El pasado sentimental, ruinas de viejos sueños

 

(Primera de dos partes)

 

Por ejemplo: en este momento no hay cómo adquirir libros de literatura en Acapulco. ¿Esto afecta o nos prepara para la razón esencial de este puerto? Si ya sabemos que leer no nos hace mejores, pero nos da placer y si nos da placer puede hacernos menos insolentes, por lo menos, y eso ya es ganancia. Ese sería un caso, el otro, la novela de Enrique Fernández Castelló: Sombras de aquellos sueños (Suma de Letras, México, 2008, 319 páginas). Pero antes de entrar en materia es preciso decir que la espléndida belleza del puerto nos hace olvidar la catástrofe reciente. Después de los apoyos gubernamentales, después de esta temporada grande vacacional, después de “la ayuda” de los turistas que generosamente nos visitan –supongo que eso también implica a los que duermen en las bancas o en el Paseo del Pescador y van al baño a la playa Tlacopanocha o Manzanillo, y compran sus alimentos en los supermercados y de paso botan la basura en el Malecón. Pero el otro caso, insisto, es el porvenir. Por esa razón traigo a cuento la única novela de Enrique Fernández Castelló, fallecido en 2016, quien tuvo a bien la escritura de un libro en el que incluye a Acapulco. Fue a un taller literario y gracias al intercambio de ideas con el escritor Gerardo Rod y los compañeros de esas sesiones escriturales pudo terminar Sombras de aquellos sueños. “Tuve mucha suerte. Fue la primera editorial a la que fui, Suma de Letras, es parte del Grupo Santillana. Visité a la directora general (Laura Lara), le dejé el manuscrito, no me dio muchas ilusiones. Total, me vi con ella a finales del año pasado y me dijo ‘hay que trabajar ciertas cosas’. Y me dieron algunas líneas generales para orientar el rumbo de ciertos temas y me recomendaron un editor”, detalló Fernández Castelló al diario El Informador en noviembre de 2008, justamente días después de la edición de este libro en el que Acapulco (puerto que no sólo es mi casa sino mi tema) cobra una importancia vital, al lado de París y la Ciudad de México. Es decir, el relato se desarrolla en tres escenarios (Ciudad de México, Acapulco y París). Gracias a los saltos temporales el libro contiene momentos importantes en la vida de un político, un político inocente, que recuerda cómo fue que llegó a ser lo que es: un presidenciable. Obviamente también pone en marcha sus recuerdos y piensa en una mujer, una pasión de juventud; después condensa los detalles de su estancia en el extranjero: París y Estados Unidos. Usted se preguntará, por qué recuerda eso y aparece Acapulco como telón de fondo.
Acapulco siempre ha tenido una personalidad que lo salva de lo anodino de México, donde parece, por cierto, que sólo Jalisco y Veracruz compiten por la identidad nacional, aparte, claro está, de la Ciudad de México. Acapulco tiene personalidad. Tal vez por eso o por la generosidad de recuerdos bellos que ha brindado este lugar a la psique de múltiples visitantes, por ejemplo, el protagonista José Antonio Escandón Ugarte, secretario de Hacienda y Crédito Público, quien resume la vida de un mexicano en París, en Ciudad de México y en Acapulco. Ciudades bien definidas, ciudades con época dorada, ciudades que brindaban múltiples servicios de calidad, poseían sitios de gran valía y permitían la convivencia con gente de diversa ralea, personas cuya influencia siempre era misteriosa y a veces poderosísima. Pero de eso, usted sabe, está hecha la vida.
La novela arranca con un narrador en tercera persona. El asunto de meter en mis artículos a Sombras de aquellos sueños no es esencialmente la calidad literaria de este proyecto, sino la forma de encarar a Acapulco. Porque en el capítulo inicial estamos en Acapulco. Es septiembre de 1999 y las cosas no lucen mal. Al contrario, acaba de terminar una convención bancaria con éxito. Escandón Ugarte felicita a su equipo y echa una mirada a la bahía; después se dispone a disfrutar de un momento de calidad, un momento de solaz esparcimiento en el piano bar Pepe’s. Los meseros ponen sobre la mesa una botella de Bacardí y el aleteo del murciélago se activa. Es decir, la bilis negra de la melancolía empieza a dar lata y atosiga al personaje, pero antes de entrar en ello permítame ofrecerle una postal de aquellos tiempos, porque más que realismo, acá se ingresa la naturalismo lentamente: “Escoltado por el teniente Omar; camina rumbo al Pepe’s entre los taxis estacionados a un lado de la carretera Escénica, cuyos choferes esperan la salida de los clientes del Madeiras. Entran, y cosa rara, nadie repara en ellos. Eso le gusta”.
Pinta una geografía que ahora es distinta. La dinámica social es distinta también. Pero la intención del narrador es retratar ese relajamiento que había en Acapulco, un hecho que podría entenderse como una forma de saltarse las reglas o como una manera de perder el autocontrol. La segunda de las opciones es la que favorece a la historia y por ahí conduce el relato. La paridad de París, Ciudad de México y Acapulco, un triángulo vital para el personaje, se moldea lentamente. Acapulco es un pivote que propicia el remanso de la añoranza. ¿Por qué? Eso también nos indica que no hay maneras de obtener libros en esta ciudad ahora. ¿Es mejor así, decantando toda la potencia de una existencia como la de Acapulco a la función única de turistear? Turistear es un destino tropical. Turistear, como lo muestra Fernández Castelló, exige una cuota de honestidad. Y turistear en Acapulco adquiere proporciones de cinismo. El asunto es focalizar un aspecto más, ¿Acapulco qué implica para un hombre de dinero, bien educado, con un trabajo bien remunerado y de mucha responsabilidad? ¿Qué es Acapulco para un hombre que puede ir sin problema a Marsella, Miami, Grecia, Portugal, Barcelona, Nápoles, Palermo u otros tantos sitios parecidos al nuestro? Aunado a eso, ¿por qué no merece importancia alguna la venta de libros en este lugar ahora? Quizá nunca ha importado.

El diablo en la ciudad, maneras de documentar el caos y la maldad

(Primera de tres partes)

En estos días de incertidumbre (habituales para quien vive en Acapulco) empecé a leer novelas policiacas, noir o básicamente narrativa del crimen. Por razones que no comprendo detienen el ansia. Son una buena forma de sobrellevar la vida en un sitio que aún muestra visibles montañas de basura, cerros de láminas y muchos moscos, aunado todo eso a la falta de agua potable. El panorama no es amable, aunque tampoco insoportable. Tomé un libro de no ficción. The devil in the city white, murder, magic and the fair that changed America (Vintage, Estados Unidos, 2004, 447 páginas), del reportero Erik Larson, detalla una historia bien documentada, bien narrada y sumamente atractiva en la que un asesino en serie y un arquitecto logran fusionar lo mejor y lo peor de la modernidad, en Chicago, durante los años finales del siglo XIX y los inicios del siglo XX.
Durante la Feria Mundial de Estados Unidos, en 1893, un proyecto que pretendía dejar atrás la estela luminosa de París y la torre Eiffel, se unificaron los destinos de dos hombres: un arquitecto y un médico. Cada uno de ellos era inteligente, seductor y ambicioso. Pero por encima de eso, eran inusualmente expertos en el área de trabajo. Siendo hábiles e inteligentes, no había problema alguno con ellos. Nadie podía quejarse. O por lo menos esas eran las apariencias. El arquitecto era Daniel Hudson Burnham, el brillante director de obras de la feria y constructor de muchas de las estructuras más importantes del país vecino del norte; por ejemplo, el edificio Flatiron, en Nueva York y la Union Station, en Washington, D.C. Sumado a este hombre aparece un tipo de una frialdad y cinismo tremendos, el asesino Henry H. Holmes, un joven médico, quien, en una maligna parodia de la Ciudad Blanca, construyó el “Hotel de la Feria Mundial” justo al oeste del recinto ferial: un palacio de tortura con mesas de disección, cámaras de gas y un crematorio que llegaba a los 3 mil grados centígrados de temperatura. Es decir, aniquilaba cualquier vestigio óseo.
La investigación y recreación de Larson es documentaba y plausible, en ese orden, porque le permite al lector imaginar la vida en los años finiseculares del siglo XIX y los albores del siglo XX. Construye un relato que podría enmarcarse muy bien dentro del reportaje o la crónica policiaca, pero desfonda esos géneros y transforma el libro (todo un caudal informativo) en una documento histórico que posee técnicas narrativas, en especial, en lo relacionado con la construcción de los personajes, el punto de vista del narrador y la recreación de ese mundo que precede la esquizofrenia del presente.
Hudson Burnham fue hábil para salir avante de varios problemas. Logró conciliar el ánimo y el ego de muchos ingenieros, inversionistas y arquitectos: Frederick Law Olmsted, Charles McKim, Louis Sullivan. Transformó el pantanoso parque Jackson en la Ciudad Blanca. Por su parte, Holmes utilizó la atracción de la gran feria y usó sin parangón sus encantos para atraer a decenas de mujeres jóvenes, mujeres, por supuesto, que terminaban siendo asesinadas; algunas con hijos y los hijos también fueron liquidados. Holmes realmente vivió junto al lago. Daba largos paseos por una ciudad que parecía haber salido de un sueño arquitectónico bello y muy atractivo. Una ciudad que fue visitada por estrellas, por políticos, por magnates, por científicos y por millones de personas. Una ciudad en la que Hudson y Holmes convivieron con Buffalo Bill, Theodore Dreiser, Susan B. Anthony, Thomas Edison y el archiduque Francis Ferdinand, a la postre asesinado. Pero el aspecto primordial es que la feria, más que un evento, era un imán, tanto para Hudson como para Holmes, irradiaba una atracción que ambos gozaron intensamente de diferentes formas. Si el recinto ferial fue una obra de arte, el hotel de Holmes era igualmente una joya, no por lo atractivo, sino por lo siniestro y lo extraño de la construcción. “Había pasillos largos sin salida, escaleras que ascendían o descendían por el interior del inmueble pero no conducía a ninguna parte. Era un laberinto. Había también cuartos a prueba de ruido, hornos, mesas de disección y cientos de instrumentos que ayudaban a tener una control riguroso de los huéspedes, algunos de los cuales cayeron misteriosamente enfermos y Holmes los retuvo por un tiempo”. Holmes es fascinante. Resultó ser una persona sin escrúpulos que mentía, engañaba y asesinaba, pero la sociedad podía tolerarlo porque poseía muchos encantos. Era extravagante, bien educado y cortejaba con elegancia a las mujeres. Es decir, su poder de seducción imantaba lo mismo a jóvenes casaderas que a los cobradores de diversos productos.
Ambos, Hudson y Holmes, convivían en la misma ciudad por el mismo motivo: sentirse vivos. El arquitecto y el asesino son los ejes rectores de un relato luminoso y oscuro por igual, un proyecto escritural sobresaliente. Aparte de ellos, el documento puede fácilmente atraer al lector por la cantidad de subtramas acerca de la Feria Mundial de Chicago, en 1893, un hito tanto arquitectónico como social. Pero los dos pivotes de la trama son Hudson y Holmes. El recuerdo de Holmes aún asusta a algunos historiadores, en especial, porque usó la popularidad de un recinto ferial para crear un hotel del horror, un castillo donde la gente entraba, pero pocas veces salía, donde la luz parecía diseñada para quitar la tranquilidad y el inmueble ofrecía poca seguridad a los visitantes. El encanto del asesino atrapaba a las personas que incautamente confiaban en los extraños.
The devil in the city white, murder, magic and the fair that changed America evoca en el lector una época majestuosa que, se vuelve aún más atractiva, gracias a un elenco de personajes que parecieran intuir tanto lo bueno de Hudson com lo malo de Holmes, pero no siguieron a sus instintos y dejaron que lo bueno y lo malo hincara el diente en la ciudad. El libro, cuyo tratamiento histórico es asombroso y ampliamente recomendable, posee una vena de suspenso en la que el detective Frank Geyer tiene una amplia participación, pues empezó a cazar a Holmes y logró ubicarlo en Chicago, pero durante la época de la feria era imposible rastrearlo. Tuvieron que pasar dos años para que Holmes fuera detenido. La persecución de Geyer y la captura de Holmes recuerdan en gran medida que la historia es una fuente inagotable de enseñanzas, sobre todo, para quien no la conoce. Pero Larson deja en claro un aspecto digno de subrayar: tanto Hudson como Holmes fueron los artífices de un nuevo modo de vida, ambos abrieron brecha en los dos polos: la luz y la sombra de la civilización.
El detective Geyer, gracias a unas notas que se estuvieron publicando en The New York Times se enteró “que había cientos de personas que habían ido a la Feria Mundial de Chicago, de hecho, se comprobó que estuvieron allá, pero nunca más se supo de ellas”. Consideraban a esas personas simple y sencillamente como desaparecidas. A la par del progreso, algunos promotores de la feria trajeron a la Ciudad Blanca cientos de mendigos, personas que ya no volvieron a sus sitios de origen y se quedaron ahí, en el recinto ferial, a buscar trabajo y vivir literalmente como pordioseros. Lo que tuvo un brillo colosal terminó siendo un nicho de pobreza, un canto a la desigualdad social, pero esencialmente, el libro expone, dimensiona y analiza a dos tipos adelantados a su época. Holmes compraba seguros y mataba a las personas para cobrar las pólizas, en algunos casos, muy pocos, fingía la muerte de ciertos “socios”, pero esencialmente había una certeza: las personas con las que él se relacionaba terminaban muertas o desaparecidas. A Hudson le llegó la calamidad después de tocar la gloria, después de ser el hombre más famoso de Estados Unidos, pero nunca podrá olvidarse que él logró lo imposible: potenciar el sueño de la superioridad gringa. Lo suyo en la Feria Mundial fue ambicioso, como nunca se había visto. Una ciudad también puede ser recordada por la ambición desmedida. Chicago es un ejemplo. Eso lo indica y con suficiencia este libro de Larson.

Neorromanticismo y memoria como recursos novelísticos

The only story (Vintage, London, 2019, 213 páginas), de Julian Barnes, está narrada por un hombre mayor que se cuestiona algunos aspectos de la existencia, pero básicamente fundamenta la novela en una pregunta: ¿podrías haber amado más, pero a cambio de eso sufrir más, o amar menos y sufrir menos? Esa es finalmente la pregunta más importante. Paul es el protagonista de la historia y comienza la andanza real de la vida a los diecinueve años. Este personaje, quiera uno o no, se parece mucho a Tony Webster, habitante de The sense of an ending (2010), la novela más conocida y premiada de Barnes; pero Paul, a ratos, parece que nos cuenta sus memorias y hace apreciaciones importantes sobre la vida en los suburbios. La prosa es musical, concisa y elegante. No hay objeción alguna. ¡Qué buen prosista es Barnes! Y la novela se arroja a la naturaleza pantanosa de la memoria, aunque hay cosas que por obvias no se cuentan y eso hecho atrapa aún más porque Barnes compacta la novela, es decir, propone una revisión de los hechos más importantes de su vida y aunque su caballo de batalla sea la memoria, no todo trabaja desde el recuerdo, sino desde lo que no puede recordar. ¿Cómo fue el primer beso del amor más importante en la vida de Paul? No lo recuerda. ¿Eso importa? No, para la novela no.
Paul tiene 19 años, acaba de terminar la universidad y está aburrido, además, claro, está extraviado. Conduce por caminos rurales en un Morris Minor, comprado, como eran los tiempos pasado en Inglaterra, con una beca de estudios. Tiene varios amigos, pero no está muy interesado en rivalizar con ellos, ni está desesperadamente preocupado por el resentimiento hacia sus padres, ni siquiera siente atracción por el sexo. Cuando su madre le sugiere que se una al club de tenis, él acepta amablemente y se hace de nuevos amigos, los “Hugos” y las “Carolines”, prototipos de asistentes al club, con quienes juega tenis para no sentirse más aburrido aún. “Hugos” y “Carolines” son los prototipos de personas que matan el tiempo en un club, porque lo suyo es el chismorreo.
En el club, durante una partida de dobles, literalmente se encuentra con una mujer mayor, atractiva e irónica, Susan Macleod: “Lleva su habitual vestido de tenis y me pregunto si se le desabrocharán los botones verdes. Nunca antes había conocido a nadie como ella”. Paul no se siente avergonzado de jugar como pareja de una de mujer de cuarenta años, atractiva y muy bien conservada. De hecho, la lleva a casa y se embarcan en una atrevida historia de amor que dura décadas. Esa la única historia y, no sobra decirlo, el hito que cambió la vida de Paul.
Paul narra la historia. Su tono es irónico, melancólico y sumamente directo. Cuenta su vida desde los 19 años hasta el final de la relación, doce años después, pero continúa con los hechos y en breves páginas finiquita la tesis que la da título al libro. Susan es un personaje muy atractivo; no flirtea directamente, pero posee eso un imán sexual sin excesos. Hace una vida con un chico de la edad de sus hijas y el esposo, Gordon Macleod, la considera frígida y poco atractiva. El narrador mantiene una constantemente mirada el contexto histórico y especialmente a los arquitectónicos de los años 70. Habla en especial de la manera en la que gastaba el dinero. Yo, como lector, no había reparado en esas distancias: ahora gastamos más; tampoco tenemos un mejor calidad de vida. Habla de sí mismo y se desdobla, logra algunas sentencias como ésta: “Existe el peligro de ser retrospectivamente antiheroico: pretender que uno mismo se ha comportado peor de lo que realmente se comportó puede ser una forma de autovaloración”.
Paul es atravesado por personajes que pueblan su memoria. Brinca al pasado y regresa lentamente al presente; después proyecta la historia a un pasado reciente y le permite al lector disfrutar de este manejo del tempo narrativo. Logra, mediante la valoración de los personajes importantes para el protagonista, contar una historia sin recurrir a dramas familiares. Es decir: las hijas de Susan casi no aparecen y sí, en gran medida, la mejor amiga de Susan: Joan. Más que personaje es un termómetro con el que se mide la madurez de Paul. Tiene grandes conversaciones con Joan cuando él ha dejado de ser un chamaco.
Otro personaje bien trabajado para no caer en melodramas es el esposo de Susan, Gordon Elephant Pants (apodado así por sus enormes boxers). Es un villano jocoso: golfista obeso, violento e intolerante que mastica cebollas antes de las comidas. El conflicto de Paul con él es central, fascinante y dura años; sin embargo, él insiste en hablarnos de él de manera lateral, ocasionalmente, sin un solo momento de furia, a pesar de que él es un golpeador, Paul logra generar una intimidad inusitada con ese tipo, quien literalmente es de otra generación, es un molde viejo de hombres, vigente aún, pero molde viejo a final de cuentas.
Los hilos de la memoria de Paul son fascinantes. El equilibrio entre ternura, ironía y sagacidad narrativa es ejemplar. En especial, el sondeo psicológico del protagonista, quien ve desde los ojos de la memoria todo aquello que le chupó la viuda entera. Cada parte de la única historia real de Paul es en sí una deconstrucción del protagonista de The only story, cada visita al pasado fortifica la certeza de que la vida es literariamente un suspiro.
Cuando Paul presenta a Susan el lector entiende que estamos ante una mujer rica, inteligente e irónica; pero en la segunda parte del libro esa mujer queda reducida a una serie de malas decisiones, círculos viciosos y simplemente ha sido nulificada por el marido, a quien nunca deja.
Hay aspectos estructurales que deben destacarse, Barnes utiliza a Paul para narrar y cuando narra recurre al yo, pero cuando está con Susan se desdobla en una segunda persona del singular (tú). Al final, en la tercera parte, Paul habla de sí mismo en tercera persona (él).  Esto le permite al autor y al lector generar complicidades.
Hacia la parte final del libro, el lector entiende que la apuesta de Barnes es construir una historia de amor, después vaciarla y al final dejarla como si se tratara de alguien que observa una postal fotográfica. El amor, entendido como goce y algarabía, da paso a un cierre de novela melancólico, pero no por ello menos literario. Una de las escenas más atractivas es cuando ellos, Paul y Susan, están en un auto, sostienen la caja de un diafragma que ella se pondrá como método anticonceptivo. Él desestima la vida de sus contemporáneos que tienen familias convencionales y simples trayectorias de vida, porque ellos (Paul y Susan) irradian otro tipo de amor, uno menos romántico y más trivial. Ellos son su propia historia. Y esa historia enmarca un amoroso periodo de vida. Es lo único que tienen.

*Como es habitual en este espacio, la traducción de las frases entre comillas es mía.

Narrativa de sanación en sociedad enferma

(Segunda parte y última)

Durante la conversación que sostuve en la Feria de Libro de Belgrado, en Serbia, con el escritor italiano Stefano Redaelli quedan algunos conceptos interesantes que bien podrían ayudarnos a entender aspectos actuales de nuestra ciudad (y lo que queda de nuestro puerto). Me resulta curioso que un escritor italiano que publica en italiano y que vive en Hungría nos ayude a entender cómo hablar de nosotros y cómo oírnos; en especial, cómo debemos oírnos.
Hay un nombre importante que debemos tener en cuenta, me refiero a Eugenio Borgna, autor de un libro fascinante, L’ascolto gentile, que agrupa una serie de relatos en los que el autor expone cómo ha pasado parte de su vida escuchando el cuerpo y el alma de algunos pacientes en hospitales psiquiátricos. Justamente de aquí se desprende un hecho que Redaelli mencionó durante la presentación de su libro Beati gli inquieti (Neo Edizioni, Italia, 2021), me refiero a la narrativa de sanación. Se trata de un área de trabajo de la psicología fenomenológica en la que el especialista asume que toda la psiquiatría puede, y debe, apoyarse en una palabra: escuchar. Y se afirma que el sufrimiento y algunas emociones que causan dolor físico sólo pueden ser curadas mediante una narrativa de sanación; es decir, el hecho de narrar se convertiría en una práctica de investigación personal que ayudará a encontrar la cura de ciertos males. Dicho de otra manera: no se requiere pirotecnia ni espectáculo para sanarnos o intentar, mejor dicho, curarnos. A final de cuentas, lo postulado por Borgna es un intento por lidiar con las historias personales de los pacientes y encontrar así algunos males, después nombrarlos para que puedan ser analizados y posteriormente enfilarse a la sanación. No es una receta mágica, pero la intención es escribir (narrar) ciertos síntomas y episodios de los males para cercar la enfermedad y aprehenderla no me parece mala.
Redaelli trae a cuento la importancia de un libro (L’ascolto gentile) en el que se manifiesta al relato como herramienta para buscar la salud psicológica. No porque se ponga en perspectiva la mera enunciación como una fuente de bienestar y salud mental o física, sino que todo ese proceso narrativo coadyuva a la sanación. Menciona también que los momentos más interesantes de algunos autores como Italo Svevo, especialmente en La consciencia de Zeno, son los que muestran que el protagonista no está tan enfermo en un mundo dañado. En La consciencia de Zeno, libro voluminoso, por cierto, un doctor intenta ayudarle a Zeno con su problema de tabaquismo. El asunto es que le pide a Zeno que lleve un diario y en el texto exponga todo lo que le ocurre para que a partir de ahí se encuentren algunas pistas de lo que detona el ansia por fumar. El tono que elige Svevo es lo que brinca la tradición médica, porque Italo se regocija (y qué bueno que lo hizo) con una parodia en la que el tabaquismo simple y sencillamente es un pretexto para la escritura, pero en Beati gli inquieti el protagonista ya escribe y se inmiscuye aún más en la preocupación del mundo actual narrando las tribulaciones de su país. Es decir, ¿porqué Italia se ha convertido en lo que es hoy? Si nos hiciéramos la misma pregunta, ¿por qué Acapulco se convirtió en lo que es hoy? La respuesta tal vez no fuera una novela sino una serie de tomos en los que el proyecto, como ciudad y puerto, estuviera destinado a la eterna tarea de la reconstrucción. Vivir junto a este mar paradójicamente Pacífico también conlleva muchos problemas tanto de índole natural como social. Pero en el caso de los escritores, la pregunta es más vigente que nunca, ¿por qué es Acapulco como es? En especial si se pone una mirada a todo el desastre y la forma en la que se están tratando de resolver los otros problemas que florecen en situaciones como la nuestra. Detengamos la mirada en la “normalización” del daño.
Si yo le dijera que no sólo son importantes los esfuerzos gubernamentales, civiles y militares por reconstruir parte de esa ciudad, sino que es indispensable (insisto: indispensable) que se escuche todo lo que se tiene que decir sobre este momento de nuestra vida como ciudad, ¿qué pensaría?
En cada uno de esos relatos del presente hay un mal que nos vincula y seguramente, cada uno de nosotros, tiene idea sobre el problema que causa de ese mal. Esto sólo es una propuesta, porque ya sabemos que a final de cuentas se hará lo que dictan desde arriba y lo dictan desde arriba es “normalizar” incluso el impacto psicológico de este hecho tan violento (a propósito, ¿sabe usted algo de las Secretaría de Cultura y de la Dirección de Cultura? Yo no, sólo sé que hacen lo de siempre: fingir que están, pero no ayudan).
Volviendo a L’ascolto gentile, debemos tener en cuenta un hecho que pasado por el tamiz de Redaelli debe entenderse como un diagnóstico de los males que nos aquejan, pero Borgna propone algo un poco más arriesgado: “La disponibilidad de darle tiempo y presencia al que habla. Aunque la primera palabra del proceso es ‘escucha’, debe quedar muy claro que eso implica una disponibilidad de tiempo y presencia al otro, es una presencia que puede prescindir de palabras y aunque silenciosa nunca se construirá ese proceso de escucha y narrador con  descuido, desatención, impaciencia o indiferencia. Sumado a todo lo anterior debe agregarse otra palabra: gentileza. El proceso implica necesariamente dos acciones: Escuchar y ser gentil”. Esto propone una nueva forma de relacionarse con el paciente, pero en materia de escritura y trasladando con torpeza estos rudimentos, bien valdría la pena un ejercicio: oír al otro y depositar en papel el cuerpo del relato con gentileza. No hablo de que se obvie la técnica ni que el proceso de oír y transcribir se haga con prisa. Eso implica necesariamente ser honesto, no agregar ni cortar nada más. Aunque antes de dar ese primer paso, lo importante es encontrar nuestro papel: ¿somos escuchas o narradores? Partiendo de esa elección se pueden lograr memorables hallazgos; sobre todo porque estamos acostumbrados a que nadie nos escuche, acá las conversaciones se imponen por la velocidad de las frases, por la tensión entre prisa y curiosidad y, en muy contadas ocasiones, por un verdadero deseo de atención. Pero lo que más nos vincula es hablar en contra de otro y eso también es parte de una narrativa de sanación. Los hallazgos de este ejercicio serían sumamente interesantes.
Redaelli cree, como lo postula en su novela, que el mundo está de por sí atrofiado, violento y enfermo, y que no es posible vivir en él estando sano, no es posible porque tarde o temprano nos afectará, ya sea haciendo mal o atentando en contra nuestra, porque hacernos mal finalmente es parte de la experiencia de estar vivos. Y siempre se correrá el riesgo del daño, pero de nosotros depende, es nuestra responsabilidad, no hacerlo. Acapulco es una gran escuela. Ojalá que muchos de nosotros podamos descifrar este mensaje que ahora llamamos daños de huracán, pero finalmente se perfila como una reconstrucción obligada. Cualquier intento por  la procuración de la salud mental siempre es bien recibido, más aún cuando se habla de una narración que puede curar. Que de algo sirva nuestro empeño por no ser ordinarios en una situación extraordinaria.

Narrativa de sanación en sociedad enferma

 

(Primera de dos partes)

Durante la Feria de Libro de Belgrado, en Serbia, conversé el pasado 21 de octubre con el escritor italiano Stefano Redaelli después de la presentación de su libro Beati gli inquieti (Neo Edizioni, Italia, 2021). Había unas cincuenta personas en torno al autor y la traductora del italiano al serbio, una buena cantidad de italoparlantes se reunieron para atender la novela reciente de este autor que bien podría pasar por veracruzano o guerrerense. Es de tez morena, delgado y de estatura no mayor al metro setenta centímetros. Usa lentes de aumento de baja graduación; no deja de mover las manos, tal vez para explicar con un poco más de claridad los motivos de este libro en el que aborda la salud mental como pretexto para hablar de la realidad. “Toda la locura, la enfermedad en sí, es necesaria para nuestro género, como especie, la enfermedad es la causa de la creatividad. Los psiquiatras modernos, como Vittorino Andreoli, estudian la locura como una entidad, no como si hubiera causa y efecto entre realidad y locura, sino que coexisten en un mismo momento y espacio. Pero no podemos pensar esto desde una visión romántica, es decir, que se necesita ser un enfermo para convertirse en un gran artista. O peor aún, que se necesita ser un loco para hacer algo genial.Es necesario escuchar la locura para perfilar ciertos asuntos no se notan a simple vista”, asevera el novelista.
Beati gli inquieti nace de una pregunta, ¿qué tan difícil es no perderse en la enfermedad y regresar a la normalidad? Me explico, dice Redaelli, “lo complicado es volver al mundo. Mi protagonista tiene 35 años, es profesor de una universidad y se ha empeñado en escribir un libro sobre la locura. Inesperadamente empieza a enfermar de ese mal, pero debe buscar un empleo, debe pagar sus rentas, ya no piensa, como muchos italianos, en tener una casa propia sino en pagar las cuentas de todo: luz, gas, agua… Es un italiano como tantos que se ilumina cuando descubre que la sociedad, en realidad, está enferma. No se puede vivir así. El protagonista ya no puede regresar a casa como si nada hubiera pasado. No es peligroso para el mundo, pero el mundo es completamente peligroso para él.  Hablo de la marginalidad, es decir, de esa escasa gente que supera la enfermedad y el miedo a recaer”.
Cuando escucho el audio de la conversación con este escritor italiano entiendo más que nunca la validez de su aseveración, porque uno vive en un sitio caótico de por sí, pero no es posible vivir ahora en este lugar sin traer a cuento la enfermedad o la locura. No es posible pensar que el trabajo mejorará, que nuestros salarios aumentarán y que el ideal de progreso no se fundamentará nuevamente en retórica política. Pensar lo contrario es real. Aunque si uno asume que todo va estar bien, me temo, eso nos llevará a lo que tanto nos gusta: el pensamiento mágico. Basta con salir a las calles y notar que por lo menos los montones de basura siguen formando parte del paisaje, como las ruinas, son inamovibles pedestales del entorno, como el anhelo de seguridad, de agua potable, de luz eléctrica, porque en varios spots que se emiten en la radio de circulación nacional se habla de que Acapulco está al 100% en luz y en agua potable, pero eso obviamente no es cierto. Basta con darse paseos por Las Playas, por el Centro o por los Barrios Históricos; por La Laja, la 6 de enero o La Quebradora. Esos spots son mentira y se emiten con una maligna búsqueda de “tranquilidad”, para “normalizar” catástrofes. Allá afuera, lejos de Guerrero, se cree que todo está bien ya, porque tenemos un gobierno “no corrupto y muy humano”. Y la gente de verdad cree que todo está bien acá. Para el gobierno federal nosotros estamos bien, pero es como asistir a la realidad alucinante de un bruto, alguien que ve sin ver, alguien que oye sin oír y que piensa sin razonar. Vivir así, con la carencia, la zozobra y la inmisericorde violencia no es sano. En esas condiciones aceptamos cualquier idea, incluso la de un bruto. Soy de los que se niega a huir de Acapulco, pero quedarse es un error más grande cuando las aseveraciones gubernamentales no están puestas en la realidad sino en la supremacía de un relato fortificado por paleros. Todo es más caro, el pan, la tortilla, el pasaje, los aguacates, y al cuestionar el lanza los comerciantes dicen algo contundente: Subió la cuota. Hace mucho años estuve en Cuba el tiempo suficiente para saber que no quería volver nunca más a esa pesadilla. Ahora me siento en Cuba, sin el sabol, pero en Cuba: escombros, hambre, rencor social y desesperación, todo esto más la suma de una ideología ridícula de transformación social inexistente.
Escucho la conversación con Stefano; él asevera que la intención de su novela es focalizar algunos de los problemas más graves de la “supuesta normalidad”, pero no le interesa profundizar de manera clínica, digamos, en la raíz de la locura. Descubre, gracias a su personaje, que la salud social es delicada. Su protagonista, antes de caer enfermo, escribe algunas historias y el médico le recomienda que siga leyendo, que siga escribiendo, ¿para qué? Stefano utiliza ese ejemplo para describir su país: un hombre educado está fuera de las posibilidades del progreso entendido como una secuencia incalculable de pagos. Yo hago el ejercicio de pensar en mi país, pero no me deja mi ciudad, su imagen hiede, es un pensamiento enmohecido, una promesa que emana un olor a muerte, especialmente entre las ruinas.
Stefano comparte algunas ideas en las que refiere un aspecto insoslayable de su continente literario: “La literatura italiana está atravesada finamente por la idea de la locura y de la enfermedad. Gracias a ese cauce pueden entenderse las propuestas literarias italianas del siglo XX, porque hablan de una correlación de enfermedades. Por ejemplo, Italo Svevo, Luigi Pirandelo, Mario Rovino, siquiatra y novelista; Paolo Volponi, Alda Merini, Daniele Mencarelli y otros tantos que en este momento no vienen a mi mente”. Sumado a esto, Redaelli me da un dato asombroso: “En los últimos siete años se han publicado en Italia 30 libros que hablan de enfermedades, es una tradición comprometida que nos permite explorar lo colectivo, una tradición necesaria para entender el terreno que pisa la escritura. Yo no escribo porque estoy mal y quiero sanarme, escribo porque debo escribir”.
Me detengo acá. Pareciera una frase simple, pero está revestida de una novedad geográfica. Si se enuncia esto desde Belgrado, las cosas no cambian, pero si digo la misma oración desde Acapulco: “Yo no escribo porque estoy mal y quiero sanarme, escribo porque debo escribir”. ¿Qué cambia? Una ciudad enferma que requiere urgentemente de cuidados intensivos, ¿afecta nuestra escritura, afecta nuestra manera de entender la literatura? Yo creo que sí. Sin duda alguna. Pero no desde ahora, porque el puerto violento, el puerto atroz, el puerto pobre, el puerto generador de miseria, el puerto que contamina, el puerto siempre ha dado un tema de escritura y quienes lo usamos como dispositivo narrativo entendemos que afecta nuestra entendimiento de lo literario. No como si el puerto fuera algo similar a una hoja en blanco y dios escribiera sobre ella lo que nosotros copiamos. Yo veo al puerto como un abordaje de cauces realistas Si planteamos hablar literariamente de un puerto que debe sanarse, ¿cómo emprendería usted la tarea?
Debemos construir otro Acapulco, uno distinto al que había. El problema es que los vicios profundos de esta región son maleables y tienen una elasticidad que las instituciones desconocen, en parte, porque son artríticas y endémicas. Yo escribo porque debo escribir y también escribo porque quiero curar la herida que esta ciudad me dejó. No enuncio una ayuda sino un nuevo cuerpo de relato, algo que en palabras de Stefano es más o menos así: “la narrativa de sanación sirve para entender nuestra enfermedad, no para curarla”. Ese concepto lo abordo en la siguiente entrega.

 

La pena de una emoción ajena

 

(Tercera parte y última)

 

La vida nocturna de Belgrado me recordó con ansia y furor lo que fue la vida nocturna de Acapulco en los años 80. Yo era un niño de cinco años, claro, pero tengo esos instantes grabados a fuego, no debido al calor sino gracias a la noche, porque siempre me ha gustado vagar nocturnamente por las ciudades. Mi padre fue barman. Tal vez sea una herencia. Y la noche de Belgrado permite el regocijo de quienes anhelan pasear sin el peso de los abrigos; basta con un suéter o una chamarra ligera que permita moverse con total libertad. Estuve en un par de cafeterías, presencié algunas conversaciones, me uní a charlas que lo mismo aplaudían a Cuba y a México, especialmente, a las playas de México. Esto, la tranquilidad de una noche otoñal, empezó a salpicarse de México, no por las conversaciones sobre Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Jaime Sabines o Efraín Huerta. Las noticias de Guerrero empezaban a filtrarse a la conversación. Me hablaban de la violencia, de los narcotraficantes, de algunas series de televisión basadas en El Chapo Guzmán y llegó de manera imperceptible el presente de mi zona geográfica: en Coyuca de Benítez habían asesinado a varios policías, los habían dejado acomodados de manera siniestra; también supe que en Acapulco habían asesinado a dos jóvenes y les habían colocado algunas máscaras. Una cosa digna de The Joker. Esos dos hechos literalmente erizaban la piel, pero uno está curtido y dejé pasar esos asuntos, porque no quería que la violencia se filtrara hasta esos sitios en los que Umberto Eco llegó como una deriva de la charla. A mí me interesaba saber si la gente de Italia lo veía con reverencia o si de alguna manera, la fama y el trabajo de Eco gozaba de mucho respeto. Y lo tenía, cierto; sobre todo, de escritores nacidos en los años 60. Ellos tenían muy presente la obra de Eco, pero también es cierto que le consideraban un escritor aburrido. De Cementerio de Praga mejor ni hablamos. Nos fuimos saltando monstruos y aprendí que el interés por conocer otros autores de países distintos no era un pasatiempo compartido en aquella mesa. Ellos tenían bien definidos sus gustos. Muchos colegas regresaron al hotel y me quedé conversando con un poeta de Hungría, un tipo que hablaba poco inglés y mucho húngaro. Me dijo que tenía una amiga rusa que se llama Sasha y vivía en Belgrado. Hizo un par de llamadas telefónicas y minutos después aterrizó en nuestra mesa una rubia esplendente, con una chamarra negra plastificada y un short blanco, calzaba botas oscuras también plastificadas. Ella tampoco hablaba inglés, ni italiano, ni francés, ni español; se enfrascó en una conversación amable con su amigo poeta. Yo emprendí el regreso a mi hotel. Obviamente caminando. Me despedí con un amable Ciao! Crucé varias calles, algunos puentes, muchos edificios. Había pasajes oscuros, fachadas tristes, conversaciones y silencio. Supuse que durante una caminata de hora y media podría capturar algo del alma de Belgrado y creo que lo hice, pero más bien fue porque recordé algunos nombres inolvidables de aquella región. Ivo Andric, sin duda, autor del imprescindible Puente sobre el Drina. Caminaba pensando en eso, un puente, una ciudad, una familia, el agua de un río que baña o refresca, elija usted ese verbo, baña o refresca, un río merece mucho respeto y cuidado. Imaginé con sorna el Río del Camarón, el Río de La Sabana y, por supuesto, la laguna de Coyuca de Benítez, escenario final de la novela más atractiva de José Agustín, en la que mejor refleja el espíritu de la acapulqueñidad y sus vicios. El agua como un elemento vital, como un punto de fuga y un habitáculo de la basura, esencialmente el nido de la contaminación. El agua. Me detuve en varios momentos a observar la lejanía del río Sava y la potencia del Danubio, esto es otra realidad, un manto que cubre una historia enorme como la de esta ciudad que podría reflexionar sobre su identidad desde diversos flancos: la religión, las batallas culturales, la migración, los gitanos, los turcos, los bosnios, ¿qué son los belgradenses? No lo sé, pero son esencialmente blancos, de cabello rubio muchos y otros tantos trigueños, son amigueros, parlanchines y amables. Yo perdí el rumbo para volver a mi hotel y en dos ocasiones pedía referencias a tres caminantes. Un grupo de jovenes mujeres me dio indicaciones. Me cobijan aún las indicaciones que dieron de buena fe, con precisión; no como en México, donde damos referencias malas por cortesía, para que los extranjeros se pierdan un poco y entiendan la mentalidad mexica. ¿Qué somos nosotros para estos ciudadanos, qué representamos que tanto nos quieren?
En algunas de las noches, de regreso a mi hotel después de una caminata, me encontré con el Teatro de Ópera, vi el regocijo con el que salían de una función de Fausto. ¿Cuál es el símil de esto en Acapulco? Y pensé también que la Facultad de Idiomas de Belgrado me hicieron una pregunta, ¿en qué libros estás trabajando ahora? Yo señalé que escribía una novela sobre el agua, es decir, sobre las caídas de agua, sobre el agua potable, sobre el agua estancada, sobre el mar, sobre el sudor y sobre las lágrimas de la gente que vive en Acapulco. El agua como un elemento que refleja el estado anímico de los ciudadanos. El agua, expuse, como un medio para describir el alma del puerto. Y el agua, en cierta forma, me dio más aspectos para reflexionar sobre ese libro en ciernes. He escrito Carácter y Parábola de la cizaña, dos novelas en las que el agua cobra una vital importancia en la dinámica existencial de los personajes. En Carácter describo los efectos de un huracán; en Parábola de la cizaña el agua es una forma de redención.
Días después de esas experiencias en Belgrado, ya en Berlín, con la intención de efectuar un par de entrevistas de trabajo, fue cobrando importancia la presencia de otro huracán en México. Durante las charlas telefónicas con mi esposa supe que Acapulco esperaba el impacto de Otis durante la madrugada del 24 de octubre. Mientras hablábamos se fue la señal; me contó que estaría con mi familia, resguardada en casa. Fue la última conversación que tuvimos. Empecé a ver noticias y evidentemente perdí la calma. Cuarenta y ocho horas después arribé al aeropuerto de la Ciudad de México. Después ingresé a la terminal de Taxqueña, horas más tarde llegué a Cuernavaca, luego Iguala y finalmente a Chilpancingo. Logré tomar transporte. “Voy hasta donde me dejen pasar”, dijo el chofer. Arribamos a la caseta de Palo Blanco, donde inicia la Autopista del Sol. Saqué mi maleta y empecé la caminata hasta Caleta. No puedo procesar todo lo visto, el panorama en decadencia, pero atestigüé la realidad del pillaje; pude comprobar también que muchas personas fueron expulsadas de hoteles y de las plantas altas de los edificios, sus cadáveres yacían sobre las avenidas. En el Paseo del Pescador había un par de cuerpos, hinchados por los impactos de la carne contra el cemento. No entendía lo que tanta gente se pregunta, ¿por qué el pillaje? Fui testigo también de asaltos a vulcanizadoras, vandalismo puro en tiendas departamentales, ferreterías, ópticas, cajeros bancarios, supermercados, incluso trataron de quitarme la maleta cerca del parque Papagayo. ¿Por qué una ciudad asolada por un huracán también sufre las consecuencias del pillaje? Vi camionetas repletas de mercancía, juguetes, zapatos, chamarras, iban de un lado a otro de la Costera maltrecha enlodada para saquear farmacias, tienditas, incluso se llevaban motos y bicicletas de tiendas departamentales. Presenciar algo así impele otra pregunta, una más grávida y seria: ¿quiero vivir con gente que aprovecha el caos para ejercer la delincuencia con impunidad? No nos merecemos eso, pero hay que lidiar con el problema. Como deriva, queda una pregunta más, ¿por qué el gobierno consintió el saqueo durante 72 horas? Durante la madrugada del 28 de octubre vi que robaban los condominios en la colonia Las Américas, me refiero a los inmuebles vecinos al Club de Yates. Había gente armada llevándose pantallas, muebles y evidentemente dinero. Se oyeron disparos en la densa noche de octubre. No vi guardias nacionales, pero sí muchos vecinos organizados, solidarios, gente preocupada por los delincuentes, por el caos, por la falta de gobierno en un puerto repleto de basura. Con los vecinos hablé de los balazos que se oyeron durante la madrugada. He visto muchas escenas similares a las que confieso en esta página, tanto en películas como series y videojuegos, he leído muchas escenas como estas en novelas, cuentos y relatos distópicos. Pero vivir algo así sólo confirma la oscura certeza de una pesadilla colectiva.
Trece días después del impacto del huracán llegó la luz al cerro de Las Américas, unas cuantas casas se iluminaron. Presencié todo desde la Plaza de Toros de Caletilla. Yo nunca he sido capaz de invocar la esperanza con la iridiscencia de la luna llena. Nunca como en estas noches. Lo que aprendí en la oscuridad fortificada por escombros fue claro: Acapulco es demasiado para una sola vida. Y todo esto que abarco con la mirada es Apocalíptico. Ser acapulqueño en Acapulco no es una inversión, sino un desperdicio.

La pena de una emoción ajena

 

(Segunda de tres partes)

La escritora Tea Oberth, nacionalizada estadunidense, pero crecida en Belgrado, esencialmente platicaba en inglés. Es rubia y alta. Risueña y amable. Sobre todo, paciente. Habla un inglés gringo. Me comentó que le gustaba Gabriel García Márquez. Fue un buen punto de inicio para la conversación que inició en la Facultad de Idiomas de la Universidad de Belgrado, continuó en el hotel y siguió en el trayecto rumbo a la Feria de Libro, ubicada en la nueva Belgrado, donde los rascacielos, las tiendas, las calles junto al río Sava hablan de otro tipo de Europa central, una más chic, pero tan imponente como la antigua Belgrado. Tea obtuvo en 2011 el premio Orange a la mejor novela escrita y publicada en inglés. Esa novela se llama The tiger’s wife. Grosso modo, el libro aborda la historia de una huérfana en Belgrado, pero una parte del relato está relacionado con The jungle book, de Rudyard Kipling. Son dos partes, me dijo Tea, dos partes que abordan aspectos de la protagonista y van al pasado, recuerdan y expanden esos recuerdos. Justamente eso me gusta de Gabriel García Márquez, dijo, que toma un momento en la vida de un personaje y lo hace grande. Entiendo, respondí, pero no sé si en inglés puedan sonar igual que en español los Cien años de soledad. Es decir, comenté, yo profeso un gran cariño por Antonio Tabucchi, pero leído en español y en inglés es menor a la música del idioma original. Su italiano espera melodía. Yo tengo la impresión, agregué, de que algo pasa con García Márquez. No sé si una buena traducción al inglés le haga Justina, pero en español no es malo; el problema, te soy sincero, es que a mí no me gusta como novelista, yo prefiero a García Márquez como cuentista. Por ejemplo, señalé, Nadar en la luz. Entiendo, respondió Tea, a mí me gusta como novelista, la técnica para expandir los recuerdos. Yo agregué que en la Fundación para Letras Mexicanas, hace 20 años, conocía a García Márquez. Él fue amable en conversar con nosotros sobre cuentos, novelas y poemas. No sé si por la inflexión de mis palabras, por el énfasis de la conversación o simplemente porque uno dice cosas con euforia, ella entendió que yo fui tutorado por García Márquez. Intenté explicar que no fue así, pero ella agregó: ¡Qué honor para ti! De ahí la conversación derivó en los escritores latinoamericanos, me comentó que había conversado con Álvaro Enrigue y Valeira Luiselli, claro, explicó, es que vivi en Nueva York y el gremio de extranjeros en Estados Unidos no es muy amplio. Ellos (Enrigue y Luiselli) son bien conocidos allá. ¿Y por qué decidiste escribir en inglés? Hice la pregunta sin tener muy presente que era todo un tema para ella. No lo sé, comentó generosamente, no lo sé, simplemente se fue dando. Y regresó a hora a Belgrado como escritora, tanto a la Feria de Libro como al International Meeting of Writers. Durante el encuentro ella también recibió el premio Luna para escritoras. Es raro, señaló, mi abuela falleció durante el covid, mi familia sigue acá, pero es extraño volver como escritora. Levantó los brazos y como las manos enmarcó entre comillas la palabras: “escritora”.
Otra de las estancias que marcaron la visita a Belgrado fue la conversación con la traductora Vesna Stamenkovic. Ella traduce del inglés y del español al serbio. Habla un inglés espectacular, rítmico y elegante. Su español es neutro, pero de un amplio bagaje. Me comentó que había traducido recientemente la obra de Yuri Herrera, un escritor mexicano radicado en Estados Unidos desde hace varios años. Su libro ha tenido una muy buena recepción, expuso, tanto en el área de académicos como con los lectores. Ha sido un interesante proyecto, agregó, porque acá no se conocen tantos autores latinoamericanos.
Por lo que vi, allá conocen bien a Jorge Volpi e Ignacio Padilla, obviamente a Octavio Paz y a Carlos Fuentes. No llegan los ecos de Elena Garro, de Inés Arredondo, de Amparo Dávila y de otras tantas autoras que proponen universos internos magníficos.
La gran pregunta, deriva de todo esto, no es para Vesna ni para Tea, ¿por qué le podría interesar a un lector serbio la obra de un autor mexicano? Yo encuentro puntos de empalme, el sentido del humor, la vivacidad, el machismo. El dulce placer de vagar por una ciudad como Belgrado debe reservar misterios insondables. Encuentro en los belgradenses un sentido del humor similar al nuestro, una forma extraña, cierto, pero palpable del goce de la vida.
Me hice gran comparsa de un serbio que nos llevaba de un lado a otro de la ciudad en auto: Bojan. Le pareció simpático que un mexicano de costa, como yo, no tomara cerveza ni fumara. Soy alcohólico, confesé, llevo diez años sin beber; siete sin fumar. Mi vida social se vino al diablo con el cambio de vida y mi vida laboral se tornó un poco más solitaria. Salgo poco a fiestas, voy poco a ferias de libro. Bueno, esa es la vida de un escritor serio, me dijo Bojan, habla inglés con el tono  y la inflexión de los rusos. Él organiza batallas medievales y eventualmente recibe a mexicanos que están interesados en participar en los combates con armaduras, escudos, mazos y espadas. Es otro mundo el suyo y tiene un profundo respecto por los escritores. ¿Por qué? Le pregunté, porque no doy crédito a tanta amabilidad por un escritor extranjero, tanta cortesía que evidentemente se traduce en un afecto por la ciudad y sus habitantes. Los escritores hacen su trabajo, respondió, no cualquiera deja pasar la vida para escribirla. Era un punto de vista sabio. ¿Te gusta mi ciudad?, inquirió mientras recorríamos la zona que fue habitada por gitanos y desde un lustro se convirtió en un terreno donde crecen rascacielos, luminosos, metálicos y esplendentes. Me gusta, afirmé, ¿conoces Los Simpsons? Claro, apuró la respuesta Bojan. Es que tomaré las palabras del Abuelo Simpson y diría algo más o menos así: “Me recuerda una canción que nunca he escuchado”. De verdad, dice él, sonriendo. La noche fresca, de 18 grados centígrados, me hace pensar que yo vivo entre el fragor de los 35 y 30 grados centígrados diariamente. Esto es el cielo, Bojan, comenté como si conociera a este tipo desde hace muchos años, para mí es un clima idóneo, además, tienen muchas librerías en varias idiomas, una ciudad hermosa con mujeres amables y rostros de rasgos refinados, literalmente son modelos. Pasamos cerca de una enorme iglesia ortodoxa. Yo vivo cerca de una iglesia en Acapulco, soy bautizado católico y todo esto es nuevo para mí. Es más grande mi mundo ahora. No lo digo, pero lo sé indudablemente. Pienso en ello al observar las aguas del Danubio que a esas horas son negras. También pienso que en Acapulco, a esta misma hora, el calor es intenso. Tomamos una circunvalación y Bojan dijo que estábamos en la periferia de Belgrado. A mí me pareció que habíamos entrado a Tlalpan, en la Ciudad de México. Con la frente metida en la noche avanzamos rumbo a la nueva Belgrado a conocer un poco la vida de Europa central.

La pena de una emoción ajena

 

(Primera de tres partes)

 

Alo!, dicen todos cuando entran a la recepción el Hoel Savoy, en el corazón de Belgrado. Es un edificio antiguo que ha sufrido varias modificaciones, se mantiene a la perfección, como una dama elegante. Está ubicado en una calle que conecta las oficinas de Radio y Televisión de Belgrado con el barrio de Skardalija, un sitio que bien podría definirse como la Condesa de la Ciudad de México, pero claro, menos caro y más lindo, más decorado y menos apretujante. Calles empedradas, inmuebles largos, con muebles sólidos, hechos para durar otros tantos años.
En la noche profunda de una ciudad que ve pasar el tiempo con un clima suave, realmente templado, sin frío ni calor, amable para quien está acostumbrado a la destemplada de los calores tropicales del puerto. Ali!, dicen y se presentan. Ahí no son personas sino países: Eslovenia, Italia, Transilvania, Hungría, Ucrania, Grecia, Inglaterra, Estados Unidos, Bosnia, Francia  y otros tantos autores de Belgrado. Son escritores de poesía y de narrativa. Son callados, pero mantienen conversaciones de otros años, de otros momentos, de otras miradas en esta ciudad edificada por reyes.
Pido un café americano. Y converso un poco con los de Italia, luego con los de otras partes del mundo. Me hablan maravillas de México, de Antonin Artaud, de Octavio Paz, de los escritores del crack, bien conocidos en Europa, bien tratados por colegas de otras partes del mundo. Me preguntan sobre las maravillas del clima tropical de México, sobre lo hermoso de las playas de Acapulco. Más que mexicano, les digo, soy costeño. Y no puedo romper el encanto de la charla ensuciando emociones ajenas con la sangre que derraman los sicarios diariamente en Acapulco, hay gente que me pregunta si el hotel Flamingos existe aún, me dicen también que La Quebrada es magnífica. Hablan de Tarzán, de La Roqueta y retengo esos paisajes con los ojos de mi infancia; por decirlo de alguna manera, mantengo el pasado de Acapulco. Yo hablo de Acapulco sin ingresar al presente, hablo de lo mejor que ha tenido este puerto: la vida nocturna. Es algo que ya no podrá recuperar.
Cuando se habla de la vida de Belgrado se pone en perspectiva un asunto, no se siente la inseguridad en las calles. Por ejemplo, es domingo a las 10 de la noche y hay gente en los bares, en las cafeterías, hay gente caminando por las calles. Es domingo por la noche, insisto, y la vida florece a esta hora, cuando el clima no lastima ni enfría, sólo refresca. Frente a mí dos poetas hablan del premio Nobel de Serbia, Ivo Andric, exponen razones para hablar del Danubio, el corazón líquido de Europa, como una estructura narrativa. Algo, por cierto, que ya hizo Claudio Magris en El Danubio. Y el problema no era hablar del río, diré yo acá, no hay forma de ocultar la influencia del agua en la literatura. El Danubio cruza una parte de la ciudad, la enfría, no permite que Belgrado deje de ser una ciudad templada, sumamente agradable. La noche es fresca y permite que la gente se vista con elegancia.
Durante el día, el sol entibia la ciudad a 26 grados.Hay viento, no fuerte ni frío, refrescante viento. Pueden verse a las personas en shorts, con playeras. Dan paseos inagotables y se toman su tiempo para saborear helados y beber café, porque las porciones son breves, pero el sabor es intenso.
La gente de Belgrado conversa mucho de México. Lo ven como un país soñado. Durante años, una generación de adultos belgradenses vivió con las producciones de Televisa. Ponían las novelas y dejaban que el doblaje en serbio vistiera el melodrama protagonizado por actores mexicanos: Los ricos también lloran, Rosa salvaje, Cuna de lobos, esas tres telenovelas fueron la educación sentimental de muchos aquí. Me hablan de esas novelas, también del calor de los latinoamericanos. Hay mucho cubano acá, gente que enseña baile y gente que aprende español. Los serbios ejercitan el español con cuidado, me saludan con un dejo de amistad eterna que sólo puede ser comprendido por quien atestiguó el llanto y la gloria de una telenovela mexicana.
Los jóvenes, muchos de ellos no conocen ese México, es más, lo tienen como una referente paterno, de ese lugar del que hablaban sus padres, de la gente alegre, de la gente con producciones televisivas destacadas. México para ellos, igual que Acapulco, es un fantasma. Los estudiantes de la Facultad de Idiomas de la Universidad de Belgrado, por ejemplo, hablan con mucha emoción de Gabriel García Márquez. Les parece que toda Latinoamérica es así. En algunas librerías de la capital de Serbia, el colombiano-mexicano igual que los de Mario Vargas Llosa, se venden bien. Y las librerías ofrecen muchos autores, lo mismo rusos que argentinos, lo mismo eslovenos que afganos; para los lectores de allá Stephen King es superado, por ejemplo, por la obra de Louisa Morgan con The witch’s kind. Es variado el mercado, se lee con inquietud al narrador noruego Jo Nesbo igual que a Isabel Allende o Leonardo Padura. Son muchos autores, claro, pero muchos es un decir, porque al ver la cantidad de material uno atiende que las librerías no son únicamente un negocio sino un punto de encuentro, una forma de propiciar conversaciones y fortificarlas con libros.
Yo entré por primera vez a una librería con un libro en mente de Danilo Kiss, quería ver cómo era un pez en el agua, es decir, a un escritor raro en su idioma. Y la experiencia fue asombrosa, porque en Belgrado la reverencia es por Ivo Andric, no por Danilo, Danilo es de una ciudad cerca de Belgrado, Subótica, ubicada a dos horas de la capital de Serbia, una ciudad que presume su capital cultural, una ciudad vieja, como esta parte de Europa, pero bien conservada, cuyas iglesias, por decir algo, son la viva imagen de un tiempo extraviado en el presente, un tiempo que no avanza y se sabe dueño de un espacio, un espacio llamado Subótica. Podría entenderse la diferencia entre Belgrado y Subótica si pensamos en Madrid y Barcelona, pero no es tan radical el cambio, lo de Subótica es más o menos un aspecto cultural que enfatiza la delicada presencia de una región cercana a Hungría y a Bosnia. Son parecidas, pero no iguales. Pienso también que hace nueve años conocí Trieste, en Italia, y pensé que ese sitio no era una ciudad italiana, bulliciosa y festiva. Supe entonces que la parte central de Europa era como una casa donde han pasado muchas cosas y casi nadie de los que ahí viven tiene ganas de estar hablando de ello. Supuse eso hace nueve años, ahora entiendo que Europa central está inmersa en la historia. Los escritores que conocí en Serbia hablan de la historia, regresan a ella con frecuencia. Para ellos todo es historia. Me pareció exagerada esa idea, pero el mismo día de la inauguración de la Feria de Libro de Belgrado me tocó testimoniar un festejo nacional. Celebraron el 20 de octubre la retirada de los alemanes. Fue cuando los nazis dejaron la capital de Serbia. Y vi los tanques avanzando a la par de algunos soldados envejecidos, pero no cansados; durante la comida hubo comitivas de sobrevivientes de la guerra contra los alemanes yendo de un lado a otro del restaurante. Festejaban con furia entre aplausos y bebidas espirituosas. Había mucho del pasado en el presente. Visité una cafetería, cerca del Danubio, donde algunos viejos con sus uniformes socialistas y sus boinas bien caladas, estaban sentados en las mesas que siempre ocupan, como parroquianos, cantando la internacional porque salió el enemigo de Serbia hace años, en 1944. Pero en el Zócalo de Belgrado escuché su himno, Boze Pravde, por altavoces y vi los aplausos de la gente en el corazón de esta ciudad. Sentir una emoción ajena puede ser penoso, pero me gustaría hablar de eso. En especial, después de conversar con una solícita anciana que atestiguaba el desfile como un monumento irrepetible de su existencia. Es el Día de la Liberación, me dijo. Y me preguntó, ¿de qué parte de Latinoamérica vienes? Dije la palabra mágica. Y México no brilló en sus ojos. ¿De qué parte de México?, me instigó su curiosidad. Acapulco, respondí. Y sonrió. Con mi esposo, con mis hijos, quisimos ir a Acapulco. Acapulco tan bello, comentó. Me despedí en ese momento fingiendo prisa. Sabía lo que venía. Es bueno ser de Acapulco cuando no estás en Acapulco. Esa fue la primera lección de este lugar. Un consejo sabio en una ciudad esplendente que luce sus heridas sin pudor.

Killers of the flower moon, denuncia de una injusticia colosal

Si usted es de los cinéfilos que espera con ansia el 19 de octubre para ir a disfrutar la reciente película de Martin Scorsese, Killers of the flower moon, debe tomar en cuenta que esa historia nace de la investigación de David Grann, periodista y escritor estadunidense, quien se dio a la tarea de novelar una época de terror; en especial, puso énfasis en la intervención tácita del FBI para consumar el asesinato de acaudalados nativos Osage, petroleros todos, adinerados. El libro implica desde el título a una institución controvertida: Killers of the flower moon, the Osage murders and the birth of the FBI (Penguin Random House, Estados Unidos, 2017, 373 páginas).
Grann recuenta que más de veinte indios Osage fueron asesinados a sangre fría para quitarles sus propiedades y dinero. Específicamente recrea los vicios de “El reino del terror de los Osage”, oficialmente conocido como un periodo de cinco años, comprendido entre 1921 y 1926. El condado Osage, cuya reserva está en las afueras de Pawhuska, Oklahoma, alguna vez fue uno de los mayores depósitos petroleros de Estados Unidos. Y la ley tribal otorgaba a cada miembro de la tribu un derecho de propiedad (una parte del fideicomiso de minerales), así que los Osage eran las personas más ricas de Estados Unidos a principios de 1920. Sin embargo, el gobierno consideró a los nativos como “incompetentes” para manejar sus fondos y los obligó a aceptar tutelas. Es decir, su dinero lo controlaban los vecinos blancos, quienes al darse cuenta de la riqueza de los Osage, se indignaron y empezaron a fustigar a la tribu mediante la crueldad, el engaño y la muerte. El rencor se convirtió en un modus operandi de la relación entre blancos y pieles rojas.
La virtud de Grann es que recrea los hechos con fuentes bibliográficas comprobables y testimonios fidedignos. Acompañan al relato una serie de fotos que evidencian la gravedad de los hechos. En especial, el autor hace hincapié en la manera en la que el naciente FBI cerró el caso, pues no se incluyó en la pesquisa a cientos de asesinados con el mismo procedimiento: envenenamiento.
Grann divide el libro en tres partes. La primera, ambientada a principios de la década de 1920, se centra en Mollie Burkhart, una mujer Osage de pura sangre, casada con un hombre blanco, Ernest Burkhart. Sus hermanas, Rita y Anna, también se casaron con hombres blancos; Minnie, también hermana, falleció recientemente debido a una “enfermedad rara”. Sumada a esa desgracia, aparece el cadáver de Anna en un barranco, con un disparo en la nuca –recientemente habían hallado a otro hombre de Osage, Charles Whitehorn, muerto exactamente igual que Anna–. Tiempo después, Lizzie, la madre de Mollie, muere por una “enfermedad debilitante”, igual que Minnie. Unos meses después, Rita y su esposo Bill Smith mueren en una explosión que reduce su casa a escombros. Mollie sabe con certeza una cosa: su familia está siendo asesinada y ella es la siguiente.
En la segunda parte, Grann centra el relato en los investigadores federales que llegan al condado de Osage para resolver la serie de asesinatos. La oficina de investigación (aún no conocida como FBI) acaba de quedar bajo el control de un hombre joven y fastidioso: J. Edgar Hoover. Así que Hoover envía al imponente Tom White, un ex ranger de Texas, a Oklahoma para investigar. White y su equipo llegan encubiertos a la ciudad, saben que Hoover espera utilizar este caso para establecer un nombre para la oficina y fortalecer el poder de los investigadores federales.
Mientras White y otros agentes intentan resolver los crímenes, reclutan informantes (contrabandistas, traficantes de licores, ladrones de ganado) para ayudar en la investigación. Conocen entonces el bullicioso mundo corrupto de las ciudades en auge de Osage. El tío de Ernest Burkhart, William K. Hale, es un ex ganadero que saltó a la fama y ahora trabaja como ayudante del sheriff. Hale controla todo y a todos, incluida la suerte de varios Osage. A medida que White y sus investigadores conocen los hechos se dan cuenta que Hale ha orquestado un vasto complot para eliminar a la familia de Mollie.
Lo más tortuoso de todo es que el marido de Mollie, Ernest, sobrino de Hale, ha estado involucrado en la conspiración. Después de obtener una declaración del arrepentido Burkhart, White y su equipo confrontan a Hale con la evidencia, pero el sereno y tranquilo Hale afirma que luchará contra las acusaciones “con uñas y dientes”. Cuando comienzan los juicios, Burkhart testifica contra Hale. A White le preocupa que Hale tenga al juez y al jurado en el bolsillo. Sin embargo, Hale es declarado culpable y sentenciado a cadena perpetua por asesinato. White, después de haber hecho lo correcto, legitima la creación de la Oficina Federal de Investigaciones. Toma una decisión extraña: se retira de la Oficina Federal de Investigaciones y acepta un trabajo como director de la beligerante prisión de Leavenworth, donde Hale está preso.
En la tercera parte, Grann describe una serie de viajes a la Reserva Osage entre 2012 y 2015. Al contrastar el pasado con el presente, el autor mira a detalle todo el panorama. Replantea entonces el caso de los asesinatos desde el 2015 y gracias a nuevos testimonios descubre que la familia de Mollie no fue la única que asesinaron. Es decir, a pesar de que el FBI cerró el caso y culpó a algunas personas e incluso las condenó, a pesar de eso hubo más muertos por la misma “enfermedad”.
Killers of the flower moon es una estrategia narrativa que visibiliza cientos de homicidios. Literalmente hablamos del exterminio que, como todas las intrigas de Estados Unidos, pasa por el cobijo del FBI. Esa institución protegió a los homicidas. De hecho, los asesinatos apuntan a un par de doctores. Así lo evidencia Grann. Y espero que así lo evidencie cinematográficamente Scorsese, pues durante dos décadas, desde 1920 hasta 1940, los Osage fueron exterminados. Grann critica el hecho de que el terrible pasado de la tribu Osage no se enseña en las escuelas y, debido a que el FBI no logró garantizar justicia para ese pueblo, tampoco se habla mucho de este caso. “La sangre clama desde la tierra”, dice el autor. Me parece que a este relato de no ficción –el cual recurre a la técnica narrativa de ficción para fortalecer la denuncia de una injusticia colosal– lo complementará el cine de un director que entiende muy bien estos asuntos de injusticia, violencia y desazón. Cuando uno acaba el libro es inevitable una pregunta: ¿cómo pudo ocurrir todo esto? Ojalá que al término de la película usted tenga esa misma inquietud y una respuesta. Dijera un cinéfilo amigo francés: ¡Bon film!

 

Jon Fosse, solemne lentitud del hambre, la pobreza y el sufrimiento

La reciente elección del Premio Nobel de Literatura, cuya lista de favoritos estaba plagada de autores comerciales, dio un resultado sorpresivo que da un respiro para quienes entienden que la literatura no es precisamente un negocio, ni un sitio ideal para el tráfico de influencias sino una indagación constante sobre el alma humana y el lenguaje. En especial, el lenguaje.
En español hay pocos libros de Jon Fosse, autor noruego recientemente “descubierto” por el mundo, gracias a que obtuvo el Nobel. Así que seguramente el lector en español tendrá pronto material del consagrado dramaturgo, poeta y narrador. Ha sido traducido a cuarenta idiomas y en inglés, paso obligado para la internacionalización de la obra, tiene muchos seguidores, pero lo mejor de este hombre sigue en la chistera de su idioma, el noruego.
Trilogía (traducción del noruego a cargo de Cristina Gómez Baggethun y Kristi Baggethun. De Conatus, España, 2022, 160 páginas), de Jon Fosse, es una colección de tres novelas cortas en las que se narra, con un lenguaje sencillo, la historia de una pareja de adolescentes (Asle y Alida) que va a tener un hijo e intenta sobrevivir sin familia ni apoyo, ni mucho menos dinero. La fragilidad como herramienta de análisis ante el caos del mundo, eso podría ilustrar muy bien este libro breve, en el que el fuego del primer amor literalmente quema una vida, porque la indagación de Fosse va más allá de la pareja y aparecen los padres de ambos jóvenes y los hijos de esos jóvenes. El retrato de esa familia joven es oscuro.
Trilogía se divide en Vigilia, Los sueños de Olav y Desaliento. Historias publicadas de manera independiente; luego agrupadas en el volumen que hoy comento.
Vigilia nos presenta a Asle y Alida, una muy joven pareja que en un entorno agreste –dominado por la pobreza, donde la única solución es la pesca y el mar es el medio para buscar otras tierras–, busca un hogar. Ellos se conocieron en una fiesta (él, músico; ella, sirvienta) y se hicieron uno desde el primer encuentro. El texto inicia con la premura de una pareja joven, ella embarazada, en busca de un sitio para pasar la noche, pero nadie los recibe. Él debe actuar rápido porque es otoño, hace frío y comienza la lluvia. Logra, mediante un escalofriante hecho, hacerse de una casa. Fosse muestra a estos jóvenes las inclemencias de la etapa adulta. Ellos anhelan sentimientos nobles y una vida tranquila, pero la realidad es otra y deberán cometer algunos delitos para salir avantes en un entorno que rechaza la bondad.
En el segundo libro, Los sueños de Olav, los jóvenes (Alida y Asle) y su hijo recién nacido (Sigvald) viven en las afueras de Bjørgvin con nombres falsos. Él sale en busca de unos anillos o una pulsera para su esposa; pero un viejo barbado lo reconoce en una taberna. Sabe que él no es Olav sino Asle y que ha cometido algunas atrocidades. Intenta sobornarlo, pero no lo consigue y una serie de equívocos le conducen directo a la horca. Tiene que pagar por sus delitos.
En Desaliento el lector conoce a Ales, la segunda hija de Alida, ya anciana, quien detalla la vida después de Asle, el esposo que simplemente ha desaparecido y de quien se rumoran atrocidades. Es una historia en la que el autor hermana a dos personajes femeninos y expone como un monstruo a Asle, aunque Ales no cree que el primer esposo de su madre haya sido un asesino. En este apartado, Fosse sale eventualmente del realismo para ingresar a terrenos de corte fantástico. En especial, porque Ales ve a su hermana muerta: “la Hermana Pequeña está ahí acostada, pálida y ausente, y Ales nunca olvidará su rostro pálido, su boca abierta, sus ojos entornados, los verá siempre, porque la Hermana Pequeña enfermó y murió”. La vida de Ales y Alida son reflejos distintos del paisaje frío y marino, pero sirven muy bien para ilustrar el interés narrativo de Fosse, un cauce por las vicisitudes de un país que a ojos del mundo pareciera resuelto y económicamente poderoso, pero también oculta pesadillas.
La prosa de Fosse es parca. Ordena las oraciones de manera clásica: sujeto, verbo predicado. Esencialmente sus párrafos son largos y los diálogos carecen de guion largo y se caracterizan por la brevedad y la poca información que revelan, agrandan el misterio que ocultan; por ejemplo:
“Y tú qué eres, dice la Vieja
Yo, dice Olav
Yo lo conozco, dice la Muchacha
Para que lo sepas, dice
Así que lo conoces, dice la Vieja
Pero monedas no tienes, dice
Quién ha dicho eso, dice Olav
Tienes dinero, dice la Muchacha
y se acerca a él y le rodea la espalda con un brazo y la Vieja sacude la cabeza y la Muchacha se apoya en él y le besa la mejilla
Pero qué estás haciendo , dice la Vieja”.
De acuerdo con la traductora, Cristina Gómez Baggethun, este libro busca imitar el habla de la zona rural de Noruega, donde la gente se expresa poco y usa, por tanto, muy pocas palabras. Eso queda bien cincelado en el libro, porque no hay un despliegue voraz de frases ni sentencias matonas, como tantas veces se le pide a un narrador premiado.
Quien se asoma a Trilogía descubre un autor que maneja muy bien el tempo narrativo. No se detiene ante ninguna de las convenciones usuales de la literatura comercial, de hecho, ni siquiera usa capítulos para dividir sus novelas, que aunque breves, tienen muchos cambios en el punto de vista, en el tempo e ingresa a los personajes a la trama de golpe. Pinta a los actantes de manera minimalista y funciona muy bien la estrategia para poner en marcha el trabajo estrictamente dramático de las historias, que aunque aparentemente dispersas, ofrecen el sesgo vital de una familia. Es decir, los desplazamientos de los personajes en todo el cuerpo del relato tienen que ver con momentos importantes de Asle y Alida. Los padres, los hijos y los nietos. No es un libro ortodoxo y eso lo aplaudo. De hecho, esta agrupación de textos me recuerda, estilísticamente, a la sólida obra de Juan José Saer, aunque con matices, claro está, porque lo de Saer es inimitable. No tiene parangón.
Fosse en este libro esboza una fragilidad vital y su apuesta va desde la estructura de las frases. Son voces parcas, insisto, e incluso la voz narrativa apela a este requerimiento estético; pero esa fragilidad logra una volcadura textual, un soplo de la mancha tipográfica, que permite recrear la violencia de la vida rural de Noruega y la economía de recursos usada por el autor es envidiable. Pienso en lo que logra Fosse y es inevitable traer a colación a Saer. Recuerdo a bote pronto El entenado o El limonero real. Dos piedras angulares de un continente literario aún por descubrir. Lo de Fosse y lo de Saer dialogan a la perfección. Trilogía tiene otro ritmo, otro tiempo y va con lentitud hacia donde nadie quiere ir: la médula de lo humano. Lo de Saer, aunque suene exagerado. implica detener el tiempo narrativo.
También me pregunto, al ver el revuelo causado por un escritor que no vendía mucho, pero tenía prestigio, ¿qué seriedad hay en los editores que no ven lo que hay que ver? Ahora los editores corren por los libros de este hombre, cuya proposición estética me parece sólida, aunque evidentemente no comercial. Pienso en esos editores y en los malabares que deben hacer ahora para tener sellado al nuevo Nobel, para traducirlo, para darle lustre a un trabajo que no han hecho: buscar metal en las minas. Esta vez la decisión de la Academia Sueca cayó en un autor desligado de los mercados internacionales, desligado también de la figura pública de un autor con fama. De hecho, Fosse tiene pocas apariciones en público. Él sabe que el trabajo serio se realiza en silencio.