Acercamiento a la oscuridad sanadora

 

(Primera de dos partes)

Durante la pandemia, como muchos otros humanos, logré superar algunas crisis gracias al uso desmedido de internet. En Youtube vi una de las memorables entrevistas en las que la médium Paloma Navarrete, del Grupo Hepta de investigación paranormal, recomendó un libro bastante atractivo: In the dark places of wisdom (The Golden Sufi Center, Estados Unidos, 1999, 255 páginas), del filósofo inglés Peter Kingsley, quien también ha publicado Reality (2004) y Ancient philosophy, mystery and magic (1995).
Navarrete recomendó este libro por un aspecto simple que me gustaría seguir como línea de conversación. Hablaba de nuestro interior (psique, subconsciente, como guste llamarle) como una fuente de conocimiento indescriptible e inabarcable; sobre todo, como una vía de acceso a otras dimensiones. ¿Qué tipo de conocimiento hay en otras dimensiones? Bueno, un ejemplo claro es el tópico del que muchos se ríen y del que la mayoría teme: la vida después de esta vida. Kingsley aborda el tema desde un ángulo muy atractivo: por principio, refiere a los adoradores del dios Apolo; no hablamos del Apolo descrito por el filósofo germano Friedrich Nietzsche, sino de algo más dark, un dios conectado con los muertos.
Kingsley detalla que en la ciudad de Velia, en 1958, encontraron bloques de mármol con grabados de siglo I después de Cristo (500 años después de Parménides) y en las descripciones figuraban tres personas adoradas como dioses; en otro de esos bloques de mármol estaba una inscripción referida a Parménides, sin fecha de datación. Kingsley llegó a la conclusión de que Parménides no tiene fechas en la inscripción debido a que él es el año 0. Es decir, da inicio al linaje de esos tres médicos sanadores, cuyos nombres fueron encontrados en un templo y los habitantes de ese templo, sin duda, eran considerados héroes, es decir, seres inmortales, semidioses, intermediarios entre los vivos y los muertos. ¿Qué se hacía en ese templo? ¿Cómo sanaban los médicos ahí reverenciados? La respuesta que sugiere Kingsley inicia de esta manera: “Cuando Pitágoras dejó su casa en la isla de Samos por Italia toma las tradiciones de los anatolias y las técnicas de incubación, técnicas para descender al mundo de los muertos. Como una señal de lo dedicado que estaban a la deidad del inframundo, hizo su nuevo hogar en el sur de Italia dentro de un templo: construye un cuarto subterráneo donde iba y estaba sin moverse por un largo periodo de tiempo”.
Lo atractivo de In the dark places of wisdom es que Kingsley señala un poema de Parménides como el nudo de esta trama: Sobre la naturaleza. Antes de entrar al poema enfatiza que los griegos depositaban mucho, pero mucho más que una creencia y un arte en la poesía, no en la prosa, sino la poesía, porque la consideraban su forma de expresión más intensa. En el poema, Parménides se encuentra con la diosa del inframundo y repite la palabra pherein (tomado) para dar cuenta de ciertos hechos (“fui tomado”, “me tomaron”), no lo hace de manera gratuita, tampoco es pobre lingüísticamente, no, el autor consideró que esa experiencia sólo puede ser traducida como “pherein”. Es decir, tomado (y eso me conecta con un libro capital sobre los ovnis, escrito por la investigadora Karla Turner, titulado: Taken. Es decir, tomado. A mí no me parece gratuita la elección de esa palabra ni con Parménides ni con Karla Turner). Es tomado entonces ante la diosa, quien le recibe y le enseña la vía de la verdad. A ella no se le nombra. Pero es la reina y le muestra el mundo tal y como es. Dicho de una manera más simple, Parménides tuvo una revelación mística, es decir, comprendió el ser verdadero de las cosas y se le mostró también el porqué había pasado por un proceso de iniciación para conocer a la diosa.
Los sanadores o médicos descubiertos en Velia estaban familiarizados con la experiencia del éxtasis y de otros tantos estados de conciencia; sabían cómo invocar entidades y conversar con ellas. Es lo que nosotros conocemos como médiums. Y en ese punto es cuando se vuelcan tantas cosas sobre la mente, tantas referencias cruzadas, tanta información; por ejemplo, se sabe que al recitar poemas en hexámetro dactílico (el metro épico estándar en la literatura latina clásica: La Odisea, la Iliada, la Eneida, la Metamorfosis), el ritmo cardiaco y la respiración comienzan a sincronizarse. Se lleva a un estado de conciencia “especial”, como dicta el poema de Parménides: “rico en voces”.
En los templos de Apolo había una caverna llamada Chronomio, por ahí se entraba al averno. Ahí se realizaban las incubaciones, entrar en la cueva y pasar días de quietud y de silencio, esa era la técnica para ingresar al mundo de los muertos y se percibe ese ingreso cuando se oye el silbido de las flautas. Algo que otros hombres, como Pitágoras, consideraban “la música de las esferas”. En ese mundo de los muertos está unido el día y la noche, la luz y la oscuridad, todo en equilibrio. Está quien invoca y quien es invocado.
No deja de sorprenderme la importancia de la poesía para los griegos. Era una actividad sagrada, no sólo por el saber que tenía un poeta sino por el dominio del lenguaje que demostraba; además, claro, de que a un poeta se le atribuían poderes similares a los de un chamán: habilidades de sanación. ¡Qué diferencia tan enorme a la de nuestros poetas actuales! Antes se pensaba en ellos como intermediarios con los dioses, ahora buscan premios literarios, becas y lectores, ¿ése es el máximo logro de quien hace poesía en nuestro tiempo?
Parménides escribió un poema paradójico y difícil de digerir. Mucho más complejo de entender ahora, pues con el paso del tiempo nos alejamos de esa experiencia: conocer el poema sin intermediarios. Sobre todo, porque la comunidad académica sigue debatiendo al respecto y a veces es más que un poema, se convierte en un crucigrama y en un acertijo. Cada figura de Sobre la naturaleza es femenina. Se pide la inmersión en las profundidades de uno mismo y aceptar sin ambages la oscuridad que hay ahí, porque justo en el corazón de la oscuridad, en el corazón de la existencia, si uno es valiente, se encuentra cara a cara con la diosa. Es ella la responsable de la realidad que subyace a la existencia, porque es la reina del inframundo –la reina de la muerte–, a la que, por supuesto, se le teme. De eso escribo la semana entrante.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite
@monsieur_vate

 

La vida artística en un viejo puerto

Valeria Parrella es una escritora napolitana conocida en Europa gracias a la novela Lo spazio bianco (2008), pero fuera del viejo mundo se hizo famosa por la traducción al inglés de la novela Almarina (2019), la cual llegó al público de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y Australia; no sobra decir que con una recepción favorable. El caso de Lettera di dimissioni (Einaudi, Italia, 2011, 186 páginas) es muy atractivo para alguien que vive en un puerto violento, turístico, descuidado, sucio y sometido a los botines políticos. Hablo de Nápoles, pero bien podría entenderse como algo similar a lo que ocurre en Acapulco.
Aparte del espléndido dominio de la técnica en la creación de diálogos, el libro articula una denuncia social que suma intensidad a la trama. Clelia es la protagonista y narradora, se echa a cuestas la historia de su familia, la va detallando con humor y acritud en algunos casos, por ejemplo: “Mi abuela fue una persona que sólo podía tratar bien a los hombres, porque con las mujeres era denigrante”.
Se sumerge en las generaciones pasadas, rastrea las andanzas de su genealogía. Piensa en todas esas mujeres que la precedieron y le dejaron una huella. Cada personaje encaja como pieza de rompecabezas, pero no perdamos de vista que la protagonista se busca a sí misma, por eso trata de entender a la abuela Franca, de apellido Cechov, quien llevaba las riendas del linaje. Nápoles adoptó a esta mujer. Y esta ciudad también delimitó las vidas de Lucía, Claudio, Alessandro, Rafaelle, Gianni, Stefano y los otros personajes que el lector encuentra y conoce gracias a Clelia. Ella tiene 40 años, se revela como una mujer fuerte y comprometida con la defensa de sus derechos laborales, está alineada con el Partido Comunista, al que su familia siempre estuvo vinculada. Tenía confort, pero abogaba por la defensa de los pobres.
Los vínculos afectivo-sexuales de la protagonista no son tan sólidos ni fructíferos: mantiene una relación aburrida y un amante distante. A los 40 años sigue sola, busca el apoyo y la seguridad que una vez residieron en su familia, cuando la abuela fue la líder; pero al independizarse, Clelia perdió esos privilegios. Mantiene la pasión por el teatro, al que se dedica en cuerpo y alma como dramaturga y directora escénica; también es la responsable del teatro regional más importante de Europa. El teatro le recuerda a la abuela Franca. La protagonista examina de manera crítica su pasado inmediato; también se da la posibilidad de evaluar el presente y se obliga a planear el siguiente paso.
Lettera di dimissioni se mueve entre las mujeres, pero no desdeña a los hombres, los analiza y a varios de ellos los aprueba. A otros no tanto, porque “a pesar de ser comunista, elige tener un hijo con otra mujer y pasearse conmigo en el teatro”. Ergo: no importa la postura política en cuestiones de fidelidad.
A mí me atrapó la vida privada de la familia; las pasiones, las quejas, los anhelos y, sobre todo, el amor por un puerto que se hunde sin clemencia, un sitio abundante en historia pero carente de futuro. Se ve hacia atrás, sin considerar la fecha de caducidad de sí mismo como producto turístico. Un puerto que encarece la vida de los nativos.
En la segunda y la tercera secciones de la novela, Clelia decide hablar de su tiempo y de su vida. Pone las tribulaciones laborales y vitales sobre la mesa. ¿Por qué? Porque si ya narró su origen la pregunta inmediata que debe resolver es, ¿hacia adónde va? Es decir, usa la primera parte de la novela para mencionar el sitio del que viene, una suerte de genealogía que articula el siguiente paso, ¿cuál es mi futuro? Yo encuentro sólidas referencias a la cosmovisión de Clelia, por ejemplo: “Somos el mundo en el que vivimos y somos lo que elegimos representar”. No es de sorprender entonces que la veta artística de Clelia se defina de esta manera: “Las cosas no se realizan de improviso, pero de improviso las vemos en su totalidad”.
Ella crece en Pompeya, viaja en transporte público; no tiene auto, pero su mejoría consiste en cambiar el autobús por un taxi. Dirige un teatro y a pesar de la historia de ese inmueble, de la labor de ese grupo escénico, el Estado no decide apoyarla porque considera al arte y la cultura una pérdida de dinero.
Contrario a lo pueda pensar, Lettera di dimissioni no es una novela que intenta detallar el aprendizaje de una mujer, sino que aborda una familia, una ciudad y un anhelo teatral que se traduce muy bien en una pregunta, ¿cómo mantenerse bien en un sitio como Nápoles, tan lleno de historia pero sin la organización política y social adecuadas; tan violento, tan sucio, tan dejado a la suerte de los turistas? ¿Cómo? Este libro es una larga carta de renuncia a la vida artística, a menos, claro, que se acepte la carencia, el empleo mal pagado y la vida a media asta como éxito.
Hay una sección, en la tercera parte, en la que el padre de Clelia le informa que la casa en Pompeya se ha derrumbado y que no podrá usarse ese espacio por un tiempo. Con este fragmento se cortan de tajo los privilegios que alguna vez gozó esa familia en una zona exclusiva, comandada por la abuela Franca, y se deja en claro qué es el futuro para la protagonista:
“Tal vez tus hijos puedan ver terminada la remodelación.
¿Mis hijos?
Sí. Tus hijos.
Papá, tengo 40 años, yo no voy a tener hijos.
El padre la mira y ella le extiende la mano para ayudarlo a levantarse, a sus espaldas están las ruinas”.
No estamos ante un relato sobre la educación sentimental, sino frente a un documento en el que una familia y una ciudad ahorman la vida de la protagonista, porque lo que oscurece el futuro de Clelia es que la “carta de renuncia” no es un acto voluntario sino una forma de aceptar que su labor en el Teatro Stabile Campano ha terminado.
Lettera di dimissioni es una reflexión sobre un país que ha olvidado las satisfacciones que prodiga el esplendor artístico. Aunque amarga, la novela está escrita con una voluntad de denuncia, pero no por ello cae en el patetismo de lo políticamente correcto. Hay en este libro una preocupación mayor, justo cifrada en el futuro. ¿Qué sigue después de la renuncia? ¡Ah!, finísimos lectores, lo que sigue sólo empieza con una despedida. El resto es trabajo, trabajo y trabajo. Nada más.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite
@monsieur_vate

 

Infinete jest, treinta años después

(Segunda de tres partes)

Cuando uno se enfrenta a un libro de mil páginas se hace muchas preguntas; pero la más interesante está relacionada con el motor que impulsa esa experiencia de lectura. ¿Es un logro? ¿Un castigo? ¿Una dulce compañía? Veamos.
He leído Infinite jest tres veces; la primera, en 2002, cuando Random House publicó La broma infinita (traducción de Marcelo Covián), pero como bien sabe, el texto está lleno de españolismos que hacen mucho más curiosa esta versión. La leí con más ganas que pasión hasta la página cuatrocientos; hice una pausa y al final de ese año terminé la novela sin mucho entusiasmo, sólo recordaba las partes de la adicción. Vivía en Querétaro, conocía poca gente e invertía mi tiempo en la lectura, no sólo de esta novela sino en múltiples libros; pero en aquel momento de mi vida me enfrasqué en la obsesiva cercanía con la poesía. La experiencia de Infinite jest no fue intensa, como un buen poema, sino más o menos farragosa y obligada; pero no niego que dejó algunas huellas en mí, sobre todo en la estrategia narrativa de Wallace, porque no da tregua al lector, lo somete a la estupefacta sensación de no saber nada de ese mundo y le da poca información, así que ir descubriendo la vida en ese sitio se convierte en algo complejo; pero esa complejidad deviene en algo desopilante. Lo que conducía el interés de la lectura era una cosa: ¿cuándo acaban las tribulaciones de Hal Incandenza? No había tregua para la híper sensibilidad e inteligencia de Hal, alguien que asumió su atracción por el daño y batallaba con ello. Batallaba siempre.
En 2016 tuve la fortuna de encontrar uno de los miles de ejemplares que se imprimieron para conmemorar los primeros 20 años de esta novela. Es el libro que aún poseo. Empecé a leer el original sin mucho entusiasmo, pero en la página 140 me enganché; durante dos meses entré a esa “Norteamérica” con una inercia que me hacía sentir bien, entretenido y hasta un poco sobresaltado por el derroche de talento. Yo había dejado de beber alcohol y comenzaba a salir con mucha dificultad del tabaco. La novela aborda estos asuntos con ojo clínico, digamos, con referencias difíciles de soslayar para quien ha vivido este tipo de ansiedades y le cuesta encontrar una ruta de salida, le cuesta dejar atrás lo tóxico que impide la comprensión de la sobriedad. De hecho, me preguntaba si la sobriedad era algo normal. Aún me persigue esa duda.
En esta segunda lectura, la historia me pareció más triste de lo que yo recordaba, porque el mundo con el que Hal Incandenza lidia es difícil de sobrellevar. Aquel genio no la pasa bien estando sobrio y lo entiendo, pues en esa Norteamérica todo pierde color, densidad y belleza; las drogas son un aditivo. Ese mundo estaba diseñado para engancharse con alguna sustancia, en especial, porque los personajes tienen carencias afectivas o comprenden todo eso que parece no tener sentido: vivir paradojas en la zona gris de la existencia. A pesar de eso, los personajes irradian una comicidad palpable. ¿Por qué? Porque viven en sitio paradójicos: “Donde el Estado no es un equipo o un código, sino una floja y descuidada intersección entre los deseos y los temores, donde el consenso público para un muchacho es rendirse a la bien conocida primacía de la línea recta que conduce a la plana y miope idea de la felicidad personal”.
La segunda fue una lectura más conceptual que la primera, pero esta vez sí la consideraría extraordinaria, porque llegué al final con gusto y las 388 notas al pie de página me ayudaron a complementar el trabajo de ficción sembrado por Wallace, extendieron el juego ficcional hasta darles un sentido metaliterario.
Entendí también que para estar sobrio necesitaba mucha más fortaleza de la habitual o tal vez me caló esa relectura porque yo intentaba dejar en paz mis vicios; pero el libro, debo ser honesto, me cautivo por una cuestión técnica: la disposición de la prosa sobre el texto, una prosa verborreica, expansiva, obsesa; una prosa ansiosa, diría yo, algo que poco a poco germinaría como una muestra de lo que todo adicto conoce de primera mano. Wallace representa así el temor al vacío. Eso pude comprender en aquella relectura, donde yo releía también los libros que Foster Wallace refiera como depresivos. “Estaba pasando por una sana dosis de lectura Breat Easton; había salido de libros depresivos como La montaña mágica o Bajo el volcán”. De igual manera me enfrasqué en los juegos de palabras –que son muchísimos– y se pierden en la traducción de Covián. Un ejemplo: “Era The Mad Stork, pero le dicen The Sad Stork”.
En la segunda visita a este edificio literario me detuve en otros aspectos mucho más paródicos, por ejemplo, la voluntad separatista de un grupo de Quebec, quienes buscan la copia original de Infinite jest, una película cuya leyenda cuenta que entretiene hasta causar la muerte. Un poco como aquella obra de John Carpenter: Cigarette burns, filme que forma parte de la primera temporada de Master of Horror. La persona que veía esta película desataba al homicida que lleva dentro. En proyecciones masivas causaba terribles e incontrolables daños. Eso lo toma Wallace y lo modifica de una manera efectiva. Algo que nos recuerda un largometraje más de Carpenter: They alive (1988). En especial porque señala la obstinada voluntad comercial de Estados Unidos. Algo innegable, por supuesto. Pero volviendo a la novela: el grupo Assassins en Fauteuils roulants (Asesinos en sillas de ruedas) trata de duplicar el largometraje Infinite jest para distribuirlo a todos los niveles y sentarse a contemplar cómo los estadounidenses se mueren de entretenimiento, como si uno muriera por sobredosis de Slimfast. Se consuma el hedonismo de una manera burda, con la imagen de un hombre frente a la pantalla de televisión. Ni más ni menos.
Pensé mucho en James O. Incandenza, el otrora cineasta conceptual, director de la Academia de Tenis de Enfield y padre de Orin, un jugador de futbol americano exitoso; Mario, el hijo nacido con deformaciones físicas, y Hal, un tenista tocado por el halo oscuro de los sueños, quien no controla el asiduo disfrute de ciertas drogas suaves. Pero el ancla de la novela es Hal, sólo que James sobrevuela toda la historia con una voracidad similar a la de Urano, esa deidad que personifica el cielo y aprisiona a sus hijos en el vientre de su madre: Gea (la Tierra).
La tercera lectura, ya en 2026, la hice por curiosidad. Necesitaba entender la estructura de una novela que, viéndolo bien, funciona por la acumulación de peripecias, organizadas por los cuadrantes que forman los meridianos y paralelos, esas líneas imaginarias que recubren todo el relato. De eso escribo la semana entrante.

Para la escritura de este artículo utilicé Infinite jest (Estados Unidos, Back Bay Books, 2016, 1079 páginas). La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederìVite
@monsieur_vate

 

Infinite jest, treinta años después

 

(Primera de tres partes)

El primero de febrero de 1996 salió a las mesas de novedades de las librerías de Estados Unidos, y otras tantas partes de América del norte, un libro de ficción que superaba las mil páginas. El autor era conocido pero no tanto. David Foster Wallace había publicado The broom of the system (1987), una novela de campus que manifestaba el sentido del humor de un autor novel, sensible e inteligente. También había hecho público un libro de cuentos: Girl with curious hair (1989). Pero once años después de la primera piedra de su edificio novelístico (un lapso entre libros al que también recurrieron tanto Jonathan Franzen como Donna Tartt) apareció lo que Michael Pietsch, el editor de Little, Brown and Company de aquel entonces, definiría como un libro de raro sentido del humor.
Pietsch recibió los adelantos de Infinite jest y empezó a urdir el plan para que los lectores conocieran un trabajo que hasta el momento goza de una buena salud en los mercados editoriales de todo el mundo, porque no sólo los anglosajones mostraron gran afecto por este autor, sino que muchas naciones más aún lo editan con frecuencia; por ejemplo, en Italia hoy salió a la venta una edición preciosa de Infinite jest, cuya portada posee un cassette en formato VHS, como los de antaño; la traducción es de Edoardo Nesi, pero en esta labor también colaboró Annalisa Villoresi. En nuestro idioma no levantó mucho revuelo el treinta aniversario de este hito literario, pero hay una traducción de Marcelo Covián que fue publicada en 2002; Random House la tituló La broma infinita.
Volviendo al asunto de Pietsch, el editor se volvió amigo de Wallace, pues durante el arduo trabajo de corrección conversaron muchísimas veces. De hecho, él recibió los fragmentos del libro que le enviaba David e instó a Foster para que cortara algunas partes, modificara otras y, al final, le dio el apoyo que un editor debe dar; es decir, logró que la historia se contara lo mejor que se podía. Aunque en podcasts y artículos se comentaba que Foster fue quien tomó la decisión final de los recortes y otras tantas adecuaciones.
Cuando uno ve por primera vez una novela de mil páginas en la mesa de novedades, se hace otras preguntas, ¿hay mercado para eso? ¿Los lectores quieren algo así? Treinta años después seguimos hablando de Infinite jest, ¿por qué? Por amor a la lectura, esa es la respuesta definitiva, pero también es cierto que un libro con las características mencionadas es difícil de encontrar; más aún, un autor que enfrente estas batallas con la ficción no sólo muestra un músculo literario poderoso, sino una paciencia férrea y autoconfianza envidiable.
Este autor depositó en los entresijos de la prosa conocimientos que de una otra manera absorbió, porque es palmaria la cantidad de programas de televisión que vio, la cantidad de películas; la cantidad de manuales médicos, de tratamientos de rehabilitación para dejar el alcohol, el cigarro y las drogas. Es inmenso todo ese mundo interno, porque lo que sabe sobre sí mismo es oro molido; de hecho, lo pone en palabras de sus personajes: “Yo no estoy tratando de lastimarme. Yo voy a tratar de asesinarme a mí mismo. Esa es la diferencia”.
No ocurre muy a menudo que un autor se anime a contar una historia en mil setenta y nueve páginas; pudo ser más extensa esta novela, pero de acuerdo con Pietsch, Foster aceptó quitarle 250 páginas más a este coloso, que por extensión y sentido del humor, nos recuerda a tres monumentos que la preceden: The sot-weed factor: Or the voyage to Mariland. A satyr (1960), de John Barth; The recognitions (1955), de William Gaddis; y, por supuesto, Gravity ‘s rainbow (1973), de Thomas Pynchon. En un mundo que lee poco, ¿qué hacemos con estos libros?
Recuerdo haber visto una entrevista en la que David Foster recomendaba tener un diccionario en el baño: “eso siempre es útil para conocer otras palabras”. Wallace debió cotejar muchos, porque este libro tiene bastantes palabras, diálogos ingeniosos, monólogos atractivos, escenas inusuales, revestidas con humor, claro, aunque hay asuntos de un dolor inmenso, pero la gracia del autor no le permite caer en el melodrama ni muchos menos en el cliché. Quizá lo que más llama la atención es la incontrolable pulsión por el daño. Antes de entrar en esa materia es preciso decir que el original tiene palabras en otros idiomas: italiano, francés, alemán y latín. La apuesta de Foster no sólo es ambiciosa sino grandilocuente.
El libro crea una dinámica propia en la que el lector se siente rodeado, pues desfilan unos y otros personajes, pero tiene claro de que el protagonista es, como mandan los cánones, el primero en ser convocado por el autor: Hal Incandenza, un genio y hábil tenista que estudia en la academia de Enfield. Debe asistir a una clínica de rehabilitación, cercana a la academia, ahí conoce a otro igual a él, Don Gately, encargado del centro de rehabilitación. Hal tiene dos hermanos: Orin, el mayor pero más confundido; y Mario, un especialista en argumentar cuestiones incluso en detrimento de sí mismo. Avril es la esposa de James, la madre controladora de Orin, Hal y Mario. Quizá es el personaje más disfuncional de todos y, por supuesto, el más atractivo en este momento de mi vida. Viven una distopía futurista, donde Canadá, Estados Unidos y México han conformado la Organización de Naciones de América del Norte (en el original es ONAN).
Los planos de la novela, muchos en verdad, surgen disparados por la aparente causalidad de la vida de los Incandenza, amigos, conocidos, enemigos, vecinos, deportistas, maestros, doctores, terapeutas, novias, etc. Pero no se confunda, yo entiendo esta historia como una serie de hechos cómicos que le pasan a personajes con heridas profundas, pero, no sobra decirlo, no saben cómo sanar. Un ejemplo de lo señalado es que Hal Incandenza le cuenta a Orin una conversación sui generis que sostuvo con el psicólogo. Hal detalla la manera en la que encontró el cuerpo de James, cuya cabeza explotó en el horno de microondas. “Yo tenía mucha hambre, venía de practicar, había estado entrenando muy duro, todo el día. Abrí la puerta y lo primero que dije fue: ‘Esto huele delicioso’. Pero no quiero sentirme mal porque el psicólogo me dijo: ‘¡Dios mío, hijo! ¿Qué dijiste?’ Y yo le repetí que había entrenado mucho todo el día, que tenía hambre, pero olía muy bien; luego encontré los zapatos, después los trozos de todo aquello pegado en las paredes del horno. ¿Tú viste todo eso, Hal? Himself (como le dice a su padre o también lo refieren como el Infiniter jester) tuvo la delicadeza de ponerse papel aluminio hasta el cuello para que las ondas pudieran hacer bien el trabajo. Pero yo no quería decir eso, sólo fui honesto”.
Hay varios narradores, cambios en el punto de vista y se modifica mucho la distancia psicológica entre personajes; en especial, porque la historia no es lineal, hay saltos en la trama que confunden al lector poco avezado. Una novela con esta versatilidad sólo puede haber sido contada por un talentoso, disciplinado y obsesivo escritor que deseaba crear un histérico mundo personal. Pero la pregunta real es otra, sobre todo, treinta años después de haber sido publicado este portento, ¿cuál es la experiencia de leer Infinite jest? ¿Un logro? ¿Un castigo? De eso escribo la semana entrante.

* Para la escritura de este artículo leí Infinite jest (Estados Unidos, Back Bay Books, 2016, 1079 páginas). La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederìVite

 

 

La fragilidad de lo magnánimo

Algunos libros parecen haber sido escritos con un rigor mecánico; suele notarse en la artificialidad del mundo que recrea el autor. Otros textos, con más fortuna, poseen la naturalidad de una voz –me gustaría ponerlo de esa manera– una voz que vuelve a contar lo que otros autores han dicho, pero con la ligera apariencia de la novedad. En el segundo rubro de esta taxonomía personal encuentro al quinto libro del narrador y ensayista Paolo Cognetti: Le otto montagne (Einaudi, Italia, 2016, 208 páginas). La novela fue precedida de múltiples reseñas elogiosas, recomendaciones apasionadas de boca en boca y, en 2022, se consumó el proyecto fílmico basado en esta historia. Es decir, el libro hizo famoso al autor –casi de manera contranatural–, pues la historia aboga por la soledad, la quietud y la pasmosa belleza de los paisajes de montaña. Cognetti no se volvió loco, desapareció de los reflectores y siguió escribiendo. Le otto montagne tiene algo entrañable.
La novela inicia con la presencia del padre en un entorno montaraz. En las primeras líneas está todo el proyecto que, no sobra decirlo, inquieta al lector porque intuye que los pasos del hijo ya están signados por los aciertos y los errores del padre. “Mi padre tenía su modo de andar en montaña. Poco inclinado a la meditación, todo terquedad y arrogancia. Salía sin dosificar la fuerza, siempre en competencia con cualquiera, contra cualquier cosa, y donde el camino le parecía largo cortaba por la línea de máxima inclinación. Con él estaba prohibido detenerse, estaba prohibido lamentarse por el hambre, por la fatiga o por el frío; pero cantaba una bella canción, en especial, bajo el temporal o en la niebla densa. Y lanzaba aullidos contra los campos nevados”.
Este párrafo nos coloca de inmediato en lo que va a ocurrir durante toda la historia, pues asistimos a paisajes fríos y al ritmo de vida en la alta montaña. Ergo, la mayoría de lo que el lector conoce en este proyecto es “un mundo ártico, un eterno invierno”.
Pietro, narrador de la novela, suele ir a la montaña. Recorre el bosque y, por supuesto, los lagos, los peñascos, las colinas. Su familia se hace de una casa en la villa, ahí conocen a otro chico de su edad llamado Bruno. Los padres de Pietro intentan llevarse a Bruno a Milán para que estudie, pues es inteligente, hábil y generoso. El padre de Bruno se opone y golpea al padre de Pietro. Los recuerdos de aquellos hechos tienen una consecuencia en la historia, pero sobre todo, sirven para perfilar las rutas personales tanto de Pietro como de Bruno.
El protagonista tiene el privilegio de la instrucción educativa de nivel superior; vive en una ciudad y, por supuesto, anhela muchas cosas. Bruno se queda en la montaña y aprende a vivir en lo salvaje, conoce de memoria las rutas de su entorno, los animales y sabe lidiar con todas las contingencias de una vida en las alturas. Pietro se convierte en documentalista, pero cae en una crisis emocional y económica. “En aquel momento, yo de la montaña conocía sólo una estación solitaria”. Es verano y descubre “nieve fresca, suave, se derretía al contacto”. Sana la depresión junto a Pietro, construyen una cabaña en las alturas.
Me gustaría enfatizar que las tres partes del libro poseen este tipo de prosa con la que abre la novela. Hay algo íntimo, intenso y humano; no requiere efectos especiales, violencia o apoyos ideológicos. El autor se limita a dar cuenta de la vida y de los problemas cotidianos; eso me obliga a pensar en esta naturalidad de la que les hablaba. Sin exabruptos ni frases “pomposas” que intentan demostrar que el autor sabe muchas palabras o conoce mucho mundo, Cognetti cuenta una historia sin alterar la voz, sin darle redobles dramáticos ni ponerle énfasis lacrimógeno a ciertas escenas. Da una extraordinaria lección de narrativa que nos recuerda lo hecho por Ernest Hemingway; pero yo señalaría como una influencia directa a Jack London. Cognetti no duda en enfatizar aspectos económicos de Italia, traumas que dejan en la ruina a más de uno de los personajes y, por supuesto, genera cambios en la novela, porque lo económico, usted sabe, se cuela hasta la alcoba.
Hay dos momentos memorables; el primero, cuando la madre de Pietro, “habituada a convivir con hombres que no hablan entre sí”, confiesa un secreto del padre. El otro instante es casi al final, cuando se pone a prueba el estilo del autor, pues a pesar de que está en la parte climática del relato, no hay alteración en la prosa. Este hecho, insisto, ayuda a entender la naturalidad de una voz que, como señalé al principio, es oro molido.
El otro aspecto que recubre todo el libro se conecta con una novela breve de James Salter: Solo faces (1979). Ambos proyectos ponderan la urgencia de estar en soledad en una montaña. Aunque en el caso de Cognetti es palpable la representación de un ser humano imbuido por un ecosistema que le supera en sabiduría, tamaño, fuerza y belleza. Sobre todo, belleza. Y claro, después de conquistar una montaña, Pietro quiere subir otras más y viaja a Nepal para consumar el anhelo del Himalaya.
Durante la lectura me detuve para pensar un aspecto, ¿cómo mantener una historia que se parece tanto a nuestra vida? Hay giros dramáticos en la trama, sobresaltos, pero nunca adquieren la artificialidad. Lo que hace singular a esta novela es la voz narrativa; además, la forma en la que se encara un recuento de vida. Lo diré a manera de pregunta, ¿cómo describir la huella que nos deja un padre o un amigo? ¿Cómo? La respuesta de Cognetti es sensible.
La película basada en Le otto montagne, escrita y dirigida por Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, se estrenó en 2022, y generó un gran interés. El filme, aclamado por el público y la crítica, tiene en los roles principales a Luca Marinelli (quien también protagonizara una espléndida adaptación de Martin Eden, de Jack London) y a Alessandro Borghi (hizo muy buen trabajo en Napoli Velata y en la serie Diavoli). El proyecto ganó el Premio del Jurado del Festival de Cannes. En 2023 obtuvo cuatro Premios David di Donatello, en Italia: Mejor Película, Mejor Guion Adaptado, Mejor Fotografía y Mejor Sonido. En especial, hago referencia al sonido, porque tiene mucho que ver con la historia narrada, cuyo paisaje sonoro no sólo es nevado sino que le permite al lector (o el espectador del filme) conectarse con eso que al autor le llamó tanto la atención: la manera de estar acompañado por la montaña, como si un gigante estuviera moviéndose despacio, pero de manera efectiva sobre el mundo. Más allá de esta certeza, tanto el filme como la novela poseen la cualidad de ir de la ciudad a la montaña y hacer de estos dos escenarios un contrapeso, a final de cuentas, una singularidad de tiempo y de espacio. En el libro, Milán y Turín son las metrópolis referidas; dos urbes en equilibrio con el Monte Rosa, cerca del valle Aosta, entre L’Ossola y Valsesia; la presencia del río Sesia agiganta el universo interno del libro.
Este canto a la montaña nos recuerda la fragilidad del ser humano y, por momentos, captura la belleza natural de lo efímero. Si no conoce este libro (fue traducido al español por César Palma Hunt en 2018), o la película, se pierde de algo importante.

*La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite

 

Meditaciones sobre el lector ideal

Cuando voy a la presentación de un libro me pregunto si los que están ahí reunidos forman parte del enigma que para efectos prácticos denominamos “público lector”. La cosa se enrarece si agrego algunos aspectos, pues los asistentes a estos convites literarios suelen ser familiares o amigos del autor, pero ese vínculo no los convierte en lectores. Ahí están, no sé si lean al escritor, pero lo acompañan y eso, a estas alturas de la vida, ya es bastante. Al presenciar esas faenas, me inquietan otras cosas, ¿qué es un lector para un autor del sur del país? La respuesta no es obvia, porque los lectores tienen puntos de encuentro, asisten a librerías de manera regular y suelen conversar sobre sus lecturas (por lo menos donde yo vivo, las cosas son distintas e incluso apocalípticas en esta materia). Quizá el rasgo más atractivo de los lectores es que opinan sobre sus lecturas, gracias a esas conversaciones se afina el criterio para valorar un libro. Suelen ser francos en cuanto a los textos que conocen de primera mano y critican con furor. Si están en una presentación de libro, por tanto, pueden ser lectores del autor, pero insisto en la primera idea: acompañan al escritor en un acto público que también puede entenderse como un ritual de paso; pero de todos esos acompañantes que están ahí, de verdad, ¿hay lectores de ese autor? Yo soy optimista. Por tanto, me atribula otra interrogante: ¿Qué esperan del autor los lectores? Dicho de una forma mucho más clara, ¿qué esperan los lectores de un autor que les gusta? ¿Que repita eso que a ellos les satisface?
Hace treinta años, cuando el Centro Internacional de Convenciones no era un hospital de facha militar y ejercía magnetismo como epicentro cultural de gran convocatoria, fui a una presentación del libro La contracultura en México, de José Agustín (1996).
Asistí como espectador y puse atención al tinglado entre intelectuales porteños, periodistas, escritores en ciernes, escritores laureados del puerto, lectores y aduladores de José Agustín (que eran bastantes por aquellos años), pero en especial, atendí eso que ahora me pregunto con insistencia: ¿qué esperaban los lectores de él?
Puse atención a los comentarios de los presentadores, a los señalamientos de la moderadora y, sobre todo, a lo que dijo José Agustín, cuya esencia estaba relacionada con algo que él, de manera genuina, definía como un elemento de vital importancia para cualquier joven de los años 90: conocer la historia contracultural de México.
La moderadora miró al público y preguntó si alguien quería tomar la palabra para hacer algún comentario. Levanté el brazo y desenfadado, como siempre he sido, le pregunté algo que iba más o menos en este tono: “¿No cree que ya se ha repetido bastante en sus libros? Utiliza el mismo recurso de la voz jovial para ganar lectores y me parece que ya es algo manido”.
Escuché un zumbido –eso que sacude a la gente cuando reprueba un comentario– en la sala del teatro Nezahualcóyotl. Después la mirada de los presentadores cayó sobre mí. José Agustín tomó el micrófono y respondió, sin molestia en el tono de voz: “Sí, puede ser que sí”.
La conversación tomó otro giro; de inmediato pidieron la palabra algunos promotores culturales para decir que a ellos le gustaba mucho cómo escribía José Agustín y lamentaban que la misma gente de Acapulco criticara a los autores acapulqueños (¿cuántas veces no se ha oído ese mismo berrinche? ¿Cuántas veces me han dicho que no soy de Acapulco y por eso hablo de más?). No fue la última vez que yo conversé con José Agustín, le dediqué varios artículos en sus diversas facetas: guionista cinematográfico, comentarista musical, narrador y dramaturgo. De hecho, yo era reportero cultural en Puebla cuando él tuvo el accidente en el Teatro de la Ciudad y lo visité en el Sanatorio Español. ¿Por qué seguí opinando sobre él? Bueno, la respuesta es obvia: soy su lector; lo fui desde antes.
Asistí a esa presentación en el Centro de Convenciones, cuando yo era joven, porque quería oírlo y lo logré. Tuve algunas desavenencias después por ese incidente, pero eso ya no importa: nunca importó. Al final me sentí recompensado, porque escuché de primera mano al autor y asumí la lección de aquel momento: “Los lectores somos exigentes y cuando queremos ver a un autor cuya obra nos agrada deseamos que sea, por lo menos, honesto en las respuestas”.
Hay más preguntas que bordean lo que pasa en el mundo ilustrado cuando se pone en perspectiva el ritual de paso de una presentación de libro. ¿Vale la pena para un autor acercarse a la gente que lo lee? Claro, hay una experiencia irrepetible en cada presentación, pero el motivo por el que se siguen realizando estas actividades es simple: ampliar las posibilidades de que el público conozca al autor y, por supuesto, al libro. Dicho de una manera más simple, la gente que va a las presentaciones de libros tiene como única meta atender al autor; en segundo plano, a la obra. Y lo curioso es que a veces la obra no la lee ni el presentador –pero eso es harina de otro costal.
El libro siempre requiere de apoyo –un esfuerzo mayor aparte de haber sido escrito– ya sea con un acto protocolario muy parecido al trámite del INE antes de las votaciones o, en el mejor de los casos, protagonizar una ceremonia idéntica al bautismo. Yo entiendo así las presentaciones del libro, como un bautizo. Pero nunca me he hecho la pregunta más común de todas, ¿quiénes son mis lectores? No lo sé y, aunque suene a perogrullo, también refiero que no tengo en la mente una imagen de mi lector ideal, pero sí una anécdota ilustrativa.
Hace algunos años di una lectura en el Cereso de Acapulco y, como no tenía otro libro a la mano, me llevé Bajo el cielo de Ak-pulco (ya sabe, una historia de policías, delincuentes y muchas armas) al Cereso. Una vez que pasamos los filtros de seguridad –que a mí me recordaron por muchas razones la aduana de Cuba– empezaron a llegar los reclusos. Di lectura a un par de capítulos. Oí gritos, aplausos y uno que otro chiflido. Del público me empezaron a decir: “No, no, no. La historia de la Liberty negra acabó de otra manera, yo iba ahí”. Alguien más gritó: “Yo también iba ahí”. Y entre ellos chocaron los puños, festivos y alocados. No quise agregar nada, porque yo escribí una novela de ficción, pero ellos, presos por tráfico de drogas, me decían que iban en esa Liberty negra y que así no acababa la historia. Alguien se sumó al coloquio, pero fue una opinión jocosa: “Ustedes no acabaron aquí por esa Liberty, no sean lisos”. Nadie agregó algo más; yo retomé la conversación. Vinieron los aplausos, regalé algunos ejemplares y escuché un comentario más, venido de un preso de avanzada edad: “No iban en la Liberty negra, ellos mataron al protagonista de tu libro, por eso están aquí”. No sé qué le parezca a usted; para mí todo aquello fue un bautizo grandioso.

@FederíVite

 

El mito fáustico del editor literario

En las conversaciones de sobremesa con algunos colegas siempre salían a relucir anécdotas enrarecidas por una especie de maldición, pues quien buscaba a toda costa un nicho para sus libros terminaba vendiéndole el alma al diablo. Es decir, un autor que necesitaba de un editor de grandes alcances hacía todo, pero de verdad todo, por ser publicado en editoriales de gran impacto. No importaba si el editor ordenaba cuestiones en detrimento de la obra. Escuché anécdotas que rayaban en la miseria; además, en ningún aspecto estaba de por medio la literatura, sino otros espejuelos como la fama y el ego –ninguno de esos dos relumbrones es sinónimo de calidad literaria. En suma, aprendí mucho, pero en cuanto pude leer la novela Il diavolo nel cassetto (Italia, Einaudi, 2018, 127 páginas), del escritor italiano Paolo Maurensig, entendí muchas cosas más acerca del ecosistema editorial.
La historia describe la bulliciosa vida literaria de una villa de Suiza, Dichtersruhe, donde miles de almas se interesan por la expresión escrita. El texto inicia con un narrador desconocido que ordena una recámara de su casa y ahí, en el escritorio, encuentra el manuscrito titulado El diablo en el cajón (título de esta novela que se publicó ya en español en 2019 como Un asunto del diablo, cuya traducción estuvo a cargo de Carlos Gumpert. No sobra decir que este libro ha pasado sin pena ni gloria en nuestro idioma y tiene exiguas referencias). En este manuscrito se narran hechos que el lector va entendiendo, primero, como relato de suspenso, pues el narrador del manuscrito (Friedrich) cuenta que en Dichtersruhe todos quieren publicar un libro; desde el párroco (Cristoforo) hasta una muchacha inocente (Marta Bauer) que escribe cuentos infantiles. Todos de alguna u otra manera están involucrados con lo literario y quieren, a toda costa, hacer que un editor de prestigio, en este caso de Lucerna, los tome en cuenta y, por supuesto, muestre al mundo el rostro de un autor desconocido. Así que la novela se pone en marcha cuando Bernhard Fuchs (cuyo nombre real es Bernardo La Volpe. Algo así como “Bernardo El Zorro”) propone la creación de un premio en el que sólo los habitantes de Dichtersruhe pueden participar; también habrá, por supuesto, una cantidad económica generosa para el vencedor. Hasta ahí todo va bien, el problema es que nadie sabe de dónde sacará el dinero el editor; tampoco se conoce el proceso de selección para la mejor obra. ¿Cómo es un libro mejor que otro y por qué? La respuesta a estas interrogantes siempre tiende a las afinidades selectivas. Así que Bernhard ordena: “el padre Cristoforo, Friedrich y una chica que labora con Fuchs integrarán el jurado”. Se procede a la lectura de las obras y entre los libros enviados a concurso encuentran cosas horrendas, mediocres y algunas otras “interesantes”, pero insustanciales. El problema mayor es que no había un parangón ni méritos para premiar una obra. ¿A quién premiar? En eso se devana los sesos el jurado; no el diablo, porque el diablo nunca pierde: si no hay ganador, el dinero del premio en efectivo se queda en la editorial.
A la bulliciosa presencia de los escritores locales debe sumarse la amenaza de una plaga: hay lobos rondando la villa y contagian la rabia. Se les atisba por todos lados y, sin duda, Friedrich asocia los lobos con la presencia del diablo, ¿qué otro animal puede representar el diablo?
Friedrich encuentra al padre Cornelius en un coloquio de escritores y atestigua la ponencia del sacerdote: “El religioso afronta el problema del mal y de su emisario (el diablo) con varias digresiones en el mundo del arte y de la literatura, pero arribó a un particular punto de vista, sosteniendo la tesis de un diablo encarnado que se confunde entre la gente y puedo revestir múltiples roles, asumiendo a veces la identidad y el aspecto de personas aparentemente normales, con las cuales hablamos todo los días de cosas personales”.
Durante una conversación entre Friedrich y el padre Cornelius afloran cuestiones que aumentan la intensidad de los hechos. Un ejemplo es la siguiente charla:
“La literatura es la más grande de las artes –continúa el padre–, pero es también un campo peligroso.
–¿En qué sentido peligroso?
–Todas las veces que se agarra un lapicero atómico con la mano, nos preparamos para encender dos velas: una blanca y una negra. A diferencia de la pintura y de la escultura, las cuales quedan ancladas a un sujeto material; y la música, que a veces trasciende toda la materia; pero la literatura puede dominar los dos campos: el concreto y el abstracto, el terreno y el ultraterreno. Además se difunde y se multiplica en la mente del lector. Los escritores, sin saberlo, pueden devenir en formidables egregores; pueden formar una cadena de pensamientos intensos al grado de dar vida e inteligencia a una figura considerada por todos como imaginaria, tal como se piensa que es el diablo”.
El padre Cornelius sabe que Fuchs es “el diablo, pero encarnado en una persona legal y con ciudadanía definida, con derechos y obligaciones”.
En la novela de Maurensig se habla de un diablo menos sobrenatural que lo expuesto en otros relatos, además, es mucho más listo. Asusta a todo el mundo cuando se fusiona con los lobos y en ese punto del relato el poder de un editor maléfico es extraordinario, porque los lobos vigilan, amenazan y asustan a los escritores en potencia. Los dominan. Este libro no se convierte en un cuento de terror, ni en una parábola; mucho menos en un cuento de hadas oscuro. No, sólo adquiere la elegante estructura de una parodia metaliteraria.
Un guiño espléndido para lectores avezados es que el padre Cristoforo, a quien el diablo embabuca prometiéndole la publicación de sus memorias, pretende titular a su libro Diario de un párroco de campiña, una franca referencia al libro espléndido de Georges Bernanos: Journal d’un curè de campagn (1936). Por cierto, este escritor francés también escribió la maravillosa novela: Sous le soleil de Satan (1926), titulada en español Bajo el sol de Satán.
Pero de todas las certezas que Maurensig dicta en este breve libro me quedo con la siguiente: “La gente a menudo confunde el talento literario con la integridad moral. Es tomada la existencia como la medida de la literatura banal, aquella en la que se exaltan los valores positivos, donde todas las cosas se resuelven en el nombre del bien colectivo, en el cual los malvados pierden y los buenos triunfan. Pero si todo fuera así de simple no estaría yo acá contando esta historia”.
La resolución de la novela consuma una parodia metaliteraria. De verdad, no puede haber más goce en un libro que ver al diablo defendiendo a los optimistas y elucubrando en contra de los talentosos, peor aún más es el placer cuando sabemos que el diablo, aunque lo sabe todo, también acepta su derrota. Si le interesa el Continente Literario acérquese al libro más conocido de Maurensig. No le va defraudar.

* La traducción de los párrafos entre comillas es mía.

@FederìVite

 

Sincronía del plano vacacional

La gente me cuenta cosas. No porque sepan que yo me dedico a escribir sino porque me ven cara de oído, supongo, me platican hechos que alimentan mi morbo y agrandan mi comprensión de la vida. Basta con que me acerque, ya sea en un sillón del transporte público, una mesa para tomar algún alimento o para darme un poco de reposo mientras sopeso ciertos pensamientos. Entonces escucho una serie de aventuras extraordinarias. Elementos de una realidad que se disuelve en ésta o viceversa.
Tomo sitio en la barra de una cafetería; dejo la mochila en mis piernas e inicia la magia. Me habla una mujer de aproximadamente cuarenta años de edad; tiene los labios partidos por el frío y su tez es morena clara. Está sentada frente a una taza humeante mientras yo pido un espresso. Fui al volcán, menciona, pero a mí lo que de verdad me gusta es la playa, aunque no sepa nadar. El sol, el olor de la sal, la gente. No sé. Es mucha claridad.
Al oírla pienso en todas esas lecciones que me daban hace años algunos maestros; se trataba de tips para buenos inicios de historia. A veces son muy buenos, cierto, y es lo único que tienen los libros actuales; en materia oral, las cosas cambian, los arranques suelen tener una dosis de intensidad menor al núcleo del relato. Así que le hago una pregunta para encender los motores de la historia: ¿de qué volcán habla? Es cierto, dice, por ahí hubiéramos comenzado. Del Pico de Orizaba. Yo iba seguido por allá, agrega, daba mis vueltas y hace unos años fuimos de nuevo con mis primos. Empezamos el ascenso y unas horas después oímos que alguien hablaba, pero no entendíamos qué decía. Eran voces con palabras mal organizadas. ¿Entiende? Recibo mi bebida. Sorbo un poco de la taza. He oído cosas así, respondo, hace algunos años fui al refugio del Popocatépetl y los guardias me contaron rarezas. ¿Usted supo de quién era esa voz? No, señala, pero supuse que era alguno de los que viven allá. ¿Quiénes? Inquiero con morbo. Bueno, responde, usted sabe que hay seres viviendo allá. No, apresuro la respuesta, no sé. Por primera vez me miró a los ojos. Yo no sé si me va a tomar como una loca, pero yo los he visto. Sostuve la mirada en espera de más información. Este es el tipo de conversaciones que mantengo con gente que nunca más vuelvo a ver, pero a final de cuentas me ponen en una situación similar a la del lector, yo decido si me mantengo en el relato o si lo abandono. Pongo en marcha los focos de la verosimilitud; a ella le creo. ¿Aquella vez que fue al volcán no le pasó nada más? Sí, responde mientras toca con el dedo índice el borde de la taza y agrega: ¿Entonces ha oído de los raptos?
Durante mucho tiempo he conversado sobre estos tópicos con tantísimos interlocutores a quienes ahora veo muy poco. Los visito sólo en recuerdos. He oído de eso y de otras cosas, respondo, pero a mí me han interesado lo que cuentan los rescatistas del volcán, ya sabe: luces, zumbidos, gruñidos, manifestaciones de otro tipo de vida. ¿A eso se refiere? Pregunto con un poco de celeridad. No, dice, yo habló de que uno de mis primos se perdió. No lo encontramos nunca más. Fue como si nos lo hubieran arrebatado. Ahora yo bajo la cabeza. Lo siento, susurro. Retoma la conversación: Lo buscamos por días. Pero nada. Pasó un mes, luego dos. Íbamos caminando y él se adelantó unos minutos. Nada más. Con eso bastó. El asunto es que yo lo he soñado y es como si estuviera vivo, como si de alguna manera me diera señales. A menudo me cuenta que salió ileso y tiene otra vida. ¿Y qué le dice de su desaparición? Pregunto. La verdad, comenta, nada. También sueño que alguien, como el de la imagen que tiene en su playera, está con mi primo. Y, siendo honesta, a usted le hice plática porque le vi esa figura en la playera, es idéntica a la de mi sueño. ¿Me entiende? Sin duda, asevero. Sólo me gustaría saber una cosa, comento en voz alta, ¿qué piensa usted de todo esto? Hace a un lado la taza, me ve con intensidad. Creo que a usted le interesan estas cosas, expone, por eso trae una playera así, pero a mi primo alguien se lo llevó. ¿Me entiende? Sin duda, respondo. Trato de encapsular todo lo que dice en un solo aspecto, el estampado de mi playera (extraterrestre pequeño, con los negros ojos grandes, gris) y eso deriva en una certeza: la abducción, cuyas pistas son obtenidas de los sueños. Pienso en un libro de Karla Turner: Into the fridge (1992). Recuerdo las intrusiones nocturnas de los “grises”. ¿Cree que algún día regrese su primo?, pregunto sin tener claro por qué, pero ella me revela algo intrigante: Por eso venimos a la playa, porque él me dijo en sueños que iba a aparecer en el mar. Alguien lo va dejar ahí. Venimos cada año hasta acá por él.
La potencia del aire acondicionado de la cafetería agranda la percepción de un escalofrío. Sostengo su mirada, pero yo ya no estoy ahí: acelero mis pensamientos. ¿Por qué elegí esa playera? Antes de llegar a la cafetería usaba una de color blanco, sin estampado. Un zanate la cagó cuando yo estaba cerrando la puerta de casa. Regresé a cambiarme y tomé ésta, que aunque un poco vieja, es muy fresca. Termino mi bebida. Acomodo la mochila sobre mis hombros. Antes de irme la miro, noto su cabello descuidado, los ojos oscuros y brillantes; pero sobre todo, se me graba en la memoria el tatuaje que tiene en el antebrazo derecho: es el rostro de un hombre joven; a un lado está el volcán. Espero que lo encuentren pronto, susurro. Sabe una cosa, agrega, si lo hallamos no sabría qué decirle, sólo quiero abrazarlo. ¿Usted qué haría? Dejar que las cosas transcurran como deben transcurrir, respondo. Doy media vuelta, empujo la puerta de cristal y entro al día como quien se enfunda unas gafas para sobrellevar la realidad estridente.
Todo lo que me cuentan anhela ser un texto; pero a menudo tengo la certeza de que se trata de fragmentos diminutos de la visión del mundo que poseo. Son una especie de confirmación sobre mi credo, sobre todo esto que entiendo como vida. Pero no puedo escribir todo, sólo un poco, un poquito. Nada más.

@FederìVite

 

Piranesi, mentor de la estrategia

La obra del grabador y arquitecto italiano Giovanni Batista Piranesi es, sin duda, el influjo sobre el que la escritora inglesa Susanna Clark escribió Piranesi (Londres, Bloomsbury, 2021, 245 páginas). Durante toda la lectura de la novela tuve en mente el grabado Carceri d’invenzione, hecho por Batista entre 1749-50. Cincela una inmensa residencia, con escaleras, techos y pasillos que nos sugieren, más que una cárcel, una lúgubre mansión inabarcable.
La segunda novela de Clarke tiene como escenario una locación imaginaria; usó los grabados de Piranesi para erguir la viga maestra del relato. La autora describe una Casa de tres niveles: las salas inferiores son Dominio de las Mareas; las superiores, Dominio de las Nubes y las salas centrales se conocen como Dominio de los Pájaros y los Hombres. Sobre esos tres flancos deambulan los personajes. El libro consta de siete apartados: Piranesi, The Other, The Prophet, 16, Valentine Ketterley, Wave y Matthew Rose Sorensen.
El protagonista, identificado como Piranesi, vive en la Casa y recorre largos salones, bellísimos vestíbulos en desuso y pasillos custodiados por estatuas. Lleva un diario y encuentra referencias que no recuerda haber escrito. Son comentarios al respecto de El Profeta. Otras notas del diario cuentan la historia de un ocultista del mundo moderno llamado Laurence Arne-Sayles, quien postuló la existencia de otros mundos y la forma en la que se puede entrar a éstos. Ketterley fue alumno de Laurence. Arne-Sayles fomentó la individualidad por encima de todo y acabó en la cárcel porque se atrevió a secuestrar a un tal James Ritter. Más tarde descubrirá el lector que Ritter estuvo cautivo en un lugar muy parecido a la Casa.
Dos veces por semana, Piranesi se encuentra con El Otro, un hombre de aspecto higiénico, muy educado y solidario, quien le pide ayuda para buscar el “Gran y Secreto Conocimiento” oculto en algún resquicio de la Casa. El Otro a menudo le trae a Piranesi suministros que provienen del exterior. Por ejemplo, zapatos, linternas eléctricas y, aunque no lo crea, multivitaminas. Cuando Piranesi sugiere que abandonen la búsqueda del “Gran y Secreto Conocimiento”, El Otro señala que ya han tenido esta conversación antes y le advierte a su interlocutor que la Casa erosiona los recuerdos y la personalidad del habitante. Así que debe tener cuidado. También le informa a Piranesi que una persona, conocida como 16, entrará en la Casa para hacerle daño; le recomienda sigilo, de lo contrario, sufrirá las consecuencias.
Piranesi signa en las notas del diario –cada entrada ofrece información al lector para que ensamble las piezas del relato– que la Casa está viva y cree que sólo hay quince personas en el mundo. Varias de ellas han muerto.
Tiempo después conoce a un anciano, El Profeta, quien identifica a El Otro como Ketterley, un rival que robó ideas sobre el “Gran y Secreto Conocimiento”. El Profeta señala que la Casa es un “mundo distributivo” que aloja ideas “fluyendo en otra dimensión”. Se propone entonces llevar a 16 a la Casa para hacerle daño a Ketterley.
Piranesi descubre que 16 ha entrado en la Casa y le ha dejado un mensaje cerca de las esculturas. Medita al respecto. Pero las interacciones con El Otro revelan que 16 es una mujer conocida como Rafael. Antes de que las mareas inunden el Dominio de los Pájaros y los Hombres, Piranesi deja una advertencia para 16 y descubre un mensaje más: “¿Eres Matthew Rose Sorensen?”. Ese nombre despierta en Piranesi los recuerdos del mundo exterior.
Algunas hojas del diario del protagonista fueron arrancadas, en ellas había información de Ketterley. Piranesi reconstruye las páginas destruidas gracias a que encuentra fragmentos de papel en los nidos de las gaviotas y así descubre cómo llegó a la Casa: él fue Matthew Rose Sorensen, un periodista que escribía un libro sobre Arne-Sayles, alguien que se convirtió en El Profeta. Cuando Sorensen fue a entrevistar a Ketterley cayó en una trampa, pues Ketterley logró, mediante un rito, encarcelarlo en la Casa, donde perdió la memoria y se construyó una nueva identidad.
“Entonces él comenzó a cantar en un lenguaje que yo nunca había escuchado […]. El cantó con convicción, con fervor, como si él creyera absolutamente en lo que estaba haciendo.
Yo escuché el nombre ‘Addedomarus’ varias veces.
Cierra tus ojos ahora, dijo.
Y lo hice.
Más cantos.
Mi sorpresa al descubrir su secreto se prolongó por un buen tiempo, pero entonces comenzó a crecer en mí el aburrimiento. Él abandonó el lenguaje y parecía arrastrarse fuera de sí mismo, emitía un tipo de rugido animal que empezaba en el estómago, sumamente grave, y creció más y más alto, ruidoso, más extraordinario”.
Hasta este punto todo me parece atractivo, intrigante y morboso, pero páginas adelante la autora decide dar una vuelta de tuerca que no me convence; en términos generales es más o menos así: durante la inundación, Piranesi confronta a Ketterley cuando Rafael regresa a la Casa. Ketterley intenta matarlos, pero se ahoga en las marejadas. Una vez que baja la marea, Rafael explica que es una detective de la policía británica que investiga desapariciones relacionadas con Arne-Sayles, quien le reveló el rito que debe realizarse para entrar a la Casa y le pide a Piranesi que regrese al mundo exterior, donde su familia ha estado esperándolo desde hace seis años.
No me convence el final de esta novela de ficción especulativa porque siempre que un autor intenta resolver la trama –repleta de elementos de magia y fantasía– ciñéndose a lo real, el relato pierde intensidad. Ergo: encalla en una resolución simplista.
No considero a la segunda novela de Clarke como un libro ejemplar, pero sí lo tomo como un ejercicio narrativo interesante; sobre todo, porque usa como base para la ficción la obra de Giovanni Batista Piranesi.
El primer libro de Clarke fue un prodigio, Jonathan Strange and Mr. Norrell (2004), puso en tensión la historia del siglo XIX en Londres y la magia. Es decir, logró que dos magos adquirieran visos de normalidad haciendo hechizos y curando gente importante, políticos, reyes, empresarios, aunque eso pareciera inverosímil en una sociedad como aquella. En Piranesi, Clarke buscaba darle naturalidad a la vida entre dimensiones paralelas, pero el resultado no fue contundente ni memorable, pero sí entretenido.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@Federì Vite

 

Quemar la ciudad, pero nunca las naves

Desde la aparición de Gomorra (2006), de Roberto Saviano, la cocaína fue vista de otra manera en los libros. Tomó un sitio “corporativo”, pero no se soslayó el uso de esta sustancia como lubricante social o bálsamo para ahítos espíritus confundidos. De hecho, en el libro Zero, zero zero (2013), el mismo Saviano analiza el impacto económico del tráfico de drogas y asevera que el negocio de la coca debe ser entendido como el big bang de un quehacer multimillonario. Así que desde el 2006 hasta ahora, la literatura en la que se aborda el consumo de cocaína adquiere matices muy serios, aunque hay pícaras y honrosas excepciones, por ejemplo, Brucia la città (Italia, Mondadori, 2009, 396 páginas), del turinés Giuseppe Culicchia.
Iaio es el protagonista de esta historia en la que la vida metropolitana tiene un sesgo determinante en los personajes; no porque la ciudad sea un tótem sino porque de alguna u otra manera, el autor deseaba entender en qué se ha convertido Turín. “No es Roma, no es Milán, no es Nápoles, ¿qué es?”, piensa Iaio mientras busca a Allegra, la amiga-novia, que desapareció. Él es DJ, no le va mal, tiene un grupo de colegas con hambre de fama y de fiesta; sobre todo, de fiesta. Visita con frecuencia el My Space porque le gusta sentir el apoyo de sus fans, nunca suelta el iPhone y es adicto al sexo casual, al alcohol y, por supuesto, a la cocaína, pero no sabe para qué la consume, no sabe por qué la gente se aleja de él; ni mucho menos piensa que la soledad sea una opción de vida.
Tiene la virtud de que las mujeres le rondan como insectos, pero no entiende por qué hay tantas “muchachas que visten jeans a la cintura con playeras cortas y muestran un tatuaje tribal arriba del culo, además, usan tangas para que uno pueda verlo, ¿por qué hay tantas así? Desde que una participante del Big Brother mostró un atuendo parecido hay montones de chicas imitándola, ¿por qué?”.
Iaio va de antro en antro, tiene una camioneta Hummer, ropa de marca; buenos lentes oscuros, buenos tenis y, en especial, buen gusto musical y montones de discos. Él y sus amigos (DJ Zombi y Boh) se convierten en los portavoces de una campaña de nombre risible: “Las drogas te hacen estúpido”. Abogan por darle juego a ese eslogan en cada tocada, aunque él y sus compinches consuman droga y sean, por tanto, tan estúpidos como pueden ser.
A ratos se nota con mucha claridad la referencia a la obra de Bret Easton Ellis; en especial, a Less than zero (1985), pero para fortuna del lector el relato también abreva de otras fuentes, se hermana con Trainspotting (1993), en especial, con la falta de sentido de los protagonistas de esa historia escrita por Irvine Welsh. Pero éstas no son las únicas referencias, pues hay una más que ajusta como anillo al dedo: Eden: Lost in music (2014), película de Mia Hansen-Løve, en la que se cuenta la vida del DJ Paul, un entusiasta de la música electrónica de los años 90 en Francia; la única diferencia entre Iaio y Paul es que el francés naufraga en el alcohol y termina, por obvias razones, en la ruina. El caso de Iaio es distinto porque el Turín de los personajes famosos (músicos, escritores, actores, deportistas) ya no existe. O mejor dicho, ha cambiado tanto que apenas se reconoce. Iaio es habitante de un mundo fatuo y se conecta con el de Serenella, una diseñadora de bolsas de marca –cuya familia burguesa es de abolengo en Turín– que le rechaza, le ignora y él, acostumbrado a que muchas mujeres lo idolatren, se siente atraído por esa mujer guapa pero rara. Inicia el cortejo y sufre muchísimo. Debe lidiar con la mascota de Serenella, un cerdo de raza; debe tolerar los cambios de humor de una artista del diseño, debe también sobrellevar la aburrida vida de esa mujer que no le cuenta cosas sustanciales: fuma, cuida a su mascota y disfruta de salir a cenar o tomar algún trago en un restaurante de moda. Practica lo que antes hacía la gente en Turín. No quiere tener sexo con él. Lo deja plantado, lo evita. Iaio toca en bares, discotecas, sale a Roma, a Nápoles, a Milán. Se mueve mucho, eso agrava la adicción a la cocaína y le conduce a la soledad radical. Sobre todo, después de una revelación interesante durante una tocada temática de Halloween:
“Esta tarde parece un cortejo fúnebre compuesto por borrachos. Ahora vuelvo al camino. Me dirijo a donde están los otros. Les enseñaré a estos monos cómo se debe jugar. Abro la puerta de golpe.
Y ahí.
Frente a mí.
Son dos.
Están cogiendo.
De pie.
Sobre el lavabo.
Drácula.
Una bruja.
Me miran.
Los observo.
Él en realidad no es Drácula.
Ella no es una bruja.
Carleto.
Serenella”.
Así descubre otro tipo de maldad que le hiere. Rasga las vestiduras del mundo fatuo en el que los habitantes de antaño parecen haber sido reemplazados por una tribu ávida de experiencias genuinas. Así que al no encontrarlas se meten líneas de cocaína a todas horas.
Iaio recorre las calles de Turín por las noches, pero sus elecciones afectivas lo conducen a una experiencia radical: la incapacidad para conectar emocionalmente con otra persona. Es una pena tener tanto y sentir tan poco.
Culicchia relata el mundo metropolitano contemporáneo con una prosa concisa, sin adornos; organiza el libro en breves capítulos cuya esencia está en la creación de escenas con matices diversos, pues pone en perspectiva micro momentos en los que logra hacerle ver al lector la transformación de una ciudad en una especie de campo traviesa en el que todos compiten contra todos, porque hay una necesidad de mostrarse como alguien superior, alguien muy competitivo, fuerte y “fighi” (es decir, cool).
En palabras del autor, Iaio entiende a Turín como una pintura de El Bosco reflejada en un CD espolvoreado con cocaína. No desecho esa idea, pero la experiencia de lectura ofrece algo más: la sensación de que el mundo, aunque avanza muy rápido hacia ninguna parte, sigue siendo un bosque oscuro en el que estar solo da miedo.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@Federì Vite