La herencia de la “literatura viva”

 

William Faulkner señala en una nota preliminar a La mansión –tercera novela de la trilogía en la que la familia Snopes muestra los vicios de una sociedad como la de Estados Unidos– algunos de los motivos que nunca revela un novelista; en especial, cuando trata un asunto importante, la ambición de la escritura. Las palabras de Faulkner son más o menos así: “Este libro es el capítulo final de, y la suma de, un trabajo concebido e iniciado en 1925. Desde entonces al autor le gusta creer, esperando que su vida entera de trabajo sea parte de una literatura viva, y desde que ‘viva’ es movimiento y movimiento es cambio y alteración y más allá la única alternativa para movimiento es un no-movimiento, la estasis, la muerte y podrían ser encontradas discrepancias y contradicciones en los treinta y cuatro años de progreso de esta particular crónica (llama crónica a la saga de los Snopes); la propuesta de esta nota es simplemente para informar al lector que el autor ha encontrado ahora más discrepancias y contradicciones de las que espera que encuentre el lector –contradicciones y discrepancias pendientes al hecho de que el autor ha aprendido más, él cree, acerca del corazón humano y es el dilema que él conoció desde hace 34 años; y es seguro que, habiendo vivido con ellos ese largo tiempo, él conoció los personajes de esta crónica mejor que él lo hubiera hecho entonces”.
Faulkner habla de los Snopes que habitan el condado ficticio de Yoknapatawpha. Protagonizaron tres novelas: The Hamlet en 1940 (titulado en español como El villorrio); The town en 1957 (titulado en español como La ciudad) y The mansion en 1959 (La mansión). Estos tres volúmenes implican un periodo laboral de 19 años, aunque las primeras apariciones de los Snopes en la obra de Faulkner ocurren esporádicamente en la novela Sartoris (1929). Pareciera una locura invertir veinte años en tres libros, sobre todo para quien entiende la escritura como una carrera loca y desenfrenada por la fama. Y si agregamos que desde 1925, cuando escribía Soldier’s pay, hasta 1959, Faulkner tuvo en mente a los Snopes, el asunto es más interesante. En especial porque escribir en serio implica necesariamente ir lento y eso no está en el ritmo habitual de nuestra existencia. E ir lento implica releer y reescribir mucho, pero mucho, de verdad.
De acuerdo con el crítico literario norteamericano Irving Howe, la mayor parte The Hamlet fue escrito durante los diez o doce años anteriores a su publicación –es decir, en 1930– y, junto con Go down, Moses (1942), cierra el gran periodo creativo de Faulkner. Flem Snopes, para Howe, es una extravagancia cómica, mitad crónica familiar y mitad ficción, elementos entrelazados en episodios vagamente relacionados que retratan el enjambre de los Snopes en Frenchman’s Bend, una aldea en el lecho de un río poderoso que “remonta y rodea colinas” al sur de Yoknapatawpha. Al final de The Hamlet, Flem, quien había comenzado como empleado en la tienda del pueblo, está listo para partir hacia Jefferson, el pueblo donde se convertirá en presidente de un banco y luego en dueño de una mansión extraordinaria. Flem tiene un don para el engaño y una obsesión por el dinero. Y Flem es justamente el personaje que cierra The mansion y con el que “esos hijos de puta de los Snopes nos dejarán tranquilos”. Funge como una bisagra que le permite al autor señalar que las cosas nunca cambian absolutamente nada, todo será, de alguna u otra forma, un sitio ideal para los que abusan, roban y delinquen, y los otros, los oprimidos podrán hacer muy poco por su bienestar. Al releer esta saga de Faulkner, uno entiende que esa simetría entre salvajes y civilizados es justamente el ritmo delta al que aspira el autor, de eso habla cuando se refiere a una “literatura viva” que permita entender los giros de la existencia como contradicciones.
Para Irving Howe, Flem representa todo lo que Faulkner desprecia y teme, en The Hamlet lo trata con un entusiasmo y es incluso cómico, pero “uno podría especular que a mediados de los años veinte, después de que Faulkner regresara a Mississippi de la Primera Guerra Mundial, los originales del Snopesismo, sinvergüenzas, rancheros  y demagogos, pasaron a la vanguardia social. Tal vez fue algún golpe de percepción, algún encuentro con un modelo adulterado (porque parte de la vida real), lo que hizo a Faulkner engendrar a los Snopes y sus parientes”. Insisto en un hecho, Faulkner habla de una literatura viva y Howe de un modelo en bruto, pero a final de cuentas estamos ante un mismo asunto, una ralea que toma por asalto un vacío social. Los pillos, los gandallas, los abusones, todos ellos juntos en una familia que busca, a toda costa, salir del foso sin fondo de la pobreza.
Recordemos que La mansión aborda la vida de tres personajes: Mink, Linda y Flem. Sobre ellos esboza la ficción Faulkner, y pone en perspectiva pasajes que bien podrían ser considerados de la actualidad; por ejemplo, el libro arranca con la resolución de un juicio en el que Mink es condenado a pasar toda su vida en la cárcel por haber matado a un hombre que le incrementaba constantemente una deuda. El abogado le recomienda portarse bien y le garantiza que saldrá en veinte años. Las cosas no salen como todos imaginamos, así que Linda y Mink acuerdan acabar con Flem, el Snope rico. El asunto no es el entramado ni la estructura, pues hablamos del Faulkner interesado en destacar la mala leche de los personajes y sus desplantes. Ergo: en cuanto a forma es el mismo Faulkner, el que trenza historias que lentamente se intensifican. Se cocinan a fuego lento, digamos, mediante asociaciones insospechadas y de una gran destreza estilística en el manejo del lenguaje coloquial y, especialmente, en el dominio del punto de vista y el monólogo.
A pesar de la distancia en la que fue escrita, Faulkner ya prefiguraba los males de hoy en día, ríos secos, paisajes decolorados por la contaminación y el exceso de ruido, corrupción de la policía, abusos de poder, figuras públicas engañosas, párrocos involucrados con militares y militares que literalmente estaban en todas partes, bardas enormes, autos abandonados en bloques, apilados como ropa sucia. Destaco, en especial, este fragmento, cuando Mink entra a Memphis: “en una región desolada, el rozagante Delta había terminado convertido en estériles montes de arcilla; al final, la completa desolación, donde Goodhay se detuvo –un vertedero, un revoltijo de carrocerías de automóviles oxidadas, calderas, maquinaria para desmontar y escombros de ladrillo y cemento […] ”. Muestra pues que la idea de progreso conlleva ciertos peligros y el mayor de ellos es justamente la devastación de zonas invaluables de la tierra. Me resulta curioso que los libros serios de Faulkner, los que hablan de literatura viva, parezcan un museo a media noche. Tienen la mira puesta en la historia de la literatura, pero no poseen la mejor literatura de un titán. Yo sigo pensando que Luz de agosto y Santuario son insuperables.

* Para la escritura de este artículo usé The mansion, Random House, Nueva York, 435 páginas, 1955. Como es habitual en este espacio, la traducción de los fragmentos en comillas es mía. Y el ensayo sobre Faulkner, de Irving Howe, fue consultado en William Faulkner, a critical study.

Sólo en su sed se sacia

Oro líquido en cuenco de obsidiana (UNAM, 2015, 126 páginas), de Ernesto Lumbreras, es un documento en el que el autor generosamente se adentra en las misiones lowryanias de la existencia. Recurre al ensayo, a manera del doctor Caligari, para rastrear los pasos del autor de Lunar caustic en Acapulco, en Cuernavaca y en Oaxaca. Más que una cruzada en aras del turismo cultural, Lumbreras propone una revisión histórica del contexto en el que un hombre se encuentra con la epifanía de lo que conocemos como Quauhnáhuac, la ciudad que acunó la tragedia en la novela Bajo el volcán; pero esencialmente nos muestra la rotunda caída en espiral descendente de una pasión, más que un hombre, llamado Malcolm Lowry.
Tomando como libros de cabecera para crear este volumen, Malcolm Lowry. Una biografía, de Douglas Ray, y Perseguido por los demonios. Vida de Malcolm Lowry, de Gordon Bowker, Lumbreras detalla los motivos por los que el joven Malcolm se contagia del fervor por conocer México; enumera y eslabona los pilares de una generación de creadores (esencialmente ingleses y estadunidenses) que abonaron en el caldo de cultivo que es un narrador para traer, cerca del Pacífico, a tipo con ansia, un escritor con la avidez necesaria para encontrar la satisfacción en la sed.
Lumbreras no se propuso un libro erudito sino una revisión categórica y entusiasta, minuciosa, de los aspectos esenciales del paso de un gigante del mezcal, un sedentario de la sombra. Explica que Bajo el volcán nace desde México, que Lowry comienza la producción literaria extraída de la realidad en inventarios nocturnos, funestos: el mezcal y el mal de amores.
En este abordaje personal por la historia del autor de Ultramarina, nos enteramos que Lowry conoció el mezcal en Acapulco, que tuvo como coordenada sistemática la calle Humboldt, que su fervor por El Farolito, esa cantina mitológica, consistía en la desnudez de una parranda para dialogar con la noche, en ese tête à tête taciturno que suele frecuentar un corazón al rojo vivo con el pálpito de una forma etérea y femenina, un mujer enferma de sí misma que sólo requiere al otro para no sentir la fatuidad de su vida. Nos enteramos que Oaxaca y sus alrededores son un bosque de símbolos, una ruta que nos lleva a la escenografía de un paisaje en constante desdoblamiento. Vemos deambular al festivo ebrio que se mimetiza con el contexto y en la memoria etílica del sentimiento escoge los parajes oscuros de un paisaje lóbrego.
Antes de Bajo el volcán, dice Lumbreras, algunos cuentos de juveniles de Lowry se situaban en una ciudad reconocible, Toros de resurrección en Granada, Habitación de hotel en Chartres en París y Chartres, o Conferencia de economía en Londres, pero en todos ellos, la ciudad funcionaba a modo de escenografía, sin ningún desdoblamiento. Después de México, el escritor abrió una puerta que lo llevó por las sendas estéticas de lo taciturno.
Lumbreras destaca entonces la importancia del biorritmo oaxaqueño, de la atmósfera sofocante, violenta, de quien ya enmezcalado abre los pliegues de la intuición para otorgarle fisonomía a un imaginario potente e irremediable de la muerte. Para el inglés, lo letal huele, sabe y se siente como México.
En la noche de los tiempos, en la Oaxaca desdoblada y cincelada por Lowry en la novela Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, la dama del silencio le brindó al inglés etílico la pulsión densa del frío que propicia bordear el fracaso amoroso. Coronó a Malcolm con una dogmática sentencia: la dicha es breve y sentir asfixia, porque sentir es una cuerda que uno debe cortar desde el pasado para no arrastrar el cadáver al presente. El trabajo de Malcolm, entonces, fue darnos un testimonio estético del dolor. Capitalizó a la perfección sus miedos. Desde la derrota esbozó una trama en su obra cumbre, Bajo el volcán, y la virtud de Lumbreras en este caso es mostrar las costuras de la mezcla entre ficción y realidad en la que se montó Lowry para edificar un libro que le canta a lo negro.
Para quienes no conocen la obra de Lowry, el libro de Lumbreras servirá para picar la curiosidad, para brindarles un retrato del hombre que sembró en los espectros un árbol que da sombra.
Oro líquido en cuenco de obsidiana también contrapone versiones que fueron consideradas canónicas, Lumbreras ajusta algunos datos que brindó Douglas Ray, Efrén Rebolledo y se suma al cauce brindado por Bowker para dejar en claro que para hablar de Lowry es necesario revisitar los libros con la misma emoción que la geografía andada por el inglés, porque la reconstrucción del mito mexicano de Malcolm requiere también la indagación del entramado social. Aspectos que Lowry conoció de primera mano, como la reforma agraria cardenista, la paradoja postrevolucionaria de un país inmiscuido en el coqueteo comunista y la discriminación indígena. Un territorio de contrastes que de alguna forma afinó la edificación del Quauhnáhuac que nos regaló. El que se ubica en las “dos cadenas montañosas que atraviesan la República, aproximadamente de norte a sur, formando entre valles y planicies, dominado por dos volcanes, a dos mil metros sobre el nivel del mar”. Esa región dotada de verosimilitud por monumentos, calles, plazas y establecimientos es el mecanismo que potencia el vacío de la trama en Bajo el volcán, el protagonista de la historia está en un sitio aterrador, solo, en completa orfandad y usa el mezcal para hundirse.
Lumberas, con toda la generosidad de quien valora a un autor, examina las pistas, a veces falsas a veces torcidas, de un escritor que fue tejiendo en la retícula de su novela cumbre rasgos, miedos, asombros, gestos que aprisionaron la mexicanidad con pinceladas. En la pesquisa de este fantasma, descubrimos una sentencia: Malcolm Lowry es una biblioteca de espíritus.
Lowry llegó a México vía marítima y entró a este país por Acapulco más o menos por estos días. Era 1936. La bahía tenía menos maquillaje en sus chapitas, pero finalmente recibía con el garbo de un estrella a la galaxia oscura, en reposo, de una pasión llamada Malcolm Lowry. Bienvenido, fantasma. Que tengan buen martes.

Federico Vite

Variaciones sobre el dañoLogoFedericoVite

¿Por qué las historias de degradación e ignominia atrapan tanto a los lectores? Tal vez la respuesta pueda encontrarse en Axilas y otras historias indecorosas (Cal y Arena 2011), colección de cuentos del brasileño Rubem Fonseca, un documento que simple y sencillamente corona la obra de uno de los narradores más potentes del siglo XX.
Fonseca se ha caracterizado por darle vida a las voces de barrio, por hacer de sus libros un coloquio de monstruos y Axilas y otras historias indecorosas confirma la vitalidad de este hombre que sigue cantándole al cuerpo sagrado de las jovenzuelas candentes.
Las unidades narrativas de este volumen son como usualmente las trabaja el también autor de Agosto, hombres que desbordan sus pasiones. Des-cubrimos a un gandalla solitario que desdeña a las prostitutas tatuadas que no conocen a Platón, a un niño bello que al crecer se deforma hasta convertirse en alguien obeso y lamentable. Encontramos también la desazón de un tipo que mata a su amante porque encuentra en el asesinato la epifanía del placer. Desgraciadamente, el caballero tendrá que deshacerse del cadáver y es aquí donde la reflexión, más que el oficio de Fonseca, emocionan al lector. No sólo basta con planear bien un cuento, sino con dotarlo de la esencia vital de quien ha vivido y visto mucho. Pero uno de los textos que más me atraen es la de un anciano que se niega a envejecer y comienza a inhalar cocaína porque considera que esa es la fuente de la juventud.
Rubem es un tipo solitario, aparece poco en público porque cree que la fama es una máscara que deforma los gestos de las personas. Durante algunas de las escasas entrevistas que ha brindado, Fonseca define el oficio literario de esta manera: “El objetivo honrado del escritor es llenar los corazones de miedo, decir lo que no se debe decir, decir lo que nadie quiere decir, decir lo que nadie quiere oír”.
Durante mucho tiempo, este narrador cultivó las calles de Río de Janeiro como policía. Vagaba pues por el corazón sombrío de una ciudad festiva con la intención de conocer los motivos por los que la gente dedica tanto tiempo en planear el mal y practicarlo para ver dañado al otro.
Fonseca estudió leyes y durante los años 50 se unió a la policía. No le fue mal como gendarme, pero intentó otra vida estudiando administración de empresas en Estados Unidos. En 1963 publicó Los prisioneros y con ello puso en marcha su carrera literaria. También ha sido periodista, profesor y guionista. Se volvió muy popular cuando HBO transmitió la serie Mandrake, inspirada en uno de los personajes más atractivos de Fonseca. Mandrake es un abogado de moral dudosa que investiga crímenes y en la novela El gran arte muestra con todo detalle la prostitución carioca. El abogado caza a un asesino en serie y de paso nos revela las perversiones del hampa brasileña.
Axilas y otras historias indecorosas también es una reflexión sobre la fugacidad del cuerpo. “La axila de la mujer tiene una belleza misteriosamente inefable que no posee ninguna otra parte del cuerpo femenino. La axila, además de seductora, es poética”. Dice Fonseca en este volumen y remata: “La belleza del ser humano es una alegría que dura poco, su encanto y su valor no aumentan, desaparecen. La vejez es peor que la muerte”. Al describir a una mujer desencantada por su ingreso a las huestes de los 40 años, Fonseca precisa: “Al ver su rostro lleno de bótox me acordé del pesimista de Cioran cuando dijo que la lucidez hace del individuo un ser incapacitado para amar. Ella era joven a los 20 años, tiene razón, la vejez no le sienta bien a nadie”.
Axilas y otras historias indecorosas llama la atención por la naturalidad con la que el autor cuenta los errores trágicos de los personajes. No hay impostación de la voz para dar cuenta de los hechos, para crear el suspenso (que como bien define Nelson, el pícaro mozalbete de Los Simpson), ese truco sólo logrado por los verdaderos artistas.
Invito a conocer la obra de un maestro del cuento, un brasileño que viviría felizmente en Acapulco.