Aleta

(Primera parte)

La siguiente entrevista forma parte de un dossier convocado por la revista Aleta del Department of Comparative Water Studies de Great Northern University, en el norte del estado de Minnesota. El número de la revista está dedicado a la observación prolongada de cuerpos de agua y a su relación con el arte: escritura, fotografía y prácticas de registro.
El entrevistador se llama Hans Rowan. Es el director de la revista y, según sus palabras, además de coordinar esta publicación, trabaja encendiendo y apagando la luz de un faro en una región del lago Michigan. Durante el invierno vigila la costa y registra cambios en la visibilidad cuando el lago comienza a congelarse. La entrevista es por videollamada. Lleva un suéter grueso y una camisa abotonada hasta el cuello. Tiene bastante barba y, mientras habla, pienso en Ernest Hemingway, sobre todo, en aquella fotografía que le tomó la revista Life en 1959, donde aparece pateando una lata de cerveza con montañas detrás.
En un momento gira la computadora portátil para mostrarme el interior del faro: una escalera metálica en espiral, un cuadro de una palmera y una pequeña grabadora en la orilla de la ventana. La foto de la palmera, me dice, la tomó él mismo en la isla de Napuka.
La entrevista fue realizada a finales de enero. Sin embargo, el dossier no llegó a publicarse. Este mismo año la publicación perdió el financiamiento que sostenía su impresión.
Con el permiso de la redacción de la revista Aleta y, sobre todo, de Hans, la comparto aquí parcialmente.
*
Hans: Perdón, siempre olvido que la cámara hace más gorda la cara. Gracias por conectarte. Mira, esta cuchara la encontré aquí hace años. No sé de quién era. La uso para el café. Mira, ves, tiene forma de pez, qué apropiado para este sitio.
Bueno, lo primero que quiero saber es cómo vives cuando nadie te está mirando. Espera, o mejor dicho, cuando estás solo en casa, ¿prefieres dejar las luces encendidas o te mueves en la oscuridad?
R: Creo que no me gusta tener las luces encendidas en mi casa. Me gusta cuidar la iluminación de mi espacio de trabajo, pero casi siempre estoy a oscuras. Recuerdo que cuando era niño y se iba la luz, una de las cosas que más disfrutaba era ver cómo los cerros quedaban completamente oscuros y, aun así, distinguir algunas embarcaciones iluminadas en la bahía. Claro, primero pensaba en luciérnagas, pero después, en realidad, pensaba en esos navegantes. Supongo que debían sentirse aún más dentro del abismo del agua al estar completamente atravesados por la oscuridad de la tierra y la del mar. Aunque, bueno, yo no lo sé. Nunca he sido navegante.
Hans: Me gusta esa anotación sobre el abismo, pero te puedo asegurar que el navegante no piensa en eso. Piensa en la dirección, en la velocidad y en si el motor responde. El abismo es algo que vemos desde tierra. Me gusta que no hayas sido navegante porque si lo fueras, quizá hablarías distinto, y ahorita hablas desde la orilla.
Me hiciste pensar en las luciérnagas, hace mucho que no veo una. ¿Sabías que la luz de las luciérnagas no es solo una señal, sino el resultado de una reacción química? Además, la palabra “luciérnaga” viene de lucerna, que significa antorcha.
¿Te incomodan los insectos o te detienes a mirarlos?
R: No diría que todos los insectos me emocionan, el reflejo de la ponzoña de algunos, sobre todo arañas o alacranes me ha llegado a sacar un buen susto. Pero, aun así, creo que lo que más me gusta es su anatomía. La disfruto por lo extraño que son sus cuerpos. Sin embargo, no los toco, no los atrapo, pero respondiendo a tu pregunta, sí me acerco, me gusta grabarlos. Tengo muchos videos de insectos en distintas situaciones. Podría hacer una pequeña película de sus pequeñas vidas, pero ahora que lo estoy diciendo en voz alta ya no sé si lo que me gusta es la forma de sus cuerpos o la manera en que viven, porque supongo que con esos cuerpos y con ese tamaño, el mundo que experimentan es tan distinto al nuestro que siento que mi complexión de humano es bastante aburrida.
Hans: Bueno, los cuerpos humanos no son tan aburridos después de un tiempo en un faro, déjame contarte.
Me interesó que dijeras “podría ser una pequeña película”. ¿Cómo llamarías a esa película? Cuando grabas esos insectos, ¿vuelves a ver los videos después? Yo tengo grabaciones del sonido del hielo partiéndose en primavera, pero casi nunca las escucho.
R: Creo que paso demasiado tiempo curando la galería de mis videos y fotos en el celular. Tengo documentados muchos tipos de movimientos, no solo de insectos, sino de plantas, de gente caminando, de árboles dejando pasar la luz o, en realidad, bloqueándola sobre mi sombra. Tengo varios favoritos en los que estoy en el transporte público, en el metro, en alguna ciudad, y la luz que entra por la ventana hace que mi silueta se vaya desplazando por el pasillo del vagón. Creo que dedicarme a grabar me ha vuelto más atento en la escritura. Y el título, no sé qué título le pondría a una película así… es más, ¿quién vería una película así?
Hans: ¿Qué tal “La cascada”?
R: ¿La cascada? ¿Por qué “La cascada”?
Hans: No lo sé. Recordé lo último que me produjo una gran impresión.
R: ¿Qué cascada fue?
Hans: Fue en Yosemite Falls. Mi esposa tenía trabajo de campo. Estudia comunidades de líquenes. Ya sé, ya sé, vaya pareja de locos, ella en el micelio y yo en el centro de un lago… pero dice que las cascadas son como ciudades verticales.
Ese día, recuerdo que ella estaba tomando muestras cerca de la base. La bruma lo cubría todo. Yo me quedé un poco más atrás. Luego solo grabé el sonido de la caída. No se oye igual cuando estás cerca que cuando estás a veinte metros.
Pero, a todo esto, dijiste que lo visual te ha ayudado en tu trabajo en la escritura, ¿cómo funciona una disposición frente a la otra?
R: Pienso, por ejemplo, en la diferencia entre la pintura y el relato. La pintura se dedica a representar algo que está acaeciendo. La historia, en cambio, es el relato de algo que ya aconteció. En ese sentido, la relación directa con el mirar, con ese mirar que me dispone en el acto de estar grabando, con la atención constante hacia el movimiento, me sitúa siempre en un presente. Y eso me ha vuelto un observador no profesional, como tú, pero un observador, al fin y al cabo.
El ejercicio de esa destreza me ha ayudado a entender que lo que me interesa a mí del lenguaje tiene que ver con el movimiento. El lenguaje, al final, es ritmo. Es decir, la música que es el presente y, si es un presente, es algo vivo. Bueno, pero para ser justos, no estoy comparando mis videos con la pintura. Lo que sí creo que está en juego en ambos gestos es la imagen. Y la imagen lleva consigo la pregunta por el presente.
Hans: Aquí en el lago, por ejemplo, te puedo decir que la imagen casi nunca es espectacular. El lago hoy se parece al de ayer y, así, semana tras semana, hasta la primavera. Pero si uno mira con suficiente atención, el gris cambia y bastante. Si la imagen lleva la pregunta por el presente, como tú dices, entonces mirar no es capturar algo, ¿no?, sería entonces como comprobar qué está ocurriendo.
R: Exacto, pero también diría que más que comprobar, se trata de dejarse afectar. No es verificar que algo ocurre, sino permitir que eso que ocurre modifique algo en ti. La diferencia solo aparece cuando uno logra ser afectado por ella. Y en la vida cotidiana eso es difícil. Por ejemplo, lo que dices del lago siendo el mismo lago. A mí me parecería extraordinario estar ahí, pero para ti, que llevas itinerarios larguísimos de vigilancia en ese sitio, debe haber momentos en los que todo se vuelve homogéneo e insistes en encontrar la diferencia con tus observaciones.
Para mí, mirar es justo esa afrenta contra esa homogeneización de la sensibilidad. Porque siempre hay una variación mínima que se sobrepone a nuestra falta de atención. Pero eso no ocurre solo. Requiere una búsqueda. El mundo está aconteciendo todo el tiempo…
Hans: …eso ya es toda una teoría.
R: …pero nosotros no siempre estamos disponibles para ese acontecimiento. Bueno, pero tampoco quiero sonar exagerado, como si nadie mirara ya y solo hubiera unos cuantos privilegiados de los ojos. Creo que todos tenemos momentos en los que nos dejamos afectar por algo mínimo. Quizá lo que pasa es que esos gestos de atención son más silenciosos que la inercia que los contradice.
Hans: Cuando acepté este trabajo no lo hice por vocación marítima, ¿sabes? Tampoco por aislamiento, aunque muchas veces esto me ha generado problemas con la gente cercana a mí. Pero si te soy realmente honesto, lo que buscaba era justo esto que estabas comentando, un espacio que me obligara a reajustar la mirada. Aquí el paisaje es violento en un sentido silencioso, impone una economía de color y eso te obliga a reaprender sí o sí el ojo o simplemente te desquicias. O ambas.
Ahora pienso en cuando he acompañado a mi esposa en sus expediciones. Janelle tiene una relación casi microscópica con el verde. Distingue tonalidades que para mí son indistinguibles, y cada verde tiene su propio nombre y manera de ser, así, verde musgo, verde ácido, verde húmedo, verde que anuncia descomposición… Podríamos decir que ella es experta en el verde y yo en los grises.
¿Tú tienes un color favorito? No como preferencia estética, vaya, bueno si me quieres contestar así también se vale, pero me refiero al color como territorio de atención.
R: Bueno Hans, siento que esa pregunta es demasiado sofisticada y que mi respuesta no va a serlo para nada. Creo que el hecho de haber crecido mirando el mar afectó mi condición sensible de una manera que hace que casi todo lo que hago sea una distancia y, al mismo tiempo, una proximidad con mi idea del azul. Por supuesto que azules hay muchísimos, así como hay muchísimos tipos de cielo y muchísimos tipos de mar. Pero desde que vivo en esta parte del norte de Estados Unidos, mi relación con el azul ha cambiado. Casi no hay azul en el Midwest.
No diría que soy un experto en el azul. Tampoco diría que soy un experto en la emoción que provoca el azul, pero pienso constantemente en el mar. No en el mar congelado como el tuyo, sino en el mar, de nuevo, como en la pintura, el mar aconteciendo.
Hans: Y entonces, ¿qué miras ahora?

 

 

La palmera

I

En su libro Historia, la pensadora Ikram Antaki comenta una escena de la Odisea, la aparición de Náusicaa. Hija del rey Alcínoo, princesa de los feacios, encuentra a Odiseo naufragado en la orilla, con el cuerpo desnudo, hinchado y repleto de sal. Viene sin barco, sin nombre. Fuera de su lengua y de su historia. Náusicaa lo observa, no huye. Le deja ropa, lo escucha y le enseña el protocolo, cómo entrar, qué decir, a quién dirigirse. Gracias a ella, Odiseo recupera la voz y, con ella, el acceso al mundo.
Antaki compara esa escena con otras tradiciones narrativas, como Las mil y una noches o El libro de los reyes, donde al presentar a una joven se enumeran los adornos como si de ellos dependiera el encanto. En cambio, dice Antaki, Homero solo dice que Náusicaa era como una joven palmera. En efecto, lo es, como también lo son, dice Antaki, todas las jóvenes de todas las civilizaciones.

II

Ikram Antaki nació en 1948 en Damasco. Estudió en una escuela católica dirigida por monjas franciscanas. Era una escuela privada, con enseñanza en francés. Su familia no era creyente. En casa no se celebraban fiestas religiosas ni se hablaba de Dios. En 1963, un golpe militar llevó al poder al partido Baaz. El nuevo régimen nacionalizó escuelas, controló la educación e impuso una ideología única.
Muchas familias laicas, con vínculos culturales y educativos con Europa, comenzaron a irse. A los diecisiete años, Antaki tomó un avión rumbo a Francia. Allí estudió filosofía, antropología social y literatura comparada en la Sorbona. Vivió casi una década en Francia. Leía en varias lenguas, escribía, pensaba por su cuenta. No firmaba manifiestos ni se sumaba a las consignas de moda.
Un día extendió un mapamundi, trazó una línea recta a la altura del ecuador y buscó el punto más lejano a Siria. Dijo que era México. Es decir, el fin del mundo, un lugar que ella quería conocer. Llegó en diciembre de 1975. Aprendió el idioma. Se quedó en México hasta su muerte, en el año 2000.

III

De vez en cuando, mientras leo el libro de Antaki, regreso a su ficha biográfica. Me la imagino trazando esa línea. Desafortunadamente, yo no tengo un mapamundi en este momento, pero me pregunto cuál es el lugar más alejado para mí, cuál es mi fin del mundo.

IV

Desde donde estoy ahora, en Iowa, el lugar más alejado de la Tierra en el que he estado es Teotitlán del Valle, un pueblo en Oaxaca. Es una comunidad zapoteca conocida por la fabricación de tapetes de lana en telares tradicionales, teñidos con pigmentos naturales. Para llegar hasta allá, el autobús toma la carretera federal 190 y pasa cerca del Árbol del Tule, en Santa María del Tule.
Cuando iba en cuarto de primaria aprendí que ese árbol era el más grande del país. Recuerdo que decía que se necesitaban muchas personas tomadas de las manos para rodearlo. Treinta, tal vez cuarenta. Es un ahuehuete con el tronco más ancho del mundo, según el récord oficial. Yo solo lo vi de lejos, desde la ventana, preguntándome si hasta ese momento conocía suficientes personas como para reunirnos un día, un domingo en la mañana, por ejemplo, a rodear el árbol. Y ya después de eso, que cada uno regresara al recuerdo del que vino.

V

La pintura más reconocida con personas tomadas de las manos en círculo es La Danza, de Henri Matisse. La realizó en 1910 por encargo de un coleccionista ruso. Cinco figuras desnudas, alargadas, se enlazan formando un círculo abierto. La imagen es sencilla, una colina verde, un cielo azul y cuerpos en rojo. No hay detalles ni profundidad. Solo color, forma y movimiento.

VI

Antes de la pintura de Matisse, otro pintor francés, Paul Cézanne, trabajaba en óleo una escena donde también hay cuerpos relacionándose: Los grandes bañistas. La pintura muestra un grupo de figuras desnudas, dispuestas en el borde de un cuerpo de agua. No hay una acción evidente, pero las figuras están inclinadas, sentadas o en movimiento, con los brazos y torsos formando una estructura triangular. El fondo se compone de árboles, agua y cielo, sin detalles.
En octubre de 1906, Cézanne salió a pintar al aire libre, como hacía habitualmente. Mientras trabajaba en un paisaje, lo sorprendió una tormenta. Permaneció bajo la lluvia durante horas hasta que el agua lo venció. Un carretero que pasaba por el camino lo subió a su carreta, que usaba para transportar ropa, y lo llevó hasta su casa. En la entrada, dos hombres lo ayudaron a bajarse y lo llevaron directamente a su cama. Al día siguiente, todavía enfermo, se levantó temprano y salió al jardín a trabajar bajo el tilo.
Regresó con fiebre alta.
La neumonía avanzó rápido.
Los grandes bañistas quedaron inacabados.
El 13 de octubre de 1906, nueve días antes de morir, Cézanne le escribió una de sus últimas cartas a su hijo. Le decía que el tiempo era tormentoso y muy variable y que “los esbozos y los lienzos que hiciera no serán más que construcciones a partir de la naturaleza, basadas en los medios, las sensaciones y los desarrollos sugeridos por el modelo, pero siempre estoy diciendo lo mismo.” Cerraba con un pedido simple, “¿Podrías procurarme pan de almendra en pequeña cantidad?”

VII

El pan favorito de mi padre es el panqué de almendra, y mi nombre también es Paul. Yo no sé dibujar. No tengo ningún dote de pintor. Las pocas veces que me he atrevido a tomar los colores de la naturaleza, las proporciones de mi trazo y lo torpe de mi mano siempre acaban en horrorosos extravíos de luz. A mi madre, en cambio, le gusta mucho pintar. De ella he aprendido, lo mismo que Cézanne se repitió durante toda su vida: experimentar sensaciones y leer la naturaleza.

VIII

En su ensayo Lo que vemos, lo que nos mira, el filósofo Georges Didi-Huberman escribe que mirar es una forma de exposición. Para él, mirar no se trata solo de dirigir la vista hacia algo, sino de quedar implicado. Es decir, dejar que eso que está delante no solo sea visto, sino que algo de lo que aparece nos alcanza, incluso sin querer.
Puede ser una piedra, una tela, un trozo de madera, una taza rota, una fotografía torcida, una hoja guardada dentro de un libro. Algo en ellas no se agota en ser visto. No valen únicamente por lo que significan, sino por lo que hacen cuando las miramos. Y es que nos miran de vuelta. No en el sentido literal, sino a través de un gesto. No uno humano, sino un gesto material, una insistencia de la forma. Esa presencia actúa. Tiene peso, tiene volumen, tiene tiempo acumulado. Y desde su sitio, sin rostro, nos obliga a volver una vez más la vista.

IX

El día que me di cuenta de que tenía problemas de la vista, estaba acostado con mi padre en el suelo de la sala, mirando un partido de fútbol. Hasta ese momento, yo no entendía cuál era la gran emoción de mi papá al ver la tele. Siempre miraba la pantalla, un cuadro verde, interrumpido a veces por otros colores. Él iba gritando emocionado, casi al mismo tiempo que las voces de la transmisión.
Acostado, con la cabeza sobre su abdomen, le hice una pregunta sobre las reglas del fútbol.
Me dijo: “Mira, van 2–1.”
Le respondí que yo no veía ningún número en la pantalla.
Tenía pocos años. Mi papá usaba lentes desde que yo lo recuerdo. Me prestó los suyos. Me quedaban grandes y me daba cosquillas en los ojos la luz que pasaba por ellos.
Semanas después me llevaron a hacerme un examen. Me pusieron una mariposa de metal fría y pesada sobre la nariz. ¿Así o así?, me preguntaban, mientras las letras de la pared blanca cambiaban de lugar como hormigas grandes, luego medianas y luego quién sabe a dónde se iban.
Luego me sentaron en un banquito. Con un ojo había que ver una granja, y con el otro, otra distinta. Semanas más tarde fuimos a La Gran Plaza otra vez. Mis lentes tenían cordones y el dibujo de un conejo en cada orilla de las patas.
Recuerdo la primera vez que besé a alguien con lentes. Las micas de nuestras gafas chocaban haciendo ruidos como de cucharas de plástico. En medio del beso yo abrí los ojos. Ella también me estaba mirando. Por el aumento de las micas, sus ojos se veían más grandes, y podía ver con claridad las olas que se hacen adentro de la pupila.

X

Virginia Woolf empieza su novela Las olas describiendo el movimiento interior de un amanecer, o, mejor dicho, un estado de transformación sutil, casi imperceptible, donde el mundo comienza a organizarse lentamente, como si despertara. Dice: “El sol no había salido aún y era imposible distinguir el cielo del mar, si se exceptúa la ligera ondulación del agua, como cuando se arruga un paño.”

XI

El año pasado toqué el agua fría del océano Pacífico Norte por primera vez. No estaba amaneciendo, pero el día estaba por terminar. No podía distinguir nada, salvo la ondulación ligera del agua, acompañada por las últimas luces de la tarde.
Había estado caminando todo el día. Cuando me quité los zapatos y toqué la arena, de tan hinchados que traía los pies, alcancé a ver, incluso con la poca luz, el empeine enrojecido y los dedos magullados. Se oían algunas gaviotas y, a lo lejos, personas saliendo con tablas de surf hacia la carretera costera. Había fuegos encendidos a lo largo de la costa. No sabría decir qué eran. No había nadie alrededor. Eran fuegos que parecían haber nacido solos, al final del día.
Me colgué los zapatos al hombro. Tomé agua antes de entrar. La arena se volvía más fría con cada paso, hasta que una ola llegó y tocó mis plantas desnudas. Esa sensación no me llevó a ningún lado. Estaba completamente ahí, despojado ya de la poca luz que le quedaba al día.
El mar donde crecí estaba a miles de kilómetros de distancia.
En esta orilla no había vegetación, pero el aire doblegaba algo, como si palmeras se inclinaran ante el viento por toda la costa. Y yo lo miraba, aunque fueran solo figuras hechas de aire, danzando con las manos trenzadas como tallos alrededor de un tronco mayor.
Entonces me alejé. Solté sus manos y salí de esa danza, aunque su canción me favorecía.
Regresé al asfalto.
Mientras me sacudía la arena de las plantas de los pies y me ponía los zapatos, una muchacha parada en una esquina abría los brazos y jugaba a dejarse sostener por el aire. Y el aire la sostenía sin esfuerzo alguno, bajo la luz del alumbrado público de esta ciudad del norte de la que escribió alguna vez Homero.

 

Esopo, la cierva y las uvas

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

I

Desde hace dos semanas me ronda una paradoja de George Steiner que explora en su ensayo Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. El siempre preocupado por la traducción y por Europa dice, más o menos, que no hay forma de dejar de pensar, el pensamiento ocurre como la respiración, sin pedir permiso. Uno no lo convoca, simplemente aparece. Pero, al mismo tiempo, pensar también es algo que se puede contener, torcer, demorar, como cuando uno aguanta el aire por segundos, o por unos minutos, si es que se tienen buenos conocimientos oceánicos.
El pensamiento no se deja gobernar. Siempre está siendo interceptado, provocado, desviado hacia otras rutas, hacia imágenes que no pedimos. Incluso cuando creemos haberlo fijado, ya está en otra parte. Steiner concede, sin embargo, que existen de vez en cuando momentos raros de concentración casi absoluta. Habla de los contemplativos y los matemáticos, de los grandes maestros de la meditación, de los prodigios del recogimiento total. Pero deja claro que son instantes extremos, inaccesibles para la mayoría y, además, breves. Según él, ocurren, si acaso, en las cumbres de la excelencia humana.
Cuando termino de leer ese párrafo, descarto de inmediato una de mis resoluciones de Año Nuevo. Entre los clásicos de siempre, un plato más verde, menos avaricia, más ejercicio, había añadido uno nuevo: meditar.

II

Una de mis maneras preferidas de escribir es caminando. Digo “escribir” y enseguida me corrijo, porque no me refiero a la escritura como palabra tras palabra sobre la página. Me refiero a ese momento en el que mi pensamiento y mi cuerpo logran el acuerdo para que el exterior me ocurra.
Yo escribo porque camino y camino porque escribo, no importa demasiado de quién es la iniciativa. En ambos movimientos algo se traza, algo se desplaza sobre una superficie, algo deja una marca en el espacio.
Rousseau pensaba la escritura como un movimiento del cuerpo antes que como un sistema de signos. Nietzsche, recordando a los peripatéticos, hacía del caminar una condición del pensamiento y decía que sólo creía en las ideas que llegaban con los pies. Walter Benjamin, por su parte, convirtió el paseo en un método. Caminó el París de inicios del siglo XX como si fuera un archivo, leyó la ciudad en fragmentos, en pasajes, en vitrinas, en restos. Y para los nómadas, mucho antes que para nosotros, el camino no era un trayecto, sino un texto, se leía en las piedras movidas, en los cambios del suelo húmedo y seco, en la forma en que el viento doblaba la hierba. No había una separación entre leer el mundo y modificarlo. Caminar era entender y dejar rastro al mismo tiempo.
El testimonio más antiguo de la existencia humana no es una palabra, ni un dibujo, ni una herramienta, sino el vestigio de un paseo. Hace casi cuatro millones de años, un Australopithecus afarensis caminaba con su cría por lo que hoy llamamos Laetoli, en Tanzania, y ese trayecto quedó fijado en el barro volcánico, convertido en piedra.
El año pasado, en enero, me suscribí a una aplicación que registra la cantidad de kilómetros y el tiempo que pasé al aire libre. Anduve lo suficiente como para atravesar todo el país, de Acapulco hasta Chihuahua. O, más específicamente, como si mis pies hubieran tocado el agua de la bahía de Acapulco y luego se hubieran sacudido la arena en el pasamanos del puente Benito Juárez que cruza hacia El Paso.
Este año, ¿qué naturaleza me ocurrirá?

III

Recuerdo cuando entendí que mi abuela ya no volvería a cocinar. Hablábamos por teléfono y no me reconocía. Durante varios minutos, la voz del otro lado intentaba recomponer mi identidad a partir de preguntas imprecisas. No fue sino hasta que le pedí la receta de los frijoles que pudo reconocerme. La cebolla, el ajo, la cantidad de agua, el tiempo en la olla. Algo se ordenó ahí. Desde entonces, he tratado de emular ese sabor, con resultados bastante modestos.
No se trataba sólo de que mi abuela ya no pudiera cocinar, sino de que una forma de su presencia, un idioma específico del gusto familiar, donde alimento y lengua eran inseparables, estaba dejando de existir.
Mi abuela tuvo un puesto de comida en el mercado de Acapulco. Su caldo de tortuga y sus patitas de puerco, me cuenta mi padre, eran muy populares entre varios trabajadores y albañiles que acudían en sus descansos a comer a su fonda. Yo nunca podré cocinar así. No lo digo con resignación, es reconocer que el complejo sistema de interacciones entre humanos, plantas y animales de los que mi abuela formó parte, es irreproducible.
Durante unos años dejé de comer carne roja por completo. No lo hice movido por una convicción ética, aunque aprendí dos cosas: a sazonar siguiendo otras lógicas, las de ciertas cocinas del sur de Asia, y que comer no es sólo ingerir sino un hecho cultural y, por lo mismo, la comida nunca es una práctica neutra.
Quien pensó esto de manera clara y radical fue Lev Tolstói. Se volvió vegetariano en la década de 1880, ya de adulto, y siguió siéndolo hasta que murió, en 1910. Lo hizo como parte de una transformación espiritual que lo llevó a chocar con la Iglesia, el Estado y los valores de su clase. Era aristócrata, dueño de tierras, parte del mundo que luego decidió rechazar. Para él, comer carne significaba participar en una forma de violencia que también estaba en la guerra, en la propiedad, en la autoridad. Por eso, su vegetarianismo no fue una simple renuncia, sino una manera de oponerse a esa lógica desde el cuerpo.
En El camino de la vida, una compilación póstuma de aforismos, citas y reflexiones éticas, Tolstói escribe: “se piensa que es posible organizar la vida de los otros únicamente mediante la violencia, pero la violencia no organiza, desorganiza la vida de las personas”.
Debo dejar de comer al mismo tiempo que miro las noticias.

IV

He leído las noticias, pero no diría que tengo una idea clara de cómo debo asumir lo que acabo de leer. Después me pongo a ver videos. Paso varios minutos saturándome con la promesa en una esquina del ojo, de que, en cualquier segundo, este, definitivamente este video donde explican qué pasaría si alguien usara gorra durante seis años, será el último. Apenas podría dar cuenta de lo que vi.
Me quedo mirando al techo. Se me ha ido una hora de mi vida y no sé bien en qué.
Tengo trabajo, pero agarro de nuevo mi celular porque me llega la urgencia de que tengo que revisar algo en la aplicación del banco. Uso el índice como si le estuviera acariciando la nuca a un animal muy liso.
Pasa otra hora y no he hecho nada, ni siquiera lo del banco. Tampoco contesté los mensajes de feliz año nuevo que me mandaron hace dos semanas. No estoy descansando, pero tampoco estoy trabajando, estoy en un punto muerto. Mis pendientes siguen ahí, intactos. No es exactamente cansancio. Es más bien la sensación de no poder moverme hacia ningún lado. Reacciono a eso no poniéndome a trabajar, sino revisando el celular otra vez.
Vuelvo a leer las noticias. Hay una palabra que no entiendo, la busco. En la búsqueda aparece otra palabra que tampoco entiendo, luego una fecha que da contexto, luego algo que ocurrió hace más de un siglo, pero que explica por qué este continente está conflictuado con este otro territorio, aunque ese territorio antes no se llamaba así.
Pasa otra hora y otra más. Se hace de noche. Mi celular se descarga, lo conecto, y ahora estoy de nuevo acariciando al animal de lomo liso, pero con el cable estirado desde la pared hasta el sillón. Empiezo a decirme que ya es hora de dormir, que mañana ahora sí trabajo, que mañana nada me va a distraer, que todo era mejor cuando no había celulares con internet, que quizá debería no tener celular, que podría ver un video más para quedarme dormido. Me marca mi madre. Le contesto. Le digo que estuve ocupado todo el día escribiendo.
Verifico que la alarma esté encendida. Dejo el celular lejos de la cama para no volver a agarrarlo. Pero recuerdo que el pago tiene que hacerse hoy, antes de las 11:59. Faltan veinte minutos. Aún puedo.
Termino viendo el video de alguien que colecciona artículos de la Segunda Guerra Mundial. Abre una lata de ración militar de sopa de pollo de hace setenta años. El video termina cuando enseña el fondo de la lata y una cuchara sobre la mesa.
Pongo mi celular bajo la almohada. Miro una vez más el techo. Pienso que sería buena idea dejar de ver el teléfono justo antes de irme a acostar. Recuerdo que vi un video de un soldado que enseña ejercicios que utilizan los marinos para dormirse muy rápido.
Recuerdo también la pregunta que se hace Marina Garcés, filósofa española, Si lo sabemos potencialmente todo, pero no podemos nada, ¿de qué sirve este conocimiento?

V

La mañana siguiente de la fiesta de Año Nuevo, mi familia y yo salimos a caminar por un parque. Hacía frío. Algunas personas pasaban a nuestro lado deseándonos feliz año, y nosotros les respondíamos con las manos cubiertas en guantes de lana.
Caminaba con mi madre, y a veces me intercalaba con mi hermano. Conversábamos sobre las fiestas de los últimos años, sobre la familia que siempre está lejos y sobre lo distinto que se ve el agua de este río en comparación con el agua del río donde crecimos.
En una parte del trayecto tuvimos que pasar por un túnel. El túnel tenía eco y todos empezamos a hacer ruidos de animales: gatos, lobos, aplausos, silbidos.
La fauna completa.
La fauna completa de una fábula.
Después del túnel encontramos un hilito de agua.
Y cerca, un ciervo con dos hijitos.
Mi madre, mi hermano y yo los miramos, y ellos nos miraron de regreso, con sigilo, esperando brincar de vuelta a la maleza, y luego desapareciendo con el café de su pelaje en el pastizal pardo del primero de enero.
De regalo de Navidad, mi sobrino me regaló un pequeño libro. Dijo:
–Te va a gustar mucho. Se trata de todo lo que hacen muchos animales.
Tiene razón.
En las fábulas de Esopo les pasan muchas cosas a muchos animales

 

Estaremos donde se prendan las hogueras

Ayer, al salir por la mañana, había un poco de niebla en las calles. Caminaba atento, esperando ver niños saltarines con juguetes nuevos. El sol apenas se reflejaba en los cristales empañados de las casas. Hacía frío, pero no demasiado. Después de varias cuadras, la niebla acentuó aún más la ausencia de gente en los vecindarios.
Pensé que tal vez las familias estarían estrenando bicicletas y balones en el parque, así que me dirigí hacia la zona cercana al río y los árboles. Al cruzar el puente, vi a un pescador en su lancha. Fumaba y bebía algo de un termo. Imaginé, por un instante, que le gritaba “¡Feliz Navidad!”, y él me respondía desde el centro del río. Luego acercaba su lancha a la orilla y me ofrecía un poco de su bebida y de su cigarro.
El puente terminó, y el pescador desapareció del paisaje. La estela de su lancha provocó algunas olas que se encimaban sobre placas de hielo. En ellas, un grupo de gansos deslizaba sus cuerpos grises. Graznaban y abrían las alas al encontrar el agua. Los observé un rato y traté de tomar una fotografía de su nado. La foto era fea. Quería usarla para adornar un mensaje de Navidad a un amigo. Insistí un poco más en mi sesión de fotos: algunos árboles, unos montículos de nieve rodeados por piedras, pero la luz del sol no había cambiado de intensidad, haciendo que la mañana tuviera el mismo color que una bolsa de plástico llena de frutas.
Mi amigo me había enviado una foto de su árbol de Navidad, decorado con esmero. Su mensaje también incluía una pregunta sobre mi celebración. Yo no había puesto árbol. En realidad, mi forma de pasar las fiestas no incluía luces ni adornos. No supe bien cómo responder sin aguar su entusiasmo, así que le mandé una canción: Christmas Time Is Here. Es de un especial navideño de Charlie Brown, con música de Vince Guaraldi. Me pareció suficiente. Seguí caminando sin cambiarla.
La música armonizaba todo en un mismo temperamento. No me sentía inclinado a recordar navidades en otras ciudades. Sin embargo, mientras la canción se repetía, la búsqueda cobró sentido. Un padre y su hijo jugaban con un guante de beisbol y una pelota en una explanada del parque. Seguí su juego: el niño aún no era lo suficientemente grande para el casco que vestía, así que cada tanto lo ajustaba. El padre era gentil en el lanzamiento. La madre, desde lejos, aplaudía.
Mi caminata se prolongó un rato más, hasta que llegué al lado del parque que se conectaba con otra colonia. En esa esquina había una liebre muerta. Su cuerpo, a medio enterrar entre la nieve, parecía un dibujo. En su ojo se reflejaba un poco de la luz pálida. Sus orejas, rígidas y alargadas, semejaban dos cuchillos de madera. Le tomé fotografías. Me entretuve bastante tiempo siguiendo el trazo de su cuerpo frío. Pero cuando una señora con su perro se aproximó por la misma vereda, un tipo de pudor, como el que siente un niño al ser descubierto en la habitación equivocada, me obligó a pararme.
Guardé el celular rápidamente. Fingí que recogía algo. La señora intentó jalar a su perro, que quería husmear al conejo. La fuerza del animal tironeaba con brusquedad de los brazos rígidos de su dueña. Escuchaba el nombre, “Bobby, Bobby”, una y otra vez, hasta que la correa se ajustó al cuello del perro. La señora consiguió contenerlo. Después, ambos se alejaron.
Los veía irse en tregua. Cuando desaparecieron por completo de mi vista, continué. En algunos tramos de la banqueta aún podía ver sus huellas: un par de patas y un par de botas, hasta que se desviaban. Pensé, por un momento, en cómo sería la casa a la que llegaban. Si habría niños. Si la señora contaría que su perro casi le arrancó un pedazo a una liebre muerta que encontró en el camino.
Al atravesar la colonia, encontré una casa con un Santa Claus de dos metros y un reno sonriente que parecía a punto de reventar. Las imágenes de Bobby queriendo destrozar al conejo se superponían con el rojo inflado de Papá Noel. Dentro de la casa, algunas personas estaban sentadas en la sala. Desde afuera se los veía estáticos, como parte de un diorama. No sé muy bien por qué, o quizá es evidente, pero todo ese conjunto me hizo acordarme de una litografía que había visto hace unos días que ilustraba un texto sobre el origen de la Navidad. En la imagen, un hombre cargaba en los hombros a un jabalí recién cazado. Llevaba una túnica sucia, los ojos al frente, y detrás de él venía un grupo de figuras con coronas y ramas secas en las manos, como en una procesión.
Saqué mi celular otra vez. Quería tomarle una fotografía a los inflables. Me sentí descubierto, creí que la familia saldría con sus pijamas navideñas a preguntarme por qué no me movía de su patio. Así que las fotos que tomé, intentos borrosos, quedaron como restos apurados del color del reno y su amo.
En medio de una caminata que ya sentía demasiado larga, no estaba seguro de si seguir o no. Todo estaba cerrado, y el día no terminaba de acomodar bien sus colores sobre la ciudad. Estaba por regresar, pero entró una llamada de mi hermano.
—¿Qué te trajo el Niño Dios? ¿Qué cenaron anoche? ¿Bailaron o no?
La conversación nos llevó a los últimos regalos que creímos haber recibido de Santa Claus. Nos deseamos feliz Navidad otra vez. Que ojalá habláramos en Año Nuevo. Después de colgar, me quedé pensando en la última vez que escribí una carta navideña. Recordé una mañana: mi padre y mi madre bebiendo café junto a mi tía, y encima de ellos un reloj de cuerda. Afuera, otros niños corrían con sus cosas nuevas. Me recordé jugando con las manos, haciendo sonidos con la boca como si fueran explosiones, inventando palabras y motivos para mis muñecos, pequeñas guerras adornadas con capas, llevándolos de un lado al otro del aire, mientras mi familia hablaba en los sillones, mirándonos a mí y a mis hermanos jugar sin poder interrumpirnos.
Pude haber continuado en esa Navidad de inicios del 2000 si no hubiera sido porque Bobby y su dueña anunciaron su regreso. De lejos el perro no parecía nada tosco, hasta daban ganas de acariciarlo, pero después del encuentro anterior decidí cambiarme de banqueta.
De este lado, una familia con un bebé bajaba de un auto. Se acomodaban frente a una casa, buscaban las llaves, hablaban entre ellos. El bebé estaba completamente envuelto, apenas visible entre capas de tela. Solo se le alcanzaba a ver la cara: dos centros rojos, simétricos, en lugar de mejillas.
Recordé otra de las ilustraciones sobre los orígenes de la Navidad. Una litografía del siglo V mostraba una representación temprana de María, José y el niño. Decía que, mucho antes de que la Navidad se estableciera como una festividad cristiana, en algunas comunidades del norte de Europa era común entregar objetos durante el invierno. Se daban a quienes acababan de llegar: recién nacidos, forasteros, huéspedes, o personas que regresaban tras una larga ausencia.
La familia entró a la casa. El sol seguía cerrado en sí mismo, y yo quise llegar hasta el otro puente. Ahí, desde hace semanas, en la parte más ancha del río, donde el cauce se ensancha antes de encontrarse con el lago, una garza ha estado posándose sobre la misma piedra. Se queda ahí, sola, alejada de las otras aves, como si se mirara adentro del agua. Duplicada.
Antes de entrar a la vereda que me llevaba al puente podía observar más casas, en todas ellas, la escena era la misma. Familias con niños moviéndose de un lado a otro adentro de sus salas. En México no es común tener vista al interior de las casas; la arquitectura está hecha para mantener a los curiosos afuera. Aquí no diría que fuera una invitación directa, pero los ventanales amplios y aluzados, además de dejar pasar la luz, me buscaban los ojos cada vez que pasaba. Cuando por fin terminé el tramo de casas, otro animal me detuvo. Esta vez era un mapache. Estaba tendido junto a la orilla de la calle, seguramente atropellado. El hocico parecía húmedo todavía, pero ya no había movimiento. La lengua asomaba entre los colmillos. Me sentí un intruso al detenerme frente a su cuerpo rígido, como si no debiera prestarle más atención que la que el paso permite. Pero no pude evitarlo. Quería ver con precisión por dónde estaba la herida que lo había fulminado.
Comencé a grabar. Me sentía vigilado, la sensación niña de estar haciendo algo que no debo se instaló de nuevo en mí, pero como esta vez no se acercaba nadie, pude terminar mi registro sin ninguna prisa. Por un momento reflexioné sobre esta afición a tomarle fotos a los animales muertos que me encuentro, pero me detuve después de un rato cuando llegué al lugar desde donde se puede divisar a la garza coronando el centro del río con una sola pata sobre el agua.
El sol estaba aún más sitiado por las nubes de invierno. Su luz no llegaba del todo al suelo, como esas lluvias inmaduras que se deshacen antes de tocar la tierra. El aire se volvió aún más callado. Dejé de escuchar autos. Varias parvadas de gansos se alejaron rápido hacia el oeste. La garza, en cambio, no parecía decidir nada. Seguía ahí, inmóvil en el centro del río.
Quise acercarme.
Bajé por unas piedras hasta alcanzar el punto exacto donde la nieve, el agua y la tierra se encontraban en disgusto. Deseaba tener su misma quietud. La garza se rodeaba de nieve, hasta que una ventisca la hizo crecer como el humo.
Recordé entonces otra mañana de Navidad.
Estábamos en casa de mi abuela. Los tíos matarían un cerdo para celebrar la reunión de todos los hermanos. El cuchillo brillaba en la punta como un sol de mediodía recién afilado. Mandaron a todos los niños a jugar a la galera, pero no se dieron cuenta que desde uno de los huecos de las tablas se alcanzaba a ver la mitad de la carnicería. El animal gritó justo cuando el sol iluminó el centro de su corazón robusto. Y después prendieron fuego y sobre ese fuego dispusieron un enorme cazo de bronce.
En la última ilustración del texto sobre el origen de la Navidad, un grabado anónimo del siglo XVI, aparecían personas con máscaras de animales celebrando un festín, inclinadas hacia el fuego. La nota al pie decía: festín apotropaico. El adjetivo proviene del griego apotrépein, “ahuyentar” o “desviar”, y designa prácticas rituales destinadas a alejar un mal, en este caso la muerte asociada al invierno.
Nosotros, por mientras, comenzamos a jugar un juego, el juego de los animales. Un primo era un león, una prima era una cebra, otra más un águila, otro una rana, otra un cocodrilo y la prima más grande, una garza.
Parada en una sola pierna sobre una paca de pastura, la garza inauguraba la era de los saltos. Niños de un lado a otro, imitando el esfuerzo animal, mientras se destazaba un cerdo.

 

Tómbola

 

(Primera parte)

La caja medía casi dos metros y estaba adornada por un moño igual de grande. Cuando Ramírez escuchó su número voceado por el gerente, no supo si alegrarse u ofenderse. Regresó a su asiento cargando la caja sobre el hombro, como si arrastrara un tronco recién cortado en medio del almacén.
Las compañeras sentadas a su lado solo le dijeron:
—Ay, manito, ahora sí que vas a ser la envidia de la colonia. Y aderezaron el comentario con dos palmaditas en la espalda y volvieron a su chisme. Ramírez las escuchaba reírse mientras comían pastel en platos desechables y bebían tequila rebajado con refresco de toronja. De vez en cuando dejaba de poner atención a su chismorreo sobre otro trabajador de la misma oficina que había engañado a su esposa con una cajera del lugar, cuando el gerente agitaba el almacén para anunciar otro número de la tómbola.
—¡A ver, mi gente hermosa, mi gente responsable, mi gente chambeadora! ¿A quién le tocó el 24? ¡Mi gente, el número 24! ¿Quién se va a llevar esta magnífica cámara digital, mi gente, número 24?
A cada empleado le habían asignado dos números. La mayoría de los premios más codiciados ya se habían entregado. Solo quedaban algunas cosas de valor, los demás eran, por decirlo desde el propio sentir de Ramírez, una tomadura de pelo. Ramírez miraba su boleto como si fuera un examen para el que no estudió. Leía una y otra vez los bordes nítidos y pesados del número, escrito con plumón sobre el papel.
—¡Gente, mi gente! ¡Número 24, número 24! Hermosa cámara digital para que estas vacaciones se vayan con la familia a Acapulco a tomarse bellas fotos y a subirlas en sus redes.
Desde una esquina del almacén, un hombre muy bajito y gordo, al que todos apodaban Elena, levantó la voz para decir:
—¡Yo merengues! ¡Yo tengo el 24!
Corriendo con sus botas de trabajo y camisa de cuadros, el bodeguero empezó a animar a toda la oficina mientras avanzaba. La gente aplaudía y gritaba:
—¡Elena! ¡Elena!
Al llegar a donde estaba el staff que organizaba el evento, saludó al gerente de mano y les tomaron fotografías. Ramírez lo miraba desde su asiento. Observaba la cara brillar con el flash azul de las cámaras y se imaginó recibiendo las llaves de un auto nuevo. Luego Elena regresó, entre aplausos, al mismo lugar del que había salido.
Al otro lado de Ramírez, un trabajador de Recursos Humanos intentaba servirse más refresco. Al notar que la botella estaba vacía, le habló a Ramírez. Aprovechando el momento, recién terminados los aplausos, le dijo:
—Pinche Elena, lo que tiene de enano lo tiene de suertudo. Yo ni he sacado nada aún, y ya quedan puras chingaderas. Pero bueno, al menos tú, carnal, ya sacaste arbolito.
Ramírez respondió:
—Pero yo esta pendejada ni la quiero, ya tengo uno en mi casa. Le prometí a mi jefa que mínimo una puta televisión sí me llevaba.
—Bueno, bueno, todavía quedan algunas madres en la mesa de regalos. Y luego me dijeron que el patrón, bien pedo, empieza a regalar billetes.
—Pues a mí nunca me ha tocado, pero con ese wey solo pasa si eres vieja.
—Bueno ya, Ramírez, no seas llorón y pásame el tequila y ese refresquito. Mínimo de aquí sí salgo bien arreglao.
Antes de pasarle el refresco y el tequila, Ramírez decidió servirse, por primera vez en la noche, un trago él también. En realidad, nunca había hablado con Pedro. De vez en cuando, al llegar a la oficina, lo veía estacionando su Tsuru. Alguna vez tuvo que ir a Recursos Humanos para que le endosara un cheque o, cuando fue a sacar copias, recuerda haberle preguntado si vio el partido de la selección ese fin de semana. Pero más allá de eso, no se conocían.
Ramírez dio el primer trago. Recordó momentáneamente por qué había decidido no beber esa noche, pero la advertencia le duró poco en la cabeza y se tomó el vaso de un jalón. Pedro, mirando el vaso de plástico vacío sobre la mesa, le dijo:
—¿A poco sí, carnal? ¿Que no te dan agüita en tu casa o qué?
Pedro también aprovechó para terminarse el suyo.
Las dos secretarias notaron, después de la tercera ronda, que la botella que estaba apartada para la mesa se estaba privatizando de aquel lado. Empezaron a reclamarles a los dos hombres:
—A ver, a ver, mis galanes, es provete, no banquete. Y esa botellita nos tiene que rendir a todos aquí en la mesa… ¿o no, doña Lupe? Pidieron la corroboración de la autoridad más longeva de la mesa. Pero al preguntarle a la señora, se dieron cuenta de que doña Lupe, una de las secretarias más antiguas de la oficina, no se inmutaba ni con el menor ruido.
—¡Doña Lupe! ¡Ay, Doña Lupe!
Insistieron, pero cuando el gerente comenzó a vocear un nuevo número, esta vez una licuadora, y el volumen del almacén llegó a la estridencia, se rindieron. La señora no despertó y siguió babeando su amplio vestido de lunares.
Ni Pedro ni Ramírez se sacaron la licuadora, y ambos terminaron por reclamar como suya la mitad de la botella, no sin antes haberles servido un último vaso a las dos mujeres.
Las secretarias se levantaron de la mesa después de un rato. Mientras guardaban un pedazo de pastel entre dos platos desechables, hablaban de cómo meterían el microondas y la televisión en el auto del marido de una de ellas.
—¿Manita, segura que no te quieres esperar? –dijo una a la vez que alzaba los ojos con dirección al estrado donde el gerente y las licenciadas resguardaban la tómbola—. Acuérdate que el año pasado el jefe, ya casi a la medianoche, salió con que sí había regalo sorpresa. Al final se lo llevó el de intendencia. Acuérdate que le dieron una noche todo incluido en el hotel ese que queda allá por rumbo al Parador del Sol. Imagínate, nomás, una noche allá con el gordo. Igual y pasa de nuevo, manita. Ya sabes que nosotros tenemos convenio con ellos.
—Sí, mana, pero que nosotros les hagamos el inventario de sus jaboncitos y papel de baño no quiere decir que van a andar regalando hospedaje cada año…
—Tá bien, manita, pues ámonos.
Por fin doña Lupe despertó. Ramírez veía a las mujeres malabareando con sus cajas mientras acababa de tomarse las últimas gotas de su vaso. Sintió un ligero impulso de querer ayudarlas, pero de reojo le llegó la imagen vertical de su pino de Navidad, y solo las siguió con la mirada hasta que unos meseros las ayudaron a salir del almacén.
—Que no te me agüites, mi Ramírez. Esas teles ni buenas salen. Mira, ya quedó vacío aquel lado. Házte pallá, en una de esas alcanzamos la botella de aquella otra mesa sin que se den cuenta esos weyes.
Ramírez escuchaba a Pedro, y antes de acabar de jalar la caja de su pino de Navidad, le dice:
–Oye, carnal, ¿ya cuántas cajas faltan? A mí se me hace que esos weyes hacen boletos sin regalo…
—Aguanta, aguanta, papito. Ahorita sale algo. Y si no… aunque sea otra botellita nos chingamos.
Justo cuando Pedro acabó de calmar las ansias de Ramírez, el gerente comenzó a vocear de nuevo:
–¡No se me desanimen, no se me desanimen! A ver, ¿quién tiene el número 19? ¡Diecinueve a la una… diecinueve a las doooos…!
–¿Y ahora qué chingados tocó?
–¡No jodas, mi Ramírez! ¡Es una pinche laptop!
–¿Tú qué número tienes?
–Valiendo madre… casi, casi pero no. ¿Y tú?
–Nombre, pa, a mí se me hace que sí es cierto lo que dijiste. Ese número de regalos ni hubo al empezar este cotorreo. O andamos bien salados.
–¿Pero quién se sacó la laptop? ¿Y es de las buenas?
–¡Ay no mames! Es una de las licenciadas. ¡Si ellas no pueden jugar! ¡Ellas están allí en la tómbola! ¡Eso es chanchullo! Ya ni pedo.
Pedro siguió quejándose mientras se paraba de la mesa con dirección hacia el baño. Al regresar le comentó los pormenores de un arreglo que hizo con uno de los meseros, que resultó ser compañero suyo de la secundaria.
–Ya arreglé con mi compa que ahorita, cuando tenga chance, nos pasa unos hielos y una botellita de ron de las buenas que alzó de la mesa de los jefes.
–¿Oye, Pedrito y por qué empezaste a trabajar aquí? Estás bien morro. Deberías andar en otras cosas más movidas, no en esta pinche empresa que nomás hace este showcito cada año, pero de feria ni madres.
–Puta, Ramírez, la verdad es que fue la única chamba que encontré. Estuve desempleado bastantes meses hasta julio, que me llamaron de aquí. Y mira, ya entrados en confianza… pues tuve un chavito, y mi ex empezó a pedir más dinero. Ya sabes cómo son esas cosas. ¿Tú tienes familia?
–¡Número 36, número 36! A ver, ¿quién tiene el número 36? ¡Unos audífonos inalámbricos!
Los dos miraron sus papeles. En medio del ruido, ni se dieron cuenta de que el amigo de Pedro ya les había dejado la bandeja con hielos y la botella. Ramírez revisó su celular, vio la hora. Tenía dos llamadas perdidas. No hizo nada por contestarlas, pero volteó a ver a Pedro y le dijo:
–Carnal, creo que ya es hora de que me vaya retirando. Ya ando medio entrado y tengo que manejar. Mejor aquí la dejamos.
–Aguanta, padre santo, aguanta. ¿Me vas a dejar así? Tira paro, deja que anuncien dos números más y vemos qué show.
–Tá bueno, pues… pero andas pisteando muy recio, ¿andas apurado o qué onda? –contestó Ramírez, guardando su celular de nuevo en la bolsa del pantalón.
–No, pero pues es gratis. Qué mal pedo que no nos dejan fumar aquí. Pero oye… ya que tú trabajas todo el tiempo allá en el otro piso, ¿qué sabes del carnal que se andaba comiendo a una de las secretarias en el baño hace una semana? Nadie ha dicho bien quién fue, solo que el cabrón se saltó por la ventana. Tú debes saber algo, ¿o no?
–Al pobre cabrón, cuando sepan quién es, lo van a correr… porque lo que no han dicho es que esa secretaria era sobrina del gerente. Pero pues la morra no quiso decir nada. Es todo lo que sé.
Luego, Ramírez desvió la conversación. Metió la mano a la bandeja con hielos, sacó un par y se sirvió ron sin refresco.
–Neta no te creo. Tú debes de saber más. Ya le pregunté a todos los weyes de allá arriba y nada más me faltas tú. ¿O apoco fuiste tú?
–No digas mamadas, Pedro. ¿Cómo que fuiste tú? Ya cállate.
–No te me agüites, mi Ramírez. Yo no le voy a decir a nadie. Además, yo también hubiera hecho lo mismo.
–Ya estás pedo. Te dije que ya me iba a ir y ya empezaste a decir puras pendejadas.
–Tranqui, tranqui… ahora que sé que no fuiste tú, y que me caíste bien, entonces ya puedo confesar.
–¿Y con qué chingadera vas a salir ahora? No sabes tomar callado.
–¡A ver, mi gente, mi gente, mi gente… número 7, número 7! ¡Ya merito acabamos, pero aún nos quedan cosas buenas!
–No mames… ¿qué, unos patines?
–¿Te tocaron?
–Nel. ¿Y a ti?
–Tampoco. Y ya te dije que ya me iba.
–Nel, dijiste que aguantabas dos números más. Apenas va uno…

Continuará…

El mercadito Vol. I

Hoy les ofrecemos una nueva sección de frutas y verduras, carnes y semillas, pescado y abarrotes. Pásele, pásele, hay queso, chilate también:

* El equilibrista

Una madre y su hijo esperan en la parada de camión. El camión no ha tardado más de lo usual, pero el niño, inquieto por el calor, no deja de husmear entre las bolsas de plástico. La madre lo instruye en la paciencia, pero ya en el tercer regaño, la señora también inquieta decide buscar una solución. La madre no quiere ceder tan fácil ante el niño, pero cansada y con las bolsas del súper haciéndole montón, la única salida que encuentra es darle una moneda al niño.
Detrás de la parada de camiones hay una farmacia. La bocina repite en una voz intercalada con canciones de moda, ofertas en pomada para los pies, vitamina C, pañales y lubricante. El niño le pregunta a su madre qué hacer con la moneda mientras imita el baile de la botarga que ondea un letrero hecho con una cartulina fosforescente.
La botarga sostiene un micrófono y de vez en cuando, logra aprovechar la letra de las canciones para remarcar el pregón de la oferta en sus productos. El niño detiene la coreografía. La moneda se le ha caído. Llega un camión, la madre se aleja del niño para leer con más claridad los nombres escritos en el parabrisas del urbano. Baja gente por la puerta de atrás. Las otras personas que esperaban ese camión se empujan al querer entrar con las personas que también descienden por la puerta de adelante.
La moneda, por su parte, sigue, manteniendo bastante bien el equilibrio, sin perder ante ninguno de sus dos costados. La madre hace un gesto de desánimo y se incorpora de nuevo a la acera donde tiene acomodadas las bolsas del mandado. Cuenta las bolsas, pero rápido su vista se dirige a un punto muy específico del suelo, donde su hijo está casi acostado, con la mano estirada, tratando de alcanzar los diez pesos que han quedado detenidos cerca del zapato de un señor que lee el periódico.
La señora toma todas las bolsas. Ambas manos se estrangulan con los lazos de plástico que a cada lado presumen el logo azul de la tienda. Camina y grita el nombre de su hijo, pero la música y las ofertas hacen que su voz se pierda entre el sonido de una cortina de metal abriéndose y el sonido de un claxon.
Por fin alcanza a su hijo. Pone el mandado en el suelo y jala de la oreja al niño. Mientras lo regaña, la señora se inclina a su altura, suelta un quejido al agacharse y continúa hablando sin pausa:
—A ver, chamaco, qué te dije, ya estás todo sucio del pantalón, mírate nomás, pero te vuelvo a comprar algo, orita en la casa vas a ver. Es que no es posible que traigas así toda la ropa, pero te vuelvo a comprar un pantalón otra vez, pero cómo es posible, mírate las manos, todas cochinas, y luego te las metes a la boca, pareces…

El hombre que lee el periódico se retira, la moneda queda completamente expuesta. La madre lo regaña mientras le sacude el pantalón con las manos marcadas por las asas. Llega otro camión. La señora detiene la reprimenda. Se apura a tomar las bolsas. Empuja al niño que no consigue agarrar la moneda. Ambos corren hasta la orilla de la acera que se va llenando de transeúntes que quieren subir al camión. De nuevo la madre se cerciora de leer con atención los nombres de las paradas en el cristal del urbano. Exhala al terminar de leer. El camión se aleja y ella y el niño vuelven a hacer un círculo de bolsas un poco más adentro de la acera.
Al lado de ellos hay otra madre con un niño un poco más grande que no deja de hablar en voz bastante alta. Anda mamá, anda. Anda Mariana, águila o sol, águila o sol, Mariana. Y la madre solo le contesta al niño que trae uniforme de fútbol que no debería andar agarrando cosas sucias del suelo.
El niño jala el pantalón de su madre y le dice que ese otro niño de allá enfrente ha encontrado la moneda que le dio hace rato. La señora lo escucha, por un instante siente la necesidad de ir a decirle a la otra señora y al otro niño, pero termina por reprimir a su hijo diciéndole que ha perdido el dinero, y que eso le pasa por no hacerle caso.
El niño voltea a ver al otro niño. La madre voltea a ver a la otra madre. Por el tráfico o quizá por el calor las señoras tardan en darse cuenta de que ambas se conocen porque sus hijos van en la misma escuela.
La señora sin bolsas se acerca a la madre con bolsas.
—Hola, Lupita, ¿cómo ha estado?, ¿ya viene del súper?
—Sí, Mariana, ya venimos, usté cree —contesta Guadalupe, acomodándose la falda arreglándose el cabello—. Y mire, Robertito tan grande ya, cómo le va en la escuela, ¿ya pasa a quinto o a sexto?
Mariana se quita los lentes de sol que usaba como diadema y se los pone de nuevo en los ojos.
—Muy bien, nos salió deportista, fíjate. Ya lo metimos a las clases de futbol allá en la deportiva. Mi marido dice que es bueno que los muchachos tengan algo que hacer por las tardes, si no, andan en la calle haciendo quién sabe qué, aunque mi Robert puro estudio.
Ahora Mariana busca algo en su bolsa mientras le toca el cabello al niño que carga el pantalón todo sucio.
—Y Manuelito, cómo le va a él en sus clases. Pero, amiguita, ¿se te cayó el niño?, ¿qué le pasó? Mira, te presto una toallita, anda.
—Ándale, sí, Mariana. A ver, Manu, ven para acá. ¿Y ustedes también van para la colonia? ¿Están esperando el camión?
—No, Lupita, como ya se compró coche mi esposo, le dije que nos pasara a recoger después de que le cortaran el cabello a Robertito. Ya ve que los muchachos siempre se quieren parecer a esos futbolistas de la tele, y mi Robert, pues como su papá, muy guapos los dos.
Lupita mete la toallita usada en una de las bolsas de plástico. Manuel ve cómo Roberto avienta la moneda al aire y la atrapa con la palma.
—¿Y tú, Lupita? Me han contado… pero esas cosas pasan, amiga, uno siempre se arregla, no te apures manita. De todas formas, salúdame al Jorgito. Yo y Robert nunca hemos tenido problemas, su madre, eso sí, ya es otra cosa… Pero como te decía, amiguita, Robert y yo jamás hemos tenido problemas así, él tan trabajador, tan bueno. Es que hay que saber escoger, ¿verdad? Y mira nada más, uno aquí hablando del diablo. Te ofreceríamos raite, amiga, pero no vamos para allá.
Manuel le dice a Roberto, águila. La moneda no alcanza a caer en sus palmas. La señora de los lentes de sol apura a su hijo futbolista a que se suban a un coche que ha detenido el tráfico. Manu no deja de ver la moneda rodando en equilibrio hacia la calle. Guadalupe agarra las bolsas y se acerca rápido a la orilla de la acera a ver si este camión es el camión. El urbano suena el claxon. Guadalupe se estrangula más los dedos. Los transeúntes suben y bajan del camión. Manu se lanza por la moneda. El urbano suena aún más fuerte el claxon y gente formada afuera del vehículo grita para que los pasajeros que van descendiendo se apuren. El camión suena una vez más el claxon.
Guadalupe ve al niño aún más sucio que hace rato, pero ya no dice nada. El niño sube primero y le ayuda a su madre con dos bolsas. La madre, sostenida del pasamanos, abre su monedero mientras le reclama al chofer.
—¿Desde cuándo el pasaje subió de precio?
El niño juega con la moneda mientras mira por la ventana. El chofer solo le responde:
—Ya se la sabe, jefa, ni que el camión fuera mío.
Al decir esto, el chofer pisa el embrague. La caja del camión truena al meter la velocidad, y enseguida el reparo sacude a todos los pasajeros.
Manu avienta la moneda y la atrapa. Guadalupe cuenta el cambio con una mano mientras sigue agarrándose con fuerza del tubo. Al terminar de contar, hace una mueca muy larga y grita el nombre de su hijo mientras trata de guardar el equilibrio.

* Mango

Es medio día, después del desfile celebrado en la avenida principal del pueblo, Martín regresa con su abuela y su mamá a la casa. Ambas señoras le celebran lo guapo que se ve vestido de revolucionario. Mientras cocina el almuerzo, fríen frijoles y voltean unos hígados, hacen un recuento del desfile.
Martín se sienta en el sillón de la sala a ver televisión. Pone las caricaturas, pero tiene que subirle el volumen porque el sonido de la musiquita de la serie navideña que rodea el cuadro de la Virgen no lo deja escuchar lo que dicen los animales cuando se persiguen.
Ante el volumen tan alto, regañan al revolucionario y lo mandan a que se salga a jugar en lo que está el almuerzo.
Martín les truena la boca, pero ellas solo siguen celebrando su vestuario en lo que el niño sale por la puerta que da a la calle.
—Míralo, con ese bigotito… hasta se parece a su tata —dice la abuela, y luego se sopla los dedos después de voltear una tortilla.
En la calle hay otros niños que también desfilaron. Algunos traen sombrero de palma y paliacate rojo. Otros usan cartucheras cruzadas. Hay quienes van vestidos con camisa blanca y pistolas de plástico. Martín les pregunta si quieren jugar a las escondidas. Los niños, mitad armados mitad civiles, eligen al más chaparro para que empiece a contar. Le tapan los ojos con un paliacate. Le dan tres vueltas y lo ponen contra la pared para evitar que haga trampa.
Martín se trata de subir a un árbol donde un soldado y una campesina ya han acaparado las mejores ramas. Les pregunta si hay espacio para él, pero ambos lo callan y lo mandan a otro lado.
Martín sigue husmeando en otros huecos y hendiduras que hay entre las casas y los autos, pero todas están ya ocupadas, así que decide una maniobra final. Su idea es subirse al poste de luz para de ahí alcanzar una de las ramas más altas del mayor árbol de mango.
Mueve un pie y luego la mano con mucho cuidado, pero es tal la altura que, nervioso, decide aventar el sobrero.
Sudado, logra llegar a la última varilla del poste, y de ahí se trepa a una rama. Escondido, ve cómo los niños uno a uno caen bajo la mano dura del pequeño centinela con pistola de plástico, que resultó para bien o para mal, buen policía.
Martín nunca había tenido una visión tan amplia de la calle. La vista es tan extensa que hasta puede ver adentro de las casas de los otros vecinos. En una, un señor clava las patas de una silla, en otra una vecina está sacudiendo ropa recién lavada, y en aquella, una señora echa agua con jabón sobre la azotea y comienza a barrerla.
Escucha las risas de todos los niños. Al parecer solo falta él y una adelita. Ante su acrobacia, se mofa de los atrapados y de su suerte, y decide subir un poco más alto.
Llega a la siguiente rama. No es suficiente, desea ir a la última rama.
Nunca se había sentido tan valiente. Es tal su heroísmo que no solo ha decidido subir hasta la punta del árbol de mango, también ha tomado una decisión importante: jamás borrarse el bigote que trae pintado, para que nadie dude de su mayoría de edad.
Pisa una rama, pisa la otra y en esa huella escucha la fractura de la corteza del árbol.
Se asusta.
Cierra los ojos.
Caen frutas con rapidez hasta el suelo.
Cuando llega por fin a la punta, una niña con dos trencitas lo saluda.

 

¿Y ese animal cuál es?, ¿cómo camina?

Helados

El heladero toca muy despacio una de las campanas y luego seca su sudor con un trapo rojo. Una mujer se acerca a mirar por entre los agujeros de la malla de la escuela. El heladero después de secarse acomoda el trapo rojo sobre el tubo de su carrito de helados y suena, con un poco menos de duda, una de las campanillas.
El guardia revisa su reloj, para después quedarse en la misma postura que ha tenido desde hace 20 minutos. Otra mujer se para al lado de la madre que ya husmeaba por entre la malla y comienzan a platicar de la calor.
Suenan algunas voces de niños, pero nadie sale por la puerta. El heladero ya sin timidez toca la campana de su carrito, se seca el sudor y pone el trapo rojo en el tubo mientras una señora se baja de un vehículo que ha prendido sus luces intermitentes.
El guardia entra por la puerta de metal que es del mismo color que las paredes de la escuela. Sale con un portapapeles y comienza a revisar las hojas a la vez que sostiene un marcatextos con los dientes. Llega otro auto, el heladero repite su rutina. Del vehículo desciende un padre con un niño en brazos. El padre se va a parar bajo la sombra del único árbol que hay en la calle. Mira cómo el guardia que sigue mordiendo el marcatextos, pasa las hojas y cuando ha decidido acercarse a él, el heladero suena con mucha más fuerza las campanas de su carrito. Ha llegado otro carro, de él se bajan ahora tres señoras. Las tres levantan la mano y le agradecen a su comadre por el raite. La comadre se estaciona delante de los otros dos carros que habían llegado antes y enciende las luces de precaución.
Llegan unos adolescentes vestidos con zapatos negros y un pantalón de mil rayas, sin embargo, sus playeras son de equipos de futbol. El heladero suena su carrito, seca su frente y persigue con mucha atención cómo los adolescentes juntan monedas en la palma del muchacho más robusto.
Llega un cuarto auto y después un quinto y también otras cuatro personas. El heladero ha decidido explorar sus dotes de percusionista, y suena las campanillas con ritmo. Sin embargo, no acaba la primera pista cuando llega a la entrada principal de la escuela un grupo de señoras en ropa deportiva, hablando en voz alta. En una de las camisetas que porta una de esas mujeres se puede leer la frase Club de Zumba Parque El Alamito.
Un grupo de perros olfatea a los adolescentes que siguen contando monedas. Se ponen a jugar con uno de los animales mientras pelotean el balón. El heladero suena más la campanilla, pero se ofusca su canción por el claxon de un automóvil que le empieza a gritar cosas a los adolescentes que están jugando en medio de la calle. El auto termina su regaño, y se estaciona en triple fila más adelante. Del auto bajan tres personas más.
Se logran escuchar algunas voces de niños que vienen desde el patio principal de la institución, sin embargo, sus voces desaparecen pronto ante el alboroto del tumulto de padres de familia amontonados en la acera del lugar.
Llega otro auto y comienza a pitar con esmero hasta que se rinde y decide estacionarse en cuarta fila. Los autos que llegan después ya ni pitan, solo se estacionan sin cuestionar el embotellamiento. Ya no hay ninguna sombra, la escuela está completamente rodeada, el heladero no deja de sonar la campanilla.
Las voces de los padres de familia comienzan a sonar cada vez más fuerte, al unísono, pero entre ese barullo de moscas alborotadas se logra escuchar una frase: quítenle la pinche tablita al guardia y que nos diga a qué hora salen los niños. El heladero ya no suena las campanillas, las golpea con una piedra. Sí, quítenle la tablita. El heladero se talla el trapo rojo y no deja de mirar a los adolescentes que pelotean cargando en los puños una buena cantidad de monedas. Sí, quién puso a cargo a ese cabrón inútil. Los perros se comienzan a pelear. El heladero ahora usa las dos manos y dos piedras para no solo sonar las campanas sino también el aluminio del carrito. El murmullo de los padres de familia crece animado por un contingente de albañiles que justo ha salido de la obra de al lado a su descanso. Los trabajadores, algunos con playeras al hombro se suman a las consignas de la protesta: guardia incompetente, le mientes a la gente. Guardia mentiroso, ¿dónde están nuestros mocosos?
En la calle ya no cabe un padre de familia más. El heladero está tan hecho bola junto a los cuerpos de otras personas que apenas puede mover una de sus manos para secarse la frente. Una nube tapa por unos minutos la cuadra. El heladero mira hacia arriba aprovechando la pausa de la nube. Pasa un pájaro. Todo se queda callado, hasta que la nube se retira y también se retira el portapapeles del guardia volando.
A lo lejos, casi como si llegara el cuchicheo de un chisme muy bajito, alguien repite por última vez las consignas contra el guardia. Después ya no se oye nada.
Alguien estornuda. Alguien tose. A alguien más le empieza a sonar el celular y alguien en el público lo shhhhshea para que lo apague.
El heladero está listo. Como puede alza su palma hasta la manija de su carrito de helados, siente el relieve de una de las campanillas, prepara el manoteo. Está listo, de tan concentrado que está, hasta puede escuchar cómo las monedas en el bolsillo del hombre de al lado se mueven. Prepara la muñeca. Nunca había estado más listo. El aire entre su mano y la campana es nada.
Son las 2 en punto de la tarde, aquí en la Escuela Primaria Héroes de la Patria.

La alarma

Es el último viernes del Festival de la Ciudad. Regino y su novia han decidido ir a la función final, después de alargar durante un buen rato la discusión entre pasar primero por la fiesta de un amigo o ir al show. Terminan viendo que las dos opciones caben en la noche si llegan ligeramente tarde a la función. Cuando llegan al teatro, gracias a que han bebido un poco, su entrada es estridente, generando un coro nada amable de shhhhs de parte de un público que mira casi sin parpadear a los dos participantes sentados en una silla, aparentemente dormidos. El presentador, al escuchar el tumulto de shhhh de parte del público, rápido desde su micrófono controla la situación: no se preocupen, si no digo las palabras correctas, estos, mis amigos, ni enterados de que tenemos nueva visita aquí en el teatro.
Al terminar la frase, una de las luces acompaña a Regino y a su novia como si fueran protagonistas de la noche por toda la hilera D hasta que encuentran sus asientos 7 y 8.
El presentador no da indicaciones para que retiren la luz de la pareja. Bueno, y ya que están aquí mis amigos. ¿Cómo se llaman? Un hombre salido desde la hilera de atrás como si fuera un pequeño animalito que estuvo escondido toda la tarde en esos sillones, aparece con un micrófono y lo acerca a María. Yo me llamo Mari y él es mi novio, Regino. Y venimos tarde porque andábamos en una fiesta. En serio, dice el presentador, bueno y qué tal estuvo la fiesta Regi, te puedo llamar Regi, ¿no?
No pues muy buena pero no nos queríamos perder el Show del hombre invisible, pero tal vez al salir de aquí nos vayamos para la fiesta de nuevo.
Y cómo sabes que vas a irte del teatro, responde el presentador casi con malicia.
Pues cómo que cómo. Pues así como llegué.
Todos se ríen.
Mari le dice en voz muy bajita pero burlona a Regino, ay gordo ya te metiste en problemas.
El presentador da órdenes con su mano de que apaguen las luces. Y lanza una pregunta directa al público. Qué dice mi gente, dónde caben dos pues caben tres. Nos traemos al Regi al escenario.
Ándale gordito ya te hablan.
Que se suba, que se suba, que se suba clama el público.
Ay amor, pero ando bien mareado.
En el escenario se acomoda una tercera silla. Regino pide disculpas mientras sale de la hilera D y es guiado al escenario por otro hombre que aparece de entre las cortinas que adornan la pared, como si su ropa y él mismo estuvieran hechos de la misma tela.
El presentador pide silencio a todo el teatro.
Saca una patita de conejo de su saco y le habla a Regino. Cómo se ve que bebió mi hermano. Pero bueno, acá estamos para divertirnos, ¿no es así?, le pregunta al público, y el público responde con un largo sí.
Regino, mi querido Regi, sabe usted por qué le dicen al hombre invisible, invisible.
El presentador no deja de mover la patita y Regino la sigue.
Sabe usted mi Regi, por qué al hombre invisible, le dicen el hombre invisible.
Regi empieza a moverse a causa de un hipo repentino.
Y por tercera vez el presentador le insiste Regino con la misma pregunta. Sabe Regino por qué al hombre invisible le dicen el hombre invisible.
El hipo de Regino desaparece. Lentamente se va recostando con todo el peso hacia la espalda de la silla. Cuando queda por completo recargado, el público respira de asombro y Mari grita: bueno, pero me va a usted a regresar a mi gordito completo, ¿verdad? La sala ríe, pero pronto el presentador pide silencio.
La sala ya no ríe. El presentador se acerca a la mujer que está sentada en medio. Le pregunta: ¿sabe usted por qué al hombre invisible también le dicen la gallina? Y la señora se levanta de la silla y comienza a aletear por todo el escenario. Después se acerca al anciano de la izquierda. ¿Sabe usted por qué al hombre invisible también le dicen el bebé? Y el señor empieza a llorar y hacer pucheros como recién nacido. El público aplaude, chifla y ríe ante el espectáculo de los dos adultos jugueteando sobre la tarima. Por último, se acerca a Regi. Sabes, mi Regi, por qué al hombre invisible también le llaman Regino?
El público entre que ríe y entre que se siente timado. Mientras el bebé y la gallina continúan sus acrobacias sobre el suelo, Regino se queda sentado mirando su celular sin hacerle mucho caso a sus dos nuevos colegas.
El presentador vuelve a sacar la patita de conejo de su saco. La única luz del escenario lo ilumina. Se acerca a la gallina y la señora regresa a su asiento. Se acerca al bebé y el señor, después de tomar su bastón, también regresa a su lugar.
Cuando es el turno de Regino, la alarma de incendios comienza a sonar. Las luces del teatro se encienden y el presentador en un tono de voz ya nada histriónico pronuncia un enorme POR FAVOR, CON CALMA, SEÑORAS Y SEÑORES, CON CALMA SALGAN DEL RECINTO.
Afuera del lugar, Mari y Regino escuchan cómo un hombre con un megáfono le dice a la gente que todo está en orden, que solo fue una falsa alarma pero que si gustan habrá una función de compensación mañana sábado sin costo.
Regino y Mari piden un taxi. Mientras esperan, Mari le pregunta si quiere regresar a la fiesta o devolverse a casa.
Vuelven a discutir.
Mari se cepilla los dientes y voltea a ver a Regino de reojo en el espejo: oye gordo, pausa de la pelea. ¿Y qué onda o qué, te sientes raro? Regi escupe el enjuague bucal, le enseña los dientes a Mari y saca una pata de conejo de la bolsa de su pijama.
Oye Mari, ¿y tú sabes por qué al hombre invisible, lo llaman invisible?

 

Piéda

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Ayer hablé con mi padre, abuela. Miré sus ojos a través de una pantalla. Se parece a ti, abuela. Yo a veces me parezco a mi padre. Cuando me pongo lentes y salgo para mi trabajo, sé que me parezco a él. Cuando muevo las manos como si las manos fueran las palabras, me parezco a él, abuela. Mi padre que cada día se parece más a ti.
En la llamada me dijo que irá a verte. Que visitará el lugar donde descansas allá en San Luis. ¿Estás descansando, abuela? Yo espero que no te hayas dejado engañar por esa falsa razón de la tierra muda. Que lo estés mirando todo con esos ojos que son iguales a los de mi padre.
Ayúdame a recordarte, anda. Ayúdame a saberte mejor el vestido y los cabellos que hace tanto no veo. ¿Qué lenguas te dicen? ¿Qué otros niños te hablan? Ahora que estoy acá, en este lejos río, ciego río, me pregunto si me has mirado. Si has visto mis edades tejiéndose con las edades de gente con nombre o sin nombre. Anda, Piéda, llévame al mercado, ya entendí que no se come después de agarrar el dinero.
Me he convertido en un cuerpo extraño, Piéda. De niño solo me queda el nombre. Ay chamaco carajo. Ay chamaquito malcriado. Entonces mi padre me dijo que irá a verte. Que les echará agua a tus años quietos y limpiará un poco sus costados. Yo no sé si mi padre reza. Yo he dejado de hacerlo, abuela. Discúlpame. Me volví un callado para Dios, aun así, prendo una vela y la miro acabarse, gastar su fuego y dejar sombras esparcidas por las paredes de mi casa. Entonces la apago. Entonces el humo se riega como la cola de un perro y yo lo acaricio y me quedo dormido.
Mi padre que tiene tus ojos dijo que irá a visitarte. Oye, abuela, y cuando tú lo visitas, ¿lo regañas porque se queda dormido con los lentes?. Ya sabes cómo es: llega del trabajo, se quita la camisa y se queda en playera de tirantes, se pone sus sandalias y abre el periódico, a veces ni siquiera es el periódico de ese día, y se queda dormido.
Ayer que mi padre me llamó, yo era un poco más joven, abuela. Iba descalzo por un valle con flores acostadas, su tierra tenía escarcha y en la orilla de su caudal tenían sembrado un pequeño faro. Su luz como de 5 de la mañana no iba a ninguna parte. En el río no había botes y el agua se regresaba sigilosa. Yo seguí, quería saber qué cosas son mías y cuáles no. Pero era muy temprano, abuela, tan temprano que las horas no sabían qué hacer con los árboles. Los árboles tampoco sabían qué hacer y dejaban ir a todas sus hojas.
Cuando eso pasa aquí, en este lejos río, río ciego, abuela, los niños se disfrazan de animales. Y van y tocan las puertas y las puertas se abren y los niños brincan con las manos llenas, con las manos llenas de mieles secas. Y te digo, abuela, se van brincando, cruzan la noche en una lengua que ni tú ni yo sabemos, hasta que de nuevo las aceras quedan vacías.
La última vez que me disfracé era conejo. Jugaba al Mambrú se fue a la guerra. Tú aplaudías y yo danzarín y azul como un conejo azul, regaba confeti por el kínder de la colonia en mayo. Abuela, disculpa que interrumpa nuestra plática, tengo que corregir lo anterior, esa fue la última vez que me disfracé de animal, ahora llevo otras intenciones, le digo un año y un apellido mentiroso a la gente, porque qué les importa, verdad, abuela, qué van a saber ellos de cómo hemos despertado de pronto al oír cómo se tira el agua. Mijo, baje las cubetas. Mijo, barra el agua de la azotea.
Mire, véame, soy y no soy. Recorriste tanto monte y envejeciste al lado del mar y yo acá, lejos, en el río ciego y tú regada en la espera de todos nosotros: mi padre, tus hijas y los hermanos que te quedan. Lo cierto es, abuela, que todas nuestras bocas juntas no pueden decirte. Yo he repetido tanto tu nombre y nadie te conoce. Yo, a veces, cuando voy caminando y siento que alguien viene, pero no pasa nadie, me pregunto si así es como otros oyen las historias que cuento de ti. Yo mismo, abuela, que me crie entre tu cocina y la televisión encendida, a veces luego no sé de qué me acuerdo. Anda, Piéda, ayúdame a saberte mejor los aretes y los pasos. ¿Dónde estás ahora? ¿Qué silencio cansa más al aire?
Te digo abuela, a diario, ahí en mis maneras de renegar de mi sangre que está bordada con prisa en mi apellido, de esconder que yo también soy hijo de ese cerro lleno de pájaros y piedras húmedas con orín de perro. Ahí, en la orilla alambrada del pozo seco, te busco, ahí Piéda, bajo ese amate calcinado por un machete flácido y en todos los primos y tíos y vecinos que siguen pasando por el frente de tu casa, buenos días doña Piéda, ya anda barriendo, va a querer masa o chilate. Piéda, arajo, ya andas buscando calle otra vez, a ti te salió Cayetana en el calendario, arajo mujer.
Alguien barre la ciega agua por las escaleras de tu casa. Talla con una escoba. Se hace un hilito y luego un perro con sed pasa y se bebe el agua con espuma. La única diferencia es que ahora hay calle. La gente hace fiestas de concreto y se gritan unos a otros por saber quién merece, o por mérito cívico o por nacimiento, la banqueta.
Ya no está el almendro, ya no está el nanche, ya no está el guanábano, salvo una hermosa plancha de material donde, a veces ya cuando se ha entibiado la tarde, ahí se echan de panza los animales y se espantan las moscas con la cola. Eso sí, la vista de la playa sigue intacta, su diamante, que se abre y se cierra cada noche, sigue brillando desde lejos, pero ese brillo, abuela, ahora sufre el esmero de las flores de plástico. ¿Por qué pasa eso, abuela?
Ayer hablé con mi padre. Me dijo que iría a visitarte y vi sus ojos que son como mis ojos a través de una pantalla. Le conté del frío y él me platicó de los trabajos manuales que realiza en su casa después de las lluvias. Le hice un recuento de mi vida diaria y él me platicó de lo que puede comer y de lo que ya no. Nos acordamos de tu comida, él dijo uuuy, ya no más patitas de puerco con frijoles, ¿te acuerdas, hijo, de cómo tu abue cocinaba las patitas en salsa? Yo casi no como carne roja y mi padre ya no tiene permiso para ella. ¿Por qué pasa eso, abuela, eso de que las gentes son como sus padres, pero también son otras gentes, así distintas y extrañas? ¿Así como las piedras que se parecen unas a otras, pero, una piedra es una piedra y nunca otra piedra? ¿Por qué abue, por qué?
Ay, abuela, no hay nadie en casa, las cortinas están cerradas y ya empezó el otoño. Tengo 33 años. ¿Tú cuántos años tienes? Yo quisiera explicarte cómo soy ahora, decirte mira, abuela, mi casa y mis libros y esa es una foto de cuando nadé en un lago y creía que nunca nadie podría ser más joven que yo porque las olas de aquel verano me regresaban a una orilla de agua dulce. Pero no, abuela, la verdad es que mis palabras se acumulan, guardo cosas entre los libros y casi no llamo a mi madre. Yo quería ser un espejo acomodado en medio de un claro de bosque, pero ahora, mirar me cansa sin aviso y las gentes hablan con prisa y yo no les entiendo. ¿A dónde va todo mundo con esa prisa, abuela? ¿A dónde se dirigen?
Mi padre ayer me dijo que iría a tu pueblo. Y también dijo que llevaría este pliego de papel entre las manos para ti. Así que deja te digo mi oración, esta oración callada para un Dios también callado.
Esta es una carta solo para ti, esta es una palabra solo dicha para ti, blanco se volvió en el bosque el corazón salvaje, escuché abuela, justo cuando abría las ventanas. Enséñame a mirar con bien y a no equivocarme de fuego cuando señalo el final del día. Dime, recuérdame la canción que mecía a los frutos en cada una de las ramas de tu jardín. Dime, recuérdame el abrazo de niño rojo con el que protegías los tallos de la mordida de los cerdos. Del clamor ya no supe nada, pero hay días cuando el sol agrieta el río donde creo entender mis años y tus años.
La primera vez que me sentaste en tus piernas, yo tenía una cruz colgando de mi pecho y me limpiabas lo recién nacido con un paño suave por mi frente. Esta es una petición solo para ti, abuela. Ayúdame a ir sin el enojo marchitándome los dientes. Ayúdame a que no se me olvide el nombre de mis padres. Que sepa siempre cuáles son las escaleras que lleva a nuestra casa. Ahora, abuela, parado en una estela de aire de octubre, se me enfría la cara y me da vergüenza decirte que me he tardado más de lo que he prometido. Pero sigo y procuro separar el hambre del ayuno y soy agradecido cuando tengo que serlo. Piéda, tengo las manos llenas de la tierra que nunca solté de tu jardín. ¿Qué hago con ella, dime? ¿Qué hago crecer con ella?
En tus ojos que supieron dónde empezaban las riberas, qué hombres y mujeres viste ir, pesados con cestos de ropa sobre la cabeza. ¿A qué jugabas con tus hermanos cuando ninguno se había mudado a las ciudades? Mis hermanos y yo, abuela, nos hemos mudado a las ciudades. Somos hombres dóciles en países extraviados.
Mañana el día se presentará como un alimento. Tú y yo, y todo aquél que se acuerde de ti comerá en la misma mesa, y después pondremos las fotos de nuevo en las paredes, aunque estén llenas de humedad. Mañana, abuela, te contaré si pude atravesar el estrecho del río. Por mientras, anda, abuela, tengamos fe en el comienzo de la estación del frío.
Ya me voy a acostar, abue. En la mesa te dejé un vaso con agua. No quedaron trastes sucios en el fregadero, ya saqué la basura y revisé que la llave de la pila esté cerrada.
Mañana temprano, si nos vemos, me platicas qué tan crecido está el río de San Luis Acatlán.

 

Antología de poesía joven universitaria

Me llega un mensaje a mi celular. Son descuentos de una tienda de zapatos deportivos. Aproveche, HOT SALE, solo hoy, 7 de octubre. Volteo a ver mis zapatos al lado de la puerta. Me parece que mis tenis están algo viejos, pero no tanto. Quizá ya debería sacar del clóset las botas para el frío y guardar el calzado de verano. El link del mensaje me lleva a una página que muestra a unos senderistas. Sobre el lomo de una montaña llena de flores, dos caminantes atienden al paisaje. Sus sonrisas horizontales, como una prolongación del brillo en el valle.
Me siento intimidado. Dejo mi celular sobre el escritorio y también dejo de preocuparme por mis dientes. Desayuno sin hacer nada más que seguir la palada del cubierto y escuchar el ruido de los autos. Me aburro y comienzo a contar cuántas masticadas doy por bocado. Me aburro aún más, y pierdo la cuenta cuando una operación urgente de bomberos y policía se arriesga, veloz, hacia aquel vecindario.
Me he propuesto no comer revisando el celular. No es ninguna postura política. No son ganas de ser mejor persona. O bueno, quizá sí es una cosa de postura. Yo no quiero que después me digan que soy un agachado, y caminar con los ojos al piso, así como los camellos que tienen sed.
Recojo la mesa. No lavo los platos, pero los dejo remojando en agua para que no se les pegue la comida. Mi casa ha sido invadida por el aroma de mi pan quemado más un huevo demasiado frito. Abro la ventana para que entre un poco de aire. Afuera, de un lado de la banqueta va una joven corredora, usa una banda en la cabeza y las mejillas rosadas como vino nuevo y del otro, un hombre husmea en los contenedores de basura mientras fuma.
Cuando siento que ya hay suficiente aire en mi casa, cierro las ventanas. Me desvisto, dejo que el agua de la regadera caiga un poco para calentarse. En ese intervalo desnudo vuelvo a ver la página con descuentos. Agrego un par al carrito de compras. A veces hago eso para ver qué se siente. Y la sensación busca desplegarse aún más, así que donde cabe un par de tenis, claro que necesitamos todo el conjunto, si no, nadie va a creer que hago ejercicio. Pants, sudadera, calcetines y hasta gorro porque ya viene el invierno.
Me distraje bastante porque ya el vapor sale hecho montón desde la ducha, pero con ligereza de gato albino. Al entrar al baño quiero mirarme, pero el espejo está empañado. Recuerdo una vez más a los dos corredores del anuncio, al mismo tiempo que busco mi silueta entre un vapor y otro. Esta vez ya no me siento intimidado.
Me pongo rápido los zapatos. Decido unos sin agujetas. Al salir del edificio me saludo con un vecino. No sé cómo se llama pero, siempre que llega o se va, escucho sus llaves. Tiene un llavero que es más bien una sonaja. Es una persona cronometrada. Siempre sale a las 6 a.m. Regresa cuando yo estoy yendo hacia el trabajo. Ni un minuto más, ni un minuto menos y siempre con ropa deportiva. El sí se compró todo el conjunto. Me sostiene la puerta al salir. Le digo que gracias en español y en inglés para que no haya duda.
En el camino al trabajo me cruzo con otros corredores. Al hombre que husmeaba en los botes de basura ya no me lo vuelvo a encontrar. Sin embargo, también es un hombre preciso. Cada martes, a la misma hora, fuma y revisa y se lleva.
Mis zapatos chirrean sobre el piso pulido del salón de clases. El ruido que hacen suena a un patito de hule siendo apretado por las manos de un niño. Mis alumnos no dicen nada, pero a mí me da risa mi caminado, así que prefiero dar la clase desde la misma orilla. Ellos se ponen a practicar el present progressive. Yo estoy revisando de nuevo el catálogo de zapatos y agregando más cosas al carrito.
Al terminar de trabajar, frente a la iglesia por la que usualmente paso, un jardinero fuma. Lleva un chaleco fosforescente y gafas de sol como ojos de un bicho que se entretiene con una hoja. El olor del cigarro me alcanza. Me sorprendo al sentirme repelido por la delgadez tan inmediata del humo. Quiero acordarme de la última vez que fumé. No logro acordarme de nada, pero sí de la última vez que lo hice entregadamente. Fue hace más de un año con Octavio.
Averiguo más en ese recuerdo y todo hace sentido, hoy 7 de octubre es el cumpleaños de Octavio. Me da risa el hallazgo, pero le quito con rapidez cualquier intención mayor a la de una coincidencia.
De vuelta a mi casa, decido que quiero enviarle un mensaje. Como hace más de un año que no hablamos, dudo en cómo iniciar la felicitación. Ensayo bromas, pero lo único que me parece terreno seguro es abusar de las anécdotas compartidas en la universidad. Escribo varias veces el mensaje, intercalando la longitud y el número de las historias.
Por ejemplo, le recuerdo que la última fiesta de cumpleaños que celebré en Chihuahua fue la suya. Cumplía 24. Como empezó a llover se nos ocurrió que era buena idea acabar la carne asada adentro de la casa. Así que metimos la parrilla. La casa se llenó de humo y de borrachos. Mi vecino, 10 años más grande que nosotros, al que le decíamos el Pantera, se unió a la fiesta en algún punto de la madrugada. Se acababa de divorciar y a fuerzas requería canciones de José José en la bocina. No pusimos resistencia porque había traído más bebida. Cuando comenzó a llorar, se salió a la lluvia. Vociferó algo así como un grito y se fue a su casa pateando una lata por la orilla de la acera.
Por ejemplo, también le hablo de la vez que fuimos a Tijuana a un encuentro de estudiantes de letras. Era octubre, también su cumpleaños. Estábamos en un lugar que solo tenía sillas de plástico con el logo de la cerveza Tecate. En una de las paredes colgaba una placa del Récord Guinness: el lugar había vendido la mayor cantidad de cerveza en una sola noche en todo el mundo.
O la otra vez que estábamos en una cantina en el centro de Chihuahua llamada el Mogavi. Estaba el famoso Capi, un señor de 70 años que, al terminar de empacar bolsas de mandado, con toda la morralla que juntaba se iba a ese lugar a beber. Cada vez que se acercaba a nosotros abría su cartera: una credencial, con una foto a blanco y negro y con el logo del ejército. Mostraba a un hombre joven. El Capi remataba diciendo, mis cuentas hasta ahorita, jóvenes, si la memoria no me falla son 55 morras y 5 vatos. Y se iba a hablar con otras señoras a seguir haciendo cuentas.
En el momento en que iba a mandar el mensaje, cerré la aplicación. Traté de acordarme de lo que hablamos en mayo del año pasado. El recorrido de nuestra conversación fue un anecdotario de la universidad combinado con el estado actual de nuestras vidas. Para ese momento ya habían pasado más de 5 años desde la vez anterior que nos habíamos visto. Octavio con el mismo tipo de gafas que en la universidad y yo con el mismo cabello sin saber para qué lado. Nos sentamos afuera de la casa donde viví mientras era estudiante. Saqué una silla de playa y una cubeta de pintura. El calor del asfalto hervía desde la poca sombra que empezaba a recorrerse por la colonia Campo Bello. Al lado de la casa ahora había una escuela de taekwondo. Señoras con sus hijos en trajes blancos con cintas de colores en la cintura desfilaban frente a nosotros.
–Antes no había ni vecinos aquí, te acuerdas.
–Solo el pinche Pantera que en vez de hacerla de pedo por el ruido le caía a cotorrear.
—Sí, no mames, ese wey estaba loco, te acuerdas que una vez salió con una katana a corretear a unos weyes que según andaban robando cobre.
–Pinche todo loco ese wey, ¿y por qué vergas tenía una katana?
–Quién sabe, pero siempre llegaba con pisto en la madrugada y acababa cantando todo triste por su ruca que le quitó al morrito.
Ahora es de noche. Aún es 7 de octubre. Me llega otro mensaje, esta vez me ofrecen trabajo. De hecho, es una oferta increíble. “Hola, notamos tu perfil en línea. Buscamos un asistente remoto. Puedes ganar hasta 800 dólares diarios desde casa. No se necesita experiencia. ¿Te interesa?” Suena exactamente a mí. Me gusta estar en mi casa, los 800 dólares los puedo negociar, pero de entrada no me quejo y sobre todo yo no tengo nada de experiencia.
Imagino diciéndole a mi madre, amá, ya chingamos, nos cayó una feria, este diciembre hora sí se nos va a armar el paseo. Hasta me doy chance de seguirle por ahí al sueño, y pienso qué más cosas podría agregar a mi carrito. Si no es porque pasa otra ambulancia con bomberos, yo ahí seguiría. Borro el mensaje. Lo reporto como spam. Pero me quedo con la esperanza de que mañana me vuelva a caer un ofertón de esos.
Apago la computadora. Me pongo mis tenis viejos, pero no tanto, todavía aguantan. Antes de salir escucho a mi vecino sonar sus llaves mientras abre la puerta de su departamento. Espero a que entre porque no quiero saludarlo, ya con una vez por día es suficiente.
Me pongo los audífonos. Los corredores que me rebasan mueven sus piernas al ritmo de la música que oía en la universidad. En algunos senderos, ya sin mucha luz, otros estudiantes siguen un paso entre el monte donde se van a fumar a escondidas. Me llega el olor de un zorrillo mojado en aceite dulce, pero el aire pronto se lleva el hilo grueso hacia otro lado.
Llego a la parte oscura del río. En su orilla hay unos pescadores nocturnos. Me quito los audífonos para escuchar cómo se desenrolla el carrete cuando avientan el anzuelo al agua. Lo repliegan, lo vuelven a lanzar y dejo de oírlos porque ya estoy demasiado lejos de la pesca.
Abro mi celular, el brillo de la pantalla interrumpe lo callado del parque como si se hubiera caído un vaso de aluminio. Bajo la luz de la pantalla. Me vuelvo discreto en mis intenciones. Leo el mensaje para Octavio.
Lo borro.
Mi caminata llega al punto donde ahora voy de vuelta. Desde lejos las luces de los carros llenan el río con ojos de animales sonámbulos.
Cuando llego a la calle de mi casa, el flujo de autos ha desaparecido. Hasta me doy el lujo de no voltear a ver a ambos lados.
—No mames, wey, ¿te acuerdas que una vez nos acostamos en la calle y nos quedamos dormidos hasta que una pinche troca comenzó a pitar y un wey se bajó a mentarnos la madre?
–Que se vaya a la verga ese wey, yo no sé por qué hacíamos tantas pendejadas.
–¿Y ya te sientes más viejo ahora o qué?
–Ay, ay, ¿y esa pinche pregunta mamona qué?
–Contesta wey.
–Pos yo me siento igual de pendejo que antes, ¿y tú?
–La neta yo también, pero sí me canso más.
–Póngase a hacer ejercicio, muchacho.
–Arre pues, en corto, en corto, deja nomás me amarro bien las agujetas.

 

Equipo universitario de remo

I

La neblina está esparcida por todo el río. Es tan espesa que no hay sensación de movimiento. No hay arriba ni abajo, sino un hueco amplio y sin aroma. Arriba, el sol pretende iniciarse, pero no puede.
Escucho la respiración de un corredor detrás mío. No lo veo, pero el sonido de sus suelas con su prisa de plástico, hacen crujir hojas. Después, desaparece o más bien se calla. No traje mis audífonos, así que me entrego a una meditación falsa sobre los animales que rondan los prados y, de vez en cuando, sus ligeras huellas de lodo saltan sobre las ramas.
La mañana sigue avanzando al igual que otros corredores que me rebasan anónimos. Por el río el equipo de remo es guiado por una entrenadora que señala velocidad y pausa a los navegadores. Escucho los remos diestros en el abrir y cerrar del agua.
–¡Equipo, atentos! ¡Mantengan el ritmo, no se adelanten! ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! ¡Más fuerza! ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea!
La voz del megáfono se aleja. Hago ejercicios de estiramiento. Toco las puntas de mis pies, respiro. El sol hace lo mismo porque su luz crece hasta dirigir la forma de algunos árboles hacia su altura verdadera.
Nuevos corredores pasan, son menos anónimos. Me miran y nos decimos hola, o buenos días. Llegando a los campos de beisbol, un grupo de venados pasta cerca de unos columpios. La neblina aún es espesa. Así que sus cornamentas parecen dirigirse como humo. Seseo de calcio sigiloso que sube y sube, desprendido de la cabeza de animal y sin poder detenerse. Tomo una fotografía. Me acerco un poco más. Tomo otra fotografía. Pero ya en la tercera, y al haber interrumpido su desayuno, lo único que obtengo es una foto vacía de unos columpios matutinos.
Los venados corren, se meten entre la neblina y el bosque, haciendo que las ramas truenen en la huida de su pequeña manada. Me asomo por la hendidura que han abierto para dirigirse. Ahí adentro la neblina aún reina sobre el día. Un blanco apenas interrumpido por el cruce de unas hojas y ramas. Me dan ganas de ingresar a su paseo sin bordes. Pienso en las consecuencias de ese viaje. Son pocas mis objeciones hasta que el saludo de dos transeúntes, una madre y su carriola y otra señora, me retroceden de nuevo al camino asfaltado de los corredores.
Me voy acercando a ellas. Hablan del trofeo de uno de sus hijos y la flojera del otro. Cuando el bebé y yo cruzamos miradas, deja de chupar su sonaja, manotea y la fruta de plástico cae al suelo. La madre la recoge y rápido le pasa una toallita húmeda. El bebé persigue las manos de su madre que limpia su cascabelito. La señora es metódica, no le deja hendiduras sin pulir a la pequeña fruta. El bebé se desespera y avisa estirando ambas manos. La otra señora no deja de hablar de su hijo desocupado. La madre ahora saca otro producto de la pañalera. El bebé se estira aún más. La fruta no puede ser más brillante. El hijo ya no puede ser más flojo. El bebé crece. La señora no deja de limpiar. El hijo es desempleado. La madre, la madre y las toallitas.
El bebé tiene los brazos tan estirados que ha crecido un poco.
La madre por fin le entrega la sonaja. La sonaja festeja alardeando con la música de sus semillas. No he avanzado muchos metros cuando escucho el llanto del bebé. No volteo. Y me vuelvo a distraer en la imagen de los venados deshaciendo sus cuernos en neblina y luego incorporándose al bosque hasta quedarse callados.
Las imágenes de los venados se empiezan a intercalar con otro tipo de deseos, y esos deseos se diluyen, sin prestigio ya, entre un aviso y otro de las cosas que tengo que hacer este día. Me reprocho. Quiero dejar de hacer el repaso de todos mis pendientes. Reviso una vez más las bolsas de mi short. Me cercioro de todos sus recovecos. Pero no. He dejado los audífonos quién sabe dónde allá en mi casa. Me envuelvo ahora en una indagación vaga sobre las cosas que hice esta mañana antes de ponerme los tenis y el short para hacer ejercicio. ¿Por qué no los puse donde siempre? ¿Por qué soy tan distraído? Bueno, es que ayer tenía que acabar de mandar ese otro trabajo. Pero ¿por qué no los guardé ahí junto al reloj y la cartera? Bueno, pero ¿por qué no me los puse desde antes de salir? Bueno, ya había salido tarde y confiaba en que estarían en la bolsa del short. Bueno, pero cambié de short esta mañana. Bueno, ahí está el problema. Ya debería ir a lavar la ropa, pero no puedo, tengo que esperar al viernes. Pero el viernes no porque…
Me salgo del camino de asfalto y parado sobre el césped, inquieto, decido volver a estirarme, cerrar los ojos y hacer una lista de todos los sonidos que están sucediendo.
Otro corredor. Una bicicleta. Su campana. Un gorrión molinero. Otro corredor. Un saltapared. Un tordo sargento. Otra bicicleta. Otro corredor. Un mirlo. Otro mirlo. Otro corredor. La puerta del refrigerador. Otro corredor. Otro mirlo. El agua hirviendo. Otra bicicleta. Un automóvil. Un gorrión. Un gorrión. Un corredor. ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea! El microondas. La máquina de afeitar. La puerta de la escuela. Otro corredor. Otra puerta. Para el día de hoy, estos son los objetivos. El tapón de un marcador cayéndose al suelo. ¡No se adelanten! Hablar de la rutina diaria. La pantalla del proyector atorada. Usar el verbo reflexivo. Hablar de la rutina diaria. Me levanté. Me lavé la cara. ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! Me cepillé los dientes. ¡No se adelanten, no se adelanten! ¿Me puse el mismo short que ayer, entonces, dónde chingados están los audífonos? ¡No se adelanten, no se adelanten! Me quedo en silencio. Me quedo en silencio. Me quiero quedar en silencio. Una sonaja.

II

Mientras corro, mi respiración me abarca, no sé muy bien cómo, desde las puntas de mis pies hasta la nariz. Otros corredores pasan y cuando nos miramos y me sonríen o me hacen un gesto de saludo, siento que he atendido una sociedad con sus propios acuerdos y sanciones. Y yo estoy a punto de averiguar una de sus multas. Lo sé, porque mi respiración está por distorsionarse hacia el jadeo.
Hace unos minutos comencé a correr. Yo no soy un corredor habitual. La ligereza entre un paso y otro me seduce, pero cada minuto que pasa, esa ligereza entiende menos cómo alejarse de su propio rastro. Respiro, me estoy concentrando solo en mi respiración. Hacerlo por la nariz, no por la boca. Un poco de sudor me ha entrado al ojo. La sal se me ha quedado entre el plástico y la pupila. Me desacomodo el lente tratando de disipar el ardor de la gota salada bajo mi párpado. Ahora corro, respiro por la boca y llevo un ojo cerrado. No me quiero detener, al menos debo cruzar el parque. Una bicicleta me toca su campana. No me quiero detener, al menos quiero llegar hasta el puente. Otra bicicleta suena su campana. No me quiero detener. El ojo deja de arderme. Ya no siento ninguna basura en el ojo. El día ahora es una imagen partida por la mañana ya sin neblina y mi ojo izquierdo que traduce con vergüenza.

III

Despojado de la sociedad de los corredores vuelvo a caminar. Adherido a una versión incompleta de todos los que pasan, intuyo con dificultad si los otros caminantes me están dando el saludo o se espantan algunos de los bichos que persiguen el aire. Mi caminata ambicionaba un recorrido más largo, pero como el ojo bueno está haciendo también el trabajo del falso, me doy la vuelta.
Hago el inventario de la caja de lentes de contacto. Llegando a la casa puedo reponer el que se me ha caído y tengo para el resto del año. La inspección también abarca otras cosas en el cajón de los productos de aseo. Hace falta pasta de dientes. Tengo que comprar también más jabón para el baño. Quizá convenga ya cambiar la cortina de la regadera. Este fin de semana no he limpiado, quizá debería, aunque sea… O mejor me espero, aunque ya han pasado… Pero mejor debería lavar la ropa que ya esta semana me he puesto dos veces la misma playera. Bueno, pero los pantalones leí que no hay que lavarlos tan seguido. Pero ¿cuánto tiempo es no tan seguido? Pero, igual debería comprar unos pantalones nuevos, ¿o mejor me espero a Navidad? Pero en Navidad luego las cosas están más caras. ¿Cuándo se supone que salgo de vacaciones? ¿Por qué estoy pensando en las vacaciones si no he acabado de mandar ese otro trabajo? ¿Por qué no me puedo sentar y mandar ya de una vez ese pinche trabajo? Se supone que me salí para distraerme de ese pendiente. ¿Por qué no me puedo… ¿Por qué no he empezado a…

IV

Llegando a mi casa lo primero que hago es cambiarme los ojos. Luego, me baño, me seco, me visto y me peino. Pongo agua a hervir y me preparo un té. Salgo. Hay gente protestando afuera de una clínica de planificación familiar. Unos tienen pancartas con la palabra Dios escrita. Otros tienen chalecos de colores. Solo uno de ellos toca una flauta y no alcanzo a distinguir la melodía. Atravieso esa banqueta y me apresuro al salón a dar mi clase de español. Aún varias cuadras más adelante, el sonido de la flauta es distinguible, pero yo no sé qué significa lo que canta.
En el salón, practicamos los pronombres reflexivos. Levantan la mano y yo contesto. Señalo y me contestan. La clase termina sin alguna emoción en particular. Al guardar mis cosas, encuentro mis audífonos en una de las bolsas de la mochila.
En el supermercado hay una madre con una carriola. Mientras yo escojo unas uvas, escucho cómo el bebé menea su sonaja. Me pregunto si será el mismo bebé de hace unas horas, pero cuando la mujer voltea y se acerca a acariciar al niño, me doy cuenta que se trata de dos personas diferentes.
En la fila, el bebé y su mamá esperan detrás de mí. El bebé juega con su sonaja. Es un pajarito verde con azul de plástico. Antes de salir de la tienda escucho al bebé llorar, pero no volteo.
Me pongo, por fin, los audífonos.
Cruzo una calle, en una esquina hay una persona con megáfono repartiendo unas hojas. Se ve muy interesada en explicarme lo que dice su folleto. Yo veo cómo su boca se abre y se cierra, pero no percibo alguna palabra. Abre el folleto, usa su índice para enseñarme una ilustración. Yo sigo aparentando una sonrisa. Ella sigue mostrándome más imágenes y hablando, y yo sigo sonriendo, sin escuchar una sola palabra de lo que dice. Mueve una última vez la boca y yo solo le digo I´m sorry I don´t speak english. Sigo caminando. Un grupo de personas comienza a caminar atrás de mí y entre mis audiófonos se filtran unas frases.
–¡Equipo, atentos! ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea, por favor!