La pena de una emoción ajena

 

(Segunda de tres partes)

La escritora Tea Oberth, nacionalizada estadunidense, pero crecida en Belgrado, esencialmente platicaba en inglés. Es rubia y alta. Risueña y amable. Sobre todo, paciente. Habla un inglés gringo. Me comentó que le gustaba Gabriel García Márquez. Fue un buen punto de inicio para la conversación que inició en la Facultad de Idiomas de la Universidad de Belgrado, continuó en el hotel y siguió en el trayecto rumbo a la Feria de Libro, ubicada en la nueva Belgrado, donde los rascacielos, las tiendas, las calles junto al río Sava hablan de otro tipo de Europa central, una más chic, pero tan imponente como la antigua Belgrado. Tea obtuvo en 2011 el premio Orange a la mejor novela escrita y publicada en inglés. Esa novela se llama The tiger’s wife. Grosso modo, el libro aborda la historia de una huérfana en Belgrado, pero una parte del relato está relacionado con The jungle book, de Rudyard Kipling. Son dos partes, me dijo Tea, dos partes que abordan aspectos de la protagonista y van al pasado, recuerdan y expanden esos recuerdos. Justamente eso me gusta de Gabriel García Márquez, dijo, que toma un momento en la vida de un personaje y lo hace grande. Entiendo, respondí, pero no sé si en inglés puedan sonar igual que en español los Cien años de soledad. Es decir, comenté, yo profeso un gran cariño por Antonio Tabucchi, pero leído en español y en inglés es menor a la música del idioma original. Su italiano espera melodía. Yo tengo la impresión, agregué, de que algo pasa con García Márquez. No sé si una buena traducción al inglés le haga Justina, pero en español no es malo; el problema, te soy sincero, es que a mí no me gusta como novelista, yo prefiero a García Márquez como cuentista. Por ejemplo, señalé, Nadar en la luz. Entiendo, respondió Tea, a mí me gusta como novelista, la técnica para expandir los recuerdos. Yo agregué que en la Fundación para Letras Mexicanas, hace 20 años, conocía a García Márquez. Él fue amable en conversar con nosotros sobre cuentos, novelas y poemas. No sé si por la inflexión de mis palabras, por el énfasis de la conversación o simplemente porque uno dice cosas con euforia, ella entendió que yo fui tutorado por García Márquez. Intenté explicar que no fue así, pero ella agregó: ¡Qué honor para ti! De ahí la conversación derivó en los escritores latinoamericanos, me comentó que había conversado con Álvaro Enrigue y Valeira Luiselli, claro, explicó, es que vivi en Nueva York y el gremio de extranjeros en Estados Unidos no es muy amplio. Ellos (Enrigue y Luiselli) son bien conocidos allá. ¿Y por qué decidiste escribir en inglés? Hice la pregunta sin tener muy presente que era todo un tema para ella. No lo sé, comentó generosamente, no lo sé, simplemente se fue dando. Y regresó a hora a Belgrado como escritora, tanto a la Feria de Libro como al International Meeting of Writers. Durante el encuentro ella también recibió el premio Luna para escritoras. Es raro, señaló, mi abuela falleció durante el covid, mi familia sigue acá, pero es extraño volver como escritora. Levantó los brazos y como las manos enmarcó entre comillas la palabras: “escritora”.
Otra de las estancias que marcaron la visita a Belgrado fue la conversación con la traductora Vesna Stamenkovic. Ella traduce del inglés y del español al serbio. Habla un inglés espectacular, rítmico y elegante. Su español es neutro, pero de un amplio bagaje. Me comentó que había traducido recientemente la obra de Yuri Herrera, un escritor mexicano radicado en Estados Unidos desde hace varios años. Su libro ha tenido una muy buena recepción, expuso, tanto en el área de académicos como con los lectores. Ha sido un interesante proyecto, agregó, porque acá no se conocen tantos autores latinoamericanos.
Por lo que vi, allá conocen bien a Jorge Volpi e Ignacio Padilla, obviamente a Octavio Paz y a Carlos Fuentes. No llegan los ecos de Elena Garro, de Inés Arredondo, de Amparo Dávila y de otras tantas autoras que proponen universos internos magníficos.
La gran pregunta, deriva de todo esto, no es para Vesna ni para Tea, ¿por qué le podría interesar a un lector serbio la obra de un autor mexicano? Yo encuentro puntos de empalme, el sentido del humor, la vivacidad, el machismo. El dulce placer de vagar por una ciudad como Belgrado debe reservar misterios insondables. Encuentro en los belgradenses un sentido del humor similar al nuestro, una forma extraña, cierto, pero palpable del goce de la vida.
Me hice gran comparsa de un serbio que nos llevaba de un lado a otro de la ciudad en auto: Bojan. Le pareció simpático que un mexicano de costa, como yo, no tomara cerveza ni fumara. Soy alcohólico, confesé, llevo diez años sin beber; siete sin fumar. Mi vida social se vino al diablo con el cambio de vida y mi vida laboral se tornó un poco más solitaria. Salgo poco a fiestas, voy poco a ferias de libro. Bueno, esa es la vida de un escritor serio, me dijo Bojan, habla inglés con el tono  y la inflexión de los rusos. Él organiza batallas medievales y eventualmente recibe a mexicanos que están interesados en participar en los combates con armaduras, escudos, mazos y espadas. Es otro mundo el suyo y tiene un profundo respecto por los escritores. ¿Por qué? Le pregunté, porque no doy crédito a tanta amabilidad por un escritor extranjero, tanta cortesía que evidentemente se traduce en un afecto por la ciudad y sus habitantes. Los escritores hacen su trabajo, respondió, no cualquiera deja pasar la vida para escribirla. Era un punto de vista sabio. ¿Te gusta mi ciudad?, inquirió mientras recorríamos la zona que fue habitada por gitanos y desde un lustro se convirtió en un terreno donde crecen rascacielos, luminosos, metálicos y esplendentes. Me gusta, afirmé, ¿conoces Los Simpsons? Claro, apuró la respuesta Bojan. Es que tomaré las palabras del Abuelo Simpson y diría algo más o menos así: “Me recuerda una canción que nunca he escuchado”. De verdad, dice él, sonriendo. La noche fresca, de 18 grados centígrados, me hace pensar que yo vivo entre el fragor de los 35 y 30 grados centígrados diariamente. Esto es el cielo, Bojan, comenté como si conociera a este tipo desde hace muchos años, para mí es un clima idóneo, además, tienen muchas librerías en varias idiomas, una ciudad hermosa con mujeres amables y rostros de rasgos refinados, literalmente son modelos. Pasamos cerca de una enorme iglesia ortodoxa. Yo vivo cerca de una iglesia en Acapulco, soy bautizado católico y todo esto es nuevo para mí. Es más grande mi mundo ahora. No lo digo, pero lo sé indudablemente. Pienso en ello al observar las aguas del Danubio que a esas horas son negras. También pienso que en Acapulco, a esta misma hora, el calor es intenso. Tomamos una circunvalación y Bojan dijo que estábamos en la periferia de Belgrado. A mí me pareció que habíamos entrado a Tlalpan, en la Ciudad de México. Con la frente metida en la noche avanzamos rumbo a la nueva Belgrado a conocer un poco la vida de Europa central.

La pena de una emoción ajena

 

(Primera de tres partes)

 

Alo!, dicen todos cuando entran a la recepción el Hoel Savoy, en el corazón de Belgrado. Es un edificio antiguo que ha sufrido varias modificaciones, se mantiene a la perfección, como una dama elegante. Está ubicado en una calle que conecta las oficinas de Radio y Televisión de Belgrado con el barrio de Skardalija, un sitio que bien podría definirse como la Condesa de la Ciudad de México, pero claro, menos caro y más lindo, más decorado y menos apretujante. Calles empedradas, inmuebles largos, con muebles sólidos, hechos para durar otros tantos años.
En la noche profunda de una ciudad que ve pasar el tiempo con un clima suave, realmente templado, sin frío ni calor, amable para quien está acostumbrado a la destemplada de los calores tropicales del puerto. Ali!, dicen y se presentan. Ahí no son personas sino países: Eslovenia, Italia, Transilvania, Hungría, Ucrania, Grecia, Inglaterra, Estados Unidos, Bosnia, Francia  y otros tantos autores de Belgrado. Son escritores de poesía y de narrativa. Son callados, pero mantienen conversaciones de otros años, de otros momentos, de otras miradas en esta ciudad edificada por reyes.
Pido un café americano. Y converso un poco con los de Italia, luego con los de otras partes del mundo. Me hablan maravillas de México, de Antonin Artaud, de Octavio Paz, de los escritores del crack, bien conocidos en Europa, bien tratados por colegas de otras partes del mundo. Me preguntan sobre las maravillas del clima tropical de México, sobre lo hermoso de las playas de Acapulco. Más que mexicano, les digo, soy costeño. Y no puedo romper el encanto de la charla ensuciando emociones ajenas con la sangre que derraman los sicarios diariamente en Acapulco, hay gente que me pregunta si el hotel Flamingos existe aún, me dicen también que La Quebrada es magnífica. Hablan de Tarzán, de La Roqueta y retengo esos paisajes con los ojos de mi infancia; por decirlo de alguna manera, mantengo el pasado de Acapulco. Yo hablo de Acapulco sin ingresar al presente, hablo de lo mejor que ha tenido este puerto: la vida nocturna. Es algo que ya no podrá recuperar.
Cuando se habla de la vida de Belgrado se pone en perspectiva un asunto, no se siente la inseguridad en las calles. Por ejemplo, es domingo a las 10 de la noche y hay gente en los bares, en las cafeterías, hay gente caminando por las calles. Es domingo por la noche, insisto, y la vida florece a esta hora, cuando el clima no lastima ni enfría, sólo refresca. Frente a mí dos poetas hablan del premio Nobel de Serbia, Ivo Andric, exponen razones para hablar del Danubio, el corazón líquido de Europa, como una estructura narrativa. Algo, por cierto, que ya hizo Claudio Magris en El Danubio. Y el problema no era hablar del río, diré yo acá, no hay forma de ocultar la influencia del agua en la literatura. El Danubio cruza una parte de la ciudad, la enfría, no permite que Belgrado deje de ser una ciudad templada, sumamente agradable. La noche es fresca y permite que la gente se vista con elegancia.
Durante el día, el sol entibia la ciudad a 26 grados.Hay viento, no fuerte ni frío, refrescante viento. Pueden verse a las personas en shorts, con playeras. Dan paseos inagotables y se toman su tiempo para saborear helados y beber café, porque las porciones son breves, pero el sabor es intenso.
La gente de Belgrado conversa mucho de México. Lo ven como un país soñado. Durante años, una generación de adultos belgradenses vivió con las producciones de Televisa. Ponían las novelas y dejaban que el doblaje en serbio vistiera el melodrama protagonizado por actores mexicanos: Los ricos también lloran, Rosa salvaje, Cuna de lobos, esas tres telenovelas fueron la educación sentimental de muchos aquí. Me hablan de esas novelas, también del calor de los latinoamericanos. Hay mucho cubano acá, gente que enseña baile y gente que aprende español. Los serbios ejercitan el español con cuidado, me saludan con un dejo de amistad eterna que sólo puede ser comprendido por quien atestiguó el llanto y la gloria de una telenovela mexicana.
Los jóvenes, muchos de ellos no conocen ese México, es más, lo tienen como una referente paterno, de ese lugar del que hablaban sus padres, de la gente alegre, de la gente con producciones televisivas destacadas. México para ellos, igual que Acapulco, es un fantasma. Los estudiantes de la Facultad de Idiomas de la Universidad de Belgrado, por ejemplo, hablan con mucha emoción de Gabriel García Márquez. Les parece que toda Latinoamérica es así. En algunas librerías de la capital de Serbia, el colombiano-mexicano igual que los de Mario Vargas Llosa, se venden bien. Y las librerías ofrecen muchos autores, lo mismo rusos que argentinos, lo mismo eslovenos que afganos; para los lectores de allá Stephen King es superado, por ejemplo, por la obra de Louisa Morgan con The witch’s kind. Es variado el mercado, se lee con inquietud al narrador noruego Jo Nesbo igual que a Isabel Allende o Leonardo Padura. Son muchos autores, claro, pero muchos es un decir, porque al ver la cantidad de material uno atiende que las librerías no son únicamente un negocio sino un punto de encuentro, una forma de propiciar conversaciones y fortificarlas con libros.
Yo entré por primera vez a una librería con un libro en mente de Danilo Kiss, quería ver cómo era un pez en el agua, es decir, a un escritor raro en su idioma. Y la experiencia fue asombrosa, porque en Belgrado la reverencia es por Ivo Andric, no por Danilo, Danilo es de una ciudad cerca de Belgrado, Subótica, ubicada a dos horas de la capital de Serbia, una ciudad que presume su capital cultural, una ciudad vieja, como esta parte de Europa, pero bien conservada, cuyas iglesias, por decir algo, son la viva imagen de un tiempo extraviado en el presente, un tiempo que no avanza y se sabe dueño de un espacio, un espacio llamado Subótica. Podría entenderse la diferencia entre Belgrado y Subótica si pensamos en Madrid y Barcelona, pero no es tan radical el cambio, lo de Subótica es más o menos un aspecto cultural que enfatiza la delicada presencia de una región cercana a Hungría y a Bosnia. Son parecidas, pero no iguales. Pienso también que hace nueve años conocí Trieste, en Italia, y pensé que ese sitio no era una ciudad italiana, bulliciosa y festiva. Supe entonces que la parte central de Europa era como una casa donde han pasado muchas cosas y casi nadie de los que ahí viven tiene ganas de estar hablando de ello. Supuse eso hace nueve años, ahora entiendo que Europa central está inmersa en la historia. Los escritores que conocí en Serbia hablan de la historia, regresan a ella con frecuencia. Para ellos todo es historia. Me pareció exagerada esa idea, pero el mismo día de la inauguración de la Feria de Libro de Belgrado me tocó testimoniar un festejo nacional. Celebraron el 20 de octubre la retirada de los alemanes. Fue cuando los nazis dejaron la capital de Serbia. Y vi los tanques avanzando a la par de algunos soldados envejecidos, pero no cansados; durante la comida hubo comitivas de sobrevivientes de la guerra contra los alemanes yendo de un lado a otro del restaurante. Festejaban con furia entre aplausos y bebidas espirituosas. Había mucho del pasado en el presente. Visité una cafetería, cerca del Danubio, donde algunos viejos con sus uniformes socialistas y sus boinas bien caladas, estaban sentados en las mesas que siempre ocupan, como parroquianos, cantando la internacional porque salió el enemigo de Serbia hace años, en 1944. Pero en el Zócalo de Belgrado escuché su himno, Boze Pravde, por altavoces y vi los aplausos de la gente en el corazón de esta ciudad. Sentir una emoción ajena puede ser penoso, pero me gustaría hablar de eso. En especial, después de conversar con una solícita anciana que atestiguaba el desfile como un monumento irrepetible de su existencia. Es el Día de la Liberación, me dijo. Y me preguntó, ¿de qué parte de Latinoamérica vienes? Dije la palabra mágica. Y México no brilló en sus ojos. ¿De qué parte de México?, me instigó su curiosidad. Acapulco, respondí. Y sonrió. Con mi esposo, con mis hijos, quisimos ir a Acapulco. Acapulco tan bello, comentó. Me despedí en ese momento fingiendo prisa. Sabía lo que venía. Es bueno ser de Acapulco cuando no estás en Acapulco. Esa fue la primera lección de este lugar. Un consejo sabio en una ciudad esplendente que luce sus heridas sin pudor.

Killers of the flower moon, denuncia de una injusticia colosal

Si usted es de los cinéfilos que espera con ansia el 19 de octubre para ir a disfrutar la reciente película de Martin Scorsese, Killers of the flower moon, debe tomar en cuenta que esa historia nace de la investigación de David Grann, periodista y escritor estadunidense, quien se dio a la tarea de novelar una época de terror; en especial, puso énfasis en la intervención tácita del FBI para consumar el asesinato de acaudalados nativos Osage, petroleros todos, adinerados. El libro implica desde el título a una institución controvertida: Killers of the flower moon, the Osage murders and the birth of the FBI (Penguin Random House, Estados Unidos, 2017, 373 páginas).
Grann recuenta que más de veinte indios Osage fueron asesinados a sangre fría para quitarles sus propiedades y dinero. Específicamente recrea los vicios de “El reino del terror de los Osage”, oficialmente conocido como un periodo de cinco años, comprendido entre 1921 y 1926. El condado Osage, cuya reserva está en las afueras de Pawhuska, Oklahoma, alguna vez fue uno de los mayores depósitos petroleros de Estados Unidos. Y la ley tribal otorgaba a cada miembro de la tribu un derecho de propiedad (una parte del fideicomiso de minerales), así que los Osage eran las personas más ricas de Estados Unidos a principios de 1920. Sin embargo, el gobierno consideró a los nativos como “incompetentes” para manejar sus fondos y los obligó a aceptar tutelas. Es decir, su dinero lo controlaban los vecinos blancos, quienes al darse cuenta de la riqueza de los Osage, se indignaron y empezaron a fustigar a la tribu mediante la crueldad, el engaño y la muerte. El rencor se convirtió en un modus operandi de la relación entre blancos y pieles rojas.
La virtud de Grann es que recrea los hechos con fuentes bibliográficas comprobables y testimonios fidedignos. Acompañan al relato una serie de fotos que evidencian la gravedad de los hechos. En especial, el autor hace hincapié en la manera en la que el naciente FBI cerró el caso, pues no se incluyó en la pesquisa a cientos de asesinados con el mismo procedimiento: envenenamiento.
Grann divide el libro en tres partes. La primera, ambientada a principios de la década de 1920, se centra en Mollie Burkhart, una mujer Osage de pura sangre, casada con un hombre blanco, Ernest Burkhart. Sus hermanas, Rita y Anna, también se casaron con hombres blancos; Minnie, también hermana, falleció recientemente debido a una “enfermedad rara”. Sumada a esa desgracia, aparece el cadáver de Anna en un barranco, con un disparo en la nuca –recientemente habían hallado a otro hombre de Osage, Charles Whitehorn, muerto exactamente igual que Anna–. Tiempo después, Lizzie, la madre de Mollie, muere por una “enfermedad debilitante”, igual que Minnie. Unos meses después, Rita y su esposo Bill Smith mueren en una explosión que reduce su casa a escombros. Mollie sabe con certeza una cosa: su familia está siendo asesinada y ella es la siguiente.
En la segunda parte, Grann centra el relato en los investigadores federales que llegan al condado de Osage para resolver la serie de asesinatos. La oficina de investigación (aún no conocida como FBI) acaba de quedar bajo el control de un hombre joven y fastidioso: J. Edgar Hoover. Así que Hoover envía al imponente Tom White, un ex ranger de Texas, a Oklahoma para investigar. White y su equipo llegan encubiertos a la ciudad, saben que Hoover espera utilizar este caso para establecer un nombre para la oficina y fortalecer el poder de los investigadores federales.
Mientras White y otros agentes intentan resolver los crímenes, reclutan informantes (contrabandistas, traficantes de licores, ladrones de ganado) para ayudar en la investigación. Conocen entonces el bullicioso mundo corrupto de las ciudades en auge de Osage. El tío de Ernest Burkhart, William K. Hale, es un ex ganadero que saltó a la fama y ahora trabaja como ayudante del sheriff. Hale controla todo y a todos, incluida la suerte de varios Osage. A medida que White y sus investigadores conocen los hechos se dan cuenta que Hale ha orquestado un vasto complot para eliminar a la familia de Mollie.
Lo más tortuoso de todo es que el marido de Mollie, Ernest, sobrino de Hale, ha estado involucrado en la conspiración. Después de obtener una declaración del arrepentido Burkhart, White y su equipo confrontan a Hale con la evidencia, pero el sereno y tranquilo Hale afirma que luchará contra las acusaciones “con uñas y dientes”. Cuando comienzan los juicios, Burkhart testifica contra Hale. A White le preocupa que Hale tenga al juez y al jurado en el bolsillo. Sin embargo, Hale es declarado culpable y sentenciado a cadena perpetua por asesinato. White, después de haber hecho lo correcto, legitima la creación de la Oficina Federal de Investigaciones. Toma una decisión extraña: se retira de la Oficina Federal de Investigaciones y acepta un trabajo como director de la beligerante prisión de Leavenworth, donde Hale está preso.
En la tercera parte, Grann describe una serie de viajes a la Reserva Osage entre 2012 y 2015. Al contrastar el pasado con el presente, el autor mira a detalle todo el panorama. Replantea entonces el caso de los asesinatos desde el 2015 y gracias a nuevos testimonios descubre que la familia de Mollie no fue la única que asesinaron. Es decir, a pesar de que el FBI cerró el caso y culpó a algunas personas e incluso las condenó, a pesar de eso hubo más muertos por la misma “enfermedad”.
Killers of the flower moon es una estrategia narrativa que visibiliza cientos de homicidios. Literalmente hablamos del exterminio que, como todas las intrigas de Estados Unidos, pasa por el cobijo del FBI. Esa institución protegió a los homicidas. De hecho, los asesinatos apuntan a un par de doctores. Así lo evidencia Grann. Y espero que así lo evidencie cinematográficamente Scorsese, pues durante dos décadas, desde 1920 hasta 1940, los Osage fueron exterminados. Grann critica el hecho de que el terrible pasado de la tribu Osage no se enseña en las escuelas y, debido a que el FBI no logró garantizar justicia para ese pueblo, tampoco se habla mucho de este caso. “La sangre clama desde la tierra”, dice el autor. Me parece que a este relato de no ficción –el cual recurre a la técnica narrativa de ficción para fortalecer la denuncia de una injusticia colosal– lo complementará el cine de un director que entiende muy bien estos asuntos de injusticia, violencia y desazón. Cuando uno acaba el libro es inevitable una pregunta: ¿cómo pudo ocurrir todo esto? Ojalá que al término de la película usted tenga esa misma inquietud y una respuesta. Dijera un cinéfilo amigo francés: ¡Bon film!

 

Jon Fosse, solemne lentitud del hambre, la pobreza y el sufrimiento

La reciente elección del Premio Nobel de Literatura, cuya lista de favoritos estaba plagada de autores comerciales, dio un resultado sorpresivo que da un respiro para quienes entienden que la literatura no es precisamente un negocio, ni un sitio ideal para el tráfico de influencias sino una indagación constante sobre el alma humana y el lenguaje. En especial, el lenguaje.
En español hay pocos libros de Jon Fosse, autor noruego recientemente “descubierto” por el mundo, gracias a que obtuvo el Nobel. Así que seguramente el lector en español tendrá pronto material del consagrado dramaturgo, poeta y narrador. Ha sido traducido a cuarenta idiomas y en inglés, paso obligado para la internacionalización de la obra, tiene muchos seguidores, pero lo mejor de este hombre sigue en la chistera de su idioma, el noruego.
Trilogía (traducción del noruego a cargo de Cristina Gómez Baggethun y Kristi Baggethun. De Conatus, España, 2022, 160 páginas), de Jon Fosse, es una colección de tres novelas cortas en las que se narra, con un lenguaje sencillo, la historia de una pareja de adolescentes (Asle y Alida) que va a tener un hijo e intenta sobrevivir sin familia ni apoyo, ni mucho menos dinero. La fragilidad como herramienta de análisis ante el caos del mundo, eso podría ilustrar muy bien este libro breve, en el que el fuego del primer amor literalmente quema una vida, porque la indagación de Fosse va más allá de la pareja y aparecen los padres de ambos jóvenes y los hijos de esos jóvenes. El retrato de esa familia joven es oscuro.
Trilogía se divide en Vigilia, Los sueños de Olav y Desaliento. Historias publicadas de manera independiente; luego agrupadas en el volumen que hoy comento.
Vigilia nos presenta a Asle y Alida, una muy joven pareja que en un entorno agreste –dominado por la pobreza, donde la única solución es la pesca y el mar es el medio para buscar otras tierras–, busca un hogar. Ellos se conocieron en una fiesta (él, músico; ella, sirvienta) y se hicieron uno desde el primer encuentro. El texto inicia con la premura de una pareja joven, ella embarazada, en busca de un sitio para pasar la noche, pero nadie los recibe. Él debe actuar rápido porque es otoño, hace frío y comienza la lluvia. Logra, mediante un escalofriante hecho, hacerse de una casa. Fosse muestra a estos jóvenes las inclemencias de la etapa adulta. Ellos anhelan sentimientos nobles y una vida tranquila, pero la realidad es otra y deberán cometer algunos delitos para salir avantes en un entorno que rechaza la bondad.
En el segundo libro, Los sueños de Olav, los jóvenes (Alida y Asle) y su hijo recién nacido (Sigvald) viven en las afueras de Bjørgvin con nombres falsos. Él sale en busca de unos anillos o una pulsera para su esposa; pero un viejo barbado lo reconoce en una taberna. Sabe que él no es Olav sino Asle y que ha cometido algunas atrocidades. Intenta sobornarlo, pero no lo consigue y una serie de equívocos le conducen directo a la horca. Tiene que pagar por sus delitos.
En Desaliento el lector conoce a Ales, la segunda hija de Alida, ya anciana, quien detalla la vida después de Asle, el esposo que simplemente ha desaparecido y de quien se rumoran atrocidades. Es una historia en la que el autor hermana a dos personajes femeninos y expone como un monstruo a Asle, aunque Ales no cree que el primer esposo de su madre haya sido un asesino. En este apartado, Fosse sale eventualmente del realismo para ingresar a terrenos de corte fantástico. En especial, porque Ales ve a su hermana muerta: “la Hermana Pequeña está ahí acostada, pálida y ausente, y Ales nunca olvidará su rostro pálido, su boca abierta, sus ojos entornados, los verá siempre, porque la Hermana Pequeña enfermó y murió”. La vida de Ales y Alida son reflejos distintos del paisaje frío y marino, pero sirven muy bien para ilustrar el interés narrativo de Fosse, un cauce por las vicisitudes de un país que a ojos del mundo pareciera resuelto y económicamente poderoso, pero también oculta pesadillas.
La prosa de Fosse es parca. Ordena las oraciones de manera clásica: sujeto, verbo predicado. Esencialmente sus párrafos son largos y los diálogos carecen de guion largo y se caracterizan por la brevedad y la poca información que revelan, agrandan el misterio que ocultan; por ejemplo:
“Y tú qué eres, dice la Vieja
Yo, dice Olav
Yo lo conozco, dice la Muchacha
Para que lo sepas, dice
Así que lo conoces, dice la Vieja
Pero monedas no tienes, dice
Quién ha dicho eso, dice Olav
Tienes dinero, dice la Muchacha
y se acerca a él y le rodea la espalda con un brazo y la Vieja sacude la cabeza y la Muchacha se apoya en él y le besa la mejilla
Pero qué estás haciendo , dice la Vieja”.
De acuerdo con la traductora, Cristina Gómez Baggethun, este libro busca imitar el habla de la zona rural de Noruega, donde la gente se expresa poco y usa, por tanto, muy pocas palabras. Eso queda bien cincelado en el libro, porque no hay un despliegue voraz de frases ni sentencias matonas, como tantas veces se le pide a un narrador premiado.
Quien se asoma a Trilogía descubre un autor que maneja muy bien el tempo narrativo. No se detiene ante ninguna de las convenciones usuales de la literatura comercial, de hecho, ni siquiera usa capítulos para dividir sus novelas, que aunque breves, tienen muchos cambios en el punto de vista, en el tempo e ingresa a los personajes a la trama de golpe. Pinta a los actantes de manera minimalista y funciona muy bien la estrategia para poner en marcha el trabajo estrictamente dramático de las historias, que aunque aparentemente dispersas, ofrecen el sesgo vital de una familia. Es decir, los desplazamientos de los personajes en todo el cuerpo del relato tienen que ver con momentos importantes de Asle y Alida. Los padres, los hijos y los nietos. No es un libro ortodoxo y eso lo aplaudo. De hecho, esta agrupación de textos me recuerda, estilísticamente, a la sólida obra de Juan José Saer, aunque con matices, claro está, porque lo de Saer es inimitable. No tiene parangón.
Fosse en este libro esboza una fragilidad vital y su apuesta va desde la estructura de las frases. Son voces parcas, insisto, e incluso la voz narrativa apela a este requerimiento estético; pero esa fragilidad logra una volcadura textual, un soplo de la mancha tipográfica, que permite recrear la violencia de la vida rural de Noruega y la economía de recursos usada por el autor es envidiable. Pienso en lo que logra Fosse y es inevitable traer a colación a Saer. Recuerdo a bote pronto El entenado o El limonero real. Dos piedras angulares de un continente literario aún por descubrir. Lo de Fosse y lo de Saer dialogan a la perfección. Trilogía tiene otro ritmo, otro tiempo y va con lentitud hacia donde nadie quiere ir: la médula de lo humano. Lo de Saer, aunque suene exagerado. implica detener el tiempo narrativo.
También me pregunto, al ver el revuelo causado por un escritor que no vendía mucho, pero tenía prestigio, ¿qué seriedad hay en los editores que no ven lo que hay que ver? Ahora los editores corren por los libros de este hombre, cuya proposición estética me parece sólida, aunque evidentemente no comercial. Pienso en esos editores y en los malabares que deben hacer ahora para tener sellado al nuevo Nobel, para traducirlo, para darle lustre a un trabajo que no han hecho: buscar metal en las minas. Esta vez la decisión de la Academia Sueca cayó en un autor desligado de los mercados internacionales, desligado también de la figura pública de un autor con fama. De hecho, Fosse tiene pocas apariciones en público. Él sabe que el trabajo serio se realiza en silencio.

La narración de lo paranormal como estética del realismo no mágico

(Primera de dos partes)

 

 

UFO 78 (Einaudi, Italia, 2022, 498 páginas), del colectivo Wu Ming, es una novela jugosa –aún no se ha traducido al español, así que considere a estos dos artículos como una primicia– de la que pueden obtenerse pistas de algunos cambios de enfoque en la literatura del mundo.
La lectura de este proyecto ayudaría a replantearnos si la narración de la historia (en mayúsculas) es básicamente una exclusión de la historia (en minúsculas) que posee una etiqueta contracultural; pero la esencia del libro nos habla de la periferia cultural que nutre de una forma tan interesante a lo literario y lo social, porque tal vez usted no lo crea, pero el fenómeno ufológico (de la siglas UFO en inglés, Unidentified Flying Object, objeto volador no identificado) está relacionado con muchos aspectos de la vida política. Por ejemplo, ¿cómo convive el secuestro y asesinato de Aldo Moro, una figura política e intelectual relevante de Italia, con la desaparición de una pareja de jóvenes en el monte Quarzerone?
La voz narrativa de UFO 78 advierte que incluso a pesar de la terrible realidad de un secuestro y la desaparición de unos jóvenes, lo que los une es una leyenda de los hombres lobo. Pareciera un disparate, claro, pero bajo la mano de Wu Ming el libro se convierte en una herramienta para analizar múltiples cambios sociales de la Italia de los años 70 del siglo pasado; obviamente no invalida la carga cultural del rock, las drogas y los métodos alternativos de desintoxicación de jóvenes drogadictos. Usted, seguramente, se preguntará, ¿por qué es valioso contar el cambio social desde el punto de vista de un congreso de ufólogos italiano? Primeramente, porque es un detonante muy fuerte para arrancar una novela de medio millar de páginas, donde conviven figuras públicas y personajes inventados, y todos los actantes de la historia cohabitan sin problemas de verosimilitud.
La trama aglutina acciones y repercusiones de fenómenos sociales en Italia a finales de los años 70, hace especial énfasis en la música, la política, la represión, la lucha armada, la contracultura y las drogas; de igual manera enfatiza el feminismo y la lucha por el derecho al aborto. Menciona a los punks como manifestaciones juveniles legítimas y se enfoca en el flujo universal de los signos zodiacales; pero especialmente, este libro centra la trama en la investigación de los ovnis. No se usa el fenómeno como una cortina de humo para darle atole con el dedo a la gente. Insisto, el avistamiento de ovnis funge como un motor de cambio. Un cambio, insisto, en un año convulso.
En 1978, Aldo Moro es secuestrado. El estado de emergencia limita la movilidad en las principales ciudades de Italia. Las drogas empantanan a los jóvenes. En El Vaticano se suceden de manera extraordinaria tres papas. Todo ocurre mientras los italianos están a la caza de platillos voladores. Muchos ciudadanos de aquel país presencian la Gran Ola de OVNIs. Hubo 2 mil avistamientos en el cielo azzurro, decenas de “encuentros cercanos” con viajeros intergalácticos y a esa serie de hechos extraordinarios debe sumarse, como un condimento al caldo de cultivo, los millones de espectadores de un filme de culto: Close Encounters of the Third Kind (1977), de Steven Spielberg.
A pesar de que la trama aglutina muchos personajes, el peso de la historia recae en dos caracteres principales: Milena Cravero –joven antropóloga que estudia a los ovnis en la ciudad de Turín, urbe lúgubre y militarizada– y Martin Zanka, un escritor de cierto éxito, quien ha contado historias de cosmonautas antiguos, pero está cansado de su personaje (un investigador a todas luces calculador y objetivo) y está harto de Roma. Su hijo Vincenzo, ex heroinómano, vive en Thanur, una comuna de Lunigiana, en las laderas de la misteriosa montaña de tres picos: Quarzerone. Un lugar de mitos y leyendas, de fenómenos inexplicables e incluso de casos noticiosos nunca resueltos y que aún quitan el aliento e intrigan. El expediente más llamativo es el de Jacopo y Margherita, dos exploradores desaparecidos en el bosque. Nunca fueron encontrados. En torno a esa desaparición hay historias y personajes que conectan todos los cambios sociales de Italia.
UFO 78 es una novela vasta coral y psicodélica, algo que bien podría definirse como un objeto narrativo no identificado, bien organizado, pero lo mejor de todo esto es la manera de encarar un hito en la historia de un país que para efectos narrativos sirve como detonante de la revolución mental. No hay imagen más bella y esplendente que la belleza de un objeto volador no identificado en plena oscuridad nocturna. Tomado esto, claro, como un símil del cambio, como el fulgor de nuevas ideas que iluminan senderos puramente humanos. Considero que Wu Ming logra hacer de este proyecto un tratado de contracultura. Hay sabiduría en esta novela, buena documentación y una estupenda solvencia narrativa. Se atestiguan 90 días en la vida de Italia, pero con ello se manifiesta algo inusual en la historia del mundo.
Lo sabio de Wu Ming radica en evidenciar que los hilos narrativos de UFO 78 penden de tres aspectos: la desaparición de dos jóvenes en el monte, el congreso de ufólogos en Roma y el secuestro de Aldo Moro. Este es el afluente de todo el proceso. Moro fue secuestrado durante la mañana del 16 de marzo. Ese día se celebraba la investidura del cuarto gobierno de Giulio Andreotti, apoyado por el Partido Comunista italiano. Cuatro miembros de las Brigadas Rojas, una organización terrorista revolucionaria, vestidos con uniformes de pilotos de Alitalia emboscaron a la comitiva del presidente de la Democracia Cristiana, Aldo Moro. Durante el tiroteo, la brigada asesinó a los cinco miembros de la escolta y secuestraron al líder político, lo transportaron a un escondite en la periferia de Roma. La noticia conmocionó al país que, de forma espontánea, salió a la calle a manifestarse. Desgraciadamente, el cadáver de Moro fue encontrado el 9 de mayo, en la cajuela de un auto Renault color rojo. El libro culmina el 25 de mayo. Los días subsecuentes a la muerte de Moro son los más revolucionados.
Al inicio de la novela se sabe que el congreso de ufólogos se inauguraría el 16 de marzo, pero se canceló debido al toque de queda impuesto por el Ejército para dar con el paradero de Moro. Lejos de volcar la trama en un alegato político, Wu Ming funda un precedente al introducir la ciencia ficción y leyendas orales como un tercer elemento que vigoriza la tensión entre lo político y lo social. Italia bulle. El reflejo de eso es la apertura del pensamiento real no mágico. Lo digo así, por oposición al realismo mágico, porque si UFO 78 fuera realismo mágico, la propuesta literaria de Wu Ming sería una gran basura, una pérdida de tiempo. Y me parece que considerar a este proyecto como una muestra del realismo no mágico concede la petición de principio más importante: hay un sesgo de apertura en este documento, una forma de abrir brecha para aceptar al fin lo que mucha gente considera charlatanería. Si se concede la cualidad de real a esos fenómenos, sin duda habrá nuevas revisiones de la historia de cada país.
En UFO 78 no se entiende a la contracultura como un grito de guerra sino como una muestra de la interconectividad entre la macro y la microhistoria, y de paso borra los límites entre la alta literatura y los subgéneros. Eso lo comento, a granel, la semana entrante.

La tenacidad como recurso de mercado editorial

 

A menudo suelen tenerse ideas –no todas afortunadas, pero ideas a final de cuentas– sobre el mercado literario que uno trabaja; ya sabe, que si fulano no vende mucho porque escribe sin emociones, que si fulana no tiene éxito a pesar de que su editorial invierte mucha publicidad o simple y sencillamente nadie sabe –ni sabrá– porque una editorial no promociona a sus autores ni los intenta llevar a un puerto de amable comercialización. Todas esas cosas están relacionadas con un aspecto que el novelista estadunidense Michael Connelly explica muy bien en una entrevista que no tiene desperdicio. La periodista Ona Russell, a propósito de la publicación de Desert star (2022), conversa con el narrador, en el portal lithub.com, sobre algunas cuestiones indispensables para quien aspira a ser un autor cuya meta es el público. Connelly fue reportero policial porque quería seguir un sendero, una línea bien definida sobre el mundo criminal que él desea recrear. “Tenía que ser modesto y escribir con la consciencia de que ya hay maestros de la literatura criminal”, explica, “trabajé muy duro en el proceso, codo a codo con mi agente. Soy realista, todo se fundamente en eso, en ser realista. Si mis libros han vendido mucho y han llegado a la pantalla grande y la pantalla chica como series, eso es otra cosa, pero lo importante es ser realista. No perder de vista ese aspecto”. ¿Qué es ser realista para un escritor de ficción criminal? Obviamente no se refiere sólo a la verosimilitud sino a las metas de cada autor.
Muchos de los personajes de Connelly salen de su trabajo como periodista, de una forma u otra, interactuó con los moldes humanos de Harry Bosch; él sabía hacia donde dirigirse. Fue configurando a Bosch, su detective más famoso, con la observación y el conocimiento de muchos policías, de muchas películas, de muchos libros. Este personaje, confiesa Connelly, se fue acendrando, como muchos aspectos de sus libros. “Por ejemplo, si hago que mis personajes hablen, tiene que haber información, no un regodeo verbal, tiene que haber trabajo informativo para que la historia pueda tener un sustento con la trama, porque, por supuesto, sé cómo hablan los tipos duros, los policías, los criminales; sé cómo abordar lo que ocurre en Los Ángeles porque es lo que conozco; en especial, el trabajo de los detectives, de los forenses. Son personajes en los cuales debo tener aún más cuidado, debo ser detallista y fijarme en muchos aspectos para ser realista”, asevera.
Es claro que el señor Connelly escribe pensando todo el tiempo en el público, en los lectores y confía que así será mucho más fácil ampliar su nicho de mercado. Hablo de un hombre que ha vendido más de 80 millones de copias de libros en todo el mundo, en varios idiomas y especialmente me refiero a alguien que intenta seguir vendiendo más ejemplares de sus novelas. Ergo: Connelly sigue escribiendo con un dominio perfecto de su mercado. Este aspecto no es el ideal para quien intenta ser un artista, pero para quien se sabe con poco tiempo, mucha prisa y muchas ganas de escalar en el ancho continente literario, créame, se trata del rumbo adecuado. Puesto así, Connelly tiene mucho que decir: “Nunca mostré mis dos primeras novelas a nadie. Mi tercer libro, Black Echo, se publicó en 1992 y obtuvo el premio Edgar –reconocimiento al mejor libro de misterio. Desde entonces, lo único que hago es escribir y promocionar mis libros”, expone, ¿por qué? Inquiriría yo. Obviamente porque supo que llegó al sitio ideal en el que obtendría atención y recursos para catapultar dos libros más sin tanto esfuerzo. Y lo hizo con mucha fortuna.
Sus novelas logran que el lector se sienta imbuido por los personajes principales, por ejemplo, Harry Bosch o Micky Haller –el famoso protagonista de la serie Lincoln Lawyer. “Con mis personajes veo y siento el mundo a través de los ojos de ellos, comprendo su motivación y lógica, y emprendo un viaje con ellos. Siempre estoy buscando algo que revele quién es Bosch. Siempre estoy buscando agregar una pequeña nota de carácter. Ya sea un recuerdo, una línea de diálogo interno o un fragmento de una historia de fondo”. Pero no sólo trabaja en un personaje sino que requiere, para que la trama funcione, otros elementos. “Esas cosas (las pesquisas, las pistas, las armas, etc.) son parte del arte de escribir este tipo de historias. En cierto nivel, nada de eso importa, pero es necesario. Cuando miro hacia atrás, a cinco escenas de los libros de Harry Bosch que he escrito durante veinte años, pienso que esas escenas que se destacan no son él arrestando a un delincuente o disparando a un tipo malo, es Harry lidiando con política mezquina o tratando de trabajar en la burocracia”, expone Connelly. Da cuenta pues de la vida pública de un personaje, pero él conoce la vida íntima de ese Harry Bosch que no vende libros.
Empezó a escribir sus primeras novelas, solía trabajar de noche ya que tenía un trabajo de tiempo completo como reportero policial en un periódico. Hoy en día puedo escribir cuando quiera, señala, pero cuando empiezo una novela, me gusta escribir en una habitación a oscuras utilizando la misma lámpara con la que escribía hace veinte años. No suele llevar un recuento de palabras ni un número determinado de horas laborando. Lo más importante para él es avanzar en la historia todos los días. “Un avance en la historia puede ser cualquier cosa”, dice, “un párrafo, una línea o un fragmento de diálogo. Mientras la historia avance, confiesa, puedo decir que he tenido un buen día. Si tengo un par de cientos de días buenos, entonces, tendré un libro”, expone. Escribir todo el tiempo implica cierta dosis de esclavitud, pero es la única manera de salir del rincón oscuro en el que se encuentra la mayoría de los escritores. Todo estímulo es valioso para Connelly, la gente, los paseos, las películas, todo es un estímulo, porque el autor tiene en mente la meta final de su escritura. Tiene un para qué escribir. Conoce su mercado, sabe bien el sendero por el que transita. Cito al autor: “Adopto un poco el enfoque del ariete. Siempre releo lo que escribí el día anterior para que se sumerja en mi historia y logro así el impulso del día. Y cuando estoy escribiendo, y si algo no está del todo bien, seguiré adelante porque sé que volveré y lo arreglaré. Para mí todo es cuestión de impulso. Creo firmemente en el poder de reescribir y editar. La reescritura es el rey. Si lo logras o no, está en la reescritura”.
Es de los pocos escritores que siempre tienen público en sus presentaciones y siempre tiene una cuota de entusiastas que intentan mantener un diálogo sobre los personajes que él ha creado. Esencialmente, sobre Bosch. Connelly lo cuenta con más gracia: “Su sentido de la justicia (todos cuentan o nadie cuenta) es la base de ese personaje. Que alguien sea fiel a sí mismo en un mundo muy caótico es ciertamente atractivo Esa frase (me gustaría pensar que actuaría de la misma manera) resuena en mí. Creo que eso es lo que muchos escritores pretenden hacer. La gente me pregunta a menudo: ¿soy como Harry Bosch? Me gustaría pensar que actuaría como Harry cuando llegue el momento en que las cosas estén mal y alguien tenga que dar un paso al frente. Espero poder hacer eso”. Y espera hacer eso porque le interesa escribir para su público. Nada más ni nada menos. No hablo de arte sino de mercado. Si uno decide hacerse de un nicho en el mercado editorial, no es mal ejemplo el de Connelly. Tampoco es sencillo vender 80 millones de ejemplares en todo el mundo. Este hecho describe muy bien que la tenacidad de un escritor en cierta forma es una método que enfila rumbo “el exito”. Aunque “el éxito” sea algo mutable, inconsistente y a menudo vano. Pero hoy sólo hablamos de mercado.

*La traducción de los fragmentos de la entrevista, reproducidos en el artículo, es mía.

 

God save the Queer!; réquiem por Michela Murgia

 

(Segunda parte y última)

Accabadora (Einaudi, Italia, 2009, 164 páginas), de Michela Murgia, está ambientada en un pueblo de Cerdeña, en 1950, la novela aborda la vida de una mujer que actúa como accabadora en una pequeña comunidad, es decir, mata a los moribundos a pedido de ellos o de los familiares. En cierta medida, lo que ella ejercita es una variante de la eutanasia. El relato es completamente lineal, la autora no está interesada en demostrar las habilidades para construir una maqueta sumamente novedosa sino que se permite trabajar sólo sobre los personajes de una manera tradicional y se sirve de los actos, bien justificados de los personajes, para anudar y desanudar los destinos que van tejiendo la trama. El núcleo es la relación entre Bonaria Urrai, la accabadora, y Maria Listru, una “fill’e anima” y protagonista de esta historia.
Tzia Bonaria es una costurera. De eso mantiene a “su familia”: dos adolescentes y María, la nueva hija; sobre quien recae todo el peso de la historia. La hija adoptiva que fue entregada a Urrai al comienzo del libro, pues la madre biológica, una viuda demasiado pobre para mantenerla, quien se desentendió de ella porque no la quiere.
El concepto, “fillus de anima” tuvo una gran importancia para Murgia, quien ha definido a muchas personas como “hijos elegidos” y ese concepto ha influido también en la denominación de “familia queer”. Maria y Tzia Bonaria establecen un vínculo que sólo se mantiene si cada una de ellas dice la verdad, no importa lo dolorosa que sea. Tener confianza en la otra es la única manera de mantenerse juntas. María, en la casa de Tzia Bonaria, experimenta la insólita sensación de haberse vuelto importante. No es la única “hija del alma” de Tzia Bonaira, pero es quien rápidamente establece un lazo sentimental con la accabadora.
Los días pasan sin novedades; las noches, en cambio, son toda una aventura. No sólo porque Tzia pensaba se desvelaba pensando cómo le daría de comer a sus chicas, quien junto a ella “no pasarían malos tratos”. Pero eran pobres y la comida era esencial para estar bien. Se las arreglaba como podía. Tzia Bonaria Urrai era vieja desde joven. No era viuda, pero sí soltera. Se comportaba como una viuda. Decían que su esposo murió en la guerra, pero la gente contaba otras cosas. Afirmaban, por ejemplo, que no fue la guerra la que le robó al marido, porque Raffaele Zincu no había muerto. Ellos creían que él, inteligente como era, había encontrado una mujer y se ahorró el viaje de regreso para explicarle a Bonaria todo lo ocurrido. La narradora cimenta en el lector la idea de que la muerte es una liberación, tanto para el que se queda como para el que se va. Es la libertad absoluta en este plano terrenal. María es una niña que atiende todos los chismes sin entenderlos. Está rodeada de mujeres que a pesar de que tienen vivos a sus maridos se comportan como viudas. Las mujeres imantan otra energía. Siempre.
Bonaria asiste a los llamados de su oficio. No culmina todos, “porque no es el momento” y cuando llegaba la hora de actuar lo hacía con piedad. No es alguien que vaya por el mundo quedando bien con los demás, sólo escucha a los que la solicitan, entabla diálogo con los familiares del moribundo, pero la voz cantante, la voz que permite toda acción, siempre es la de los postrados. María va entendiendo que Bonaria esconde algo, pero no se atreve a preguntarle nada al respecto. Tiempo después tuvo la oportunidad de tocar el tema largamente postergado y la respuesta hace que María saliera de Cerdeña, también que consiga un trabajo como niñera y traté de cambiar el rumbo de su destino; pero Cerdeña es un nudo en el corazón para María y ella debe regresar a darle fin a un enigma que Michela elaboró con sumo cuidado. En Accabadora se recrea –o reescribe– una leyenda. Eso implica necesariamente cambiar el punto de vista y el tono de un relato. Murgia lo logra. Convierte la historia de una mujer que da una buena muerte a los moribundos en una enseñanza acerca de los vínculos afectivos entre mujeres, lazos de apoyo y cariño que facilitan las relaciones vitales entre una generación y otra, entre una familia y otra. Insisto, esta es una novela que puesta en manos de un bisoño podría ser un relato gótico, pero tomada por una feminista el resultado es muy atractivo, porque Accabadora termina siendo una alegoría del buen vivir, aunque la parte más vigorosa del texto sea el tratamiento que se la da a la muerte.
Obviamente el morbo crece cuando se piensa en la accabadora como una mujer que usa un atuendo “más negro que la noche” y se “cubre la espalda con una chal sombrío” para deambular por las noches haciendo resonar los suecos por las calles del pueblo. Quien asume la humanidad de toda esa historia es justamente María. Sobre ella recae un aspecto, ¿por qué una costurera adopta a una niña? Dicho de otra manera, ¿por qué una mujer pobre protege y mantiene a una niña? ¿Por qué la hace convivir con tres mujeres más en una casa pequeña? Sería muy petulante decir que la enseñó a convivir sanamente con otras mujeres, pero la realidad de los hechos es otra. La accabadora le dio un poco de espacio y de apoyo a María para que la niña fuera ganando confianza en sí misma e hiciera con su vida algo más que soportar a una madre que la detesta. Insisto: debe leerse a esta novela como la reescritura de una leyenda, pero matizada por los ojos de María, por la comprensión del mundo que tiene la niña y gracias al buen trabajo de la voz narrativa el lector siempre está cerca de los personajes, cerca de las acciones, pero no los invade de manera omnisciente. Esa voz está ahí y narra los hechos, le permite al lector entender que todas las leyendas del mundo guardan historias de resiliencia femenina. Murgia nos recuerda eso. Ni más, ni menos. Una novela sencilla que comunica exactamente lo que una feminista quiere comunicar. Sirvan estas referencias textuales para invitarlo a conocer la obra de una narradora italiana sumamente interesante.

God save the Queer!; réquiem por Michela Murgia

 

(Primera de dos partes)

El pasado 10 de agosto falleció la escritora italiana Michela Murgia, nacida en Cabras (comunidad de Sardegna), pero radicada en Roma desde hace tiempo. La vida y la obra de Murgia nos recuerda en varios momentos que un escritor va más allá de ser alguien que escribe –y obviamente publica con regularidad–, va más allá de los temas que desarrolla en los textos, va más allá incluso de lo que dijo. Durante la ceremonia luctuosa en la basílica de Santa María Montesanto, conocida como la Iglesia de los Artistas, lectores y amigos se reunieron en la Piazza del Popolo para despedirse de Michela. Juntos le cantaron el mítico himno de los partisanos: Bella, ciao. Es entrañable su adiós. Ni duda cabe. O bella ciao, ciao, ciao. Una mattina mi sono alzato / E ho trovato l’invasor. ¿Quién no se quiebra al oír estos versos frente a un ataúd? En los medios de comunicación y en las redes sociales pueden leerse innumerables muestras de agradecimiento de los lectores, los editores y los escritores que manifiestan el cariño por el trabajo de esta mujer, que analizó desde diversos flancos los vínculos femeninos y la fe católica; en especial, abogó por la libertad de ser quien uno es. Por eso cobra sentido oír esa canción en el funeral: O bella ciao, ciao, ciao!
Uno de sus libros más recientes es God save the Queer. Cathechismo femminista (Einaudi, Italia, 2022, 152 páginas), una colección de ensayos en la que Murgia tocó una fibra sensible de Italia: ¿Se puede tener una fe católica sin que esa interfiera con el feminismo? La pregunta no es sencilla de responder, ni mucho menos es baladí para un país como ése, igual que el nuestro, donde el catolicismo está tan arraigado y luce como una contradicción para toda feminista. Lo que hizo Murgia va más allá de consumar una reflexión personal sobre la fe. Por ejemplo, como una variante estilística, sustituye la “i” de algunas palabras en plural por el número 3. Veamos: “molt3” por molti, o “tutt3” por tutti. Es un aporte que no todos consideran prudente, pero ella lo utilizó para refrescar el discurso habitual. Grosso modo, considera que lo queer radica en no etiquetar la sexualidad. No importa si son homosexuales, heterosexuales, bisexuales, no binarios, o personas que no se caracterizan con las etiquetas aceptadas socialmente. Es decir, Michela retoma lo expuesto por Eve Kosofsky Sedgwick en la Teoría Queer. Kosofsky señala que queer significa: “la red de posibilidades, huecos, superposiciones, disonancias y resonancias, lapsos y excesos de significado cuando los elementos constitutivos del género de cualquiera, de la sexualidad de cualquiera no se hacen (o no se pueden hacer) para significar monolíticamente”. De hecho, es bien conocido que Kosofsky se alegra de descubrir que “es imposible separar el trabajo del amor”. Ambos sin etiquetas. Ambos queer, digamos.
La apuesta de Michela toma como fundamento Epistemology of the closet, de Eve Kosofsky Sedgwick, es la columna vertebral de God save the Queer. Y enuncia la pregunta primordial: “¿Es posible mantener unidas tu fe católica y tu feminismo?”. Esa cuestión es un tópico de los creyentes de la comunidad LGBTTTIQ+. Así que se habla en ese libro de un proceso personal que ocurre entre la conciencia y los preceptos doctrinales, en especial, cuando se refieren al aborto, la eutanasia, la fecundación asistida y otras derivas de la modernidad. Resulta obvio que para comprender los aspectos de la vida y de la fe uno entra en contradicción constante, para ello es conveniente discutir con inteligencia lo nuevo bajo los versículos del Evangelio. Como primera piedra, Murgia hace una relectura de El credo bajo la luz de la experiencia personal. El resultado es un relato sobre la infante Murgia, llena de dudas; aunada a esa vivencia se suma el perfil de su abuela, de su madre, de su tía, de las mujeres con las que encontró la fe. Michela proporciona las herramientas para afrontar algunos de estas antinomias, y confirma que lo queer es una práctica cristológica. Aceptar esto, dice la autora, “significa reconocer que la frontera no nos rodea, sino que nos atraviesa, y que lo que percibimos como una contradicción es en realidad un espacio fértil, cuya potencia vital aún no hemos comprendido”. Bajo esta óptica es posible resolver la contradicción entre ser activistas feministas y pertenecer a una institución patriarcal de rancio abolengo. Es un libro crítico que cuestiona a otros creyentes, a la Biblia, a Dios y obtiene pocas respuestas, pero muy satisfactorias.
Gracias a una entrevista de la periodista Costanza Giannelli se sabe que Murgia estaba interesada en profundizar en la fe católica desde el feminismo. Aunque obviamente lo que ella deseaba era rediscutir aspectos esenciales. Durante la conversación que Costanza y Michela sostuvieron, la respuesta de Michela atrae aún más: “Es un libro en el que todos –no sólo mujeres o feministas, o creyentes, sino también hombres, ateos y agnósticos– pueden encontrar, si no respuestas, nuevas preguntas. Quizá los únicos que no se cuestionan son el pueblo cristianizado, fruto de un proceso cultural más que espiritual, quienes crecieron en el marco religioso en el que nacieron, sin adherirse nunca plenamente a él, sin distanciarse tampoco”.
Murgia cree que los fieles impíos, los que hacen una vida de fe y de activismo, de espiritualidad y que ejercitan la conciencia terrenal, no son reconocibles en la Iglesia. ¿Por qué esas minorías son discriminadas desde una “institución machista multimilenaria”? ¿Para qué?
El Dios de Murgia es imperfecto, menos omnipotente, parecido a sus criaturas. Es el Dios del Génesis, señala Michela, quien admite que estaba equivocado, ¿cuántos hombres son capaces de hacer eso? Esa pregunta vale oro. Y hay que repetirla constantemente: ¿cuántos hombres somos capaces de admitir que nos hemos equivocado? Cuestión aparte, Murgia cree que la imagen de Jesús “ofrece preciosas intuiciones tanto a la militancia como a la fe, sin que aparezca ninguna incompatibilidad sustancial entre los dos caminos. Es como mujer, como feminista y como cristiana que puedo investigar, practicar y proteger los umbrales, los lugares fronterizos entre las jaulas sociales en las que se espera que todos permanezcamos, en cualquier forma que se presenten”.
El de Murgia es un libro difícil. No puede ser de otra manera un ensayo teológico en el que la iconografía religiosa propicia una reflexión sumamente personal, emotiva e inteligente.
Para contrastar la obra de Michela bien valdría la pena analizar la novela de Murgia que literalmente se conoce en todo el mundo. Me refiero a Accabadora, basada en una historia real y truculenta. En Cerdeña se cuenta la leyenda de una mujer que acababa con los moribundos. Lo que hizo Murgia fue recrear los lazos afectivos de una acabadora con una niña, una hija adoptiva, quien descubre lentamente el vínculo que una vieja tiene con la muerte.

Calentamiento de surfer en la playa mental

 

(Tercera parte y última)

 

La cafetería está cerrada. El sol cae a plomo, la temperatura perceptiva es de 44 grados. Hay tazas sobre las mesas, como si hubieran salido corriendo los clientes, los meseros y el cajero. Uno imagina muchas cosas cuando encuentra escenarios así: extorsión, amenazas y miedo. Avanzo rumbo al Zócalo. En el panorama hay dos certezas: la literatura escrita por guerrerenses sólo puede salir del bache en el que se encuentra mediante esfuerzos personales; el tiempo nos ha mostrado que cada diez años algunos autores “hechos acá” destacan en el medio literario nacional. Es preciso migrar, sin duda. No hay manera de ser optimista. Quizá el mayor error de los que estamos interesados en la literatura y vivimos acá sea la falta de lobby literario. De hecho, es una manera segura de abrir brecha en un ecosistema tan ególatra como el literario. Los encuentros de escritores propician el lobby, los festivales de lectura, también las presentaciones de libros. Ahora todo eso son relumbrones políticos, es lobby político y muchos autores locales han tratado de capitalizarlo sin mucha fortuna. En la fauna de un ecosistema como éste, siempre ganan los que organizan las actividades que propician el lobby literario. Siempre quedan bien. Los organizadores de esos proyectos, una vez conocidos y apapachados por el gremio, empiezan a ganar premios, becas y publican constantemente. Insisto, es normal. Siempre ganan los que organizan.
El gobierno estatal ha tenido una idea vieja, pero la vendió como nueva: ha comenzado a llevar a Los Pinos (evidentemente para rendirle pleitesía al plenipotenciario presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, y para que la gobernadora de Guerrero, Evelyn Salgado, navegue como “promotora cultural”) el trabajo de artesanos, gastrónomos, bailarines folclóricos y algunos músicos, y colados diversos que ni fu ni fa. Los llevan para propiciar un neo centralismo. Como si todo lo que llega a la CDMX vía institucional fuera vistosísimo e importante. Eso implica ir al pasado. Al viejo PRI que escogía artistas y los llevaba a la Capital. Cuestión aparte es que allá nadie nos pela. Ni fu ni fa. Tal vez la Secretaría de Cultura (SC) crea que así funciona el mundo: ir a Los Pinos es la meta de todo creador. Me parece un error este hecho, porque nos regresa al mismo sitio, los funcionarios estatales quieren ser validados por los políticos de la CDMX. Propongo que todo sea al revés. De hecho, generaría una derrama económica, como ocurre con el proyecto Riviera Maya Jazz Festival o el Festival Literario de Yucatán o el Life & Death Festival en Xcaret. A Acapulco le faltan ideas, los políticos no tienen ninguna, repiten todo lo que oyen en Palacio Nacional, como si eso fuera importante. Tienen capital cultural y monetario para multiplicar las ganancias. No con conciertos en el Malecón. Hablo de un proyecto bien planeado. Y lo verdaderamente importante es decir una y otra vez que debe sumarse a la idea de desarrollo el trabajo de buenos escritores, de buenos actores, de buenos pintores, de buenos cineastas, de buenos galeristas, de buenos creadores con técnica y solvencia estética. Este es nuestro capital simbólico. Sería un rasgo de inteligencia valorar el conocimiento artístico, eso no lo hace cualquiera, sólo los grandes, por eso lucimos tan viejos y tan anquilosados, tan débiles, Acapulco, por eso somos los que recibimos dádivas como premio.
Del Centro tendrían que venir a vernos, como ocurre con el turismo, ya sea en festivales artísticos, exposiciones, en lecturas en voz alta, en espectáculos de cabaret, en conciertos, en recitales: puntos de encuentro con sello artístico. ¿Qué se necesita para eso? Un método, no una ocurrencia ni mucho menos un ideal trasnochado como el regreso al folclor de la manera más escolar posible. No bastan los bailables para edificar un proyecto cultural. El folclor ya existe, lo que están haciendo los funcionarios es validarse (justificar existencia y salario) en lo que ya está hecho. Se debería pensar en la formación artística, en especial, la formación literaria, porque la literatura es un medio expresivo que facilita el aprendizaje de otros lenguajes, como el visual y el sonoro. Quien escribe con claridad piensa con claridad.
No sólo con premios, talleres, conferencias, círculos de lectura y estímulos a la creación se nutre a la literatura local. Es importante una editorial que ponga en circulación el trabajo de los escritores “hechos en casa”. Una editorial que tenga el mínimo decoro y la voluntad para presentar el trabajo local; obviamente con miras a ofrecerlo en diversas ciudades del país. Gente capaz de realizar esa empresa con elegancia (ha notado que este año ha habido muy pocas presentaciones de libros en Acapulco; por cierto, Chilpancingo, de la mano del colectivo Tarántula Dormida, se ha convertido en un referente, pues cada semana, desde hace meses, presenta libros con autores de diversas partes del país y eso ya habla de un trabajo bien organizado, con la intención de formar público y de abrir el panorama estrecho de lo literario en Guerrero), porque lo esencial radica en que los autores sean editados, sean bien distribuidos y, por supuesto, sean bien promocionados.
Sobre los hombros de Reverberante, a cargo de José Luis Zapata; y de Ícaro Ediciones, dirigida por Úlber Sánchez, recaen las apuestas más ambiciosas del presente. Ellos presentan el trabajo de autores guerrerenses en el panorama literario nacional –que tampoco resulta muy diverso ni creativo ni bueno; siempre se mira la punta de los zapatos, es endogámico y pusilánime, recorre los mismos senderos comerciales de siempre, pero es lo que hay–. Estos dos proyectos llenan un vacío institucional, son las piedras angulares de una industria en ciernes y debe ser respaldada por lectores locales.
La postal del paisaje, el sol, la playa y la vida nocturna es cada vez menos atractiva para quien piensa en hacer un viaje a Acapulco, en especial, porque la punzocortante idea de la violencia devasta y corta ilusiones. Indispensable es el cambio, pero el cambio real, no el demagógico. ¿A usted no le parece extraño que los políticos cobren tanto por mentirnos, porque si es así, deberían pagarle igual de bien a nuestros escritores, que engañan mejor y con cierta elegancia, algunos hacen más habitable este espacio? Si abrimos ese rango salarial, los escritores-funcionarios cobrarían mucho más, ¿no es cierto?
Llego al Zócalo completamente sudado. Bajo el cobijo de los camiones de turistas estacionados en doble fila, junto a los taxis azul blanco y los colectivos amarillos en busca de pasaje, entre boleteros del Malecón y comerciantes ambulantes, entre militares que ven de reojo a las mujeres en prendas vaporosas. El Zócalo cada vez luce más desgraciado. Noto el hueco celeste entre la escalinata del Ayuntamiento viejo y la iglesia. Aprecio los ramajes portentosos del Árbol de la Memoria sobre el suelo, las fotos de los desaparecidos chocan contra la aspereza de la realidad. Una catástrofe sin duda alguna, un símbolo que corona a este Acapulco. También es el arribo de otra época, más caliente, más penosa, más gris, más violenta y con mucha hipocresía política, un puerto que desdeña a los creadores por tradición gubernamental. No podemos imaginar la grandeza de un puerto que valora el conocimiento porque las ideas que permean nuestra sociedad son muy viejas para distinguir la basura del oro. Eso pienso antes de llegar al mar que todo lo reduce a un espejismo.

Calentamiento de surfer en la playa mental

(Segunda de tres partes)

Entro a la cafetería para huir del calor. El aire acondicionado hace menos pesada la jornada, cuya temperatura perceptiva es de 45 grados. Veo los taxis azul y blanco, y amarillos que pasan a toda velocidad en la Costera. Puedo ver los camiones compitiendo por el pasaje, invaden carriles, amenazantes bestias entre vehículos pequeños, motos y bicicletas. Son la viva imagen de eso que bien describe Carmen Amate en Cliff diver (obviamente ya reseñada en este diario; es una novela sobre Acapulco y sus vicios, el puerto visto desde los ojos de una detective. El libro aún no se traduce al castellano). Los transportistas pelean el pasaje. Cuando alguien les hace la parada y le preguntan al chofer cuánto cobran por un servicio, el conductor suele asustar a los clientes al soltar una cifra excesiva. Esto no es nuevo, acá nada es nuevo.
En 2016 asistí como público a muchas de las actividades de la feria de libro y el encuentro de escritores Barco de Libros. De hecho fue mi última participación en actividades de ese tipo en Acapulco. Hablaba con algunos de los invitados. Muchos de ellos preguntaron, ¿por qué no hay Uber acá? ¿Por qué el transporte es tan malo, viejo y caro? Los transportistas no permiten el cambio por muchas razones, contesté, amenazaron con quemar las unidades e incluso algunos choferes detuvieron violentamente a los autos nuevos de Uber.
Sé que los transportistas son el brazo de algunos grupos políticos; fueron del PRI, del PRD y ahora de Morena. Son los tolerados porque tiene una influencia política y muchos de ellos laboran bajo la protección de los “chicos malos”. Quizá todo esto pueda quedar zanjado en una conversación reciente que tuve con un taxista experimentado. Durante el viaje habló de las placas duplicadas con las que trabajan “los chicos malos”, de los carros que salen a delinquir con anuencia de las autoridades y, especialmente, de algo que ejemplifica muy bien un hecho: Acá no se puede diferenciar el pasado del presente. Nosotros podemos hacer los mismo que los Uber, dijo, nos llaman y vamos, nos piden que pasemos por algunos clientes y vamos. Es lo mismo, ¿no cree? Intenté ser prudente. Comenté que el Uber funciona mediante la ayuda de un celular inteligente, que puede cobrar el viaje en efectivo y con tarjeta de débito o crédito, que se monitorea el viaje en tiempo real, que hay un servicio de apoyo y asistencia en caso de necesitar seguridad para el cliente o el chofer; sobre todo, mencioné que el Uber trabaja con unidades nuevas que tendrían aire acondicionado, buenos asientos, cinturones de seguridad y darían una sensación de comodidad; además, cobraría menos de lo que él y yo pactamos al inicio del viaje. Mi respuesta no le pareció sensata ni inteligente. Aceleró el motor de un vocho ya viejón. Empezó a decirme que el gobierno no los apoya, los deja en el abandono y cada vez ganan menos. Justo esas palabras las he oído en otros gremios: campesinos, artistas, pescadores, comerciantes, periodistas y un largo etcétera.
Con el aire acondicionado de la cafetería los pensamientos son menos ominosos, pero la realidad no cede. Es lacerante. Lo que hay en torno a un puerto como éste está definido desde hace años. Somos una repetición y eso probablemente nos ayude a entender por qué algunas proposiciones escriturales de autores locales son las mismas que se han hecho antes. Hay libros que son idénticos a otros ya publicados, esas mismas historias no tienen el mismo impacto que antes. ¿Nos quedamos en nuestro viaje hacia el anquilosamiento? ¿Ejercemos el arte menor de la repetición literaria?
A 40 grados de temperatura es complicado pensar que hay alguien allá afuera interesado en leer, en escribir y en pensar sobre lo escrito y lo leído. ¿Cómo es la imagen de un escritor que vive en un entorno caliente y viejo? ¿Cómo es el escritor del Acapulco viejo? La mayoría suele pensar en que se trata de un hombre o una mujer bien vestidos que usan saco con coderas, jeans y tenis. Es una imagen vieja. En realidad suelen vestirse de manera casual, no conocen el acendramiento. ¿Un escritor tropical no suda ni tiene el humor enrojecido por el calor? Antes de pensar en eso, viene a cuento un asunto. En el otoño de 2015 fui como público a una feria de libros, organizada por la Secretaría de Educación Pública de Guerrero en el Centro de Convenciones. Vi que un hombre de piel blanca, cabello lacio ligeramente castaño y canoso, se acercaba por las escaleras bajo el rayo del sol. Llevaba la chamarra de color café puesta y bajo ella tenía empapada una camisa estilo polo de color oscuro, incluso se notaba la humedad en el pantalón de mezclilla. Era El Fisgón, antes de ser el asesor presidencial, obvio. Se limpió el sudor de la frente con los dedos de la mano. Y jalando un poco de aire me preguntó por el teatro Juan Ruiz de Alarcón. Di la dirección y lo vi alejarse. Después regresó buscando a uno de los organizadores. Alguien le dio una botella con agua y le indicó que aún era temprano, que los alumnos estaban en camino para la conferencia. Cuando El Fisgón entró al teatro, ya con el aire acondicionado y el público, las cosas fueron distintas. Cambió el semblante, la humedad se mantuvo a raya y el sudor fue perdiendo poder.
A 24 grados de temperatura, el atuendo de un escritor luce; a 40 grados, no. Tal vez sea difusa la imagen de un escritor tropical, pero indudablemente no es con chamarra ni con camisa polo. En la novela del cubano Pedro Juan Gutiérrez, Animal Tropical (2000), el narrador protagonista, el mismo Pedro Juan, habla de su atuendo como escritor. Usa una playera hawaiana, estampada con piñas y palmeras, y un pantalón de tela blanco. Bebe ron y va por ahí dando bailecitos, fuma puro y templa con frecuencia a múltiples amantes. Quizá en otra época eso fuera válido, eso, como Acapulco, es viejo. Ya no va. ¿Cómo sería la figura de un escritor costeño?
En algunos lugares tropicales a los que amablemente me han invitado a charlar, presentar libros o brindar alguna conferencia, los colegas van ataviados con guayaberas y jeans o pantalones de tela. Usualmente el calzado es cerrado tipo mocasín. Parecería una locura hablar de eso, pero desde ahí puede entenderse como se construye la imagen del escritor. Acá nos vestimos igual que la gente en CDMX, Querétaro, Toluca o Puebla, cambia el uso de la sudadera o chamarra, pero solemos andar en jeans, tenis y playera, como allá anda la gente pues. ¿Es nuestro uniforme?
Una de las fotografías que ayudan a definir el atuendo de un escritor tropical es justamente la de Jorge Amado. Yo la vi en la contraportada de una edición en portugués de Doña flor y sus dos maridos. El narrador brasileño vestía un short color azul marino, una camiseta blanca y unas sandalias envidiables de pata de gallo. Él estaba frente a una mesa pequeña pulsando una máquina de escribir, bajo la sombra de una palmera. Tenía a un lado una jarra de agua de mango, se veían los tajos del fruto en el agua, flotaban entre el hielo. ¿Eso se aproxima más a nuestra situación o sólo es una imagen vieja de lo que fue un escritor tropical? Echo una mirada en torno a la cafetería y comprendo que la imagen de Amado también es una estampa vieja.
También Fabrizio Mejía Madrid vino al puerto en 2016. Andaba en saco con coderas, mocasines y jeans. Cuando se quitaba el saco se quedaba en camisa de manga larga. Caminó desde el hotel Elcano hasta el Centro Cultural Acapulco. Sudó, claro, pero no se quitó el uniforme. Dijo que haría una antología de narradores jóvenes en honor a José Agustin. No incluyó a ningún escritor joven de Acapulco. El edén oscuro (Alfaguara, 2018) agrupó crónicas, cuentos y relatos, algunos de los autores ni siquiera conocían el puerto y aún así signaron en los textos esa curiosa ambivalencia de no estar acá pero hablar de acá con suficiencia. ¿Por qué? Porque es un sitio viejo y predecible. Algo que en algún momento nos cobrará la factura.