33

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

I

El ganso tiene los ojos comidos por moscas. Su cuerpo podrido bajo el sol aún mantiene los colores habituales de un animal vivo. Unos cuervos, no muy lejos, indagan un pedazo de pan. Se espantan cuando paso y ríen desde lo alto de la rama de un cedro. El olor del animal me persigue durante varios metros hasta que llego al puente. Antes de iniciar mi cruce, se aparece un ciervo. He aprendido a no buscarles los ojos para que no se espanten e interrumpan su digestión, y solo continúo, sintiendo cómo se aseguran de que yo no soy el perseguidor.
Podría haber dispuesto ya no atender las apariciones animales después de tantos meses de lo mismo, pero entre los animales y las personas, prefiero a los animales y sus maneras de irse a morir en cualquier parte sin aviso alguno.
Mi relación con la naturaleza es igual de grande que una pregunta. Mi familia ha tenido entre sus miembros algunos participantes honorarios del asombro por la flor y la fauna. Unos conservaban con sus manos las plantas que dan de comer y otros cuidaban a los animales. Yo, muchacho en realidad citadino, heredé el gustó por la naturaleza gracias al amate que estaba afuera de nuestra casa en Acapulco y que, durante gran parte de mi infancia, nos regaló de su agua hasta que mutilaron su sombra para construir un muro.
En la otra orilla del río hay un padre y su hija. Las bicicletas están tiradas en el pasto. Ellos mantienen sus cascos en la cabeza mientras hacen dibujos de animales con tizas de colores sobre un muro. Solo la niña alza la mano para saludar. Ella dibuja un ciervo, mientras su padre traza unas aves que, por lo temprano del dibujo, aún no permiten distinguir bien qué clase de vuelo es el que provocan. Tengo ganas de preguntarles por qué dibujan animales en una pared cubierta por la sombra de mediodía de un árbol joven. No lo hago, pero recuerdo un documental que vi sobre una cueva en Francia –la de Chauvet– donde hace más de 30 mil años unos humanos dibujaron ciervos y bisontes sobre la piedra escondida. Werner Herzog, el cineasta, pregunta si aquellas personas soñaban con los animales que pintaban o si los animales eran ya un sueño.
La luz de este día de julio es absorbida por el agua del río Iowa con la misma sed que tiene la arena cuando llegan los caballos de sal a las costas. El río ha crecido, sus piedras habituales están escondidas por una corriente que en algún momento llegará al Golfo. El padre y la hija alcanzan mi paso. Siguiendo la dirección del río, noto sus manos llenas de cal colorida y en sus cascos la cereza de un sol que está a punto de cegarse por unas nubes de lluvia. Continúo mi paseo hasta encontrarme con gansos vivos. Los saludo, ellos se apuran hacia el nado. Disfruto cómo, cuando entran en el río, salpican y graznan canciones de la gran llanura.
Decidí que soy un caminador, no un caminante. Yo a Antonio Machado no le quiero deber nada. A mí ya no me interesa la huella. Y también disfruto, entonces, cómo unas abejas entran en una flor rojiza y tímida. Las investigo unos segundos hasta que un nuevo transeúnte detiene mis preguntas sobre los órganos sexuales de las plantas. Respondo su saludo, me cercioro de que las nubes sospechosas solo sean sospechosas, y al llegar al campo de baseball, un padre da instrucciones a sus dos hijos para que bateen mejor la pelota.
Hace una semana cumplí 33 años. He alcanzado la edad que mi padre tenía cuando yo nací. Mi padre me enseñó a nadar, yo no sé quién le enseñó a nadar a él. Mi recuerdo más viejo es con él y mi madre en alguna playa de Acapulco. Vamos los tres caminando por la orilla. No sé hasta dónde nos dirigimos.
El segundo recuerdo más viejo al que puedo acudir es uno en la ciudad de Chihuahua. Estoy sentado en la parte final de una resbaladilla de cemento. Como mi lonche, y tomo chocolate caliente en un termo que, fascinante, me deja usar su tapa azul como taza. Mis manos están cubiertas por guantes y llevo un gorro de lana. Niños corren también con gorros y guantes y chamarras, y desde donde estoy sentado alcanzo a ver un cerro sin árboles y sin nada que lo acompañe más que una enorme cruz blanca y desértica.
La dimensión de mi vida le pertenece a la sed que es igual de vigente, tanto en el mar como en el desierto. A veces se me ha olvidado, pero los recordatorios llegan en forma de prodigios. Yo, al igual que mi madre guardo piedras secas en mis bolsas, y yo, al igual que mi padre, aprendí mucho de lo que sé en una tarde frente al mar de la Costa Chica.
Mi caminata se prolonga por horas. Cuando estoy en la caminación, mi cuerpo, el día y la noche, que es el transcurrir de todo, van diciéndose amistosamente y ninguno de los involucrados necesita saciarse. Ambos, hambre y el cuerpo que porta el hambre, son a la vez alimento y ayuno. Avanzo, no ya hacia mi muerte, ni hacia mi deterioro, sino crezco y mi corazón es un continente jamás ensayado por las guerras.
A mi parecer, aunque yo he dicho que no sé bailar, esto es la danza, dije.
Y sigo caminando.

II

Estamos los cuatro a la orilla del Río de Arena. Decimos los nombres de nuestras personas fallecidas en los últimos años. Le damos un trago a nuestra cerveza y luego le ofrecemos un trago al río. Digo mis palabras en inglés, pero cuando toca nombrar a mis abuelas les aviso a mis amigos que diré mi discurso en español. Ellas me escuchan, lo sé porque después de que termina nuestra ofrenda me quedo solo y la tarde en el río Au Sable empieza a horadar el agua.
Entro.
Pronuncio mi nombre a la vez que mis manos juegan con el lecho lleno de piedra y alga. Me cantan una canción de cuna y la corriente y yo nos acordamos las edades. Saco la cabeza, respiro. Hondo, respiro. Y ya sentado en un tronco, aprecio el vuelo de un cisne. Escucho cómo mis amigos también celebran el paso del cisne y regreso a secarme cerca de la fogata que han preparado.
En la fogata contamos historias sobre las aves nocturnas y sus señas. Ponemos atención. Perros cazadores han sido desatados a lo lejos, y nos preguntamos a qué clase de animal le están seduciendo la sangre con sus negras narices.
Comemos y ya satisfechos, nos levantamos a jugar con las estrellas. Les cuento que la última vez que vi el cielo así de limpio era apenas un niño de 7 años. Estaba en la sierra de Chihuahua. Me había quedado con mi tío Domingo en el rancho.
En algún momento, mi tío y yo salimos de la cabaña. Pudo ser cualquier cosa, una vaca atorada en un cerco o un caballo sin montura. Mi tío prendía un cigarro. El rojo de su Marlboro parecía una herida a la que le acaban de quitar la costra por descuido. Pensé que eso era lo más brillante que iba a ver, hasta que salimos.
Yo no sabía en ese momento que mis ojos estaban enfermos, pero recuerdo lo que sentí. Yo era un humano que estaba aprendiendo las primeras reglas de las ciencias naturales, pero sabía quién me había guardado en su vientre. Sabía que mi padre era un hombre del mar y que mi abuelo materno era un hombre del bosque. Sabía que mi abuela Piedad me abrazó como si del océano le devolvieran una alhaja que antes tuvo perdida, y que mi abuela Cirila guardaba las manos muy cerca de la estufa de leña.
Pasaron 26 años para que volviera a ver el cielo así, les dije. ¿Y ahora qué miras?, preguntaron. What do you see now?, volvieron a preguntar y antes de contestarles, llegó, para afirmar la prestigiosa diversidad de la noche del bosque, el último canto del gran cuervo norteamericano.

III

Es 19 de julio. Tengo 33 años ahora. En la madrugada, cuando salí de la casa de campaña para orinar, escuché de nuevo a unos animales persiguiendo algo. La noche ya no era luciérnaga y el aire corría menos ligero que horas antes por el frío nocturno. Cuando los animales callaron, pude distinguir el sonido del Au Sable. Quise ir, por supuesto, pero no todos los llamados del río son prodigios amables.
Después ya no escuché nada y regresé a dormir unas horas más.
Despertamos todos al rededor de la misma hora. Ya la luz aclaraba todo el bosque, lo que sea que ocurriera bajo su palabra oscura, en esta hora ya solo funcionaba como advertencia. Me desearon feliz cumpleaños, y cada uno, cuando quiso, bajó al río a bañarse por última vez antes de dirigirnos en las canoas en dirección a la aldea del hombre.
No iniciaba mi vida en el agua desde que mi madre me desprendió de la paciencia acuosa de su vientre. Estaba solo y mi reflejo opaco danzaba como un aprendiz dispuesto a perder la forma. Saltarín, mi cuerpo se sumergió no solo en el agua sino en su propia entraña fétida y limpia a la vez. Miles de manos me pasaron sus dedos por toda mi espalda. El agua fría, llena de besos y afrentas. Yo era amado y a la vez, llena de repulsión hacia mi cuerpo sólido, el agua sabía antes que yo por qué mis ojos fueron cafés y no azules.
Salí con una piedra lamosa entre las manos.
Una piedra que es una soledad de montes y de bosques.

IV

Se me ha hecho de noche, el río Iowa aprende con bastante destreza los colores que va formando la declinación del cielo. Llevo una piedra en mi bolsa, la recogí hace rato cuando visitaba el lugar donde hace unos meses encontré la calavera con astas de un ciervo. En un sueño que tuve el prodigio del ciervo desnudo de su pelaje y cuero me fue avisado. Yo, como buen caminador, hice caso y fui.
Al llegar a mi casa pongo la piedra debajo de los dientes del ciervo. A mí no me da miedo. Esto no tiene que ver con el miedo. Esto tampoco es un signo fácil de la finitud. Esto no es un aviso extravagante de un itinerario silencioso que una criatura con una cantidad excesiva de ojos dispone para mí. Esto es la vida y yo he decidido no volver a rechazar ninguna de sus canciones.

V

Amigos, en esta noche, ¿escuchan mi canción? He llegado hasta la primavera, y después hasta el verano para cantarles mi canción. Una melodía que está hecha con música de mis huesitos y de las piedras que he recogido.
Yo alguna vez dije que no sabía bailar.
Esto es la danza, amigos.
Esto es la danza de los 33 huesitos, bienvenidos.

 

Fancy Man en Fashion Laundry sobre Mason St.

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Mi ropa sucia está adentro de una bolsa azul celeste. En la Mason St sostengo la bolsa a la altura de mis ojos. Inspecciono la hora y el color del cielo. Mi bolsa de ropa sucia es casi igual a la tarde sin nubes de San Francisco. Antes de salir del cuarto pensaba, con vergüenza, que parecía un discreto envoltorio de basura hospitalaria. Ahora la abrazo con bastante confianza y continúo mi tránsito por las colinas. Por unos minutos, otras personas avanzan también con bolsas de plástico y escupen en las calles. Yo aún no tengo ganas de escupir. Camino desde el límite del Tenderloin, donde está mi hotel en Mason, y persigo los bordes de North Beach, cerca del barrio chino, donde está la lavandería.
Hace dos noches una persona que además hablaba español me dijo que no me acercara al Tenderloin. Él encendía un cigarro a mitad de la calle, y cuando me preguntó qué hacía en la ciudad y le dije de dónde era, comenzamos a bromear. Vamos a salir, primos. Ve al Ocean Beach. Nos dimos la mano, volvió a fumar y me confirmó que aquí la policía tiene mejores cosas de qué preocuparse que de la gente que fuma mota. Sus abuelos eran de Guerrero. Al escuchar eso, le mencioné varios sitios. En algún punto yo dejé de enumerar ciudades, o más bien nombres de ciudades, o más bien sonidos, porque él en algún punto dijo, Nunca he ido a México, pero a veces unos primos de allá me mandan mensajes.
“Tenderloin” significa literalmente solomillo, como un corte de carne suave. Pero aquí en San Francisco, es el nombre de un barrio del centro que, desde principios del siglo XX, es una zona con mucha gente sin hogar y consumo de drogas duras en la calle.
La gente con bolsas de plástico deja de aparecer. Desde esta última subida en Mason y Sacramento, ni rastro de ceniza ni olor a orina, y la ciudad tal cual aparecía en mis libros de inglés me presenta un grupo de turistas que se va bajando en el lobby del hotel Fairmont. La camioneta negra y lavada me da el paso. Yo no distingo los ojos de nadie. Hago un gesto de gracias con la mano, sin estar seguro de si alguien se habrá dado cuenta. La última vez que subí caminos tan pronunciados fue, de hecho, en Acapulco. Recuerdo los bochos y los tsurus que han procurado tan bien los cerros de Santa Lucía.
En la siguiente calle, unos visitantes van agarrados de los pasamanos exteriores del tranvía. Seguros y confiados del paseo, toman fotos de los edificios. Yo saldré en una de esas fotos con mi bolsa azul de ropa sucia. La última vez que vi gente agarrada del pasamanos con la mitad del cuerpo fuera del vehículo también fue en la Costera.
Rena-Base.
Subo, con las pantorrillas quemándome los calcetines altos. La luz me dora la parte del rostro que no traigo cubierta por mis lentes de sol. Yo también estoy de visita. La lavandería está justo en frente del Cable Car Museum. Hay personas haciendo fila, ya sea para entrar al museo o ya sea para tomar el cable car.
El cable car, o tranvía de cable, fue inventado en San Francisco por Andrew Smith Hallidie, ingeniero de origen inglés. El ingeniero, que tenía experiencia trabajando con cables de acero en minas, una mañana de lluvia presenció cómo un carro cargado descendía por una calle inclinada. Los caballos que lo tiraban, cinco en total, perdieron el equilibrio. Resbalaron sobre el adoquín mojado. Uno cayó y arrastró a los demás. El conductor gritó, pero no pudo hacer nada. Y los animales, heridos de muerte, quedaron tendidos, jadeando en medio de la calle.
El cable car fue inventado para subir y bajar con seguridad las colinas empinadas de San Francisco. El primer viaje de prueba se realizó el 2 de agosto de 1873, sobre la calle Clay. El pasaje costaba cinco centavos de dólar.
El transporte es tirado gracias a un cable subterráneo en constante movimiento, al que el conductor puede enganchar o desenganchar el vagón manualmente. En casi todas partes este sistema ha desaparecido. La ciudad de San Francisco lo conserva más como parte de su paisaje que por una demanda de transporte público. Cada año, alrededor de siete millones de personas se suben sin mucha prisa de llegar a algún lado, siglo y medio después, por 8 dólares.
Por otra parte, afuera de la lavandería no hay personas esperando. Adentro hay tan solo dos señoras. Ambas sentadas, voltean más bien por reflejo cuando llego. Por la mañana fui al banco a cambiar un billete de 5 dólares por monedas de .25 centavos. El banquero me dio mis monedas en un sobre. Pongo mi bolsa azul cielo y mi sobre en la mesa de la lavandería. La señora al lado mío voltea por reflejo una vez más. Indago en las instrucciones de las máquinas. Están en inglés y en chino. En ambas lenguas se indica que en las máquinas 2, 7 y 11 la puerta debe cerrarse con más fuerza, y que la secadora 17 sí funciona, solo uno tiene que ingresar con más decisión las monedas en la hendidura para que el mecanismo las empiece a contar.
La señora que estaba a mi lado ahora persigue mis movimientos. Ante su atención, y porque en realidad sí necesito la información, le pregunto si sabe cuánto cuesta el detergente. Encima de la mesa, además de mi sobre con monedas y mi bolsa azul celeste, hay un bote rojo de detergente líquido. Ella se llama Connie, sirve un tercio de tapa de su detergente y me lo ofrece. Le extiendo monedas y solo escucho, Come on, please. A pleasure. A su lavadora le faltan 10 minutos. Le doy las gracias. Comenzamos a hablar. Se apellida Gonzales. Hace un comentario sobre los españoles merodeando por todos lados. I’m from Honolulu. Nunca había hablado con alguien de Hawái. Le digo que mi apellido es Valdez y aprendo de su vida.
Connie es una señora de casi 75 años. Nació en Honolulu en 1951, hija de migrantes filipinos originarios de Ilocos. En 1978, cuando tenía 27 años, se mudó a San Francisco. Comenzó trabajando como camarista en un hotel frente al Civic Center. Más tarde fue ascendida a asistente de housekeeping, y finalmente a recepcionista, cargo en el que trabajó durante 26 años.
Me enseña en su celular una foto suya con el uniforme del hotel. Con sus dedos apretados como pájaro, amplía la imagen hacia el hombro derecho. Su anillo de matrimonio refleja mi cara en dorado cuando me acerco a ver la fotografía. En esa foto Connie tiene 33 años. En su hombro tiene un prendedor de ángel. Es plateado y brilla, al igual que los mosaicos del fondo de la recepción donde le tomaron esa foto a Connie. Especifica que lo cargaba en el hombro derecho del uniforme porque ese ángel era el de las buenas ideas. Hago un comentario sobre el lado izquierdo. Ahora amplía la imagen hacia su cabello largo que le tapa por completo esa oreja. Bromeo con ella sobre mi propia suerte, ya que el cabello me tapa ambos lados. Su lavadora termina el ciclo.
A la par que llena la secadora, me pregunta dónde está mi casa. Hace unos minutos, mientras ella me contaba sobre su familia, yo ya le había explicado las fortunas y mi viaje. En vez de volverle a contarle todo, le digo que cerca, que, a unas cuadras, y me presume su cesta con rueditas que le permite subir y bajar su ropa sucia, y luego limpia, por las calles del Barrio Chino.
Se para. Checa el tiempo que le falta a la máquina. Me mira y vuelve a decirme, Hi, my name is Connie. Cornelia. Nos damos la mano por cuarta ocasión, como si hasta antes de ese saludo, ambos nunca nos hubiéramos visto. Después de saludarme, cada una de las veces hace algo distinto con las manos. Esta vez, después del apretón, se acomoda el cabello debajo de su gorra.
That is such a strong name. People don’t have names like that anymore. Like me. Alan. Such a short and simple name. Don’t you think?
Cornelia me vuelve a enseñar la foto de cuando trabajaba de recepcionista. En la foto, Connie sigue teniendo 33 años. Connie, how old were you in that picture? Your hair is gorgeous. Connie me dice, 33, darling, I was 33. Y marca el tono de su edad en la foto, volviendo la mano dominante hacia su cabello delgado y blanco.
Connie, yo voy a cumplir 33, y ella solo dice, Too young, too young. Are you married? Do you have a girlfriend back there in your country? Le digo que no. Me enseña una foto de ella y su marido. Su esposo es muy alto. Ella lo sabe, me lo anota mientras afirma que a su esposo le gustan las mujeres bajitas. Le contesto que quizá más bien a ella le gustan los hombres muy altos.
Después de unos minutos, mi casa vuelve a estar a tres cuadras y Connie me cuenta de su primer día limpiando una habitación de hotel, de la foto con su marido el día de su aniversario, o de su familia en Honolulu. Cada una de las veces yo estoy convencido de que es la primera.
No entiendo muy bien los lapsos, pero no le presto atención porque la señora es más diestra que yo para doblar la ropa. Saluda a una nueva persona que ha llegado a revisar si sus sábanas ya están secas. Cornelia y ella empiezan a hablar de los cestos de ropa. La señora que acaba de llegar le celebra su cesto con rueditas.
Connie extiende una playera negra, está rotulada, y le pregunta a la señora que dobla sábanas si sabe qué dicen los caracteres blancos de su playera.
—Is Japanese?
La otra mujer responde que es chino, que se sabe por un trazo que yo no alcanzo a distinguir.
Connie le pregunta si ella vive cerca de aquí. Cornelia le pregunta de nuevo qué dice su playera. Cornelia le pregunta que por qué ella no tiene un cesto de rueditas.
La señora ha terminado de doblar sus sábanas, llena su saco de ropa y se despide de Cornelia, moviendo la mano al mismo tiempo que mueve los labios en un Zàijiàn.
Connie repite la palabra.
En la foto de Connie de 33 años, su uniforme tiene sobre el lado del corazón bordadas 5 estrellas. Me compartió que cada una eran reconocimientos del hotel por su buen servicio al cliente.
Customers loved my smile, that’s the most important thing.
Connie termina de sonreír y de doblar su ropa. Le pregunto si el uniforme también lo guardó junto con las demás prendas. Yo también amo su sonrisa.
Sale de la lavandería. Nos despedimos una sola vez.
Son las 5 de la tarde. El museo ha cerrado.
Ahora cargo con mi ropa limpia y doblada en una bolsa azul celeste. Las pendientes que subí ahora me jalan precipitado. El sol se asoma, pero los edificios altos vuelven su gesto casi infantil. Aparece y desaparece detrás de cada esquina.
Una persona escupe y después me pide monedas. Cuando estoy a punto de hacer el movimiento del “no traigo cambio”, recuerdo el sobre. Como hace rato creí que no volvería a ocupar monedas, metí el sobre en el fondo de la bolsa azul celeste. Tardo tanto en rebuscar entre mi ropa que el homeless se ha decidido por otra esquina. Mi ropa ahora está arrugada.
Tengo .50 centavos en la mano. El tranvía suena su campana y varios turistas toman fotos. Al darme cuenta, mi mueca de disgusto se dirige mejor hacia una sonrisa de bienvenida. Alguien hoy me otorgará una estrella.

 

 

Una nube pasa y mi sombra se duplica sobre la montaña

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

I

Como una pera. La etiqueta dice nashi pear. Es una pera asiática. La palabra nashi apareció por primera vez en la lengua japonesa en el siglo VIII. Pyrus pyrifolia. Nashi en japonés quiere decir pera. Como una pera pera. Esta repetición en su nombre, coincide con la insistencia de su sabor que es todos los sabores, cada melón y cada sandía y cada rocío de flor acontecen en mi boca. Nunca había comido una fruta así. Es el acontecimiento de mi vida, me digo. Es lo más importante que me ha pasado, me lo reafirmo una vez más al escribirlo en una pequeña libreta que cargo a todos lados. Termino de registrar que la piel de la nashi pear me recuerda a la piel del tiburón ballena. Ambas criaturas, pieles lisas y moteadas. Sigo caminando sin dudar de la maravilla y el sol del verano nuevo.
El calor rápido seca las gotas de jugo que voy dejando sobre el suelo. La fruta acaba sus prodigios. Le aviento su corazón ya sin carne a los gansos que velozmente se acercan. Se congregan varios hasta que la fruta asiática se vuelve noticia en toda esta orilla del río.
Apunto en la libreta miro a los gansos reunirse al lado del río como personas desocupadas. Tacho la palabra miro y escribo la palabra veo justo debajo, casi empalmada en el mismo renglón. Lo que cierra mis notas de este día es una pregunta.
¿Cuál es la diferencia entre mirar y ver?

II

Ver viene del latín vid?re, que significa percibir con la vista. Es un verbo que implica una acción pasiva: simplemente captas con los ojos lo que está delante, sin necesariamente prestar atención.
Mirar viene del latín vulgar mirare, relacionado con mirari, que significa admirarse, maravillarse, asombro.
Merleau-Ponty, el filósofo francés, y John Berger, el crítico de arte británico, también están de acuerdo en que hay una diferencia tangible. Para Merleau, ver es inmediato, un sentido abierto al mundo sin ninguna intención más que la del propio órgano ocular transcurriéndose en la luz. Para Berger, mirar ya supone conocimiento, cultura y deseo. Es un gesto que incorpora lo que sabemos, lo que esperamos y lo que queremos encontrar en lo que tenemos delante.

III

El lenguaje siempre se permite ambigüedades entre un decir y otro que, de hecho, son necesarias para procurar una relación más disponible al asombro, es decir, menos utilitaria con el mundo, donde lo que más se debería privilegiar es cómo le devolvemos signos, así como él nos los entrega sin pedir nada a cambio.
La claridad absoluta, esa confianza en que todo puede decirse sin ambigüedad, tuvo un costo que el siglo XX evidenció: una ambición que se volvió paradójicamente ciega.
Las ideologías que afirmaron poseer un sentido total dejaron a su paso solo ruinas. El nazismo con su convicción de la pureza racial, el estalinismo persuadido de que podía depurar la historia de todo enemigo, la Revolución Cultural que persiguió a cualquiera que se apartara de la línea correcta, y las bombas atómicas que redujeron ciudades enteras a una explicación final de poder. Y ahora, de nuevo, en este tiempo que no deja de expresarse en nacionalismos que se aseveran económica y militarmente, y podemos pedirle a un algoritmo que lea y piense en nuestro lugar, convendría recordar que el lenguaje, sobre todo, no es un espacio de nitidez, sino un lugar donde los matices contienen una verdad más viva que cualquier obsesión de certeza.
En 2017, a la crítica argentina Beatriz Sarlo le preguntaron en la revista Brando, ¿Qué ve cuando mira? La pregunta, aparentemente inofensiva en su uso de ambas palabras, apunta de manera directa al problema de esta conversación. ¿Sinónimos se le llama a eso que creemos que es intercambiable en el lenguaje, a eso que da y señala lo mismo? Y, para empezar, ¿qué es lo mismo?
Sarlo respondió –La mirada se educa. Me pasé décadas tratando de entrenar miradas diferentes. No hay espontaneidad sino trabajo.

IV

Ahora miro este otro día de junio. Estoy subiendo en tren una montaña o, más bien, haciéndole caso a la guía, que va señalando cada tanto las minucias y curiosidades del paisaje, voy subiendo la montaña en un ferrocarril de cremallera, pintado de rojo brillante.
Si sienten frío al llegar arriba, recuerden: no es porque estén mal abrigados. Es que aquí el verano se toma vacaciones. Todos ríen, pero yo no termino de enterarme del humor estadunidense. Desde la ventana, se alcanza a ver un lago de un azul lechoso. La conductora explica que es agua de deshielo que proviene de un glaciar que durante miles de años cubrió toda la parte alta de Pikes Peak.

V

La montaña se llama Pikes Peak en honor a Zebulon Pike, un explorador del ejército estadunidense que en 1806 fue el primero en describirla con detalle, aunque nunca lograra alcanzar la cima por las condiciones extremas del invierno. El primer ascenso total ocurre en 1820, durante la expedición comandada por Stephen Long, un ingeniero militar que se haría famoso por describir las Grandes Llanuras como The Great American Desert. Expresión que durante décadas influyó en la percepción de este territorio como un espacio árido y que había que cruzar con precaución.
Tal entendido animó así los asentamientos de colonias en los extremos de esta geografía. En el este y en el lado opuesto, la gran promesa de la costa del Pacífico, dejando así el Medio Oeste con el calificativo de no apto para la vida, al menos para el temperamento europeo, porque en realidad allí existían numerosos asentamientos indígenas con rutas de comercio, espacios de caza y sistemas de vida que no encajaban en la idea de progreso de los exploradores.

VI

Sin embargo, es importante desmentir la idea de que Zebulon Pike fue el primero. Mucho antes, la montaña ya había sido vista y cartografiada por conquistadores españoles que recorrían el actual territorio de Colorado. Algunos la llamaban El Capitán, por su forma que se alza como un vigía solitario, y otros simplemente la registran como La Montaña. Pero su historia más larga pertenece a los pueblos indígenas de la región. Los Ute la consideraban un lugar sagrado y la llamaban Tava, que significa sol. Para ellos, no era solo un punto de referencia geográfico, sino un espacio de encuentro espiritual y un marcador donde podían mirar el paso definitivo de las estaciones.

VII

El tren sigue subiendo pesado y lento, pintado de rojo brillante, mientras la conductora sigue señalando la flora que crece entre los claros. Habla de los aspen trees, unos álamos de corteza blanca y lisa, marcada por cicatrices que parecen ojos. Cuenta que fueron los pueblos indígenas quienes, según algunos relatos, se dieron cuenta de sus propiedades analgésicas al observar a las ciervas recién paridas acercarse a lamer la corteza para calmar los dolores del posparto.
Lo primero que pienso es si de ahí vendrá la aspirina, pero la conductora se me adelanta y hace la aclaración de que, aunque la corteza contiene compuestos con propiedades analgésicas, el nombre comercial aspirina proviene de la Spiraea, una planta europea que también contiene salicina, y no de este álamo.
Al terminar su explicación, señala al lado derecho un grupo de marmotas de vientre amarillo, que se mueven entre las piedras, y un par de borregos cimarrones, con sus cuernos curvados. No falta mucho para llegar a la cima. El clima cambia bruscamente. La conductora nos pide que subamos las ventanas ahora que estamos más cerca de la cima porque, incluso en verano, la temperatura puede caer por debajo de cero y el viento sopla con violencia.

VIII

Al llegar a la cima, 4 mil 302 metros sobre el nivel del mar, me encuentro con una cafetería, unos baños y una tienda de recuerdos. Parece un centro comercial en las orillas del cielo. Entro a la tienda. Reviso las postales, fotos predecibles de la montaña y su atardecer, pero hay una distinta. Es una imagen en blanco y negro que muestra a dos exploradores que murieron congelados en febrero de 1873, cuando intentaron ascender en invierno y quedaron atrapados por una tormenta que duró dos días. Cuando los encontraron, estaban sentados junto a su equipo con los cuerpos rígidos y la ropa adherida a la piel por el hielo. La fotografía se envió primero a los archivos de Colorado Springs como un testimonio de advertencia para otros exploradores, pero con los años se convirtió en una postal que se vende aquí arriba, en la cima que aquellas dos personas nunca lograron alcanzar con vida.
La compro por setenta y cinco centavos.
Hay algo que me satisface y, al mismo tiempo, se me presenta incómodo. Sostengo la postal mientras miro el horizonte que esas personas solo imaginaron. Siento que estoy faltándole el respeto a algo mucho más antiguo que yo. La sensación, aunque brusca, se aleja rápido de mí.
Guardo la postal en mi mochila. El aire helado, un frío de tundra ártica, se me mete a los ojos hasta que me lloran. Aquí arriba no hay ninguna nube. Es tan alto que ni siquiera proyecto sombra. Las montañas alargan su cinturón más allá de lo que nunca he mirado.
Hay un letrero que dice que, en un día despejado, se puede alcanzar a ver hasta más de 160 kilómetros a lo lejos. A mí no me consta, yo tengo miopía y astigmatismo. Aún así, el azul del horizonte se abre en todos los azules hasta volverse casi el blanco. Pienso por un momento si la gente subirá montañas para responderse la pregunta sobre Dios o por alguna de sus derivaciones.
Miro una última vez al cielo, vacío, vacío, y, por lo mismo, pleno en su cavidad que todo lo contiene. Hacen la llamada del descenso y un montón de personas con las manos llenas de recuerdos se dirige hacia los vagones.
Antes de acercarme también hacia las filas, me agacho, tomo una piedra y la guardo. Esa es mi única ambición.

IX

¿Dónde está Dios?, le preguntan en la misma entrevista a Beatriz Sarlo.
–Dios reside en esta pregunta y en todas las que se interrogan sobre su existencia –contesta.
El tren vuelve a sonar su silbato de descenso. Apunto por última vez en mi libreta, ¿Dios nos ve o nos mira desde acá arriba?
Esta vez no tacho ninguna palabra.

 

¿Qué hacen los pescadores en su tiempo libre?

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
I

Los pescadores son vietnamitas. Aprendo de su país y de la razón de su paciencia un día que camino a lo largo del río Iowa. Uno de ellos le quita la cola a una lobina. Lanza la cola y coincide que yo voy en la misma dirección. La cola cae cerca de mis pies. Me detengo a tomarle una foto. Es una cola gris que, con la luz del mediodía, brilla igual que el agua del río.
El pescador me pide disculpas en un inglés con acento lejano. Yo, con la cola de pez entre los dedos, le pregunto con mi acento mexicano para qué les corta la cola. Con una mano sostiene la caña. Con la otra, el cuchillo.
Son dos hermanos. Anh, el mayor, va ganando. Su cubeta está visiblemente más llena, el lugar donde está parado más humedecido de tanto maniobrar, y alrededor de él varias colas de bagre y lobina forman un semicírculo que delimita su área de pesca de la de Minh.
Minh, el menor, quien habla conmigo, me comienza a platicar de los diferentes tipos de señuelos. Se queja de los métodos estadunidenses de pesca. Me describe el uso de arroz cocido y masa fermentada como carnada. La conversación se interrumpe cuando Anh saca un nuevo pez. Un bagre bastante gordo. El hermano se mira satisfecho. Y el procedimiento comienza una vez más. Una cola vuela por los aires. Yo me despido de los dos hombres.
La represa de Coralville deja caer el agua con velocidad. Me detengo a escuchar el sonido de las gaviotas. Sus clavados. Después, sus ascensos, con el pico lleno de alga y criatura. A veces, gente en bicicleta pasa detrás de mí. Suenan sus campanas o gritan amablemente On your left para avisarme de su prisa.
Sobre la represa hay un puente. En uno de sus extremos hay un kiosco. Protegido por vidrio, muestra paneles con información sobre la represa. Explica que la construcción empezó en 1949, como parte de un plan federal para controlar las crecidas del río Iowa. En 1950, con el inicio de la Guerra de Corea, el proyecto se detiene. Muchos recursos, maquinaria y trabajadores son destinados a tareas militares. La obra queda en pausa durante varios años. Se reanuda después y termina en 1958.
Detengo mi lectura sobre el nada azaroso itinerario de la construcción a la guerra. Cruzo. Su diseño se permite balcones que dejan a los caminantes observar desde arriba la caída del río, casi como si uno estuviera revisándole la nuca al agua.
El río Iowa nace cerca de Belmond, un pueblo agrícola en el norte del estado, donde se unen dos afluentes menores: el East Branch y el West Branch. Desde ahí cruza tierras de cultivo, silos y caminos rectos. Pasa por Iowa Falls, una ciudad pequeña con viejas represas industriales. Sigue hacia Marshalltown y Grinnell, zonas de paso y colegios rurales. Luego, hacia el sur, recorre campos bajos, hasta desembocar en el Mississippi, cerca de Toolesboro, un asentamiento junto a los restos de antiguos montículos indígenas.
Hace unas semanas, buscando sitios de interés histórico para visitar en vacaciones, me topé con fotos de los siete montículos. Gente del río que habitaba el valle del Mississippi hace más de 2 mil años los levantó. Pertenecieron a la tradición Hopewell. Se asentaban por temporadas, cerca del agua. Pescaban, recolectaban frutos, cultivaban algo de maíz. Viajaban en canoas y comerciaban a larga distancia: cobre, obsidiana, conchas, piedras talladas.
Los montículos que dejaron fueron tumbas y espacios ceremoniales. Los construían por capas, con tierra traída de distintos sitios. Sirvieron para enterrar, pero también para marcar el vínculo entre los vivos y los muertos. Los colonos europeos que llegaron después, ciegos a ese propósito, los confundieron con elevaciones naturales o los removieron sin saber qué eran. Su valor arqueológico no se reconoció sino hasta bien entrado el siglo XX. Desde los pocos que aún permanecen, todavía se alcanza a ver el ancho del Mississippi.
Al llegar al otro lado del puente, decido bajar a la orilla y estar lo más cerca que pueda del agua. Distingo a los hermanos Anh y Minh.
Desde aquí, a pesar de mi deficiente visión, podría afirmar que ninguno de los dos ha cambiado de postura desde que hablé hace rato con ellos. Me inquietan las razones de la pesca. Todo el seseo del cauce está lleno de personas entregadas a su signo.
Gente sigilosa mira el trayecto de un hilo que se va volviendo invisible entre más se acerca al agua. Pareciera que en realidad lo que acaba de sacar a los peces de su vida de pez no es el anzuelo ni su tirón, sino otra voluntad desconocida.

II

Para este momento de mi vida, debo admitir que no sé los apellidos de mi tío político Sotero, que también era nuestro vecino en Acapulco. Ni siquiera estaba seguro de cómo se escribía. Tuve la tentación de escribirlo con zeta. Luego, al corroborar, descubrí que Sotero va con ese. Igual que un papa del siglo II, griego de origen, que llevó ese nombre cuando la persecución a los cristianos aún era parte del paisaje romano. Sotero viene del griego s?t?r, que significa salvador.
Este pontífice fue elegido mientras gobernaba Marco Aurelio, quien, cuando perseguían a papas bajo su gobierno, cultivaba el arte de la escritura en sus Meditaciones.
De mi tío, por otro lado, lo que recuerdo es su religiosa entrega a la Corona, los 10 pesos que siempre me daba de propina cuando le traía las cervezas en una morralilla que también usaba para la masa y el mercado, su destreza para la pesca y la caza de iguana, y su enorme cariño por cualquier tipo de árbol o planta. Don que supo ser su fuente de trabajo, al menos por los años que conviví con él, en el Club de Golf al lado del Centro de Convenciones.
Las tardes de los sábados mi tío pasaba las horas a la orilla de la playa de Icacos. No usaba caña. El sedal lo tenía amarrado a una botella vacía de plástico, a veces de refresco, otras de agua, o a una lata vieja que encontraba. Enrollaba el hilo con cuidado, lo sujetaba entre los dedos y, tras balancearlo un par de veces, lo lanzaba al mar con un solo movimiento de brazo. El anzuelo iba cargado con carnada simple: camarón, masa, a veces un pedazo de tortilla.
Como a las 8 de la noche, ya cuando el sol por completo se había retirado, se regresaba caminando desde ahí hasta el cerro de la Hermenegildo Galeana, con una cubeta en la mano, cargada con tres o cuatro mojarras, un par de lisas plateadas y, si había suerte, algún ronco o un pargo pequeño. Sin falta, antes de entrar a su casa, le gritaba por una ventana a mi abuela, doña Pieda, doña Pieda, mire mi jefecita chula, ya le traje su encarguito pa’ mañana. Mi abuela ya sabía la encomienda, entre hacerlos fritos y pa’ caldo. El tío, gustoso, se quedaba el resto de la noche del sábado bebiendo, a sabiendas de que al siguiente día habría un remedio infalible para la cruda.
Además del pez que le regalaba a mi abuela, cuidaba de sus plantas, trayendo abono y tierra negra de la que usaban en el Club de Golf. De vez en cuando, también traía brotecitos de anturios, crocosmias, clivias, heliconias, palmas triángulo, bromelias de flor rosada. Mi abuela, rápido, les hacía huequito o desocupaba una maceta para ver si lograban pegar y crecer.
Sotero también era bueno para cazar iguana. Sabía en qué parte del cerro se escondían, a qué hora salían al sol, qué ruido hacían al moverse entre la hojarasca. Arrancaba tomatitos de sus matas, los partía a la mitad y los dejaba como cebo entre piedras calientes. Volvía al rato, como si supiera con exactitud cuándo aparecerían. Las atrapaba sin apuro, con un palo largo o con la mano. Después se las daba a alguien para que se la preparara en caldo rojo.
Ahora, mientras recuerdo a alguien en quien no pensaba desde hace tantos años, me doy cuenta de que Sotero era un entregado a los placeres de la naturaleza. Donde quiera que estés, tío, ojalá estés alivianado.

III

El último pescador del que me acordaré hoy es mi tío Licho. Aunque hace no tanto mi madre me dijo que el nombre verdadero de mi tío es más bien Felícitos. Mi madre culpa al calendario.
Felícitos viene del latín felicitas, que significa alegría, buena suerte, bienestar. Es un diminutivo antiguo, poco usado, que suena más a santo que a persona viva. Licho es un entregado del bosque. Cuestionado también por la familia, hombre dado a los placeres rápidos y lentos, bebe y camina, a veces al mismo tiempo. Se dedica a cortar pinos en la sierra de Chihuahua y, cuando no, sobre todo cuando no hace frío, se va al presón o a cualquier cuerpo de agua con la mínima capacidad para alojar el nado de unos peces, y se pasa horas fumando hasta que algo pica y ya está lista la merienda.
Mi madre cuestiona la vida sin estrés de mi tío. Yo entiendo su queja, pero no por desaprobarla, sino porque envidio que su vida sea una vida volcada al ocio en su forma más pura, un ocio que desarticula por completo la idea más moderna de la prisa. Mi tío nunca ha estado yendo a ningún lado. Y con esto no quiero decir que no se mueve de lugar. Es un caminante, un merodeador, alguien que ha sabido reconocer que la sombra es el lugar más cómodo del árbol.
Las conversaciones con mi tío siempre han apuntado hacia lo mismo, Oiga, pero Alan, ¿qué tan grande es el mar?, ¿y los barcos, de dónde vienen y a dónde van?, y en las noches, ¿qué se siente meterse al agua? Solo una de esas preguntas he podido contestarle.

IV

Yo, claro está, no pertenezco a la estirpe de los pescadores. No tengo la paciencia para aguardar el jaloneo que viene desde adentro del agua. Ese no es el tipo de seña que me interesa. Sin embargo, cada vez que intento explicarle a alguien lo que significó para mí haber crecido mirando el Pacífico, inevitablemente pienso en esa línea de Hemingway, ¿Por qué hicieron pájaros tan delicados y finos como esas golondrinas de mar cuando el océano puede ser tan cruel?
Termina el día. Los pescadores recogen sus sillas y sus cañas. Desde las jardineras empiezan a salir animales que vienen a lamer la sangre de pez que ha quedado humedecida.

 

 

Y los fuegos que los pastores encendían en las riberas

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

I

En un momento de la biografía de Magallanes escrita por Stefan Zweig, los barcos llevan semanas navegando hacia el sur, con la desesperación de encontrar la hendidura en la tierra que confirme que el mundo, de verdad, se puede rodear.
Entonces, una noche, ven fuego.
Al principio creen que es una tomadura de pelo provocada por el cansancio, una más de otros cientos de ilusiones provocadas por demasiado sol que se repite vacío sobre el azul del mar.
Pero no.
Fogatas en la orilla.
Fuego en la costa negra.
Los hombres miran con sospecha desde la cubierta. Es de noche. La costa no es una línea, sino una masa oscura pero quebrada por los brillos.
Se mantienen firmes, apostados a babor y estribor. La costa no muestra sombras en movimiento. Sin embargo, las piedras que rodean los fuegos se alargan en sombras como señores altos y opacos.
La quietud enemiga resulta antinatural. Uno de los marineros rompe formación y lanza un grito hacia la costa. Es una llamada seca. Nadie responde. Otro levanta el brazo. Luego dos más. No hay réplica. Los hombres siguen vigilando los brillos con orejas y ojos, hasta que la oscuridad de un peñasco los borra por completo.
En los días que siguen, alguno lo menciona otra vez.
¿Quién las encendió para nosotros?
¿Ellos habrán llegado aquí primero?
¿Eran direcciones? ¿Eran advertencias?
Y si hablaron, ¿qué fue lo que no escuchamos?
Habían salido de España con cinco naves, ahora quedaban tres. La Santiago se había perdido en la costa patagónica durante una misión de reconocimiento. La San Antonio, la más grande, había desertado semanas antes, regresando sola a Europa. Durante el invierno en Puerto San Julián, un motín casi destruyó la expedición: Magallanes mandó a ejecutar a uno de los capitanes y dejó a otro abandonado en tierra.
Hubo muertos por escorbuto y frío.
Otros se rindieron antes de saber adónde iban.
De los más de doscientos sesenta que partieron, quedaban unos ciento ochenta y contando.
Antonio de Pigafetta, un noble italiano que viajaba como cronista de la expedición, registra el nombre: Tierra del Fuego.
Después de eso, el pasaje se vuelve más difícil. El mar se angosta, se parte en canales, se multiplica en sus desvíos. El estrecho les toma casi un mes. Unos días navegan entre montañas negras, maltratados por los vientos. Luego, hay días en los que no avanzan porque ningún viento va hacia ningún lado.
El 28 de noviembre de 1520, después de trece meses de viaje, los tres barcos alcanzan mar abierto. El océano que se abre frente a ellos está parejo. La sensación de horizontalidad después de amplias tormentas los hace dudar de nuevo del presagio. Una extensión inmóvil, como si el mundo, por fin, hubiera dejado de oponerse.
Magallanes, anonadado ante tanta indiferencia del océano hacia sus barcos, le acaba llamando Mar Pacífico.
Magallanes no completa la vuelta. Muere meses después, en Filipinas, en la isla de Mactán. Desembarca con unos pocos hombres para intervenir en un conflicto local. Lo mata una lanza donde no lo cubría el metal de su armadura. No en una tormenta, ni en un naufragio, sino en una orilla, bajo el sol azul y vacío, a la mitad de un mapa insatisfecho.
El mando queda en manos de Juan Sebastián Elcano, marino sin mito, sin idea. No conduce una hazaña: regresa. Llega a España con una sola nave, dieciocho hombres y una ruta cerrada.

II

El Hotel Elcano fue construido en los años cincuenta, frente a la playa Icacos, cuando Acapulco empezaba a convertirse en un destino internacional.
Desde el Hotel Elcano hasta la casa de mis padres hay 3 kilómetros de distancia.
Para llegar a su casa hay que atravesar toda la colonia Costa Azul. Ahí, las calles llevaban nombres de conquistadores, exploradores y cronistas: Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Sebastián Vizcaíno, Bernal Díaz del Castillo. Pero también estaban el Capitán James Cook, el Almirante Peary, Fernando de Magallanes. No importaba de qué imperio venían: todos habían cruzado el mar.
En el imperio donde crecí, los protagonismos históricos que dan nombre a sus pasajes y tránsitos responden a preocupaciones menos marinas, pero decididamente sí más terrestres. La colonia Hermenegildo Galeana fue formada a mediados del siglo pasado, cuando muchas familias empezaron a ocupar los terrenos altos que aún no tenían trazos oficiales. Primero llegaron por su cuenta, con permisos provisionales, después con actas comunitarias, después, sin nada.
Las calles suben o bajan en zigzag, sin banquetas, con nombres de luchadores agraristas y figuras de la Revolución: Rubén Jaramillo, Ricardo Flores Magón, Emiliano Zapata.
Si uno anda caminando de buen ánimo es media horita de bajada, todavía sin la mera resolana, pues. Pero de regreso, después de la chamba o de jugar futbol ahí merito en la playa, pues ahí que sí se siente como una hora entera. Pero pues ya tú vele midiendo.
Eso sí, esa pinche subida cómo pesa.

III

Esa pinche subida. En mi casa todos hemos padecido esa pendiente. Caídas, bajar a oscuras, subir con la despensa también a oscuras, bajar la basura, cargar un electrodoméstico, sentir vergüenza al traer visita, envejecer, la entrega de la correspondencia, comprar una mesa, comprar una cama, comprar una maldita enciclopedia a pagos. Pero eso sí, nunca hemos dejado de presumir –casi como consuelo, casi como orgullo– que allá arriba la vista es increíble. Y es que sí lo es.
Siempre que regresábamos de la playa del Cici con mi abuela y con nuestra prima Isidra, mis hermanos y yo jugábamos con ellas a adivinar dónde estaba nuestra casa. Desde lejos, entre ese cuerpo de focos que no buscaban formar ningún orden, tratábamos de encontrar el del jardín de doña Piedad, el que mi abuela dejaba prendido, colgado de un cable rojo y largo que subía por una de las ramas más fuertes del amate.
Su vena nueva no era solo la marca del vigor de un árbol que creció y aguantó los cambios de la noche a la mañana en nuestra colonia. Otros árboles habían sido talados. Casas de palma y cartón convertidas en casas de obra negra. Pero nuestro amate seguía ahí, con un foco colgando para alumbrar la llegada de mi madre y de mi padre, de mi abuela y de mi prima, cada noche, después de volver con una bolsa de pan para compartir con quienes aún estuvieran despiertos.

IV

La Victoria entra en el puerto de Sanlúcar de Barrameda, al sur de Castilla. Es 6 de septiembre de 1522. Llevaban tres años de navegación. Salieron más de doscientos sesenta. Regresaron dieciocho.
El barco con el anuncio de ninguna trompeta. Lo ven primero los descargadores del muelle, luego los escribanos. El casco suena hueco. El aire huele a cuerda mojada.
A bordo viene Juan Sebastián Elcano, un marino sin rango cuando partió, nombrado capitán solo cuando ya no quedaba nadie más.
Carlos I los recibe en Valladolid meses más tarde. Allí les concede un escudo. En él, escrito en latín, una frase: Primus circumdedisti me.

V

Nunca me he sentido completamente seguro de haber divisado mi casa desde lejos. Creo que las veces en que he estado más cerca he reconocido su tinaco, o el tinaco del vecino, pero en realidad no sé si haya podido alcanzar a ver la casa desde la Costera.

VI

Crecí viendo el mar.
Pienso hoy –en el instante saltarín, vago, incluso, en que lo escribo– que siempre viví con el deseo del mar. No porque no estuviera. Estaba. Ahí, enfrente, diario, como una puerta abierta que nadie usaba y que nadie, sobre todo, podía cerrar.
Lo miraba desde el lavadero de la azotea mientras enjuagaba una cubeta con trastes o mientras barría la mierda de los perros que cuidaban la casa. El océano ahí, azul, cada día, mostrando una cara llena de nubes muy distintas entre sí.
Desde mis primeros años, cuando mi madre me arreglaba el pelo, o me ponía el uniforme o yo me aprendía las capitales de mi país y su distrito federal, yo miraba también el mar.

VII

La luz se acaba de ir. Mi abuela me manda a buscar las velas en el cajón. Isidra abraza a mis hermanos y los ayuda a salirse al patio para que no vayan a caerse bajando las escaleras.
Al bajar uno de mis hermanos le dice al otro: Oye, Carlos, me estás pisando con tu garra. Yo no encuentro las velas, pero me empiezo a reír de ellos dos. Carlos tiene 7 y Yohel 6. Mi abuela al final las acaba encontrando adentro de la máquina de coser. Nos reímos en la oscuridad de la sala de su casa. Me dice: Primero prende, mijo, las veladoras grandes. Las que están cerca de la mesa.
El encendedor se ahoga. Ya voy abue, ahí voy. Solo inflama una chispa rápida. Afuera, mis hermanos arrastran una vara en la oscuridad. El sonido de la vara de nanche coincide con mi intento de prender la flama del encendedor. Lo consigo. Prendo todas las velas que mi abuela me ha indicado, separándolas unas de otras.
En el patio mis hermanos se abrazan de Isidra, yo abrazo a mi abuela.
Rato más tarde alguien viene por la vereda. Oímos la arena pisada por las patas del perro, y ya luego el crujir bien de la gravilla con las sandalias de una vecina de allá más arriba, a la que mi abuela saluda y a la que solo le dice: Comadre, ¿no quiere una vela para la subida?
La señora acaba yéndose con un pan, unos limones que mi abuela cortó de su árbol en la mañana y una vela encendida que va trazando su círculo al mismo tiempo que la vecina avanza con su mandado.
El apagón esta vez ha llegado hasta la zona de Las Brisas. Solo algunos edificios y hoteles en la parte de Caleta están con luz. Mi abuela dice que el calor hace que la luz se vaya. Isidra, mis hermanos y yo le creemos a mi abuela. Y es verdad, hace mucho calor y seguimos comiendo los nanches que nos acaba de pasar.
En todos los cerros se ven fogatas. Mi abuela e Isidra prenden una fogata. Yohel y Carlos juegan con sus manos y hacen sonidos de aviones cayendo. Mi abuela nos empieza a contar una historia. La historia tenía que ver con por qué el armadillo sabe a tres carnes distintas cuando lo cocinas.
Porque Dios lo hizo de tres animalitos distintos: pollo, cerdo y res. Mijo, muy fácil, namás que vaya al mercado te enseño uno, para que le veas la pancita de tres colores como la tiene. Escuchamos la historia, pero luego, de la nada, en medio de un aire o una brasa, la luz llega y el mar de noche, y el cerro, las pocas luciérnagas que medio se habían asomado.
Unos vecinos gritan y aplauden, y todas las fogatas desaparecen. Le echamos tierra y un poco del atole de un vaso a la lumbre que habíamos hecho.
Mi abuela nos manda a dormir.
Nos dormimos con el ventilador en el 3 y un raidolito morado encendido.
En la cama, sin cobija y jugando con la cera de una de las velas del buró, mis hermanos y yo nos repartimos un distinto animal de la fábula del armadillo.
Bromeamos muchas veces con el pollo.
Bromeamos muchas veces con la res.
Nunca bromeamos con el cerdo.

 

Yangban tal

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Estudiantes, con ayuda de sus padres, desalojan los dormitorios de colchones individuales, lámparas y papeles doblados. Camionetas y personas con lentes de sol coordinan mudanzas y sudan afuera de los edificios departamentales del campus. Después de cuatro años de universidad, los padres, así como trajeron a sus hijos, ahora vuelven por ellos. Personas nuevas, con el brillo de un verano porvenir a la orilla de un lago, llenan sus vehículos con utensilios quién sabe si adecuados para su nueva vida.
Cruzo la avenida y llego al edificio. Voy a aplicar el último examen de español del semestre. Les agradezco a cada uno por su atención durante los meses. Doy indicaciones. El examen es en el sótano del edificio de lenguas extranjeras. Abro una de las ventanas para que se disipe el calor encerrado.
Escucho los pasos de personas en la banqueta exterior. Por el tono de sus voces, no tienen idea de que hay gente escuchándolos bajo sus pies. Mis alumnos también platican entre ellos. Apenas alcanzo a oírlos, pero los observo. No se parecen a nadie que haya conocido antes. Sudan. Lentamente sudan. Se apuran frases en inglés. Mueven las manos, apuntan, ríen, confirman. Yo los miro, pero no los entiendo.
Anoto al último alumno que faltaba por llegar. Les deseo buena suerte. Ellos atienden mi instrucción. Parece muy fácil todo, parece que no hay ninguna sospecha, hasta que, minutos más tarde, un alumno levanta la mano. Señala con el índice una palabra en la pantalla: langosta.
—What is a langosta? —me dice, tocando la palabra con el dedo.
Le contesto con otra pregunta:
—¿Te gusta el seafood?
En sus ojos hay una sensación muy cercana a la respuesta, pero solo cercana.
—Langosta is a fish? Is camarón? —me vuelve a preguntar.
Yo lo miro a los ojos, casi deletreándole la palabra con cada pestañeo. Duramos así unos segundos, hasta que otro alumno levanta la mano y me retiro, dejando en el aire un:
—Almost there… ya casi, ya casi.
Algunos, al terminar, me miran y no dicen nada más que adiós. Otros se acercan y se despiden dándome la mano. Algunos solo mueven la cabeza y sonríen. Unos más me desean un buen verano.
Pero hay un caso más específico.
Tengo un alumno de Corea del Sur. Usa nombre americano. Jackson. Estudia psicología y siempre llega temprano. Comparte sus impresiones del examen. Confía en que sacará los puntos completos. Yo también confío. Se lo hago saber.
Sus frases son de despedida. Antes de irse, abre su mochila. Me cuenta que en su país ha habido cinco mil guerras. Me habla de lo que hacía la gente durante siglos cada vez que veían barcos amontonándose en el Mar Amarillo. Me habla de volver a Corea después de cinco años.
Antes de darme el objeto, me dice que en Corea del Sur aprender idiomas es un rasgo de estatus. Me obsequia una máscara en miniatura: una pieza de madera, con un cordón delgado para usarla como colgante.
—Yangban tal —aclara, señalando la pequeña cara tallada.
Yo repito la palabra con el rostro burlón entre mis manos, y Jackson corrige mi pronunciación.
—Means good luck –dice–. I don’t need it anymore. You need it.
Nos damos la mano. Le digo que ha sido un placer tenerle como alumno. Le digo que ojalá no olvide el español que aprendió este semestre. Su visa expira en tres semanas. La próxima deja Estados Unidos.
¿Dime, Seungjin, yo cuánto tiempo estaré en este país?
El salón se vacía y yo me quedo con una sensación cercana a la respuesta, pero de nuevo, solo cercana. A ellos los conocí en enero, ya es mayo. Acomodo las sillas del salón de cómputo, cierro la ventana. Ya no se escucha a nadie afuera en la banqueta hablando mal de otro compañero de oficina. Apago las luces.
Al salir del edificio recuerdo una vez más las preguntas del examen:
¿Qué haces cuando tienes hambre? ¿Prefieres bistec o langosta? ¿Prefieres comer solo o con amigos? ¿Te gustan las frutas? ¿Qué haces cuando tienes sed?
Cuando tengo hambre yo como la fruta.
Prefiero yo langosta.
Prefiero comer.
Mi fruta la mora azul.
Yo tomo el vaso de agua.
Las tardes duran cada vez más aquí en este norte. Aún a las ocho y media se puede apreciar un poco del día en las comisuras del cielo. La labor de los padres y sus hijos se ha disipado. En la calle no hay más que estudiantes dirigiéndose en trote por la orilla del río.
El atardecer de hoy es desconocido para mí. No me recuerda ningún lugar. No me informa de direcciones nuevas. Es bellísimo, eso sí. Sus colores abarcan la misma sobriedad de párpado que tiene una uña. Maquillada del centro hacia afuera en rosas, blancos y morados. Pero no sé para quién se abre esta mano. No alcanzo a leerme en su signo. Me regala bien la sombra, bien la intuición de que hoy fue este día, pero por más, avanzan inútiles, y yo los veo.
Miro la máscara. Yangban. Practico mi pronunciación.
Yang-baan y la tarde.
Yang-baan y la tarde y sus pájaros burlones.
Pienso, una vez más, en los alumnos dejando el salón. Trato de recordarme a mí, dejando el salón cuando acabé la universidad.
No se logra una imagen clara, apenas un pasillo largo, iluminado naturalmente porque sus ventanales así lo procuraban. Llevaba el cabello igual de largo, o menos. No lo sé.
Sin embargo, el itinerario que siempre asocio a mi última vez en la universidad fue una conferencia sobre cómo leer. La daban dos profesores, ambos, para mí, siempre serán admirados protagonistas de mi formación universitaria. Habitaba en ellos la generosa suma de inteligencia y vida privada que los hacía seductores: hombres seducidos de sí mismos que, por fortuna, decidieron enseñar.
Los dos habían sido compañeros en la facultad. Claro que el gran rumor que giraba en torno a ellos era que su enemistad se debía a la vanidad y la competencia. Como alumno, disfruté de su riña.
Ese día el profesor de Santisteban, un entregado de la filosofía, dijo:
Les voy a compartir, y espero que también les sea de utilidad, una experiencia que yo he puesto en práctica en mi trabajo de investigación, inspirada por Nietzsche.
En una ocasión leí una frase suya que me pareció genial: “Desconfía de todo pensamiento que haya surgido estando sentado. Me pareció genial, ¿no? Y es que Nietzsche, en realidad, fue un pensador peripatético. Ese era su método: caminatas, caminatas largas en medio de la naturaleza.
Nietzsche es el más grande peripatético del siglo XIX. Y él redescubre lo que ya había descubierto Aristóteles: que hay una relación profunda entre el pensamiento y el movimiento del cuerpo.
Cuando acabé la universidad también pasó que comencé a trabajar en un call center. Atendía llamadas representando a una paquetería gringa. El trabajo consistía en asumir unas maneras corporativas de la puntualidad y, sobre todo, jamás, sin importar lo que esté ocurriendo del otro lado del teléfono, tienes derecho a colgar primero.
Saliendo de la universidad no me volví un peripatético. Pero hoy que trato de acordarme de qué es lo que hice en mi último día en la universidad, aquí, en este mayo de una década muy distinta pero consecuente con las distracciones anteriores, voy caminando, entregado a la idea de que el único instante en que mi cuerpo y el mundo van al mismo ritmo es al caminar bajo la luz de la noche y el día.
De regreso saco los plumones de la mochila. Rompo las listas, un corte tras otro hasta que mi criterio está de acuerdo con las formas y pedazos de papel. Son las 9 pm. Solo la luz artificial acomoda las calles. Leo las tareas finales de mis alumnos. Me doy cuenta de que no importa qué tanto mejore mi pronunciación y mi gramática, nunca voy a decir correctamente este mundo.
Los califico. He disfrutado observar cómo otros seres humanos adquieren una lengua de la que yo nunca podré estar dividido. Enseñarles español fue como si tuviera que explicar por qué mi fruta favorita es mi favorita. La respuesta más sencilla hubiera sido decirles: no sé, así se lo escuché decir a mi madre, y luego yo lo saboreé. Resultó que esa fruta tenía un nombre, y ese nombre estaba relacionado con el mundo.
Es decir: si la fruta caía magullada, los insectos se la comían, devoraban su azúcar traduciendo la carne de la fruta en algo químico. Pero si la fruta era robada del árbol, eso quería decir que había una decisión sobre el color y el temperamento del día. Y en ese caso, solo hay un tipo de verbos que tienen sentido.
Pero no, esa no fue la respuesta que les di. Y practicamos preguntas y respuestas:
¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Qué color es este?
Termino de revisar sus tareas. No tengo idea de si vuelva a ver a alguno de ellos. Seguramente. Por ahí, teniendo unas edades. Salgo a comprar cerveza para celebrar que he acabado de calificar.
En la tienda me piden mi identificación. Enseño mi pasaporte. En la foto de esa identificación yo tengo 23 años. Es la única fotografía de cuando yo tenía 23 años.
Guardo mis cervezas en mi bolsa. Camino de regreso a mi casa. Por la misma banqueta viene un grupo de universitarios. Son más o menos unos diez, doce. Al cruzármelos, el olor de sus lociones y desodorantes me acaba de dar la idea completa de la primavera.
Icónicos, ellos van a una fiesta. Y yo, tratando de ser disimulado, continúo tres aceras más hasta el patio de mi casa.
Una casa antes de la mía, otro grupo de estudiantes coincide conmigo. Escucho sus palabras. Yo sé inglés, me repito. Yo sé qué significa esto. Me siento espía, creo que no saben que yo los entiendo. Ninguno me mira, ninguno me sabe.
Yo sigo escuchándolos hablar del fin de curso mientras el tintineo de mis llaves se equivoca una vez más de cerradura.

 

Este es su corazón, ¿ya lo vio?

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Desde agosto del año pasado no salía a la calle en shorts. Es domingo. Traigo unos tenis. Es abril. Una playera de manga corta y son las 8 de la mañana. Parece que estoy listo para empezar a correr. Parece, solamente.
Recuerdo la última vez que corrí. Fue en Aurora, Colorado. Mientras respiraba con apuro, alcanzaba a ver la nieve que nunca termina de irse de las montañas. Después de 20 minutos trotando, me detuve. Fingí que el sol desértico y a la vez frío era lo que me había agotado. Me acerqué a la orilla, vi unos patos de primavera y a unos pescadores. Días más tarde de mi tentativa atlética, recibiría la noticia que me hizo venirme a vivir a esta ciudad del Midwest. Ninguna de las dos cosas está relacionada, y, sin embargo, ambas han modificado mi anatomía.
Aquí en la ciudad de Iowa nunca he corrido. Solo camino por horas en las tardes a lo largo de su río pausado y enfermo. Mis caminatas, a diario, abarcan los mismos lugares, con unas mínimas variaciones provocadas por la agilidad de un árbol o de algún animal que me sugiere una dirección más prolongada.
Camino, no sé si pienso, no sé si me llega una idea astuta para entender el día, solo camino, escucho música, le pongo nombre a una cuenca y después de eso le tomo algunas fotos. Es decir, documento mi paseo para una posteridad anónima, que en cierta forma soy yo mismo.
Rara vez interactúo con otros paseantes. Personas más deportivas que yo, dirigiéndose con una seguridad que solo tienen los que nacieron con la tilde anglosajona encima. Yo, regreso, sí, el saludo amable, pero pocas veces sostengo la mirada. Me interesa más cómo del otro lado del río la hierba crece con menos orden, abierta, sorda a la insistencia de estas ciudades.
Admito que este orden repetido en cada condado me cansa, pero a la vez es el que me permite ir sin estar mirando hacia atrás, aunque sea de noche. Contradicción importante con mi origen, porque me hace pensar en la destreza mexicana para erradicar sus banquetas, pero a la vez esa toma, agresiva o no, del espacio público me hace sentir menos vigilado. Ya no me discuto si el verbo es extrañar o es esperar una imagen específica de México que me explique mejor mi cuerpo en esta geografía. Mi vida ha sido y, seguramente, será un nomadismo tibio porque, aunque sueñe con el amplio y severo claro del bosque, hay cosas que aún exijo de este mundo como si algo me debiera. Me avergüenza decirlo así, suena demasiado utilitario. Quizá mejor decir que no me entrego al lenguaje feral de las ramas y sus sombras porque mi madre entristecería si ya no supiera de mí.
La última parte de mi caminata la abarca mi llegada a Coralville. Antes de atravesar el puente que une a la ciudad de Iowa con la villa de los arrecifes, me detengo a leer una piedra con una placa.
El mineral me explica que, en 1866, tras encontrar fósiles de coral en la piedra caliza del río Iowa, los habitantes decidieron nombrar Coralville al asentamiento. Hace aproximadamente 375 millones de años esta región formaba parte de un mar poco profundo. Los fósiles todavía se encuentran incrustados en el terreno.
Muchas veces me he acercado a las orillas y escarbo para ver si puedo guardarme algún rastro de ese mar desconocido en las bolsas. Acabo sacudiéndome las manos vacías, casi como un aplauso para el espectáculo maravilloso que es no entender realmente que este mundo siempre ha estado formado por otros mundos.
Yo aún no entiendo el que me tocó.
Cruzo la calle, en la esquina hay gente bien vestida que se dirige a la iglesia. La resurrección de Cristo en inglés y en latín.
Es domingo, camino en pantalones cortos y narro mi vida en español. Es la única lengua que me sé. O debería decir, es la única lengua que no reniega de mí. De Cristo, por otro lado, no digo ni celebro, pero me aprendí el Credo cuando tenía 8 años.
Dejo, por fin, las casas y los edificios departamentales. Ahora sí, como los otros días, voy al lado del cauce. Gente igual de laica que yo, también va con sus perros. Desaparecen en la siguiente curva, pero me quedo con la certeza de que es verdad que todas las cosas se parecen a su dueño.
Cuando vivía en Acapulco llegué a ir al Centro de Convenciones a correr. Veía a dueños con sus perros trotando por la orilla de la tarde. Esquivaban mangos aplastados en su propia caída. A veces los perros no podían continuar dóciles y deportivos como sus dueños y se entregaban al banquete de pulpa amarilla esparcida sobre las aceras.
Los amos jalaban de la correa. Los perros masticaban cáscaras reventadas. Y otras personas más adelante recogían los mangos en bolsas de plástico. Se daban el lujo, no solo de levantar los menos magullados del suelo, sino de zarandear el árbol hasta que las ramas, seducidas al punto antes del doblez, entregaban todos los frutos.
Cuando acababa mi ejercicio, cruzaba la Costera exactamente por la entrada de Plaza Francia. La calle se emancipaba de su ruido tránsito y el oleaje comenzaba su seseo. Había hombres recogiendo camastros y sombrillas. Dorados por el sol de años, con playera o sin playera, se apuraban mientras bebían una caguama y bromeaban de cualquier cosa. Yo, ante la orilla, me quitaba los zapatos, metía mis calcetas adentro del calzado y comenzaba a caminar. Llegando justo al amontonamiento de rocas que dividen la playa entre el Calinda y el Fiesta Americana, me sentaba a molestar a los cangrejos, aventándoles las cáscaras de los mangos que me había guardado en el short.
La arena, aún caliente por horas de sol, y la gente en traje de baño recoge sus cosas. Vendedores de pulseras resignados ya solo iban en tenis y pantalón de mezclilla con la mercancía agarrada bajo el brazo. Solo una vez tuve una de esas pulseras que dicen el nombre. Alguna vez nadando se me perdió en una brazada.
La última vez que nadé fue hace 2 años. Estaba con mi amigo Will en la costa del lago Michigan. Aún no sabía que iba a vivir en Estado Unidos. Era mi cumpleaños. Ese día le dije a Will que quería mudarme a su país. Will me contestó que él ya lo sabía. Sentí vergüenza. Le hablé de mi vergüenza. Respondió usando varias veces las palabras frontera, mundo y agua. Supe por qué somos amigos. Regresamos a la orilla. Cada quién tomó una cerveza. La metimos en nuestra bolsa. Regresamos de nuevo al oleaje manso, mansito del lago. Bebimos al mismo ritmo que el agua del lago iba y venía. Hicimos una broma sobre estarnos bautizando de alguna manera. Nos reímos. Luego sumergimos la cabeza en el agua fría de Michigan hasta que el cabello se nos alisó por completo.
Al salir del lago, le pedimos a una bañista que nos tomara una foto. Ese día Will y yo nos volvimos realmente amigos. Ninguno de los dos lo supo por completo en ese momento, pero ahora lo sabemos. Nos escribimos cada dos semanas. Así nos mantenemos fieles a lo que nos dijimos en el lago. Ahora la foto está encima de una de las repisas de mi librero, aquí en la ciudad de Iowa. Ahora Will tiene una hija. Cuando me ha mandado fotos de su hija no sé realmente qué decir. ¿Qué se puede decir sobre la vida nueva?
Es domingo de resurrección. Es abril. No recuerdo si realmente en mi casa alguna vez dejamos de comer carne en Semana Santa. Pero lo que nunca se me olvida lo seria que mi abuela se puso la primera vez que no quise persignarme. Me cuestionó, pero nunca más después de eso. Yo aprendí a no insistir en mi gesto y ella aprendió a quererme por segunda vez en su vida.
Ahora, en la orilla del río Iowa, son las 9 de la mañana. Los shorts se me caen. Las agujetas se me desatan. En lo que acomodo mis prendas veo a dos soldados venir trotando hacia mí. Termino, con apuro, de abrochar mis agujetas. No sé cómo responder. Los soldados, trotan, sudados de la frente, con una mochila hecha con el mismo estampado que su uniforme. Usan lentes oscuros. Por mientras, yo continúo abrochándome el cordón de mis shorts pensando en qué bolsa dejé mi visa y pasaporte.
Son igual a los soldados de las películas. Jóvenes, académicos y hermosos. Y me siento amedrentado, pero cuando pasan junto a mí, algo entre decepción y un no sé qué, se me aparece. Ni me miran. Siguen. Yo sigo su trotar exhausto de mochila pesada. Su equipaje trae números pegados en la tela. Primero no lo entiendo, pero cuando más adelante me voy topando con el número 13, con el 76, con el 54, me doy cuenta que ellos van en entrenamiento.
Después de varios metros, se van apareciendo unos más cansados que otros. Caras adiestradas por el rigor militar de su mañana. Yo, en cambio, los miro. No son más viejos que yo. Apenas de la misma edad universitaria que mis alumnos. Y algo del orden y de las armas se me aclara con severidad.
Los soldados se siguen sumando a su maratón, dispersos por los costados del río Iowa. Yo me desvío. Los miro una vez más, hasta que un grupo de universitarios, ebrios y amanecidos, me distrae. Paso de la tela verdosa y camuflajeada de los uniformes militares a las ropas de civil de los alumnos de la universidad.
Tomo una fotografía del río. Los gritos de los estudiantes dejan de repetirme sus intenciones nocturnas. En una misma fila que se recorre a lo largo de esta mañana, estudiantes como soldados van, van en paralelo al río Iowa menos pausado, pero aún enfermo.
Salgo de nuevo a las calles. Gente en ropa formal atraviesa las calles en la esquina de otra iglesia. Yo, en shorts, espero a que me den el cruce sin saber bien qué hacer. O saco o meto las manos en mis bolsas.
Antes de cruzar, una ardilla salta por las ramas de dos fresnos que se han extendido por lo ancho de la calle. El animal baja por el costado del árbol. Su pelaje brilla café como el día. Y luego, como el día, desaparece.
Del otro lado de la calle, en la banqueta, me encuentro un tríptico que pregunta: ¿Has sentido el corazón de Jesús?, ¿ya lo has visto?
Doblo la hoja.
La guardo en la bolsa de mi short.
De regreso a mi casa uso el pedazo de papel como separador.
El tríptico me sirve para marcar las páginas del libro de Reinaldo Arenas. Detengo mi lectura en la página que inicia con Tal vez el acontecimiento más extraordinario que haya disfrutado durante mi infancia fue el que venía del cielo.
Afuera, aunque no es Sábado de Gloria, empieza un aguacero.
Hace dos años, cuando murió mi abuela, después de tratar de persignarme, solo guardé los dedos en cruz en mi bolsillo.

Hombres desnudos caminan por la orilla de las piedras

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

A Raúl Javier Carmona,
mi padre.

Reynaldo camina acompañado de su abuela. También, corriendo como peces al lado de un pez mayor, el resto de los primos hace montón a lo largo de la vereda. Se dirigen al Río Lirio. Reynaldo tiene 6 años. Es el día de San Juan. Su abuela, él y sus primos llegan a la orilla del Lirio. Una piedra, misterio también mayor, abre el cauce como un aguijón clavado en el mero centro del agua. La flor se vuelve ancha en un cauce de dos pétalos. Clavadistas viejos y nuevos hacen fila encima del obelisco, que, como manecilla, dirige las vidas de todos hacia el final de junio.
Hombres desnudos en la orilla de la piedra doblan un poco las rodillas para decidirse en impulso. Menean su anatomía completa en un aire y en un sol. Reynaldo persigue la trayectoria. Sus primos, al igual que los peces, se distraen en acrobacias marinas. Reynaldo, sus ojos y el aire, y el sol partido por las formas de los cuerpos antes de caer al agua. El agua recibiendo. Los hombres salen a la superficie, viejos y jóvenes, lustrosos envueltos en el misterio glorioso del tacto de mil gotas sobre sus pieles. Reynaldo no deja de mirarlos.
Nadan de regreso, hasta alcanzar la espalda de la piedra que les permite la altura. La montan. Mientras escalan, dejan una pequeña lluvia que va chorreando el lomo quieto del río. El agua va al agua. En fila, un hombre tras otro, edades diferentes, se acercan un poco más cada vez que alguien nuevo quiere sumarse a la idea del clavado. Salta uno, florece otro. Salta uno. Florece otro.
Reynaldo Arenas dice que nunca vio un lirio crecer a las orillas del río. Yo no estoy tan de acuerdo.
Nabokov como Arenas, supo de la dimensión de su yo respecto al mundo también al inicio del verano. El pequeño Vladimir camina con su madre y con su padre. Cruzan un camino de robles. Elena toma su mano izquierda, y su padre, Vladimir Dmítrievich, la derecha sin nunca perder la atención de su espada. Es el cumpleaños de Elena. Vladimir, 4 años, hace preguntas sobre el color de las mariposas. Ella responde. Sí, sí, hijito. Vladimir aprende la edad de sus padres. Y entiende la suya como si comenzara a saber que cada segundo está respirando. Cuatro años. Sí, sí, hijito. Y salta, por primera vez en el mundo, atrapando manchas de sol que se han goteado entre las copas de los árboles.
Sigue siendo el cumpleaños de Elena. Vladimir cumple su nombre en el mundo. Lúcido, sigue saltando desde la orilla de una mancha de sol a otra. Por primera vez, él es quien toma la mano de sus padres. Siguen su camino de robles, y como los bañistas que comparten la reluciente agua del mar, son abarcados por la misma sombra del día.
Raúl. Sus 7 años. Va a lavar con Tomasa, su hermana 3 años mayor. Él carga con uno de los sacos desocupados de arroz, que ahora usan para llevar la ropa sucia al río. Suben por una vereda alisada por tantos pies y que a los lados está llena de árboles. Nanche, marañona, mango, ciruela. Las ramas de sus árboles, de tan llenas de fruta, se acercan al suelo como si fueran una mano llena de anillos que se ha cansado. Es el centro y la flor y la primavera. Los caminantes que van a lavar a las pozas aprovechan para agarrar merienda, muerden la fruta y cuando se empalagan la tiran hasta encontrar un sabor nuevo.
La caminata cede su tramo de barro al calor del cerro. Pura piedra que de tan gris pues muy azul cuando se moja. Las mujeres alrededor de las pozas tallan, el agua se mueve, hace espuma. Otras van y tienden los trapos encima de los minerales quietos y asoleados, cuidando extender bien las esquinas de las prendas para que no se arruguen. El sol, desde arriba calienta las nucas de las mujeres que restriegan playeras, pantalones y sábanas con una barra de jabón rosado.
Se levantan desde la piedra que han elegido. Toman la tela por ambos extremos y sacuden. A veces ocurre que todas lo hacen al mismo tiempo. A veces ocurre que una sí y otra no. El sol, desde arriba, calienta el agua que es sacudida de la ropa y se hacen aros de colores a lo largo del río. Mujeres, con los vientres mojados, paradas, despliegan en el aire sus banderas, una y otra vez. No hay himno ni ceremonia, pero entre ellas se aplauden y se ríen gritándose de una orilla a otra. Arajo comadre, arajo Chata, pue´ cuántos hijos de su pinche madre parió.
Los niños ahí solo tienen dos encomiendas, cargar la ropa sucia y después, regresar a casa con la ropa seca y limpia. Por mientras juegan al río y a la fruta.
Tomasa le dice a Raúl que no se vaya tan lejos. Raúl, 7 años, oye lo que tiene que oír. Ve a los otros niños subirse a las piedras y desde ahí saltar al agua. Ve a los otros niños salir del agua y luego volver a la piedra, mojados y chirundos. Raúl, arajo, papi, pue´que yo no te tengo que estar gritando mi niño. Ándate recio papi, y alcánzame la bandeja que ya se la lleva el río.
Tomasa y sus amigas lavan. El sol va dando la vuelta sobre sus espaldas. Raúl mira a los niños saltar. Siente la intención en sus pies, pero no se acerca. Los mira, come una marañona, junta el hueso que le sobra con los otros que ya tiene enterrados. Los sigue mirando. Tomasa y sus amigas dejan de lavar y se van a tender.
Raúl de tan cerca que ahora está del juego de los otros niños, alcanza a ser salpicado por sus acrobacias. Los niños, desde adentro del río empiezan a palmear la superficie del agua. El agua salta. No tenga miedo, api, salte api. El aire mece el cerco de mangos y de nanches y tira algunas frutas directamente al río. Raúl mira a la fruta caer y luego flotar más allá de las pozas. El aire vuelve a pasar y pasa el sol y pasan otras mujeres con cestos sobre las cabezas. Ahora caen unos mangos. No tenga miedo api, ande api.
Desnudo, mi padre, siente la orilla de la piedra bajo sus pies. Los árboles están inclinados sobre el río. El día está inclinado sobre el río. La última fruta cae. Mi padre dobla sus rodillas.
Salta.
El agua adquiere el color de todo.
Raúl es vestido por el río. Su cabello siente los aplausos de los niños que menean la superficie del río con sus palmas. Saca la cabeza. Busca de quien sostenerse. Lo encuentra. Lo ayudan a subirse a una de las piedras. Primero ve sus huellas de agua sobre la piedra gris, ahora azul y luego se agacha a ver su reflejo para mirar su cabello puchunco, aplanado y liso por la mano del río.
Los niños aplauden. Tomasa le grita. Pero ya nada de eso importa. El juego ha sido iniciado, y mientras su hermana termina de lavar los calzones y faldas de las otras cinco hermanas, Raúl salte que salte, rana que rana hasta que queda bocarriba, exhausto mirando la luz que se filtra entre las hojas de los nanches que crecen al lado de estos ríos.
Como a las cinco y media de la tarde, las mujeres empiezan a recoger y a doblar en sus costales y cestas las últimas prendas de ropa que les quedan por secar. Las piedras, ahora desnudas, muestran una mancha de humedad que pronto, por el calor de abril, se disipa como si se levantara con el aire. Tomasa y Raúl sienten lo tibio de la arena bajo sus pies y recogen mangos nuevos de las ramas. Raúl sigue recogiendo marañonas, pero ya no se las come, solo desprende a la fruta de su hueso que, adentro, después de calentarlas en la bandeja de aluminio, soltará el sabor latente del anacardo.
Raúl le pregunta a Tomasa que por qué le llaman nuez de la India a esa masita que sale del hueso de la marañona si la India es un lugar que está muy lejos. Tomasa solo contesta que Ay chamaco preguntón, anda, mejor ayúdame con esta otra bolsa que me duele la espalda.
Ambos siguen con el río el camino de bajada. De nuevo la tierra lisita por tantos pies. En algún punto del cerro, el río se adhiere a otro cauce más amplio. Ellos se dirigen por el monte hasta salir a la calle Trece. El río, por su parte crece, con la corriente de otras aguas hasta transformarse en el brusco El Camarón, que va a desembocar hasta las arenas de la Playa Carabalí, justo en el centro de la herradura de la Bahía de Acapulco.
Desde la casa donde crecí con mis padres, mis hermanos y mi abuela, se alcanza a ver la bahía. Su brazos vigorosos y verdes, sobre todo de julio a septiembre, parecen sostener no el agua salada del Pacífico, sino más bien una bandeja de plata donde a veces los barcos se despliegan en líneas de espuma con la misma sobriedad que tienen algunas escrituras antiguas que son indescifrables.
Mi abuela tenía en esa casa un enorme jardín hecho con retoños de plantas, o regalados o robados de otras jardineras. Un mango, un nanche, un guanábano, un almendro. Mi abuela le ponía un listón colorado a cada una de sus plantas para que no les hicieran mal de ojo. Aún así, las gentes de pasada le arrancaban frutos a los árboles y los marranos que andaban sueltos por el cerro, sin distinción entre planta comestible y ornamental, aprovechaban para atascarse de hojas y retoños si El manchas andaba con la guardia dormida.
Afuera de la casa había una piedra enorme. Mis hermanos y yo le llamábamos La ballena. Una piedra del tamaño de un auto, justo al final de una de las laderas donde la gente iba a quemar basura. Había adquirido una coloración artificial hecha de humo y bolsas de plástico quemadas. Nosotros nos subíamos encima de ella. Desde ahí, cuando el aire pasaba y movía las ramas del amate, lográbamos mirar el mar. Descalzos, con un palo de escoba cada uno de nosotros, semejábamos la balsa y remo. Nos dirigíamos a pesar del no movimiento hacia unas aguas profundas y Santa Lucía se atendía cada vez más cerca.
En aquel cerro hecho de granito y tepetate jugábamos a saltar de una piedra a otra hasta llegar a la entrada de la casa como si estuviéramos trepando un río seco. Niños descalzos caminando por la orilla de las piedras, sosteníamos palos de escobas como si fueran las astas de unas banderas desconocidas por nosotros. El mar por allá a lo lejos y mi padre llegando del trabajo a comer, diciéndonos, arajo chamacos, ya andan de malcriados otra vez. Y sí.
Lo abrazábamos. Nos acariciaba el cabello. Y nos remataba su saludo con un este sábado hay que ir a Caleta, hace buen mes, es primavera.
Mi abuela, desde la entrada de la casa, sonriendo con el orgullo de una madre cansada. Mi padre volteaba a ver el mango y el nanche y antes de abrazarla le decía se acuerda amá, cómo daban de fruta esos árboles allá en la poza.
Raúl dejaba su portafolio en la entrada. Se quitaba los zapatos de vestir que mostraban un boleado reciente. Metía los calcetines adentro del calzado. Se arreman-gaba el pantalón. Escuchaba cómo su madre le gritaba, arajo Raúl, pareces chiquito. Anda que te vas a caer. Y Raúl, 42 años, se dedicaba a brincar descalzo, pies lisitos, entre las piedras, para perseguir a sus tres hijos a lo largo de un río seco.

Confesiones

Cuando pensé en cómo titular el texto me di cuenta de que ni he leído a San Agustín ni a Jean-Jacques Rousseau, o como se le dice en español, el señorísimo don Juan Jacobo Rusó. Para nada me siento obligado a titular una columna con el nombre de textos que nunca he leído. Hay personas que nombran a esto tener deudas. Y bajo esa especie de moral lectora, yo debo confesar que le debo mucho al erario de la lectura.
Pero hablando de Juan, voy a invitar a la conversación a otro queridísimo Juan para declararle que usted me regaló las Confesiones de Rusó en junio del año pasado. Y déjeme además decirle no solo eso, sino que efectivamente, insisto, yo a Las Confesiones nunca las he leído, pero de todas formas gracias por el obsequio.
En esa lógica de estar adeudado con el sistema de valores literarios no es que yo no haya tenido la oportunidad de leer, sino que, en realidad, leo muy lento. Y no creo que tenga algo de malo leer lento, ¿o sí? Pero hay algo, entre que me digo que cada quién lee lo que quiere, entre que me secretea el pensamiento de que al leer tan despacio algo incumplo y algo descuido. Me pregunto si es porque suena a su muy cercano compañero de oficina, el tránsito lento, en sus ambas acepciones, la automovilística y la otra gran carretera intestinal. O si porque lo lento, fácilmente lo relacionamos con la pereza. Y pienso también si será porque en este mundo, al parecer el que se tarda, pierde.
Seguro. Eso de que hay que apurarse, hacer una carrera, tener un trabajo, sacar un crédito, pagar el crédito, generar intereses, pagar, generar, pagar, generar. Generar ya sea en contra o a favor, pero hay que producir, replicar, decir, decir, no importa que sea lo mismo y que de tantas veces que se dice ya es pura madera hueca.
Pero toco madera, yo estoy agradecido de vivir en este siglo. Tampoco es que conozca muy bien otros. Así que como una vez alguien me dijo: se baila lo que hay, se canta lo que hay, se come lo que hay y se bebe lo que hay. Las cuatro necesidades básicas del cuerpo moderno. Pero luego, aún y con el aprecio hacia mi siglo, hay veces que simplemente no entiendo cómo habitarlo. Hay gente que está a favor de agradecer las cosas que se tienen porque siempre podría ser peor y, por otro lado, los protagonistas, figuras esculpidas por el dedo bueno de Dios que recomiendan no conformarse, que mejor renegar la siempre insatisfacción de lo presente, desear lo otro, desear. Pero no el deseo que se venera a sí mismo, onanista y dios niño necesario, sino el otro deseo que ni siquiera deseo es, que nació caduco, que en sus intenciones solo está la más estilizada forma del capitalismo.
De todas formas, me levanto, trato de hacer las cosas rutinariamente. A veces me tardo más, a veces me tardo menos. Ahorita hace frío, desde hace quince días reviso si la nieve sigue acá en el Midwest americano, o si ya se oyen más los Pechito rojos en los abedules afuera de mi casa. Sin embargo, tengo la sensación de que llevo prisa. Y no se trata de la puntualidad porque, en realidad, a mí no me gusta llegar tarde, así que, con tiempo de sobra, yo me dirijo a los lugares. Traigo prisa, pero no sé cuál es la urgencia que me apura. Y voy, todos los días. Amanece, luego ocurre lo contrario. Siento que cada día es una prolongación dudosa del anterior.
Traigo reloj en la muñeca derecha.
Recuerdo que hace unos meses, en mi primera semana en la Universidad de Iowa, en una de las actividades de “Conoce tu campus”, me tocó convivir con un estudiante de Vietnam. Me dijo que era de Hanói. Le respondí que sabía muy poco de su país. El contestó que igual, que sabía de Cancún y de El Chavo. De Vietnam solo sigo sabiendo dos cosas. El napalm y Estados Unidos.
Hablé muy poco con el vietnamita que usaba un nombre gringo para no tener que pasar por el largo proceso de repetir cada letra de su nombre. Se hacía llamar Billy. Pensé que, en efecto, sí me daba la impresión de que se llamara Billy. Me habló de su novia en Hanói. Él se comía apresurado su pedazo de pizza llena de cátsup, la cual, en cada mordida se salpicaba en su playera blanca rotulada con la palabra Nintendo. Yo comía manzana. Sentí envidia y me dio hambre de verdad.
Cuando me levanté y le di la mano, me dijo que por qué usaba el reloj en la mano derecha. La última palabra que dijo fue mujeres. No recuerdo qué le contesté. Apretamos una vez más las manos. Dije See you around Billy! mientras me alejaba por un pasillo lleno de estudiantes esperando por su comida y Billy ondeaba la mano al mismo tiempo que mordía de nuevo la pizza llena de cátsup.
Me entretuve unos segundos más indagando por qué históricamente los hombres usarían el reloj en la mano izquierda y las mujeres en la mano derecha, después pensé en lo que realmente quería decirme y fue sobre qué clase de idea se habrá hecho Billy sobre mi sexualidad. Si Billy hacía un censo chismoso donde contaba el reloj en la mano derecha, el arete, el cabello y otras cosas más.
La oreja que tengo perforada es la derecha. Lo hice en una estancia de dos semanas en Xalapa. Yo tenía 21 años. Ese verano además de la argolla en la oreja, adquirí un libro de Rimbaud y la primera idea de la imaginación al escuchar una conferencia en la Universidad Veracruzana.
Después de la conferencia fui a mi habitación de hotel. Dejé mis cuadernos y acabé de tomar el dinero que quedaba sobre el buró. Me fui a comer un pedazo de pizza. A mi lado estaban estudiantes de preparatoria. Una de las estudiantes repartía los pedazos de pizza, otra las servilletas, más tarde pasaban el bote de cátsup de un lado a otro, la salsa inglesa y la salsa de soya. Le echaban salsa Valentina también. Cuando era el turno de la salsa Búfalo, una de las muchachas, ya sin muchas opciones, decidió golpear el bote de La Costeña más fuerte de lo normal. El chorro fue certero y muy generoso. Y su amiga, coleta, pelo recogido hacia atrás, se replegó para esquivar. No esquivó. Imposible. Comenzaron a gritar. Yo, por la tarde, regresé a Chihuahua.
Era octubre. Los inicios. La ciudad de Chihuahua en esas primeras semanas de otoño no es severa. El sol calienta, pero no ahorca y las noches son frescas. Falto por tercera vez en la misma semana a las clases. No pienso en las posibles represalias, solo continúo mi danza insípida pero entretenida donde voy de un cuarto a otro, bebiendo con personajes de los que recuerdo la risa, sobre todo. Me divertí. Vi los principios más llenos de tacto que cualquier historia necesita para no desheredarse sola.
Estaba yo con el personaje principal de una de esas historias. El reconocido Chuy Cara de Loco que, por un tiempo, presumo, fue mi mejor amigo.
El dueño de la casa donde ocurre la historia deja solos a cinco universitarios y al 35añero de Chuy que cursaba el tercer semestre en Lengua Inglesa. Andamos todos bien bruja, sin feria, no efe, nada de nada. Pasa que se compran colchones, refrigeradores, estufas. Melvin, dueño y su esposa se habían ido. Esperaban al dealer al lado del carrito de Hot Dogs, cerca del puente de la Av. Pacheco. Nosotros quién sabe qué esperamos. Ellos se tardan. Chuy, oficio y talento, chifla, señala, saluda, oferta y pacta. Chuy Cara de Loco carga sobre su espalda la estufa Whirlpool. Mientras la va moviendo a la salida, a la estufa se le caen unos pliegos papel de aluminio llenos de aceite y una de las hornillas. Chuy funda un mito. Consigue 150 pesos. Y se beben unas caguamas y una bolsa grande de Chips Jalapeño.
Con mis amigos de la universidad no hablo. Me fui de la ciudad y pronto procuré pausar toda forma de comunicación. Ese año viajé por primera vez a Michigan. Era el 2017. Cuando regresé a Chihuahua después de esos primeros seis meses en Estados Unidos, mi relación con mis amigos dejó de ser la misma. Nos encontramos en un territorio aparentemente conocido, pero pronto dejamos de reírnos de las mismas bromas.
El año pasado vi a mi amigo Octavio. Sentados en el patio de enfrente de la casa. Carros sobre Avenida Abolición de la Esclavitud y niños yendo a practicar al Taekwondo del gimnasio de al lado. Compartimos cigarros, algunas observaciones sobre lo mucho y lo nada. Los acuerdos nos los aplaudimos rápidamente, pero las diferencias, esas las guardamos para después. Me contaste sobre tu padre enfermo. No supe qué decirte. Oímos música que nos generaba complicidad desde la universidad. Nos recordamos ahí, en las bancas del Jardín de Epicuro en la Facultad de Filosofía, hablando de las morras que a veces nos hablaban y de estar leyendo el Quijote en clase. Tú acabaste el Quijote. Yo no pude leerlo. Solo hojeé sus casi 1200 páginas en la edición conmemorativa. La había conseguido en usados a 200 pesos. La compré en abonos.
En el 2023 estuve en un curso del Quijote, de nuevo, por circunstancias que, aunque parezcan erráticas, en realidad están más que decididas. No lo leí otra vez, pero hice otras cosas. Vivía en la calle Isabel La Católica esquina Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.
Ahora que de nuevo estoy estudiando, tengo una clase de Literatura Colonial. La maestra pregunta que cuál fue la razón de elegir su materia. La palabra otro se menciona, pero pronto se olvida y se comienzan a contar anécdotas de Sudamérica y sus comidas. Se inicia la clase con una de las entradas del diario de Colón. 12 de Octubre de 1492. D´e ellos son del color de los canarios, ni negros ni blancos, y d´ellos de lo que fallan. Somos de diferentes lugares de Latinoamérica. Perú, Argentina, Venezuela, México, Guatemala, Bolivia.
Los últimos minutos de la clase los usamos para repartir las presentaciones que tenemos que hacer a lo largo del semestre. Leo el nombre, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl en la lista de textos a discutir.
Cuando tenía que dar instrucciones para llegar a mi departamento en la Colonia Obrera, se me hacía más sencillo dar el nombre del Motel de al lado del negocio Suajes y Suajado Rodo que decir la calle Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, ahí justo esquina con Isabel La Católica.
Confieso que ahora que llegué a este punto donde tengo que comenzar a hablar del lugar en el que estoy viviendo para terminar de hilar la narración, no sé realmente qué decir. Me ocurre desde hace semanas que siento que llevo prisa, bastante, así que soy más horario que persona. Si realmente puedo confesar algo, es que hace mucho no sé por dónde empezar.

 

El corte

Cosas que la gente olvida

 

I

El asiento de la taza cae. Son las 7:34 a.m. Un par de nalgas, que de tanto estar la piel contra el retrete, se han pegado al plástico. Después, el agua corriendo. Una secadora de cabello y el sonido de cajones abriéndose. Al final ya no distingo si mi vecino se lavó los dientes o no. De todas formas, las llaves como sonaja. Azota la puerta del piso de arriba y yo aún no me he podido levantar.
Me resisto al día, pero afuera los pasos sobre la nieve me reprochan mi tardanza. Yo, tapado por completo, fantaseo con que estos cinco minutos más me durarán toda la vida. Vuelve a timbrar la alarma. Usualmente yo le gano a la hora. Admito que no me entusiasma despertar más temprano que mi celular, y las más de las veces me levanto con el gesto de la victoria pírrica. Algo gano, pero sobre todo algo pierdo al no poder continuar acostado.
Sin embargo, hoy he pospuesto cada una de mis alarmas: la principal, seguida de por si acaso no escuchas la primera y, a continuación, se presenta, más que digna, la de ya si ninguna de las dos primeras se escuchó, pues ésta sí tiene que ser la buena y, por último, la del no retorno, la que si no me despierta, no solo quiere decir que llegaré tarde al trabajo, sino que algo, por demás extraño, está aconteciendo en la economía.
Al menos desde que comencé ese ansioso sistema, nunca he tenido que llegar hasta la última, salvo hoy. En otras ocasiones, cuando ya sé que me voy a desvelar hasta ese punto donde la madrugada ya se reconcilió con el día, me he entregado a la famosa estrategia de llegar a la chamba en vivo, lampareado, con la ropa del día de ayer y con la misma cara lacónica de explicaciones, pero llena de complicidad. Porque hay que ir a trabajar, no importa cómo, pero hay que ir. Pero ¿por qué?
La verdad no tengo ni idea, así me enseñaron. Así he visto que pasa. Y me llegan rumores de que el trabajo dignifica y que hay que tener un propósito y que el dinero esto. Y está bien, esté de acuerdo o no, yo solo voy a decir que hubo un momento en la humanidad donde, sí, la esperanza de vida llegaba hasta los 30 años, pero no existía el concepto de la renta y en medio de esa vida corta y sin aranceles, los muros de las cuevas estaban llenos de bisontes y venados. Para mí, que el tiempo haya sido reducido a una cadencia de números siempre yendo me parece algo tan triste como los pájaros que son criados para adornar jardines.
Voy a llegar tarde. Lo repito, pero ninguna de las veces me alcanza para que decida separarme de la cama. Imagino la cara de mis alumnos al ver el reloj. Faltando 3 minutos a pesar de la sospecha, aún esperan que la puerta se abra y vean al teacher entrar con prisa, pero, al fin y al cabo, bajo el acuerdo de ellos ahí y yo abriendo un PowerPoint inmundo. Imagino su cara mientras el reloj marca cinco minutos tarde. Empiezan a hablar entre ellos. Alguno revisa su celular sin siquiera darse cuenta. Otro se levanta al baño, porque siempre hay alguien que tiene que ir al baño. Imagino sus caras a los 15 minutos después de la hora. Indecisos, pero otros más seguros comienzan a levantarse. Imagino la cara de algunos pocos a los 20 minutos.
Abandono la representación de mi futura tardanza y en un hallazgo de voluntad sacada de quién sabe qué deseo, aviento la sábana, me cepillo los dientes, me barnizo en desodorante porque bañarse, a estas alturas, ya ha perdido su carácter de morning routine y pasa a ser más bien una irresponsabilidad. Aún así, aunque yo no soy devoto de andar a las prisas, uno se da cuenta de lo innecesario de ciertos pasos en la rutina porque, si bien todo lleva su tiempo, también es posible ponerse los dos calcetines a la vez y no titubear nunca en la elección entre camisa o playera. Es más, podría aseverar que solo en la prisa la vanidad es abolida.
Corro con mochila. Si fuera un niño de primaria daría, tal vez, una especie de burlona ternura, pero en mi caso adulto, mi signo es una parodia escolarizada de no haberse levantado antes.
No llego tarde. Milagro, tal vez. Todos los semáforos en verde. Qué sé yo. Y antes de abrir la puerta del salón apaciguo mi prisa y entro como si hubiera planeado cada uno de mis actos, así que todo como si nada, incluso el PowerPoint y mis buenos días.
Al salir, me reprocho las distracciones en mis clases, que adjudico a lo poco que dormí anoche, a llegar apurado, a no tomar café. Y ahí en esa última justificación es donde me detengo un buen rato. Me voy y compró un café. Americano, sin azúcar.
Sentado me quemo la lengua y lo que me despierta justo es la temperatura del líquido y no el brebaje en sí.
No diría que estoy despierto, mi estado es una itinerancia entre el desprestigio constante que vocifero en voz baja sobre la idea moderna del trabajo y lo brillante que se asoma todo gracias a lo blanco de la nieve, pero aún más porque mis ojos desvelados no alcanzan a entender la vanidad del día, que se repasa adolescente, en cada uno de los vidrios posibles de la calle.

II

No puedo dormir. Me reprocho las malas decisiones del día. Aunque ninguna por sí sola me dirige hacia el desvelo, la suma de su nomadismo sí que me lleva a estar girando de un lado hacia otro de la cama.
Reviso mi celular. Entro a YouTube. Quiero por lo menos, que la vigilia sea una vigilia escolarizada. El documental que me pongo a ver, sin muchos rodeos, presenta todas las características más importantes del género soporífero. Justo lo que andaba buscando. Aprendo sobre el papel de la agricultura, es decir, producir recursos donde antes no los había. Se inventa el sedentarismo. La población crece. Se inventa el primer sueño culinario más allá de la supervivencia. Pero mi sueño, aquí, varios milenios después, distraído, nada más no llega.
Abandono el neolítico, su cocina y sus cuchillos de sílex. Me interesa en este momento, ya rendido, otra forma de pasado y acudo a una de las prácticas más populares después de medía noche.
Profesionista recién estrenado en organización de archivo, me pongo a leer una conversación vieja que no he podido borrar. No sé las razones del cuidado hacia esos mensajes. Supongo que el amor debe ser la respuesta más inmediata, pero me resisto a donarle tan rápido esa lectura porque la siento reduccionista.
Comienzo, no en el principio, sino hasta que se cansa mi dedo de recorrer el lomo de la plática hasta una fecha muy anterior a este día. Hay una foto y a la foto la acompaña un audio. Lo escucho. La voz, clara, aunque en el fondo interrumpida por el sonido de la Ciudad de México. En el audio me das la descripción de lo que ves, mientras esperas, ahí, en el tráfico de la avenida Reforma. Terminas el audio preguntándome si nos veremos en la noche, me indicas dónde dejarás las llaves por si llego primero que tú. Con esa última frase también se oye la voz de un vendedor que ofrece aguas de a diez, de a diez.
La fotografía es de un auto vecino al tuyo. Por la ventana de atrás se asoma un perro que saca la lengua. En esa misma ventana, debajo hay una frase rotulada que dice alguito bien. Tú mensaje que acompaña la foto repite la frase, pero agregándole un ¿o te da miedo?
Mi celular se apaga, me levanto a conectarlo y después voy a orinar. Por descuido, después de bajarle, la tapa se azota y me acuerdo, después del sonido del plástico contra la porcelana, de un vecino que tuve en la Ciudad de México. Personaje puntual, aún en fin de semana, se despertaba a bañarse, haciendo todo el ruido posible. Tiraba todo, prendía todo, secadora, televisión, radio, licuadora. La inauguración de su festividad matutina iniciaba con el culo despegándose de la tapa exactamente en el momento de levantarse.
Acostado, el brillo de mi celular me avisa que se ha encendido de nuevo. Me resisto al impulso de ir a revisarlo. Sucumbo con el pretexto de checar si he activado las alarmas. Cuento cuántas horas podré dormir. El número me parece grave, pero ese número es mejor que nada, o ya ni sé. Tentado, quiero abrir la conversación de nuevo, quiero quitarle todo lo que le quede de carne al hueso, pero me resisto, de verdad, me lo digo, hasta considero borrar el chat, pero no lo hago y resuelvo un problema con otro.

III

Acostado, a veces las luces de algún carro desvelado entran por las persianas frías de mi cuarto. Sigo su geometría hasta que desaparece en la pared. Llevo contados, desde que empecé, 37 autos. Pasa otro igual. Me levanto, me acuesto, me levanto. Voy al espejo. Pienso si debería rasurarme por completo. Pienso si debería cortarme el cabello. Pienso si eso es una cana. Pienso si me parezco más a mi padre que a mi madre. Sonrío, mi reflejo exagerado hace lo mismo. Ya entregado a la idea insistente del no sueño, pienso en qué pasaría si saliera así a la calle, enseñando los dientes chuecos. A mí no me gustan mis dientes. Pienso en que una vez me enamoré de alguien que me dijo que le gustaban mis dientes chuecos. Pasa otro auto. Mi deseo se presenta nuevo. Pasa otro auto. Me pregunto cuántas horas me quedan por dormir si me duermo ahorita. Cada vez uso menos dedos para contar las horas. No sé por qué uso los dedos para contar las horas, pero cada vez que las cuento, uso los dedos para calcular. Como si entre la uña y falange el secreto y el descanso estuvieran guardados. Pienso en la tan practicada táctica de Vladimir para conciliar el sueño. Pero de masturbarme ahorita no tengo ganas, estoy demasiado ansioso y el orgasmo me parece una idea que le pertenece a otro cuerpo. Pasa otro auto, pero su luz no desaparece, se prolonga. Pienso en el día y en que tengo que trabajar en dos horas. Pienso, y la luz primeriza se guarda entre mis ojos, y mis ojos van subestimando su hendidura. Y entonces, cae algo en mí y me jala y guardo silencio para sentir su savia de fruta recién partida. Y cierro los ojos.
No sé si estoy dormido o no.
Pero en ese lugar, el negro se prolonga y me sucede.
Y como un aviso permanente de otra vida, ya no la alarma, ni el auto, ni el invierno. La tapa del baño del vecino suena como una claqueta. Corte. Marcan el final de una toma. Yo, si puedo decir algo de mi personaje, es que de él estoy muy poco enterado.