La época dorada de los cómics

Le fantastiche avventura di Kavalier e Clay (Traducción del inglés al italiano a cargo de Luciana e Margherita Crepax, Italia, Rizzoli, 2020, 821 páginas) es un proyecto ambicioso del narrador norteamericano y guionista cinematográfico Michael Chabon, autor de otros proyectos que también he comentado en este espacio, por ejemplo, la novela The gentleman of the road (2007) y el libro de cuentos Werewolves in their youth (1997).
La novela que hoy comento, publicada por primera vez en el año 2000, obtuvo el premio Pulitzer en 2001 y se considera la prueba contundente de que Chabon es uno de los narradores más completos de Estados Unidos, pues lo mismo hace novelas, cuentos, narrativa gráfica y guiones de cine. Pero Le fantastiche avventura di Kavalier e Clay es algo mucho más ambicioso; se divide en seis partes donde abordan todos los aspectos en la vida de los protagonistas: migración, sexualidad, guerra, riqueza y declive.
El epicentro de la historia son Sammy Clay y Josef Kavalier, quienes viven, crecen y amasan una fortuna en la época dorada de los cómics en Nueva York. Kavalier logra escapar de los nazis en Praga. Es un experto en el arte del escapismo (mucho más que el conocido Houdini) e intenta sacar de Europa al resto de su familia: madre, hermano y padre. Clay, en cambio, es primo de Josef, un judío de Brooklyn, cuya gran habilidad para contar historias y para el dibujo es esencial en la historia. Hablan mucho de superhéroes y buscan uno que no tenga poderes, pero sí habilidades para librar batallas sin cuartel. Es Kavalier quien le da forma a El escapista, un hombre que usa máscara y, por supuesto, lucha contra el fascismo, pero en esencia, su principal y acérrimo enemigo es Hitler. Esa idea les propicia un espacio en la principal editorial de cómics de Estados Unidos: Empire Comics. La empresa es propiedad de Sheldon Anapol. Y el dueto Clay & Kavalier dan justo en el blanco al proponer una historia en la que el malo es el alemán referido.
Todo pinta como una novela de crecimiento, pero Chabon conduce el relato por otros senderos, las preocupaciones de Kavalier por su familia, el inminente reclutamiento militar y, por supuesto, la posibilidad de la batalla en Europa, donde el enemigo de El escapista le está haciendo mucho daño al viejo continente. Clay padece las secuelas de la polio. Tiene “piernas débiles” y renguea, este hecho contrasta con la vitalidad de Josef, cuyo apodo estadunidense es Joe.
Otro asunto es que Clay tiene atracción por los caballeros, pero de vez en cuanto suele despertarse en él la pasión por el sexo opuesto. Batalla con su preferencia sexual, pero lo más complejo del caso es que se siente “asfixiado” por vivir una doble vida en una sociedad estadunidense de los años 50 del siglo pasado. Mantiene una relación sentimental con el actor Tracy Bacon, este hecho se hará público, y como bien sabe el lector, le dará muchos problemas a la asociación Clay & Kavalier.
En la medida que avanza la historia, el padre de Joe muere; su hermano se mantiene en Praga, pero lo que se percibe en él es la añoranza por un país que ya no logra aprehender, simplemente “ha quedado demasiado lejos. Pero el odio embriagante de Joe por el Reich alemán podía nacer desde las calles de Nueva York, desde la forma de una novela gráfica, pegada y cosida, con las puntas metálicas”.
Kavalier es heterosexual y se involucra con una muchacha llamada Rosa Sanks, una artista independiente. Se fortalece ese vínculo, pero mientras la guerra se caldea y el ejército de Estados Unidos llama a Kavalier para luchar contra Hitler, la relación se evapora y Rosa queda embarazada, pero no le menciona el hecho a su compañero; sólo lo deja ir a Europa.
En ese punto, entre la doble vida de Clay y la inminente lucha de Kavalier, los cómics se vuelven una mina de oro; es decir, dan dinero, poder e influencia en una sociedad que adora el dinero. “En 1941, el mejor de sus años como una asociación, Kavalier & Clay ganó 59.832.27 dólares”. Es decir, hablamos de $1.047.064.725. Nada mal para alguien que escribe y dibuja. Como nota, ellos se hicieron de riqueza gracias a su talento y, por supuesto, se relacionaron con muchas personas. En una ocasión, Clay convence a Kavalier de ir a la exposición de un pintor español extrovertido. “Era un recibimiento en honor a Salvador Dalí, el último viernes de la Feria Mundial de Nueva York, que había tenido un resultado notablemente superior a lo esperado. Salvador Dalí, en medio del salón de baile, daba golpes con las manos cubiertas por dos grandes guantes de goma, después sujetó el casco del equipamiento de inmersión. A cuclillas, junto a él, estaba su esposa. Tenía el caso atornillado al collar de latón del atuendo. En la frente le brincaba una vena, engrosada por el esfuerzo.
–Se vuelve azul, observó con calma y un poco de pánico. Dos de los huéspedes estaban cerca de Dalí, pero no actuaron.
Kavalier les ayuda a quitarse el casco y evita que el pintor se asfixie. Fue la única aparición de Dalí en la novela y la hace de manera paródica. Eso demerita toda la parafernalia que caracterizaba al pintor español, porque termina siendo un poco bobo, pero sirve para que el lector entienda que el arte es algo mucho más serio que ponerse una escafandra en Nueva York para darle “potencia” al trabajo.
A pesar de que hay condiciones para hacer de este relato un melodrama, Chabon lleva las riendas de los personajes por senderos muy atractivos. Después de la guerra, Kavalier desaparece por años. Nace el hijo de Rosa y Clay asume el papel de padre. Porque una madre soltera en los años 50 la iba a pasar mal. Hacen un acuerdo para que Clay viva con ellos, pero sólo asiste la crianza del hijo de su socio; no tiene relaciones sexuales con Rosa. Tiempo después vuelve Kavalier y se reordenan algunos aspectos, pero no me gustaría revelarlos, sino mencionar que de la mano de Chabon, el libro se convierte en una novela que abre puentes entre Praga y Nueva York, dos epicentros en los que no aparecen escritores; pero sí el Golem en la vieja capital europea, y los cineastas en Estados Unidos. Claro, es insoslayable la imagen de Orson Welles, donde luce y devasta la atractiva Dolores del Río. No sólo ellos deambulaban por estas páginas, también muchas personalidades más. Pero de todo aquello me quedo con una conversación entre los protagonistas y sus parejas sentimentales. De esa charla se deriva lo siguiente: “‘Tus círculos de excusas, Clay’, dice Bacon. Todos quedaron sorprendidos, y Sammy más que los otros, porque no tenía ningún sentido que su amigo hablara con tanta seriedad. ‘Si tú piensas que los cómics son inferiores, piensas que tú eres inferior’.
Joe, que estaba bebiendo café, miró educadamente hacia otra parte.
¡Ah!, dice Rosa después de un momento.
¡Ah!, responde Sammy como una afirmación”.
Eureka, diría yo. En esa conversación subyace la validez de todo este edificio literario en el que el tiempo es lineal y los personajes, por supuesto, están basados en varios autores de cómics, quienes por azares del destino se perdieron en los pliegues del olvido, pero Chabon decidió rendirle tributo a una industria que no ceja, al contrario, sigue dándole fortuna a quienes la ofician con tino.
Más que asombro en el lector hay contagio de vida. Duele saber lo que ocurrió en 1954, pues se dio el cerrojazo a la época dorada de los cómics de una manera sorprendente: se abrió un expediente judicial sobre la influencia de los superhéroes y villanos en la vida juvenil de Estados Unidos. Con eso se signa el declive de una época y se prefigura el final de una novela bien elaborada; en especial, porque los protagonistas muestran una visión del mundo sui generis, se convierten en algo más que mera tinta y papel. El libro tiene un cascarón decimonónico, pero contiene una estupenda experiencia de vida.
Otra nota sobresaliente es que las hermanas Crepax, traductoras de la obra en cuestión, son hijas del ilustrador de cómics eróticos Guido Crepax. Hicieron un estupendo trabajo; en Italia tienen fama de extravagantes; lo mismo escriben que toman fotos y traducen de varios idiomas (ruso, francés e inglés). Su labor es plausible.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

X @FederìVite
Instagram @monsieur_vate

 

Sin modelos exteriores a la historia

La razón por la que suelo detenerme en autores que pasan la prueba del tiempo es simple: descifrar cómo eligieron la estructura de sus novelas. ¿Por qué es importante una estructura? Para enfatizar rasgos de estilo, expandir el universo interno del autor y, por supuesto, para confirmar el dominio del oficio. Hablo de continentes, gracias a los cuales se yerguen personajes, sobre escenarios, que actúan entre sí de manera sui generis. Pienso en ello con recurrencia y elijo, de las referencias que poseo, ejemplos que años atrás me parecieron poco atractivos. Usted dirá, ¡qué necedad volver al pasado! Pero a veces es una forma de retomar la sabiduría no aceptada en su momento. Justo para capitalizar mi omisión, releí L’amant (Francia, Les éditions de minuit, 1984, 141 páginas), de Marguerite Duras.
Recordemos que L’amant recibió el premio Goncourt ese año, vendió muchísimos ejemplares y atrajo la atención inmediata de los directores de cine. A los tres primeros meses de haber sido publicada, la novela en cuestión ya había vendido cien mil ejemplares. ¿Por qué? Bueno, tal vez el lector prefiguraba un escándalo al estilo Lolita (1955), pero basta con echarle un ojo para entender que la comparación no es precisa ni adecuada. Lo de El amante se cuece aparte, lejos de Nabokov.
Duras concedió una entrevista al programa Apostrophes –conducido por Bernard Pivout– a finales de septiembre de 1984. El libro ya circulaba por toda Francia y por las zonas francófonas de Europa. Durante la conversación, la escritora confesó que esta novela nació de una experiencia real. Es decir, habla con naturalidad de una relación apasionada con un hombre asiático. Ella tenía quince años; él veintisiete, y se sentía arrobada por aquel tipo. “Me encantaba su riqueza, su cuerpo, su atracción era tan fuerte, pero terminó”.
Las respuestas son parcas, sin emoción evidente, pero concisas. Como si diera sólo la información precisa para que el espectador lograra entender un proceso mayúsculo que no sólo tiene que ver con la literatura sino con la vida. “Supe que sería mi amante; yo era muy pobre y tenía una vida difícil. Estaba asombrada por todo el estilo de vida de este multimillonario. Me sentía sorprendida y atraída, por supuesto, por el dinero”.
L’amant posee una sobriedad que nunca se pierde durante toda la historia, lo mismo habla del cuerpo como del dinero, de la vergüenza y el dolor de estar fuera de la vida de un hombre rico, alguien a quien su familia reprende por estar con una campesina. Duras no cae en cursilería ni melodrama, se mantiene en el tono inicial del relato: “Un día, ya era vieja, en el vestíbulo de un salón público un hombre vino hacia mí. Se presentó y me dijo: ‘Te conozco desde siempre. Todo el mundo dice que eras hermosa cuando eras joven; he venido a decirte que para mí eres aún más hermosa ahora’”.
La ficción signa que ella tiene dieciocho años; el veinticinco. Es decir, se estandariza legalmente la unión para no generar suspicacias de ningún tipo en el lector, pero en la entrevista se dan otros datos, los de no ficción. También se confiesan aspectos que tienen que ver de manera directa con la novela: “Cuando un muchacho se tiró al agua para suicidarse, yo estaba allí. Era más de medianoche. El barco se detuvo, pero fue demasiado tarde. El cadáver se había perdido. Este hecho (el lanzamiento del joven suicida), me hizo recordar a mi amante. Sin duda lo amaba”.
En la novela, la imagen de ese recuerdo es igual: “Había gente jugando cartas en el bar de primera clase; entre los jugadores había un joven y, en un momento dado, sin decir una palabra, dejó las cartas sobre la mesa y salió del bar, corrió por la cubierta y se lanzó al mar”. Este hecho brusco, sin aparente conexión, es lo que permite cerrar la llave del recuerdo con el que enfoca su vida la narradora y con el que cierra la historia. Encapsula el tiempo. Este recurso sirve para traer a la mente de la narradora la dulzura de ese amante y el explosivo duelo de la separación. Yo me pregunto, ¿por qué copiar la realidad así? Bueno, es una experiencia muy fuerte que ningún entramado novedoso podría superar y esto tiene que ver con la prosa de frases cortas, imágenes precisas y emociones templadas que elabora muy bien Duras para crear un ritmo de ensueño. En un solo trazo, el lector conoce información de los personajes y se conmueve. Eso no lo logra cualquier autor. Me da la impresión que la autora encontró el nervio del relato y sólo a eso se sometió, describir los hechos, sin atiborrar de paja la historia, ni mucho menos llenarla de artificios. Es una estructura con saltos en el tiempo, sin variaciones en el tono, pero con un gran registro de emociones. No hay otra forma de contar esta historia, porque la emoción contenida de la prosa brinda una capacidad expresiva inmejorable. No hay una tensión en el cómo, sino en el qué. La historia se erige gracias a la manera en la que la narradora revisa su pasado y con el ejercicio sostenido de la memoria pone en movimiento las piezas de una emoción fría que a menudo conmueve al lector. No hay una estructura novedosa, pero sí una expresión escrita entrañable y diáfana.
En la entrevista con Pivout, Duras explica el motivo por el que este libro tiene esta estructura. “Escribir no es seguir moldes. Lo hice con libertad, sin moldes, con una intención original. Pensé que debía trabajar mucho y trabajaba mucho, muy duro, como todos los hombres me decían que yo debía hacerlo, pero ahora escribo muy rápido y poco, ya no escribo durante muchas horas, pero creo que si hay progreso en la literatura entonces tendríamos que hablar de la libertad”.
La respuesta me satisface y me regocija. Abre un rango de reflexión relacionado con la pertinencia de estructuras complejas en las novelas. “Cuando uno escribe no debe pensar en modelos exteriores a la historia. Cuando escribo intento salir de mí misma, me acuerdo de lo que hay en torno a mí, de algunas personas, pero soy yo el objeto de la escritura, a los otros los ignoro, estoy en el mundo con las personas. Pero nunca he querido acusar a las personas de mis desgracias, de mi infancia o de mi situación. Fui pobre, trabajé mucho, pero ahora sólo pienso que escribir está relacionado con salir de mí misma. Cuando hablo de mí, en el fondo, soy una generalidad, porque nos parecemos, pero yo hablo sólo de mí misma y eso les hace pensar (a los lectores) que hablo de mucha gente, pero no, sólo hablo de mí”.
No es una respuesta sino una clase magistral. Ayuda a comprender que a veces no es necesario pensar en la innovación ni en la vanguardia, sino en la certeza de que la historia a narrar es en sí misma poderosa. La congruencia de quien enuncia lo importante, sin pirotecnia, es ejemplar.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

X@FederìVite
Instagram @monsieur_vate

A final de cuentas se trata de obtener un superpoder

 

Por primera vez en 80 años, el premio Strega, el de mayor prestigio en Italia, presentó a tres de sus finalistas en México. La idea es que los lectores nacionales vayan teniendo en mente a los autores del país invitado a la próxima Feria Internacional de Libro en Guadalajara. Si usted es asiduo a este espacio, tendrá más claro el panorama de narradores italianos; desde hace algunos años he venido hablando de muchos de ellos (la mayoría aún no traducidos al español) para agrandar los marcos referenciales de la literatura escrita, publicada y distribuida en Italia, pero con resonancia en otras regiones del mundo.
El pasado 2 de julio, gracias a la Fundación Maria y Goffredo Bellonci, la embajada de Italia en México y el Instituto de Cultura en Italiano se animaron a presentar la punta del iceberg de la delegación de autores y editores que asistirán a la FIL de Guadalajara en noviembre próximo. Tres de los seis finalistas del Strega estuvieron en el Museo Antropología conversando sobre sus libros con lectores de México. Nos visitaron los candidatos más fuertes para obtener el galardón: Michele Mari, Matteo Nucci y Elena Rui. Los otros tres finalistas son Teresa Ciabatti, Alcide Pierantozzi y Bianca Pitzorno.
Este punto de intersección entre México e Italia también sepulta un poco una polémica reciente entre Mari y Ciabatti. Se trata de un asunto del que se pueden aprender muchas cosas. Grosso modo la vaina es así: en las giras que hacen los finalistas del Strega en Italia, los narradores trajeron a cuento a la escritora Michela Murgia (autora de Accabadora, fallecida el 10 de agosto de 2023) y se inició una polémica de grandes proporciones. De acuerdo con la versión de la periodista Natalia Distefano, la pugna inició de la siguiente manera: “No se trata de una discusión sobre la suerte de la novela italiana, ni una riña por votos ni complots. Es un durísimo encuentro frontal sobre cuestiones extrañas a la competencia, pero corre el riesgo de dejar marcas en el resultado final de la competencia.
Mari conversaba con su colega Elena Rui (nominada por Vedove di Camus, publicado por L’orma) y al fragor de la plática hizo una serie de aseveraciones ofensivas y mordaces sobre Michela Murgia. Estas palabras enfurecieron a Teresa Ciabatti, nominada al premio Strega por Donnaregina, (Mondadori)”.
Distefano recopiló algunas opiniones y supo que los comentarios fueron crueles y desagradables. Reproduzco la relatoría: “Michela Murgia era intransigente y agresiva porque era fea. Así es como descargaba su ira. Eso exclamó Mari con vehemencia. Además de lo mencionado, añadió: ‘Con su comportamiento agresivo hacía que los demás pagaran por su fealdad’. Ampliando la diatriba, Mari afirmó que ‘todas las mujeres insatisfechas que no son atractivas se vuelven irascibles’”.
Uno comprende que estas opiniones personales, aunque fueron hechas en privado, tienen consecuencias. Recuerde, la conversación era entre Mari y Rui, pero la escuchó Ciabatti. Así que ella tomó partido de inmediato. Distefano señala: “Fueron palabras inaceptables, especialmente para Ciabatti, quien había sido gran amiga de Murgia y una de las personas más cercanas (hasta el final) a la escritora sarda, fallecida de cáncer hace tres años. De hecho, el impacto personal de perder esa amistad resuena en la novela con la que Ciabatti compite en el certamen: Donnaregina. En consecuencia, dentro de la furgoneta donde también viajaba Matteo Nucci (nominado por Platone. Una storia d’amore), las hostilidades comenzaron entre Ciabatti y Mari. ‘Tus comentarios son inaceptables’, respondió Ciabatti, ‘y me han dolido profundamente’”.
Esta discusión llegó a las redes sociales, después a los periódicos y todo adquirió proporciones colosales. Al grado que Mari debió emitir un comunicado, mediante la oficina de prensa de la editorial Einaudi, en la que lamenta haber molestado a Ciabatti. Y precisó: “En relación con los rumores infundados que circulan sobre una disputa entre Teresa Ciabatti y yo, deseo aclarar que jamás hablé del aspecto físico de Michela Murgia, ni me habría atrevido a hacerlo”.
La Fundación Bellonci también emitió un boletín en el que indicaba que su postura era muy clara: “Reprobamos comentarios lesivos que denigran a las personas, porque ese no es el espíritu del premio Strega”.
La disputa se propagó como pólvora por el mundo literario, no sólo de Italia sino de Europa. Generó tensión entre los competidores, dimes y diretes entre reporteros y críticos literarios; pero sobre todo, deja mal parado a un hombre que no sabe o no entiende el porqué dijo lo que dijo. A estas alturas del partido, resulta inadmisible una aseveración de ese calibre. No se puede decir semejante barbaridad, sea uno escritor o no. No se puede decir eso. Es inadmisible. Bueno, los que iniciaron esa charla estuvieron en la Ciudad de México en días pasados. Tengo la impresión de que la visita a nuestro país concilió a los finalistas.
A pesar de todo, me parece que mañana –fecha en la que se da el fallo del premio– se le otorgará el Strega a Michele Mari por la novela I convitati di pietra (Einaudi). Él lidera la competencia con 280 votos; le sigue con 242 Matteo Nucci, autor de un libro de autoficción que mezcla memoria y ensayo, se titula Platone. Una storia d’amore, publicado por Feltrinelli; en el tercer puesto se encuentra Bianca Pitzorno con 195 votos; pugna por el premio con la novela La sonnambula (Bompiani); en el cuarto sitio se ubica Teresa Ciabatti: Donnaregina (184 votos); en el quinto lugar, con 170 votos, Alcide Pierantozzi: Lo sbilico (Einaudi), y en sexto está Elena Rui con Vedove di Camus (163 votos).
Para cualquier escritor de Italia el premio Strega es una meta soñada. Dicho de otra manera, representa un salto cuántico, pues deja al ganador en una posición cómoda en el Continente Literario. Otorga visibilidad y, por si fuera poco, concede la tan preciada aprobación de los lectores y de los colegas. Le permite también un poco de fama fuera del círculo literario. Andrea Bajani, ganador del Strega el año pasado con la novela L’anniversario (Feltrinelli), define mejor esta idea: “La televisión, la polémica. Las traducciones en todo el mundo. Pero sobre todo, ganar el Strega es como obtener un superpoder”.
Si le gusta leer autores de otros países, échele de vez en cuando un ojo a este espacio, ya les daré novedades de la narrativa italiana contemporánea.

X @FederìVite
Instagram @monsieur_vate

 

Algunas actividades tangenciales

 

(Segunda de dos partes)

Voy a enviar unos documentos por un trabajo que se hizo hace meses, pero apenas se inicia el trámite del pago. Mi idea era hacer el envío en el Palacio Feral, pero estaba bloqueado por los maestros de la CETEG, no había servicios de correos. Debo caminar entonces. No sólo es triste el panorama por donde transito, entre la gasolinera Modelo y la clínica 9 del IMSS, sino que veo aún las huellas de muchas calamidades en los inmuebles de la avenida Cuauhtémoc; rastros de daño físico, tal vez nacidos de los temblores, tal vez por las lluvias, por los huracanes, tal vez sólo se ha terminado el tiempo de vida para ellos. Lo más novedoso son los cientos de puestos que han obstaculizado las banquetas. Se venden lentes, gorras, ropa, panes, quesos, tacos; se venden cocos, sandalias, plátanos fritos, conservas de tamarindo, joyas de alpaca y múltiples dispositivos para teléfonos celulares; tampoco tienen clientes. Es temprano, podría decir, pero ya pasadas las diez de la mañana las cosas no pintan bien; el calor aprieta y el cuerpo suda como una expresión natural del trópico. Mi sobre manila ya está manchado. No se ha corrido la tinta del remitente, pero aún faltan metros para llegar a la oficina de correos. Es cerca de la Divina Providencia, mejor conocida como iglesia de Dominguillo. Agrando la zancada.
En el libro de Edna O’Brian sobre James Joyce se cuentan algunas cosas que no tenía en el panorama: “Un amigo, Arthur Power, señaló que Joyce funcionaba mejor en un lugar ruidoso. Él necesitaba gente alrededor. A diferencia de Marcel Proust, ese otro genio que estaba escribiendo en París al mismo tiempo. Joyce evade lo sepulcral. En reuniones sociales, animado por los tragos, él podría recordar el consejo de James Stephens: ‘Diviértete y sé excedidamente alegre’. Joyce era un tipo raro, pero un gran jefe. Para él, el aislamiento sería insoportable”.
Asumo que la alegría es contagiosa. Aquí pudo haber sido muy feliz Joyce. El ruido es una constante durante todo el camino. He conocido a mucha gente con la misma afición que él, con una sed enorme por el público, una necesidad de atención que me pasma y me abruma; gente a quien he dejado de ver porque prefiero guardar silencio. Me sienta bien estar callado.
Me acerco a mi meta. El calor ya es pesado. Tengo la certeza de que exponerme al aire acondicionado será genial. Las rejas del inmueble están abiertas, pero la puerta de la oficina no. Un tipo que redacta un mensaje en el celular, montado en su moto, me mira. Tiene el uniforme de correos.
No hay luz, me dice, no hay luz. Hoy no vamos a trabajar.
–¿Entonces a dónde voy?, pregunto.
Mira el celular y me responde con una obviedad que raya en la molestia: Pues en Ejido o acá en la Estrella de Oro.
–¿Seguro?
–Sí, responde y sigue redactando el mensaje.
Me frustra la situación, pero opciones no tengo. En mi domicilio se ha ido la luz tres veces en esta semana; dos de ellas el servicio de energía eléctrica ha tardado más de ocho horas en restablecerse.
Edna O’Brian comenta en el perfil de James Joyce que el autor más conocido de Irlanda no siempre vivió en Irlanda y estaba mejor así, lejos de su patria. ¿Por qué? Bueno, inició un exilio voluntario y pasó largas temporadas en Croacia, Triste, Zúrich y París. Quizá París fue lo más cosmopolita de aquel tiempo y él lo vivió a plenitud. Pero me pregunto, la fama cambió a James Joyce. O’Brian, al respecto, señala: “La fama lo había cambiado. Lo que él dice en su libro lo aconseja en la vida. Estaba demasiado monetizado y mimado, bebía demasiado y solía hacer muchos juegos de palabras”. Dicho de otra manera, Joyce había hecho suyas muchas palabras y le era imposible soltarlas. Eso prefiguraba el nacimiento de Finnegans Wake (1924). Un libro que fue publicándose por fragmentos y al que siempre se le consideraba “work in progress”, pero incluso los críticos lo definen como un disparate muy bien posicionado en el mercado; de hecho, se ha convertido en un objeto de culto. Yo he intentado leerlo, pero me abruman sus tantas palabras, no sigo el ritmo de algo que parece haber sido escrito para llegar al paroxismo. Mi apetencia está en otras obras, quizá de baja escala, pero de mayor carga emotiva.
Avanzo hacia la Estrella de Oro y presiento que mi sobre no resistirá la caminata, pero me niego a pagar otros 15 pesos; no quiero subirme a otro camión. Soy obstinado. El calor ya es rudo y escucho en el sonido de los cláxones la histeria en la Vía Rápida. Hay tráfico denso. Entiendo así que los maestros que cerraron las oficinas de correos en el Palacio Federal ya bloquearon la Costera. Doy un paso tras otro. Recuerdo que leí Ulysses por primera vez hace veinticinco años. Me gustó a secas, pero mi verdadera lectura de placer ocurrió hace diez años. Tomé una edición hermosa de Easton Press Deluxe y me dediqué a explorar lo que de verdad es el talento de un escritor que no compite con los demás, alguien que concibe a la literatura como visión del mundo. También recuerdo que hace tres años volví a leer Dubliners (1914) y me pareció superior a Ulysses. Pero el libro de Joyce que marcó mi rumbo es Portrait of the artist as a young man (1916). Ese libro que comienza con el mugido de una vaca me abrió un horizonte que no comprendía y que ahora tampoco entiendo, pero atesoro muchísimo.
Llevo en la mente una cadena de recuerdos bellos que me he forjado con libros; aunque el calor es aplastante, no me devasta. Ya siento enrojecida la nuca y los cachetes, la cabeza está caliente, pero pienso en mundos refrescantes. Cruzo el parque Papagayo y se me despiertan otras memorias. He vivido en Acapulco, me digo, como si tuviera el alma aherrojada por una palmera y ese verdor ya me pertenece. Sudo mucho y el sobre de manila está mojado. Alcanzo los escalones que me conducen al segundo piso del edificio de la Estrella de Oro. Ahí está la oficina pequeña. Una mujer en tacones de aguja me mira con sobresalto. Ve el sudor en mis brazos y en la playera. Entrego el sobre.
–Ya se corrió la tinta. Así no lo puedo enviar.
–No me diga, respondo.
Quiero cumplir con mi acometido, pero será en otro momento. Yo sólo iba a mandar un documento, me digo, yo sólo iba a caminar veinte minutos. Debo desandar lo andado. Ya habrá tiempo para hacer lo que debo, pero una ciudad así, tan intempestiva, tan sin ley ni orden, no te permite procurar lo cotidiano. La tinta del sobre se ha corrido. Es cierto.
–Aquí adelante hay donde comprar sobres; vaya por uno. Lo espero, me dice en un tono maternal que me conmueve.
–Gracias. No tardo.
Así es vivir en el trópico, me digo, una contingencia.

*Para la escritura de este artículo utilicé el libro de Edna O’Brien James Joyce (Gran Bretaña, Weidenfeld & Nicolson, 1999, 180 páginas). La traducción de las frases entre comillas es mía.

X @FederìVite
Instagram @monsieur_vate

 

Algunas actividades tangenciales

 

(Primera de dos partes)

Salí temprano de casa. Había poco transporte y mucho cuchicheo en la terminal; los choferes hablaban del asesinato de un taxista ocurrido días atrás. Fue en la Costera, a la altura del hotel Pericos, frente a ese inmueble abandonado quedó el auto con el cadáver dentro. Yo vi el sedán de cuatro puertas. El hombre parecía recostado en el asiento del copiloto, pero ya no vivía. No les hago plática. Saludo y me responden con cierta indiferencia, porque a leguas se nota que quiero enterarme de la información confidencial que poseen. Llevó unos documentos que debo enviar por correo. Esa es mi encomienda. Sería más fácil hacerlo por un servicio de paquetería privada, pero los costos se han elevado mucho. Así que voy en el camión. No hay música; escucho los mensajes por WhatsApp que le llegan al chofer y él tiene la delicadeza de responder en voz alta. Recuerdo otras cosas que ya sabía, pero las olvidé; hace unas semanas mataron a una checadora en la terminal, cerca de la Plaza de Toros. Es cierto, digo en voz baja y trato de cambiar la secuencia de emociones que presagia esa revelación.
Suelo llevar libros en mis diligencias diarias, porque no sé cuándo habrá tiempo muerto y puedo capitalizar esos espacios en blanco leyendo. Esta vez cargo un estudio sobre James Joyce (Gran Bretaña, Weidenfeld & Nicolson, 1999, 180 páginas) de la estupenda narradora irlandesa Edna O’Brian. Repasa la vida de Joyce desde diversos ángulos: familiar, económico, religioso y, en especial, la manera en la que el autor de A portrait of the artist as a young man lidió con la fama.
Me quedé pensando en lo que había en el paisaje de mi realidad, tan alejado de Dublín, tan hundido los calorones de junio y tan perdido en la sensación de temor que se percibe en el ambiente. Las calles lucen solitarias, como si fuera un domingo por la tarde, pero es viernes. Veo transeúntes con la playera de la selección nacional puesta, pero no me siento parte de ese equipo. Me bajo en el Zócalo para caminar un rato, además, necesito comprar resistol, porque uno debe llegar con el sobre abierto a la oficina de correos. Los empleados revisan a profundidad el contenido del paquete y una vez acabado el chequeo puede cerrarse el sobre. Eso implica el primer paso del proceso (en algunas ocasiones me han dicho que no puedo enviar CD, discos duros o USB alguno porque puede haber pornografía; otras tantas ocasiones me han advertido que mis documentos se extravían porque parecen sospechosos. Total, siempre es una aventura apelar a Correos de México). El segundo paso es mucho más burocrático –chequeo de datos y firmas– y el tercero se consuma con el pago del servicio. Antes de cruzar la avenida percibo una nostalgia fría. En otros mundiales se sentía el futbol en las calles. Estaríamos hablando del partido del jueves, sin duda; sobre todo, del resultado de México ante Corea del Sur. Con pocos vehículos circulando en el panorama es más fácil todo. Cerca del Zócalo hay algunas papelerías que ubico muy bien, pero ya no compró ahí porque los productos son mucho más caros. ¿Por qué? Porque el cliente absorbe los costos de la extorsión. Camino por el Ayuntamiento viejo. Los negocios están más vivos, pero el ambiente es similar a un día de asueto. Avanzó hacia la parada del Vaquero. Gano terreno y llego a la calle Mina. En la esquina compro lo que busco y avanzo por esta arteria vial ahora libre, ni de broma comparada con el usual trajín de los viernes. Está llena de negocios discretos, sin clientes, con la Plaza de la Mujer a medio gas, porque tampoco hay mucho movimiento en la zona. Alcanzo la calle Morelos y metros adelante desciendo por la escalinata que me conecta a la entrada del Palacio Federal.
En el libro de Edna O’Brien se menciona que Joyce daba largos recorridos por Dublín, pues no soportaba los gritos de su familia. “En su juventud, fue sordo a los gritos de su familia; supo que si los hubiera escuchado él habría sido absorbido por ellos. Él era notable en los bares, un arrogante joven vestido con ropas a rayas, blancos y engomados zapatos, además de una gorra de navegación, ansioso por defenderse de burlas mediante discusiones acaloradas sobre Euclides y Tomás de Aquino; también advertía a sus opositores que él era muy bueno haciendo versos satíricos”. Bueno, esto no es Dublín. Tengo al frente otro horizonte, lo clarifico cuando veo sobre la acera, en la entrada del Palacio Federal, que los maestros de la CETEG cerraron las oficinas. No hay servicio en Correos; lo obvio es desandar lo andado y enfilarme a la oficina que está cerca de la iglesia de Dominguillo. Llevo más ideas en la cabeza. Al parecer, el Joyce de O’Brien padecía muchos conflictos religiosos y laborales. Cuando ya tenía los cuentos de Dubliners (1914) listos vivió un calvario relacionado con la publicación. En ese viacrucis aseveró: “No quiero ser un Cristo literario; pero quiera o no, lo llegué a ser”. O’Brien se refería a los sinsabores de haber escrito libros políticamente incorrectos. Por ejemplo, yo no sabía que Dubliners pasó por numerosos rechazos editoriales. Se contabilizaron 40 negativas en casas editoriales. Según el crítico literario Richard Ellmann y, no sobra decirlo, biógrafo de James Joyce, “Thomas Kettle lee aquellos cuentos y comenta que podrían hacerle año a Irlanda”. Es más, con el paso del tiempo, consideró que esos relatos eran anti-irlandeses. De hecho, la mención de muchos sitios públicos de Irlanda hacía más grande y molesta la publicación del libro. Luego de un estira y afloja con la editorial Grand Richards y gracias al apoyo de algunos columnistas influyentes de Reino Unido, Joyce logró publicar sus cuentos. En un año vendió 379 copias; 120 de los ejemplares los adquirió un joven sin dinero llamado James Joyce. Es, sin duda, otra anécdota de compleja digestión. Algo triste, pero con esos datos en mente me uno al trajín de la avenida Cuauhtémoc. Ya he manchado de sudor mi sobre manila; me preocupa humedecerlo un poco más. No quiero pagar otros quince pesos por un transporte que no me va dejar cerca de Correos. Debo caminar entonces. Voy a enviar unos documentos por un trabajo que se hizo hace meses, pero apenas se inicia el trámite del pago. Recuerdo también que mi tesis de licenciatura estaba fundamentada en la censura de Ulysses (1922). Me inquietaba. ¿Cómo era ese proceso? Años después viví una experiencia –en menor escala– que lindaba con la censura, pero esa es otra historia. Viene a mí Joyce cuando percibo los negocios sin clientes; entre empleadas se hacen bromas e incluso se comentan lo que atisbo en el ambiente. “Ni un cliente, mana. Ni uno solito desde ayer”. No se siente la efusividad de la Copa del Mundo. Nada de eso que vemos en las pantallas se filtra hasta estas calles en el viejo centro del puerto, donde los pocos que andamos tenemos en la mente ideas lejanas a un balón y una camiseta verde. Pero no hay tanto calor y eso ya es una gran ventaja.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

X @FederìVite
Instagram @monsieur_vate

 

Acerca de la estupidez rampante que opaca la genialidad

Sigo pensando que la inteligencia seduce; quizá es mi ancla para no aceptar que la estupidez es abismal y casi siempre triunfa. Digo que la inteligencia seduce, pero tengo una forma mejor de explicarlo con la novela The seventh samurai (Estados Unidos, Talk Miramax Books, 2002, 554 páginas), de la narradora estadunidense Helen DeWitt.
Este libro se publicó por primera vez en el año 2000 y desde entonces, hace veintiséis años, ha ganado miles de lectores. La novela circula, por supuesto, con un bajo perfil que apabulla. ¿Por qué una autora que indaga la genialidad precoz pasa inadvertida para muchos lectores? Tal vez porque a un genio lo devasta todo. Eso queda claro cuando uno se adentra en las páginas de este proyecto de largo aliento en el que Sibylla, una joven estadunidense que estudió en Oxford y vive en Londres, tiene las complicaciones propias de quien debe sortear la existencia como madre soltera. Tuvo un hijo: Ludo. No es un chico común. La historia de su gestación es simple: Sybilla se fue de fiesta con un reportero de viajes y tuvo una noche extraña. Ella no quería, pero las circunstancias la llevaron a tener sexo recreativo. Fue una noche sin control. Sybilla define las cosas de una manera mucho más fuerte, habla de esa fiesta como una estupidez superlativa. Es madre soltera. Se lamenta porque los principios de la crianza infantil que a ella le inculcaron no le sirven. Ludo es muy especial. Mucho. Empezó a aprender japonés a los cuatro años; ya había leído algunos cantos de La Odisea en su idioma original. Su madre abandonó una carrera universitaria y transcribe manuales técnicos que le ayudan a sobrevivir. Veía Los siete samuráis, de Kurosawa, al menos una vez por semana. Esto se debía a que, al no tener una figura paterna, el niño necesitaba modelos masculinos. Y la madre tenía la certeza de que un samurai era un gran molde. Sybilla tiene habilidades para aprender idiomas en poco tiempo, ese mismo talento posee Ludo. La madre teme que su hijo le pregunte ¿quién es su padre? La respuesta a esa interrogante da para mantener la novela en una tensión muy alta.
Ludo cobra relevancia desde las primeras páginas, pero la autora nunca pierde de vista a Sybilla. Lo grave del caso es cuando la madre debe llevar (porque es una ley en Inglaterra) a su hijo a la escuela. Ahí se descubre algo temible: la inteligencia de un superdotado no sólo asusta a sus compañeros, sino a sus maestros y a la institución educativa.
Ludo causa muchos problemas en la escuela y regresa a casa al cabo de un mes. ¿Es un niño prodigio o un chico que necesita mucha, pero mucha atención? Los lectores saben que Ludo lee griego, finlandés, árabe, hebreo y muchas otras lenguas más. El asunto es cómo administra esa inteligencia; porque el chico se obnubila a ratos, pues desea algo más simple: conocer a su padre. A los once años, inspirado por el clásico de Kurosawa, emprende la búsqueda del padre. A esa edad será golpeado, herido y amenazado con represalias legales. La vida es así. Quizá en la pesquisa encuentre a un verdadero samurai que pueda salvar a Sybilla, quien piensa en el aburrimiento como algo peor a la muerte. Toda esa inteligencia, de manera forzosa, debe perderse en pos de una simplicidad: sentirse amado.
Ludo persigue a los posibles padres gracias a las pistas que le da Sybilla. Espía a los prospectos, los hostiga y los molesta cuando intenta saber si ellos de verdad son la persona que él busca. No tiene mucha fortuna, pero así son los genios, inciertos y alocados.
La voz de Sibylla y la de Ludo chocan, se interconectan y ofrecen puntos de vista íntimos sobre una situación familiar sui generis. La cronología es lineal; las vigas maestras del relato son la madre y el hijo. La novela se divide en cinco apartados y en varios subcapítulos; muchos de esos son breves y otros, por supuesto, repletos de fórmulas matemáticas, palabras en otros idiomas e incluso pensamientos sueltos, de apariencia dislocada, pero ayudan a comprender eso que seduce de este libro: la inteligencia punzante. Pero la tensión está en saber si Ludo encuentra a su padre o no; pero eso es reduccionista, porque el libro toca otros puntos, como la compleja relación interpersonal entre personas hiper inteligentes y la terrible tristeza de luchar contra la estupidez sin resultados favorables.
Sybilla considera que el padre de Ludo es estúpido e innecesario, un analfabeta funcional que gana muy bien por hacer las cosas mal. Su única virtud es ser frívolo. Ludo domina la segunda parte del libro y lo más entrañable es cuando el chico entrevista a ciertos hombres que a él le gustaría que fueran su padre: científicos, lingüistas y periodistas. La experiencia es bochornosa e hilarante. Hay irreverencia, humor y dramatismo, pero nunca llega al aspecto melodramático del tema. Poco a poco, la figura de la madre se evapora. Él quiere ayudarla. Anhela estabilizar el ánimo de Sybilla para no verla hundida en un trabajo mal pagado y con una depresión tremenda. Ludo debe entonces convertirse en un chico sin padre y asumir todo lo que eso conlleva.
Me encantan algunas secuencias, en especial, cuando la maestra de Ludo entiende que está ante un genio, pero ella lo obliga a comportarse como alguien “normal”, porque su inteligencia “hace sentir mal a los que no son inteligentes”. Ludo “debe esforzarse más para no sobresalir, porque no es justo para quien se esfuerza mucho y obtiene pocos resultados”. Renuncia a la escuela y se decanta por aprender lo importante como autodidacta. Se une más a su madre. Durante los largos días de invierno recorren las líneas del metro; ahí la calefacción es gratuita y pueden leer sus libros favoritos sin sobresalto. Ludo, por supuesto, lee La Odisea en griego, The call of the wild y Winnie the Pooh. “Tres días después de descubrir su nombre, me di cuenta que me había precipitado en mis conclusiones. Muy a menudo, en los libros de viajes, el autor pasa de ser un ingenuo, un ignorante o un cobarde a realizar un gran acto de valor. Una semana después había leído todos los libros de mi padre. Debo admitir que esperaba encontrar una chispa de genialidad o de heroísmo que le hubiera pasado inadvertida a Sybilla. No ocurrió, pero yo seguí leyendo. No sé qué esperaba encontrar”.
El lector sabe que el padre de Ludo era escritor de viajes. Con esa pista se queda el chico y empieza un despertar vital mucho más complejo, porque la adolescencia no es fácil para nadie. La única certeza para Ludo, tomada de la película de Kurosawa, es que “un buen samurai parará el golpe”. Eso le da una lección: pase lo que pase estará bien. Saldrá de ese y más entuertos. Siempre.
El peligro de estar vivo también es una virtud que se sobrelleva con sabiduría, pero no con inteligencia, porque la inteligencia seduce y la sabiduría es un estadio mayor que ayuda a comprender mejor nuestros fracasos. Habrá que ser sabio entonces.

* La traducción de las frases entre comilla es mía.

X @FederìVite
Instagram @monsieur_vate

 

Dos extremos para el mismo requerimiento del pueblo

La segunda novela del colectivo de escritores italianos, acogidos bajo el seudónimo Wu Ming, es 54 y se publicó por primera vez en 2002. Aunque mi lectura se dio 24 años después del lanzamiento (Italia, Einaudi, 2014, 673 páginas), noto que este libro expone algunas ideas que siguen teniendo vigencia; en especial, porque la supremacía estadunidense pervive e intenta apropiarse de zonas específicas del planeta. Pero esta novela no sólo tiene que ver con la estrategia militar y el dinero sino con la forma de capitalizar el poder cultural.
54, orquestado como la mayoría de los volúmenes de Wu Ming, tiene la virtud de apoyarse en una investigación histórica rigurosa, no sólo para darle un soporte vital a los personajes sino para exponer desde el pasado lo que ven en el presente. Durante las primeras páginas de esta novela histórica el lector nota de inmediato la tensión entre el capitalismo y el socialismo, pero sobre todo, entiende que la carrera por un bando u otro es la treta ideal para un gobierno oculto más grande y más fuerte, cubierto por decenas de cortinas de humo.
Yugoslavia acaba de romper relaciones con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el partido Democracia Cristiana, de Italia, acoge a muchos fascistas en la vida política y el territorio libre de Trieste batalla contra Italia y Eslovenia, pues el país vecino quiere convertirlo en socialista. En medio de todo ese caldo de cultivo se cierne la trama primordial: el cineasta Alfred Hitchcock y el servicio de inteligencia exterior de Reino Unido, M16, intentan hacer una proeza. Quieren aprovechar que el actor estadunidense Cary Grant se ha distanciado de Hollywood y pretenden convencerlo para que haga una película especial, un proyecto ambicioso e inigualable en el que Grant protagonice al gran mariscal Tito. Se disponen las cosas para que Grant y Tito se conozcan, pues hay un interés genuino para que occidente filme la vida de Yugoslavia. De paso, se intenta que Grant aprenda cosas sobre Tito. El MI6 asevera que los dos hombres “tienen un gran parecido”.
Mientras esa subtrama de la novela corre, vemos en Nápoles a Lucky Luciano buscando la forma de establecer rutas de narcotráfico, no sólo de heroína sino de muchas otras cosas más. Pero lo interesante y lo más atractivo de estas dos líneas de acción (Luciano y Grant) es que ambos se unen a la historia de un televisor estadunidense de marca McGuffin Electric De Luxe; de hecho, Wu Ming trata a este objeto como un personaje real, se le considera “McGuffi”. Para hacer más grande la broma debo decir que “un McGuffin” es un elemento cinematográfico que permite generar suspenso; se le considera una herramienta acuñada por Hitchcock y en la trama de 54 adquiere una relevancia más allá de la mera enunciación, porque el televisor tiene la habilidad de pensar y va a contracorriente de esa referencia que se le daba a la TV en el año 2000, pues se le veía como “la caja idiota”. Es McGuffin quien le indica al lector los alcances de la tragedia que vive: “¡Cruel destino! Acostumbrado a deleitar al público con imágenes reconfortantes, se encontró siendo testigo silencioso de la miseria y de la violencia. Sin nada a lo que oponerse. Vacío ante el vacío. La inútil pantalla de diecisiete pulgadas parecía reflejar aún las escenas finales, descaradamente representadas ante sus ojos bien abiertos”.
Lo que me intriga de 54 es la pulsión social, porque mediante la estrategia narrativa de Wu Ming puede comprenderse el temor idéntico que existe entre algunas superestr­­ellas del cine y muchos políticos de izquierda, pues ambos tienen la urgencia de ser populares, tienen la urgencia de sentirse queridos por el pueblo, tienen la necesidad de ser adorados por las masas y, para bien o para mal, en 1954 no había otra forma de ser más popular que apareciendo en la gran pantalla del cine de Hollywood.
Es mediante este McGuffin que sabemos cosas significativas en la trama, pero lo esencial, como bien nota, es entender que estamos frente a una parodia histórica en la que hay muchos aspectos desacralizados y, de igual manera, muchos personajes que van de un lado a otro del planeta, conectan entre sí y de cierta forma limitan sus actos a una caldo de cultivo mayor: “la Guerra Fría no fue un periodo entre guerras, sino una guerra en sí, una ilusión de paz”.
También podría definir a este libro como uno de esos proyectos –ahora tan normales– en los que los espías también poseen una dosis iconoclasta que desploma la imagen hipertrófica de un hombre que labora sólo a favor de la patria. En esta novela incluso hay referencias a James Bond, en especial, a las novelas de este personaje, cuya vida era mucho más intensa, “y se condimentaba a base de martinis secos”.
54 transcurre en varios sitios en un mismo año: Bolonia, Nápoles, California, Moscú, Génova, Dubrovnik, Londres y Marsella. En esos escenarios, las cosas están contaminadas por la batalla entre capitalismo y comunismo, pero cada uno se mueve, como Lucky Luciano, de acuerdo con el ideal del dinero, pues la mafia italo-americana –ilustrada muy bien por Wu Ming– sacó partido de la Guerra Fría y aprovechó cada momento de esa confusión para propagar cualquier tipo de mercancías en sitios como Trieste, pues aquel territorio sufrió el contrabando de mercancías que venían del capitalismo y las deseaban con ahínco los socialistas.
México también aparece en la historia, en especial, porque un partigiano de abolengo y su hijo se adentran en las entrañas de la república mexicana, se conducen hacia Veracruz. ¿Por qué? Robespierre Capponi, alias Pierre, abrió un bar para locales; ahí conoce a otros mexicanos “luchadores” y ahí mismo se presenta un barbón llamado Fidel Castro, quien estaba reclutando gente para iniciar una ofensiva en contra del capitalismo. De esa manera, Wu Ming indica que la idea de cambiar el mundo a finales de 1954 también conlleva algo de azar.
Yo he apostado por comentar libros de segunda mano porque poseen una vigencia punzante que las novedades ya no poseen. El caso de 54 es relevante, pues a pesar de haber sido publicado hace 24 años, aún tiene mucho que decirle a los lectores jóvenes que no conocen, o se niegan a entender, la similitud entre los actores y los políticos. La diferencia entre ellos radica en un aspecto: unos tienen ideales y otros fingen que los tienen. Eso puede comprobarse en los hechos. ¿O no?

* La traducción de las líneas entre comillas es mía.

X @Federì Vite
Instagram @ monsieur_vate

 

La mirada puesta en Estocolmo

 

(Segunda de dos partes)

Retomo una de las frases de esa carta con la que Carmen Balcells empezó a gestionar el Nobel a García Márquez en 1982: “Por eso he tomado hoy la decisión de mandar copias del manuscrito a todos los editores extranjeros de García Márquez y a un reducido número de personas, entre las cuales he permitido incluirlo a Vd. (Nils Artur Lundkvist, la persona fundamental en la Academia Sueca para que le dieran el Nobel a un autor de lengua española), con la esperanza de que esta primicia, que en cierto modo es una infidencia de mi parte al autor y que ruego a usted considerar como confidencial, será en todo caso de su agrado y que la lectura de esta obra le permitirá disfrutarla al tiempo que podría juzgar sus cualidades y la maravillosa maestría de este escrito”. Esta delación de la agente literaria revela una pugna sucia por favorecer a los autores que representa y rompe todo protocolo. Pero en la biografía Carmen Balcells, traficante de palabras (España, Debate, 2022, 507 páginas), de Carme Riera, también hay otro tipo de aseveraciones de gran valía para quien atiende el mercado internacional de la literatura con azoro y desconfianza, por ejemplo: “No sólo la eficacia de Balcells como agente era impagable. Era impagable su complicidad. Durante ese tiempo, en especial durante su estancia en Barcelona, se fue solidificando el mutuo afecto y cimentando una especie de rara y extraordinaria simbiosis”. La relación entre García Márquez y Balcells tuvo como punto de encuentro la ambición; uno como autor, otra como agente literaria. Los dos tuvieron fortuna y fueron eficaces.
Riera señala que en Barcelona la noticia del Nobel para el colombiano llegó tarde. La Vanguardia, escribe la periodista, el viernes 22 dedicó la portada a Garcia Márquez con una foto que la ocupaba por entero y destacaba en el pie la vinculación del nuevo Nobel con Barcelona “donde residió siete años” y su juventud, en relación con los premiados, “sólo cincuenta y cuatro años”. Pero lo esencial de esto no es la confianza de García Márquez en Balcells, sino las habilidades de la agente literaria para conseguir premios a gran escala. Se supo que la “infidencia” entre Carmen y Lundkvist estuvo avalada por García Márquez.
El otro viaje a Estocolmo fue por Camilo José Cela, quien recibió el Nobel en 1989. “Si tomamos en consideración los recuerdos de Francisco Uriz, Balcells fue, en cierto modo, fundamental para que Cela llegara a obtener el Nobel, y también el mismo Uriz de alguna manera, puesto que convenció a su amigo Artur Lundkvist de que Cela debía ser tenido en cuenta. Tiempo después, Balcells, compinchada con Uriz, mandó a Lundkvist Cristus versus Arizona para que lo leyera, pero fue contraproducente porque a don Artur no le gustó nada y se lo pasó a Knut Ahnlund, otro académico, buen conocedor de la lengua castellana, para que opinara. Ahnlund escribió a Lundkvist: ‘El autor de esta bazofia, mientras yo viva, no podría ser nunca Nobel’. No obstante, Knut, siempre según Uriz, tras la concesión a Cela salió a la palestra para presentar al gran escritor español del que acababa de traducir Mazurca para dos muertos”.
¿Qué fue lo que los hizo cambiar de opinión? Riera no es clara en ese aspecto, sólo menciona la cantidad de cosas que Balcells mandaba a los académicos para manifestarse con frecuencia mediante “regalitos”. Pero algo hizo cambiar la opinión de los académicos mencionados y se relata que Ahnlund se fue de borracho varias veces con Cela y que el español le abastecía de jamón, “a pesar de que Ahnlund era judío”. Riera deja entrever lo que he venido mencionando: siempre hay algo que no es literario, pero facilita o entorpece las relaciones exitosas para quien tiene un agente ambicioso.
Hay un tercer caso, la última visita de Balcells a Estocolmo. Esta vez para que Vargas Llosa recibiera el galardón. “Al parecer, desde la Academia Sueca trataron de localizar al autor de La casa verde en los teléfonos de sus domicilios de Lima y Madrid, infructuosamente; y luego deciden llamar a su agente, convencidos de que ella sabría donde se encontraba. Ya por la tarde, habló con el (reciente) Nobel, que le preguntó, ¿cuánto había tenido que pagar por el soborno a los académicos suecos? Además, gracias a la emisora Radio Programa de Perú, que organizó a través de las ondas un encuentro entre el flamante Nobel y diversos amigos, la agente se comunicó con Mario, que le reiteró, entre risas: ‘¿Cómo has hecho para que me den el Nobel? Yo tenía mucha fe en tus poderes. ¡Pero realmente que hayas llegado a corromper a la Academia Sueca…! Ella (Balcells) exultante dijo que había recibido muchas flores ‘¡como si me lo hubieran dado a mí!’”.
Lo interesante del asunto es que Balcells tenía previsto el Nobel para Vargas Llosa, “pero más adelante”, en 2012.
Riera detalla que Vargas Llosa no le agradeció tanto a Balcells por el galardón; de hecho, el principal elogio durante el discurso de recepción fue para una ex esposa de nombre Patricia. Carmen quedó en segundo plano. No ocurrió lo mismo cuando ganó García Márquez. Ni cuando obtuvo Cela el premio. Es más, por causas de fuerza mayor, Carmen tuvo que volver a Barcelona sin ver cómo investía el rey de los suecos a Vargas Llosa. Éste, como puede notarlo, fue el Nobel en el que menos figuró Balcells. Tal vez porque Vargas Llosa tenía otros grupos de apoyo. Pareciera, entonces, que Balcells dejó de tener influencia con los relevos en la Academia sueca. Estaba lejos de lo que fue en los años 80. En esa época tenía toda la red de apoyo lista para vender escritores y para impulsarlos en todo el mundo. En 2010, las cosas cambiaron para ella; no para el sistema. Recordemos que en 2018 hubo un escándalo, pues se hicieron públicas algunas denuncias de corrupción entre editores, agentes y académicos. Se hablaba de cosas graves –tan graves como las que reseña Riera–pero no se dieron muchos nombres.
A contraluz de estos hechos, pienso en Jean-Paul Sartre, en Le Duc Tho y Boris Pasternak, ellos tres renunciaron al Nobel por motivos distintos; en el caso de Tho y Pasternak se alude a causas geopolíticas como explicación del rechazo, pero con Sartre las cosas son mucho más interesantes, pues el francés creía que al aceptar el Nobel mermaría su capacidad crítica y, por tanto, su libertad. La diferencia entre éste y los casos mencionados en estos dos artículos es abismal.
En una escala menor, debo decir que he conversado con varios agentes literarios y la conclusión que obtengo es simple: para firmar un contrato con las agencias no es relevante el talento sino la rentabilidad. Es decir, las agencias intuyen la rentabilidad de la obra y eso permite entender el motivo por el cual ciertos libros están “tan inflados”, “tan pu-blicitados”, “tan premiados”, pero sólo son leídos por unas cuantas personas; otros textos parecen haber sido escritos por bisoños. El caso es no dejarse cegar por la fluorescente aura de un nobelable. De ahí la importancia de tener un criterio, pero ese aspecto es harina de otro costal.

@Federí Vite
Instagram @ monsieur_vate

 

La mirada puesta en Estocolmo

 

(Primera de dos partes)

En la biografía de la agente literaria española Carmen Balcells, traficante de palabras (España, Debate, 2022, 507 páginas), de Carme Riera, se delatan algunas cosas muy serias, pero disfrutables por el tono de la narración; por ejemplo: “No confiemos en la memoria de García Márquez”. Uno más: “Por su parte, El jardín de al lado, a mi entender, una novela fallida, posiblemente la peor de (José) Donoso, y no por el hecho de enmascarar a personajes reales con nombres ficticios, muchos de ellos tan reconocibles como el protagonista y su esposa, sino porque no consigue dar con el tono adecuado”. Aunque no estoy de acuerdo con la sentencia de que lo fallido es el tono en El jardín de al lado, me gusta que Riera sea desfachatada. Con ese recurso posiciona a Balcells como una mujer mucho más poderosa y eficiente que una vivaracha agente literaria.
También quiero darle cauce a algunas certezas que yo he ido edificando al leer Personaje secundario (2025), de Enrique Murillo, y El enigma del oficio (2022), de Guillermo Schavelzon. Hallo en estos referentes bibliográficos rastros del negocio que se encumbra con base en las luchas internas en el Continente Literario: agarrones tras bambalinas, peleas que se libran con jurados, con editores, con propagandistas y pocas veces tienen que ver con la literatura. Tal parece que los “autores consagrados” tienen una red de apoyo: poseen conexiones interpersonales que facilitan premios, libran escollos y propician giras interminables en busca de fama y buena rentabilidad en el mercado.
Riera detalla una serie de aspectos que no logra ver un lector debido a las innumerables cortinas de humo en el ecosistema mercantil de la literatura. “Al parecer, la persona fundamental en la Academia Sueca para que le dieran el Nobel a un autor de lengua española era Nils Artur Lundkvist, que los proponía cuando le gustaban y que, al parecer, conocía muy bien la literatura de los países latinoamericanos, por los que se sentía atraído desde que iniciara un largo viaje tras la concesión del Nobel a Gabriela Mistral; además, pasaba temporadas en España y había leído a los autores españoles más relevantes”.
Lundkvist, señala Riera, era un excelente traductor y escritor que destacaba especialmente como poeta, una persona de ideología progresista –había recibido el Premio Lenin de la Paz en 1968–, además de ser amigo de Olof Palme, que lo admiraba; también era amigo de un antiguo comunista español afincado en Suecia como traductor y profesor, llamado Francisco Uriz, que al parecer, ejerció un destacado papel de mediador de los escri-tores españoles e hispanoame-ricanos ante Lundkvist, en especial, a partir del momento en que este ingresó en la Academia Sueca, en 1968. “Si acepto entrar fue”, según confesaba en una entrevista, “para poder influir directamente en el Premio Nobel”. De hecho, se lo dieron a uno de sus poetas predilectos: Pablo Neruda, quien obtuvo el galardón en 1971.
Riera menciona dos sujetos de interés: Lundkvist y Uriz. “Posiblemente Lundkvist hablara con Neruda de Gabriel García Márquez –que había visitado Suecia en varias ocasiones, según documenta Gerald Martin– y del fenómeno extraordinario que supuso Cien años de soledad, del que también trataría el decano Uriz, quien habría entrevistado al escritor en los 70 en Barcelona. El nombre del colombiano sonaba como nobelable desde comienzos de los años setenta, como lo confirmara el propio Lundkvist. El académico sueco, al contestar para Mundo obrero en 1971 a una pregunta de Uriz sobre los candidatos al Nobel, señala, entre otros –Carpentier, Cortázar, Vargas Llosa y Fuentes–, a dos candidatos especialmente respetables: Octavio Paz y Gabriel García Márquez.
García Márquez, detalla Riera, luego de la ascensión al poder del dictador Pinochet, tras el golpe de Estado contra Allende, emprendió una huelga creativa. El colombiano prometió no publicar nada mientras el dictador estuviera en el poder. Era un silencio inusual para una protesta. De hecho, esa huelga me sorprende, y me motiva a enunciar una cuestión, ¿la literatura de verdad era tan poderosa como para “amenazar” a un dictador con una huelga creativa? Obviamente no. El único que salió mal parado fue García Márquez, y como tenía interés en ganar el Nobel, atendió el consejo de Balcells: volver a publicar. Entonces emprendió una serie de colaboraciones con el diario El Espectador en los que el autor de El otoño del patriarca “se refería a la Academia Sueca y también al comité Nobel de manera positiva. Además, movió los hilos para que los intelectuales de izquierda lo liberaran de su promesa de no escribir novelas. Así ocurrió en el verano de 1981 en La Habana, durante el Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, mediante un documento”. Dicho de una forma clara, estas son las patrañas más hermosas de un narrador al que no le satisface la literatura. Necesita el respaldo de un premio y de un grupo político para tener más dinero y más poder, para que su trabajo sea “más literario”.
Riera señala: “Por su parte, Carmen Balcells, siempre pronta y eficaz, escribió a Lundkvist el 9 de agosto de 1980 una carta que muy amablemente me proporcio-nó un amigo de Francisco Uriz”.
Por razones de espacio, me gustaría reseñar sólo aspectos esenciales de la misiva:

Distinguido amigo:

Alguna vez leí en L’Europeo un comentario de que a García Márquez le falta un libro para obtener el Nobel y tengo la corazonada, e incluso la certeza, de que esa obra también puede ser la que tenemos entre manos.
En efecto, tengo en mi poder, como agente literario de este autor, el original inédito de una nueva obra narrativa titulada Crónica de una muerte anunciada.
El autor ha declarado públicamente en diferentes ocasiones que no publicaría ninguna nueva producción narrativa hasta la caída de Pinochet. No sé qué cosa imaginar para decidir al autor a que publique su libro. En realidad, pienso que lo ha hipotecado, y que dejándolo inédito ahora que ya está terminado, lo convertirá en un involuntario homenaje al general Pinochet, pues tengo la convicción de que gracias al contacto con sus lectores, a través de su nueva obra, el contenido político de su promesa podría difundirse mejor y ser de provecho.
Por eso he tomado hoy la decisión de mandar copias del manuscrito a todos los editores extranjeros de García Márquez y a un reducido número de personas, entre las cuales he permitido incluirlo a Vd., con la esperanza de que esta primicia, que en cierto modo es un infidencia de mi parte al autor y que ruego a usted considerar como confidencial, será en todo caso de su agrado y que la lectura de esta obra le permitirá disfrutarla al tiempo que podría juzgar sus cualidades y la maravillosa maestría de este escrito”.
Para mí es evidente que muchos premios “importantes” y/o “trascendentales” se arreglan entre agentes literarios, jurados y editores; muchos premios se trabajan desde afuera de los márgenes del oficio escritural. Antes lo dudaba, ahora no. Sé de cierto que la razón por la que algunos autores ganan “prestigio” casi nunca está ligada a la literatura.

@Federí Vite
Instagram @ monsieur_vate

 

Un asunto delicado

La obra de la escritora francesa de origen ucraniano Irène Némirovsky no tiene parangón. Abordó con acierto la siempre complicada arista de las relaciones interpersonales. Fue judía, sufrió el Holocausto y tuvo la amabilidad de meter las manos al fuego para detallar algunos aspectos que darían forma a la novela póstuma Suite Française (2004). Este libro, como tantos otros títulos imprescindibles, ya la reseñé en estas páginas años atrás. Némirovsky se casó con el ingeniero y banquero Michel Epstein, con quien tuvo dos hijas. Publicó en París su primera novela, titulada Le malentendu (1926), traducido como El malentendido. Poco después llegaría la consagración como escritora con David Golder (obra que ha sido adaptada tanto al cine como al teatro) y Le Bal (1930), titulada en español El baile.
En 1938, pese a que ya era una escritora reconocida en lengua francesa, el gobierno de Francia rechazó su pedido de nacionalización. Por ese motivo, el 2 de febrero de 1939, Irène y su familia optaron por convertirse a la fe católica. Sin embargo, a raíz de la promulgación de las leyes antisemitas, en 1940, la autora se quedó sin publicar más libros, sin trabajo y su marido tampoco pudo ganarse la vida como banquero o ingeniero. Ante este panorama, la familia Epstein optó por refugiarse en la comuna Issy-l’Évêque. El 13 de julio de 1942, la gendarmería francesa arrestó a Némirovsky, quien fue trasladada al campo de Pithiviers; más tarde, a Auschwitz, donde murió por tifus el 17 de agosto de 1942. Es importante destacar que, tras su muerte, Irène continuó sorprendiendo a los lectores, pues gracias a que sus hijas sobrevivieron logramos conocer algunos libros más: Suite Francesa (obra distinguida con el Premio Renaudot a título póstumo), La vida de Chéjov y El ardor de la sangre.
Yo busqué con cierta obsesión un ejemplar de L’ennemie (1928) y lo encontré. El primer impacto fue focalizar a tres figuras femeninas; las hijas Gabri, de once años, y Michette, la más pequeña. Ellas llevan el rol principal durante las páginas iniciales. Se pinta una ciudad esplendente, con las flappers como numen, ese tipo de mujeres que revolucionaron la forma de vestir y de comportarse. Se percibe la fuerza de una energía femenina. Aparte de Gabri y Michette, el lector tiene en mente a la madre de esas dos chicas: Francine. Las pequeñas viven a solas, asistidas por algunos vecinos, tutores e institutrices. Francine es una mujer joven, interesada en disfrutar su cuerpo; el esposo no está con ella en París y, por tanto, ella tiene muchos amigos, sale a pasear, a beber y a bailar. Pasa la mayor parte del tiempo fuera de casa. Esa soledad entre hermanas permite a Gabri y a Michette conocerse mejor. Fomentan su universo interior y en una noche, normal y festiva de aquellos años en esa ciudad mítica, una de las hermanas muere. Esa gloriosa recreación de hábitos y costumbres de la época se transfroma con la muerte de una hermana. Lo que sigue en la historia es tremendo, porque el duelo familiar cambia la perspectiva de todos los personajes. Aparece el padre, León Bragance, porque ha vuelto de la guerra.
La manera en la que los personajes se mueven tras la muerte de Michette es aleccionadora; la autora logra que la progresión dramática sea natural e impacta al lector con una irremediable serie de discusiones asfixiantes entre madre e hija.
Gabri culpa a Francine por la muerte de Michette, pero el pulso de Némirovsky conduce los hechos por el sendero del autodescubrimiento. E incluso, a menudo “se olvida” que Michette murió. Pero ese aparente olvido se manifiesta con elegancia al final de la novela, porque Gabri crece y nunca perdonará a su madre. Eso las convierte en enemigas. Francine envejece, se debilita y, por supuesto, se deprime. “Siguieron cinco años pesados ante sus ojos. La belleza de Francine hecha especialmente de frescura y vigor, seguía radiante; había alcanzado madurez, como las frutas que rebosan de savia”. Gabri, en cambio, alcanzó altura, belleza y atracción por los varones. Encuentra, por casualidad, el rostro de su primo. “Pero Gabri ve a Charles, estos bellos ojos peligrosos, sombras y secretos, como una noche italiana, no se separaron de Francine durante toda la tarde”. Ahí se sugiere un triángulo amoroso que crece.
Gabri empieza a tener la pulsión de vivir sola. Pero antes de eso, ¿cómo se va de casa? ¿Cómo le dice a su madre que se ha enamorado de un hombre? La propuesta de Némirovsky es asombrosa, porque recurre al diálogo, casi de una forma teatral, para estabilizar los ánimos entre Gabri y Francine. Pareciera muy sencillo reproducir las habilidades literarias de esta autora, pero el resultado no sería igual en manos de un bisoño o de un insensible. ¿Cómo trabajar con el odio entre madre e hija? ¿Cómo? El telón de fondo es el París de los locos años 20, donde se creía, por voz de algunos de los amigos de Gabri, que se idealizaba el romanticismo, pero tenía una gran falla:
“–El amor… una prisión que nosotros construimos”.
L’ennemie (Francia, Folio, 2019, 179 páginas) no es nada más una historia conmovedora sobre la muerte y las relaciones filiales, sino una propuesta extraordinaria para quienes intentan salir del bucle de la superficialidad. Es una historia entrañable; aunque el final tenga un giro rudo e intempestuoso, se impone la lógica interna del libro y se asume la certeza de estar ante una novela bien contada.
Cuestión aparte, la prosa es orquestada para comunicar toda la historia sin exabruptos y confirma así que Irène merece mucha más atención de los lectores que buscan rasgos de humanidad indiscutibles, no efectos especiales ni panfletos. Quizá L’ennemie sea la novela más autobiográfica de Némirovsky. Apareció en el mercado editorial por primera vez en julio de 1928 en la revista Les Oeuvres Libres. En aquel momento se publicó con el seudónimo “Pierre Nérey”. Años más tarde se sabría el verdadero nombre de la autora. 98 años después, La enemiga sigue leyéndose como si fuera un libro recién salido de la imprenta. Para nuestra fortuna, esta obra aún puede conseguirse en muchas librerías y en varios idiomas; sobre todo, en español.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

X @FederìVite
Instagram @monsieur_vate