Plan militar de la cultura en México

En la política el fondo es forma y en la política cultural no hay excepción alguna. El 19 de febrero pasado se anunció en un boletín del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (Inbal) que la “Dirección General de Servicio Especiales” de la Guardia Nacional creó el “Batallón de patrimonio cultural” para proteger el arte del siglo XX y XXI, y perseguir el tráfico ilegal del país.
La coordinadora de Artes Visuales del Inbal, Luvia Sepúlveda –quien llegó a esa institución en abril de 2023– afirmó que los integrantes del “Batallón del patrimonio cultural” recibieron talleres, cursos y un diplomado sobre arte moderno y contemporáneo, con la intención de salvaguardar instalaciones a cargo de la Secretaría de Cultura, como museos, bodegas y obras, también protegerán a 10 artistas con declaratoria de “Monumento artístico”, quienes “por ley tienen que viajar con seguridad o custodias armadas”.
Al leer esto uno se hace preguntas inmediatas, por ejemplo, ¿por qué las zonas antropológicas –como la de La Sabana, en Acapulco– están abandonadas? ¿Por qué no le interesan a la Guardia Nacional estos sitios? ¿Por qué el “Batallón de patrimonio cultural” ignora estos vacíos institucionales? Obviamente, no deja de sorprender que existan 10 artistas que  fueron declarados “Monumento artístico” y necesitan estar protegidos las 24 horas. Al respecto de este tópico, no se ha dicho nada más. Se mantiene un fortificado silencio.
Sepúlveda detalló que los integrantes del “Batallón de patrimonio cultural” recibieron diplomados de arte moderno, arte contemporáneo, curaduría, conservación, museografía y salvaguardia del patrimonio cultural. Esos talleres, por cierto, también se ofrecerán al público cuando se inaugure la nueva Bodega Nacional de Arte, en Chapultepec. No se informa quién dio esa “capacitación” ni los módulos que se analizaron.
Esto pone en perspectiva un aspecto que hasta el sexto año del gobierno de Andrés Manuel López Obrador suena con cierta estridencia. “Al final, el cuidado del patrimonio también es un tema de seguridad nacional y de seguridad en muchos niveles, porque toca muchas áreas de seguridad a nivel federal, local, municipal”, expuso Sepúlveda. Si juntamos esta declaración al proyecto gubernamental (afortunadamente claudicado) de crear en el Centro Cultural Acapulco cuarteles de la Guarda Nacional, se concluye que no hay buena voluntad en todo esta expansión de la vida pública para los militares. Antes de todo esto hubo un precedente de la militarización cultural en México.
En noviembre del año pasado, durante el Festival Internacional de las Artes Vivas Loja, en Ecuador, México fue el invitado de honor. Ahí ya estaba perfilada la apuesta que el líder máximo de Morena había implementado como recurso para algo que cada vez luce más torcido. Es decir, los militares asistieron en primera línea a ese llamado de las artes. Soldados del ejército encabezaron la representación de México en el Festival Internacional de Artes Vivas Loja, informó la reportera Nayeli Roldán en el portal Animal Político. El texto apareció publicado el 24 de noviembre de 2023. La nota refiere que la propuesta de que asistiera el ejército fue del presidente Andrés Manuel López Obrador. “La solicitud la hizo a su entonces homólogo, Guillermo Lasso, durante la visita oficial a México en noviembre pasado”, informó Joaquín Carrasco, subsecretario del Ministerio de Cultura de Ecuador.
La Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) tuvo más presentaciones que la delegación de artistas que viajó a Ecuador con el único objetivo de mostrar su trabajo en el festival de las artes. De hecho, los cadetes del Heroico Colegio Militar participaron en declamación de poesía el 23 y 24 de noviembre en la Plazoleta 1 de Mayo, mientras que el mariachi y ballet folclórico de la Sedena se presentó el 24 de noviembre a las 11:00 y 20:00 horas en el Teatro Nacional Benjamín Carrión Mora. Y la clausura del Festival estuvo a cargo de la Banda de Música, Ballet Folclórico, Caballos de Alta Escuela y Mariachi de la Secretaría de la Defensa Nacional en la explanada del Complejo Ferial Simón Bolívar, a las 20:00 horas del 25 de noviembre. A eso no se le puede considerar una “casualidad”, ni de broma.
Puede notarse el ideal máximo de un proyecto empujado por la 4T: darle labores culturales al ejército, ¿para qué? Sabemos muy poco al respecto, lo mismo que hace cuatro meses: “La orden viene desde arriba”. Por el procedimiento, tanto funcionarios de cultura de los tres niveles (federal, estatal y municipal) como el ejército, pareciera que el “Batallón de patrimonio cultural” intenta regular a un gremio tan crítico con el gobierno como el artístico. Si al líder máximo de la 4T no le causara sarpullido el conocimiento ni la ciencia, este tipo de proyectos extraordinarios no existirían, quizá sólo como una broma de mal gusto. Pero a estas alturas del sexenio uno ya no puede reírse de esto con tanta facilidad.
El “Batallón de patrimonio cultural” también delinea un aspecto: la Guardia Nacional intenta reducir los recursos y los espacios a los creadores. Tal vez a eso se refiere el eslogan de la austeridad republicana, darle menos a los civiles y cada vez más a los militares. Suena ideal para un gobierno que pretende mimetizar al ejército en la vida pública del país.
¿Por qué la Guardia Nacional quiere suplir las labores de los creadores? Si leemos con atención las señales que mandan los gobiernos (federal, estatal y municipal), parece que los creadores están destinados a pauperizar.
Habría que agregar una aspecto: la secretaria de Cultura de Guerrero, Martínez Rebolledo, anunció en una especie de podcast cómico que la Guardia Nacional firmará un convenio con la Secretaría de Cultura de Guerrero para brindar a los ciudadanos conocimiento musical. Sería mucho más risible si no fuera real, pero lo es. Dolorosamente lo es. Las órdenes de arriba revelan un plan que ya no parece secreto, ni mucho menos humanista, como tanto pregonan desde el púlpito de Palacio Nacional. Se trata de desmantelar un incipiente núcleo cultural, reducirlo, quitarle fuerza y restar así la crítica. De paso, ni duda cabe, quieren controlar los museos. Es pertinente decir que el “Batallón del patrimonio cultural”  va por el contenido de esos museos.  ¿O no?
El ejército, quiera uno o no, es el signo de la transformación de la 4T, pero en palabras más o menos claras, se trata de un elemento que incide en todo rubro, aduanas, centros culturales, transporte, seguridad, protección a migrantes, patrullaje de carreteras, pero da la impresión que están ahí porque el dinero se agotó y el Estado tiene que ahorrar echando mano de los militares, pero a largo plazo esto resulta carísimo, porque inhiben el flujo normal de la vida pública. ¿Aún tenemos dudas de eso?

 

Un chico blanco que lidia con la apatía y el hartazgo generacional

 

El 7 de marzo pasado cumplió 60 años uno de los escritores estadunidenses más irreverentes del siglo pasado: Bret Easton Ellis. Estudió en la Escuela Buckley, donde también fueron Matthew Perry, Paris Hilton y Kim Kardashian. Obviamente salió de fiesta con adolescentes ricos y mimados, hijos de productores, guionistas y estrellas de Hollywood, chamacos fastidiosos e insoportables que se convirtieron en los protagonistas de su primer libro: Less than zero. Se publicó en 1985, cuando Ellis tenía 21 años y todavía estaba en la universidad de Bennington, Vermont, a tres horas de Nueva York.
Ese libro narrado en primera persona tiene un influjo que refleja muy bien la psique de un adolescente, la diferencia con él y las novelas de aprendizaje nacionales, es que Bret explora el dolor, no la pérdida, es decir, acepta que será un monstruo y su educación sentimental lo encamina a eso para sobrevivir el tiempo que pueda siendo lo que es: un monstruo. Los adolescentes que retrata en esa novela son interesantes porque se comportan como adultos, pero no lo son: se embriagan, se drogan, tiene sexo recreativo, no tienen interés alguno por el conocimiento; tampoco les importa la escuela ni el trabajo. No saben qué hacer con millones y millones de dólares en el bolsillo. Se hieren para sentirse vivos.
De acuerdo con la articulista Arianna Cavallo, quien publicó en Il post un perfil de Ellis, mencionó un aspecto interesante de ese libro: “Ellis logra que la falta deliberada de emoción reemplace la emoción. Es decir, que revele el vacío en el corazón de una cultura obsesionada con la superficie, una cultura que habría terminado en cualquier parte”. No hay objeción alguna, de hecho, la segunda parte de Less than zero (1985) es Imperial bedrooms (2010), publicada 25 años después de la aparición de su primera novela, y conserva la magia: en el corazón de la nada puede haber algo más grande que duela, la nada de un viejo. “Habían hecho una película sobre nosotros. La película estaba basada en un libro escrito por alguien que conocíamos. El libro tenía un argumento muy sencillo: que narraba cuatro semanas en la ciudad donde crecimos y eran en su mayor parte una descripción fiel. Lo habían catalogado de ficción pero sólo había modificado unos pocos detalles, no habían cambiado nuestros nombres y no había nada en él que no hubiera sucedido”. Así empieza Imperial bedrooms, así se manifiesta el trabajo arduo de Ellis, quien compaginó muy bien la obra con la vida social. De hecho, los tabloides lo consideraron uno de los escritores del llamado Literary Brat Pack (una pandilla de chamacos escritores). Así se le refirió desde entonces a Ellis, a Jay McInerney, a Tama Janowitz, a Donna Tartt y Jill Eisenstadt, un grupo de escritores de entre veinte y treinta años en aquel entonces, a veces criticados por los especialistas, a veces celebrados por la juventud, pero nunca se negó el talento. Sin duda lustraron la literatura norteamericana. Ellos vivían en Nueva York, salían de parranda juntos, los invitaban a fiestas exclusivas, pero esencialmente escribían novelas o cuentos breves por los que recibían generosos adelantos de las editoriales y a menudo publicaban en revistas como Rolling Stone, Esquire e Interview. En muchísimas ocasiones fueron retratados en discotecas haciendo desfiguros, loqueando pues, como cualquier chamaco de esa edad. El problema es que ya eran celebridades y negaban la imagen de un escritor solemne, alguien en perpetua sobriedad y estudio.
A mí me atrapó American Psycho (1991). De hecho, está unida esa novela a un recuerdo sumamente generoso porque encontré una copia de este libro, en 1996, en la extinta Librería Cristal. Además, a muy buen precio. Me lo llevé a casa y empecé a entender por qué había generado tanta incomodidad un texto como ese en el que las marcas, el dinero y la juventud indican un rumbo trágico de la humanidad. “‘Abandona toda esperanza quien aquí entre’ está garabateando en rojo sangre y escrito a un lado del Chemical Bank, cerca de la esquina de la Once y la Primera avenida, está impreso en letras lo suficientemente largas para que puedan ser vistas desde la cabina del auto, como si te lanzaras hacia el tráfico dejando Wall Street atrás”, así inicia este libro en el que las marcas de ropa sustituyen la filosofía, la frivolidad campea y el mundo de las finanzas es algo menos interesante que el homicidio.
El protagonista, Patrick Bateman, es un corredor de Wall Street de 26 años que por las noches se convierte en un asesino en serie que viola, mutila e incluso se come a las mujeres que mata. Algunos pasajes de esta novela fueron filtrados por la revista Spy antes de que se publicara. La polémica y la indignación de la sociedad neoyorkina fueron tales que la editorial Simon & Schuster canceló la publicación del libro dos meses antes de la fecha prevista para el lanzamiento. Después fue rechazado por 34 editoriales y finalmente publicado en marzo de 1991 por Vintage Books. Ellis recibió amenazas de muerte y algunas asociaciones feministas intentaron boicotear las presentaciones de American Psycho. Pero lo que estaba en juego era un libro y la historia escrita en él distaba mucho de la violencia imperante en aquel Nueva York distópico.
American Psycho se convirtió en un libro de culto de la literatura anglosajona; sobre todo, tuvo un segundo aire gracias a la película que realizó Mary Harron en el año 2000. Nueve años después de que se publicara esta novela en Estados Unidos llegó el reconocimiento internacional. El filme fue protagonizado por Christian Bale, y se ha vuelto a poner de moda porque Bateman era un profundo admirador de Donald Trump. Ellis, a los 60 años, sigue haciendo mucho ruido porque observó su entorno y lo denunció.
A mí me parece que muchas páginas en las que se habla de marcas, agotadoras descripciones de ropa, de comida orgánica, cocina de autor y demás curiosidades de la época fueron una estupenda sátira de los 90. Quizá el problema real de este libro no sea la intención satírica de los círculos del infierno sino que el final del texto pierde intensidad. Mucha, de hecho, para ser una sátira, pero se conserva muy bien la novela, sin arrugas y goza de estupenda salud. Las virtudes de ese texto son justamente las que uno le pide a cualquier autor: estilo y visión del mundo. Dos aspectos que muy pocos escritores tienen, porque de pronto parece que todos pensamos igual y los que no lo hacen simplemente se limitan a reproducir documentos para buenas consciencias. Parece que los narradores ya no se arrojan a los arrecifes de la creación.
El trabajo de Ellis lleva 40 años en el mercado editorial. No está de más visitarlo, sobre todo si usted es de los que cree que ya no hay nada nuevo sobre el horizonte literario, que a ratos, parece simplón, insulso y aburrido. Ellis es de otro costal.

El masculino statu quo en el arte contemporáneo

 

(Segunda parte y última)

La protagonista de The blazing world (Hodder & Stoughton, Londres, 2014, 379 páginas), de Siri Hustvedt, es Harry. Y Harry, cuya mutación masculinizada de Harriet Burden, nos permite entender que la valoración en el mundo del arte moderno no tiene que ver con el arte mismo en sí, sino con la enunciación artística desde el género masculino (algo similar a la literatura, donde no se valora la literatura per se) que a final de cuentas no ya no sabemos qué es un hombre. Bueno, un hombre, siempre está en deconstrucción.
Esa es la apuesta de Hustvedt, deconstruir al artista y mirarlo por dentro, sea mujer u hombre, lo mira con mucha curiosidad y complacencia. Y en este libro, lo literario no es precisamente lo que tiene que ver con el feminismo. Este proyecto está fundamentado en mostrar que una mujer es profundamente talentosa, pero el mayor aporte es el disfraz de hombre que le proporciona, mejor dicho, el disfraz de tres hombres (una mujer equivale a tres artistas), sólo así Harry puede cosechar la fama y el éxito que merece. Y lo logra, pero no le conviene revelar su identidad. Vive gozosa en el anonimato. Hasta ahí, todo está relacionada con los papeles de hombre y mujer, pero mientras más se hurga en la historia de Harry, su esposo, su hijo, sus hija, sus amigos y sus amantes, el lector comprende que ese personaje estaba más cerca de lo queer, pero los papeles tradicionales la consumieron, se guareció en el anonimato y al final luchó para que su historia como artista se hiciera pública y con ello se mostrara que los papeles de hombre y de mujer se han vuelto intercambiables. Polos magnéticos, a final de cuentas: energías, siempre.
Es decir, Siri propone lo siguiente: se necesitan estudios, artículos, análisis y muchas otras cosas para explicar por qué el arte resulta exitoso sólo para algunas personas. Y de mi cosecha, diré que si el arte, más allá de la mera expresión estética, modula la identidad de una persona y el género. Pongo un ejemplo, Maisie expone un caso que alimenta la búsqueda estética de su madre, Harriet Burden: “Hablando sobre la historia de James Tiptree, un escritor de ciencia ficción, que según mi madre nadie lo pudo ver en carne y hueso, ni siquiera su editor. Su secreta identidad causaba un montón de especulación, y hubo algunas personas que pensaban que escondiéndose bajo un pseudónimo podría ser una mujer, no un hombre. Robert Silverberg, otro escritor de ciencia ficción, escribió una introducción sobre un libro de cuentos de Tiptree. Él enfatizaba la cuestión sexual y argumentaba que sólo como no hombre podría haber escrito las novelas de Jane Austen; ninguna mujer podría haber escrito los cuentos de Ernest Hemingway o los dramas de James Tiptree, porque la fe de Silverberg en los incuestionables escritores masculinos está lejos de ser inapropiada. Cuando la persona salió detrás del nombre de escritor, el macho Tiptree terminó siendo Alice Bradley Sheldon”.
Esto expone Hustvedt y nos recuerda algunos casos similares a los de la multipremiada Carmen Mola. Quizá no lo recuerde, pero en 2021, la autora Carmen Mola obtuvo el premio Planeta con la novela La bestia. Se reveló entonces que esa autora era un pseudónimo que cobijaba a tres hombres: Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero. La biografía ficticia de Mola era simple: se desempeñaba supuestamente como profesora universitaria, pero se negaba a dar su nombre real porque una investigadora seria no escribiría novelas policiacas. Y, la supuesta Mola, confesaba en una entrevista que hizo pública la editorial Alfaguara: “En realidad, hay tantos motivos que no entiendo por qué otros autores no lo hacen. Para empezar, creo que lo importante es la novela, no quién la haya escrito. ¿Qué más da que sea una mujer guapa y alta o un señor feo y bajito? Mi interés era que la gente leyera la historia de las dos novias gitanas y la inspectora de policía aficionada a las canciones de Mina Mazzini que investigaba sus muertes. Pero he dicho que había más motivos. Es mi primera novela y eso quiere decir que me dedico profesionalmente a otra cosa. No quería que mis compañeros y compañeras de trabajo, mis amigas, mis cuñadas o mi madre supieran que se me ocurría escribir sobre alguien que mata a una joven haciéndole perforaciones en el cráneo para meter larvas de gusano y sentarse a ver cómo le van comiendo el cerebro… No lo entenderían, para todas ellas soy tan convencional… Hay más. ¿Y si la novela hubiera sido un absoluto fracaso? Tendría que dar explicaciones y pasaría mucha vergüenza. Y, por el contrario, ¿si fuera un clamoroso éxito? A lo mejor me veía obligada a cambiar de vida, que es algo que no me apetece, estoy muy satisfecha con la mía… Se me ocurrirían más razones, estoy segura”. Pienso en Harriet Blunder y en la obsesiva pelea por  acreditar su obra que casi le arrebatan algunos seudónimos masculinos. Luego contrasto eso con lo señalado por la supuesta Mola. Parece una carambola de dos bandas lo que hace Siri en The blazing world.
Los escritores que se cobijaban bajo el pseudónimo Carmen Mola señalaron que en este momento de nuestra vida a las mujeres les va mejor, pero esencialmente la existencia de Carmen Mola valida la búsqueda estética y literaria de Siri Hustvedt en The blazing world. Es más, no sólo la valida sino que la amplifica porque para los hombres detrás de Mola este tiempo de mujeres está oprimiendo el talento de los varones. Ese tipo de aseveraciones, por lo menos a mí, me parece una broma de mal gusto. Una estupidez.
Hustvedt hizo algo mucho más rico, atractivo y seductor con Harriet, no porque la novela se convierte en un discurso feminista, sino porque asevera algo que siempre se debe poner en perspectiva: el autor no es la obra. Lo importante es la obra. Y la obra de Harriet es justamente inusual. “Vivimos en categorías, y nosotros creemos en ellas, pero ellas a menudo tienen un desorden. El desorden es lo que me interesa. El caos”, confiesa Harriet en un texto que le escribe a su hija, Maisie, y se revela poco a poco el motivo por el que ella quiere llamar “The blazing world” a una de sus piezas, las más atractiva, la más ambiciosa, una escultura gigantesca, obviamente, de una filósofa. Esa obra generó estas líneas en el cuaderno de Harry: “Ella debe ser grande, y ella debe ser una mujer difícil, pero ella no puede ser una criatura de horror natural o una fantasía con una vagina dentada. Ella no puede ser un Picasso, ni un monstruo de Kooning o una Madonna. No, ella debe ser verdadera, debe tener dentro tanto actividades de hombres como de mujeres”. Esto habla del ideal de mujer que anhelaba Harry; en cierta forma lo logra, aunque no como ella hubiera deseado. La gran indagación que hace la novela no es sobre la justicia, sino sobre la época en que vivimos: un momento complicado, porque no se puede reconocer lo valioso de lo baladí.

El masculino status quo en el arte contemporáneo

 

(Primera de dos partes

The blazing world (Hodder & Stoughton, Londres, 2014, 379 páginas), de Siri Hustvedt, es una novela que bien podría considerarse feminista, pero no por la voluntariosa insistencia sobre un discurso de género, sino porque cuestiona la urgencia de aplaudir menos a los hombres y reajustar los valores del gremio artístico, porque no basta ser un artista para merecer atención, sino que es indispensable presentarse como un artista hombre para anular la capacidad expresiva de una artista mujer. Pero eso no es todo, Hustvedt apuesta por lo queer.
La protagonista de este volumen narrativo es la artista Harriet Burden. Y el lector va ensamblando los testimonios que una académica, de siglas I.V.H., se encargó de recopilar sobre Harriet Harry Burden, testimonios de familiares, de conocidos y de amigos; pero sobre todo, le interesa desentrañar un aspecto: Harry (así, masculinizado, para los lectores) se dio a la tarea de crear tres pseudónimos para hacerse de una carrera interesante y valorada en el ancho pasillo del arte contemporáneo de Nueva York, ¿por qué? ¿Era la única manera de tener notoriedad?
Dice I.V.H. acerca de Burden: “Ella tituló todo el proyecto como Enmascarados, y declaró que era significativo no sólo para exponer la inclinación por la anti feminidad del arte mundial sino para descubrir el complejo funcionamiento de la percepción humana y de cómo las ideas inconscientes sobre género, raza y celebridad influyen en la comprensión del espectador de una determinada obra y arte”. Esta es la intención del libro, pero recordemos que se trata de ficción y la autora pone énfasis en la creación del personaje principal, Harry, quien se revela como un laberinto de neurosis con una inteligencia aguda, una sensibilidad especial y un doble rasero en el que convive una artista rebelde y propositiva con una ama de casa que tolera las infidelidades del esposo.
The blazing world es un artefacto que se conforma por diversos textos. Se presenta como un trabajo de rigor académico en el que se analizan las aseveraciones de Harry Burden y la visión que tenía ella del arte contemporáneo de Estados Unidos, especialmente, de la meca neoyorkina del arte contemporáneo.
Los textos de Burden enfocan toda la artillería en el status quo masculino del arte. Despotrica, señala y critica desde ángulos estéticos y, sobre todo, filosóficos. Harry tiene lecturas bien deglutidas, referencias sólidas e ideas originales. En contraste, las cuestiones más reveladoras sobre esta artista las muestra la hija de Harry. Hace declaraciones que exhiben a la madre como una machista y misógina, quien prefería al hijo, Ethan, por sensible e inteligente, que a la hija, Maisie. Y es Maisie quien llena los huecos familiares de una artista que sufría en silencio las infidelidades del esposo, un curador de arte de mucho respeto y muy influyente, por cierto, pero insaciable sexualmente; lo mismo prefería hombres que mujeres.
El retrato de la artista es complejo y completo, atractivo y aleccionador, porque Hustvedt va más allá de una realismo naïve en el que los hombres son los malos y las mujeres esencialmente buenas. Pinta de cuerpo completo a una mujer exuberante (de mucho pecho, mucha pierna y mucha nalga) e inteligente, quien fue víctima de sus afinidades electivas y de sus enlaces sentimentales.
La investigadora I.V.H. reúne todo este material pocos años después de la muerte de Harry. Presenta una colección de entrevistas, ensayos, artículos y cartas para exponer el proyecto Enmascarados y analiza todo. Señala entonces que Harriet eligió cuidadosamente sus personajes masculinos para representar diferentes aspectos del artista moderno. I.V.H. está hablando de este siglo, no del pasado, analiza exposiciones ocurridas en 2001, 2002, 2003 y 2004. Los seudónimos, “mascaras” de Harry, son tres: fotógrafo Anton Tish, un chico bonito e ignorante, quien presentó la exposición titulada The history of western art; la siguiente apuesta es The suffocating rooms, de Phineas, un chico negro y tímido, pero muy sensible. Y finalmente Rune, autor de Beneath. Esta “máscara” es machista y la más exitosa. A él todos (especialistas, artistas y espectadores) lo miran con respeto por ser enigmático, por no tener apellidos y lindar un poco con lo queer, pero esencialmente lo alaban por ser macho. Así que obviamente, Rune es el que se rebela y quien no desea ceder su lugar a lo femenino. Porque a final de cuentas todo nace de la mente y del cuerpo de Harriet, los demás son modelitos huecos y banales, prospectos sin ideas propias que necesitan urgentemente fama y atención (así hay montones incalculables de escritores en este país).
Rune es el contrapeso de la novela, quien se niega a aceptar la categoría de usurpador en un mundo machista. En sus palabras, las cosas son de esta manera: “Harriet ha sido realmente genial conmigo; no sólo como coleccionista de mi trabajo sino como una verdadera defensora de mi arte. Y pienso en ella como una musa. Lo que no entiendo es que ella afirma que es responsable de mi trabajo. Cree que ella realmente lo creó. Simplemente no puedo entender por qué diría eso. Ya sabes, ha estado en tratamiento psiquiátrico durante años. Digo que es una dama amable, pero un poco confundida de vez en cuando”.
Ese tipo de aseveraciones lleva a Harriet a escribir memorias, cuadernos, citas y cartas, muchas cartas, a articulistas especializados en arte contemporáneo. Gracias a esos textos se empieza a fragmentar ese éxito masculino. Los textos de Harry son los más convencionales y, por supuesto, eruditos, además de irónicos y satíricos. Sin ellos sería imposible lograr el efecto de verosimilitud de este proyecto. Y esto debe considerarse un logro de la autora. Algo que vale la pena destacar.
Me detengo en un aspecto “masculino” que Hustvedt señala con mucha inteligencia, un asunto que bien podría ejemplificarse con la reciente bravata protagonizada por nuestro supremo e infalible presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, pues Harriet habla de “temores morales” que son básicamente “quiebres de terror a menudo dirigidos en contra de grupos supuestamente ‘pervertidos’ u otras asociaciones –judíos, homosexuales, negros, hippies y al final, pero no finalmente– de brujas y de demonios”. Es decir, hay ciertos temores en el mundo del arte (y la política, según lo establecido por el infalible supremo) que son una amenaza en el momento exacto que el otro la invoca para cubrir un error. No antes ni después. Pueden ser conservadores, comunistas, libertinos, etc. Si algo va mal en nuestra vida, basta con apelar a los temores morales para que exista un oponente natural que se manifieste en contra de nuestra meteórica carrera artística (y política). De tal manera que invocar a esos temores morales implica necesariamente sesgar las creaciones artísticas (y políticas), pero de eso hablamos la semana entrante.

* Como es habitual en este espacio, la traducción de las frases en comillas es mía.

 

Poner otras emociones en la piel de uno mismo

Ramón Buenaventura es un traductor del inglés al español. Ha dado grandes enseñanzas sobre su oficio. Por ejemplo, la titánica labor de hacer que The corrections, novela de Jonathan Franzen, pudiera tener una buena aceptación en el mercado de habla hispana. Ya he hablado de Franzen antes, pero no vendría mal replantear la presencia de ese escritor norteamericano y posteriormente hacer un empalme con el trabajo de Buenaventura, cuya labor no siempre es reconocida.
Antes de The corrections, Franzen había publicado The Twenty-Seventh City (1988) y Strong motion (1992). The corrections fue el primer gran éxito novelístico norteamericano del siglo XXI, no sólo por las encumbradas ventas que lo posicionaron en una notoria ventaja sobre el resto de las novelas publicadas ese año, sino porque cosechó grandes elogios de críticos literarios y de colegas. En 2001, esta novela de casi 600 páginas obtuvo el premio National Book Award. Fue un bestseller y logró que la figura del escritor volviera al primer plano.
Buenaventura, en uno de sus textos más conocidos, habló de la traducción de la novela más famosa de Franzen con una buena pregunta: “¿Es un libro de tales características un objeto de deseo para traductores? No lo sé. No para mí, en principio. Cuando Seix-Barral me propuso que ofrendara los seis meses siguientes de mi vida a la tarea de poner en castellano un libro de 568 páginas, de 2 mil 450 matrices cada una, escrito por un muy señor mío de quien no había oído hablar en mi vida, y cuya traducción, además, quedaba sometida a la cláusula de aprobación por el autor, dije lisa y llanamente que no”.
Jonathan Franzen, nacido en Western Springs, Illinois, en 1959, y criado en Webster Groves, Missouri, se graduó en el Swarthmore College y estudió en la Freie Universität de Berlín con una beca Fulbright. Trabajó en el laboratorio sismológico de la Universidad de Harvard. Su formación es un parteaguas para cualquier novelista, pero Las correcciones aborda la vida a secas, es realismo casi casi doméstico.
Buenaventura refirió en su Diario de traducción, que puede consultarse en el Centro Virtual Cervantes, que después de largas conversaciones con los editores de Seix-Barral aceptó el encargo y se comprometió entregar la traducción en seis meses. Ni siquiera había leído el texto y al empezar a hojearlo se dio cuenta que iba a contrarreloj. “En la primera frase del libro locura de un frente frío de la pradera otoñal, mientras va pasando*… Pude intuir el lío en que me había metido. Enseguida me di cuenta de que The corrections iba a obligarme a efectuar cientos de consultas, porque era un libro exótico, un libro en que se nos describe una sociedad norteamericana que apenas concebimos en Europa y en un entorno repleto de detalles que estamos hartos de ver en el cine, pero que no tenemos costumbre de describir con palabras, o que nos reclama el uso de términos inexistentes en nuestra cultura”.
Así que Buenaventura consultó varios diccionarios de golf, medicina, finanzas, música, navegaciones marítimas, geografía y, por supuesto, derecho laboral. Deseaba encontrar la palabra adecuada para expresar el estilo que caracteriza el estilo de Franzen, que sin duda alguna, nos remite a la novela decimonónica. “El original cubre una gama de intereses y conocimientos verdaderamente amplia y bien investigada por el autor”, señaló Buenaventura y agregó: “Jamás he preguntado nada a ningún autor, ni siquiera a Anthony Burgess, con quien llegué a tener confianza y cuyos textos me plantearon, a veces, dificultades enloquecedoras”.
Buenaventura señaló que, a falta de cien páginas para terminar el trabajo, la editora española le envió copia de las respuestas que Franzen había ido dando a las consultas de los traductores del libro en otros idiomas. “Eran cerca de seiscientas dudas, que el autor resolvía con una paciencia y una prolijidad verdaderamente asombrosas”, explicó Buenaventura. El momento crítico llegó cuando Seix-Barral mandó a Franzen las primeras ciento y pico páginas traducidas al castellano. “La respuesta del autor superó con creces las peores predicciones que cualquier Casandra habría podido hacer”, escribió  Buenaventura y enfatizó: “Hubo que perder el tiempo en necedades como convencer al autor de que en español no es error sintáctico colocar un adjetivo delante del nombre”.
Buenaventura se sometió a lo que firmó en el contrato (la cláusula de aprobación del autor) y siguió las indicaciones de Franzen, quien estaba empeñado en no añadir información alguna que no estuviera contemplada en el original. Por ejemplo, explicó Buenaventura: “PA no podía ser Pensilvania, ni se admitía explicación para ninguna sigla. Prohibido revelar en dos palabras para qué sirve una medicina que va a tomarse un personaje y que nadie en España conoce. Prohibido aclarar ninguna referencia histórica cien por ciento norteamericana (y) totalmente indescifrable en Europa”.
Con este tipo de aseveraciones, uno se pregunta si la intención de un autor es la de aceptar las reproducciones en masa, como es el caso de Harlan Coben, por ejemplo, o Stephen King, autores que venden mucho en el mundo, pero no se toman tan en serio al momento de revisar las traducciones. Yo creo, que la mayoría de los traductores realmente adapta los libros, no los traducen. Más bien, hacen versiones menores con pura sinonimia, es decir, adecuan los libros del idioma original, pero no traducen. Quizá los mecanismos para definir una adaptación de una traducción sea que la traducción consiste en leer detenidamente y pasar esa experiencia de lectura al papel, pero desde la idea y la música de la prosa originales. Que todo sea una misma tonada. En el caso de la adaptación eso no cuenta ni tiene valor. No se busca en la adaptación una experiencia estética.
La experiencia estética más documentada de una traducción importante del siglo XXI, sin duda, es justamente la de Buenaventura, porque vinieron más novelas de Franzen, pero cambiaron los traductores:Freedom estuvo a cargo de Isabel Ferrer Merrade; Purity fue traducida por Enrique de Hériz y Crossroads corresponde a Eugenia Vázquez Nacarino. Seguramente todos ellos tuvieron la experiencia temible de las oraciones larguísimas de Franzen, cuya plasticidad del idioma inglés puede llegar hasta el delirio a los que tratamos de meter las ideas de este novelista en español.
Las exigencias de Franzen no fueron las mismas que las de David Foster Wallace. Sin duda. Y los dos tuvieron muy buenos traductores. Cada autor tiene sus restricciones, pero la obra, cuya importancia es mayor que la persona, crece o decrece en la medida que se trabaja con un traductor (a) o con un adaptador (a) de textos. Cabría concluir este texto con una certeza: cuando hay traducción, sin duda, hay conflicto entre autor y traductor; cuando hay adaptación, eso no pasa, simplemente se somete a lo elemental.

* La línea de apertura de The corrections es la siguiente: “The madness of an autumn prairie cold front coming through”. Si comparamos esta línea con la de Buenaventura se dará cuenta de que hay variaciones. Pero es la oración más simple de toda la novela.

Rasgos del neorrealismo tropical

 

(Primera de dos partes)

 

El sábado, por ejemplo, fue ideal para leer la realidad de Acapulco, para entender un poco nuestra inobjetable idiosincrasia. Podía leerse a este puerto con un entramado de novela, por supuesto, neorrealista, donde las verdaderas emociones de la gente no se matizan por los grandilocuentes discursos gubernamentales. Es una lectura pesimista, sin lugar a dudas, que nos recuerda que 90 días después de Otis la normalidad es algo más deplorable de lo que hubiéramos pensado y mucho más triste de lo enunciado en los discursos gubernamentales que todo lo maquillan y embellecen. Se veían filas inacabables en espera de despensas, ansiosos por enseres, desesperados por apoyos. Es el único trabajo: conseguir los apoyos. Una población que no llega al millón de habitantes se detiene por la dádiva, como si de verdad estuviera en la miseria, como si fuera imposible ir al supermercado, al mercado, como si no tuvieran dinero. No todas las personas formadas necesitan los apoyos. Muchas de ellas inmediatamente después de recibir la dádiva la anuncian en grupos de Facebook (uno muy famoso es “Adictas a las despensas”) o de Whatsapp, donde se ponen a la venta enseres, despensas y las cosas robadas durante los saqueos. Todo está tolerado, todo está permitido (se sabe que los extorsionadores van a las casas a pedir su moche a quienes hayan cobrado la ayuda gubernamental).
Puede entenderse este sistema de “apoyos” como una inyección a la economía local, como un recordatorio de que somos un puerto especializado en la dádiva y la capitalizamos muy bien. Esta dinámica es el santo y seña de nuestra tierra, porque no sólo, en casa, hacen esto, lo practican siempre con un buen desempeño actoral. Recuerdo una miserable anécdota relacionada con paisanos; pero es también un rasgo de abuso y, al mismo tiempo, la perfección de la dádiva.
En aquel tiempo yo vivía en Querétaro, no tenía muchos ingresos económicos; tampoco pasaba mucha hambre. A menudo hacía una comida al día y el resto de la alimentación consistía en galletas o pan dulce. Tuve la fortuna de recibir un premio por uno de mis cuentos y en varios periódicos de Acapulco se divulgó la noticia. Yo tenía contacto con mucha gente de acá (ahora, por razones incomprensibles, cada vez tengo menos vínculos amistosos con paisanos y muchos menos con colegas) y nos mandábamos largos emails. Recién publicadas las noticias sobre el premio llegaron las felicitaciones. Obviamente no tenía internet, vivía en un cuarto de azotea y la rentera solía cobrar la mensualidad en persona, así que cuando yo no tenía para la renta salía muy temprano y regresaba bastante tarde a casa. Así evitaba un encuentro desagradable, pero les decía que revisaba mis correos y leí uno, de una persona de Acapulco que ya no vivía en Acapulco, radicaba en la Ciudad de México, pero estaba muy contenta por mi premio. No tuve mucho contacto con ella, pero la ubicaba a la perfección (era una mujer joven, sin trabajo y la pasaba muy mal en Cdmx; dijo que comía sólo dos veces al día). Así que me felicitó efusivamente. Incluso me daba santo y seña de la lectura en voz alta donde nos conocimos y mencionaba a varios de mis amigos de aquella época. Fueron siendo cada vez más pesados los correos, es decir, cada vez hacía más evidente su ansiedad por el dinero. Y en el cuarto o quinto email decía que necesitaba dinero para regresar a Acapulco, y como éramos paisanos, necesitaba que yo la apoyara. Por el morbo que me propiciaban esas historias respondí que sí, que con todo gusto le daría dinero del premio una vez que lo cobrara, porque aún no sabía cuándo sería la ceremonia. Me respondió muy rápido. Dejó de fingir la prisa por el dinero y literalmente me indicó que podía esperar siempre y cuando le diera alguna fecha tentativa para el depósito. Así que di un mes de plazo y le pedí su número de cuenta. Lo hizo, estuvo al tanto del depósito, mandaba saludos cada semana. No volví a contestar. Se comunicó después para felicitarme por otro premio. Ya no hice caso. Pero no fue la única persona que se ha comportado así, es decir, no fue la única persona de Acapulco que al saber que uno recibía dinero de inmediato se comunicaba para pedir prestado, tal vez sólo por el hecho de ser acapulqueños se sentían con derecho para exigir ayuda. Cuando solía usar el Facebook (debido a las constantes fallas con la luz, a la escasa señal y al internet que por razones asombrosas se niega a funcionar bien después de tres meses del impacto de Otis) recibía solicitudes de amistad de personas que conocía de vista y a las primeras de cambio me pedían dinero; son de Acapulco y estaban en problemas, malas rachas, falta de trabajo, contingencias, enfermedades, etc. De alguna u otra manera eso se transformaba en una versión electrónica de estirar la mano para la dádiva. Pedían dinero a cambio de una mejoría personal, sin que les importara la situación del otro, el que se supone que tiene lo que el otro pide y, con la debida exigencia, debe ser solidario con los paisanos. Al fusionar aquellas anécdotas y compararlas con nuestra “normalidad” descubro un patrón: muchas personas se están aprovechando de una situación extraordinaria para sacar el máximo provecho personal y fingir, siempre fingir, una tragedia de proporciones superlativas. Con el molde de víctima se capitaliza la desgracia.
Acapulco no logra mantener una economía sana si no es con apoyos. Ofrecer esa cara de mendigo, ondear esa energía resulta contraproducente. La única forma de salir del estancamiento es el trabajo. No la ilusión que brindan los apoyos, sino el trabajo. Porque someternos al molde viejo de la hotelería, usted sabe, no va llevarnos a ninguna parte. Generará más pobreza, pero al gobierno no le importa. Trata de engañarnos con lo que puede y puede muy poco. Veamos neorrealísticamente nuestra casa. Y de esta lectura se concluye que venimos de crisis en crisis. Otis aceleró muchas cosas y obviamente la recuperación va para largo. Ver la ciudad así, tan volcada en la miseria, agranda la complejidad de nuestro sino. Un puerto en bancarrota, esa es la perspectiva que se tiene de este sitio. Si usted no lo cree, ¿en qué cree? ¿Que vamos a seguir viviendo de despensas? Lo que nos han enseñado algunos novelistas neorrealistas es contundente, como Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de El gatopardo (1958), quien expone con solvencia y profundidad que muy de vez en cuando las cosas tienen que cambiar para que todo siga igual. Pero otro caso, sobre esa línea estética, es el de Alberto Moravia, en una serie de cuentos, justamente titulada Racconti romani (1954), el escritor detalla la forma de vida de los pobres en Roma, los apoyos que daba Benito Mussolini y analiza múltiples aspectos en los que la preponderancia era lo político por encima de lo económico y lo humano. Yo veo este Acapulco y pienso que algo ocultamos en esta fachada de la mendicidad. Uno de los trabajadores de la CFE que conectó la instalación de la calle Málaga y su entronque con la avenida López Mateos me decía algo que me causa suspicacia: Aquí hay mucho dinero, yo no sé porqué lloran tanto. Esa frase da motivos de reflexión a ultranza.

 

¿Usted es de los que sigue engañado o su corazón se ha envilecido

 

(Segunda parte y última)

En noviembre del año pasado, mientras tratábamos de entender cómo reiniciar la vida sin luz, sin agua potable, sin comestibles ni libros (el dinero no servía para nada, no había qué comprar ni beber, teníamos el espejismo del porvenir), en ese noviembre cercano y cruel se revelaron varias cosas que a contraluz del momento adquieren indolentes fisonomías.
Durante el Festival Internacional de las Artes Vivas Loja, en Ecuador, México fue el invitado de honor. Ahí ya estaba perfilada la apuesta que el líder máximo de Morena había implementado como recurso para algo que cada vez luce más torcido. Es decir, los militares asistieron en primera línea a ese llamado de las artes. Soldados del ejército encabezaron la representación de México en el Festival Internacio-nal de Artes Vivas Loja, informó la reportera Nayeli Roldán en el portal Animal Político. El texto apareció publicado el 24 de no-viembre. La nota refiere que la propuesta de que asistiera el Ejér-cito fue del presidente Andrés Manuel López Obrador. “La solicitud la hizo a su entonces homólogo, Guillermo Lasso, durante la visita oficial a México en no-viembre pasado”, informó Joa-quín Carrasco, subsecretario del Ministerio de Cultura de Ecuador.
La secretaria de Cultura federal, Alejandra Frausto, indicó en un boletín de prensa que la presencia del Ejército en el festival de las artes fue operada por el agregado militar y aéreo de México en Ecuador, David Antonio López. La Secretaría de Cultura sólo fue “el enlace”, aseveró. ¿Enlace de qué? Si su trabajo era proponer artistas para ese festival. Pero no pudo, envió soldados.
Roldán también señaló que la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) tuvo más presentaciones que la delegación de artistas que viajó a Ecuador con el único objetivo de mostrar su trabajo en el festival de las artes. Y precisa: “Los cadetes del Heroico Colegio Militar participarán con declamación de poesía este 23 y 24 de noviembre en Plazoleta 1 de mayo; mientras que el mariachi y ballet folclórico de la Sedena se presentó el 24 de noviembre a las 11:00 y 20:00 horas en el Teatro Nacional Benjamín Carrión Mora. Y la clausura del Festival estuvo a cargo de la Banda de Música, Ballet Folclórico, Caballos de Alta Escuela y Mariachi de la Secretaría de la Defensa Nacional en la explanada del Complejo Ferial Simón Bolívar a las 20:00 horas del 25 de noviembre”.
La propuesta de cultura real, digamos, fue la compañía teatral Puño de Tierra, a cargo de Sergio y de Héctor, los hermanos Bonilla. Presentaron el proyecto Almacenados; también formó parte el programa musical “Live show”, de Chingona Sound, y el performance multidisciplinario Source de la agrupación Physical Momentum, Scenic Action & Estudio 8291, dirigida por Francisco Córdova. Como bien nota, se trata de tres agrupaciones con pocas presentaciones, menos que las del Ejército.
De eso a la construcción de cuarteles para la Guardia Nacional (GN) en el Centro Cultural Acapulco hay mucho avance, pero puede notarse el ideal máximo de un proyecto empujado por la 4T: darle labores culturales al Ejército, ¿para qué? Sabemos muy poco al respecto, pero lo obvio es que la orden viene desde arriba. Por el procedimiento con el que actúan tanto funcionarios de cultura de los tres niveles (federal, estatal y municipal) como el Ejército, pareciera que la GN intenta suplir las funciones de un gremio tan crítico con el gobierno como el artístico. También se delinea un aspecto: la GN quiere quitar labores a los artistas y con ello los sueldos. Tal vez a eso se refiere el slogan de la austeridad republicana, darle menos a los civiles y cada vez más a los militares. Suena ideal para un gobierno que pretende mimetizar al Ejército en la vida pública del país.
Me interesa un aspecto, y es válida la pregunta, ¿por qué la GN quiere suplir las labores de los creadores? Si leemos con atención las señales que mandan los gobiernos (federal y estatal, porque el municipal no existe y si existe sólo se nota a la hora de cobrar sueldos), parece que los creadores están destinados a menguar. Incluso la secretaria de Cultura de Guerrero, Aída Mar-tínez Rebolledo, anunció en una especie de podcast cómico que la GN firmará un convenio con la Secretaría de Cultura de Guerrero para brindar a los ciudadanos conocimiento musical. Sería mucho más risible si no fuera real, pero lo es. Dolorosamente lo es. Las órdenes de arriba revelan un plan que ya no parece secreto, ni mucho menos humanista, como tanto pregonan desde el púlpito de Palacio Nacional. Se trata de desmantelar un incipiente núcleo cultural para reducirlo, para quitarle fuerza, para restarle crítica mordaz y presencia.
El Ejército, quiera uno o no, es el signo de la transformación de la 4T, pero en palabras más o menos claras, se trata de un galimatías militar, algo que sólo Martínez Rebolledo celebra, aplaude y fomenta. Anhela la fusión de cultura con la GN. Durante su gestión, por ejemplo, la Sinfónica de Acapulco perdió sede, presencia y rumbo. Sigue viva, pero no tiene la misma fortaleza que antes. ¿Por qué le estorban los proyectos culturales a esta persona que teóricamente debe abogar por la mejoría de las condiciones laborales para los artistas de Guerrero?
Aparte de que desdeñan la cultura y la ciencia, a la 4T tampoco le gusta la gente que cuestiona el rumbo incierto de su gestión; se presiente un anhelo por destruir todo lo que representa cultura, por diluir todo lo que huele a ciencia. Primero se apropiaron del Centro Cultural Acapulco para convertirlo en un hospital militar. Después llegaron al Centro Cultural Acapulco y las cosas siguen apuntando a la misma pregunta, ¿por qué les estorba la cultura? Hay otros problemas, claro, pero no los visualizamos. Es conveniente hablar de ello también, porque en noviembre pasado, a un mes de que Otis nos brindara esta posibilidad de reconstruirnos, el diagnóstico para las bibliotecas de Acapulco ya era tétrico. El director Nacional de Bibliotecas, Rodrigo Borja, aseveró que las dieciséis bibliotecas municipales de Acapulco tuvieron una pérdida total de su acervo. Por ejemplo, la biblioteca del parque Papagayo, recientemente remodelada, sufrió tristísimos daños; 20 mil volúmenes de consulta ya no podrán usarse. Está sin material, como todas las demás del municipio; sin computadoras, sin muebles, sin cristales. No hay poder humano que nos haga pensar en asuntos culturales, porque seguimos como ovejas a los líderes de la 4T y creemos que vamos bien, pero no es así. Es conveniente decirlo: su gestión en materia cultural, educativa, salud y seguridad resulta temible. Lo que nos ha dado la 4T es un caldo de cultivo para cosas peores, pero lejos de ser un pesimista consumado, me gustaría creer que no hemos tenido el tiempo para ver todo lo ocurrido, para asimilar las pérdidas y los errores cometidos en aras de un “bien mayor”. En este punto de la historia, lo que han hecho es temible e inmoral. No hay trabajo para artistas en Acapulco, no hay espacio para que compartan su conocimiento, su obra y para que se mantengan dignamente de lo que saben hacer. No hay revolución cultural de la 4T. No hay manera de enmendar eso que Otis apresuró, pero a final de cuentas sólo hizo más claro el avance de la militarización. ¿Qué nos queda?  Lo de siempre, lo que toda la vida han hecho los creadores en Acapulco: resistir, porque en nuestro gremio, resistir es vencer.

El Acapulco que vivió y nombró José Agustín

Todo acapulqueño que intenta ser escritor sabe que José Agustín es un sol. Escribió sobre este puerto como nadie. Deslumbró; lo sigue haciendo. Nombró todo lo de Acapulco, lo quieto, lo rabioso y lo inmarcesible, el sexo recreativo, las gringas, los gays, los trans, los springbreakers, los old springbreakers; el Acapulco de las putas, los borrachos, los mayates, los dealers, los reporteros, los gandallas y los lacrosos, gente del Rena, de la Zapata, de la Cima, priistas de abolengo, esos rancios modelos políticos del PRD y ahora de Morena. Todo eso fue el caldo de cultivo de este hombre que posó la mirada en el paisaje y entendió que Acapulco es una región del alma. ¿Qué otra cosa puede ser este sitio sino una extensión del paraíso?
Toda esa fauna que ponía en marcha los mecanismos de la noche tropical fue nombrada por José Agustín, desde el mítico table dance Tabares hasta el cursi Beto’s Safari, la Plaza Bahía, Caleta, Caletilla, Condesa, La Mira. Templó el metal del paraíso como ninguno, porque tomó esos moldes y trabajo en el estilo de una libro modelo, algo que sólo un rockero podría haber hecho: Se está haciendo tarde (final en laguna). Muchos creen que es una piedra angular de la literatura contracultural; pero es algo más. Para nosotros –los nacidos en los 70– fue la biblia. La biblia, insisto, de una generación que asumió una actitud punk, más que rocker: hablar de lo que uno quiere y como quiere.
José Agustín nos enseñó que en la literatura no se puede ser complaciente. Dicho de otra manera: se quitó el frac; después, con soberbia autonomía, se puso la bermuda y una camiseta para escribir, porque era un oficio de absoluta honestidad. Yo veo en esta actitud un hecho chejoviano, porque se colocó atrás de una raya imaginaria y empezó a elegir personajes que no encarnaban ideales puros, sino que puso en el ruedo a los que iban a contracorriente. Tomó a los desadaptados y, tal cual haría Anton Chejov habló de las preocupaciones de los seres que van a ras de piso. Eso es vital para nosotros, porque desde este punto geográfico del país –siempre atribulado, siempre fregado, siempre mísero–, sabemos que escribir no es oficio de ricos, sino de valientes.
Redescubro aún que el proyecto escritural de José Agustín posee magníficas estancias; en cuento, por ejemplo, es digno de mención ¿Cuál es la onda?, un texto que nos ayuda a entender que la literatura es una forma de ejercer la libertad. De su obras maduras, yo pondría en la mesa Cerca del fuego, aún más, lo propongo como un ejercicio de lectura para este año en el que la política parece ser un sinónimo de amnesia.
Más que entenderlos como un manifiesto a favor de la contracultura, sus libros muestran la necesidad expresiva de un hombre que buscaba con ahínco la innovación. Este rasgo de su trabajo narrativo es algo que ahora parece muy extraño, es muy difícil de hallar entre gente de piel suave, bien educada, acicalada y buena ondita, sumamente sensible, por cierto, pero sin ganas de romper moldes antiguos. Sin ganas de incomodar.
Tuve la fortuna de platicar con él varias veces; en momentos muy extraños, como su estancia en el hospital español, después de su caída en el Teatro de la Ciudad, en  Puebla; una época de mucha tensión para él, entre medicamentos, pastillas, vendas y sueros. Nos vimos durante los homenajes que le realizó el gobierno de Guerrero en el Centro Cultural Acapulco, primero; después en Casa Borda, en Taxco; pero la charla más amena fue durante el trayecto de Taxco a Cuautla, obviamente en carretera. Quería oírlo hablar de J. D. Salinger, de la traducción que hizo de Tristessa, de Jack Kerouac. Conversar con alguien que uno admira tiene matices interesantes. En especial, porque deja una impronta. Siempre he admirado la sencillez de José Agustín, la disposición que tenía para hablar con los jóvenes, su afecto por viejos camaradas y por sus maestros.
El último estertor del Acapulco dorado aparece en Dos horas de sol, novela que marca el fin de una época, donde los escritores de este país y los extranjeros (no pierda eso de vista, Acapulco sigue siendo tema para italianos, gringos, alemanes y uno que otro inglés) comenzaron a narrar la vida de este puerto de forma sanguinaria. En ese libro un huracán es tema y modela la trama. El factor clímático, como agravante de este paraíso, también quedó signado por la pluma de José Agustín.
Aunque la conversación memorable que yo tuve con él fue en mi juventud, cuando él dio una conferencia en la Fundación para las Letras Mexicanas. Yo era becario, de Acapulco; el, expositor, de Acapulco. Habló de sus proyectos, de la técnica que tuvo que pulir para finiquitar algunos libros y de algunas películas que le gustaban. En especial, me comentó que lo importante en este negocio de la literatura era la voluntad de contar una historia. Es algo que poco a poco he tratado de asumir, la voluntad, no el ansia ni la prisa por narrar, sino la voluntad a plazos, a ratos, a medio gas, enfermo, sano, aburrido. La voluntad es lo único. Recuerdo también que le pregunté algo difícil de olvidar: ¿qué se siente ser escritor? Se ajustó los lentes, me miró un par de veces, sonriendo. Es algo muy chingón, contestó. Y le creo. Sin duda alguna. Quiso saber de qué iba el libro que yo estaba preparando. Le hablé de mi noveleta Parábola de la cizaña. Es algo grueso, finiquitó así la conversación.
De José Agustín no podremos hablar en pasado: su trabajo renovó un tono literario, agrandó la perspectiva de la literatura mexicana y sembró algo que apenas está germinando. Es un sol sin ocaso. Un mito para todo aquel que intenta aprehender el alma de este puerto. Es el rey que se acerca a su templo.

¿Usted es de los que sigue engañado o su corazón se ha envilecido?

(Primera de dos partes)

“No me vengan con cuentos de que la ley es a ley”, no olvidemos esta frase y póngala junto a esta otra: “Esto viene desde arriba”. Ahora detallaremos otro aspecto, la Guardia Nacional (GN) tiene desplegados 9 mil 860 elementos en Acapulco, una cantidad considerable, pero infructuosa porque la fuerza disuasiva de esta corporación “civil” no tiene una labor clara, ni resultados, lo mismo acarrea láminas que lleva gente cuando los delincuentes calientan los motores de la tormenta perfecta para la ciudad. Se les ve gastando combustible por la Costera en los vehículos militares. Tal vez sea el desfile promocional del turismo militar. Así inflan el ego del líder máximo de esta patraña llamada 4T. Lo curioso es que las órdenes del líder máximo revelan un conservadurismo apocalíptico; es decir, nunca antes visto. Recientemente se anunció en la misa, para otros sutilmente intitulada “La Mañanera”, una inmoralidad: la GN construirá un cuartel en el Centro Cultural Acapulco. El líder máximo minimiza la violencia en Guerrero y le da una carta de naturalización al Ejército para que se inmiscuya en la vida pública, tanto así que han desmantelado un sitio para usos culturales, porque no sólo será un cuartel, sino que las intenciones son apropiarse del inmueble.
El lunes pasado por la tarde fui a buscar medicamentos a la farmacia ubicada junto al triste edificio Oceanic 2000. Di un recorrido por el ahora militarizado Centro Cultural Acapulco. La GN se porta como si dentro del medrado recinto artístico resguardaran documentos de seguridad nacional, ven con resquemor a todo aquel que se acerca y pregunta cuándo abrirán las galerías y la librería y la biblioteca. La respuesta de los que cuidan las rejas es simple: se informará después. La mudanza de la GN al Centro Cultural Acapulco se apresuró con el arribo del huracán Otis, porque desde hace tiempo ya estaba en la mente del líder máximo ese movimiento a todas luces PRImitivo.
La única virtud que posee Evelyn Salgado para gobernar un estado como el nuestro es el nepotismo. Con ese perfil es fácil equivocarse. A menos, claro, que la única función sea obedecer. Y parece que esa es la manera de gobernar, imitada, por supuesto, por la secretaria de Cultura, Aída Melina Martínez Rebolledo, cuya mayor talento es repetir lo que pregona Salgado: loas al líder máximo de la 4T. No hay un ápice de autocrítica, aunque en el caso de Martínez debe decirse que no hay momento de reflexión entre halago y porra para descubrir que su trabajo es procurar espacios culturales, no cerrarlos ni cederlos a la GN. Martínez no hace más que aplaudir lo que le digan desde arriba. No organiza ni diseña programas a la altura de los creadores de Guerrero. Ni los valora, ni le interesan porque no los conoce. Dudo que entienda lo que está haciendo, por eso debe señalarse que mucho de lo que declara es risible. Su veta para la comedia es un portento mal aprovechado. Ella cree que su trabajo es hacer festivalitos, sentir orgullo por el folclor estatal y arengar en nombre del pueblo a los cultureros que la siguen. Este hecho avergüenza a un gremio tozudo y contestatario. Y ante el escándalo de que Acapulco –siempre un experimento, una vasija que contiene asuntos aborrecibles– sea la primera ciudad del país que le quita un espacio a los artistas para que la GN tenga un sitio amable donde pueda pernoctar, entrenar y organizar recorridos disuasivos. Ante tal decisión regresiva y bochornosa, a todas luces la secretaria de Cultura responde algo infantil, una aseveración que nos haría pensar que su único acierto es revelar la veta del turismo militar, pues la secretaria señaló que se donará un predio del Centro Cultural Acapulco, de mil 200 metros cuadrados. Y agrega: “El área que se va donar es para la instalación de un módulo de la GN con enfoque turístico-cultural, y que se hará un un convenio de colaboración para que el personal de la GN apoye en los talleres de música y programación de conciertos. Sabemos que los elementos de la Guardia, que los elementos militarizados, también tienen otras virtudes además de estar patrullando calles o estar salvaguardando la seguridad, también son gente que tiene bandas de música, como la Naval o de la Región Militar, y entonces vamos a aprovechar toda esa parte social y cultural”.
Es de una ignorancia supina este procedimiento y la muestra es el párrafo que reproduje. Si necesita apoyos, firme convenios con artistas, secretaria, no con militares. Su trabajo no es avalar ideas que van en detrimento de la escasa propuesta cultural del puerto. Acapulco tiene más creadores de los que imagina, pero ese talento está desperdigado y lejos de la patria chica, entre otras cosas, por funcionarios displicentes, patéticos y serviles como Martínez Rebolledo. Si el Ejército va entrar a los recintos culturales, ¿qué patraña es ésta de la 4T?
Cuestión aparte es la supina ignorancia de la alcaldesa Abelina López en materia cultural y la escasa participación en temas decisivos para los creadores locales. A ella se le exige respeto por el trabajo ya hecho, se le pide que no destruya, junto a Martínez Rebolledo y la gobernadora Salgado, lo que generaciones atrás legaron, que aunque poco, es lo que hay. No estamos para donar espacios a la GN en una ciudad que palidece frente a la inoperancia gubernamental de los tres niveles: federal, estatal y municipal. Porque lo interesante acá es que tanto la secretaria de Cultura federal, Alejandra Frausto, como la gobernadora Salgado, la secretaria Martínez Rebolledo, la tristemente célebre alcaldesa de Acapulco, Abelina López, y el minimizado director de Cultura de Acapulco, Christopher Brito Salgado, todos ellos están mirando hacia otra parte, no se involucran en una decisión inmoral que nos regresa cincuenta años atrás, cuando no existía el Centro Cultural Acapulco, ni la biblioteca, ni las galerías, ni el salón de danza, ni el teatro al aire libre, ni los jardines, ni el patio central. Todo en conjunto es invaluable. El Centro Cultural Acapulco necesita apoyo, pero no cambiar de rubro, tampoco debemos dejarlo en manos de la GN ni mucho menos en manos de una secretaria de Cultura tan deficiente e inoperante. Su trabajo lo demuestra, no mis adjetivos.
El asunto grave es que la única respuesta del Estado es amontonar a la GN. Ahora van por los recintos culturales, sitios que nunca han sido muchos, alcanzan los dedos de una mano para contarlos y con eso po-dríamos ilustrar la miseria en este rubro, miseria que este gobierno pretende maquillar con loas y vítores a favor de una fusión amable y única: militarización de la cultura.
Piense usted en los chistes de mal gusto de la secretaria Martínez Rebolledo, ¿un módulo turístico-cultural manejado por la GN? Yo no veo al secretario de turismo estatal, Santos Ramírez Cuevas, hablar al respecto. Si la GN necesita un espacio para turismo, que se lo pida a Turismo, no a Cultura. A menos, claro, que la ineptitud de una funcionaria confunda la cultura con el turismo. No será la primera vez, ni la última.
Ya tomaron el Centro de Convenciones, supuestamente en beneficio de los acapulqueños, así que la siguiente pieza de ese tablero militar es el Centro Cultural Acapulco. No se trata de algo simple sino de un hecho que oculta una estrategia mayor: dejarnos sin espacios artísticos, porque a los funcionarios mencionados en este texto les basta con usar un templete para llamarle a eso pomposamente programa de cultura sexenal.
¿A quién beneficia todo esto? Llevo meses diciéndolo. ¿Usted sabe a quién beneficia que nuestra ignorancia sea mayor, casi del mismo tamaño que nuestra pobreza? La respuesta, dijera el viejo Bob Dylan, está en el viento.

El pasado sentimental, ruinas de viejos sueños

 

(Segunda de dos parte)

 

¿Por qué no se pueden adquirir libros en este lugar ahora? Quizá nunca ha sido fácil la adquisición de material de lectura, aunque a pesar de todo, antes era posible y ahora ese mismo acto implica un esfuerzo mayúsculo. El paso del huracán también nos permite visualizar carencias: aquí no fomentamos ni la lectura ni las empresas relacionadas con la cultura. Antes siempre se le dio impulso al turismo y ahora es lo único en el panorama. Eso pone en evidencia Enrique Fernández Castelló, autor de Sombras de aquellos sueños (Suma de Letras, México, 2008, 319 páginas). No me refiero a los recursos literarios, sino a la forma de encarar una historia, en este caso, ubicada en Acapulco. Una historia, por cierto, donde rezuma el mal gusto y la ignorancia de los nativos de este puerto. Aparecen muy poco, además, sólo como servidumbre.
La forma en la que Fernández Castelló plantea narrativamente a este puerto no dista mucho de los recursos, a manera de postal, del realismo, de lo actual. Es decir, el protagonista de esta novela tuvo momentos amables en Acapulco, visitaba este sitio desde niño y cuando grande, como secretario de Hacienda, simplemente puso en marcha esos recuerdos para sentirse vivo nuevamente. ¿Cómo ve a Acapulco este personaje? Como todos los turistas. Lo observa sólo como una extensión de la playa, las discotecas, las gringas guapas y liberales que venían a ligarse costeños. Ve al puerto de una manera muy simplista, a final de cuentas resulta un escenario para divertirse sin prejuicios ni límites; también enfoca ciertas áreas de su memoria (y de su labor de hombre joven de los años 60) en la que la Quinta Rebeca (un prostíbulo de la vieja guardia y con rancio abolengo) y la Zona Roja tienen vigencia. En esa zona de tolerancia, ahora arruinada como gran parte de Acapulco, había mucho dinero gracias a la explotación sexual.
Desde los años 60 del siglo pasado, Acapulco ofrece a los turistas lo mismo y parece que esos turistas no se aburren, pero la verdad es que sí, eso también se pone de manifiesto en Sombras de aquellos sueños. Ergo: Acapulco ha crecido únicamente sólo y para el turismo. No hay más que las playas, los hoteles, los bares, las discotecas, la barra libre, las drogas, las mujeres, los hombres y los niños para uso sexual. Este puerto sólo crece en una área más: pobreza. Ni siquiera tiene más habitantes que antes, ni más servicios, ni más teatros, ni más cines, ya no diga usted que hay más librerías, más centros culturales, más oferta laboral para los creadores –de los pocos que aún viven acá– porque según se ve en las calles, la única oferta es la de estirar la mano, recibir apoyos y agarrar despensas. Para eso sí hemos mutado y adoptado ciertas habilidades no precisamente loables. En esta novela, Fernández Castelló también detalla la raigambre del morbo, es decir, por qué Acapulco borra las barreras a la hora de la diversión, siempre alejado, completamente alejado del ámbito cultural. Cito: “Durante uno de esos primeros viajes con sus amigos conoció la famosa zona roja de las que tanto hablaban, fascinados y morbosos, sus primos mayores. Un torrente de imágenes desordenadas, pero nítidas, le llega de repente: ‘qué maravilla’. Piensa, ‘hacia cuánto tiempo que no me acordaba de la zona roja’. Justo donde descubrió y disfrutó las delicias del sexo en su adolescencia, allá en La Huerta y El Burro, esos burdeles disfrazados de centros nocturnos. En El Burro vio por primera vez, siendo todavía un niño –tendría catorce, quince años–, más asustado que excitado, un streap-tease ‘integral de a deveras’, con pelos y todos los ridículos movimientos de la gorda sin gracia ni pudor que se quitaba ese horrible vestido rojo y todo lo demás, entre los gritos de la concurrencia, hasta quedar completamente desnuda ante sus ojos”. Este tipo de recuerdos festivos de un personaje que es secretario de Hacienda del gobierno federal pintan de cuerpo completo lo que representaba este puerto. Un sitio que exalta la diversión sin límites; de hecho, lo trajo a cuento –para las nuevas generaciones– la campaña turística: Mom, I’m in Acapulco, del 2020, donde literalmente se habla de este aspecto que aparece en la novela que comento: No hay reglas y si las hay, debes saltarlas, pero destaca y diviértete. Y curiosamente ese turismo siempre ejercita el hedonismo, se salta las reglas y listo: recuerda bellamente a este puerto. En especial, si tiene dinero. Lejos de hacer de esta idea una escaramuza a favor de la pobreza y denostar a todo aquel que tiene su capital, me interesa la narrativa de Acapulco en un momento como éste, donde se estira la mano y se trabaja poco. Lo normal, digamos, para quien vive acá, quien todo lo quiere barato y que en realidad sale muy caro recibir apoyos así, como ahora, a manera de limosna. Porque el problema no es la pobreza o el resentimiento social, sino que todos nos saltamos las reglas. No se aplica la ley. Se tolera la delincuencia. Se fomenta. Se protege. Por eso nos dan limosna, ¿para compensar?
¿Por qué el turismo se convirtió en una actividad desligada del ámbito cultural? Tal vez porque los turistas que nos visitan quieren algo simple, no pagan por conciertos, por presentaciones de libros, por obras de teatro, por proyecciones de películas, por festivales de cine, por exposiciones artísticas, etcétera. O tal vez porque aquí pensamos que eso no es atractivo para un turista.
Ahora vemos que el apoyo decidido a “la industria sin chimeneas” se potencia a granel, igual que antes. Si este momento es el ideal para reconfigurar lo que somos, dígame usted por qué ni uno de los gobiernos, ya sea municipal, estatal o federal, ni uno solo, se ha preocupado por este asunto: ¿qué tipo de reconstrucción existe sin libros? Una ciudad sin libros nos ha dado este aspecto que hoy tenemos, tan deslucido puerto, tan maltratado, tan jodido, tan ignorante.
Si el licenciado José Antonio Escandón Ugarte, protagonista de la novela mencionada, era un hombre poderoso, adinerado y una figura pública, ¿Acapulco qué implicaba para él? Bueno, era la posibilidad de saltarse las reglas y emborracharse como antes y recordar, con la honestidad de un cínico, los círculos nocivos del pasado. Turistear en Acapulco es saltarse las reglas. Vivir en Acapulco también.
En 2030 este puerto cumplirá cien años de estar en el playing, la pregunta es obligada, ¿un Acapulco sin libros nos regresaría al mismo punto del pasado? A usted no le parece extraño que ningún gobierno tenga presente este problema: los libros, los diarios de circulación nacional, revistas o cualquier otra publicación especializada no se pueden adquirir en el puerto (recordemos también que la reconexión del servicio de internet va muy lenta aún). Sin material de lectura, ¿qué tipo de vacío estamos generando?
El pasado sentimental del puerto es algo agotado. Y lo que sigue, de acuerdo con lo planeado en el proyecto de reconstrucción, empieza a convertirse en algo torpe y amorfo. ¿A quién le favorece que no haya libros en la vida de los acapulqueños? Usted sabe la respuesta. Ningún gobierno de izquierda haría esto con su gente. Ninguno. Y si hace eso no es de izquierda, sino todo lo contrario: conservador, por lo menos.