Viernes 13 con Emmanuel Carrère

 

La sociedad occidental adolece de muchos males. En especial cuando se trata de entender al otro parece nacernos una barrera en la cual una persona completamente racional, se transforma en una pared infranqueable a cualquier argumento. Incluso, muchas veces, no es solamente un ente hermético y maniqueo el individuo cerrado a otra forma de pensar, porque esa pared se transforma en odio, en desprecio, en cárceles o en bombas que la mayor parte de las veces explotan sobre gente totalmente inocente.
La xenofobia, el odio a los extranjeros (¿quién lo es en realidad y en dónde?) es uno de los problemas más profundos en la actualidad. Para las personas que sufren xenofobia, un color de piel, una barba abultada o un acento, significan odio y miedo.
Miles y miles de personas sufren la xenofobia en cárceles, en violencia física y verbal, ahogándose en los océanos o errando en los desiertos. Ya sea por pobreza, violencia extrema en su lugar de origen o simplemente por querer otra vida sufren una vida inhumana en nuestras narices.
Esta xenofobia también se convierte en nacionalismo que justifica tirar bombas a otro. Allí, lo que decidan gobernantes – sin que la población tenga nada que ver–, hace enemigos a los habitantes de otro país.
Entre estas ideologías monolíticas están los individuos que se pueden mantener lejos de ambas, o adscribirse a cualquiera de ellas. Lo cual creará enemigos en una sociedad formada por gente que no se conoce, pero se odia. Viven con tanto desprecio y odio por el otro que son capaces de no dejar entrar a una persona a un lugar por su color de piel o en tomar un arma de alto calibre, ir a una sala de conciertos y asesinar a diestra y siniestra a personas completamente inocentes sorprendidas de que en pleno París les disparen sin la mínima razón y con mucho menos piedad. Y que estos hombres armados hasta los dientes, una vez que han matado a tanta gente cuanta han podido, cuando la policía está por someterlos, prendan fuego a los explosivos con que se han cubierto y vuelen por la sala de conciertos en mil pedazos.
Las imágenes son tan violentas que es imposible no odiar a estos terroristas que son una mutación patológica del islam. La prensa ofrece la información, los países se pronuncian y la reflexión brilla por su ausencia. Y es aquí, en donde entra la literatura, la pluma de Emmanuel Carrère (París, 1957) quien se pone el chaleco de periodista para internarse en el juicio a los terroristas. No a los perpetradores directos, pues o se han explosionado o han sido abatidos.
Carrère observa el juicio como el escritor de ficción que es adicto a la realidad. A los hechos feroces de asesinos, tsunamis y esquizofrenias. Se lanza a los tribunales con la curiosidad, la fascinación, respeto o perplejidad que causan víctimas y victimarios.
Los terroristas les dicen a los jueces que no son capaces de entender porque sólo ven una parte de la historia y no las bombas en Siria. Carrère intenta escuchar, dice seguir “el gran precepto de Spinoza: no juzgar, no deplorar, no indignarse, únicamente comprender”. Y agrega adelante: “La posición opuesta la ha defendido nuestro primer ministro de la época, Manuel Valls, en estos términos virtuosamente indignados: ‘comprender ya es disculpar’, no estoy de acuerdo con Manuel Valls” concluye categóricamente Carrère. Porque sin duda a quien se entiende por completo es a las víctimas. Pero en el juicio, mientras se lee el libro, es importante escuchar, incluso a los asesinos o cómplices.
Hay un caso, por ejemplo, que dice muchísimo. En el capítulo Dos padres, Carrère cuenta la historia del padre de una víctima y el de uno de los terroristas. Dos hombres que escribieron en conjunto un libro, Il nous reste les mots (Nos quedan las palabras) en donde reflexionan sobre el hecho de ambos ser víctimas de un mundo complejo y dividido.
Porque lo que nos queda son las palabras, porque el viernes 13 no es un asesino solitario, son ideologías opuestas que se niegan a escuchar.
Emmanuel Carrère, V13: crónica judicial, Ciudad de México, Anagrama, 2023. 263 páginas.

Rosario Villajos y las turbulentas aguas de la adolescencia

La humanidad goza de un privilegio que en muchos momentos es una tortura: la libertad.
Si bien, como todas las especies, estamos cargados de un brutal código genético que condiciona nuestros actos y nuestra salud, nuestra apariencia, rasgos e impulsos están definidos por la genética.
Pero a diferencia de casi todos los animales, tenemos la posibilidad de elegir quiénes queremos ser en el terreno social. No podemos decidir nuestro color, estatura o ser diabéticos, pero sí nuestra sexualidad e identidad. Es aquí en donde nos transformamos en seres artificiales, pues a pesar de todos los códigos genéticos, se tiene que elegir, si no todo, sí de lo más importante.
Esta elección normalmente sucede en la adolescencia. Dentro de la cual, si bien está involucrado el albedrío, hay miles de reglas, miles de códigos que nos dejan claro lo que está bien y lo que está mal. En principio se tiene que admitir, asimilar más bien la orientación sexual y las obligaciones que esta encarna.
Pienso ahora en la novela La educación física, de Rosario Villajos (Córdoba, 1978), en donde cuenta la historia de una adolescente que mientras camina sola en medio de una carretera, pide un aventón para llegar a su casa.
Se encuentra en medio de la autopista entre dos pequeñas ciudades de España. Mientras levanta el dedo a cada auto que pasa, recuerda una noticia que leyó recientemente en el periódico en la cual tres jóvenes fueron raptadas al pedir autostop.
Catalina, la personaje principal del relato, recuerda la noticia, la violencia que sufrieron las jóvenes; la forma en que fueron encontradas muertas y violadas a la vez que piensa en su destino mientras se encuentra en la misma condición de aquellas tres jóvenes.
La educación física alude, en un principio, a la materia escolar. Al momento de ponerse ropa deportiva y cultivar no el intelecto sino el físico. Tiene un cierto grado erótico, sin duda, también de libertad el ponerse ropa más cómoda, menos seria para ponerse a saltar.
Esta alusión es el mar de fondo que no se debe olvidar mientras se lee la novela. Porque La educación física hace alusión explícita al acto violento que les sucede a los adolescentes, en donde se atenta contra su libertad y albedrío y se les dice quienes tienen que ser.
Porque en la adolescencia quizá sea más pesado el pasado cultural y sus exigencias, que la misma genética. El peso del deber ser es una condena.
Sobre el significado del nombre, por ejemplo, que aquello que significa, aunque no tengas la menor idea, dice de ti. Porque tu nombre, por supuesto, no es destino.
Escribe Rosario Villajos en la voz de su personaje adolescente, “Debería ser al revés, se dice ahora: primero ser quién se es y después dejar que tu nombre dé forma a un adjetivo, como el dios Eros tenemos erótico y de la hilandera Aracne, arácnido”.
Para la adolescente Catalina la vida se ha vuelto cada vez más una pesadilla desde que su cuerpo ha comenzado a cambiar. Sobre todo, la relación con su madre se ha vuelto cada vez más complicada. Porque es quien está a cargo de su educación física y sentimental. En la cual en un principio debe temer de todos los hombres, menos de su hermano y de su padre. Porque todos, sin excepción, son una amenaza constante a su integridad.
El elefante en la habitación es sin duda la sexualidad. Debe usar una faja para verse más delgada (aunque no tiene sobrepeso), debe ocultar la menstruación, el busto, los vellos…
Dice la novela, “las cerdas rebeldes que tanto molestaban a mamá, sumadas a la regla y al flujo que sigue apareciendo en sus bragas sin previo aviso, hacen que deteste un poco más esa cosa con brazos y piernas de casi metro ochenta que cada vez resulta más difícil de esconder”. Aquí habla, por supuesto, de sí misma.
La educación física es una clase deconstructiva del ser humano, de nuestra sociedad, para transformarla en eso artificial y doloroso que se entiende en la cultura occidental como ser una mujer.
Rosario Villajos, La educación física, Ciudad de México, Seix Barral, 2023. 299 páginas.

 

Gisela Leal: la metáfora de la ironía

 

Adán Ramírez Serret

La herramienta primigenia de la literatura es la metáfora. Ese puente mágico en el que se unen dos puntos dispares y crean uno nuevo.
Antes de la modernidad se unían dos conceptos para hacer más sublimes sus sentidos. Los dientes, por ejemplo, se conver-tían en perlas. La blancura era tan bella que se transformaba en una piedra preciosa.
La modernidad irrumpe a partir del oxímoron que une los contrarios; algo prosaico con algo sublime. Lo hace Francisco de Quevedo en uno de sus poemas más célebres en donde transforma la ordinaria tierra, que abunda en este mundo, con lo que nos hace humanos. Así, dice en Amor constante más allá de la muerte:

médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Aquel aforismo poético religioso Polvo eres y en polvo te convertirás toma un nuevo giro en Quevedo. El análisis de este poema ha hecho correr ríos y ríos de tinta en la crítica literaria. Ahora importa para observar la potencia de la metáfora.
Sin embargo, la literatura es inconforme por naturaleza. Y algunos rebeldes contemporáneos de Quevedo, y tan geniales como él, Francisco de Góngora o Miguel de Cervantes, decidieron explorar la contraparte de la metáfora: la ironía. Así, hablaban de amor relacionando los hermosos mitos con escatología, en el caso de Góngora; y en Cervantes, Dulcinea del Toboso en realidad es puras secreciones. Tan bello, tan humano, el polvo enamorado como los orines y el sudor.
Es en esta sintonía, el de la ironía, en la que está escrita la más reciente novela de Gisela Leal (Monterrey, 1987) La Soledad en tres actos. La cual es, precisamente, un tríptico en donde se cuenta la historia de la inmensa finca La Soledad, la finca y el sentimiento, que observa la vida y destino de la familia que la habita.
El libro tiene en la tapa un detalle de otro célebre tríptico, El jardín de las delicias, de El Bosco. Marca bien el tono en el que está narrada la novela, pues el título del retablo del pintor flamenco hace pensar en el paraíso, cuando en realidad es sobre el pecado y recuerda, más bien, al infierno.
La Soledad en tres actos comienza con quien será la personaje sobre la que girará la historia. Una mujer adulta, Antonia, que acaba de separarse. Desde el inicio, es claro que se trata de una novela asentada plenamente en la ironía, pues comienza por poner de relieve que alguien está contando la historia y que no es imparcial. Tiene la capacidad de entrar en la mente de sus personajes, sí, pero su conocimiento es finito.
El tratamiento de los sentimientos de los personajes siempre tiene el relieve de la ficción. De decir todo el tiempo, “esto no es real, esto es una ficción”. Así se va adentrando en la ruptura amorosa de Antonia, en su maternidad obligada de la que se siente arrepentida y de la propia relación de Antonia con su madre, Teresa quien, confiesa el narrador, si le dieran a escoger haría desaparecer a su hija, habría preferido que nunca hubiera existido.
Según avanza la novela, se va contando la historia de Antonia en la finca La Soledad, a la cual llega muy joven luego de que su madre se una en segundas nupcias con Dionisio, dueño de la finca y a quien Antonia adopta inmediatamente como padre.
La historia tiene mucho de fantástica, pues el narrador la sitúa en un tiempo incierto, un futuro impreciso en un lugar también ambiguo. La finca, cuyo propietario es Dionisio, produce vinos, nada menos.
Allí, Antonia pasa una infancia solitaria, estudiando en la misma finca con un tutor. Rodeada de millonarios, en fiestas suntuosas, vive aislada del mundo.
La potencia de la ironía es que se transforma en una metáfora que desmonta nuestros sentimientos y pensamientos. Nada es en serio, tan sólo meras formas de cómo entendemos el mundo. Las vidas de los personajes son meras metáforas irónicas de los humanos. Curiosamente, tan reales como nosotros.
Gisela Leal, La Soledad en tres actos, Ciudad de México, Alfaguara, 2023. 604 páginas.

Ver en el exterior el interior

Uno de los libros más exitoso hasta ahora en el año es La mujer en la ventana de A.J. Finn, seudónimo del editor neoyorquino Daniel Mallory (1982), quien con esta novela ha vendido nada más y nada menos que poco más de un millón de copias tan sólo en Estados Unidos, y está siendo traducido a más de 30 lenguas.
No siempre es fácil escribir, e incluso leer un libro muy exitoso (un best seller), pues en general, dentro de los cánones de los lectores “serios”, siempre existe una especie de desprecio –tácito y cobarde–, por aquellos títulos que se venden en números que superan las seis cifras. No es sencillo reseñarlos, pues en general son tenidos por literatura barata, y, hay que decirlo, la mayor parte de las veces, lo son. Sin embargo, hay ciertas excepciones, como muchas novelas de Stephen King, la saga de Stieg Larsson o muchos otros libros de suspenso o policiacos, que son extraordinarios.
Por supuesto que es difícil, y polémico, siempre discutir qué libros son buenos y cuáles son malos. Cuáles son literatura o cuáles son refrito del refrito. Pues se cae en terrenos donde llega a ser difícil discernir las ofensas de los halagos. En lo personal estas discusiones me resultan aburridas pues para mí hay un elemento básico para calificar cualquier libro, y este es uno muy sencillo: que me encante leerlo. Puede ser por la maravilla del estilo, por lo directo de la prosa, por la ausencia de historia o por la fuerza de lo que cuente… Fue exactamente lo que me fascinó de esta novela, La mujer en la ventana. Basta con echar un ojo a las primeras páginas para descubrir la maravilla de esta obra.
Desde el principio el lector de suspense se puede dar cuenta que está en un territorio conocido. Deliciosamente extraño, a lo Alfred Hitchcock y tentadoramente morboso, a lo Patricia Highsmith. Estas alusiones no me las saco de la manga, ni mucho menos, pues desde el mismo título de esta novela pensamos en el clásico de Hitchcock, La ventana indiscreta, y, en todas las entrevistas que ha dado el autor, siempre menciona la saga de Highsmith sobre Ripley. Sin embargo, por supuesto, y para alivio de aquellos a los que le aburren los ecos cinematográficos y literarios, la historia de esta novela no sólo se entiende, sino que atrapa desde la primera página sin saber nada de ninguna película ni de ningún autor.
Se trata de una mujer que sufre agorafobia, un terrible mal que impide a muchas personas estar en lugares abiertos. Fuera de contexto, la enfermedad no parece tan terrible, pero desde el inicio de esta novela nos percatamos que hay algo espantoso en la historia de la mujer que se pasa la vida observando el mundo desde una ventana. Sin que sepamos en un principio las causas, nos encontramos con alguien que lo ha perdido todo por este mal, trabajo, esposo y familia, pues es una persona absolutamente disfuncional, ya que al poner un pie fuera de su casa, se desmaya a causa del pánico.
Así pasa los días esta mujer, Anna Fox, sedada con anti ansiolíticos, bebiendo una botella de vino tinto tras otra, hasta que un buen día, de tanto observar a los de afuera, su equilibrio mental llega al límite y observa un hecho terrible.
Es una novela que a pesar de que el autor dice que lo más importante en una obra es la trama y en efecto la historia nos mantiene al filo de la butaca; lo más importante aquí, lo apasionante, es, quizá, descubrir el principio de todo novelista, de todo periodista y me atrevo a decir que de todo humano: observar en el exterior lo que explique lo que sucede dentro de nosotros.
La mujer en la ventana es un caso excepcional en donde una hermosa literatura puede ser leída por los grandes públicos. Sobre ella escribe Stephen King, el maestro del terror, “Uno de esos libros que es imposible dejar de leer. Por momentos excepcional”. Esta novela, es una oportunidad para descubrir aquello que existe detro nosotros y desconocemos por completo.

(A.J. Finn, La mujer en la ventana, Barcelona, Debate, 2018. 535 páginas).