Renuncia a la rana

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

 

(Primera parte)

La rana I

Descubierta por el regreso del oleaje provocado por una lancha que pasaba, la vi. Era la rana. El relieve alzado de unos ojos dirigidos hacia las olas en la tardenoche de Madison.
La lancha se alejó y, en la pausa, las aves acuáticas y otras especies, como sucede comúnmente en agosto, cedieron ante la llamada de las cigarras.
Observé el ir de un animal petrificado. El musgo de sus costados retenía las hojas caídas de una planta del Medio Oeste. Un desfile, pensé, una marcha de peces. Luego desatendí a la rana. Las hojas se hicieron hacia el fondo del lago y yo me fui por otro sendero.
El filo de la pendiente era clareado por lo que quedaba de sol. Yo sabía que era la luz y no el costado de la colina lo que provocaba el brillo. Aun así, mientras el color iba hacia la noche, parecía descascarar las piedras hasta adquirir, por unos minutos, el movimiento de una criatura vegetal.

La banca

Sentado en una banca, es temprano, pero ya he saludado a unos corredores. El sendero de bosque permite que la gente aparezca una y otra vez, casi como seres duplicados, yendo con prisa considerada hacia la costa o hacia el istmo. Me siento en esta banca a seguirle el pensamiento a un profesor italiano que defiende la inteligencia de las plantas.
Las luces en los troncos. Antes creía que los árboles eran como manos, pero Stefano Mancuso esta mañana me ha dicho: Oye, Alan, a diferencia de muchos animales, las plantas pueden perder partes considerables de su cuerpo y seguir viviendo.
Por todo su cuerpo miles de ojos ejercitando la observación del cielo, para indicarles a las ramas hacia dónde crecer.
Las luces en las hojas.
Ha terminado mi descanso.
Releo mis últimas marcas en el libro de Stefano. Las plantas esquivando las rocas y la imagen del árbol como un hombre invertido, con la cabeza bajo tierra, que Darwin retomaría al pensar la raíz como una especie de cerebro.
Al pie encuentro el título del libro de Darwin The Power of Movement in Plants.
Regreso a la vereda. Una lancha veloz corta el lago Mendota en cientos de olas que rascan los costados de esta colina.
Rebota el agua y salta como baba saliendo de un hocico que acaba de beber.
Los pájaros imitan lo que ocurre en el lago y se dirigen, con la misma dispersión de las chispas, a docenas de ramas.
Los corredores sudan y levantan los pies sobre aquello que antes hizo crujir su paso.
El bosque parece estarse yendo. Yo voy encima de él.

El istmo

En el cruce de dos veredas hay un mapa del parque. Hace aproximadamente quince mil años, un glaciar comenzó a escurrirse. Cubos de hielo se deshacen en la madera.
La ciudad de Madison se construyó sobre un istmo entre los lagos Mendota y Monona. En la zona más alta de estas colinas, hace aproximadamente mil años, quienes habitaban esta región enterraron a sus muertos en montículos. Trato de distinguir alguna estructura entre la maraña.
La hojarasca es pisada y me encuentro con una familia de pavos salvajes.
Desaparecen como frailes cansados y escucho a un búho.
Me desconcierta porque nunca había oído a uno por la mañana. Le hablo por su nombre, por si las dudas, y salgo del parque para regresar a mi nueva casa.

Pollo, puerco y res

La zona en la que vivo ahora es un complejo habitacional para estudiantes internacionales. A veces, por las banquetas pasan mujeres tapadas de pies a cabeza. Sin entender la cadencia de su idioma, reconozco el momento en que les gritan a sus hijos que se detengan antes de llegar a la calle.
Los niños se detienen. Buscan la aprobación en la franja descubierta de tela que es el rostro de sus madres y prosiguen por la estrechez de un camino de cemento que se adentra entre varias unidades habitacionales.
No sé quiénes son mis vecinos, pero en esta esquina al borde de un lago, el inglés parece una lengua secundaria. Por las ventanas entra el calor húmedo y un hombre habla acentuando sonidos que yo no sé cómo se hacen. ¿De qué piso viene su preocupación? ¿Será preocupación en todo caso?
Sobre todo, son familias quienes viven aquí. Gente lejana en un país extraño crían niños que no tienen como prioridad hablar el idioma de sus padres. Por las mañanas me salgo a oler las distintas plantas que tienen sembradas en el jardín comunitario. Intuyo el aroma de hierbas que mi nariz desconoce. En su tacto químico, el devenir de unas flores que se parecen a lo que huelen.
Me pregunté la clase de sabores que pudieran salir de ahí y recordé la leyenda que narra los pormenores de cocinar a los armadillos al estar hechos de 3 carnes de diferentes animales.

La costita

Cuelgo mi camisa en una rama. Estoy en la costita. Tomo una fotografía del lugar donde he instalado mi campamento. Me gusta esta pequeña costa que he encontrado. Aunque se puede caminar a lo largo de la bahía, la entrada entre la maleza queda delimitada por dos sauces negros tendidos hacia el agua, que durante unos metros la ocultan del resto de la orilla.
Antes de esa foto había retratado a un conejo. Mejor dicho, me había acercado tanto que la ausencia de su miedo hacia mí comenzó a hacerme dudar de sus maneras en lo salvaje. Comía enfrente de mí. Podía ver las contracciones de sus costados blandos cada vez que tragaba.
Pero todo regresó a su lugar. El conejo se asustó de mí con tal velocidad que pensé que su instinto había sufrido una interrupción, como cuando se va la electricidad de una casa. Y cuando volvió, de igual manera, se encendieron cada una de las lámparas.
El conejo abrió más los ojos que ya tenía abiertos, me vio e ingresó a la hierba, sin permitirme intuir nada de lo que había del otro lado.

Viajes por Ryszard

Cuando me canso de leer sobre plantas, persigo a Ryszard Kapu?ci?ski por Pekín, así como el camarada Li lo vigila a él. En la portada del libro, la liebre de Durero permanece inmóvil.
Kapu?ci?ski describe lo que despierta en él la expresión cruzar una frontera. Frente a mí, un velero va por el lago con brusquedad.
Me pregunto la hora exacta en que llegué a mi idea de frontera.
Nada.
En mi recuerdo, la loma estaba sin gente. Después, me imagino inspeccionando una de esas puertas que hay en algunas casas, instaladas en segundos pisos. La idea de que no llevan a ningún lado es conservadora.
Sigo esa idea en el hueco de mis ojos y no me percato de que una señora, con un celular en videollamada, me pregunta mediante gestos que no sé si entiendo del todo si puede sentarse en la banca. La lengua que habla está cerrada para mí. Guardo mis cosas y le deseo buen día en español y en inglés, por si las dudas.
Dos corredores se acercan. El sonido de su trote comienza a mezclarse con la voz de la señora. Durante los últimos dos años, buena parte de mi comunicación ha ocurrido también por videollamada, así que reconozco el gesto de mostrar el paisaje por el celular.
Decido seguir y, en medio del recorrido, un grupo de niños con sus padres viene en dirección contraria. Van al lago; es día de playa. Más adelante veo una familia de patos esquivando nenúfares.
En una nueva banca leo que Kapu?ci?ski dice que el aire de Shanghái era más suave que el de Pekín.
El norte del lago trae un aire suave.
Días antes me preguntaron por la diferencia entre ficción y no ficción.
Kapu?ci?ski dice que en ese aire suave reconoció la cercanía del mar.
La última vez que viví cerca de tanta agua fue en Acapulco.
Kapu?ci?ski escribe sobre Heródoto, quien describe a la vez la dignidad que nos da la memoria y la deformación que ocurre en todo interior.
Aparece un conejo una vez más. Se me han acabado las fotografías instantáneas. Creo que solo podré hacer una nota sobre él para que no se me olviden sus colores.
Nota, agosto de 2026. El conejo, aunque es parecido en su totalidad al conejo anterior, debo precisar que es distinto en todo. Hay que imaginarlo así.

En agosto, la pata de gallina

La pata de gallina es un árbol que cayó de viejo sobre una orilla del lago. Para llegar a ella, hay que bajar un canalito que la lluvia año con año va provocando. Su forma sobria de madera humedecida y parca convive a la vez con la idea de una pata de pollo que sale de un caldo de gallina.
Sobre una piedra al lado de la pata, cuando no es tan tarde, juego al equilibro cuidando no acercarme tanto al musgo.
Pero también hay días que vamos juntos, y entonces se dicen cosas ahí, al agua, puede ser, sobre la diferencia entre ser un poeta de Caracas o un poeta del Llano. Así que la forma de resolverlo es poner a Simón Díaz en el agua que quedó del deshielo de un glaciar antiguo.
¿Cómo es tu país? O quizá fue menos ambiciosa la primera pregunta. De cualquier manera, supimos las casas, o mejor dicho, los días de las casas que son como piedras secas pero que al levantarlas tienen algo de humedad.
Yolanda Pantin, me señalas y voy y trato de que cuando diga Yo pensaba acerca del sentido / frente al paisaje, / una manía tan infantil / como hurgarse la nariz / hasta hacerla sangrar, mi dedo no me delate.
Luego es importante saber cuáles son las islas que quedan. Así oigo la historia de un lago y la gente de ese lago mirando un cielo que nunca detiene sus potencias. Cómo es posible que algo así, que pareciera que no le alcanza ningún nombre, se llame así, pues, El Catatumbo.
Salimos caminando inversamente este canalito de arroyo seco hasta distanciarnos de la orilla. El bosque busca hacer dormir a unos y despertar a otros. Buscamos un sitio donde el sol, 8:04 p.m. de la tarde, se termine. En el cielo nada pasa, es este día como cualquier otro. Definitivo en el borde que nos merece y callados nosotros porque un poco de luz aún rebota entre las nubes.
Me dices que este clima, donde es posible traer un pequeño abrigo aunque sea verano, te recuerda al lugar de Venezuela en el que creciste. Escucho la historia de tus vecinos. Imagino esos hombres rubios en las fotos familiares. Imagino a esas mujeres a las que tu madre les vendía ropa traída de Colombia. ¿Por qué me las sé tan claramente? Y entonces, claro, el relato de las bodas allá en la Costa Chica, donde La Luz Roja de San Marcos canta: dame la media arepa nomás.
¿Así que la música guerrerense se escucha en Táchira, Venezuela?
Empezamos a ver luciérnagas. No hay ningún momento del aire sin nada. Es de noche. Escuchas al ave anunciando que llega de relevo. ¿Owl será su nombre? Digo búho y el llamado se empalma con mis vocales.
Ves, te dije que su nombre es b-ú-h-o. La complicidad entre el animal y su nombre en español se pacta enfrente de mí.
Salimos del bosque. Venimos desde muy lejos. La arena se junta donde nos quitamos los zapatos. Te enseño el video que hice de la pata de pollo. Me preguntas sobre las notas que tomaba sentado en aquella piedra.
Renuncia a la rana, eso fue lo que escuchaba mientras la piedra se cubría y descubría con el movimiento del agua.
Y, en cambio, ¿a qué clase de cosas podría renunciar una rana?

 

Juego de pelota con los pies

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

(Cuarta y última parte)

Qatar 2022
La Obrera

El edificio al que me he mudado ocupa un terreno largo y angosto en una esquina. En la planta baja funcionan talleres de impresión que prenden sus máquinas sin falta desde las cuatro de la mañana. Los nombres de las calles que rodean el edificio reúnen distintas épocas: Isabel la Católica, reina de Castilla; Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, un cronista nahua descendiente de los gobernantes de Texcoco; Lucas Alamán, un político e historiador mexicano del siglo XIX. Y Victoriano Salado, periodista e historiador jalisciense nacido también en ese siglo. La colonia recibió el nombre de Obrera porque durante las primeras décadas del siglo XX se instalaron allí fábricas y viviendas de trabajadores.
Este departamento es el lugar con más ventanas en el que he vivido desde que me mudé a la Cdmx. Así me entero del vecino que baila mientras tiende su ropa y cuelga sus banderas del Club América cuando hay partido. Así también me sé los horarios que tienen los vecinos de atrás para cenar o para hacer el amor antes de comer. Es la primera vez que vivo tan cerca del centro de una ciudad. Camino por todos sus rincones con miedo provinciano. Me inquietan sus calles tan llenas y luego tan solas a partir de las ocho de la noche, y luego de nuevo ocupadas por transeúntes de caminado seco. A veces yo soy el sigiloso y he aprendido a caminar por esta ciudad que es bastante más vieja de lo que aparenta.

La hora de la comida

Mis amigos me enseñan dónde venden qué cosas en el centro, por qué calles sí y por qué calles también, y por qué en esa esquina lloró Cortés y por qué en esta otra se vende el mejor pulque de la ciudad. Diría que, en los tres años que llevo viviendo en la capital, esta es la primera vez que entiendo la estridencia y el susurro que tanto hacen que la gente se reúna en sus orillas. He comprado plantas y me gusta comer taco de grillo con aguacate. Explicar la delicadeza de una patita de grillo crujiendo en maíz azul es complicado, pero me gusta que esta sea mi vida.
Afuera del Aurrerá que está cerca de mi casa, un señor, su esposa y sus cuatro niños se ponen a vender muebles de madera todos los sábados. Me gusta hablar con él porque me recuerda a mis tíos de Chihuahua. Es un hombre de la misma edad que yo, pero yo lo percibo con la vida más trazada, sobre todo cuando regaña a sus hijitos, que no dejan de jugar a atraparse en el estacionamiento de este supermercado. Le pregunto en qué lengua habla y me dice que su familia viene de unas montañas de por allá arriba, en Puebla. Me describe el paisaje y su mujer solo sonríe mientras arrulla a su bebé de pecho y le da el cambio a una señora.
Cuando no hablo con Pablo y su familia, yo voy a mi propio trabajo cerca de la colonia Juárez. Allí los edificios tienen los vidrios azulados y la gente camina con prisa, pero a la vez no. De vez en cuando, al terminar la jornada, voy a un restaurante de comida alemana que se llama Fritz. Otros días como en el mercado una comida corrida y me como varias tortillas hechas a mano hasta que mi plato parece que lo acaban de enjuagar.
Hace años que no tengo televisión en donde vivo, así que cuando estoy en la fonda es que me entero de cómo son los comerciales. Este año apenas tengo idea de quién hará qué en el Mundial. Dicen Qatar o Catar. Dicen Messi y Cristiano. Dicen Neymar y Mbappé. Dicen la Selección Mexicana, Memo Ochoa y el Chucky Lozano. Pago mis treinta pesos, me termino el vaso de agua de jamaica y sigo hasta el Barrio Chino, donde me como un pan de colores y saludo a un gatito mecánico que levanta la pata sin descanso.
Las luces navideñas al mayoreo y menudeo van desplazando a las decoraciones del Día de Muertos, aunque uno que otro niño aferrado a su disfraz de príncipe sigue asustando a transeúntes como yo en una esquina. Mi vida es la de siempre: recorro las mismas calles y hago los ademanes adecuados según el vendedor o la persona atrasada que me pregunte la hora.
Las semanas pasan y el Mundial empieza a ordenar las conversaciones y mis horas de comida. Yo estoy distraído pensando qué plantas comprar y dónde acomodar los libros que he reunido. Cuando algún conocido me cuenta sobre un juego, repito lo que escuché unas horas antes en una fonda y consigo salir del apuro. No tengo opiniones sobre Argentina ni sobre Alemania. A veces me pregunto qué significa ser el mejor del mundo en algo; sin embargo, el mundo ha sido demasiado grande y yo acomodo mi sala y riego con cuidado mis macetas.

El intercambio

Para los primeros días de diciembre, México ya está eliminado. También Alemania y Bélgica. Japón y Marruecos han dejado de parecer accidentes y Argentina sigue avanzando, como si la derrota contra Arabia Saudita hubiera ocurrido en otro torneo.
El viernes 9 de diciembre hacemos un intercambio de regalos en la oficina. Sobre una mesa acomodamos vasos de plástico y paquetes con nuestros nombres escritos a mano. Algunos compañeros acercan sus sillas a una computadora porque Croacia juega contra Brasil. Yo entro y salgo del cuarto. Cuando regreso, Brasil ya ha quedado eliminado por penales. Los demás hablan de Neymar, del portero croata y de la injusticia de que un equipo pueda dominar un partido y perderlo en unos minutos.
Más tarde juegan Argentina y Países Bajos. Ya hemos abierto los paquetes y sobre la mesa quedan unas bolsas de frituras y vasos a medio terminar. Virgil van Dijk se mueve con una elegancia, como si su cuerpo le obedeciera en todo momento y ninguna voluntad pudiera escapársele por los pliegues de la camiseta. Messi pone un pase entre varios defensores para el primer gol de Argentina. Después marca de penal y corre hacia el banco neerlandés para hacer el Topo Gigio.
Argentina tiene la ventaja y la pierde en los últimos minutos. Nadie trabaja del todo. Cada grito hace que alguien abandone su escritorio y se acerque a la computadora. El partido se alarga hasta los penales y Argentina termina avanzando. Cuando todo acaba, mis compañeros discuten las provocaciones y las faltas sin marcar de Messi.
En el intercambio yo regalo La vida instrucciones de uso, de Georges Perec. Un compañero comenta que parece el título de un libro de autoayuda. Al inicio quiero desmentir su comentario y precisar que no lo es, que cuenta las vidas contenidas en un edificio, pero la conversación vuelve pronto al partido y yo solo respondo que, a su manera, lo es. A mí me regalan Julio Cortázar y Cris, de Cristina Peri Rossi. Hojeo algunas páginas y alguien me dice que le haga una pregunta al libro. Finjo que sí le pregunto y lo abro al azar. En la página 67, Peri Rossi cita a César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”. Como no hice una indagación verdadera, tampoco sé qué hacer con la respuesta.
Cierro el libro y lo guardo en mi mochila.
Regreso a la Obrera. En los teléfonos de quienes viajan conmigo en el metro aparece una y otra vez el gesto del Topo Gigio que hace Messi intercalado con la cara de Riquelme. Cuando llego al edificio, las imprentas siguen trabajando y, en una esquina, el hombre que junta latas se persigna junto a la Virgencita. Antes de dar vuelta en Victoriano Salado y salir a la avenida 20 de Noviembre, recoge del suelo una botella llena de un líquido que no distingo. La abre, huele el interior y, en respuesta a su contenido, la avienta contra el muro donde todavía se lee “Vota Verde”, junto al tucán del partido.
Al llegar a la puerta de mi edificio, leo un anuncio que invita a la gente de la cuadra al rezo y a la fiesta de esa misma Virgen, que se celebrará en unos días. En el pasillo me encuentro a mis vecinos. Intercambiamos saludos brevemente. Si son puntuales como yo, empezarán a preparar la cena contra el muro.

12

Escucho cohetes y gente entrando y saliendo del edificio. Mi casera me invita a bajar por tamales. En la calle, los niños corren y las señoras interrumpen sus conversaciones para regañarlos mientras se pasan la comida y los vasos de agua fresca. Varios vecinos asisten a la celebración con playeras de futbol, aunque debo decir que la más interesante es la de un vecino que porta, con un orgullo casi nacional, la playera del extinto club Jaguares de Chiapas. Quisiera preguntarle por qué, pero, en todo caso, después de que me respondiera no sabría cómo continuar la charla. Una montaña de platos y vasos de unicel se amontona en la esquina, pero el perímetro alrededor del altar aparece, como me enseñaron en el catecismo, inmaculado y lleno de flores.
Regreso a mi departamento.

La final

Al lado de mi edificio hay un motel. Como los moteles que se van alineando desde el centro de la ciudad por la calzada de Tlalpan hasta el sur, donde está el Estadio Azteca, siempre está solicitando recamaristas. Junto al motel hay una lechería Liconsa y, al lado de esa lechería, un parque donde siempre hay niños jugando futbol.
Hoy ya he salido de vacaciones. Francia y Argentina juegan el domingo y, en unas horas, tengo que empezar mi viaje para visitar a mi familia. Aunque aún no tengo listo nada, me detengo a observar a los niños. Cada vez que veo jugar a otros niños no puedo dejar de pensar en mis hermanos.
Las porterías están marcadas con mochilas y, como casi siempre, al niño más pasado de peso lo han puesto de portero. Los equipos parecen armados según las playeras escolares: de un lado los de secundaria técnica y del otro los del Bachilleres. Unos dicen que van diez a cuatro y otros que están empatados. Cada vez que alguien mete gol se quita la playera y corre junto a la reja como si detrás hubiera una tribuna. Los demás lo persiguen mientras los del otro equipo dicen que el gol no cuenta porque una de las mochilas se movió. Entonces resuelven todo con un gol gana.
Me doy cuenta de que ambos equipos están formados por hermanos. Los mayores les gritan a los menores que se abran y los menores corren hacia donde está la pelota. Uno le reclama a su hermano que nunca le pasa el balón. Otro lo empuja después de una falta, pero los dos vuelven a correr cuando la jugada pasa junto a ellos.
La pelota choca contra la reja y sale botando hacia la avenida 20 de Noviembre.
—¡Bolita, señor, bolita, por favor! —me gritan.
Y yo, el señor, me pongo a correr, todo bofeado, esperando que no cambie el semáforo antes de alcanzarla.
Lo consigo y la devuelvo por encima de la reja con un balonazo que casi vuelve a sacarla del parque. Los niños acomodan las mochilas y vuelven a pactar:
—¡Gol gana, pues! ¡Gol gana!
Todos se acomodan para la última arenga cuando un grupo de señoras llega con una bocina para ocupar la cancha con sus ejercicios de zumba.
Hay una disputa en el centro.
La bocina se enciende.
Suena Shakira.
Señoras 1, niños 0.

Juego de pelota con los pies

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

 

(Tercera parte)

Rusia 2018

I

El restaurante se llama El Papalote, está al lado del Hospital Morelos del IMSS cerca del centro de la ciudad de Chihuahua. En el 2010, cuando recién acababa de mudarme para estudiar la universidad, tuve un hallazgo en ese restaurante. Era domingo, cuando ya solo hay familiares de enfermos sonando la taza de café vacía en un plato sin nada. Acabé ahí después de haber visto gratis en la biblioteca municipal una película de Woody Allen. El blanco y negro de New York combinado con la morralla del pasaje de mi camión sonando en mi bolsa me sacaron hambre. Empecé a caminar creyendo que con suerte encontraría un vendedor de burritos de a 10. Como en toda ciudad, los comensales aquí tienen muy claro cuál es el límite a pagar, esa franja de precio donde aún hay más o menos confianza en que la carne no fue bañada más de una vez en vinagre y que el vendedor, al menos una de todas las veces, sí se lavó las manos.
Pero no encontré a ningún hombre con hielera gritando buuurriitooos quiiieeere buuurriiitooos, llévelos burritos de a diez de a diez, lleve sus burritos de a diez, de a diez. En ningún lado, ni siquiera palomas ni agua sin quehacer por el río Chuvíscar ni gente acostada en el calor de la banqueta. Sabía que en mi cartera contaba con los últimos 40 pesos para el pasaje de la semana; ir a un restaurante dejaba claro el escenario. Saqué los dos billetes y bajo un cielo que era igual de azulado y hueco que esos dos Benitos, me quedé esperando a una nube frente al empedrado de la Capilla de Nuestra Señora de Regla.
Pasaron unos perros sin collar, los saludé. Llegaron unos turistas que antes de estar parados frente a mí, habían ocupado varios minutos fotografiando la cruz. También los saludé. Pero el encuentro final ocurrió tal cual así o, más o menos así: unas señoras que cargaban unas bolsas de plástico con contenedores de unicel, faldas largas y aretes brillantes casi como si el sol, seducido por un joyero, hubiera decido hacer de su redondez una alhaja, se persignaron, me dijeron buenas tardes, me echaron una bendición y siguieron subiendo hasta que ambas consiguieron una altura que las hizo desaparecer. Recuerdo que perseguí las gotas de caldo rojo que se vertieron desde una de las bolsas.
Llegué a El Papalote, el lugar estaba casi solo, salvo por una familia de menonitas que comían sin hablar y hombres solos que ocupaban las mesas al lado de la ventana. La mesera me trajo el menú después de preguntarme si esperaba a alguien. Contesté que no. Momentos después trajo salsa y totopos. Los devoré al instante mientras el menú me acotaba sus precios. Hice las cuentas, no me alcanzaba para casi nada hasta que la mesera sin cuestionar mi hambre, me volvió a llenar la cesta de totopos y trajo una cazuela nueva con salsa. Lo descubrí, la sopa de tortilla, si lo ejecutaba bien, podría volverse eterna.
La señora que me atendía, por lo desocupado que estaba el lugar, se permitió hablar conmigo. Preguntó por mi acento. Le aclaré que, aunque había nacido en Chihuahua, había crecido en Acapulco. Ante la imprecisa historia de dos ciudades solo remató cuestionando mi razón de alejarme del mar. Le contesté y ella, sin verse convencida por mi murmullo adolescente, contó que nunca había visto la playa en persona. No sabía de qué se trataba eso de las orillas, de su trabajo como mesera, del tipo de comensales y del hospital.

II

Ocho años después, mis hermanos ahora viven conmigo en Chihuahua. A veces, salimos a jugar fut al parque y mientras esperamos a que llegue gente para echar reta, nos acordamos de la otra gente de las canchas del Merle Oberón. Jugadores se reunían de todos lados de Costa Azul, de Praderas, de la H. Galeana, de Balcones y del Barrio Negro a regocijarse en piruetas con tenis y sin tenis en la cancha rodeada por amates y árboles de mango.
Es domingo primero de julio, es el día de las elecciones y mis hermanos nunca han votado. En la boleta López Obrador aparece tres veces, acompañado por Morena, el PT y Encuentro Social. Anaya y Meade también se repiten bajo los emblemas de sus respectivas coaliciones. Más abajo están el Bronco y el nombre casi fantasmal de Margarita Zavala, quien abandonó la contienda cuando las boletas ya estaban impresas. Entre nosotros, en realidad, no hablamos mucho de política, pero hemos oído quejarse a nuestra familia de los dirigentes y colonos de aquí o de allá; sabemos qué gritaban en las marchas nuestro padre y nuestra madre; escuchamos a nuestra abuela hablar del reparto de tierras en los cerros y del paracaidismo. Hemos visto cómo se hace fiesta en una calle sin pavimentar y cómo esa misma calle se maquilla cuando viene un candidato. En suma, ¿sabemos por quién votar?
Con el pulgar ya hecho de tinta nos vamos a comer al Papalote. En el restaurante me saluda Lucha, la mesera que me atiende desde el primer día. Como toda excelente mesera, les suelta algunos elogios a sus comensales. Nos sonrojamos como muchachitos recién hechos y, ella, con la atención de una tía que le acierta a los regalos de cumpleaños, cambia el programa de chistes por el canal donde transmiten el partido entre Rusia y España.
Cuando llegamos al restaurante hay ya bastantes clientes. Rusia y España han empatado a uno después de dos horas de juego y están a punto de comenzar la tanda de penales. En la pantalla, los jugadores permanecen abrazados en el centro de la cancha mientras el árbitro habla con los capitanes. Yo pido tres sopas de tortilla.

III

Los primeros cuatro disparos entran. Iniesta y Piqué anotan por España. Smólov e Ignashévich, por Rusia. Quisiera decir que cada cobro suspendía por unos segundos el ruido de los platos, pero las familias miraban hacia otra parte. De vez en cuando, alguien voltea a la pantalla, nada más. Mientras en Moscú se juega el pase a cuartos de final, en la esquina de García Conde y Novena la gente entra y sale con el pulgar manchado de tinta electoral, sin prestar más atención que a sus propios platos. La cosa sigue, Akinféyev detiene el tiro de Koke y quisiera decir también que el restaurante despierta, pero la gente sigue en sus conversaciones, interrumpidas solamente por las voces en alemán de algunos menones que les indican a sus hijos en qué mesa hay que irse a sentar.
Golovin anota para Rusia. Sergio Ramos mantiene viva a España, pero Chéryshev vuelve a poner a los rusos por delante.
Iago Aspas camina hacia el punto penal con la obligación de marcar. Corre, dispara al centro y Akinféyev, que ya ha lanzado el cuerpo hacia un lado, deja una pierna atrás. La pelota golpea la punta de su pie y sale desviada. Rusia elimina a España sin que el portero alcance siquiera a entender del todo cómo hizo la atajada. En México aún no es medio día y aún no se sabe quién será presidente.

IV

Regresamos a casa en un Honda Civic usado que le compramos a un vendedor al que le dicen El Árabe. El auto, traído de Estados Unidos, donde seguramente ya era considerado chatarra, obtiene una tercera o cuarta vida con nosotros. Tiene reproductor de cassettes y el vinil del tablero curtido como el desierto que atravesó para llegar hasta acá.
Vamos de regreso a casa pensando si mañana México podrá ganarle a Brasil, qué anunciarán los titulares, qué dirá la gente. Uno de mis hermanos va surfeando el aire con la mano. Según por donde entra el sol, el otro se recorre hacia un lado u otro del asiento trasero.
En uno de los semáforos, un hombre hace acrobacias con fuego y, el fuego, contra todo pronóstico, le obedece, pasando de su boca a la boca del aire. Vista desde lejos, la flama hace hervir la imagen hasta moverla como se mueven las algas debajo del agua.
El semáforo está a punto de cambiar cuando un perro descalzo cruza la calle levantando las patas. Parece ensayar la danza de un caballo bajo el jinete. Me río. Mis hermanos preguntan de qué me estoy riendo, pero el perro ya ha desaparecido, así que continúo manejando. Uno de ellos sigue surfeando el aire con la mano. El otro, como un planeta cansado de rotar, deja que el sol le caliente el mismo costado.

V

El 15 de julio, mientras Croacia se juega el mito de sí misma en la final contra Francia, estoy de viaje por Pátzcuaro, Michoacán. No veo el partido. Llueve. Termino en el centro, dentro de una iglesia que en realidad es la Biblioteca Pública Gertrudis Bocanegra. En el lugar donde alguna vez estuvo el altar, la historia de Michoacán es contada por Juan O ‘Gorman a través del muro. Arriba, el volcán del Estribo Grande arroja fuego sobre el nacimiento del mundo purépecha. Más abajo aparecen pescadores, artesanos y Eréndira montada en un caballo blanco y Tangáxoan, caminando hacia su muerte y Vasco de Quiroga, abriéndose paso entre herramientas y oficios.
Cuando salgo, me siento en las escaleras. La gente atraviesa la plaza apresurada, bajo paraguas o con periódicos doblados sobre la cabeza. Algunos se aprietan contra la fachada para refugiarse del agua. Este lugar me parece el sitio más fresco en el que he estado. Quizá lo digo en voz baja o solamente lo pienso. Alguien debió escucharme, porque la lluvia no solo continúa. Arrecia.
De vez en cuando llegan gritos perdidos, como cohetes que revientan detrás de los edificios y no se alcanzan a ver. Vienen de quienes acaban de presenciar la victoria de Francia. Mientras ellos ven levantarse la Copa del Mundo, yo veo a Pátzcuaro desaparecer detrás del agua.

VI

Termina la lluvia.
Me dirijo hacia una de las orillas del lago. Los pescadores y sus redes, por ejemplo, la estatua de Morelos en lo alto de una isla. Tomo una lancha hacia Janitzio. Recorro la isla y entro en el monumento. En su interior, la historia de México asciende por las paredes. Uno de los letreros indica que este Morelos es casi igual de alto que la Estatua de la Libertad. Al terminar de leer, les pregunto a mis hermanos en nuestro grupo de WhatsApp qué piensan de la derrota de Croacia. Mientras espero sus respuestas, imagino a un Morelos en blanco y negro ocupando el lugar de la Estatua de la Libertad y saludando a los turistas que llegan a Nueva York.

Juego de pelota con los pies

(Segunda parte)

Brasil 2014

I.

La casa de Jaime está al lado de un huerto de manzanas. Como casi todos los huertos manzaneros de Ciudad Cuauhtémoc, el terreno está cercado por una barda de cemento que oculta a los hombres y mujeres que pizcan la fruta. Jaime dice que las casas alrededor de los campos son más frescas. Con ese comentario me doy cuenta de que su tolerancia al calor no se parece nada a la mía. El calor del mar, de alguna manera, se resuelve quitándose la ropa, pero aquí el sol se come todo lo que vive y lo que no.
En los terrenos abiertos se levantan pastos amarillos, huizaches y algunos olmos torcidos por el aire. Diría que lo único que hay es un paisaje hostil, pero le tengo cierto cariño a esta ciudad porque aquí comencé a vivir solo y tuve mis primeros oficios. Es decir, fue la ciudad donde quedé expuesto a la velocidad de las monedas y a fumar cigarros.
En el centro de Cuauhtémoc quedan la plaza, la iglesia y algo de la estación de tren donde por las noches se llena de trabajadores de la pisca de manzana que en época de calor beben en las cantinas de las vías. En invierno también beben para que el frío no los arrulle demasiado.
Le pregunto a Jaime si alguna vez se ha metido a los huertos. Me dice que sí, cuando era niño y cabía por debajo de las puertas. Jaime tiene veintidós años, se rasca la barriga mientras con la otra mano hace como si midiera la altura de alguien que apenas le llega a las primeras costillas. Yo tengo veintiuno y pronto voy a cumplir veintidós.

II.

Su casa es un solo cuarto dividido por muebles. Él está acostado en una cama king size, con la ropa y los zapatos puestos, hecho un costal de papas. Mi llegada de anoche desde Veracruz coincidió con la despedida de soltero de un amigo al que todos le dicen El Chilaca.
Chilaca es un hombre de casi dos metros que alguna vez tuvo la desafortunada idea de ir a la preparatoria vestido completamente de verde. El chile chilaca es famoso en Chihuahua: largo, verde, ingrediente fundamental de las carnes asadas. Una tortilla de harina envuelve un chile relleno de queso menonita. Desde entonces le dicen así.
Dos semanas antes visité Xalapa por primera vez. Durante esos días conviví con personas igual de crédulas que yo porque también querían vivir de la poesía. Estábamos en una residencia de escritura vinculada con la Universidad Veracruzana. Al volver de Xalapa a Chihuahua, ya me había hecho amigo de otros universitarios, estudiantes de letras que vivían en ciudades del país que yo nunca había visitado. Y claro, también de los chilangos futboleros. Con ellos, sobre todo, me di cuenta de que no sabía casi nada de futbol ni de literatura mexicana.

III.

Me acerco a Jaime para ver si sigue respirando. Pongo mi oreja cerca de su nariz. Ahí sigue. Como en mí, su respiración expele un olor a manzanita podrida. Son cerca de las diez a.m. Enciendo la televisión para ver el partido de México contra Holanda. Uno de esos amigos que hice en la residencia, un coapeño que presume ser el mejor poeta de su cuadra, me escribe emocionado por el juego. Le damos seguimiento por mensajes. El primer tiempo termina sin goles. México parece ordenado, incluso posible. Apenas empieza el segundo tiempo, Giovani dos Santos toma una pelota afuera del área y la cruza de zurda. Minuto 48. México anota. Por un momento Giovani adquiere una dimensión de leyenda y Christian Martinoli entra en la historia de los comentaristas deportivos.
¡Golazo infernal, impresionante de Giovani dos Santos! ¡Tantas veces te pedí una, desgraciado, tantas veces! He vomitado bilis por ti, se me ha caído el pelo por ti, tengo nervio por ti, voy al psiquiatra por ti y hoy, ¡hoy por fin apareces, maldita sea! Por fin aparece Giovani, doctor.
Pero al minuto 88 Wesley Sneijder empata con un disparo seco desde la entrada del área. Después viene Robben. Entra, se cae, o lo tiran, o hace las dos cosas al mismo tiempo. El árbitro marca penal. El famosísimo penal del buen Robben. Al 90+4, Huntelaar lo cobra. El partido termina.
Holanda gana 2–1 para siempre.

IV.

Después del juego, el coapeño y yo nos marcamos. Decido salir para no despertar a Jaime. Luego de gritar que no era penal al árbitro portugués Pedro Proença, Jaime se ha movido un poco y temo haberlo molestado.
Abro el mosquitero de la puerta y su muelle se tensa como la espalda de un gato de aluminio antes de saltar. El sol está completamente encima de mí. Me ha quitado la sombra de los pies. Pero cuando pasa una pequeña ventisca puedo escuchar los árboles de manzana del otro lado del muro, también con el sol hostigando sus copas. El coapeño me pregunta qué voy a hacer el resto del verano. Mi idea del dinero es completamente vaga, pero me doy cuenta de que, si uso todo lo que me queda, me alcanza para llegar a la Ciudad de México y, desde ahí, seguirme hasta Acapulco para visitar a mis hermanos.
Cáigale, cáigale, papito, habrá una lectura de poemas de Eduardo Lizalde en la Biblioteca de la Ciudadela y pues de ahí pues un coto, ¿no?, me dice el coapeño. Insiste en que vaya a la lectura porque un poeta así de viejo quién sabe hasta cuándo se nos quede aquí. Decido irme, tras haber estado en Chihuahua poco más de veinticuatro horas, aunque la razón definitivamente no es la poesía.

V.

Jaime por fin se levanta y solo me pregunta por qué grité tanto si la gente de la tele no me oye. Encontramos unas latas de cerveza en una cubeta que estaba en el patio. Lo reseco del día, combinado con nuestra propia resaca, no nos desalienta. Tomamos el contenido como agua y después jugamos a aventarles piedras a las latas ya desocupadas. Nos da hambre; al abrir el refrigerador nos damos cuenta de que lo único que hay son unas manzanas con arrugas y una cajetilla de cigarros que alguien metió en el congelador durante la fiesta.
Fumamos debajo del encino que es el único árbol de su patio. Jaime me pregunta por qué nunca me quise quedar a vivir en Cuauhtémoc. Le doy una respuesta que a mí no me convence, pero al parecer a él sí, porque ya no me pregunta nada. Unos niños van pasando. Uno de ellos lleva una bolsa con huevos. Jaime les grita eh pinshis lepes, qué pues, rólense unos huevos pa esharnos un desayunito, le dicen a su jefa que se les cayó uno, ándenles, no sean gashos, ¿no? Los niños no voltean. Continúan su camino. De vez en cuando, sus pies empujan piedras que chocan con otras piedras hasta desaparecer.
Tengo que hacer una acotación. Jaime vive solo. Heredó esa casa de la forma en que uno nunca quiere heredar nada, quedando huérfano. La casa es amplia, extendiéndose en una esquina donde se cruzan calles de terracería, en una colonia a la que la gente suele referirse como la colonia donde el aire se da la vuelta porque ya después de aquí ya no hay más nada.
Le comparto a Jaime que he decidido irme mañana. Tan poquito me duró el gusto, pinshe shavalo vago remata. Mientras volvemos a recordar la fiesta de anoche, una troca que trae arrastrando un polvaderón enorme con música de banda se para frente al portón.
Es Chilaca con sus secuaces.

VI.

Durante el trayecto vi cinco películas. En todas, los actores protagónicos son calvos, saltan de autos en movimiento y besan mujeres que salen del mar como estatuas de madera que se han caído de un barco.
En el camino intercambio algunos mensajes con Jaime. Me pregunta cómo me amaneció el agua después de la segunda fiesta con Chilaca. Hoy que estoy escribiendo esto he tratado de acordarme del nombre de Chilaca, pero no sé. Creo que nunca escuché su nombre de pila. En la fiesta, Chilaca contó cómo conoció a su esposa. Ella trabajaba en uno de esos módulos donde ofrecen paquetes de telefonía celular al transeúnte. Yo a Jaime lo conocí cuando teníamos 15 años en un puesto de hot dogs. No sé si nos hicimos amigos de inmediato. Cuando me preguntó anoche por qué le gritaba a la televisión, lo único que le contesté fue que era lo mismo que yo le preguntaba a mi padre cuando era niño.
Jaime y yo no lo sabemos en ese momento, pero después de esa vez nos volveremos a encontrar hasta 2018. Y después de ese año, ya no nos volveremos a ver más.

VII.

Al llegar a la Central del Norte me está esperando el coapeño, quien me va a llevar hasta el centro de la Ciudad de México. Es mi segunda interacción con el metro en toda mi vida y estoy impresionado con la gente que vende mp3s con toda la música del mundo. Me compro uno de esos por 10 varos.
Entramos a la lectura de poesía. En efecto, Eduardo Lizalde ya es un hombre bastante mayor, pero lee un poema que todo el público corea. Hay un tigre en la casa que desgarra por dentro al que lo mira, así comienza el poema de Lizalde. Es la primera vez en mi vida que estoy en un recital de poesía donde el público corea a quien lee. La gente se forma para que Lizalde les firme el libro. Cuando es mi turno, Lizalde me pregunta mi nombre y, al cerrar la tapa del libro, veo en la portada un tigre y, sobre ese tigre, la mano vieja de un hombre.
En los días siguientes, Jaime me dice que está viendo la posibilidad de cruzarse a Estados Unidos a trabajar. Yo le pregunto por qué se quiere ir. Solo me contesta bueno, pues pa qué chingados me quedo aquí en esta pinshi tapia. En ese último comentario me doy cuenta de que la respuesta que le di a Jaime días antes, y que no me convenció, acaba de asentarse en mí, sin embargo, no le digo nada.
Después del recital de Eduardo Lizalde, el grupo de personas con las que estoy decide irse a un bar cerca de Insurgentes. Años más tarde me daré cuenta de que decir cerca de Insurgentes es no decir nada, pero en ese momento, para mí, que me dijeran que estaba en Insurgentes implicaba que sabía dónde estaba en la Ciudad de México.
En el bar están pasando Argentina contra Suiza. El partido parece llevar horas sin que pase nada. Afuera está la Ciudad de México y adentro gente que fuma y una televisión colgada en una esquina.
Duro en la Ciudad de México lo suficiente como para ver el 7–1 de Alemania contra Brasil en el Mineirão.
Cuando llego a Acapulco, mi madre me abraza y mis hermanos también.
El día de mi cumpleaños conozco a otro universitario que también escribe poesía. Él me enseña un verso de un poeta brasileño, Lêdo Ivo.
O tempo imita as ondas.
El tiempo imita a las olas.
Mientras trato de entender ese verso gente entra al agua, pero como ya es de noche, solo distingo el sonido de sus cuerpos contra las olas.

 

Juegos de pelota con los pies

 

(Primera parte)

Francia 98

La primera televisión a color que mi padre compró para nuestra casa fue para ver el Mundial de Francia 98. De ese mundial solo recuerdo que, en McDonald’s, al pedir la Cajita Feliz, le daban a cada niño la mascota Footix, un gallo azul con cresta roja. Mi idea de Zidane metiendo dos goles de cabeza y Les Bleus ganándole 3-0 al Brasil de Ronaldo Nazário la supe ya después, gracias a YouTube.
El McDonald’s estaba adentro del Walmart de Icacos. Ahí mi padre compró la televisión. Era una Zenith de unas 21 pulgadas, negra, de tubo. Mi abuela le tejió un mantel y se lo ponía encima como si fuera un niño arreglado para la primera comunión. Como estaba en el cuarto de mis papás, la cortina y el sol de las 2 de la tarde dificultaban sintonizar cualquier programa sin que apareciera encima el reflejo del cielo de Acapulco.
Durante el tiempo que la televisión estuvo con nosotros, fue rotando de lugar en la casa. En el mundo en el que crecí, la vida de los electrodomésticos se movía despacio, centímetro por centímetro casi. Cuando les iba bien, primero cambiaban de trapito. Luego conseguían un reproductor de VHS, después uno de DVD. Y ya cerca del final, un control universal que prometía la voluntad de cualquier aparato inventado hasta ese día. Así las temporadas, y aun con la llegada de la computadora conectada al teléfono, y aun con las lluvias y los apagones que quemaban cualquier aparato cuando la luz volvía de golpe, la televisión duró varios mundiales con nosotros.
Cuatro años después, la Zenith logró la dirección nueva. La sala. Uno pensaría que no fue un viaje largo, si consideramos la facilidad de nuestros pies para una caminata tan corta. Pero para un televisor ensamblado en Matamoros, cercano a los 40 kilos, bajar un piso sin hacerse un solo tallón en la pantalla en pleno verano de 2002, fue algo que todavía hoy en mi familia se sigue comentando.

Corea-Japón 2002

Acercándonos a los últimos meses del ciclo escolar, me da varicela. Me aprendo las capitales y calculo cuántos océanos se tienen que cruzar para darle la vuelta al agua. La emoción del mundo exterior queda restringida. Lo único que hago es ver televisión y no rascarme. Mi madre me unta una crema hecha con avena y calamina. En la pantalla transmiten reportajes sobre lugares famosos que hay que visitar además de los estadios de Corea.
En la televisión aparece El Compayito. Una mano cerrada, con dos ojos de plástico sobre los nudillos y el pulgar convertido en boca interrumpe las mesas deportivas de Televisa.
Cuando regreso a la escuela, todos traen esas bolitas de ojos sobre los nudillos. Mueven las manos como titiritero con la boca llena. Cierran el puño, acomodan los ojos sobre los dedos y hacen hablar a la mano. La izquierda o la derecha. Da igual. Cualquier puño puede resolverse en cara.
Cuando me reincorporo a la escuela regreso para la semana de exámenes finales. El Mundial Corea-Japón aún no termina. A México ya lo ha eliminado Estados Unidos en octavos. Perdemos 2–0 y el nombre de Landon Donovan se instala en la memoria colectiva de los mexicanos.
Estoy en el salón. La maestra les pide a los alumnos que verifiquen las respuestas correctas del mismo examen que yo después tengo que tomar por haber faltado. Junto con ellos, ahí mismo en el aula, la maestra va a calificar el examen. No entiendo muy bien lo que está pasando, pero me siento igual de seducido que cuando quiero algo de la tienda y lo tomo, aunque no sé realmente cómo acaba siendo pagado por mi madre. Simplemente lo echo en el carrito.
Pronto la sensación comienza a acercarse hacia una manera que se parece más a levantarse en medio de la noche y escuchar a gente hablando en la cocina. Adultos cambiando rápido el tono de sus voces hacia algo más diurno cuando te ven acercándote hacia ellos.
Sigo escuchando las capitales y nombres de ríos y de ciudades, hasta que tomo la decisión de cubrir con la lapicera el pedazo de papel y mi mano en movimiento. La maestra no se tiene que dar cuenta de lo que voy a hacer. Pero la segunda gran decisión ocurre después: traer ese mismo papel al examen, esperando conseguir todas las capitales del mundo para mí.
Angola, Luanda. Senegal, Dakar. Turquía, Ankara. Islandia, Reikiavik. Mongolia, Ulan Bator. Madagascar, Antananarivo. Bangladesh, Daca. Uzbekistán, Taskent. Armenia, Ereván. Azerbaiyán, Bakú. Chipre, Nicosia. Namibia, Windhoek. Fiyi, Suva. Omán, Mascate. Vietnam, Hanói. Tailandia, Bangkok. Indonesia, Yakarta. Malasia, Kuala Lumpur. Filipinas, Manila. Camboya, Nom Pen. Laos, Vientián. Nepal, Katmandú. Sri Lanka, Sri Jayawardenepura Kotte. Pakistán, Islamabad. Australia, Canberra. Nueva Zelanda, Wellington. Papúa Nueva Guinea, Puerto Moresby. Samoa, Apia. Tonga, Nukualofa. Vanuatu, Port Vila. Islas Salomón, Honiara. Kiribati, Tarawa. Micronesia, Palikir. Palaos, Ngerulmud. Tuvalu, Funafuti. Islas Marshall, Majuro. Nauru, Yaren.
Soy descubierto en el hueso más duro del archipiélago de Oceanía.
Es 30 de junio de 2002 en Yokohama. Brasil 2–0 sobre Alemania con dos goles de Ronaldo Nazário. Al día siguiente, lunes primero de julio, tengo que presentar un trabajo especial que la profesora me dejó de castigo después de haber hecho trampa en el examen final de geografía. El trabajo consiste en elegir una región del mundo y hacer un monográfico.
Elijo el archipiélago de Ryukyu.

Alemania 2006

El domingo 2 de julio de 2006 no hubo Mundial, hubo elecciones en México. El día anterior, Francia había eliminado a Brasil. Una semana después, Zidane iba a jugar el último partido de su carrera. Primero marcaría un penal. Después le daría un cabezazo a Materazzi. Francia pierde la final en penales.
Esa noche empiezan a salir los resultados preliminares. Mis papás y yo estamos en la sala, atendiendo los comentarios de las mesas de debate político en nuestra televisión plana LG. La televisión Zenith ya pasó a mi cuarto. Con la pantalla nueva, mi abuela ya no sabe bien dónde poner el mantel.
A las 11, el presidente del IFE declara en televisión que no se pue-de anunciar un ganador. La dife-rencia es demasiado cerrada, dice. En los días siguientes continúan contando votos. El jueves 6 de julio, Felipe Calderón queda arriba por menos de un punto.
El cabezazo de Zidane a Materazzi fue una de las primeras imágenes del futbol que recuerdo como video de internet viral. Materazzi le jala la camiseta. Zidane le contesta que se la puede dar después del partido. Materazzi le responde con un insulto sobre su hermana. Zidane camina unos pasos, se detiene.
Regresa. Le da un cabezazo en el pecho y lo expulsan.
Italia gana en tanda de penales. El Perro Bermúdez canta “Volare, cantare”. Yo ya había escuchado esa letra en la radio, sobre todo en ese momento extraño del día, cerca de la noche, cuando solo queda una cortinilla de voz que dice: ochen-tas, noventas y más. ¿Este es el más?
Por alguna razón, mi familia acostumbraba más los canales de Televisa que los de TV Azteca. ¿Qué dice de una familia mexicana la preferencia por una televisora u otra?
A finales de julio, el conflicto llega al Zócalo y a Reforma.
En agosto yo estoy viajando con mi familia hacia la sierra de Chihuahua.
En las afueras de algunas ciudades todavía se alcanza a leer en algunos muros: Vota Fox este 2 de julio.

Sudáfrica 2010

Es mi último verano antes de entrar a la universidad. Llevo un par de meses trabajando de forma intermitente en un rancho menonita cerca del kilómetro 117, en la carretera a Bachíniva, en Chihuahua. Las jornadas que paso en este lugar se distinguen, sobre todo, por no contar con luz eléctrica. Así que por las noches solo queda el cielo y el aullido de los coyotes, una y otra vez, hasta que cada coyote ha alcanzado con su aire un pedazo de astro.
En cierta forma, el mundo de las ciudades ahora suena igual de distante a como sonaba el mundo de los campos cuando yo vivía en una ciudad. Lo que quiero decir es que ambos parecen incompatibles en su forma de decirse.
En una de las tiendas menonitas a la que voy dos veces por semana hay una televisión. Además de aprovechar para oír un pedazo de las noticias, saludo a la cajera. Estoy a punto de cumplir 18 años cuando sé cómo se llama la trabajadora del minisúper en la orilla de este tramo.
España gana el Mundial un domingo, cerca de las tres de la tarde en Bachíniva. En Sudáfrica ya es de noche.
La trabajadora me da el medio de mantequilla, el medio de queso y los tres paquetes de tortillas de harina. Suena la caja registradora. Llega el sonido del dinero y en la televisión aparece David Villa hablando de compartir el liderato de goleo con Thomas Müller, Wesley Sneijder y Diego Forlán.
Tanja me pregunta si me gusta el fútbol. Estoy a punto de decir algo, pero cuando voy a hablar el teléfono timbra. Tanja contesta en su alemán menonita y se aleja hacia la bodega.
En la tele ahora entrevistan a Iniesta. Su voz queda encima de la repetición del gol que hace por primera vez campeón a España.
Iniesta recibe la pelota dentro del área, la deja botar apenas hacia un lado y cruza el tiro antes de que el portero pueda cerrar el cuerpo. Después corre hacia la esquina, se quita la playera y debajo aparece otra camiseta blanca con una dedicatoria escrita a mano.
“Es difícil escuchar el silencio”, dice. “Pero en ese momento yo escuché el silencio y sabía que ese balón iba”.
Tanja sale de turno, y a la siguiente cajera que entra le pido que, por diez pesos, me deje utilizar el internet de una de las computadoras del cibercafé que es parte de los servicios de ese minisúper (nunca he entendido cómo había computadoras en ese páramo, pero había). Se supone que para esas fechas ya deberían haber salido las listas del Ceneval. Busco mi nombre. Lo encuentro.
De regreso al rancho, la troca levanta demasiado polvo. El aire pasa con mucha prisa y algunas norias atraviesan el paso de la carretera, incrustándose en cercas y árboles. Cuando llego con los otros trabajadores tengo ganas de contarles que España acaba de ganar el Mundial, que sé cómo se llama la vendedora, que pronto me voy a ir y que me aceptaron en la escuela. Pero por alguna razón, mientras estoy repartiendo la mantequilla y el queso, no digo nada.
Después de cenar, arriba de una paca de pastura de avena, escucho el relincho de calor de uno de los caballos.
Uno de los trabajadores avienta su lata de cerveza al piso. Otro patea la lata. Empieza un jaloneo de pies y aluminio. Hay dos sauces haciendo un horizonte claro y detrás un arroyo.
Gildardo toca para Meñique. Ahí va Meñique. Lo espera Saucedo, que ya lo conoce. No es la primera vez que se ven las caras. Gildardo se abre por la izquierda, levanta la mano, pide la pelota. Meñique no lo ve, o no quiere verlo.
Saucedo sale. Meñique amaga. Recorta hacia adentro. Se queda con el balón. Gildardo sigue solo. ¡Dásela! ¡Dásela! No se la da. Meñique dispara. La pelota cruza el área, pasa junto al poste y se va. Se salva Saucedo. Se salva el equipo de Saucedo. Y Gildardo se queda mirando a Meñique como un pescador que acaba de ver cómo se le rompe la línea.

To do list

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

I. Immaculate Heart College Art Department Rules
En los años sesenta, el Departamento de Artes del Colegio del Inmaculado Corazón, en Los Ángeles, empezó a ser conocido por su forma de enseñar arte. Era una escuela católica para mujeres. Allí daba clases Sister Corita Kent, monja, artista y serígrafa. A sus estudiantes les pedía desconfiar de la distancia entre arte y vida cotidiana.
Un anuncio, una revista o una frase encontrada en una pared eran lugares donde una época dejaba inscritas sus formas de deseo, consumo y creencia. De esa práctica salieron imágenes, métodos de trabajo y una lista de reglas para estudiantes y profesores del Departamento de Arte.
Aunque debo matizar que la palabra “reglas” puede alejarse de lo que esta declaración pedagógica era en realidad. La lista no funcionaba como un código coercitivo. Era una pedagogía del hacer.
Durante años, esa lista circuló atribuida a John Cage, compositor experimental y escritor estadunidense. La asociación venía de la última regla, que incorpora una frase de John Cage. Cage había trabajado con el azar, el silencio y la indeterminación, desplazando la obra de la voluntad cerrada del autor hacia un campo más abierto, donde también intervenían el accidente, la escucha y lo imprevisto. La regla número 10 dice: “Estamos rompiendo todas las reglas. Incluso nuestras propias reglas. ¿Y cómo hacemos eso? Dejando mucho espacio para las cantidades desconocidas”.
La frase advierte que incluso las reglas propias pueden convertirse en una forma de control. La inteligencia de la frase de Cage radica en cómo introduce la necesidad de una zona de reserva. Algo del trabajo debe permanecer disponible para lo que nunca está previsto.
Esta mañana uso por última vez la impresora de la escuela.
Hoy termina nuestro curso de español.

II. Anoche comí la cena

Dibujo en la pizarra: “Anoche yo comí la pizza”. Desarmo la oración como si fueran las piezas de un mueble desechable. La expresión de tiempo, el sujeto, ese “yo”, el verbo conjugado.
—Es pretérito —les digo—. La acción está cerrada. Done.
Los alumnos mueven los dedos sobre sus computadoras. Sus rostros, todavía adolescentes, a veces huyen hacia la ventana, cruzan la calle y se acuestan en el pasto frente al edificio de Química.
Escribo otra oración.
Cuando era niño, iba de vacaciones al mar con mi familia.
—¿Por qué este pasado es distinto? —les digo—.
El imperfecto no cierra la escena. En el nombre de ese tiempo verbal se entiende su condición. La memoria era porosa.
Entonces escribo una vez más:
Cuando era niño me gustaban los libros de animales.
Regresan de sus juegos de primavera. Les pregunto qué compraron, qué comieron en el desayuno y qué hicieron el fin de semana pasado. El sol afuera, sin una sola nube atravesada, hace que el día tenga un cielo más vertical.
El ejercicio que tienen que responder consiste en completar las siguientes oraciones. Deben escoger uno de los dos verbos entre paréntesis y conjugarlo en pretérito o imperfecto.
Cuando era niño, yo __________ en el patio con mis primos.(esquiar / traducir)
Ayer nosotros __________ un examen de español.(cantar / derretir)
De pequeña, mi hermana __________ caballos con gis en la pared.(dormir / obedecer)
El lunes pasado la profesora __________ la puerta.(descifrar / hervir)
Todos los veranos mis amigos y yo __________ en la calle hasta tarde. ( nadar / roncar)
Esta mañana los estudiantes __________ sus computadoras. (beber / morder)
Cuando éramos niños, nos __________ detrás de los árboles. (tejer / cribar)
Uso el momento final de la clase para agradecerles por su trabajo del semestre. Les explico por qué traje la lista. Hay algunas cosas que quiero decir y no las digo. Las encuentro, de último minuto, sospechosamente didácticas.
Se escuchan los zippers y las butacas desacomodándose en el salón. Algunos alumnos me dan la mano, otros simplemente salen, otros me dicen adiós desde la puerta. Algunos me hablan en inglés y algunos otros me hablan en español. Algunos me sonríen. Algunos no me miran.
Al salir, sus rostros dejan de parecerme adolescentes. Cruzan la puerta y ya no los vuelvo a ver más.
Tomo una fotografía del salón vacío.
El reloj marca exactamente las 11:20 de la mañana.
Afuera el sol pasa entre los árboles.

III. Things to do today

Hoy hago lo de cada fin de jornada. Camino al lado del río.
Algunas mujeres toman el sol en la orilla y algunos hombres corren como toros.
Los gansos, ocupados en apariencia en su propia búsqueda junto al agua, no se dan cuenta de que los filmo.
Salen.
Me sorprende cómo, apenas ya están en otro elemento, sus cuerpos saben comportarse. Las patas encuentran el lodo, el cuello vuelve a su altura, el agua se escurre del plumaje y ellos siguen caminando como si nada hubiera cambiado.
Un auto con globos en el techo se estaciona. Los globos llaman mi atención porque, a pesar de su ligereza, alcanzo a distinguir el esfuerzo que hacen por desprenderse del hilo que los mantiene amarrados. Del auto bajan mujeres con vestidos y hombres en traje. Están listos para su foto de graduación. El fotógrafo les da instrucciones, en cada reordenamiento de la fila para la toma, ríen y mueven sus manos. Son bellos, quiero decírselos, pero el sonido de una bicicleta que suena su campana me devuelve a mi paseo y sigo hasta los campos de beisbol.
En el trayecto voy haciendo apreciaciones muy específicas sobre algunos árboles y sus nidos. A ratos me distrae el megáfono del instructor del equipo de remo, que apura a sus estudiantes a lo largo del cauce. Sus instrucciones metálicas son muy concretas. Más presión. Mantengan el ritmo. Respiren. Uno, dos. Uno, dos. Más largo. Otra vez.
Esa forma de ordenar el cuerpo con frases breves me hace pensar en otra lista famosa. La escribió Johnny Cash. En una hoja titulada Things to do today, anotó cosas mínimas y extrañas por su precisión: no fumar, besar a June, no besar a nadie más, toser, orinar, comer, no comer demasiado, preocuparse, ir a ver a mamá, practicar piano. Al final escribió también: no escribir notas.
Yo cargo con un cuaderno de notas a todas partes. A veces pienso que, además de ayudarme con el apuro de la información que no quiero que se me olvide, cargo con el cuaderno como sustituto de mi cámara. Lo que quiero decir es que hay veces que intento tomar algunas fotos y no funcionan, ya sea por la luz o por mi falta de habilidad: el error. El cuaderno me ayuda a describir una imagen específica cuando la cámara no logra entenderla.
Por ejemplo, desde el invierno quise tomarle una foto a un árbol seco del parque. Sus ramas crecían con tanta amplitud que, si alguien me hubiera preguntado cuál era el arce negro que originó el bosque, yo habría señalado ese. Sin embargo, mi cámara, por alguna razón, no ha llegado a ningún acuerdo entre el árbol y mi ojo.
Tengo demasiadas notas.
Tal vez debería hacerle caso a Johnny Cash.

IV. El agua que bebes cuando te despiertas por la noche

En El libro de la almohada, un texto escrito por Sei Sh?nagon, escritora japonesa de la corte imperial a finales del siglo X, aparecen muchas listas. No son listas de tareas ni de reglas. Son listas de atención. Sh?nagon ordena el mundo por afinidades pequeñas, por molestias, por alegrías, por formas de belleza o de incomodidad. Una de esas listas se llama “Cosas que te hacen sentir alegre”. La primera cosa que enlista es el agua que bebes cuando te despiertas por la noche. Es cierto, esa forma de felicidad la conozco.
Otras listas suyas son igual de importantes. En “Cosas que enervan”, aparece un invitado que llega cuando tienes algo urgente que hacer y se queda hablando por horas sin parar. En “Cosas encantadoras”, la cara de un bebé pintada en un melón. En “Cosas que hacen que el corazón se tambalee de ansiedad”, presenciar una carrera de caballos. En “Cosas que parecen frescas y puras”, las vasijas de barro sin barnizar. En “Cosas que parecen vulgares”, una raya mal hecha en el cabello negro. En “Cosas que ya resultan fútiles y recuerdan un pasado glorioso”, un pintor que tiene mala vista. En “Cosas que se pierden al pintarse”, el maravilloso semblante de hombres y mujeres tal como se describe en los cuentos.

V. Cosas que fotografié hasta antes de llegar a casa

Al pasar de regreso, me doy cuenta de que lo que creí una reunión de graduados en el parque era, en realidad, una sesión de fotos con los best men y las damas de honor.
Varios metros más adelante y aún escucho los aplausos. Parece que por fin consiguieron la fotografía que buscaban. Estoy tentado a voltear una vez más, pero prefiero que la imagen se quede así: deficiente o completa, defectuosa o prístina, en mi memoria.
Cuando era niño, me gustaba ver caricaturas por la mañana.
Ya sentado en mi casa, miro las fotos que tomé durante el día. El salón vacío. Las cortezas de los árboles. El río permitido por el sol. Los huecos abiertos por una luz que no se explica muy bien.
Este es mi único pendiente para el resto del día:
La brisa acaricia el cuerpo de un hombre acostado en su jardín.
Sentado en la computadora, comienzo a calificar las tareas finales de mis estudiantes.
Question 6
¿Qué hacías cuando eras niño?
Cuando era niño, yo comía las manzanas todos los días.

Los juguetes

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

 

 

A mis hermanos

I. El almuerzo

El dinosaurio cae 4 escalones. El sonido de su plástico duro contra el azulejo de cada escalón forma una estridencia que llama a la risa antes que al apuro.
El muñeco prehistórico sigue avanzando cada peldaño. Su postura se modifica igual que un gato adentro de una caja.
Una cámara lenta permitiría, por ejemplo, entender el golpe que el Stegosaurus se acaba de dar contra las púas de su cola. Mejor aún, podríamos observar con detalle cómo el animal se desprende de varias de las placas de su lomo contra el filo del escalón y cómo, en el golpe último de las gradas, la pintura del herbívoro se transfiere a la pared, dejando un rayón visible desde varios metros atrás.
Si alguna vez, hace 150 millones de años, este cuadrúpedo caminó entre montes para alimentarse del helecho y de la planta tipo cola de caballo, hoy de él solo puede decirse que, en vez de precisar su gloria de guerrero jurásico tardío, ícono de Hollywood y mejor amigo de miles de estudiantes de primaria, aquí, en este principio de la escalera, el Stegosaurus es solo un grito.
Su botón, que activa su rugido, ON/OFF, se ha averiado. Esta criatura, con las patas hacia arriba, quebradas, como un animal que se ahoga, no deja de repetir su bufido.
La madre pregunta varias veces qué pasa, pero ninguno de los hermanos contesta.
Arriba, en el último peldaño, los niños miran en silencio los 19 escalones hasta su inicio.
Hace unas semanas, la madre decidió poner una planta que, al parecer, necesitaba sombra.
Un dinosaurio yace al inicio de una escalera y unos niños escuchan caminar a su madre.
Los hermanos se acercan más entre ellos.
Encima de la planta, una hormiga.
La madre vuelve a preguntar qué ha pasado.
Los niños han dicho que fue un accidente. La madre pide que por favor ya no jueguen en la escalera, mientras trata de entender cómo callar al dinosaurio.
La madre advierte que ya no les comprará juguetes nuevos.
Los niños solo observan a la madre abriendo a su Stegosaurus con un cuchillo, mientras dice que si quieren romper algo, que allá afuera hay muchas piedras para quebrar.
El animal calla.
Los niños ven cómo la madre deposita el juguete en el tambo de basura después de aplastar un galón de leche vacío.
La madre, ahora con dos baterías AA en una mano, desmonta el reloj de pared que adorna la entrada de la cocina.
Los niños atienden a su madre cambiando las pilas y ajustando la hora.
—Miren qué tarde es. Ya ven, por andar de traviesos. Ándeles, los dos, vamos a ver qué les hago de comer, ya es bien tarde. A ver, ¿quién va por las tortillas, pues…?

II. La casita

En el bazar, la señora que atiende habla de su hijo que acaba de irse a la universidad. Además, comenta que cada tanto le llegan cosas nuevas porque la gente se está mudando a otras ciudades.
Yo escucho el nombre de esas ciudades. Algunas, estoy seguro, deben quedar muy lejos de aquí porque sus maneras de llamarse casi nadie las usa.
La casita de plástico no la vemos de inmediato. En nuestra defensa, el biombo y las cortinas deformaban su techo, volviéndola una figura amontonada como si fuera una pila de periódicos viejos.
Mi hermano menor sigue la pista de una consola de videojuegos y su cable. Descorre la cortina. Ahí está. La vemos, dulce como plástico que no se come.
Hacemos un círculo y compartimos el secreto de nuestra reciente felicidad.
—¿Y si le decimos a mi ma que ya no queremos nada más que la casita de plástico?
Hablo yo primero porque creo que al ser el hermano mayor y saberme las capitales, tengo más responsabilidad grupal.
El más chico dice que no está seguro del cambio porque a él le gusta mucho su peluche de caballo y que además mi mamá lleva un buró.
Es cierto, nuestra madre lleva un buró y un juego de tazas.
Nuestro hermano de en medio dice, bueno, a mí la casita me gusta. Y ya no vuelve a decir nada más.
La casita es de plástico, roja, amarilla y verde. Me llega casi a la cabeza. La puerta es más baja y hay que agacharse para entrar. Las ventanas son huecos grandes por donde cabe la mano y la cara. El techo tiene forma de dos lados y hace ruido cuando lo toco. Adentro cabemos tres, pero cerca. Si empujo la pared, se mueve un poco. No tiene piso, se siente el suelo. Entro, doy la vuelta y salgo.
Mi madre sigue hablando con la señora.
—…y pues ya viste que no se puede andar sola en el carro ya después de la noche… Allá en La Garita, mana, a plena luz del día y que si los taxis esos amarillos y que si…
Mis hermanos y yo comenzamos a jugar con la casita.
Sus ventanas se abren, adentro hay hasta un teléfono de pared. Es una reproducción a escala de la vida perfecta. La deseamos, no sabemos cómo explicar nuestra insistencia que nos hace renunciar a todo lo demás. Deseamos esa casita en el patio de cemento de nuestra casa. Deseamos sus colores pasteles como de comida de graduación. Deseamos su pequeño espacio y su techo que deja entrar la luz como las sábanas con las que a veces cubren los sillones cuando pintan.
Es entonces cuando el acuerdo más formal que hacemos como hermanos ocurre.
Seguimos corriendo y entrando una y otra vez. Nuestra historia es simple. Estamos en un barco atrapados entre el cabello de un gigante desmayado en el río. Queremos continuar nuestro viaje, pero el canal está bloqueado, así que consideramos trepar por la melena.
Las cortinas parecen resistir muy bien, se tensionan los aros y la varilla mantiene el acuerdo de los pesos y el niño agarrándose como una garrapata.
Entra un cliente nuevo.
Uno de los aros del cortinero sale volando. La cortina se desgarra por la mitad.
Nadie llora, nadie dice nada.
Escondemos el pedazo de cortina detrás de las otras telas. Nuestra madre pregunta si ya estamos listos. El éxito no nos abandona. Combinado con nuestra gesticulación de cachorros bostezando, la vendedora llega a un trato con mi madre.
Se despiden. La vendedora anota algo en una libreta después de que mi madre le da unos billetes y quedan de verse la próxima semana. Desfalcadora, pero no podemos decirle nada. Nosotros a nuestra manera, hicimos lo mismo con nuestra madre.
El verano es fascinante. Todos los días jugamos en la casita.
La expedición por el mar prosigue, es maravilloso, por ejemplo, el océano cuando llueve y escuchamos a las gallinas saltar a esconderse en las hojas del almendro del vecino. Nosotros, por supuesto, en la casita.
A veces los perros de la colonia ladran por la noche. A veces mi abuela pone a secar las jergas en el techo de la casita.
Entre muchas de las compras que hizo mi madre en el bazar La Pulga, una de ellas es un libro sobre Dios. Es un libro grande como un libro de mapas. El libro tiene imágenes del cielo y también de gente desnuda levantando los pies del agua roja.
Gente que no quiere quemarse en el lago, supongo.
Le pregunto a mi madre por qué compramos cosas usadas.
El libro tiene imágenes de gente mirando una cruz.
En el catecismo me enseñan que Dios mira todo lo que hago, que incluso puede ver a través del techo de mi casa.
Nuestros perros se acostumbran a dormir adentro de la casita de plástico.
Le digo a mi madre que la idea de Dios mirándome todo el tiempo no me gusta.
Aprendo el Credo y me preparo para entrar a la secundaria.
Alguien en la colonia envenena a nuestros perros Bagheera y Pingo. Los perros se van a la casita de plástico a morir escondidos.
Le vuelvo a decir a mi madre que la idea de Dios mirándome todo el tiempo no me gusta, pero esta vez ella, agotada del tema, me dice que Dios tiene ojos distintos a nuestros ojos.
Lloro y nunca vuelvo a jugar en la casita.
Me tallo los ojos. Mis hermanos entran en la secundaria. Yo entro a la universidad.
Le cuento a mi madre que compré mi nuevo escritorio en muy buena oferta en un bazar. No se llama La Pulga.
Acabo la universidad.
Mis hermanos cumplen mi edad y yo la suya.
Ahora ellos viven en otras casas.
El fin de semana pasado, mientras iba a la lavandería, unos niños jugaban en su patio de primavera, adentro de una casa igual a esa casita de plástico. Le quise tomar una foto, le quise mandar un mensaje a mis hermanos, le quise preguntar a mi madre qué pasó con ese libro de Dios y las imágenes del cielo y de la gente que no nada.
Crucé la calle.
Entré a mi casa. Doblé mi ropa. Mi casita y luego no.

III. El puente

Mi hermano ama a su oveja. Entre semana se viste de Vicente Guerrero para el festival de la primaria, pero los sábados en cuanto amanece, sale, observa el humor vertical de las montañas y bebe su jugo y come su fruta y sale a buscar a su oveja por los cerros de Acapulco.
Recuerdo como Isidra y mi abuela le decían mi niño, Yohel y tú dormido abrazabas a tu animal de peluche lleno de arroz.
Después fuimos esa Semana Santa a juntar conchas a la playa y saltábamos con mucho prestigio el borde de un tronco seco.
¿Por qué será, Yohel, que las edades de los árboles se miden en anillos? Te pregunto a ti, tú el arquitecto, el hombre árbol, hermano, ¿qué hace que las casas aparezcan?
Entonces abrazabas tu oveja, te digo, íbamos rumbo a Marquelia con mi madre, Isidra y mi otro hermano hacia la Costa Chica. Tú y Carlos jugaban cerca del agua e Isidra los cuidaba como un árbol cuida el reflejo donde se asoman los peces.
Vendedores ofrecían pencas de plátanos y hombres con camisas sudadas apuraban sus machetes contra la cáscara de los cocos. Nosotros pasábamos en el auto. Sacábamos a veces la mano y saludábamos a esos vendedores. También mi madre frenaba el coche para dejar pasar trabajadores arreando a sus cerdos o a sus chivos.
El calor le hacía cosquillas al lejos de la carretera y mi madre decía que era vapor de agua. Mujeres con niños en sus espaldas se dirigían con dirección a las huertas. Las vacas masticaban la pastura y nosotros pensábamos que nos decían algo porque movían su hocico.
Había hartos animales, Yohel, lo recuerdo. Estabas feliz de saludar a cada uno. Sacábamos los brazos, nuestra madre decía mijos, chingado, si siguen sacando las manos me doy la vuelta y nos regresamos a la casa.
Y pasó lo más oportuna posible.
Un puente.
Era necesario.
Sacaste el brazo.
A la oveja le daba el aire.
Mi madre llevaba unos lentes de sol puestos y te vio.
Las orejas de la oveja ondulaban como las alas de un pájaro que no está volando, sino que está cayendo.
En los márgenes del río Papagayo se siembra, se pesca, se lava sobre las piedras.
¿Te imaginas Yohel, un peluche cayendo por el puente del río Papagayo?
Lo mismo pensé; por lo demás, feliz Día del Niño.

La grulla

La grulla

I. Por ejemplo, una grulla de papel o un avión son trabajos típicos de papiroflexia

Muchas veces he pensado que la tensión de mi biografía es una especie de doblez, una papiroflexia que hace que Chihuahua, al plegarse, roce lo expansivo de las costas de Guerrero. En mí, donde nada ha sucedido aún, busco la montaña; y así como entiendo el desierto, pienso también, inevitablemente, en el mar.
Es, sobre todo, a estas horas, cuando por fin el invierno comienza a retirarse, que esa geografía escindida desea resolverse en una pregunta: ¿hacia dónde queda el agua y qué tanto se le debe? Digo lo de la primavera porque es entonces cuando aquí puedo ver de nuevo cómo todo se inicia: los campos se deshacen de la bruma y de la nieve, y empiezan a brotar, seguros de sí, pequeños animales, cuerpos diminutos que se asientan, como si ensayaran su lugar, bajo la sombra de árboles recientes.
Alguna vez me dijeron, casi como reproche, que yo solo escribía lo que me pasaba al caminar. Lo tomé como un acierto: pensar el movimiento es, en el fondo, lo único que hago. Soy un ser humano sin oriente, a propósito, así que cada deformación del paisaje para mí sucede como un acontecimiento.
A veces me gusta pensar que las veredas que persigo son las mismas prisas que dejan los venados cuando van a beber agua o a comer la hierba. En todas direcciones entonces. Así que a pesar de haber iniciado este texto diciendo que mi biografía tiene líneas y correspondencias muy claras, prefiero mejor pensarla como una hoja que se arruga adentro de una mano.
¿Lo han visto alguna vez?
Es más, lo haré en seguida con esta misma hoja.
Miren, en mi mano el pliego se redujo a la gracia de una ciruela seca.
Ya no hay líneas estilizadas, ya no hay figura con nombre y eje definido. Parece así de pronto la superficie yendo de un mar salado y a la vez, la tierra que dejan los deslaves de cualquier montaña en la planicie.
Una simple bola de papel donde todos sus horizontes se multiplican porque se tocan.
Aparecen arrugas que forman crestas y valles.
¿Cómo se llama este lugar?

II. No sabemos cuál es el río que Heráclito de Éfeso habría mirado para formular su idea

Hace unos días leí un texto del ensayista y traductor norteamericano Guy Davenport, que entendió la literatura, la historia y el arte como un sistema de correspondencias no inmediatas, sino necesarias para volverse legibles entre sí. En La geografía de la imaginación, Davenport se detiene en Heráclito y, antes que nada, cuestiona una lectura bastante establecida, la idea de que cuando afirma que todo fluye nos está exhortando a aprovechar el instante.
Para Davenport, el gesto es otro: Heráclito no propone una ética de la urgencia, sino una forma de atención. Lo que está en juego no es el instante, sino el ritmo, es decir, el modo en que cada cosa acontece según su propia cadencia. Cada cosa, entonces, tiene su modo de aparecer: la siesta de un perro, la procesión de los equinoccios, las danzas de Lidia.
A partir de esa atención al ritmo, Davenport piensa la imaginación. La imaginación es, como todo lo que existe en el tiempo, metamórfica, pero no por ello desarraigada, también está inscrita en una geografía. Es decir, no cambia en el vacío, sino desde un lugar.

III. El brazo amputado de Álvaro Obregón fue el brazo derecho.

Cuando tenía 26 años y vivía en la Ciudad de México, había tardes en las que, después de terminar mi turno de mesero en una fonda de Copilco, iba al café del último piso de la librería del Fondo de Cultura Económica. Me compraba un americano de 16 pesos, tomaba un libro y me sentaba como si aquello fuera una especie de biblioteca personal.
Recuerdo especialmente la época en que leía El lugar, parte de una trilogía involuntaria del escritor uruguayo Mario Levrero. El relato sigue a un personaje que se desplaza dentro de un espacio extraño, como si recorriera una casa inmensa o un laberinto. Cada habitación conduce a otra, sin que haya nunca una salida clara. Avanza, atraviesa puertas que no terminan de cerrarse, desciende, reaparece en otros espacios, y el conjunto nunca llega a explicarse del todo.
A veces mientras estaba leyendo me distraía con las conversaciones de gentes con gafas, a veces también con pantalones de vestir, que hablaban de cualquier cosa, como si cualquier cosa fuera importante. Luego salía a la calle y le pedía prestado su encendedor al hombre del puesto ambulante de libros sobre Miguel Ángel de Quevedo. Los autobuses pasaban llenos y las personas entrando y saliendo del metro nunca me decían sus nombres.
Yo siempre regresaba caminando a mi habitación.
En algún momento de ese marzo terminé otro libro de Levrero: El discurso vacío. En ese libro, en su prólogo fechado en diciembre de 1989, está escrito lo siguiente, Aquello que aparece porque sí, brilla un instante y luego se va por años y años.
Después de leer esa frase, me fui a esperar a un amigo en las escaleras del monumento a Álvaro Obregón, en La Bombilla. Mientras llegaba, presencié un partido de futbol callejero sobre la explanada y a unas niñas practicando patinaje en el asfalto.
Cuando mi amigo llegó, le platiqué de la frase de Levrero. Él me dijo dos cosas, la primera fue que en ese monumento había estado el brazo que Obregón perdió en la batalla de Celaya, aunque ahora ya nadie sabe exactamente dónde está. Después me preguntó si ya había leído la Entrevista imaginaria con Mario Levrero por Mario Levrero.
Hasta hace unas semanas no la había leído. En ella, el escritor de Montevideo dice La imaginación es un instrumento; un instrumento de conocimiento.

IV. Ayer, por ejemplo, estaba en clase

El profesor David hablaba de cuando las aves vuelan en parvada por diez minutos, prolongando unas formas aéreas que nos obligan a revisar nuestras nociones de acuerdo y coreografía.
Un ave solitaria indaga en saltos las condiciones de una rama. Y de la nada, en la urgencia de la luz en cada tarde, esa misma ave se entrega a un vuelo compartido y sincronizado. Una ventisca donde ya no se trata de una suma de individuos, sino de una sola configuración en acto. Un cuerpo más amplio que se compone en el aire. Un único signo donde cada batir de alas pertenece a una misma potencia que se despliega. Como si por un momento lo viviente encontrara una forma más intensa de existir.
Entonces terminó la clase y salí queriendo encontrarme a esos pájaros que me demostraran la ética de los cuerpos. Sin embargo, el día estaba vacío de signos, pasaban algunos autos, y algunos hombres caminaban sin voltear a ver a nadie.
En un momento del camino apareció un muro cubierto de pequeños rayones de gis. El ala, la ceja y el ala se repetían en decenas a lo largo de una pared bajo un puente. Los trazos organizados, yo juraba que eran los mares y sus migraciones. Lo tomé como un presagio y regresé a casa a terminar la tarea.
En mi casa, antes de dormirme, recordé un dibujo muy viejo que alguna vez hice con mi madre. Ella había usado acuarelas para mostrarme el mar, y yo, en la otra mitad de la cartulina, había decidido dibujar un bosque con montañas.
Al final, doblé la hoja y la metí en mi mochila, sin esperar a que la pintura terminara de secarse. Los colores de una cara y otra se mezclaron y la superficie acabó siendo una sola, donde lo único que se distinguía era el nombre de mi madre junto al mío, como firma del dibujo.

V. Casa

En alguna de mis mudanzas mi idea de casa fue desdibujada para siempre.
Pienso, claro, en la casa de mis padres, en el lugar donde jugué de niño y donde vi morir a mis primeros animales. Pero cuando pienso en regresar, no pienso en volver ahí. ¿Dónde está mi casa?, me pregunto ahora, hoy, justo cuando sé que estoy a punto de mudarme otra vez, como si cada desplazamiento no hiciera sino desviar también la respuesta.

VI. Ahora la grulla reposa sobre mi librero

En unas semanas termino mi trabajo en esta parte del Midwest. Cuando llegué aquí tenía el cabello más corto, había guerras diferentes y pensaba que mi país estaba más cerca. El invierno me ha parecido un hueco enorme que se horada con palabras que no entiendo. Cuando llegué a esta ciudad mi escritorio estaba vacío y no tenía cortinas en las ventanas, ahora no me gusta que me miren y en la mesa se acumulan las cosas que he dicho que leeré pronto.
Juro que he deseado ser una persona, pero a veces me seduce la idea del musgo que crece a lo largo de los ríos cuando el clima es agradable.
Me preguntan por la comida de mi país, por la gente de mi país, por los años de mi país, y yo apenas contesto cosas simples, como que la mesa no era grande pero siempre había que comer, que algunos de mis vecinos con los que crecí tomaron las armas y no regresaron y que no soy bueno para las fechas.
Así que voy por estos lugares, siendo extranjero, enseñándole mi lengua a gentes extrañas que a veces me sonríen cuando aprenden a decir una palabra nueva. He pensado en el mar a diario, aunque supongo que es porque el hielo de los ríos ya dejó de juntarse.
Voy, me divierto cuando puedo. Saludo, pero sin regresar la vista del todo, escucho las noticias, hago notas en los márgenes de mis libros, y algunos días me conmuevo al leer que todo ya estaba completo desde antes de que yo lo mirara.
Hoy, por ejemplo, al terminar de dar clases de español, me di cuenta de que, sobre la butaca de mi alumno más distraído, reposaba una grulla hecha con el papel azul de la última tarea.
Guardé la grulla en medio de un libro.
El mundo es azul en sus extremos y en sus profundidades, dice Rebecca Solnit en su guía sobre el arte de perderse.
Afuera la tarde se acumula tan azul en sus orillas.
Abro una vez más el libro de Solnit.
Renglones más adelante habla del azul del sueño. La grulla, por lo mientras, reposa cerca del teclado, lista para devorar. Mis dedos son peces hirviendo en el agua de una hoja.

 

Los pelícanos

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Este día los pelícanos se han reunido debajo del puente.
Pescan, es decir, compiten por el pez. Lo roban. Sus ojos en el ocurrir del río. Elegantes para discernir al bagre en la caída del agua, yo apenas sé de mi reflejo.
No soy pelícano ¿Qué se necesita para serlo?
Ha comenzado a cambiar el clima. Es la última primavera que pasaré en Iowa. El sol ahora se mantiene más tiempo sobre el medio oeste. Me he vuelto un observador, paso mis días persiguiendo luces sobre mi mano o sobre las patas de los animales. Antes miraba, es verdad, pero ahora los colores me permiten.
¿Por qué se llaman pelícanos?
Un anciano camina, las maderas del puente suenan y un gorro cubre su cabello canoso.
¿Les dirán pelícanos porque tienen el pelo blanco?
El hombre se detiene igual que yo a mirar las aves en su banquete.
Pelicanus, que a su vez viene del griego pelekanos, que a su vez se relaciona con el término pélekys que significa hacha.
¿Cómo es el pico de un pelícano?
El pico grande y fuerte del pelícano recuerda la forma o la fuerza de un hacha.
El hombre fotografía a las aves comiendo, yo hago lo mismo. Aunque a veces me distraigo y en algunas partes de la orilla de este río aún hay nieve y el sol del medio oeste también cae en el agua como una esfera vacía y, de tan vacía que cae, hueca como diente de niño, se asemeja a un ojo de pez mirando la superficie.
En las representaciones medievales el pelícano aparece abriéndose el pecho con el pico para alimentar con su sangre a sus crías.
El hombre enciende un cigarro.
Deja de indagar en la escena debajo del puente. Exhala el humo. Así como llegó a mi vida su silueta, así el día continúa. Una madre y su hijo dan un paseo.
La madre le protege los ojos del sol con la mano, pero el niño rechaza el gesto y se acerca al barandal del puente.
Estira su dedo. Señala y cuenta.
Le dice a su madre que son más de 10000.
Y los 10000 pelícanos zambullen su pico para reprimir a la trucha sin nunca despegar las alas de su costado. Antes de dirigirme hacia los árboles altos del parque, quiero tomar una última fotografía. En ella deseo que aparezca el puente y una porción de la escena de los pelícanos.
El exceso de claridad del día hace que mi foto instantánea se revele como un hueco que se ilumina desde el interior como si alguien hubiera prendido un foco adentro de un ropero.
Sin embargo, en una esquina, la última esquina de esa imagen, se puede percibir la figura, casi el relato nocturno de una madre y su hijo que caminan hacia mí.

Madisoniana

Decido acostarme un momento. Abro la llave hasta el agua caliente. Mi cuerpo comienza a relajarse entre más va subiendo el nivel en la tina. Cuando ya estoy cubierto, cuando ya solo alcanzo a ver la punta de mis rodillas como dos islas despobladas y cercanas, cierro la llave y siento que es buena idea meditar. Al inicio, no entiendo muy bien qué es lo que estoy buscando. Repaso con prisa mis nociones sobre la meditación, sin embargo, pronto me doy cuenta que lo único que sé de la meditación son unas genéricas instrucciones que escuché en algún programa de yoga un terrible domingo por la mañana.
Soy un cuerpo acostado en una ciénaga. Sin método, sin la práctica de manos adecuada. No un silencio en favor de otro, ni mucho menos cuál debe ser la geometría de mis pulmones. ¿Robustos con su sobrio volumen hecho de aire, o vacíos, prófugos?
Abandono la meditación. En realidad, lo que estoy ensayando es la idea del descanso. Me concentro y busco evadir las olas de imágenes de las últimas 48 horas que he pasado en esta ciudad rodeada por lagos. A veces creo tener el control, y mi atención se dirige a la gotera tan liviana que ha dejado la llave del lavabo. Pero unos segundos después recuerdo mi caminata de ayer alrededor del lago Mendota.
El clima había concedido un día soleado, los estudiantes salían con los suéteres amarrados a la cintura y de los árboles pendían cientos de aretes como gotas puras por donde se filtraba el sol de primavera.
Me concentro una vez más.
Escucho al huésped del cuarto contiguo toser. Su tos es agresiva. Cada vez que llega su estruendo, la oscuridad pareja de mis ojos cerrados centellea como un pequeño fuego artificial.
Por fin pausa la tos.
Esta vez creo que podré relajarme, que por fin seré yo y la palma de esta agua nada más. Adentro de mis ojos no hay nada. Entonces, primero aparecen dos manos como dos anzuelos flotando plateados sobre un mar oscurecido. Los dedos comienzan a engancharse. Comienzan a formar bucles iguales con una cuerda. Las manos trabajan en espejo, mantienen la simetría mientras preparan el nudo.
El instructor se vuelve a colocar frente a la cámara con la cuerda entre las manos.
Miren bien, no apuren el nudo… Los dos bucles tienen que quedar del mismo largo… Este es un nudo de pesca. Se llama pata de gato…
El hombre Scout con una barba prominente recuerda a la vida de cualquier pescador.
El programa de televisión de anoche ahora se comienza a combinar con partes del recorrido de ayer, la escena se despliega hasta el momento donde tomé una foto de unos caminantes sobre el muelle. En el momento previo a la imagen, yo tenía las siluetas de las sombras y las boyas bastante realizadas, pero al tomarla, en mi imagen apenas la insinuación despintada de la luz sobre la costa del lago.
No sé si lo que me hace abrir los ojos es no poder recordar donde quedó esa foto o que alguien está tocando la puerta. Vienen a limpiar la habitación.
Salgo de la tina, los espejos están completamente empañados, y grito que más tarde, que no necesito toallas, que thank you so much.
La tina, ahora hueca de mi, recupera su signo horizontal. Me alisto, no me di cuenta de la hora y tengo que salir pronto del hotel. Los edificios vecinos a mi ventana crecen sin mucho esfuerzo, pero por en medio de unos alcanzo a ver una manera del lago.
Agarro mi libreta, tomo la cámara. Al revisar que mi pasaporte siga en su sitio, la fotografía del muelle cae al suelo.
Guardo todo en mi mochila. En el pasillo encuentro a la persona que acomoda las habitaciones. Me pregunta que si ya voy a desocupar la habitación, intercambiamos varias oraciones más hasta que ella me pregunta si hablo español. Hablamos en español, me recomienda un lugar de comida mexicana, al esperar por el elevador me miro en el espejo del pasillo. Me da la sensación de entender por qué este día y no otro, pero llega el elevador y con él, un grupo de adolescentes con uniformes deportivos.
Salgo del hotel, me miro de reojo en las ventanas de un auto. De nuevo, la sensación de saber por qué este día y no otro aparece en mi mente desocupada. Cruzo la avenida, por la calle camina un hombre con una barba muy seria, sin embargo, no me hace pensar en ningún pescador. Escucho a unas mujeres hablar italiano detrás de mí y en la siguiente esquina escucho a unas mujeres hablar en una lengua eslava. Desde ahí alcanzo a escuchar mejor el rumor del lago. Los botes y lanchas están cubiertos aún con sus lonas para cuidarse de la nieve.
Vuelvo a mirarme una vez más en un ventanal. Recuerdo mi baño en la tina. Recuerdo que por un momento de mi ducha, uno de los pensamientos que tuve era querer fotografiarme desnudo. Aunque no hay nadie cerca de mí, me avergüenzo de mi idea y dejo de elaborarla. Lo que en realidad me detiene es que justo cerca de la orilla de lago, un pelícano como un barquito de papel en una palangana disfruta del agua recién descongelada.
Esta vez no tomo ninguna fotografía.

La ballena

Muchas ballenas, especialmente las que se alimentan de kril o peces pequeños, empujan a sus presas hacia la superficie formando concentraciones densas, lo que se conoce como bait ball. Aves marinas como los pelícanos aprovechan esa acumulación de peces para alimentarse con menor esfuerzo.
En 1941, Alfonso Reyes recibe un doctorado honoris causa por la Universidad de California en Berkeley. Lo relevante no es la distinción, ni el hecho de ser el primer latinoamericano en obtenerla en esa universidad, como el propio Reyes sugiere, ni el entramado de relaciones diplomáticas y académicas que atraviesan su estancia, sino el trayecto en automóvil desde la Ciudad de México hasta California, que realiza en aproximadamente cuatro días y medio de ida y otro tanto de vuelta, en su Buick, acompañado por su chofer, el vestido de pachuco, Germán, y también por su hijo reumático, condición que el texto insiste en registrar en cada párrafo.
Reyes, en algún momento, tiene que comprar un traje porque descubre que, por las prisas de la salida, no empacó sus pantalones que acompañaban su saco gris para la ceremonia en que recibiría el honoris. En Berkeley recorre varias tiendas sin mucho éxito. Dice, o más bien se describe, como de “talla extravagante”, señalando que las medidas estándar norteamericanas no están hechas para su cuerpo. Y yo imagino a Alfonso Reyes caminando por debajo del rumor californiano, resolviendo la medida de su cuerpo sin desatender su recortadísimo bigote.
La crónica continúa. Su Berkeleyana me produce una complicidad: Reyes visita este país extraño y se sorprende de los brebajes hechos de zanahoria, que le ofrecen unas muchachas vestidas como de ballet en un café al borde de la carretera. También le llama la atención que en las comidas no dan postre y que la cerveza californiana es menor en comparación con nuestra heroica cerveza nacional. Durante el viaje, Reyes cumple 52 años y en una de las últimas partes de la crónica anota esta impresión: “Por la tarde, a las 6 p. m., Morley nos lleva a la Cliff House, donde cenamos frente al mar, a la vista de pelícanos y focas, que son la atracción de la casa.”
El piloto del avión hace sonar el timbre de abrochar el cinturón y comienza a avisar que estamos a minutos del aterrizaje en el aeropuerto de Iowa. Detengo mi lectura de Reyes. Está atardeciendo y husmeo por la ventana para saber si distingo el río donde vi a los pelícanos días antes de mi viaje a la ciudad de Madison. Los ríos de Iowa son plateados sobre la llanura seca en esta hora del año.
Una madre regaña a sus dos hijos para que detengan su pelea, y ya en su acuerdo de paz comienzan a jugar con un peluche. Se termina de oscurecer el Midwest. Ahora una ballena exhibe su salto encima de la cabecera de los asientos A19 y B19.
La ballena emerge y revienta la cola contra la cabeza de uno de los hermanos.
Las palmas de uno de los niños se mueven alrededor del peluche, aletean y esperan el siguiente salto de gran cetáceo del Midwest.
Salta una vez más, la ola que suelta el animal es alta y espanta a las aves y a las manos.
El estruendo del aterrizaje es pura coincidencia.

Aleta

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

(Segunda parte)

Hans: Y entonces, ¿qué miras ahora?
R: Un día, mientras caminaba al salir del trabajo, encontré un cuaderno, como un sketchbook, humedecido por la nieve. En una de las páginas había una mano. Ya sabes, la clásica mano que traza un niño cuando está aprendiendo a agarrar los lápices. No pude evitar poner mi mano sobre la mano del dibujo.
No recuerdo realmente la primera vez que dibujé la silueta de mi mano; seguramente fue con la ayuda de mi madre.
De casualidad llevaba la cámara en mi mochila y tomé una fotografía. Utilicé mi sombra para dibujar la silueta de mi mano sobre el papel.
Es el tipo de cosas que miro ahora. Paso demasiado tiempo viendo el suelo. Y no sé. No entiendo muy bien la luz de esta ciudad. Creo que es culpa del invierno.
Hans: Yo tampoco recuerdo cuándo dibujé mi mano por primera vez, pero sí recuerdo cuando Janelle ayudó a nuestro pequeño hijo a dibujar la suya por primera vez. Elliot estaba muy contento ese día. Bueno, pero ¿quién no es ruidoso y feliz a los tres años? Y le pidió a su madre que le pegara la hoja en el pecho. Al principio no entendíamos qué estaba haciendo, pensábamos que quería ser como un superhéroe, o como algún personaje de una caricatura.
Ese día llegaron unos amigos a la casa. Elliot estuvo increíble. Fingía, y nos hacía fingir que tenía tres manos. Obviamente detuvimos la farsa cuando llegó la hora de la cena, se llenó la ropa de salsa de tomate, nosotros nos reímos, bueno al principio no, luego nunca dejamos de pensar en eso.
Enmarcamos ese dibujo lleno de salsa marinara y lo tenemos colgado en la sala de nuestra casa en Vermont. Siempre me ha resultado increíble cómo ese dibujo me hace recordar mejor a mi hijo que cualquiera de las otras fotografías que le tomamos cuando era pequeño.
¿Por qué crees que pasa eso?
R: La verdad es que no lo tengo muy claro. Mi primera intuición sería decir que lo que pasa es que ese dibujo tiene más información que la que tiene una fotografía. Por ejemplo, siento que una fotografía muestra cómo se veía algo en un momento determinado. Fija la apariencia. Pero el dibujo de Elliot, ese dibujo manchado, contiene la presión de su mano, el cuerpo inclinado sobre la mesa, el juego, la risa, incluso el accidente, el olor a salsa de tomate. En ese sentido, pues, no es únicamente una representación, es el resultado físico de haber estado ahí.
Aunque claro, aquí tendríamos que discutir primero qué entendemos por fotografía. Porque habrá quien diga, y no sin bastante razón, que la fotografía tiene una potencia muy específica que el dibujo no tiene. Ya sabes, alguien como quien… bueno claro, por supuesto, Barthes, por ejemplo, él diría que la fotografía no solo muestra algo, sino que certifica que eso estuvo allí, que la luz que tocó el cuerpo tocó también la película. En ese sentido, la fotografía también sería un resto, una inscripción material de lo que ocurre.
Hans: Claro, entonces tendríamos que admitir que la fotografía también es un objeto, ¿no? También envejece, también puede ser arqueológica. Aunque, bueno, no sé si eso les pase a las fotografías digitales.
R: Siendo mucho más simple, pienso que no es que el dibujo haga recordar mejor que las fotografías. Es que las fotos te enseñan cómo era tu hijo. El dibujo te devuelve algo más difícil de nombrar, el hecho de que estabas con él. Y hay una diferencia enorme entre ver algo… y haber estado ahí. Aunque, bueno… regresaríamos de nuevo en círculos con que si tomaste la foto es porque estuviste ahí, y así hasta que esto se vuelva un espiral.
Hans: Un resorte.
R: Sí, un resorte enorme, acompañado de otros resortes enormes.
Hans: Que sostienen un trampolín.
R: Un colchón.
Hans: Claro, un colchón donde Elliot salta una y otra vez porque no puede quedarse dormido, porque los adultos están discutiendo sobre la importancia de ver salsa de tomate sobre una superficie.
R: Bueno, esa siempre es una discusión. La salsa de tomate no se quita tan fácil.
Hans: A propósito de la salsa de tomate, ¿te molesta si como algo mientras hablamos? Te lo pregunto porque puede que entre una palabra y otra tenga la boca llena de pan y sardinas.
R: Para nada, no me molesta. ¿A ti te molesta si me como algo también?
Hans: Por Dios, qué amable es todo el mundo. Ya comamos. Entonces, pensando en Elliot, una vez me hizo una pregunta que no sé si puedas responder. Yo nunca he podido.
R: Bueno, ¿y por qué crees que yo podría?
Hans: Bueno, no sé si podrás, pero por eso te invitamos a este número.
R: Es justo.
Hans: Cuando Elliot tenía siete años y caminábamos por un parque, tuvimos que pasar por debajo de un puente. Debajo de ese puente había otro hombre con su hija. Tenían gises y estaban dibujando en la pared. Eran dibujos de animales. Entonces Elliot me preguntó por qué a la gente le gusta escribir su nombre en las paredes. Por qué a las personas les gusta dibujar en todos lados.
Le dije, sin pensarlo mucho, que era divertido, y dejó de preguntarme. Más bien estoy agradecido con el otro padre, porque le regaló un pedazo de tiza a Elliot y se puso a dibujar, deteniendo su interrogatorio. Después de eso, nos fuimos a los columpios y él se balanceaba con las manos llenas de tiza y yo, en cambio, seguía pensando en sus preguntas.
Digo, claro, Elliot tenía siete. Él ya estaba en otra cosa después de ponerme en semejante aprieto… pero yo, que en ese entonces no tenía ni barba, creo que en ese momento me la empecé a dejar crecer, no podía dejar de pensar en eso. ¿Por qué hacemos dibujos? ¿Por qué hacemos arte? ¿Por qué hacemos música? ¿Por qué hacemos cosas?
¿Por qué?
R: Hans, pues porque es divertido, ¿no? Lamento informarte que tienes razón.
Hans: Vamos, eres un tramposo, pero es cierto, qué divertido es.
R: Es decir… hay una alegría en el hacer, supongo. No necesariamente solo lo lúdico de usar una tiza para rayar una banqueta, aunque también eso. Ver que algo aparezca donde antes no había nada.
Hans: Aunque eso suena a que le tenemos miedo al vacío, ¿no?
R: Más que miedo, lo pienso como incomodidad.
Hans: ¿Qué entiendes tú por incomodidad? Cuando escucho esa palabra siempre pienso en algo corporal. En unos pantalones incómodos, o en un asiento de avión incómodo que casi siempre pasa porque a mí nunca me caben las piernas en ningún asiento, o en una silla incómoda.
R: Tomando tus ejemplos, creo que, en realidad, estamos atendiendo lo mismo, que no es nada más que esa sensación de no terminar de entender un espacio. La incomodidad no siempre viene de que falte espacio. A veces, viene de que hay demasiado. Como una explanada inmensa donde no sabes dónde pararte.
Hans: Creo que te sigo… Dirías entonces que cuando hacemos algo, pintar, la música, escribir, no estamos llenando ningún vacío, sino moviéndonos un poco dentro de él, como acomodándonos. Y ese espacio, en el fondo, es el mundo. Pero, mira, esto me está haciendo pensar que ¿y si no estamos tratando de resolver la incomodidad?, ¿y si más bien lo que hacemos al dibujar, al escribir el nombre en una pared, al hacer música, es simplemente recordar que esa incomodidad existe?
R: Eso puede ser una muy buena posibilidad, que utilicemos todas nuestras expresiones para reconfigurarnos una y otra vez en la naturaleza que nosotros mismos habitamos. Y supongo que eso tiene sentido porque, en realidad, el mundo está todo el tiempo en movimiento. Supongo que crear es una forma de seguirle el paso a ese movimiento.
Pero, de nuevo, creo que la respuesta que le diste a Elliot es la que más me convence.
Es divertido.
Hans: Bueno, pero el mundo se mueve muy rápido.
R: Sí, pero nuestra imaginación también.
Hans: Es como jugar a los policías y ladrones.
R: Es más bien como jugar a los ladrones y ladrones.
Hans: Todos pierden.
R: O todos ganan.
Hans: ¿Cuándo fue la última vez que robaste algo?
R: No voy a confesar algo así en un texto.
Hans: Acabas de confesar el crimen. Pero me refería metafóricamente.
R: Yo contesté también metafóricamente. Bueno, pero si sigo por ahí, diría que ahorita mismo, hace unos minutos.
Hans: ¿Qué tipos de cosas se pueden decir en un texto, por ejemplo, en un ensayo, que no puedas decir en un poema?
R: Voy a responder esquivando la pregunta y utilizando a una escritora argentina que se llama María Negroni. El verano pasado, cuando estaba tratando de entender qué tipo de textos son los que hago, llegué a un libro suyo que se llama El arte del error. Al inicio, en el prólogo, en el momento más temprano del libro, ella describe uno de los malentendidos más viejos que hay en la literatura. Dice que es el que se empeña en clasificar las obras en categorías, géneros y escuelas. Y ella desplaza ese malentendido de una manera que a mí me conmueve bastante y propone que, en realidad, la literatura se trata de aventuras espirituales, de asaltos y de expediciones dificilísimas.
No quiero sonar tremendamente flojo o inmediato, pero creo que no puedo sobreponerme al lugar común. Coincido, convivo con la idea de que la literatura, al final, que los textos al final responden a la necesidad del tópico más viejo, el más antiguo y, por lo tanto, más necesario, al menos en Occidente, que es el viaje. Solo se trata de eso.
El viaje.
A mí, sobre todo, me gusta caminar.
Hans: Bueno, como te darás cuenta, yo aquí no puedo caminar cuidando este faro. Así que, antes de terminar nuestra conversación, cuéntame, ¿cuál fue la última gran caminata que hiciste?
R: Bueno, dar los detalles de esa última caminata me tomaría bastante relatarla con justicia. Pero puedo contarte la última que hice, que fue justo hoy por la mañana. Acababa de dar clases. No hacía tanto frío. No hacía tanto frío que el río se había descongelado. A mí me gusta caminar escuchando música. Escuchaba uno de mis álbumes favoritos y me di cuenta de que la primera vez que lo escuché ocurrió hace exactamente 18 años.
Me sentí amedrentado por la cantidad de tiempo. Pero esa sensación se fue yendo porque recordé que también esa ocasión yo estaba caminando junto al agua. Y me enternecí, porque la música me permitió imaginarme con tal nitidez siendo un adolescente y yendo al mar de la ciudad donde crecí que, por un momento, ese mar se superpuso con el río de la ciudad donde ahora vivo.
Y al menos durante los minutos que duraba el álbum, dos geografías completamente irresolubles tuvieron sentido.
Y creo que un poco nuestra conversación me hizo entender algo sobre acomodarse mejor en el espacio.
Algo así.
Muchas gracias por la invitación.