(Segunda de dos partes)
Me propuse, por mero despliegue del músculo lector, hundirme en dos obras que antaño me parecieron capitales para mi oficio. En esos años de primeras lecturas, hace ya treinta veranos, entendía de otra manera el trabajo de escribir; me ponía, por decirlo de una manera simple, metas muy altas para poder narrar lo que a mí me gustaba o, mejor dicho, para describir lo que yo sabía y lo que me entusiasmaba. Antes de llegar a estos libros, tuve como punto de apoyo Under the volcano (1947), de Malcolm Lowry. Con esta novela asumí un poco mejor lo que yo tenía dentro, pero no lograba nombrarlo; también me preguntaba, ¿qué pasaría si yo dejara que esa magia oscura llevara las riendas de mi existencia? Bueno, pensaba en ese libro como si fuera un amigo y lo dejaba reposar en mi mente durante un año. Cada octubre emprendía la relectura y lograba siempre entender que para crear un libro como éste se necesitaba disciplina, pero era indispensable comprender de primera mano la magia oscura. Asumí eso, es decir, creí que yo conocía la magia oscura, entonces me topé con otros textos de largo aliento que me abrieron un panorama más técnico, mucho más realista y lleno de una vivencia que yo no tenía y, tal vez, eso los atesoro.
La primera lectura que tuve, ya con la meta en la literatura, fue The grapes of wrath (1939), de John Steinbeck. Tuve acceso al ejemplar de la editorial Edhasa y la traducción estuvo a cargo de Hernán Guerra Canévaro. Este libro del que yo abrevaba se publicó en 1978 y lo conseguí a principios de los años 90, en la extinta librería Cristal. A la par de esa novela combinaba cosas de la época: Guillermo Fadanelli, Gualupe Loaeza, Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta, Carlos Monsiváis, Fernando del Paso, Alvaro Enrigue, Mario González Suárez y tantos otros más que me daban senderos para recorrer, pero tomaba como un guía a Steinbeck. El impacto fue tremendo al conocer la vida pobre de campesinos de Estados Unidos. La labor del traductor en ésta —y otras tantas obras que yo leía en aquel tiempo— resultó determinante para asumir (una ilusión que he ido derrumbando en la medida que leo versiones originales) que conocía muchas novelas escritas en inglés. Lo emocionante de este ejercicio de relectura podría entenderse mejor si uno asume que se trata de un descubrimiento asistido sólo por la curiosidad. Es decir, emprendí de nuevo la lectura de The grapes of wrath porque al nadar en esa agua asumí que no conocía la historia; la experiencia fue mucho más atractiva en el idioma original. Leí con la certeza de que estaba frente a un libro nuevo. No fue lo mismo recordar los balbuceos de los personajes durante largas caminatas, sino asumir que hay fragmentos repletos de poesía, una voz poética en medio de esta tragedia económica —más que una Gran Depresión hablo de un proceso de empobrecimiento social— que delimita y potencia la novela en cuestión. Los personajes tienen anhelos, muchos conflictos internos y se yerguen en grupo gracias al ideal del bienestar. Recordaba los extensos y memorables pasajes de la familia Joad por la carretera 66. Iban de Oklahoma hacia Los Ángeles. En mi mente, aquella lectura asistida por el trabajo de Guerra Canévaro era un poco pesada al momento de referir diálogos de pretensiones poéticas y muy preciso en los hechos trazados por el autor. El fraseo de algunos personajes me daba la impresión de estar en una película de Ismael Rodríguez, porque entre los Joad y Nosotros los pobres había pocas diferencias. Pude aseverar entonces que la labor de Guerra Canévaro es buena, con algunas licencias, claro está, pero buena a secas. De igual manera logré confirmar que la voz narrativa de Steinbeck posee alcances poéticos memorables, una voz omnisciente que acoge, dirige y suelta los personajes con maestría, una verdadera lección para quienes intentan aprender a diferenciar la paja del trigo. Ergo: una forma de asumir lo que sí es literatura. También confirmo que la dificultad de “acercar” a los lectores la obra de Steinbeck es compleja. Como lector atribuyo el don de lo literario a esta voz narrativa que dice, por ejemplo: “El hombre con un solo ojo los observa irse, atraviesa el cobertizo de metal hasta la choza. Está oscuro ahí dentro. Él tanteó las cosas para llegar hasta el colchón, colocado sobre el piso, y se estiró; se puso a llorar sobre la cama”. Estas líneas me ayudan a poner sobre la discusión un hecho, que más allá de lo literario, hay una bandera política en la novela, algo que termina ganándole al autor y en cierta forma disminuye el poder de su oficio. No es una mala novela, pero no le sienta bien romantizar la pobreza. Durante la relectura de Las uvas de la ira me adentré en un libro más viejo que el de Steinbeck: L’ennemi (1928), de Irene Nemirovsky. Contrapongo a los autores, a los libros y entiendo que hay ciertas formas de adentrarse en la literatura, pero siempre está bien definida la postura política. A Nemirovsky no le ciega la guerra; a Steinbeck sí, la pobreza. En el caso de Steinbeck, no puede negarse el talento, yo le tengo mucho respeto, pero no sé si ahora, a mi edad, podría considerar a este libro como ejemplar. Me sigue gustando más The pearl (1947), pero en The grapes of the wrath la cuestión técnica es aleccionadora. Un bisoño aprendería mucho al conocer este libro, pero un lector avezado e incluso perverso sabe que una novela así tiene una loable meta (denunciar la miseria y afiliarse de manera panfletaria a una ideología); tal vez el autor no debería ser excesivo e insistente con la pobreza. Debería evitar tanta repetición en el mensaje para salir de la miseria: “¿Cómo podemos vivir sin nuestras vidas? ¿Cómo podríamos saberlo sin nuestro pasado? No, déjalo. ¡Quémalo! Ellos se sentaron y miraron entre sí y lo quemaron dentro de su memoria. ¿Cómo será no saber qué tierra hay al otro lado de la puerta? Como si tú despertaras en la noche y supieras –y supieras que el sauce no está allá? ¿Puedes vivir sin el sauce? Bueno, no. Tú no puedes. El sauce eres tú. El dolor sobre el colchón allá –el temible dolor– eso también eres tú”.
Los aspectos que no abundan en contra de un sistema capitalista (que ensombrece la vida) son un placer, en especial, la progresión dramática, el recorrido emocional de los personajes y la potencia de las frases, herramientas ideales para mostrar el poder de esto que para efectos prácticos llamamos literatura: algo que conmueve, analiza y agranda el conocimiento de lo humano. Pero la pregunta que permeó esta relectura es de otra índole: ¿alguien publicaría en una editorial comercial esta novela ahora? Yo temo que no. Sí es así, ¿qué tipo de lección es ésta? Una relacionada con el ninguneo del grandioso pasado literario, porque todo lo pasado tenía otro peso, otra envergadura y otro tono. Poesía una ambición asombrosa. Eso anuda la siguiente novela que tomé como base hace treinta años, pero ahora ya no tiene vigencia, salvo para quienes intentan, desean y anhelan ser escritores. De eso escribo la siguiente entrega.
@FederìVite
@monsieur_vate
