Estaremos donde se prendan las hogueras

Ayer, al salir por la mañana, había un poco de niebla en las calles. Caminaba atento, esperando ver niños saltarines con juguetes nuevos. El sol apenas se reflejaba en los cristales empañados de las casas. Hacía frío, pero no demasiado. Después de varias cuadras, la niebla acentuó aún más la ausencia de gente en los vecindarios.
Pensé que tal vez las familias estarían estrenando bicicletas y balones en el parque, así que me dirigí hacia la zona cercana al río y los árboles. Al cruzar el puente, vi a un pescador en su lancha. Fumaba y bebía algo de un termo. Imaginé, por un instante, que le gritaba “¡Feliz Navidad!”, y él me respondía desde el centro del río. Luego acercaba su lancha a la orilla y me ofrecía un poco de su bebida y de su cigarro.
El puente terminó, y el pescador desapareció del paisaje. La estela de su lancha provocó algunas olas que se encimaban sobre placas de hielo. En ellas, un grupo de gansos deslizaba sus cuerpos grises. Graznaban y abrían las alas al encontrar el agua. Los observé un rato y traté de tomar una fotografía de su nado. La foto era fea. Quería usarla para adornar un mensaje de Navidad a un amigo. Insistí un poco más en mi sesión de fotos: algunos árboles, unos montículos de nieve rodeados por piedras, pero la luz del sol no había cambiado de intensidad, haciendo que la mañana tuviera el mismo color que una bolsa de plástico llena de frutas.
Mi amigo me había enviado una foto de su árbol de Navidad, decorado con esmero. Su mensaje también incluía una pregunta sobre mi celebración. Yo no había puesto árbol. En realidad, mi forma de pasar las fiestas no incluía luces ni adornos. No supe bien cómo responder sin aguar su entusiasmo, así que le mandé una canción: Christmas Time Is Here. Es de un especial navideño de Charlie Brown, con música de Vince Guaraldi. Me pareció suficiente. Seguí caminando sin cambiarla.
La música armonizaba todo en un mismo temperamento. No me sentía inclinado a recordar navidades en otras ciudades. Sin embargo, mientras la canción se repetía, la búsqueda cobró sentido. Un padre y su hijo jugaban con un guante de beisbol y una pelota en una explanada del parque. Seguí su juego: el niño aún no era lo suficientemente grande para el casco que vestía, así que cada tanto lo ajustaba. El padre era gentil en el lanzamiento. La madre, desde lejos, aplaudía.
Mi caminata se prolongó un rato más, hasta que llegué al lado del parque que se conectaba con otra colonia. En esa esquina había una liebre muerta. Su cuerpo, a medio enterrar entre la nieve, parecía un dibujo. En su ojo se reflejaba un poco de la luz pálida. Sus orejas, rígidas y alargadas, semejaban dos cuchillos de madera. Le tomé fotografías. Me entretuve bastante tiempo siguiendo el trazo de su cuerpo frío. Pero cuando una señora con su perro se aproximó por la misma vereda, un tipo de pudor, como el que siente un niño al ser descubierto en la habitación equivocada, me obligó a pararme.
Guardé el celular rápidamente. Fingí que recogía algo. La señora intentó jalar a su perro, que quería husmear al conejo. La fuerza del animal tironeaba con brusquedad de los brazos rígidos de su dueña. Escuchaba el nombre, “Bobby, Bobby”, una y otra vez, hasta que la correa se ajustó al cuello del perro. La señora consiguió contenerlo. Después, ambos se alejaron.
Los veía irse en tregua. Cuando desaparecieron por completo de mi vista, continué. En algunos tramos de la banqueta aún podía ver sus huellas: un par de patas y un par de botas, hasta que se desviaban. Pensé, por un momento, en cómo sería la casa a la que llegaban. Si habría niños. Si la señora contaría que su perro casi le arrancó un pedazo a una liebre muerta que encontró en el camino.
Al atravesar la colonia, encontré una casa con un Santa Claus de dos metros y un reno sonriente que parecía a punto de reventar. Las imágenes de Bobby queriendo destrozar al conejo se superponían con el rojo inflado de Papá Noel. Dentro de la casa, algunas personas estaban sentadas en la sala. Desde afuera se los veía estáticos, como parte de un diorama. No sé muy bien por qué, o quizá es evidente, pero todo ese conjunto me hizo acordarme de una litografía que había visto hace unos días que ilustraba un texto sobre el origen de la Navidad. En la imagen, un hombre cargaba en los hombros a un jabalí recién cazado. Llevaba una túnica sucia, los ojos al frente, y detrás de él venía un grupo de figuras con coronas y ramas secas en las manos, como en una procesión.
Saqué mi celular otra vez. Quería tomarle una fotografía a los inflables. Me sentí descubierto, creí que la familia saldría con sus pijamas navideñas a preguntarme por qué no me movía de su patio. Así que las fotos que tomé, intentos borrosos, quedaron como restos apurados del color del reno y su amo.
En medio de una caminata que ya sentía demasiado larga, no estaba seguro de si seguir o no. Todo estaba cerrado, y el día no terminaba de acomodar bien sus colores sobre la ciudad. Estaba por regresar, pero entró una llamada de mi hermano.
—¿Qué te trajo el Niño Dios? ¿Qué cenaron anoche? ¿Bailaron o no?
La conversación nos llevó a los últimos regalos que creímos haber recibido de Santa Claus. Nos deseamos feliz Navidad otra vez. Que ojalá habláramos en Año Nuevo. Después de colgar, me quedé pensando en la última vez que escribí una carta navideña. Recordé una mañana: mi padre y mi madre bebiendo café junto a mi tía, y encima de ellos un reloj de cuerda. Afuera, otros niños corrían con sus cosas nuevas. Me recordé jugando con las manos, haciendo sonidos con la boca como si fueran explosiones, inventando palabras y motivos para mis muñecos, pequeñas guerras adornadas con capas, llevándolos de un lado al otro del aire, mientras mi familia hablaba en los sillones, mirándonos a mí y a mis hermanos jugar sin poder interrumpirnos.
Pude haber continuado en esa Navidad de inicios del 2000 si no hubiera sido porque Bobby y su dueña anunciaron su regreso. De lejos el perro no parecía nada tosco, hasta daban ganas de acariciarlo, pero después del encuentro anterior decidí cambiarme de banqueta.
De este lado, una familia con un bebé bajaba de un auto. Se acomodaban frente a una casa, buscaban las llaves, hablaban entre ellos. El bebé estaba completamente envuelto, apenas visible entre capas de tela. Solo se le alcanzaba a ver la cara: dos centros rojos, simétricos, en lugar de mejillas.
Recordé otra de las ilustraciones sobre los orígenes de la Navidad. Una litografía del siglo V mostraba una representación temprana de María, José y el niño. Decía que, mucho antes de que la Navidad se estableciera como una festividad cristiana, en algunas comunidades del norte de Europa era común entregar objetos durante el invierno. Se daban a quienes acababan de llegar: recién nacidos, forasteros, huéspedes, o personas que regresaban tras una larga ausencia.
La familia entró a la casa. El sol seguía cerrado en sí mismo, y yo quise llegar hasta el otro puente. Ahí, desde hace semanas, en la parte más ancha del río, donde el cauce se ensancha antes de encontrarse con el lago, una garza ha estado posándose sobre la misma piedra. Se queda ahí, sola, alejada de las otras aves, como si se mirara adentro del agua. Duplicada.
Antes de entrar a la vereda que me llevaba al puente podía observar más casas, en todas ellas, la escena era la misma. Familias con niños moviéndose de un lado a otro adentro de sus salas. En México no es común tener vista al interior de las casas; la arquitectura está hecha para mantener a los curiosos afuera. Aquí no diría que fuera una invitación directa, pero los ventanales amplios y aluzados, además de dejar pasar la luz, me buscaban los ojos cada vez que pasaba. Cuando por fin terminé el tramo de casas, otro animal me detuvo. Esta vez era un mapache. Estaba tendido junto a la orilla de la calle, seguramente atropellado. El hocico parecía húmedo todavía, pero ya no había movimiento. La lengua asomaba entre los colmillos. Me sentí un intruso al detenerme frente a su cuerpo rígido, como si no debiera prestarle más atención que la que el paso permite. Pero no pude evitarlo. Quería ver con precisión por dónde estaba la herida que lo había fulminado.
Comencé a grabar. Me sentía vigilado, la sensación niña de estar haciendo algo que no debo se instaló de nuevo en mí, pero como esta vez no se acercaba nadie, pude terminar mi registro sin ninguna prisa. Por un momento reflexioné sobre esta afición a tomarle fotos a los animales muertos que me encuentro, pero me detuve después de un rato cuando llegué al lugar desde donde se puede divisar a la garza coronando el centro del río con una sola pata sobre el agua.
El sol estaba aún más sitiado por las nubes de invierno. Su luz no llegaba del todo al suelo, como esas lluvias inmaduras que se deshacen antes de tocar la tierra. El aire se volvió aún más callado. Dejé de escuchar autos. Varias parvadas de gansos se alejaron rápido hacia el oeste. La garza, en cambio, no parecía decidir nada. Seguía ahí, inmóvil en el centro del río.
Quise acercarme.
Bajé por unas piedras hasta alcanzar el punto exacto donde la nieve, el agua y la tierra se encontraban en disgusto. Deseaba tener su misma quietud. La garza se rodeaba de nieve, hasta que una ventisca la hizo crecer como el humo.
Recordé entonces otra mañana de Navidad.
Estábamos en casa de mi abuela. Los tíos matarían un cerdo para celebrar la reunión de todos los hermanos. El cuchillo brillaba en la punta como un sol de mediodía recién afilado. Mandaron a todos los niños a jugar a la galera, pero no se dieron cuenta que desde uno de los huecos de las tablas se alcanzaba a ver la mitad de la carnicería. El animal gritó justo cuando el sol iluminó el centro de su corazón robusto. Y después prendieron fuego y sobre ese fuego dispusieron un enorme cazo de bronce.
En la última ilustración del texto sobre el origen de la Navidad, un grabado anónimo del siglo XVI, aparecían personas con máscaras de animales celebrando un festín, inclinadas hacia el fuego. La nota al pie decía: festín apotropaico. El adjetivo proviene del griego apotrépein, “ahuyentar” o “desviar”, y designa prácticas rituales destinadas a alejar un mal, en este caso la muerte asociada al invierno.
Nosotros, por mientras, comenzamos a jugar un juego, el juego de los animales. Un primo era un león, una prima era una cebra, otra más un águila, otro una rana, otra un cocodrilo y la prima más grande, una garza.
Parada en una sola pierna sobre una paca de pastura, la garza inauguraba la era de los saltos. Niños de un lado a otro, imitando el esfuerzo animal, mientras se destazaba un cerdo.

 

Tómbola

 

(Primera parte)

La caja medía casi dos metros y estaba adornada por un moño igual de grande. Cuando Ramírez escuchó su número voceado por el gerente, no supo si alegrarse u ofenderse. Regresó a su asiento cargando la caja sobre el hombro, como si arrastrara un tronco recién cortado en medio del almacén.
Las compañeras sentadas a su lado solo le dijeron:
—Ay, manito, ahora sí que vas a ser la envidia de la colonia. Y aderezaron el comentario con dos palmaditas en la espalda y volvieron a su chisme. Ramírez las escuchaba reírse mientras comían pastel en platos desechables y bebían tequila rebajado con refresco de toronja. De vez en cuando dejaba de poner atención a su chismorreo sobre otro trabajador de la misma oficina que había engañado a su esposa con una cajera del lugar, cuando el gerente agitaba el almacén para anunciar otro número de la tómbola.
—¡A ver, mi gente hermosa, mi gente responsable, mi gente chambeadora! ¿A quién le tocó el 24? ¡Mi gente, el número 24! ¿Quién se va a llevar esta magnífica cámara digital, mi gente, número 24?
A cada empleado le habían asignado dos números. La mayoría de los premios más codiciados ya se habían entregado. Solo quedaban algunas cosas de valor, los demás eran, por decirlo desde el propio sentir de Ramírez, una tomadura de pelo. Ramírez miraba su boleto como si fuera un examen para el que no estudió. Leía una y otra vez los bordes nítidos y pesados del número, escrito con plumón sobre el papel.
—¡Gente, mi gente! ¡Número 24, número 24! Hermosa cámara digital para que estas vacaciones se vayan con la familia a Acapulco a tomarse bellas fotos y a subirlas en sus redes.
Desde una esquina del almacén, un hombre muy bajito y gordo, al que todos apodaban Elena, levantó la voz para decir:
—¡Yo merengues! ¡Yo tengo el 24!
Corriendo con sus botas de trabajo y camisa de cuadros, el bodeguero empezó a animar a toda la oficina mientras avanzaba. La gente aplaudía y gritaba:
—¡Elena! ¡Elena!
Al llegar a donde estaba el staff que organizaba el evento, saludó al gerente de mano y les tomaron fotografías. Ramírez lo miraba desde su asiento. Observaba la cara brillar con el flash azul de las cámaras y se imaginó recibiendo las llaves de un auto nuevo. Luego Elena regresó, entre aplausos, al mismo lugar del que había salido.
Al otro lado de Ramírez, un trabajador de Recursos Humanos intentaba servirse más refresco. Al notar que la botella estaba vacía, le habló a Ramírez. Aprovechando el momento, recién terminados los aplausos, le dijo:
—Pinche Elena, lo que tiene de enano lo tiene de suertudo. Yo ni he sacado nada aún, y ya quedan puras chingaderas. Pero bueno, al menos tú, carnal, ya sacaste arbolito.
Ramírez respondió:
—Pero yo esta pendejada ni la quiero, ya tengo uno en mi casa. Le prometí a mi jefa que mínimo una puta televisión sí me llevaba.
—Bueno, bueno, todavía quedan algunas madres en la mesa de regalos. Y luego me dijeron que el patrón, bien pedo, empieza a regalar billetes.
—Pues a mí nunca me ha tocado, pero con ese wey solo pasa si eres vieja.
—Bueno ya, Ramírez, no seas llorón y pásame el tequila y ese refresquito. Mínimo de aquí sí salgo bien arreglao.
Antes de pasarle el refresco y el tequila, Ramírez decidió servirse, por primera vez en la noche, un trago él también. En realidad, nunca había hablado con Pedro. De vez en cuando, al llegar a la oficina, lo veía estacionando su Tsuru. Alguna vez tuvo que ir a Recursos Humanos para que le endosara un cheque o, cuando fue a sacar copias, recuerda haberle preguntado si vio el partido de la selección ese fin de semana. Pero más allá de eso, no se conocían.
Ramírez dio el primer trago. Recordó momentáneamente por qué había decidido no beber esa noche, pero la advertencia le duró poco en la cabeza y se tomó el vaso de un jalón. Pedro, mirando el vaso de plástico vacío sobre la mesa, le dijo:
—¿A poco sí, carnal? ¿Que no te dan agüita en tu casa o qué?
Pedro también aprovechó para terminarse el suyo.
Las dos secretarias notaron, después de la tercera ronda, que la botella que estaba apartada para la mesa se estaba privatizando de aquel lado. Empezaron a reclamarles a los dos hombres:
—A ver, a ver, mis galanes, es provete, no banquete. Y esa botellita nos tiene que rendir a todos aquí en la mesa… ¿o no, doña Lupe? Pidieron la corroboración de la autoridad más longeva de la mesa. Pero al preguntarle a la señora, se dieron cuenta de que doña Lupe, una de las secretarias más antiguas de la oficina, no se inmutaba ni con el menor ruido.
—¡Doña Lupe! ¡Ay, Doña Lupe!
Insistieron, pero cuando el gerente comenzó a vocear un nuevo número, esta vez una licuadora, y el volumen del almacén llegó a la estridencia, se rindieron. La señora no despertó y siguió babeando su amplio vestido de lunares.
Ni Pedro ni Ramírez se sacaron la licuadora, y ambos terminaron por reclamar como suya la mitad de la botella, no sin antes haberles servido un último vaso a las dos mujeres.
Las secretarias se levantaron de la mesa después de un rato. Mientras guardaban un pedazo de pastel entre dos platos desechables, hablaban de cómo meterían el microondas y la televisión en el auto del marido de una de ellas.
—¿Manita, segura que no te quieres esperar? –dijo una a la vez que alzaba los ojos con dirección al estrado donde el gerente y las licenciadas resguardaban la tómbola—. Acuérdate que el año pasado el jefe, ya casi a la medianoche, salió con que sí había regalo sorpresa. Al final se lo llevó el de intendencia. Acuérdate que le dieron una noche todo incluido en el hotel ese que queda allá por rumbo al Parador del Sol. Imagínate, nomás, una noche allá con el gordo. Igual y pasa de nuevo, manita. Ya sabes que nosotros tenemos convenio con ellos.
—Sí, mana, pero que nosotros les hagamos el inventario de sus jaboncitos y papel de baño no quiere decir que van a andar regalando hospedaje cada año…
—Tá bien, manita, pues ámonos.
Por fin doña Lupe despertó. Ramírez veía a las mujeres malabareando con sus cajas mientras acababa de tomarse las últimas gotas de su vaso. Sintió un ligero impulso de querer ayudarlas, pero de reojo le llegó la imagen vertical de su pino de Navidad, y solo las siguió con la mirada hasta que unos meseros las ayudaron a salir del almacén.
—Que no te me agüites, mi Ramírez. Esas teles ni buenas salen. Mira, ya quedó vacío aquel lado. Házte pallá, en una de esas alcanzamos la botella de aquella otra mesa sin que se den cuenta esos weyes.
Ramírez escuchaba a Pedro, y antes de acabar de jalar la caja de su pino de Navidad, le dice:
–Oye, carnal, ¿ya cuántas cajas faltan? A mí se me hace que esos weyes hacen boletos sin regalo…
—Aguanta, aguanta, papito. Ahorita sale algo. Y si no… aunque sea otra botellita nos chingamos.
Justo cuando Pedro acabó de calmar las ansias de Ramírez, el gerente comenzó a vocear de nuevo:
–¡No se me desanimen, no se me desanimen! A ver, ¿quién tiene el número 19? ¡Diecinueve a la una… diecinueve a las doooos…!
–¿Y ahora qué chingados tocó?
–¡No jodas, mi Ramírez! ¡Es una pinche laptop!
–¿Tú qué número tienes?
–Valiendo madre… casi, casi pero no. ¿Y tú?
–Nombre, pa, a mí se me hace que sí es cierto lo que dijiste. Ese número de regalos ni hubo al empezar este cotorreo. O andamos bien salados.
–¿Pero quién se sacó la laptop? ¿Y es de las buenas?
–¡Ay no mames! Es una de las licenciadas. ¡Si ellas no pueden jugar! ¡Ellas están allí en la tómbola! ¡Eso es chanchullo! Ya ni pedo.
Pedro siguió quejándose mientras se paraba de la mesa con dirección hacia el baño. Al regresar le comentó los pormenores de un arreglo que hizo con uno de los meseros, que resultó ser compañero suyo de la secundaria.
–Ya arreglé con mi compa que ahorita, cuando tenga chance, nos pasa unos hielos y una botellita de ron de las buenas que alzó de la mesa de los jefes.
–¿Oye, Pedrito y por qué empezaste a trabajar aquí? Estás bien morro. Deberías andar en otras cosas más movidas, no en esta pinche empresa que nomás hace este showcito cada año, pero de feria ni madres.
–Puta, Ramírez, la verdad es que fue la única chamba que encontré. Estuve desempleado bastantes meses hasta julio, que me llamaron de aquí. Y mira, ya entrados en confianza… pues tuve un chavito, y mi ex empezó a pedir más dinero. Ya sabes cómo son esas cosas. ¿Tú tienes familia?
–¡Número 36, número 36! A ver, ¿quién tiene el número 36? ¡Unos audífonos inalámbricos!
Los dos miraron sus papeles. En medio del ruido, ni se dieron cuenta de que el amigo de Pedro ya les había dejado la bandeja con hielos y la botella. Ramírez revisó su celular, vio la hora. Tenía dos llamadas perdidas. No hizo nada por contestarlas, pero volteó a ver a Pedro y le dijo:
–Carnal, creo que ya es hora de que me vaya retirando. Ya ando medio entrado y tengo que manejar. Mejor aquí la dejamos.
–Aguanta, padre santo, aguanta. ¿Me vas a dejar así? Tira paro, deja que anuncien dos números más y vemos qué show.
–Tá bueno, pues… pero andas pisteando muy recio, ¿andas apurado o qué onda? –contestó Ramírez, guardando su celular de nuevo en la bolsa del pantalón.
–No, pero pues es gratis. Qué mal pedo que no nos dejan fumar aquí. Pero oye… ya que tú trabajas todo el tiempo allá en el otro piso, ¿qué sabes del carnal que se andaba comiendo a una de las secretarias en el baño hace una semana? Nadie ha dicho bien quién fue, solo que el cabrón se saltó por la ventana. Tú debes saber algo, ¿o no?
–Al pobre cabrón, cuando sepan quién es, lo van a correr… porque lo que no han dicho es que esa secretaria era sobrina del gerente. Pero pues la morra no quiso decir nada. Es todo lo que sé.
Luego, Ramírez desvió la conversación. Metió la mano a la bandeja con hielos, sacó un par y se sirvió ron sin refresco.
–Neta no te creo. Tú debes de saber más. Ya le pregunté a todos los weyes de allá arriba y nada más me faltas tú. ¿O apoco fuiste tú?
–No digas mamadas, Pedro. ¿Cómo que fuiste tú? Ya cállate.
–No te me agüites, mi Ramírez. Yo no le voy a decir a nadie. Además, yo también hubiera hecho lo mismo.
–Ya estás pedo. Te dije que ya me iba a ir y ya empezaste a decir puras pendejadas.
–Tranqui, tranqui… ahora que sé que no fuiste tú, y que me caíste bien, entonces ya puedo confesar.
–¿Y con qué chingadera vas a salir ahora? No sabes tomar callado.
–¡A ver, mi gente, mi gente, mi gente… número 7, número 7! ¡Ya merito acabamos, pero aún nos quedan cosas buenas!
–No mames… ¿qué, unos patines?
–¿Te tocaron?
–Nel. ¿Y a ti?
–Tampoco. Y ya te dije que ya me iba.
–Nel, dijiste que aguantabas dos números más. Apenas va uno…

Continuará…

El mercadito Vol. I

Hoy les ofrecemos una nueva sección de frutas y verduras, carnes y semillas, pescado y abarrotes. Pásele, pásele, hay queso, chilate también:

* El equilibrista

Una madre y su hijo esperan en la parada de camión. El camión no ha tardado más de lo usual, pero el niño, inquieto por el calor, no deja de husmear entre las bolsas de plástico. La madre lo instruye en la paciencia, pero ya en el tercer regaño, la señora también inquieta decide buscar una solución. La madre no quiere ceder tan fácil ante el niño, pero cansada y con las bolsas del súper haciéndole montón, la única salida que encuentra es darle una moneda al niño.
Detrás de la parada de camiones hay una farmacia. La bocina repite en una voz intercalada con canciones de moda, ofertas en pomada para los pies, vitamina C, pañales y lubricante. El niño le pregunta a su madre qué hacer con la moneda mientras imita el baile de la botarga que ondea un letrero hecho con una cartulina fosforescente.
La botarga sostiene un micrófono y de vez en cuando, logra aprovechar la letra de las canciones para remarcar el pregón de la oferta en sus productos. El niño detiene la coreografía. La moneda se le ha caído. Llega un camión, la madre se aleja del niño para leer con más claridad los nombres escritos en el parabrisas del urbano. Baja gente por la puerta de atrás. Las otras personas que esperaban ese camión se empujan al querer entrar con las personas que también descienden por la puerta de adelante.
La moneda, por su parte, sigue, manteniendo bastante bien el equilibrio, sin perder ante ninguno de sus dos costados. La madre hace un gesto de desánimo y se incorpora de nuevo a la acera donde tiene acomodadas las bolsas del mandado. Cuenta las bolsas, pero rápido su vista se dirige a un punto muy específico del suelo, donde su hijo está casi acostado, con la mano estirada, tratando de alcanzar los diez pesos que han quedado detenidos cerca del zapato de un señor que lee el periódico.
La señora toma todas las bolsas. Ambas manos se estrangulan con los lazos de plástico que a cada lado presumen el logo azul de la tienda. Camina y grita el nombre de su hijo, pero la música y las ofertas hacen que su voz se pierda entre el sonido de una cortina de metal abriéndose y el sonido de un claxon.
Por fin alcanza a su hijo. Pone el mandado en el suelo y jala de la oreja al niño. Mientras lo regaña, la señora se inclina a su altura, suelta un quejido al agacharse y continúa hablando sin pausa:
—A ver, chamaco, qué te dije, ya estás todo sucio del pantalón, mírate nomás, pero te vuelvo a comprar algo, orita en la casa vas a ver. Es que no es posible que traigas así toda la ropa, pero te vuelvo a comprar un pantalón otra vez, pero cómo es posible, mírate las manos, todas cochinas, y luego te las metes a la boca, pareces…

El hombre que lee el periódico se retira, la moneda queda completamente expuesta. La madre lo regaña mientras le sacude el pantalón con las manos marcadas por las asas. Llega otro camión. La señora detiene la reprimenda. Se apura a tomar las bolsas. Empuja al niño que no consigue agarrar la moneda. Ambos corren hasta la orilla de la acera que se va llenando de transeúntes que quieren subir al camión. De nuevo la madre se cerciora de leer con atención los nombres de las paradas en el cristal del urbano. Exhala al terminar de leer. El camión se aleja y ella y el niño vuelven a hacer un círculo de bolsas un poco más adentro de la acera.
Al lado de ellos hay otra madre con un niño un poco más grande que no deja de hablar en voz bastante alta. Anda mamá, anda. Anda Mariana, águila o sol, águila o sol, Mariana. Y la madre solo le contesta al niño que trae uniforme de fútbol que no debería andar agarrando cosas sucias del suelo.
El niño jala el pantalón de su madre y le dice que ese otro niño de allá enfrente ha encontrado la moneda que le dio hace rato. La señora lo escucha, por un instante siente la necesidad de ir a decirle a la otra señora y al otro niño, pero termina por reprimir a su hijo diciéndole que ha perdido el dinero, y que eso le pasa por no hacerle caso.
El niño voltea a ver al otro niño. La madre voltea a ver a la otra madre. Por el tráfico o quizá por el calor las señoras tardan en darse cuenta de que ambas se conocen porque sus hijos van en la misma escuela.
La señora sin bolsas se acerca a la madre con bolsas.
—Hola, Lupita, ¿cómo ha estado?, ¿ya viene del súper?
—Sí, Mariana, ya venimos, usté cree —contesta Guadalupe, acomodándose la falda arreglándose el cabello—. Y mire, Robertito tan grande ya, cómo le va en la escuela, ¿ya pasa a quinto o a sexto?
Mariana se quita los lentes de sol que usaba como diadema y se los pone de nuevo en los ojos.
—Muy bien, nos salió deportista, fíjate. Ya lo metimos a las clases de futbol allá en la deportiva. Mi marido dice que es bueno que los muchachos tengan algo que hacer por las tardes, si no, andan en la calle haciendo quién sabe qué, aunque mi Robert puro estudio.
Ahora Mariana busca algo en su bolsa mientras le toca el cabello al niño que carga el pantalón todo sucio.
—Y Manuelito, cómo le va a él en sus clases. Pero, amiguita, ¿se te cayó el niño?, ¿qué le pasó? Mira, te presto una toallita, anda.
—Ándale, sí, Mariana. A ver, Manu, ven para acá. ¿Y ustedes también van para la colonia? ¿Están esperando el camión?
—No, Lupita, como ya se compró coche mi esposo, le dije que nos pasara a recoger después de que le cortaran el cabello a Robertito. Ya ve que los muchachos siempre se quieren parecer a esos futbolistas de la tele, y mi Robert, pues como su papá, muy guapos los dos.
Lupita mete la toallita usada en una de las bolsas de plástico. Manuel ve cómo Roberto avienta la moneda al aire y la atrapa con la palma.
—¿Y tú, Lupita? Me han contado… pero esas cosas pasan, amiga, uno siempre se arregla, no te apures manita. De todas formas, salúdame al Jorgito. Yo y Robert nunca hemos tenido problemas, su madre, eso sí, ya es otra cosa… Pero como te decía, amiguita, Robert y yo jamás hemos tenido problemas así, él tan trabajador, tan bueno. Es que hay que saber escoger, ¿verdad? Y mira nada más, uno aquí hablando del diablo. Te ofreceríamos raite, amiga, pero no vamos para allá.
Manuel le dice a Roberto, águila. La moneda no alcanza a caer en sus palmas. La señora de los lentes de sol apura a su hijo futbolista a que se suban a un coche que ha detenido el tráfico. Manu no deja de ver la moneda rodando en equilibrio hacia la calle. Guadalupe agarra las bolsas y se acerca rápido a la orilla de la acera a ver si este camión es el camión. El urbano suena el claxon. Guadalupe se estrangula más los dedos. Los transeúntes suben y bajan del camión. Manu se lanza por la moneda. El urbano suena aún más fuerte el claxon y gente formada afuera del vehículo grita para que los pasajeros que van descendiendo se apuren. El camión suena una vez más el claxon.
Guadalupe ve al niño aún más sucio que hace rato, pero ya no dice nada. El niño sube primero y le ayuda a su madre con dos bolsas. La madre, sostenida del pasamanos, abre su monedero mientras le reclama al chofer.
—¿Desde cuándo el pasaje subió de precio?
El niño juega con la moneda mientras mira por la ventana. El chofer solo le responde:
—Ya se la sabe, jefa, ni que el camión fuera mío.
Al decir esto, el chofer pisa el embrague. La caja del camión truena al meter la velocidad, y enseguida el reparo sacude a todos los pasajeros.
Manu avienta la moneda y la atrapa. Guadalupe cuenta el cambio con una mano mientras sigue agarrándose con fuerza del tubo. Al terminar de contar, hace una mueca muy larga y grita el nombre de su hijo mientras trata de guardar el equilibrio.

* Mango

Es medio día, después del desfile celebrado en la avenida principal del pueblo, Martín regresa con su abuela y su mamá a la casa. Ambas señoras le celebran lo guapo que se ve vestido de revolucionario. Mientras cocina el almuerzo, fríen frijoles y voltean unos hígados, hacen un recuento del desfile.
Martín se sienta en el sillón de la sala a ver televisión. Pone las caricaturas, pero tiene que subirle el volumen porque el sonido de la musiquita de la serie navideña que rodea el cuadro de la Virgen no lo deja escuchar lo que dicen los animales cuando se persiguen.
Ante el volumen tan alto, regañan al revolucionario y lo mandan a que se salga a jugar en lo que está el almuerzo.
Martín les truena la boca, pero ellas solo siguen celebrando su vestuario en lo que el niño sale por la puerta que da a la calle.
—Míralo, con ese bigotito… hasta se parece a su tata —dice la abuela, y luego se sopla los dedos después de voltear una tortilla.
En la calle hay otros niños que también desfilaron. Algunos traen sombrero de palma y paliacate rojo. Otros usan cartucheras cruzadas. Hay quienes van vestidos con camisa blanca y pistolas de plástico. Martín les pregunta si quieren jugar a las escondidas. Los niños, mitad armados mitad civiles, eligen al más chaparro para que empiece a contar. Le tapan los ojos con un paliacate. Le dan tres vueltas y lo ponen contra la pared para evitar que haga trampa.
Martín se trata de subir a un árbol donde un soldado y una campesina ya han acaparado las mejores ramas. Les pregunta si hay espacio para él, pero ambos lo callan y lo mandan a otro lado.
Martín sigue husmeando en otros huecos y hendiduras que hay entre las casas y los autos, pero todas están ya ocupadas, así que decide una maniobra final. Su idea es subirse al poste de luz para de ahí alcanzar una de las ramas más altas del mayor árbol de mango.
Mueve un pie y luego la mano con mucho cuidado, pero es tal la altura que, nervioso, decide aventar el sobrero.
Sudado, logra llegar a la última varilla del poste, y de ahí se trepa a una rama. Escondido, ve cómo los niños uno a uno caen bajo la mano dura del pequeño centinela con pistola de plástico, que resultó para bien o para mal, buen policía.
Martín nunca había tenido una visión tan amplia de la calle. La vista es tan extensa que hasta puede ver adentro de las casas de los otros vecinos. En una, un señor clava las patas de una silla, en otra una vecina está sacudiendo ropa recién lavada, y en aquella, una señora echa agua con jabón sobre la azotea y comienza a barrerla.
Escucha las risas de todos los niños. Al parecer solo falta él y una adelita. Ante su acrobacia, se mofa de los atrapados y de su suerte, y decide subir un poco más alto.
Llega a la siguiente rama. No es suficiente, desea ir a la última rama.
Nunca se había sentido tan valiente. Es tal su heroísmo que no solo ha decidido subir hasta la punta del árbol de mango, también ha tomado una decisión importante: jamás borrarse el bigote que trae pintado, para que nadie dude de su mayoría de edad.
Pisa una rama, pisa la otra y en esa huella escucha la fractura de la corteza del árbol.
Se asusta.
Cierra los ojos.
Caen frutas con rapidez hasta el suelo.
Cuando llega por fin a la punta, una niña con dos trencitas lo saluda.

 

¿Y ese animal cuál es?, ¿cómo camina?

Helados

El heladero toca muy despacio una de las campanas y luego seca su sudor con un trapo rojo. Una mujer se acerca a mirar por entre los agujeros de la malla de la escuela. El heladero después de secarse acomoda el trapo rojo sobre el tubo de su carrito de helados y suena, con un poco menos de duda, una de las campanillas.
El guardia revisa su reloj, para después quedarse en la misma postura que ha tenido desde hace 20 minutos. Otra mujer se para al lado de la madre que ya husmeaba por entre la malla y comienzan a platicar de la calor.
Suenan algunas voces de niños, pero nadie sale por la puerta. El heladero ya sin timidez toca la campana de su carrito, se seca el sudor y pone el trapo rojo en el tubo mientras una señora se baja de un vehículo que ha prendido sus luces intermitentes.
El guardia entra por la puerta de metal que es del mismo color que las paredes de la escuela. Sale con un portapapeles y comienza a revisar las hojas a la vez que sostiene un marcatextos con los dientes. Llega otro auto, el heladero repite su rutina. Del vehículo desciende un padre con un niño en brazos. El padre se va a parar bajo la sombra del único árbol que hay en la calle. Mira cómo el guardia que sigue mordiendo el marcatextos, pasa las hojas y cuando ha decidido acercarse a él, el heladero suena con mucha más fuerza las campanas de su carrito. Ha llegado otro carro, de él se bajan ahora tres señoras. Las tres levantan la mano y le agradecen a su comadre por el raite. La comadre se estaciona delante de los otros dos carros que habían llegado antes y enciende las luces de precaución.
Llegan unos adolescentes vestidos con zapatos negros y un pantalón de mil rayas, sin embargo, sus playeras son de equipos de futbol. El heladero suena su carrito, seca su frente y persigue con mucha atención cómo los adolescentes juntan monedas en la palma del muchacho más robusto.
Llega un cuarto auto y después un quinto y también otras cuatro personas. El heladero ha decidido explorar sus dotes de percusionista, y suena las campanillas con ritmo. Sin embargo, no acaba la primera pista cuando llega a la entrada principal de la escuela un grupo de señoras en ropa deportiva, hablando en voz alta. En una de las camisetas que porta una de esas mujeres se puede leer la frase Club de Zumba Parque El Alamito.
Un grupo de perros olfatea a los adolescentes que siguen contando monedas. Se ponen a jugar con uno de los animales mientras pelotean el balón. El heladero suena más la campanilla, pero se ofusca su canción por el claxon de un automóvil que le empieza a gritar cosas a los adolescentes que están jugando en medio de la calle. El auto termina su regaño, y se estaciona en triple fila más adelante. Del auto bajan tres personas más.
Se logran escuchar algunas voces de niños que vienen desde el patio principal de la institución, sin embargo, sus voces desaparecen pronto ante el alboroto del tumulto de padres de familia amontonados en la acera del lugar.
Llega otro auto y comienza a pitar con esmero hasta que se rinde y decide estacionarse en cuarta fila. Los autos que llegan después ya ni pitan, solo se estacionan sin cuestionar el embotellamiento. Ya no hay ninguna sombra, la escuela está completamente rodeada, el heladero no deja de sonar la campanilla.
Las voces de los padres de familia comienzan a sonar cada vez más fuerte, al unísono, pero entre ese barullo de moscas alborotadas se logra escuchar una frase: quítenle la pinche tablita al guardia y que nos diga a qué hora salen los niños. El heladero ya no suena las campanillas, las golpea con una piedra. Sí, quítenle la tablita. El heladero se talla el trapo rojo y no deja de mirar a los adolescentes que pelotean cargando en los puños una buena cantidad de monedas. Sí, quién puso a cargo a ese cabrón inútil. Los perros se comienzan a pelear. El heladero ahora usa las dos manos y dos piedras para no solo sonar las campanas sino también el aluminio del carrito. El murmullo de los padres de familia crece animado por un contingente de albañiles que justo ha salido de la obra de al lado a su descanso. Los trabajadores, algunos con playeras al hombro se suman a las consignas de la protesta: guardia incompetente, le mientes a la gente. Guardia mentiroso, ¿dónde están nuestros mocosos?
En la calle ya no cabe un padre de familia más. El heladero está tan hecho bola junto a los cuerpos de otras personas que apenas puede mover una de sus manos para secarse la frente. Una nube tapa por unos minutos la cuadra. El heladero mira hacia arriba aprovechando la pausa de la nube. Pasa un pájaro. Todo se queda callado, hasta que la nube se retira y también se retira el portapapeles del guardia volando.
A lo lejos, casi como si llegara el cuchicheo de un chisme muy bajito, alguien repite por última vez las consignas contra el guardia. Después ya no se oye nada.
Alguien estornuda. Alguien tose. A alguien más le empieza a sonar el celular y alguien en el público lo shhhhshea para que lo apague.
El heladero está listo. Como puede alza su palma hasta la manija de su carrito de helados, siente el relieve de una de las campanillas, prepara el manoteo. Está listo, de tan concentrado que está, hasta puede escuchar cómo las monedas en el bolsillo del hombre de al lado se mueven. Prepara la muñeca. Nunca había estado más listo. El aire entre su mano y la campana es nada.
Son las 2 en punto de la tarde, aquí en la Escuela Primaria Héroes de la Patria.

La alarma

Es el último viernes del Festival de la Ciudad. Regino y su novia han decidido ir a la función final, después de alargar durante un buen rato la discusión entre pasar primero por la fiesta de un amigo o ir al show. Terminan viendo que las dos opciones caben en la noche si llegan ligeramente tarde a la función. Cuando llegan al teatro, gracias a que han bebido un poco, su entrada es estridente, generando un coro nada amable de shhhhs de parte de un público que mira casi sin parpadear a los dos participantes sentados en una silla, aparentemente dormidos. El presentador, al escuchar el tumulto de shhhh de parte del público, rápido desde su micrófono controla la situación: no se preocupen, si no digo las palabras correctas, estos, mis amigos, ni enterados de que tenemos nueva visita aquí en el teatro.
Al terminar la frase, una de las luces acompaña a Regino y a su novia como si fueran protagonistas de la noche por toda la hilera D hasta que encuentran sus asientos 7 y 8.
El presentador no da indicaciones para que retiren la luz de la pareja. Bueno, y ya que están aquí mis amigos. ¿Cómo se llaman? Un hombre salido desde la hilera de atrás como si fuera un pequeño animalito que estuvo escondido toda la tarde en esos sillones, aparece con un micrófono y lo acerca a María. Yo me llamo Mari y él es mi novio, Regino. Y venimos tarde porque andábamos en una fiesta. En serio, dice el presentador, bueno y qué tal estuvo la fiesta Regi, te puedo llamar Regi, ¿no?
No pues muy buena pero no nos queríamos perder el Show del hombre invisible, pero tal vez al salir de aquí nos vayamos para la fiesta de nuevo.
Y cómo sabes que vas a irte del teatro, responde el presentador casi con malicia.
Pues cómo que cómo. Pues así como llegué.
Todos se ríen.
Mari le dice en voz muy bajita pero burlona a Regino, ay gordo ya te metiste en problemas.
El presentador da órdenes con su mano de que apaguen las luces. Y lanza una pregunta directa al público. Qué dice mi gente, dónde caben dos pues caben tres. Nos traemos al Regi al escenario.
Ándale gordito ya te hablan.
Que se suba, que se suba, que se suba clama el público.
Ay amor, pero ando bien mareado.
En el escenario se acomoda una tercera silla. Regino pide disculpas mientras sale de la hilera D y es guiado al escenario por otro hombre que aparece de entre las cortinas que adornan la pared, como si su ropa y él mismo estuvieran hechos de la misma tela.
El presentador pide silencio a todo el teatro.
Saca una patita de conejo de su saco y le habla a Regino. Cómo se ve que bebió mi hermano. Pero bueno, acá estamos para divertirnos, ¿no es así?, le pregunta al público, y el público responde con un largo sí.
Regino, mi querido Regi, sabe usted por qué le dicen al hombre invisible, invisible.
El presentador no deja de mover la patita y Regino la sigue.
Sabe usted mi Regi, por qué al hombre invisible, le dicen el hombre invisible.
Regi empieza a moverse a causa de un hipo repentino.
Y por tercera vez el presentador le insiste Regino con la misma pregunta. Sabe Regino por qué al hombre invisible le dicen el hombre invisible.
El hipo de Regino desaparece. Lentamente se va recostando con todo el peso hacia la espalda de la silla. Cuando queda por completo recargado, el público respira de asombro y Mari grita: bueno, pero me va a usted a regresar a mi gordito completo, ¿verdad? La sala ríe, pero pronto el presentador pide silencio.
La sala ya no ríe. El presentador se acerca a la mujer que está sentada en medio. Le pregunta: ¿sabe usted por qué al hombre invisible también le dicen la gallina? Y la señora se levanta de la silla y comienza a aletear por todo el escenario. Después se acerca al anciano de la izquierda. ¿Sabe usted por qué al hombre invisible también le dicen el bebé? Y el señor empieza a llorar y hacer pucheros como recién nacido. El público aplaude, chifla y ríe ante el espectáculo de los dos adultos jugueteando sobre la tarima. Por último, se acerca a Regi. Sabes, mi Regi, por qué al hombre invisible también le llaman Regino?
El público entre que ríe y entre que se siente timado. Mientras el bebé y la gallina continúan sus acrobacias sobre el suelo, Regino se queda sentado mirando su celular sin hacerle mucho caso a sus dos nuevos colegas.
El presentador vuelve a sacar la patita de conejo de su saco. La única luz del escenario lo ilumina. Se acerca a la gallina y la señora regresa a su asiento. Se acerca al bebé y el señor, después de tomar su bastón, también regresa a su lugar.
Cuando es el turno de Regino, la alarma de incendios comienza a sonar. Las luces del teatro se encienden y el presentador en un tono de voz ya nada histriónico pronuncia un enorme POR FAVOR, CON CALMA, SEÑORAS Y SEÑORES, CON CALMA SALGAN DEL RECINTO.
Afuera del lugar, Mari y Regino escuchan cómo un hombre con un megáfono le dice a la gente que todo está en orden, que solo fue una falsa alarma pero que si gustan habrá una función de compensación mañana sábado sin costo.
Regino y Mari piden un taxi. Mientras esperan, Mari le pregunta si quiere regresar a la fiesta o devolverse a casa.
Vuelven a discutir.
Mari se cepilla los dientes y voltea a ver a Regino de reojo en el espejo: oye gordo, pausa de la pelea. ¿Y qué onda o qué, te sientes raro? Regi escupe el enjuague bucal, le enseña los dientes a Mari y saca una pata de conejo de la bolsa de su pijama.
Oye Mari, ¿y tú sabes por qué al hombre invisible, lo llaman invisible?

 

Piéda

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Ayer hablé con mi padre, abuela. Miré sus ojos a través de una pantalla. Se parece a ti, abuela. Yo a veces me parezco a mi padre. Cuando me pongo lentes y salgo para mi trabajo, sé que me parezco a él. Cuando muevo las manos como si las manos fueran las palabras, me parezco a él, abuela. Mi padre que cada día se parece más a ti.
En la llamada me dijo que irá a verte. Que visitará el lugar donde descansas allá en San Luis. ¿Estás descansando, abuela? Yo espero que no te hayas dejado engañar por esa falsa razón de la tierra muda. Que lo estés mirando todo con esos ojos que son iguales a los de mi padre.
Ayúdame a recordarte, anda. Ayúdame a saberte mejor el vestido y los cabellos que hace tanto no veo. ¿Qué lenguas te dicen? ¿Qué otros niños te hablan? Ahora que estoy acá, en este lejos río, ciego río, me pregunto si me has mirado. Si has visto mis edades tejiéndose con las edades de gente con nombre o sin nombre. Anda, Piéda, llévame al mercado, ya entendí que no se come después de agarrar el dinero.
Me he convertido en un cuerpo extraño, Piéda. De niño solo me queda el nombre. Ay chamaco carajo. Ay chamaquito malcriado. Entonces mi padre me dijo que irá a verte. Que les echará agua a tus años quietos y limpiará un poco sus costados. Yo no sé si mi padre reza. Yo he dejado de hacerlo, abuela. Discúlpame. Me volví un callado para Dios, aun así, prendo una vela y la miro acabarse, gastar su fuego y dejar sombras esparcidas por las paredes de mi casa. Entonces la apago. Entonces el humo se riega como la cola de un perro y yo lo acaricio y me quedo dormido.
Mi padre que tiene tus ojos dijo que irá a visitarte. Oye, abuela, y cuando tú lo visitas, ¿lo regañas porque se queda dormido con los lentes?. Ya sabes cómo es: llega del trabajo, se quita la camisa y se queda en playera de tirantes, se pone sus sandalias y abre el periódico, a veces ni siquiera es el periódico de ese día, y se queda dormido.
Ayer que mi padre me llamó, yo era un poco más joven, abuela. Iba descalzo por un valle con flores acostadas, su tierra tenía escarcha y en la orilla de su caudal tenían sembrado un pequeño faro. Su luz como de 5 de la mañana no iba a ninguna parte. En el río no había botes y el agua se regresaba sigilosa. Yo seguí, quería saber qué cosas son mías y cuáles no. Pero era muy temprano, abuela, tan temprano que las horas no sabían qué hacer con los árboles. Los árboles tampoco sabían qué hacer y dejaban ir a todas sus hojas.
Cuando eso pasa aquí, en este lejos río, río ciego, abuela, los niños se disfrazan de animales. Y van y tocan las puertas y las puertas se abren y los niños brincan con las manos llenas, con las manos llenas de mieles secas. Y te digo, abuela, se van brincando, cruzan la noche en una lengua que ni tú ni yo sabemos, hasta que de nuevo las aceras quedan vacías.
La última vez que me disfracé era conejo. Jugaba al Mambrú se fue a la guerra. Tú aplaudías y yo danzarín y azul como un conejo azul, regaba confeti por el kínder de la colonia en mayo. Abuela, disculpa que interrumpa nuestra plática, tengo que corregir lo anterior, esa fue la última vez que me disfracé de animal, ahora llevo otras intenciones, le digo un año y un apellido mentiroso a la gente, porque qué les importa, verdad, abuela, qué van a saber ellos de cómo hemos despertado de pronto al oír cómo se tira el agua. Mijo, baje las cubetas. Mijo, barra el agua de la azotea.
Mire, véame, soy y no soy. Recorriste tanto monte y envejeciste al lado del mar y yo acá, lejos, en el río ciego y tú regada en la espera de todos nosotros: mi padre, tus hijas y los hermanos que te quedan. Lo cierto es, abuela, que todas nuestras bocas juntas no pueden decirte. Yo he repetido tanto tu nombre y nadie te conoce. Yo, a veces, cuando voy caminando y siento que alguien viene, pero no pasa nadie, me pregunto si así es como otros oyen las historias que cuento de ti. Yo mismo, abuela, que me crie entre tu cocina y la televisión encendida, a veces luego no sé de qué me acuerdo. Anda, Piéda, ayúdame a saberte mejor los aretes y los pasos. ¿Dónde estás ahora? ¿Qué silencio cansa más al aire?
Te digo abuela, a diario, ahí en mis maneras de renegar de mi sangre que está bordada con prisa en mi apellido, de esconder que yo también soy hijo de ese cerro lleno de pájaros y piedras húmedas con orín de perro. Ahí, en la orilla alambrada del pozo seco, te busco, ahí Piéda, bajo ese amate calcinado por un machete flácido y en todos los primos y tíos y vecinos que siguen pasando por el frente de tu casa, buenos días doña Piéda, ya anda barriendo, va a querer masa o chilate. Piéda, arajo, ya andas buscando calle otra vez, a ti te salió Cayetana en el calendario, arajo mujer.
Alguien barre la ciega agua por las escaleras de tu casa. Talla con una escoba. Se hace un hilito y luego un perro con sed pasa y se bebe el agua con espuma. La única diferencia es que ahora hay calle. La gente hace fiestas de concreto y se gritan unos a otros por saber quién merece, o por mérito cívico o por nacimiento, la banqueta.
Ya no está el almendro, ya no está el nanche, ya no está el guanábano, salvo una hermosa plancha de material donde, a veces ya cuando se ha entibiado la tarde, ahí se echan de panza los animales y se espantan las moscas con la cola. Eso sí, la vista de la playa sigue intacta, su diamante, que se abre y se cierra cada noche, sigue brillando desde lejos, pero ese brillo, abuela, ahora sufre el esmero de las flores de plástico. ¿Por qué pasa eso, abuela?
Ayer hablé con mi padre. Me dijo que iría a visitarte y vi sus ojos que son como mis ojos a través de una pantalla. Le conté del frío y él me platicó de los trabajos manuales que realiza en su casa después de las lluvias. Le hice un recuento de mi vida diaria y él me platicó de lo que puede comer y de lo que ya no. Nos acordamos de tu comida, él dijo uuuy, ya no más patitas de puerco con frijoles, ¿te acuerdas, hijo, de cómo tu abue cocinaba las patitas en salsa? Yo casi no como carne roja y mi padre ya no tiene permiso para ella. ¿Por qué pasa eso, abuela, eso de que las gentes son como sus padres, pero también son otras gentes, así distintas y extrañas? ¿Así como las piedras que se parecen unas a otras, pero, una piedra es una piedra y nunca otra piedra? ¿Por qué abue, por qué?
Ay, abuela, no hay nadie en casa, las cortinas están cerradas y ya empezó el otoño. Tengo 33 años. ¿Tú cuántos años tienes? Yo quisiera explicarte cómo soy ahora, decirte mira, abuela, mi casa y mis libros y esa es una foto de cuando nadé en un lago y creía que nunca nadie podría ser más joven que yo porque las olas de aquel verano me regresaban a una orilla de agua dulce. Pero no, abuela, la verdad es que mis palabras se acumulan, guardo cosas entre los libros y casi no llamo a mi madre. Yo quería ser un espejo acomodado en medio de un claro de bosque, pero ahora, mirar me cansa sin aviso y las gentes hablan con prisa y yo no les entiendo. ¿A dónde va todo mundo con esa prisa, abuela? ¿A dónde se dirigen?
Mi padre ayer me dijo que iría a tu pueblo. Y también dijo que llevaría este pliego de papel entre las manos para ti. Así que deja te digo mi oración, esta oración callada para un Dios también callado.
Esta es una carta solo para ti, esta es una palabra solo dicha para ti, blanco se volvió en el bosque el corazón salvaje, escuché abuela, justo cuando abría las ventanas. Enséñame a mirar con bien y a no equivocarme de fuego cuando señalo el final del día. Dime, recuérdame la canción que mecía a los frutos en cada una de las ramas de tu jardín. Dime, recuérdame el abrazo de niño rojo con el que protegías los tallos de la mordida de los cerdos. Del clamor ya no supe nada, pero hay días cuando el sol agrieta el río donde creo entender mis años y tus años.
La primera vez que me sentaste en tus piernas, yo tenía una cruz colgando de mi pecho y me limpiabas lo recién nacido con un paño suave por mi frente. Esta es una petición solo para ti, abuela. Ayúdame a ir sin el enojo marchitándome los dientes. Ayúdame a que no se me olvide el nombre de mis padres. Que sepa siempre cuáles son las escaleras que lleva a nuestra casa. Ahora, abuela, parado en una estela de aire de octubre, se me enfría la cara y me da vergüenza decirte que me he tardado más de lo que he prometido. Pero sigo y procuro separar el hambre del ayuno y soy agradecido cuando tengo que serlo. Piéda, tengo las manos llenas de la tierra que nunca solté de tu jardín. ¿Qué hago con ella, dime? ¿Qué hago crecer con ella?
En tus ojos que supieron dónde empezaban las riberas, qué hombres y mujeres viste ir, pesados con cestos de ropa sobre la cabeza. ¿A qué jugabas con tus hermanos cuando ninguno se había mudado a las ciudades? Mis hermanos y yo, abuela, nos hemos mudado a las ciudades. Somos hombres dóciles en países extraviados.
Mañana el día se presentará como un alimento. Tú y yo, y todo aquél que se acuerde de ti comerá en la misma mesa, y después pondremos las fotos de nuevo en las paredes, aunque estén llenas de humedad. Mañana, abuela, te contaré si pude atravesar el estrecho del río. Por mientras, anda, abuela, tengamos fe en el comienzo de la estación del frío.
Ya me voy a acostar, abue. En la mesa te dejé un vaso con agua. No quedaron trastes sucios en el fregadero, ya saqué la basura y revisé que la llave de la pila esté cerrada.
Mañana temprano, si nos vemos, me platicas qué tan crecido está el río de San Luis Acatlán.

 

Antología de poesía joven universitaria

Me llega un mensaje a mi celular. Son descuentos de una tienda de zapatos deportivos. Aproveche, HOT SALE, solo hoy, 7 de octubre. Volteo a ver mis zapatos al lado de la puerta. Me parece que mis tenis están algo viejos, pero no tanto. Quizá ya debería sacar del clóset las botas para el frío y guardar el calzado de verano. El link del mensaje me lleva a una página que muestra a unos senderistas. Sobre el lomo de una montaña llena de flores, dos caminantes atienden al paisaje. Sus sonrisas horizontales, como una prolongación del brillo en el valle.
Me siento intimidado. Dejo mi celular sobre el escritorio y también dejo de preocuparme por mis dientes. Desayuno sin hacer nada más que seguir la palada del cubierto y escuchar el ruido de los autos. Me aburro y comienzo a contar cuántas masticadas doy por bocado. Me aburro aún más, y pierdo la cuenta cuando una operación urgente de bomberos y policía se arriesga, veloz, hacia aquel vecindario.
Me he propuesto no comer revisando el celular. No es ninguna postura política. No son ganas de ser mejor persona. O bueno, quizá sí es una cosa de postura. Yo no quiero que después me digan que soy un agachado, y caminar con los ojos al piso, así como los camellos que tienen sed.
Recojo la mesa. No lavo los platos, pero los dejo remojando en agua para que no se les pegue la comida. Mi casa ha sido invadida por el aroma de mi pan quemado más un huevo demasiado frito. Abro la ventana para que entre un poco de aire. Afuera, de un lado de la banqueta va una joven corredora, usa una banda en la cabeza y las mejillas rosadas como vino nuevo y del otro, un hombre husmea en los contenedores de basura mientras fuma.
Cuando siento que ya hay suficiente aire en mi casa, cierro las ventanas. Me desvisto, dejo que el agua de la regadera caiga un poco para calentarse. En ese intervalo desnudo vuelvo a ver la página con descuentos. Agrego un par al carrito de compras. A veces hago eso para ver qué se siente. Y la sensación busca desplegarse aún más, así que donde cabe un par de tenis, claro que necesitamos todo el conjunto, si no, nadie va a creer que hago ejercicio. Pants, sudadera, calcetines y hasta gorro porque ya viene el invierno.
Me distraje bastante porque ya el vapor sale hecho montón desde la ducha, pero con ligereza de gato albino. Al entrar al baño quiero mirarme, pero el espejo está empañado. Recuerdo una vez más a los dos corredores del anuncio, al mismo tiempo que busco mi silueta entre un vapor y otro. Esta vez ya no me siento intimidado.
Me pongo rápido los zapatos. Decido unos sin agujetas. Al salir del edificio me saludo con un vecino. No sé cómo se llama pero, siempre que llega o se va, escucho sus llaves. Tiene un llavero que es más bien una sonaja. Es una persona cronometrada. Siempre sale a las 6 a.m. Regresa cuando yo estoy yendo hacia el trabajo. Ni un minuto más, ni un minuto menos y siempre con ropa deportiva. El sí se compró todo el conjunto. Me sostiene la puerta al salir. Le digo que gracias en español y en inglés para que no haya duda.
En el camino al trabajo me cruzo con otros corredores. Al hombre que husmeaba en los botes de basura ya no me lo vuelvo a encontrar. Sin embargo, también es un hombre preciso. Cada martes, a la misma hora, fuma y revisa y se lleva.
Mis zapatos chirrean sobre el piso pulido del salón de clases. El ruido que hacen suena a un patito de hule siendo apretado por las manos de un niño. Mis alumnos no dicen nada, pero a mí me da risa mi caminado, así que prefiero dar la clase desde la misma orilla. Ellos se ponen a practicar el present progressive. Yo estoy revisando de nuevo el catálogo de zapatos y agregando más cosas al carrito.
Al terminar de trabajar, frente a la iglesia por la que usualmente paso, un jardinero fuma. Lleva un chaleco fosforescente y gafas de sol como ojos de un bicho que se entretiene con una hoja. El olor del cigarro me alcanza. Me sorprendo al sentirme repelido por la delgadez tan inmediata del humo. Quiero acordarme de la última vez que fumé. No logro acordarme de nada, pero sí de la última vez que lo hice entregadamente. Fue hace más de un año con Octavio.
Averiguo más en ese recuerdo y todo hace sentido, hoy 7 de octubre es el cumpleaños de Octavio. Me da risa el hallazgo, pero le quito con rapidez cualquier intención mayor a la de una coincidencia.
De vuelta a mi casa, decido que quiero enviarle un mensaje. Como hace más de un año que no hablamos, dudo en cómo iniciar la felicitación. Ensayo bromas, pero lo único que me parece terreno seguro es abusar de las anécdotas compartidas en la universidad. Escribo varias veces el mensaje, intercalando la longitud y el número de las historias.
Por ejemplo, le recuerdo que la última fiesta de cumpleaños que celebré en Chihuahua fue la suya. Cumplía 24. Como empezó a llover se nos ocurrió que era buena idea acabar la carne asada adentro de la casa. Así que metimos la parrilla. La casa se llenó de humo y de borrachos. Mi vecino, 10 años más grande que nosotros, al que le decíamos el Pantera, se unió a la fiesta en algún punto de la madrugada. Se acababa de divorciar y a fuerzas requería canciones de José José en la bocina. No pusimos resistencia porque había traído más bebida. Cuando comenzó a llorar, se salió a la lluvia. Vociferó algo así como un grito y se fue a su casa pateando una lata por la orilla de la acera.
Por ejemplo, también le hablo de la vez que fuimos a Tijuana a un encuentro de estudiantes de letras. Era octubre, también su cumpleaños. Estábamos en un lugar que solo tenía sillas de plástico con el logo de la cerveza Tecate. En una de las paredes colgaba una placa del Récord Guinness: el lugar había vendido la mayor cantidad de cerveza en una sola noche en todo el mundo.
O la otra vez que estábamos en una cantina en el centro de Chihuahua llamada el Mogavi. Estaba el famoso Capi, un señor de 70 años que, al terminar de empacar bolsas de mandado, con toda la morralla que juntaba se iba a ese lugar a beber. Cada vez que se acercaba a nosotros abría su cartera: una credencial, con una foto a blanco y negro y con el logo del ejército. Mostraba a un hombre joven. El Capi remataba diciendo, mis cuentas hasta ahorita, jóvenes, si la memoria no me falla son 55 morras y 5 vatos. Y se iba a hablar con otras señoras a seguir haciendo cuentas.
En el momento en que iba a mandar el mensaje, cerré la aplicación. Traté de acordarme de lo que hablamos en mayo del año pasado. El recorrido de nuestra conversación fue un anecdotario de la universidad combinado con el estado actual de nuestras vidas. Para ese momento ya habían pasado más de 5 años desde la vez anterior que nos habíamos visto. Octavio con el mismo tipo de gafas que en la universidad y yo con el mismo cabello sin saber para qué lado. Nos sentamos afuera de la casa donde viví mientras era estudiante. Saqué una silla de playa y una cubeta de pintura. El calor del asfalto hervía desde la poca sombra que empezaba a recorrerse por la colonia Campo Bello. Al lado de la casa ahora había una escuela de taekwondo. Señoras con sus hijos en trajes blancos con cintas de colores en la cintura desfilaban frente a nosotros.
–Antes no había ni vecinos aquí, te acuerdas.
–Solo el pinche Pantera que en vez de hacerla de pedo por el ruido le caía a cotorrear.
—Sí, no mames, ese wey estaba loco, te acuerdas que una vez salió con una katana a corretear a unos weyes que según andaban robando cobre.
–Pinche todo loco ese wey, ¿y por qué vergas tenía una katana?
–Quién sabe, pero siempre llegaba con pisto en la madrugada y acababa cantando todo triste por su ruca que le quitó al morrito.
Ahora es de noche. Aún es 7 de octubre. Me llega otro mensaje, esta vez me ofrecen trabajo. De hecho, es una oferta increíble. “Hola, notamos tu perfil en línea. Buscamos un asistente remoto. Puedes ganar hasta 800 dólares diarios desde casa. No se necesita experiencia. ¿Te interesa?” Suena exactamente a mí. Me gusta estar en mi casa, los 800 dólares los puedo negociar, pero de entrada no me quejo y sobre todo yo no tengo nada de experiencia.
Imagino diciéndole a mi madre, amá, ya chingamos, nos cayó una feria, este diciembre hora sí se nos va a armar el paseo. Hasta me doy chance de seguirle por ahí al sueño, y pienso qué más cosas podría agregar a mi carrito. Si no es porque pasa otra ambulancia con bomberos, yo ahí seguiría. Borro el mensaje. Lo reporto como spam. Pero me quedo con la esperanza de que mañana me vuelva a caer un ofertón de esos.
Apago la computadora. Me pongo mis tenis viejos, pero no tanto, todavía aguantan. Antes de salir escucho a mi vecino sonar sus llaves mientras abre la puerta de su departamento. Espero a que entre porque no quiero saludarlo, ya con una vez por día es suficiente.
Me pongo los audífonos. Los corredores que me rebasan mueven sus piernas al ritmo de la música que oía en la universidad. En algunos senderos, ya sin mucha luz, otros estudiantes siguen un paso entre el monte donde se van a fumar a escondidas. Me llega el olor de un zorrillo mojado en aceite dulce, pero el aire pronto se lleva el hilo grueso hacia otro lado.
Llego a la parte oscura del río. En su orilla hay unos pescadores nocturnos. Me quito los audífonos para escuchar cómo se desenrolla el carrete cuando avientan el anzuelo al agua. Lo repliegan, lo vuelven a lanzar y dejo de oírlos porque ya estoy demasiado lejos de la pesca.
Abro mi celular, el brillo de la pantalla interrumpe lo callado del parque como si se hubiera caído un vaso de aluminio. Bajo la luz de la pantalla. Me vuelvo discreto en mis intenciones. Leo el mensaje para Octavio.
Lo borro.
Mi caminata llega al punto donde ahora voy de vuelta. Desde lejos las luces de los carros llenan el río con ojos de animales sonámbulos.
Cuando llego a la calle de mi casa, el flujo de autos ha desaparecido. Hasta me doy el lujo de no voltear a ver a ambos lados.
—No mames, wey, ¿te acuerdas que una vez nos acostamos en la calle y nos quedamos dormidos hasta que una pinche troca comenzó a pitar y un wey se bajó a mentarnos la madre?
–Que se vaya a la verga ese wey, yo no sé por qué hacíamos tantas pendejadas.
–¿Y ya te sientes más viejo ahora o qué?
–Ay, ay, ¿y esa pinche pregunta mamona qué?
–Contesta wey.
–Pos yo me siento igual de pendejo que antes, ¿y tú?
–La neta yo también, pero sí me canso más.
–Póngase a hacer ejercicio, muchacho.
–Arre pues, en corto, en corto, deja nomás me amarro bien las agujetas.

 

Equipo universitario de remo

I

La neblina está esparcida por todo el río. Es tan espesa que no hay sensación de movimiento. No hay arriba ni abajo, sino un hueco amplio y sin aroma. Arriba, el sol pretende iniciarse, pero no puede.
Escucho la respiración de un corredor detrás mío. No lo veo, pero el sonido de sus suelas con su prisa de plástico, hacen crujir hojas. Después, desaparece o más bien se calla. No traje mis audífonos, así que me entrego a una meditación falsa sobre los animales que rondan los prados y, de vez en cuando, sus ligeras huellas de lodo saltan sobre las ramas.
La mañana sigue avanzando al igual que otros corredores que me rebasan anónimos. Por el río el equipo de remo es guiado por una entrenadora que señala velocidad y pausa a los navegadores. Escucho los remos diestros en el abrir y cerrar del agua.
–¡Equipo, atentos! ¡Mantengan el ritmo, no se adelanten! ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! ¡Más fuerza! ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea!
La voz del megáfono se aleja. Hago ejercicios de estiramiento. Toco las puntas de mis pies, respiro. El sol hace lo mismo porque su luz crece hasta dirigir la forma de algunos árboles hacia su altura verdadera.
Nuevos corredores pasan, son menos anónimos. Me miran y nos decimos hola, o buenos días. Llegando a los campos de beisbol, un grupo de venados pasta cerca de unos columpios. La neblina aún es espesa. Así que sus cornamentas parecen dirigirse como humo. Seseo de calcio sigiloso que sube y sube, desprendido de la cabeza de animal y sin poder detenerse. Tomo una fotografía. Me acerco un poco más. Tomo otra fotografía. Pero ya en la tercera, y al haber interrumpido su desayuno, lo único que obtengo es una foto vacía de unos columpios matutinos.
Los venados corren, se meten entre la neblina y el bosque, haciendo que las ramas truenen en la huida de su pequeña manada. Me asomo por la hendidura que han abierto para dirigirse. Ahí adentro la neblina aún reina sobre el día. Un blanco apenas interrumpido por el cruce de unas hojas y ramas. Me dan ganas de ingresar a su paseo sin bordes. Pienso en las consecuencias de ese viaje. Son pocas mis objeciones hasta que el saludo de dos transeúntes, una madre y su carriola y otra señora, me retroceden de nuevo al camino asfaltado de los corredores.
Me voy acercando a ellas. Hablan del trofeo de uno de sus hijos y la flojera del otro. Cuando el bebé y yo cruzamos miradas, deja de chupar su sonaja, manotea y la fruta de plástico cae al suelo. La madre la recoge y rápido le pasa una toallita húmeda. El bebé persigue las manos de su madre que limpia su cascabelito. La señora es metódica, no le deja hendiduras sin pulir a la pequeña fruta. El bebé se desespera y avisa estirando ambas manos. La otra señora no deja de hablar de su hijo desocupado. La madre ahora saca otro producto de la pañalera. El bebé se estira aún más. La fruta no puede ser más brillante. El hijo ya no puede ser más flojo. El bebé crece. La señora no deja de limpiar. El hijo es desempleado. La madre, la madre y las toallitas.
El bebé tiene los brazos tan estirados que ha crecido un poco.
La madre por fin le entrega la sonaja. La sonaja festeja alardeando con la música de sus semillas. No he avanzado muchos metros cuando escucho el llanto del bebé. No volteo. Y me vuelvo a distraer en la imagen de los venados deshaciendo sus cuernos en neblina y luego incorporándose al bosque hasta quedarse callados.
Las imágenes de los venados se empiezan a intercalar con otro tipo de deseos, y esos deseos se diluyen, sin prestigio ya, entre un aviso y otro de las cosas que tengo que hacer este día. Me reprocho. Quiero dejar de hacer el repaso de todos mis pendientes. Reviso una vez más las bolsas de mi short. Me cercioro de todos sus recovecos. Pero no. He dejado los audífonos quién sabe dónde allá en mi casa. Me envuelvo ahora en una indagación vaga sobre las cosas que hice esta mañana antes de ponerme los tenis y el short para hacer ejercicio. ¿Por qué no los puse donde siempre? ¿Por qué soy tan distraído? Bueno, es que ayer tenía que acabar de mandar ese otro trabajo. Pero ¿por qué no los guardé ahí junto al reloj y la cartera? Bueno, pero ¿por qué no me los puse desde antes de salir? Bueno, ya había salido tarde y confiaba en que estarían en la bolsa del short. Bueno, pero cambié de short esta mañana. Bueno, ahí está el problema. Ya debería ir a lavar la ropa, pero no puedo, tengo que esperar al viernes. Pero el viernes no porque…
Me salgo del camino de asfalto y parado sobre el césped, inquieto, decido volver a estirarme, cerrar los ojos y hacer una lista de todos los sonidos que están sucediendo.
Otro corredor. Una bicicleta. Su campana. Un gorrión molinero. Otro corredor. Un saltapared. Un tordo sargento. Otra bicicleta. Otro corredor. Un mirlo. Otro mirlo. Otro corredor. La puerta del refrigerador. Otro corredor. Otro mirlo. El agua hirviendo. Otra bicicleta. Un automóvil. Un gorrión. Un gorrión. Un corredor. ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea! El microondas. La máquina de afeitar. La puerta de la escuela. Otro corredor. Otra puerta. Para el día de hoy, estos son los objetivos. El tapón de un marcador cayéndose al suelo. ¡No se adelanten! Hablar de la rutina diaria. La pantalla del proyector atorada. Usar el verbo reflexivo. Hablar de la rutina diaria. Me levanté. Me lavé la cara. ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! Me cepillé los dientes. ¡No se adelanten, no se adelanten! ¿Me puse el mismo short que ayer, entonces, dónde chingados están los audífonos? ¡No se adelanten, no se adelanten! Me quedo en silencio. Me quedo en silencio. Me quiero quedar en silencio. Una sonaja.

II

Mientras corro, mi respiración me abarca, no sé muy bien cómo, desde las puntas de mis pies hasta la nariz. Otros corredores pasan y cuando nos miramos y me sonríen o me hacen un gesto de saludo, siento que he atendido una sociedad con sus propios acuerdos y sanciones. Y yo estoy a punto de averiguar una de sus multas. Lo sé, porque mi respiración está por distorsionarse hacia el jadeo.
Hace unos minutos comencé a correr. Yo no soy un corredor habitual. La ligereza entre un paso y otro me seduce, pero cada minuto que pasa, esa ligereza entiende menos cómo alejarse de su propio rastro. Respiro, me estoy concentrando solo en mi respiración. Hacerlo por la nariz, no por la boca. Un poco de sudor me ha entrado al ojo. La sal se me ha quedado entre el plástico y la pupila. Me desacomodo el lente tratando de disipar el ardor de la gota salada bajo mi párpado. Ahora corro, respiro por la boca y llevo un ojo cerrado. No me quiero detener, al menos debo cruzar el parque. Una bicicleta me toca su campana. No me quiero detener, al menos quiero llegar hasta el puente. Otra bicicleta suena su campana. No me quiero detener. El ojo deja de arderme. Ya no siento ninguna basura en el ojo. El día ahora es una imagen partida por la mañana ya sin neblina y mi ojo izquierdo que traduce con vergüenza.

III

Despojado de la sociedad de los corredores vuelvo a caminar. Adherido a una versión incompleta de todos los que pasan, intuyo con dificultad si los otros caminantes me están dando el saludo o se espantan algunos de los bichos que persiguen el aire. Mi caminata ambicionaba un recorrido más largo, pero como el ojo bueno está haciendo también el trabajo del falso, me doy la vuelta.
Hago el inventario de la caja de lentes de contacto. Llegando a la casa puedo reponer el que se me ha caído y tengo para el resto del año. La inspección también abarca otras cosas en el cajón de los productos de aseo. Hace falta pasta de dientes. Tengo que comprar también más jabón para el baño. Quizá convenga ya cambiar la cortina de la regadera. Este fin de semana no he limpiado, quizá debería, aunque sea… O mejor me espero, aunque ya han pasado… Pero mejor debería lavar la ropa que ya esta semana me he puesto dos veces la misma playera. Bueno, pero los pantalones leí que no hay que lavarlos tan seguido. Pero ¿cuánto tiempo es no tan seguido? Pero, igual debería comprar unos pantalones nuevos, ¿o mejor me espero a Navidad? Pero en Navidad luego las cosas están más caras. ¿Cuándo se supone que salgo de vacaciones? ¿Por qué estoy pensando en las vacaciones si no he acabado de mandar ese otro trabajo? ¿Por qué no me puedo sentar y mandar ya de una vez ese pinche trabajo? Se supone que me salí para distraerme de ese pendiente. ¿Por qué no me puedo… ¿Por qué no he empezado a…

IV

Llegando a mi casa lo primero que hago es cambiarme los ojos. Luego, me baño, me seco, me visto y me peino. Pongo agua a hervir y me preparo un té. Salgo. Hay gente protestando afuera de una clínica de planificación familiar. Unos tienen pancartas con la palabra Dios escrita. Otros tienen chalecos de colores. Solo uno de ellos toca una flauta y no alcanzo a distinguir la melodía. Atravieso esa banqueta y me apresuro al salón a dar mi clase de español. Aún varias cuadras más adelante, el sonido de la flauta es distinguible, pero yo no sé qué significa lo que canta.
En el salón, practicamos los pronombres reflexivos. Levantan la mano y yo contesto. Señalo y me contestan. La clase termina sin alguna emoción en particular. Al guardar mis cosas, encuentro mis audífonos en una de las bolsas de la mochila.
En el supermercado hay una madre con una carriola. Mientras yo escojo unas uvas, escucho cómo el bebé menea su sonaja. Me pregunto si será el mismo bebé de hace unas horas, pero cuando la mujer voltea y se acerca a acariciar al niño, me doy cuenta que se trata de dos personas diferentes.
En la fila, el bebé y su mamá esperan detrás de mí. El bebé juega con su sonaja. Es un pajarito verde con azul de plástico. Antes de salir de la tienda escucho al bebé llorar, pero no volteo.
Me pongo, por fin, los audífonos.
Cruzo una calle, en una esquina hay una persona con megáfono repartiendo unas hojas. Se ve muy interesada en explicarme lo que dice su folleto. Yo veo cómo su boca se abre y se cierra, pero no percibo alguna palabra. Abre el folleto, usa su índice para enseñarme una ilustración. Yo sigo aparentando una sonrisa. Ella sigue mostrándome más imágenes y hablando, y yo sigo sonriendo, sin escuchar una sola palabra de lo que dice. Mueve una última vez la boca y yo solo le digo I´m sorry I don´t speak english. Sigo caminando. Un grupo de personas comienza a caminar atrás de mí y entre mis audiófonos se filtran unas frases.
–¡Equipo, atentos! ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea, por favor!

 

Tres hombres fotografiando rinocerontes

I

En un cuento del escritor argentino Juan José Saer, un conferencista explica que, antes de hablar, suele dormir una siesta. Relata su sueño: tres hombres dentro de un río africano fotografiando rinocerontes. El procedimiento es el siguiente: meterse en el agua hasta la cintura, esperar inmóvil a que el animal se acerque y, en el instante preciso, disparar la cámara. Al terminar, sorprende mostrando al público una fotografía húmeda de un rinoceronte, como si lo imposible pudiera regresar de un sueño convertido en prueba material.
Quiero pensar que entendí el texto y su propuesta de dislocar lo cotidiano con un gesto fantástico. O que asumo toda su ironía sobre la fe en la ciencia y en la prueba empírica. Basta una imagen, aunque provenga del sueño, para imponer su autoridad sobre un auditorio académico.
Y quisiera decir que me complazco en la vanidad de alguna de esas dos lecturas. Pero en realidad me acaba pasando que, después del cuento, me dan ganas de una siesta. Cuando despierto, me limpio la baba de las comisuras. Voy al espejo, me enjuago la cara. Y la primera secuela que advierto es que de la pequeña historia lo que me persigue es el deseo de también poseer, como el conferencista, una prueba irrefutable de la vida del gran rinoceronte africano entre mis papeles escolares. Una fotografía en blanco y negro donde el animal espera su turno entre el sol y la sabana para hundirse en las entrañas de un río.
Cierro el libro de Saer. Le busco un lugar en mi librero donde no haya duelo de vecinos. Acomodo el volumen entre un atlas con mil imágenes de peces de acuario y una novela de Alessandro Baricco. Sobre esa repisa después del reacomodo inmobiliario devuelvo tres fotografías Polaroid que adornan esa sección de mi librero.
Una foto es una ola chueca que no sé si iba o venía. En otra aparecemos mi amigo Will y yo en la costa de Holland frente al lago Michigan. Y la tercera es de la línea de árboles que se extiende por su playa. Las tres fueron tomadas ese mismo verano.
Reviso cada una de las imágenes. Mi amigo todavía no tenía una hija. Yo aún no sabía quién era Juan José Saer. En la foto donde ambos estamos juntos los dos llevamos barba. Trato de distinguir mejor nuestras sonrisas y los ojos cubiertos por los lentes de sol. Me traiciona el reflejo inmediato de mis dedos queriendo hacerle zoom al papel como si fuera una imagen en el celular.
Las devuelvo a su sitio. Le debo un mensaje a mi amigo. Pronto será el primer cumpleaños de su bebé. Nunca había sido invitado a una fiesta tan selecta.

II

Después del reacomodo de inquilinos que hice, ahora tengo dos libros que no sé en qué anaquel acomodar. Hago una encuesta entre mis repisas más azarosas, pero ninguna de ellas desea nuevos agregados. Me hago un té, luego me hago un café, luego saco la basura. Hago de todo para postergar la acción que, de hecho, ya estaba desplazando mi pendiente original. Llego a un acuerdo provisional, si no puedo actualizar domicilios, al menos sí puedo quitarles el polvo a los muebles.
En la repisa de debajo de las fotografías Polaroid están acomodados los diarios de escritores. Allí también descansa un velador. Un pequeño cotorrito de plástico que mi madre me regaló en la última visita que le hice a su trabajo en Acapulco. Su anatomía, que no rebasa el tamaño de media manzana.
Paso un trapito rociado con líquido lustramuebles. Me cercioro de la cantidad de polvo quitado. El trapo azul se llena de un rastro negro. Lo poco que deseo trabajar utiliza la mugre como pretexto para iniciar una tarea que me desvíe aún más de mis verdaderos pendientes. Desmonto todos los libros de esa repisa.
Y así este pretexto me guía sin mucha fatiga a la siguiente distracción. Como desde el principio se trata de no trabajar, la manera más fácil de seguir postergando mis obligaciones es preguntarle a la vida de otros por su forma casual o heroica de también perder el tiempo.
En este punto, haber elegido la sección de los diarios en mi librero ya no se me hace algo fortuito. Así que comienzo. Hojeo diario por diario, jugando al juego de qué pasó en 1912 en Praga, qué ocurrió en 1939 en Turín, qué se escribía en 1765 en Ginebra o qué pensaba alguien en 1965 en La Plata.
El ocio no me da ninguna respuesta satisfactoria, pero encuentro, en medio de la vida de Kafka, unos tickets de un partido de hockey de hace casi un año. La marca que aparece en el texto es la siguiente: 2 de agosto de 1914. Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación. Por lo demás, lo único que recuerdo de ese partido es que el equipo local perdió contra el visitante y, después, me fui a comer una hamburguesa para celebrar, aunque ese festejo ya no tenía nada que ver con el deporte.

III

Mi afición a usar cualquier cosa como separador de páginas comenzó como un simple apuro. Con el tiempo, esa costumbre derivó en una colección que abarca varios objetos: tickets del súper y del cine, boletos del transporte público, cartas de algún juego de mesa, hojas de árboles, etiquetas de botellas de cerveza, empaques vacíos de cigarro, flores aplastadas, fotografías, cartas escritas a mano, postales, hojas arrancadas de otros libros, recetas médicas, tarjetas de teléfonos públicos, tarjetas de bibliotecas, recibos del agua, de la luz o de cualquier servicio, billetes, flyers de eventos políticos, plumas de pájaros, aretes, el letrero de no molestar de algún hotel, y, de vez en cuando, un separador que ha venido de regalo en la compra de un libro.
Mi inclinación hacia el separador apócrifo sé que la comparto con una infinita cantidad de lectores. Son tantos que pienso que, en realidad, la condición de apócrifo debería recaer en los separadores fabricados exprofeso para ese fin. Esos sí son impostores: señas tristísimas, mitad anuncio comercial de editorial o librería, mitad pedazo de cartón que intenta escapar de lo feo, pero no lo logra.

IV

El desmontaje de mi librero y de mis responsabilidades continúa. Me distraigo hojeando, abriendo y releyendo cualquier cosa con tal de no ponerme a trabajar. Algunos libros hace años que ni siquiera los había vuelto a palpar más allá del simple reacomodo provocado por la mudanza. Les hago caso a esos volúmenes, les regalo la promesa de una lectura futura no muy lejana. Les hago un lugar nuevo. Pero tan pronto como ya están ahí luciendo su lomo al lado de otros volúmenes más manoseados, saben que les he mentido. No me disculpo. Y sigo limpiando.
Llego a mis ejemplares de libros de la universidad. Encuentro en medio de una de sus hojas un horario de las clases que cursaba. Leo el nombre de mis antiguos maestros. De uno recuerdo su cara, pero no su voz, de otro recuerdo apenas un ademán al borrar el pizarrón. Y de solo uno me queda muy claro cuál era su idea de dedicarse a enseñar literatura en un estado lleno de maquiladoras.
Ese maestro me daba clase los viernes. Hoy, por ejemplo, estaría saliendo de su clase de Literatura Mexicana. Después me vería con un amigo en el patio de enfrente de la Facultad. Me compartiría de sus cigarros. Luego esperaríamos a que llegaran más compañeros y decidiríamos a dónde ir a beber.
Quiero seguir postergando mi trabajo con la reconstrucción detallada de mi vida de hace 9 años, pero me llega un correo de una alumna preguntándome algo de la tarea. Devuelvo el horario al libro. Antes de cerrarlo, pongo atención en una de las notas escritas en los márgenes. No tiene que ver con la lectura, es un diálogo. Son dos letras diferentes.
–Imitar la vida de los crustáceos.
–¿Cómo?
–Así.

V

Me llega otro email. La misma pregunta sobre la tarea que tiene como fecha de entrega este domingo. Lo abro, leo las dudas de mi alumno y también inspecciono brevemente mi calendario. Ese ensayo pendiente sigue pendiente. Tengo que mandar esos documentos a no sé dónde. Volver a escanear no sé qué credencial otra vez. Escribir comentarios. Enviar una constancia de situación fiscal.
Llevo todo el día distrayéndome, y ha funcionado. Y de hecho ha funcionado tan bien que hasta discutirme los privilegios que circundan la posibilidad de quejarme sobre el trabajo me ha ayudado a retrasar su comienzo.
Estoy a nada de decidirme al cumplimiento de mis tareas, pero mi alhajero de madera en forma de rana que compré en Tlalpan está algo polvoso. Ahora me distraigo en mis joyas. Ninguna me sacaría de un apuro financiero, pero este arete me lo regalaron el último día que pasé en la colonia Juárez y este otro lo compré en una ciudad que decidió esconder todas sus estatuas.

VI

Juraba que se me habían acabado los pretextos. Ya he limpiado todas mis figuras, recuerdos y demás motivos que adornan mis libreros. Me siento. Abro el correo. Abro mi agenda. Ya no tengo ninguna distracción. El polvo ha sido desplazado al exterior, al menos por un rato. Las cartas y fotografías escondidas en mis libros ya las he revisado. Ya me acordé de quién tenía qué acordarme y ya imaginé sus vidas futuras después de nuestro último saludo. Ya repasé las últimas líneas de los libros que no he leído y que quién sabe si alguna vez leeré.
Estoy sentado.
Estoy escribiendo la primera línea de un correo.
Tocan la puerta.
Pero no es mi puerta.
Es la puerta de la vecina.
Me resisto.
Sigo resistiéndome, pero justo cuando una de las voces pregunta Buenos tardes, ¿cree usted que la Biblia tiene respuestas para los problemas de hoy, no resisto y me acerco a la puerta a husmear por la mirilla.
Son tres hombres. Tienen camisa blanca. Una corbata y usan el pelo corto. La vecina responde que ella no profesa ninguna religión. Insisten un rato más, la invitan a la iglesia y finalizan dándole un folleto antes de marcharse a la siguiente puerta.

VII

Alguien llama a mi puerta. Son tres hombres. Mientras tocan, una de las voces declama un clarísimo Queríamos preguntarle, ¿cree usted que algún día terminarán los problemas que vivimos hoy en el mundo?
Abro la puerta.
Niego a Cristo más de tres veces.
Aun así, me dan un folleto.
¿Van al cielo los animales? Es el título del tríptico. En el centro de la imagen que acompaña la portada, hay una luna llena de la que sale un hipopótamo, un rinoceronte y un tigre de Bengala y debajo de esa noche, sobre una piedra profética hay un hombre con barba blanca y un bastón.
Regreso a mi escritorio. Mando por fin la respuesta a mis alumnos. Creo que después de esos mails tengo un merecido descanso. Abro de nuevo el libro de cuentos de Juan José Saer. Me llega otro mail. Mi lectura se interrumpe en el cuento llamado El Taxidermista.
Busco rápido un separador.
Lo encuentro.

 

Charlas breves sobre el columnismo mexicano

Vida y muerte le han
faltado a mi vida.
De esa indigencia,
mi laborioso amor por estas minucias.
J. L. B.

I

Las escamas y el lomo del cuchillo se intercalan en el aire. Las lentejuelas del bailarín rojo queman su último brillo antes de caer sobre los otros restos de basura. El vendedor sortea navaja, piedra de afilar y huachinango. La música del comerciante sigue. El bailarín se va quedando sin traje. El día atraviesa las lonas que cubren el largo pasillo del mercado central de Acapulco.
Compramos 3 por 100.
Mi abuela duda de la oferta, pero el pescador es buen pregonero y hasta pilón nos ha echado.
3 mojarras y un jurel.
Pásele güerita, ándele mi jefita, qué le damos, tres por cien, mi jefa chula, tres por cien mi madrecita santa, ándele que se nos van nadando.
Yo cargo las dos morralillas.
El hombre se toma el permiso de abrir una de ellas y acomodar entre el kilo de jitomate y un manojo de cilantro, el bulto de pescados envuelto en papel periódico.
El periódico se humedece.
Es la primera plana.
Mi abuela saca el monedero de entre su vestido y el brasier.
Paga con un billetito exacto.
Regresa el monedero a su lugar a la vez que se acomoda el cabello y el vestido.
La noticia dice así:
Pleito a machetazos y conflicto en torno a La Parota.

II

Cada vez que mi madre recorre el peine en la cabeza de Carlos, el gel se acumula en los dientes del peine.
Mi hermano se queja. Su cabello parece tapizado en hule.
Mi madre se mira orgullosa y lo confirma en la contundencia que tiene para acomodarle el último botón de la camicita.
Tal disciplina no puede ser ofendida, así que, por estarme riendo de mi hermano, me mandan a meter a los perros y revisar que todas las cortinas de la casa estén cerradas antes de irnos.
Con dos ganchos para ropa agarro los pliegues de tela que cubren el hueco de la ventana más grande del cuarto.
En la bahía los barcos dejan un rastro de sal y un paracaidista es jalado por una lancha sin un propósito definido.
Me entretengo husmeando en esa otra vida hasta que mi madre.
Aaaalan, ámonos niño, que ya se nos hizo tarde.
Yo creo que ya estoy algo grande para una fiesta así, pero la promesa de los dulces y tronar cohetes en la calle cerrada sigue sonando coqueta.
Bajamos con cuidado el cerro. Mi madre nos hace prestar atención para no acabar ensuciándonos las ropas con el lodo que se ha formado con la lluvia de anoche.
Yo me ensucio, pero escondo la bastilla en un doblez dudoso.
Funciona.
Mi hermano, va, le da el regalo a su compañera, los niños se abrazan y los adultos aplauden.
Pasa un rato. Señores, tinas de aluminio con cerveza y refrescos de color naranja para los niños.
La piñata.
El niño ciego, y las varias vueltas para que pierda el tino.
No lo pierde.
El personaje animado es abierto de dos escobazos. Suelta jícamas y dulces. Yo obtengo la preciada pata y los otros me persiguen para despojarme de mi hallazgo.
Gano.
Me pongo la pata y presumo mi nueva anatomía de cartón y papel china.
Ante la sospecha de algunos dulces desperdigados sin reclamar, inicio una nueva búsqueda entre sandalias, zapatos deportivos y personajes descalzos. Todos, por razones quizá similares, mueven los pies al ritmo de algo. Lo único que encuentro sobre el suelo son pedazos de periódico. Piel recién magullada de la piñata combinada con papeles de colores.
Suerte.
Una bolsa intacta de tamarindos enchilados debajo de una noticia.
¡Adiós al Vocho! Sale de Puebla el último ejemplar del auto más querido de México.

III

Estamos en el Walmart. Ya fuimos advertidos desde antes de salir de casa. Vamos sólo por pintura. No juguetes. No dulces. Que no vamos a comer en Mc Donald´s. Que no, nada. Mis hermanos y yo aún así encontramos maneras de escabullirnos de tanta restricción y empezamos a correr entre los pasillos aventándonos pelotas y juguetes de playa.
Mi padre, con una mano en la cintura y el ceño fruncido, se inclina en uno de los anaqueles y algo lee en una cubeta de 20 litros. Se aprueba a sí mismo el precio y continúa ahora con su siguiente verificación en el lector de código de barras. Mi madre reniega de nosotros tres y nosotros tres corremos alrededor de ella como si fuera un árbol donde los animalitos se están persiguiendo la cola.
Mi padre habla con un señor de chaleco azul, pantalón negro. Mi madre le mide por encima una playera a uno de mis hermanos. La cuelga en el manubrio del carrito.
En la caja los empaques coloridos susurran hermosas canciones. Así que, tocamos uno tras otro como queriendo probar su contenido con la simple lengua que tenemos en la punta de nuestros pequeños dedos.
Conseguimos unos chicles.
Al carrito no lo podemos acercar a la banqueta para tomar el taxi. Mi madre se acerca hacia la calle para hacer la parada. Yo voy con ella. Cuánto nos cobra hasta Praderas de Costa Azul, de la terminal de camiones a la derecha.
Pasan dos taxis más. Por fin se detiene uno que responde como mi madre quiere. Y en el interior de un vocho blanco con fascias azules acomodamos dos cubetas de pintura para exteriores, tres niños, unos esposos y una bolsa de plástico con una playerita con todo y gancho.
Al llegar a casa, después de preparar la pintura, mi padre y mi madre pegan periódicos por todo el suelo. Nosotros jugamos a ayudarlos.
La pintura blanca crece transparente en el muro de block. Mis padres beben cerveza y vuelven a repasar rodillo y brocha. Las gotas van llenando de encorvados signos blancos los signos negros del periódico.
La noche aún no llega, pero desde allá, de aquella parte de la bahía, ya se avisan nubes gordas, gordas.
Mi madre se apura a meter unas sábanas blancas. Los perros corren de un lado a otro de la azotea persiguiendo con sus ladridos el poco sol que no se ha ido.
Nos sentamos a la orilla de las gradas a ver la lluvia.
Vicente Fox ganó hace unas semanas las elecciones. Su rostro y el logo del Partido Acción Nacional a blanco y negro detrás de él comienzan a distorsionarse con la humedad de las últimas aguas de julio.
Nosotros, por mientras, y que la lluvia termine para seguir pintando la casa.

IV

Ella no habla español y yo no hablo alemán. Ninguno de los dos sabemos inglés. Nos comunicamos haciendo dibujos en la arena a las afueras del Hotel Elcano. Yo ya no voy a la escuela. Ella está de vacaciones en Acapulco. Yo paso las tardes caminando junto al mar. Ella se llama Tanja.
La primera vez que hablamos, de regreso a casa, voy a la biblioteca de mi padre y hojeo uno de los seis volúmenes gordos de una enciclopedia por entregas, comprada a 24 pagos años atrás.
Ahí, de manera sistemática y encerrada, se explica la gramática alemana. Transcribo en un papel y al día siguiente vuelvo al mismo sitio.
Resolvemos varias cosas: por ejemplo, que viene de Düsseldorf, por ejemplo, que es maestra de kínder, por ejemplo, que en realidad nació en Rusia. Y por último, que solo estará tres días más.
Estamos horas mirando a la gente que pasa y concluimos que es más fácil decirnos con el movimiento de las manos. Yo dejé de ir a la preparatoria. Ella tiene dos hijos.
Me enseña fotos que trae en su cartera. Simula el movimiento del río Rinn, y yo trato de decirle que mi casa está en ese cerro que se mira desde aquí. Caminamos por la playa. A veces, las olas se detienen más en sus pies que en los míos y, a veces, pasa lo contrario.
La última tarde, de alguna forma, yo entiendo que quiere ir a comprar un sol y una luna de barro.
De alguna manera acordamos vernos la mañana antes de que se vaya.
Escribo con ayuda de la enciclopedia roja una nota de despedida. Desde mi casa, antes de salir a despedirme, veo los cerros y luego también el mar que se ve azul como de costumbre, pero también un poco lo contrario.
Al llegar a la Costera me detengo en un puesto de periódicos. El titular de ese día es Comando armado ataca comandancias en Renacimiento y Zapata; al menos siete muertos en Acapulco. Decido no regalar nada.
Tanja me da una carta. Tiene su email.
Avanza por la arena hasta llegar a la terraza del hotel y se voltea una vez más ondeando su mano. Yo hago lo mismo.
Cuando ya no la alcanzo a distinguir entre los otros huéspedes, después de atravesar la alberca, sigo mi camino.
Vuelvo al puesto de periódicos. Reviso la cartelera del Cinemahorro.
Soy un personaje desocupado.

V

Mi amigo Will tiene enmarcado en su pared un periódico. Es del día en que nació su hija Winona. Es un periódico local de Michigan. La noticia no es sangrienta, ni financiera, ni política. Solo es un evento que, salvo por las ropas de los involucrados, pudo haber ocurrido de igual forma, hace varios siglos atrás. Y también, estoy seguro, podrá seguir pasando, así, con la misma connotación, sin sal, sin cadencia, pero arbitraria en su manera de acontecer cada cierto número de veces por generación.
Indagamos un rato sobre las noticias que sucedieron el día que nosotros nacimos. Pero la pregunta pronto expira porque la bebé comienza a llorar.
Esa noche, antes de dormir busco periódicos de julio de 1992: en México se estaban cerrando las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en Acapulco se hablaba de un repunte alarmante de violencia porque el número de homicidios pasó de 186 en 1991 a 390 en 1992, y se inauguraban los Juegos Olímpicos de Barcelona.
Creí leer algunas causas nítidas de por qué mi vida posterior a eso fue como fue, pero después, al quedarme dormido y despertar con las imágenes de un sueño donde moría y reencarnaba convertido en pez, cualquier pregunta por el tiempo me pareció un divertimiento ansioso.

VI

Escribo desde lejos sobre personas que están aún más lejos.
Escribo sobre ti, pero también sobre personas que no me conocen.
Aunque yo creo que de alguna manera usted y yo nos conocemos.
Nos hemos conocido desde siempre.
¿Oye usted eso?
¿Mira usted eso?
Vea cómo se mueve, y si usted va para aquel lado, la silueta también va para aquel lado.
Inténtelo una vez más.
Salte si quiere. Grite si quiere. No tenga miedo. No tenga vergüenza. No pasa nada.
¡Ya vio, le dije.
¿Y sabe usted con qué se limpian muy bien los espejos?
Exacto.

VII

Hoy esta columna cumple tres años. He aquí algo realmente misterioso: la vida de otras personas.

 

Las gentes

I

Hoy es el cumpleaños de mi padre. Son las siete y media de la mañana aquí en Glenwood Springs, Colorado. Es la misma hora en Chilpancingo. Le pregunto a mi padre sobre sus planes para el día. Como estamos en videollamada, le muestro los cerros que rodean esta fisura donde el río Colorado recibe las aguas del Roaring Fork. Este último nace en las cercanías de Aspen, y baja rápido y frío entre bosques y laderas hasta llegar aquí.

II

El río Colorado nace mucho más al norte, en la cuenca de La Poudre Pass, dentro del Parque Nacional Rocky Mountain, en la división continental de las Montañas Rocosas, a más de 3 mil 100 metros de altitud. Este paso elevado, que marca el límite entre los condados de Grand y Larimer, es una zona de pastizales húmedos y terrenos pantanosos.
El nombre proviene del francés Cache la Poudre, “ocultar la pólvora”, en recuerdo de cazadores franceses que, sorprendidos por una tormenta de nieve en el siglo XIX, escondieron allí su pólvora para protegerla.

III

Antes de la llegada de colonos y exploradores, la región era parte del territorio de los ute, un pueblo indígena de tradición nómada perteneciente a la familia lingüística uto-azteca, un amplio conjunto de lenguas y pueblos originarios que se extendían desde el oeste de Norteamérica hasta Mesoamérica, cuya designación original era núuchi-u, “la gente”.
Los ute habitaron amplias zonas de las Montañas Rocosas y las tierras altas de Colorado desde tiempos ancestrales, desplazándose según las estaciones para cazar, recolectar recursos montañosos y participar en intercambios entre distintas bandas. Desde este punto, el Colorado fluye hacia Grand Lake, se encajona en cañones como el Gore y, tras recorrer más de 2 mil kilómetros atravesando Utah, Arizona, Nevada, California y Baja California, termina, ya con poco caudal, en el mar de Cortés.

IV

Mi padre me dice que tiene que acabar un informe. Que así toca a veces. Usa la palabra “viejo”. Usa la palabra “trabajo”. Insiste en la palabra “cerros”.
–Si puedes –le digo–, entre la hora de la comida y la Combi, encuentra un momento para celebrarte, aunque sea oyendo una o dos de tus canciones favoritas.
–¿Cuál es tu canción favorita, por cierto?
–¿De qué género?, ¿el que sea?
–En la que piensas justo cuando alguien te hace esta clase de pregunta.
Mi padre alguna vez fue a Cuba.
Mi padre cantaba canciones de Pablo Milanés.
Mi padre alguna vez y del presente, ¿qué le importa a la gente si es que siempre van a hablar?

V

Su rostro abarca la pantalla de mi celular.
–Cuando tú naciste, mijo, yo cumplía 33 años.
Mientras habla, busco en su cara un signo. Suelta un comentario, una broma, usa el índice y acierta. Nos parecemos y luego nada. Le digo que vine a Glenwood Springs a bañarme a unas aguas termales. Le muestro cómo, de lejos, el agua de las albercas deja subir su vapor matutino y unos bañistas tempranos van arrastrando las sandalias y las corvas hacia el agua caliente. Se acuerda de que en Guerrero también hay aguas termales. No está seguro de si están cerca de San Luis Acatlán.
Usa la palabra “piedras”.
Usa la palabra “rodillas”.
Y los dos terminamos mencionando a mi abuela.

VI

Mucho antes de que existieran hoteles, carreteras o cualquier infraestructura turística, los ute llegaban a estas aguas termales como parte de sus rutas estacionales por las Montañas Rocosas. Conocían el manantial principal como Yampah, “Gran Medicina”, y lo consideraban un lugar sagrado. El agua caliente que emergía de las profundidades, rica en minerales y vapores, no solo aliviaba el cansancio y los dolores del cuerpo, sino que también servía para ceremonias y prácticas de purificación espiritual. El calor y el vapor eran vistos como fuerzas vivas de la tierra, capaces de restaurar el equilibrio físico y anímico.
Cuando los colonos llegaron en el siglo XIX, descubrieron tanto el atractivo terapéutico como el valor comercial del lugar. Inspirados en parte por la reputación curativa que los ute le atribuían, canalizaron los manantiales y construyeron un gran balneario al estilo europeo, incorporando piscinas, vestuarios y áreas de descanso.

VII

Después de acordarnos de mi abuela, busco dónde están esas aguas termales en Guerrero. Se sitúan en la comunidad de Atotonilco de Horcasitas, en el municipio de San Luis Acatlán, un nombre en náhuatl que significa “lugar de agua caliente”. Se accede cruzando un puente colgante sobre un río y caminando entre vegetación hasta llegar a unas albercas de concreto construidas por la comunidad.
La entrada cuesta 30 pesos.

VIII

Antes de colgar, repasamos el clima de Chilpancingo. Le pregunto si sigue comprando el periódico donde mismo y si volvió a ese lugar donde nos gustaba comer enchiladas suizas cuando yo salía de la universidad y él de la oficina. Si aún le gusta bolearse los zapatos en la plaza. Si los sábados, cuando regresa a Acapulco, aún sigue admirando la aparición de la bahía desde la ventana de su autobús o si ya más bien se queda dormido.
Le comparto que me he traído hasta acá varios libros suyos. Se acuerda de cuando el agua de una lluvia no dejó de caer y se mojaron todos sus diarios de Antonio Gramsci.
Usa la palabra “cárcel”.
Usa la palabra “Mussolini”.
Pero sobre todo insiste en la palabra “pensar”.
Mi padre cumple 66. Le vuelvo a desear feliz cumpleaños. Hago el gesto del abrazo y él hace lo mismo.
La pantalla de mi celular queda en silencio. El sol comienza a reflejarse en los cristales de los autos y después en la ventana del cuarto del hotel donde me estoy hospedando con mi prima y su familia. Su hijito ya se ha despertado. El niño ahora brinca en la cama que comparte conmigo. Grita en inglés que ya es hora de meterse al agua. Es verdad, ya lo es. Y brinca y juega con dos peluches que ha traído, y los hace hablar, y ellos hablan, y hablamos, animales y gentes sobre lo bonito que está el día allá afuera.
Este afuera llamado Glenwood Springs.

IX

En los pasillos del hotel hay fotos de bañistas de distintos años: finales del siglo XIX, los años posteriores a la Great Depression. Hombres a las orillas de las albercas, en trajes completos, poniendo atención a la caída del agua, y mujeres completamente vestidas nadan en dirección al blanco y negro.
Santiago, de 9 años, corre con sandalias y yo lo persigo. Llevo la playera al hombro y, cuando salimos del lobby, siento al sol hacerme lo mismo que les hace a estas montañas. Mi prima me pregunta si me he puesto bloqueador. Después de responder, Santiago y yo somos untados como pan de desayuno. Ambos nos reímos del otro porque parecemos payasos maquillados para una única función.
Al acercarnos más al área de baño del complejo, podemos distinguir una serie de ductos y válvulas de presión que regulan y direccionan los brotes de los manantiales hacia las distintas piscinas. Hay carteles informativos que anuncian las dimensiones y temperaturas de cada una de las tinas. Santiago no deja de repetir que todo huele a huevo podrido.
–It smells like rotten eggs–.
Un cartel acaba de darle la razón al niño:
“Los manantiales brotan de forma natural a temperaturas que superan los 50?grados. Estas aguas termales provienen de capas profundas del subsuelo, donde son calentadas por el gradiente geotérmico de la Tierra. A medida que ascienden, atraviesan formaciones rocosas que las enriquecen con minerales como sodio, calcio, magnesio, potasio y compuestos de azufre. El característico olor a huevo podrido se debe a la presencia de sulfuro de hidrógeno (H2S), un gas natural que se libera con el vapor. Aunque en altas concentraciones puede ser tóxico, en espacios abiertos y bien ventilados como éste, su presencia es inofensiva.
Estas aguas han sido valoradas desde tiempos ancestrales por sus posibles beneficios terapéuticos: se cree que favorecen la circulación, alivian dolores articulares y musculares, y contribuyen a la salud de la piel.”
Después de pasar la recepción donde cuidan el acceso al balneario y se entregan toallas, el olor se disipa. El lugar adquiere la imaginación de un parque acuático de verano con todos sus requisitos: salvavidas con uniforme rojo y flotadores de rescate, camastros, gente con demasiado bloqueador solar, como nosotros, y gente excesivamente segura de sí misma.
Es un hermoso día de verano.

X

Me paseo entre las tinas de agua fría, que oscilan entre los 15 y 20?grados y las de agua caliente, que van de los 38 a los 41?grados. Mi respiración viaja del mundo subterráneo al alto menester de la última luz del día.
Siento mis piernas relajarse y luego adiestrarse en las maneras del frío.
Mientras tanto, Santiago juega en la alberca común, lanzándose clavados desde un trampolín.
Yo nunca lo he intentado.

XI

Sigo sus instrucciones. Ser una flecha. Inclinarme en la orilla final del trampolín. Mirar el agua, pero no pensar en el agua. Ser el aire. Dividirme con él. No pensar el agua.
Escucho cómo mi cuerpo adquiere, recíproco, el contorno acuoso de la alberca.
Caigo y entro.
Pero caigo.
Con los ojos cerrados manoteo y alcanzo la superficie llena de niños que saltan y saltan.
Emerjo entre ellos y mi familia aplaude la poca gracia de mi salto con cariño. Alcanzó con mi mano derecha el borde de la piscina.
Santiago me da unas nuevas indicaciones. Corrige la idea y la postura de mi salto. Me da confianza y nos formamos en la fila del trampolín de nuevo.
Hay niños que dan una y hasta dos vueltas en el aire. Pero no estamos intimidados, nosotros estamos jugando a otra cosa. Y mientras esperamos saltar, nos tomamos la mano.

XII

Ya es de noche. Gary, el papá de Santiago, Verónica, mi maestro clavadista y yo, compartimos la cena en el restaurante de un hotel que presume que Teddy Roosevelt se solía hospedar ahí cuando era temporada de caza de osos.
Nos preguntamos si Roosevelt se habrá bañado en las aguas termales después de la caza y si habrá brincado como nosotros.
Gary le pregunta a su hijo qué fue lo que más disfrutó de este día.
Ambos, padre e hijo, se persiguen las palabras y yo los persigo a ellos mientras pienso en mi padre.
Compartimos el postre, y entre cucharadas, Santiago me pregunta qué cómo es mi papá.

XIII

Al día siguiente mi padre me manda una foto suya. Tiene 23 años. Está en la azotea de una casa de estudiantes en Chilpancingo. Debe ser mediodía porque su cuerpo apenas hace sombra. No tiene playera. La línea de sus músculos se dibuja fácilmente. Es joven y está descalzo.
Le hago zoom a la imagen. Me detengo en sus ojos. No alcanzo a distinguir su centro, pero, aunque ahí aún no nos conocemos, algo suyo distingo como mío.
Detrás él hay ropa colgada y detrás de la ropa hay unos cerros que se alzan como un vientre asoleado.
Yo me estoy asoleando el vientre, padre. Yo ahora tengo 33 años, padre.
Mira, esta es mi canción favorita.