A todo esto, ¿cuáles son tus flores favoritas?

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Estoy en el centro del Viejo Oeste, sin espuelas, sin caballo, sin sombrero y sin puntería, para variar. Mal vestido, en el paréntesis de un cielo limitado por montañas que asoman algo de nieve con un brillo de corona apenas pulida, e inadecuado, pero sobra decir que por el acento mexicano, y a pesar de mis breves y distraídas reflexiones sobre el colonialismo y el imperialismo, no puedo evitar decir “Norteamérica”, pero juro que no levanto las manos. Ellos se han salido con la suya y a mí lo único que me queda es entrar en sus hermosas bibliotecas para ensimismarme un poco en algunos itinerarios personales.
De la explanada, culmen del movimiento provocado por animales pequeños, llega hasta mi mesa de trabajo en el segundo piso de esta biblioteca en Denver, Colorado, la idea de que el verano es una fruta rojísima y yo la pruebo como un niño que no tiene miedo de ensuciarse la dentadura. Sonrío. Los animales brincan de una rama a otra con la destreza a la que aspiran los maestros del ocio circense. Y observo, a sabiendas de su naturaleza demasiado despierta, lo poco que conozco y lo mucho que me atrevo a decir a pesar de ello.
Aquí, en medio de una geografía que por soberbia he podido nombrar, pero que no repara hacia mí en lo más mínimo, me sorprendo de lo seguras que están las formas de sí mismas, y vuelvo a sonreír porque eso hace uno cuando no hay mayor respuesta que el puro suceso de estar maravillado.
Parece que de inmediato el día y yo estamos en paz, pero no debo confiarme tanto de nuestra tregua porque estoy en el centro del Viejo Oeste y todos los errores tienen precio, según la trama de una película que vi de niño en Canal 5. Por cierto, ¿qué estará haciendo Clint Eastwood a esta hora?
Auraria Library dice, en bajo relieve, sobre el muro de la entrada principal. La gente en ropa de verano con muecas también de verano, yendo a vidas tan indiferentes para mí, pero los veo porque se me antojan parte de esta escenografía idílica donde todo es tan ordenado y entendido de su papel, que, sin ellos, este drama estaría incompleto, y por alguna razón, yo de igual manera.
Tomo una fotografía de la vista de mi ventana y la envío. Entre varias de las reacciones a mi foto, me detengo insistente en una, Está imagen me recordó a una de esas escenas que ocurren en campus gringos donde alguien, por alguna razón siempre desconocida, es más listo que el resto de los seres humanos. Y lo único que puedo hacer con el mensaje, es reparar en si lo que me están tratando de decir interpela directamente la idea de ficción vs realidad, o la noción de que en las películas gringas todo parece excesivamente adecuado para que el viaje del héroe se realice con todo el éxito posible, porque alguien siempre tiene que ganar. Alguien, en esta economía, siempre tiene que ganar.
Ensayo más fotografías de la biblioteca y comparto mis descubrimientos al por mayor. Fotos de anaqueles con hileras meticulosamente dedicadas, a temas para mí, por demás, desdibujados, pero seguro que a alguien si le interesan las inversiones hechas en la industria de la topografía minera en Colorado en el siglo XIX, más allá de creer que una biblioteca solo funciona como archivo. Una sección de mapas de territorios, que a pesar de lo bien descrito que tiene sus acotaciones, para mí son horizontes apenas abarcables por imágenes vacías. Salas quietas para el estudio quieto y un pasillo dispuesto a escultores herederos de un Denver anterior, en donde la lengua inglesa aún no describía las “otras” sensibilidades como signos puramente “rudimentarios”.
En un último gesto, la cámara de mi celular me muestra mi rostro de 31 años. También envío esa imagen. Recibo una respuesta. Mira, ahora tú también eres parte de esa misma película, pero ya no contesto nada y sigo ocurriendo con el día, porque de eso, bien o mal, se trata este asunto de estar vivo, a menos que uno acabe por hacerle caso a Pedro Calderón de la Barca. Da lo mismo, yo, aún así, no estaba tan despierto, y sin mucha parafernalia, la dimensión del sueño parece la más asequible por inmediata.
Reviso la foto que acabó de mandar. Decir que es pura vanidad es legítimo, pero es apenas una mínima parte del esfuerzo que mis ojos imprimen en el examen. Estoy por cumplir años, me miro, me descubro a la vez mi padre y mi madre, simultáneos, mi rostro es ellos, pero no. Y me pregunto qué tanto he sido. Lo que ves es lo que hay, me aventuro, pero la premisa me parece de una hondura tan insensible que, en vez de afirmarme, solo me acaba fundando la pregunta más iniciática de todas. Obviamente no llego a nada. Puro andar descuidado entre si mi cuerpo soy yo, o si solo en el presente me digo, pero después quién sabe. Y me levanto, porque las dudas lo que provocan es que uno quiera levantarse del asiento para tratar de comprobar, de una vez por todas, si esto de verdad merece la pena.
En el espejo del baño, examinándome ansioso, pero cuidando de no provocar una sospecha en el otro hombre que también se lava las manos, me exijo una vez más la pregunta de si mi nombre ha sido suficiente.
Me señalo el pecho. Nada. Me señalo el estómago. Nada. Me señalo la cabeza. ¿Será acaso que ahí habita lo más interior de lo que soy y he sido? Y el otro hombre se seca las manos con el ruido de un ingrato chubasco, analizándome de reojo como si predijera una estatua apunto de hablar del cobre carcomido por la burocracia. Y solo me alza la cabeza como diciendo hola, como diciendo nada. Y me quedo solo en el baño hasta que los ojos del espejo son mis ojos. Al borde, entonces, de mis años caducando para empezarse de nuevo, mi celular timbra y sin ninguna reverencia proporcional a las dudas que tuve, me distraigo del interior y me retiro del espejo.
De nuevo, en mi silla de biblioteca, alejado de toda ambición por encontrarme el origen, me complazco, casi como un animal hacia la fruta evidenciando la mordida, en que la parte de mi cuerpo que más reconozco como imprescindible de lo que soy y he sido es mi cabeza. Si perdiera cualquier otra extremidad de mi cuerpo aún podría enunciarme como Alan, pero si pierdo la cabeza, no habría nada más que hacer. Mi cuerpo no podría decirse a sí mismo, quizá sobreviviría como sobreviven los órganos en formol, pero yo, lo que se dicen todas mis hambres en el mundo, quedarían inmediatamente clausuradas. Pero repito, esto no es un ejercicio de vanidad sino un ensayo tibio de la angustia provocada por saber qué es lo que desde siempre ha sido lo verdaderamente mío.
Hace dos años, por primera vez tuve acceso a una fotografía de mi cerebro. Por medio de una tomografía axial de mi cráneo, produjeron varias imágenes de rayos equis, que, al sacar distintos cortes de mi cabeza, provocaron una idea en tercera dimensión de lo que guarda mi cráneo. Cuando el doctor examinó las placas en su pizarra de luz aséptica para explicarme la salud de mi cabeza, lo primero que concluí es que entre lo que pienso y lo que padece fisiológicamente mi interior hay una brecha imposible de reducir. Entre ese órgano que parece un chicle masticado y pulido por la reiterativa saliva y el orden de mis ideas hay una metáfora que no se cumple.
El día sigue avanzando. Mi madre me escribe. Le envío fotos de un zorzal americano que está parado justo en el borde también aséptico de mi ventana de biblioteca. Lo hago, porque a mi madre le gustan las aves y a mí igual. Supongo que de eso se trata el cariño. Hace unas semanas tuvo un accidente que la obligó también al retrato luminoso del interior de su cerebro por contraste. Una fotografía completa de su materia gris. Incidentalmente, gracias a la caída, además de la breve hemorragia subaracnoidea que se volvió visible por la tomografía, lo que se pudo descubrir fue una pequeña invasión de territorio en su cerebelo.
Definitivo que sin ese golpe no hay hallazgo del tumor en su cabeza. No supimos si llamar a la caída suerte o no. Pero la pregunta por el interior que se planteó mi madre desde ese momento ha estado rondándome los piensos. En nuestro esfuerzo familiar por responder ante tal circunstancia médica, recorremos los lugares comunes que inaugura inmediatamente tal padecimiento, claro que el miedo, la incertidumbre y el cuerpo. Sin embargo, la otra cosa que también ha sido importante discutir es todo lo demás que hace que un humano, sea, pues, no sólo la taxonomía de un cuerpo ilustrado en dolor y enfermedad, sino lo que constituye que una persona sea una persona y sus deseos.
En nuestros mensajes le comento a mi madre del calor que hace en Denver, de lo bien aventurado que va el río llamado Cherry Creek, de lo azul más azul que está el día y del cuadro que está en el Museo del Prado, titulado La Extracción de la piedra de la locura, pintado a finales del siglo XV. Me contesta que de esa pintura de El Bosco no estaba enterada, pero que alguna vez en la universidad supo de un cuadro titulado El jardín de las delicias.
En la pintura del El Bosco, la alegoría que se está jugando es la búsqueda y extracción de la materia causante de la demencia en una persona, casi como si de la extracción de un cálculo renal se tratara. En ese cuadro, además de los personajes que asisten la arcaica cirugía, donde es más que evidente que algo también a ellos les aflige y tuerce las ideas, se observa que de la cabeza del paciente sometido, lo que sale no es una piedra en su más dura potencia, sino otro objeto más benévolo. De las pinzas, en un gesto sospechosamente caligráfico, lo que se está sostenido después de la extracción no es una presencia mineral, sino una flor, una recién abierta flor de pétalos posiblemente blancos en tulipán.
Mi madre ama pintar flores. Ha recreado todo lo que ha visto. El mundo para ella se ha traducido en color. Sus ideas no solo tienen la sintaxis del verbo y el predicado, sino algo mucho menos sordo, una narración no en palabras sino imágenes. Me dice mi madre, Yo lo único que deseo es pintar, pintar todo lo que veo hasta que haya repasado todos los colores.
Mi madre tiene flores en la cabeza. Pronto tocará recoger una de ellas.

En el mar con mi madre. Es domingo

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Me he mostrado cual fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. Confiesa Rousseau en 1765. Aquí, un miércoles del 2024 en un balcón de junio, escucho a un Anambé Degollado insistir también en confesiones. Y lo que sea que esté tratando de nombrar ese sutilmente pequeño y copetudo Pachyramphus aglaiae lo creo como la gran explicación de Cuernavaca. Insiste en su canción una vez más, y al descubrir su silencio, pasa que una o varias ramas. Sus hojas. El verde. Y unas flores llamadas aves del paraíso. ¿Será este el paraíso?
No sé desde qué árbol se me advierte que ya es hora de mirar. Lo busco como quien ha buscado una verdad inútil. Detengo mi lectura de la autobiografía de Rousseau. Así que la tarde, y digo también la lluvia que me viene persiguiendo. Digo, pues, estoy en el centro de mi vida, he sido vil y generoso, bueno y despreciable, en ocasiones, todas a la vez sin miramientos.
Trato de anotar alguna idea que pueda explicar la sensación que me da oír pájaros sin saber nada de su taxonomía, sin embargo, todas mis impresiones son insoportablemente melancólicas por querer hablar de lo que no se ve. Y sin llegar a nada, decido mejor leer las escrituras anteriores que he ido guardando en mi libreta, y de ahí, la vida también anterior. Por ejemplo, ayer, creo, anoté que era domingo y pasaba el día con mi madre en Pie de la Cuesta. El mar estaba ansioso por acabarse. Y quisiera asegurar que también él entendió mi urgencia de lo mismo, pero cualquier vanidosa celebración de claridad, se me termina pronto al asumir esto que se preguntaba en polaco Stanis?aw Lem ¿Cómo esperan comunicarse con el océano si no son capaces de entenderse en lo más básico?
Abrazo, aún así, la idea que he cargado conmigo de que es más importante preguntar que la urgencia, a veces insensible, que implica el responder. Regreso entonces a otro libro, y finjo que entiendo el dolor del que habla, pero no por la ambición hacia el lenguaje del exilio y la guerra como una metáfora que adorne mis ideas de lo que puede la Literatura, sino más bien para agradecer por las cosas que no he vivido y que sería mejor nunca.
Rápido el que canta deja de ser el poema que fue escrito desde quién sabe qué orilla de Europa, para oír a un pequeño Luisito Bienteveo. Y no se trata de dos sentimientos encontrados, uno tratando de opacar al otro, en una sospechosa pelea por la belleza y lo terrible. La belleza, al fin y al cabo, es una terrible geografía sin agua, pero con hermosos atardeceres.
Me emocionan los nombres coloquiales de las aves, qué superior es encontrarse con un Verdugo Americano y gritar su nombre carnicero en vez de tomarse el tiempo de la nomenclatura tardada que implica acotar un mira, allá, sobre el exterior de un árbol de aguacate un Lanius ladovicianus.
Dicen, yo no estuve, que Adán fue el encargado de nombrar a los animales del cielo. Trabajo sencillo si pensamos que en ese momento el nombrar no estaba ligado con el acto de memoria. Y más fácil aún si terminamos por considerar que nadie se estaba preguntando qué tan arriba se encuentra el paraíso.
En 1753 el botánico sueco Linneo estableció las reglas para la nomenclatura binominal en su Species Plantarum. Se le agradece mucho su exhaustivo trabajo de sistematizar la fortuna y azar de las plantas y animales del mundo, sin embargo, Pyrocephalus rubinus agota rápido su anhelo latinizante por abarcar el color y el vuelo ante el maravilloso desorden de un Papamoscas Cardenalito.
También en 1753 Rousseau confiesa que el vuelo de una mosca lo asusta. Ya lo había aclarado Augusto Monterroso cuando dijo que solamente hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Después del miedo confesado de Rousseau a la Musca domestica, continúa relatando su vida para comunicarme que él solo necesita goces puros. Yo también los necesito señor Jacques. Y el oído se me termina de aclarar entre el trueno que resuelve las intenciones de lluvia en esta tarde en Cuernavaca y el sonido de un Tirano Pirirí que impone desde su anonimato los colores que no nos merecemos.
Las palabras vil y sublime se me anotan en la lengua y se resuelven una vez más en esta hora, al toparme con una anotación de algo que leí de Borges en quién sabe dónde, pero por lo apresurado de mi letra en mi cuaderno, intuyo que pudo ocurrir en medio de alguna carretera cuando iba de camino a la edad que tengo ahorita. Mi vida de hombre es una imperdonable serie de mezquindades, yo quiero que mi vida de escritor sea un poco más digna.
Cuando pequeño, recuerdo a mi abuela señalarme los codos, rápidamente después de un acto infantil y sumamente egoísta con mis hermanos. Arajo, chamaco, aprende a compartir o ‘ora sí se te van a llenar los codos de mezquinos. Nunca entendí porque a una verruca plantaris la relacionarían con la tacañería, pero debo confesar que desde entonces cuido de no subir los codos a la mesa cuando estoy comiendo.
Me distraigo de Borges para someterme a la tarde pausada y a la lluvia que llega. Pero ya no intento ni la mínima escritura sobre el árbol, sobre el Zanate Mayor que cruza prevenido para escabullirse del agua. Y cuando siento que ha sido suficiente contemplación porque ya no se puede fingir más mundo, los ojos son breves y las palabras aún más, recojo mis cosas, acomodo la silla, dejando todo como si nunca hubiera estado, para que las formas de la naturaleza continúen, amplias y graves, y que ya lejos de la mezquindad de mis metáforas, puedan ser eso que yo tanto deseo, pero que obviamente nunca he podido.
En la mañana, un Saltapared Barranqueño avisa de la humedad traducida en musgo y del sol lagañoso, pero, de todas maneras, preciso. Repito un ritual nada exigente. El lavabo, la orina, la ropa limpia, el espejo y el párpado. Preparo mi café, acomodo la silla y me dispongo a observar la infinita variedad de lo que oscila entre lo animal y lo vegetal. Quiero, por supuesto, escribir algo. Algo que se parezca a un pez maravillosamente seguro de su lugar en la trama del océano, pero no me alcanza la imaginación. Para llegar ahí primero tengo que descartar el exceso de pasado con el que despierto desde hace unos días después de visitar a mi madre en Acapulco. Y vuelvo, era predecible, a mis notas:
En el mar con mi madre. Es domingo. Los niños con un balón, juegan a ganar y perder. Mujeres se toman fotografías acostadas en la arena. No sé dónde dejaron la sombra remojada. Un camastro. Otro camastro. Un coco que ni va ni viene. Un vendedor con las pantorrillas de acero fuma mientras balancea una charola con fruta en la cabeza. Otro coco indeciso de su origen terrestre o marino. Una palmera. Un zanate desubicado. Otro vendedor, pero este ya no fuma. No distingo bien qué vende. Una cuatrimoto con música de fondo. Otra, sin música, pero igual de estridente. Un hombre bebiendo cerveza junto con otro hombre que también bebe. Una ola más grande que la anterior.
Al leer varias veces la lista de los objetos involucrados en el día de playa, me acuerdo de los pormenores de una conversación con mi madre. Pero ya no indago, y me paso las conclusiones sobre la vejez y la enfermedad con un trago de café ya más bien frío.
Me pierdo en la mañana en consideraciones distraídas sobre mis motivos en la escritura. Llego a unas modestas resoluciones. Y continúo tratando de encontrar un gesto en mis notas que me permita decir algo.
Hacer gala de incomprensibles extravagancias apunta una de las anotaciones. En 1736 Rousseau se entretenía tirándole piedras a los árboles para probar su suerte metafísica, Voy a tirar esta piedra contra el árbol situado en frente de mí: si le toco, será señal de salvación; si yerro, signo de condenación. En ese justo momento al terminar de leer ese pasaje me apeno de no tener buena puntería.
Un Mirlo Dorso Canela se aparece entre el insistente alegato de varios zanates. De nuevo su canto viene, pero sin ubicar al mirlo de entre tantas ramas. Aprendo que mirar no necesariamente se trata de entender lo que está allá afuera. Pienso, así, en las imágenes de mi último tránsito. Llegar a Acapulco. De noche. Mirar la tristeza evidente de los huecos que dejaron los árboles desenterrados después del aire. Comercios aún cerrados. Fachadas incompletas y gente, sobre todo, también incompleta, volteando a ver cualquier ventisca como pronóstico de lo que no sabe gobernarse.
Una última vez, se los juro, comienza a llover. Pero desisto de mi excesivo personaje que intenta conmoverse por todo y de ahí ocurrir en la escritura. Desisto de los pájaros huidizos, me distraigo de cualquier explicación sobre toda cosa anterior, me quedo callado ante las muestras de abundancia que hacen que uno reconozca que está frente a la naturaleza y no ante una máquina contenida. Escucho, pero ya sin pensarme como parte de un espectáculo bien organizado, donde mi papel es una tarea sencilla: borrarles el nombre a las criaturas. Ya no insisto. No me alejo ni me acerco a ningún horizonte por más seductora que prevalezca su música. Me dan ganas de aventar mi libreta y los libros. Me dan ganas de olvidarme de una vez por todas de la materia como causa y consecuencia. Y ya en el borde, justo en el momento en que parece ser que me atrevo a cualquier manía, si ninguna razón, ninguna aparente razón, vuelvo al libro que, casi como si me hubiera reconocido, me regala una predicción.
Trato de existir haciendo cosas dice Úrsula K. Le Guin. ¿Qué cosas son las que he hecho? Las enlisto. Soy minucioso desglosando los acontecimientos de una vida. Insisto cada vez más en los detalles, y me apuro para saltar de una edad a otra, hasta que me doy cuenta que mejor empiezo del presente hacia atrás. Y comienzo a describir lo que precisamente estoy haciendo en este momento. Y todo empieza a ser tan redundante, porque todo se trata de decir que escribo de que estoy escribiendo, que decido, por fin decido, más bien vivir, y entonces vivo, se los juro que vivo, y deja de llover, y llaman los pájaros, y ocurren los árboles y escucho risa de niños y amo, y muero y creo, creo que pasa una mosca, pero yo no tengo miedo, de verdad que no.

 

¿Cuántas veces ha renegado de su país en los últimos seis meses?

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Después de que me avisan el retraso con el que viene mi camión, me resigno a la incomodidad azul de mi asiento en la apretadísima sala de espera. El ventilador del techo gira, si acaso, revolviendo un aire que de tan caliente hace que la respiración de cada uno de nosotros resuene al unísono, como el motor deteriorado de una aspiradora asmática. Caen gotas de sudor al suelo. Me entretengo contando, sobre todo, las del señor que está enfrente de mí. Van 30. Fuma con harto calor, pero aún así fuma. Una gota se junta en su lóbulo, atrás de esa gota hay otras más en hilera. Hacen fila, sin empujarse, hasta que les llega el turno hacia el mosaico tapizado en chicles. Su orden es un ejemplo de cultura cívica. Ellas, pacientes, esperan la caída. Nosotros, aquí en la central de camiones de Pistolas Meneses, no.
Hay un vendedor con los antebrazos cubiertos por unas mangas recortadas de otra camisa y una clásica mochila del Partido Verde en la espalda. Sodas, papitas, aguas, burritos de a 15, ya no torture la tripa. No pienso comprar nada, pero me inquieta la idea de tortura. De todas formas, hago cuentas de la morralla que cargo. Después de repetir su menú en voz alta sin recibir respuesta, se dirige al mediodía, desapareciendo por una banqueta llena de sol donde no cabe ni una sombra.
Llega un autobús, por supuesto, no es el mío. Se bajan algunos pasajeros, suben otros. Va con dirección a Parral. Recuerdo a Pancho Villa y a una morra que me gustaba en la universidad, pero solo brevemente, porque el autobús, a pesar de todo, prosigue sus andanzas sin tanta ceremonia. Dos minutos después, si no me equivoco, o quizá fueron tres, aparece una señora, bolsa en mano, huaraches desabrochados y un rollo de papel como pequeña bandera, ondeando su prisa por avisarle a quien sea que insinúe autoridad en ese atolladero en medio del desierto, que el autobús la ha dejado.
La señora se apresura a la ventanilla donde venden los boletos. Un mostrador donde solo puedes oír las voces de los vendedores, pero sin posibilidad de verles la cara, porque el cristal que separa a los pasajeros de ellos es un espejo enorme. Así que después de cierto rato de dimes y diretes de la señora contra la compañía de autobuses, lo que inmediato muestra la escena, es a una persona peleándose contra su reflejo. Quiero reírme, pero hace tanto calor, que la risa se vuelve un lujo para el que no traigo suficientes monedas.
En su desesperación habla con algunos pasajeros ahí en la sala. Conversa con otro vendedor de burritos, hasta habla conmigo. Me cuenta con suficiente detalle los pormenores de su ida al baño. Tengo varias dudas, pero quién soy yo para discutirle del placer de sentarse en un retrete público con los huaraches desabrochados. Uuuy, si yo le contara, señora. Pero solo lo pienso, no lo digo.
Fácil la conversación de su pequeño acontecimiento, se dirige a los pormenores de su viaje. Una madre enferma, la siempre familia y los hospitales, lo caro de las cosas y el tiempo, claro, ese tema no puede faltar en el centro de cualquier espera. Cuando estoy a punto de contarle mi vida y de explicarle las razones de mi viaje a Ciudad Juárez, llega mi autobús. Ya desde mi asiento la veo una vez más, sin haber soltado el rollo de papel de baño en ningún momento, acercarse a alguien, pero ya no escucho sus alegatos, el aire acondicionado del camión me cancela la empatía, y disfruto estar sentado en el lugar número 4 de un Ómnibus de México. Antes de que el camión por fin deje bastante atrás la ciudad y sus menesteres, me pregunto si la señora seguirá ahí, esperando lo que sea, una esperanza, una nueva vida, al menos una mísera nube que detenga el calor por un segundo, pero cualquier aspiración por inventarle alegrías y tristezas se termina cuando la pequeña pantalla frente a mi asiento comienza a transmitir la clásica animación de 20 Century Fox. Habrá película, yo no tengo nada qué hacer por cuatro horas, y el aire acondicionado vuelve dócil hasta al más incrédulo de los melancólicos.
El autobús se detiene cerca de Villa Ahumada. Es un retén. Ingresan en el compartimento de pasajeros unos guachos con el pretexto de la rutina. Algo buscan, pero nada encuentran, aún así no pierden la oportunidad de amedrentar a un hombre que viene de Oaxaca. El pasajero es obligado a explicar sus intenciones de viaje en voz alta, ya no sé si para que lo escuchen los solados, o Dios mismo, porque con esos uniformados nunca se sabe. Pasan varios minutos, por fin terminan su excesiva inspección y me queda la gran duda de no saber desde cuándo es tan necesario explicar qué tan mexicano es un mexicano.
Antes de llegar a la central de autobuses, leo en una barda un anuncio político. Vota dos de julio Roberto Madrazo. Vaya madrazo. La pasajera que va a mi lado comienza a acomodar sus cosas, recoge la basura de una bolsa de Sabritas, checa la hora en su celular, intercambiamos dos, quizá tres palabras, todo, importante decirlo, es sobre el calor. ¿Dé qué más habla uno con los desconocidos?
De Ciudad Juárez sé pocas cosas. Las suficientes para saber que es un lugar tristísimo hasta la decadencia. Horas antes había pensado que en Chihuahua capital estaba haciendo calor, pero aquí, con sus apenas tres árboles por kilómetro cuadrado, mi idea de lo calcinado, la sombra y el dólar, mi percepción de estar mirando un hueso violentamente descubierto, se inaugura.
La razón de mi llegada es mi cita en el consulado gringo. Arreglar papeles. Explicar por qué soy un ser humano decente que merece unos minutos para ser juzgado en burocracia por sus agentes aduanales. Mi cita es mañana. Me tomarán una fotografía. Datos biométricos. Información de la que ni yo estoy enterado.
El hotel donde paso la noche está al lado de un edificio visiblemente desocupado. En ninguna parte de la infraestructura encuentro señas visibles que me digan qué clase de actividades ocurrían en ese lugar. Sin embargo, en la sombra de su entrada principal hay un perrito, un perrito celador que sabe cosas que quisiera preguntarle, como, por ejemplo, ¿confías en el robustecimiento del peso frente al dólar?, o quizá, más bien, ¿cuántos ladridos son necesarios para mover una montaña?
Suena mi alarma sorprendentemente en punto. Vuelvo a revisar mi vida acumulada en documento. Mis intenciones las tengo bien amaestradas. En mi pasaporte veo mi fotografía de hace 10 años y luego regreso al espejo para acomodarme la huella y la firma. No hay más, lo que ven es lo que hay. Y salgo, con la carpeta bajo el brazo cargando una vida, que es mi vida, pero sabiendo, sobre todo, que han pasado más cosas que las que una copia se permite.
Llego a la fila que se recorre por, al menos, cien metros afuera del consulado. Gente muy esforzada en su atuendo. Camisa y saco, corbata incluso para llegar al banquete del sueño americano. Yo, a decir verdad, solo tengo sueño y entre un bostezo y otro siento que me invité solo a este cotorreo al que llego mal vestido. Escucho murmullos donde se cuentan historias de familiares en algún lugar de la infinita Texas, de lo barato que costó aquel automóvil versión americana, de lo caro que cuesta levantarse tan temprano para levantar de este lado una casa y todo eso, para que justo antes de ingresar por las puertas policiacas del consulado te digan, la hoja con la DS160 visible y el pasaporte abierto en la página de la fotografía.
Pasamos el control de aeropuerto. Y de una fila, transitamos a otra fila. Concluyo, sin mucho esfuerzo, que mi vida ha estado marcada por grandes esperas. Y casi, casi, me conmueve la idea coqueta de que la vida es una gran espera, pero se me olvida que yo no creo en la vida después de la muerte así que la burocracia a la que me he sometido solo me parece una distracción demasiado obscena para un martes en la mañana.
Cada fila se inquieta por el avance de otras filas, porque a falta de relojes y la prohibición de celulares prendidos, la medida del tiempo es el transcurrir, exitoso o no, de los que avanzan a pesar de nosotros. Parados en el jardín del consulado, a la usanza de unos honores a la bandera, una paloma disfruta de la búsqueda de comida entre las plantas, envidio, sí, su agilidad en las intenciones de su vuelo, pero, sobre todo, envidio, sí, su falta de carnet de identidad.
Sobre nosotros hay unos ventiladores enormes apagados y cámaras dispuestas en cada esquina. Me intimida la vigilancia, no solo por la comezón que me cargo en la nariz y que invita a mi dedo índice al rascado porque no quiero quedar en los registros de seguridad estadounidense como un hurgador profesional, sino porque siento que cada cosa que piense está siendo, de alguna forma, monitoreada.
Un muchacho enfrente de mí me pide cuidarle su portafolio en lo que va al baño. Siento una responsabilidad enorme de que llegue un aire indómito y se lleve su pasaporte, las escrituras de su casa, su título profesional y cualquier otra evidencia que ratifique su amor a México, pero regresa como si nada, visiblemente más relajado. Comenzamos una conversación gracias al clima, me habla de su porvenir en Veracruz en la industria petrolera y cuando me pregunta a qué me dedico, así sin más, contesto que a escribir. Al principio no me dio pena mi respuesta, sino hasta que el muchacho ya solo sonrió para no volver a decirme nada, fue cuando entendí que debe ser incómodo estar atrapado en una fila eterna con un escritor que quién sabe qué clase de mentiras acabará fabulando sobre la vida, los documentos y las improbables palomas.
En el último tramo de mi travesía consular oigo, sin discreción alguna, el interrogatorio de los otros postulantes antes de que sea mi turno. ¿A qué te dedicas? ¿Estás casada? ¿Cuántos hijos tienes? ¿Has tenido problemas con la ley? ¿Amas a tu país? ¿Darías la vida por México? ¿Si pudieras volver a nacer, elegirías a México como primera opción para adiestrar el llanto? Comienzo a practicar mis respuestas. Ya frente al oficial escucho en un español de academia una sola pregunta, ¿es usted Alan Valdez?
Sigo practicando mi respuesta.

 

Una carta sin fecha

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Quisiera decir(te) algunas cosas:
Durante varios meses perseguí el hilo y el hielo. No presumiría mis dotes de funambulista, pero aprendí varias acrobacias. Por ejemplo, patinaba y debajo del hielo iban conmigo unos peces. Acompañaban mis pasos con sus aletas dulces y marinas. Y claro, al llegar a la orilla nos despedíamos. Su reino y el mío, dos ambigüedades necesarias.
Me cambié el calzado muchas veces. Acostado con un calcetín puesto hasta arriba del talón y el otro, quizá cubriendo apenas los dedos como rebozo de plañidera, miraba el día descomponerse. La hierba venía hacia mí. Me abrazaba tumbado con la espalda horizontal a mi deseo. Las nubes, presagios cortos para vidas no tan cortas, y allí, animales blancos saltando en el azul de un mundo, no incompleto, pero apenas mío.
Leí, qué te cuento, historias polacas donde hay ríos subterráneos que recorren las casas de campo y que murmullan como fantasmas satisfechos, también cuentos de procesiones de venados con dirección a Checoslovaquia y una novela sobre las muertes repentinas de hombres tan altos que la gente confundía con pinos. Leí mucha poesía. O más bien, un solo poema muchas veces, que es lo mismo, ¿no? Supe, así, que la vida tiene bastantes sinónimos, uno de ellos, el que ahorita tengo guardado en el centro de mi palma, dice algo así como que la vida puede ser una tarde estival en un pueblo.
Ya casi es el verano. Regresé al desierto. Me reafirmó que nacimos juntos y que le llamamos madre a la misma persona. Mido el tiempo que tardan las sombras de sus cerros en cubrir mi propia sombra. Envidio sus secretos, sobre todo ya en las noches donde todo se parece a todo. Me busco los años, uno por uno he ido descartando sus mitos, pero no con la imaginación que requiere la biografía, sino con la misma afrenta que pide la ficción para volver todo sospechosamente nuevo.
Padezco los milagros. Aún así les prendo veladoras, porque mi abuela y porque el fuego siempre es hermoso a pesar de su hambre. Te hablo a ti, y a mis muertos, y a mi otro yo, que quién sabe qué tanto me escucha sólo para decirles a todos, aquí estoy, no me he ido tan lejos, aunque si es pertinente, en las llanuras amarillas me encontré mi propio nombre devorando una tortuga. Maquillado con la sanguaza creí ver en él a un dios infantil pero diestro. Lo dejé seguir su camino. No interrumpí su doctrina. Lo dejé hacer hasta que la incredulidad se volviera hacía mí como un presagio ligero, como barquito de papel en un día lluvioso que se dirige formal, valiente y pálido hacia la coladera de una avenida.
Me sigo cuestionando por la escritura. Cada día la pregunta es más intranquila de sus límites, en algún momento será tan amplia que abarcará todos los días de mi vida, estoy seguro. También entendí que la pregunta por la escritura es la pregunta por el amor. Para ambas interrogantes lo de menos es la intención de respuesta. Aún así no puedo no pensar, algunas mañanas, sobre todo, si en verdad he amado, si en verdad mi palabra ha sido el despliegue de un corazón lleno, si será acaso esta la hora donde percibo que no soy más que el modesto artesano de una metáfora, una sola, una mínima metáfora sobre la respiración lenta que nunca consigo.
Subo la misma pendiente, una y otra vez, como si en la fatiga de mi cuerpo contra la roca, inventara un abecedario menos tímido. Ya en la cima he enumerado mis pretensiones. ¿Quién no lo haría ante semejante espectáculo? Entonces, anhelar otra cosa, algo así como caminar en los parques de esta ciudad, precisamente, acariciar a los perritos que se acerquen, reír de lo juguetón de sus patas, sus colas y sus nombres, después ir a la tienda de la esquina, comprar algo para beber debajo de la sombra de un árbol más viejo que la ciudad, por supuesto, luego seguir el itinerario de cualquier otro transeúnte, adivinar su vida y osadamente tensar las condiciones de su felicidad y tristeza intuidas en la manera, despreocupada o no, de cruzar la calle.
Nos pensé mucho platicando. Luminosos como quienes reciben la verdad sin haberla buscado. Obviamente riendo, obviamente nada. Daba igual si la ciudad desprevenida o perfecta. Lúcidos, también, como quienes rechazaron la verdad en favor de algo menos frágil, nos contamos el mito y nos sentimos hermosos, pero ya sin esperar nada, justo como lo escribió en su diario el más preciso de los emperadores.
Por las tardes comparto la comida con mi hermano. Tomamos los cubiertos igual, pero a la vez distinto, ¿sabes cómo? Y a propósito del calor, señalamos hacia enfrente como apuntando el mar de Acapulco. Le pregunto si regresaría, si piensa en las lluvias que caen exactamente a la hora de su cumpleaños. Cuando acaba de contestarme, averigua lo mismo. Esta es mi respuesta.
Y pasa que en lo que recogemos los platos, sacudimos el mantel y lavamos los trastes, es fácil llegar a la imagen de nuestros padres escuchando música los domingos mientras acarreaban grava y arena para levantar la casa, y de ahí las fiestas infantiles y el murmullo de los para siempre más adultos que nosotros aguardando la quincena en medio de la risa de sus hijos.
En estos meses di largas caminatas. Pero ya ni buscando el sueño, ni su fruto roído, ni el hallazgo torpe que deja una criatura apurada por el tráfico nocturno. Simple, me agarraba la noche caminando, iba y volvía siguiendo el rastro de un futuro más que distraído. A pesar de todo, a pesar de mi resistencia a lo grandilocuente, acababa admirando la noche por las mismas razones que hay en todos los poemas horrorosamente claros. La luz de la luna en las colinas, casi los dedos de un delicado sastre que acaricia un gato mientras fuma antes de terminar el gran vestido. Cada vez que veía a la luna así de rebosante, lo único que deseaba era escribirte y desde la imperfección de mi español enumerar todas las maravillas que participan del círculo hasta el negro.
Ahora es mayo, el mes predilecto del poeta que me dijo una cosa es segura: el mundo está vivo y arde. Quisiera encontrar una elegante ironía entre el calor infame que hace hoy y la enorme apuesta del verso ucraniano, pero llego rápido a la conclusión de que cada vez que leo ese verso el mundo al que se refiere acaba siendo un mundo muy distinto a este mundo.
Sabes, este año he sentido que lo que quedaba de mi cuerpo adolescente se ha retirado al fin. No me siento viejo, debo aclarar antes de que alguien me diga que no tengo derecho a sentirme viejo porque hay gente más vieja que yo. Más bien lo que quiero decir es que ahora me siento antiguo, casi como si un arqueólogo me hubiera despertado, sin permiso, en un obsesionado milenio.
Comencé un diario, en sus páginas, ahora que lo visito para escribir esto, noto que mis observaciones van de lo mismo al centro y de regreso. Como dije, soy una persona incesante por simple, quizá demasiado simple. Por ejemplo, mi fascinación con las piedras y sus grandes viajes. He tenido a veces la paciencia de verlas ir de un horizonte a otro, emocionarme, pero de verdad emocionarme por sus pugnas tempranas y oscilantes entre el verdor y el oro. En otros días, mi obsesión se vio inclinada a describir rutinas terrestres y áreas de los pájaros, aunque fijándome bien, las descripciones están más preocupadas por hablar sobre las personas que alimentan a esos pájaros. Gente contemplativa avienta migajas, sabiendo cosas que yo no sé. En otras, me dediqué a la bitácora de los pescadores y su tiempo anterior al anzuelo. Y en algunas más, al regocijo de los niños cubiertos de lodo y su inquietante urgencia por preguntar sin realmente querer una respuesta. De todo esto, envidio, claro, el no ambicionar ninguna respuesta.
No sé, para serte honesto, o más bien, para distraídamente consolarme, si esta carta pretende narrar mis días y sus periferias solo por el puro placer de volverme un otro mientras lo cuento, o si en realidad estoy llegando al sitio más adecuado para saberme el hueso, su cadencia, su baile y por lo tanto, la música.
Extraño ríos que nunca he visitado. Y en cuanto me desprendo de la idea de lo que nunca, salgo, es la tarde, lo definitivo de los días y ni siquiera trato de escribir o decir algo, tan solo estoy ahí, parado en el centro de lo que he aprendido a llamar como mi vida, y conmovido por el ansia de los colores que me enseñaron desde niño, creo en nosotros.
Hoy que decidí escribir esto, déjame te cuento que ha pasado. Bajé de un avión. Pedí un taxi. En el trayecto de mi casa a mi casa, la conductora me platicó de otro pasajero. Un hombre alto y ocupado que viajaba a Londres. Señaló bastantes veces su maletín de señor apurado. Yo sólo respondí que nunca había estado en Londres y de ahí empezamos a hablar de los lugares a los que nunca. Ves, de nuevo los ríos. Continúo diciéndome algo de visitar Medellín, las carreteras nocturnas y los borrachos de viernes. Cuando me preguntó que de dónde había bajado, por tonto que parezca, no supe qué responder. Me hubiera gustado decirle, fíjate que fui a visitar mi otra vida, sus calles, sus plazas, la prisa y la lentitud de sus personas, la manera que tienen para perder el tiempo, la manera que tienen para fingir que no pierden el tiempo. Su amor, las uñas y los baños.
Casi al finalizar el viaje me contó que estaba embarazada, que ayer o antier lo supo. Le dije felicidades casi en automático, y al bajarme la volví a felicitar. Al cerrar la puerta y ver cómo su auto se retiraba, solo me quedé pensando que hay muy pocas ocasiones en las que uno realmente sabe qué decir. Como estos párrafos, claro está.
Ahora ya se está haciendo de noche. El aire, a pesar de que corre con más frecuencia que hace unas horas, entra asfixiado. No me puedo responder qué tanto el desierto o el mar y, sin embargo, sé que lo que sea que se guarda en medio, es, sin dudarlo, la imagen más imprecisa, pero al fin la única, que me puede decir qué contengo yo en el pecho.
No sé si me estoy despidiendo o saludando. En cualquier caso, esta carta no tiene fecha. Yo tampoco.

 

La reducción de la vida entera de un río, a dos o tres escenas

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

 

(Segunda parte)

XI

Lucha se moja los pies en el río Siwara sin interrumpir el tacto de su mano derecha con lo metálico de la Peacemaker. Nunca le ha disparado a otro ser humano. Antes le daban miedo las armas. Antes.

XII

Cuentan que el río viene de tan lejos, que la única persona que vio dónde nace la corriente, al iniciar su viaje era apenas un joven con la boca llena de palabras sobre el futuro y que, al regresar, además de lo evidente de sus canas y las pupilas ya pesadas como el plomo, lo único que pudo decir fue que allá arriba, en el inicio, el día y la noche están volteados.
Nadie puede explicar realmente lo que significa aquello, pero la gente desde entonces repite la frase casi como moraleja de una historia que no pretendía contener ninguna lección.

XIII

Don Tino dirige el caballo a la galera. Cuelga la montura. Revisa el cajón, al notarlo vacío va por una brazada de pastura de avena y agarra una barrica de aluminio. Palmea el lomo de su caballo y le dice, Ya voy por tu agua, chatito, ya voy, ya voy, calmado, calmado, pues, calmantes montes.
Camina hacia el patio de atrás que da al río. Desde la pileta se alcanza a ver el cauce. Antes de llenar el balde, hace una batea con las manos y se enjuaga la cara, que por el calor y el polvo, la siente lodosa. En el lavadero hay una toalla vieja, de tanto uso ya no es más que pura hilacha. Con el trapo agujerado cubriéndole el rostro alza la cabeza direccionando los ojos hacia la luz del medio día. Tiene los párpados cerrados, pero aún así siente cómo se cuela el brillo a través de la tela y cómo se va disipando el frescor que el agua de la pileta le había otorgado a su piel. Vuelve a bajar su rostro, pero aún con la toalla tapándolo. Uno de los agujeros de la tela embona precisamente con uno de sus ojos. Con ese ojo descubierto puede distinguir que debajo de la sombra del sauce llorón, está Lucha. Se queda fijando el ojo por el agujero de la toalla unos segundos como si estuviera tratando de enfocar una cámara para una fotografía. Juega unos segundos más al fotógrafo y la escena del sauce, el río y Lucila a lo lejos le recuerda a una imagen de un comercial de jugos que pasaban en la televisión cuando era niño.
Al oír el relincho, cuelga la toalla y se apura a llevarle la barrica al caballo. Al verter el agua en la bandeja del Chato, vuelve una última vez a la imagen del comercial y de ahí, por un instante, se acuerda de su casa y de su madre amasando tortillas en el comedor con la televisión siempre encendida. El caballo patalea su traste y se riega todo el líquido, pero Tino ya no se molesta en ir por más agua.
Entra a la casa, deja las botas al lado de la puerta trasera, y se dispone a caminar por la vereda que va hasta el río. El rifle no lo deja descansar.

XIV

Tino regresó temprano de su rondín de miércoles. No se lo dice a ella, pero desde que se la encontró anda con bastante miedo cabalgando. Observa a cualquier jinete con sospecha, como si el otro no solo supiera de los eventos recientes, sino cada una de las cosas por las cuales Faustino se ha sentido culpable antes. Sabe, por lo que Lucila le ha detallado de su escape, que es muy seguro que los subastadores la den por muerta. Ya puro hueso carcomido no solo por la rapiña alada sino por el sol mismo que, de este lado, no tiene oficio mejor que el de percudir a lo vivo.
–Mirá, ¿vos entendés?, casi ninguna se atreve, siquiera, a soñar con huir. Los subastadores se encargan de adoctrinar a las pibas. Pero si es que ocurre, que alguna decida pensar de más, ¿vos sabés cómo?, a menos que uno de esos boludos de bigote enfermizo le haya agarrado cariño, pues no salen a buscarlas. Para esos pelotudos el desierto es navaja más que suficiente.
Faustino sabe que Lucila puede estar en lo correcto de que no saldrán a buscarla si piensan que está muerta. Pero como no lo está y los chismes acá tras lomita se recorren tan rápido como las liebres, es cuestión de tiempo para que alguien venga a hacerle una auditoría con finiquito y todo.

XV

Ambos, en la orilla, con los pies adentro del agua. Platican, interrumpiendo la conversación cada vez que ven pasar a alguien por el estrecho. Aunque se trata de mujeres y sus hijos que van cargados con ropa que han traído a lavar al río, los dos apresuran las manos a sus armas como si estuvieran esperando el banderazo inicial para la guerra.
Es evidente que ambos están nerviosos y asustados, pero ninguno se ha atrevido a preguntar cuál es la decisión siguiente. A la vez listos para el desastre, a la vez estáticos como si ya todo hubiera pasado, hablan de cualquier cosa, casi con el mismo tono que tiene la gente que puede reír en una sala de espera en el ala de urgencias de un hospital.

XVI

Faustino, cuidando acentuar las palabras en el inicio, el día y la noche están volteados, así como a él se las pronunció la señora que a veces le trae comida a la Casa de los Tejones, termina de narrar la historia del hombre que supuestamente caminó todo el cauce del Siwara, que, según esto, se alarga más, mucho más allá del cerco de montañas después de la Gran Frontera. Lucha no le presta atención particular a ningún elemento de la anécdota, pero le surge una pregunta. Don Tino solo contesta que no sabe por qué alguien decidiría seguir el agua, pero que el señor aún vive y si un día quiere, podrían ir personalmente a preguntarle, aunque se ha quedado mudo, así que tendrían que interpretar sus mugidos como verdades.
–Mirá, sabés, de donde soy hay un río tan pero tan grande que la primera vez que lo miraron lo confundieron con el mar ¿podés creerlo? Yo cada vez que lo he visto he sentido que sí es el mar. Me tené sin cuidado lo que digan los libros.
Don Tino le comienza a hacer preguntas sobre aquella agua y aquellas planicies. Al escucharla, lo invade una sensación que lo hace sentir pequeño, no como un niño, sino en verdad pequeño, una miniatura, apenas una sugerencia del polvo frente a lo que parece ser la idea del continente que Lucila le narra. Faustino nunca ha salido de la sierra, la única agua que conoce es la del río Siwara. Después de las precisiones geográficas que Lucha concreta sobre América del Sur, Faustino acaba por comprender que las habladas que se cuentan de los subastadores y sus mañas no son tan exageradas como él creía.
Tino le dice a Lucila que ya han estado bastante sentados en el agua. Tienen los pies arrugados como animal viejo. Cuando caminan de regreso a la pensión. Voltean apresurados hacia el estrecho porque escuchan cómo algo salpica el agua del río apresuradamente. Se tiran al suelo y después de unos minutos se dan cuenta de que solo era una jauría de perros tratando de comerse unas gallinas.
Al entrar a la casa, Faustino le dice a Lucila que el próximo lunes tiene que llevar informes de rutina a la comisaría del Ejido, y que sería buena idea presentarla con sus jefes u oficiales de mayor rango que él para que puedan ayudarla a regresar. Lucha le contesta sin esperar a que Faustino acabe de explicar más sobre la organización de la seguridad municipal, que preferiría buscar otra forma porque en las subastas ha visto policías.
Comparten la ración de frijoles y carne que la señora le trajo a Faustino hace unos días. Y antes de terminar de comer, le dice a Lucila que si se aburre tanto cuando él no está, que en vez de leer sus historietas del Libro Vaquero a la orilla del río, se ponga a leer ahí adentro de la casa porque seguramente ya todo el pueblo sabe de ella.

XVII

Han pasado tres días desde que Tino y Lucila se encontraron. Parecería desproporcionado decir que ella le agarró confianza, pero después de vivir meses obligada a beber, a sonreír por más partidos que tuviera los labios y a aguantar cuerpos coléricos encima de ella motivados por todo el abanico de anfetaminas conocidas, la compañía de Faustino más que parecerle inofensiva le ha regresado una pequeña, pero necesaria porción de fe en que podrá regresar a su casa.
Aunque esto no ha mitigado las pesadillas que despiertan a Lucila en medio de una respiración que parece como si le hubieran aventado agua fría adentro de los huesos.

XVIII

A pesar de la instrucción dada por Faustino, de que Lucila no debía ya salir al Siwara, al siguiente día tomó los ejemplares del Libro Vaquero que había en la casa y se salió a la orilla. La única forma de explicar el por qué Lucha, a pesar de saber que se estaba exponiendo, insistía en salirse y sentarse a la orilla, es por el ansia que le provocaba estar encerrada. Pasar meses en una cloaca donde el único olor era la humedad grisverde de los muros, para que por la noche solo la sacaran a entretener a una sala nocturna, neblinosa y corrosiva, llena de hombres incendiados de las encías y la laringe, le habían generado una aversión insoportable a los lugares cerrados, y a decir del diseño de la Casa de los Tejones, era en verdad una madriguera dispuesta para el invierno.
Y bueno, también, claro, el río, sin más, le juntaba los recuerdos, grácilmente, y la hacía sentirse casi, casi ahí en el mismo país donde estaba su casa.

XIX

Paquetes le pregunta a Meñique que qué pasó entonces con la tal Lucila. Los dos hombres han estacionado sus respectivos vehículos bajo el único árbol sembrado en la gasolinera, aunque hasta las diez de la mañana podía llamarse sombra, ahorita, a esta hora, no hay lugar que el sol no haya recorrido como si de un cateo se tratara.
Ambos comparten una pachita de un destilado que huele más fuerte que el diésel. Pero ya es tanta la costumbre de la víscera, que ninguno expresa la menor incomodidad al pasarse el líquido voraz por la garganta.
Meñique sigue describiendo la historia de su tío Don Faustino. No se lo expresa a Paquetes pero mientras narra los acontecimientos, recuerda a su tío con la misma nostalgia que tiene un niño para hablar de un padre que no llega. En algunos veranos pasó tiempo con el guardabosques aprendiendo un poco el oficio de seguirle el trote a los animales, pero pronto descubrió su afición a las máquinas, al dinero y a las calles pavimentadas.
–¿A poco la morra y tu tío se fueron? ¿Pa´ hasta por allá abajo andaba el chingado viejón?
–Pos si, el viejo quería ver, pues, quería conocer. Andar a gusto el pa´, pues.
–¿Y por qué se regresó el wey? ¿No la había cuajado por allá o qué show? Si ya se le había escapado a los malandros que era lo más perro.
–Pos ya ves que dicen que uno siempre extraña su tierra y que la chingada.
–Ah no mames. Con tu permiso pero esas son pendejadas, pues si lo que uno también quiere es salirse de lo jodido, qué no.
–Pos sí pero pos ya ves.

Continuará…

 

 

La reducción de la vida entera de un río, a dos o tres escenas

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

 

(Primera parte)

 

He robado trenes grandes
Y máquinas de vapor.

Los Cadetes de Linares.

I

Los rumores de las subastas de ganado de esta parte del desierto, más que mostrar a una sociedad pecuarista organizada alrededor de la adquisición y venta de animales de granja, presenta, sin exageración alguna, los divertimentos de una secta perversa. Todos dicen que las criaturas en trueque son robadas. Pero en esa pequeña cofradía, el hurto es lo de menos.
El mercado de compra y venta de animales de tonelada o media tonelada, aves, perros de raza o peligrosamente educados, y alguna que otra excentricidad venida de Asia o América del Sur, son expuestos, cada tanto, en algún lugar de la sierra de dudosas coordenadas.
La forma de avisar del evento es errática, pero todos los rancheros con membresía a la secta, de alguna forma se enteran casi con la misma discreción con la que se anuncia que ha llegado la cigüeña a casa. Y como si se tratara de un circo húngaro que va de pueblo en pueblo, unos días después del llamado, un sombrerudo con megáfono y lentes de aviador negros, así namás, surgirá en medio de un llano, bajo una carpa erigida en triángulo igual de orgullosa que una montaña, pero que se desmantelará tan aprisa que la nube de polvo surgida en el arribo de las trocas cargadas de animales, ni siquiera acabará de asentarse cuando todo ya haya terminado.
Tremenda destreza para levantar actos de magia así, uno pensaría que solo pueden ser animados por la necesidad de escabullirse de la ley. Pero se comenta que los subastadores no se habían entregado al perfeccionamiento de la rapidez de montar y desmontar el jolgorio de venta de animales en tiempo récord, por la aburrida necesidad de escaparse de la policía. Para prófugos obtusos ya había otros tianguis gallineros, mercados de pulgas que de verdad vendían pulgas, y bazares gitanos donde se lee la mano, y si se puede, el pie. Los subastadores, llegado el punto, cuentan, domesticaron esa velocidad de montaje y desmontaje, por el gran placer de saberse un espectáculo. Un mito vivo bajo un sol igual de vivo donde no era el dinero la motivación principal, sino haber conquistado la desaparición y toda la maestría que conlleva jamás ser encontrado.

II

Como todo mito vivo, la especulación es necesaria para que la gloria que envuelve un acontecimiento así, no solo no disminuya, sino que adquiera alturas y despliegues mayores en la calidad de sus metáforas y héroes, condición que solo puede ser procurada por el boca en boca de los niños con las rodillas raspadas en el recreo, el mitote de señoras sin oficio que se pasean durante horas por plazas públicas juzgando hasta la sombra de los pájaros, y borrachos profesionales que cuando no están llorando por su exesposa con el pecho tendido sobre la alfombra verde de una mesa de billar, algo más inventan del mundo.
Sin embargo, también es sabido que lo que acaba por darle a un mito su generosa y ambigua inmortalidad, no es la calidad y destreza de los personajes para sobrevivir a todo sobresalto, sino la forma en que aquello que parecía tener todas las de ganar, por una minucia, simplemente muere.

III

Cada pueblo de aquella municipalidad tiene su propia versión de cómo operan los subastadores, aunque ningún habitante hubiera participado de cierto en la compra y venta del disque ganado. Y cada historia parece ensayar el rumor de simples cuatreros, que si ya no a caballo, pero en trocas de 8 o más cilindros, hasta dotar al crimen de una narración, que en unas décadas, si algún estudiante excesivamente optimista tiene el descaro antropológico de asumir aquello como folclor, pasará a formar parte de los libros de texto gratuito que se leen en las escuelas primarias, y que por alguna razón burocrática desconocida, siempre tienen adornada una de sus paupérrimas paredes con un mural infame representando la primavera y la sospechosa cara de un reformista demasiado justo.
Corrijo, casi ningún habitante.

IV

Por aquella parte de la sierra el tren había sido descontinuado de sus labores. Sólo quedaban las vías, que un pueblo empezó a usar como división, primero geográfica, aunque consecuentemente política y ya rayando la obviedad, pues económica. Así que los más pudientes estaban de este lado de las vías, y los más jodidos de aquél otro lado. En ese pueblo, que al parecer era la última parada comercial del tren antes de seguir su camino irreal hasta la Gran Frontera, los trabajadores ferrocarrileros hacían una escala de una o dos noches de descanso, dependiendo el carbón y el clima. La misma empresa de trenes les había construido una pequeña pensión muy cerca del río. Dicen que un ganadero, sin pedir permiso, decidió tomarla a propiedad, junto con la esposa de quién sabe qué otro ranchero, arrebatada de unas tierras que estaban muy muy allá de las últimas montañas.

V

Aunque también se dice que la mujer en realidad no había sido robada, sino que se había escapado, que era hija de un gobernador del Sur, y que Don Tino y ella, por puro azar, se habían encontrado los ojos en medio del desierto. También, otras bocas con ambiciones más novelísticas, contaban que los subastadores se habían traído a esa muchacha de algún sitio donde, cuando acá es primavera, allá es otoño, o al revés y que Don Tino la había comprado.
Pero hay que tener cuidado con todas estas habladas. No se debe confiar uno de lo que se escucha medio en broma, medio en serio, en una gasolinera en medio de un camino que ni Dios se acuerda dónde.

VI

Lo interesante de cada una de estas historias no es su desvarío hacia un sinfín de posibilidades argumentales, sino que en su conjunto acababan por contar la versión más próxima a lo que había ocurrido y que dio origen al mito de los subastadores.

VII

Don Tino en realidad era un guardia forestal, y el gobierno le había dispuesto la antigua caseta ferrocarrilera como pensión y cuartel. Tampoco había comprado nada.
Lucila Rossi y Faustino se encontraron de casualidad en un rondín que él hacía a caballo muy hacía abajo, buscando un humo antes de que se animara un monumental incendio. La mujer primero se asustó, corriendo hasta la náusea, desplomándose en la orilla de la desembocadura de este cauce y el inicio de aquél otro. Ahí fue cuando los dos sí se hallaron los ojos.

VIII

Lucha, como se empezaba a rumorar que era su nombre, era una mujer de pelo amarillo y blanca como la nieve que cae en las películas, también decían las gentes. Nunca se le veía sola, salvo cuando se sentaba a leer en la orilla del rio Siwara. Y cuando digo que no se le veía sola es que o estaba acompañada por Don Faustino o por un revolver Peacemaker, ya medio viejo, pero al fin la pólvora y el arma.

IX

Don Tino, después de escuchar un acento entre desesperado y llenó de vos, andá pashá ,andá pashá, no me lastimes. Solo se le ocurrió pensar que tanto correteo le había cambiado el color y la lengua a la muchacha. Cuando le dijo que era guardabosques y le enseñó su pálida insignia de oficial municipal, Lucila dijo su nombre. Le aceptó agua, un pedazo de carne seca y una cobija para cubrirse los trapos que apenas y alcanzaban a ser ropa.
Comenzaron a cabalgar hacia la caseta ferrocarrilera que Faustino designaba como la Casa de los Tejones, simplemente porque cuando llegó, en efecto, era la casa de una familia de tejones. En el trayecto, Lucila le platicó cuántos días llevaba caminando.
El guardabosque la escuchaba con atención. Los cascos del caballo sonando contra las piedras del camino, en su eco por las laderas, acentuaban algunas frases con su rumor de martillo herrero, pero cuando la muchacha dijo la palabra subasta, Don Tino reparó el caballo, cargó su fusca, le pasó la Peacemaker a Lucila dándole unas muy generales indicaciones sobre el seguro y la buena puntería, y le metió candela al trote hasta llegar a los Tejones.

X

En la gasolinera, en el kilómetro 117, un comerciante de pacas de pastura de aven­­­­­a, sigue hablándole de su tío, el guardabosques, a un trailero. Uno cuenta con santos y señas y harta palabrería los sucesos. El otro escucha con reciprocidad.
Ambos hombres se pararon a cargar diesel, usar el baño, fumar, volver a usar el baño, echarse un café, fumar, volver a usar el baño y descansar del camino, pero ninguno de los dos tiene ganas de seguir manejando. Es mayo, el sol anda tan fiero, que ni el viento se atreve a pedir tregua. Cuando el clima está así, la clásica broma de que se podría freír un huevo en el cofre de los coches se vuelve una muletilla. Al comerciante le dicen El Meñique, el menor de cinco hermanos, al trailero simplemente le dicen El paquetes, también, coincidentemente, el menor de cinco hermanos.
Comenzaron a hablar cuando hacían fila para el baño. Uno con la moneda exacta de 10 pesos en la palma derecha, el otro con puras monedas de a peso en la mano izquierda. Al entrar al baño, ambos se sientan en tazas contiguas, separados apenas por una pírrica pared de plástico y aluminio barato. Nadie dice nada, pero ambos se miran los zapatos por debajo de la separación de las tazas. Uno trae unas votas vaqueras, muy lustradas, nuevecitas se diría. El otro unos tenis, que a leguas presumen el anuncio de soporte ortopédico.
Paquetes le pide papel higiénico a Meñique después de revelar que siempre tiene la misma pinche perra suerte. Y celebra que esta vez haya habido alguien al lado para no caminar como ganso hasta el tráiler, donde ahora siempre carga un rollo de papel, y así no tener que limpiarse en una posición, por demás incómoda, adentro de la cabina del vehículo.
Ese gesto, aunque ninguno de los dos lo considere como tal, generará una complicidad suficiente para que Meñique comience a contarle de su tío, recién fallecido hace unos días, a Paquetes. Cosa también por demás obvia señalar, es la razón de su desplazamiento. Ir al funeral de Don Tino.

Continuará…

Moringo

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

No recuerdo su nombre. Pero le decían Moringo. Un adolescente de cabello puchunco. Delgado. Bromista. Quizá más de lo necesario dirían muchos vecinos. Sus shorts floreados nunca dejaban de hacer el mismo sonido de velcro despegándose cada vez que sacaba su cartera de las Chivas.
No era feo ni tampoco guapo. Solo era joven y dorado. No sé si continúa siendo dorado. Joven, estoy seguro, ya no lo es.
Jugaba al futbol en la tierra, en el pavimento o en la playa como un pequeño prodigio deportivo. De esos que se merecen ir a probarse a un campo de pasto robusto, pero bien recortado, en la Ciudad de México. Jugaba sin tenis. O, de hecho, debo puntualizar mejor, jugaba descalzo. Teníamos bastante suerte los morros de la colonia de que prefiriera echar reta ahí, en medio de una terracería separada por cuatro piedras, en frente de la tortillería Linda Vista, que en las canchas donde hasta árbitro tenían. Y digo que teníamos suerte, porque jugar con él, más allá de evidenciar nuestras pobres, pobrísimas aptitudes para el juego, en realidad acababa siendo la única oportunidad que todos tendríamos para entender las palabras innato y talento como un binomio inseparable.
Como todo prodigio, Moringo estaba en medio de dos mundos. Nosotros, los sospechosamente pubertos que no terminábamos de entender la secundaria. Y sus hermanos y los amigos de su hermano que trabajaban en la construcción, que compraban, a veces, condones, y después de comprarlos iban a casa de muchachas y bebían con ellas hasta horas de la noche donde ya no cabe ni una sombra más.
Moringo no iba a la escuela. Le ayudaba a su madre a vender comida por las tardes. Picaditas de variados ingredientes, enchiladas, tacos dorados, tortas… En fin, esos manjares grasientos y quesosos que le alivian el mal del siglo a cualquiera que no tenga la mínima intención de cocinar después de una jornada de 12 horas.
Cuando nosotros íbamos temprano a la escuela, tapizados con esos uniformes horrendos a mil rayas (¿de verdad tenían mil rayas?), veíamos ir en la dirección contraria a Moringo y a su madre con dos morralillas en camino hacia mercado de Icacos. Ese era el único momento en que podía vérsele con calzado de algún tipo. Sandalias para ser exacto y playera al hombro. Esa nunca se la puso. O dicen que sí, que una sola vez, cuando atendió la misa de su hermano. Pero yo no estuve.
La madre de Moringo, Angélica, además de vender comida y que le dijeran no muy creativamente, La Morena, lavaba ajeno. En el cerro donde estaba su casa había un amate. Debajo de ese amate un ojo de agua. Por carga de ropa cobraba 60 pesos. También planchaba. Y cuando no estaba haciendo ninguna de las tres actividades anteriores, vendía a catálogo productos de Avón. Mi madre y mi abuela eran clientas suyas y yo indirectamente, porque los desodorantes que empecé a utilizar terminando mi último año de primaria, eran parte del catálogo de los mil productos que La Morena ofrecía por todo el cerro de la H. Galeana.
Angélica tampoco utilizaba zapatos. Igual que Moringo tenía los dientes más blancos que he visto en mi vida. Hablaba con un acento muy marcado de la Costa Chica. En las fiestas de la colonia se ponía unas arracadas de oro circulares, que, si ella bailaba al ritmo del chile frito, las arracadas enormes y redondas como los ojos de un animal hermoso, también bailaban. Solo en esas ocasiones se ponía calzado. Sonreía y tomaba cerveza con la misma agilidad con la que un camello bebe antes de un viaje de mil años. Mujer alegre, o al menos eso aparentaba.
Desde mi casa veía su casa, o más bien la copa del amate que le daba sombra al techo de lámina y a las cuatro paredes de hueso de palma donde vivía La Morena con sus dos hijos. Alguna vez escuché hablando a mi padre y al señor que nos echaba la manguera por 100 pesos para llenar la pila y los tinacos, sobre el oficio de encontrar ojos de agua. Apuntó con su machete que tenía el mango cubierto de cinta de aislar negra, primero hacia la bahía y después hacia puntos específicos de los cerros. Y era cierto, había árboles más frondosos, verdes a pesar de que no era temporada de lluvia, y que resaltaban sin esfuerzo alguno en las laderas pardas y llenas de bejuco de lo que burocráticamente se conoce como Parque Nacional El Veladero.
Ahí debajo de las frondas de amates y parotas, que de tan verdes podría decirse que su sombra también era verde, está enterrada el agua. Y don Federico bajaba el machete, tomaba el dinero y le decía a mi padre que le aventara un grito cuando ya todos los contenedores estuvieran llenos. Una hora después, mi padre se echaba el grito de ¡Fede, ahí fue!, y don Fede aplacaba el flujo del agua, cerrando la manguera con un alambre y poniéndole una piedra encima para darle aún más seguridad y profesionalismo a sus servicios.
Los sábados era cuando La Morena lavaba más ropa. Y Moringo caminaba cargando con una palanca dos cubetas con trapos húmedos de allá para acá, las veredas de tepetate que atravesaban como venas secas la colonia no pavimentada. Yo no entendía cómo andaba descalzo sobre la tierra rojiza del cerro, sin que el calor del medio día en cada piedra le molestara en lo más mínimo la planta de los pies. A veces veía a mi abuela cuidar su jardín, revisando el mango y el nanche de su huerto, igual, descalza, sin queja alguna, y me animaba a preguntarle qué cómo le hacía para que no le doliera el suelo. Ay mijo, a todo se acostumbra uno, menos a no comer.
Cuando Moringo no estaba ayudando a su madre y cuando tampoco estaba ocupado siendo un prodigio, volaba culebrinas. Se trepaba a piedras enormes y lustradas por el sol como pirámides recién hechas. O dependiendo el aire de Santa Lucía, buscaba azoteas y se ubicaba en ellas, claro que sin pedir permiso. La nuestra, por ejemplo, era de sus favoritas. El signo del allanamiento el siguiente: unas pisadas sobre la casa, graves y rápidas como el palpitar de un pecho en asombro, recorrían toda el área de la losa, hasta que dejaban de escucharse porque la culebrina ya había alcanzado la altura necesaria para sus livianas acrobacias en papel china.
El retumbar de los pasos llegaban hasta nuestro comedor, oportunamente, a la hora de la comida. Mis padres, y si mi abuela estaba comiendo con nosotros, también chistaba la boca, y como si se hubieran puesto de acuerdo antes de que yo llegara con el kilo de tortillas y la Coca de dos litros, replicaban al unísono las mismas palabras, en el mismo tono, chingados chamacos cabrones, un día de estos se van a caer, aunque fuera solo un chingado chamaco cabrón.
Un día de marzo, igual que este día de marzo, donde el aire va con prisa como si tuviera que estar en algún otro lugar menos este, y acompañado de un caldo interminable de res con hueso, que nada más de verlo ya estabas lleno y sudando, rebosante en zanahoria, repollo, chayote, calabaza, garbanzo y acompañado al gusto por chile serrano trozadito, las predicciones se cumplieron.
–Mijo, tape las tortillas cuando saque una.
–Sí Maaa, pero me pasas los chilitos.
–Pero con cuidadito que ahorita te enchilas de más.
–Ma, me pasas más refresco.
–Ves, qué te dije. Ya estás sude y sude. Te vas a llenar de pura Coca y la comida, nada.

En mi cazuela el chayote flotaba como una embarcación perdida en medio de un mar preciosamente sazonado. Y ahí, con un pedazo de hielo enfriándome la lengua pero que más bien con su frío solo me recordaba mi decisión de ponerle chile a mi caldo como si tuviera el propósito de borrarme las papilas gustativas, se escuchó un grito. Y tantito, uno nada más después, el golpe sordo de un bulto de cemento recién aventado. Ambos sonidos llegaron a la mesa como los últimos y definitivos comensales.
Nos levantamos, dirigiéndonos con tanta rapidez, que recuerdo que mi abuela aún tenía una tortilla hecha rollo en la mano, mi padre cargaba el hueso al que le estaba indagando el tuétano y yo llevaba la botella de dos litros entre las manos. Sacamos casi la mayor parte del cuerpo por la ventana para entender si acaso, algo de la caída.
Había varias ramas de almendro cubriendo la silueta. Mi madre apuró a mi padre para que saliera a auxiliar o algo. Yo seguía buscando desde lejos sangre entre el suelo y la espalda descubierta del muchacho. Y mi abuela, al lado de mí, repetía algo sobre Dios o San Juditas.
Después, muy poco después, como hormigas advertidas del pan sobre la mesa, los vecinos se reunieron alrededor de Moringo. Y un señor no dejaba de decir, es que se te acaba el piso jalando el hilo. Y es que esto otro, y aquello también.
Moringo no había muerto, respiraba y de hecho pronunció algo en cuanto escuchó la voz de La Morena. Las hormigas se replegaron a sus casas media hora más tarde de que los paramédicos se llevaron al chamaco, por supuesto que después de haber chismeado y examinado todo lo que tenían que averiguar del accidente, rumiando centímetro por centímetro el lugar de la caída como si se tratara de migajas de una concha.
Yo también me acerqué a donde había caído. Era exactamente un lugar en medio de dos piedras del tamaño de una banca de parque, donde la tierra había sido ablandada gracias al paso de la corriente de agua jabonosa que irrigaba la manguera de nuestro lavadero a esa parte del barranco. Aún así era una caída de 10 metros.
Arajo ese Moringo debe estar bendecido el chingado chamaco. Pero no entienden, pues. Escuché a mi abuela, entre enojada y sorprendida.
Durante bastante no vimos a Moringo. Angélica siguió vendiendo cena, lavando y repartiendo sus catálogos por todo el cerro. Empezaron las lluvias. El mar cambió de color, y entonces lo volvimos a ver cruzando el tepetate de la H. Galeana, descalzo como siempre, cargando dos cubetas de ropa humedecida.
Una tarde echando reta de nuevo con nosotros, por fin nos contó sobre la caída. En realidad, no se acordaba de nada, mas que nunca antes había volado tan alto una culebrina. Habló de su hermano que se fue a trabajar a Los Cabos. Él también quería irse y llevarse a su madre. Y soltando una risa nos preguntó si para viajar en autobús era necesario ponerse zapatos. No recuerdo qué le contestamos.

 

Los beneficios de dar de comer a las palomas

Con qué serenidad
todo parece lejos del desastre.
W. H. Auden

Últimamente he pensando en la locura. En la cadencia con que muchos la han descrito, más allá del entramado patológico, como un paso necesario para la verdad. Por momentos, algunos autores construyen y describen el mito de la locura con el mismo tiento que se usa para anunciar algo sagrado, que no voy a mentir, se antoja, sobre todo ahorita.
La divinidad seduce, no importa su geografía ni presentación. Pero en mi caso, me doy cuenta que el atractivo que me sujeta a esas narraciones de locos monumentales, no son las ganas de participar al pie de la letra en los itinerarios de sus biografías, para ver si aprendo algo que me permita mirar debajo de las piedras sin tener que levantarlas. No es admiración, sino otra manera en la que encuentro sosiego ante la ansiedad del siglo, de su exceso de futuro y de la inteligencia de sus máquinas.
Contra la extrema precisión del pensamiento artificial, contra sus promesas de otorgar soluciones a preguntas que nosotros ya ni formulamos. Contra la estandarización de las necesidades, gustos y placeres enlistadas por los hábitos de consumo digital. Contra lo que sabe mejor que yo quién soy yo mismo, aún y antes de que pueda decirme, la locura parece el único lugar aún no cronometrado ni reproducible.
Llevo preguntándome varios días por qué esos personajes excedidos forman parte, por extraño que parezca, dada nuestra aversión a los locos, de lo que se considera lo mejor de la humanidad, o lo que sea que entienda Occidente por humanidad. Pianistas insomnes por su urgencia de luz artificial, pintores con pulsiones sexuales hacia los caballos, científicos adictos a la savia azul, escritores llenos de estaño en las encías, pero madrugadores. En fin, la pus brotando por sus espaldas.
Y lo que me hace detenerme aún más en ellos, es que la otra constante, además de sus aficiones a la ponzoña, es ese momento donde, casi como si practicaran la adivinación aruspicina, le interpretaban la entraña al animal castrado que a veces puede ser el mundo, a costa de quedarse ciegos. Pero ese instante sin retorno, debo decirlo, no implica nada deseable y placentero en su tránsito del lenguaje al centro ya sin carne de esas personas. Y, sin embargo, en ese exceso de dimensiones entre la extrema sensibilidad y la extrema indiferencia de ellos al presente, es donde emana un recordatorio muy preciso de quienes somos. No la reverencia a los dioses y sus liturgias hechas vagamente una doctrina. Eso tiene caducidad. Sino otra cosa mucho más vieja. La urgencia de crear metáforas y perseguirlas, no para entender el mundo, sino para que siga ocurriendo.
Me maravilla el siglo en el que vivo. No le tengo envidia a otro tiempo. Y no se trata de saberme en ventaja con el resto de las vidas anteriores. Ajenas. La acumulación de conocimiento sólo es eso, acumulación. Celebrar el acceso al sueño enciclopédico en el celular como el hito de quienes somos debería ponerse al lado del infinito acceso a la pornografía, para bajarnos los humos desfasadamente ilustrados. Mi contención hacia romantizar el pasado y cualquiera de sus formas es porque, triste o no, lo considero una de las hibridaciones más monstruosas y aberrantes posibles: una combinación entre el presente y nuestro desmedido deseo de entender el presente como una consecuencia y no como voluntad. Y mi incredulidad hacia el futuro es, sin mucho que agregar, porque yo ya voy a estar muerto.
Cuentos, al fin y al cabo, son las hazañas de la locura. Yo no estuve ahí. Las disfruto sin la búsqueda de la parábola. Al final, los locos son personas. Hieden al morir. Aman, no necesariamente mueren por eso. Pero se les agradece, ficticias o no, las contingencias de sus vidas donde la claridad y el lenguaje se entregaron, casi eróticamente, al deseo como única seña humana. Lo incontrolable. Lo que no puede decirse, porque sólo pasa. Lo que pasa y entonces nosotros. Genialidad, pues, no es otra cosa que mirar en el otro lo más humano que se puede ser. Esto, también aclaro, no implica sólo lo apacible y tierno de la comedia. Lo terrible también es hermoso a su manera. Pero también aclaro, yo no estoy justificando monstruos. Pero, así como George Berkeley, famosísimo irlandés, se preguntaba en su Tratado sobre los principios del conocimiento humano, por el árbol y su caída, podemos preguntarnos, ¿si a un monstruo nadie lo ve, seguirá siendo un monstruo?
Después de escribir todo esto, decido salir al parque. Entiendo mis limitaciones conceptuales y no tengo nada más que elaborar sobre la locura y cualquiera de sus verbos. Mi favorito personal, el delirio. Del delirio tampoco sé, salvo pequeñas noticias que me llegaron de los franceses decimonónicos o de gente con sífilis en algún año de Europa.
Debe tener un precio usar la palabra belleza sin reserva alguna. A veces, pensando en los poemas de Baudelaire sólo me queda la sensación de que estamos hechos para la emancipación. De que inventamos el lenguaje para saber que aquí empieza el callar. De que nos encanta chocar los cuerpos porque la naturaleza de todo se originó del puro encuentro. Pero detengo todas mis averiguaciones ante escena. Se las voy a contar:
Este inicio ya es un clásico de todas mis columnas. Una disculpa por eso. De verdad. Pero aquí sí voy a usar la vieja confiable de que un escritor es, primero que nada, sus obsesiones. Camino, claro que camino. Voy al lado de un río. Cherry Creek. Así le pusieron los indios arapajos, gente del pueblo del bisonte. Sembraban cerezas en sus orillas, pero siempre respetando que el agua desconoce cauce alguno. Acabo de leer a Benjamín Labatut. No aprendí nada. Pero me siento feliz, porque justo se trataba de no aprender nada. Voy pensando en la locura y en mis ganas de salirme del mundo, aunque sea un rato.
Voy a la par que la naturaleza, mirando cualquier cosa en los posts de Twitter en mi teléfono. Me ha perturbado muchísimo la noticia de que la empresa de Elon Musk, Neuralink, ha logrado hacer que una persona controle un mouse con la mente. Pero lo que me ha perturbado no es la idea de la máquina comiéndose la carne. Sino otra cosa. Mi noción de la magia ha sido corrompida. Mi noción de que lo imposible del mundo era cumplir los deseos de la cabeza sin necesidad del tacto. Lo suficientemente avasallador como para cancelar la pulsión del circo y la acrobacia, al menos en mí.
En mi trayecto, le pongo rostro a las circunstancias de la persona que se ha dejado intervenir el cerebro. Obviamente, no es la primera de la historia, pero bueno, cada época tiene sus propias formas de nombrar las mismas contradicciones. Lo que cambia, según yo, no es únicamente la noción de poder y economía, sino las aberraciones que inventamos para sorprendernos.
El chiste breve de controlar un mouse e imaginar un roedor de verdad, me dura nada. En una orilla del río. Esta orilla, por cierto. Un hombre, con audífonos y pepitas de calabaza en una mano y con el celular en la otra, le da de comer a unas palomas. Mueve la cabeza al ritmo de una sonoridad inaccesible para mí. Las palomas no tienen presión alguna de ser más de lo que son. Y su hambre, o lo que sea que las palomas entiendan por engullir comida cuando hay alimento disponible, les otorga el derecho de ir escalando el cuerpo humano.
Avanzo unos metros. Y la imagen de él me genera incredulidad. Tengo que voltear a ver de nuevo. Tengo que corroborar que mis ojos y el mundo no están en diferentes zonas horarias. Volteo. El hombre ahora tiene cubiertas las piernas y el regazo de un tornasol gris bellísimo. Y sigue procurándole las semillas a las palomas. No sé si continuar. No sé, para serles sinceros, si debo continuar.
De una bolsa de su chamarra saca semillas. Y en proporción al número de semillas que caen sobre el suelo, es el número de palomas que llegan a su alrededor. La divinidad no exige mucho para ser. Y ese hombre empieza a ser cubierto, despacio, pero sagradamente, por las palomas. Dejándole únicamente descubierta la mano con la que da de comer. De eso se trata la fe, de comer y ser comido.
El hombre ya es pura pluma. Yo lo miro. Y la tarde nos mira a él y a mí y a las palomas. Saca un puño. Entrega otro. El siguiente más escaso que el anterior. Así, hasta que me va siendo posible contar el número de semillas en su mano. Hasta que, de la decena, llegamos al uno. Y sé, porque no estoy loco, que este es el momento que estaba esperando. Cae la última semilla y llega la última paloma.
El hombre comienza su itinerario a un lugar inaccesible para mí. Airado. Su sombra en el suelo se me revela como un versículo apócrifo. Pero yo creo en él. Aunque no lo repito. Sólo continúo mis ojos en la sombra que va dejando por el suelo. Es obvio que la imagen de un hombre alado me regala, sin muchos problemas, el lugar común de Ícaro. De todas formas, creo en él. Y sigue su trayecto hasta una altura que ya no sé si mis ojos entienden. Soy breve ante el espectáculo. Y levanto mi mano para decirle adiós al hombre paloma.
La silueta del hombre alado se refleja muy poco ahora sobre el agua del Cherry Creek. Vuelvo a lo que estaba oyendo en mis audífonos. Vuelvo a pensar en la locura. Me siento satisfecho. No por mis conclusiones ni por lo que he comido. Aún así, miro a las demás personas que van corriendo para asegurarme de que no fui el único que atestiguó a las palomas y todo esto. Pero el mundo corre y va corriendo. Me toca carta llena. Mi premio es este. Tener el derecho a escribir lo que acabo de mirar. La gente me dirá que estoy loco. Qué estoy diciendo cualquier cosa. Y sí, estoy diciendo cualquier cosa, pero que no se confunda con locura. Esa está en otra parte. Ahí, en la saliva pegada junto al hueso. En lo que hace que nos despertemos a media madrugada, porque sentimos que una mano que se fue hace mucho, nos ha regalado el ademán junto al abdomen. Ahí.
O nada de eso. Más bien, nada de eso. Los locos ni siquiera se asoman por aquí. Están, de eso sí estoy casi seguro, comiéndose el interior de una tortuga, agarrando la sal de una ola como se agarra el deseo y mirando, sólo mirando, sin esperar a que tú o yo, tengamos algo inteligente que decir sobre los años que aún no tenemos.

 

El árbol

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

 

 

Cruzamos el Golden Gate. Desde su interior de metal y concreto que dura casi 3 kilómetros, me doy cuenta que esto no es exactamente como en las películas. Aun así, es hermoso y me llega la emoción, casi como un niño que ve la botarga de su personaje de caricaturas favorito, saludando en cualquier acera de cualquier capital.
Tomo un video que me sirva de evidencia, aunque es muy probable que después de compartírselo a unas cuantas personas, no lo vuelva a mirar y quede amontonado con cientos de fotografías digitales que son mi pequeño monumento a lo que no quiero que termine, pero pasa.
El taxista me platica sobre el terremoto de 1989 y los 6 mil 500 millones de dólares que costó reconstruir el otro puente aún más largo de San Francisco, el Oakland Bay Bridge. Lo escucho, pero algo después de oír esa infame cantidad me impide prestarle verdadera atención y observo gente correr en tenis lustrosísimos, acompañados de sus perros igual de lustrosos, seguramente hacia una casa inmaculada e igual de brillante como todo por aquí. Y ocurre que me doy cuenta de que cada una de estas impresiones sí tienen todo que ver con las películas.
Algunas calles están nombradas con palabras en español. Para eso me alcanza mi lengua en este momento y sigo atravesando un mundo del que apenas se ven dos, tres cosas, gracias a haber gastado mi sueño en algún documental nocturno transmitido en un canal cultural de televisión abierta, claro que después del programa de Cristina Pacheco. Así que, por allá Alcatraz, Al Capone y Harvey Milk. Y un poco más allá, el Redwood Forest y algo sobre la divinidad y sus raíces.
Unas calles en pendientes tan pronunciadas, y después, pinos y toda clase de verde me dan la bienvenida a Mill Valley. De un lado el sol y del otro la neblina. Y no puedo evitar acordarme de Xalapa, pero es todo, hasta ahí llega mi memoria y le hago un nuevo hueco a mis años para entender de qué se trata esta geografía. Y pasa.
El bosque respira. Y yo también trato, pero es tan ligero el aire que siento que mis pulmones se han ofendido de que nunca antes les haya presentado humo como este. Se hace de noche. Aún así la sombra de los árboles me imponen desde una altura que ha aprendido a abarcarlo todo.
Duermo, o acaso así nombro la sensación de cerrar los ojos y acomodar mi espalda en un lugar del mundo donde nunca había estado. Y también sueño, sin acordarme de qué. Pero no es necesario, porque la condición placentera que da habitar otra vida se queda conmigo hasta el desayuno.
Me dan un recorrido por la casa. Techos en dos aguas, abiertos de algunas partes en tragaluz y en los muros unos ventanales para que el sol, que de este lado es más que tímido, se atreva a desvestirse un poco sobre los escritorios y los libros. Todas las esquinas y paredes están acentuadas con alguna escultura o cuadro. Y envidio su vida estática que sólo sabe regalarse a la contemplación ajena, en medio de estas laderas tupidas en verde, sin otra tarea más que el dejarse querer, mientras alguien las aprecia con una expresión que pretende ser inteligente, y por supuesto que acompañada con un caminar lento, de manos entrelazadas por la espalda y alguna pregunta distraída por el color y sus sinónimos. Qué lástima haber nacido después de tiempo.
El itinerario del día consiste en ir al Parque Nacional Muir Woods. El nombre del parque es en honor a un naturalista decimonónico escocés que acabó muriendo en Los Ángeles en 1914. El complejo alberga secuoyas gigantes que tienen una media de 800 a 900 años, aunque hay algunos que llegan a ser tan longevos como dos milenios juntos y 100 metros de altura. Un bosque tan antiguo, de diversidad tan anterior a todo, que sus orígenes se recorren a un mundo aún no hecho un rompecabezas continental.
Nunca me había interpelado la idea de territorio hasta que una de las placas informativas de este bosque de árboles milenarios, describe la cesión de la Alta California al gobierno estadounidense por parte del mexicano, en medio de todo el embrollo del tratado de Guadalupe Hidalgo. De todas formas, mi nacionalismo fundado en ese instante y expirado ahí mismo, sólo me alcanzó para recordar que la pierna de corcho del presidente Antonio López de Santa Anna es un trofeo militar capturado por Estados Unidos en la Batalla de Cerro Gordo y que ahora se exhibe en un museo de Illinois. Un pequeño paso para Santa Anna, un gran paso para los deseos expansionistas norteamericanos.
Después de la última placa informativa que decido leer por salud histórica, y que señala el memorial al presidente Roosevelt, sólo me dedico a sentirme mínimo debajo de la impermeabilidad de este follaje gigantesco y que exige, ante todo, una clausura de cualquier cronología. Pero ya sabemos cómo somos. Necesitamos fechas. Y el bosque prehistórico con una risa de insectos y aves, me regresa de inmediato a lo breve y ridículo de mis años en este mundo maravilloso y estúpido. Ninguno de los adjetivos anteriores es excluyente.
En mi tránsito por la vereda bien delimitada entre los árboles y nosotros, escucho voces que vienen de lugares en los que nunca he estado. A veces se me aparece el español y me lleva con él hasta que choca con otra lengua. Las personas que me han invitado al paseo comienzan a platicar de su luto. Han perdido al esposo, al abuelo y al padre. Y ese hombre multiplicado se vuelve un mito para mí mientras recorro en cada paso mil años.
Yo conocí al profesor James Prochaska en un verano, en un bosque menos antiguo, pero igual de metafórico y fundacional para mí. Estábamos en la sierra de Chihuahua. Me preguntó a qué cosa le quería dedicar mi sensibilidad y mi inteligencia. Supongo que dije que quería dedicarme a escribir. Aunque ahora pienso que esa respuesta más que apropiada, es tramposa en este texto, porque justo a eso me dedico. Quizá no dije nada. El silencio también es importante.
Con cada uno de los miembros de esa familia voy conversando sobre lo que sea. La vida, sus estragos y la generosidad que implica todo eso, me imagino. Se siente uno muy responsable de hablar de cosas no insignificantes atravesando tantos milenios por acre cuadrado, pero ante esas edades, es imposible que algo no sea insignificante. Por eso, tal vez, sólo por eso, atravesamos el relieve lo más lento posible, y no por falta de destreza física, sino para fingir que entendemos el tiempo igual que los árboles. Aún así nos descubren y algo dentro de nosotros acaba por sentirse agotado.
Nos sentamos en una banca. Nos tomamos fotos. Le pedimos de favor a una familia de italianos que nos ayude con el retrato para que salgamos todos. Los italianos nos piden lo mismo de regreso. La paz internacional está salvaguardada, al menos por unos segundos. En la salida del parque hay una tienda de recuerdos. O más bien, un complejo dedicado a capitalizar la experiencia posiblemente mística que acabamos de ensayar en cada uno de nuestros pasos. Aunque no sé por qué me sorprendo. De esto se trata nuestro siglo y me reprocho no haber traído la cartera.
De regreso en casa, cenamos y reímos. Le agradezco a Janice Prochaska por la comida y por tenerme en su casa. Ella sólo sonríe y me ofrece más vino. No necesitamos decir nada más. Con la familia compartimos el calor de la chimenea y hablamos con emoción de nuestras vidas, cualesquiera que sean. Y nos mostramos sorprendidos por algún detalle. Y luego, cada quién se dirige a su pequeña parte del mundo, en aquella casa, a dormir como si hubiéramos caminado de ida y de regreso por todo un río.
En la mañana, Janice me ofrece la oportunidad de entrar a la oficina de su esposo. Me presume con un cariño que no requiere más precisión que la mirada, los libros de Jim. Los de poesía. Uno a uno me los va platicando. Me siento intimidado por tener la oportunidad de entrometerme en la biografía intelectual de un ser humano sumamente inteligente. Pero también agradecido. Esto no pasa todos los días.
Janice me dice que seleccione uno de los libros. Se me aparece el Libro de Horas de Rainer Maria Rilke. Me lo obsequia. Y ahora, ¿qué hago con esto? Y la emoción me hace salir al balcón a sentir la neblina, que una vez más viene a colmar todo Mill Valley como si fuera una mano generosa acariciando a un niño inexperto en las edades y sus vicios.
La portada del libro es la foto de una parte de los vitrales de la Catedral de Canterbury en Inglaterra. Algo sobre el siglo XII o XIII. Algo sobre ser patrimonio histórico de la humanidad. Nunca he estado en Inglaterra. Lo único que sé del cristal coloreado son los pequeños pedazos de botellas de vidrio que aparecen en la playa, erosionados, carentes de filo. Como minúsculos dientes de leche sin pretensión alguna hacia la mordida. Supongo que la divinidad no tiene restricciones para manifestarse.
El primer poema del libro de Rilke termina diciendo, Mi mirada inaugura las cosas / y ellas se acercan a mí, a recibir y ser recibidas. Y la neblina acapara todo el valle. No se podría decir el humo, pero tampoco la nube. Una cosa intermedia está sucediendo afuera. Y en mí. Y pasa el segundo poema de Rilke, He estado reafirmándome por un milenio y aún así no lo conozco: ¿soy un halcón, una tormenta o una canción hermosa?
La niebla continúa, pero hay una afrenta evidente de los árboles de casa de Janice. Sus copas se niegan a cubrirse por completo del blanco. Abren a la nube o al humo con sus copas altísimas como si fueran dedos señalando el horizonte. Y que lo abren. Y el cielo, con un azul apenas ayer inventado, se presenta mínimo pero preciso desde arriba. Y yo lo veo. Lo veo crecer hasta que yo mismo estoy comprometido con los mil años.
El día abandona la densidad en favor de la luz que es maestra en inventar sombras. Pleno el valle y la montaña que lo distingue a lo lejos, ya no se puede pedir nada más. Eso lo sé. Y Janice regresa a decirme, sabes, ese era uno de los favoritos de Jim.
A la mesa, una vez más, compartiendo la comida, escucho historias de vidas que me son ajenas, pero no por eso menos verdaderas. Me siento conmovido. Digo algo, insuficiente en un inglés apenas, para regalar mi agradecimiento por este fin de semana en quién sabe qué parte de mi vida. Por última vez me voy a acostar en aquella casa. Aunque esta noche, el sueño se queda corto con todo lo que he mirado.

Y el sol allá, tan como si nada

 

(Segunda parte)

A mi madre, por supuesto

Tengo 8 años. En la mochila cargo el libro de Historia de la SEP. Tercero de primaria. Guerrero. Aprenderé las efemérides de este estado y no del otro, donde nací. Me enseñarán a aplaudirle a la iguana que se menea sobre el piso. Del jaguar y sus manchas negras como pequeños párpados de un dios escurridizo, elegante, y de lo celoso que está el sol de su amarillo. Sabré mejor qué significa la paciencia de la perla y la velocidad del molusco, que de las implicaciones de barbechar la tierra con bota, camisa arremangada y caballo arriero. En cambio, acá, mi familia de la Costa Chica siembra con huaraches, se hicieron respetar a machetazos y siguen buscando agua debajo de cada Parota.
Así, mi padre querrá también enseñarme otro de los dones guerrerenses. Culebrinas ocupando el cielo de Acapulco. Nos subimos a la azotea. Me pregunta qué es lo que aprendí hoy. Y mientras respondo una fecha seguramente imprecisa, me acaricia el cabello. Y me habla de vender chicles en la playa a mi edad, de vender periódico, de la muerte de Elvis, de bucear en el Malecón más rápido que una moneda. No entiendo tampoco las implicaciones de eso. Y cuando le pregunto de su padre. No dice nada. Y nos quedamos mirando, ya no el azul, sino lo que está entre nosotros y el cielo.
Las culebrinas van rodeando el aire igual que una serpiente. A falta de patas, se mueven en s, porque así suenan los ríos, aunque vayan secos. Y mi padre me cuenta del río de Atoyac. No termina la historia porque mi abuela empieza a llamarme. Aaaaalaan, miiiijoooo, ya está la comida. Vete por un kilo de tortillas y dile a tu tatá que ya está. Mi papá me vuelve a acariciar el cabello, saca un billete de 20, Benito de papel y no de hule, y se pone la playera al hombro. Ya no vuelve a decir.
Cuando voy bajando las escaleras escucho cómo unos niños desde otra azotea me gritan. Se les ha rendido su culebrina, atorándose en un poste. Domadores del aire. Y yo los veo enredar su hilo en una botella de plástico de Coca Cola. Correr descalzos y sin playera. Livianos, por eso dije, domadores del aire esos niños.
Tengo 31 años. Sigo sin saberme muchas efemérides. No importa el estado. Y estoy en el techo de esa misma casa. Y puedo respirar el estrago de botellas de plástico y otras cosas quemándose. Colas de humo buscan el paladar del cielo. Emanadas desde una docena de casas repartidas por varios cerros alrededor. Pienso en mi padre. Recuerdo que nunca aprendí a domar el aire con una culebrina. Desisto del recuerdo. Mi madre me grita. Aaaalaan, miiijoooo, súbete estas costalillas de basura, ni modo, ya ni modo, que toda esa jodida humedad junta nomás va hacer moscos, y el dengue… Dejo de escucharla porque empiezan a ladrar los perros. No se mira nadie.
Es evidente la punzada, porque el sol calienta la bahía como si no tuviera otro mandado qué hacer. Muevo láminas. Me sueltan un llanto de cuchillo viejo. Le pregunto a mi madre que dónde las pongo. Al acercarme a la esquina que me señala, husmeo en el interior de la casa de los vecinos que se han quedado sin techo. Quizá estas sean sus láminas. Pero, cómo saberlo, la lujuria de Otis, en la madrugada del 25 de octubre, produjo una sanguaza de puro metal retorcido y repartió como quiso, pidiendo todo a cambio.
Mi madre me da carrilla. Es cierto, si no nos apuramos nos va a encontrar la noche. Y no hay luz. Pura vela tatemándose en la orillita de las horas, también sin decir nada. La basura empieza a arder. El plástico se revierte sin pudor al negro. Los papeles mojados oponen cierta resistencia, pero al fin se dejan manipular hasta la ceniza. Y las ramas chillan porque aún hay verde detrás de la corteza.
Entre un quehacer y otro, mi madre y yo hablamos. La plática se detiene cada tanto por alguna instrucción suya. Le pido pequeñas precisiones, hace más de 15 años que dejé de vivir con ella, y los lugares de su casa ya no me son tan obvios. Y me reconozco de a ratitos, jugando con mis hermanos, siempre al borde del regaño, pero antes la risa, para que valiera la pena tanto griterío.
Los gatos de mi madre me siguen. Un pequeño desfile de patas y colas detrás de mí. Si supieran que yo no sé hacia dónde me dirijo. De todas maneras, no interrumpo su militancia. Al final, las costumbres heredadas no se pueden abolir tan fácil y me acabo quitando la playera, claro que, poniéndomela al hombro, en lo que encuentro dónde colgarla.
Mi madre y yo nos sonreímos, y aunque quisiéramos llorar, tenemos que cuidar el agua, porque en este cerro pelón, quién sabe cuándo llegue. Entre recuerdos de la familia de Chihuahua y cosas que queremos compartir de nuestro trabajo, no deja de filtrarse algún detalle sobre la noche del huracán. Yo la escucho. Le hago preguntas. Y cuando me responde, cuestiono las probabilidades de llegar a ser la mitad de fuerte que ella. Nos abrazamos. Hasta que me dice, hazte pa´lla cochino, questas todo sudado. Nos reímos una vez más, para que valga la pena tanta pinche chinga, por lo menos.
Exhaustos, nos sentamos a mirar lo que le queda a la tarde. Bromeamos sobre ir a comer y pedir del menú lo más caro a un restaurante que por el momento, ya no existe. Recordamos a gente muy amada que ya no volveremos a ver y me repite por décima ocasión el nombre de sus mascotas. Les doy la mano y ellos me dan su patita. Nos volvemos amigos. Nos miramos a los ojos. Algo me saben y algo les sé. Les agradezco por estar al lado de mi madre. Asienten. Y dicen que los animales no hablan.
El humo no cede. Pareciera que la gente ya se animó a quemarlo todo, para ver si de la arena negra que se suelte, surge algo más que este espejo rasgado por la pesuña negra del Pacífico. Son las 6 de la tarde. El sol comienza a achicarse en naranja. El cielo se reacomoda no sólo allá afuera, sino adentro también. Dejamos de hablar, algo menos breve que nosotros se está diciendo. Lo saludamos con las pestañas. Tengo la sensación de estar viendo un atardecer como si nunca lo hubiera hecho antes. A la vez que el sol empequeñece, una vida minúscula pero insistente, va instalándose en mí. Hasta que es más grande la metáfora que el sol disminuido, cerrándose detrás del relieve de Caleta, y aún más allá, donde el azul de arriba y de abajo pausan toda competencia. Dejo de creer en aquello y empiezo a creer en esto. Y en nuestro devenir en la infancia de la noche, mi madre sólo responde a lo que acaba de ocurrir con un, Mira, aquí todo destruido y el sol allá, tan como si nada. En esto creo, madre.
Prendemos las velas. Nuestras sombras son tímidas, pero cualquier airecito que alcanza a la llama, las hace bailar. Sin embargo, no aplaudimos. Decidimos ir a visitar a una prima que vive cerca para ver si nos regala agua para tomar. En el trayecto, a pesar de la falta de luz eléctrica, el suelo se asume en una luz blanca que podría, casi podría, parecer clínica. Y me dice mi madre, mira la luna. Y la miro, rebosante como anuncio luminoso en avenida principal. En el camino, como sombras queriendo traducirse en cuerpo, los árboles, los postes y las montañas de basura y escombro, aunque no se distinguen por completo, advierten de su presencia, llenando los ojos de negro.
Tocamos la puerta de casa de Isidra. Me abraza, me dice Y ese milagro y nos invita a pasar a su casa improvisada en el patio, porque sin electricidad, no hay manera de prender el ventilador. Y es cierto, se siente sofocado, no sólo por el clima. Pero es obvio que, sin árboles, el puerto sólo se volverá una mazmorra con playa. Todos andamos sudados como puercos. Da lo mismo. Y escucho cómo unos niños juegan futbol con una botella. Pero de dos litros, supongo, para que sea más realista el tamaño del balón. No entiendo cómo pueden ver, pero sobre todo cómo pueden seguir la cadencia del marcador ahí en escombro. Sé que esto no se trata de ganar, ni de perder. Y desde del sonido del arroyo que transita al lado de casa de mi prima, extraño a mis hermanos y las maniobras que inventábamos para traer bien raspadas las piernas.
Entra el hijo de Isidra. Lo saludo. Me habla de usted. Sólo le digo a mi prima que cómo han pasado los años. Y la mímica se repite: entre la vida familiar repasada, se vuelve a recrear el huracán. Nuevos detalles o la reafirmación de escenas particularmente agresivas de esa noche se describen en medio del seseo del arroyo. Le pregunto a Isidra que cuál es el nombre de esa agua. Me dice que no tiene. Es cierto, ¿por qué debería?
Generosos, nos regalan agua de su tinaco. No sirve para beber, nos dice, pero si el bandejazo. Le agradecemos como si nos estuviera entregando una planta a la que le urge tierra fresca para no morir. En el camino de regreso. De nuevo, el blanco y las siluetas de las cosas caídas restregándose desde la oscuridad, pero ya no comentamos nada. No hay más que decir, aparte de que pareciera que alguien usó las manos con cizaña.
En la casa, de nuevo, nos sentamos a intuir la bahía. Suponemos que el mar ahí sigue. Y a veces, vemos luces de autos que van a no sabemos dónde. Y, como parpadeos de un ojo con fiebre, se distinguen pequeños fuegos en las faldas de enfrente. ¿Qué quemarán a esta hora? ¿Qué cosas platica esa gente, adentro de una ciudad que parece haber retrocedido a un siglo muy anterior a este? Abrimos unas latas de atún. El olor del pescado le pica las costillas no sólo a nuestra hambre, y de repente ya estamos rodeados de maullidos. Mi madre me dice que no les dé porque ya no se van a querer salir. Y como una afrenta no terminada desde niño, deslizo a escondidas mi mano con atún por debajo de la mesa. Ella lo sabe, pero no dice nada.
Le platico de quien amo. Me hace alguna pregunta. Menciono las palabras felicidad, vida y miedo muchas veces. Me platica de quien ama y ha amado. Le hago alguna pregunta. Usa las palabras perdón, soledad y gratitud muchas veces. Decimos Dios, también. Decimos dolor, por supuesto. Pero sobre todo decimos nuestros nombres, porque esa es la única plegaria que importa.
Así que María Atocha miró conmigo la noche y me contó su vida como si hubiera pasado apenas hace tantito. Y allá, las lumbres empezaron a detenerse. Y no pasó viento. Y el mar siguió callado, como si no hubiera destruido nada.
Acostados, escuchando claras señales de que el otro está despierto, nos preguntamos cualquier cosa y respondimos con un te he extrañado mucho, estoy muy agradecido de que estés bien. Yo no entendí de inmediato porqué mi madre me decía lo mismo, si yo no había estado debajo del paladar del aire, así como ella. Pero después supe que no se trataba de la luz que se escabulle entre lo calcinado, sino de otra cosa más antigua, una que le otorgó el derecho a ella de darme un nombre, de entregarme el agua cuando pequeño, de decirme, aquí termina esta ola, pero no la que viene, y aún más, aquí empieza el océano y termina la montaña, o tú decide dónde, porque al final, en el regreso que no se acaba, ahí nos estaremos buscando, mijo.