Jesucristo en algunas novelas célebres

Una de las tradiciones en México durante la Semana Santa es ver Ben-Hur, quizá por enésima vez o acaso por primera, que cuenta de manera tangencial la historia del mesías católico. Un poco cansado de una película tan vista que sin duda tiene escenas memorables, me puse a ver otra película, Pelotón, de Oliver Stone hecha en 1986, que he visto miles de veces y que me llevó a pensar en algunas novelas sobre Jesucristo. La película comienza con un epígrafe del Eclesiastés: “Regocijaos, oh jóvenes, en vuestra juventud”, bastante sarcástico sobre esos años juveniles en la cruenta guerra de Vietnam. El personaje principal, narrador en off de la película se llama Christian –cristiano– y uno de los personajes más memorables es Elías –que significa “Mi Dios es Yahvé–. Interpretado por Willem Dafoe y a quien se le ve en las primeras escenas con el fusil cruzado sobre la espalda como si estuviera crucificado y en general el personaje de Elías tiene un carácter mesiánico y de mártir durante toda la película. Esta visión me llevó a la película La última tentación de Cristo de Martin Scorsese filmada dos años después, en donde el mismo Dafoe interpreta al mesías. Una película por demás polémica basada en la novela homónima deslumbrante del autor griego Nikos Kazantzakis. Se trata de una bella obra en donde el personaje de Jesús es profundamente humano. Plena de atmósferas, de polvo, de cielos rojos y montañas en donde el personaje de Judas Iscariote es llevado a mucha más complejidad, de pasión, de devoción; el mundo en el cual vivió Jesús es recreado en esta novela de manera vívida; los sentimientos de todos los personajes son potentes y se llega a una auténtica pasión de Cristo.
No es mi intención, ni remotamente, escandalizar o ser iconoclasta hacia una religión que respeto mucho y cuya literatura, La Biblia y El Evangelio, son obras capitales en nuestra cultura. Tan sólo pienso en una breve relación de autores contemporáneos que han retomado el tema. Así, además de Kazantzakis, está desde luego el portugués José Saramago El evangelio según Jesucristo, una novela que fue muy polémica y de manera estética no tan del gusto de la crítica, pero que a mí me gusta mucho, pues además de la brillante prosa del Nobel, la écfrasis del inicio: la descripción de un grabado de Durero que representa a Jesús crucificado, con la que arranca la novela, es virtuoso y apasionante; la novela retoma con sencillez el personaje de Jesucristo, es el Evangelio apócrifo, presuntamente –a los ojos de Borges– expulsado por el canon que escribió Jesucristo por sí mismo. Aporta mucho este texto desde la literatura pues se ve un Jesús sencillo, rodeado de su familia en su humilde mundo. Una buena lectura para estos días.
Finalmente, con el Evangelio en la mente, pensé en El reino, de Emmanuel Carrère, quien fiel a su estilo desde su novela El adversario hace un ejercicio de autoficción en donde el sofisticado narrador amante del yoga analiza de manera sesuda y racional a la religión cristiana, un tanto iconoclasta y con la presunción de sólo creer en “la realidad”, para dar un giro y confesar que durante una etapa de su vida se hizo devotamente creyente y, a partir de aquí, el libro es además de un autoanálisis un bellísimo estudio sobre el catolicismo, sobre Juan y los evangelistas en particular, analizando el Evangelio; viéndolo como una obra literaria y sacando jugosas conclusiones sobre la escritura del texto.

 

Walter Tevis: entre David Bowie y los alienígenas

El escritor francés Gustave Flaubert pedía enérgicamente a los editores de su célebre novela Madame Bovary, que no pusieran ninguna ilustración de su heroína para que así cada lector y lectora se hiciera su propia idea de la protagonista y, de esta manera, no sólo fuera una mujer en específico sino cualquier mujer de Normandía o acaso cualquier persona que se apasionara a tal grado con las novelas románticas que quisiera vivir en una de ellas.
En efecto, siempre es mejor que vuele la imaginación y que cada persona que lea construya sus propios personajes. Sin embargo, ahora pienso en una fantástica excepción, en la novela El hombre que cayó a la Tierra, de Walter Tevis (San Francisco, 1928-1984), que fue llevada al cine a finales de los años setenta e interpretada en su personaje principal por el polifacético músico, artista plástico y actor David Bowie.
La novela fue escrita a principios de los años sesenta y ha sido, felizmente, reeditada en los últimos años. Es la historia de un hombre apellidado Newton, el guiño es por demás rico en cuanto al sentido científico de la novela, que llega a la Tierra para llevar a cabo una ambiciosa misión que se va develando, poco a poco y con maestría, con cada página que avanza la novela. El personaje es un hombre extremadamente blanco, casi albino, muy delgado y tan ligero que es posible sostenerlo con una sola mano: es precisamente David Bowie, quien además de interpretar al personaje en la película, amaba la novela con devoción. Lo cual he tenido en la mente durante toda la lectura de esta elegante obra de Ciencia Ficción.
Newton acaba de caer en la Tierra y el narrador nos va contando todos los detalles de sus sensaciones. Tuvo que hacer adaptaciones en su cuerpo: en las uñas, en los ojos, en el cabello para pasar por un ser humano. Aquí hace mucho más calor y la densidad de nuestro planeta es mucho mayor que la del suyo por lo que siente todo el tiempo cansado, cargando muchísimo más peso del que está acostumbrado. También vive en una constante sorpresa, pues a pesar de que ha estudiado a los humanos durante los últimos veinte años, se sorprende del comportamiento de la especie; observa el uso limitado que le damos a nuestra inteligencia y, también en ese Kentucky de los años ochenta –la novela es futurista y se proyecta veinte años después de lo que está escrita–, de lo indiferentes que son los humanos ante él. Se sorprende sobre todo de la cantidad de agua. Abre la llave y ahí brota un chorro incesante; está en caudalosos ríos y cae del cielo en abundancia. Viene de un planeta en donde casi no hay nada de agua y nos vamos enterando que su misión tiene mucho que ver con las reservas naturales.
El hombre que cayó a la Tierra va tendiendo los hilos de su trama de manera compleja, Walter Tevis, al igual que Stanislaw Lem, son autores que se preocupan por una escritura fina, en donde todos los personajes tienen dimensiones complejas y también la Ciencia Ficción tiene en verdad una explicación científica. Así que el personaje Newton va descubriendo las cortinas del mundo de Estados Unidos durante la segunda parte del siglo XX, en el cual todo era por un lado una batalla tecnológica; una lucha en donde esta servía por un lado para acaudalar fortunas con nuevas televisiones, cámaras fotográficas o extracción de petróleo o para pensar en nuevas formas de hacer armas nucleares. Walter Tevis toma lo mejor de la ciencia para reflexionar sobre la técnica, sobre su papel en nuestro mundo y de la ficción para observar a los humanos desde los ojos de un extraterrestre inteligente, sensible y amante de la ginebra y, por qué no, de una vez, para pensar en otros tipos de vida, de inteligencia que no sean humanas en este universo. Tal como lo hizo, años después, con geniales canciones de David Bowie.
Walter Tevis, El hombre que cayó a la Tierra, Ciudad de México, Alfaguara, 2023. 233 páginas.

 

Ariel Florencia Richards y la belleza tórrida de las tormentas

Los fenómenos de la naturaleza son, muchas veces, terribles cuando se viven en carne propia. Los tornados, volcanes en erupción o las tormentas arrasan por todos aquellos lugares que pasan dejando tristeza y desolación. La humanidad siempre ha sentido fascinación por estos fenómenos que han sido achacados a dioses caprichosos, fúricos o justos. Pareciera como si las catástrofes tuvieran un lenguaje en el cerebro animista de los humanos. Sin embargo, estas “expresiones” de la naturaleza, si no se viven en carne propia, también están cargadas de una profunda belleza, pues el mundo es una de las fuentes más profundas y ricas para los artistas. Así, los tornados, las erupciones de los volcanes y las tormentas se transforman en algo terriblemente hermoso en poemas y lienzos. Además de ser fenómenos que aleccionan mucho sobre la fuerza de la naturaleza son un despliegue de belleza el aire furioso de un tornado que crea un remolino gigantesco que eriza la piel; la lava hirviendo expulsada por la boca de volcán es la esencia de la Tierra, o un huracán son el agua, la luz y el viento fundiéndose en uno solo. Sobre esto último pienso en particular en varias de las obras del pintor inglés William Turner en las cuales se dedica de manera obsesiva a retratar tormentas de muchos colores y formas que son obras en las que perderse, en donde el arte hace posible disfrutar aquello que en la vida real es imposible.
Lo mismo otro William, pero este dramaturgo, de apellido Shakespeare usó uno de estos fenómenos para su última obra, La tempestad, en donde un grupo de europeos se dirige hacia el llamado en aquellos tiempos Nuevo Mundo que fascinó al Viejo Mundo. En esta obra, entre sus muchas maravillas, hay un personaje, Ariel, un tanto mágico, cuyo nombre es neutro y por lo tanto ambiguo, no se sabe del todo si es hombre o mujer o ninguno de los dos. Mismo que ha fascinado a Ariel Florencia Richards (Santiago, 1981), quien en su última novela hace alusión a él y sugiere de dónde viene su nombre con el cual se definió cuando cambió de género. Esto lo cuenta en su más reciente novela Inacabada, que es una confesión, un viaje y una reflexión sobre el cambio de género, en donde problematiza de manera precisamente literaria un relato en donde la historia principal es el cambio de género, dice: “Y lo cierto es que el lenguaje y el cuerpo son posiblemente las herramientas performativas más poderosas que tenemos para desplegarnos pero también para remover e inquietar eso que no nos define y que nos incomoda. Las palabras que pronunciamos –que performamos y escribimos–, nos permiten comunicar quienes somos. En ese sentido, el lenguaje nos da la posibilidad de cambiar”. En efecto, la obra literaria siempre es performativa, es una puesta en escena del lenguaje que al mismo tiempo se reafirma y renueva e Inacabada emparenta al cambio de género, de hombre a mujer, con el arte moderno, pues es lo opuesto a la belleza tradicional apolínea, en donde se busca una belleza en donde todo esté terminado, que la obra, la creación, estén lo más pulidas posibles. Quizá sea para entender mejor, que las historias tengan un final claro y cerrado para asimilarlo mejor, para saber qué fue lo que en realidad pasó. Pero el arte moderno a partir del siglo XIX ha iniciado otras búsquedas en donde la belleza puede ser oscura o amarga, en donde los finales son abiertos. Obras inacabadas no por pereza o confusión sino porque el fragmento, la ruptura, el borrador son la obra buscada.
Así, Florencia cuenta la historia de Juana, una mujer que emprende un viaje junto a su madre en donde el cambio de sexo es el eje de la historia. Un tête a tête en el cual el amor intenso de la familia busca las formas apolíneas, aquello que debe ser tan claro como la luz que hace azul el cielo, mientras Juana, porque así es su humanidad y se lo exige la libertad, quiere enfrentar las tormentas que son violentas, pero también extrañamente bellas.
Ariel Florencia Richards, Inacabada, Barcelona, Random House, 2024. 161 páginas.

Han Kang y las posibilidades imposibles del lenguaje

Para la Banda Lectora.

Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970) fue una gran y hermosa sorpresa cuando el pasado octubre de 2024 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura: se abría una ventana a otra literatura y a una maravillosa escritora. Sorprendió por ser muy joven, por supuesto, también por no ser tan conocida y, sin duda, por la calidad de su escritura. Entre sus novelas más importantes están La vegetariana, Imposible decir adiós y Actos humanos, pero, para mí, mi favorita es La clase de griego. Una obra que es al mismo tiempo una profunda crítica al lenguaje, un homenaje a sus posibilidades y carencias. Una serie de tristes acontecimientos que desembocan en una profunda reflexión y respuesta sobre el lenguaje, sobre las posibilidades de comunicarse entre los seres humanos.
La premisa de La vegetariana se parece bastante a la de La clase de griego: en la primera, un buen día una mujer tiene pesadillas relacionadas con la carne y decide no volver a comer nada animal nunca más. En la segunda, una mujer deja de hablar de un momento a otro, ya le había sucedido en la infancia: en algún momento dejó de poder hablar su lengua materna, el coreano, y la recuperó durante una clase de francés; cuando vio escrita la palabra Bibliothèque, pudo recuperar la posibilidad de hablar y escribir. Ahora, durante su edad adulta, le vuelve a ocurrir que pierde la posibilidad del lenguaje, no puede hablar ni escribir, el trauma es fuerte, pierde toda funcionalidad social, por lo que decide estudiar griego clásico.
Su mutismo tiene mucho de particular y de riqueza narrativa, pues nos habla de la imposibilidad de pensar en su idioma, porque entrar en sus palabras, en las del coreano, en las grafías, acústica y significado, le hace daño, por lo que su intuición le dice que busque un idioma muy lejano y que haya muerto hace muchos años. “El lenguaje se fue deteriorando en el transcurso de miles de años, desgastando por el uso de incontables lenguas y plu-mas. Ella misma lo fue dete-riorando a lo largo de su vida, con su propia lengua y su propia plu-ma. Cada vez que empezaba a escribir una oración, notaba su co-razón gastado; su corazón remen-dado, consumido, inexpresivo”. Esto se vuelve aún más interesan-te y estresante, ya que, durante su primera infancia, ella fue una virtuosa de la lengua, aprendió a leer sola además de que amaba las grafías, intuía significados que luego confrontaba con el dic-cionario y la hacía profundamente feliz este ejercicio.
Como dice el título de la novela, un momento importante de la historia es la propia clase de griego, en donde el profesor le explica a un pequeño grupo los pronombres, los tiempos y los sustantivos del griego clásico. En algún momento, el profesor le pide que lea, ella está allí por su mutismo, por lo que se congela y nadie sabe qué hacer, así que decide huir. Resplandece el sentido de extrañeza que se hace cada vez más profundo según avanza la historia del propio profesor de griego, quien es virtuoso en los idiomas, pero que está cada vez más afectado por una corta visión que, tarde o temprano, lo llevará a la ceguera.
Así que la historia va avanzando, brazada a brazada, con la historia de ella que no puede hablar y la de él que casi no puede ver. Metáforas de dos de los elementos más preciosos, o eso pensamos, para la comunicación humana: la vista y la voz. Según avanza la novela el propio lenguaje de ésta se va fragmentando, haciéndose cada vez de más imágenes, más acústico, más poético. La tensión es magnífica, pues ¿cómo se puede comunicar alguien que no ve con alguien que no puede hablar? Es una gran crítica al lenguaje a la vez que una exploración para dar un paso hacia otras posibilidades de la comunicación, que pueden darse en el silencio y la oscuridad, ¿Qué hay? ¿Qué permanece en los humanos para poder expresarse? Son algunas de las preguntas con las que discute esta novela y que, por supuesto, resuelve con imágenes, metáforas y cuerpo.
Han Kang, La clase de griego, Ciudad de México, Random House, 2025. 173 páginas.

 

Mary Wollstonecraft: los viajes y la génesis del feminismo

El feminismo es la corriente de pensamiento más importante de nuestros días, para ser más precisos habría que decir feminismos, porque se trata de un movimiento vivo que se enriquece, recula, da giros y se adapta al mundo en la búsqueda de que este sea cada vez más justo y lo seres humanos tengamos los mismos derechos, que las personas sean tratadas con base en sus derechos sin ninguna clase de discriminación.
¿Pero cuándo comenzó el feminismo? ¿Acaso Safo, la poeta griega, ya era feminista; Christine de Pizan con su novela La ciudad de las damas o acaso también el monólogo final de Melibea en La Celestina? Sin duda se trata de ejemplos en donde mujeres son protagonistas, toman la voz y se expresan sobre las diferencias y desigualdad que hay en la sociedad entre hombres y mujeres. Pensarlas como feministas es posible, pero no pueden ser entendidas como tales porque ellas mismas (aunque sean personajes de ficción) no se entendían como tales.
Para pensar el feminismo tal como lo entendemos en nuestros días, hay que ir a los años de la Revolución Francesa, cuando se proclamaron los Derechos del Hombre y una persona se pronunció para incluir en estos también a las mujeres. Este es el momento crucial en nuestra historia al que debemos la ebullición de pensamiento del feminismo actual, que transforma nuestro mundo al intentar hacerlo más justo.
La persona que se proclamó era la escritora y filósofa Mary Wollstonecraft (Londres, 1759-1797) quien en sus breves cuarenta años de vida (murió poco después de dar a luz a quien sería la genia escritora Mary Wollstonecraft Shelley) cambió el mundo para siempre, porque lo que más buscaba y sobre lo que escribía era sobre la libertad. Acercarse a su vida es ver a una mujer que nunca quiso someterse, nunca se casó, se enamoró de un hombre con quien tuvo una hija, y así, con la niña de brazos y una niñera francesa, recorrió buena parte de Europa, fascinada sobre todo por París y la ebullición de las ideas en los años posteriores a la Revolución, que no eran especialmente tranquilos y son conocidos como los del Terror. Pero Wollstonecraft andaba feliz por esos años en aquella ciudad. No conforme con eso, con tener una bebé y estar en Francia, viajó a tres países nórdicos desde donde mandó cartas a su enamorado de tal calidad que las cartas se publicaron y el libro se convirtió en un best seller en la época, a pesar (para esos años) de estar escrito por una mujer.
La obra de Wollstonecraft ha sido rescatada en los últimos años y estudiada a profundidad. México no es la excepción, por lo que el año pasado salió en la bellísima colección de la UNAM Pequeños grandes ensayos que caben en la palma de una mano, el libro Cartas escritas en Suecia, Noruega y Dinamarca de Mary Wollstonecraft con la brillante selección, traducción y prólogo de Gabriela Villanueva Noriega, quien presenta la obra y hace un preciso recuento de la vida y obra de la pionera feminista.
El libro es una hermosa pieza de literatura epistolar, de la maravilla del género en donde los lectores somos auténticos voyeristas y entramos en aquella intimidad en donde la autora se dirige a su enamorado para contarle sus experiencias en aquellos países nórdicos. El tono de las cartas es desobligado y se transforma en un espléndido libro de viajes a la Escandinavia del siglo XVIII que Wollstonecraft ve con los ojos de Francia e Inglaterra, para los cuales estos países les parecía un tanto atrasado en esos años de la incipiente Revolución Industrial, que ya permeaba con su visión progresista. Es en verdad deslumbrante la modernidad del pensamiento de Wollstonecraft, pues es totalmente actual: “Durante la cena mi anfitrión señaló con gran franqueza que yo era una mujer observadora, pues hacía preguntas de hombre”. La agencia feminista está latente y me gusta especular que el presente es producto de mentes brillantes que una vez que habitan este mundo cambian para siempre la forma de pensar. Así, en estas cartas se viaja en el tiempo no sólo a Escandinavia, sino a las ideas, al calor cuando surgían, de una de las mentes más brillantes de los últimos tiempos.
Mary Wollstonecraft, Cartas escritas en Suecia, Noruega y Dinamarca, Ciudad de México, UNAM, 165 páginas.

 

Paolo Giordano: del terror en nuestro valiente nuevo mundo

La tentación del Apocalipsis en tan antigua como la humanidad misma. Sigmund Freud descubrió la eterna obsesión del ser humano con la sexualidad, pero desde al menos 200 mil años, el ser humano está obsesionado sobre todo con la muerte, la cual, por cierto, según muchos filósofos y antropólogos, es hermana ultra dependiente de la sexualidad. Muerte, sexo y vida son la constante secreta de nuestro mundo, en donde a diferencia de culturas como la mexica, en que la muerte era el pan –la tortilla más bien– de todos los días, no sólo por los sacrificios humanos sino por el Tzompantli inmenso del Templo Mayor en donde se mostraban todos los huesos humanos y toda su cosmovisión era vida-muerte. Por nuestra parte, la sociedad esconde la muerte que se manifiesta en una brutal violencia que devora al mundo. Es obvio que muchas cosas no funcionan, que el sistema en el que vivimos no anda. Crisis sociales, hídricas, calentamiento global, deforestación, pobreza extrema, colonialismos arraigados profundamente, misoginia, trans-fobia, racismo, genocidios trans-mitidos en directo y un larguísimo etcétera son parte de nuestra vida diaria que enfrentamos con frivolidad: poniéndonos a dieta en medio de profundas crisis alimentarias, moviéndonos en vehículos último modelo de combustión interna que hacen un infierno de la vida en las grandes ciudades y destruyen el mundo, perdiendo el tiempo en juegos de video y redes sociales que nos hacen estar estresados el día entero. Estas son algunas de las realidades, de los pensamientos que vive, que abraza el narrador de la brillante novela Tasmania, Paolo Giordano (Turín, 1982) quien saltó a la fama mundial en el 2008 con su brillante novela La soledad de los números primos que le hizo ganador de pres-tigiosos premios literarios.
Sin embargo, Tasmania no es para nada una novela dura en el sentido de la violencia, no es sangrienta ni estridente; es más bien, en muchos sentidos, melancólica, pues indaga la fuerza de los sentimientos humanos y las razones de que haya tales reconcomios de violencia y de soledad en nuestro mundo.
El protagonista y narrador de la novela es un periodista de formación científica que se encuentra en París durante los atentados terroristas que vivió esta ciudad en noviembre del 2015. A partir de aquí se abre una zanja en su mundo que lo va distanciando de su vida anterior. De la persona que fue capaz de enamorarse de su pareja, de quien podía establecer relaciones estrechas con amigos y quien se apasionaba por la ciencia y el periodismo. Ahora, parece una especie de testigo de sí mismo, pues ve con fatalidad todo aquello que sucede en el mundo que le hace pensar que no hace falta esperar el Apocalipsis, sino que ya nos encontramos viviendo en plena crisis, una que parece querer acabar con el mundo, con esta civilización en cualquier instante.
Dije que la novela no es dura, sino que melancólica y, también, y aquí estriba uno de los grandes momentos de la obra, es que está plagada de un gran sentido del humor, de uno particular, un tanto desesperanzado, pero entrañable. Humor que aparece en la cotidianeidad de la vida en pareja, del dibujo de lo patético que somos los seres humanos que creemos en el amor. Aparece también la amistad, esos ires y venires que se viven con la empatía profunda, el entendi-miento de otro ser humano que hace más fácil este mundo. También toca el tema de la maternidad y paternidad, a veces, incluso, cuando no es necesaria-mente sanguínea.
Tasmania es la isla ideal para sufrir una de las catástrofes que nos acechan: tiene agua, no llegaría una bomba atómica y es bella. Es esa especie de paraíso con el que se sueña cuando se acabe el mundo, cuando llegue el Apocalipsis que ha tocado desde tiempos inmemoriales a cada ser humano muere.

Paolo Girodano, Tasmania, Ciudad de México, Tusquets, 2023. 345 páginas.

 

Miranda July: la belleza de la antiheroína

Hay un placer inmenso en los humanos hacia las superpersonas, abundan en la ficción desde la Odisea hasta los héroes y heroínas de Marvel, seres que pueden hacer todo aquello que soñamos, pero que nos es im-posible. Me pregunto ahora si acaso los dioses mismos de todas las mitologías no son otra cosa más que una especie de héroes y heroínas.
Sin embargo, desde 1605 hubo un cambio fundamental en la narrativa. Se ha construido en la modernidad desde El Quijote, más o menos, una figura que es lo opuesto al héroe que todo lo puede hacer, que hace magia, vuela, es inteligente, se libra de todas las batallas y tiene muchísima suerte. En la literatura moderna que vivimos desde Miguel de Cervantes, tenemos al antihéroe, a quien más bien todo le sale mal, no tiene ni magia ni vuela ni desa-parece ni nada, pero, curiosamente, más que todos los súperhéroes, es lo más cercano, empático, real, y, sobre todo, muy divertido para quienes leemos libros.
Están El Quijote, Tom Jones, Tristram Shandy, David Co-pperfield y muchos, muchos más… Durante los últimos años de este siglo XXI se ha vivido una pulverización del canon; todo ha cambiado, este es un hecho contundente, vivimos otra realidad, más sana, más igualitaria en la cual en un mundo en donde antes no había mujeres ahora las hay. En las bellísimas novelas mencionadas al inicio de este párrafo es posible ver que todos los autores y todos los protagonistas son hombres. Se puede pensar en un puñado de otras heroínas que estarían en las poquísimas mujeres que escribían antes de este reciente boom femenino, como Virginia Woolf (quien en su Orlando juega con esto de manera genial), Emily Brontë o Mary Shelley; pero ninguna de estas autoras, curiosamente, hay humor. Claro, con esa palabra y escritora en lengua inglesa, viene a la mente Jane Austen, quien, precisamente por eso, es cada vez más un fenómeno en muchos sentidos que no paramos de descubrir.
En este nuevo amanecer equitativo hay cada vez más escritoras mujeres, lo cual es maravilloso, pero muy pocas cultivan el humor; casi nos sobran los dedos de una mano y, quien me viene a la mente de inmediato en este tema, es la escritora mexicana Didí Gutiérrez, gracias a quien leí a la fascinante, brutal, a veces terrible, pero siempre adictiva-mente divertida Miranda July (Berkeley, 1974) quien es una mujer polifacética, performer, actriz, cineasta, y escritora, por supuesto, y su increíble novela El primer hombre malo, que cuenta la historia de una mujer profesionista, que pasa de los cuarenta años, tiene un trabajo que le gusta, sin embargo, vive con las insatisfacciones usuales de nuestro mundo actual: no quiere envejecer, quiere consolidar el amor en todas sus vertientes: eróticas, amorosas, amicales y maternales. Pero todo es extremadamente difícil, su enamorado la conoce, le cae bien, la respeta, es cercano… pero no tiene la menor idea que ella está enamorada de él; su relación consiste más en la masturbación y en las fantasías. Sus amigas no son tan cercanas como ella quisiera y, además, es débil, por lo que las personas de su trabajo enquistan a una adolescente para que viva con ella, por el sólo detalle de que vive sola. Y en cuanto a la maternidad… todo es complicado, pues no tiene pareja. Sin embargo, en esta novela de Miranda July, los problemas que usualmente son tratados desde el melodrama, el sufrimiento o la soledad, aquí todo está cargado de un profundo sentido del humor, de la antiheroína a quien todo le sale mal, sufre, se siente sola, pero todo está observado desde un punto de vista para nada victimizado, y esto da un giro, no sólo desde el tono de la novela, sino que ésta, a partir de esta actitud, va teniendo vueltas, cambios en la trama completa-mente inesperados, pero que vienen de ver el mundo con humor, más que con heroísmo, u otro tipo de heroísmo, el de las antoheroínas que pueden cambiar al mundo al verlo con humor, como una mera imitación de los seres humanos que somos.

Miranda July, El primer hombre malo, Ciudad de México, Random House, 2015. 271 páginas.

Santiago Lorenzo: ser asquerosamente feliz

En días recientes, luego de casi dos décadas, decidí ordenar el estudio donde trabajo: un lugar atiborrado de libros, libreros por todos lados, obras en los cantos, torres por aquí y por allá… hasta que hace unos días, sin saber bien a bien la razón y de un momento a otro, me puse manos a la obra a ordenar el mare magnum. Fueron momentos de crisis (¿cómo rayos iba a acomodar todo eso?); de pánico (¿me alcanzará la vida para leer todos estos libros?); y de euforia: ¡qué hermosa es la vida, qué maravilla que la humanidad escriba tanto y que felicidad es tener todos estos libros ante mí! Desde entonces mi ocupación favorita es pasarme el mayor tiempo que puedo viendo los libros. Me siento frente a ellos, veo sus lomos, a veces, en un arranque de pasión, sacó un ejemplar para pegar la mejilla a su portada y pasar mi nariz por sus tersas páginas. Me paseo por los libros, veo sus títulos, pero, sobre todo, no hago nada. Tan sólo los veo y veo sin pensar en nada y así me puedo pasar las horas del día en absoluta felicidad.
Mientras perdía el tiempo mirando los libros, recordé aquella idea de Byung-Chul Han, en su libro Vida contemplativa de darse la oportunidad de no hacer nada, de dedicar horas del día a perder por completo el tiempo; de la riqueza de en algún momento del día no hacer nada útil e incluso inútil: ver pasar el tiempo. La maravilla de pasar momentos perdiendo el tiempo mirando hacia cualquier lado, sin pensar en nada… tan sólo viviendo la vida. El filósofo surcoreano hace una crítica a la sociedad en la que vivimos en la cual se nos exige hacer algo todo el tiempo. Algo así como el inicio de la película Trainspotting: “Escoge una vida, una televisión, un estéreo, una casa, una familia…” y termina: “Escojo no escoger”. A veces es bueno olvidarse de la urgencia del mundo moderno de escoger una vida para hacer algo útil, detenerse, salirse del mundo para no hacer nada.
Porque hay momentos en los que cansa el mundanal ruido y es preciso huir del mundo para ir a recluirse lo más lejos posible. Es esto precisamente lo que le sucede al personaje Manuel de la novela Los asquerosos de Santiago Lorenzo (Portugalete, España, 1964) que ha sido un fenómeno de ventas y que su lectura pasa de ser una divertida comedia de un personaje excéntrico a un hilarante y escalofriante análisis de nuestro mundo, de nuestra sociedad contemporánea.
La novela cuenta la historia de Manuel, un joven español amante de la vida, una persona muy social y comprometida con su mundo que, un buen día, mientras está en una manifestación es sometido por un policía, quien lo toma con fuerza desmedida por lo que Manuel se defiende y sin pensarlo demasiado, tan sólo por librarse, le entierra un desarmador. Cuando se percata que ha herido al uniformado huye y piensa en un tío para que lo ayude a esconderse ante la inminente búsqueda que harán las autoridades.
Así que huye y se esconde en una aldea abandonada. Está en completa soledad, todo lo que hay en la casa en la que se encuentra, además de un mobiliario con lo esencial, es la biblioteca de clásicos Austral. Así que el tío se preocupa por abastecerlo de todos los víveres necesarios de aseo, comida y bebida: la cantidad de cosas que necesitamos los humanos modernos en nuestra vida diaria. Al principio Manuel se encuentra bien, aislado del mundo, recluido y sobreviviendo. Pero según va pasando el tiempo va descubriendo que cada vez necesita menos cosas. Entra en una vida que nunca pensó que existía: la de no necesitar nada. Vive con una sola muda ropa, que es su piyama; descubre que es tan sólo durante los primeros días de no bañarse que le da comezón y se siente sucio, en cuanto más pasa el tiempo deja de sentirse sucio y su cuero cabelludo está más limpio. Hace muchos descubrimientos, cuenta el tío quien narra la historia: “Él ya había sido mayor de crío. Para qué lo iba a ser ahora si se trata, se supone, de ir cambiando de edad. Mudar al derecho o al revés, eso ya le importaba menos, siempre que las probara todas”.
Santiago Lorenzo ha escrito una novela extraña, pues no alecciona, muestra otra cara del mundo, que toca sus esencias, a lo Robinson Crusoe, si acaso hay cosas que en verdad necesitamos para ser asquerosamente felices.
Santiago Lorenzo, Los asquerosos, Barcelona, Blackie Books, 2022. 221 páginas.

 

Santiago Roncagliolo y nuestro endemoniado origen

Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) ha sido, hasta ahora, el autor más joven, con treinta y un años, en ganar el Premio Alfaguara en 2006 con la novela Abril rojo. Este autor peruano es un absoluto profesional de la escritura y a sus casi cincuenta años ha escrito más de treinta obras entre cuentos infantiles, relatos, guiones de televisión, biografías y novelas, por supuesto.
Es prolífico en todos sentidos: toca asuntos históricos, biográficos, futbol…, cubre muchos temas y diversos tópicos. Abril rojo, La noche de los alfileres o Líbranos del mal comparten una prolijidad de lenguaje, son obras escritas por un autor latinoamericano, pero sus búsquedas son absolutamente distintas.
Pienso en las palabras de otro peruano que es canon literario admirado y problemático de Perú, Mario Vargas Llosa, quien dice que entre las muchas familias que puede haber de autores, piensa que hay dos: unos que con cada nuevo libro que publican añaden un eslabón a una obra; y otros quienes, entre los que se incluye, con cada nuevo libro añaden una nueva búsqueda a su obra. A esta última estirpe, me parece, pertenece Santiago Roncagliolo, quien con su más reciente novela El año en que nació el demonio busca contar de manera exhaustiva, los inicios del Virreinato de Perú.
Corre el año de 1623, Lima es una ciudad oscura que apenas y comienza a configurarse, al centro viven los españoles, luego los criollos; la ciudad está compuesta por edificios públicos, casas y, sobre todo, por enormes con-ventos. A las afueras se encuentran los moradores originarios indí-genas y, más allá, los afrodes-cendientes libertos que viven en guetos.
La novela arranca una noche oscura en que van a buscar al inquisidor, un joven imberbe acompañado de otros dos iguales, pues algo sobrenatural y terrible sucede en uno de los conventos. Se dirigen al recinto en medio de las calles sórdidas de Lima, llenos de miedo, apenas iluminados por tímidas antorchas. Hasta que llegan al inmenso convento donde son guiados por plazas y corredores por una bella monja. Al fin, luego de un profundo laberinto de celdas y pasillos, llegan a un cuarto en donde los espera un escenario sorprendente. Lo primero que observan es a una mujer desnuda por completo, con rastros de sangre en el cuerpo; acaba de parir. Ella llora desconsolada, el cuadro es violento, pero aún falta lo peor: en la cama de al lado unas monjas contienen llenas de miedo y espanto lo que en esos días es visto como un monstruo: el cuerpo de un recién nacido que tiene duplicadas todas sus extremidades y también la cabeza, que no puede ser a los ojos de esos días, otra cosa que hijo del demonio.
Los inquisidores se llevan a la mujer y en un saco el pequeño cuerpo. Van llenos de terror, el inquisidor muere de miedo, pero puede oler que sus dos acompañantes casi adolescentes aún tienen más miedo, pues apestan a orines. Así recorren las calles de Lima hasta que son interceptados por un carruaje oscuro, que se lleva a la criatura, asesina a los acompañantes y apenas y sobrevive el inquisidor.
Así arranca esta novela de Roncagliolo, que busca ser un cuadro de época y es un retablo inmenso de la rica diversidad de personas y credos que había en la Lima de inicios del Virreinato. Hay inquisidores, monjas libertarias, artistas; conventos con corridas de toros, magia negra, piratas. Esta novela nos recuerda el origen tan diverso de Latinoamérica que parece salido de una novela endemoniada. Nuestro brutal pasado que refleja un presente inaprehensible.

Santiago Roncagliolo, El año en que nació el demonio, Ciudad de México, Seix Barral, 2023. 554 páginas.

A veinte años de ser testigos de Juan Villoro

Hace veinte años yo vivía en la ciudad de Oaxaca y las cosas estaban a segundos de cambiar y yo, al menos, no tenía la menor idea. Cambios personales y cambios sociales. Para 2006 migraría de Oaxaca a la Ciudad de México, estallaría el movimiento de la APPO y Felipe Calderón llegaría al poder y que, aún hoy, el fuego que causó abraza buena parte del país. Pero la vida hace veinte años, al menos para mí, era puro placer. Nos encontrábamos en el Cine Club El Pochote creado por Francisco Toledo, había dos sillas y una pequeña mesa para los invitados que reuníamos ahí, unas veinte personas, para esperar con emoción y alegría a Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), quien, ahora que lo conozco más, sé que fiel a sí mismo, llegó a la presentación con la puntualidad y buen humor que le caracterizan. Sería la presentación de su novela y flamante Premio Jorge Herralde El testigo y lo acompañaba el escritor Fabrizio Mejía Madrid. Seguro las luces no se apagaron, pero es así como lo recuerdo. Como si hubiera comenzado una función y Fabrizio y Juan comenzaran una escena en donde todo lo que decían me encantaba; pues, o era precisamente lo que pensaba o, mejor aún y lo más probable, lo que me hubiera encantado pensar.
El testigo es mi novela favorita de Villoro porque me parece que se mezclan en ella muchas de las cosas que me encantan: la poesía, por supuesto, Ramón López Velarde y algo de Villaurrutia y Paz, la provincia, los talleres literarios, lugares desaparecidos de la Ciudad de México y, lo mejor, el sello Villoro que en este novela es magnífico: todo está visto desde sus ojos, o lo que es lo mismo, desde la mirada de un intelectual que ha leído todos los libros y sus ideas son siempre divertidas, la mayor parte de las veces y cuando no es así, son hilarantes. Recuerdo que, en algún momento de aquella presentación, Villoro le dijo a Fabrizio que el gran problema de Barcelona para un escritor latinoamericano es que si te cansas de tu entorno, sientes que eres incomprendido o tienes necesidad de un medio más cultivado, ya no te puedes ir a Barcelona, porque es la cúspide de la literatura reciente, el Boom se hizo ahí, las grandes novelas, muchas de ellas se publicaron en una editorial catalana.
El testigo cuenta la historia de Julio Valdivieso quien es mexicano y en algún momento de su vida decide emigrar a Europa para quedarse allá durante muchos años, durante los cuales cae el muro de Berlín. Barcelona pasa de ser una ciudad un tanto rezagada en el tiempo para convertirse en una de las ciudades más cosmopolitas de Europa luego de los Juegos Olímpicos de 92, y, en México, también ha habido cambios profundos: uno en especial que fue el sueño de toda una generación que hizo tener momentos de entusiasmo hasta los más escépticos a la democracia: la caída del PRI de la Presidencia de la República. Vuelve ese momento extraño en el que la ciudad recordada ya no existe y los amigos y familiares lo tratan como una especie de Odiseo, quien tras su viaje lleno de aventuras es el ideal para ser el juez de sus vidas.
La novela retumba en ir más allá de su propia anécdota. El testigo son atmósferas en donde se pueden escuchar las campanas que describió López Velarde; es también la nostalgia obligada de haber abandonado el lugar de la génesis, en donde todos se habían quedado jóvenes, plenos de belleza y ahora ya son parte de la realidad y no del recuerdo.
El testigo cumple veinte años y recuerda un momento de México que ya desapareció, que pudo haber sido idealizado, pero ya está marcado por el crimen organizado. Y, durante todos estos años, Villoro ha escrito más libros que cuentan la realidad imaginándola desde la razón, a su puro estilo, y El testigo ya lo es de nuestras vidas por tantos años que han pasado. Y que, en esta edición, está una entrañable carta de Vicente Leñero a Villoro, en donde le dice entre otras cosas: “puedes sentirte satisfecho, te propusiste escribir una novela choncha, rica, enjundiosa y escribiste una gran novela, de las que quedan porque están ahí, ya, enteras, acabadas, plenas de sí mismas, lo que quisiste hacer lo hiciste. No hay mejor premio que el del libro que se cumple a cabalidad”.

Juan Villoro, El testigo, Barcelona, Anagrama, 2024. 470 páginas.