Juego de pelota con los pies

(Segunda parte)

Brasil 2014

I.

La casa de Jaime está al lado de un huerto de manzanas. Como casi todos los huertos manzaneros de Ciudad Cuauhtémoc, el terreno está cercado por una barda de cemento que oculta a los hombres y mujeres que pizcan la fruta. Jaime dice que las casas alrededor de los campos son más frescas. Con ese comentario me doy cuenta de que su tolerancia al calor no se parece nada a la mía. El calor del mar, de alguna manera, se resuelve quitándose la ropa, pero aquí el sol se come todo lo que vive y lo que no.
En los terrenos abiertos se levantan pastos amarillos, huizaches y algunos olmos torcidos por el aire. Diría que lo único que hay es un paisaje hostil, pero le tengo cierto cariño a esta ciudad porque aquí comencé a vivir solo y tuve mis primeros oficios. Es decir, fue la ciudad donde quedé expuesto a la velocidad de las monedas y a fumar cigarros.
En el centro de Cuauhtémoc quedan la plaza, la iglesia y algo de la estación de tren donde por las noches se llena de trabajadores de la pisca de manzana que en época de calor beben en las cantinas de las vías. En invierno también beben para que el frío no los arrulle demasiado.
Le pregunto a Jaime si alguna vez se ha metido a los huertos. Me dice que sí, cuando era niño y cabía por debajo de las puertas. Jaime tiene veintidós años, se rasca la barriga mientras con la otra mano hace como si midiera la altura de alguien que apenas le llega a las primeras costillas. Yo tengo veintiuno y pronto voy a cumplir veintidós.

II.

Su casa es un solo cuarto dividido por muebles. Él está acostado en una cama king size, con la ropa y los zapatos puestos, hecho un costal de papas. Mi llegada de anoche desde Veracruz coincidió con la despedida de soltero de un amigo al que todos le dicen El Chilaca.
Chilaca es un hombre de casi dos metros que alguna vez tuvo la desafortunada idea de ir a la preparatoria vestido completamente de verde. El chile chilaca es famoso en Chihuahua: largo, verde, ingrediente fundamental de las carnes asadas. Una tortilla de harina envuelve un chile relleno de queso menonita. Desde entonces le dicen así.
Dos semanas antes visité Xalapa por primera vez. Durante esos días conviví con personas igual de crédulas que yo porque también querían vivir de la poesía. Estábamos en una residencia de escritura vinculada con la Universidad Veracruzana. Al volver de Xalapa a Chihuahua, ya me había hecho amigo de otros universitarios, estudiantes de letras que vivían en ciudades del país que yo nunca había visitado. Y claro, también de los chilangos futboleros. Con ellos, sobre todo, me di cuenta de que no sabía casi nada de futbol ni de literatura mexicana.

III.

Me acerco a Jaime para ver si sigue respirando. Pongo mi oreja cerca de su nariz. Ahí sigue. Como en mí, su respiración expele un olor a manzanita podrida. Son cerca de las diez a.m. Enciendo la televisión para ver el partido de México contra Holanda. Uno de esos amigos que hice en la residencia, un coapeño que presume ser el mejor poeta de su cuadra, me escribe emocionado por el juego. Le damos seguimiento por mensajes. El primer tiempo termina sin goles. México parece ordenado, incluso posible. Apenas empieza el segundo tiempo, Giovani dos Santos toma una pelota afuera del área y la cruza de zurda. Minuto 48. México anota. Por un momento Giovani adquiere una dimensión de leyenda y Christian Martinoli entra en la historia de los comentaristas deportivos.
¡Golazo infernal, impresionante de Giovani dos Santos! ¡Tantas veces te pedí una, desgraciado, tantas veces! He vomitado bilis por ti, se me ha caído el pelo por ti, tengo nervio por ti, voy al psiquiatra por ti y hoy, ¡hoy por fin apareces, maldita sea! Por fin aparece Giovani, doctor.
Pero al minuto 88 Wesley Sneijder empata con un disparo seco desde la entrada del área. Después viene Robben. Entra, se cae, o lo tiran, o hace las dos cosas al mismo tiempo. El árbitro marca penal. El famosísimo penal del buen Robben. Al 90+4, Huntelaar lo cobra. El partido termina.
Holanda gana 2–1 para siempre.

IV.

Después del juego, el coapeño y yo nos marcamos. Decido salir para no despertar a Jaime. Luego de gritar que no era penal al árbitro portugués Pedro Proença, Jaime se ha movido un poco y temo haberlo molestado.
Abro el mosquitero de la puerta y su muelle se tensa como la espalda de un gato de aluminio antes de saltar. El sol está completamente encima de mí. Me ha quitado la sombra de los pies. Pero cuando pasa una pequeña ventisca puedo escuchar los árboles de manzana del otro lado del muro, también con el sol hostigando sus copas. El coapeño me pregunta qué voy a hacer el resto del verano. Mi idea del dinero es completamente vaga, pero me doy cuenta de que, si uso todo lo que me queda, me alcanza para llegar a la Ciudad de México y, desde ahí, seguirme hasta Acapulco para visitar a mis hermanos.
Cáigale, cáigale, papito, habrá una lectura de poemas de Eduardo Lizalde en la Biblioteca de la Ciudadela y pues de ahí pues un coto, ¿no?, me dice el coapeño. Insiste en que vaya a la lectura porque un poeta así de viejo quién sabe hasta cuándo se nos quede aquí. Decido irme, tras haber estado en Chihuahua poco más de veinticuatro horas, aunque la razón definitivamente no es la poesía.

V.

Jaime por fin se levanta y solo me pregunta por qué grité tanto si la gente de la tele no me oye. Encontramos unas latas de cerveza en una cubeta que estaba en el patio. Lo reseco del día, combinado con nuestra propia resaca, no nos desalienta. Tomamos el contenido como agua y después jugamos a aventarles piedras a las latas ya desocupadas. Nos da hambre; al abrir el refrigerador nos damos cuenta de que lo único que hay son unas manzanas con arrugas y una cajetilla de cigarros que alguien metió en el congelador durante la fiesta.
Fumamos debajo del encino que es el único árbol de su patio. Jaime me pregunta por qué nunca me quise quedar a vivir en Cuauhtémoc. Le doy una respuesta que a mí no me convence, pero al parecer a él sí, porque ya no me pregunta nada. Unos niños van pasando. Uno de ellos lleva una bolsa con huevos. Jaime les grita eh pinshis lepes, qué pues, rólense unos huevos pa esharnos un desayunito, le dicen a su jefa que se les cayó uno, ándenles, no sean gashos, ¿no? Los niños no voltean. Continúan su camino. De vez en cuando, sus pies empujan piedras que chocan con otras piedras hasta desaparecer.
Tengo que hacer una acotación. Jaime vive solo. Heredó esa casa de la forma en que uno nunca quiere heredar nada, quedando huérfano. La casa es amplia, extendiéndose en una esquina donde se cruzan calles de terracería, en una colonia a la que la gente suele referirse como la colonia donde el aire se da la vuelta porque ya después de aquí ya no hay más nada.
Le comparto a Jaime que he decidido irme mañana. Tan poquito me duró el gusto, pinshe shavalo vago remata. Mientras volvemos a recordar la fiesta de anoche, una troca que trae arrastrando un polvaderón enorme con música de banda se para frente al portón.
Es Chilaca con sus secuaces.

VI.

Durante el trayecto vi cinco películas. En todas, los actores protagónicos son calvos, saltan de autos en movimiento y besan mujeres que salen del mar como estatuas de madera que se han caído de un barco.
En el camino intercambio algunos mensajes con Jaime. Me pregunta cómo me amaneció el agua después de la segunda fiesta con Chilaca. Hoy que estoy escribiendo esto he tratado de acordarme del nombre de Chilaca, pero no sé. Creo que nunca escuché su nombre de pila. En la fiesta, Chilaca contó cómo conoció a su esposa. Ella trabajaba en uno de esos módulos donde ofrecen paquetes de telefonía celular al transeúnte. Yo a Jaime lo conocí cuando teníamos 15 años en un puesto de hot dogs. No sé si nos hicimos amigos de inmediato. Cuando me preguntó anoche por qué le gritaba a la televisión, lo único que le contesté fue que era lo mismo que yo le preguntaba a mi padre cuando era niño.
Jaime y yo no lo sabemos en ese momento, pero después de esa vez nos volveremos a encontrar hasta 2018. Y después de ese año, ya no nos volveremos a ver más.

VII.

Al llegar a la Central del Norte me está esperando el coapeño, quien me va a llevar hasta el centro de la Ciudad de México. Es mi segunda interacción con el metro en toda mi vida y estoy impresionado con la gente que vende mp3s con toda la música del mundo. Me compro uno de esos por 10 varos.
Entramos a la lectura de poesía. En efecto, Eduardo Lizalde ya es un hombre bastante mayor, pero lee un poema que todo el público corea. Hay un tigre en la casa que desgarra por dentro al que lo mira, así comienza el poema de Lizalde. Es la primera vez en mi vida que estoy en un recital de poesía donde el público corea a quien lee. La gente se forma para que Lizalde les firme el libro. Cuando es mi turno, Lizalde me pregunta mi nombre y, al cerrar la tapa del libro, veo en la portada un tigre y, sobre ese tigre, la mano vieja de un hombre.
En los días siguientes, Jaime me dice que está viendo la posibilidad de cruzarse a Estados Unidos a trabajar. Yo le pregunto por qué se quiere ir. Solo me contesta bueno, pues pa qué chingados me quedo aquí en esta pinshi tapia. En ese último comentario me doy cuenta de que la respuesta que le di a Jaime días antes, y que no me convenció, acaba de asentarse en mí, sin embargo, no le digo nada.
Después del recital de Eduardo Lizalde, el grupo de personas con las que estoy decide irse a un bar cerca de Insurgentes. Años más tarde me daré cuenta de que decir cerca de Insurgentes es no decir nada, pero en ese momento, para mí, que me dijeran que estaba en Insurgentes implicaba que sabía dónde estaba en la Ciudad de México.
En el bar están pasando Argentina contra Suiza. El partido parece llevar horas sin que pase nada. Afuera está la Ciudad de México y adentro gente que fuma y una televisión colgada en una esquina.
Duro en la Ciudad de México lo suficiente como para ver el 7–1 de Alemania contra Brasil en el Mineirão.
Cuando llego a Acapulco, mi madre me abraza y mis hermanos también.
El día de mi cumpleaños conozco a otro universitario que también escribe poesía. Él me enseña un verso de un poeta brasileño, Lêdo Ivo.
O tempo imita as ondas.
El tiempo imita a las olas.
Mientras trato de entender ese verso gente entra al agua, pero como ya es de noche, solo distingo el sonido de sus cuerpos contra las olas.

 

Juegos de pelota con los pies

 

(Primera parte)

Francia 98

La primera televisión a color que mi padre compró para nuestra casa fue para ver el Mundial de Francia 98. De ese mundial solo recuerdo que, en McDonald’s, al pedir la Cajita Feliz, le daban a cada niño la mascota Footix, un gallo azul con cresta roja. Mi idea de Zidane metiendo dos goles de cabeza y Les Bleus ganándole 3-0 al Brasil de Ronaldo Nazário la supe ya después, gracias a YouTube.
El McDonald’s estaba adentro del Walmart de Icacos. Ahí mi padre compró la televisión. Era una Zenith de unas 21 pulgadas, negra, de tubo. Mi abuela le tejió un mantel y se lo ponía encima como si fuera un niño arreglado para la primera comunión. Como estaba en el cuarto de mis papás, la cortina y el sol de las 2 de la tarde dificultaban sintonizar cualquier programa sin que apareciera encima el reflejo del cielo de Acapulco.
Durante el tiempo que la televisión estuvo con nosotros, fue rotando de lugar en la casa. En el mundo en el que crecí, la vida de los electrodomésticos se movía despacio, centímetro por centímetro casi. Cuando les iba bien, primero cambiaban de trapito. Luego conseguían un reproductor de VHS, después uno de DVD. Y ya cerca del final, un control universal que prometía la voluntad de cualquier aparato inventado hasta ese día. Así las temporadas, y aun con la llegada de la computadora conectada al teléfono, y aun con las lluvias y los apagones que quemaban cualquier aparato cuando la luz volvía de golpe, la televisión duró varios mundiales con nosotros.
Cuatro años después, la Zenith logró la dirección nueva. La sala. Uno pensaría que no fue un viaje largo, si consideramos la facilidad de nuestros pies para una caminata tan corta. Pero para un televisor ensamblado en Matamoros, cercano a los 40 kilos, bajar un piso sin hacerse un solo tallón en la pantalla en pleno verano de 2002, fue algo que todavía hoy en mi familia se sigue comentando.

Corea-Japón 2002

Acercándonos a los últimos meses del ciclo escolar, me da varicela. Me aprendo las capitales y calculo cuántos océanos se tienen que cruzar para darle la vuelta al agua. La emoción del mundo exterior queda restringida. Lo único que hago es ver televisión y no rascarme. Mi madre me unta una crema hecha con avena y calamina. En la pantalla transmiten reportajes sobre lugares famosos que hay que visitar además de los estadios de Corea.
En la televisión aparece El Compayito. Una mano cerrada, con dos ojos de plástico sobre los nudillos y el pulgar convertido en boca interrumpe las mesas deportivas de Televisa.
Cuando regreso a la escuela, todos traen esas bolitas de ojos sobre los nudillos. Mueven las manos como titiritero con la boca llena. Cierran el puño, acomodan los ojos sobre los dedos y hacen hablar a la mano. La izquierda o la derecha. Da igual. Cualquier puño puede resolverse en cara.
Cuando me reincorporo a la escuela regreso para la semana de exámenes finales. El Mundial Corea-Japón aún no termina. A México ya lo ha eliminado Estados Unidos en octavos. Perdemos 2–0 y el nombre de Landon Donovan se instala en la memoria colectiva de los mexicanos.
Estoy en el salón. La maestra les pide a los alumnos que verifiquen las respuestas correctas del mismo examen que yo después tengo que tomar por haber faltado. Junto con ellos, ahí mismo en el aula, la maestra va a calificar el examen. No entiendo muy bien lo que está pasando, pero me siento igual de seducido que cuando quiero algo de la tienda y lo tomo, aunque no sé realmente cómo acaba siendo pagado por mi madre. Simplemente lo echo en el carrito.
Pronto la sensación comienza a acercarse hacia una manera que se parece más a levantarse en medio de la noche y escuchar a gente hablando en la cocina. Adultos cambiando rápido el tono de sus voces hacia algo más diurno cuando te ven acercándote hacia ellos.
Sigo escuchando las capitales y nombres de ríos y de ciudades, hasta que tomo la decisión de cubrir con la lapicera el pedazo de papel y mi mano en movimiento. La maestra no se tiene que dar cuenta de lo que voy a hacer. Pero la segunda gran decisión ocurre después: traer ese mismo papel al examen, esperando conseguir todas las capitales del mundo para mí.
Angola, Luanda. Senegal, Dakar. Turquía, Ankara. Islandia, Reikiavik. Mongolia, Ulan Bator. Madagascar, Antananarivo. Bangladesh, Daca. Uzbekistán, Taskent. Armenia, Ereván. Azerbaiyán, Bakú. Chipre, Nicosia. Namibia, Windhoek. Fiyi, Suva. Omán, Mascate. Vietnam, Hanói. Tailandia, Bangkok. Indonesia, Yakarta. Malasia, Kuala Lumpur. Filipinas, Manila. Camboya, Nom Pen. Laos, Vientián. Nepal, Katmandú. Sri Lanka, Sri Jayawardenepura Kotte. Pakistán, Islamabad. Australia, Canberra. Nueva Zelanda, Wellington. Papúa Nueva Guinea, Puerto Moresby. Samoa, Apia. Tonga, Nukualofa. Vanuatu, Port Vila. Islas Salomón, Honiara. Kiribati, Tarawa. Micronesia, Palikir. Palaos, Ngerulmud. Tuvalu, Funafuti. Islas Marshall, Majuro. Nauru, Yaren.
Soy descubierto en el hueso más duro del archipiélago de Oceanía.
Es 30 de junio de 2002 en Yokohama. Brasil 2–0 sobre Alemania con dos goles de Ronaldo Nazário. Al día siguiente, lunes primero de julio, tengo que presentar un trabajo especial que la profesora me dejó de castigo después de haber hecho trampa en el examen final de geografía. El trabajo consiste en elegir una región del mundo y hacer un monográfico.
Elijo el archipiélago de Ryukyu.

Alemania 2006

El domingo 2 de julio de 2006 no hubo Mundial, hubo elecciones en México. El día anterior, Francia había eliminado a Brasil. Una semana después, Zidane iba a jugar el último partido de su carrera. Primero marcaría un penal. Después le daría un cabezazo a Materazzi. Francia pierde la final en penales.
Esa noche empiezan a salir los resultados preliminares. Mis papás y yo estamos en la sala, atendiendo los comentarios de las mesas de debate político en nuestra televisión plana LG. La televisión Zenith ya pasó a mi cuarto. Con la pantalla nueva, mi abuela ya no sabe bien dónde poner el mantel.
A las 11, el presidente del IFE declara en televisión que no se pue-de anunciar un ganador. La dife-rencia es demasiado cerrada, dice. En los días siguientes continúan contando votos. El jueves 6 de julio, Felipe Calderón queda arriba por menos de un punto.
El cabezazo de Zidane a Materazzi fue una de las primeras imágenes del futbol que recuerdo como video de internet viral. Materazzi le jala la camiseta. Zidane le contesta que se la puede dar después del partido. Materazzi le responde con un insulto sobre su hermana. Zidane camina unos pasos, se detiene.
Regresa. Le da un cabezazo en el pecho y lo expulsan.
Italia gana en tanda de penales. El Perro Bermúdez canta “Volare, cantare”. Yo ya había escuchado esa letra en la radio, sobre todo en ese momento extraño del día, cerca de la noche, cuando solo queda una cortinilla de voz que dice: ochen-tas, noventas y más. ¿Este es el más?
Por alguna razón, mi familia acostumbraba más los canales de Televisa que los de TV Azteca. ¿Qué dice de una familia mexicana la preferencia por una televisora u otra?
A finales de julio, el conflicto llega al Zócalo y a Reforma.
En agosto yo estoy viajando con mi familia hacia la sierra de Chihuahua.
En las afueras de algunas ciudades todavía se alcanza a leer en algunos muros: Vota Fox este 2 de julio.

Sudáfrica 2010

Es mi último verano antes de entrar a la universidad. Llevo un par de meses trabajando de forma intermitente en un rancho menonita cerca del kilómetro 117, en la carretera a Bachíniva, en Chihuahua. Las jornadas que paso en este lugar se distinguen, sobre todo, por no contar con luz eléctrica. Así que por las noches solo queda el cielo y el aullido de los coyotes, una y otra vez, hasta que cada coyote ha alcanzado con su aire un pedazo de astro.
En cierta forma, el mundo de las ciudades ahora suena igual de distante a como sonaba el mundo de los campos cuando yo vivía en una ciudad. Lo que quiero decir es que ambos parecen incompatibles en su forma de decirse.
En una de las tiendas menonitas a la que voy dos veces por semana hay una televisión. Además de aprovechar para oír un pedazo de las noticias, saludo a la cajera. Estoy a punto de cumplir 18 años cuando sé cómo se llama la trabajadora del minisúper en la orilla de este tramo.
España gana el Mundial un domingo, cerca de las tres de la tarde en Bachíniva. En Sudáfrica ya es de noche.
La trabajadora me da el medio de mantequilla, el medio de queso y los tres paquetes de tortillas de harina. Suena la caja registradora. Llega el sonido del dinero y en la televisión aparece David Villa hablando de compartir el liderato de goleo con Thomas Müller, Wesley Sneijder y Diego Forlán.
Tanja me pregunta si me gusta el fútbol. Estoy a punto de decir algo, pero cuando voy a hablar el teléfono timbra. Tanja contesta en su alemán menonita y se aleja hacia la bodega.
En la tele ahora entrevistan a Iniesta. Su voz queda encima de la repetición del gol que hace por primera vez campeón a España.
Iniesta recibe la pelota dentro del área, la deja botar apenas hacia un lado y cruza el tiro antes de que el portero pueda cerrar el cuerpo. Después corre hacia la esquina, se quita la playera y debajo aparece otra camiseta blanca con una dedicatoria escrita a mano.
“Es difícil escuchar el silencio”, dice. “Pero en ese momento yo escuché el silencio y sabía que ese balón iba”.
Tanja sale de turno, y a la siguiente cajera que entra le pido que, por diez pesos, me deje utilizar el internet de una de las computadoras del cibercafé que es parte de los servicios de ese minisúper (nunca he entendido cómo había computadoras en ese páramo, pero había). Se supone que para esas fechas ya deberían haber salido las listas del Ceneval. Busco mi nombre. Lo encuentro.
De regreso al rancho, la troca levanta demasiado polvo. El aire pasa con mucha prisa y algunas norias atraviesan el paso de la carretera, incrustándose en cercas y árboles. Cuando llego con los otros trabajadores tengo ganas de contarles que España acaba de ganar el Mundial, que sé cómo se llama la vendedora, que pronto me voy a ir y que me aceptaron en la escuela. Pero por alguna razón, mientras estoy repartiendo la mantequilla y el queso, no digo nada.
Después de cenar, arriba de una paca de pastura de avena, escucho el relincho de calor de uno de los caballos.
Uno de los trabajadores avienta su lata de cerveza al piso. Otro patea la lata. Empieza un jaloneo de pies y aluminio. Hay dos sauces haciendo un horizonte claro y detrás un arroyo.
Gildardo toca para Meñique. Ahí va Meñique. Lo espera Saucedo, que ya lo conoce. No es la primera vez que se ven las caras. Gildardo se abre por la izquierda, levanta la mano, pide la pelota. Meñique no lo ve, o no quiere verlo.
Saucedo sale. Meñique amaga. Recorta hacia adentro. Se queda con el balón. Gildardo sigue solo. ¡Dásela! ¡Dásela! No se la da. Meñique dispara. La pelota cruza el área, pasa junto al poste y se va. Se salva Saucedo. Se salva el equipo de Saucedo. Y Gildardo se queda mirando a Meñique como un pescador que acaba de ver cómo se le rompe la línea.

To do list

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

I. Immaculate Heart College Art Department Rules
En los años sesenta, el Departamento de Artes del Colegio del Inmaculado Corazón, en Los Ángeles, empezó a ser conocido por su forma de enseñar arte. Era una escuela católica para mujeres. Allí daba clases Sister Corita Kent, monja, artista y serígrafa. A sus estudiantes les pedía desconfiar de la distancia entre arte y vida cotidiana.
Un anuncio, una revista o una frase encontrada en una pared eran lugares donde una época dejaba inscritas sus formas de deseo, consumo y creencia. De esa práctica salieron imágenes, métodos de trabajo y una lista de reglas para estudiantes y profesores del Departamento de Arte.
Aunque debo matizar que la palabra “reglas” puede alejarse de lo que esta declaración pedagógica era en realidad. La lista no funcionaba como un código coercitivo. Era una pedagogía del hacer.
Durante años, esa lista circuló atribuida a John Cage, compositor experimental y escritor estadunidense. La asociación venía de la última regla, que incorpora una frase de John Cage. Cage había trabajado con el azar, el silencio y la indeterminación, desplazando la obra de la voluntad cerrada del autor hacia un campo más abierto, donde también intervenían el accidente, la escucha y lo imprevisto. La regla número 10 dice: “Estamos rompiendo todas las reglas. Incluso nuestras propias reglas. ¿Y cómo hacemos eso? Dejando mucho espacio para las cantidades desconocidas”.
La frase advierte que incluso las reglas propias pueden convertirse en una forma de control. La inteligencia de la frase de Cage radica en cómo introduce la necesidad de una zona de reserva. Algo del trabajo debe permanecer disponible para lo que nunca está previsto.
Esta mañana uso por última vez la impresora de la escuela.
Hoy termina nuestro curso de español.

II. Anoche comí la cena

Dibujo en la pizarra: “Anoche yo comí la pizza”. Desarmo la oración como si fueran las piezas de un mueble desechable. La expresión de tiempo, el sujeto, ese “yo”, el verbo conjugado.
—Es pretérito —les digo—. La acción está cerrada. Done.
Los alumnos mueven los dedos sobre sus computadoras. Sus rostros, todavía adolescentes, a veces huyen hacia la ventana, cruzan la calle y se acuestan en el pasto frente al edificio de Química.
Escribo otra oración.
Cuando era niño, iba de vacaciones al mar con mi familia.
—¿Por qué este pasado es distinto? —les digo—.
El imperfecto no cierra la escena. En el nombre de ese tiempo verbal se entiende su condición. La memoria era porosa.
Entonces escribo una vez más:
Cuando era niño me gustaban los libros de animales.
Regresan de sus juegos de primavera. Les pregunto qué compraron, qué comieron en el desayuno y qué hicieron el fin de semana pasado. El sol afuera, sin una sola nube atravesada, hace que el día tenga un cielo más vertical.
El ejercicio que tienen que responder consiste en completar las siguientes oraciones. Deben escoger uno de los dos verbos entre paréntesis y conjugarlo en pretérito o imperfecto.
Cuando era niño, yo __________ en el patio con mis primos.(esquiar / traducir)
Ayer nosotros __________ un examen de español.(cantar / derretir)
De pequeña, mi hermana __________ caballos con gis en la pared.(dormir / obedecer)
El lunes pasado la profesora __________ la puerta.(descifrar / hervir)
Todos los veranos mis amigos y yo __________ en la calle hasta tarde. ( nadar / roncar)
Esta mañana los estudiantes __________ sus computadoras. (beber / morder)
Cuando éramos niños, nos __________ detrás de los árboles. (tejer / cribar)
Uso el momento final de la clase para agradecerles por su trabajo del semestre. Les explico por qué traje la lista. Hay algunas cosas que quiero decir y no las digo. Las encuentro, de último minuto, sospechosamente didácticas.
Se escuchan los zippers y las butacas desacomodándose en el salón. Algunos alumnos me dan la mano, otros simplemente salen, otros me dicen adiós desde la puerta. Algunos me hablan en inglés y algunos otros me hablan en español. Algunos me sonríen. Algunos no me miran.
Al salir, sus rostros dejan de parecerme adolescentes. Cruzan la puerta y ya no los vuelvo a ver más.
Tomo una fotografía del salón vacío.
El reloj marca exactamente las 11:20 de la mañana.
Afuera el sol pasa entre los árboles.

III. Things to do today

Hoy hago lo de cada fin de jornada. Camino al lado del río.
Algunas mujeres toman el sol en la orilla y algunos hombres corren como toros.
Los gansos, ocupados en apariencia en su propia búsqueda junto al agua, no se dan cuenta de que los filmo.
Salen.
Me sorprende cómo, apenas ya están en otro elemento, sus cuerpos saben comportarse. Las patas encuentran el lodo, el cuello vuelve a su altura, el agua se escurre del plumaje y ellos siguen caminando como si nada hubiera cambiado.
Un auto con globos en el techo se estaciona. Los globos llaman mi atención porque, a pesar de su ligereza, alcanzo a distinguir el esfuerzo que hacen por desprenderse del hilo que los mantiene amarrados. Del auto bajan mujeres con vestidos y hombres en traje. Están listos para su foto de graduación. El fotógrafo les da instrucciones, en cada reordenamiento de la fila para la toma, ríen y mueven sus manos. Son bellos, quiero decírselos, pero el sonido de una bicicleta que suena su campana me devuelve a mi paseo y sigo hasta los campos de beisbol.
En el trayecto voy haciendo apreciaciones muy específicas sobre algunos árboles y sus nidos. A ratos me distrae el megáfono del instructor del equipo de remo, que apura a sus estudiantes a lo largo del cauce. Sus instrucciones metálicas son muy concretas. Más presión. Mantengan el ritmo. Respiren. Uno, dos. Uno, dos. Más largo. Otra vez.
Esa forma de ordenar el cuerpo con frases breves me hace pensar en otra lista famosa. La escribió Johnny Cash. En una hoja titulada Things to do today, anotó cosas mínimas y extrañas por su precisión: no fumar, besar a June, no besar a nadie más, toser, orinar, comer, no comer demasiado, preocuparse, ir a ver a mamá, practicar piano. Al final escribió también: no escribir notas.
Yo cargo con un cuaderno de notas a todas partes. A veces pienso que, además de ayudarme con el apuro de la información que no quiero que se me olvide, cargo con el cuaderno como sustituto de mi cámara. Lo que quiero decir es que hay veces que intento tomar algunas fotos y no funcionan, ya sea por la luz o por mi falta de habilidad: el error. El cuaderno me ayuda a describir una imagen específica cuando la cámara no logra entenderla.
Por ejemplo, desde el invierno quise tomarle una foto a un árbol seco del parque. Sus ramas crecían con tanta amplitud que, si alguien me hubiera preguntado cuál era el arce negro que originó el bosque, yo habría señalado ese. Sin embargo, mi cámara, por alguna razón, no ha llegado a ningún acuerdo entre el árbol y mi ojo.
Tengo demasiadas notas.
Tal vez debería hacerle caso a Johnny Cash.

IV. El agua que bebes cuando te despiertas por la noche

En El libro de la almohada, un texto escrito por Sei Sh?nagon, escritora japonesa de la corte imperial a finales del siglo X, aparecen muchas listas. No son listas de tareas ni de reglas. Son listas de atención. Sh?nagon ordena el mundo por afinidades pequeñas, por molestias, por alegrías, por formas de belleza o de incomodidad. Una de esas listas se llama “Cosas que te hacen sentir alegre”. La primera cosa que enlista es el agua que bebes cuando te despiertas por la noche. Es cierto, esa forma de felicidad la conozco.
Otras listas suyas son igual de importantes. En “Cosas que enervan”, aparece un invitado que llega cuando tienes algo urgente que hacer y se queda hablando por horas sin parar. En “Cosas encantadoras”, la cara de un bebé pintada en un melón. En “Cosas que hacen que el corazón se tambalee de ansiedad”, presenciar una carrera de caballos. En “Cosas que parecen frescas y puras”, las vasijas de barro sin barnizar. En “Cosas que parecen vulgares”, una raya mal hecha en el cabello negro. En “Cosas que ya resultan fútiles y recuerdan un pasado glorioso”, un pintor que tiene mala vista. En “Cosas que se pierden al pintarse”, el maravilloso semblante de hombres y mujeres tal como se describe en los cuentos.

V. Cosas que fotografié hasta antes de llegar a casa

Al pasar de regreso, me doy cuenta de que lo que creí una reunión de graduados en el parque era, en realidad, una sesión de fotos con los best men y las damas de honor.
Varios metros más adelante y aún escucho los aplausos. Parece que por fin consiguieron la fotografía que buscaban. Estoy tentado a voltear una vez más, pero prefiero que la imagen se quede así: deficiente o completa, defectuosa o prístina, en mi memoria.
Cuando era niño, me gustaba ver caricaturas por la mañana.
Ya sentado en mi casa, miro las fotos que tomé durante el día. El salón vacío. Las cortezas de los árboles. El río permitido por el sol. Los huecos abiertos por una luz que no se explica muy bien.
Este es mi único pendiente para el resto del día:
La brisa acaricia el cuerpo de un hombre acostado en su jardín.
Sentado en la computadora, comienzo a calificar las tareas finales de mis estudiantes.
Question 6
¿Qué hacías cuando eras niño?
Cuando era niño, yo comía las manzanas todos los días.

Los juguetes

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

 

 

A mis hermanos

I. El almuerzo

El dinosaurio cae 4 escalones. El sonido de su plástico duro contra el azulejo de cada escalón forma una estridencia que llama a la risa antes que al apuro.
El muñeco prehistórico sigue avanzando cada peldaño. Su postura se modifica igual que un gato adentro de una caja.
Una cámara lenta permitiría, por ejemplo, entender el golpe que el Stegosaurus se acaba de dar contra las púas de su cola. Mejor aún, podríamos observar con detalle cómo el animal se desprende de varias de las placas de su lomo contra el filo del escalón y cómo, en el golpe último de las gradas, la pintura del herbívoro se transfiere a la pared, dejando un rayón visible desde varios metros atrás.
Si alguna vez, hace 150 millones de años, este cuadrúpedo caminó entre montes para alimentarse del helecho y de la planta tipo cola de caballo, hoy de él solo puede decirse que, en vez de precisar su gloria de guerrero jurásico tardío, ícono de Hollywood y mejor amigo de miles de estudiantes de primaria, aquí, en este principio de la escalera, el Stegosaurus es solo un grito.
Su botón, que activa su rugido, ON/OFF, se ha averiado. Esta criatura, con las patas hacia arriba, quebradas, como un animal que se ahoga, no deja de repetir su bufido.
La madre pregunta varias veces qué pasa, pero ninguno de los hermanos contesta.
Arriba, en el último peldaño, los niños miran en silencio los 19 escalones hasta su inicio.
Hace unas semanas, la madre decidió poner una planta que, al parecer, necesitaba sombra.
Un dinosaurio yace al inicio de una escalera y unos niños escuchan caminar a su madre.
Los hermanos se acercan más entre ellos.
Encima de la planta, una hormiga.
La madre vuelve a preguntar qué ha pasado.
Los niños han dicho que fue un accidente. La madre pide que por favor ya no jueguen en la escalera, mientras trata de entender cómo callar al dinosaurio.
La madre advierte que ya no les comprará juguetes nuevos.
Los niños solo observan a la madre abriendo a su Stegosaurus con un cuchillo, mientras dice que si quieren romper algo, que allá afuera hay muchas piedras para quebrar.
El animal calla.
Los niños ven cómo la madre deposita el juguete en el tambo de basura después de aplastar un galón de leche vacío.
La madre, ahora con dos baterías AA en una mano, desmonta el reloj de pared que adorna la entrada de la cocina.
Los niños atienden a su madre cambiando las pilas y ajustando la hora.
—Miren qué tarde es. Ya ven, por andar de traviesos. Ándeles, los dos, vamos a ver qué les hago de comer, ya es bien tarde. A ver, ¿quién va por las tortillas, pues…?

II. La casita

En el bazar, la señora que atiende habla de su hijo que acaba de irse a la universidad. Además, comenta que cada tanto le llegan cosas nuevas porque la gente se está mudando a otras ciudades.
Yo escucho el nombre de esas ciudades. Algunas, estoy seguro, deben quedar muy lejos de aquí porque sus maneras de llamarse casi nadie las usa.
La casita de plástico no la vemos de inmediato. En nuestra defensa, el biombo y las cortinas deformaban su techo, volviéndola una figura amontonada como si fuera una pila de periódicos viejos.
Mi hermano menor sigue la pista de una consola de videojuegos y su cable. Descorre la cortina. Ahí está. La vemos, dulce como plástico que no se come.
Hacemos un círculo y compartimos el secreto de nuestra reciente felicidad.
—¿Y si le decimos a mi ma que ya no queremos nada más que la casita de plástico?
Hablo yo primero porque creo que al ser el hermano mayor y saberme las capitales, tengo más responsabilidad grupal.
El más chico dice que no está seguro del cambio porque a él le gusta mucho su peluche de caballo y que además mi mamá lleva un buró.
Es cierto, nuestra madre lleva un buró y un juego de tazas.
Nuestro hermano de en medio dice, bueno, a mí la casita me gusta. Y ya no vuelve a decir nada más.
La casita es de plástico, roja, amarilla y verde. Me llega casi a la cabeza. La puerta es más baja y hay que agacharse para entrar. Las ventanas son huecos grandes por donde cabe la mano y la cara. El techo tiene forma de dos lados y hace ruido cuando lo toco. Adentro cabemos tres, pero cerca. Si empujo la pared, se mueve un poco. No tiene piso, se siente el suelo. Entro, doy la vuelta y salgo.
Mi madre sigue hablando con la señora.
—…y pues ya viste que no se puede andar sola en el carro ya después de la noche… Allá en La Garita, mana, a plena luz del día y que si los taxis esos amarillos y que si…
Mis hermanos y yo comenzamos a jugar con la casita.
Sus ventanas se abren, adentro hay hasta un teléfono de pared. Es una reproducción a escala de la vida perfecta. La deseamos, no sabemos cómo explicar nuestra insistencia que nos hace renunciar a todo lo demás. Deseamos esa casita en el patio de cemento de nuestra casa. Deseamos sus colores pasteles como de comida de graduación. Deseamos su pequeño espacio y su techo que deja entrar la luz como las sábanas con las que a veces cubren los sillones cuando pintan.
Es entonces cuando el acuerdo más formal que hacemos como hermanos ocurre.
Seguimos corriendo y entrando una y otra vez. Nuestra historia es simple. Estamos en un barco atrapados entre el cabello de un gigante desmayado en el río. Queremos continuar nuestro viaje, pero el canal está bloqueado, así que consideramos trepar por la melena.
Las cortinas parecen resistir muy bien, se tensionan los aros y la varilla mantiene el acuerdo de los pesos y el niño agarrándose como una garrapata.
Entra un cliente nuevo.
Uno de los aros del cortinero sale volando. La cortina se desgarra por la mitad.
Nadie llora, nadie dice nada.
Escondemos el pedazo de cortina detrás de las otras telas. Nuestra madre pregunta si ya estamos listos. El éxito no nos abandona. Combinado con nuestra gesticulación de cachorros bostezando, la vendedora llega a un trato con mi madre.
Se despiden. La vendedora anota algo en una libreta después de que mi madre le da unos billetes y quedan de verse la próxima semana. Desfalcadora, pero no podemos decirle nada. Nosotros a nuestra manera, hicimos lo mismo con nuestra madre.
El verano es fascinante. Todos los días jugamos en la casita.
La expedición por el mar prosigue, es maravilloso, por ejemplo, el océano cuando llueve y escuchamos a las gallinas saltar a esconderse en las hojas del almendro del vecino. Nosotros, por supuesto, en la casita.
A veces los perros de la colonia ladran por la noche. A veces mi abuela pone a secar las jergas en el techo de la casita.
Entre muchas de las compras que hizo mi madre en el bazar La Pulga, una de ellas es un libro sobre Dios. Es un libro grande como un libro de mapas. El libro tiene imágenes del cielo y también de gente desnuda levantando los pies del agua roja.
Gente que no quiere quemarse en el lago, supongo.
Le pregunto a mi madre por qué compramos cosas usadas.
El libro tiene imágenes de gente mirando una cruz.
En el catecismo me enseñan que Dios mira todo lo que hago, que incluso puede ver a través del techo de mi casa.
Nuestros perros se acostumbran a dormir adentro de la casita de plástico.
Le digo a mi madre que la idea de Dios mirándome todo el tiempo no me gusta.
Aprendo el Credo y me preparo para entrar a la secundaria.
Alguien en la colonia envenena a nuestros perros Bagheera y Pingo. Los perros se van a la casita de plástico a morir escondidos.
Le vuelvo a decir a mi madre que la idea de Dios mirándome todo el tiempo no me gusta, pero esta vez ella, agotada del tema, me dice que Dios tiene ojos distintos a nuestros ojos.
Lloro y nunca vuelvo a jugar en la casita.
Me tallo los ojos. Mis hermanos entran en la secundaria. Yo entro a la universidad.
Le cuento a mi madre que compré mi nuevo escritorio en muy buena oferta en un bazar. No se llama La Pulga.
Acabo la universidad.
Mis hermanos cumplen mi edad y yo la suya.
Ahora ellos viven en otras casas.
El fin de semana pasado, mientras iba a la lavandería, unos niños jugaban en su patio de primavera, adentro de una casa igual a esa casita de plástico. Le quise tomar una foto, le quise mandar un mensaje a mis hermanos, le quise preguntar a mi madre qué pasó con ese libro de Dios y las imágenes del cielo y de la gente que no nada.
Crucé la calle.
Entré a mi casa. Doblé mi ropa. Mi casita y luego no.

III. El puente

Mi hermano ama a su oveja. Entre semana se viste de Vicente Guerrero para el festival de la primaria, pero los sábados en cuanto amanece, sale, observa el humor vertical de las montañas y bebe su jugo y come su fruta y sale a buscar a su oveja por los cerros de Acapulco.
Recuerdo como Isidra y mi abuela le decían mi niño, Yohel y tú dormido abrazabas a tu animal de peluche lleno de arroz.
Después fuimos esa Semana Santa a juntar conchas a la playa y saltábamos con mucho prestigio el borde de un tronco seco.
¿Por qué será, Yohel, que las edades de los árboles se miden en anillos? Te pregunto a ti, tú el arquitecto, el hombre árbol, hermano, ¿qué hace que las casas aparezcan?
Entonces abrazabas tu oveja, te digo, íbamos rumbo a Marquelia con mi madre, Isidra y mi otro hermano hacia la Costa Chica. Tú y Carlos jugaban cerca del agua e Isidra los cuidaba como un árbol cuida el reflejo donde se asoman los peces.
Vendedores ofrecían pencas de plátanos y hombres con camisas sudadas apuraban sus machetes contra la cáscara de los cocos. Nosotros pasábamos en el auto. Sacábamos a veces la mano y saludábamos a esos vendedores. También mi madre frenaba el coche para dejar pasar trabajadores arreando a sus cerdos o a sus chivos.
El calor le hacía cosquillas al lejos de la carretera y mi madre decía que era vapor de agua. Mujeres con niños en sus espaldas se dirigían con dirección a las huertas. Las vacas masticaban la pastura y nosotros pensábamos que nos decían algo porque movían su hocico.
Había hartos animales, Yohel, lo recuerdo. Estabas feliz de saludar a cada uno. Sacábamos los brazos, nuestra madre decía mijos, chingado, si siguen sacando las manos me doy la vuelta y nos regresamos a la casa.
Y pasó lo más oportuna posible.
Un puente.
Era necesario.
Sacaste el brazo.
A la oveja le daba el aire.
Mi madre llevaba unos lentes de sol puestos y te vio.
Las orejas de la oveja ondulaban como las alas de un pájaro que no está volando, sino que está cayendo.
En los márgenes del río Papagayo se siembra, se pesca, se lava sobre las piedras.
¿Te imaginas Yohel, un peluche cayendo por el puente del río Papagayo?
Lo mismo pensé; por lo demás, feliz Día del Niño.

La grulla

La grulla

I. Por ejemplo, una grulla de papel o un avión son trabajos típicos de papiroflexia

Muchas veces he pensado que la tensión de mi biografía es una especie de doblez, una papiroflexia que hace que Chihuahua, al plegarse, roce lo expansivo de las costas de Guerrero. En mí, donde nada ha sucedido aún, busco la montaña; y así como entiendo el desierto, pienso también, inevitablemente, en el mar.
Es, sobre todo, a estas horas, cuando por fin el invierno comienza a retirarse, que esa geografía escindida desea resolverse en una pregunta: ¿hacia dónde queda el agua y qué tanto se le debe? Digo lo de la primavera porque es entonces cuando aquí puedo ver de nuevo cómo todo se inicia: los campos se deshacen de la bruma y de la nieve, y empiezan a brotar, seguros de sí, pequeños animales, cuerpos diminutos que se asientan, como si ensayaran su lugar, bajo la sombra de árboles recientes.
Alguna vez me dijeron, casi como reproche, que yo solo escribía lo que me pasaba al caminar. Lo tomé como un acierto: pensar el movimiento es, en el fondo, lo único que hago. Soy un ser humano sin oriente, a propósito, así que cada deformación del paisaje para mí sucede como un acontecimiento.
A veces me gusta pensar que las veredas que persigo son las mismas prisas que dejan los venados cuando van a beber agua o a comer la hierba. En todas direcciones entonces. Así que a pesar de haber iniciado este texto diciendo que mi biografía tiene líneas y correspondencias muy claras, prefiero mejor pensarla como una hoja que se arruga adentro de una mano.
¿Lo han visto alguna vez?
Es más, lo haré en seguida con esta misma hoja.
Miren, en mi mano el pliego se redujo a la gracia de una ciruela seca.
Ya no hay líneas estilizadas, ya no hay figura con nombre y eje definido. Parece así de pronto la superficie yendo de un mar salado y a la vez, la tierra que dejan los deslaves de cualquier montaña en la planicie.
Una simple bola de papel donde todos sus horizontes se multiplican porque se tocan.
Aparecen arrugas que forman crestas y valles.
¿Cómo se llama este lugar?

II. No sabemos cuál es el río que Heráclito de Éfeso habría mirado para formular su idea

Hace unos días leí un texto del ensayista y traductor norteamericano Guy Davenport, que entendió la literatura, la historia y el arte como un sistema de correspondencias no inmediatas, sino necesarias para volverse legibles entre sí. En La geografía de la imaginación, Davenport se detiene en Heráclito y, antes que nada, cuestiona una lectura bastante establecida, la idea de que cuando afirma que todo fluye nos está exhortando a aprovechar el instante.
Para Davenport, el gesto es otro: Heráclito no propone una ética de la urgencia, sino una forma de atención. Lo que está en juego no es el instante, sino el ritmo, es decir, el modo en que cada cosa acontece según su propia cadencia. Cada cosa, entonces, tiene su modo de aparecer: la siesta de un perro, la procesión de los equinoccios, las danzas de Lidia.
A partir de esa atención al ritmo, Davenport piensa la imaginación. La imaginación es, como todo lo que existe en el tiempo, metamórfica, pero no por ello desarraigada, también está inscrita en una geografía. Es decir, no cambia en el vacío, sino desde un lugar.

III. El brazo amputado de Álvaro Obregón fue el brazo derecho.

Cuando tenía 26 años y vivía en la Ciudad de México, había tardes en las que, después de terminar mi turno de mesero en una fonda de Copilco, iba al café del último piso de la librería del Fondo de Cultura Económica. Me compraba un americano de 16 pesos, tomaba un libro y me sentaba como si aquello fuera una especie de biblioteca personal.
Recuerdo especialmente la época en que leía El lugar, parte de una trilogía involuntaria del escritor uruguayo Mario Levrero. El relato sigue a un personaje que se desplaza dentro de un espacio extraño, como si recorriera una casa inmensa o un laberinto. Cada habitación conduce a otra, sin que haya nunca una salida clara. Avanza, atraviesa puertas que no terminan de cerrarse, desciende, reaparece en otros espacios, y el conjunto nunca llega a explicarse del todo.
A veces mientras estaba leyendo me distraía con las conversaciones de gentes con gafas, a veces también con pantalones de vestir, que hablaban de cualquier cosa, como si cualquier cosa fuera importante. Luego salía a la calle y le pedía prestado su encendedor al hombre del puesto ambulante de libros sobre Miguel Ángel de Quevedo. Los autobuses pasaban llenos y las personas entrando y saliendo del metro nunca me decían sus nombres.
Yo siempre regresaba caminando a mi habitación.
En algún momento de ese marzo terminé otro libro de Levrero: El discurso vacío. En ese libro, en su prólogo fechado en diciembre de 1989, está escrito lo siguiente, Aquello que aparece porque sí, brilla un instante y luego se va por años y años.
Después de leer esa frase, me fui a esperar a un amigo en las escaleras del monumento a Álvaro Obregón, en La Bombilla. Mientras llegaba, presencié un partido de futbol callejero sobre la explanada y a unas niñas practicando patinaje en el asfalto.
Cuando mi amigo llegó, le platiqué de la frase de Levrero. Él me dijo dos cosas, la primera fue que en ese monumento había estado el brazo que Obregón perdió en la batalla de Celaya, aunque ahora ya nadie sabe exactamente dónde está. Después me preguntó si ya había leído la Entrevista imaginaria con Mario Levrero por Mario Levrero.
Hasta hace unas semanas no la había leído. En ella, el escritor de Montevideo dice La imaginación es un instrumento; un instrumento de conocimiento.

IV. Ayer, por ejemplo, estaba en clase

El profesor David hablaba de cuando las aves vuelan en parvada por diez minutos, prolongando unas formas aéreas que nos obligan a revisar nuestras nociones de acuerdo y coreografía.
Un ave solitaria indaga en saltos las condiciones de una rama. Y de la nada, en la urgencia de la luz en cada tarde, esa misma ave se entrega a un vuelo compartido y sincronizado. Una ventisca donde ya no se trata de una suma de individuos, sino de una sola configuración en acto. Un cuerpo más amplio que se compone en el aire. Un único signo donde cada batir de alas pertenece a una misma potencia que se despliega. Como si por un momento lo viviente encontrara una forma más intensa de existir.
Entonces terminó la clase y salí queriendo encontrarme a esos pájaros que me demostraran la ética de los cuerpos. Sin embargo, el día estaba vacío de signos, pasaban algunos autos, y algunos hombres caminaban sin voltear a ver a nadie.
En un momento del camino apareció un muro cubierto de pequeños rayones de gis. El ala, la ceja y el ala se repetían en decenas a lo largo de una pared bajo un puente. Los trazos organizados, yo juraba que eran los mares y sus migraciones. Lo tomé como un presagio y regresé a casa a terminar la tarea.
En mi casa, antes de dormirme, recordé un dibujo muy viejo que alguna vez hice con mi madre. Ella había usado acuarelas para mostrarme el mar, y yo, en la otra mitad de la cartulina, había decidido dibujar un bosque con montañas.
Al final, doblé la hoja y la metí en mi mochila, sin esperar a que la pintura terminara de secarse. Los colores de una cara y otra se mezclaron y la superficie acabó siendo una sola, donde lo único que se distinguía era el nombre de mi madre junto al mío, como firma del dibujo.

V. Casa

En alguna de mis mudanzas mi idea de casa fue desdibujada para siempre.
Pienso, claro, en la casa de mis padres, en el lugar donde jugué de niño y donde vi morir a mis primeros animales. Pero cuando pienso en regresar, no pienso en volver ahí. ¿Dónde está mi casa?, me pregunto ahora, hoy, justo cuando sé que estoy a punto de mudarme otra vez, como si cada desplazamiento no hiciera sino desviar también la respuesta.

VI. Ahora la grulla reposa sobre mi librero

En unas semanas termino mi trabajo en esta parte del Midwest. Cuando llegué aquí tenía el cabello más corto, había guerras diferentes y pensaba que mi país estaba más cerca. El invierno me ha parecido un hueco enorme que se horada con palabras que no entiendo. Cuando llegué a esta ciudad mi escritorio estaba vacío y no tenía cortinas en las ventanas, ahora no me gusta que me miren y en la mesa se acumulan las cosas que he dicho que leeré pronto.
Juro que he deseado ser una persona, pero a veces me seduce la idea del musgo que crece a lo largo de los ríos cuando el clima es agradable.
Me preguntan por la comida de mi país, por la gente de mi país, por los años de mi país, y yo apenas contesto cosas simples, como que la mesa no era grande pero siempre había que comer, que algunos de mis vecinos con los que crecí tomaron las armas y no regresaron y que no soy bueno para las fechas.
Así que voy por estos lugares, siendo extranjero, enseñándole mi lengua a gentes extrañas que a veces me sonríen cuando aprenden a decir una palabra nueva. He pensado en el mar a diario, aunque supongo que es porque el hielo de los ríos ya dejó de juntarse.
Voy, me divierto cuando puedo. Saludo, pero sin regresar la vista del todo, escucho las noticias, hago notas en los márgenes de mis libros, y algunos días me conmuevo al leer que todo ya estaba completo desde antes de que yo lo mirara.
Hoy, por ejemplo, al terminar de dar clases de español, me di cuenta de que, sobre la butaca de mi alumno más distraído, reposaba una grulla hecha con el papel azul de la última tarea.
Guardé la grulla en medio de un libro.
El mundo es azul en sus extremos y en sus profundidades, dice Rebecca Solnit en su guía sobre el arte de perderse.
Afuera la tarde se acumula tan azul en sus orillas.
Abro una vez más el libro de Solnit.
Renglones más adelante habla del azul del sueño. La grulla, por lo mientras, reposa cerca del teclado, lista para devorar. Mis dedos son peces hirviendo en el agua de una hoja.

 

Los pelícanos

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Este día los pelícanos se han reunido debajo del puente.
Pescan, es decir, compiten por el pez. Lo roban. Sus ojos en el ocurrir del río. Elegantes para discernir al bagre en la caída del agua, yo apenas sé de mi reflejo.
No soy pelícano ¿Qué se necesita para serlo?
Ha comenzado a cambiar el clima. Es la última primavera que pasaré en Iowa. El sol ahora se mantiene más tiempo sobre el medio oeste. Me he vuelto un observador, paso mis días persiguiendo luces sobre mi mano o sobre las patas de los animales. Antes miraba, es verdad, pero ahora los colores me permiten.
¿Por qué se llaman pelícanos?
Un anciano camina, las maderas del puente suenan y un gorro cubre su cabello canoso.
¿Les dirán pelícanos porque tienen el pelo blanco?
El hombre se detiene igual que yo a mirar las aves en su banquete.
Pelicanus, que a su vez viene del griego pelekanos, que a su vez se relaciona con el término pélekys que significa hacha.
¿Cómo es el pico de un pelícano?
El pico grande y fuerte del pelícano recuerda la forma o la fuerza de un hacha.
El hombre fotografía a las aves comiendo, yo hago lo mismo. Aunque a veces me distraigo y en algunas partes de la orilla de este río aún hay nieve y el sol del medio oeste también cae en el agua como una esfera vacía y, de tan vacía que cae, hueca como diente de niño, se asemeja a un ojo de pez mirando la superficie.
En las representaciones medievales el pelícano aparece abriéndose el pecho con el pico para alimentar con su sangre a sus crías.
El hombre enciende un cigarro.
Deja de indagar en la escena debajo del puente. Exhala el humo. Así como llegó a mi vida su silueta, así el día continúa. Una madre y su hijo dan un paseo.
La madre le protege los ojos del sol con la mano, pero el niño rechaza el gesto y se acerca al barandal del puente.
Estira su dedo. Señala y cuenta.
Le dice a su madre que son más de 10000.
Y los 10000 pelícanos zambullen su pico para reprimir a la trucha sin nunca despegar las alas de su costado. Antes de dirigirme hacia los árboles altos del parque, quiero tomar una última fotografía. En ella deseo que aparezca el puente y una porción de la escena de los pelícanos.
El exceso de claridad del día hace que mi foto instantánea se revele como un hueco que se ilumina desde el interior como si alguien hubiera prendido un foco adentro de un ropero.
Sin embargo, en una esquina, la última esquina de esa imagen, se puede percibir la figura, casi el relato nocturno de una madre y su hijo que caminan hacia mí.

Madisoniana

Decido acostarme un momento. Abro la llave hasta el agua caliente. Mi cuerpo comienza a relajarse entre más va subiendo el nivel en la tina. Cuando ya estoy cubierto, cuando ya solo alcanzo a ver la punta de mis rodillas como dos islas despobladas y cercanas, cierro la llave y siento que es buena idea meditar. Al inicio, no entiendo muy bien qué es lo que estoy buscando. Repaso con prisa mis nociones sobre la meditación, sin embargo, pronto me doy cuenta que lo único que sé de la meditación son unas genéricas instrucciones que escuché en algún programa de yoga un terrible domingo por la mañana.
Soy un cuerpo acostado en una ciénaga. Sin método, sin la práctica de manos adecuada. No un silencio en favor de otro, ni mucho menos cuál debe ser la geometría de mis pulmones. ¿Robustos con su sobrio volumen hecho de aire, o vacíos, prófugos?
Abandono la meditación. En realidad, lo que estoy ensayando es la idea del descanso. Me concentro y busco evadir las olas de imágenes de las últimas 48 horas que he pasado en esta ciudad rodeada por lagos. A veces creo tener el control, y mi atención se dirige a la gotera tan liviana que ha dejado la llave del lavabo. Pero unos segundos después recuerdo mi caminata de ayer alrededor del lago Mendota.
El clima había concedido un día soleado, los estudiantes salían con los suéteres amarrados a la cintura y de los árboles pendían cientos de aretes como gotas puras por donde se filtraba el sol de primavera.
Me concentro una vez más.
Escucho al huésped del cuarto contiguo toser. Su tos es agresiva. Cada vez que llega su estruendo, la oscuridad pareja de mis ojos cerrados centellea como un pequeño fuego artificial.
Por fin pausa la tos.
Esta vez creo que podré relajarme, que por fin seré yo y la palma de esta agua nada más. Adentro de mis ojos no hay nada. Entonces, primero aparecen dos manos como dos anzuelos flotando plateados sobre un mar oscurecido. Los dedos comienzan a engancharse. Comienzan a formar bucles iguales con una cuerda. Las manos trabajan en espejo, mantienen la simetría mientras preparan el nudo.
El instructor se vuelve a colocar frente a la cámara con la cuerda entre las manos.
Miren bien, no apuren el nudo… Los dos bucles tienen que quedar del mismo largo… Este es un nudo de pesca. Se llama pata de gato…
El hombre Scout con una barba prominente recuerda a la vida de cualquier pescador.
El programa de televisión de anoche ahora se comienza a combinar con partes del recorrido de ayer, la escena se despliega hasta el momento donde tomé una foto de unos caminantes sobre el muelle. En el momento previo a la imagen, yo tenía las siluetas de las sombras y las boyas bastante realizadas, pero al tomarla, en mi imagen apenas la insinuación despintada de la luz sobre la costa del lago.
No sé si lo que me hace abrir los ojos es no poder recordar donde quedó esa foto o que alguien está tocando la puerta. Vienen a limpiar la habitación.
Salgo de la tina, los espejos están completamente empañados, y grito que más tarde, que no necesito toallas, que thank you so much.
La tina, ahora hueca de mi, recupera su signo horizontal. Me alisto, no me di cuenta de la hora y tengo que salir pronto del hotel. Los edificios vecinos a mi ventana crecen sin mucho esfuerzo, pero por en medio de unos alcanzo a ver una manera del lago.
Agarro mi libreta, tomo la cámara. Al revisar que mi pasaporte siga en su sitio, la fotografía del muelle cae al suelo.
Guardo todo en mi mochila. En el pasillo encuentro a la persona que acomoda las habitaciones. Me pregunta que si ya voy a desocupar la habitación, intercambiamos varias oraciones más hasta que ella me pregunta si hablo español. Hablamos en español, me recomienda un lugar de comida mexicana, al esperar por el elevador me miro en el espejo del pasillo. Me da la sensación de entender por qué este día y no otro, pero llega el elevador y con él, un grupo de adolescentes con uniformes deportivos.
Salgo del hotel, me miro de reojo en las ventanas de un auto. De nuevo, la sensación de saber por qué este día y no otro aparece en mi mente desocupada. Cruzo la avenida, por la calle camina un hombre con una barba muy seria, sin embargo, no me hace pensar en ningún pescador. Escucho a unas mujeres hablar italiano detrás de mí y en la siguiente esquina escucho a unas mujeres hablar en una lengua eslava. Desde ahí alcanzo a escuchar mejor el rumor del lago. Los botes y lanchas están cubiertos aún con sus lonas para cuidarse de la nieve.
Vuelvo a mirarme una vez más en un ventanal. Recuerdo mi baño en la tina. Recuerdo que por un momento de mi ducha, uno de los pensamientos que tuve era querer fotografiarme desnudo. Aunque no hay nadie cerca de mí, me avergüenzo de mi idea y dejo de elaborarla. Lo que en realidad me detiene es que justo cerca de la orilla de lago, un pelícano como un barquito de papel en una palangana disfruta del agua recién descongelada.
Esta vez no tomo ninguna fotografía.

La ballena

Muchas ballenas, especialmente las que se alimentan de kril o peces pequeños, empujan a sus presas hacia la superficie formando concentraciones densas, lo que se conoce como bait ball. Aves marinas como los pelícanos aprovechan esa acumulación de peces para alimentarse con menor esfuerzo.
En 1941, Alfonso Reyes recibe un doctorado honoris causa por la Universidad de California en Berkeley. Lo relevante no es la distinción, ni el hecho de ser el primer latinoamericano en obtenerla en esa universidad, como el propio Reyes sugiere, ni el entramado de relaciones diplomáticas y académicas que atraviesan su estancia, sino el trayecto en automóvil desde la Ciudad de México hasta California, que realiza en aproximadamente cuatro días y medio de ida y otro tanto de vuelta, en su Buick, acompañado por su chofer, el vestido de pachuco, Germán, y también por su hijo reumático, condición que el texto insiste en registrar en cada párrafo.
Reyes, en algún momento, tiene que comprar un traje porque descubre que, por las prisas de la salida, no empacó sus pantalones que acompañaban su saco gris para la ceremonia en que recibiría el honoris. En Berkeley recorre varias tiendas sin mucho éxito. Dice, o más bien se describe, como de “talla extravagante”, señalando que las medidas estándar norteamericanas no están hechas para su cuerpo. Y yo imagino a Alfonso Reyes caminando por debajo del rumor californiano, resolviendo la medida de su cuerpo sin desatender su recortadísimo bigote.
La crónica continúa. Su Berkeleyana me produce una complicidad: Reyes visita este país extraño y se sorprende de los brebajes hechos de zanahoria, que le ofrecen unas muchachas vestidas como de ballet en un café al borde de la carretera. También le llama la atención que en las comidas no dan postre y que la cerveza californiana es menor en comparación con nuestra heroica cerveza nacional. Durante el viaje, Reyes cumple 52 años y en una de las últimas partes de la crónica anota esta impresión: “Por la tarde, a las 6 p. m., Morley nos lleva a la Cliff House, donde cenamos frente al mar, a la vista de pelícanos y focas, que son la atracción de la casa.”
El piloto del avión hace sonar el timbre de abrochar el cinturón y comienza a avisar que estamos a minutos del aterrizaje en el aeropuerto de Iowa. Detengo mi lectura de Reyes. Está atardeciendo y husmeo por la ventana para saber si distingo el río donde vi a los pelícanos días antes de mi viaje a la ciudad de Madison. Los ríos de Iowa son plateados sobre la llanura seca en esta hora del año.
Una madre regaña a sus dos hijos para que detengan su pelea, y ya en su acuerdo de paz comienzan a jugar con un peluche. Se termina de oscurecer el Midwest. Ahora una ballena exhibe su salto encima de la cabecera de los asientos A19 y B19.
La ballena emerge y revienta la cola contra la cabeza de uno de los hermanos.
Las palmas de uno de los niños se mueven alrededor del peluche, aletean y esperan el siguiente salto de gran cetáceo del Midwest.
Salta una vez más, la ola que suelta el animal es alta y espanta a las aves y a las manos.
El estruendo del aterrizaje es pura coincidencia.

Aleta

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

(Segunda parte)

Hans: Y entonces, ¿qué miras ahora?
R: Un día, mientras caminaba al salir del trabajo, encontré un cuaderno, como un sketchbook, humedecido por la nieve. En una de las páginas había una mano. Ya sabes, la clásica mano que traza un niño cuando está aprendiendo a agarrar los lápices. No pude evitar poner mi mano sobre la mano del dibujo.
No recuerdo realmente la primera vez que dibujé la silueta de mi mano; seguramente fue con la ayuda de mi madre.
De casualidad llevaba la cámara en mi mochila y tomé una fotografía. Utilicé mi sombra para dibujar la silueta de mi mano sobre el papel.
Es el tipo de cosas que miro ahora. Paso demasiado tiempo viendo el suelo. Y no sé. No entiendo muy bien la luz de esta ciudad. Creo que es culpa del invierno.
Hans: Yo tampoco recuerdo cuándo dibujé mi mano por primera vez, pero sí recuerdo cuando Janelle ayudó a nuestro pequeño hijo a dibujar la suya por primera vez. Elliot estaba muy contento ese día. Bueno, pero ¿quién no es ruidoso y feliz a los tres años? Y le pidió a su madre que le pegara la hoja en el pecho. Al principio no entendíamos qué estaba haciendo, pensábamos que quería ser como un superhéroe, o como algún personaje de una caricatura.
Ese día llegaron unos amigos a la casa. Elliot estuvo increíble. Fingía, y nos hacía fingir que tenía tres manos. Obviamente detuvimos la farsa cuando llegó la hora de la cena, se llenó la ropa de salsa de tomate, nosotros nos reímos, bueno al principio no, luego nunca dejamos de pensar en eso.
Enmarcamos ese dibujo lleno de salsa marinara y lo tenemos colgado en la sala de nuestra casa en Vermont. Siempre me ha resultado increíble cómo ese dibujo me hace recordar mejor a mi hijo que cualquiera de las otras fotografías que le tomamos cuando era pequeño.
¿Por qué crees que pasa eso?
R: La verdad es que no lo tengo muy claro. Mi primera intuición sería decir que lo que pasa es que ese dibujo tiene más información que la que tiene una fotografía. Por ejemplo, siento que una fotografía muestra cómo se veía algo en un momento determinado. Fija la apariencia. Pero el dibujo de Elliot, ese dibujo manchado, contiene la presión de su mano, el cuerpo inclinado sobre la mesa, el juego, la risa, incluso el accidente, el olor a salsa de tomate. En ese sentido, pues, no es únicamente una representación, es el resultado físico de haber estado ahí.
Aunque claro, aquí tendríamos que discutir primero qué entendemos por fotografía. Porque habrá quien diga, y no sin bastante razón, que la fotografía tiene una potencia muy específica que el dibujo no tiene. Ya sabes, alguien como quien… bueno claro, por supuesto, Barthes, por ejemplo, él diría que la fotografía no solo muestra algo, sino que certifica que eso estuvo allí, que la luz que tocó el cuerpo tocó también la película. En ese sentido, la fotografía también sería un resto, una inscripción material de lo que ocurre.
Hans: Claro, entonces tendríamos que admitir que la fotografía también es un objeto, ¿no? También envejece, también puede ser arqueológica. Aunque, bueno, no sé si eso les pase a las fotografías digitales.
R: Siendo mucho más simple, pienso que no es que el dibujo haga recordar mejor que las fotografías. Es que las fotos te enseñan cómo era tu hijo. El dibujo te devuelve algo más difícil de nombrar, el hecho de que estabas con él. Y hay una diferencia enorme entre ver algo… y haber estado ahí. Aunque, bueno… regresaríamos de nuevo en círculos con que si tomaste la foto es porque estuviste ahí, y así hasta que esto se vuelva un espiral.
Hans: Un resorte.
R: Sí, un resorte enorme, acompañado de otros resortes enormes.
Hans: Que sostienen un trampolín.
R: Un colchón.
Hans: Claro, un colchón donde Elliot salta una y otra vez porque no puede quedarse dormido, porque los adultos están discutiendo sobre la importancia de ver salsa de tomate sobre una superficie.
R: Bueno, esa siempre es una discusión. La salsa de tomate no se quita tan fácil.
Hans: A propósito de la salsa de tomate, ¿te molesta si como algo mientras hablamos? Te lo pregunto porque puede que entre una palabra y otra tenga la boca llena de pan y sardinas.
R: Para nada, no me molesta. ¿A ti te molesta si me como algo también?
Hans: Por Dios, qué amable es todo el mundo. Ya comamos. Entonces, pensando en Elliot, una vez me hizo una pregunta que no sé si puedas responder. Yo nunca he podido.
R: Bueno, ¿y por qué crees que yo podría?
Hans: Bueno, no sé si podrás, pero por eso te invitamos a este número.
R: Es justo.
Hans: Cuando Elliot tenía siete años y caminábamos por un parque, tuvimos que pasar por debajo de un puente. Debajo de ese puente había otro hombre con su hija. Tenían gises y estaban dibujando en la pared. Eran dibujos de animales. Entonces Elliot me preguntó por qué a la gente le gusta escribir su nombre en las paredes. Por qué a las personas les gusta dibujar en todos lados.
Le dije, sin pensarlo mucho, que era divertido, y dejó de preguntarme. Más bien estoy agradecido con el otro padre, porque le regaló un pedazo de tiza a Elliot y se puso a dibujar, deteniendo su interrogatorio. Después de eso, nos fuimos a los columpios y él se balanceaba con las manos llenas de tiza y yo, en cambio, seguía pensando en sus preguntas.
Digo, claro, Elliot tenía siete. Él ya estaba en otra cosa después de ponerme en semejante aprieto… pero yo, que en ese entonces no tenía ni barba, creo que en ese momento me la empecé a dejar crecer, no podía dejar de pensar en eso. ¿Por qué hacemos dibujos? ¿Por qué hacemos arte? ¿Por qué hacemos música? ¿Por qué hacemos cosas?
¿Por qué?
R: Hans, pues porque es divertido, ¿no? Lamento informarte que tienes razón.
Hans: Vamos, eres un tramposo, pero es cierto, qué divertido es.
R: Es decir… hay una alegría en el hacer, supongo. No necesariamente solo lo lúdico de usar una tiza para rayar una banqueta, aunque también eso. Ver que algo aparezca donde antes no había nada.
Hans: Aunque eso suena a que le tenemos miedo al vacío, ¿no?
R: Más que miedo, lo pienso como incomodidad.
Hans: ¿Qué entiendes tú por incomodidad? Cuando escucho esa palabra siempre pienso en algo corporal. En unos pantalones incómodos, o en un asiento de avión incómodo que casi siempre pasa porque a mí nunca me caben las piernas en ningún asiento, o en una silla incómoda.
R: Tomando tus ejemplos, creo que, en realidad, estamos atendiendo lo mismo, que no es nada más que esa sensación de no terminar de entender un espacio. La incomodidad no siempre viene de que falte espacio. A veces, viene de que hay demasiado. Como una explanada inmensa donde no sabes dónde pararte.
Hans: Creo que te sigo… Dirías entonces que cuando hacemos algo, pintar, la música, escribir, no estamos llenando ningún vacío, sino moviéndonos un poco dentro de él, como acomodándonos. Y ese espacio, en el fondo, es el mundo. Pero, mira, esto me está haciendo pensar que ¿y si no estamos tratando de resolver la incomodidad?, ¿y si más bien lo que hacemos al dibujar, al escribir el nombre en una pared, al hacer música, es simplemente recordar que esa incomodidad existe?
R: Eso puede ser una muy buena posibilidad, que utilicemos todas nuestras expresiones para reconfigurarnos una y otra vez en la naturaleza que nosotros mismos habitamos. Y supongo que eso tiene sentido porque, en realidad, el mundo está todo el tiempo en movimiento. Supongo que crear es una forma de seguirle el paso a ese movimiento.
Pero, de nuevo, creo que la respuesta que le diste a Elliot es la que más me convence.
Es divertido.
Hans: Bueno, pero el mundo se mueve muy rápido.
R: Sí, pero nuestra imaginación también.
Hans: Es como jugar a los policías y ladrones.
R: Es más bien como jugar a los ladrones y ladrones.
Hans: Todos pierden.
R: O todos ganan.
Hans: ¿Cuándo fue la última vez que robaste algo?
R: No voy a confesar algo así en un texto.
Hans: Acabas de confesar el crimen. Pero me refería metafóricamente.
R: Yo contesté también metafóricamente. Bueno, pero si sigo por ahí, diría que ahorita mismo, hace unos minutos.
Hans: ¿Qué tipos de cosas se pueden decir en un texto, por ejemplo, en un ensayo, que no puedas decir en un poema?
R: Voy a responder esquivando la pregunta y utilizando a una escritora argentina que se llama María Negroni. El verano pasado, cuando estaba tratando de entender qué tipo de textos son los que hago, llegué a un libro suyo que se llama El arte del error. Al inicio, en el prólogo, en el momento más temprano del libro, ella describe uno de los malentendidos más viejos que hay en la literatura. Dice que es el que se empeña en clasificar las obras en categorías, géneros y escuelas. Y ella desplaza ese malentendido de una manera que a mí me conmueve bastante y propone que, en realidad, la literatura se trata de aventuras espirituales, de asaltos y de expediciones dificilísimas.
No quiero sonar tremendamente flojo o inmediato, pero creo que no puedo sobreponerme al lugar común. Coincido, convivo con la idea de que la literatura, al final, que los textos al final responden a la necesidad del tópico más viejo, el más antiguo y, por lo tanto, más necesario, al menos en Occidente, que es el viaje. Solo se trata de eso.
El viaje.
A mí, sobre todo, me gusta caminar.
Hans: Bueno, como te darás cuenta, yo aquí no puedo caminar cuidando este faro. Así que, antes de terminar nuestra conversación, cuéntame, ¿cuál fue la última gran caminata que hiciste?
R: Bueno, dar los detalles de esa última caminata me tomaría bastante relatarla con justicia. Pero puedo contarte la última que hice, que fue justo hoy por la mañana. Acababa de dar clases. No hacía tanto frío. No hacía tanto frío que el río se había descongelado. A mí me gusta caminar escuchando música. Escuchaba uno de mis álbumes favoritos y me di cuenta de que la primera vez que lo escuché ocurrió hace exactamente 18 años.
Me sentí amedrentado por la cantidad de tiempo. Pero esa sensación se fue yendo porque recordé que también esa ocasión yo estaba caminando junto al agua. Y me enternecí, porque la música me permitió imaginarme con tal nitidez siendo un adolescente y yendo al mar de la ciudad donde crecí que, por un momento, ese mar se superpuso con el río de la ciudad donde ahora vivo.
Y al menos durante los minutos que duraba el álbum, dos geografías completamente irresolubles tuvieron sentido.
Y creo que un poco nuestra conversación me hizo entender algo sobre acomodarse mejor en el espacio.
Algo así.
Muchas gracias por la invitación.

 

Aleta

(Primera parte)

La siguiente entrevista forma parte de un dossier convocado por la revista Aleta del Department of Comparative Water Studies de Great Northern University, en el norte del estado de Minnesota. El número de la revista está dedicado a la observación prolongada de cuerpos de agua y a su relación con el arte: escritura, fotografía y prácticas de registro.
El entrevistador se llama Hans Rowan. Es el director de la revista y, según sus palabras, además de coordinar esta publicación, trabaja encendiendo y apagando la luz de un faro en una región del lago Michigan. Durante el invierno vigila la costa y registra cambios en la visibilidad cuando el lago comienza a congelarse. La entrevista es por videollamada. Lleva un suéter grueso y una camisa abotonada hasta el cuello. Tiene bastante barba y, mientras habla, pienso en Ernest Hemingway, sobre todo, en aquella fotografía que le tomó la revista Life en 1959, donde aparece pateando una lata de cerveza con montañas detrás.
En un momento gira la computadora portátil para mostrarme el interior del faro: una escalera metálica en espiral, un cuadro de una palmera y una pequeña grabadora en la orilla de la ventana. La foto de la palmera, me dice, la tomó él mismo en la isla de Napuka.
La entrevista fue realizada a finales de enero. Sin embargo, el dossier no llegó a publicarse. Este mismo año la publicación perdió el financiamiento que sostenía su impresión.
Con el permiso de la redacción de la revista Aleta y, sobre todo, de Hans, la comparto aquí parcialmente.
*
Hans: Perdón, siempre olvido que la cámara hace más gorda la cara. Gracias por conectarte. Mira, esta cuchara la encontré aquí hace años. No sé de quién era. La uso para el café. Mira, ves, tiene forma de pez, qué apropiado para este sitio.
Bueno, lo primero que quiero saber es cómo vives cuando nadie te está mirando. Espera, o mejor dicho, cuando estás solo en casa, ¿prefieres dejar las luces encendidas o te mueves en la oscuridad?
R: Creo que no me gusta tener las luces encendidas en mi casa. Me gusta cuidar la iluminación de mi espacio de trabajo, pero casi siempre estoy a oscuras. Recuerdo que cuando era niño y se iba la luz, una de las cosas que más disfrutaba era ver cómo los cerros quedaban completamente oscuros y, aun así, distinguir algunas embarcaciones iluminadas en la bahía. Claro, primero pensaba en luciérnagas, pero después, en realidad, pensaba en esos navegantes. Supongo que debían sentirse aún más dentro del abismo del agua al estar completamente atravesados por la oscuridad de la tierra y la del mar. Aunque, bueno, yo no lo sé. Nunca he sido navegante.
Hans: Me gusta esa anotación sobre el abismo, pero te puedo asegurar que el navegante no piensa en eso. Piensa en la dirección, en la velocidad y en si el motor responde. El abismo es algo que vemos desde tierra. Me gusta que no hayas sido navegante porque si lo fueras, quizá hablarías distinto, y ahorita hablas desde la orilla.
Me hiciste pensar en las luciérnagas, hace mucho que no veo una. ¿Sabías que la luz de las luciérnagas no es solo una señal, sino el resultado de una reacción química? Además, la palabra “luciérnaga” viene de lucerna, que significa antorcha.
¿Te incomodan los insectos o te detienes a mirarlos?
R: No diría que todos los insectos me emocionan, el reflejo de la ponzoña de algunos, sobre todo arañas o alacranes me ha llegado a sacar un buen susto. Pero, aun así, creo que lo que más me gusta es su anatomía. La disfruto por lo extraño que son sus cuerpos. Sin embargo, no los toco, no los atrapo, pero respondiendo a tu pregunta, sí me acerco, me gusta grabarlos. Tengo muchos videos de insectos en distintas situaciones. Podría hacer una pequeña película de sus pequeñas vidas, pero ahora que lo estoy diciendo en voz alta ya no sé si lo que me gusta es la forma de sus cuerpos o la manera en que viven, porque supongo que con esos cuerpos y con ese tamaño, el mundo que experimentan es tan distinto al nuestro que siento que mi complexión de humano es bastante aburrida.
Hans: Bueno, los cuerpos humanos no son tan aburridos después de un tiempo en un faro, déjame contarte.
Me interesó que dijeras “podría ser una pequeña película”. ¿Cómo llamarías a esa película? Cuando grabas esos insectos, ¿vuelves a ver los videos después? Yo tengo grabaciones del sonido del hielo partiéndose en primavera, pero casi nunca las escucho.
R: Creo que paso demasiado tiempo curando la galería de mis videos y fotos en el celular. Tengo documentados muchos tipos de movimientos, no solo de insectos, sino de plantas, de gente caminando, de árboles dejando pasar la luz o, en realidad, bloqueándola sobre mi sombra. Tengo varios favoritos en los que estoy en el transporte público, en el metro, en alguna ciudad, y la luz que entra por la ventana hace que mi silueta se vaya desplazando por el pasillo del vagón. Creo que dedicarme a grabar me ha vuelto más atento en la escritura. Y el título, no sé qué título le pondría a una película así… es más, ¿quién vería una película así?
Hans: ¿Qué tal “La cascada”?
R: ¿La cascada? ¿Por qué “La cascada”?
Hans: No lo sé. Recordé lo último que me produjo una gran impresión.
R: ¿Qué cascada fue?
Hans: Fue en Yosemite Falls. Mi esposa tenía trabajo de campo. Estudia comunidades de líquenes. Ya sé, ya sé, vaya pareja de locos, ella en el micelio y yo en el centro de un lago… pero dice que las cascadas son como ciudades verticales.
Ese día, recuerdo que ella estaba tomando muestras cerca de la base. La bruma lo cubría todo. Yo me quedé un poco más atrás. Luego solo grabé el sonido de la caída. No se oye igual cuando estás cerca que cuando estás a veinte metros.
Pero, a todo esto, dijiste que lo visual te ha ayudado en tu trabajo en la escritura, ¿cómo funciona una disposición frente a la otra?
R: Pienso, por ejemplo, en la diferencia entre la pintura y el relato. La pintura se dedica a representar algo que está acaeciendo. La historia, en cambio, es el relato de algo que ya aconteció. En ese sentido, la relación directa con el mirar, con ese mirar que me dispone en el acto de estar grabando, con la atención constante hacia el movimiento, me sitúa siempre en un presente. Y eso me ha vuelto un observador no profesional, como tú, pero un observador, al fin y al cabo.
El ejercicio de esa destreza me ha ayudado a entender que lo que me interesa a mí del lenguaje tiene que ver con el movimiento. El lenguaje, al final, es ritmo. Es decir, la música que es el presente y, si es un presente, es algo vivo. Bueno, pero para ser justos, no estoy comparando mis videos con la pintura. Lo que sí creo que está en juego en ambos gestos es la imagen. Y la imagen lleva consigo la pregunta por el presente.
Hans: Aquí en el lago, por ejemplo, te puedo decir que la imagen casi nunca es espectacular. El lago hoy se parece al de ayer y, así, semana tras semana, hasta la primavera. Pero si uno mira con suficiente atención, el gris cambia y bastante. Si la imagen lleva la pregunta por el presente, como tú dices, entonces mirar no es capturar algo, ¿no?, sería entonces como comprobar qué está ocurriendo.
R: Exacto, pero también diría que más que comprobar, se trata de dejarse afectar. No es verificar que algo ocurre, sino permitir que eso que ocurre modifique algo en ti. La diferencia solo aparece cuando uno logra ser afectado por ella. Y en la vida cotidiana eso es difícil. Por ejemplo, lo que dices del lago siendo el mismo lago. A mí me parecería extraordinario estar ahí, pero para ti, que llevas itinerarios larguísimos de vigilancia en ese sitio, debe haber momentos en los que todo se vuelve homogéneo e insistes en encontrar la diferencia con tus observaciones.
Para mí, mirar es justo esa afrenta contra esa homogeneización de la sensibilidad. Porque siempre hay una variación mínima que se sobrepone a nuestra falta de atención. Pero eso no ocurre solo. Requiere una búsqueda. El mundo está aconteciendo todo el tiempo…
Hans: …eso ya es toda una teoría.
R: …pero nosotros no siempre estamos disponibles para ese acontecimiento. Bueno, pero tampoco quiero sonar exagerado, como si nadie mirara ya y solo hubiera unos cuantos privilegiados de los ojos. Creo que todos tenemos momentos en los que nos dejamos afectar por algo mínimo. Quizá lo que pasa es que esos gestos de atención son más silenciosos que la inercia que los contradice.
Hans: Cuando acepté este trabajo no lo hice por vocación marítima, ¿sabes? Tampoco por aislamiento, aunque muchas veces esto me ha generado problemas con la gente cercana a mí. Pero si te soy realmente honesto, lo que buscaba era justo esto que estabas comentando, un espacio que me obligara a reajustar la mirada. Aquí el paisaje es violento en un sentido silencioso, impone una economía de color y eso te obliga a reaprender sí o sí el ojo o simplemente te desquicias. O ambas.
Ahora pienso en cuando he acompañado a mi esposa en sus expediciones. Janelle tiene una relación casi microscópica con el verde. Distingue tonalidades que para mí son indistinguibles, y cada verde tiene su propio nombre y manera de ser, así, verde musgo, verde ácido, verde húmedo, verde que anuncia descomposición… Podríamos decir que ella es experta en el verde y yo en los grises.
¿Tú tienes un color favorito? No como preferencia estética, vaya, bueno si me quieres contestar así también se vale, pero me refiero al color como territorio de atención.
R: Bueno Hans, siento que esa pregunta es demasiado sofisticada y que mi respuesta no va a serlo para nada. Creo que el hecho de haber crecido mirando el mar afectó mi condición sensible de una manera que hace que casi todo lo que hago sea una distancia y, al mismo tiempo, una proximidad con mi idea del azul. Por supuesto que azules hay muchísimos, así como hay muchísimos tipos de cielo y muchísimos tipos de mar. Pero desde que vivo en esta parte del norte de Estados Unidos, mi relación con el azul ha cambiado. Casi no hay azul en el Midwest.
No diría que soy un experto en el azul. Tampoco diría que soy un experto en la emoción que provoca el azul, pero pienso constantemente en el mar. No en el mar congelado como el tuyo, sino en el mar, de nuevo, como en la pintura, el mar aconteciendo.
Hans: Y entonces, ¿qué miras ahora?

 

 

La palmera

I

En su libro Historia, la pensadora Ikram Antaki comenta una escena de la Odisea, la aparición de Náusicaa. Hija del rey Alcínoo, princesa de los feacios, encuentra a Odiseo naufragado en la orilla, con el cuerpo desnudo, hinchado y repleto de sal. Viene sin barco, sin nombre. Fuera de su lengua y de su historia. Náusicaa lo observa, no huye. Le deja ropa, lo escucha y le enseña el protocolo, cómo entrar, qué decir, a quién dirigirse. Gracias a ella, Odiseo recupera la voz y, con ella, el acceso al mundo.
Antaki compara esa escena con otras tradiciones narrativas, como Las mil y una noches o El libro de los reyes, donde al presentar a una joven se enumeran los adornos como si de ellos dependiera el encanto. En cambio, dice Antaki, Homero solo dice que Náusicaa era como una joven palmera. En efecto, lo es, como también lo son, dice Antaki, todas las jóvenes de todas las civilizaciones.

II

Ikram Antaki nació en 1948 en Damasco. Estudió en una escuela católica dirigida por monjas franciscanas. Era una escuela privada, con enseñanza en francés. Su familia no era creyente. En casa no se celebraban fiestas religiosas ni se hablaba de Dios. En 1963, un golpe militar llevó al poder al partido Baaz. El nuevo régimen nacionalizó escuelas, controló la educación e impuso una ideología única.
Muchas familias laicas, con vínculos culturales y educativos con Europa, comenzaron a irse. A los diecisiete años, Antaki tomó un avión rumbo a Francia. Allí estudió filosofía, antropología social y literatura comparada en la Sorbona. Vivió casi una década en Francia. Leía en varias lenguas, escribía, pensaba por su cuenta. No firmaba manifiestos ni se sumaba a las consignas de moda.
Un día extendió un mapamundi, trazó una línea recta a la altura del ecuador y buscó el punto más lejano a Siria. Dijo que era México. Es decir, el fin del mundo, un lugar que ella quería conocer. Llegó en diciembre de 1975. Aprendió el idioma. Se quedó en México hasta su muerte, en el año 2000.

III

De vez en cuando, mientras leo el libro de Antaki, regreso a su ficha biográfica. Me la imagino trazando esa línea. Desafortunadamente, yo no tengo un mapamundi en este momento, pero me pregunto cuál es el lugar más alejado para mí, cuál es mi fin del mundo.

IV

Desde donde estoy ahora, en Iowa, el lugar más alejado de la Tierra en el que he estado es Teotitlán del Valle, un pueblo en Oaxaca. Es una comunidad zapoteca conocida por la fabricación de tapetes de lana en telares tradicionales, teñidos con pigmentos naturales. Para llegar hasta allá, el autobús toma la carretera federal 190 y pasa cerca del Árbol del Tule, en Santa María del Tule.
Cuando iba en cuarto de primaria aprendí que ese árbol era el más grande del país. Recuerdo que decía que se necesitaban muchas personas tomadas de las manos para rodearlo. Treinta, tal vez cuarenta. Es un ahuehuete con el tronco más ancho del mundo, según el récord oficial. Yo solo lo vi de lejos, desde la ventana, preguntándome si hasta ese momento conocía suficientes personas como para reunirnos un día, un domingo en la mañana, por ejemplo, a rodear el árbol. Y ya después de eso, que cada uno regresara al recuerdo del que vino.

V

La pintura más reconocida con personas tomadas de las manos en círculo es La Danza, de Henri Matisse. La realizó en 1910 por encargo de un coleccionista ruso. Cinco figuras desnudas, alargadas, se enlazan formando un círculo abierto. La imagen es sencilla, una colina verde, un cielo azul y cuerpos en rojo. No hay detalles ni profundidad. Solo color, forma y movimiento.

VI

Antes de la pintura de Matisse, otro pintor francés, Paul Cézanne, trabajaba en óleo una escena donde también hay cuerpos relacionándose: Los grandes bañistas. La pintura muestra un grupo de figuras desnudas, dispuestas en el borde de un cuerpo de agua. No hay una acción evidente, pero las figuras están inclinadas, sentadas o en movimiento, con los brazos y torsos formando una estructura triangular. El fondo se compone de árboles, agua y cielo, sin detalles.
En octubre de 1906, Cézanne salió a pintar al aire libre, como hacía habitualmente. Mientras trabajaba en un paisaje, lo sorprendió una tormenta. Permaneció bajo la lluvia durante horas hasta que el agua lo venció. Un carretero que pasaba por el camino lo subió a su carreta, que usaba para transportar ropa, y lo llevó hasta su casa. En la entrada, dos hombres lo ayudaron a bajarse y lo llevaron directamente a su cama. Al día siguiente, todavía enfermo, se levantó temprano y salió al jardín a trabajar bajo el tilo.
Regresó con fiebre alta.
La neumonía avanzó rápido.
Los grandes bañistas quedaron inacabados.
El 13 de octubre de 1906, nueve días antes de morir, Cézanne le escribió una de sus últimas cartas a su hijo. Le decía que el tiempo era tormentoso y muy variable y que “los esbozos y los lienzos que hiciera no serán más que construcciones a partir de la naturaleza, basadas en los medios, las sensaciones y los desarrollos sugeridos por el modelo, pero siempre estoy diciendo lo mismo.” Cerraba con un pedido simple, “¿Podrías procurarme pan de almendra en pequeña cantidad?”

VII

El pan favorito de mi padre es el panqué de almendra, y mi nombre también es Paul. Yo no sé dibujar. No tengo ningún dote de pintor. Las pocas veces que me he atrevido a tomar los colores de la naturaleza, las proporciones de mi trazo y lo torpe de mi mano siempre acaban en horrorosos extravíos de luz. A mi madre, en cambio, le gusta mucho pintar. De ella he aprendido, lo mismo que Cézanne se repitió durante toda su vida: experimentar sensaciones y leer la naturaleza.

VIII

En su ensayo Lo que vemos, lo que nos mira, el filósofo Georges Didi-Huberman escribe que mirar es una forma de exposición. Para él, mirar no se trata solo de dirigir la vista hacia algo, sino de quedar implicado. Es decir, dejar que eso que está delante no solo sea visto, sino que algo de lo que aparece nos alcanza, incluso sin querer.
Puede ser una piedra, una tela, un trozo de madera, una taza rota, una fotografía torcida, una hoja guardada dentro de un libro. Algo en ellas no se agota en ser visto. No valen únicamente por lo que significan, sino por lo que hacen cuando las miramos. Y es que nos miran de vuelta. No en el sentido literal, sino a través de un gesto. No uno humano, sino un gesto material, una insistencia de la forma. Esa presencia actúa. Tiene peso, tiene volumen, tiene tiempo acumulado. Y desde su sitio, sin rostro, nos obliga a volver una vez más la vista.

IX

El día que me di cuenta de que tenía problemas de la vista, estaba acostado con mi padre en el suelo de la sala, mirando un partido de fútbol. Hasta ese momento, yo no entendía cuál era la gran emoción de mi papá al ver la tele. Siempre miraba la pantalla, un cuadro verde, interrumpido a veces por otros colores. Él iba gritando emocionado, casi al mismo tiempo que las voces de la transmisión.
Acostado, con la cabeza sobre su abdomen, le hice una pregunta sobre las reglas del fútbol.
Me dijo: “Mira, van 2–1.”
Le respondí que yo no veía ningún número en la pantalla.
Tenía pocos años. Mi papá usaba lentes desde que yo lo recuerdo. Me prestó los suyos. Me quedaban grandes y me daba cosquillas en los ojos la luz que pasaba por ellos.
Semanas después me llevaron a hacerme un examen. Me pusieron una mariposa de metal fría y pesada sobre la nariz. ¿Así o así?, me preguntaban, mientras las letras de la pared blanca cambiaban de lugar como hormigas grandes, luego medianas y luego quién sabe a dónde se iban.
Luego me sentaron en un banquito. Con un ojo había que ver una granja, y con el otro, otra distinta. Semanas más tarde fuimos a La Gran Plaza otra vez. Mis lentes tenían cordones y el dibujo de un conejo en cada orilla de las patas.
Recuerdo la primera vez que besé a alguien con lentes. Las micas de nuestras gafas chocaban haciendo ruidos como de cucharas de plástico. En medio del beso yo abrí los ojos. Ella también me estaba mirando. Por el aumento de las micas, sus ojos se veían más grandes, y podía ver con claridad las olas que se hacen adentro de la pupila.

X

Virginia Woolf empieza su novela Las olas describiendo el movimiento interior de un amanecer, o, mejor dicho, un estado de transformación sutil, casi imperceptible, donde el mundo comienza a organizarse lentamente, como si despertara. Dice: “El sol no había salido aún y era imposible distinguir el cielo del mar, si se exceptúa la ligera ondulación del agua, como cuando se arruga un paño.”

XI

El año pasado toqué el agua fría del océano Pacífico Norte por primera vez. No estaba amaneciendo, pero el día estaba por terminar. No podía distinguir nada, salvo la ondulación ligera del agua, acompañada por las últimas luces de la tarde.
Había estado caminando todo el día. Cuando me quité los zapatos y toqué la arena, de tan hinchados que traía los pies, alcancé a ver, incluso con la poca luz, el empeine enrojecido y los dedos magullados. Se oían algunas gaviotas y, a lo lejos, personas saliendo con tablas de surf hacia la carretera costera. Había fuegos encendidos a lo largo de la costa. No sabría decir qué eran. No había nadie alrededor. Eran fuegos que parecían haber nacido solos, al final del día.
Me colgué los zapatos al hombro. Tomé agua antes de entrar. La arena se volvía más fría con cada paso, hasta que una ola llegó y tocó mis plantas desnudas. Esa sensación no me llevó a ningún lado. Estaba completamente ahí, despojado ya de la poca luz que le quedaba al día.
El mar donde crecí estaba a miles de kilómetros de distancia.
En esta orilla no había vegetación, pero el aire doblegaba algo, como si palmeras se inclinaran ante el viento por toda la costa. Y yo lo miraba, aunque fueran solo figuras hechas de aire, danzando con las manos trenzadas como tallos alrededor de un tronco mayor.
Entonces me alejé. Solté sus manos y salí de esa danza, aunque su canción me favorecía.
Regresé al asfalto.
Mientras me sacudía la arena de las plantas de los pies y me ponía los zapatos, una muchacha parada en una esquina abría los brazos y jugaba a dejarse sostener por el aire. Y el aire la sostenía sin esfuerzo alguno, bajo la luz del alumbrado público de esta ciudad del norte de la que escribió alguna vez Homero.

 

Esopo, la cierva y las uvas

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

I

Desde hace dos semanas me ronda una paradoja de George Steiner que explora en su ensayo Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. El siempre preocupado por la traducción y por Europa dice, más o menos, que no hay forma de dejar de pensar, el pensamiento ocurre como la respiración, sin pedir permiso. Uno no lo convoca, simplemente aparece. Pero, al mismo tiempo, pensar también es algo que se puede contener, torcer, demorar, como cuando uno aguanta el aire por segundos, o por unos minutos, si es que se tienen buenos conocimientos oceánicos.
El pensamiento no se deja gobernar. Siempre está siendo interceptado, provocado, desviado hacia otras rutas, hacia imágenes que no pedimos. Incluso cuando creemos haberlo fijado, ya está en otra parte. Steiner concede, sin embargo, que existen de vez en cuando momentos raros de concentración casi absoluta. Habla de los contemplativos y los matemáticos, de los grandes maestros de la meditación, de los prodigios del recogimiento total. Pero deja claro que son instantes extremos, inaccesibles para la mayoría y, además, breves. Según él, ocurren, si acaso, en las cumbres de la excelencia humana.
Cuando termino de leer ese párrafo, descarto de inmediato una de mis resoluciones de Año Nuevo. Entre los clásicos de siempre, un plato más verde, menos avaricia, más ejercicio, había añadido uno nuevo: meditar.

II

Una de mis maneras preferidas de escribir es caminando. Digo “escribir” y enseguida me corrijo, porque no me refiero a la escritura como palabra tras palabra sobre la página. Me refiero a ese momento en el que mi pensamiento y mi cuerpo logran el acuerdo para que el exterior me ocurra.
Yo escribo porque camino y camino porque escribo, no importa demasiado de quién es la iniciativa. En ambos movimientos algo se traza, algo se desplaza sobre una superficie, algo deja una marca en el espacio.
Rousseau pensaba la escritura como un movimiento del cuerpo antes que como un sistema de signos. Nietzsche, recordando a los peripatéticos, hacía del caminar una condición del pensamiento y decía que sólo creía en las ideas que llegaban con los pies. Walter Benjamin, por su parte, convirtió el paseo en un método. Caminó el París de inicios del siglo XX como si fuera un archivo, leyó la ciudad en fragmentos, en pasajes, en vitrinas, en restos. Y para los nómadas, mucho antes que para nosotros, el camino no era un trayecto, sino un texto, se leía en las piedras movidas, en los cambios del suelo húmedo y seco, en la forma en que el viento doblaba la hierba. No había una separación entre leer el mundo y modificarlo. Caminar era entender y dejar rastro al mismo tiempo.
El testimonio más antiguo de la existencia humana no es una palabra, ni un dibujo, ni una herramienta, sino el vestigio de un paseo. Hace casi cuatro millones de años, un Australopithecus afarensis caminaba con su cría por lo que hoy llamamos Laetoli, en Tanzania, y ese trayecto quedó fijado en el barro volcánico, convertido en piedra.
El año pasado, en enero, me suscribí a una aplicación que registra la cantidad de kilómetros y el tiempo que pasé al aire libre. Anduve lo suficiente como para atravesar todo el país, de Acapulco hasta Chihuahua. O, más específicamente, como si mis pies hubieran tocado el agua de la bahía de Acapulco y luego se hubieran sacudido la arena en el pasamanos del puente Benito Juárez que cruza hacia El Paso.
Este año, ¿qué naturaleza me ocurrirá?

III

Recuerdo cuando entendí que mi abuela ya no volvería a cocinar. Hablábamos por teléfono y no me reconocía. Durante varios minutos, la voz del otro lado intentaba recomponer mi identidad a partir de preguntas imprecisas. No fue sino hasta que le pedí la receta de los frijoles que pudo reconocerme. La cebolla, el ajo, la cantidad de agua, el tiempo en la olla. Algo se ordenó ahí. Desde entonces, he tratado de emular ese sabor, con resultados bastante modestos.
No se trataba sólo de que mi abuela ya no pudiera cocinar, sino de que una forma de su presencia, un idioma específico del gusto familiar, donde alimento y lengua eran inseparables, estaba dejando de existir.
Mi abuela tuvo un puesto de comida en el mercado de Acapulco. Su caldo de tortuga y sus patitas de puerco, me cuenta mi padre, eran muy populares entre varios trabajadores y albañiles que acudían en sus descansos a comer a su fonda. Yo nunca podré cocinar así. No lo digo con resignación, es reconocer que el complejo sistema de interacciones entre humanos, plantas y animales de los que mi abuela formó parte, es irreproducible.
Durante unos años dejé de comer carne roja por completo. No lo hice movido por una convicción ética, aunque aprendí dos cosas: a sazonar siguiendo otras lógicas, las de ciertas cocinas del sur de Asia, y que comer no es sólo ingerir sino un hecho cultural y, por lo mismo, la comida nunca es una práctica neutra.
Quien pensó esto de manera clara y radical fue Lev Tolstói. Se volvió vegetariano en la década de 1880, ya de adulto, y siguió siéndolo hasta que murió, en 1910. Lo hizo como parte de una transformación espiritual que lo llevó a chocar con la Iglesia, el Estado y los valores de su clase. Era aristócrata, dueño de tierras, parte del mundo que luego decidió rechazar. Para él, comer carne significaba participar en una forma de violencia que también estaba en la guerra, en la propiedad, en la autoridad. Por eso, su vegetarianismo no fue una simple renuncia, sino una manera de oponerse a esa lógica desde el cuerpo.
En El camino de la vida, una compilación póstuma de aforismos, citas y reflexiones éticas, Tolstói escribe: “se piensa que es posible organizar la vida de los otros únicamente mediante la violencia, pero la violencia no organiza, desorganiza la vida de las personas”.
Debo dejar de comer al mismo tiempo que miro las noticias.

IV

He leído las noticias, pero no diría que tengo una idea clara de cómo debo asumir lo que acabo de leer. Después me pongo a ver videos. Paso varios minutos saturándome con la promesa en una esquina del ojo, de que, en cualquier segundo, este, definitivamente este video donde explican qué pasaría si alguien usara gorra durante seis años, será el último. Apenas podría dar cuenta de lo que vi.
Me quedo mirando al techo. Se me ha ido una hora de mi vida y no sé bien en qué.
Tengo trabajo, pero agarro de nuevo mi celular porque me llega la urgencia de que tengo que revisar algo en la aplicación del banco. Uso el índice como si le estuviera acariciando la nuca a un animal muy liso.
Pasa otra hora y no he hecho nada, ni siquiera lo del banco. Tampoco contesté los mensajes de feliz año nuevo que me mandaron hace dos semanas. No estoy descansando, pero tampoco estoy trabajando, estoy en un punto muerto. Mis pendientes siguen ahí, intactos. No es exactamente cansancio. Es más bien la sensación de no poder moverme hacia ningún lado. Reacciono a eso no poniéndome a trabajar, sino revisando el celular otra vez.
Vuelvo a leer las noticias. Hay una palabra que no entiendo, la busco. En la búsqueda aparece otra palabra que tampoco entiendo, luego una fecha que da contexto, luego algo que ocurrió hace más de un siglo, pero que explica por qué este continente está conflictuado con este otro territorio, aunque ese territorio antes no se llamaba así.
Pasa otra hora y otra más. Se hace de noche. Mi celular se descarga, lo conecto, y ahora estoy de nuevo acariciando al animal de lomo liso, pero con el cable estirado desde la pared hasta el sillón. Empiezo a decirme que ya es hora de dormir, que mañana ahora sí trabajo, que mañana nada me va a distraer, que todo era mejor cuando no había celulares con internet, que quizá debería no tener celular, que podría ver un video más para quedarme dormido. Me marca mi madre. Le contesto. Le digo que estuve ocupado todo el día escribiendo.
Verifico que la alarma esté encendida. Dejo el celular lejos de la cama para no volver a agarrarlo. Pero recuerdo que el pago tiene que hacerse hoy, antes de las 11:59. Faltan veinte minutos. Aún puedo.
Termino viendo el video de alguien que colecciona artículos de la Segunda Guerra Mundial. Abre una lata de ración militar de sopa de pollo de hace setenta años. El video termina cuando enseña el fondo de la lata y una cuchara sobre la mesa.
Pongo mi celular bajo la almohada. Miro una vez más el techo. Pienso que sería buena idea dejar de ver el teléfono justo antes de irme a acostar. Recuerdo que vi un video de un soldado que enseña ejercicios que utilizan los marinos para dormirse muy rápido.
Recuerdo también la pregunta que se hace Marina Garcés, filósofa española, Si lo sabemos potencialmente todo, pero no podemos nada, ¿de qué sirve este conocimiento?

V

La mañana siguiente de la fiesta de Año Nuevo, mi familia y yo salimos a caminar por un parque. Hacía frío. Algunas personas pasaban a nuestro lado deseándonos feliz año, y nosotros les respondíamos con las manos cubiertas en guantes de lana.
Caminaba con mi madre, y a veces me intercalaba con mi hermano. Conversábamos sobre las fiestas de los últimos años, sobre la familia que siempre está lejos y sobre lo distinto que se ve el agua de este río en comparación con el agua del río donde crecimos.
En una parte del trayecto tuvimos que pasar por un túnel. El túnel tenía eco y todos empezamos a hacer ruidos de animales: gatos, lobos, aplausos, silbidos.
La fauna completa.
La fauna completa de una fábula.
Después del túnel encontramos un hilito de agua.
Y cerca, un ciervo con dos hijitos.
Mi madre, mi hermano y yo los miramos, y ellos nos miraron de regreso, con sigilo, esperando brincar de vuelta a la maleza, y luego desapareciendo con el café de su pelaje en el pastizal pardo del primero de enero.
De regalo de Navidad, mi sobrino me regaló un pequeño libro. Dijo:
–Te va a gustar mucho. Se trata de todo lo que hacen muchos animales.
Tiene razón.
En las fábulas de Esopo les pasan muchas cosas a muchos animales