La segunda novela del colectivo de escritores italianos, acogidos bajo el seudónimo Wu Ming, es 54 y se publicó por primera vez en 2002. Aunque mi lectura se dio 24 años después del lanzamiento (Italia, Einaudi, 2014, 673 páginas), noto que este libro expone algunas ideas que siguen teniendo vigencia; en especial, porque la supremacía estadunidense pervive e intenta apropiarse de zonas específicas del planeta. Pero esta novela no sólo tiene que ver con la estrategia militar y el dinero sino con la forma de capitalizar el poder cultural.
54, orquestado como la mayoría de los volúmenes de Wu Ming, tiene la virtud de apoyarse en una investigación histórica rigurosa, no sólo para darle un soporte vital a los personajes sino para exponer desde el pasado lo que ven en el presente. Durante las primeras páginas de esta novela histórica el lector nota de inmediato la tensión entre el capitalismo y el socialismo, pero sobre todo, entiende que la carrera por un bando u otro es la treta ideal para un gobierno oculto más grande y más fuerte, cubierto por decenas de cortinas de humo.
Yugoslavia acaba de romper relaciones con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el partido Democracia Cristiana, de Italia, acoge a muchos fascistas en la vida política y el territorio libre de Trieste batalla contra Italia y Eslovenia, pues el país vecino quiere convertirlo en socialista. En medio de todo ese caldo de cultivo se cierne la trama primordial: el cineasta Alfred Hitchcock y el servicio de inteligencia exterior de Reino Unido, M16, intentan hacer una proeza. Quieren aprovechar que el actor estadunidense Cary Grant se ha distanciado de Hollywood y pretenden convencerlo para que haga una película especial, un proyecto ambicioso e inigualable en el que Grant protagonice al gran mariscal Tito. Se disponen las cosas para que Grant y Tito se conozcan, pues hay un interés genuino para que occidente filme la vida de Yugoslavia. De paso, se intenta que Grant aprenda cosas sobre Tito. El MI6 asevera que los dos hombres “tienen un gran parecido”.
Mientras esa subtrama de la novela corre, vemos en Nápoles a Lucky Luciano buscando la forma de establecer rutas de narcotráfico, no sólo de heroína sino de muchas otras cosas más. Pero lo interesante y lo más atractivo de estas dos líneas de acción (Luciano y Grant) es que ambos se unen a la historia de un televisor estadunidense de marca McGuffin Electric De Luxe; de hecho, Wu Ming trata a este objeto como un personaje real, se le considera “McGuffi”. Para hacer más grande la broma debo decir que “un McGuffin” es un elemento cinematográfico que permite generar suspenso; se le considera una herramienta acuñada por Hitchcock y en la trama de 54 adquiere una relevancia más allá de la mera enunciación, porque el televisor tiene la habilidad de pensar y va a contracorriente de esa referencia que se le daba a la TV en el año 2000, pues se le veía como “la caja idiota”. Es McGuffin quien le indica al lector los alcances de la tragedia que vive: “¡Cruel destino! Acostumbrado a deleitar al público con imágenes reconfortantes, se encontró siendo testigo silencioso de la miseria y de la violencia. Sin nada a lo que oponerse. Vacío ante el vacío. La inútil pantalla de diecisiete pulgadas parecía reflejar aún las escenas finales, descaradamente representadas ante sus ojos bien abiertos”.
Lo que me intriga de 54 es la pulsión social, porque mediante la estrategia narrativa de Wu Ming puede comprenderse el temor idéntico que existe entre algunas superestrellas del cine y muchos políticos de izquierda, pues ambos tienen la urgencia de ser populares, tienen la urgencia de sentirse queridos por el pueblo, tienen la necesidad de ser adorados por las masas y, para bien o para mal, en 1954 no había otra forma de ser más popular que apareciendo en la gran pantalla del cine de Hollywood.
Es mediante este McGuffin que sabemos cosas significativas en la trama, pero lo esencial, como bien nota, es entender que estamos frente a una parodia histórica en la que hay muchos aspectos desacralizados y, de igual manera, muchos personajes que van de un lado a otro del planeta, conectan entre sí y de cierta forma limitan sus actos a una caldo de cultivo mayor: “la Guerra Fría no fue un periodo entre guerras, sino una guerra en sí, una ilusión de paz”.
También podría definir a este libro como uno de esos proyectos –ahora tan normales– en los que los espías también poseen una dosis iconoclasta que desploma la imagen hipertrófica de un hombre que labora sólo a favor de la patria. En esta novela incluso hay referencias a James Bond, en especial, a las novelas de este personaje, cuya vida era mucho más intensa, “y se condimentaba a base de martinis secos”.
54 transcurre en varios sitios en un mismo año: Bolonia, Nápoles, California, Moscú, Génova, Dubrovnik, Londres y Marsella. En esos escenarios, las cosas están contaminadas por la batalla entre capitalismo y comunismo, pero cada uno se mueve, como Lucky Luciano, de acuerdo con el ideal del dinero, pues la mafia italo-americana –ilustrada muy bien por Wu Ming– sacó partido de la Guerra Fría y aprovechó cada momento de esa confusión para propagar cualquier tipo de mercancías en sitios como Trieste, pues aquel territorio sufrió el contrabando de mercancías que venían del capitalismo y las deseaban con ahínco los socialistas.
México también aparece en la historia, en especial, porque un partigiano de abolengo y su hijo se adentran en las entrañas de la república mexicana, se conducen hacia Veracruz. ¿Por qué? Robespierre Capponi, alias Pierre, abrió un bar para locales; ahí conoce a otros mexicanos “luchadores” y ahí mismo se presenta un barbón llamado Fidel Castro, quien estaba reclutando gente para iniciar una ofensiva en contra del capitalismo. De esa manera, Wu Ming indica que la idea de cambiar el mundo a finales de 1954 también conlleva algo de azar.
Yo he apostado por comentar libros de segunda mano porque poseen una vigencia punzante que las novedades ya no poseen. El caso de 54 es relevante, pues a pesar de haber sido publicado hace 24 años, aún tiene mucho que decirle a los lectores jóvenes que no conocen, o se niegan a entender, la similitud entre los actores y los políticos. La diferencia entre ellos radica en un aspecto: unos tienen ideales y otros fingen que los tienen. Eso puede comprobarse en los hechos. ¿O no?
* La traducción de las líneas entre comillas es mía.
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