Dos casos de experimentación

 

(Segunda de dos partes)

Beautiful Losers (Estados Unidos, Vintage Books, 1993, 243 páginas), del compositor, cantautor y poeta canadiense Leonard Cohen, es uno de esos libros en los que encapsula la experiencia sexual y mística de un triángulo afectivo. No se trata de un texto que prefigura el poliamor, pero sí atisba una experiencia terrenal en la que el deseo, tanto carnal como místico, se explora a cabalidad. En especial, porque el autor recurre a un punto de vista distinto para hablar de un triángulo amoroso.
El narrador y protagonista, sin nombre, cuenta el ataque sexual a su esposa, Edith, y los violentadores tienen, más que deseos de dañar, una voluntad por demeritar la belleza de una nativa americana. La ven, aparte de una mujer hiper sexualizada, como una ciudadana de segunda línea. El ataque a Edith dispara en el narrador una búsqueda espiritual, algo que equipara con la ordalía de un santo. Para él, la violencia que padece Edith es muy parecida al camino que elige una santa. “Le quitaron la ropa, pero evitaban que las nalgas se dañaran con el filo de las piedras. No querían estropearlas en ese momento”.
Publicada por primera vez en 1966, esta novela no tuvo, ni ha tenido, ruido literario y eso me indica que la voluntad creativa, por lo menos de este libro, se fundamenta en dar una fiel exploración a los límites de algo que para efectos prácticos considero una yuxtaposición del lenguaje narrativo y poético.
El narrador, una vez que confiesa el ataque de Edith, detalla su obsesión por la vida de Catherina Tekakwitha, una nativa canadiense que fue canonizada. Equipara entonces a la santa con Edith. Aparte de las reflexiones sobre una y otra mujer, la voz narrativa cree que el daño y la recompensa son dos caras de una misma moneda.
Entre el narrador y Edith hay una personaje más: F. Los tres poseen vínculos que no se pueden describir de manera simple, por eso el libro ofrece esta visión cuasi psicodélica de un triángulo amoroso. Lo que más se nota es la poesía de Cohen, hay imágenes hermosas, un poder vocativo inmenso, pero nula o casi nula, tensión narrativa. Por ejemplo, se dicen frases como esta: “Ella es la única en todo el mundo que cree que coger es sagrado, sucio y hermoso” y más adelante se inicia una enumeración de objetos que poseen la triste y siniestra forma de una habitación vacía.
Otro factor a destacar es que en muchos pasajes del libro hay concatenaciones de lenguaje; en especial, del francés al inglés, largas citas en las que se fusionan esos dos idiomas y le permiten al lector comprender que estamos ante un artefacto que dispara un idiolecto en aras de la creación de un universo persona. Cito: “Los Iroquos casi ganan. Sus tres mayores enemigos eran los hurones, los alonquines y los franceses. ‘La nouvelle-francesa se va perdre si elle n’est fortement et promptement secourue’ . Tanto escribio Le P. Vimont Supérieur de Québec, in 1641. Whoop! Whoop! Recuerda las películas que nos gustaban”.
Cohen también pone sobre la página textos en griego. Juega con el griego y inglés, busca equivalencias lingüísticas para expandir la camisa de fuerza de la novela como género; es decir, llena el saco de un montón de referencias para que el lector las vaya decodificando y se contagie de este proyecto que rezuma rebeldía.
La referencia directa de esta novela es, por supuesto, Henry Miller y William Burroughs, elementos que para bien o para mal dieron al entonces joven Cohen una voluntad estética, como si emulara esos prodigios con una vitalidad similar, pero con un tono narrativo un poco más siniestro.
En cuanto a la estructura, Beautiful Losers se divide en tres partes. Book one: The history of them all, Book Two: A long letter of F y Book Three: Beautiful Losers. Así es más claro el triángulo amoroso. La primera sección es la más sustancial y la que aspira a trabajar con elementos puramente narrativos. Se tienen las referencias de Edith, de F., y el narrador, quien describe no sólo lo físico sino la psique de los personajes mencionados, con quienes arma y desarma un triángulo afectivo. En el segundo apartado, el lector descubre una carta muy larga de F., quien formó parte del movimiento separatista de Québec. Es un tipo lujurioso y problemático. Detalla cómo era el sexo con la esposa del narrador: Edith. También expone muchas cosas de índole moral, porque intenta decir, más bien, intenta imponer un deber ser en el narrador con la intención de que el narrador sea una buena persona, más comprometida con la política de su tiempo.
El tercer libro, homónimo de la novela, cobra una relevancia íntima. Pues critica el contexto en el que vive. También es un reflejo de los tiempos que corren, en especial, lo relacionado con el racismo y las ideas supremacistas. Describe a F., como si fuera un corruptor de menores. Lo percibe como un viejo pedófilo y, de alguna manera, casi glorifica las “graciosas y extravagantes” experiencias de este perverso. Pero gracias a este apartado, el lector asume que toda la trama gira en torno a un momento específico en el que la joven Edith, el viejo F. y el narrador vivieron los efluvios de la experimentación mística en la sexualidad.
Un libro como Beautiful Losers resulta extraño y, me temo, generaría desconfianza en muchos lectores, pues la apuesta es kamikaze, no busca sólo narrar sino criticar y compadecer a ciertos personajes que se caracterizan por ser perversos. Abre un rango inusual de reflexión cuando fusiona, a la manera de George Bataille, los elementos del deseo y el misticismo, tal vez para tener una experiencia interior total, para hacer de ese tópico una búsqueda estética que se ciñe a la longeva fila de la experimentación.
Un libro como Beautiful Losers no tendría cabida en el mercado editorial contemporáneo, sobre todo, por la mofa a la corrección política, este hecho le daría muchos dolores de cabeza a la editorial que publicara esta novela. Es un texto cuya prosa maleable está más próxima a la poesía, pero en grandes momentos adquiere visos de monólogo teatral. ¿Sirve de algo tanta experimentación? Yo creo que sí, pero es un fruto que no se ve con amabilidad para quienes intentan ser tradicionales, es un poco como arar la tierra baldía en busca del milagro de la buena cosecha. Tal vez la experimentación literaria esté ahora demodé, pero implica una lucha, con el cuchillo entre los dientes, en contra de lo establecido en el Continente Literario. ¿Vale la pena eso? Me parece que sí. Siempre.

*La traducción de las frases entre comillas es mía.

@Federì Vite
@monsieur_vate

 

Dos casos de experimentación

(Primera de dos partes)

The end of the story (Estados Unidos, Farrar, Straus and Giroux, 2004, 231 páginas) es la primera novela de la traductora, narradora y ensayista estadunidense Lydia Davis. Me interesó la densidad de esta prosa que considero abigarrada, sin respiro ni pausa, dotada de un estilo que me recuerda a la obra más conocida de Evan Dara, The lost scrapbook (1995); también, a la inolvidable Marguerite Duras, en específico hablo de La maladie de la mort (1982).
La organización del texto en la página comunica un poco de ansia y cierta dosis de confusión. Una estrategia espléndida si se toma en cuenta que el libro de Davis da cuenta de un fracaso romántico. Para ser preciso, aborda una catástrofe sentimental a la que es importante darle sentido, porque la voz narrativa (protagonista de la historia en este caso) no sabe cómo asir los hechos que está tratando de contar. “La última vez que lo vi, no sabía que sería la última”. ¿Quién es el sujeto del que habla? En la medida que el lector se adentra en la trama entiende que el relato es narrado por una traductora que ha ganado un poco de dinero y usa ese capital para dedicarse a escribir una novela corta.
Grosso modo, The end of the story (publicada por primera vez en 1995) detalla un affaire con un joven que la protagonista conoció de una manera inesperada: él iba sudoroso, confundido y a la narradora le pareció atractivo e interesante. Se trata de un tipo al que ella define como alguien cuya mirada es de “vagabundo”. También es un hombre que escribe poesía y ella le acompañó a ciertos lugares relacionados con la literatura y se hizo amiga de algunos conocidos de él, pero no lograba conocerlo de verdad. Tampoco evidenciaron su relación en público, pero “se notaba que había un vículo”. Hay frases que enrarecen la historia, por ejemplo, “tengo algunos recuerdos de él, memorias”. Suelta esa idea y argumenta de inmediato: “Tengo que imaginar sus botas, sus blancos y anchos muslos, como si él se agachara o se sentara, y la abierta y franca expresión que él tenía siempre en el rostro, hablando con esas mujeres que no demandaban nada de él. Yo era consciente de cómo lo veíamos, mi amigo y yo, nosotros sentados con las piernas arriba de los respaldos de las sillas; noté que él era más viejo que mi amigo e incluso más viejo que yo, también noté que mi amigo le consideró un hombre atractivo”.
Con esas líneas empieza a dibujar un personaje del que se saben pocas cosas, porque lo atractivo de la historia es que la narradora intenta comunicar el proceso de escritura de una novela, pero no lo logra porque su mente está arrobada por ese hombre que escribía poesía y con quien tuvo un affaire. Como bien nota, el vínculo entre ellos está arraigado en la literatura; él escribía poseía, ella intentaba crear un proyecto de mediano alcance en la narrativa y trabajaba también como traductora. El dinero que ganaba lo invertía en fiestas: cerveza, cigarros y libros. Claro, aparte liquidaba la renta y los alimentos. Él parecía un clochard (también sabía francés) y ambos tenían ganas de conocerse, pero había límites que ella no lograba precisar.
The end of the story transcurre en un año, porque es el tiempo que la narradora se ha dado para escribir la novela. Pero la forma en la que Davis organiza el texto no es usual, experimenta con el orden cronológico de los hechos. Ella lo explica mejor en el siguiente párrafo: “Hice dos viajes al Este; pero no sé si podría describir el primero al principio; después, el segundo, porque siento que el orden cronológico no es una buena cosa, incluso es mucho más fácil hacerlo, yo podría romperlo. Cuando los hechos están en orden cronológico no se impulsan por causas y efectos, por necesidad y satisfacción. ¿Los hechos no corren hacia adelante con su propia energía, pero son simplemente arrastrados por el paso del tiempo? ”.
La novela hilvana ideas que parecen estar muy lejos del núcleo, pero la manera en la que Davis trabaja el relato nos permite entender que su postura es darle cauce a las corrientes subterráneas, mejor conocidas como subtramas, aunque eso vaya en detrimento de la tensión narrativa.
Si busca una novela que posee alta tensión narrativa, este libro no será de su agrado, porque postula otras virtudes; en especial, es dispersa cuando ofrece un panorama del personaje principal, incluso detalla minucias relacionadas con lo que se usa y no usa en la novela; lo que está contado en The end of the story no es parte de la relación entre la narradora y el hombre que escribía poesía, es algo más complejo. Esa parte que no se usa, pero está narrada, tiene la densidad de lo baladí. Quizá debería cortarse, pero al exponerla deja ver al lector el proceso creativo de esta novelista sui generis.
Otro aspecto que me interesó es el relacionado con “recuerdos falsos”, cosas que no se sabe si ocurrieron o no, pero la protagonista los convierte en un punto de apoyo, un dispositivo que une la ficción con la realidad. “Comencé a suponer que las cosas que yo escribía, hubieran ocurrido o no, podían tener forma dentro de la historia, entonces empecé a buscar el inicio y el final”. Faltaba la media res, lo intermedio y eso implicaba contar cosas a medio pelo entre ficción y realidad.
Esos puentes ficcionales tampoco podían regularse ni medirse, porque crecían como organismos autónomos que recibían los efectos de otro hecho y ambos provenían de una causa. “Yo me quejaba con Ellie hace algunas semanas que la novela intentaba ser corta, y ha ido creciendo y creciendo, y era claro que iba a ser completamente larga antes de que yo pudiera tomarla y darle el tamaño que podría tener”. ¿Cómo editar la historia? Esa es la pregunta que da el cerrojazo a la novela. Es decir, esa “extension” de la novela se debe en parte a los “recuerdos falsos, confusos, abreviados o fusionados entre sí”, porque lo sustancial es un affaire entre dos personajes, pero, ¿cómo acaba una historia así? La respuesta es el motivo por el que Davis dio ese título a este proyecto (The end of the story) y obedece a lo inhabitual de un libro escrito en nuestros tiempos. Davis propuso cosas distintas. Es un ejemplo de implosión en la narrativa reciente. Al leerla uno comprende el periodo de literatura ultra procesada en el que vivimos.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@Federì Vite
@monsieur_vate

 

Hacia una literatura vanti-age

L’Étoile du Nord es una novela corta del escritor Georges Simenon y forma parte de la serie Detective Maigret. Fue escrita en la comuna francesa de Neuilly durante el invierno entre 1937 y 1938. Se publicó por primera vez en el semanario Police-Roman No. 23 (Septiembre de 1938), nueve meses después de haber sido escrita. Tuvo una recepción discreta del público. Seis años más tarde, la editorial Gallimard la iuncluye en una colección de nouvelles. Adquirió volumen y densidad de libro con un título casi homónimo: L’Étoile du Nord et autres enquêtes de Maigret, pero lo más sorprendente es que este libro publicado hace 82 años no tiene arrugas. Se lee bien, joven, sólido y convincente.
L’Étoile du Nord et autres enquêtes de Maigret (París, Gallimard, 2015, 128 páginas) agrupa tres textos de corta y mediana extensión: Rue pigalle, Stan le tueur y L’Étoile du Nord. En ninguno de estos relatos se nota que fueron escritos hace ochenta años; la mano sobria del narrador es precisa, pero no se somete nada más a los hechos, pues las disertaciones –características del entrañable Maigret– dan un rango de movimiento al cuerpo del relato y a ratos pareciera que se trata de un autor contemporáneo, alguien que habla de un mal de nuestro tiempo, eso se debe a que Simenon era un conocedor del mundo criminal y hábil para dar información en pocas líneas y en breves diálogos. Es imposible negar el talento y la elegancia de este narrador nacido en Bélgica. Su obra, insisto, tiene la lozanía de lo joven.
En Rue pigalle, Maigret investiga un caso que involucra a dos bandas rivales: Los corsos, liderados por Christiani, y el Clan Marsellés. Cuando el líder marsellés es arrestado, procesado y condenado, su banda sospecha que todo fue obra de Christiani y lo buscan para consumar una venganza. Esta pesquisa involucra otros crímenes. Maigret identifica a todos los integrantes de las bandas y trata de apaciguar la creciente ola de violencia. Así que gracias a sus habilidades deductivas logra adelantarse un paso a los delincuentes. Eso le permite cerrar con fortuna la historia. Me gusta el inicio de este relato. Las primeras líneas anuncian que algo grave ocurrirá de una manera singular: “Cualquiera que hubiera entrado a la casa de Marina en busca de aventuras, sin duda, no habría visto nada más que el fuego”. Aparte de la pericia narrativa, hay destellos humoristas que agrandan el placer de este cuento.
“Stan le Tueur” también fue escrita en Neuilly durante el invierno de 1937 y 1938. Es decir, tiene el mismo sitio de gestación que “L’Étoile du Nord”. En esta historia Maigret y sus inspectores vigilan un hotel en la Rue de Birague, en París, donde se escondía una banda polaca; los bandidos asaltaban granjas aisladas en el norte de Francia y, no sobra decirlo, eran extremadamente peligrosos. Un hombre extraño, también polaco, se acercó a Maigret y le ofreció ayuda para arrestar al líder de la banda, Stan, El Asesino”; pero en la medida que se inician las pesquisas y debido a que los resultados de la vigilancia son malos, Maigret se da cuenta que busca a un hombre alto, fornido, malencarado; pero a Stan nadie lo ha visto. ¿Es posible que sea una mujer? El giro de la trama es impecable. A buen tempo. “Yo creo que nunca había sentido tanta rabia en mi vida… yo sabía que la solución estaba allá, muy cerca, que sólo faltaba un poquito. Al traer los retratos vi que eran perfectamente parecidos”.
La Estrella del Norte es el más elaborado de los tres; el autor requirió de mayor precisión en los trazos de los personajes y de una estrategia narrativa de mayor engranaje, no sólo tensó la trama mediante peripecias, sino que puso en marcha una maquinaría novelística.
Maigret planea dejar irresoluto su último caso, pues está a dos días de su jubilación, pero explora una idea que le ayuda a encontrar la llave de todo el misterio. Hablo del asesinato de un hombre que despierta gran interés en el público y en la gendarmería. Es un homicidio pasional de compleja resolución. El protagonista requiere, por tanto, de una constante serie de deducciones, de análisis informativo y, sobre todo, debe soslayar los prejuicios que no le ayudan a entender la maldad de la situación que tiene frente a sí.
A Maigret no le sirve lo que sabe. Sólo le queda seguir su instinto y, aunque teme equivocarse, busca la manera de armar el rompecabezas que empieza de una manera sui generis. “Un gruñido inusual, escuchado por teléfono, fue la causa por la que Maigret se vio involucrado en esta desconcertante aventura”. Alguien llama durante la noche y, al oír que levantan el auricular al otro lado de la línea, gruñe. Eso pone en alerta al comisario. “Maigret tenía un particular horror a los dramas de los hoteles y lamentaba haber tomado la llamada maquinalmente, porque creía que no estaba destinada para él”.
La premura por la jubilación de Maigret es el principal motor del relato. Suena de nuevo el teléfono, el comisario escucha que hubo un asesinato en el hotel Étoile du Nord, cerca de la Gare du Nord. Se trata de Georges Bompard, un agente de ventas, quien fue apuñalado. Entre los huéspedes del hotel está Céline Germain, una joven de 19 años a la que le falta un calcetín y esa prenda fue encontrada en la habitación de Bompard. Maigret lleva a Céline a la Dirección Regional de la Policía Judicial de París y la trata como a una huésped, ¿por qué? ¿Qué intuye él de ella? ¿Es una mitómana? ¿Qué hizo con George Bompard?
Maigret envía al inspector Lucas a investigar a todos los huéspedes del hotel; descubre que el portero, Joseph Dufieu, es de Moissac, al igual que la camarera, Lucienne Jouffroy. La historia se va estructurando por detalles; al final, sabemos que el verdadero nombre de Céline es Geneviève Blanchon, hija de un juez. Estaba enamorada de Bompard y viajó a París para hablar con él. Bompard fue amante de la hija de Lucienne, quien murió por un aborto mal practicado. Todos tienen un motivo para matarlo. ¿Quién apuñaló a Bompard? ¿Fue la camarera, la hija del juez? Maigret, a pesar de los berrinches, la insolencia y las mentiras de Céline logra resolver el caso. “Tengo mucha sed”, dice al final el comisario, “¡anda!, llévame a una cervecería ya”.
Simenon publicó 200 historias, algunas como novelas y otras como cuentos. Pero lo atractivo no es la cifra, sino la calidad de los textos que, como mencioné al inicio, tienen la virtud de no envejecer.

* La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@monsieur_vate
@Federì Vite

Un pequeño cuerpo celeste que pasa frente al sol

The transit of Venus (Estados Unidos, Penguin Classics, 2021, 355 páginas), de Shirley Hazzard, se divide en cuatro partes: The old world, The contacts, The New world y The Culmination. Rompe la línea del tiempo gracias a que sigue, no encuentro otra manera de explicarlo, la vida de dos de los personajes principales, las hermanas Bell: Caroline y Grace. Sobre ellas reposa gran parte de la novela. Nacen en Australia y recorren Europa debido a diversos trabajos que van consiguiendo, pero sobre todo, hacen su vida a pesar de sentirse vulnerables, expuestas y abandonadas.
La estupenda narradora estadunidense Lauren Groff hace una referencia en el prólogo de este volumen que me gustaría comentar: “The transit of Venus, publicado por primera vez en 1980, está al mismo nivel que cualquiera de las novelas de Don DeLillo, o de Philip Roth. Es una obra maestra que no tiene la atención debida”. Yo no haría una competencia entre escritores, porque no entiendo la literatura como un deporte; no se trata de saber quién es mejor en esa carrera a campo traviesa. No. Creo en las comparaciones que sirven para entender mejor las virtudes de uno y otro libro; de uno y otro autor.
Encuentro en Hazzard una voluntad narrativa elegante, cuya prosa no es sencilla, sino que se permite retruécanos e hipérboles. Tiene una visión del mundo femenina y la virtud de esta novela radica en que la línea de tiempo no es lineal; es decir, se construye mediante escenas que marcan un antes y después de ciertos hechos torales; por ejemplo, trabajos estables y madurez emocional en las dos hermanas. En ese punto hay siempre un antes y un después, pero el orden no importa, sólo la organización emocional de esos hechos y me gustaría ponerlo a manera de pregunta, ¿cómo llegaron a la madurez Caro y Grace? Hazzard da una respuesta a cabalidad. Queda como certeza que en 1980 había una intención mayor por darle matices diversos y giros a la estructura de una novela; ahora ya ni los críticos literarios se preguntan por eso. ¿La prueba? Cheque las reseñas que se hacen sobre libros y verá que lo único valioso es el humor de los críticos.
Yendo a lo importante, tanto Caro como Grace, son huérfanas. Emigran a Inglaterra en los años 50 del siglo pasado. Ahí consiguen empleos más estables, logran un poco de paz interior y consiguen forjar la visión de un futuro cercano. Un astrónomo, Ted Tice, se enamora de Caroline y durante treinta años intenta que ella corresponda a esa emoción. Caro prefiere a un dramaturgo cínico y hasta cierto punto inmaduro: Paul Ivory. Se hacen la vida de cuadritos con mucha intensidad. En el otro extremo de la ciudad, Grace no lucha mucho por consumar una familia y se casa con un burócrata: Christian Thrale. “Era el atardecer de un martes, y Christian estaba de pie junto a la ventana de su oficina gubernamental observando el resplandor de una luz sedosa que se extendía con gran armonía sobre Londres: contemplaba bosques de hojas desplegadas, como manos abiertas, columnatas y pórticos blancos, y calles que brillaban como ríos. En el parque se distinguía una franja de césped, una gota de agua, las plantas en forma de campana con flores azules. La tarde tenía el sello de un éxito rotundo, magníficamente consumado tras muchos intentos fallidos. Christian disfrutaba no sólo el éxtasis controlable del atardecer, sino también de la novedad de su propio y profundo placer: simplemente había echado un vistazo, sin esperar nada más que el tiempo. Aunque el tráfico resonaba, la nemotécnica luz, como un recuerdo, tenía una cualidad de silencio; sin embargo, no parecía un simple acto de la naturaleza, pues uno apenas podría sentir que tal resplandor existiría sin una ciudad como esa que la contenía. Había una conexión humana en ella, como en algún momento trascendental de encuentro o despedida con el mundo”.
Lo que ocurre con Thrale es terrible, pero no por ello desveló la trama, puede intuir la sensibilidad de este tipo y la escena que sigue, pero la prosa marca el tono y el ritmo con el que Hazzard conduce esta historia. El interés de la autora es comunicar la terrible densidad de la orfandad y pesa, para el lector, como si presenciara una maldición.
Se narran treinta años y en esas tres décadas ocurren muchas cosas que no cambian mucho la tesitura gris del relato; así que Grace y Caro conocen más gente, más hombres, más amigos, más enemigos. En la narración hay estampas que me marcaron. Por ejemplo, el hecho de que Caro piense: “Hay sitios con montones de chicas que tienen la revista Vogue entre las manos y la novela The Gulag Archipelago en el bolso cerrado”. Eso describe la contrariedad de una generación que no sabía si hacer la ruptura de comportamiento o llevar el proceso de manera lenta y progresiva. Queda en mí también este otro dardo de sabiduría: “La literatura fue una buena sirviente, pero una mala maestra”.
Dicho de una manera más simple, lo que atiende el lector son escenas de cortejo, intimidad sexual, vida cotidiana, renuncias y despidos, paseos por Europa, asistencias al teatro, a lecturas de poesía. Grace y Caro leen mucho, piensan en la literatura, pero sobre todo intentan no recordar lo vivido en Australia. “Ella no quería ir a casa, eso era como si su humillación fuera revelada. Ella se encogió al pensar en su hogar, como si fuera un castigo extra”.
Hay un rasgo más que me gustaría destacar de esta novela, la constante militancia de hombres que aspiraban a ideales comunistas y de izquierda; pero se comportaban igual que los conservadores o, incluso, un poco peor. La crítica al macho, sea de izquierda o derecha, es contundente.
Muchas de las escenas entre Grace y Carol son el vehículo por el que la autora logra ingresar al pasado de los personajes, usa la prolepsis (la analepsis después) para mover de manera espacio temporal la trama y eso es algo que Hazzard logra con maestría. El otro factor es que la prosa tiene esa impronta de quien lee y escribe poesía. Pero lo que más me impactó fue que el corazón de la novela tiene un halo oscuro, cercano al sufrimiento que busca en todo momento la tranquilidad. Pienso en esta aseveración de Shirley: “Si la felicidad significa una forma de vigorosa paz en la mente, entonces yo espero –contra toda moralidad– que esto puede ser conferido a ti sin sufrimiento e incluso sin esfuerzo. (Esto podría ser el sentido en el que la perfección, en mi caso, está unida al pecado)”. Y lo pienso porque así atenaza la autora esta energía que fluye por las 355 páginas de The transit of Venus.

* La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederìVite
@monsieur_vate

 

Una desafección gradual

 

Proleterka, novela breve de la escritora y traductora italiana Fleur Jaeggy (Adelphi, Italia, 2014, 114 páginas), propone al lector un texto distinto a las edulcoradas proposiciones narrativas de nuestro tiempo en el que incluso los párrafos deben ceñirse a las cinco líneas de extensión; de lo contrario, se pierde al lector. Pero yendo a cosas serias, la propuesta de Jaeggy es exigente, pues con oraciones cortas, diálogos parcos, cambios en la voz narrativa (de primera persona del singular a tercera), largos párrafos y extrañas referencias familiares, el libro resulta atractivo y aleccionador. Nunca se pierde de vista que la voz narrativa es de una chica que intenta comprender su mundo. Esa voz, al principio, habla así: “Conozco poco a mi padre. Durante unas vacaciones de Pascua me llevó a un crucero. La nave fue anclada en Venecia. Se llamaba Proleterka. Proletaria”. Más adelante se vuelve un poco más distante y adquiere visos de frialdad: “Es la hora del cre-púsculo. Nikola en su turno de guardia. Johannes en cabina. Siempre muy pálido. Entonces puedo hacer todo lo que yo quiero”.
Proleterka es el nombre de un barco yugoslavo, atracado en Venecia. Esta novela contiene la historia de una joven y de su padre. Se conocen muy poco. El padre (Johannes) es frío y distante. La joven se pregunta adónde va la mente de su figura masculina, ¿cómo funcionan sus pensamientos? El viaje de dos semanas en el Proleterka le brinda a la narradora la oportunidad de conocerlo mejor. Mientras visitan algunos puertos de Grecia, ella analiza a su padre, aviva entonces un profundo interés por él y se siente extraña por esa proximidad.
La protagonista del libro (cuyo nombre no se menciona) descubre la vida de una manera hosca. Se entera que uno de los amigos de su padre es un asesino que parece una buena persona, liquidó a su madre, pero salió de la prisión por buena conducta. ¿Cómo llevarse con alguien así? ¿Lo saluda igual? Quizá la única manera de tratarlo es vol-viéndose un poco más fría. Acer-ca de la frialdad, asevera la na-rradora: “Una pasión como ésta es voraz, secreta. Parece sólo una cosa gentil. El interés por la na-turaleza. Y a veces tengo un pro-fundo hastío, un hastío visceral, hacia el mundo, la existencia. Hacia los hombres. Hacia el género masculino. Hacia Johannes. He intentado de todas las maneras transmitir aquella predisposición también a la hija de Johannes. La muchacha de la familia de él, de la mujer de Johannes, esa que ya no está”.
Es un libro que de manera gradual va tornándose oscuro. Sobre esta tenebra se encuentra la historia real de una familia que no se convirtió en un núcleo amoroso. Puesto así, adquiere sentido que la narradora empiece la transformación hacia una frialdad. Para ello, tengo una frase tomada de la novela que ilustra un poco más la situación: “El dolor de aquel niño me iluminó”.
Otro factor es que la narradora da referencias de un sitio en el que se habla alemán; de hecho, hay frases en alemán que son de inmediato matizadas por la obstinación de una voz narrativa que pone al italiano como lengua materna. Y esto tal vez tiene que ver con la historia de la autora, nacida en Zúrich, pero crecida en Italia. Es decir, no se trata de que la historia sea una autoficción, sino que Jaeggy usa una factor idiomático real para darle verosimilitud a la voz narrativa que parece deambular como espectro y su refugio es la frialdad en una idioma que no es el italiano. El alemán, para la protagonista, es una región familiar en la que hubo una fábrica textil que le dio fortuna a la familia de Johannes. El padre obtuvo riqueza, pero eso no le ha dado bienestar sino frialdad. Esta familia, sin embargo, sufre una catástrofe económica y una serie de enfermedades y muertes que terminaron por ensombrecer el futuro. Es una familia que, vista por una joven de dieciséis años, adquiere matices tenebrosos, pues viajando con el padre redescubre el pasado: “La nuestra es una familia de suicidas. De aspirantes a suicidas. Las raras veces que habíamos tenido ocasiones de pasar un poco de tiempo, aunque breve, entre parientes, el argumento fundamental, el único argumento por el que cualquiera de nosotros mostrase algún interés, era el suicidio”.
Otro factor, que enrarece aún más las cosas, es que el padre tiene un hermano gemelo, un tipo afectado por la enfermedad del sueño. Y la narradora tiene la sensación de que este gemelo los acompaña durante todo el viaje en el Proleterka. Esa idea potencia ciertos cambios y tonos en el relato. En 114 páginas, Jaeggy da cuenta de una familia arruinada en lo emocional. Claro, aunque hay montones de novelas con estas características, el valor del libro está en cómo lo narra la autora, porque se trata de una visión tenebrosa, algo, no sobra decirlo, que caracteriza la obra de esta escritora, cuya virtud es darle un poco de sombra a la psique de los personajes. No son textos cuya naturaleza sea el horror, sino que trabaja escenas realistas enturbiadas por la bilis negra, esa emoción que va ganando terreno en la medida que se acerca el fin del relato.
Casi al final del libro, la chica presiente la existencia de otro ser, tal vez viviendo en su lugar y ocupando su sitio. En las últimas páginas, descubre cosas que la hacen crecer. Es en esta parte que el lector asume que está frente a una Bildungsroman. Sin duda, tiene entre las manos una novela de iniciación. “La Proleterka es un lugar de la experiencia. Cuando termina el viaje ella debe saber todo”. No hay un bombo ni platillo resonando al oído del lector, no, ni cambios en el ritmo de las frases que siguen siendo cortas, como si la narradora balbuceara: “Mi voz cambia de entonación, me doy cuenta de que hablo alemán, como si aquella lengua me hubiera sido impuesta. Lengua de funerales, lengua de homilías, de las corporaciones. Tengo preparado un minúsculo diccionario de las palabras alemanas que tienen signado un destino”. El lector presencia el fin del viaje, y el cambio de vías emocionales, cuando la protagonista sale de los dieciséis años e ingresa al mundo de los adultos. Una bella forma de asumir que ha llegado a la edad de las sombras.

* La traducción de las líneas en-tre comillas es mía.

@FederìVite
Instagram @monsieur_vate

Aclaración

Por un lamentable error en el proceso de edición, no apareció en este espacio el artículo del escritor Federico Vite, que debió publicarse el martes. Se ofrece una sentida disculpa tanto al autor como a los lectores.

Atentamente
Carlos Rosas
Editor de Cultura

 

Sobre las densidades del presente

 

(Segunda de dos partes)

Esa otra novela que me propuse leer hace treinta años, cuando el deseo de ser un escritor era mucho más fuerte, me hizo replantear la estrategia narrativa con la que acometía mis primeros textos. Primero, porque descubrí que mis primeros cuentos eran cortos y al abrir las páginas de aquella edición económica de La guerra y la paz, de León Tolstoi (1972), cuya extensión rebasaba las mil 200 páginas, tuve el sobresalto de verme como un tipo al que le faltaba mucho, pero mucho trabajo. Había dos columnas en la página. Era cansado leer así, pero lo peor era la tipografía pequeña. Leí entonces, pegado a un ventilador, las peripecias, aventuras y temores de varias familias rusas (Bezújov, Bolkonsky, Rostov y Kuraguin), pues ante la inminente invasión del ejército de Napoleón el futuro se ensombrecía. De aquella experiencia, un poco tortuosa porque los diálogos, que son muchos, y las descripciones parecían amoldarse a una realidad vetusta, pero interesante, porque la guerra, el patriotismo, el amor, la violencia y la burguesía me llamaron la atención de una forma inusual, en específico, porque el autor (lo imaginaba moviendo una pluma de ganso millones de veces) fue paciente y comunicaba al lector cómo era la vida de aquel tiempo, entre 1805 hasta 1812. Leí esos dos tomos como si fueran una tarea titánica, a la que le dediqué muchas noches, muchas tardes y algunos días. Perdía pistas, me enfrascaba en hechos que no parecían importantes y buscaba sobre esa prosa límpida un misterio mayor al del mero ejercicio de narrar. Tuve fortuna, porque el misterio de narrar en ese libro fue revelado con simpleza por el autor, pero lo que contenía me costaba trabajo organizarlo. Pensaba: ¡un cerebro pudo con todo esto! Eso me sorprendió. Era tan fluida la organización de los personajes, de los diálogos y los escenarios. ¿Podría ser escritor después de haber leído esta historia? No lo sabía, ni lo sé ahora. Supe que era un lector y eso ya me parecía bastante. Al terminarlo sentí la terrible sensación de haber quitado un escollo en el camino. Recuerdo con precisión que me pregunte, ¿sirve de algo haber leído este libro? Deseché una feliz respuesta porque yo me propuse escribir cuentos; aún no estaba listo para una novela. Pero nunca tomé a los cuentos como un entrenamiento.
A inicios de este año conseguí una de las traducciones de La guerra y la paz de las que mejores comentarios he leído. Me refiero a War and Peace, traducción de Richard Pevear y de Larissa Volokhonsky. El libro de mil 275 páginas fue editado por Vintage books en 2007, en Estados Unidos. En este proceso de reaprender, me pareció inevitable la relectura. Usted dirá, ¿cambia algo al visitar de nuevo el mismo libro? Sí; muchas cosas. Pero en esencia, comprobé que esta novela seguía interesándome como artefacto.
Esta versión, asistida por la labor de Pevear y de Volokhonsky, posee una cualidad que no tuve en la primera experiencia: la claridad del pensamiento narrativo. También es notoria la naturalidad con la que se mueven los personajes y la extraordinaria descripción de las batallas entre rusos y franceses. Valoré más esta versión, del ruso al inglés, que la de Porrúa, traducida sin créditos del francés al español; por principio, en inglés se respetan las conversaciones en francés, una lengua de uso corriente en la burguesía rusa del siglo XIX. Eso le permite al lector entender el círculo social en el que se mueven los personajes, en específico, las mujeres, quienes suelen expresar de una mejor manera sus emociones y deseos en francés que en ruso (traducidos al inglés en este caso). El segundo aspecto es que no hay una sensación de vejez en el texto, sino que puede notarse aún el envidiable estilo de Tolstoy (que a lo largo de la lectura me pareció afrancesado, es decir, dejó de ser Tolstoi y se convirtió en Tolstuá. Tomemos esto como un chiste personal). Acerca del estilo, puedo describir oraciones organizadas siempre de esta manera: sujeto, verbo y predicado. Son oraciones que carecen de adornos, sin florituras ni amaneramientos. Llama al pan pan y al vino vino. Digamos que los pensamientos del autor atraviesan párrafos, páginas y el resultado se debe a la enorme concentración del autor y de los traductores. Es decir, hay largas estancias textuales en las que el lector presencia el desplazamiento de la caballería, de los soldados a pie, de los cañones y cada movimiento narrativo forma parte de un elenco coral, bien armonizado. Es producto, sin duda, de intensos periodos de corrección; los hechos, no sobra decirlo, son detallados y eso ya no se estila, porque casi todo se ha narrado y enfatizar aspectos de personajes y situaciones (ser prolijo) parecería un error, no una virtud. Pero sirve, ahora lo entiendo, para darle flexibilidad al cuerpo del relato.
También noté que en este edificio literario la historia ocultaba otros ministerios –me generaron de nuevo un intenso e interesante atractivo– , pues salió a colación el asunto de los masones, el siempre complejo vínculo entre el país y sus habitantes, porque el patriotismo está presente en la novela; de igual manera, me posé sobre la burguesía, pero no con la frivolidad característica de quien atisba y juzga, sino mediante la comprensión de la rebeldía entre ciertos grupos de esa clase social. Quizá lo más aleccionador sea el tremendo aliento del autor, no acelera ni retrasa la marcha de la prosa. La mantiene a una velocidad equilibrada y los giros de la trama tienen un tempo distinto al que se lee en los libros de nuestra época. Y es en este aspecto en el que me gustaría precisar que es distinto el tempo narrativo de Tolstoi al nuestro porque él articula un monstruo, no trabaja sólo para el efecto de acumulación, sino que despliega la vida de los personajes sin excesos. Es una proeza la elegancia en War and Peace, eso nos habla de la precisión e ingeniería del autor para elaborar una novela como ésta. Claro, War and Peace podría ser mucho más pequeña, pero al planearla, Tolstoi sabía que su apuesta era ambiciosa y genuina. También había visos experimentales, por ejemplo, durante varios capítulos, la historia corre de la mano de un narrador omnisciente y de pronto aparece la palabra: nosotros. “Nosotros sabíamos”. “Nosotros lo vimos”. Después esa voz vuelve a cobrar distancia de los hechos. Este aspecto no lo noté en la primera visita. Pero ahora me hace pensar que el capítulo uno de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, tiene ese truco. Ambos libros fueron publicados con meses de diferencia. No hay influencia uno de otro, pero sí una hermosa coincidencia.
En aquel tiempo, como ahora, la literatura conlleva una expresión popular y al mismo tiempo docta, porque se analiza el comportamiento humano en situaciones específicas. Era la literatura lo que dictaba ciertas formas de comportamiento; ahora las series tienen una ventaja en ese rubro. Ni siquiera el cine compite en ese renglón.
La obra cumbre de Tolstoi, traducida y reeditada aún 156 años después de su aparición, no es para todos sino para aquellos que intentan entender el motivo por el que la literatura tuvo el poder de insuflar ánimos a un mundo en caos. Hay otros libros al respecto, pero Guerra y Paz, me temo, roza la perfección y eso es lo que repele nuestra actualidad, como el viejo ejemplo de la comida chatarra y la comida nutritiva. Lo nutritivo y sano crece en el silencio, a la sombra. Se desarrolla despacio, con más esfuerzo. El sonido de un lector en punto álgido de trabajo se parece tanto a ello.

X @FederìVite
Instagram @monsieur_vate

 

Sobre las densidades del presidente

 

(Segunda de dos partes)

Me propuse, por mero despliegue del músculo lector, hundirme en dos obras que antaño me parecieron capitales para mi oficio. En esos años de primeras lecturas, hace ya treinta veranos, entendía de otra manera el trabajo de escribir; me ponía, por decirlo de una manera simple, metas muy altas para poder narrar lo que a mí me gustaba o, mejor dicho, para describir lo que yo sabía y lo que me entusiasmaba. Antes de llegar a estos libros, tuve como punto de apoyo Under the volcano (1947), de Malcolm Lowry. Con esta novela asumí un poco mejor lo que yo tenía dentro, pero no lograba nombrarlo; también me preguntaba, ¿qué pasaría si yo dejara que esa magia oscura llevara las riendas de mi existencia? Bueno, pensaba en ese libro como si fuera un amigo y lo dejaba reposar en mi mente durante un año. Cada octubre emprendía la relectura y lograba siempre entender que para crear un libro como éste se necesitaba disciplina, pero era indispensable comprender de primera mano la magia oscura. Asumí eso, es decir, creí que yo conocía la magia oscura, entonces me topé con otros textos de largo aliento que me abrieron un panorama más técnico, mucho más realista y lleno de una vivencia que yo no tenía y, tal vez, eso los atesoro.
La primera lectura que tuve, ya con la meta en la literatura, fue The grapes of wrath (1939), de John Steinbeck. Tuve acceso al ejemplar de la editorial Edhasa y la traducción estuvo a cargo de Hernán Guerra Canévaro. Este libro del que yo abrevaba se publicó en 1978 y lo conseguí a principios de los años 90, en la extinta librería Cristal. A la par de esa novela combinaba cosas de la época: Guillermo Fadanelli, Gualupe Loaeza, Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta, Carlos Monsiváis, Fernando del Paso, Alvaro Enrigue, Mario González Suárez y tantos otros más que me daban senderos para recorrer, pero tomaba como un guía a Steinbeck. El impacto fue tremendo al conocer la vida pobre de campesinos de Estados Unidos. La labor del traductor en ésta —y otras tantas obras que yo leía en aquel tiempo— resultó determinante para asumir (una ilusión que he ido derrumbando en la medida que leo versiones originales) que conocía muchas novelas escritas en inglés. Lo emocionante de este ejercicio de relectura podría entenderse mejor si uno asume que se trata de un descubrimiento asistido sólo por la curiosidad. Es decir, emprendí de nuevo la lectura de The grapes of wrath porque al nadar en esa agua asumí que no conocía la historia; la experiencia fue mucho más atractiva en el idioma original. Leí con la certeza de que estaba frente a un libro nuevo. No fue lo mismo recordar los balbuceos de los personajes durante largas caminatas, sino asumir que hay fragmentos repletos de poesía, una voz poética en medio de esta tragedia económica —más que una Gran Depresión hablo de un proceso de empobrecimiento social— que delimita y potencia la novela en cuestión. Los personajes tienen anhelos, muchos conflictos internos y se yerguen en grupo gracias al ideal del bienestar. Recordaba los extensos y memorables pasajes de la familia Joad por la carretera 66. Iban de Oklahoma hacia Los Ángeles. En mi mente, aquella lectura asistida por el trabajo de Guerra Canévaro era un poco pesada al momento de referir diálogos de pretensiones poéticas y muy preciso en los hechos trazados por el autor. El fraseo de algunos personajes me daba la impresión de estar en una película de Ismael Rodríguez, porque entre los Joad y Nosotros los pobres había pocas diferencias. Pude aseverar entonces que la labor de Guerra Canévaro es buena, con algunas licencias, claro está, pero buena a secas. De igual manera logré confirmar que la voz narrativa de Steinbeck posee alcances poéticos memorables, una voz omnisciente que acoge, dirige y suelta los personajes con maestría, una verdadera lección para quienes intentan aprender a diferenciar la paja del trigo. Ergo: una forma de asumir lo que sí es literatura. También confirmo que la dificultad de “acercar” a los lectores la obra de Steinbeck es compleja. Como lector atribuyo el don de lo literario a esta voz narrativa que dice, por ejemplo: “El hombre con un solo ojo los observa irse, atraviesa el cobertizo de metal hasta la choza. Está oscuro ahí dentro. Él tanteó las cosas para llegar hasta el colchón, colocado sobre el piso, y se estiró; se puso a llorar sobre la cama”. Estas líneas me ayudan a poner sobre la discusión un hecho, que más allá de lo literario, hay una bandera política en la novela, algo que termina ganándole al autor y en cierta forma disminuye el poder de su oficio. No es una mala novela, pero no le sienta bien romantizar la pobreza. Durante la relectura de Las uvas de la ira me adentré en un libro más viejo que el de Steinbeck: L’ennemi (1928), de Irene Nemirovsky. Contrapongo a los autores, a los libros y entiendo que hay ciertas formas de adentrarse en la literatura, pero siempre está bien definida la postura política. A Nemirovsky no le ciega la guerra; a Steinbeck sí, la pobreza. En el caso de Steinbeck, no puede negarse el talento, yo le tengo mucho respeto, pero no sé si ahora, a mi edad, podría considerar a este libro como ejemplar. Me sigue gustando más The pearl (1947), pero en The grapes of the wrath la cuestión técnica es aleccionadora. Un bisoño aprendería mucho al conocer este libro, pero un lector avezado e incluso perverso sabe que una novela así tiene una loable meta (denunciar la miseria y afiliarse de manera panfletaria a una ideología); tal vez el autor no debería ser excesivo e insistente con la pobreza. Debería evitar tanta repetición en el mensaje para salir de la miseria: “¿Cómo podemos vivir sin nuestras vidas? ¿Cómo podríamos saberlo sin nuestro pasado? No, déjalo. ¡Quémalo! Ellos se sentaron y miraron entre sí y lo quemaron dentro de su memoria. ¿Cómo será no saber qué tierra hay al otro lado de la puerta? Como si tú despertaras en la noche y supieras –y supieras que el sauce no está allá? ¿Puedes vivir sin el sauce? Bueno, no. Tú no puedes. El sauce eres tú. El dolor sobre el colchón allá –el temible dolor– eso también eres tú”.
Los aspectos que no abundan en contra de un sistema capitalista (que ensombrece la vida) son un placer, en especial, la progresión dramática, el recorrido emocional de los personajes y la potencia de las frases, herramientas ideales para mostrar el poder de esto que para efectos prácticos llamamos literatura: algo que conmueve, analiza y agranda el conocimiento de lo humano. Pero la pregunta que permeó esta relectura es de otra índole: ¿alguien publicaría en una editorial comercial esta novela ahora? Yo temo que no. Sí es así, ¿qué tipo de lección es ésta? Una relacionada con el ninguneo del grandioso pasado literario, porque todo lo pasado tenía otro peso, otra envergadura y otro tono. Poesía una ambición asombrosa. Eso anuda la siguiente novela que tomé como base hace treinta años, pero ahora ya no tiene vigencia, salvo para quienes intentan, desean y anhelan ser escritores. De eso escribo la siguiente entrega.

@FederìVite
@monsieur_vate

En primera persona

El jueves de esta semana se presenta La rendición en la Ciudad de México y, como una cortesía de la editorial Almuzara, dejo en las páginas de El Sur un adelanto de esta novela.

A pesar de todo, empaqué mis cosas con calma. Tenía muchos libros; los metí en cuarenta cajas. Para embalar mi ropa no tuve que hacer mucho esfuerzo ni gastar mucho tiempo. Bastaron dos maletas. Estaba en mi habitación. Fue construida desde hace diez años para otros fines, pero terminé usándola con cierta indiferencia y algo de apatía, casi casi por inercia. Aunque me gustaba mucho más la forma en la que mis padres explicaban eso. Ellos decían que planearon todo con calma, porque siempre supieron que yo regresaría a casa algún día y me procuraron un espacio, que aunque pequeño, destinado sólo para mí. Yo recibí ese obsequio como un paracaídas. Ese cuarto fue construido con pesados blocks de color gris y, tal vez debido al tono triste de ese material, la habitación motivaba muchas reflexiones. Era un almacén de ideas y de momentos ominosos. Así que mientras acomodaba mis pertenencias pensaba en mi adolescencia, en mi infancia y, en especial, en la torva ira que me animaba aquellos días. Se trataba de una habitación austera, pero amable y muy calurosa. No podía estar en mi cuarto después de las diez de la mañana. El sol hacía hervir las rectangulares láminas de asbesto.
Mi padre se enteraba de las noticias viejas de Italia leyendo La Repubblica y Corriere della Sera, periódicos que llegaban con una semana de retraso a la cafetería La Italiana. Ponía especial atención a las crónicas de degradación humana protagonizadas por la Cosa Nostra. Había clientes fieles a esa parroquia que presumía en las paredes escenas cotidianas de Sicilia. En específico, de Catania. Varios italianos habían elegido a Acapulco como su hogar y ese lugar acogía historias de gente como mi padre, siempre en busca de noticias de La Cosa Nostra. Solía buscar anécdotas sobre la mafia o cosas relacionadas con balaceras, masacres, acuchillamientos, nota roja de cepa pues. Leía y apreciaba los filmes con esa estética. Se trataba de cuestiones que le parecían, por razones extraordinarias, familiares. Él vivía en calma, pero disfrutaba mucho la violencia, igual que mi madre. Llegué a pensar que la violencia los mantenía unidos. Platicaban de eso gran parte del tiempo. Yo me sentía revestido de un pasado asombroso cuando escuchaba las conversaciones de los parroquianos de La Italiana. Hablaban con mi padre de cervezas, cigarros, asesinos y mujeres. No sé cuánto tiempo pasaban ellos ahí; pero iban diario. Mi padre disfrutaba esos momentos. Hablaba italiano como si fuera su lengua materna. La mesera era una mujer de piel morena clara y largo cabello chino. De joven fue guapísima. Ya entrada en los cincuenta años destacaba por sus tatuajes en el brazo derecho y por su buen humor. Era muy delgada. Tenía demonios y estrellas en la epidermis. Su piel me parecía luminosa. Eso me llevó a pensar que ella olía siempre a canela. Pietro, uno de esos clientes devotos, le recriminó a la mesera un gesto. Ella movió de manera horizontal la palma de la mano derecha y la acercó a la boca, como si fuera a morderla. Ni siquiera dijo: Vaffanculo! Sólo hizo ese gesto. Él se levantó, sacó la cartera y dejó unos billetes junto a la taza de café que la mesera acababa de servir. Lo vi montarse en su motoneta. Minutos después llegó una mujer rubia, alta y de pelo lacio. No hablaba español. Cuando he pensado en ese hecho intuyo que no era una mujer, sino un hombre vestido de mujer. Encaró a la mesera y le dio una bofetada. Mi padre trató de calmar las cosas, pero alguien le recomendó con autoridad que no lo hiciera. La rubia escupió la caja registradora. Así quedó signada la amenaza. Dos o tres días después pasé por ahí en la noche. La Italiana había sido quemada. Busqué a mi padre por el radio civil del taxi.
–Platicamos en la casa –reconvino con calma– cuando puedas date una vuelta.
Yo tuve un buen turno ese día. Antes de lo planeado ya había ganado lo suficiente como para solventar la cuenta, la gasolina y me hice de una ganancia jugosa. Pasé a una panadería, antes era normal encontrar panaderos durante la noche, para comprar algunas viandas que le llevé a mi madre. Solía visitarlos en esta casa, en la Victoria, cada quince días. Se trataba de una regularidad que me permitía apreciarlos; no los padecía ni los extrañaba. Era una reunión ideal. Había algo sobresaliente aquella noche. Estacioné el Tsuru que yo trabajaba junto a la caseta de policías de la primera glorieta. Subí los escalones. Toqué el timbre, siempre hacía eso, inserté la llave y giré la muñeca. Entré directo al comedor. Ellos estaban cenando. Los abracé. Hablamos un poco del clima, siempre caluroso; de la playa, también sobre los costos de la gasolina, siempre a la alza, y como una deriva obligada lo ocurrido en La Italiana. Mi madre dijo que se venía una ola de sangre. Ella no hablaba en italiano, pero sus frases me parecen nacidas de ese idioma. Gracias a mi padre supe que después del escupitajo llegaron más personas a la cafetería. Todos los clientes salieron. Sacaron a la mesera a empujones, pero no le dieron golpe alguno. Ella hizo un par de llamadas telefónicas a los dueños del negocio. Después arribó a ese sitio un hombre rubio, chaparrito y súper nervioso. De ojos azules y pelo lacio hasta los hombros. La mesera le dijo algo, pero el otro hombre no respondió. La mesera ni siquiera terminó de hablar cuando dos muchachos que estaban en un Shadow entraron con garrafas y empezaron a rociar gasolina en el comercio.
–Pensé que me iban a pegar –relató mi padre–. Todos salimos apurados y prendieron la cafetería.
Mi madre se persignó. Dio gracias a Dios porque mi padre salió con bien de ahí. Después afirmó que el dueño del local era malo porque no cuidó a la mesera.
–¿Entonces? –pregunté a mi padre–: ¿Adónde vamos a ir ahora por un café?
–No sé –respondió–. Parece que se terminó una época. Esa noche hubo una serie de ejecuciones en el barrio de Petaquillas, cerca de La Italiana. Acribillaron a varias personas, trabajadores de las imprentas que por esos rumbos mantenían abiertos los negocios hasta las diez de la noche. En esa semana se incendiaron varios locales comerciales de la zona: un restaurante filipino, un taller mecánico, una estética regenteada por una travesti que apodaban Rubí; una zapatería, una tienda de plásticos y una talachería. Mi padre me recomendó que no llevara clientes a ese barrio ni que me diera vueltas por ahí buscando pasaje porque estaban robando los autos para hacer otros trabajos: secuestros, montones de cosas más. Podría pensarse que todo fue una epidemia. No le creí a mi padre en ese momento, pero en el radio civil del taxi escuchaba todo lo que compartían los compañeros y comprendí que las cosas estaban fuera de control no sólo en esa zona, la que colinda con el histórico Fuerte de San Diego. Pensaba en todo aquello y fue entonces que me quedé viendo la lámina de asbesto desde la cama, entendí el sentido de aquella frase que ofrecía un significado mucho más contundente: El fin de una época. Esa idea se agitaba en mí como una bandera. En 1992 se terminó lo dorado de Acapulco.

@FederìVite

Instagram: @monsieur_vate

 

Diálogos entre mujeres

Una de las voces femeninas más conocidas de Italia es Dacia Maraini, quien ha trabajado con fortuna en el ensayo, la poesía y la narrativa. Su proyecto, no sobra decirlo, se ha enfocado en radiografiar la feminidad, por ejemplo, Chiara di Assis (2013), libro que explora a Santa Clara desde un punto de vista sui generis, como una rebelde que abandonó la riqueza y abrazó la pobreza, además, pugnaba por la militancia activa de las mujeres en la iglesia. Quizá el libro que más prestigio le ha dado es Bagheria (1993), sitio conocido mundialmente gracias a la película Nuovo Cinema Paradiso (1988). Por la gracia con la que detalla las experiencias vitales en narrativa, me acerqué a TRIO, Storia di due amiche, un uomo e la Peste a Messina (Rizzoli, Italia, 2020, 107 páginas). Para efectos prácticos, el título es Trío, historia de dos amigas, un hombre y la peste en Messina. Es una novela epistolar que enlaza una amistad de manera sutil, con matices culturales que nos permiten asomarnos a los personajes principales y, por supuesto, a conocer la turbulencia en ellos.
Esta historia nace, cuenta Maraini en el prólogo, durante la investigación para escribir Marianna Ucrìa (1990), novela cuya intensidad es indiscutible. Narra la vida de una Sicilia del siglo XVIII. Marianna viene al mundo en Palermo. Es hija de una familia noble, destinada al matrimonio y al enclaustramiento familiar, como todas las mujeres de su familia: primas y hermanas. La vida de ella tiene que servir a los intereses de los Ucrìa, quienes se van emparentando con las grandes familias palermitanas. Marianna es sordomuda y para comunicarse debe aprender a expresarse a través de la escritura. A los trece años la casan con su tío, hermano de la madre, y tiene hijos, como de ella se esperaba, pero su vida se enriquece gracias a la lectura. Así logra conocer el mundo más allá de los estrechos confines de la cotidianidad. Es una historia real, ocurrida a un familiar de la autora.
La pesquisa histórica de Maraini fue extensa y encontró que en 1743 “un velero de un solo mástil atracó en el puerto de Messina, procedente de Grecia. Los marineros murieron a causa de la peste, y la enfermedad se extendió lentamente por la ciudad. Fallecieron más de 25 mil personas”. Este hecho le hizo entender que había algo que contar. Así que propone un triángulo amoroso en el que el hombre (Girolamo) no habla, ni figura, sólo se mueve entre Agata y Annuzza. Los tres deben lidiar con el encierro de la peste. Agata y Annunza son amigas desde la infancia, jugaron juntas, crecieron juntas y compartían un amor por la lectura. ¿Qué otra actividad masiva había en esa época? Ah, claro, también asistían al Convento de Santa Lucía, donde aprendieron buenas costumbres, oraciones y recetas de cocina; incluso, las enseñaron a bordar. Eso es en el pasado, pero en el presente de la novela, las cosas tiene otro matiz:

“Querida Annuzza
Ayer, mientras cocía una prenda para mi hija, llegó Crocifissa de compras, toda sudada y con la respiración entrecortada, a decirme que en la calle se ha tropezado con un topo muerto. Ha gritado aterrorizada. Y continuó diciendo que los topos, cuando salen de las alcantarillas, están enfermos y llevan las pulgas infectadas con la enfermedad, que de acuerdo con ella, se aferran a los hombres y los enferman.
Yo no sabía que los topos portan la peste”.
Así da inicio el libro y se pone en marcha el reloj fatal. Se habla de un topo infectado, después Crocifissa enferma y la tensión crece; las dos amigas revelan entonces la batalla interna que libran.
Tanto Agatta como Annuzza se entretienen leyendo a Molière y Corneille, estudian francés, conversan sobre música. Girolamo aparece en la vida de las dos mujeres; se casó con Agata, pero está enamorado de Annuzza, a quien desea. Por temor a la peste, las dos mujeres se ven obligadas a abandonar su casa en mayo de 1743. Sicilia es gobernada por el virrey Corsini, de la dinastía Borbón. Agata se muda de Messina a Castanea, una pequeña aldea en la cima de una colina; Annuzza emprende el viaje a Casteldaccia, un pueblo cercano a Palermo.
Desde sus hogares, encerradas por el temor de que la peste las alcance, comienzan a intensificarse las cartas. Tienen que resolver un conflicto, pero no lo tocan de manera frontal sino que valoran su amistad y tratan de cimentarla antes de continuar con el núcleo de la trama. Entonces empiezan los celos, las referencias a Girolamo y las ganas de tenerlo cerca. Cada una ofrece sus puntos de vista; no hablan igual, así que gracias a sus frases se percibe el carácter y la forma de ver el mundo que poseen. El lector ensambla la historia. Es importante decir que en aquella época, las mujeres no iban a la escuela, no leían ni apreciaban la música, se les exigía la resolución de labores domésticas. Pero Agata y Annuzza poseían la libertad de leer y criar (aunque eso sólo sea el caso de Agata). Annuzza explica que dejara a Girolamo, porque ella quiere un hombre y evitará así darle tribulaciones a su amiga. Agata responde: “Pienso que mi pequeño y modesto espíritu filosófico me ayudará a afrontar la realidad sin perder la cabeza. Es, sobre todo, sin sacrificar esto que hay de bello en el mundo: la mistad”.
Girolamo es codependiente de Agata y de Annuzza e incapaz de mantener una vida familiar equilibrada. No es mezquino, no guarda rencor, “no miente, y si lo hace, lo hace con sinceridad”.
Hablar sobre el amor de un hombre es un pretexto para expresar la feminidad de una manera brillante, con sutileza e inteligencia. Por ejemplo, para hablar del placer carnal sin nombrarlo una de ellas dice esto: “Aparte de las espinas invisibles que se arrastran por todas partes, ¡qué ricas son las tunas cuando están maduras! Y las hay amarillas como el oro, verdes como las aceitunas y rojas como el jugo de mora, y éstas son las más dulces. Las comí pensando en ti. ¿Pero no tienes tunas donde vives? Aquí crecen incluso junto a los caminos y no son de nadie, por lo tanto, son de todos”.
Es una novela que se lee con facilidad, porque el idiolecto de ambas es coloquial, sin amaneramientos que le “ayuden” a darle verosimilitud histórica al libro. Son cartas cortas, sensibles y entrañables. Sobre todo, el ensamblado es de alta manufactura e inteligencia, porque todo está bien acomodado. Pareciera sencillo, pero una novela de esta envergadura no aparece con tanta periodicidad como muchos deseamos.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite
Instagram @monsieur_vate

 

Acercamiento a la oscuridad sanadora

 

(Segunda de dos partes)

En el libro In the dark places of wisdom (The Golden Sufi Center, Estados Unidos, 1999, 255 páginas), del filósofo inglés Peter Kingsley, se pone en perspectiva un viejo culto en el que gracias a un método introspectivo (incubación), el humano se conecta de manera directa con el mundo de los muertos. Pone como eje central de los hechos a Parménides, autor del poema Sobre la naturaleza, quien dio cuenta en ese texto de la vía de la verdad que le fue revelada por la diosa del inframundo. Kingsley fusiona el culto de Parménides con el de los pitagóricos, quienes se adentraban en un sitio especial (una caverna) para estar en silencio e inmóviles por un tiempo, el suficiente para ingresar al inframundo. Pero lo interesante de todo el asunto es que ese culto, también frecuentado por los adoradores de Apolo, era parte de un proceso de sanación. Esto liberaba de algunas asechanzas, de algunos males. Lo atractivo del texto es que el filósofo se aventura a exponer algunas ideas que no suelen tener cabida en los temas “serios”: ritos paganos que ayudaban a comprendernos mejor. Es decir, ayudaban a sanar nuestras penas y algunas cuestiones físicas, porque para varios pueblos antiguos las enfermedades físicas tenían un origen emocional, “porque la sabiduría demanda todo lo que uno es”. Ergo: la sabiduría exige de lo emocional y de lo físico.
Otro asunto es que los poetas, profetas, sanadores, políticos y los legisladores de aquella época eran cargos de alta responsabilidad y estaban conectados, unos con otros, eso les permitía articular mejor con el dios Apolo (de quien les hablé en el artículo anterior, una deidad también conectada con el mundo de los muertos), “porque lo verdaderamente original no es lo que ahora conocemos como lógica, esa forma que complica y tortura nuestras mentes […]”, sino el ancho rango de conocimiento adquirido por los héroes de aquel tiempo, “quienes han sido humanos, pero también más que humanos, esto puede comprenderse como una especial relación con lo que hay más allá de los límites ordinarios de la experiencia humana –con el mundo de la muerte, el submundo. Hay un poder que rebasa la salud, la enfermedad y la muerte. Si te acercas a él de la manera correcta, ese poder puede sanarte”.
He aquí lo interesante de la propuesta de Kinsgley, de hecho, es el motivo por el que me interesó el libro: hay energías, una preexistencia que antecede nuestra idea de mundo, que nos toman (recurro a la palabra más repetida del poema “Sobre la naturaleza”, pherein, y a la tesis del libro de la doctora Karla Turner: Taken); esas energías habitan en otra región de la existencia, y en esos raptos (cuando los héroes han sido tomados) nos ayudan a entender algunos aspectos de nosotros mismos; incluso hay vestigios de esas energías que se manifiestan para ofrecer información que nos beneficia, pero no para conquistar un país o para hacernos ricos, sino para ser una mejor versión de lo que somos (Kingsley pone como ejemplo la manera en la que Moisés recibe la Torá en el monte Sinaí). Yo sé que todo esto le puede parecer una especie de conocimiento new age, pero lo más sobresaliente es que esta información –al revisar las fuentes de Kingsley– es obtenida de libros de filosofía e historia, también relee los clásicos de Platón (y le tira un par de piedras al autor de Diálogos, porque lo consideraba un escriba que no consultaba datos de fuentes directas); por puesto, Kingsley coteja, compara y revisa escritos en griego, latín e inglés. Es un trabajo exhaustivo que no se rinde a la facilidad de quien inventa datos sólo por hacerse el interesante. Aborda aspectos que van más allá de la simple relación de hechos que acompaña el poema Sobre la naturaleza. Al unir aspectos históricos y religiosos de la época halla un hilo conductor, la importancia de lo metafísico. Es decir, algo más allá de lo físico nos incumbe.
La idea que los antiguos tenían de sí mismos y la manera en la que sobrellevan la noción del mundo es diversa a la nuestra, se conducían con una aparente simplicidad; a pesar de que para ellos la Tierra era más ancha, más larga y más profunda, poseían una vía de autoconocimiento que les hacía sentirse más vinculados al planeta. Es justo lo que propone este libro. Y déjeme enunciarlo a manera de pregunta, ¿cómo sobrellevar la existencia? La respuesta que ofrece Kingsley es simple: Volver a nosotros. E incluso propone una vía, la de la incubación; aunque expuesto de una manera menos ortodoxa sugiere la reconexión con nosotros mismos mediante largos periodos de silencio e inmovilidad. También advierte algo a lo que ya no le ponemos tanta atención y la merecería. Al hablar de esa dimensión en la que los héroes conectaban con el inframundo, refiere: “Se trata de un mundo al que se puede entrar sólo mediante la meditación profunda, el éxtasis y los sueños”. Sí, leyó bien, pone a los sueños en el mismo nivel y les da el mismo valor que a las otras experiencias místicas. De hecho, los considera una de las vías para comprendernos mucho mejor.
La naturaleza salvaje de Sobre la naturaleza radica en el misterio del más allá, pero visto como una vía de acceso a un conocimiento mucho más amplio del que tenemos. A veces la cura de ciertas enfermedades está en la oscuridad, es decir, en el silencio y la tranquilidad.
Kingsley parece decirnos que al olvidarnos de la sabiduría ancestral estamos evadiendo aspectos esenciales y esta falta de conexión con lo no físico es un hueco en el alma de nuestra civilización, es el motivo también de nuestra falta de pensamiento profundo: “Esto es porque, después de doscientos años de argumentar, razonar y teorizar, aún ninguno ha sido hábil para estar de acuerdo por largos periodos con alguien más acerca de cosas importantes. Y es esto por lo que no hay una suma de pensamientos que podrían acercarnos a la verdad de nosotros, esto nos trae al punto de comprensión en el que algo más es necesario”. Ese algo más lo percibo como una oquedad que tratamos de llenar con sucedáneos, porque no logramos volver a nuestras raíces, ¿y qué son nuestras raíces? Tal parece que nuestra filosofía está imbricada con una tradición iniciática y eso nos dictan desde la antigüedad, nos señalan que nuestra insatisfacción se debe a que estamos distanciando lo que somos de lo que debemos ser. ¿Qué debemos ser? Esa respuesta, aunque suena a cliché, sólo está en el interior de uno mismo. Vaya problema, ¿no cree? En tiempos de tecnología, de gentrificación y búsqueda de fama, la respuesta está en el silencio. Desde ahí podemos vislumbrar lo que somos. Sólo eso, vislumbrarlo. Llegar a sí mismo sería la meta de la vida.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite
@monsieur_vate