Lección de teclado

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

–¿Usted busca la angustia en la música?
–Exactamente. Lo que busco es una emoción imprevisible.
Pascal Quignard

Tienes clases de música. Los martes. Voy a recogerte a la salida. 2:30. Tú vas en la secundaria. Yo, cada dos semanas, presento exámenes de la prepa abierta. En la entrada de la escuela hay varios padres de familia. Lo sé por la manera en que se paran. Tú vas en primer año. Yo, en unos meses, me voy de la casa. El vendedor de chicharrones juega con su celular, mientras que el señor de los raspados corta limones con un cuchillo de mango negro. El reflejo de ese cuchillo a veces rebota en el parabrisas de un auto. Adentro de ese auto hay una señora con el aire acondicionado prendido. Gotea el automóvil por condensación, por el contraste entre los 37 grados de Acapulco contra los 24 grados adentro de su camioneta Honda.
Empiezan a salir esparcidos en direcciones aleatorias estudiantes, que primero caras distraídas, después sonriendo, inmediatos, al haber reconocido al familiar que los espera. Abuelas, madres, padres, hermanos, tías, adultos parándose en doble fila para recoger a sus adolescentes uniformados.
Tú no sales. Ya pasó hasta el último alumno que tiene la fama no solo de llegar tarde, sino también de irse demasiado tarde. Pero al final ahí vienes. Pantaloncitos cortos. El cabello aún peinado a prisa que resistió, como pudo, la plasta matutina del gel y el amor de madre. Los zapatos negros cada vez más raspados, pero la sonrisa, la sonrisa de hijo de en medio, esa sí que no, que nunca nadie te la quite.
Eres flaco, ese es el chiste de la familia. Que súbete los pantalones. Que ya acábate todo el plato. Que mira a tus hermanos, ellos ya acabaron de comer ¿y tú, a qué hora? Que Carlitos, por favor, mijo, te lo ruego. Cruzas la puerta de la secundaria. El portero me mira con legítimas sospechas. Yo no parezco un adulto. Ni mucho menos alguien responsable. Pero mi hermano sonríe al verme y yo hago lo mismo. En medio de ese pequeño intercambio queda corroborada nuestra cercanía. Alzamos la mano derecha, adiós, y el portero, 3 y media de la tarde, hace lo mismo. ¿Por qué saliste tan tarde, wey? Me castigaron por no llevar la tarea. ¿Y por qué no llevaste la tarea, pinche Carlos?
Le pregunto si necesita ayuda. Es obvio que la necesita. El teclado Casio de cinco octavas, al lado de él, parece más bien una tabla de surf. El mar está a unas cuadras de la escuela, pero nosotros hace meses que no andamos descalzos por su orilla. Repartido el equipaje, miramos al vendedor de raspados una última vez. Cada uno hace cuentas en voz baja. Y ante la frágil economía global, concluimos mejor seguir caminando por la pura sombrita.
Por la banqueta me explicas haber anotado las instrucciones de la tarea en una hoja que no sabes dónde dejaste. Te aconsejo que no le digas nada a la jefa y te digo que esta vez nos toca irnos en el Base-Caleta. Cruzamos avenida Universidad. Están construyendo un supermercado. Te pregunto si recuerdas qué había en ese terreno. Bromeamos de que van a acabar primero de construir ese Aurrera que la Iglesia de la avenida.
Los autos no nos dan tan fácil el cruce. Al final, una madre con sus dos niños logra conmover el flujo de autos y podemos llegar al otro lado. En una mano la madre carga una veladora. Le presto atención a la estructura de la catedral Cristo Rey. Me dan ganas de contarte que ahí hice mi primera comunión, pero en vez de decirte eso, te pregunto qué cosas hiciste hoy en la escuela.
Sentados en las escaleras de Plaza Bahía, el tráfico y las 4 de la tarde. Escucho tu relato sobre la escala de RE, mueves las manos en el aire y me indicas en qué parte de las octavas van los dedos. El camión no pasa. Guardamos el teclado en su funda. Comenzamos a caminar. La estatua de la Diana proyecta su sombra sobre un asfalto masticado. El mar se confunde con el sonido del tráfico. Personas, ropa turística, brillan con exceso de bloqueador solar atravesando los paso cebra de las calles.
Nos subimos por fin a un camión en una parada en frente de La Condesa. Tenemos suerte, va hasta la terminal de Praderas, de ahí ya solo 10 minutos caminando hasta la casa. Te comparto uno de mis audífonos. La música del chofer se mezcla con la que vamos oyendo, pero aún así ambos imitamos en nuestras piernas el ritmo de la batería. Las palmeras, verdes, arqueadas, también proyectan su sombra como pequeñas orejas. ¿Qué es lo que escuchan?
*
Eso hacemos. Oír, oír música, descargar álbumes enteros, piratas, como debe de ser. Escucharlos una y otra vez y bailar en la sala, bailar. En la casa nuestra rutina era despojarnos de la vida pública, soltabas tú y nuestro otro hermano el uniforme sobre los sillones y poníamos el estéreo de la casa lo más alto posible. Tan alto como la emoción de unos niños lo permite. Ustedes, 12 y 10 años, yo 16. Pequeña fiesta para intrépidos comensales. Nos queremos, pero no lo decimos. Nuestra madre trabaja todo el día y nuestro padre, siempre nuestro padre, y la abuela haciendo de comer e Isidra, Isidra nuestra prima y su paciencia, siendo también siempre siempre nuestra niñera, ahí y no en otro lado.
Todo ese semestre fue así. El año iba hacia su verano. Gente iba, ocupaba sillas en color blanco y hamacas alrededor de la bahía. El mar desde la casa. Alguna canción de pop británico sonaba al mismo tiempo que arremángala arrempújala emulsionaba su fraseo en chile frito desde cualquier otra ventana. A Los Karkis yo les tengo respeto.
Usaba unos audífonos que me cubrían toda la oreja. No leía, gastaba todas las tardes con una amiga. La escuchaba hablar de películas que, aún hoy, no he visto. Nos agarrábamos las manos, contábamos bromas de amarse y tener 16. También nos besábamos afuera del cine. Los martes afuera del cine nos besábamos. Luego, íbamos en su auto a recogerte a ti, a tu piano, tomábamos agua de coco en vasos de unicel de un litro. Le ponían el corazón de la fruta a nuestra agua. Sorbíamos el bote blanco hasta que nada más sonaban los hielos. Era el 2008, creo, tú y Yohel, el otro hermano, iban a la escuela, yo ya no. Escuchábamos música todo el día y no nos decíamos te quiero.
*
Los fines de semana tocamos juntos. Tú el teclado y yo la batería. Cambiamos de lugar si la canción lo permite. Tú tienes destreza, yo, en cambio, estoy emocionado. Jugamos a perseguirnos con el sonido de cada instrumento, de todas formas, el piano tiene origen en la idea y su percusión. Acordamos cadencias. Sostenemos notas. Afuera algún año del 2000. Aún no se va el internet. Aún hay que esperar a que cargue la imagen. Sabemos quiénes somos. No lo decimos.
*
Nuestra madre llega. Avienta sus llaves a la mesita. Es un llavero pesado. Nos pide bajar los codos de la mesa. La tarde ahora se refleja en la bahía. Niños, las servilletas hechas bola, escuchamos cómo llegan voces desde el otro lado del cerro y en la bahía un barco va, abriendo una espuma lenta con dirección ajena para nosotros. Levantamos los platos. El naranja de la tarde insiste y mi madre insiste en que mis hermanos terminen sus tareas.
*
Ahora es otro año. Vivimos juntos. Estamos en los 20’s. Te presento a mis amigos. Haces bromas con ellos y ellos, ahí sentados, siendo la perfecta imagen de lo que nunca puede cansarse, solo ríen, cerveza en mano, hasta que la tarde, la noche y el día solo son un pretexto para no pensar en nada. Vivimos solos. Ensayamos cuando queremos. Guardamos silencio cuando queremos. No sabemos qué música, qué pausas son las que buscamos, pero definitivamente deseamos algo. Oímos música, de nuevo, por las tardes. Se ocupa la casa con el sonido de canciones, que, hasta hoy, seguimos escuchando.
Me conoces, por primera vez, entregado a una idea del amor. No la cuestionas. No sé si porque no la entiendes, porque nunca, o porque simplemente soy el hermano mayor y entonces no dices, pero estás ahí, me abrazas, seguimos y nos vamos.
*
Ahora, años después, después de que hace tanto no te he visto llorar, niño, dime, Carlitos, ahora que estás en Francia, cómo maldices, cómo avisas que la tarde llegó más temprano que antes, dime pues, cuando te acuerdas de tus mañanas antes de la universidad, qué canción oyes, dime, a quién olvidas primero cuando quieres olvidar todo, dime así, cuando piensas en nuestra casa en cuál casa y dime, por último, hermano, qué se siente estar en otro lado del mundo.
*
Pienso en ti hoy esta noche, es el 2025 y es tu cumpleaños. Podría decir muchas cosas sobre ti, pero quisiera más bien que tú me respondieras, por ejemplo, aquella vez que llegaste, que mi madre te cargaba en silencio y silencio la casa y yo, ¿sabías mi nombre? O, por ejemplo, aquella otra vez cuando aprendiste a caminar, ¿cómo sabías hacia dónde ir? O mejor aún, ese día cuando te dieron a probar guanábano del árbol recién y tu cara y los gestos de mi madre que apenas había cortado la fruta y las fotos. O, sabes, aquella otra vez cuando mi abuela iba a hacer tamales y tú y yo y Yohel corríamos por la azotea con cohetes en las manos, y si brincábamos, brincaba y el fuego y mi madre riendo, pero gritando. O sabes qué, ese día más bien cuando apenas te compraron el teclado. ¿Sabías Carlos, que tu vida estaría dedicada a la música?
De ti Carlos, he aprendido la música. Estudias física en un país extranjero. Ahora me cuentas de objetos extraños que se mueven en un mar invisible. Siluetas en un océano que se aprende cada vez que su propia matemática lo permite. Y dices, pero yo ya no hago música. Pero Carlos, entonces, dime ¿qué es la música? O apelando a tu muy reciente geografía, pienso en Pascal, el filósofo francés del siglo XVII, Nuestra Naturaleza está en el movimiento, el reposo completo es la muerte. ¿Has descansado de pensar el mundo ordenado alguna vez, Carlos?
Tú y yo, Carlos, no sabemos qué es la música. Nunca lo vamos a saber. Donde quiera que estés, feliz cumpleaños.

 

Me llamo es

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

 

Deletreo mi nombre completo. Digo 19 de julio de 1992. Oh right, resuena detrás del vidrio que tiene una ficha informativa donde se enumeran los síntomas del Covid. Me preguntan que a dónde he viajado en el último mes. Contesto.
La persona que atiende me da un formulario. Tengo que dar pormenores del historial de las enfermedades familiares. Hago un recuento de pasados crónicos o degenerativos que en realidad solo sé de oídas. Genealogía ilegible de la mortandad familiar, algunos, eso sí, murieron lento y otros supieron de la venganza generosa por inmediata. Así que escribo: corazón, hígado, tiroides, plomo, navaja, cáncer y tristeza. Mi abuela paterna, lo sé, murió de tristeza.
En algún lugar de Arizona se fue muriendo, palabra por palabra, hasta que ya no se supo el nombre de nadie, ni siquiera cómo se llamaba el mar que vio por décadas desde el cerro donde estaba fincada su casa. De mi abuelo paterno no sé nada. Apenas el dolor de mi propio padre, que solo me ha contado fragmentos de una vida también incompleta. Un costurero, algún domicilio allá en la Farallón o la avenida México, o cualquier lugar erosionado por la sal de la bahía. Le gustaba pegarle a mi abuela. No sé si sigue vivo, aun así, cargo con su apellido y me veo obligado a mostrarlo cada vez que la burocracia se permite escarbarme las edades anteriores a mi voluntad. Así que solo cuando tengo que corroborar mi nombre completo se me asoma el Javier antes del Valdez, acompañado con mi firma.
Me miden y me pesan. Me toman el pulso. Me revisan una oreja. Me sacan sangre. Me vuelvo un tubo de ensayo con un código de barras. Acostado, mirando la luz blanca del consultorio, la enfermera me pregunta de dónde soy. Contesto. Después escucho la palabra Cancún. Hago un comentario lleno de un humor blando que señala, irónicamente, la poca necesidad de hablar español en un lugar así de turístico. Me indica dejar el brazo derecho flexionado por no más de 15 minutos, y espero a que entre la doctora.
La doctora se presenta. Escucho su nombre, pero no lo entiendo. Me pide corroborar mis apellidos. Deletreo: J as in Juliett, A as in Alfa, V as in Victor, I as in India, E as in Echo, R as in Romeo. Hago lo mismo con Valdez. También corroboro mi cumpleaños. Satisfecha con mi identidad, repaso mis inquietudes. Hago un apunte de mis dolencias largas y de las esporádicas por igual. Insiste en el pasado médico de mi familia. Le respondo que desconozco más allá de mis padres.
Le hablo de mis ojos. Le hablo de mi estómago. Me pregunta que si tengo todas las vacunas. Y, antes de contestar, me quedo pensando en cuáles son todas las vacunas. Anota algo, me sienta en la camilla, checa mis reflejos. Me hace respirar profundo. Una vez. Otra vez. Toca mi cuello con dos dedos. Saco la lengua.
Me dice que mis resultados estarán listos a más tardar hoy por la tarde o mañana. Me sorprende la eficacia, sobre todo porque hace mucho que no tengo ni idea de cómo están mis triglicéridos. Antes de salir de la habitación, me menciona que la enfermera regresará para tomar la muestra de orina.
Espero.
La enfermera entra, me da un recipiente transparente de tapa azul y me indica hasta dónde tengo que llenarlo. En el baño, justo en el espejo, encuentro mi silueta completa. Intuyo mi nariz como la nariz de mi abuela. Sospecho de mis ojos como los ojos de mi madre. Y me río, de eso sí estoy seguro, igual que mi padre. Me entretengo en el repaso hasta que alguien toca y me apuro con mi encargo.
Salgo del hospital universitario. Hace bastante frío, ?20 °C. Cruzo una calle cuidando no resbalarme con el hielo. De mi abuelo materno solo tengo dos imágenes, que, de tanto repetirlas, ya no sé qué tanto son una invención mía o qué tanto le pertenecen, si acaso, al ritmo intrínseco del mundo.
En la primera escena estoy en medio de Luciano y Cirila. En frente de nosotros hay una máquina de coser. Estamos en Ejido El Largo, El Maderal. Mi abuelo sostiene con la mano derecha, como si fuera su bastón, un rifle calibre .22. El arma es más alta que yo. Yo apenas tengo 5 años. Mi abuelo me carga. Siento en mi espalda su abrazo y también el arma acomodándose paralelamente en mi lomo de niño pequeño.
Mi abuela Cirila abre la ventana. Ambos señalan cómo uno de mis tíos está alimentando a uno de los caballos cerca de la galera. Volteo a ver a mi abuelo. Toco su rostro liso, recién rasurado, y alboroto su sombrero con mis dedos niños. Me acaricia la cabeza con una mano, mientras en la otra balancea mi cuerpo y su arma. Mi abuela Cirila cada vez más se va haciendo una imagen lluviosa de nada. Yo continúo jugando con el sombrero de Luciano. El caballo afuera sigue comiendo la pastura de avena. El día sigue creciendo. Las cortinas se balancean con la luz de un día de 1997. Cirila toca la máquina de coser. Abre uno de los cajones. Ya no le distingo el rostro, pero me ofrece un botón aperlado como una fruta nueva. Me acerco la gema a la boca, pero con un dedo Cirila me dice que no. Su no y su ausencia se presentan uniformes y ya no está nunca más en ese recuerdo. Luciano me regresa al suelo. Se agacha desde una altura siempre mítica para mí, 1.90. Me acomoda mi camisita y mis pantaloncitos niños. El día se cierra. El caballo deja de comer. 1997 se atraviesa a sí mismo como un rayo inaugurando la savia de una tierna madera.
En la segunda idea que tengo de Luciano ya es 1998. Es un día de abril, ahora lo sé. El aire se azota contra los mosquiteros de las puertas, levantando cortinas de polvo tan altas que parece que está lloviendo arena. Estoy sentado en la sala. Mis primos también están sentados en la sala. Los tíos han acomodado las sillas, y a mis primos y a mí no nos dejan ni correr, ni hablar, ni nada.
Mi padre acomoda sus lentes mientras me repite con paciencia que me esté quieto. Yo no sé cómo estar quieto y me acerco al centro de la sala. Mi padre me reprime sentenciando que ya de una vez me aplaque. Sentado, mis pies en péndulo tratando de alcanzar el suelo sin nunca conseguirlo, le pregunto a mi padre por qué mi abuelo está dormido en una caja. Señoras lloran, tíos lloran, hasta otra prima llora, pero yo no sé si debo llorar o no. Mi padre me dice que a veces la gente se queda dormida definitivamente. En ese momento no sé qué significa eso. Ahora creo que lo entiendo un poco más. Afuera el día y el polvo. Afuera el polvo y quizás el día. Y mi madre, embarazada de mi hermano menor, desmayándose en la entrada después de soltar un grito que nunca más he escuchado. Y mi miedo y yo resguardándonos debajo del costado de mi padre. Es Semana Santa, abril, y mi abuelo está dormido a mitad del día.
Llego a la farmacia. Ahora soy un número exacto de pastillas en un bote naranja rotulado con mi nombre. En la recepción, de nuevo, el diálogo para ratificar mi identidad. Deletreo. Deletreo con una cadencia que, de tan precisa, más allá de mostrar alguna sospechosa agilidad en el uso del inglés, deja ver lo mucho que he ensayado, escolar, cada una de las letras. Salgo y me dirijo a lo que por ahora, creo, es mi casa.
La idea de la historia familiar y sus enfermedades crece, y, a la vez que pienso en quiénes son mis abuelos, trato de no resbalarme en esta banqueta repleta de hielo, amedrentado por cientos de pisadas.
Mi abuela Cirila, la madre de mi madre, para mí fue una mujer que siempre estuvo al lado de la estufa de leña. Mujer sigilosa y arrinconada, a mí de niño me daba miedo. Mi madre y mis tíos avisaban la llegada de su padecimiento, episodio casi lúgubre que denominaban El Mal. Mi abuela sufría de epilepsia y ese Mal, espasmo grave que le estiraba todos los músculos del cuerpo hasta emanarle espuma por la boca, acababa constantemente en quemaduras severas por ocurrir al lado de la estufa. Mis tíos, me explica mi madre, denominaban la enfermedad de mi abuela como El Mal porque era algo que los doctores dijeron que no tenía explicación alguna. Mi abuelo, cuando aún vivía, le llamaba a la enfermedad de Cirila La taranta. Y nosotros, los niños, los niños todos, pensábamos rápida e infantilmente que mi abuela era una clase de bruja, y que de vez en cuando era visitada por esa misma criatura que se aparece cuando uno no se tapa por completo con la cobija a la hora de dormir.
El Mal de Cirila, por inexplicable, me construyó un imaginario irreversible de lo que implica un cuerpo rebasado por sí mismo, y, de esa manera, sin saberlo, para mí la idea del mal acabaría fundándose en todo aquello que no sabe detenerse.
Pocas veces llegué a hablar con Cirila, y, a pesar de su vida prolongada hasta los 94 años, de ella tengo muy pocos recuerdos cercanos.
En el 2012, mi hermana, yo y un primo íbamos con dirección al Ejido. De noche, atravesando las curvas enormes que inauguran la Sierra de Chihuahua, a mi abuela le dio un ataque mientras íbamos en carretera. Verónica detuvo la troca y se estacionó a la orilla del camino. La noche, repleta de luz, se extendía sin que ningún objeto adornara lo nocturno, además de las estrellas. En medio de esa noche viva y repleta de signos, escuchaba los gritos de mi abuela que no alcanzaban a ser de dolor, pero tampoco llegaban a ser palabras. El Mal se aparecía ahí, justo en el km 57, carretera a Ejido El Largo. Después de que mi abuela se incorporó, continuamos nuestro viaje sin que ninguno de nosotros hiciera comentario alguno de lo que acababa de pasar. Verónica manejaba con una mano y la otra la reposaba sobre el muslo izquierdo de mi abuela con una clase de amor que yo nunca pude sentir por Cirila, pero que, sin embargo, sabía que ellas dos se profesaban.
La receta de mi medicamento indica que debo tomarlo cada mañana, en ayunas. Pongo el frasco naranja en el cajón del lavabo. Me lavo mis dientes, me enjuago la boca y me encuentro una cana. La miro alargarse como una fecha plateada de una edad venidera. No la desprendo. Qué derecho tengo sobre ella, me repito, mientras acabo de ponerme crema en la cara. Gesticulo. Me reviso los dientitos una última vez. Tengo que ir a dar clases.
Presentarme de nuevo a mis alumnos.
Decirles, Hi, welcome to the Spanish class.
Decirles, Hi, my name is Alan.
Pero así, sin apellidos.

Omen

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Adentro de la cueva el animal reposa. Tiene ahora el vientre repleto y tibio, y su pelaje lleno de costras secas por la sangre abierta del otro animal. Por otro lado, el animal que fue comido horas antes se estuvo dedicando a la persecución de otra criatura.
La otra criatura tiene pezuñas negras, en forma de corazón volteado, que rascan una tierra llena de paja vieja y olorosa, casi podrida. Le gusta lamer el ámbar, correr detrás de sus hermanos. Atravesando ríos llenos de escarcha, se dirigen al norte y luego al sur y, aunque, parezcan desordenados en sus intenciones, saben los límites de su basto terreno. Huyen de la pólvora con más precaución que nosotros, aunque no siempre lo consiguen.
Esta mañana se ha entretenido más de lo normal en el ámbar dorado de un maple. Con su lengua de bestia semicornada guarda un poco del dulzor en la saliva y regresa a compartirlo con sus semejantes. Mientras el macho mayor hace indagaciones de un humo que se desprende del otro lado de la montaña, el resto se expurga el pelaje y afila las astas produciendo música que sirve de arrullo para el árbol.
El ciervo, joven pero diestro, levanta el hocico. Como si hubieran recibido una instrucción militar, todos vuelven al fondo del bosque, desprendiéndose del lodo con cada salto que dan sobre algún tronco caído y seco. En los claros beben el rocío. Y en lo tupido practican ritmos, que, si se presta atención, tienen la misma cadencia que llevan las ramas con el viento. Se vuelven a detener, buscan, replican, imprimen sus pezuñas y su paso queda dirigido en la superficie de la nieve aún no tan profunda que se va diluyendo a lo largo de las veredas.
Hay aves que los persiguen. Inspectores alados de un orden desconocido se pasan información, y entregan avisos en una lengua más atrevida que el sueño. Cada tanto, el ciervo persigue a los pechitosrojos y deja rastro de su aún infantil juego que no ha sido clausurado por la persecución depredadora.
Se vuelve ajeno a los suyos, pero atento al pájaro. Lo persigue, salto y pisada van consecutivos. El ave crece si el bosque crece, en cambio el ciervo se ve reducido a ser el centro vulnerable del día. El hato queda como una narración pretérita porque después de haber escuchado unas ramas quebrarse, el resto de la manada sigue su procesión hacia la izquierda. Este ejemplar distraído solo reafirma su jugueteo hasta mucho más adelante de la orilla del cauce.
Los pasos ahora, están más cerca, lo suficiente para que el animal alce las orejas, apuntando directamente al crujir hilvanado de unas botas hechas de caucho, cautela y hambre. Justo al lado de él, un tronco revienta su tallo en savia y corteza y después el tronido del rifle se hace pronunciar como palabra y ultimátum.
El cola blanca atiende su respiración acelerada mientras el pulso le come la sangre hasta reventar el empuje de sus patas. Rápido, tenaz a su manera herbívora, se escabulle entre tronco y rama como si hubiera practicado esta ruta de escape una centena. Pero el cazador atiende las propias necesidades de su reino, así que, entre ruta y escape, otro árbol es reventado. El estruendo resuelve dónde queda lo claro y dónde lo oscuro. Sin embargo, el hombre pierde el rastro, y derrotado ante la desaparición, solo se acomoda la gorra y alista direcciones nuevas.
Del otro lado, más allá del confín conocido por la manada, el ciervo se ensaya en un paraje que va perdiendo espesura hasta ganar la actitud de una pradera que se dirige varios kilómetros hasta una montaña, que de tan lejos se mira blanquiazul. Solo y habitado por la agitación de la entraña, deja que el sol de invierno le acaricie grismente el lomo a medio día. Escucha ruidos desconocidos, campanas minúsculas que rápidamente distinguen el cuello de unas vacas indiferentes a toda razón anterior.
El animal, desprendido otra vez de toda brusquedad malformada por la persecución, muerde un poco de pasto, baja y alza el hocico, lame un poco de la nieve que está encima de una piedra y prosigue su camino.
A lo lejos, unos niños con unos binoculares, jugando también bajo la temporal calidez de este medio día, perturban la privacidad de la llanura desde el anonimato que les da la única loma de los alrededores. Llevan un rato siguiendo la falsa idea de un águila y ahora uno de ellos ha dado con el ciervo cruzando la pradera.
Siguen su paso. Se divierten en su juego recién estrenado de Navidad. Comparten una bolsa de frituras, turnándose la vista en lo que uno se vuelve a guardar las manos en la bolsa. Tienen una libretita donde han apuntado todo lo que han visto desde que se levantaron en la cabaña del abuelo. Dos ardillones. Algo que parece águila. Las vacas del abuelo. El gato del rancho. Un perro muy pero muy grande. Humo. Un ciervo.
Media hora más tarde, su madre les llamará para que se metan a la casa porque la nieve les va a humedecer las ropas. Adentro de la cabaña, los niños le enumerarán a la mujer cada una de las criaturas que observaron. Ella reparará en la descripción del perro y terminará de decirles, al mismo tiempo que le echa leña a la estufa, que lo que vieron es muy posible que haya sido un oso.
El ciervo no sospecha la mirada sobre su recorrido. Mastica un manojo final de pasto amarillo. Adelanta su paso de nuevo a la anterioridad de la que salió. Y las imágenes regresan a su sino de siempre: el árbol deshojado por el frío, el ave distraída en la semilla pausadamente yerma, la gota congelada y huellas de otros que, como él, se dirigen a un presente que no tiene necesidad de decirse.
El ciervo encuentra comodidad momentánea y el día se va comiendo en sombras. La manada, sin embargo, está lejos. Retirados de la sospecha incondicional de que vale más la preservación del conjunto, asienten a su vida sin uno de ellos como si no hubiera ocurrido evento alguno.
Pero el cazador persiste. Para este punto el itinerario de caza tradicional ya hubiera terminado, pero la hazaña aquí ya se ha alejado de cualquier ambición gastronómica y deportiva. El hombre esta mañana, afiebrado y desnudo, despertó de un sueño donde encontraba una piedra hecha de oro en el estómago de un animal.
Al principio, al abrir los ojos mirando el techo de madera, dudó de la fuerza del augurio, pero en el sueño pasaba que justo al levantarse, su esposa, sin preámbulo le compartía agitada un fragmento de su deambular nocturno. Ella en una cueva, acostada de lado, reposaba su vientre sobre la tierra de una cueva oscura.
Y el hombre, al oír exactamente lo mismo que soñó, con toda duda disipada, convirtió la prisa matutina en un acto de fe. Ahí le comenzó el ansia y repasó en el espejo cada una de las siluetas del sueño, viendo exactamente todas las cosas que tenía que hacer.
Ademanes que contradecían alguna de sus intuiciones más arraigadas, las siguió al pie de la letra: el cuchillo en el costado de la mano no dominante, las botas más viejas que ya nada más usaba para partir leña, y por último, el rifle con la mira desgastada, lo cargó exactamente con 3 tiros como le fue dicho.
Y así siguió su repaso apurado, porque hasta en el sueño supo cuándo y cómo sería la luz con la que tendría que salir a buscar al animal, las veredas, los claros del bosque, dónde pisar y dónde no atender las huellas, cuántos disparos iba a errar, hacia qué lugar del día tendría que ceder un momento y qué es lo que se diría a sí mismo en cuanto lograra coronarse con el animal.
Apenas y se despidió de su esposa, que solo lo veía alistar todo frenéticamente. Le explicó tratando de no sonar como desquiciado las razones de su encargo y, mientras masticaba un trozo de carne seca, le dio un beso en la mejilla y se dirigió hacia el otro sueño.
El ciervo, con las cuatro patas reposando sobre el suelo no tiene la mínima sensación de que lo observan. Mueve las orejas casi por reflejo, aunque no hay sonido alguno. Las vuelve a reposar y repite esos movimientos varias veces hasta que el pájaro que está saltando cerca de él por fin se aleja. El cazador mientras cuenta, así como lo vio en el sueño, el número exacto de exhalaciones que tiene que hacer antes de soltar el tercer y último disparo según el presagio.
El hombre mira la escena, simple, abierta y horizontal. Dirige sus intenciones hacia el cráneo del cola blanca, siente el gatillo tan ligero sobre el dedo índice que al volcarse la fuerza sobre la culata ni siquiera repara asombrado ante la situación. El ciervo se levanta y, asustado por el cañonazo, solo vuelve a correr.
El cazador queda confundido y ya sin ninguna bala más que tirar, suspende todo fervor y ríe. Se siente ridículo, las botas han dejado entrar la humedad, los dedos fríos adentro del calzado van haciéndole cada vez más torpe el camino de regreso al cazador. La luz ya no rebota sobre los árboles y las sombras adquieren completo protagonismo en lo denso del bosque.
El hombre prende un cigarro. Sentado momentáneamente decide recordar una vez más su sueño. Se reprocha, pero está seguro de haber seguido a cabalidad cada una de las huellas, cada paso, cada pausa. Se quita las botas para revisarse los dedos de los pies. Las puntas ya engarrotadas por el frío, muestran varias llagas producidas por el calzado viejo. Al mismo tiempo que se vuelve a poner los zapatos, escucha cómo se agita rápidamente el bosque. Instintivamente corta el rifle, pero ya no trae municiones. Escucha un gruñido. Y, detrás de ese gruñido, oye cómo se parten ramas y se pisan hojas con velocidad.
En la casa la esposa recibe la visita de su hermana que la quiere felicitar por Navidad. Sin embargo, pasan rápidamente de las felicitaciones a la ausencia de su esposo y ella le platica su sueño.
La hermana sin saber muy bien qué responder, le pregunta que si eso del vientre tibio y satisfecho no querrá decir que está embarazada.

 

Los largos días en los que no sucede nada

De mi trabajo en aquel restaurante en Copilco (La Bonita, si no mal recuerdo), conservo la agilidad para partir una sandía y la imagen de Ceci acomodándome el mandil antes de alistar cubiertos en las mesas. Era la primavera del 2019. Cecilia llevaba trabajando en ese lugar bastante tiempo. Se sabía las mañas de todos los clientes regulares. Me contaba de su hija pequeña, de su expareja que se había ido a Querétaro con quién sabe qué otra gente. Y más de una vez me preguntó que qué era eso de querer la escritura.
Tenía paciencia conmigo y, generosa, me dejaba atender las mesas grandes para que así juntara más propina. Casi siempre eran comensales que venían a festejar a algún hijo en toga y birrete con el logo de la UNAM dorado y visible. Al irse, y mientras limpiaba y recogía, por alguna razón acababa pensando en mis padres. Ceci, de nuevo, sospechando de mi episodio, me regresaba de quién sabe qué año al presente y me apuraba, amable pero imperativa, hacia el cumplimiento de mis quehaceres.
El lugar cerraba a las 6 de la tarde. Ceci, litúrgica y repetitiva, acaparaba la bocina que durante toda la jornada solo tenía la función de emanar ruido de fondo. Conectaba su celular y, adueñándose de la música, barría y tallaba los pisos terapéuticamente, a la vez que Gianluca Grignani cantaba Hay una cosa que no te he dicho aún. Que mis problemas, ¿sabes qué?, se llaman tú. Así, una tras otra, las canciones de desamor acompañaban la limpieza de La Bonita hasta que, por fin, todos los meseros, junto con los trabajadores de la cocina, nos poníamos ropa de calle y nos íbamos al metro, aunque no puedo decir que con una sonrisa definitiva.
Duré trabajando ahí hasta enero del año siguiente. Cuando me despedí de Cecilia, me preguntó una vez más que qué era eso de desear la escritura. Y también, por última vez, le di una respuesta vaga que, a pesar del descuido, creo que sigue teniendo algún tipo de vigencia.
Me mudé a la Guerrero. Comencé a trabajar en el mercado Martínez de la Torre. También me había enamorado, recuerdo. Llegué a ese trabajo un domingo en la noche, ya cuando estaban recogiendo los puestos. Apenas llevaba tres días en la colonia y no sabía muy bien dónde comprar qué. El puesto, ya más bien lleno de huacales vacíos con su madera clara mostrando rastros de la miel salivada por la fruta, era de los pocos aún con luces encendidas. La señora Vicky tapaba el puesto con el cuidado que exigen los recién nacidos. Intercambiamos una breve conversación donde supe que su esposo había sido atropellado en un viaje a la Central de Abastos al inicio de la semana, y así acabé terminando de tapar el resto de las cajas de fruta. Quedé de estar ahí a las 6 a.m. De regreso, y con una bolsa repleta de fruta medio golpeada, pero en su punto, vi a un hombre persignarse frente a un altar de la Santa Muerte. Nos dijimos buenas noches, aunque yo no me persigné.
En la mañana, trabajadores boleados y abotonados se detenían alrededor de un triciclo de herrería amarilla, donde iba montada una canasta protegida con un mantel a cuadros blancos y rojos. Compraban café que el vendedor servía de un termo naranja de 20 litros. Los hombres y mujeres se dirigían después por la banqueta, cargando un vaso de unicel y un pan, diestros en el equilibrio de soplarle al café con leche y morderle al bolillo sin mancharse, esquivaban cargadores del mercado que también se movían con prisa, empujando sus diablitos rebosantes de cualquier cosa vendible.
Ayudaba a atender un puesto de frutas. La señora Vicky, la dueña, me recordaba a mi abuela. Y yo, a la señora Vicky, le recordaba a su hijo. En ese pequeño pacto nos agarramos cariño. Me enseñaba el orden armonioso y geométrico de una pila de mameyes. A enganchar al cliente con la puntualidad de un cuchillo rebanando el durazno más dulce del montón, para seducir el gusto ajeno. Y, por supuesto, tuve que aprender la cadencia del infalible pregón del pásele güerita, ¿qué le damos? La señora Vicky nunca me preguntó por la escritura, pero en cambio, estaba dispuesta a ofrecerme todos los secretos de la compra/venta de frutas y verduras. Trabajé en el puesto hasta que empezó la pandemia. Le dije a la señora, nos vemos en dos semanas. Ella me echó la bendición, me cargó la morralilla con bastante fruta y me dio dos billetes acompañados de un cuídese, mijo. A su manera, esa bendición sigue procurándome cada tanto.
Pensé en ellas esta mañana, desde una latitud indiferente a esa prisa, porque me he estado preguntando bastante por lo que hago, es decir, por el querer la escritura. Y sé que lo pensé, porque esos fueron mis últimos trabajos no relacionados con el lenguaje o literatura.
Sin embargo, el que esté revisitando esos episodios no quiere decir que haya llegado a conclusiones distintas a las que tenía en esos momentos. La sofisticación de mi manera de explicar mis dudas tampoco quiere decir que las dudas ya no existan. Apenas intenciones rebuscadas de presentarme ante otros personajes que se dedican a la crianza de una ambición similar a la mía. Así que regreso a ese lugar anterior a todo, cuando yo no tenía la insistencia de ningún nombre y, por lo mismo, debo explicitar que lo que esperaba de la escritura poseía una condición amorfa, pero quizá, más verdadera. Regreso ahí, no al origen, sino al no lugar, porque en su indistinción, sus motivos, de tan amplios, me permiten entenderlos como reversibles.
Y no tienen que saberlo, pero luego, en días largos en los que no sucede nada, pienso qué haría si no me dedicara a decir cosas, si no me dedicara a trazar las causas y consecuencias de vidas posibles, hasta que parezcan un esfuerzo real contra la carnicería de la memoria. Si de verdad no estuviera mi atención dispuesta a exagerar el mundo en mi asombro, al grado de conmocionarme por aventar una piedra al agua y creer que, entre el círculo del choque y el fondo marino, hay un poema. Si entre todas las cosas que digo y hago no sintiera que hay una otra vida que jamás se reconcilia con la vida que ejerzo a diario, y que eso es lo que me permite justificar mi trabajo como una búsqueda, o con alguna otra palabra, que suene sospechosamente metafísica.
Y también pasa, pues, que asevero mi agradecimiento, pero de tantas veces que he tenido que repetir en público lo agradecido que estoy, me hago la pregunta de si en verdad lo siento, o si es tan solo una forma de agregarle una demarcación a lo que hago, para asumir una confrontación moral con los otros con los que yo nunca estaría de acuerdo.
Así que la pregunta por escribir se acaba alimentando por otras pugnas que no tienen nada que ver con escribir, pero que parecen, desde lejos, ejercicios necesarios para hablar de lo buena persona que es quien escribe. Todos preocupados por el mundo. Pero el mundo, sobre todo, indiferente a lo que podamos decir de él.
Yo no recuerdo el momento preciso, ni tengo una metáfora para explicar por qué comenzó este itinerario, pero si hay algo que tengo claro son las personas que me dieron parte de su imaginación. Que es casi lo mismo que afirmar que me ofrecieron voluntaria, secreta o indirectamente una parte imperecedera de su vida, porque, así como los habita, también se ha alojado en mí hasta decirme.
Este año mi imaginación cambió y ahora reposa sobre un horizonte menos acuático. Me atravesó la idea del cambio de las estaciones y perseguí su anhelo como si fuera mío. Crucé un país varias veces que, de tantas, más bien escarbé un hueco donde no sé si crecerá algo. Me despedí de una idea, pero no abracé ninguna otra, sino más bien he visto cómo algo se atraviesa hacia un sueño vago y tierno, como si acabara de nacer y, en su llanto de criatura estrenada en el aire, también respiro.
Cecilia encontraba mis razones de haberme mudado a la Ciudad de México de ingenuas casi supersticiosas. Y ahora que las recuerdo, que repaso mis ánimos y mis deseos, hay algo que nunca realmente sospeché y que debo admitir: y es que la idea de ser escritor no necesariamente implica el ejercicio de escribir. Son dos cosas distintas, a veces hasta antagónicas. La primera vive de los otros para reafirmarse, es un afuera constante y poluto por el temperamento incontrolable del espejo. La segunda amanece y duerme si es que uno amanece y duerme, y es su razón el cometido de un frágil pulso de animal que sabe que, en cualquier momento, dejará de estar ahí.
Aceptando lo segundo, el trabajo de escribir parece más una disposición a aceptar que lo que se procura no solo tiene caducidad sino prisa, y que la inteligencia de los hallazgos es más un azar provisto por la necedad de las palabras que por la conducción clarividente de quien las dice.
Por eso, para mí, ha sido muy importante haber conocido personas durante todos estos años que tienen la gentil y amable pasión por compartir lo que imaginan sin la prisa de nombrar y legitimar su experiencia en el mundo, sino antes que eso, quieren pensarlo. Hay demasiadas cosas ya dichas, sobre todo ahora, y ante el exceso y su velocidad de enunciación, es mejor pensar.
A mí me enseñaron eso hace no tanto. Cruzaba mi vida como se cruza un país. Era amado y amaba. Veía a los pájaros y a la noche perseguirse aladamente hacia el Oeste. Llevaba una libreta, pero no apunté palabra o signo, vivía, sobre todo vivía. Entonces entendí que esto se trata de vivir y no de otra cosa. Es lo único que deseo. Aquí yo digo: vivir es mi ambición definitiva.
Hace rato fui a la orilla del agua, como tantas veces ha ocurrido. Tuve una idea fugaz sobre por qué me gusta estar tanto en la naturaleza y no en las ciudades. Saludé, más tarde, a un pescador. Contento, revertía el hilo de su caña hasta la sorpresa del ya nunca pez sobre lo brillante de su cuchillo.
Me quedé sentado en la orilla. Allá el pescador extraía las entrañas de un bagre. La sanguaza contradecía lo azul del hielo. Y creo que día pasaba sobre mí y creo también, que el año acababa.

 

No sé, conmigo todo va azul

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Un hombre al que apenas y le veo los ojos vierte sal sobre la banqueta. Está cubierto por un abrigo que le llega hasta un poco más abajo de las rodillas. Sé que respira porque un vaho se abre y desaparece no muy lejos de su rostro. Su gorro tiene las siglas de la Universidad de Iowa. Estamos a -14 grados. El suelo traiciona muy fácil porque ya no es nieve lo que cubre las banquetas, sino un hielo contaminado por el vaivén de transeúntes, que compacto, promete la caída a la mínima distracción.
Los estudiantes esquivan al hombre que sala el concreto. Los granos azulados y químicos se esparcen como migajas que, pacientes, derretirán lo liso. Personas, con las manos en los bolsillos, contraídas tanto como pueden, aguantan la ventisca apresurada que anuncia las intenciones del invierno. Sobre nosotros, las aves continúan, y lo hacen tan plácidamente que la pesadez de nuestros cuerpos, apretados por el frío, se mira ridícula ante tanta ligereza.
Quisiera decir que padezco la escena, pero justo en mis audífonos comienza a reproducirse la voz dulce y brasileña de Gal Costa. El irvenir de estudiantes se acompasa y una idea sobre un verano en una playa, la primera de mi vida, supongo, se organiza en mí. El frío. ¿Cuál frío? Y me muevo adentro de los pliegues de mi ropa, abarcando todo lo que la música me sugiere.
Vivemos na melhor cidade da América do Sul, da América do Sul dice Gal Costa y en la misma canción Caetano Veloso le contesta pleeeeaaase staaay, pleeeease staay. Y por lo que dura un semáforo entre la N Clinton y la E Jefferson St pienso por qué yo nunca me he quedado. El semáforo cambia. Cruzo como cruza el aire también. Y un polvo liviano y niño hecho de nieve también niña, se alza como los holanes de un vestido en un baile pegado pero discreto.
Entro al edificio. Soy maestro de español. Hoy es mi último día de clases. No les digo a mis alumnos que gracias a ellos he entendido estos meses los años que tengo. Sonríen cuando uso su lengua de manera equivocada para felicitarlos por haber terminado el semestre. Yo sonrío cuando ellos usan mi lengua para decirme hasta luego. El salón se queda vacío.
Me tardo en ponerme las varias prendas que me permiten habitar el Midwest. Envuelto en una piel falsa pero necesaria, volteo una vez más al pizarrón. Con marcador negro están escritas varias oraciones que los estudiantes pasaron a escribir.
Espero viviré en un otra ciudad del mundo. Yo también espero Paige. Yo también.
En la calle, ahora ya medio día, el sol a pesar de que anda por ahí, se mira más bien temeroso. Los árboles ni hojas tienen, pero pareciera que la luz de diciembre se resiste a bajar por entre las ramas. Regreso a Gal Costa. E o que eu não sei mais. Hay muchas cosas que ya no sé, pero no las enumero y cruzo una avenida. El día se reprime otra vez. Llega una ventisca y otra se le adelanta, pero yo sigo en la primera playa que miré, así que la idea del frío me parece una gesticulación arbitraria que no hace nada más que repetirse hasta perder significado.
Entro a mi casa. Me desarmo hasta quedar tan solo como un cuerpo prudente para el interior de una habitación. Intuyo que el hecho de crecer en Acapulco me regaló el ademán de nunca traer playera. Y me la cuelgo al hombro y me siento a ver por mi ventana el desfile de personas envestidas por el reclamo del hielo.
Llamo a mi padre. Le cuento y él me cuenta. Así, me imagino, aún nos pertenecemos. Él desde algún lugar de Chilpancingo encuentra grosera la cantidad -14 °C. No lo desmiento. Tiene razón. Le comparto que hoy terminé de dar mis clases. Nos escuchamos y me platica cómo fue la primera vez que enseñó en una prepa en Acapulco. Historia.
No se lo digo, pero a la vez que se acuerda y me explica, ejerce la propia labor docente que describe. Me enseña. Aprendo. Y las formas cóncavas de la Catedral de Nuestra Señora de la Soledad adquieren su gravedad árabe.
Lo imagino a sus 27 años levantando el brazo, señalando lo muerto y lo vivo de una construcción en el zócalo. Las mangas de su camisa cuadriculada se resisten a la arruga y la pluma por ahí, acomodada como alfiler sosteniendo la bolsita. La clase aún no termina y vuelve su asombro, el mío también. Y la pulsión didáctica a la cual ha dedicado toda su vida extiende nuestro recorrido hasta el Fuerte de San Diego.
Sabías que Morelos inició el sitio de Acapulco con aproxima-damente mil 500 hombres, y se le unieron Matamoros y Hermene-gildo Galeana. Mira, ya ves, todo se conecta, de ahí viene el nombre de nuestra colonia.
Como mal alumno interrumpo la efeméride. Le menciono que yo solo una vez he entrado al Fuerte de San Diego y remato mi intervención confesándole que lo que más me daban ganas de hacer era jugar futbol en el pasto de los canales que rodean su estructura.
Se ríe y termina por contarme que a los 15, cuando acababa de vender periódico, y como el Fuerte en aquel entonces estaba prácticamente abandonado, se reunía ahí con otros amigos. Echaban reta, justo encima de ese pasto preciso en verde y longitud, rematando con los pies desnudos un balón contra las paredes robustas de tantos siglos.
Nos prometemos algo. Cortamos la llamada. Y la sensación del acento costeño de mi padre, un acento que yo no tengo, me revive la idea del mar de nuevo, el primer mar, su costa y mis años alrededor de la Bahía. La conclusión llega. La respeto. No reniego de ella. Y a la vez que la nieve, Gal y Caetano cantan en mi casa Não sei, comigo vai tudo azul. Contigo vai tudo em paz.
Afuera el día sigue su curso congelado, pero ya no me conmueve. Al menos no en este preciso momento. Cosa que me permite ordenar mis intenciones. Lo que he ganado y lo que he perdido como un cúmulo de palabras que buscan sublevarse de mí. Tampoco me resisto. Que se vayan a donde quieran. Yo, por mientras, aquí pensando en el mar donde crecí, me inicio en mi nombre, y creo que mi nombre es azul y amplio y dejo que ese rumor se extienda lo suficiente en esta entraña desvestida.
Y seducido, algo en mí dice y calla igual que la costa que mi padre me enseñó a nadar cuando yo tenía tres años. Y aunque mi nado era pequeño, mis brazadas reunían olas que se iban repitiendo en crestas cada vez más grandes. Y mi padre sosteniéndome sin saber aún qué clase de vida se inauguraba.
Entonces, Caleta. La cubetita de plástico para el niño y mi abuela sonriendo y mi madre sonriendo con ella como dos luces suficientes en medio del mar de mayo. Y también el ostión y el callo de hacha. La sal sobre la sal del molusco.
Y suda la botella y suda el vaso y brindan ellos tres por lo nuevo y por lo aún no conocido, pero Raúl, hay que ponerle bloqueador al niño. Entonces Caleta, la palita y el castillo de arena derrumbado porque todos los castillos cuentan lo mismo.
Pero anda que viene la ola, tráete al niño. Y pasa el parpadeo de la ola que llega a la orilla y la prisa por cuidar que el agua no se robe las sandalias. Y que córrele. Y que el masaje y el tatuaje temporal y las promesas también temporales. Así que hay que secar al niño, cargarlo en brazos, ponerlo en la hamaca. Y ellos, bajo el sol de mayo, yendo a la misma velocidad que sus vidas, contándose sus deseos, mientras llega el ceviche y las pescadillas y el sonido de las bolsas de frituras abriéndose y cerrándose. Y el conjunto de cuatro hombres entonando los Panchos y la bastilla de sus pantalones con el doblez aún marcado ya más que humedecida. ¿Qué otra cosa puedo dar? Pasarán más de mil años. Y mil años de hecho ocurren y empiezan otros mil años más, justo ahí, en ese gesto inmediato y tierno de mi padre acomodándole el cabello que le estorba en los ojos a mi madre. Y familias enteras entran al agua, pero ellos dos no dejan de sonreírse y mi abuela me canta una canción de cuna y yo me duermo.
Tocan la puerta de mi casa. Despierto bruscamente. Busco rápido mi playera para abrir. Por la prisa me la pongo al revés, pero da lo mismo. Me entregan un paquete. Firmo de recibido. Abro la caja. Cosas que compré para regalar en Navidad. Desde hace algunas navidades uso mi trabajo para justificar mi poca creatividad en el hecho de mis regalos. Libros.
Regalaré Los diarios de Emilio Renzi. De inmediato, casi como mancia busco la fecha del día de hoy. No me convence, así que barajeo las hojas hasta mi fortuna. Como todas las veces, se abre el libro muy cerca de la mitad. Es un sábado 6. Dice Piglia, Cambiar drásticamente de vida, otro nombre igual a otras pasiones. Leo la oración varias veces. Trato de entender cómo esto me puede predecir algo. Me obsesiono. Y me entrego a la idea de que lo que acabo de leer no es una predicción sino más bien es algo ya hecho. Entretenido en esa idea y la cabeza acumulada en intenciones distraídas decido ir a comer fuera para celebrar que acabó el semestre.
El ritual se repite. No diría que soy diestro, pero tampoco novato. Así que los calcetines gordos, el doble pantalón, la doble playera, la chamarra, la bufanda y la doble vida. Aquí el sol ya no está dispuesto a nada desde las 4:30 de la tarde. Gente entregada a la noche prematura, se divierte hacia sus vidas y yo, aunque no las persigo, voy detrás de ellas.
Me entretengo en la nube de mi vaho. E indeciso de hacia qué lugar meterme saco mi celular, pero no puedo manipularlo sin quitarme el guante. El índice atiende la pantalla del teléfono. Siento cómo el frío pervierte su motricidad hasta que su tacto me reclama la urgencia de regresarlo al calor de la prenda.
Sentado. Miro a los comensales abrir y cerrar sus bocas y hablan y responden. El mesero me pregunta que si hablo español y adquirimos el ritmo de nuestra propia lengua. Yo digo que vengo de México, él me responde que también. Me pregunta las razones por las cuáles estoy aquí. Antes de contestarle se disculpa porque lo llaman de otra mesa.
Comensales inician el ritual del ropaje acumulado, y se visten capa por capa para salir. El mesero regresa con mi comida. Ya no continuamos la conversación y me quedo con mi respuesta escolar insistiendo por ahí hasta que solo desaparece. Cuando me trae la cuenta reanudamos la plática. Le digo que vengo de Chihuahua. Me contesta que no tengo acento del norte. Me siento descubierto.
Dejo la propina. Me alisto para salir. Así que me aseguro del doble calcetín, doble chamarra, doble acento.

 

El sol arde en la costa vacía

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Alan Valdez

 

A esta hora de entresemana aquí solo vienen estudiantes que torpemente esconden la playera del uniforme, mientras las milrayas de sus pantalones y faldas ondean en la fila de la taquilla. Eligen la primera sala que esté disponible y se dedican por 90 minutos a ensayarse los pliegues de la ropa interior.
La entrada es barata, 15 pesos, cosa que hace honor al nombre del comercio llamado Cinemahorro. Por las mañanas hay un ciclo de cine menos comercial. Casi siempre 3 películas sin relación alguna, con subtítulos, que lo único que comparten entre sí es la cantidad de países involucrados en su producción.
El edificio donde está el cine es altísimo, gris y altísimo y azul también como una ballena de medio día. Se llama Oceanic 2000, tiene desocupados la mayor parte de los pisos de la sección comercial salvo la planta baja y el segundo nivel donde los estudiantes se dedican a terminar sus tareas en equipo.
En la planta baja hay un Sanborns que presume tener los baños más limpios de todo Acapulco, una estética unisex con servicio de alta gama de peinados para eventos especiales y una tienda de suplementos alimenticios que anuncia sus ofertas con un cartel donde hay dos mujeres fisicoculturistas.
Después de que termina la película camino unos minutos hasta la Casa de la Cultura. Tiene un jardín amplio y un pequeño auditorio al aire libre. Me siento a esperarte. Sentado en una banca miro a una máquina expendedora de refrescos, roja y excesivamente iluminada, simula lo voluptuoso de unas gotas de agua fría. Huelo el interior de mi playera, me repaso la frente con una servilleta hecha bola y apruebo mi aspecto en el débil reflejo de una ventana. Llegas.
Me sorprende lo mucho que fumas, pero hace más sentido cuando me hablas de cómo tu madre y tu padre no tienen ninguna foto donde no salgan con un cigarro en la mano. A mi madre no le gusta que fume, pero aún así lo hago.
Me preguntas que por qué me fui a estudiar a Chihuahua y yo te pregunto la razón de estudiar Derecho. Ninguna de las respuestas que nos damos en realidad nos satisfacen, pero pronto adolescentes, comenzamos a reírnos de lo serio que sonamos hablando de las decisiones de nuestra breve vida. En algún momento, la manera de reírnos rebasa su origen, ya no estamos riendo de nada en particular y más bien la risa del otro prolonga la personal hasta que ambos sonidos se responden como un hilo de colores que va descomponiéndose en nuestras caras.
Cumplimos años el mismo día y eso nos hace creer en una forma de mundo, no sé exactamente cuál forma de mundo, pero en ella creemos. Te cuento de la película que vi. Explico mal el argumento, pero pones atención a la palabra río y de ahí decidimos ir hasta la playa del Cici.
Sentados en los últimos escalones antes de que comience la arena, me preguntas sobre mi familia. Dónde se conocieron mis padres, si mi casa del cerro es visible desde esta orilla, si me gusta más el norte de México o el sur. Te descalzas. Yo hago lo mismo y comenzamos a caminar. A veces vemos niños corriendo tras las olas. A veces vemos olas corriendo tras los niños. Nuestros cabellos se doran con la luz y la arena se pega en nuestros dedos al pisar.
Personas adentro del oleaje van y vienen, ridículas las horas hacen lo mismo. Mujeres y hombres, luminosos y amarillos pisan la arena amarilla y se dirigen, casi como en una misma intención, hacia un lugar simultáneo. Te pregunto por los viajes de una nación a otra y por la idea tan vaga de llegar a los veintes. En los empedrados que dividen la bahía, debajo de la sombra de un almendro, perseguimos los movimientos de los huéspedes del hotel Calinda jugando fútbol y pidiéndole más cervezas a un hombre con las pantorrillas rebosantes y morenas.
Hacemos observaciones exageradas de los turistas. Practicamos, histriónicos y torpes, vidas absurdas e inventadas.
–¿Cuánto tiempo crees que lleven juntos?
–Yo no creo que estén juntos, mira más bien como él mira a la otra.
–¿Y cómo sabes que la otra no es más bien la primera?
–Mira, ve cómo ella le acaba de dar a cuidar el cel y se va a meter al agua.
–¿Y eso qué? Puede ser su amigo.
–Bueno, sí, pero cuando ella se mete voltea para atrás y le sonríe.
–¿Y con eso ya puedes decidir quién está con quién?
–Sí.
–¿Con la pura sonrisa?
–Sí.

Abandonamos las vidas ajenas, me preguntas por qué me gusta sentarme justamente aquí y no en otra parte, y en vez de contestar, te llamo a saltar entre las piedras. Los cangrejos recorren la parte húmeda y verde de las rocas. A veces la sal de la ola los hace desaparecer. Y levantamos la mano, señalamos la misma parte del mar y perseguimos la estela de una lancha que dirige el vuelo de un paracaídas.
Nos miramos fingiendo no mirarnos. Compartimos la misma sed hasta que es hora de despedirnos. Las sombrillas y camastros empiezan a ser recogidos y corredores de arena se desplazan veloces a la misma dirección que las gaviotas.
Acordamos vernos mañana de nuevo. Te sacudes las plantas de los pies y la arena de tus zapatos en el pretil de la banqueta. Cuando pierdo todo rastro de ti, no me decido a la ciudad aún y comienzo a caminar por el resto de playa que falta. El día se revierte a una infancia muy parecida a la que yo tengo. Prenden las farolas. Personas nocturnas juntan latas de aluminio mientras una jauría de perros se dedica al festín de bolsas blancas de basura.
Antes de salir de la playa miro los brazos de la bahía, ahora alumbrados, vanidosamente por miles de focos prendidos. Regreso caminando a la casa. Afuera de la iglesia de Costa Azul hay gente comprando cena. Sentados en banquitos de plástico, los comensales dan instrucciones precisas en la cantidad de queso rayado, crema y salsa que debe ir en sus picadas.
Atravieso la banqueta del parque Merle Oberón. En la cancha de futbol rápido están echando reta. En una de las jugadas el balón es lanzado fuera de las bardas de la cancha hasta caer adentro de una casa. El terreno no solo está amurallado con una pared blanca de dos metros, sino que está coronado por un alambre de púas. Del parque salta un hombre descalzo, sin playera y con un short con el logo visible del Real Madrid. Le gritan, Chita, papito, arajo ese balón ya se perdió, api. Y el Chita, hombre grueso, minúsculo responde, Arajo, api, que ahorita lo resolvemos, api.
Chita, ágil y felino, salta la barda de dos metros, desatiende la alarma contra robos de la propiedad y sale con el balón que tiene estampado el logo de las Chivas. Victorioso, como quien ha trabajado todo el día, avienta el balón de vuelta a la cancha mientras los demás chiflan y aplauden el milagro.
Después de subir largo, por la pendiente que lleva hasta la colonia Hermenegildo Galeana, tengo derecho a una imagen panorámica de la bahía. Alcanzo a distinguir embarcaciones que pueden ser yates o pequeños botes de pesca. Y más hacia la izquierda, las luces en fila de un extenso barco petrolero. Pocos condominios en el Oceanic se muestran ocupados y, más allá, sobre la ladera lujosa y habitacional de las Brisas, autos avanzan por la avenida Escénica.
Entrando, mi abuela me pregunta que dónde anduve toda la tarde. Me conoce y, al mismo tiempo, hay algo que cada vez entiende menos de mí y yo de ella. El centro de su sala está ocupado por dos veladoras. Nos decimos buenas noches. Cierra la puerta de metal a la vez que mis pasos se marcan con la voz de un Descanse mijo, mañana lo veo.
Subo ahora hasta la casa de mi madre. Está en su escritorio. ¿Ya sé durmió tu abue?, y platicamos un rato sobre sus pendientes. Yo volveré a salir mañana, le aviso. Le doy un abrazo y se da cuenta, por mi olor, que estuve fumando. Me reprende, nos regalamos las buenas noches. Acostado, me narro de nuevo el día y pienso una vez más en el verde, la sal y los cangrejos.
La función empieza a las 12:15. Los clientes, de costumbre con sus mochilas y playeras del uniforme amarradas alrededor de la cintura, esperan. Es una película danesa. Leo la sinopsis una vez más. Algo de un maestro de Historia del Arte y una guerra y el campo. El orden no importa mucho.
A la sala entramos nosotros dos y otra pareja. Confesamos las veces que también nos volamos las clases en la preparatoria. Se anuncian los tráilers de otras películas. No sabemos bien qué hacer con las manos compartiendo el espacio de la butaca. A mitad de la película, los otros espectadores comienzan a integrarse en una sola masa amorfa de sombras. Y continúan así hasta que prenden las luces que acompañan los créditos de la película.
Vamos de nuevo a la playa. Arremangados del pantalón caminamos desde la orilla de Icacos hasta el empedrado del Hotel Calinda. No están los turistas de quien nos estábamos burlando ayer, pero nos entretenemos de la manera brusca con que un hombre esparce bloqueador sobre la espalda enrojecida de una señora.
Salimos de la arena y tomamos el camión que anuncia en el parabrisas Base-Caleta. Al llegar al zócalo, sorteamos vendedores de artesanías y nos adelantamos por una calle de subida que nos saque hasta La Quebrada.
Personas con las puertas abiertas de sus autos reproducen música que se combina con el oleaje rompiendo en los inicios de los cerros. La gente empieza a amontonarse en el mirador de los clavados. Con unos megáfonos anuncian cuántos minutos faltan para la próxima caída. Desde donde estamos es difícil distinguir al clavadista, o a la multitud, pero la montaña y su signo se conservan.
Los aplausos nos llegan. Acumulándose ahora con el sonido de la música y el sonido de las olas es imposible distinguir qué emoción es más verdadera. Sentados, ya solo quietos ante el espectáculo del mar hacia la tarde, comenzamos de nuevo nuestras preguntas. ¿Te gusta lo qué estás estudiando?, ¿piensas algún día regresar a Acapulco?, ¿cuántos días dijiste que estarías aquí de vacaciones?
Tenemos 18 años. El sol arde en la costa vacía.

El día menos la noche

En medio del maizal hay una vaca. Se da cuenta de la visita, pero tan pronto voltea, tan pronto dirige el hocico al zacate. Tantito más allá, en otro corral, uno de mis tíos empuja a una mula. La mula carga la montura del arado como alhaja desacomodada de su brillo. Mientras la labor se abre, mi tío fuma. El humo también se da cuenta de la visita, pero tan pronto lo alcanza la luz del mediodía, tan pronto yo me distraigo hacia la travesura con los otros niños.
Mis primos, mis hermanos y yo corremos. El día es amable con nuestras sombras. Y del piso tomamos manzanas prematuras que el viento ha tirado. Se inaugura la pequeña afrenta. Nadie llora. Nadie reclama. Nadie pierde. Tan parecido a la guerra, y, sin embargo, aquí, perder apenas y dura un rato.
Las manzanas son verdes. Entre lanzamiento y lanzamiento, se le propone a la fruta una apresurada mordida. Ya nos han insistido muchas veces clausurar este juego. Que la comida no se desperdicia. Que ahorita uno de ustedes va a terminar llorando. Que chamacos cabrones sin oficio ni beneficio.
Ellos están preparando el almuerzo. Vinimos al rancho. Comeremos al aire libre. Las tías pican cebollas y repiten nombres de gentes que yo ni conozco. Los tíos parados, supongo que costumbre por demás antigua, alrededor del fuego donde acomodarán el cazo, platican del clima como si el clima no estuviera ya pasando de por sí. Cada uno, bebiendo cerveza, señala, precisión del ojo instruido, ¿ya prendió, compare?, ¿ya mero, parientito?, ¿’ta buena la lumbre, vea, compare? Y pues sí, claro que sí. A su manera, creo que son felices.
Comemos en platos blancos con tenedores blancos. La mitad del traste desechable lo ocupa una tortilla de harina doblada, en el otro cuartito del plato, una porción de carne molida con papa y jamón, y en el cachito restante, una cucharada de frijoles con queso. Mi madre me dice que le sople, que me voy a quemar la lengua. Que ya ves, te dije que te ibas a quemar la lengua y que ándale, tómale al agua a ver si así se te pasa lo quemado.
Mis tías se van con mi abuela Cirila a caminar del otro lado del río. Mis tíos escuchan una canción que habla de un árbol en una barranca y por alguna razón parecen estar muy de acuerdo. Nosotros, niños, niños todos, nos vamos al presón. Se practicará la destreza del atrapado de rana, del salto pez y de la prisa libélula.
Desde la orilla del raquítico estanque que han destinado para que vengan a saciarse los caballos y las vacas, aún escuchamos la música que sale de las bocinas de la troca. La troca, estacionada debajo de un manzano, tiene ambas puertas abiertas. El perro del rancho, nada tonto, decide que es mejor el asiento acolchonado de la Ford 79, que el suelo lleno de chinches del Ejido el Largo. El gusto le dura poco.
Nos advirtieron no ensuciarnos, pero así qué chiste. Corremos alrededor del óvalo persiguiendo animales más rápidos que nosotros. Damos tantas vueltas que la promesa del clavado hasta suena ociosa pensarla. Se cae uno de ellos. El presón no está nada profundo. A pesar de que ya tocan las lluvias, el año va reseco. Aún así, el agua es lo suficiente líquida para que la idea de la playa nos esté permitida. La ropa de todos queda colgada sobre el mediodía y el sol nos averigua las nucas con una ternura paternal pero inexperta.
En calzones, nos adivinamos la respiración debajo del agua. Uno de mis primos, Jesús, le pregunta a una de mis primas cuándo le van a salir chichis. Después de ese comentario, Ale va y se pone la playera. Nos comenzamos a aventar lodo. Tratamos de meter el perro al estanque y que se deja. Alguien grita que allá vienen las tías y nos salimos del presón, agarramos la ropa y corremos hacia la loma. El perro corre con nosotros. Una cofradía de gente pequeña semidesnuda agachada detrás de un árbol. Otra vaca nos mira y mueve su cola. Creemos que nos ofrece un saludo hasta que más bien se avista el cúmulo de moscas que no la dejan en paz entre sombra y nube.
Las madres comienzan a gritar nuestros nombres. Desde lejos respondemos que estamos jugando a las escondidas. No insisten más y, entre que secos y lodosos, comenzamos la ida por alguna loma sonajienta de tanto insecto que anda por ahí. Mis primas van agarradas de las manos. Nosotros no. A veces recogemos piedras y las cargamos por unos minutos y después las aventamos a un lugar que hasta hoy no podría decir dónde.
Llegamos al fin de la pendiente. Desde ahí, se observa la cabaña y la troca. Y las vacas que antes aparecían una por una, por fin ya se acompletan. Las carcajadas de los tíos llegan como si el aire las trajera de mandado en mandado. Encontramos un hormiguero. Lo destruimos y las hormigas salen apuradas hacia un lugar para siempre anónimo. No hay idea de principio ni fin en nosotros. Nos vamos. El día, amarillo y verde en sus bordes, los bordes de los cerros, despliega unas intenciones de lluvia. No duran mucho. Nos vuelven a llamar, por el tono de la voz no es una solicitud. Llegamos.
Ellos siguen bebiendo. Nosotros, regañados y con la obligación del estate quieto encima, apenas y decimos algo, pero los ojos, los ojos siempre han sido más que suficiente. Así que lo que empieza como un aventarse de piedritas, prosigue en el estarse empatando una botella vacía de Coca-Cola como balón hasta que definitivamente regresamos a nuestro propio mandato. Empolvados como mueble viejo, recorremos la llanura del rancho junto al perro. También es feliz, lo sé. Y saludamos a las vacas. Y nos decimos entre todos, vamos más allá, lejos, allá donde nunca nos dejan ir.
El otro lugar es la vieja cabaña. Ahora la usan como taller y está lleno de partes de tractores descompuestos. En las paredes hay anuncios de aceite multigrado Bardahl, pósters de mujeres en trajes de baño fosforescentes y dos calendarios de los Abarrotes y Carnicería Lugo.
Sobre una de las mesas hay un paquete de cigarros rojos y un rifle, sobre todo un rifle. Miramos el arma como se mira el dinero tirado en la calle. Nadie se atreve a tomarlo, pero nos preguntamos por el dueño. Vacilamos, hasta que no. Ale dice que ha visto a su papá disparar muchas veces. Se atreve a tomar el rifle. Lo equilibra entre las dos manos como si estuviera pesando un animalito y dice que chance tiene unos cinco, seis tiros. Yo nunca he tomado un arma y me acerco. Su peso, que desconozco, por alguna razón se me presenta exacto, preciso, justo para un trabajo que no sé si entiendo. Lo devuelvo a la mesa.
La tarde va cayendo y, de tanto estar en el jaloneo entre que nos llaman y llaman de regreso, por fin nos quedamos ya sentados al lado de ellos, escuchando unos rumores que tienen que ver con señores muertos quién sabe hace cuánto.

—Crasto, el hijo del herrero, pues fíjate que ya no se supo.
—El hermano Carrao, también, agarró sus chivas y se peló de aquí.
El calor de la fogata comienza a darle una justa pelea a la luz de la tarde. Las historias de gente que ya nunca regresa se siguen contando. Aburridos, y ya en mera penumbra, comenzamos a seguir luciérnagas. Los bichos y su brillo crecen. El día, por el contrario, no. Al atraparlas les reventamos lo luminiscente y nos pegamos esa sustancia brillante en la playera como marca de nuestras manos infantiles. Se asume todo ya en su hora incómoda donde la noche y el día ni se llevan bien, pero se extrañan.
Aparecen estrellas y nos preguntamos cosas como que la escuela y quién te gusta y quiénes son tus amigos y si se te hace mejor vivir más con tu mamá que con tu papá. Y si es cierto eso de que a uno le saldrán pelos en todos lados y que a poco sí le has dado besos a ella y que a poco sí es cierto que viste a tu hermana mayor haciendo eso.
Nos vuelven a llamar. Hay que irse de regreso al pueblo. La luz es incómoda para recoger basura, pero aun así nos mandan a recoger todo lo que podamos. La piel nos pica y nos rascamos unos a otros sin decir que la sal del estanque se ha incrustado en el cuero cabelludo provocándonos urticaria canina.
Apagan la fogata. Dos de mis tíos se regresan a caballo. Adentro de la troca van, quién sabe cómo, 5 personas. Afuera, en la caja, nosotros los enlodados. Un sonido de latas y el aullido de coyotes desde lo lejos nos acompaña durante varias partes del camino. Vamos encimados en la caja de la troca. Apestamos a pescado viejo. Nos quedamos dormidos a pesar de que la terracería mueve a su capricho el vehículo de un lado a otro.
La lluvia nos despierta. Nos avientan un hule y, abrazados, sentimos cómo las gotas van chocando contra el plástico que nos han dado. Nos pataleamos a veces cuando alguien entierra de más el codo en la espalda del otro. El aguacero arrecia. Luego, de la nada, se detiene. Nos preguntan si estamos bien. Continúan.
Entramos por fin al pueblo. Lo oscuro del bosque contrasta con las luces débiles de las casas. Unos primos bajan aquí al lado de esta tienda. Adiós, mañana nos vemos. Otros primos bajan aquí y decimos adiós, Ale, andas toda chirisca.
Entramos a casa de la abuela. Le echan leña a la estufa, ponen a calentar agua, se toman un café y se comen un pan dulce y una telera. A nosotros nos mandan a bañar.
Afuera, a bandejazos no nos vemos desnudos, pero estamos desnudos. Nos echamos champú y jugamos a aventarnos agua, mis hermanos y yo. Contamos lo divertido que fue este día y lo mucho que comimos. Y nos da frío, y mis hermanos y yo le gritamos a mi mamá que nos traiga la toalla. Y ella nos dice, ¿se tallaron bien?, uuy, apestan a burro viejo. ¿A ver detrás de las orejas? ¿Se talló bien la colita o lo regreso al patio? Así, todo mugroso, ni se le ocurra que se va a acostar. Úchalas, apesta, ni se talló bien, ándele. A ver, mijito, eso le pasa porque anduvo de malcriado.
Nos acostamos. Me doy cuenta de que me da miedo un retrato de Cristo que está colgado en la pared. A la izquierda hay un calendario. En el centro del calendario hay una imagen de un tráiler cruzando lustrosamente algún camino de la sierra. Encima de esa imagen está escrito Abarrotes y Carnicería Lugo les agradece su preferencia y les desea un feliz 2002.
Es julio.

Ya voy payaso

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Escondo la botella entre mi playera y el abrigo. Es ilegal cargar con alcohol a la vista si vas caminando por la calle, aunque vaya cerrado. Me sorprendo del anuncio. Respondo a tu advertencia con un ¿Naaah maames, aunque vaya cerrado?, ¿es en serio? Y hablamos unos minutos sobre cómo es beber en la calle en Latinoamérica. Concluimos que nunca, bajo ninguna circunstancia, se debe confiar en la policía.
Llegamos a donde la festejada. Cumple 44 años llamándose Lis. Al tocar el cerco de la casa para anunciarnos, un perrito muy amable se acerca a dar la bienvenida. Le falta una pierna. Le dispararon, especificas, pero no desarrollas más la historia. Y como yo quiero saber los pormenores de su plomo, le pregunto qué pasó, mirándolo directamente a sus ojos de perro, sin embargo, solo mueve la cola y se dirige hacia la mesa donde están los invitados y la comida con la misma gracia de un veterano que recién ha pulido sus medallas.
Pongo el vino sobre la mesa. Entre el destapacorchos, el nice too meet you, too y el yo aprendo el Español cuando fui en Chile por 2 años, me llega la noticia de que el perrito se llama Gunnie. El pistolita, carajo.
De tanto repetir que soy mexicano comienzo a creer que ese es mi único nombre. Después del pastel y la canción de cumpleaños cantada así en español como en inglés para que nadie se sienta desplazado de su lengua, decidimos, por el frío, pasar del patio a la sala.
Lis y su esposo Víctor son peruanos. Del Perú yo no sé. Y le pregunto a ella por qué dicen El Perú y no solo Perú. Me contesta de manera muy clara. Quedo excesivamente convencido de por qué los peruanos se refieren a su país usando siempre el artículo antes del nombre. Sin embargo, una disculpa, dije que quedé convencido, pero no que podía reproducir semejante respuesta.
Los invitados se van yendo, hasta que la reunión pausa su tropezado bilingüismo. Me doy cuenta de que hablar del ceviche es una experiencia fundacional para los peruanos. Así que mejor me callo sin decirles que el ceviche con el que yo crecí además de jitomate también lleva cátsup. Mencionan 34 millones de personas. Yo digo 129 millones. Cuando acabo de decir el número, me percato de que nunca voy a entender lo amplio de esa cifra.
La fiesta se reduce aún más hasta que solo quedamos cuatro personas. Ellos comparten lugares de Sudamérica que yo solo he visto en los libros. Venezuela y sus panaderías portuguesas, Uruguay el sutil y pequeño. Petrópolis, sus montañas, el frío de esas montañas, lo bienvenido nunca negro y el suicidio de Stefan Zweig y su esposa Lotte Altmann en 1942. Aprendo sobre la doctrina de pasarse de chirrete, lo piedrero, lo chimbo, lo coñazo, y me divierto hasta que la cosa se pone seria al llegar al término deslograr. Y en medio de sus risas, en silencio, hago un recuento breve de todas las veces en las que yo, por supuesto, me he deslogrado.
Lis habla de la poeta peruana Blanca Varela. Me muestra un libro que en la contraportada trae un comentario de Octavio Paz. Paz dice de Varela, en su conocidísimo tono amplio e inaugural, que ella es Un poeta que no se complace en sus hallazgos ni se embriaga con su canto. Lis se detiene en la expresión Un poeta. Luego aparece casi como en efecto dominó el conservadurismo religioso en Lima, la derecha, Vargas Llosa, y al final, nos pregunta si alguien quiere más vino.
Sobre la mesa de la sala hay cajas de pizza a medio terminar. La cumpleañera nos ofrece llevarnos comida, más pastel. Lo que sea que sobre, somos bienvenidos a tomarlo. La reunión acaba. Son las 11. Algo he conquistado yéndome temprano de una fiesta y al mismo tiempo algo se acaba de clausurar. Te ríes de mi comentario mientras echamos las botellas vacías y las cajas en una bolsa de plástico que ya reniega de su exceso de volumen.
Lis nos da pastel a los dos. Me da pena decirle que no me gusta el pastel. Pero supongo que debe ser de mal gusto negarle a alguien la emoción de su cumpleaños. Sobre los platos de plástico que contienen las rebanadas que ella ha dispuesto para ambos, como tapa, obviamente, pone otro plato. Nos despedimos. No vuelvo a ver al perro mientras cruzamos el jardín.
La calle tiene árboles grandes. Su respuesta al otoño invade las aceras con muchas hojas. Hace frío, pero aún no tanto. La nieve en este momento de octubre es apenas una promesa. Y la calma de mis reflexiones cursis y solitarias sobre el paso del tiempo se interrumpen cuando veo filas de universitarios dirigiéndose hacia alguna fiesta que apenas está comenzando. Los miro, percibo su deseo adolescente y la única y verdadera respuesta que tengo es envidia, pero no te digo nada. Hasta que sí.
Y es imposible pausar la envidia porque los universitarios siguen apareciendo, replicándose esquina tras esquina yendo a una fiesta a la que hace mucho ya no estoy invitado. Se mueven, lúdicos y dorados a pesar de la noche, hacia lugares que yo también he conocido, pero en cambio yo llevo un pastel entre dos platos y me doy cuenta de que lo único que podría apaciguarme en ese momento, por más estúpido que suene, es la aparición de un impúdico payaso.
Me preguntas que por qué estoy tan callado. Y me resisto a contestar diciéndote que nada, que solo esto, que allá el árbol y que por esa ventana una persona en bata puede que nos mire. Pero no me crees, e insistes hasta que ya no tengo de otra más que confesarte mi parábola del pastel y del payaso.
¿Qué más se puede hacer con una rebanada de pastel en la mano mientras son las once de noche y te diriges a una parte de tu vida que apenas te aprendiste? Te quedas callada. Suena exagerado, lo sé. Pero construyo toda la escena, aunque ya no insistas.
Imagina que, de esa calle, justo después de que cruzan esos universitarios, detrás, al último, casi como si fuera el cadete más pequeño de un desfile, viene un cuerpo colorido, chillante, pelucoso. ¿Existe esa palabra?, bueno, digamos que sí, pelucoso. Tú y yo justo también vamos cruzando cuando él lo hace. No miramos sus ojos, pero sí sus zapatos, y ahí es más que obvio lo que está a nada de pasar. Él lo sabe y yo lo sé.
Así que persigue sospechosamente mi mano izquierda. Reconoce rápidamente el círculo blanco que bien lo ha aprendido de memoria. Recuerda cientos de horas ensayando frente al espejo la caída, el aplauso y la segunda caída. Claro que se la sabe porque él la ha inventado. Es un profesional de la talla extragrande, del pantalón a rayas color amarillo y del trompetín que también es amarillo. Y aunque por la nariz roja y desbordante no puede oler en realidad la fruta del pastel, predice su jugo, el kiwi, la fresa, el durazno en almíbar cubierto de azúcar glas y un poco de vela derretida y sabe, claro que lo sabe, que no hay de otra más que dar la cara y claudicar ante el espectáculo.

—¿Y luego?
—¿Y luego qué?
—Pues qué pasa con el payaso y el pastel.
—Pues no sé, hasta ahí, supongo.
—O sea, ¿si se lo avientas o no?
—Pues supongo que sí.
—Pero, ¿qué pasa con él?
—No sé, igual llega a su casa, se limpia la cara y mañana a las seis se levanta a trabajar de repartidor en una empresa de paquetería, que obviamente odia.
—¿Por qué los payasos siempre son tristes?
—No lo sé, pero debe ser duro dedicarse a fingir la risa.

El resto del trayecto comparamos las diferencias entre las fiestas venezolanas y las fiestas en México. Ambos países comparten la costumbre de juntar dos sillas para hacerle cama a los niñitos en los bailes. Se podría hablar, de hecho, de un clásico latinoamericano.
A la mañana siguiente, mientras busco una fruta que alistar antes de irme al trabajo, veo el pedazo de pastel hasta el fondo del refrigerador. Me observa, renegando de su nuevo lugar en este mundo, estudia mi gesticulación matutina y me siento juzgado, pero tampoco puedo hacer mucho. Saliendo de dar clases tengo una consulta médica. En la recepción me piden identificarme. Digo mi nombre. No me entienden. Me piden deletrear mi apellido. Me equivoco tres veces. Yo estoy seguro de cuál es mi nombre, pero al parecer en inglés eso da lo mismo. Me dan una etiqueta, la pego en mi camisa y me dirijo al área de fisioterapia del hospital.
Hay un largo pasillo y mucha gente caminando lento asumiendo el goteo también lento de unas bolsas de plástico colgadas de un gancho, llenas de un líquido que tiene un nombre impronunciable. Paso la capilla del hospital. De lejos veo una cruz y al mismo tiempo un anuncio con una flecha que señala hacia dónde queda la Meca. Me confunde el sincretismo, pero lo dejo pasar porque esta mañana he dudado de mi nombre tres veces. Puertas más adelante, un piso colorido, unos jueguitos con formas de animales, que, a pesar del motivo infantil, procuran más depredación y locura que juego, aunque muchas veces llegan a ser lo mismo. Y en la última pared, justo encima del zapatero, hay un cuadro y en ese cuadro, un payaso.
Me acerco. Nos reconocemos de ayer o de mañana. El cuadro tiene un título. Se llama A person holding three balloons. Sin embargo, en la pintura, el payaso está agarrando solo uno y mira hacia arriba. Hacia el cielo de la pintura que no alcanza a ser azul, pero tampoco blanco.
Abandono el área de juegos sin haber resuelto nada. Y cualquier conmoción hacia el payaso se disipa al ver a una mujer sosteniendo la mano de una anciana repleta de mangueras mientras es empujada en una camilla. Por fin llego a la otra recepción, doy mi nombre, pero esta vez no me piden repetirlo. Me siento en la sala de espera. Yo, eso lo tengo muy claro, no sé esperar, pero obligado a los minutos, contesto mensajes atrasados. Y te respondo uno diciendo, deja namás salgo de consulta y voy payaso. ¿Cómo que voy payaso?, contestas. O sea, que voy para allá, pues. No vuelves a contestar nada.
El doctor Jeff, alto y médico, se acerca hacia mí con un Hi Alan, nice to meet you. Regreso el saludo. Me avisa que cruzaremos el área donde dan rehabilitación a los niños y que precisamente hoy celebran un cumpleaños. La sala está llena de caminadoras, colchonetas, barras paralelas y pelotas grandes. Es cierto, hay un cumpleaños. Oigo risas, y una voz dirigiendo esas risas.
Lo primero que veo son los zapatos. Lo segundo, un pedazo rebosante de pastel. Lo tercero, una mano. Mi mano.

 

Los animales fortuitos

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Para Yohel. Por los otros regresos

En el puente hay personas besándose. Se apartan cuando paso al lado de ellas. No veo sus rostros, pero escucho cómo sus voces se pausan después de que ya han asumido que estoy lo suficientemente lejos. Me gusta que ese silencio implique, en este caso, saliva.
Sigo el río. Las luces de los edificios departamentales donde duermen los estudiantes se reflejan en el agua como árboles de Navidad prematuros. Personas corren, sudando nocturnamente. Personas pedalean, también, nocturnamente. Yo, escurridizo, continúo hacia la parte no alumbrada del parque, pero no tengo miedo. No volteo a ver hacia atrás. Tal vez debería, pero no lo hago.
En el camino escucho ruidos entre la hierba y los tomo prestados como buenos augurios, ya sea de sangre, de longevidad o simplemente, de saberme yendo, pero esta vez no apurado. Hago algunas fotografías de la luna. Quiero mostrárselas a mi madre, pero obviamente la luz se resiste a mi cámara, así que, ante el intento incompleto, decido mandarle un mensaje. Ma, deberías ver cómo la noche se clausura entre los árboles. O quizá fue menos poético, quizá más bien solo le mandé una nota que decía, Ama, vi la luna y pensé en ti. Me gusta que lo hermoso del mundo me haga pensar en gente hermosa.
La hierba va de un lado a otro, y aunque no la veo, los soniditos de las hojas contra las hojas. La rama. El árbol. El aire. Yo también voy de un lado a otro. Camino y pienso. O más bien pienso porque camino. Peripatético, al recorrer esta ciudad nueva, también atiendo sensaciones nuevas. Me gustan, y no me canso de decirlo, mientras la noche y yo con ella.
Ahora atravieso otro puente. Como niño, trato de que cada uno de mis pasos responda al ancho de una sola tabla. Pierdo. En clase, hoy por la mañana, les preguntaba a mis alumnos, a propósito de practicar el pretérito (eso siempre hace uno cuando escribe, ¿no?), a qué jugaban de pequeños, qué comían, cómo se llamaba su mejor amigo de la infancia, qué caricaturas les gustaban, qué es lo que extrañan de ser niños. Y una alumna me respondió esconderme y de verdad creer que nadie sabía dónde estaba. Sonreí.
Una mujer está en el puente. Hay una bolsa de plástico al lado de sus pies. Con una mano sostiene una caña de pescar. Con la otra, fuma. Mi presencia no la distrae ni del humo, ni del pez ni de la posibilidad de la incisión en su entraña. Jala rápido el hilo. El pez, ahora convertido en verbo, cede ante la obligación de la madera. Coletea. La mujer no interrumpe ni su cigarro ni la noche. Y cuando el pescado ya no pretende nada, lo mete en su bolsa de plástico. Yo sólo continúo.
Llego al dique del río. El agua cae formando una espuma enferma en sus orillas. La domesticación animal y vegetal tiene un precio. Décadas de maíz y ganado le han llenado el hocico al cauce de antibióticos y pesticidas. Sin embargo, esta agua no va con rabia a pesar de lo lastimado. Apacible, me arrulla con una canción que aprendí en un lugar muy lejos de aquí y busco piedras que aventar porque eso es lo que hace uno ante los sospechosos abismos. Lanzar.
Me atrevo a lo aún más profundo del recorrido. Las luces del alumbrado que resguardan el trayecto al lado del río van cediendo. A pesar de todo, me siento bienvenido. La pregunta es por quién. En el centro del bosque, la luna me regala una sombra blanca. Juego a bailar con ella. Pierdo toda vergüenza. Gano otras cosas. Y así, en medio de ese baile, recuerdo la primera vez que no pude quedarme dormido. No ensayo mi memoria. Inauguro, más bien, una nueva. Y me dirijo al pastizal. Las flores no se miran, pero huelen. Les doy las gracias y pido disculpas porque mientras voy, siento cómo cruje el pasto bajo mis suelas.
Avanza la noche y mi deseo me recuerda algunas cosas. Les permito decirse. Una sensación agridulce me llena los ojos. Les permito a mis ojos decirse también. En medio de septiembre, mirando una luna que parece una sonrisa excesivamente cuidada, siento cómo el aire seca los pequeños cauces que van por mis mejillas. La noche me obsequia el camino de la sal. ¿Yo qué le he regalado?
No sé si lo que siento es tristeza o alegría. Pero detengo toda averiguación sobre lo interior porque me asumo observado. Aun así, no me ocurre el miedo. Y busco esos ojos, y palpo el aire, una y otra vez, devolviendo algo menos puro cada vez que exhalo. Y ya no solo es la idea de la mirada. Escucho unos ruidos y, por fin, lo descubro. Trato de no moverme demasiado. Aquí yo soy el extranjero. Cada una de mis pisadas es más tenue que la anterior hasta que lo liviano me pertenece.
Me saben acercándome, pero en su noche hay intenciones más imponentes que la mía. Son tres venados comiendo hierba que, de tanta luna, parece que alguien especialmente la dispuso para su hambre y cornamenta. Me siento tan cerca que escucho cómo arrancan con el hociquito. Mastican. Digieren. Mastican. Escupen y se revisan los lomos entre ellos.
Les digo algo, pero es evidente que mi lengua es estéril para sus orejas. De todas formas, lo repito y, en su estornudo, ya por fin me callo. Nos vemos por última vez. Ellos regresan a un lugar para siempre oculto. Yo, ¿a dónde regreso?
Al levantarme siento una de mis piernas entumidas y comienzo a reírme por acordarme que a esa sensación se le conoce como hormigueo. ¿A esta hora qué están haciendo las hormigas? Nadie me responde y sigo mi camino, o algo así, me supongo, porque mis pies avanzan, y yo, sin otra opción, ya no me resisto.
Llego a un sitio donde ya no hay rastro cercano de luz artificial. Solos, yo y lo que no sabe decirse, compartimos la misma vida por un momento. Pienso, así, en lo anterior, imposible que no sucediera, porque durante toda la caminata no he querido acordarme de casi nada y, en este punto, resistirme tiene el mismo efecto que aguantarse la respiración.
En el inicio del verano, recuerdo, yo era otra persona, me parece. Vi a mi madre y a mis hermanos sentados bajo la sombra de unos árboles en el desierto y ahora, yo hasta acá, en medio de una noche de septiembre, susurrándole a unos venados un nombre que para ellos no significa nada.
Crucé un país. Mudé unos libros. Abracé por primera vez a personas. Miré columnas tan altas que me sentí crédulo, pero también verdadero. A mi manera enumeré todas mis metáforas y olvidé otras. Luego, tú y yo estábamos en Emeryville, California. Éramos más jóvenes que ahora, por supuesto. Vimos el atardecer juntos y luego, mientras el mar se abría ante nuestros ojos adolescentes, pronunciamos años de acá para allá como si todo hubiera valido la pena. Y sí. San Francisco también dijimos. Yo cumplía tantos años y, caminando por el puente como quien se dirige a otra vida, por fin supimos. Sin embargo, ¿qué vida es esta? Yo aún no lo descubro.
Lo ensimismado se me interrumpe. Mi celular vibra. Me ha llegado un correo, pero no lo abro. De todas formas, la intención invasiva del mensaje es suficiente para asumir que ya es hora de volver a mi casa. Mañana trabajo. Mañana mi otra vida, esta vida insiste, y yo estoy aquí, en medio de septiembre, creyendo en una verdad que más bien solo la noche. A cualquiera le puede pasar.
Abandono el prado oscuro y toda idea de sus perturbaciones. Las luces que delimitan el camino por la orilla del río aparecen una a una. El puente ahí, como si yo nunca me hubiera atrevido al otro lado. Y la pescadora ahí, también, fumando, sosteniendo el hilo con la misma precisión de antes. Sin embargo, la bolsa ya no está, y aunque me surge la intención de preguntarle por sus dones, me distraigo cuidando, de nuevo, de pisar una tabla a la vez.
Vuelvo a escuchar el movimiento de animalitos entre la hierba. El aire, a pesar de no estar frío, ya contiene una advertencia. Los edificios donde están los dormitorios de los estudiantes siguen brillando, usual, vertiendo sus motivos en el agua. Ya no hay corredores ni ciclistas ni personas besándose. Trato de tomar una foto de la luna. Fallo. Apenas un punto blanco y ridículo en mi pantalla. Esta vez no mando la foto, ni le escribo un mensaje a nadie. Tan solo dejo que se vuelva archivo quieto de un tiempo registrado sin orden, atendiendo solo al azar de lo que creo merece la pena quedarse, aunque seguramente solo vuelva a ver esas fotos en alguna espera aburridísima donde no tenga acceso a internet. Supongo que para eso también sirven los recuerdos.
Abro mi buzón. Correo basura nada más. Abro la puerta de mi casa. Aún tengo cajas de libros sin abrir y muebles sin acomodar. Pero la foto de mi abuela me observa desde la esquina de mi escritorio. Le digo buenas noches, doña Pieda. Ella también me dice buenas noches. Le digo que la quiero. Le pregunto que a dónde se fue y, a cambio, me dice que ella también me quiere.
Me lavo los dientitos. Apago las luces. El sueño, a pesar de lo largo del día, no me llega fácil. Las imágenes de los venados se mezclan con las imágenes de otros animales. No trato de contarlos en brincos para quedarme dormido. Mejor ensayo sus ojos y, en la mirada animal, encuentro además de la furia de la carne siempre a punto del hambre ajena, el peso suficiente para conciliar en mi párpado el por fin de todas las noches.
En la mañana anoto un sueño. Empecé a escribirlos no hace tanto. No diría que son narraciones claras de lo que ocurre, sino un montón de imágenes, como un pequeño censo de escenas ilegibles. Reparo en una de ellas. Es de una botella de Coca-Cola atrapada en el oleaje de una playa de Acapulco a la que me llevaban mis padres cuando era niño.
Me baño, me tomo mi café, me apuro. Ahora decenas de personas con mochilas se dirigen a un sitio. En el salón de clases, después de pasar lista, un alumno me comenta que pensó mejor su respuesta de la sesión anterior y que lo que más extraña de ser niño es poder acordarse más de sus sueños. De regreso a casa encuentro unas flores rojísimas y finales. Dalias asegura mi madre en el mensaje que me manda al mirar la foto. No se lo discuto, porque yo de las flores, el color nomás.
Es la tarde.
En esta casa a la que me han invitado hay unos escritores de Japón. Cuentan sobre el último poema que escribió Bash? antes de morir, Caer enfermo durante el viaje / mi sueño huelga errante / sobre un campo de césped seco. Cuentan sobre las islas y el pez que vive bajo las islas. Reímos sobre las costumbres norteamericanas, y entonces dicen sintoísmo, y entonces aprendo de cómo los cuerpos no se entierran para que así los venados, los hermosos venados, vengan a decirles sueños dulces a los muertos.
Es de noche.
Me quito los zapatos. Apago las luces. Le doy las buenas noches a mi abuela. Te extraño, también le hago saber. Al cerrar los ojos, de inmediato me acuerdo de ella poniéndome una pulsera con un ojo de venado para el mal de ojo. Y ella, entonces, a su manera, también me dice que me extraña y nos quedamos dormidos.

 

Una canción hermosa que habla de algo que no entiendo

Camino sobre la calle Dubuque. No sé cómo pronunciar esa palabra. No sé qué significa. Es de mañana. Las 8. Hay personas yendo. Siempre hay personas yendo. Yo soy una persona. Y también me dirijo, aunque nadie sospeche a dónde. A pesar de que estoy a unas cuadras de una clínica llamada Emma Goldman, ya logro distinguir una pequeña reunión de gente con cartulinas.
Ahora estoy justo en la banqueta de la primera clínica de aborto que se abrió en Iowa. La gente sostiene imágenes ampliadas con la cara de Jesucristo y para ser inclusivos con los siempre por ahí latinos, hasta una virgencita de Guadalupe es usada como estandarte, contra quien sea que entre o se retire de aquella estructura que tiene todas las ventanas tapadas.
Continuo, un pie tras otro, en tránsito automático, porque mi cabeza está pensando en otra clínica en la ciudad de Chihuahua. También tenían un Cristo, pero a este no lo habían pegado en una cartulina. Era un cuadro protagónico colgado en el centro de un lugar que en realidad no era una clínica de aborto, aunque eso fuera lo que implicaba su página de internet. Voy a clase. Ahora enseño español. Ahora vivo en Iowa y el verano.
Digo buenos días, cómo han estado y los estudiantes practican el pretérito perfecto. A lo largo de la sesión me preguntan cosas de México y respondo como si mi país fuera un inventario de cosas quietas y desocupadas. La clase termina, ellos tienen tarea y yo me retiro del 468 para ir a otro edificio, entrar al salón 103 desde el que se mira el río y escuchar a un maestro pronunciar las frases Hey, how is it going? Did you do your reading? Easy, right? Ahora tomo clases de literatura. Ahora vivo en Iowa y el verano es una fruta recién partida.
Al terminar la clase, me quedo platicando con una compañera que viene de Venezuela. Entre que me cuenta sobre su mudanza y el desayuno, la palabra dictadura es aseverada muchas veces. Abandonamos esa conversación para iniciar otra con un compañero que nos cuenta cómo le fue hoy enseñando su clase de portugués. Nunca he estado en Maceió, le comparto. Y en el ocurrir de un salón hacia otro, surge nítidamente un verso de un poeta brasileño llamado Lêdo Ivo. El tiempo imita a las olas. Estoy totalmente de acuerdo.
Salgo de clase, he aprendido que, En una hoja de papa, junto a una gota de rocío, un caracol. Nunca he estado en Japón. No sé que se siente morir en el siglo XIX. Nunca he escrito un haikú, pero debe ser hermoso llamarse Kobayashi Issa. Detengo cualquier indagación sobre la poesía y continúo mi caminata contradiciendo el horizonte del río. La tarde.
Personas ahora corren buscando a propósito la fatiga. Solos o sincronizados, deportivos reafirman su belleza antes de que agosto se termine. Me dan ganas de ir con ellos y a la par de mi deseo, me pongo a hacer cuentas para ver en qué lugar me sale más barato comprar la cena.
Estoy adentro de un pequeño supermercado. Hay una barra con platillos apuradamente sazonados. Mujeres hablando español con cubrebocas y red en el cabello, mueven charolas vacías y traen nuevas. Hablo en mexicano, me contestan en colombiano. Me sirvo un pedazo de tilapia y unas verduras al vapor. Me siento a ensayar la precisión de mis cubiertos de plástico y lo rápido que puedo ensuciar una servilleta. Un hombre limpia mesas mientras habla con la persona que barre. Acomódate la ropa que vos se te está saliendo la guatita. No lo corroboro, pero termino de reírme y la comida.
El sol que hace unas horas estaba decidido a erradicar toda cosa viva, es desplazado por unas nubes. Pasa un viento, unas aves se recorren hacia el Oeste, me parece, y unos ciclistas suenan las pequeñas campanas de sus bicicletas para alertarnos de otra vida. El sonido de la campana al dejar la campana, dijo Yosa Buson. Qué se sentirá ser un pintor japonés. Qué pasara en la mano de alguien que retrató la lluvia de Tokyo en el siglo XIX.
El apático puntillismo inicial de la lluvia en las banquetas me da la idea equivocada de un temporal nada virtuoso. Pero antes de enterarme de las intenciones verdaderas del agua, decido tomar el regreso largo hacia mi pequeña esquina en el primer piso de una casa en el Midwest. La tarde ahora, casi la noche.
De algunos patios se advierten reuniones y gente aventando bolas de ping pong a vasos rojos cargados con una sustancia más que amorosa y dulce. Algo va a ocurrir, lo presiento. Ahora la noche, pero también la lluvia, cada vez más la lluvia. No me intimido en el primer minuto, pero mi criterio es más lento que las decisiones del mundo a su manera. Y la lluvia ya no es una metáfora gastada que vuelva excesivamente dramático cualquier texto. Está lloviendo y las fiestas universitarias se repliegan. Me apuro, llevo la computadora en la mochila, la novela de un escritor colombiano que se suicido a los 25 años y un pasaporte con una foto que me tomaron cuando yo también tenía 25. Qué viva la música, dijo Andrés Caicedo. Qué viva, por supuesto, aunque yo, en el entonces de esa foto no tenía ganas de decir nada.
Las fogatas reducidas a un humo largo. El humo alzándose como una lengua extranjera en una noche llena de charcos y sonajas y yo corro tratando de no perder mi identidad a costa del agua. Lo consigo. Me sacudo el día contra las escaleras de la entrada. Reviso mi buzón, aunque sé que ninguna noticia me espera. Ofertas, descuentos, folletos de consultorios dentales depositados en un código postal para siempre nuevo. El buzón está señalado con mi nombre, pero lo leo como si se tratara de otra persona.
Cuelgo mi ropa en el cortinero del baño. Reviso que la vida en mi mochila haya quedado intacta. Todo sigue igual que antes. ¿Será? De la calle me llega el ruido de la lluvia tan necesitado de decirse. Y me asomo para ver hacía dónde. Gente, sí, apurada por abandonar las calles, replegándose como mamíferos pardos en una hora razonable de la noche, pero otros saltan en los charcos y se divierten como pájaros en una fuente recién prendida el día domingo. Deseo estar afuera, hago una breve genealogía de mis horas jugando con mis hermanos con la lluvia de Acapulco cuando éramos niños y al acabar de acordarme de Acapulco, me jalonea la sensación de estar demasiado lejos.
Desde mi ventana persigo a los saltimbanquis y llego a la conclusión de que el ser un simple espectador para mí ya dejó de ser suficiente. Así que el short y los tenis.
Salgo.
La lluvia me decide unas formas. Soy anterior a toda prisa. Siento cómo mis tenis beben de los charcos con una sed de corredor olímpico siempre después de la medalla. Pero mi hora y la lluvia caducan rápido, así como llegó la nube, su paso y su ambición, así también antelándose a todo futuro, termina y yo me quedo en medio de una banqueta, pareciendo un loco al que nadie le creerían la idea del diluvio. Pero pasó, juro que pasó.
Regreso, en el cortinero de la regadera ya no hay espacio para más ropa mojada, así que improviso y a la usanza de un tianguis distribuyo las prendas donde se pueda. El respaldo de la silla, las chapas, la orilla de la mesa. Me llega un miedo niño de que me pueda resfriar si no me baño después de haberme mojado, pero me peleo también con mi infancia y así decido irme a dormir con el pelo sin secar. Una disculpa, madre. Ya sé que me lo dijiste.
Amanece.
Del día aún no se nada, pero él bien que me conoce. Me lavo los dientes. En la regadera tengo algunas consideraciones distraídas sobre la lluvia de anoche, pero sonrío porque vuelvo a recordarme niño jugando en la azotea de casa de mis padres y el mar allá, muy seguro de sí y mi abuela contenta regando su jardín y mis hermanos aventando piedras contra un bote por el puro placer de nada.
Vagamente me lamento por mis zapatos aún mojados, pero no me atrevo a cuestionar mis decisiones nocturnas, al meno estas no. El espejo tampoco dice. Su autoridad momentáneamente es clausurada, y cuando regresa, de reojo me checo brevemente los años y vuelvo a sonreír, carajo, porque reconozco, sin mucho esfuerzo, que algo se mira otro.
Salgo.
El mismo itinerario, aunque esta mañana no hay nadie afuera de la Emma Goldman Clinic y continúo sin preguntarme ya por el paradero de Cristo y María. En la sala de maestros hablo con un compañero, que, también apurado como yo, trata de organizar su español para poder enseñarlo. Y nos percatamos de lo raro que es acomodar en categorías un lenguaje que más bien aprendimos buscando animalitos entre la vaga hierba. Nos deseamos buen día. Y cada quien se dirige al momento de la lengua que a cada uno le corresponde explicar.
Termino la clase. Afuera el calor me enumera las pestañas y me apuro a una sombra. Sentado, persigo las sutilezas de una ardilla, pero luego me aburro y ella también se aburre y desaparecemos para siempre de la vida del otro. De nuevo una nube intranquila, incierta, merodea un cielo al que antes no le cabía más sol y ahora, una gota, dos, y así en números irreconciliables con mi paciencia, hasta que es definitivo. La lluvia me comienza, obliga a una ciudad de estudiantes apurados a la retirada. Yo también me retiro. Ya no entiendo de qué se trata el clima, al llegar a mi casa todo, afuera, parece que nunca conoció la idea del paraguas.
Como cada vez que llegó, abro el buzón. Hay algo para mí además de los mismos folletos de lugares para comer y consultorios. Un amigo me ha mandado una carta. Va a tener una hija, me cuenta de su día, me platica de la nueva música que le gusta y de cómo le está ayudando a su suegro a construir una cabaña. Guardo la carta entre las páginas de un libro que quizá nunca lea. Y pienso que quisiera contarle de lo mucho que ha cambiado mi respiración en tan poco, y de Yannis Ritsos diciendo Justo cuando el nadador saltaba, me distraje y también decirle que cada vez que camino por cualquier calle trato de decidir cuál es mi árbol favorito.
Una vez más la gente se dirige y la tarde va con ellas. Y me salgo y escucho a las cigarras entonando una canción hermosa que habla de algo que no entiendo, pero entender, me he dado cuenta hace muy poco, no siempre es necesario.