Patrimonio histórico de la humanidad

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

(Segunda parte)

 

A Pin Pon, el segundo, como lo conocían desde pequeño en la colonia Mártires Agraristas, su madre lo acababa sí, de llamar, pero no para sentarse a la mesa a echarse una comida nocturna, haciendo maridaje con el sonido de la novela de las 8 Amor del no tan bueno. Y más bien, la razón del grito que cruzaba toda la calle de Patrimonio Histórico de la Humanidad, era que la jefa del Pin Pon necesitaba ayuda para poder asear al abuelo.
La jefa del Pin Pon había sido cocinera muchos años en el restaurante de un hotel de prestigio medianón, pero daba algo de feria. Y un buen día, cuando el consorcio hotelero fue vendido a unos magnates de apellido güero, y cuando estos señores de dedos rebosantes en anillos de oro se dieron a la tarea de renovar la marca y los muebles del hotel, fue el momento en que a doña Anita la obligaron a una jubilación temprana.
Le dieron un cheque raquítico y sin proporción para los 19 años de servicio. Una canasta de mimbre llena de latas de paté, aceitunas verdes y negras, un vino baratón, pero con una etiqueta que pretendía un buen gusto de oficina y una tarjeta de felicitación con el dibujo de un niño abrazando a su madre con un globo que decía, Feliz día de las mamás. Adentro de la tarjeta había un mínimo montoncito de palabras que decía: Le agradecemos su preferencia al trabajar con nosotros.
Anita, aún con el uniforme de trabajo puesto, sólo le dijo a su marido Pin Pon, el padre, después de leer la tarjeta, Gordo, ya no tengo trabajo en Camino Real, bueno ahora el pinche Royal Inn. A lo que Pin Pon, el jefe, contestó Ya saldrá algo, mi chaparrita, esto de la basura está dejando un poquito más, chance trabajando de noche se arme el guiso. Abrieron el supuesto Merlot con un nombre pretendidamente francés, Rue du Chien. Y se sirvieron en los vasos finos, que en el fondo traían una cruz en alto relieve. Brindaron, diciéndose en voz muy, muy bajita, Sólo el de arriba sabe por qué hace las jodidas cosas. Ya casi para el final de la botella, se preguntaron por qué un vino traería en la etiqueta un perro con una boina fumando algo que podría o no ser un puro. Nadie contestó la pregunta y se fueron a dormir con la cabeza ligeramente afrancesada.
Y pasó también que meses después, el abuelo enfermó. En el seguro no determinaron qué había provocado la embolia, pero la familia regresó a casa con una dotación vitalicia de paracetamol. Y pasó, también, que Pin Pon, el jefe, fue ascendido de pepenador, al puesto de Transportista de Residuos Reciclables.
El padre comenzó a trabajar por la noche en un camión de carga que iba por todos los mercados de la ciudad juntando papel periódico, aluminio, vidrio y cartón en cantidades groseras. Así, con más ahínco, el viejo apodo revivió con fuerza. Pasando que en todas las reuniones de sábados por la noche, sus amigos, los perros, como se autodenominaban esos borrachos de fin de semana, en cuanto lo veían llegar, soltaban casi a modo de poesía coral un sí, sí, muy guapo y todo, compadrito, pero pues de cartón. Y después de la presentación a cinco voces del Pin Pon padre, y como si lo hubieran ensayado por semanas, le prendían a su ruidero encabezado por Guadalupe Esparza, y todos, repetían, sin un ápice de dudas, Que no quede huella, que no y que no. Que no quede nada.
¿Qué pasó jefita? A poco ya es hora. Le contestó el Pin Pon hijo a su madre en cuanto cruzó la puerta metálica de la casa.
Sí, chamaco cabrón, te había dicho que no quería estarte gritando. A mí no me gusta que media colonia se entere que hay que cambiarle el pañal al abuelo.
La tele, encendida en la sala, con el volumen considerablemente bajo, presumía en sus imágenes, a un hombre y una mujer elegantísimos atravesando un pradera verde y casi inmaculada, en un caballo lustroso y árabe. Los dos, hermosos, como sólo la televisión lo permite, al final se toman de las manos, mientras miran un atardecer digno de cualquier pasaje de La Biblia, donde Dios o alguno de sus secuaces está a punto de decir algo importante. El caballo, no sé sabe si está conmovido o no por la luz, pero no deja de ser árabe y radiante.
–Pero jefa, ni dijiste nada del abuelo, sólo me llamaste y ya.
–Y tú crees que la gentuza no anda viendo a ver qué andan haciendo los demás.
–No creo, jefita, la gente tiene mejores cosas qué hacer.
–A ver chamaquito rezongón, deja de contestarme, cállate y ayúdame. Además, estas ya no son pinches horas de que andes en la calle, y menos ahí con esa muchachita Sara que parece que no tiene oficio. Nomás anda ahí haciendo quién sabe qué porque sus papás ni la pelan.
Doña Anita se acercó a la televisión, le subió el volumen y se fueron al cuarto del abuelo, donde ahora las voces de Amor del no tan bueno se combinaban con la suya, la de su hijo y los quejidos del anciano que nunca llegaban a ser palabras.
–Lo único bueno de que ya estés más crecidito, es que ahora tú puedes cargar mejor a tu tata que yo sola.
–Pero si amá, también hago otras cosas.
–En vacaciones te portas mal. Ahí, del tingo al tango con esa bola de vagos que andan pintándole la cola a los perros.
–Pero si jefa, ya te dije que no fuimos nosotros. Además porque no te cae bien Sara si tú te llevas muy bien con su mamá.
–Qué me dejes de rezongar, yo soy tu madre y yo no tengo por qué darte explicaciones. Anda, mira, se te va a caer el abuelo por andar pendejeando con tus chingaderas.
El abuelo sólo emitió un quejido como de animal que ya se sabe la fecha de su muerte, mientras Pin Pon hijo, lo agarraba por debajo de las axilas para tratar de acomodarlo en el asiento de plástico especialmente manufacturado para quién ya sólo tiene oportunidad de ducharse sentado.
–A ver papacito, pareces un chamaco chiquito. Ándale papi, copera, te estamos tratando de ayudar.
Como pasaba cada vez que lo bañaban, el abuelo no dejaba de intentar moverse en inmediatamente después de sentir las primeras gotas en la cara. Así que la mamá se desesperada en consecuencia, decidía que regañar al padre era la mejor solución para ese momento.
–A ver, si no entiendes por las buenas, papacito, entonces por las malas. Copera o ya de una vez le llamo al padrecito pa que venga a echarte los rezos. Y tú, pásame el deste, que está en el dese. Pero rápido, que qué no ves cómo nos estamos mojando.
Pin Pon, todo mojado y con unos deseos ya adolescentes, de que todos se murieran de una vez por todas, se secó, fue al refrigerador a repetir con un tangible coraje acompañado de un azotón de puerta, nunca hay pinches nada de comer y se metió a su cuarto haciéndose loco de la voz de su madre que le pedía ayuda con otra cosa.
A la mañana siguiente cuando Pin Pon sacaba con prisa la basura, vio desde su acera a Moy también sacando la basura. Cuando estaba a punto de correr para alcanzarlo antes de que se metiera a casa, su padre, apenas llegando, le chifló, llamándolo para decirle que si no podía ir a la tienda a comprar cosas para el almuerzo. Pin Pon padre le dio un billete de cien, Le encargó un kilo de tortillas, una coca de a 2 litros y medio casillero de huevos.
Y me traes el cambio. Nada de hacerse pendejo con la morralla, aunque te den una de diez centavos. Dijo, Pin Pon padre, sincronizando su indicación con el sonido de las llaves cayendo sobre la mesa cubierta con un mantel de plástico floreado.
Era sábado, y todos los niños y niñas de la cuadra sabían que eso significaba una sola cosa: los señores, a partir de las 4 de la tarde, empezarían a mandarlos por cerveza a la tiendita Abarrotes La parroquia. Y cada viaje, proporcional a la embriaguez de sus padres, implicaba un menor cuidado con el cambio. Así, hasta que por ahí de las 7 de la tarde, cada uno tendría suficiente varo para regresar a esa tienda y sentir, brevemente, la levedad de comprar lo que sea, sin tener que contar el cambio encima de la palma como buscando piedras en los frijoles antes de cocerlos.
El ya casi adolescente de Pin Pon, regresó cargando en una mano la Coca Cola de 2 litros y en la otra, una bolsa de plástico azul cargada con 15 huevos blancos. Le preguntó a su madre si metía los huevos y el refresco al refri. Pero la señora antes de responder las preguntas le dijo, con un tono jodón. Mijo, y no se te olvidó algo.
En la fila de las tortillas nuestro querido Pin Pon se encontró a otro miembro de la clica sin nombre, el Roberto, mejor conocido con el nombre de el Mina. Su apodo, cruel pero con un oficio que casi podría emparentarse con la ambición que tienen los poetas, derivaba de la metaforización de una característica física de Roberto. El apelativo completo era Mina de Oro. Roberto tenía los dientes amarillísimos, cuentan, desde que nació, por culpa de que su madre bebía mucha agua de la llave. Y para unos mocosos sin otro afán más que el de chingar, dicha característica era oro puro para un maestro en el arte de la burla, como lo puede ser cualquier niño de primaria.
–¿Y ese milagro, Mina?, ¿si le vas a caer a echar la reta más tarde o te da el uyuyuy?
–Ni que fuera tu hermana, pendejo. Replicó el Mina de Oro, mostrando sus hermosos dientes burlones, acentuados aún más en su amarillo, por el ya nada tímido sol de la mañana.
–No tengo hermanas, pendejo.
–Pues como tu jefa.
–La tuya qué.
–La tuya con sal.
Los dos se acompañaron hasta que cada quien tomó la respectiva dirección a su casa. Pin Pon, prosiguió su camino, pateando una botella de plástico como si fuera una pelota. E iba tan entregado a su destreza que no se percató de quién era el que estaba parado en la banqueta de su cantón, sino hasta que estaba a unos metros de distancia.
Y ora, tú, qué haces aquí. Hace casi dos semanas qué ya no te hemos visto. Pin Pon insistió en su reclamo llenándolo de varias preguntas. Moy sólo movía la cabeza como esas tortugas de recuerdo que venden en la playa.
Nos vamos a mudar, Javi. Fue lo primero que dijo Moy, interrumpiendo el reclamo de Javier, alias el Pin Pon, hijo.
Ahora a mí me llaman pa comer. Luego les cuento el chisme.
Continuará…

 

El lago

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Es pleno verano en esta llanura. El clima es más que generoso. El pasto y los árboles se regocijan tanto de sí mismos que el verde apenas les alcanza para decirse completos, así que mejor recurren al aire. Y el aire nos reburuja a ambos el cabello hasta provocarnos una risa que nos recuerda porqué somos amigos.
Regresé a buscar algo, pero no sé muy bien qué. Difícilmente se saben este tipo de cosas. Por eso emociona. No saber es emocionante. Sólo algunas veces, por supuesto. Nos ponemos al corriente. Caras serias en algunas partes del relato. Sonrisas en otras. Así es este negocio. Toco por primera vez el pasto con mis pies sin calcetines y cada pisada que doy me recuerda pasos que di en este mismo lugar hace algunos años, cuando aún no me dedicaba a decir cosas.
Es evidente que llevo semanas regresando a un interior que se me presenta tan desconocido que no sé cuándo termine de recorrerme. Sé que el allá afuera también importa, pero algo me nombró las entrañas y necesito responderle. Esto quizá sea un intento y nada más.
Escuchamos música, en cierto sentido estamos compitiendo por quién pone la mejor canción. Es un ganar-ganar. Planeamos el día de mañana. Ir al lago es mi única petición. No sólo para ti, sino para la vida. Y habiendo disfrutado de la tarde en tu casa, decidimos ir a cenar.
En el restaurante ella nos alcanza. Pedimos cocteles y nos damos a probar la elección que hizo cada quién. Los disfruto, pero más que el hecho del distinto sabor, es el gesto de compartir el líquido lo que me hace participar en este juego. Multiplicar el agua. Algo así. En medio de eso, les pregunto cómo se comprometieron. Los detalles de la historia importan, pero no tanto como la forma en que cada uno se responde la secreta mímica amorosa que se han inventado para ser desde hace cuatro años.
En medio de una risa, después de la especificación de cómo sacaste el anillo de tu bolsa, me invade la idea de si yo algún día haré lo mismo. Ya sabes, la casa, el patio los domingos, la familia de visita, la hipoteca compartida. ¿Será? Decidimos seguir el ánimo y me proponen un pequeño tour por algunos lugares de la ciudad.
Llegamos a una terraza. La ciudad se expone a sí misma bajo un sol a punto de retirarse, pero no sin antes proponer unos rosas y morados que, de tan elocuentes, creo que no volveré a sentirlos así en mi vida. Quizá. Ese tipo de cosas pasan más seguido de lo que uno cree. Las últimas veces. Es más, no siempre uno puede darse cuenta de que se está inaugurando el final de algo. También es emocionante. Sólo algunas veces, por supuesto.
Me preguntan sobre vivir en la Ciudad de México. Mi respuesta es rápida y contundente, casi parece que la he practicado con la obsesión de un deportista a punto de ganar contra sí mismo. Y concuerdan conmigo en que siempre hay que confiar en ese delicado animal que susurra antes de dormir. Y claro que tú no desaprovechas la oportunidad para que aparezca Mary Oliver de manera impecable desde tu memoria: Sólo tienes que dejar que ese delicado animal, que es tu cuerpo, ame lo que ama.
¿Qué amo? Me pregunto, entonces, pero no respondo porque el cielo sigue haciendo lo suyo con esos colores y me parece más urgente hacerle caso a lo que el verano está intentando comunicarme en esta tarde del 18 de julio. Y lo hago, escucho e intuyo de su lenguaje de luciérnagas a la orilla del río, una sola palabra, y aunque la palabra parece lo suficientemente nítida a botepronto, es en realidad críptica, por no decir, silenciosa.
Nos retiramos a otro cocktail bar. La dinámica de intercambiar tragos ya se queda con nosotros. Y como era de esperarse, contamos historias tontas de fiestas en la universidad y del amor pequeño que llega a suceder sólo en verano.
Ahora ella y yo conversamos de si le gusta su nuevo trabajo. Aunque hablando de estas cosas, todo lo que se va pronunciando viene siendo la arquitectura que permite concretar ese doblez que el pero ejerce sobre nuestro discurso, cualquiera que sea, para así, definitivamente continuar la conversación hacia el tono más sincero. Y cerramos la plática de ese tema con un clasiquísimo en realidad, ¿quién está completamente satisfecho?
Ella nos deja, deseándonos disfrutar el resto de la noche. Trabaja mañana. Muy temprano. Nosotros, al menos por un día, no. Y vamos al último lugar. Ahí, yo y tú hablamos de cosas que en realidad nunca habíamos dicho. Algo inicia. Y nos saludamos en gratitud como si por fin nos hubiéramos encontrado. Sonreímos porque nos acabamos de volver a conocer, y con ese apretón de manos, decidimos también irnos a descansar porque en la mañana vamos al lago.
Despierto sintiendo que me faltó dormir más, pero abandono la necesidad de seguir acostado porque quiero ir a ver cómo amanece. Tus perros se dan cuenta de mi mañana. Tú aún sigues dormido y el auto de ella ya no está. Son las 6 de la mañana en punto y para mí este tipo de luz que comienza a alzarse aquí se me asemeja más a una luz de las 8 y tantito.
Me siento en los escalones de la entrada. Escucho algunos pájaros. Su trino es nuevo para mí, pero aún así me advierte que el día será pulcro, casi una promesa de que nada interrumpirá mi disposición para sentarme en la orilla a digerir la idea de cómo el sol y cómo las olas y cómo todos nosotros somos una metáfora de algo que aún no se ha acabado de pronunciar.
Abres la puerta. Me ofreces compartir el café e intercambiamos un breve recuento de las partes más luminosas de anoche. ¡Fue divertido!, sentenciamos casi al unísono. Me sugieres un lugar para ir a desayunar, o para ser más justos, acabamos yendo a un lugar que ella nos recomendó en medio de un coctel que ahora no recuerdo como se llama, pero que era igual de colorido que un Papagayo. Un papagayo líquido.
Al llegar al restaurante te cuento una historia que se me ocurrió desde hace muchos años, pero que nunca he escrito. Algo sobre un mago en una feria de pueblo que tenía como truco estelar meter la mano adentro de un espejo y sacar cualquier cosa que se reflejara, menos, había que especificar, y esa era la tragedia, dinero o cualquiera de sus tristes equivalentes.
Me preguntas la razón de que no está escrito y lo único que se me antoja responder, aunque no sé si creo en ello, es que a veces hay cosas que es mejor no escribir y no por malas, sino porque la oralidad les permite vivir de una forma que la impresión en el papel no permite. Ahora que lo escribo es algo que diría alguien que me podría caer muy mal. Uno también es pura contradicción.
Por algo que no me queda muy claro, discutimos si se puede tener algo favorito de cualquier cosa. Asumimos que sí, pero que depende el día de la semana. Y proseguimos en tu auto el itinerario hacia el parque estatal donde está la entrada hacia el lago. Al estacionarte pensé que cuando era niño estaba muy seguro de mis cosas favoritas y me inquietó ya no tener esa determinación para delimitar el mundo.
Extendemos las toallas. Pones unas canciones de Bob Dylan y quedo anonadado de lo contundente que se mira el azul del lago. Decido entrar en esa oscilación sin titubeos. Siento como mi cuerpo por fin detiene un antiguo reclamo.
Ya en el agua nos preguntamos la razón de nuestros nombres. Ninguna de las cosas que decimos es más satisfactoria o llega más lejos del simple, no lo sé, mi madre y mi padre así lo quisieron. Hay algunos perros corriendo, hay otras personas acomodando sus sombrillas y algunos veleros van con tal ligereza sobre el agua, que por unos minutos creo que ahogarse es tan sólo algo que se les cuenta a los niños para que no se metan a nadar de inmediato después de haber comido.
Nos recostamos sobre las toallas. No sé qué significaba cumplir años, pero tampoco me molesta no saberlo. Recuerdo mi cumpleaños anterior, pero detengo el repaso cuando siento cómo el sol me exige el presente. Tomas algunas fotos con una cámara instantánea. Luego me la prestas y yo tomo algunas otras más. Nunca lo había hecho. Me siento presa irremediable de la era digital cuando al revelarse la foto, trato de usar mi dedo índice y pulgar para abrirla en zoom. Creo que no te das cuenta.
Decidimos volver a casa. La propuesta es cocinar algo los tres y a mí me parece bien. Cada quién realiza una parte de la receta. En medio de la comida me desean felicidades. Sonrío de nuevo y el verde de los árboles tiene una intensidad que no recuerdo de otro momento. Recogemos los platos y ordenamos la cocina. Todo está en su lugar y nadie tiene duda alguna de lo que cada quien merece, al menos después de esa comida. Estar satisfecho, creo así le dicen a esa breve sensación.
Decidimos seguir la conversación un poco más en el patio. Después, ya casi a oscuras, uno a uno se va yendo. Me quedo solo mirando al bosque adoptar la falta de luz cómo su verdadera ambición y forma. Debe ser increíble ser un animal y no tenerle miedo a lo que no se ve. Debe ser increíble ser aquello que no se ve.
Me meto a mi habitación, mañana tengo que cruzar casi un país entero, pero siento una vitalidad insospechada por el viaje. Me recuerdo un poco más joven, las imágenes no son muy precisas, y mejor no insisto en nada y dejo que mi memoria haga lo que desea. La alarma debe sonar de nuevo a las 6 de la mañana y cierro los ojos como si todo me hubiera sido devuelto.
La alarma justo suena. Me alisto. Tomo agua. Ahí está el bosque que ahora ha recuperado su falsa forma. No me siento diferente por fuera, pero al observarme por el espejo retrovisor de tu auto, algo pronuncia mi nombre de un modo que no me había conocido. Tampoco insisto en esa idea y dejo que mis años hagan lo que quieran. Lo hacen.
Me dejas en la estación. Nos abrazamos de despedida y mutuamente nos damos las gracias por este día y medio de visita. ¡Hasta el próximo año!, decimos y al mismo tiempo que la ciudad se hace nada por el vidrio mientras me alejo de la estación, alguien me susurra para qué he venido hasta acá.
La situación es que no sé si le creo. No creer es emocionante. Claro, sólo a veces.

 

Conversación a las 6 de la tarde

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Para los que se fueron
y para los que no se han ido.

Pasaron 10 años para volver a reírme así, dijiste. No entendí de inmediato a qué te referías. Primero creí de manera muy ingenua que en realidad hacía 10 años que no te reías para nada, pero abandoné esa idea rápidamente, porque nadie, o al menos eso quiero suponer, podría pasar una década sin arrugar los cachetes en un espasmo sonoro que indicara la aceptación de una deformidad en el mundo, que, hasta antes de haber sido revelada en el humor, no sospechabas que existía.
Pero aquí no es momento para elaborar una teoría de la risa ¿Cuándo lo es?, me podrían preguntar ustedes. Bueno, no lo sé. Miren por su ventana, seguramente Dios se acaba de resbalar con la cáscara de un plátano primigenio y absoluto y el universo, gracias a esa caída, volvió a ser inventado. Y qué lástima, porque todo sigue siendo exactamente igual. Yo, por ejemplo, no he ido a pagar la luz y mañana la cortan. Así que me río, sobre todo de los CFEmáticos que nunca funcionan.
La siguiente cosa que pensé y que en realidad ya no seguí indagando, es que entre tu humor y el mío había algo que estaba completamente intacto como para que el reflejo venido de quién sabe qué lugar del pasado, se volviera articular de la misma manera. Supongo que es verdad cuando dicen que la gente nunca cambia. Supongo que es verdad también cuando dicen que todo, siempre está cambiando. Yo qué voy a saber de esas cosas, pero les propongo de nuevo mirar por la ventana y pensar si el yo que no miraba y que ahora observa a través del cristal, es el mismo. Luego platicamos de eso.
El reencuentro iba dirigido de manera natural y predecible hacia una plática que tendría como principal motivo, ponernos al día (¿si uno no se quiere acordar de algo entonces se dirá, quitarnos al día?). Hablar de lo demás, pues, de lo que no se salva de la violencia de los años. Una enumeración enteramente caótica para el que escucha, porque reacomodar la vida en una conversación, lleva consigo la condena de nunca abarcar el orden cronológico y preciso de los hechos, en favor de intentar compartir la emoción de lo que, para uno, que está narrando, es la cosa realmente importante. Lo que duele y lo que se ha amado. Lo que se pervirtió y lo que acaba de nacer. Lo que se quiso decir y lo que jamás, jamás se dijo.
Cuando uno se reencuentra con alguien lo que está en juego nunca será el presente, porque no hay tal cosa entre dos personas que hace bastante no se ven. Así que la gran acrobacia de este tipo de situaciones, es fundar un mundo a partir del recuento de las virtudes y los daños de vidas separadas, ni siquiera para asumirse en esta hora como dos seres humanos que comparten el siglo, sino porque ante tanto tiempo transcurrido, un café a las 6 de la tarde parece una broma que sólo es posible aplacar diciendo, te acuerdas cuando solíamos ir a no sé dónde, y pues que sí nos acordamos.
Esa combinación de datos regalados por el otro, además de enmarcarse bajo el ánimo de la generosidad, también revela que todos los seres humanos estamos hechos para contar. La única diferencia es que algunos tienen la tremenda osadía de volver eso un oficio y aún más desvergonzado, ganar dinero haciendo tal cosa. Pero yo tampoco sé de eso.
Así que uno va eligiendo, según qué tan exitoso sea el otro, las mejores versiones de las cosas nimias o importantes que creemos, se adecuan para darle una buena impresión al que tan atentamente (¿sí?) nos está escuchando. Decidimos cuáles escenas vamos a compartir para que nuestra vida suene lo más ambiciosa, amable y dolorosa posible según lo que el otro nos haya contado.
Si el otro es más exitoso que uno, entonces jugamos la carta de que la vida ha sido tan injusta, porque un tremendo sueldo laboral y vacaciones en Europa no van a opacar, al menos en esa conversación, un divorcio, la pérdida de familiares o la enfermedad de un niño pequeño.
No se trata de vergüenza únicamente por sentirnos juzgados o minimizados a partir de la vida ajena, sino es una situación mucho más amplia, que implica saber qué tanto el otro sigue siendo ese ser humano inicial que solíamos conocer. La medida de los fracasos, dolores o logros de ese otro, sirven en ese momento del café de las 6 de la tarde, para aceptar qué tan distinta y desconocida ya es esa otra persona, porque no podemos dimensionar todo lo que le ha pasado y está bien, siempre ocurre.
El verdadero reencuentro, el que pretende ser una irrupción del presente, se da, no por el gesto de compartir la bitácora del dolor o la alegría, sino solo es en el vaivén donde ambos protagonistas de la conversación admiten situaciones tan similares y excesivamente recíprocas, que la vida ajena, renunciando a ser lección o guía para el éxito, se advierte como se solía distinguir antes del desprendimiento: un pleno y total anuncio en nosotros de que el pulso de quien está enfrente es también el nuestro como alguna vez lo fue.
Y uno siente casi como si estuviera respirando el aire que recorría el mundo hace una década, porque ambos por fin se reconocen y se abrazan con la vista y se sonríen porque por segunda vez en el siglo tuvieron la oportunidad de conocerse de nuevo. Esto es hermoso, sin necesidad de elaborar literariamente nada.
En la Odisea, cuando Ulises por fin llega a Ítaca pasados 20 años de travesías por el exterior y el interior humano, el único que no le compra su disfraz de mendigo es Argos, su perro. Animalito imposible que vivió 2 décadas sólo para esperar ese reencuentro con Ulises. Ni siquiera Penélope, su esposa, la eterna costurera, lo pudo reconocer de inmediato con ese disfraz que Odiseo le solicitó a Atenea, para no ser descubierto por los pretendientes que estaban dispuestos a matarlo tan pronto como él llegara a la isla.
Ulises se da cuenta de que su perro lo ha reconocido, ambas vidas se cruzan nuevamente con todo el peso que sólo 20 años pueden darle al cuerpo. Es ahí donde la reciprocidad de ambas esperas se cumple, es en esas circunstancias tan similares donde la ambición de dos cuerpos separados está clausurada, y tanto es así, que el perrito, después de ese reencuentro, muere.
En nuestra conversación que inició a las 6 de la tarde, ninguno de los dos, afortunadamente, murió después de habernos visto, pero ocurrió que tuvimos que buscarnos en esa maraña de cuerpo atravesado por los años en que nos habíamos convertido. Esta cosa de abandonar la fisionomía adolescente para concretar cuerpos enteramente adultos. Ese disfraz de personas comprometidas con el movimiento asquerosamente competitivo que regula al mundo, esas caras que habían sido delineadas ahora con años de estar mirando hacia en frente para saber si había algo más que sólo aire y polvo.
Y aunque nadie lo dijera explícitamente, los dos estábamos haciendo lo mismo: investigábamos la figura que cada quién había adoptado. Allá unas canas, acá unas arrugas. Allí unas cicatrices visibles, acá otras invisibles pero que se sugerían en la última palabra de cada oración dicha en nuestra plática.
Pedimos la cuenta. Hicimos un comentario sobre el clima que más bien trataba de rellenar un silencio no incómodo, pero sí consecuente con estar hablando casi dos horas sin parar. Quisimos arrebatarle más presente al presente y decidimos caminar por las veredas que recorríamos cuando éramos apenas unos adolescentes creyéndose adultos.
Ahí los árboles se miraban, no diría que igual, porque hubiera sido excesivamente reduccionista, sino que estaban recordándose en el ciclo de lo que vive y muere, pero sin mostrase rendidos, porque ellos saben que esto de estar aquí no se trata de una degradación biológica simplemente, sino que existir en esta hora, es, ante todo, una metáfora contra la nada, y sólo en las metáforas contra la nada es posible sí, la tristeza, sí, la corrupción del cuerpo y sí, el veneno, pero también el amor y todas sus maneras.
Nos despedimos y en el abrazo nos fue regalado a ambos la imagen del abismo que habíamos construido por 10 años de no sabernos, pero también en ese mismo abrazo nos fue dicha una pequeña y breve verdad: qué gusto verte y qué hermoso es estar vivos.
Seguí caminando mientras veía tu auto alejarse. Recordé que antes de subirte nos dijimos que estaría bien vernos pronto, que nos mantuviéramos en contacto. Todas esas cosas que uno dice animado por la emoción de lo que no se ve. No tengo idea de cuándo nos volveremos a ver. No sé si sea mañana cuando hayas leído esto. No sé si en otros 10 años. En realidad, no tengo idea, pero sabes una cosa, está bien, la necedad de saberlo todo es peligrosa y yo ahora no tengo prisa de llegar al día siguiente.
Caminé en realidad bastante tiempo. Tanto que pensé que la noche no me alcanzaría. Pero me alcanzó. Toqué la puerta de una casa en la que hacía bastante no estaba. Me abrió un yo que hace mucho no veía. Nos abrazamos. Sentí anunciarse otro abismo y también sentí cómo desapareció en ese mismo momento. Me dijo, ¿dónde habías estado? Y yo sólo contesté, has escuchado de esa terquedad que tienen algunas personas no sólo de contar su vida, sino que además se atreven a cobrar por hacer eso. Bueno, pues eso he estado haciendo.
Me preguntó también si había sido suficiente, si ahora entendía más esa cosa que vive adentro de uno y que regularmente se aparece justo en ese momento de silencio cuando se han terminado de comer las 12 uvas en la fiesta de año nuevo. Me empezó a hacer tantas preguntas sin darme chance a contestar que tuve que decirle, Oye, qué harás mañana a las 6 de la tarde, hace bastante que no nos vemos, estaría bien platicar y quitarnos al día.