbrantes de Capote: el de transformar la cotidianidad en ganas de vivir, en sueños consumados, a la vez que siempre late cierta desconfianza, aquella capaz de volver la vida, de un momento a otro, una tragedia.
Truman Capote, Niños en su cumpleaños, Madrid, Nórdica Libros, 2023. 65 páginas.

 

Pequeña crónica del gran centenario de Emilio Carballido

Roberto Bolaño estaba obsesionado con la Ciudad de México, con su luz y sus amaneceres, y, sobre todo, con su bruma. Ahí estábamos nosotros, saliendo de la inmensa urbe a bordo de una camioneta. Enfilábamos la inmensa avenida Zaragoza hacia el sur del país, yo iba de guía de una compañía de teatro francesa. Diez personas que venían de Ruan, de la ciudad de Flaubert; acababan de aterrizar y en ese momento les dije que aún hacía falta un pedazo más de trayecto, tres horas y media para llegar a Xalapa.
Yo intentaba enseñarles algo de la ciudad. Comían quesadillas, felices, de maíz azul y quesillo, y miraban la ventana buscando México. Se erigían a los lados el Peñón de los Baños, moteles, el metro, Iztapalapa, Ciudad Neza, Chalco, el Popo, el Izta…, pero no podíamos ver nada, la bruma se interponía, pero eso es mero optimismo literario: en realidad era pura y dura contaminación.
La razón del viaje era el centenario del dramaturgo y narrador Emilio Carballido (Córdoba, 1925-2008). La compañía francesa Catherine Delattres tradujo y montó Te juro Juana que tengo ganas de Carballido con motivo del centenario de su nacimiento, el día 22 de mayo, en el cual habría una función en la sala principal, Emilio Carballido, en su honor, del teatro General Ignacio de la Llave en Xalapa.
La situación es muy emocionante: actores descubriendo un país que han conocido a través de la literatura. Estrenaron la obra de Carballido en enero de este año es su ciudad natal, en plena Normandía. Su repertorio usual es Molière, Chéjov o Shakespeare; pero por motivo del centenario, del talento, de la magia, han decidido poner la obra de un mexicano que ha tenido peso en Francia con obras como Yo también hablo de la rosa, Rosa de dos aromas y Orinoco. La obra la interpretan en francés, pero la forma de hablar, de ser y de sufrir-amar de la gente que vive en México, les es familiar por traer en la mente la obra de Carballido.
Así que somos extraños, jamás nos hemos visto, pero un conocimiento especial nos hace sonreírnos con cierta complicidad: nosotros hemos leído a sus grandes autores franceses; y ellos han leído a Carballido. Así que, poco más, poco menos, nos sabemos cosas íntimas, privadas, nuestros secretos se notan en nuestros ojos. La mirada es de vergüenza por quienes somos, y de orgullo por quienes nos han descrito.
En la Normandía llueve todo el tiempo, pero Xalapa, además de su usual humedad, nos recibe con un calor brutal: todo listo para Te juro Juana que tengo ganas. Pasa el tiempo: ensayos, luces y tramoya y la obra comienza.
El foro se oscurece, conocemos la obra, pero sucede el milagro de la escena. La pieza es profundamente mexicana, aún más, veracruzana, y sin sangre y sin groserías, es mexicana.
La obra funciona de manera prodigiosa en francés: la tensión del amor, la complejidad del envejecimiento, le decisión de ser felices, son parte de la vida. Ahí está la obra de Carballido, plena de vida, divertida, las risas marcan el ritmo, y es profunda también: a todos y todas toca la pobreza, la intransigencia…
En la obra hay muchas referencias a Shakespeare, Cervantes, Esquilo o Sófocles. Hay mucha literatura, pero sobre todo hay vida, aquello que saca la literatura de los libros, y nos recuerda que no usualmente hay un Emilio Carballido. Hay mucho que celebrar, en francés, en español y en todos los idiomas y en los que aún falta que habite Carballido, que nos dice quienes somos y, sobre todo, que falta lo más hermoso todavía. Con todo y bruma o contaminación, México, el mundo, está en los libros.

 

Iris Murdoch

Hay libros que crean a otros libros; se vuelven fuente de inspiración y modelo a imitar; desde que llegan a nuestras vidas se quedan para siempre. Pero no lo hacen tan sólo dentro: en nuestra memoria, espíritu, corazón y riñones; también comienzan a habitar nuestras casas, vivir en nuestras calles y convertirse en parte de la gente que conocemos. Fue justo lo que me pasó con un cuento de James Joyce, Arabia, que viene en el libro Dublineses. Se dice que el Ulises es una de las mejores novelas de todos los tiempos, y, para leerla, hay que prepararse de alguna forma. Hace una alusión a la Odisea entonces hay que ir a ella para entenderla y para conocer mejor las aventuras de Odiseo es imprescindible haber leído la Ilíada. También para leer esa obra cumbre de Joyce es recomendable conocer algo más del autor, pues no solamente hay un diálogo en la poética, un desarrollo de ésta, también uno de los protagonistas, Stephen Dedalus, tiene su propia novela en donde es el protagonista alter ego de Joyce en El retrato del artista adolescente y para disfrutar aún más esta lo mejor es leer el libro de relatos Dublineses.
Así que ahí estaba yo enfrentándome a estos cuentos de Joyce para en breve leer el Ulises. Así que ahí estaba leyendo a uno de los autores más importantes de todos los tiempos. Leí Tres hermanas, luego Un encuentro… me estaban gustando. Pasaba poco, pero me gustaban las atmósferas. Este es Joyce, me decía, así escribe uno de los escritores más importantes. Sobre la vida diaria, sobre personajes anodinos, sobre personas típicas de cualquier ciudad, en específico de Irlanda y, por supuesto, de Dublín. Pero llegó Arabia y todo cambió. Ya no era un texto que observar, sino que comenzaba a suceder dentro de mí. Las calles y las casas del relato tenían vida propia y me hablaban. Yo estaba ahí, dentro de la historia; sentía que era el lenguaje y los personajes. Un extraño embrujo comenzó a habitar el mundo. La magia de la historia se salía de las páginas y habitaba mis días. Las salas de la biblioteca, las mesas, las sillas, el patio habían sido transformadas por Arabia. Ese embrujo que sentía el personaje, por un nombre, por una chica, era completamente contagioso. A partir de esos días pasé muchísimos años buscándola a ella… a Arabia, pero nunca la encontré, tuve que escribir un relato para no perderla, para tenerla cerca, aunque fuera en un cuaderno. Hasta esta semana que leí el relato Algo del otro mundo de Iris Murdoch (Dublín, 1919- Oxford, 1999). Desde las primeras líneas supe que estaba en un lugar conocido, no sólo en Dublín si no también en un tipo de literatura. Una joven es asediada por su madre y un tío para que se case. Le dicen lo de siempre: que ya tiene muchos años, que las más jóvenes que ella ya están casadas; y que el joven judío que vendrá a verla ese día, es un gran partido y tendría que decirle que sí. Pero ella, claro, quiere ser libre. Vivir su vida con quien ella quiera escoger en el momento que se le antoje, pero no se puede. Así que llega el joven y sale con él. Van por las calles de Dublín, entre tranvías, sombreros y pubs. Murdoch tiene el gran talento de reflejar ese momento terrible en que ella no quiere ir y él está enamorado; está en el momento que soñó todo el tiempo. Es embarazoso, estamos ahí en ese instante y ella decide entrar a un pub, en aquellos años no era del todo bien visto que una mujer entrara a ese tipo de lugares; él está nervioso, pero ella feliz, es un pequeño acto de libertad. En el lugar hay una reyerta, dos jóvenes están en tensión a punto de agarrase a golpes. La joven se acerca de manera impertinente y uno de ellos la mira, y sin pensárselo se acerca a ella y le pone una flor en el escote. Murdoch explota esa tensión y llega al clímax para acto seguido pintar el paisaje de la ciudad. Algo del otro mundo son pocas páginas, pero suficientes para homenajear a Joyce, para darle una vuelta, y de paso descubrir a Iris Murdoch. Una de las más grandes escritoras del siglo XX en lengua inglesa.

Iris Murdoch, Algo de otro mundo, traducción de Pilar de Adón, Madrid, Impedimenta, 2024. 75 páginas.

 

Liu Cixin: China, la ciencia ficción y el día a día

Las predicciones de la ciencia ficción del siglo pasado, del XX, son sensaciones del presente. Aquellos mundos en donde toda persona era espiada y las guerras eran declaraciones comerciales, ahora son parte de la vida de todos los seres humanos del 2025. Basta entrar a las redes sociales para hacer esto realidad: los datos personales son robados en cualquier plataforma y los presidentes del mundo se confrontan, aunque aquello pueda llevar a la guerra, con la finalidad de ganar votos.
Entre estos protagonistas y augurios de un poder que desplace a Estados Unidos, China va a la cabeza. Sobre este país se ha dicho de todo: sobre su totalitarismo y capitalismo de Estado; sobre su inmensa po-blación y la falta de democracia; su híper fabricación que ha llegado a tal poder que es usual decir “ahora todo es chino”; sin importar la calidad o el origen de lo que se fabrique, todo es de allá. “Los aranceles hacen reír a los chinos”. Pero, sobre lo que no se habla mucho –por no decir nada– es sobre lo que se produce en China y que no tiene que ver con su capitalismo sino con su literatura, por ejemplo. Vienen a la mente Gao Xinjiang, Mo Yan (los dos Nobel) y algunos más, pero, normalmente, no nos dete-nemos a pensar en China como un lugar libre, literario, sino más bien opresivo y con poco acceso a la cultura.
Y claro, es un absoluto mito: China es tan reprimido y libre como cualquier país de Occidente. Pienso ahora en El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu (Yangquan, 1963), una novela de ciencia ficción que tan solo en China ha vendido más de un millón de ejemplares. Se trata de una obra dentro del profundo género de ciencia ficción, que comienza –como muchas ficciones futuristas ahora– en el pasado, en específico en los años 1960 durante un juicio de la Revolución Cultural, en donde un físico, un maestro brillante, es cuestionado sobre aquello que enseña en la universidad.
La masa está sedienta de violencia, la China feudal se viene abajo y los antiguos poderosos son llevados a juicio. En este caso es el reputado físico profesor universitario. Está amarrado y es golpeado: su crimen es enseñar en la universidad las teorías de Albert Einstein, quien se fue a vivir a Estados Unidos y, para la Revolución China, ha colaborado para la fabricación de la bomba atómica. El profesor está amarrado y es golpeado y ante la acusación de que enseña las teorías del físico alemán, dice que sí, que claro, que para él no hay una mejor forma de enseñar la física moderna que la Teoría de la Relatividad. Le llueven los golpes y en poco tiempo se hacen tan violentos, tan extremos, que lo matan.
Así arranca la novela de Cixin Liu. Es un violento prólogo al que sigue un capítulo en donde vemos a la hija de este físico torturado. Ella es una joven brillante mandada a un campo de trabajo por haber sido hija de un intelectual, por lo que debe ser tratada con cuidado, y, ella, en efecto, es sorprendida leyendo un libro prohibido, una obra ecológica que cuestiona al comunismo. La novela es realista hasta este momento, hasta estos capítulos cuando da un giro en el tiempo y se sitúa en años recientes, cercanos a los nuestros, en la China contemporánea en donde vemos los ecos de aquellos personajes que vimos en las primeras páginas.
Nos enfrentamos a experi-mentos de la física moderna, a un lugar en donde no se sabe a ciencia cierta qué se investiga, pero es de una complejidad tal, que los científicos comienzan a ver un reloj en el cual aparece la hora de su muerte.
Es la misma China de la Revolución Cultural en donde se soñó con la posibilidad de que aquel país, aquella cultura madre dominara el mundo. Grandes experimentos, grandes dictaduras y un juego de video en donde el mundo es una metáfora que se pone en recreación, como un juego de video, es la apasionante novela de Liu, El problema de los tres cuerpos. China como un lugar en donde no sólo se manufactura el mundo, también se juega con la hipótesis de otros universos literarios.

Liu Cixin, El problema de los tres cuerpos, Ciudad de México, Nova, 2023. 407 páginas.

 

H. G. Oesterheld y las novelas gráficas que son el presente

Los momentos del arte, por no decir de la humanidad o del mundo, responden a una extraña circularidad. Muchas veces, los acontecimientos se suceden de manera cíclica, como si la historia, el azar, o lo que sea que rija el mundo, funcionaran más que linealmente, como una circularidad. Pienso en esto por la historia reciente de la narrativa, por ciertas repeticiones que nos ayudan a dimensionar, valorar y acomodar muchas obras literarias que, no necesariamente, comenzaron desde el canon literario, desde aquello que se entiende como literatura y que pretende trascender como fin estético.
Pienso ahora en la historieta, novela gráfica o cómic –estoy seguro que me equivoco en alguna de las formas de referirme a la obra, pero lo hago con el fin de enriquecer su contenido, por darle la posibilidad de ser muchas cosas, porque es una forma pertinente de tratar una obra de arte– El Eternauta publicada en el suplemento semanal Hora Cero entre 1957 y 1959; ilustrada por Solano López y escrita por H. G. Oesterheld, pues esta obra tuvo un origen no necesariamente literario, no precisamente canónico ni obligatoriamente trascendente y que es uno de los momentos más importantes en la narrativa latinoamericana del siglo XX y uno de los más deslumbrantes para quienes consumen ficción en este 2025.
El ciclo del que hablaba arriba viene en relación con el nacimiento de la propia novela, la cual alcanzó su gran popularidad durante el siglo XIX al estar pensada para complacer a los grandes públicos, en específico a las mujeres y que su pretensión estaba lejísimos de ser ni literaria, ni canónica ni trascendente; pero, la cual –la novela– con el paso de los años, y por la cantidad y sobre todo calidad de obras que fueron emergiendo, se convirtió en el Gran Género en el que se manifestaba la literatura, haciendo, de manera categórica e –sí, muy, muy– injusta a la poesía a un lado. De igual forma, el cómic y la historieta han comenzado de manera humilde y exitosa siendo para grandes públicos. Al igual que la novela que durante el siglo XX se publicó primero en los periódicos y era devorada por quienes leían con la tinta aún fresca, así nació lo que ahora podemos leer en bellísimos libros como Novela Gráfica.
El Eternauta –de argonauta, griego a cosmonauta soviético, Juan Sasturain dixit– se publica a finales de los sesenta en Buenos Aires. Cuenta la historia de un guionista de cómics argentino a quien, una noche, luego de mucho trabajo, se le materializa frente a él, de buenas a primeras en la silla de enfrente, un hombre que viene de otro tiempo, y, quien comienza a contarle su historia, que sucede en la capital de Argentina. El aparecido-narrador es un porteño que se encuentra jugando cartas con amigos cuando escuchan que ha habido una explosión desencadenada por un ataque nuclear. Poco tiempo después, comienza a caer una fina nieve que va provocando un profundo y terrible silencio en la ciudad. En poco tiempo, el narrador y sus amigos descubren que en la ciudad hay muchísima gente muerta, que aquello que cae es altamente tóxico; entonces, uno de los personajes dice: “somos robinsones que, en lugar de una isla, hemos quedado recluidos en su casa”. La historia es fascinante, adictiva, y gracias a su éxito y a la Novela Gráfica, ahora la podemos leer en una bellísima edición sin esperar las entregas del suplemento semanal. Y, por cierto, a manera de posdata, el día de ayer salió en México la adaptación de la obra en una serie de televisión de Netflix y el personaje principal es Ricardo Darín.
Así pues, la ficción que comenzó como un anexo en un suplemente semanal, es ahora una de las muestras más potentes y electrizantes de la narrativa contemporánea.

H. G. Oesterheld y Solano López, El Eternauta, Ciudad de México, Planeta, 2022. 376 páginas.

 

Amor Towles: el refinamiento como respuesta

Durante esta primera parte del siglo XXI, uno de los fenómenos artísticos más notables han sido las series de televisión, que pasaron de ser un entretenimiento sin muchas búsquedas artísticas, como fueron la mayor parte durante el siglo XX –dejando al cine este papel– a convertirse en el medio en donde están los grandes libretos, las grandes producciones y los grandes actores y actrices. Entre estas maravillosas ofertas vi Un caballero en Moscú, creada por Ben Vanstone y protagonizada por Ewan McGregor y Mary Elizabeth Winstead. Los escenarios, las atmósferas y el manejo de la trama son fascinantes. McGregor interpreta al personaje de manera entrañable y el resultado es una obra que deja una sensación plena de vida y resistencia.
Días después me enteré de que la miniserie está basada en la novela homónima de Amor Towles (Boston, 1964), así que, debido a la bellísima adaptación, me puse a leer la novela. La obra comienza –al igual que la serie– con el juicio al conde Aleksandr Ilich Rostov. Son los primeros años de la Revolución Rusa por lo que este hombre es sometido a este examen debido a sus títulos de nobleza. Hace muy poco fueron vividos años del terror en los cuales los miembros más importes de la nobleza rusa, los emperadores, fueron sometidos a juicio y ejecutados. Así que el asunto del conde Rostov es de extrema seriedad. Hay algunos rasgos particulares en él, y es que el conde ya había conseguido huir, pero, por razones que se desconocen hasta ese momento, decide volver a Rusia y se hospeda, desde hace tres años a la fecha del juicio, en el lujoso hotel Metropol, de Moscú. Se define su vida, pero Rostov mantiene su integridad, incluso un escabroso sentido del humor que raya en el estoicismo. Le preguntan las razones de que haya vuelto a Rusia, si acaso sabía lo que le pasaría dada su condición, a lo que responde que extrañaba el clima; el público ríe y el jurado es cada vez más severo. Le preguntan cuál es su profesión y responde: “No es propio de caballeros tener profesión”. El jurado aprieta, sin nada de humor y le pregunta a qué dedica su tiempo: “A cenar, conversar, leer, reflexionar. Los líos habituales”. Esta respuesta es más que una broma, más que mera frivolidad, es la expresión que define el fin de una época, no una que está a punto de terminar, sino que lo hizo y de una forma radical en la Rusia de inicios del siglo XX.
Hay un poema, sí, se hace alusión a un poema presunta-mente escrito por Rostov durante los primeros años del siglo XX, cuando se reprimió una rebelión de los posteriores revolucionarios y Rostov se declaró a favor de ellos. Es por esto que hasta ahora se le ha perdonado la vida del conde, y aún así lo dudan, pero, luego de un consenso, deciden que se le perdonará la vida, pero, con una condición estricta e inapelable: que deberá permanecer el resto de su vida en el Hotel Metropol, que si pone un pie fuera, será ejecutado al instante.
Así comienza esta novela de Amor Towles que es un homenaje, un canto al honor y a saber vivir, ser feliz en las condiciones más complicadas. El conde pasa de su hermosa suite a un cuarto diminuto de servicio en donde comienza a vivir, a revivir su vida. Todo esto se aprecia con mucha belleza en la serie, pero en la novela es posible desplegar aún más la hermosura del personaje. Uno que sobrevive a partir de sus hábitos, su amor por la comida y su sofisticación en todos sentidos, que, en la novela, por el propio perfil de cada género, la diferencia entre la pantalla y las páginas, es que la experiencia en el libro a partir de la literatura es simplemente fascinante. Pues el conde dialoga con Montaigne, Dumas, Cervantes y muchas otras obras literarias para sobrevivir, para seguir siendo humano según él lo entiende: libre en cautiverio, comiendo sofisticadamente en plena escasez y amando pro-fundamente cuando todos son vigilados.

Amor Towles, Un caballero en Moscú, Ciudad de México, Salamandra, 2023. 509 páginas.