Sobre las densidades del presidente

 

(Segunda de dos partes)

Me propuse, por mero despliegue del músculo lector, hundirme en dos obras que antaño me parecieron capitales para mi oficio. En esos años de primeras lecturas, hace ya treinta veranos, entendía de otra manera el trabajo de escribir; me ponía, por decirlo de una manera simple, metas muy altas para poder narrar lo que a mí me gustaba o, mejor dicho, para describir lo que yo sabía y lo que me entusiasmaba. Antes de llegar a estos libros, tuve como punto de apoyo Under the volcano (1947), de Malcolm Lowry. Con esta novela asumí un poco mejor lo que yo tenía dentro, pero no lograba nombrarlo; también me preguntaba, ¿qué pasaría si yo dejara que esa magia oscura llevara las riendas de mi existencia? Bueno, pensaba en ese libro como si fuera un amigo y lo dejaba reposar en mi mente durante un año. Cada octubre emprendía la relectura y lograba siempre entender que para crear un libro como éste se necesitaba disciplina, pero era indispensable comprender de primera mano la magia oscura. Asumí eso, es decir, creí que yo conocía la magia oscura, entonces me topé con otros textos de largo aliento que me abrieron un panorama más técnico, mucho más realista y lleno de una vivencia que yo no tenía y, tal vez, eso los atesoro.
La primera lectura que tuve, ya con la meta en la literatura, fue The grapes of wrath (1939), de John Steinbeck. Tuve acceso al ejemplar de la editorial Edhasa y la traducción estuvo a cargo de Hernán Guerra Canévaro. Este libro del que yo abrevaba se publicó en 1978 y lo conseguí a principios de los años 90, en la extinta librería Cristal. A la par de esa novela combinaba cosas de la época: Guillermo Fadanelli, Gualupe Loaeza, Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta, Carlos Monsiváis, Fernando del Paso, Alvaro Enrigue, Mario González Suárez y tantos otros más que me daban senderos para recorrer, pero tomaba como un guía a Steinbeck. El impacto fue tremendo al conocer la vida pobre de campesinos de Estados Unidos. La labor del traductor en ésta —y otras tantas obras que yo leía en aquel tiempo— resultó determinante para asumir (una ilusión que he ido derrumbando en la medida que leo versiones originales) que conocía muchas novelas escritas en inglés. Lo emocionante de este ejercicio de relectura podría entenderse mejor si uno asume que se trata de un descubrimiento asistido sólo por la curiosidad. Es decir, emprendí de nuevo la lectura de The grapes of wrath porque al nadar en esa agua asumí que no conocía la historia; la experiencia fue mucho más atractiva en el idioma original. Leí con la certeza de que estaba frente a un libro nuevo. No fue lo mismo recordar los balbuceos de los personajes durante largas caminatas, sino asumir que hay fragmentos repletos de poesía, una voz poética en medio de esta tragedia económica —más que una Gran Depresión hablo de un proceso de empobrecimiento social— que delimita y potencia la novela en cuestión. Los personajes tienen anhelos, muchos conflictos internos y se yerguen en grupo gracias al ideal del bienestar. Recordaba los extensos y memorables pasajes de la familia Joad por la carretera 66. Iban de Oklahoma hacia Los Ángeles. En mi mente, aquella lectura asistida por el trabajo de Guerra Canévaro era un poco pesada al momento de referir diálogos de pretensiones poéticas y muy preciso en los hechos trazados por el autor. El fraseo de algunos personajes me daba la impresión de estar en una película de Ismael Rodríguez, porque entre los Joad y Nosotros los pobres había pocas diferencias. Pude aseverar entonces que la labor de Guerra Canévaro es buena, con algunas licencias, claro está, pero buena a secas. De igual manera logré confirmar que la voz narrativa de Steinbeck posee alcances poéticos memorables, una voz omnisciente que acoge, dirige y suelta los personajes con maestría, una verdadera lección para quienes intentan aprender a diferenciar la paja del trigo. Ergo: una forma de asumir lo que sí es literatura. También confirmo que la dificultad de “acercar” a los lectores la obra de Steinbeck es compleja. Como lector atribuyo el don de lo literario a esta voz narrativa que dice, por ejemplo: “El hombre con un solo ojo los observa irse, atraviesa el cobertizo de metal hasta la choza. Está oscuro ahí dentro. Él tanteó las cosas para llegar hasta el colchón, colocado sobre el piso, y se estiró; se puso a llorar sobre la cama”. Estas líneas me ayudan a poner sobre la discusión un hecho, que más allá de lo literario, hay una bandera política en la novela, algo que termina ganándole al autor y en cierta forma disminuye el poder de su oficio. No es una mala novela, pero no le sienta bien romantizar la pobreza. Durante la relectura de Las uvas de la ira me adentré en un libro más viejo que el de Steinbeck: L’ennemi (1928), de Irene Nemirovsky. Contrapongo a los autores, a los libros y entiendo que hay ciertas formas de adentrarse en la literatura, pero siempre está bien definida la postura política. A Nemirovsky no le ciega la guerra; a Steinbeck sí, la pobreza. En el caso de Steinbeck, no puede negarse el talento, yo le tengo mucho respeto, pero no sé si ahora, a mi edad, podría considerar a este libro como ejemplar. Me sigue gustando más The pearl (1947), pero en The grapes of the wrath la cuestión técnica es aleccionadora. Un bisoño aprendería mucho al conocer este libro, pero un lector avezado e incluso perverso sabe que una novela así tiene una loable meta (denunciar la miseria y afiliarse de manera panfletaria a una ideología); tal vez el autor no debería ser excesivo e insistente con la pobreza. Debería evitar tanta repetición en el mensaje para salir de la miseria: “¿Cómo podemos vivir sin nuestras vidas? ¿Cómo podríamos saberlo sin nuestro pasado? No, déjalo. ¡Quémalo! Ellos se sentaron y miraron entre sí y lo quemaron dentro de su memoria. ¿Cómo será no saber qué tierra hay al otro lado de la puerta? Como si tú despertaras en la noche y supieras –y supieras que el sauce no está allá? ¿Puedes vivir sin el sauce? Bueno, no. Tú no puedes. El sauce eres tú. El dolor sobre el colchón allá –el temible dolor– eso también eres tú”.
Los aspectos que no abundan en contra de un sistema capitalista (que ensombrece la vida) son un placer, en especial, la progresión dramática, el recorrido emocional de los personajes y la potencia de las frases, herramientas ideales para mostrar el poder de esto que para efectos prácticos llamamos literatura: algo que conmueve, analiza y agranda el conocimiento de lo humano. Pero la pregunta que permeó esta relectura es de otra índole: ¿alguien publicaría en una editorial comercial esta novela ahora? Yo temo que no. Sí es así, ¿qué tipo de lección es ésta? Una relacionada con el ninguneo del grandioso pasado literario, porque todo lo pasado tenía otro peso, otra envergadura y otro tono. Poesía una ambición asombrosa. Eso anuda la siguiente novela que tomé como base hace treinta años, pero ahora ya no tiene vigencia, salvo para quienes intentan, desean y anhelan ser escritores. De eso escribo la siguiente entrega.

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En primera persona

El jueves de esta semana se presenta La rendición en la Ciudad de México y, como una cortesía de la editorial Almuzara, dejo en las páginas de El Sur un adelanto de esta novela.

A pesar de todo, empaqué mis cosas con calma. Tenía muchos libros; los metí en cuarenta cajas. Para embalar mi ropa no tuve que hacer mucho esfuerzo ni gastar mucho tiempo. Bastaron dos maletas. Estaba en mi habitación. Fue construida desde hace diez años para otros fines, pero terminé usándola con cierta indiferencia y algo de apatía, casi casi por inercia. Aunque me gustaba mucho más la forma en la que mis padres explicaban eso. Ellos decían que planearon todo con calma, porque siempre supieron que yo regresaría a casa algún día y me procuraron un espacio, que aunque pequeño, destinado sólo para mí. Yo recibí ese obsequio como un paracaídas. Ese cuarto fue construido con pesados blocks de color gris y, tal vez debido al tono triste de ese material, la habitación motivaba muchas reflexiones. Era un almacén de ideas y de momentos ominosos. Así que mientras acomodaba mis pertenencias pensaba en mi adolescencia, en mi infancia y, en especial, en la torva ira que me animaba aquellos días. Se trataba de una habitación austera, pero amable y muy calurosa. No podía estar en mi cuarto después de las diez de la mañana. El sol hacía hervir las rectangulares láminas de asbesto.
Mi padre se enteraba de las noticias viejas de Italia leyendo La Repubblica y Corriere della Sera, periódicos que llegaban con una semana de retraso a la cafetería La Italiana. Ponía especial atención a las crónicas de degradación humana protagonizadas por la Cosa Nostra. Había clientes fieles a esa parroquia que presumía en las paredes escenas cotidianas de Sicilia. En específico, de Catania. Varios italianos habían elegido a Acapulco como su hogar y ese lugar acogía historias de gente como mi padre, siempre en busca de noticias de La Cosa Nostra. Solía buscar anécdotas sobre la mafia o cosas relacionadas con balaceras, masacres, acuchillamientos, nota roja de cepa pues. Leía y apreciaba los filmes con esa estética. Se trataba de cuestiones que le parecían, por razones extraordinarias, familiares. Él vivía en calma, pero disfrutaba mucho la violencia, igual que mi madre. Llegué a pensar que la violencia los mantenía unidos. Platicaban de eso gran parte del tiempo. Yo me sentía revestido de un pasado asombroso cuando escuchaba las conversaciones de los parroquianos de La Italiana. Hablaban con mi padre de cervezas, cigarros, asesinos y mujeres. No sé cuánto tiempo pasaban ellos ahí; pero iban diario. Mi padre disfrutaba esos momentos. Hablaba italiano como si fuera su lengua materna. La mesera era una mujer de piel morena clara y largo cabello chino. De joven fue guapísima. Ya entrada en los cincuenta años destacaba por sus tatuajes en el brazo derecho y por su buen humor. Era muy delgada. Tenía demonios y estrellas en la epidermis. Su piel me parecía luminosa. Eso me llevó a pensar que ella olía siempre a canela. Pietro, uno de esos clientes devotos, le recriminó a la mesera un gesto. Ella movió de manera horizontal la palma de la mano derecha y la acercó a la boca, como si fuera a morderla. Ni siquiera dijo: Vaffanculo! Sólo hizo ese gesto. Él se levantó, sacó la cartera y dejó unos billetes junto a la taza de café que la mesera acababa de servir. Lo vi montarse en su motoneta. Minutos después llegó una mujer rubia, alta y de pelo lacio. No hablaba español. Cuando he pensado en ese hecho intuyo que no era una mujer, sino un hombre vestido de mujer. Encaró a la mesera y le dio una bofetada. Mi padre trató de calmar las cosas, pero alguien le recomendó con autoridad que no lo hiciera. La rubia escupió la caja registradora. Así quedó signada la amenaza. Dos o tres días después pasé por ahí en la noche. La Italiana había sido quemada. Busqué a mi padre por el radio civil del taxi.
–Platicamos en la casa –reconvino con calma– cuando puedas date una vuelta.
Yo tuve un buen turno ese día. Antes de lo planeado ya había ganado lo suficiente como para solventar la cuenta, la gasolina y me hice de una ganancia jugosa. Pasé a una panadería, antes era normal encontrar panaderos durante la noche, para comprar algunas viandas que le llevé a mi madre. Solía visitarlos en esta casa, en la Victoria, cada quince días. Se trataba de una regularidad que me permitía apreciarlos; no los padecía ni los extrañaba. Era una reunión ideal. Había algo sobresaliente aquella noche. Estacioné el Tsuru que yo trabajaba junto a la caseta de policías de la primera glorieta. Subí los escalones. Toqué el timbre, siempre hacía eso, inserté la llave y giré la muñeca. Entré directo al comedor. Ellos estaban cenando. Los abracé. Hablamos un poco del clima, siempre caluroso; de la playa, también sobre los costos de la gasolina, siempre a la alza, y como una deriva obligada lo ocurrido en La Italiana. Mi madre dijo que se venía una ola de sangre. Ella no hablaba en italiano, pero sus frases me parecen nacidas de ese idioma. Gracias a mi padre supe que después del escupitajo llegaron más personas a la cafetería. Todos los clientes salieron. Sacaron a la mesera a empujones, pero no le dieron golpe alguno. Ella hizo un par de llamadas telefónicas a los dueños del negocio. Después arribó a ese sitio un hombre rubio, chaparrito y súper nervioso. De ojos azules y pelo lacio hasta los hombros. La mesera le dijo algo, pero el otro hombre no respondió. La mesera ni siquiera terminó de hablar cuando dos muchachos que estaban en un Shadow entraron con garrafas y empezaron a rociar gasolina en el comercio.
–Pensé que me iban a pegar –relató mi padre–. Todos salimos apurados y prendieron la cafetería.
Mi madre se persignó. Dio gracias a Dios porque mi padre salió con bien de ahí. Después afirmó que el dueño del local era malo porque no cuidó a la mesera.
–¿Entonces? –pregunté a mi padre–: ¿Adónde vamos a ir ahora por un café?
–No sé –respondió–. Parece que se terminó una época. Esa noche hubo una serie de ejecuciones en el barrio de Petaquillas, cerca de La Italiana. Acribillaron a varias personas, trabajadores de las imprentas que por esos rumbos mantenían abiertos los negocios hasta las diez de la noche. En esa semana se incendiaron varios locales comerciales de la zona: un restaurante filipino, un taller mecánico, una estética regenteada por una travesti que apodaban Rubí; una zapatería, una tienda de plásticos y una talachería. Mi padre me recomendó que no llevara clientes a ese barrio ni que me diera vueltas por ahí buscando pasaje porque estaban robando los autos para hacer otros trabajos: secuestros, montones de cosas más. Podría pensarse que todo fue una epidemia. No le creí a mi padre en ese momento, pero en el radio civil del taxi escuchaba todo lo que compartían los compañeros y comprendí que las cosas estaban fuera de control no sólo en esa zona, la que colinda con el histórico Fuerte de San Diego. Pensaba en todo aquello y fue entonces que me quedé viendo la lámina de asbesto desde la cama, entendí el sentido de aquella frase que ofrecía un significado mucho más contundente: El fin de una época. Esa idea se agitaba en mí como una bandera. En 1992 se terminó lo dorado de Acapulco.

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Diálogos entre mujeres

Una de las voces femeninas más conocidas de Italia es Dacia Maraini, quien ha trabajado con fortuna en el ensayo, la poesía y la narrativa. Su proyecto, no sobra decirlo, se ha enfocado en radiografiar la feminidad, por ejemplo, Chiara di Assis (2013), libro que explora a Santa Clara desde un punto de vista sui generis, como una rebelde que abandonó la riqueza y abrazó la pobreza, además, pugnaba por la militancia activa de las mujeres en la iglesia. Quizá el libro que más prestigio le ha dado es Bagheria (1993), sitio conocido mundialmente gracias a la película Nuovo Cinema Paradiso (1988). Por la gracia con la que detalla las experiencias vitales en narrativa, me acerqué a TRIO, Storia di due amiche, un uomo e la Peste a Messina (Rizzoli, Italia, 2020, 107 páginas). Para efectos prácticos, el título es Trío, historia de dos amigas, un hombre y la peste en Messina. Es una novela epistolar que enlaza una amistad de manera sutil, con matices culturales que nos permiten asomarnos a los personajes principales y, por supuesto, a conocer la turbulencia en ellos.
Esta historia nace, cuenta Maraini en el prólogo, durante la investigación para escribir Marianna Ucrìa (1990), novela cuya intensidad es indiscutible. Narra la vida de una Sicilia del siglo XVIII. Marianna viene al mundo en Palermo. Es hija de una familia noble, destinada al matrimonio y al enclaustramiento familiar, como todas las mujeres de su familia: primas y hermanas. La vida de ella tiene que servir a los intereses de los Ucrìa, quienes se van emparentando con las grandes familias palermitanas. Marianna es sordomuda y para comunicarse debe aprender a expresarse a través de la escritura. A los trece años la casan con su tío, hermano de la madre, y tiene hijos, como de ella se esperaba, pero su vida se enriquece gracias a la lectura. Así logra conocer el mundo más allá de los estrechos confines de la cotidianidad. Es una historia real, ocurrida a un familiar de la autora.
La pesquisa histórica de Maraini fue extensa y encontró que en 1743 “un velero de un solo mástil atracó en el puerto de Messina, procedente de Grecia. Los marineros murieron a causa de la peste, y la enfermedad se extendió lentamente por la ciudad. Fallecieron más de 25 mil personas”. Este hecho le hizo entender que había algo que contar. Así que propone un triángulo amoroso en el que el hombre (Girolamo) no habla, ni figura, sólo se mueve entre Agata y Annuzza. Los tres deben lidiar con el encierro de la peste. Agata y Annunza son amigas desde la infancia, jugaron juntas, crecieron juntas y compartían un amor por la lectura. ¿Qué otra actividad masiva había en esa época? Ah, claro, también asistían al Convento de Santa Lucía, donde aprendieron buenas costumbres, oraciones y recetas de cocina; incluso, las enseñaron a bordar. Eso es en el pasado, pero en el presente de la novela, las cosas tiene otro matiz:

“Querida Annuzza
Ayer, mientras cocía una prenda para mi hija, llegó Crocifissa de compras, toda sudada y con la respiración entrecortada, a decirme que en la calle se ha tropezado con un topo muerto. Ha gritado aterrorizada. Y continuó diciendo que los topos, cuando salen de las alcantarillas, están enfermos y llevan las pulgas infectadas con la enfermedad, que de acuerdo con ella, se aferran a los hombres y los enferman.
Yo no sabía que los topos portan la peste”.
Así da inicio el libro y se pone en marcha el reloj fatal. Se habla de un topo infectado, después Crocifissa enferma y la tensión crece; las dos amigas revelan entonces la batalla interna que libran.
Tanto Agatta como Annuzza se entretienen leyendo a Molière y Corneille, estudian francés, conversan sobre música. Girolamo aparece en la vida de las dos mujeres; se casó con Agata, pero está enamorado de Annuzza, a quien desea. Por temor a la peste, las dos mujeres se ven obligadas a abandonar su casa en mayo de 1743. Sicilia es gobernada por el virrey Corsini, de la dinastía Borbón. Agata se muda de Messina a Castanea, una pequeña aldea en la cima de una colina; Annuzza emprende el viaje a Casteldaccia, un pueblo cercano a Palermo.
Desde sus hogares, encerradas por el temor de que la peste las alcance, comienzan a intensificarse las cartas. Tienen que resolver un conflicto, pero no lo tocan de manera frontal sino que valoran su amistad y tratan de cimentarla antes de continuar con el núcleo de la trama. Entonces empiezan los celos, las referencias a Girolamo y las ganas de tenerlo cerca. Cada una ofrece sus puntos de vista; no hablan igual, así que gracias a sus frases se percibe el carácter y la forma de ver el mundo que poseen. El lector ensambla la historia. Es importante decir que en aquella época, las mujeres no iban a la escuela, no leían ni apreciaban la música, se les exigía la resolución de labores domésticas. Pero Agata y Annuzza poseían la libertad de leer y criar (aunque eso sólo sea el caso de Agata). Annuzza explica que dejara a Girolamo, porque ella quiere un hombre y evitará así darle tribulaciones a su amiga. Agata responde: “Pienso que mi pequeño y modesto espíritu filosófico me ayudará a afrontar la realidad sin perder la cabeza. Es, sobre todo, sin sacrificar esto que hay de bello en el mundo: la mistad”.
Girolamo es codependiente de Agata y de Annuzza e incapaz de mantener una vida familiar equilibrada. No es mezquino, no guarda rencor, “no miente, y si lo hace, lo hace con sinceridad”.
Hablar sobre el amor de un hombre es un pretexto para expresar la feminidad de una manera brillante, con sutileza e inteligencia. Por ejemplo, para hablar del placer carnal sin nombrarlo una de ellas dice esto: “Aparte de las espinas invisibles que se arrastran por todas partes, ¡qué ricas son las tunas cuando están maduras! Y las hay amarillas como el oro, verdes como las aceitunas y rojas como el jugo de mora, y éstas son las más dulces. Las comí pensando en ti. ¿Pero no tienes tunas donde vives? Aquí crecen incluso junto a los caminos y no son de nadie, por lo tanto, son de todos”.
Es una novela que se lee con facilidad, porque el idiolecto de ambas es coloquial, sin amaneramientos que le “ayuden” a darle verosimilitud histórica al libro. Son cartas cortas, sensibles y entrañables. Sobre todo, el ensamblado es de alta manufactura e inteligencia, porque todo está bien acomodado. Pareciera sencillo, pero una novela de esta envergadura no aparece con tanta periodicidad como muchos deseamos.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

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Acercamiento a la oscuridad sanadora

 

(Segunda de dos partes)

En el libro In the dark places of wisdom (The Golden Sufi Center, Estados Unidos, 1999, 255 páginas), del filósofo inglés Peter Kingsley, se pone en perspectiva un viejo culto en el que gracias a un método introspectivo (incubación), el humano se conecta de manera directa con el mundo de los muertos. Pone como eje central de los hechos a Parménides, autor del poema Sobre la naturaleza, quien dio cuenta en ese texto de la vía de la verdad que le fue revelada por la diosa del inframundo. Kingsley fusiona el culto de Parménides con el de los pitagóricos, quienes se adentraban en un sitio especial (una caverna) para estar en silencio e inmóviles por un tiempo, el suficiente para ingresar al inframundo. Pero lo interesante de todo el asunto es que ese culto, también frecuentado por los adoradores de Apolo, era parte de un proceso de sanación. Esto liberaba de algunas asechanzas, de algunos males. Lo atractivo del texto es que el filósofo se aventura a exponer algunas ideas que no suelen tener cabida en los temas “serios”: ritos paganos que ayudaban a comprendernos mejor. Es decir, ayudaban a sanar nuestras penas y algunas cuestiones físicas, porque para varios pueblos antiguos las enfermedades físicas tenían un origen emocional, “porque la sabiduría demanda todo lo que uno es”. Ergo: la sabiduría exige de lo emocional y de lo físico.
Otro asunto es que los poetas, profetas, sanadores, políticos y los legisladores de aquella época eran cargos de alta responsabilidad y estaban conectados, unos con otros, eso les permitía articular mejor con el dios Apolo (de quien les hablé en el artículo anterior, una deidad también conectada con el mundo de los muertos), “porque lo verdaderamente original no es lo que ahora conocemos como lógica, esa forma que complica y tortura nuestras mentes […]”, sino el ancho rango de conocimiento adquirido por los héroes de aquel tiempo, “quienes han sido humanos, pero también más que humanos, esto puede comprenderse como una especial relación con lo que hay más allá de los límites ordinarios de la experiencia humana –con el mundo de la muerte, el submundo. Hay un poder que rebasa la salud, la enfermedad y la muerte. Si te acercas a él de la manera correcta, ese poder puede sanarte”.
He aquí lo interesante de la propuesta de Kinsgley, de hecho, es el motivo por el que me interesó el libro: hay energías, una preexistencia que antecede nuestra idea de mundo, que nos toman (recurro a la palabra más repetida del poema “Sobre la naturaleza”, pherein, y a la tesis del libro de la doctora Karla Turner: Taken); esas energías habitan en otra región de la existencia, y en esos raptos (cuando los héroes han sido tomados) nos ayudan a entender algunos aspectos de nosotros mismos; incluso hay vestigios de esas energías que se manifiestan para ofrecer información que nos beneficia, pero no para conquistar un país o para hacernos ricos, sino para ser una mejor versión de lo que somos (Kingsley pone como ejemplo la manera en la que Moisés recibe la Torá en el monte Sinaí). Yo sé que todo esto le puede parecer una especie de conocimiento new age, pero lo más sobresaliente es que esta información –al revisar las fuentes de Kingsley– es obtenida de libros de filosofía e historia, también relee los clásicos de Platón (y le tira un par de piedras al autor de Diálogos, porque lo consideraba un escriba que no consultaba datos de fuentes directas); por puesto, Kingsley coteja, compara y revisa escritos en griego, latín e inglés. Es un trabajo exhaustivo que no se rinde a la facilidad de quien inventa datos sólo por hacerse el interesante. Aborda aspectos que van más allá de la simple relación de hechos que acompaña el poema Sobre la naturaleza. Al unir aspectos históricos y religiosos de la época halla un hilo conductor, la importancia de lo metafísico. Es decir, algo más allá de lo físico nos incumbe.
La idea que los antiguos tenían de sí mismos y la manera en la que sobrellevan la noción del mundo es diversa a la nuestra, se conducían con una aparente simplicidad; a pesar de que para ellos la Tierra era más ancha, más larga y más profunda, poseían una vía de autoconocimiento que les hacía sentirse más vinculados al planeta. Es justo lo que propone este libro. Y déjeme enunciarlo a manera de pregunta, ¿cómo sobrellevar la existencia? La respuesta que ofrece Kingsley es simple: Volver a nosotros. E incluso propone una vía, la de la incubación; aunque expuesto de una manera menos ortodoxa sugiere la reconexión con nosotros mismos mediante largos periodos de silencio e inmovilidad. También advierte algo a lo que ya no le ponemos tanta atención y la merecería. Al hablar de esa dimensión en la que los héroes conectaban con el inframundo, refiere: “Se trata de un mundo al que se puede entrar sólo mediante la meditación profunda, el éxtasis y los sueños”. Sí, leyó bien, pone a los sueños en el mismo nivel y les da el mismo valor que a las otras experiencias místicas. De hecho, los considera una de las vías para comprendernos mucho mejor.
La naturaleza salvaje de Sobre la naturaleza radica en el misterio del más allá, pero visto como una vía de acceso a un conocimiento mucho más amplio del que tenemos. A veces la cura de ciertas enfermedades está en la oscuridad, es decir, en el silencio y la tranquilidad.
Kingsley parece decirnos que al olvidarnos de la sabiduría ancestral estamos evadiendo aspectos esenciales y esta falta de conexión con lo no físico es un hueco en el alma de nuestra civilización, es el motivo también de nuestra falta de pensamiento profundo: “Esto es porque, después de doscientos años de argumentar, razonar y teorizar, aún ninguno ha sido hábil para estar de acuerdo por largos periodos con alguien más acerca de cosas importantes. Y es esto por lo que no hay una suma de pensamientos que podrían acercarnos a la verdad de nosotros, esto nos trae al punto de comprensión en el que algo más es necesario”. Ese algo más lo percibo como una oquedad que tratamos de llenar con sucedáneos, porque no logramos volver a nuestras raíces, ¿y qué son nuestras raíces? Tal parece que nuestra filosofía está imbricada con una tradición iniciática y eso nos dictan desde la antigüedad, nos señalan que nuestra insatisfacción se debe a que estamos distanciando lo que somos de lo que debemos ser. ¿Qué debemos ser? Esa respuesta, aunque suena a cliché, sólo está en el interior de uno mismo. Vaya problema, ¿no cree? En tiempos de tecnología, de gentrificación y búsqueda de fama, la respuesta está en el silencio. Desde ahí podemos vislumbrar lo que somos. Sólo eso, vislumbrarlo. Llegar a sí mismo sería la meta de la vida.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

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Acercamiento a la oscuridad sanadora

 

(Primera de dos partes)

Durante la pandemia, como muchos otros humanos, logré superar algunas crisis gracias al uso desmedido de internet. En Youtube vi una de las memorables entrevistas en las que la médium Paloma Navarrete, del Grupo Hepta de investigación paranormal, recomendó un libro bastante atractivo: In the dark places of wisdom (The Golden Sufi Center, Estados Unidos, 1999, 255 páginas), del filósofo inglés Peter Kingsley, quien también ha publicado Reality (2004) y Ancient philosophy, mystery and magic (1995).
Navarrete recomendó este libro por un aspecto simple que me gustaría seguir como línea de conversación. Hablaba de nuestro interior (psique, subconsciente, como guste llamarle) como una fuente de conocimiento indescriptible e inabarcable; sobre todo, como una vía de acceso a otras dimensiones. ¿Qué tipo de conocimiento hay en otras dimensiones? Bueno, un ejemplo claro es el tópico del que muchos se ríen y del que la mayoría teme: la vida después de esta vida. Kingsley aborda el tema desde un ángulo muy atractivo: por principio, refiere a los adoradores del dios Apolo; no hablamos del Apolo descrito por el filósofo germano Friedrich Nietzsche, sino de algo más dark, un dios conectado con los muertos.
Kingsley detalla que en la ciudad de Velia, en 1958, encontraron bloques de mármol con grabados de siglo I después de Cristo (500 años después de Parménides) y en las descripciones figuraban tres personas adoradas como dioses; en otro de esos bloques de mármol estaba una inscripción referida a Parménides, sin fecha de datación. Kingsley llegó a la conclusión de que Parménides no tiene fechas en la inscripción debido a que él es el año 0. Es decir, da inicio al linaje de esos tres médicos sanadores, cuyos nombres fueron encontrados en un templo y los habitantes de ese templo, sin duda, eran considerados héroes, es decir, seres inmortales, semidioses, intermediarios entre los vivos y los muertos. ¿Qué se hacía en ese templo? ¿Cómo sanaban los médicos ahí reverenciados? La respuesta que sugiere Kingsley inicia de esta manera: “Cuando Pitágoras dejó su casa en la isla de Samos por Italia toma las tradiciones de los anatolias y las técnicas de incubación, técnicas para descender al mundo de los muertos. Como una señal de lo dedicado que estaban a la deidad del inframundo, hizo su nuevo hogar en el sur de Italia dentro de un templo: construye un cuarto subterráneo donde iba y estaba sin moverse por un largo periodo de tiempo”.
Lo atractivo de In the dark places of wisdom es que Kingsley señala un poema de Parménides como el nudo de esta trama: Sobre la naturaleza. Antes de entrar al poema enfatiza que los griegos depositaban mucho, pero mucho más que una creencia y un arte en la poesía, no en la prosa, sino la poesía, porque la consideraban su forma de expresión más intensa. En el poema, Parménides se encuentra con la diosa del inframundo y repite la palabra pherein (tomado) para dar cuenta de ciertos hechos (“fui tomado”, “me tomaron”), no lo hace de manera gratuita, tampoco es pobre lingüísticamente, no, el autor consideró que esa experiencia sólo puede ser traducida como “pherein”. Es decir, tomado (y eso me conecta con un libro capital sobre los ovnis, escrito por la investigadora Karla Turner, titulado: Taken. Es decir, tomado. A mí no me parece gratuita la elección de esa palabra ni con Parménides ni con Karla Turner). Es tomado entonces ante la diosa, quien le recibe y le enseña la vía de la verdad. A ella no se le nombra. Pero es la reina y le muestra el mundo tal y como es. Dicho de una manera más simple, Parménides tuvo una revelación mística, es decir, comprendió el ser verdadero de las cosas y se le mostró también el porqué había pasado por un proceso de iniciación para conocer a la diosa.
Los sanadores o médicos descubiertos en Velia estaban familiarizados con la experiencia del éxtasis y de otros tantos estados de conciencia; sabían cómo invocar entidades y conversar con ellas. Es lo que nosotros conocemos como médiums. Y en ese punto es cuando se vuelcan tantas cosas sobre la mente, tantas referencias cruzadas, tanta información; por ejemplo, se sabe que al recitar poemas en hexámetro dactílico (el metro épico estándar en la literatura latina clásica: La Odisea, la Iliada, la Eneida, la Metamorfosis), el ritmo cardiaco y la respiración comienzan a sincronizarse. Se lleva a un estado de conciencia “especial”, como dicta el poema de Parménides: “rico en voces”.
En los templos de Apolo había una caverna llamada Chronomio, por ahí se entraba al averno. Ahí se realizaban las incubaciones, entrar en la cueva y pasar días de quietud y de silencio, esa era la técnica para ingresar al mundo de los muertos y se percibe ese ingreso cuando se oye el silbido de las flautas. Algo que otros hombres, como Pitágoras, consideraban “la música de las esferas”. En ese mundo de los muertos está unido el día y la noche, la luz y la oscuridad, todo en equilibrio. Está quien invoca y quien es invocado.
No deja de sorprenderme la importancia de la poesía para los griegos. Era una actividad sagrada, no sólo por el saber que tenía un poeta sino por el dominio del lenguaje que demostraba; además, claro, de que a un poeta se le atribuían poderes similares a los de un chamán: habilidades de sanación. ¡Qué diferencia tan enorme a la de nuestros poetas actuales! Antes se pensaba en ellos como intermediarios con los dioses, ahora buscan premios literarios, becas y lectores, ¿ése es el máximo logro de quien hace poesía en nuestro tiempo?
Parménides escribió un poema paradójico y difícil de digerir. Mucho más complejo de entender ahora, pues con el paso del tiempo nos alejamos de esa experiencia: conocer el poema sin intermediarios. Sobre todo, porque la comunidad académica sigue debatiendo al respecto y a veces es más que un poema, se convierte en un crucigrama y en un acertijo. Cada figura de Sobre la naturaleza es femenina. Se pide la inmersión en las profundidades de uno mismo y aceptar sin ambages la oscuridad que hay ahí, porque justo en el corazón de la oscuridad, en el corazón de la existencia, si uno es valiente, se encuentra cara a cara con la diosa. Es ella la responsable de la realidad que subyace a la existencia, porque es la reina del inframundo –la reina de la muerte–, a la que, por supuesto, se le teme. De eso escribo la semana entrante.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

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La vida artística en un viejo puerto

Valeria Parrella es una escritora napolitana conocida en Europa gracias a la novela Lo spazio bianco (2008), pero fuera del viejo mundo se hizo famosa por la traducción al inglés de la novela Almarina (2019), la cual llegó al público de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y Australia; no sobra decir que con una recepción favorable. El caso de Lettera di dimissioni (Einaudi, Italia, 2011, 186 páginas) es muy atractivo para alguien que vive en un puerto violento, turístico, descuidado, sucio y sometido a los botines políticos. Hablo de Nápoles, pero bien podría entenderse como algo similar a lo que ocurre en Acapulco.
Aparte del espléndido dominio de la técnica en la creación de diálogos, el libro articula una denuncia social que suma intensidad a la trama. Clelia es la protagonista y narradora, se echa a cuestas la historia de su familia, la va detallando con humor y acritud en algunos casos, por ejemplo: “Mi abuela fue una persona que sólo podía tratar bien a los hombres, porque con las mujeres era denigrante”.
Se sumerge en las generaciones pasadas, rastrea las andanzas de su genealogía. Piensa en todas esas mujeres que la precedieron y le dejaron una huella. Cada personaje encaja como pieza de rompecabezas, pero no perdamos de vista que la protagonista se busca a sí misma, por eso trata de entender a la abuela Franca, de apellido Cechov, quien llevaba las riendas del linaje. Nápoles adoptó a esta mujer. Y esta ciudad también delimitó las vidas de Lucía, Claudio, Alessandro, Rafaelle, Gianni, Stefano y los otros personajes que el lector encuentra y conoce gracias a Clelia. Ella tiene 40 años, se revela como una mujer fuerte y comprometida con la defensa de sus derechos laborales, está alineada con el Partido Comunista, al que su familia siempre estuvo vinculada. Tenía confort, pero abogaba por la defensa de los pobres.
Los vínculos afectivo-sexuales de la protagonista no son tan sólidos ni fructíferos: mantiene una relación aburrida y un amante distante. A los 40 años sigue sola, busca el apoyo y la seguridad que una vez residieron en su familia, cuando la abuela fue la líder; pero al independizarse, Clelia perdió esos privilegios. Mantiene la pasión por el teatro, al que se dedica en cuerpo y alma como dramaturga y directora escénica; también es la responsable del teatro regional más importante de Europa. El teatro le recuerda a la abuela Franca. La protagonista examina de manera crítica su pasado inmediato; también se da la posibilidad de evaluar el presente y se obliga a planear el siguiente paso.
Lettera di dimissioni se mueve entre las mujeres, pero no desdeña a los hombres, los analiza y a varios de ellos los aprueba. A otros no tanto, porque “a pesar de ser comunista, elige tener un hijo con otra mujer y pasearse conmigo en el teatro”. Ergo: no importa la postura política en cuestiones de fidelidad.
A mí me atrapó la vida privada de la familia; las pasiones, las quejas, los anhelos y, sobre todo, el amor por un puerto que se hunde sin clemencia, un sitio abundante en historia pero carente de futuro. Se ve hacia atrás, sin considerar la fecha de caducidad de sí mismo como producto turístico. Un puerto que encarece la vida de los nativos.
En la segunda y la tercera secciones de la novela, Clelia decide hablar de su tiempo y de su vida. Pone las tribulaciones laborales y vitales sobre la mesa. ¿Por qué? Porque si ya narró su origen la pregunta inmediata que debe resolver es, ¿hacia adónde va? Es decir, usa la primera parte de la novela para mencionar el sitio del que viene, una suerte de genealogía que articula el siguiente paso, ¿cuál es mi futuro? Yo encuentro sólidas referencias a la cosmovisión de Clelia, por ejemplo: “Somos el mundo en el que vivimos y somos lo que elegimos representar”. No es de sorprender entonces que la veta artística de Clelia se defina de esta manera: “Las cosas no se realizan de improviso, pero de improviso las vemos en su totalidad”.
Ella crece en Pompeya, viaja en transporte público; no tiene auto, pero su mejoría consiste en cambiar el autobús por un taxi. Dirige un teatro y a pesar de la historia de ese inmueble, de la labor de ese grupo escénico, el Estado no decide apoyarla porque considera al arte y la cultura una pérdida de dinero.
Contrario a lo pueda pensar, Lettera di dimissioni no es una novela que intenta detallar el aprendizaje de una mujer, sino que aborda una familia, una ciudad y un anhelo teatral que se traduce muy bien en una pregunta, ¿cómo mantenerse bien en un sitio como Nápoles, tan lleno de historia pero sin la organización política y social adecuadas; tan violento, tan sucio, tan dejado a la suerte de los turistas? ¿Cómo? Este libro es una larga carta de renuncia a la vida artística, a menos, claro, que se acepte la carencia, el empleo mal pagado y la vida a media asta como éxito.
Hay una sección, en la tercera parte, en la que el padre de Clelia le informa que la casa en Pompeya se ha derrumbado y que no podrá usarse ese espacio por un tiempo. Con este fragmento se cortan de tajo los privilegios que alguna vez gozó esa familia en una zona exclusiva, comandada por la abuela Franca, y se deja en claro qué es el futuro para la protagonista:
“Tal vez tus hijos puedan ver terminada la remodelación.
¿Mis hijos?
Sí. Tus hijos.
Papá, tengo 40 años, yo no voy a tener hijos.
El padre la mira y ella le extiende la mano para ayudarlo a levantarse, a sus espaldas están las ruinas”.
No estamos ante un relato sobre la educación sentimental, sino frente a un documento en el que una familia y una ciudad ahorman la vida de la protagonista, porque lo que oscurece el futuro de Clelia es que la “carta de renuncia” no es un acto voluntario sino una forma de aceptar que su labor en el Teatro Stabile Campano ha terminado.
Lettera di dimissioni es una reflexión sobre un país que ha olvidado las satisfacciones que prodiga el esplendor artístico. Aunque amarga, la novela está escrita con una voluntad de denuncia, pero no por ello cae en el patetismo de lo políticamente correcto. Hay en este libro una preocupación mayor, justo cifrada en el futuro. ¿Qué sigue después de la renuncia? ¡Ah!, finísimos lectores, lo que sigue sólo empieza con una despedida. El resto es trabajo, trabajo y trabajo. Nada más.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite
@monsieur_vate

 

Infinete jest, treinta años después

(Segunda de tres partes)

Cuando uno se enfrenta a un libro de mil páginas se hace muchas preguntas; pero la más interesante está relacionada con el motor que impulsa esa experiencia de lectura. ¿Es un logro? ¿Un castigo? ¿Una dulce compañía? Veamos.
He leído Infinite jest tres veces; la primera, en 2002, cuando Random House publicó La broma infinita (traducción de Marcelo Covián), pero como bien sabe, el texto está lleno de españolismos que hacen mucho más curiosa esta versión. La leí con más ganas que pasión hasta la página cuatrocientos; hice una pausa y al final de ese año terminé la novela sin mucho entusiasmo, sólo recordaba las partes de la adicción. Vivía en Querétaro, conocía poca gente e invertía mi tiempo en la lectura, no sólo de esta novela sino en múltiples libros; pero en aquel momento de mi vida me enfrasqué en la obsesiva cercanía con la poesía. La experiencia de Infinite jest no fue intensa, como un buen poema, sino más o menos farragosa y obligada; pero no niego que dejó algunas huellas en mí, sobre todo en la estrategia narrativa de Wallace, porque no da tregua al lector, lo somete a la estupefacta sensación de no saber nada de ese mundo y le da poca información, así que ir descubriendo la vida en ese sitio se convierte en algo complejo; pero esa complejidad deviene en algo desopilante. Lo que conducía el interés de la lectura era una cosa: ¿cuándo acaban las tribulaciones de Hal Incandenza? No había tregua para la híper sensibilidad e inteligencia de Hal, alguien que asumió su atracción por el daño y batallaba con ello. Batallaba siempre.
En 2016 tuve la fortuna de encontrar uno de los miles de ejemplares que se imprimieron para conmemorar los primeros 20 años de esta novela. Es el libro que aún poseo. Empecé a leer el original sin mucho entusiasmo, pero en la página 140 me enganché; durante dos meses entré a esa “Norteamérica” con una inercia que me hacía sentir bien, entretenido y hasta un poco sobresaltado por el derroche de talento. Yo había dejado de beber alcohol y comenzaba a salir con mucha dificultad del tabaco. La novela aborda estos asuntos con ojo clínico, digamos, con referencias difíciles de soslayar para quien ha vivido este tipo de ansiedades y le cuesta encontrar una ruta de salida, le cuesta dejar atrás lo tóxico que impide la comprensión de la sobriedad. De hecho, me preguntaba si la sobriedad era algo normal. Aún me persigue esa duda.
En esta segunda lectura, la historia me pareció más triste de lo que yo recordaba, porque el mundo con el que Hal Incandenza lidia es difícil de sobrellevar. Aquel genio no la pasa bien estando sobrio y lo entiendo, pues en esa Norteamérica todo pierde color, densidad y belleza; las drogas son un aditivo. Ese mundo estaba diseñado para engancharse con alguna sustancia, en especial, porque los personajes tienen carencias afectivas o comprenden todo eso que parece no tener sentido: vivir paradojas en la zona gris de la existencia. A pesar de eso, los personajes irradian una comicidad palpable. ¿Por qué? Porque viven en sitio paradójicos: “Donde el Estado no es un equipo o un código, sino una floja y descuidada intersección entre los deseos y los temores, donde el consenso público para un muchacho es rendirse a la bien conocida primacía de la línea recta que conduce a la plana y miope idea de la felicidad personal”.
La segunda fue una lectura más conceptual que la primera, pero esta vez sí la consideraría extraordinaria, porque llegué al final con gusto y las 388 notas al pie de página me ayudaron a complementar el trabajo de ficción sembrado por Wallace, extendieron el juego ficcional hasta darles un sentido metaliterario.
Entendí también que para estar sobrio necesitaba mucha más fortaleza de la habitual o tal vez me caló esa relectura porque yo intentaba dejar en paz mis vicios; pero el libro, debo ser honesto, me cautivo por una cuestión técnica: la disposición de la prosa sobre el texto, una prosa verborreica, expansiva, obsesa; una prosa ansiosa, diría yo, algo que poco a poco germinaría como una muestra de lo que todo adicto conoce de primera mano. Wallace representa así el temor al vacío. Eso pude comprender en aquella relectura, donde yo releía también los libros que Foster Wallace refiera como depresivos. “Estaba pasando por una sana dosis de lectura Breat Easton; había salido de libros depresivos como La montaña mágica o Bajo el volcán”. De igual manera me enfrasqué en los juegos de palabras –que son muchísimos– y se pierden en la traducción de Covián. Un ejemplo: “Era The Mad Stork, pero le dicen The Sad Stork”.
En la segunda visita a este edificio literario me detuve en otros aspectos mucho más paródicos, por ejemplo, la voluntad separatista de un grupo de Quebec, quienes buscan la copia original de Infinite jest, una película cuya leyenda cuenta que entretiene hasta causar la muerte. Un poco como aquella obra de John Carpenter: Cigarette burns, filme que forma parte de la primera temporada de Master of Horror. La persona que veía esta película desataba al homicida que lleva dentro. En proyecciones masivas causaba terribles e incontrolables daños. Eso lo toma Wallace y lo modifica de una manera efectiva. Algo que nos recuerda un largometraje más de Carpenter: They alive (1988). En especial porque señala la obstinada voluntad comercial de Estados Unidos. Algo innegable, por supuesto. Pero volviendo a la novela: el grupo Assassins en Fauteuils roulants (Asesinos en sillas de ruedas) trata de duplicar el largometraje Infinite jest para distribuirlo a todos los niveles y sentarse a contemplar cómo los estadounidenses se mueren de entretenimiento, como si uno muriera por sobredosis de Slimfast. Se consuma el hedonismo de una manera burda, con la imagen de un hombre frente a la pantalla de televisión. Ni más ni menos.
Pensé mucho en James O. Incandenza, el otrora cineasta conceptual, director de la Academia de Tenis de Enfield y padre de Orin, un jugador de futbol americano exitoso; Mario, el hijo nacido con deformaciones físicas, y Hal, un tenista tocado por el halo oscuro de los sueños, quien no controla el asiduo disfrute de ciertas drogas suaves. Pero el ancla de la novela es Hal, sólo que James sobrevuela toda la historia con una voracidad similar a la de Urano, esa deidad que personifica el cielo y aprisiona a sus hijos en el vientre de su madre: Gea (la Tierra).
La tercera lectura, ya en 2026, la hice por curiosidad. Necesitaba entender la estructura de una novela que, viéndolo bien, funciona por la acumulación de peripecias, organizadas por los cuadrantes que forman los meridianos y paralelos, esas líneas imaginarias que recubren todo el relato. De eso escribo la semana entrante.

Para la escritura de este artículo utilicé Infinite jest (Estados Unidos, Back Bay Books, 2016, 1079 páginas). La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederìVite
@monsieur_vate

 

Infinite jest, treinta años después

 

(Primera de tres partes)

El primero de febrero de 1996 salió a las mesas de novedades de las librerías de Estados Unidos, y otras tantas partes de América del norte, un libro de ficción que superaba las mil páginas. El autor era conocido pero no tanto. David Foster Wallace había publicado The broom of the system (1987), una novela de campus que manifestaba el sentido del humor de un autor novel, sensible e inteligente. También había hecho público un libro de cuentos: Girl with curious hair (1989). Pero once años después de la primera piedra de su edificio novelístico (un lapso entre libros al que también recurrieron tanto Jonathan Franzen como Donna Tartt) apareció lo que Michael Pietsch, el editor de Little, Brown and Company de aquel entonces, definiría como un libro de raro sentido del humor.
Pietsch recibió los adelantos de Infinite jest y empezó a urdir el plan para que los lectores conocieran un trabajo que hasta el momento goza de una buena salud en los mercados editoriales de todo el mundo, porque no sólo los anglosajones mostraron gran afecto por este autor, sino que muchas naciones más aún lo editan con frecuencia; por ejemplo, en Italia hoy salió a la venta una edición preciosa de Infinite jest, cuya portada posee un cassette en formato VHS, como los de antaño; la traducción es de Edoardo Nesi, pero en esta labor también colaboró Annalisa Villoresi. En nuestro idioma no levantó mucho revuelo el treinta aniversario de este hito literario, pero hay una traducción de Marcelo Covián que fue publicada en 2002; Random House la tituló La broma infinita.
Volviendo al asunto de Pietsch, el editor se volvió amigo de Wallace, pues durante el arduo trabajo de corrección conversaron muchísimas veces. De hecho, él recibió los fragmentos del libro que le enviaba David e instó a Foster para que cortara algunas partes, modificara otras y, al final, le dio el apoyo que un editor debe dar; es decir, logró que la historia se contara lo mejor que se podía. Aunque en podcasts y artículos se comentaba que Foster fue quien tomó la decisión final de los recortes y otras tantas adecuaciones.
Cuando uno ve por primera vez una novela de mil páginas en la mesa de novedades, se hace otras preguntas, ¿hay mercado para eso? ¿Los lectores quieren algo así? Treinta años después seguimos hablando de Infinite jest, ¿por qué? Por amor a la lectura, esa es la respuesta definitiva, pero también es cierto que un libro con las características mencionadas es difícil de encontrar; más aún, un autor que enfrente estas batallas con la ficción no sólo muestra un músculo literario poderoso, sino una paciencia férrea y autoconfianza envidiable.
Este autor depositó en los entresijos de la prosa conocimientos que de una otra manera absorbió, porque es palmaria la cantidad de programas de televisión que vio, la cantidad de películas; la cantidad de manuales médicos, de tratamientos de rehabilitación para dejar el alcohol, el cigarro y las drogas. Es inmenso todo ese mundo interno, porque lo que sabe sobre sí mismo es oro molido; de hecho, lo pone en palabras de sus personajes: “Yo no estoy tratando de lastimarme. Yo voy a tratar de asesinarme a mí mismo. Esa es la diferencia”.
No ocurre muy a menudo que un autor se anime a contar una historia en mil setenta y nueve páginas; pudo ser más extensa esta novela, pero de acuerdo con Pietsch, Foster aceptó quitarle 250 páginas más a este coloso, que por extensión y sentido del humor, nos recuerda a tres monumentos que la preceden: The sot-weed factor: Or the voyage to Mariland. A satyr (1960), de John Barth; The recognitions (1955), de William Gaddis; y, por supuesto, Gravity ‘s rainbow (1973), de Thomas Pynchon. En un mundo que lee poco, ¿qué hacemos con estos libros?
Recuerdo haber visto una entrevista en la que David Foster recomendaba tener un diccionario en el baño: “eso siempre es útil para conocer otras palabras”. Wallace debió cotejar muchos, porque este libro tiene bastantes palabras, diálogos ingeniosos, monólogos atractivos, escenas inusuales, revestidas con humor, claro, aunque hay asuntos de un dolor inmenso, pero la gracia del autor no le permite caer en el melodrama ni muchos menos en el cliché. Quizá lo que más llama la atención es la incontrolable pulsión por el daño. Antes de entrar en esa materia es preciso decir que el original tiene palabras en otros idiomas: italiano, francés, alemán y latín. La apuesta de Foster no sólo es ambiciosa sino grandilocuente.
El libro crea una dinámica propia en la que el lector se siente rodeado, pues desfilan unos y otros personajes, pero tiene claro de que el protagonista es, como mandan los cánones, el primero en ser convocado por el autor: Hal Incandenza, un genio y hábil tenista que estudia en la academia de Enfield. Debe asistir a una clínica de rehabilitación, cercana a la academia, ahí conoce a otro igual a él, Don Gately, encargado del centro de rehabilitación. Hal tiene dos hermanos: Orin, el mayor pero más confundido; y Mario, un especialista en argumentar cuestiones incluso en detrimento de sí mismo. Avril es la esposa de James, la madre controladora de Orin, Hal y Mario. Quizá es el personaje más disfuncional de todos y, por supuesto, el más atractivo en este momento de mi vida. Viven una distopía futurista, donde Canadá, Estados Unidos y México han conformado la Organización de Naciones de América del Norte (en el original es ONAN).
Los planos de la novela, muchos en verdad, surgen disparados por la aparente causalidad de la vida de los Incandenza, amigos, conocidos, enemigos, vecinos, deportistas, maestros, doctores, terapeutas, novias, etc. Pero no se confunda, yo entiendo esta historia como una serie de hechos cómicos que le pasan a personajes con heridas profundas, pero, no sobra decirlo, no saben cómo sanar. Un ejemplo de lo señalado es que Hal Incandenza le cuenta a Orin una conversación sui generis que sostuvo con el psicólogo. Hal detalla la manera en la que encontró el cuerpo de James, cuya cabeza explotó en el horno de microondas. “Yo tenía mucha hambre, venía de practicar, había estado entrenando muy duro, todo el día. Abrí la puerta y lo primero que dije fue: ‘Esto huele delicioso’. Pero no quiero sentirme mal porque el psicólogo me dijo: ‘¡Dios mío, hijo! ¿Qué dijiste?’ Y yo le repetí que había entrenado mucho todo el día, que tenía hambre, pero olía muy bien; luego encontré los zapatos, después los trozos de todo aquello pegado en las paredes del horno. ¿Tú viste todo eso, Hal? Himself (como le dice a su padre o también lo refieren como el Infiniter jester) tuvo la delicadeza de ponerse papel aluminio hasta el cuello para que las ondas pudieran hacer bien el trabajo. Pero yo no quería decir eso, sólo fui honesto”.
Hay varios narradores, cambios en el punto de vista y se modifica mucho la distancia psicológica entre personajes; en especial, porque la historia no es lineal, hay saltos en la trama que confunden al lector poco avezado. Una novela con esta versatilidad sólo puede haber sido contada por un talentoso, disciplinado y obsesivo escritor que deseaba crear un histérico mundo personal. Pero la pregunta real es otra, sobre todo, treinta años después de haber sido publicado este portento, ¿cuál es la experiencia de leer Infinite jest? ¿Un logro? ¿Un castigo? De eso escribo la semana entrante.

* Para la escritura de este artículo leí Infinite jest (Estados Unidos, Back Bay Books, 2016, 1079 páginas). La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederìVite

 

 

La fragilidad de lo magnánimo

Algunos libros parecen haber sido escritos con un rigor mecánico; suele notarse en la artificialidad del mundo que recrea el autor. Otros textos, con más fortuna, poseen la naturalidad de una voz –me gustaría ponerlo de esa manera– una voz que vuelve a contar lo que otros autores han dicho, pero con la ligera apariencia de la novedad. En el segundo rubro de esta taxonomía personal encuentro al quinto libro del narrador y ensayista Paolo Cognetti: Le otto montagne (Einaudi, Italia, 2016, 208 páginas). La novela fue precedida de múltiples reseñas elogiosas, recomendaciones apasionadas de boca en boca y, en 2022, se consumó el proyecto fílmico basado en esta historia. Es decir, el libro hizo famoso al autor –casi de manera contranatural–, pues la historia aboga por la soledad, la quietud y la pasmosa belleza de los paisajes de montaña. Cognetti no se volvió loco, desapareció de los reflectores y siguió escribiendo. Le otto montagne tiene algo entrañable.
La novela inicia con la presencia del padre en un entorno montaraz. En las primeras líneas está todo el proyecto que, no sobra decirlo, inquieta al lector porque intuye que los pasos del hijo ya están signados por los aciertos y los errores del padre. “Mi padre tenía su modo de andar en montaña. Poco inclinado a la meditación, todo terquedad y arrogancia. Salía sin dosificar la fuerza, siempre en competencia con cualquiera, contra cualquier cosa, y donde el camino le parecía largo cortaba por la línea de máxima inclinación. Con él estaba prohibido detenerse, estaba prohibido lamentarse por el hambre, por la fatiga o por el frío; pero cantaba una bella canción, en especial, bajo el temporal o en la niebla densa. Y lanzaba aullidos contra los campos nevados”.
Este párrafo nos coloca de inmediato en lo que va a ocurrir durante toda la historia, pues asistimos a paisajes fríos y al ritmo de vida en la alta montaña. Ergo, la mayoría de lo que el lector conoce en este proyecto es “un mundo ártico, un eterno invierno”.
Pietro, narrador de la novela, suele ir a la montaña. Recorre el bosque y, por supuesto, los lagos, los peñascos, las colinas. Su familia se hace de una casa en la villa, ahí conocen a otro chico de su edad llamado Bruno. Los padres de Pietro intentan llevarse a Bruno a Milán para que estudie, pues es inteligente, hábil y generoso. El padre de Bruno se opone y golpea al padre de Pietro. Los recuerdos de aquellos hechos tienen una consecuencia en la historia, pero sobre todo, sirven para perfilar las rutas personales tanto de Pietro como de Bruno.
El protagonista tiene el privilegio de la instrucción educativa de nivel superior; vive en una ciudad y, por supuesto, anhela muchas cosas. Bruno se queda en la montaña y aprende a vivir en lo salvaje, conoce de memoria las rutas de su entorno, los animales y sabe lidiar con todas las contingencias de una vida en las alturas. Pietro se convierte en documentalista, pero cae en una crisis emocional y económica. “En aquel momento, yo de la montaña conocía sólo una estación solitaria”. Es verano y descubre “nieve fresca, suave, se derretía al contacto”. Sana la depresión junto a Pietro, construyen una cabaña en las alturas.
Me gustaría enfatizar que las tres partes del libro poseen este tipo de prosa con la que abre la novela. Hay algo íntimo, intenso y humano; no requiere efectos especiales, violencia o apoyos ideológicos. El autor se limita a dar cuenta de la vida y de los problemas cotidianos; eso me obliga a pensar en esta naturalidad de la que les hablaba. Sin exabruptos ni frases “pomposas” que intentan demostrar que el autor sabe muchas palabras o conoce mucho mundo, Cognetti cuenta una historia sin alterar la voz, sin darle redobles dramáticos ni ponerle énfasis lacrimógeno a ciertas escenas. Da una extraordinaria lección de narrativa que nos recuerda lo hecho por Ernest Hemingway; pero yo señalaría como una influencia directa a Jack London. Cognetti no duda en enfatizar aspectos económicos de Italia, traumas que dejan en la ruina a más de uno de los personajes y, por supuesto, genera cambios en la novela, porque lo económico, usted sabe, se cuela hasta la alcoba.
Hay dos momentos memorables; el primero, cuando la madre de Pietro, “habituada a convivir con hombres que no hablan entre sí”, confiesa un secreto del padre. El otro instante es casi al final, cuando se pone a prueba el estilo del autor, pues a pesar de que está en la parte climática del relato, no hay alteración en la prosa. Este hecho, insisto, ayuda a entender la naturalidad de una voz que, como señalé al principio, es oro molido.
El otro aspecto que recubre todo el libro se conecta con una novela breve de James Salter: Solo faces (1979). Ambos proyectos ponderan la urgencia de estar en soledad en una montaña. Aunque en el caso de Cognetti es palpable la representación de un ser humano imbuido por un ecosistema que le supera en sabiduría, tamaño, fuerza y belleza. Sobre todo, belleza. Y claro, después de conquistar una montaña, Pietro quiere subir otras más y viaja a Nepal para consumar el anhelo del Himalaya.
Durante la lectura me detuve para pensar un aspecto, ¿cómo mantener una historia que se parece tanto a nuestra vida? Hay giros dramáticos en la trama, sobresaltos, pero nunca adquieren la artificialidad. Lo que hace singular a esta novela es la voz narrativa; además, la forma en la que se encara un recuento de vida. Lo diré a manera de pregunta, ¿cómo describir la huella que nos deja un padre o un amigo? ¿Cómo? La respuesta de Cognetti es sensible.
La película basada en Le otto montagne, escrita y dirigida por Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, se estrenó en 2022, y generó un gran interés. El filme, aclamado por el público y la crítica, tiene en los roles principales a Luca Marinelli (quien también protagonizara una espléndida adaptación de Martin Eden, de Jack London) y a Alessandro Borghi (hizo muy buen trabajo en Napoli Velata y en la serie Diavoli). El proyecto ganó el Premio del Jurado del Festival de Cannes. En 2023 obtuvo cuatro Premios David di Donatello, en Italia: Mejor Película, Mejor Guion Adaptado, Mejor Fotografía y Mejor Sonido. En especial, hago referencia al sonido, porque tiene mucho que ver con la historia narrada, cuyo paisaje sonoro no sólo es nevado sino que le permite al lector (o el espectador del filme) conectarse con eso que al autor le llamó tanto la atención: la manera de estar acompañado por la montaña, como si un gigante estuviera moviéndose despacio, pero de manera efectiva sobre el mundo. Más allá de esta certeza, tanto el filme como la novela poseen la cualidad de ir de la ciudad a la montaña y hacer de estos dos escenarios un contrapeso, a final de cuentas, una singularidad de tiempo y de espacio. En el libro, Milán y Turín son las metrópolis referidas; dos urbes en equilibrio con el Monte Rosa, cerca del valle Aosta, entre L’Ossola y Valsesia; la presencia del río Sesia agiganta el universo interno del libro.
Este canto a la montaña nos recuerda la fragilidad del ser humano y, por momentos, captura la belleza natural de lo efímero. Si no conoce este libro (fue traducido al español por César Palma Hunt en 2018), o la película, se pierde de algo importante.

*La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite

 

Meditaciones sobre el lector ideal

Cuando voy a la presentación de un libro me pregunto si los que están ahí reunidos forman parte del enigma que para efectos prácticos denominamos “público lector”. La cosa se enrarece si agrego algunos aspectos, pues los asistentes a estos convites literarios suelen ser familiares o amigos del autor, pero ese vínculo no los convierte en lectores. Ahí están, no sé si lean al escritor, pero lo acompañan y eso, a estas alturas de la vida, ya es bastante. Al presenciar esas faenas, me inquietan otras cosas, ¿qué es un lector para un autor del sur del país? La respuesta no es obvia, porque los lectores tienen puntos de encuentro, asisten a librerías de manera regular y suelen conversar sobre sus lecturas (por lo menos donde yo vivo, las cosas son distintas e incluso apocalípticas en esta materia). Quizá el rasgo más atractivo de los lectores es que opinan sobre sus lecturas, gracias a esas conversaciones se afina el criterio para valorar un libro. Suelen ser francos en cuanto a los textos que conocen de primera mano y critican con furor. Si están en una presentación de libro, por tanto, pueden ser lectores del autor, pero insisto en la primera idea: acompañan al escritor en un acto público que también puede entenderse como un ritual de paso; pero de todos esos acompañantes que están ahí, de verdad, ¿hay lectores de ese autor? Yo soy optimista. Por tanto, me atribula otra interrogante: ¿Qué esperan del autor los lectores? Dicho de una forma mucho más clara, ¿qué esperan los lectores de un autor que les gusta? ¿Que repita eso que a ellos les satisface?
Hace treinta años, cuando el Centro Internacional de Convenciones no era un hospital de facha militar y ejercía magnetismo como epicentro cultural de gran convocatoria, fui a una presentación del libro La contracultura en México, de José Agustín (1996).
Asistí como espectador y puse atención al tinglado entre intelectuales porteños, periodistas, escritores en ciernes, escritores laureados del puerto, lectores y aduladores de José Agustín (que eran bastantes por aquellos años), pero en especial, atendí eso que ahora me pregunto con insistencia: ¿qué esperaban los lectores de él?
Puse atención a los comentarios de los presentadores, a los señalamientos de la moderadora y, sobre todo, a lo que dijo José Agustín, cuya esencia estaba relacionada con algo que él, de manera genuina, definía como un elemento de vital importancia para cualquier joven de los años 90: conocer la historia contracultural de México.
La moderadora miró al público y preguntó si alguien quería tomar la palabra para hacer algún comentario. Levanté el brazo y desenfadado, como siempre he sido, le pregunté algo que iba más o menos en este tono: “¿No cree que ya se ha repetido bastante en sus libros? Utiliza el mismo recurso de la voz jovial para ganar lectores y me parece que ya es algo manido”.
Escuché un zumbido –eso que sacude a la gente cuando reprueba un comentario– en la sala del teatro Nezahualcóyotl. Después la mirada de los presentadores cayó sobre mí. José Agustín tomó el micrófono y respondió, sin molestia en el tono de voz: “Sí, puede ser que sí”.
La conversación tomó otro giro; de inmediato pidieron la palabra algunos promotores culturales para decir que a ellos le gustaba mucho cómo escribía José Agustín y lamentaban que la misma gente de Acapulco criticara a los autores acapulqueños (¿cuántas veces no se ha oído ese mismo berrinche? ¿Cuántas veces me han dicho que no soy de Acapulco y por eso hablo de más?). No fue la última vez que yo conversé con José Agustín, le dediqué varios artículos en sus diversas facetas: guionista cinematográfico, comentarista musical, narrador y dramaturgo. De hecho, yo era reportero cultural en Puebla cuando él tuvo el accidente en el Teatro de la Ciudad y lo visité en el Sanatorio Español. ¿Por qué seguí opinando sobre él? Bueno, la respuesta es obvia: soy su lector; lo fui desde antes.
Asistí a esa presentación en el Centro de Convenciones, cuando yo era joven, porque quería oírlo y lo logré. Tuve algunas desavenencias después por ese incidente, pero eso ya no importa: nunca importó. Al final me sentí recompensado, porque escuché de primera mano al autor y asumí la lección de aquel momento: “Los lectores somos exigentes y cuando queremos ver a un autor cuya obra nos agrada deseamos que sea, por lo menos, honesto en las respuestas”.
Hay más preguntas que bordean lo que pasa en el mundo ilustrado cuando se pone en perspectiva el ritual de paso de una presentación de libro. ¿Vale la pena para un autor acercarse a la gente que lo lee? Claro, hay una experiencia irrepetible en cada presentación, pero el motivo por el que se siguen realizando estas actividades es simple: ampliar las posibilidades de que el público conozca al autor y, por supuesto, al libro. Dicho de una manera más simple, la gente que va a las presentaciones de libros tiene como única meta atender al autor; en segundo plano, a la obra. Y lo curioso es que a veces la obra no la lee ni el presentador –pero eso es harina de otro costal.
El libro siempre requiere de apoyo –un esfuerzo mayor aparte de haber sido escrito– ya sea con un acto protocolario muy parecido al trámite del INE antes de las votaciones o, en el mejor de los casos, protagonizar una ceremonia idéntica al bautismo. Yo entiendo así las presentaciones del libro, como un bautizo. Pero nunca me he hecho la pregunta más común de todas, ¿quiénes son mis lectores? No lo sé y, aunque suene a perogrullo, también refiero que no tengo en la mente una imagen de mi lector ideal, pero sí una anécdota ilustrativa.
Hace algunos años di una lectura en el Cereso de Acapulco y, como no tenía otro libro a la mano, me llevé Bajo el cielo de Ak-pulco (ya sabe, una historia de policías, delincuentes y muchas armas) al Cereso. Una vez que pasamos los filtros de seguridad –que a mí me recordaron por muchas razones la aduana de Cuba– empezaron a llegar los reclusos. Di lectura a un par de capítulos. Oí gritos, aplausos y uno que otro chiflido. Del público me empezaron a decir: “No, no, no. La historia de la Liberty negra acabó de otra manera, yo iba ahí”. Alguien más gritó: “Yo también iba ahí”. Y entre ellos chocaron los puños, festivos y alocados. No quise agregar nada, porque yo escribí una novela de ficción, pero ellos, presos por tráfico de drogas, me decían que iban en esa Liberty negra y que así no acababa la historia. Alguien se sumó al coloquio, pero fue una opinión jocosa: “Ustedes no acabaron aquí por esa Liberty, no sean lisos”. Nadie agregó algo más; yo retomé la conversación. Vinieron los aplausos, regalé algunos ejemplares y escuché un comentario más, venido de un preso de avanzada edad: “No iban en la Liberty negra, ellos mataron al protagonista de tu libro, por eso están aquí”. No sé qué le parezca a usted; para mí todo aquello fue un bautizo grandioso.

@FederíVite